EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA
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Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la víctima inocente de tales ensañamientos.
Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y nuestros corazones al unísono.
Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en prosa y verso.
Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos horizontes montañeses.
Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melífluas expresiones del más charro gusto, bajaba mi compañera púdicamente los ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que después he sabido que en la mujer, a veces, significa; "es usted un tonto".
No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su experiencia de los hombres era escasa, pero sí pienso que los requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba más interesante que yo.
He dicho que la niña era delicada y pura como una azucena y añadiré que además poseía la exquisita sensibilidad de una mimosa.
Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la repugnante y fresca mutilación la aterró hasta el punto de que casi se descompuso de sólo mirarla.
El encuentro de un sapo la producía carne de gallina, y si algún áspero escarabajo venía volando a golpear torpemente su blanquísimo y pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la librasen del atrevido monstruo.
Yo montaba un caballejo que me prestara un tío mío al comenzar las vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero, esa tarde lo venía sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro.
Me había errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de reprimir sus intempestivos bríos, y como que yo lucía mi ecuestre pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, después, de un tirón, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegué la postrera soba y una sofrenada magna, el mancarrón no acabó de sosegarse.
Entonces nos tocó apearnos y ayudar a las niñas. Cada cual bajaba su pareja. Cambiábanse saludos de cumplido con los dueños de casa, los que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar algún sorbete.
Cumplida la galante tarea, me acerqué tirando los dos caballos, el de la chica y el mío,—para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando noté que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios.
Miro al suelo, busco y, ¡oh cosa tremenda! Mi caballo había perdido la lengua. Este adminículo yacía por tierra, envuelto en polvo. Le habían colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le había cortado la lengua.
Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas.
¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los de la cabalgata y dieron la voz de regreso.