BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS
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Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición, el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de observación original, individual de sus alumnos.
Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no sin ironía, la comodidad del profesor.
"Amigos míos—objetó éste:—no es preciso trepar al cerro para hallar bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso. Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle, previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida microscópica. Pues la vida macroscópica no es menos abundante en la avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas; las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.
Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números. Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las concepciones más abstractas".
Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio. Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna que emergía del centro de la fuente.
Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las narices con sus manos metálicas.
Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce zumo de la pequeña isla alimenticia.
En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.
En el agua, no había ningún sapito vivo.
Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con interés.
"He aquí, amigos míos—dijo—una maravillosa oportunidad de aplicar la inteligencia a la explicación de los hechos.
He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los peces a los anfibios, en la evolución de las especies.
Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas. En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por branquias hasta que respiran por pulmones.
Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a refugiarse, bajo pena de muerte, en las islas. Lo prueban los cadáveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los renacuajos, mucho más grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su medio apropiado dada su respiración branquial.
La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y lo particular es que tal hecho explica, según creo, el origen de los anfibios. Bastaría suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos. Establecida así la lucha, se salvaban únicamente de la carnicería los que podían ganar tierra y resistir más tiempo al nuevo ambiente, hasta que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones. El hábito y la herencia fijaron el nuevo carácter específico, y el atavismo reproduciría la forma primitiva acuática. Y como la duración de las condiciones físicas del medio sería de miles de años, tendríamos repetidas las causas y los efectos en millones de generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia, entre peces y reptiles.
De los peces a los batracios, no sólo ha cambiado la respiración, sino la alimentación. Los renacuajos se alimentan por succión. Los sapos, son insectívoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fué muy difícil cambiar de régimen alimenticio, como lo probaría la poca variación que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para convertirse en captador (sapo).
Si se compara la organización de los peces superiores con la de los batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son más complicados. Los batracios no derivarían, pues, de los peces superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma intermedia entre éstos y los ciclóstomos, cuya organización es más rudimentaria.
Pronto estudiaremos la organización interna de los batracios, y, en su metamórfosis, la transformación del aparato circulatorio en correlación con el respiratorio. Entonces os haré notar cómo, la respiración cutánea, tan intensa en los batracios, y propia de organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso de la respiración branquial a la pulmonar.
Antes de terminar, amigos míos, libertemos a los sapitos, que están condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los ángeles indiferentes. Ayudemos así al cumplimiento de las leyes naturales. Arrojemos los sapitos entre la húmeda gramilla del parque, para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las plantas de los jardines."
—¡Libertemos al náufrago refugiado en la galleta!—gritó un muchacho. Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el pequeño sapo saltó al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoderó de su presa al instante.
Así hemos leído, en un charco, una hermosa página escrita hace millares de siglos por el azar de la evolución.