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Una historia de dos ciudades

LIBRO SEGUNDO EL HILO DE ORO (continued 2)

Gregorio Lafuerza translation

—Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos personas de negocios—dijo Lorry cuando, momentos después se habían sentado ambos en el salón,—me permitiré hacer a usted una pregunta: En las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez referencia a los tiempos en que cosía zapatos?

—Nunca.

—Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del oficio.

—He dicho que nunca habla de ello con su hija—replicó la señorita Pross,—pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo mismo.

—¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?

—Sí.

—¿Imagina usted?...

—¡Yo no imagino nunca!—exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su interlocutor.—No tengo imaginación, ni me hace falta.

—Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer algunas veces?

—De vez en cuando, sí.

—Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas, acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?

—Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.

—Y la señorita dice...

—Que cree que su padre sospecha o sabe.

—No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.

—¿Obtusa?—interrogó la señorita Pross.

—¡No, no, no!—contestó Lorry.—¡No tiene usted nada de obtusa! Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular, incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión? Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los habitantes de esta casa siento.

—Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque le da miedo hablar del asunto.

—¿Miedo?

—Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo. Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.

—Es verdad—contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación de su interlocutora.—Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas confianzas.

—El mal, si realmente es mal, no tiene remedio—contestó la señorita Pross moviendo la cabeza.—Toque usted esa cuerda, y los resultados serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces, a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que el doctor vuelva en sí.

Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase «arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.

La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.

—¡Ya están aquí!—exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en pie.—No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.

Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la puerta de la casa la señorita Pross.

Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la profecía de la señorita Pross.

Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los cientos.

En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y convertirlas en el manjar que se le ocurriese.

Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.

Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.

La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano llegó el joven Darnay, pero no era más que uno.

Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».

Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro, resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el más miope había de observarla.

La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres, preguntóle Darnay:

—Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?

—Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin detenernos—contestó el doctor.—Vimos lo bastante para apreciar que efectivamente es digna de interés, pero nada más.

—Yo he estado en ella, según recuerda usted—repuso Darnay con sonrisa un poquito forzada,—pero no como turista ni en condiciones de ver gran cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que llamó poderosamente mi atención.

—¿Por qué no nos la cuenta usted?—preguntó Lucía.

—Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas, maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme. Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A. V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo: Cava. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero. Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo enterró para que no lo encontrara el alcaide.

—¡Padre mío!—exclamó Lucía.—¿Se encuentra usted enfermo?

Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible espanto.

—No, hija mía, no estoy enfermo—contestó el doctor.—Comienza a llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo que debemos ponernos a cubierto.

Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido declarado inocente el segundo.

La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.

Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de nervios», y los cientos de visitantes continuaban sin dar señales de presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban más que dos.

Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, más que cortinas parecían alas espectrales.

—Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas—dijo el doctor.—Se acerca con mucha lentitud.

—Pero con mucha seguridad—replicó Carton.

Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que caminaban.

—Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más absoluta—observó Darnay, tras unos momentos de atención.

—¿Verdad que impresiona, señor Darnay?—preguntó Lucía.—Muchas noches me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan solemne...

—Nos asustaremos todos—dijo Darnay, chanceándose.—Veremos a qué sabe el susto.

—A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de relacionarse en breve con mi vida.

—Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones estrechas con nuestras vidas—observó Carton.

El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma viviente.

—¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos entre todos?—preguntó con entonación humorística Darnay.

—No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer influencia en mi vida o en la de mi padre.

—Las reclamo para que la ejerzan en la mía—replicó Carton.—Vengan sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo a la luz... cárdena del relámpago—terminó diciendo, en el momento que surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.

Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:

—Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... furiosas... bramadoras!

La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la luna, plácida, serena.

Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor Lorry, acompañado por Jeremías Lapa, armado de su correspondiente farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.

—¡Qué noche, Jeremías, qué noche!—exclamaba Lorry—¡La más indicada para que los muertos salgan de sus tumbas!

—No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo—respondió Jeremías Lapa.

—¡Buenas noches, señor Carton!—dijo Lorry.—¡Buenas noches, señor Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?

¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!

VII. EL SEÑOR EN LA CIUDAD

El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres fuertes, amén del cocinero.

Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente por dos, habría sido tanto como darle muerte.

La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza, previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino, tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.

Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares... que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente: «Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».

Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural, que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos, habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista de lo cual, decidió aliarse con un aperador general, resolución tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto, por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro, figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio más profundo.

El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede. Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día estaban de servicio en los salones del señor.

A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era, eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos, mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos, conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo, y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible, y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres, mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.

La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de los llamados convulsionistas, y se pasaban el tiempo deliberando acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar, rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro... lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro, lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados materiales.

En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos, y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados, el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.

Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado, solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y primorosas medias de seda.

Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones, llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores del señor!

Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza, dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano, atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la circunferencia de la verdad, donde giró majestuoso sobre sus sagrados talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su santuario.

Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual, puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente a los espejos que al paso encontraba.

—¡Cargue el infierno contigo!—murmuró antes de marcharse, vueltos los ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba entre sus dedos.

Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano, parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz, artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo, que aquella cara era extraordinariamente hermosa.

Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle, más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras, sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces, y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente pudieran.

Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos recularon y se encabritaron.

Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente, toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.

—¿Qué pasa?—preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la portezuela.

Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz.

—Perdón, señor Marqués—dijo un individuo harapiento con voz y ademán humildes,—es un niño.

—¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño?

—Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es.

Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su espada.

—¡Muerto!—rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación, clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.—¡Asesinado!

Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas asustadas.

Sin variar de actitud sacó un bolsillo.

—Me sorprende sobremanera—dijo—que ni de vuestros hijos sepáis cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto!

Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una moneda de oro.

—¡Muerto... asesinado!—volvió a gritar el hombre alto.

Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo largo rato entre ellos, llorando y sollozando.

—Lo sé todo... lo sé todo—dijo el recién llegado.—¡Valor, Gaspar! Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar.

—Eres un filósofo—dijo el Marqués sonriendo.—¿Cómo te llamas?

—Defarge.

—¿Cuál es tu oficio?

—Soy vendedor de vino, señor Marqués.

—Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en gana—repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.—¡A ver! ¿Están listos los caballos?

Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de una moneda de oro.

—¡Para!—gritó el señor Marqués.—¡Detén los caballos!... ¿Quién ha tirado esto?

Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer en pie, que le miraba ceñuda.

—¡Perros!—murmuró el Marqués.—¡De buena gana pasaría sobre todos vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!

Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada. Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de continuar la marcha.

Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de sus agujeros.

Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el baile de la extravagancia continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para decirlo de una vez, seguían su curso.

VIII. EL SEÑOR EN EL CAMPO

Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes, pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.

El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso, hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.

Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.

—Pronto se pondrá—exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto sus manos.

En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se extinguieron: el sol y el Marqués descendían.

Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano, un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.

Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían: con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos ellos.

Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el precipicio, destinada a calabozo.

Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle. El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona, de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando acertó a unirse al grupo un caminero.

—Tráeme a ese individuo—dijo el Marqués al correo.

Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.

—¿Te pasé en el camino, verdad?

—Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el camino.

—Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?

—Señor, cierto es.

—¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?

—Miraba al hombre, señor.

Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.

—¿Qué hombre, pedazo de bruto?

—Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la galga.

—¿Pero quién?

—El hombre, señor.

—¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese hombre?

—¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en los días de mi vida.

—¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?

—Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.

El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura normal e hizo una reverencia.

—¿Qué señas tenía?

—Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.

La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún espectro sobre su conciencia.

—¡No puede negarse que te has portado como un hombre!—exclamó el Marqués.—Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle, suéltelo!

Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo al declarante.

—Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que es un hombre honrado.

—Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor—contestó Gambelle.

—¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?

El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.

—¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?

—Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos que si se hubiera arrojado al mar.

—Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!

Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos. Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que podían salvar, por fortuna suya.

Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y descarnada.

Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje, levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.

