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LA CACERIA DE PATOS

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Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de caza los domingos por la mañana.

Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara.

Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño, críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.

En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar.

Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres.

Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar!

Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya compañía hubo de costarme tantas lágrimas.

Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse, ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato.

El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.

Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de Calleja, brillantes perspectivas de aventura.

¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los suburbios de la villa natal!

Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse inmensas bandadas de patos.

Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que habíamos de mascar para cargar el arma.

En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo.

Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo, colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para comernos los patos asados a la caucana.

Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.

El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales pirotecnias.

Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla de la laguna.

Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora por el caño.

Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso, acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un furtivo rodeo estratégico.

Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen rato, y ¡pum!

¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas.

Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño en la frente!

No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro!

¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado!

El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente, ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua flotaba un tendal de patos.

Y así acabó la cacería.

Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.

Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el hospital del Señor del Milagro.

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