VIII Recuerdos
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El coche de Ibarra recorría parte del más animado arrabal de Manila; lo que la noche anterior le ponía triste, á la luz del día le hacía sonreir á pesar suyo.
La animación que bullía por todas partes, tantos coches que iban y venían á escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos, los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta, los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles, las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el impasible é indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.
Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen filipino, que hacía todo lo posible por servir á pesar de sus naturales imperfecciones, que se elevaba y se deprimía según el capricho del Pásig y que éste más de una vez había maltratado y destrozado.
Los almendros de la plaza de San Gabriel no habían crecido, continuaban raquíticos.
Encontraba muchos coches tirados por magníficos troncos de caballos enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos aún, se dirigían acaso á sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua y ridícula, frailes graves, canónigos, etc. En una elegante victoria creyó reconocer al padre Dámaso, serio y con las cejas fruncidas, pero éste ya había pasado y ahora le saluda alegremente desde su carretela Cpn. Tinong, que va con su señora y sus dos hijas.
A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigiéndose hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fábrica de Tabacos de Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordándose de aquel fuerte olor que á las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas y le mareaba cuando niño. Las animadas conversaciones, los chistes llevaron maquinalmente su imaginación al barrio de Lavapiés en Madrid con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados guindillas, etc.
El jardín botánico ahuyentó sus risueños recuerdos: el demonio de las comparaciones le puso delante de los jardines botánicos de Europa, en los países donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que brote una hoja y abra su cáliz una flor; recordó los de las colonias, ricos y bien cuidados y abiertos todos al público. Ibarra apartó la vista, miró á su derecha y allí vió á la antigua Manila, rodeada aún de sus murallas y fosos, como una joven anémica envuelta en un vestido de los buenos tiempos de su abuela.
¡La vista del mar que se pierde á lo lejos!.....
—¡A la otra ribera está Europa!—pensaba el joven. ¡Europa con sus hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad, soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el espíritu!...
Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia, hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda, sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había muerto allí.
A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:
—¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no empaña á la patria, no!
No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes, ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático, ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada padre de familia.
Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene encantos para nuestro joven.
Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña, sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.