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Noli me tángere

Note 1 — VIII Recuerdos

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Aquellas calles no tenían aún adoquinado. Brillaba el sol dos días seguidos y se convertía en polvo, que todo lo cubría, hacía toser y cegaba á los transeuntes: llovía un día, y se formaba un pantano, que á la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco metros de distancia á los peatones en las angostas aceras. ¡Cuántas mujeres no habían dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas bordadas! Entonces veíanse apisonando las calles presidiarios en fila, la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzón hasta las rodillas con números y letras azules; en las piernas cadenas medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce ó quizás el frío del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por otro presidiario, que se consolaba acaso con poder á su vez maltratar á otros. Eran hombres altos, de sombrías fisonomías, que él no había visto jamás serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caía sobre los hombros, ó cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio mojado y deshecho: lo cogía el que estaba más cerca y lo escondía en su salakot1; los demás se quedaban mirando con una expresión rara á los otros transeuntes. Le parecía oir aún el ruido que hacían desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba estremeciéndose aún una escena que había herido su imaginación de niño: era una siesta y el sol dejaba caer á plomo sus más calurosos rayos. A la sombra de un carretón de madera yacía uno de aquellos hombres, exánime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos, arreglaban una camilla de caña, sin ira, sin dolor, sin impaciencia, lo que era propio del carácter atribuído á los naturales.—Hoy tú, mañana nosotros, dirían entre sí. La gente circulaba sin cuidarse de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su camino; el espectáculo era común, había encallecido los corazones; los coches corrían reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de aquel sol brillante en un cielo sin nubes; á él solo, niño de once años, acabado de llegar del pueblo, le conmovía, á él sólo le dió una pesadilla la noche siguiente.

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