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La Casa de los Cuervos

X La noche trágica de Syra

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A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño castigado. ¡No había ya remedio!...

Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el tumulto era indescriptible.

En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo, comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su prisionero.

Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en cuando, sin lograr abrirla.

Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la galería de cristales.

En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas.

Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde resonaban de nuevo furiosos golpes.

Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón.

—¡Hija mía!—exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho.

Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor silencioso en que había anegado a su hija.

Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.

Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio, y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija.

Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde estaba su novio.

Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y ademanes precisos.

Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante, eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus gestos.

Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha.

Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que llovían de todas partes.

Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio de los amigos.

Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por mirarle la cara.

—¿El teniente Borja?—le preguntó ella juntando las manos.

Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó con una torpe sonrisa:

—¡Allá quedó, niña! junto al río.

Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna vez.

Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su carrera como una pesadilla.

Se detuvo un momento para organizar sus ideas.

Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma.

Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela.

Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por sus temibles espinas.

Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en aquella siniestra noche.

La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como garras sobre la acongojada criatura.

Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían brazos y piernas de muertos ya rígidos.

Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en su novio:—"¡Allá quedó!"—le habían dicho—"junto al río".

—¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría?

Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las sienes, el latido de sus arterias.

Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá quedó!"

¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar? ¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río?

Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas, entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado, cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes crecientes lo inundaban.

De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.

Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola, pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se fatigaba.

El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su camino hacia el Sur.

De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés en las horas de sol.

Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los muslos.

¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel desierto buscando su amor?

Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un blanco fantasma.

En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.

—Allá quedó, junto al río—le habían dicho riendo.

Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo el rocío de la noche.

Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el Salado.

A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.

Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron, sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.

La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por algunas nubes tormentosas.

A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta apenas entornada se escapaba un hilo de luz.

Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de golpe.

Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un cuadro siniestro.

Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de sangre, que parecía negra como la tinta.

Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente:

—Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza; los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han muerto, niña?

Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña, acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor.

Syra llorando se arrodilló junto a la viuda.

—¡También a mí, también a mí!—decía en un sollozo que la sacudía entera, y no podía concluir la frase.—Hace horas que lo busco, muerto o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la orilla del río, buscándolo sin encontrarlo.

La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras.

—¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas horas. Allá fueron los primeros tiros...

Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su prematura viudez.

Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque...

Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que había quedado la ciudad.

Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus casas.

En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio.

Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón, dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver del teniente Borja.

Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.

Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.

—¡Allí está el que buscan!—les dijo señalando a Jarque, tendido de costado, y como dormido entre los pliegues de su capa—¡éste es mío y yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen!

Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se echó a reír con una risa desgarradora.

—¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al asesino...

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