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Una historia de dos ciudades

LIBRO PRIMERO VUELTA A LA VIDA (continued 2)

Gregorio Lafuerza translation

Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.

—Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él!

La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.

—¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!

El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos.

Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.

—Si fuera posible—dijo la niña, alargando una mano a Lorry—disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que desde esta misma casa...

—Hay que tener presente una cosa importante—contestó Lorry interrumpiendo a la joven.—¿Está en disposición de emprender el viaje?

—Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.

—Nada más cierto—terció Defarge, que se había arrodillado para ver y oir mejor.—Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. ¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?

—El negocio es ése—observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para volver a su tema favorito—y cuando hay que terminar un negocio, cuanto más pronto se ultime, mejor.

—En ese caso—dijo la señorita Manette,—tengan la bondad de dejarnos aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es llevárnoslo cuanto antes.

No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada uno por su lado.

Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con la cooperación de Lorry levantó al cautivo.

Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.

Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.

Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.

—¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta escalera?—preguntó la niña.

—¿Qué dices?

Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si aquella le hubiese sido formulada de nuevo.

—¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!

Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.

No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.

Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.

Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.

Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban de guardia.

—¡Los pasaportes, viajeros!

—Aquí están, señor oficial—contestó Defarge desde el pescante, pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al oficial.—Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, en...

Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo que le dijo.

Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.

—Está bien. Adelante.

Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.

—¿Supongo que te interesará vivir?

La respuesta era también la de siempre.

—No puedo decirlo.

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