VI Capitán Tiago
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¡Hágase tu voluntad en la tierra!
Mientras nuestros personajes duermen ó se desayunan, vamos á ocuparnos de capitán Tiago. No hemos sido jamás convidado suyo; no tenemos, pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de él, aun en circunstancias importantes.
Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmático: motivos no había para estar mal con el buen Dios cuando se está bien en la tierra, cuando no se ha comunicado con Él jamás, ni se Le ha prestado dinero. Nunca se había dirigido á Él en sus oraciones, ni aún en sus más grandes apuros: era rico y su oro oraba por él: para misas y rogativas Dios había criado poderosos y altivos sacerdotes; para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad había criado pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces de rezar dieciséis misterios y leer todos los libros santos, hasta la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba á mano ni una vela roja de chino, dirigíase á los santos y santas de su devoción, prometiéndoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer de la bondad de sus deseos. Pero á quien más prometía y cumplía su promesa, era á la Virgen de Antipolo, Nuestra Señora de la Paz y de Buenviaje, pues con ciertos santos pequeños no andaba el hombre ni muy puntual ni decente: á veces, conseguido lo que deseaba, no volvía á acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volvía á molestar, si se le presentaba ocasión: capitán Tiago sabía que en el calendario había muchos santos desocupados, que acaso no tienen qué hacer allá en el cielo. A la Virgen de Antipolo, además, atribuía mayor poder y eficacia que á todas las otras Vírgenes, ya lleven bastones de plata, ya Niños Jesús desnudos ó vestidos, ya escapularios, rosarios ó correas; quizás se debe esto á la fama de ser aquélla una señora muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografía, según el Sacristán mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone negra como el ébano, y á que las otras Vírgenes son más blandas de corazón, más indulgentes: sabido es que ciertas almas aman más á un rey absoluto que á uno constitucional; díganlo Luis XIV y Luis XVI, Felipe II y Amadeo I. Por esta razón acaso se debe el verse también, en el famoso santuario andar de rodillas á moros infieles y hasta españoles; sólo que no se explica el por qué se escapan los curas con el dinero de la terrible Imagen, se van á América y allá se casan.
Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tenía que jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus augures antes de una batalla dando de comer á los pollos sagrados, capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones propias de los tiempos y de las nuevas verdades. Él observaba la llama de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que capitán Tiago pierde pocas apuestas, y éstas se deberían á que el oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho sebo, ó que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc., etc.: el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños eran pruebas, á que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado por los chinos cereros y los pirotécnicos ó castilleros el hombre era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.
Así era capitán Tiago en aquel entonces. En cuanto á su pasado era el hijo único de un azucarero de Malabón, bastante acaudalado, pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar á su hijo, por cuyo motivo fué Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre muy virtuoso, que procuraba enseñarle todo lo bueno que podía y sabía. Cuando iba á tener la felicidad de que sus conocidos le llamasen lógico, esto es, cuando iba á estudiar lógica, la muerte de su protector, seguida de la de su padre, dió fin á sus estudios, y entonces tuvo que dedicarse á los negocios. Casóse con una hermosa joven de Santa Cruz que le ayudó á hacer su fortuna y le dió su posición social. Doña Pía Alba no se contentó con comprar azúcar, café y añil: quiso sembrar, y compró el nuevo matrimonio terreno en San Diego, datando de ahí sus amistades con el P. Dámaso y D. Rafael Ibarra, el más rico capitalista del pueblo.
La falta de heredero en los seis primeros años de matrimonio hacía de aquel afán por acumular riquezas casi una censurable ambición, y, sin embargo, doña Pía era esbelta, robusta y bien formada. En vano hizo novenarios; visitó por consejo de las devotas de san Diego á la Virgen de Caysasay en Taal; dió limosnas; bailó en la procesión en medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo fué en vano, hasta que fray Dámaso le aconsejó se fuera á Obando, y allí bailó en la fiesta de san Pascual Bailón, y pidió un hijo. Sabido es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos é hijas á elección: Nuestra Señora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias á este sabio consejo, doña Pía se sintió madre... ¡Ay! como el pescador de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual cesó de cantar cuando encontró un tesoro, ella perdió la alegría, se puso muy triste y no se la vió ya más sonreír.—¡Cosas de antojadizas! decían todos, hasta capitán Tiago. Una fiebre puerperal concluyó con sus tristezas, dejando huérfana una hermosa niña que llevó á la pila el mismo fray Dámaso; y como san Pascual no dió el niño que se le pedía, le pusieron los nombres de María-Clara en honor de la Virgen de Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado san Pascual Bailón. La niña creció á los cuidados de la tía Isabel, aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: vivía la mayor parte del año en san Diego por su saludable clima y allí fray Dámaso le hacía fiestas.
María Clara no tenía los pequeños ojos de su padre: como su madre, los tenía grandes, negros, sombreados por largas pestañas, alegres y risueños cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no sonreía. De niña su rizada cabellera tenía un color casi rubio; su nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca recordaba la pequeña y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos de las mejillas; su piel tenía la finura de una capa de cebolla y la blancura del algodón al decir de sus enloquecidos parientes, que encontraban el rasgo de paternidad de capitán Tiago en las pequeñas y bien modeladas orejas de María-Clara.
En los países meridionales, la niña á los trece ó catorce años se hace mujer, como el capullo de la noche, flor á la siguiente mañana. En ese periodo de transición, lleno de misterios y romanticismo, entró María Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa Catalina para recibir de las monjas la severa educación religiosa. Con lágrimas se despidió del padre Dámaso y del único amigo con quien había jugado en su niñez, de Crisóstomo Ibarra, que después partió también para Europa. Allí, en aquel convento que se comunica con el mundo al través de una doble reja, y todavía bajo la vigilancia de la Madre Escucha, vivió ella siete años.—Cada uno con sus miras particulares y comprendiendo la mutua inclinación de los jóvenes, don Rafael y capitán Tiago concertaron la unión de sus hijos y formaron una razón social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos años después de la partida del joven Ibarra, fué celebrado con igual júbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy diferentes circunstancias.