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Los Sueños, Volume I

DISCURSO

Reading edition

Yo, que en el Sueño vi tantas cosas y en el Alguacil alguacilado oí parte de las que no había visto, como sé que los sueños, las más veces, son burla de la fantasía y ocio del alma, y que el malo nunca dijo verdad[147], por no tener cierta noticia de las cosas que justamente se nos esconden[148], vi, guiado de mi ingenio, lo que se sigue, por particular providencia, que fué para traerme en el miedo la verdadera paz.

Halléme en un lugar favorecido de naturaleza por el sosiego amable, donde, sin malicia, la hermosura entretenía la vista, muda recreación y sin respuesta humana, platicaban las fuentes entre las guijas y los árboles por las hojas, tal vez cantaba el pájaro, ni sé determinadamente si en competencia suya o agradeciéndoles su armonía. Ved cuál es de peregrino nuestro deseo, que no hallo paz en nada desto. Tendí los ojos, codicioso de ver algún camino por buscar compañía, y veo, cosa digna de admiración, dos sendas[149] que nacían de un mismo lugar, y una se iba apartando de la otra, como que huyesen de acompañarse.

Era la de mano derecha tan angosta, que no admite encarecimiento, y estaba, de la poca gente[150] que por ella iba, llena de abrojos y asperezas y malos pasos. Con todo, vi algunos que trabajaban en pasarla; pero, por ir descalzos y desnudos, se iban dejando en el camino, unos, el pellejo; otros, los brazos; otros, las cabezas; otros, los pies, y todos iban amarillos y flacos. Pero noté que ninguno de los que iban por aquí miraba atrás, sino todos adelante. Decir que puede ir alguno a caballo es cosa de risa. Uno de los que allí estaban, preguntándole si podría yo caminar aquel desierto a caballo, me dijo[151]:

—Déjese de caballerías y caiga de su asno.

Y miré con todo eso, y no vi huella de bestia ninguna. Y es cosa de admirar que no había señal de rueda de coche ni memoria apenas de que hubiese nadie caminado en él por allí jamás. Pregunté, espantado desto, a un mendigo, que estaba descansando y tomando aliento, si acaso había ventas en aquel camino o mesones en los paraderos. Respondióme:

—Venta aquí, señor, ni mesón, ¿cómo queréis que le haya en este camino, si es el de la virtud? En el camino de la vida—dijo—, el partir es nacer, el vivir es caminar, la venta es el mundo, y, en saliendo della, es una jornada sola y breve desde él a la pena o a la gloria.

Diciendo esto, se levantó y dijo:

—Quedaos con Dios, que en el camino de la virtud es perder tiempo el pararse uno y peligroso responder a quien pregunta por curiosidad y no por provecho.

Comenzó a andar dando tropezones y zancadillas y suspirando. Parecía que los ojos, con lágrimas, osaban ablandar los peñascos a los pies y hacer tratables los abrojos.

—¡Pesia[152] tal!—dije yo entre mí—; pues tras ser el camino tan trabajoso, ¿es la gente que en él anda tan seca y poco entretenida? ¡Para mi humor es bueno!

Di un paso atrás y salíme del camino del bien. Que jamás quise retirarme de la virtud que tuviese mucho que desandar ni que descansar. Volvíme a la mano izquierda y vi un acompañamiento tan reverendo, tanto coche, tanta carroza cargada de competencias al sol en humanas hermosuras y gran cantidad de galas y libreas, lindos caballos, mucha gente de capa negra y muchos caballeros. Yo, que siempre oí decir: “Dime con quién andas y diréte quién eres”, por ir con buena compañía puse el pie en el umbral del camino, y, sin sentirlo, me hallé resbalado en medio de él, como el que se desliza por el hielo, y topé con lo que había menester. Porque aquí todos eran bailes y fiestas, juegos y saraos; y no el otro camino, que, por falta de sastres, iban en él desnudos y rotos, y aquí nos sobraban mercaderes, joyeros y todos oficios. Pues ventas, a cada paso, y bodegones, sin número. No podré encarecer qué contento me hallé en ir en compañía de gente tan honrada[153], aunque el camino estaba algo embarazado, no tanto con las mulas de los médicos como con las barbas de los letrados, que era terrible la escuadra dellos que iba delante de unos jueces. No digo esto porque fuese menor el batallón de los doctores, a quien nueva elocuencia llama ponzoñas graduadas, pues se sabe que en las universidades estudian para tósigos[154]. Animóme para proseguir mi camino el ver, no sólo que iban muchos por él, sino la alegría que llevaban y que del otro se pasaban algunos al nuestro y del nuestro al otro, por sendas secretas.

Otros caían que no se podían tener, y entre ellos fué de ver el cruel resbalón que una lechigada[155] de taberneros dió en las lágrimas, que otros habían derramado en el camino, que, por ser agua, se les fueron los pies y dieron en nuestra senda unos sobre otros. Íbamos dando vaya a los que veíamos por el camino de la virtud más trabajados. Hacíamos burla dellos, llamábamosles heces del mundo y desecho de la tierra. Algunos se tapaban los oídos y pasaban adelante. Otros, que se paraban a escucharnos, dellos desvanecidos de las muchas voces y dellos persuadidos de las razones y corridos de las vayas, caían y se bajaban.

Vi una senda por donde iban muchos hombres de la misma suerte que los buenos, y desde lejos parecía que iban con ellos mismos, y, llegado que hube, vi que iban entre nosotros. Éstos me dijeron que eran los hipócritas, gente en quien la penitencia, el ayuno, que en otros son mercancía del cielo, es noviciado del infierno[156]. Iban muchas mujeres tras éstos, los cuales, siendo enredo con barba y maraña con ojos y embeleco, andaban salpicando de mentira a todos, siendo estanques donde pescan adrollas[157] los embustidores. Otros se encomiendan a ellos, que es como encomendarse al diablo por tercera persona. Éstos hacen oficio la humildad y pretenden honra, yendo de estrado en estrado y de mesa en mesa. Al fin conocí que iban arrebozados para nosotros; mas para los ojos eternos, que abiertos sobre todos juzgan el secreto más escuro de los retiramientos del alma, no tienen máscara. Bien que hay muchos buenos; mas son diferentes déstos, a quien antes se les ve la disimulación que la cara y alimentan su ambiciosa felicidad de aplauso de los pueblos, y, diciendo que son unos indignos y grandísimos pecadores y los más malos de la tierra, llamándose jumentos, engañan con la verdad, pues siendo hipócritas, lo son al fin. Iban éstos solos aparte, y reputados por más necios que los moros, más zafios que los bárbaros y sin ley, pues aquéllos, ya que no conocieron la vida eterna ni la van a gozar, conocieron la presente y holgáronse en ella; pero los hipócritas, ni la una ni la otra conocen, pues en ésta se atormentan y en la otra son atormentados. Y, en conclusión, déstos se dice con toda verdad que ganan el infierno con trabajos.

Todos íbamos diciendo mal unos de otros: los ricos tras la riqueza, los pobres pidiendo a los ricos lo que Dios les quitó. Van por un camino los discretos, por no dejarse gobernar de otros, y los necios, por no entender a quien los gobierna, aguijan a todo andar. Las justicias llevan tras sí los negociantes; la pasión, a las malgobernadas justicias, y los reyes, desvanecidos y ambiciosos, todas las repúblicas[158].

Vi algunos soldados, pero pocos, que por la otra senda infinitos iban en hileras ordenados, honradamente triunfando; pero los pocos que nos cupieron acá era gente que, si, como habían extendido el nombre de Dios jurando, lo hubieran hecho peleando, fueran famosos. Dos corrilleros[159] solos iban muy desnudos, que, por la mayor parte, los tales, que viven por su culpa, traen los golpes en los vestidos y sanos los cuerpos. Andaban contando entre sí las ocasiones en que se habían visto, los malos pasos que habían andado, que nunca éstos andan en buenos pasos. Nada los oíamos[160]; sólo, cuando por encarecer sus servicios dijo uno a los otros ¿qué digo, camarada?, ¡qué trances hemos pasado y qué tragos!, lo de los tragos se les creyó[161]. Miraban a estos pocos los muchos capitanes, maestres de campo, generales de ejércitos, que iban por el camino de la mano derecha enternecidos. Y oí decir a uno dellos que no lo pudo sufrir, mirando las hojas de lata[162] llenas de papeles inútiles que llevaban estos ciegos:

—¿Qué digo? ¿Soldados por acá? ¿Esto es de valientes, dejar este camino, de miedo de sus dificultades? Venid, que por aquí de cierto sabemos que sólo coronan[163] al que vence. ¿Qué vana esperanza os arrastra con anticipadas promesas de los reyes? No siempre con almas vendidas es bien que temerosamente suene en vuestros oídos: “Mata o muere”. Reprended la hambre del premio, que de buen varón es seguir la virtud sola y de cudiciosos los premios no más, y, quien no sosiega en la virtud y la sigue por el interés y mercedes que se siguen, más es mercader que virtuoso, pues la hace a precio de perecederos bienes. Ella es don de sí misma: quietaos en ella.

Y aquí alzó la voz, y dijo:

—Advertid que la vida del hombre es guerra[164] consigo mismo y que toda la vida nos tienen en armas los enemigos del alma, que nos amenazan más dañoso vencimiento. Y advertid que ya los príncipes tienen por deuda nuestra sangre y vida, pues perdiéndolas por ellos, los más dicen que los pagamos y no que los servimos. ¡Volved, volved!

Oyéronlo ellos muy atentamente,[165] y, enternecidos y enseñados, se encaminaron bien con los demás soldados.

Iban las mujeres al infierno tras el dinero de los hombres, y los hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos con otros.

Noté cómo, al fin del camino de los buenos, algunos se engañaban y pasaban al de la perdición. Porque, como ellos saben que el camino[166] es angosto y el del infierno ancho, y al acabar veían al suyo ancho y el nuestro angosto, pensando que habían errado o trocado los caminos, se pasaban acá, y de acá allá los que se desengañaban del remate del nuestro.

Vi una mujer que iba a pie, y espantado de que mujer se fuese al infierno sin silla o coche, busqué un escribano que me diera fe dello, y en todo el camino del infierno pude hallar ningún escribano ni alguacil. Y como no los vi en él, luego colegí que era aquél el camino[167] y este otro al revés. Quedé algo consolado y sólo me quedaba duda que cómo yo había oído decir que iban con grandes asperezas y penitencias por el camino dél[168], y veía que todas se iban holgando, cuando me sacó desta duda una gran parva de casados, que venían con sus mujeres de las manos, y que la mujer era ayuno del marido, pues por darle la perdiz y el capón, no comía, y que era su desnudez, pues por darle galas demasiadas y joyas impertinentes iba en cueros, y, al fin, conocí que un malcasado tiene en su mujer toda la herramienta necesaria para la muerte, y ellos y ellas, a veces el infierno portátil.

Ver esta asperísima penitencia me confirmó de nuevo en que íbamos bien. Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas:

—Dejen pasar los boticarios.

—¿Boticarios pasan?—dije yo entre mí—: ¡al infierno vamos!

Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como de ratonera, fácil de entrar e imposible de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: “Al infierno vamos”, y todos, estando en él, dijeron muy espantados: “En el infierno estamos”.

—¿En el infierno?—dije yo muy afligido—. No puede ser.

Quíselo poner a pleito. Comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas. Y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto. Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes.

Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre. Díjele, y pasé. Llegaron a mis compañeros y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos:

—Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.

Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento, y replicó un verdugo malbarbado, entrecano:

—¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.

Afligiéronse ellos, mas, al fin, entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero un negro, chiquito, rubio, de mal pelo[169]. Dió un salto en viéndose allá, y dijo:

—Ahora acá estamos todos[170].

Salió de un lugar donde estaba aposentado un diablo de marca mayor, corcovado y cojo, y, arrojándolos en una hondura muy grande, dijo:

—Allá va leña.

