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Salta

LA DECADENCIA DE LOS OPAS

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Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula: el progreso ha matado al opa.

Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor social.

Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.

El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de acarreo, que les era propio.

Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...

Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa de entonces...

El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera, o masitero como Panchito.

Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso, excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.

El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma, bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.

No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una misa o un sermón edificante, interrumpido por una trocatinta de azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.

Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día del lavapiés.

En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo, de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.

En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol, es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo, y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado, presa de inaudita cólera.

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