PASEOS ZOOLOGICOS
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Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas.
Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.
Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La constancia es la primera virtud del naturalista.
En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.
En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y vivaz. En seguida fué al tubo.
En esta época,—fin del otoño—la mayor parte de los insectos han muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos, encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales, son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple, bulliciosa, policroma.
El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores, desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y crespa, como un festón de encajes.