Por curiosidad, me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo, que era diablo de pocas palabras:

—Yo era recuero[171] de remendones, iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas, me hice corcovado y cojo. He dado en la cuenta y hallo que se vienen ellos mucho más apriesa que yo los puedo traer.

En esto hizo otro vómito dellos el mundo y hube de entrarme, porque no había dónde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre que, por las tinieblas, no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía.

—¿No me conoce?—me dijo—. A...

Ya lo iba a decir, y prosiguió tras su nombre: “el librero. Pues yo soy”.

¡Quién tal pensara! Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos que tenía eran de la gente de la vida, escandalosos y burlones. Un rótulo que decía: “Aquí se vende tinta fina, papel batido y dorado”, pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello.

—¿Qué quiere?—me dijo viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas—. Pues es tanta mi desgracia, que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios. Que ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.

Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos[172] de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí:

—Si hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieron propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros. Y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más, a manera de decir, lidiar con lacayos. Porque había cochero de aquéllos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes[173] tan bien como ellos.

—¿Qué causa hay para que éstos penen aquí?—dije.

Y tan presto se levantó un cochero viejo de aquéllos, barbinegro y malcarado, y dijo:

—Señor, porque, siendo pícaros, nos venimos al infierno a caballo y mandando.

Aquí le replicó el diablo:

—¿Y por qué calláis lo que encubristeis en el mundo, los pecados que facilitasteis y lo que mentisteis en un oficio tan vil?

Dijo un cochero que lo había sido de un caballero, y aun esperaba que le había de sacar de allí:

—No ha habido tan honrado oficio en el mundo de diez años a esta parte, pues nos llegaron a poner cotas y sayos vaqueros, hábitos largos y valona, en forma de cuellos bajos[174]. ¿Cómo supieran condenarse las mujeres de los pícaros en su rincón, si no fuera por el desvanecimiento de verse en coche? Que hay mujer destos de honra postiza, que se fué por su pie al don[175], y por tirar una cortina, ir a una testera, hartará de ánimas a Perogotero[176].

—Así—dijo un diablo—, soltóse el cocherillo y no callará en diez años.

—¿Qué he de callar—dijo—, si nos tratáis de esta manera, debiendo regalarnos? Pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, llena de lodos, como los siempre rotos escuderos, zanqueando y despeados, sino sahumada[177], descansada, limpia y en coche. Por otros lo hiciéramos, que lo supieran agradecer. Pues ¡decir que merezco yo eso por barato y bienhablado y aguanoso[178], o porque llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a tanto, que por casarse y saber si una era doncella se hacía información si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras desto me das este pago?

—Vía[179]—dijo un demonio mulato y zurdo.

Redobló los palos y callaron. Y forzóme ir adelante el mal olor de los cocheros, que andaban por allí.

Y lleguéme a unas bóvedas, donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo:

—Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares chocarreros, hombres por de más y que sobran en el mundo y que están aquí retirados, porque, si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad[180] es tanta, que templaría el dolor del fuego.

Pedíle licencia para llegar a verlos. Diómela y calofriado[181] llegué, y vi la más infame casilla del mundo y una cosa, que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados, que yo había tenido por tales. Pregunté la causa y respondióme un diablo que eran aduladores y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[182]. Y repliqué yo cómo se condenaban, y me respondieron[183]:

—Gente es que se viene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha[184], como en su casa. Y en parte, los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros y nos ahorran de trabajos y se condenan a sí mismos, y por la mayor parte, en vida, los más ya andan con marca del infierno. Porque, el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas[185] en las nalgas o pelar las cejas. Y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos, después de las penas, sólo echan menos las pagas. ¿Veis aquél?—me dijo—. Pues mal juez fué, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia, y a los derechos, que no hizo tuertos[186], los hizo bizcos.

Aquél fué marido descuidado, y está también entre los bufones, porque por dar gusto a todos, vendió el que tenía con su esposa, y tomaba a su mujer en dineros como ración y se iba a sufrir[187]. Aquella mujer, aunque principal, fué juglar, y está entre los truhanes, porque por dar gusto, hizo plato[188] de sí misma a todo apetito.

Al fin, de todos estados entran en el número de los bufones, y por eso hay tantos que, bien mirado, en el mundo todos sois bufones, pues los unos os andáis riendo de los otros, y en todos, como digo, es naturaleza y en unos pocos oficio. Fuera déstos, hay bufones desgranados y bufones en racimos. Los desgranados son los que de uno en uno y de dos en dos andan a casa de los señores. Los en racimo son los faranduleros miserables de bululú[189], y déstos os certifico que, si ellos no se nos viniesen por acá, que nosotros no iríamos por ellos.

Trabóse una pendencia adentro, y el diablo acudió a ver lo que era. Yo, que me vi suelto, entréme por un corral adelante, y hedía a chinches que no se podía sufrir.

—A chinches hiede—dije yo—: apostaré que alojan por aquí los zapateros.

Y fué así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los tranchetes. Tapéme las narices y asoméme a la zahurda donde estaban, y había infinitos. Díjome el guardián:

—Éstos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros[190]. Y como otros se van al infierno por su pie, éstos se van por los ajenos[191] y por los suyos y así vienen tan ligeros.

Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de los amantes, porque yo no vi selva ninguna, sino en el cuartel que dije de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra madera en los edificios.

Estaban todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros, que se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo[192], donde estaban tantos, que andaban mil diablos con pisones atestando almas de pasteleros y aún no bastaban.

—¡Ay de nosotros—dijo uno—, que nos condenamos por el pecado de la carne[193], sin conocer mujer, tratando más en huesos!

Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:

—Ladrones, ¿quién merece el infierno mejor que vosotros, pues habéis hecho comer a los hombres caspa y os han servido de pañizuelos los de a real, sonándoos en ellos, donde muchas veces pasó por caña el tuétano de las narices? ¿Qué de estómagos pudieran ladrar, si resucitaran los perros que les hicistes comer? ¿Cuántas veces pasó por pasa la mosca golosa y muchas fué el mayor bocado de carne que comió el dueño del pastel? ¿Qué de dientes habéis hecho jinetes[194] y qué de estómagos habéis traído a caballo, dándoles a comer rocines enteros? ¿Y os quejáis, siendo gente antes condenada que nacida, los que hacéis así vuestro oficio? Pues ¿qué pudiera decir de vuestros caldos? Mas no soy amigo de revolver caldos. Padeced[195] y callad enhoramala. Que más hacemos nosotros en atormentaros que vosotros en sufrirlo. Y vos andad adelante, me dijo a mí, que tenemos que hacer éstos y yo.

Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían los diablos, en lugar de fuelles, con corchetes, que soplaban mucho más. Que aun allá tienen este oficio[196] y son abanicos de culpas y resuello de la provincia y vaharada[197] del verdugo.

Vi un mercader que poco antes había muerto.

—¿Acá estáis?—dije yo—. ¿Qué os parece?

¿No valiera más haber tenido poca hacienda y no estar aquí?

Dijo en esto uno de los atormentadores:

—Pensaron que no había más y quisieron con la vara de medir sacar agua de las piedras[198]. Éstos son—dijo—los que han ganado como buenos caballeros el infierno por sus pulgares[199], pues a puras pulgaradas[200] se nos vienen acá. Mas ¿quién duda que la oscuridad de sus tiendas[201] les prometía estas tinieblas? Gente es ésta—dijo al cabo muy enojado—que quiso ser como Dios, pues pretendieron ser sin medida; mas Él, que todo lo ve, los trajo de sus rasos[202] a estos nublados, que los atormenten con rayos. Y si quieres acabar de saber cómo éstos son los que sirven allá a la locura de los hombres, juntamente con los plateros y buhoneros, has de advertir que, si Dios hiciera que el mundo amaneciera cuerdo un día, todos éstos quedaran pobres, pues entonces se conociera que en el diamante, perlas, oro y sedas diferentes, pagamos más lo inútil y demasiado y raro que lo necesario y honesto. Y advertid ahora que la cosa que más cara se os vende en el mundo es lo que menos vale, que es la vanidad que tenéis. Y estos mercaderes son los que alimentan todos vuestros desórdenes y apetitos.

Tenía talle[203] de no acabar sus propiedades, si yo no me pasara adelante, movido de admiración de unas grandes carcajadas que oí. Fuíme allá por ver risa en el infierno, cosa tan nueva.

—¿Qué es esto?—dije.

Cuando veo dos hombres dando voces en un alto, muy bien vestidos con calzas atacadas. El uno con capa y gorra, puños como cuellos y cuellos como calzas. El otro traía valones y un pergamino en las manos. Y a cada palabra que hablaban, se hundían siete u ocho mil diablos de risa y ellos se enojaban más. Lleguéme más cerca por oírlos, y oí al del pergamino, que, a la cuenta, era hidalgo, que decía:

—Pues si mi padre se decía tal cual y soy nieto de Esteban tales y cuales, y ha habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos y de parte de mi madre doña Rodriga desciendo de cinco catedráticos los más doctos del mundo, ¿cómo me puedo haber condenado? Y tengo mi ejecutoria y soy libre de todo y no debo pagar pecho.

—Pues pagad espalda—dijo un diablo.

Y dióle luego cuatro palos en ellas, que le derribó de la cuesta. Y luego le dijo:

—Acabaos de desengañar, que el que desciende del Cid, de Bernardo y de Gofredo[204], y no es como ellos, sino vicioso como vos, ése tal más destruye el linaje que lo hereda. Toda la sangre, hidalguillo, es colorada. Parecedlo en las costumbres y entonces creeré que descendéis del docto, cuando lo fuéredes o procuráredes serlo, y si no, vuestra nobleza será mentira breve en cuanto durare la vida. Que en la chancillería del infierno arrúgase el pergamino y consúmense las letras, y, el que en el mundo es virtuoso, ése es el hidalgo, y la virtud es la ejecutoria que acá respetamos, pues aunque descienda de hombres viles y bajos, como él con divinas costumbres se haga digno de imitación, se hace noble a sí y hace linaje para otros. Reímonos acá de ver lo que ultrajáis a los villanos, moros y judíos, como si en éstos no cupieran las virtudes, que vosotros despreciáis.

Tres cosas son las que hacen ridículos a los hombres: la primera, la nobleza; la segunda, la honra; la tercera, la valentía. Pues es cierto que os contentáis con que hayan tenido vuestros padres virtud y nobleza para decir que la tenéis vosotros, siendo inútil parto del mundo. Acierta a tener muchas letras el hijo del labrador, es arzobispo el villano que se aplica a honestos estudios, y los caballeros que descienden de buenos padres, como si hubieran ellos de gobernar el cargo que les dan, quieren, ¡ved qué ciegos!, que les valga a ellos, viciosos, la virtud ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada, y no quieren que el pobre se honre con la propia.

Carcomióse el hidalgo de oir estas cosas, y el caballero que estaba a su lado se afligía, pegando los abanillos[205] del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.

—Pues ¿qué diré de la honra mundana? Que más tiranías hace en el mundo y más daños y la que más gustos estorba. Muere de hambre un caballero pobre, no tiene con qué vestirse, ándase roto y remendado, o da en ladrón, y no lo pide, porque dice que tiene honra; ni quiere servir, porque dice que es deshonra. Todo cuanto se busca y afana dicen los hombres que es por sustentar honra. ¡Oh, lo que gasta la honra! Y llegado a ver lo que es la honra mundana, no es nada. Por la honra no come el que tiene gana donde le sabría bien. Por la honra se muere la viuda entre dos paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué es gusto, se pasa la doncella treinta años casada consigo misma. Por la honra, la casada se quita a su deseo cuanto pide. Por la honra, pasan los hombres el mar. Por la honra, mata un hombre a otro. Por la honra, gastan todos más de lo que tienen. Y es la honra mundana, según esto, una necedad del cuerpo y alma, pues al uno quita los gustos y al otro el descanso. Y porque veáis cuáles sois los hombres desgraciados y cuán a peligro tenéis lo que más estimáis, hase de advertir que las cosas de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda. La honra está en arbitrio de las mujeres; la vida, en manos de los doctores, y la hacienda en las plumas de los escribanos.

