UNA PROCLAMACION
Reading edition
Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.
Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos del candidato.
Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato. Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto gringo que habló en el teatro, y que se fué.
Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.
¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del elector.
Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.
Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia la tanda de los discursos.
La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales doscientos por lo menos están beodos.
El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción, caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.
Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que su instinto presiente como signos de excelencia.
Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y exclama en alta voz:—¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...
Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado, vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe de grasa y de sudor.
En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.
El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.
Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente, vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.
Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido, y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar de hallarse afiliados.
Y exclama con gran énfasis oratorio:
"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el cuarto oscuro? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin vergüenza?"
Una voz aguardentosa replica a gritos:
—¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza! ¿Sabe?...
Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos dicen siempre la verdad.
Este club contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.
Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.
Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.
Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.