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Noli me tángere

X El pueblo

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Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares, de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente: matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras, pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas, y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las hojas del árbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas, pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece ser la siguiente.

Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre, que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.

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