—Desvaneceos, pues, bien, mortales—dije yo entre mí—. ¡Y cómo se echa de ver que esto es el infierno, donde, por atormentar a los hombres con amarguras, les dicen las verdades.

Tornó en esto a proseguir, y dijo:

—¡La valentía! ¿Hay cosa tan digna de burla? Pues, no habiendo ninguna en el mundo sino la caridad, con que se vence la fiereza de otros y la de sí mismo y la de los mártires, todo el mundo es de valientes; siendo verdad que todo cuanto hacen los hombres, cuanto han hecho tantos capitanes valerosos como ha habido en la guerra, no lo han hecho de valentía, sino de miedo. Pues el que pelea en la tierra por defendella, pelea de miedo de mayor mal, que es ser cautivo y verse muerto, y el que sale a conquistar los que están en sus casas, a veces lo hace de miedo de que el otro no le acometa, y los que no llevan este intento, van vencidos de la cudicia.

—¡Ved qué valientes! ¡A robar oro y a inquietar los pueblos apartados, a quien Dios puso como defensa a nuestra ambición mares en medio y montañas ásperas! Mata uno a otro, primero vencido de la ira, pasión ciega, y otras veces de miedo de que le mate a él. Así, hombres que todo lo entendéis al revés, bobo llamáis al que no es sedicioso, alborotador y maldiciente; sabio llamáis al malacondicionado, perturbador y escandaloso; valiente, al que perturba el sosiego, y cobarde, al que con bien-compuestas costumbres escondido de las ocasiones, no da lugar a que le pierdan el respeto. Éstos tales son en quien ningún vicio tiene licencia.

—¡Oh, pesia tal!—dije yo—. Más estimo haber oído este diablo que cuanto tengo.

Dijo en esto el de las calzas atacadas muy mohíno:

—Todo eso se entiende con ese escudero; pero no conmigo, a fe de caballero—y tornó a decir caballero tres cuartos de hora—. Que es ruin término y descortesía. ¡Deben de pensar que todos somos unos!

Esto les dió a los diablos grandísima risa. Y luego, llegándose uno a él, le dijo que se desenojase y mirase qué había menester y qué era la cosa que más pena le daba, porque le querían tratar como quien era. Y al punto dijo:

—¡Bésoos las manos! Un molde para repasar el cuello.

Tornaron a reír y él a atormentarse de nuevo.

Yo, que tenía gana de ver todo lo que hubiese, pareciendo que me había detenido mucho, me partí. Y a poco que anduve, topé una laguna muy grande como el mar, y más sucia, adonde era tanto el ruido, que se me desvaneció la cabeza. Pregunté lo que era aquello, y dijéronme que allí penaban las mujeres que en el mundo se volvieron dueñas. Así supe cómo las dueñas de acá son ranas del infierno, que eternamente como ranas están hablando, sin tono y sin son[206], húmedas y en cieno, y son propiamente ranas infernales. Porque las dueñas ni son carne ni pescado[207], como ellas. Dióme grande risa el verlas convertidas en sabandijas tan pierniabiertas y que no se comen sino de medio abajo, como la dueña, cuya cara siempre es trabajosa y arrugada.

Salí, dejando el charco a mano izquierda, a una dehesa donde estaban muchos hombres arañándose y dando voces, y eran infinitísimos y tenía seis porteros. Pregunté a uno qué gente era aquélla tan vieja y tan en cantidad.

—Éste es—dijo—el cuarto de los padres que se condenan por dejar ricos a sus hijos, que, por otro nombre, se llama el cuarto de los necios.

—¡Ay de mí!—dijo en esto uno—. Que no tuve día sosegado en la otra vida ni comí ni vestí por hacer un mayorazgo, y después de hecho, por aumentarle. Y en haciéndole, me morí sin médico, por no gastar dineros amontonados. Y apenas espiré, cuando mi hijo se enjugó las lágrimas con ellos. Y cierto de que estaba en el infierno por lo que vió que había ahorrado, viendo que no había menester misas, no me las dijo ni cumplió manda mía. Y permite Dios que aquí para más pena le vea desperdiciar lo que yo afané, y le oigo decir:

—Ya se condenó mi padre. ¿Por qué no tomó más sobre su ánima y se condenó por cosas de más importancia?

—¿Queréis saber—dijo un demonio—qué tanta[208] verdad es ésa? Que tienen ya por refrán en el mundo contra estos miserables decir: “Dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”.[209]

Apenas oyeron esto, cuando se pusieron todos a aullar y darse de bofetones. Hiciéronme lástima, no lo pude sufrir, y pasé adelante.

Y llegando a una cárcel oscurísima, oí grande ruido de cadenas y grillos, fuego, azotes y gritos. Pregunté a uno de los que allí estaban qué estancia era aquélla, y dijéronme que era el cuarto de los de: ¡Oh, quién hubiera![210]

—No lo entiendo—dije—. ¿Quién son los de ¡oh, quién hubiera!?

Dijo al punto:

—Son gente necia que en el mundo vivía mal y se condenó sin entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: ¡Oh, quién hubiera oído misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!

Huí medroso de tan mala gente y tan ciega y di en unos corrales con otra peor. Pero admiróme más el título con que estaban aquí, porque preguntándoselo a un demonio, me dijo:

—Estos son los de: ¡Dios es piadoso!

—¡Dios sea conmigo!—dije al punto—. Pues ¿cómo puede ser que la misericordia condene siendo eso de la justicia? Vos habláis como diablo.

—Y vos—dijo el maldito—, como ignorante, pues no sabéis que la mitad de los que están aquí se condenan por la misericordia de Dios. Y si no, mirad cuántos son los que, cuando hacen algo malhecho y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: “Dios es piadoso y no mira en niñerías; para eso es la misericordia de Dios tanta”. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.

—Luego ¿no se ha de esperar en Dios y en su misericordia?—dije yo.

—No lo entiendes—me respondieron—. Que de la piedad de Dios se ha de fiar, porque ayuda a buenos deseos y premia buenas obras; pero no todas veces con consentimiento de obstinaciones. Que se burlan a sí las almas, que consideran la misericordia de Dios encubridora de maldades y la aguardan como ellas la han menester, y no como ella es, purísima y infinita en los santos y capaces della, pues, los mismos que más en ella están confiados, son los que menos la dan para su remedio. No merece la piedad de Dios quien, sabiendo que es tanta, la convierte en licencia y no en provecho espiritual. Y de muchos tiene Dios misericordia que no la merecen ellos. Y en los más es así, pues nada de su mano pueden, sino por favor, y el hombre que más hace es procurar merecerla. Porque no os desvanezcáis y sepáis que aguardáis siempre al postrero día lo que quisiérades haber hecho al primero y que las más veces está pasado por vosotros lo que teméis que ha de venir.

—Esto se ve y se oye en el infierno. ¡Ah, lo que aprovechara allá uno destos escarmentados!

Diciendo esto, llegué a una caballeriza donde estaban los tintoreros, que no averiguara un pesquisidor quiénes eran, porque los diablos parecían tintoreros y los tintoreros diablos. Pregunté a un mulato, que a puros cuernos tenía hecha espetera la frente, que dónde estaban los sodomitas, las viejas y los cornudos. Dijo:

—En todo el infierno están. Que ésa es gente que en vida son diablos, pues es su oficio traer corona de hueso[211]. De los sodomitas y viejas, no sólo no sabemos dellos, pero ni querríamos saber que supiesen de nosotros. Que en ellos peligran nuestras asentaderas, y los diablos por eso traemos colas. Porque, como aquéllos están acá, habemos menester mosqueador de los rabos. De las viejas, porque aun acá nos enfadan y atormentan, y, no hartas de vida, hay algunas que nos enamoran; muchas han venido acá muy arrugadas y canas y sin diente ni muela, y ninguna ha venido cansada de vivir. Y otra cosa más graciosa, que si os informáis dellas, ninguna vieja hay en el infierno. Porque la que está calva y sin muelas, arrugada y lagañosa de pura edad y de puro vieja, dice que el cabello se le cayó de una enfermedad, que los dientes y muelas se le cayeron de comer dulce, que está jibada de un golpe. Y no confesará que son años, si pensara[212] remozar por confesarlo.

Junto a éstos estaban unos pocos dando voces y quejándose de su desdicha.

—¿Qué gente es ésta?—pregunté.

Y respondióme uno dellos:

—Los sin ventura, muertos de repente.

—Mentís—dijo un diablo—. Que ningún hombre muere de repente; de descuidado y divertido, sí. ¿Cómo puede morir de repente quien dende que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte? ¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertos y sepulturas? ¿Qué otra cosa oís en los púlpitos y leéis en los libros? ¿A qué volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte? Vuestro vestido que se gasta, la casa que se cae, el muro que se envejece y hasta el sueño cada día os acuerda de la muerte, retratándola en sí. Pues ¿cómo puede haber hombre que se muera de repente en el mundo, si siempre lo andan avisando tantas cosas? No os habéis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula de que podía morir así, sabiendo con cuán secretos pies entra la muerte en la mayor mocedad y que en una misma hora, en dar bien y mal, suele ser madre y madrastra.

Volví la cabeza a un lado y vi en un seno muy grande apretura de almas y dióme un mal olor.

—¿Qué es esto?—dije.

Y respondióme un juez amarillo, que estaba castigándolos:

—Éstos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote[213]. Gente que, como otros buscan ayudas[214] para salvarse, éstos las tienen para condenarse. Éstos son los verdaderos alquimistas, que no Demócrito Abderita en la Arte sacra, Avicena, Géber ni Raimundo Lull. Porque ellos escribieron cómo de los metales se podía hacer oro y no lo hicieron ellos, y, si lo hicieron, nadie lo ha sabido hacer después acá; pero estos tales boticarios de la agua turbia, que no clara, hacen oro y de los palos[215], oro hacen de las moscas, del estiércol; oro hacen de las arañas, de los alacranes y sapos, y oro hacen del papel, pues venden hasta el papel en que dan el ungüento. Así que sólo para éstos puso Dios virtud en las yerbas y piedras y palabras, pues no hay yerba, por dañosa que sea y mala, que no les valga dineros, hasta la ortiga y cicuta; ni hay piedra que no les dé ganancia, hasta el guijarro crudo, sirviendo de moleta[216]. En las palabras también, pues jamás a éstos les falta cosa que les pidan, aunque no la tengan, como vean dinero, pues dan por aceite de matiolo[217] aceite de ballena, y no compra sino las palabras el que compra. Y su nombre no había de ser boticario, sino armeros; ni sus tiendas no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores[218], el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo. Allí se ve todo esmeril de ungüentos, la asquerosa arcabucería de melecinas con munición de calas. Muchos déstos se salvan; pero no hay que pensar que, cuando mueren, tienen con qué enterrarse.

Y si queréis reír ved tras ellos los barberillos cómo penan, que en subiendo esos dos escalones, están en ese cerro.

Pero pasé allá y vi, ¡qué cosa tan admirable y qué justa pena!, los barberos atados y las manos sueltas, y sobre la cabeza una guitarra y entre las piernas un ajedrez con las piezas de juego de damas. Y cuando iba con aquella ansia natural de pasacalles a tañer, la guitarra le huía. Y cuando volvía abajo a dar de comer una pieza, se le sepultaba el ajedrez. Y ésta era su pena. No entendí salir de allí de risa.

Estaban tras de una puerta unos hombres, muchos en cantidad, quejándose de que no hiciesen caso dellos, aun para atormentarlos. Y estábales diciendo un diablo, que eran todos tan diablos como ellos, que atormentasen a otros.

—¿Quién son?—le pregunté.

