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Una historia de dos ciudades

LIBRO SEGUNDO EL HILO DE ORO (continued 4)

Gregorio Lafuerza translation

Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la compañera de su vida con admiración.

—¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer sublime!—murmuraba.

Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado... omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas que una tras otra caían.

XVII. UNA NOCHE

Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que cernían las hojas.

Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.

—¿Eres feliz, padre querido?

—Completamente, hija mía.

Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes, era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.

—También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun así...

Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.

A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre, y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido, iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.

—¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el fondo de tu corazón?

—¡Completa, absolutamente convencido!—respondió el padre con acento de firme convicción.—¡Más aún, hija mía!—añadió, besándola.—Mi futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.

—¡Si pudiera creerte, padre mío...!

—Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran desgraciada...!

La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:

—Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas... por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso comprendas mis palabras.

—Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado para que mi dicha fuera completa.

El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto, y contestó:

—Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.

Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el doctor hacía alusión a su desgracia.

—¡Mírala!—exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija no pudo olvidar en mucho tiempo.—Muchas veces la he visto desde la estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión. La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de cada clase—añadió pensativo—y la vigésima cabía con dificultad. La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos. Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija, llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí, ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.

—¡Padre mío!—exclamó la joven, besando a su padre con transporte.—No ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero, esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como si esa hija fuera yo.

—¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra noche última... ¿Qué estaba diciendo?

—Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.

—Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos, que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que no eras tú la niña de que hablo.

—No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...

—No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía... como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las distinciones sutiles de un prisionero.

Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.

—Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.

—Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.

—Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado, desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad; pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.

—Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana con ese mismo fervor?

—Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas, ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado, como la que espero saborear en lo futuro.

Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban abrazados en la casa.

No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados sus deseos.

El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había alejado, y bebió a su salud.

Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el dormitorio de su padre.

Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él una mirada intensa.

Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante inesperado como el del doctor Manette.

Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano, besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.

Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.

XVIII. NUEVE DIAS

La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir, esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross... para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.

—¡La verdad es que hice un negocio redondo!—exclamó Lorry, quien no se cansaba de admirar a la novia.—¡Mire usted que acompañarla en su viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!

—¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni remotamente soñaba en lo que había de suceder!—observó la señorita Pross.—¡Tonterías!

—¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore—replicó Lorry.

—Yo no lloro; el que llora es usted—replicó la señorita Pross.

—¿Yo, Pross de mis pecados?—preguntó Lorry, que ya se atrevía a bromear con su interlocutora alguna que otra vez.

—Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.

—Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!

—¡Lo niego!—replicó la señorita Pross.

—¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?

—¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo soltero!

—Lo creo muy probable—contestó Lorry arreglándose el peluquín.

—Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón sempiterno.

—En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación contigua, mi querida Lucía—añadió pasando el brazo alrededor de la cintura de la novia—y la señorita Pross, y yo, como personas formales y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá, metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero alguien se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que la bese un solterón empedernido antes que aquel alguien llegue y reclame lo que es suyo.

El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.

Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz ráfaga de viento helado, le había azotado.

Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la iglesia próxima.

Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry, donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos, bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la puerta y en el momento de la despedida.

Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos de ésta, y dijo con expresión animada:

—¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!

Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.

Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte, los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro había descargado sobre él un golpe envenenado.

Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.

—Creo—dijo en voz muy baja a la señorita Pross—que no debemos dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna. Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento. A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros pensamientos que parece que flotan sobre su alma.

Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de la habitación sonaban recios y repetidos golpes.

—¡Buen Dios!—exclamó, retrocediendo un paso—¿Qué es eso?

La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:

—¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo! ¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!—añadió, retorciéndose las manos—¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo zapatos!

Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana, tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.

—¡Doctor Manette!—gritó Lorry.—¡Mi amigo querido... mi buen doctor Manette...!

Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.

Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.

Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.

—Zapato de paseo para señorita—contestó el doctor sin alzar los ojos.—Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.

—¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!—exclamó Lorry.—¡Míreme!

Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin interrumpir su labor.

—¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.

Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba, cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero. Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil, como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.

Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera, evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda, evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se limitaba a decir que su ausencia sería breve.

Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto. Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.

Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto, y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.

El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los útiles del oficio, y le preguntó:

—¿Quiere usted salir?

Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:

—¿Salir?

—Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?

No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo: «¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.

Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua, ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo. Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su banqueta y se ponía a trabajar.

En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias, con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar, siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que se hallaba sumido.

Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta del día anterior:

—Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?

Y como el día anterior respondió el interrogado:

—¿Salir?

Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación, volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.

Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta; pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre el día noveno después de la desgracia.

XIX. UNA OPINIÓN

Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la serie de vigilancia.

Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad, preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente, arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana, y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido, reflejaba una calma y una placidez absolutas.

Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario, tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?

Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes, esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de la alcoba del doctor?

Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo.

El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable. El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió el almuerzo.

De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo Lorry con muestras de vivo interés:

—Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso... quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre natural y lógico.

El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.

—Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette—repuso Lorry—a un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi querido Manette.

—Si no entiendo mal—contestó el doctor en voz muy baja,—se trata de un sacudimiento mental...

—¡Eso es!

—Hábleme con claridad y sin omitir detalle—dijo el doctor.

Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:

—Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu... eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar, pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar... según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña recaída.

El doctor preguntó anhelante:

—¿De qué duración?

—Ha durado nueve días con sus noches.

—¿En qué forma se manifestó?—preguntó el doctor, mirando de nuevo sus manos.—¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua relacionada con su sacudimiento mental?

—En efecto.

—Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la recaída?—preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz muy baja.

—Una sola vez.

—Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi todo... o en todo?

—Creo que en todo.

—Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia de la recaída del padre?

—No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta.

—¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!—exclamó el doctor estrechando efusivamente la mano de Lorry.

Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos momentos.

—Soy hombre de negocios, mi querido Manette—dijo Lorry poniendo fin al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,—y, por tanto, profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted. Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia, pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser útil a mi amigo.

El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas meditaciones. Lorry esperó con calma.

—Me parece muy probable—dijo el doctor al cabo de un rato—que la recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que fué su víctima.

—¿Acaso prevista y temida?—se atrevió a preguntar Lorry.

—Temida, sí—exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.—No es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto que le oprime.

—¿Y no cedería esa opresión—preguntó Lorry—si se resolviera a confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?

—Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.

Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:

—¿A qué causa atribuye usted la recaída?

—A mi juicio—respondió el doctor Manette,—ha sobrevenido un despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado... En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención.... las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para soportarlo!

—¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la recaída?—preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.

Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y contestó con voz más baja que nunca:

—¡Absolutamente nada!

—Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.

—El porvenir—contestó con energía el doctor—me inspira grandes esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos para creer que ha pasado lo peor.

—¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan... ¡Gracias!—exclamó Lorry.

—¡Gracias!—repitió el doctor, doblando la cabeza.

—Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese. ¿Puedo continuar?

—Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo—respondió el doctor alargándole la mano.

—Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que trabaja con exceso?

—Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya hecho el descubrimiento a que me refiero.

—¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es excesiva?

—La tengo; sí.

—Pero si le venciera el exceso de trabajo...

—Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el equilibrio.

—Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no habrá peligro de que se repita?

—No lo creo... no puedo creerlo—contestó con acento de convicción profunda el doctor Manette.—Solamente la exacerbación de una clase determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma. Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.

Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir impávida los huracanes de la vida.

No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el deber de afrontarlo.

—Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio de... cerrajero—dijo Lorry, con vacilación manifiesta.—Sí; eso es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?

El doctor se pasó la mano por la frente.

—La tiene constantemente a su vista—repuso Lorry, mirando con ansiedad a su amigo.—¿No le parece que sería preferible que no volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?

El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.

—¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?—insistió Lorry.—A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual, creo que...

—Comprenda usted—contestó el doctor Manette volviéndose hacia su interlocutor—que es sumamente difícil explicar con sujeción a las reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su hijo.

—No estamos de acuerdo—replicó Lorry.—Sé que no soy autoridad en la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas, chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo? En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?

—Comprenda usted también—contestó el doctor al cabo de otro rato de silencio y con voz trémula—que se trata de un compañero antiguo.

—¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!—replicó Lorry con gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que la perdía el doctor.—¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización. Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de mi amigo...!

La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato, dijo:

—En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en tiempos pasados.

Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su marido.

No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa, penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo. Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero, mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi aspecto, cómplices de un crimen horrendo.