—¡Es el señor!—exclamó, presentándose en la portezuela.—¡Señor, una gracia!

El señor lanzó una exclamación de impaciencia.

—¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!

—¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...

—¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo mismo! Que no puede pagar, ¿eh?

—¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!

—¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?

—¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo aquellas míseras hierbas!...

—¿Y bien?

—Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.

—Bueno... ¿y qué?

Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser ablandado.

—¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al sepulcro...

—¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?

—Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...

El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su château.

El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo. Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy corpulentos árboles. Era el château del señor Marqués, en cuya puerta principal le estaba esperando el mayordomo.

—¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?—preguntó.

—Todavía no, señor Marqués—fué la respuesta.

IX. LA CABEZA DE GORGON

Era el château del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de ornamentación.

La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de nuevo sin respirar.

Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor estaba encolerizado.

Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas, el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba. Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de la historia de Francia.

En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.

—¿Cubierto para mi sobrino?—murmuró el Marqués al entrar.—Y, sin embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.

No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que llegase con el señor Marqués.

—No es probable que llegue esta noche—añadió el Marqués, dirigiéndose al servidor encargado del comedor—pero deja la mesa como está. Dentro de un cuarto de hora me sentaré a cenar.

En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana. Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.

—¿Qué es eso?—preguntó con calma, volviendo la cara hacia las celosías.

—¿Qué, Monseñor?

—Fuera... Abre las celosías.

La orden quedó obedecida en el acto.

—¿Qué hay?

—Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo único que se ve.

—Está bien—dijo su señor, con calma imperturbable.—Vuelve a cerrar.

El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha se aproximaba al castillo.

—Pregunta quién ha llegado—dijo el Marqués al servidor.

Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.

—Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin tardanza.

Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos Darnay.

Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron las manos.

—¿Salió usted ayer de París?—preguntó el joven al sentarse a la mesa.

—Ayer, sí; ¿y tú?

—Yo he venido directamente aquí.

—¿Desde Londres?

—Sí.

—Bastante te ha costado llegar—observó el Marqués sonriendo.

—Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.

—Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.

—Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.

—Lo supongo—contestó el tío.

No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último, clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.

—He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría decaído mi valor.

—La muerte no, querido—respondió el tío;—ni nombrarse debe esa señora.

—Dudo mucho, tío—replicó el sobrino,—que usted me hubiese tendido una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.

Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto; pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de modales del prócer.

—Hablando con franqueza—repuso el sobrino,—si no mienten mis informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que me rodeaban.

—¡No, no, no, no!—contestó riendo el tío.

—No discutiremos ese punto—continuó el sobrino, mirando con evidente desconfianza a su interlocutor.—Me consta que, a trueque de detenerme en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted poco escrupuloso.

—Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria, que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Muchas gracias—contestó el Marqués, con voz que parecía un instrumento musical.

—En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna prisión de Francia.

—No entiendo bien—respondió el tío, tomando un sorbo de café.—¿Tienes la bondad de explicarte?

—Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le habría faltado una carta de cachet que me hubiera abierto las puertas de una fortaleza por tiempo indefinido.

—Es muy posible—replicó el tío, con calma imperturbable—que el honor de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.

—Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró usted la misma frialdad de siempre—dijo el sobrino.

—Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad. Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen! No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho, y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor. Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que... Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!

El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.

—De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en tiempos pasados, como en nuestros días—replicó el sobrino con acento sombrío,—que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con odio nuestros nombres.

—De lo que debemos felicitarnos—observó el tío.—La aversión y el odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños rinden a los grandes.

—No encuentro en este país una sola cara que nos mire con deferencia—repuso el sobrino.—En todas ellas leo el respeto engendrado por el temor y la esclavitud.

—Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza—dijo el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.

Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino, puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con la indiferencia primera.

—La única filosofía de efectos duraderos es la represión—observó el Marqués.—Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud, amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras este techo nos proteja contra la intemperie.

Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo, y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.

—Mientras tanto—continuó el Marqués,—corre de mi cuenta poner a salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero, ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta noche, pongamos término a nuestra conferencia?