Y dijo el diablo:

—Hablando con perdón, los zurdos[219], gente que no puede hacer cosa a derechas, quejándose de que no están con los otros condenados, y acá dudamos si son hombres o otra cosa. Que en el mundo ellos no sirven sino de enfados y de mal agüero. Pues, si uno va en negocios y topa zurdos, se vuelve como si topara un cuervo o oyera una lechuza. Y habéis de saber que, cuando Scévola[220] se quemó el brazo derecho porque erró a Porsena, que fué, no por quemarle y quedar manco, sino queriendo hacer en sí un gran castigo, dijo:

—Así, ¿que erré el golpe? Pues en pena he de quedar zurdo.

Y cuando la justicia manda cortar a uno la mano derecha por una resistencia, es la pena hacerle zurdo, no el golpe. Y no queráis más, que, queriendo el otro echar una maldición muy grande, fea y afrentosa, dijo:

Lanzada de moro izquierdo te atraviese el corazón[221].

Y en el día del juicio todos los condenados, en señal de serlo, estarán a la mano izquierda. Al fin es gente hecha al revés y que se duda si son gente.

En esto me llamó un diablo por señas y me advirtió con las manos que no hiciese ruido. Lleguéme a él y asoméme a una ventana, y dijo:

—Mira lo que hacen las feas.

Y veo una muchedumbre de mujeres, unas tomándose puntos[222] en las caras, otras haciéndose de nuevo, porque ni la estatura en los chapines, ni la ceja con el cohol[223], ni el cabello en la tinta, ni el cuerpo en la ropa, ni las manos con la muda, ni la cara con el afeite, ni los labios con la color, eran los con que nacieron ellas. Y vi algunas poblando sus calvas con cabellos que eran suyos[224] sólo porque los habían comprado. Otra vi que tenía su media cara en las manos, en los botes de unto y en la color.

—Y no queráis más de las invenciones de las mujeres—dijo un diablo—; que hasta resplandor tienen sin ser soles ni estrellas. Las más duermen con una cara y se levantan con otra al estrado, y duermen con unos cabellos y amanecen con otros. Muchas veces pensáis que gozáis las mujeres de otro y no pasáis el adulterio de la carne. Mirad cómo consultan con el espejo sus caras. Éstas son las que se condenan solamente por buenas siendo malas.

Espantóme la novedad de la causa con que se habían condenado aquellas mujeres, y, volviendo, vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego ni hielo, ni demonio ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos.

—¡Válgame Dios!—dije en mi alma—. ¿De qué se queja éste no atormentándole nadie?

Y él, cada punto doblaba sus alaridos y voces.

—Dime—dije yo—: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde ni el hielo te cerca?

—¡Ay!—dijo dando voces—, ¡que la mayor pena del infierno es la mía! ¿Verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?—dijo.

Y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir.

—Velos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí, miserable y perpetuo alimento de sus dientes.

Y diciendo esto, salió la voz:

—¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discursos y fueron discretos: ellos se son infierno y martirio de sí mismos.

Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo:

—¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quien se lo vió llorar solo y tenía dentro de su alma aposentado el infierno!

Lleguéme, diciendo esto, a una gran compañía, donde penaban en diversos puestos muchos, y vi unos carros en que traían atenaceando muchas almas con pregones delante. Lleguéme a oir el pregón, y decía:

—Éstos manda Dios castigar por escandalosos y porque dieron mal ejemplo.

Y vi a todos los que penaban, que cada uno los metía en sus penas, y así pasaban las de todos como causadores de su perdición. Pues éstos son los que enseñan en el mundo malas costumbres, de quien dijo Dios que valiera más no haber nacido[225].

Pero dióme risa ver unos taberneros que se andaban sueltos por todo el infierno, penando sobre su palabra, sin prisión ninguna, teniéndola cuantos estaban en él. Y preguntando por qué a ellos solos los dejan andar sueltos, dijo un diablo:

—Y les abrimos las puertas. Que no hay para qué temer que se irán del infierno gente que hace en el mundo tantas diligencias para venir. Fuera de que los taberneros trasplantados acá, en tres meses son tan diablos como nosotros. Tenemos sólo cuenta de que no lleguen al fuego de los otros, porque no lo agüen.

Pero, si queréis saber notables cosas, llegaos a aquel cerco. Veréis en la parte del infierno más hondo a Judas con su familia descomulgada de malditos dispenseros.

Hícelo así, y vi a Judas, que me holgué mucho, cercado de sucesores suyos y sin cara[226]. No sabré decir sino que me sacó de la duda de ser barbirrojo[227], como le pintan los extranjeros por hacerle español, porque él me pareció capón. Y no es posible menos ni que tan mala inclinación y ánimo tan doblado se hallase sino en quien, por serlo, no fuese ni hombre ni mujer. ¿Y quién sino un capón tuviera tan poca vergüenza? ¿Y quién sino un capón pudiera condenarse por llevar las bolsas? ¿Y quién sino un capón tuviera tan poco ánimo que se ahorcase sin acordarse de la mucha misericordia de Dios? Ello[228] yo creo por muy cierto lo que fuere verdad; pero capón[229] me pareció que era Judas. Y lo mismo digo de los diablos, que todos son capones, sin pelo de barba y arrugados, aunque sospecho que, como todos se queman, que el estar[230] lampiños es de chamuscado el pelo con el fuego, y lo arrugado, del calor. Y debe ser así porque no vi ceja ni pestaña y todos eran calvos.

Estaba, pues, Judas muy contento de ver cuán bien lo hacían algunos dispenseros en venirle a cortejar y a entretener, que muy pocos me dijeron que le dejaban de imitar. Miré más atentamente, y fuíme llegando donde estaba Judas, y vi que la pena de los dispenseros era que, como a Titio[231] le come un buitre las entrañas, a ellos se las descarnaban dos aves, que llaman sisones[232]. Y un diablo decía a voces de rato en rato:

—Sisones son dispenseros y los dispenseros, sisones.

A este pregón se estremecían todos, y Judas estaba con sus treinta dineros atormentándose[233]. Yo le dije:

—Una cosa querría saber de ti: ¿por qué te pintan con botas y dicen por refrán las botas de Judas[234]?

—No porque yo las truje—respondió—; mas quisieron significar, poniéndome botas, que anduve siempre de camino para el infierno y por ser dispensero. Y así se han de pintar todos los que lo son. Ésta fué la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo que era portugués, que es mentira; que yo fuí...

Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria[235], si de otra parte.

—Y has de advertir que yo sólo soy el dispensero, que se ha condenado por vender; que todos los demás, fuera de algunos, se condenan por comprar[236]. Y en lo que dices que fuí traidor y maldito en dar a mi Maestro por tan poco precio, tienes razón, y no podía hacer yo otra cosa, fiándome de gente como los judíos[237], que era tan ruin, que pienso que, si pidiera un dinero más por él, no me lo tomaran. Y porque estás muy espantado y fiado en que yo soy el peor hombre que ha habido, ve ahí debajo y verás muchísimos tan malos. Vete—dijo—, que ya basta de conversación, que no los escurezco.

—Dices la verdad—le respondí.

Y acogíme donde me señaló, y topé muchos demonios en el camino, con palos y lanzas, echando del infierno muchas mujeres hermosas y muchos malos letrados. Pregunté por qué los querían echar del infierno a aquéllos solos, y dijo un demonio:

—Porque eran de grandísimo provecho para la población del infierno en el mundo: las damas, con sus caras y con sus mentirosas hermosuras y buenos pareceres, y los letrados, con buenas caras y malos pareceres.

Y que así los echaban porque trujesen gente.

Pero el pleito más intrincado y el caso más difícil que yo vi en el infierno fué el que propuso una mujer condenada con otras muchas por malas, enfrente de unos ladrones, la cual decía:

—Decidnos, señor, ¿cómo ha de ser esto de dar y recibir, si los ladrones se condenan por tomar lo ajeno y la mujer por dar lo suyo? Aquí de Dios, que, si el ser puta es ser justicia, si es justicia dar a cada uno lo suyo, pues lo hacemos así, ¿de qué nos culpan?

Dejé de escucharla, y pregunté, como nombraron ladrones, dónde estaban los escribanos.

—¡Es posible que no hay en el infierno ninguno ni le pude topar en todo el camino!

Respondióme un verdugo:

—Bien creo yo que no toparíades ninguno por él.

—Pues ¿qué hacen? ¿Sálvanse todos?

—No—dijo—; pero dejan de andar y vuelan con plumas. Y el no haber escribanos por el camino de la perdición no es porque infinitísimos que son malos no vienen acá por él, sino porque, es tanta la prisa con que vienen, que volar y llegar y entrar es todo uno, tales plumas se tienen ellos, y así no se ven en el camino.

—Y acá—dije yo—, ¿cómo no hay ninguno?

—Sí hay—me respondió—; mas no usan ellos de nombre de escribano, que acá por gatos los conocemos. Y para que echéis de ver qué tantos hay, no habéis de mirar sino que, con ser el infierno tan gran casa, tan antigua, tan maltratada y sucia, no hay un ratón en toda ella, que ellos los cazan.

—Y los alguaciles malos, ¿no están en el infierno?

—Ninguno está en el infierno—dijo el demonio.

—¿Cómo puede ser, si se condenan algunos malos entre muchos buenos que hay?

—Dígoos que no están en el infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está todo el infierno en él.

Santigüéme y dije:

—Brava cosa es lo mal que los queréis los diablos a los alguaciles.

—¿No los habemos de querer mal, pues, según son endiablados los malos alguaciles, tememos que han de venir a hacer que sobremos nosotros para lo que es materia de condenar almas y que se nos han de levantar con el oficio de demonios y que ha de venir Lucifer a ahorrarse de diablos y despedirnos a nosotros por recibir a ellos?

No quise en esta materia escuchar más, y así, me fuí adelante, y por una red vi un amenísimo cercado, todo lleno de almas, que, unas con silencio y otras con llanto, se estaban lamentando. Dijéronme que era el retiramiento de los enamorados. Gemí tristemente viendo que aun en la muerte no dejan los suspiros. Unos se respondían en sus amores y penaban con dudosas desconfianzas. ¡Oh, qué número dellos echaban la culpa de su perdición a sus deseos, cuya fuerza o cuyo pincel los mintió las hermosuras! Los más estaban descuidados por penséque, según me dijo un diablo.

—¿Quién es penséque—dije yo—, o qué género de delito?

Rióse, y replicó:

—No es sino que se destruyen, fiándose de fabulosos semblantes, y luego dicen pensé que no me obligara, pensé que no me amartelara, pensé que ella me diera a mí y no me quitara, pensé que no tuviera otro con quien yo riñera, pensé que se contentara conmigo solo, pensé que me adoraba, y así, todos los amantes en el infierno están por pensé que. Éstos son la gente en quien más ejecuciones hace el arrepentimiento y los que menos sabían de sí. Estaba en medio dellos el amor, lleno de sarna, con un rótulo que decía:

No hay quien este amor no dome Sin justicia o con razón, Porque es sarna y no afición Amor que se pega y come.

—¿Coplica hay?—dije yo—. No andan lejos de aquí los poetas.

Cuando, volviéndome a un lado, veo una bandada de hasta cien mil dellos en una jaula, que llaman los Orates en el infierno. Volví a mirarlos, y díjome uno, señalando a las mujeres:

—¿Qué digo? Esas señoras hermosas todas se han vuelto medio camareras de los hombres, pues los desnudan y no los visten.

—¿Conceptos gastáis aun estando aquí? Buenos cascos tenéis—dije yo.

