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Salta

DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA

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Obispo de Salta

Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión pública que desempeñó.

El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.

Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo de Loyola.

Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un santo.

Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.

Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó, así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.

Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.

La acción acaso sea incompatible son la santidad.

La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo apóstol es exclusivista...

Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano; buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta, es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.

Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable, cuanto menos posible en la moderna sociedad.

No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la conducta.

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