—Un momento más.

—Una hora, si ése es tu gusto.

—Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están madurando.

—¿Hemos obrado mal?—repitió el tío sonriendo.

—Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?

—La mano de la muerte me llamó a sucederle.

—Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda, pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar, que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma, al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano la busco.

—Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.

Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió:

—Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.

—Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia—contestó con amargura el sobrino.—Las renuncio.

—¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para renunciar precisa poseer. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello; pero ¿es que los consideras tuyos?

—Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si mañana pasasen de sus manos a las mías...

—Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...

—... O de aquí a veinte años...

—Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.

—Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta más que miserias y ruinas!

—¿Sí?—exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación suntuosa.

—No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias, opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.

—¿Sí?—repitió el Marqués con acento de satisfacción.

—Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo, del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre ellos, sino también sobre la nación entera.

—¿Y tú?—preguntó el tío.—Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?

—Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que sea su nobleza: del trabajo.

—¿En Inglaterra, por ejemplo?

—Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido de la familia.

El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban, dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:

—Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad, no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.

—Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las fortunas y prosperidades que allí encontré. De todas suertes, Inglaterra es mi refugio.

—Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos. ¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a un doctor.

—Le conozco.

—¿A quien acompaña una hija?

—Sí.

—El mismo. Estás rendido... Buenas noches.

La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de impresionar al sobrino.

—Sí—repitió el Marqués.—Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza la nueva filosofía!... Buenas noches.

El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos. Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.

—¡Buenas noches!—añadió el tío.—El deseo de verte mañana por la mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor sobrino en la cama, si puedes!—añadió para sus adentros, antes de hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su alcoba.

El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.

Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»

—Me estoy enfriando—murmuró el señor Marqués.—¡A la cama, a la cama!

Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo envolvieron, y se dispuso a dormir.

Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han asignado los hombres-poetas.

Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche. Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos, negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo el yugo.

Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo. Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo principiaron a iluminarse.

Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales, más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más profundo.

Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.

El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban, ladrando desaforadamente en demanda de libertad.

Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente, detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial, algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por qué?

¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida? ¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?

En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea, y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes, hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo, montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?

Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían aumentado en una aquella noche.

El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos años antes, y la aumentó.

La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:

«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago».

X. DOS PROMESAS

Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor. Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera prosperar.

Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado. Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.

Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento docente, y el resto del día permanecía en Londres.

Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.

Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra, databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de su alma.

Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría salido con la señorita Pross.

Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su diestra.

—¡Amigo Darnay!—exclamó.—¡Cuánto placer me produce su visita! Desde hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que nos privaba usted de su presencia más de lo debido.

—Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me demuestran—contestó Darnay con alguna frialdad.—¿Y la señorita Lucía?

—Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en volver.

—Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una conferencia.

Calló el doctor.

—¿Sí?—preguntó al fin.—Acerque una silla y hablaremos.

El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró para dar comienzo a la conferencia.

—He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa—principió diciendo al fin—desde hace año y medio, que espero que el tema que voy a tocar no ha de ser...

Interrumpióle el doctor alargando una mano.

—¿Es Lucía el tema en cuestión?—preguntó.

—Lucía es.

—Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.

—Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del amor más profundo, doctor—replicó Darnay.

Otra pausa más prolongada que la anterior.

—Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.

La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló.

—¿Puedo continuar, señor?—preguntó.

Nueva pausa.

—Sí; continúe usted.

—Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette, amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente; la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también, doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos de su corazón!

El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las palabras últimas, y exclamó:

—¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más quiera!

Darnay guardó silencio.

—Perdóneme usted—repuso el doctor al cabo de algunos segundos.—No dudo que usted ama a Lucía...

Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste, preguntó:

—¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?

—Nunca.

—¿Le ha escrito?

—Jamás.

—Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las gracias.

Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el movimiento de la mano.

—Sé—dijo Darnay con mucho respeto—sé... ¿cómo no saberlo, si he visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted, después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza, son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía, amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.

El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no reveló otras señales de agitación.

—Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón, me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!... ¡El Cielo me es testigo de que la amo!

—Lo creo—contestó el padre con acento doloroso.—Lo venía sospechando de antiguo... Lo creo.

—Pero sentiría—repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el acento doloroso del doctor—sentiría que creyera también que, si fuese tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer, había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada—añadió, tendiendo la suya a su interlocutor.—No, mi querido doctor Manette; como a usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones, sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.

La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo. Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.

—Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para creer que Lucía corresponda a su amor?

—Ninguno.

—El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego y con mi autorización de ese extremo?

—Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas, aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.

—¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?

—Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me proporcionará algún auxilio.

—Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.

—En efecto; eso busco.

—¿Qué promesa es?

—Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo... y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su padre.

—Siendo así, estará bien convencido de...

—Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera mi vida—terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.

—De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso, los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es dado adivinar el estado de su corazón.

—¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?

—¿Si tiene algún otro pretendiente?

—Eso fué lo que quise decir.

El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:

—Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será en todo caso uno de los dos.

—O los dos—observó Darnay.

—No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una promesa: dígame de qué se trata.

—La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho indiscutible.

—Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna—respondió el doctor.—Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...

El joven estrechó agradecido la mano del doctor.

—... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa, antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya... todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!

Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su corazón.

—Sin darme cuenta he desviado la conversación—añadió el doctor sonriendo.—¿Qué era lo que me decía?

No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:

—A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde, y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.

—¡No! ¡Cállese usted!

El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios de Darnay.

—Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos para usted.

—¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su matrimonio. ¿Me lo promete?

—Con mucho gusto.

—Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!

Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.

—¡Padre!—llamó.—¡Mi querido padre!

Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo. Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.

—¿Qué haré, Dios mío, qué haré?—exclamó.

Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.

A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el zapato sin terminar.

XI. ENTRE COMPAÑEROS

—Prepara otro ponche, Sydney—dijo el abogado Stryver aquella misma noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.—Tengo que hacerte una confidencia.

Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día; ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.

No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las toallas.

—¿Estás preparando el otro ponche?—preguntó Stryver, desde el sofá sobre el cual estaba tumbado de espaldas.

—Sí.

—Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que aparento. He pensado casarme.

—¿Tú?

—Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de dinero. ¿Qué me dices?

—No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?

—Adivínalo.

—¿La conozco?

—Adivínalo.

—No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si quieres que adivine, convídame a comer.

—Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo—dijo Stryver, sentándose perezosamente.—Por supuesto, que no abrigo la más insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente porque eres y has sido siempre un perro insensible.

—En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y poesía—replicó Sydney con acento irónico.

—¡Hombre!...—exclamó Stryver riendo.—No aspiro a pasar plaza de héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que tú.

—Querrás decir más afortunado.

—No; he querido decir más... más...

—Galante: ¿acerté ahora?

—¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las mujeres que tú.

—Adelante—dijo Sydney Carton.

—Ten calma, amigo mío—replicó Stryver, moviendo la cabeza.—Antes de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado de ti, Sydney.

—Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de tu profesión no suelen avergonzarse de nada—replicó Carton.

—No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte, y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente desagradable.

Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.

—¡Mírame a mí!—repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud arrogante.—Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué, pues, consigo siempre hacerme agradable?

—En mi vida vi que te lo hicieras.

—Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.

—Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir. ¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?

Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.

—Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé que los tengas—replicó Stryver un poquito picado.

—Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?

—No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o desagrado—dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la revelación que iba a hacer.—Me consta que no sientes ni la mitad de lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a pronunciar.

—¿Yo?

—Tú, sí; y en esta misma habitación.

Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.

—Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una composición musical obra mía.

Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.

—Ya lo sabes todo, Sydney—prosiguió Stryver.—Me caso con esa niña, sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable, prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra: soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te maravilla lo que oyes?

—¿Por qué me ha de maravillar?—respondió Sydney, entre trago y trago de ponche.

—¿Lo apruebas?

—¿Por qué no he de aprobarlo?

—¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter. Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre. Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación. Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada, no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una enfermera.

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