LA JUANA FIGUEROA
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Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa.
Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de una leyenda trágica.
Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en una ruinosa cruz de palo.
Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de encanto la inmensidad del valle.
El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el martirio.
Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos" excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un corazoncito de plata.
De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija, resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de tarro.
Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas patentiza la zozobra de las almas.
A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad" alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.
Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo, se arrodilla y ora en silencio.
Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.
En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un hijo.
El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida.
El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.
La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre.
Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío, enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así, pensando, se pasaron los meses.
La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a costa de la ingenua mujer del carpintero.
Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al encanto del pequeño.
La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido, nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste con la compostura y decencia del artesano.
El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.
Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en el pueblo—él, el último,—la traición de la hembra ingrata y tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada...
Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos.
El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre.
Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".
Se sentaron en el poyo del puente.
El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.
Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris. Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos. A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos, hondura lóbrega, insalubre, hedionda...
Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante sorprendida; luego alarmada e inquieta.
Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él, acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma.
Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó, brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo.
Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia.
El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró después sobre las aguas muertas de la zanja.
Así fué el asesinato de la Juana Figueroa.
¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué—dice,—una santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la promiscuidad monstruosa de la chusma.