Cuando uno entre todos, que estaba aherrojado y con más penas que todos, dijo:

—¡Plegue a Dios, hermano, que así se vea el que inventó los consonantes! Pues porque en un soneto

Dije que una señora era absoluta, Y, siendo más honesta que Lucrecia, Por dar fin al cuarteto, la hice puta. Forzóme el consonante a llamar necia A la de más talento y mayor brío: ¡Oh, ley de consonantes, dura y recia! Habiendo en un terceto dicho lío, Un hidalgo afrenté tan solamente, Porque el verso acabó bien en judío. A Herodes otra vez llamé inocente, Mil veces a lo dulce dije amargo Y llamé al apacible impertinente. Y por el consonante tengo a cargo Otros delitos torpes, feos, rudos, Y llega mi proceso a ser tan largo, Que, porque en una octava dije escudos, Hice sin más ni más siete maridos Con honradas mujeres ser cornudos. Aquí nos tienen, como ves, metidos Y por el consonante condenados. ¡Oh, míseros poetas desdichados, A puros versos, como ves, perdidos!

—¡Hay tan graciosa locura—dije yo—, que, aun aquí, estáis sin dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!

Y decía un diablo:

—Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan, lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son. Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos de alarbes y las palabras de gentiles.

—Si mucho me aguardo—dije entre mí—, yo oiré algo que me pese.

Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían! ¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas de un demonio, recibían por los oídos:

—¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos, pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de los dientes, cerrados de ofensas:

—¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo; halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y véame yo cargado de sus favores!

—Y ved—dijo—a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.

Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas, de vestir seis pobres y de daros frontales.

—¡Qué ceguedad de hombres: prometer dádivas al que pedís, con ser la suma riqueza! Pedistes a Dios por merced lo que Él suele dar por castigo, y, si os lo da, os pesa de haberlo tenido cuando morís, y, si no os lo da, cuando vivís, y así, de puro necios, siempre tenéis quejas. Y si llegáis a ser ricos por votos, decidme, ¿cuáles cumplís? ¿Qué tempestad no llena de promesas los santos? Y ¿qué bonanza tras ellas no los torna a desnudar, con olvido, de toques de campanas? ¿Qué de preseas ha ofrecido a los altares la espantosa cara del golfo? Y ¿qué dellas ha muerto y quitado de los mismos templos el puerto? Nacen vuestros ofrecimientos de necesidad; y no de devoción. ¿Pedisteis[238] alguna vez a Dios paz en el alma, aumento de gracia, favores suyos o inspiraciones? No, por cierto; ni aun sabéis para qué son menester estas cosas ni lo que son. Ignoráis que el holocausto, sacrificio y oblación que Dios recibe de vosotros es de la pura conciencia humilde espíritu, caridad ardiente. Y esto, acompañado con lágrimas, es moneda, que aun Dios, si puede, es cudicioso en nosotros. Dios, hombres, por vuestro bien gusta que os acordéis dél, y, como, si no es en los trabajos, no os acordáis, por eso os da trabajos, porque tengáis dél memoria. Considerad vosotros, necios demandadores, cuán brevemente se os acabaron las cosas, que importunos pedisteis a Dios. ¡Qué presto os dejaron y cómo, ingratos, no os fueron compañía en el postrer paso! ¿Veis cómo vuestros hijos aún no gastan de vuestras haciendas un real en obras pías, diciendo que no es posible que vosotros gustéis dellas, porque si gustárades en vida hiciérades algunas? Y pedís tales cosas a Dios, que muchas veces, por castigo de la desvergüenza con que las pedís, os las concede. Y bien, como suma sabiduría, conoció el peligro que tenéis en saber pedir, pues lo primero que os enseñó en el Pater noster fué pedirle; pero pocos entendéis aquellas palabras donde Dios enseñó el lenguaje con que habéis de tratar con Él.

Quisieren responderme; mas no les daban lugar las mordazas.

Yo, que vi que no habían de hablar palabra, pasé adelante, donde estaban juntos los ensalmadores[239] ardiéndose vivos, y los saludadores también condenados por embestidores. Dijo un diablo:

—Veislos aquí a estos tratantes en santiguaduras, mercaderes de cruces, que embelesaron[240] el mundo y quisieron hacer creer que podía tener cosa buena un hablador. Gente es esta ensalmadora, que jamás hubo nadie que se quejase dellos. Porque, si les sanan antes, se lo agradecen, y si los matan, no se pueden quejar. Y siempre les agradecen lo que hacen y dan contento. Porque, si sanan, el enfermo los regala, y si matan, el heredero les agradece el trabajo. Si curan con agua y trapos la herida, que sanara por virtud de naturaleza, dicen que es por ciertas palabras virtuosas, que les enseñó un judío. ¡Mirad qué buen origen de palabras virtuosas! Y si se enfistola[241], empeora y muere, dicen que llegó su hora y el badajo[242] que se la dió y todo. Pues ¿qué es de oir a éstos las mentiras que cuentan de uno, que tenía las tripas fuera en la mano en tal parte, y otro, que estaba pasado por las ijadas? Y lo que más me espanta es que siempre he medido la distancia de sus curas, y siempre las hicieron cuarenta o cincuenta leguas de allí, estando en servicio de un señor, que ha ya trece años que murió, porque no se averigüe tan presto la mentira, y por la mayor parte, estos tales que curan con agua, enferman ellos por vino. Al fin, éstos son por los que se dijo: “Hurtan que es bendición”[243], porque con la bendición hurtan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que casi todos los ensalmos están llenos de solecismos. Y no sé qué virtud se tenga el solecismo por lo cual se pueda hacer nada. Al fin, vaya do fuere, ellos están acá algunos, que otros hay buenos hombres, que, como amigos de Dios, alcanzan dél la salud para los que curan: que la sombra de sus amigos suele dar vida.

Pero para ver buena gente, mirad los saludadores[244], que también dicen que tienen virtud.

Ellos se agraviaron, y dijeron que era verdad que la tienen. Y a esto respondió un diablo:

—¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?

—Alto—dijo un demonio—, que me he enojado. Vayan al cuartel de los porquerones[245], que viven de lo mismo.

Fueron, aunque a su pesar. Y yo abajé otra grada por ver los que Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas. Éstos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá purificaban. Cual estaba fijando el mercurio al martillo, y, habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil, lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha o si el fuego o no fuego de Raimundo[246] había de entenderse de la cal o si de luz efectiva del calor, y no de calor efectivo de fuego. Cuales, con el signo de Hermete, daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto la proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia, y, al cabo, reducían su sangre a la postrera podre, y, en lugar de hacer del estiércol cabellos, sangre humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente. ¡Oh, qué de voces que oí sobre el padre muerto ha resucitado y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos!:

—¡Oh! Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica[247].

Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado, y, si la piedra filosofal[248] se había de hacer de la cosa más vil, era fuerza hacerse de corchetes. Y los cocieran y distilaran si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban y que era gente más enjuta.

Cerraran con ellos, si no dijera un diablo:

—¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así, porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.

Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra filosofal.

Al otro lado no era menos la trulla de astrólogos y supersticiosos. Un quiromántico[249] iba tomando las manos a todos los otros que se habían condenado, diciendo:

—¡Qué claro que se ve que se habían de condenar éstos por el monte de Saturno![250]

Otro que estaba a gatas con un compás, midiendo alturas y notando estrellas, cercado de efemérides y tablas, se levantó y dijo en altas voces:

—Vive Dios[251] que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que me salvo: porque Saturno, en aquel punto, mudaba el aspecto y Marte se pasaba a la casa de la vida, el escorpión perdía su malicia y yo, como di en procurador, fuí pobre mendigo[252].

Otro tras él, andaba diciendo a los diablos, que le mortificaban, que mirasen bien si era verdad que él había muerto: que no podía ser, a causa que tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.

—Miren—decía—que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.

En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.

Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones, sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el astrólogo más cierto. Y si dijera puntual, acertara, pues es su ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.

Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256], que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser mayor mentiroso en sus libros de Subtilitate, por hechizos de viejas que en ellos juntó.

Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en sus Ejercitaciones, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.

Estaba riéndose de sí mismo Artefio[259], con su mágica, haciendo las tablillas para entender el lenguaje de las aves, y Checol de Áscoli[260], muy triste y pelándose las barbas, porque, tras tanto experimento disparatado, no podía hallar nuevas necedades que escribir.

Teofrasto Paracelso[261] estaba quejándose del tiempo que había gastado en la alquimia; pero contento en haber escrito medicina y mágica, que nadie la entendía, y haber llenado las imprentas de pullas a vuelta de muy agudas cosas.

Y detrás de todos estaba Hubequer[262] el pordiosero, vestido de los andrajos de cuantos escribieron mentiras y desvergüenzas, hechizos y supersticiones, hecho su libro un Ginebra de moros, gentiles y cristianos.

Allí estaba el secreto autor de la Clavicula Salomonis[263] y el que le imputó los sueños. ¡Oh, cómo se abrasaba burlado de vanas y necias oraciones el hereje que hizo el libro Adversus omnia pericula mundi!

¡Qué bien ardía el Catan[264] y las obras de Races!

Estaba Taysnerio[265] con su libro de fisonomías y manos, penando por los hombres, que había vuelto locos con sus disparates. Y reíase, sabiendo el bellaco que las fisonomías no se pueden sacar ciertas de particulares rostros de hombres que, o por miedo o por no poder, no muestran sus inclinaciones, y las reprimen, sino sólo de rostros y caras de príncipes y señores sin superior, en quien las inclinaciones no respetan nada para mostrarse.

Estaba luego un triste autor[266], con sus rostros y manos, y los brutos concertando por las caras la similitud de las costumbres.

A Escoto[267] el italiano vi allá, no por hechicero y mágico, sino por mentiroso y embustero.

Había otra gran copia, y aguardaban sin duda mucha gente, porque había grandes campos vacíos. Y nadie estaba con justicia entre todos estos autores, presos por hechiceros, si no fueron unas mujeres hermosas, porque sus caras lo fueron solas en el mundo. ¡Oh, verdaderos hechizos! Que las damas sólo son veneno de la vida, que perturbando las potencias y ofendiendo los órganos a la vista, son causa de que la voluntad quiera por bueno lo que ofendidas las especies representan. Viendo esto, dije entre mí:

—Ya me parece que vamos llegándonos al cuartel de esta gente.[268]

Dime priesa a llegar allá, y al fin asoméme a parte donde, sin favor particular del cielo, no se podía decir lo que había. A la puerta estaba la Justicia espantosa, y en la segunda entrada, el Vicio desvergonzado y soberbio, la Malicia ingrata e ignorante, la Incredulidad resoluta y ciega y la Inobediencia bestial y desbocada. Estaba la blasfemia insolente y tirana llena de sangre, ladrando por cien bocas y vertiendo veneno por todas, con los ojos armados de llamas ardientes. Grande horror me dió el umbral. Entré y vi a la puerta la gran suma de herejes antes de nacer Cristo[269]. Estaban los ofiteos[270], que se llaman así en griego de la serpiente que engañó a Eva, la cual veneraron, a causa de que supiésemos del bien y del mal. Los cainanos[271], que alabaron a Caín porque, como decían, siendo hijo del mal, prevaleció su mayor fuerza contra Abel. Los sethianos, de Seth. Estaba Dositheo[272] ardiendo como un horno, el cual creyó que se había de vivir sólo según la carne y no creía la resurrección, privándose a sí mismo (ignorante más que todas las bestias) de un bien tan grande. Pues, cuando fuera así que fuéramos solos animales como los otros, para morir consolados habíamos de fingirnos eternidad a nosotros mismos. Y así llama Lucano, en boca ajena, a los que no creen la inmortalidad del alma: Felices errore suo, dichosos con su error, si eso fuera así, que murieran las almas con los cuerpos.

—¡Malditos!—dije yo—: siguiérase que el animal del mundo a quien Dios dió menos discurso es el hombre, pues entiende al revés lo que más importa, esperando inmortalidad. Y seguirse hía que a la más noble criatura dió menos conocimiento y crió para mayor miseria la naturaleza, que Dios no. Pues quien sigue esa opinión no lo fíe.