XX. UNA SÚPLICA

La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.

Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación llegara a oídos de ninguno de los presentes.

—Deseo que seamos amigos, señor Darnay—comenzó diciendo Carton.

—Me parece que lo somos ya—contestó Darnay.

—Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad convencional. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra clase de amistad.

Carlos Darnay le rogó que se explicase.

—¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que hacerla comprensible a los demás!—respondió Carton.—Probaré, sin embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba yo más borracho que de ordinario?

—Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que había bebido.

—No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.

—¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.

—Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que considere como no pronunciadas mis palabras.

—Las he olvidado hace mucho tiempo.

—¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a hacérmela olvidar.

—Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone—replicó Darnay.—Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni debe olvidar?

—Me pone usted en el caso de decirle—respondió Carton—que ese gran servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que, cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte. Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de cosas pasadas.

—Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo, menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su contestación.

—Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.

—Prefiero formar opinión sin su auxilio.

—Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de nada bueno, ahora y siempre.

—No estamos de acuerdo, amigo mío.

—Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría anormal, si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.

—¿Hará usted lo posible por abusar?

—Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que solicito, Darnay?

—Autorizado, Carton.

Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto después, Carton era el hombre extravagante de siempre.

Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto menosprecio.

Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.

—Te encuentro pensativa esta noche—dijo Carlos, pasando su brazo al rededor de su cintura...

—Lo estoy, mi querido Carlos—contestó Lucía, mirándole de frente,—estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento que me molesta.

—¿Y qué es, Lucía mía?

—¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo desee?

—¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?

—Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y más respeto del que tú le has expresado esta noche.

—¿De veras? ¿Y por qué?

—Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más... en que me consta que lo merece.

—Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida mía?

—Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo he visto sangrando.

—Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis desconsideraciones—dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras de su mujer le produjeron.—No fué mi intención tratarle injustamente.

—Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de buenas acciones, más, de acciones magnánimas.

Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como extasiado contemplándola.

—¡Compláceme, amor mío!—exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.—¡Reflexiona cuán inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!

La súplica dió en el blanco.

—¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me dure la vida!

Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro, acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus brazos.

Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte:

—¡Que Dios bendiga su hermosa alma!

XXI. PASOS QUE RESUENAN

Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando el eco de los pasos del tiempo.

Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo, le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.

Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable de dicha para ella!

Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que relincha y patea al ser castigado.

Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura, decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de vestido.

Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra, de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita, estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las dos ciudades que se habían combinado en su vida.

Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton. Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito susurraban aquéllos.

Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular... algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»

Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros, por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada. También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme, más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales, aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba sus cabezas.

Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:

—Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres pedazos de pan, Darnay.

Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan, alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver, que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.

Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor, siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era posible, de casada, que cuando era soltera.

También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en Francia.

Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve, se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo desde aquella misma ventana.

—Principio a pensar—dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su peluquín—que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada! ¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha acometido de pronto!

—Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo—observó Darnay.

—¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador, seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson estamos muchos que somos ya viejos.

—Sin embargo—objetó Darnay,—sabe usted perfectamente que hay cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes amenazando tormenta.

—Lo sé... claro que lo sé—contestó Lorry, intentando persuadirse a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y descontento;—tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está Manette?

—Aquí hay un pedazo—contestó el doctor, entrando en aquel momento en la estancia.

—Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no pensará usted salir, eh?

—No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.

—Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted. ¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras y, como no soy gato, nada veo.

—Aquí está, esperándole a usted.

—Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?

—Durmiendo como un tronco.

—¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.

—No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.

—Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos—replicó Lorry. Son numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que prestar atención!

Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta el tranquilo rincón de Soho de Londres.

Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.

De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes, cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera, cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que no pidiera a gritos sacrificarla.

Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes, daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.

—¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!—bramaba Defarge.—¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?

—¡Aquí estoy!—contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero sin hacer calceta.

La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.

—¿Por dónde andas, mujercita mía?—preguntó Defarge.

—En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las mujeres—respondió la tabernera.

—¡Adelante, pues!—gritó Defarge con voz de trueno.—¡Patriotas...! ¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!

Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma, tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.

Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra, ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa! Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.

Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante, Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya enrojecido!