Estaba luego Saddoc, autor de los Sadduceos[273]. Los fariseos estaban aguardando al Mesías, no como Dios, sino como hombre[274].

Estaban los heliognósticos[275] devictiacos, adoradores del sol; pero los más graciosos son los que veneran las ranas, que fueron plaga a Faraón, por ser azote de Dios.

Estaban los musoritos[276] haciendo ratonera al arca a puro ratón de oro.

Estaban los que adoraron la Mosca accaronita[277]: Ozías, el que quiso pedir a una mosca antes salud que a Dios, por lo cual Elías le castigó.

Estaban los troglodytas[278], los de la fortuna del cielo[279], los de Baal[280], los de Asthar[281], los del ídolo Moloch[282], y Renfan[283] de la ara de Tofet[284], los puteoritas,[285] herejes veraniscos de pozos, los de la serpiente de metal.[286]

Y entre todos sonaba la baraúnda y el llanto de las judías, que, debajo de tierra, en las cuevas, lloraban a Thamur[287] en su simulacro. Seguían los bahalitas,[288] luego la Pitonisa[289] arremangada, y detrás los de Asthar y Astharot,[290] y al fin, los que aguardaban a Herodes, y desto se llaman herodianos.[291]

Y hube a todos éstos por locos y mentecatos.

Mas llegué luego a los herejes que había después de Cristo:[292] allí vi a muchos, como Menandro[293] y Simón Mago,[294] su maestro.

Estaba Saturnino[295] inventando disparates.

Estaba el maldito Basílides[296] heresiarca.

Estaba Nicolás[297] antioqueno, Carpócrates[298] y Cerintho[299] y el infame Ebión.[300]

Vino luego Valentino[301], el que dió por principio de todo el mar y el silencio.

Menandro[302], el mozo de Samaria, decía que él era el Salvador y que había caído del cielo, y por imitarlo, decía detrás del Montano[303] frigio que él era el Parácleto. Síguenle las desdichadas Priscilla y Maximilla heresiarcas. Llamáronse sus secuaces catafriges, y llegaron a tanta locura, que decían que en ellos, y no en los apóstoles, vino el Espíritu Santo.

Estaba Nepos[304], obispo, en quien fué coroza la mitra, afirmando que los santos habían de reinar con Cristo en la tierra mil años en lascivias y regalos.

Venía luego Sabino[305], prelado hereje arriano, el que en el concilio Niceno llamó idiotas a los que no seguían a Arrio.

Después, en miserable lugar, estaban ardiendo por sentencia de Clemente, pontífice máximo que sucedió a Benedicto, los templarios, primero santos en Jerusalén y luego, de puro ricos, idólatras y deshonestos[306].

¡Y qué fué ver a Guillermo, el hipócrita de Anvers, hecho padre de putas, prefiriendo las rameras a las honestas y la fornicación a la castidad! A los pies de éste yacía Bárbara, mujer del emperador Sigismundo[307], llamando necias a las vírgenes, habiendo hartas. Ella, bárbara como su nombre, servía de emperatriz a los diablos, y, no estando harta de delitos ni aun cansada, que en esto quiso llevar ventaja a Mesalina, decía que moría el alma y el cuerpo y otras cosas bien dignas de su nombre.

Fuí pasando por éstos y llegué a una parte donde estaba uno solo arrinconado y muy sucio, con un zancajo[308] menos y un chirlo por la cara, lleno de cencerros, y ardiendo y blasfemando.

—¿Quién eres tú—le pregunté—, que entre tantos malos eres el peor?

—Yo—dijo él—soy Mahoma.

Y decíaselo el tallecillo, la cuchillada y los dijes de arriero.

—Tú eres—dije yo—el más mal hombre que ha habido en el mundo y el que más almas ha traído acá.

—Todo lo estoy pasando—dijo—, mientras los malaventurados de africanos adoran el zancarrón o zancajo que aquí me falta.

—Picarón—dije—, ¿por qué vedaste el vino a los tuyos?

Y me respondió:

—Porque si tras las borracheras que les dejé en mi Alcorán les permitiera las del vino, todos fueran borrachos.

—Y el tocino, ¿por qué se lo vedaste, perro esclavo, descendiente de Agar?

—Eso hice por no hacer agravio al vino, que lo fuera comer torreznos y beber agua, aunque yo vino y tocino gastaba. Y quise tan mal a los que creyeron en mí, que acá los quité la gloria y allá los perniles y las botas. Y, últimamente, mandé que no defendiesen mi ley por razón, porque ninguna hay ni para obedecella ni sustentalla; remitísela a las armas y metílos en ruido para toda la vida. Y el seguirme tanta gente no es en virtud de milagros, sino sólo en virtud de darles la ley a medida de sus apetitos, dándoles mujeres para mudar, y, por extraordinario, deshonestidades tan feas como las quisiesen, y con esto me seguían todos. Pero no se remató en mí todo el daño: tiende por ahí los ojos y verás qué honrada gente topas.

Volvíme a un lado y vi todos los herejes de ahora, y topé con Maniqueo[309]. ¡Oh, qué vi de calvinistas arañando a Calvino! Y entre éstos estaba el principal, Josefo Scalígero[310], por tener su punta de ateísta y ser tan blasfemo, deslenguado y vano y sin juicio.

Al cabo estaba el maldito Lutero, con su capilla y sus mujeres, hinchado como un sapo y blasfemando, y Melanchthon[311] comiéndose las manos tras sus herejías.

Estaba el renegado Beza,[312] maestro de Ginebra, leyendo, sentado en cátedra de pestilencia, y allí lloré viendo el Enrico Estéfano.[313] Preguntéle no sé qué de la lengua griega, y estaba tal la suya, que no pudo responderme sino con bramidos.[314]

Espantóme, Enrico, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudezas? Más le dijera si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable penando.[315]

Estaba ahorcado de un pie Helio Eobano hesso,[316] célebre poeta, competidor de Melanchthon. ¡Oh, cómo lloré mirando su gesto torpe con heridas y golpes y afeados con llamas sus ojos![317]

Dime prisa a salir deste cercado, y pasé a una galería, donde estaba Lucifer cercado de diablas que también hay hembras como machos. No entré dentro, porque no me atreví a sufrir su aspecto disforme; sólo diré que tal galería tan bien ordenada no se ha visto en el mundo, porque toda estaba colgada de emperadores y reyes vivos como acá muertos. Allá vi toda la casa otomana,[318] los de Roma por su orden.

Vi graciosísimas figuras: hilando a Sardanápalo, glotoneando a Eliogábalo, a Sapor emparentando con el sol y las estrellas. Viriato andaba a palos tras los romanos, Atila revolvía el mundo, Belisario ciego acusaba a los atenienses.[319]

Llegó a mí el portero y me dijo:

Lucifer manda que, porque tengáis qué contar en el otro mundo, que veáis[320] su camarín.

Entré allá. Era un aposento curioso y lleno de buenas joyas. Tenía cosa de seis o siete mil cornudos y otros tantos alguaciles manidos.

—¿Aquí estáis?—dije yo—. ¿Cómo, diablos,[321] os había de hallar en el infierno, si estábades aquí?

Había pipotes de médicos y muchísimos coronistas, lindas piezas, aduladores de molde[322] y con licencia. Y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores.[323] Y todas las poyatas, que son los estantes, llenas de vírgenes rociadas, doncellas[324] penadas como tazas,[325] y dijo el demonio:

—Doncellas son, que se vinieron al infierno con las doncelleces fiambres, y por cosa rara se guardan.

Seguíanse luego demandadores[326], haciendo labor con diferentes sayos, y de las ánimas había muchos, porque piden para sí mismos y consumen ellos con vino cuanto les dan[327].

Había madres postizas[328] y trastenderas de sus sobrinas y suegras[329] de sus nueras, por mascarones alrededor.

Estaba en una peaña[330] Sebastián Gertel[331], general en lo de Alemaña contra el Emperador, tras haber sido alabardero suyo.

No acabara yo de contar lo que vi en el camino si lo hubiera de decir todo. Salíme fuera y quedé como espantado, repitiendo conmigo estas cosas. Sólo pido a quien las leyere, las lea de suerte que el crédito que les diere le sea provechoso para no experimentar ni ver estos lugares, certificando al lector que no pretendo en ello ningún escándalo ni reprensión sino de los vicios[332], pues decir de los que están en el infierno no puede tocar a los buenos. Acabé este discurso en el Fresno[333], a postrero de abril de 1608, en 28 de mi edad[334].

NOTAS:

Notes in this chapter

Note 1 · En P: y que el diablo nunca dijo verdad. Llamamos el malo al diablo.Note 2 · Se nos esconden. En P: nos esconde Dios, vi, guiado del ángel de mi guarda, lo que se sigue, por particular providencia de Dios. La correcciNote 3 · Dos sendas. El mito que traen Jenofonte (De dictis et factis Socratis, l. 2) y Ateneo (Dipn., l. 12, c. 1), y cuenta así Juan de Pineda (AgrNote 4 · De la gente..., de causal, a causa de.Note 5 · En P: me dijo: S. Pablo le dejó para dar el primer paso a esta senda. Y miré. Caballerías, ejercicios a caballo, y, metafóricamente, fantasíNote 6 · Pesia, pese a. Pedr. Urdem., 3: “¿Son por ventura mostrencas | mis gallinas, pesiatal?” Tirso, No hay peor sordo, 1: “Yo entonces le dije: ¡Note 7 · Gente honrada, de probidad, irónicamente, gente perdida, como aquí.Note 8 · Tósigo, ponzoña, o hierba de ballesteros, que es lo que propiamente τόξιχος suena en griego, de τόξον arco, por emponzoñar con ella las flecNote 9 · Lechigada, camada, conjunto de crías propiamente, de lecho. Contra los taberneros, que bautizan el vino.Note 10 · “Había muchas mujeres tras éstos besándoles las ropas, que en besar algunas son peores que Judas, porque aquél besó (aunque con ánimo traidoNote 11 · Adrollas, trapazas y engaños, sobre todo comprando o vendiendo al fiado. Oña, Postrim., 1, 1, 8: “Tantas adrollas y trapazas inventadas en dNote 12 · “repúblicas. No faltaron en el camino muchos eclesiásticos, muchos teólogos”. (Edic. de Pamplona, 1631).Note 13 · Corrilleros, los soldados fanfarrones, rompepoyos, que se pasan el día sentados, contando al corrillo de gente que les rodea mil hazañas embNote 14 · “Y nada desto les creíamos, teniéndoles por mentirosos, sólo cuando por encarecer”, etc. (Edición de Pamplona, 1631).Note 15 · “porque hacíanse recuas de mosquitos que les rodeaban las bocas golosas del aliento parlero, del mucho mosto que habían colado”. (Ídem).Note 16 · Hojas de lata, donde aún hoy llevan la licencia los soldados licenciados del servicio, y entonces llevaban los testimonios y fees de sus hecNote 17 · Coronan. En P: coronan al que legítimamente peleare. De San Pablo: “Non coronatur nisi legitime certaverit”. (2 Timot., 2, 5).Note 18 · “Militia est vita hominis super terram”. (Job, 7, 1).Note 19 · “Atentamente y corridos de lo que les decían, como unos leones se entraron en una taberna. Y tan”. (Edición de Pamplona, 1631). El texto corNote 20 · “del cielo”. Ídem.Note 21 · “del cielo”. Ídem.Note 22 · “por el otro camino”. (Edición de Bruselas de 1660).Note 23 · De mal pelo. Hay cien frases en castellano que aluden al bueno o mal pelo y pelaje, tomadas del de los animales, que, estando lucios y gordoNote 24 · Acá estamos todos, frase hecha, sobre todo de negros, igualándose con los demás blancos; en el texto viene muy a cuento entre diablos negrosNote 25 · Recuero, trajinero con recuas.Note 26 · Humazos, que se daba por las narices (humo a narices), con lana encendida, a las mujeres que padecían de flato o mal uterino, o los muchachoNote 27 · Chasquear los azotes, menearlos con chasquido. F. Aguado, Crist., 44: “La conciencia tiene el azote en la mano, y antes que el hombre se desNote 28 · “de cuellos bajos; por lo que parecíamos confesores en saber pecados, y supimos muchas cosas nosotros que no las supieron ellos”. (Edic. de Note 29 · “a don, como a la pila santa catecúmena, que por tirar”. Ídem.Note 30 · Perogotero, Pero Botero, Satanás, que así le llaman, por andar entre pez, como los boteros.Note 31 · Sahumado decíase de lo muy bien dispuesto y a gusto, propiamente perfumado con sahumerios. En particular, “encareciendo que cobrará y hará vNote 32 · “Los demás cocheros, en comparación de mis mosquitos eran ranas. No se probará”, etc. (Edición de Barcelona de 1635). Aguanoso lo suele deciNote 33 · Vía, paso, abran paso o camino, mientras le azotaba, como el verdugo al que pasea por las acostumbradas. El abuso de los coches en aquel tieNote 34 · Frialdad, sosera en los chistes, poca gracia, y frío se dice del soso en el gracejar. J. Pin., Agr., 1, 8: “Ateneo dice una frialdad”. F. SiNote 35 · Calofriado, por el frío que da escalofríos o calofríos. Césped. Meneses, Historias, c. 44: “Dejando aquel pecho de mármol con unos calofríosNote 36 · De entre cuero y carne, que hieren mucho más, como los que con bromas pesadas y murmuraciones dan que sentir. Cáceres, ps. 63: “Son hombres,Note 37 · “respondieron que como se condenan otros por no tener gracia, ellos se condenan por tenerla o quererla tener”. (Edic. de Pamplona, 1631).Note 38 · Corr., 21: “A mesa puesta y cama hecha. (Entiéndese venir, sentarse y ser admitido)”. Ídem, 567: “Sentarse a mesa puesta. (El que no pone cuNote 39 · Matar hachas, apagarlas.Note 40 · Tuerto, torcido, lo contra derecho. Galindo, D, 414: “A veces con el tuerto llega el hombre a su derecho, o con un poco de tuerto”.Note 41 · Sufrir, condescender, vendiéndola a otros por dinero. Sufrir es tolerar, y sólo por galicismo lo emplean hoy como padecer; véase Lazarillo, Note 42 · Hacer plato es servir; metafóricamente, ofrecer con ostentación, ostentar. Fonseca, Amor de Dios, 37: “Sentóle consigo a la mesa y mandó a sNote 43 · Acerca de esta clase de comediantes dice en su Viaje entretenido Agustín de Rojas: “Pues sabed que hay ocho maneras de compañías y representNote 44 · En cueros, en que tratan los zapateros.Note 45 · Por los pies ajenos, que calzan.Note 46 · Silo, granero debajo de tierra. Herrera, Agr., 1, 6: “El grano... de silo soterraño”.Note 47 · Pecado de carne, por engañar metiendo en los pasteles carne mala y prohibida y huesos machacados.Note 48 · Jinetes, por la carne de caballo, metida en los pasteles, y estómagos a caballo sobre rocín, que también metían en ellos.Note 49 · Padeced, no dice sufrid, que es padecer con paciencia.Note 50 · Este oficio, de soplones, de ir con el soplo, como lo explica en lo que sigue.Note 51 · Vah-ar-ada, tufarada de vah-o. Buscón, 23: “Bébase, me dijo, esta media azumbre de vino puro, que, si no da vaharada, no parecerá valiente. Note 52 · Pensaron los ladronazos que no había más y quisieron con la vara de medir hacer lo que Moisés con la vara de Dios y sacar agua de las piedraNote 53 · Por sus pulgares, con trabajo, y díjose propiamente del menearlos al hilar. Corr., 633: “Hilado con estos pulgares, por mis pulgares. (EncarNote 54 · Pulgar-ada es medida del ancho del dedo pulgar, el cual se llamó así del servir para matar las pulgas: Éste mata los cocos, como dice la forNote 55 · La oscuridad de sus tiendas, buscada a propósito para engañar, y así muchos colgaban telas delante de ellas. Ordenanz. Valladol., 24: “OtrosNote 56 · Raso, tela, y el cielo limpio de nubes. Márquez, Tr. Jer., 2, 3: “El viento deja el cielo raso”.Note 57 · Talle de Cerv., Cuev. de Salam.: “Así tiene el talle de hablar por el colodrillo como por la boca”. Laber. amor, 1: “Talle tienen los mozos Note 58 · Se acuerda Quevedo del comienzo del c. IV, parte 3.ª, De Rege, de Mariana.Note 59 · Aban-illos, pliegues, y dijéronse por su parecido al aban-illo o aban-ico, de aban-o, que se derivó del vannus o aventador latino. Lope, EntNote 60 · Sin tono y sin son, sin ton ni son, a destiempo, sin discreción ni substancia en lo que dicen. Corr., 564: “Salir sin ton ni son. (Cuando unNote 61 · Corr., 553: “Ni es carne ni pescado. (Como el que ni ata ni desata y no es para nada)”.Note 62 · Que tanto, cuanto. Valdés, Corint.: “Por estas contraseñas se conoce qué tanto tiene el hombre de esta caridad”. Entremeses, s. XVII, p. 55:Note 63 · Corr., 288: “Dichoso el hijo, que tiene a su padre en el infierno. (El italiano)”. Ídem, 300: “Guay del hijo, que el padre va a Paraíso”.Note 64 · Son los del penséque. Corr., 388: “Penseque, asneque, burreque con sus parientes. (Añádenlo al que se excusa diciendo ‘pensé que’)”. Del penNote 65 · Corona de hueso, cuernos.Note 66 · Si pensara, aunque pensara. En el Quijote passim (Leng. Cervantes, 1, 265, 8).Note 67 · Lleno de bote en bote, lleno, frase conocida y con el retruécano de los botes o vasijas de la botica. L. Grac., Crit., 1, 7: “No faltó quienNote 68 · Ayudas, lavativas.Note 69 · De los palos, que sirven para medicinas, sobre todo alude al que servía para las bubas, “el palo santo” o guayaco, que dice Lucas Hidalgo enNote 70 · Moleta, muela pequeña para moler colores, medicinas, etc. Palomino, Mus. Pict., 5, 3, 5.Note 71 · Aceite de matiolo. De los raros aceites y ungüentos véase Laguna, Dioscórides, 1, c. 28 y siguientes, y es de notar entre las porquerías de Note 72 · Lamedor, composición pectoral, de consistencia media entre electuario y jarabe, y se daba a los enfermos para que, poco a poco, la dejasen dNote 73 · Zurdos. Supersticiones viejas. La del zurdo se funda en no ser derecho, sino siniestro, y las cosas siniestras o los siniestros son desgraciNote 74 · Scévola, así llamado de scaevus, zurdo. El cuento lo traen Plutarco (Poplicola, 17), Valerio Máximo (3, 3, 1), Floro (I, 10), Silio (8, 385)Note 75 · En Correas, 191: “Lanzada de moro izquierdo, que atraviese el corazón”. (De un romance).Note 76 · Tomarse puntos es coserse los puntos sueltos de la media, y de ahí coserse algún chirlo o herida. Tan de nuevo se hacen con los afeites, queNote 77 · El cohol o alcohol con que se alcoholaban, como todavía las moras y los moritos, para que se les agranden los ojos, que los llevan llenos deNote 78 · Con cabellos ajenos, como hoy con las trenzas de muertos o de chinos, que gastan las mujeres. “Carmina Paulus emit, Recitat sua carmina PaulNote 79 · Mateo, 26, 24: “Bonum erat ei, si natus non fuisset homo ille”.Note 80 · Sin cara, descarados, desvergonzados.Note 81 · Barbirojo. Tirso, Mari Hernánd., 1, 10: “Que acá son | los jodíos barbirojos”. Ídem, Vergonz. en Palac., 1, 4: “Tenéis el cabello rubio, | nNote 82 · Ello. Corr., 536: “Ello. (Esta palabra ello comienza muchas veces ociosa y se entremete baldíamente en muchas ocasiones: otras es pronombre)Note 83 · En P: muy cierto lo que manda la Iglesia Romana; pero en el infierno, capón.Note 84 · Que el estar, repetido el que, sospecho que... que el estar. Era común, por la claridad, cuando se corta la frase por un inciso cualquiera.Note 85 · Titio, por haber pretendido deshonrar a Latona. Véase Virgilio (Eneida, 6), Ovidio (Metam., 4), Horacio (Od., 3, 4), Tíbulo (1, 3), Píndaro Note 86 · Sisón, especie de francolín ceniciento. Diálog. montería, 13: “Los sisones gallardos y pintados, que vuelan con tanta gala, que parece que sNote 87 · “Tenía un bote junto a sí. No me sufrió el corazón a no decirle algo. Y así, llegándome cerca, le dije: ‘¿Cómo, traidor infame sobre todos lNote 88 · Sólo hallo en Correas, 192: “Las botas de Tobías. (Es apodo ordinario a botas viejas de camino)”.Note 89 · De Calabria, alude acaso a Calabrés, el del Alguacil alguacilado.Note 90 · Por comprar, sisando en las compras.Note 91 · Los judíos fueron siempre tenidos por avariciosos, sobre todo de dinero, así siempre se dieron a mercadear. Corr., 275: Judío para la mercadNote 92 · “lo que conviene? No por cierto”, etc. (Edic. de Barcelona, 1635).Note 93 · Ensalmadores, los que curan con ensalmos; saludadores, los mismos, porque dan salud. Corren todavía por ahí las nóminas o lóminas, que llamaNote 94 · Santiguaduras o santiguaderas, acción de santiguar los ensalmadores. Quev., Tac., 16: “El cual se había hecho ensalmador con unas santiguadeNote 95 · Enfistolarse o afistolarse la herida; convertirse en fístula. Selvagia, 3: “Pone la triaca saludable en la infistolada y encurable herida”. Note 96 · Badajo, dícese metafóricamente al bobo y necio. S. Horozco, Cancionero, p. 16: “Pues bien sacado de cuajo | de ambos el ser y valor, | cada Note 97 · Hurtan que es bendición. Corr., 633: “Hurtar la bendición. (Llegar primero que el otro al bien y provecho)”.Note 98 · Los saludadores, propiamente curanderos que dan la salud del mal de rabia. Diz que tienen una cruz en el cielo de la boca, que nacen en VierNote 99 · Los porquerones viven de soplar o ir con el soplo al alguacil. Llamaban así a