«¡A mí, todas las mujeres!—gritaba mientras tanto su esposa.—¡Pues qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga en nuestro poder la plaza?»

Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la venganza!

Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres. Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar. Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier, suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio no interrumpido!

Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.

Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría, estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de tambores.

—¡Los prisioneros!

—¡Los registros!

—¡Los instrumentos de suplicio!

—¡Los prisioneros!

De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!». Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:

—¡Enséñame la torre del Norte... pronto!

—Lo haré con mucho gusto, si usted quiere—contestó el hombre—pero no hay en ella nadie.

—¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?—preguntó Defarge—¡Contesta... pronto!

—¿Que qué significa, señor?

—¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos? ¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?

—¡Mátale!—vociferó Santiago Tercero.

—Es una celda, señor.

—Enséñamela.

—Por aquí, señor.

Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera cual inconmensurables látigos manejados por titanes.

Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos, atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba; pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos, cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.

Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave, abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:

—Ciento Cinco, Torre del Norte.

Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos. En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro, a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.

—Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda ver—dijo Defarge al calabocero.

Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.

—¡Alto...! ¡Mira, Santiago!

—A. M.—rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.

—Alejandro Manette—susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su índice sobre las iniciales.—Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!

Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la mesa.

—¡Alza la luz!—gritó con furia al calabocero.—¡Y tú, Santiago, toma mi cuchillo,—añadió, arrojándoselo—rasga ese jergón, y busca entre la paja...! ¡Arriba la luz!

Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.

—¿No has encontrado nada, Santiago?—preguntó al cabo del rato.

—Nada.

—Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende fuego, carcelero!

El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, que antes.

Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador al Hôtel de Ville para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?

Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.

—Ahí tenéis a mi marido—dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.

Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le cortó la cabeza.

Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría por la escalinata que precede a las puertas del Hôtel de Ville la del gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de horrible mutilación.

—¡Bajad aquel farol!—rugió San Antonio, después de volver en derredor sus ojos sanguinolentos.—¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado de nuestros enemigos!

Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el populacho se alejaba rugiendo.

Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la piedad sin dejar la huella más insignificante.

Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias, de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros, cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó, siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras, llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»

Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.

XXII. SUBE LA MAREA

Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza, pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.

Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado, mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar. Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta, habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación: la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en movimiento y descargaba golpes aterradores.

Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso sobrenombre de «La Venganza».

—¡Atención!—exclamó La Venganza—¿Quién viene?

Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.

—¡Es Defarge!—dijo la tabernera.—¡Silencio, patriotas!

Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.

—¡Atención todos!—gritó la tabernera.—¡Escuchadle!

Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.

—¡Habla, Defarge!—repuso la tabernera.—¿Qué pasa?

—¡Noticias del otro mundo!

—¿De veras?—preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte entonación sarcástica.—¿Del otro mundo?

—¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y largarse a los infiernos?

—¡Sí...!—gritaron las turbas al unísono.

—A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.

—¡Entre nosotros!—rugieron todos.—¿Muerto?

—No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales. Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero al Hôtel de Ville. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...! ¿Nos temía con razón?

La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.

Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un rumor como de pies que se movían.

—¡Patriotas!—gritó Defarge con voz resuelta.—¿Estamos listos?

Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.

Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre, asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer, salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como fieras enloquecidas y obrando como tales.

—¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!

—¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!

—¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!

Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los cabellos, vociferaban:

—¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!

—¡Virgen Santa!—exclamaban otras.—¡Escúchame, hijo mío, desde el otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío, muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma, juro dejaros vengados en la persona de Foulon!

—¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!

Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas. Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas bajo los miles de patas de las fieras.

No se perdió un momento. Foulon estaba en el Hôtel de Ville donde acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.

Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila, a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La Venganza y Santiago Tercero.

—¡Miradle!—grita la tabernera, señalándole con la punta del cuchillo.—¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!

La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.

Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala, en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que rugía fuera.

El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.

Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles de bocas:

—¡Es nuestro...! ¡Al farol!

Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios, mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin, una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de paja.

No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!

Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que luego comían en sus hogares respectivos.

Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.

Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:

—Al fin llegó, querida.

—Sí... casi—replicó la señora.

Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.

XXIII. EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO

Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les ordenasen.

Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas, hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones, la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.

El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo, era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor, considerado como institución, como clase, había creado aquel estado deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder, comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.

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