los corchetes o ministros de justicia. Comed. Florin., 10: “LoNote 100 · Además de Raimundo Lulio y los citados, fueron maestros de la alquimia Rosino, Alchindo, Morieno, Gilgilides, Jever, Pitágoras, Avicena, AlbNote 101 · “Y sobre que cada uno quería decir cuál era la cosa más vil se ardían todos”. (Edic. de Barcelona, 1635).Note 102 · La piedra filosofal llamaban a la materia vil, de la cual soñaban poderse hacer oro puro.Note 103 · Quiromántico, adivino por las rayas y demás señales de la mano.Note 104 · Monte de Saturno, la carnosidad que hay en la base del dedo del corazón o medio o dedo de Saturno; el pulgar es el dedo de Venus y monte de Note 105 · Vive Dios. Sacaba el horóscopo este astrólogo judiciario, levantando figuras para averiguar qué astro ascendía en el meridiano en el momentoNote 106 · “Otro corría seguido de una tarasca con uñas de a vara y rabo de macho, como vara de alcalde manchego, que le atenazaba con un asador, diciéNote 107 · Calza, hecha de punto de media.Note 108 · Pedro de Abano, médico y astrólogo. Nació en 1250, en la aldea de Abano, cerca de Padua. El nombre latino de aquel pueblo es Aponus, y por eNote 109 · Henrico Cornelio Agripa, a quien el padre Martín del Río da el nombre de archimago, Paulo Jovio el de portentoso ingenio, Luis Vives el de mNote 110 · “harto de demonios, ya que en vida parece que siempre tuvo hambre dellos, muy enojado con Cardano”, etc. (Edic. de Pamplona, 1631). Juan TriNote 111 · Jernimo Cardan o Cardano, médico y geómetra, nació el 1501 en Pavía. Contribuyó mucho a los adelantamientos de las Matemáticas; pero se dejóNote 112 · Julio César Scaligero, del territorio veronés, estudió en Padua la Medicina y las bellas letras. Nombrado médico del Obispo de Agen, se connNote 113 · Artefio (Artephius), filósofo hermético, vivía hacia el año 1130, musulmán o judío. Suyos son los tratados siguientes: primero, Clavis majorNote 114 · Cecco d’Ascoli. Por este nombre es conocido Francisco Stabili, natural de aquella populosa ciudad de la marca de Ancona. La palabra Cecco noNote 115 · Teofrasto Paracelso, famoso alquimista del siglo XVI, nació en Suiza en 1493. Después de recorrer la mayor parte de Europa y parte del Asia,Note 116 · Ubecherio y Vbequer estampan dos muy antiguos manuscritos de la Biblioteca de las Cortes, que fueron de don Luis de Salazar y Castro: F. 3, Note 117 · Clavícula de Salomón. El padre Martín del Río, hablando del origen de la magia, dice: “A estos desatinos entrelazan torpemente la autoridad Note 118 · El Catan, Cattan o Catanes (Cristóbal), filósofo hermético suizo, nacido en Ginebra, escribió Géomane, livre non moins plaisant et recréatifNote 119 · Juan Taysnerio (Taisnier), capellán del emperador Carlos V en la empresa de Túnez (1535), peregrino estudioso en África y en Asia, maestro dNote 120 · Un triste autor. Llámale Quevedo Cicardo Eubino en todas las ediciones anteriores a los Juguetes de la niñez. Eylhardo Lubino dice el manuscNote 121 · Miguel Scoto nació en el condado de Fife (Escocia), en el reinado de Alejandro II. Vivió algunos años en Francia y, noticioso de que el empeNote 122 · “de la gente peor que Judas”. (Edic. de Pamplona. 1635).Note 123 · Quevedo, para estos argüídos de herejes antes de la venida de Cristo, no hizo sino compilar el Catálogo de las herejías, formado por el ObisNote 124 · Ofitas (ophitae). Advierte Filastrio que deben contarse los primeros entre los herejes anteriores al Salvador, como que atribuían alguna fueNote 125 · Cainanos. Caiani los llama Filastrio. Habla éste en seguida de la herejía de los sethianos, quienes deliraban suponiendo que en el principioNote 126 · A Dositheo, mágico de Samaria, que pretendió ser el Mesías, se le reputa primer heresiarca. Es sabido que los samaritanos seguían la ley de Note 127 · Los saduceos (sadducaei) tomaron su nombre de Saddoc, discípulo de Dositheo, quien afirmó la herejía de su maestro. Profesaban la locura de Note 128 · En el Catálogo siguen, después de los fariseos, los samaritanos, nazareos y essenos.Note 129 · En P: Eliogaristas; en B: Eliogaristas, Divictiacos.Note 130 · Musoritos. (Reg., I, cap. 6). En P B: muscoritos.Note 131 · Mosca accaronita. Beel-zebub (esto es, señor de las moscas) era el ídolo de la ciudad de Accaron. (Reg., IV, 1; Math., X, 25).Note 132 · Troglodytas, voz griega, que designa los que idolatran en cavernas escondidas, sin cuidarse de labrar casas ni cultivar tierras. Este nombreNote 133 · Los de la fortuna (o reina) del cielo. Era la luna o Iside o Diana. (Ierem., XLIV, 17).Note 134 · Baal, que significa señor, era el ídolo de los samaritanos y moabitas. Unos le creen Marte y otros Júpiter, en cuya representación le adorabNote 135 · Los astharitas veneraban y ofrecían sacrificios a Astar, simulacro de los sidonios, y a Camos, escándalo de Moab, ídolos de hombres y mujereNote 136 · Moloch o Mélech (esto es, rey), dios de los ammontas: créese que era el sol. En su honor, Salomón hizo edificar un templo en el monte OlivetNote 137 · La estrella de Rempham se cree que fuese la de Saturno. (Act., VII, 43). En P B: Moloch y Temphan.Note 138 · El ara de Topheth estaba en el valle del hijo de Ennom, al pie del monte Moria. Se llamó Topheth (tambor) porque los sacerdotes del ídolo deNote 139 · Puteoritas. Filastrio incluye estos herejes en su Índice, tomando la letra y no el sentido metafórico del versículo 13, cap. II de Jeremías.Note 140 · Los de la serpiente de metal. Moisés la hizo por mandado del Señor para que su pueblo se acordase del milagro que obró con Israel, librándolNote 141 · Thamur es el mismo Faraón, rey de Egipto en los tiempos de Moisés. Las mujeres de Judea, sentadas en derredor de su simulacro, le adoraban cNote 142 · Los bahalitas o belitas adoraban en cuevas escondidas a Belo y sus hijos. Este rey del Oriente fué el primer autor de la idolatría y del sacNote 143 · La pythonisa y los pythones eran los magos y adivinos. Quitólos y acabó con ellos el piadoso rey Josías. (Reg., lib. I et IV, cap. XXVIII etNote 144 · Los de Asthar y Astharoth son cuantos adoran figuras de hombres y mujeres, y con este nombre genérico se conocen los que después de la muertNote 145 · Los herodianos confesaban la resurrección y recibían la ley y los profetas, esperando como el Cristo a Herodes, rey de los judíos. (Philast.Note 146 · Para los herejes posteriores a la venida de Jesucristo se valió Quevedo, buscando siempre lo más raro, según su genio, además del índice de Note 147 · Menandro, mago de Samaria y discípulo de Simón, hizo porque le creyesen el salvador bajado del Olimpo para la salud de los hombres. Decía quNote 148 · Simón Mago, samaritano, alucinó con sus artes depravadas a muchos en Palestina, hasta el punto de que le veneraban como a padre. En Roma, imNote 149 · Saturnino, antioqueno, discípulo de Menandro, cuyas máximas siguió; deliraba estableciendo el sistema de la creación del mundo por los ángelNote 150 · Basílides, heresiarca del siglo II, fué natural de Alejandría, discípulo de Menandro y maestro de Marción. Sus desatinos cundieron por todo Note 151 · Nicolao, antioqueno, cabeza de la secta de los nicolaítas, suponen que fué uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, de quienes Note 152 · Carpócrates, heresiarca, natural de Alejandría, vivió en los tiempos de Hadriano. Educado en la filosofía platónica, sostuvo la existencia dNote 153 · Cerintho, heresiarca famoso del tiempo de los Apóstoles; nació en Antioquía, de una familia judaica. Estudió con los célebres filósofos de lNote 154 · Ebión, su discípulo, cuyos sectarios se llamaban ebionitas; negó la divinidad de Cristo, sosteniendo que con el Evangelio se había de guardaNote 155 · Valentino, egipcio, a mediados del siglo II ambicionaba y no logró un obispado. El despecho le hizo caer en tales demencias, que admitía hasNote 156 · Menandro, el mozo de Samaria, es el mismo de quien se habló antes.Note 157 · Montano, heresiarca del siglo II, nació en Ardaban, pueblo de la Misia. Abrazó el Cristianismo creyendo ascender a las primeras dignidades eNote 158 · Hubo un obispo en Egipto llamado Nepos, que decía, como Cerintho, que los santos reinarán con Cristo mil años en la tierra en deleites sensuNote 159 · Sabino, obispo de Heraclea, llamó a todos los cristianos que en el Concilio Niceno anatematizaron a Arrio, idiotas, perezosos y de ingenio eNote 160 · Este período falta en las ediciones de Pamplona y Barcelona de 1631 y 1635.Note 161 · El emperador Sigismundo, muerta su primera mujer María de Hungría, de quien no tuvo hijos, se casó con Bárbara, cuyo padre era Herman, condeNote 162 · Zancajo, el hueso que forma el talón, y lo pone por el zancarrón, o hueso del pie desnudo y sin carne, y el de Mahoma dícese por sus huesos,Note 163 · Manes, hereje persa, que vino a Roma imperando Aureliano. Sus discípulos son llamados maniqueos. Establecía dos principios, uno a otro contrNote 164 · Josepho Scalígero, uno de los más célebres filólogos de Francia, fué hijo de Julio César Scalígero, y nació en 1540. Dotado de prodigiosa meNote 165 · Felipe Melanchthon nació en Breten, en el Bajo Palatínado, año de 1497. Llamábase Schwart-Erde, que en alemán quiere decir tierra negra. TomNote 166 · Teodoro Beza nació en Vezelai, pequeña ciudad del Nivernais, año de 1519. Estudió en París y vivió mucho tiempo en Francia, donde gozaba pinNote 167 · “doctísimo”. (Edic. de Pamplona de 1631). Henrico Stéphano nació en París, año de 1528, de una familia de sabios impresores. Sus conocimientNote 168 · “¡Válame Dios, dije, llegándome a Lutero como a mal hombre, por no decir como a mal fraile: te atreviste a decir que no se habían de adorar Note 169 · En P: estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado penando Helyovano, este célebre.Note 170 · Helio Eobano hesso. Este sobrenombre indica su patria en el Hesse, donde nació en 1488. Fué mirado como uno de los primeros poetas latinos dNote 171 · “No pude sino suspirar”. (Edic. de Pamplona, 1631).Note 172 · “Miré por los españoles y no vi corona ninguna española: quedé contentísimo, que no lo sabré decir”. (Ídem).Note 173 · “y Julio César estaba llamando de traidores a Bruto y Casio. ¡Oh cuáles andaban el mal obispo don Olpas y el conde don Julián, pisando su prNote 174 · Que... que veáis, repetida la conjunción a causa del inciso.Note 175 · ¿Cómo, diablos. Aquí diablos es a manera de voto o exclamación de extrañeza, por tenerse al diablo como autor de maravillas.Note 176 · De molde, por sus historias impresas, y con licencia.Note 177 · Pesquisidores, por el abuso de malpesquisar.Note 178 · “ocicadas, doncellas preñadas como tazas”; y dijo el demonio: “Doncellas son que vinieron al infierno con... fiambre, y por cosa rara se guaNote 179 · Penadas como tazas, que eran de cuello muy angosto, para que con pena o a duras penas saliese el licor y más lentamente se dejase saborear. Note 180 · Demandadores, que se visten diferentemente y como que se disfrazan para mendigar. Y demandadores para las ánimas, que se lo gastan en beber.Note 181 · En P: porque piden para sus misas y consumen ellos con vino, cuanto les dan, sin ser sacerdotes. (Edic. de Pamplona, 1631).Note 182 · En vez de mascarones había en el camarín madres postizas o sean terceronas que se hacen madres de las jóvenes que ofrecen, o que venden a suNote 183 · En el Ms. citado, por suegras léese terceras.Note 184 · Peaña o peana se decía. T. Ramón, Dom. 21, Trin. 1: “Le tenemos en los sacrarios y peañas sacramentado”. J. Pin., Agr., 5, 26: “También se mNote 185 · Sebastián Quartel, general en Alemania contra el Emperador, tras haber sido su alabardero, tabernero en Roma y borracho en todas partes. (MsNote 186 · “por los cuales los hombres se condenan y son condenados”. (Ms., ídem).Note 187 · En B: Fresno, 31 de abril de 1608. Y añade: sub correctione sanctae Matris ecclesiae (P).Note 188 · Castellanos (tomo 1, pág. 428, impresión de 1840) estampó que poseía una censura del Sueño del infierno hecha por fray Antonio Méndez de San
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