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La Casa de los Cuervos

IV Yo lo maté, pero voy a morir...

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Días antes Syra, que rara vez salía desde la muerte de su novio, visitó a las vecinas, en cuya casa solía verse con él.

Empezaban a encenderse las luces cuando ella terminó su visita, y se marchó.

En la calle solitaria a esa hora, encontróse con una negra vieja, hija de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las paredes, estirando una mano seca a los raros transeúntes.

Conocíala Syra y la socorría en día fijo de la semana.

La vieja se le acercó, y le dijo en voz baja:

—¡Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en interés del hombre que llora.

—¿Quién te manda?

—José el indio.

—¿Dónde está?

—En el cementerio de San Antonio.

—¿Qué quiere de mí?

—No me lo ha dicho.

Pensó Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a la cual había llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava decía la verdad, y que las misteriosas palabras con que había aludido a su novio muerto, tenían realmente relación con la extraña cita.

Observó si alguien más la había visto, y creyendo que no, se arrebozó en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada más, y siguió la calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras más allá.

El velo ceniciento que el crepúsculo había arrojado sobre la ciudad, se iba oscureciendo como un denso crespón, y cuando Syra llegó frente a las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, parecía llena de las almas de los muertos, era casi de noche, y no vió la silueta del indio, acurrucado contra la puerta.

—Niña Syra—le dijo, y ella tembló ante aquella voz que parecía surgir de la tierra.

Él se paró y le murmuró al oído.

—¿Siempre se acuerda de él?

Syra lo miró, y vió sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra.

—¿Qué te importa?

—¿Lo has olvidado, entonces?

—¿Para eso me has llamado?

—Sí, niña, para eso. Quería saber si después de muerto, iba a seguir siendo agraviado.

—¿Por quién?

—Si su merced me manda, niña,—dijo con voz sumisa el indio,—yo le diré; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber lo que iba a contarle.

Chilló una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial entró en el alma de la joven como un escalofrío. ¿Qué podía ser aquello que el indio le iba a contar? Ella sentía pasar los días cargados de odio, porque en su corazón apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo de vengar aquella sangre que manchó su traje de baile y de novia.

—¿Qué me vas a contar?—dijo simplemente—yo no lo he olvidado.

—Pero en su casa sí—respondió el indio—en la Casa de los Cuervos, ya ni su madre lo recuerda, y su hermana está para casarse con el que lo mató.

Dijo estas palabras en voz baja, no más fuertes que el susurro del áspero ciprés que había al lado de la capilla, mas parecióle a Syra que la voz retumbó como un trueno, y miró a su alrededor, por si alguien había que pudiera escucharle.

El camposanto, sembrado de cruces negras, parecía un vasto sudario arrojado sobre millares de muertos que yacían juntos, marcando con sus cuerpos el pequeño relieve de los túmulos blancos.

Ni una luz se veía en ese barrio, de tapias roídas por el tiempo, y de pencales verdes y espinosos, señalando el linde de las heredades.

Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no había temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a los perros sin amo.

Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el enorme silencio pesaba allí durante horas, como una lámina de plomo, hasta que al toque de ánimas, que llegaba de todas las torres de la ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombría capilla, cuya puerta solía abrir el viento.

—¿No has mentido?

—No, niña.

—¿Vas a jurar?

—Sí, por la tierra donde duerme mi madre—dijo él, y Syra creyó en su palabra.

Esa misma noche habló a Montarón, y le anunció que se iría a la Casa de los Cuervos a pasar una temporada de campo.

El repentino capricho pareció explicable y sus padres accedieron a mandarla en una volanta, que salió dos días después, cuando ya Rosarito estaba de vuelta y José Golondrina perseguía en el garzal a los dos fugitivos.

Syra llegó a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le habían confiado.

Doña Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que compartía su dolor, pero que la miraba con ojos extraños que buscaban su pensamiento, sintió miedo, temiendo por el secreto de aquel perdón que había dado a Insúa en el fondo de su alma y que nadie comprendería, si llegaba a saberse todo lo que ella sabía de la muerte de su hijo.

Y Gabriela tembló por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra hubiera leído una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran puesto de acuerdo, jamás nombraban al ausente en quien vivían pensando.

No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecían haberse olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra había venido a avivar, como una cicatriz que duele y se abre.

A la siesta se reunían las tres mujeres en la galería bañada por el dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio.

Los peones se acercaban a pedir órdenes a la dama, que solía levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra.

Gabriela sentía los ojos de la hija de Montarón clavados sobre ella. Sugestionada por aquella persecución alzaba la frente, y la miraba. Syra, enlutada como una viuda, le sonreía, sin hablarle, mas su sonrisa no era amistosa.

Cuando algún incidente imponía la conversación, los espíritus parecían alejados y las palabras surgían sin cordialidad.

A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo.

Gabriela pensaba que ña Floriana había adivinado su secreto, porque jamás mencionaba a Insúa, como si tal nombre le amargara los labios; y si era así, la astucia de aquella mujer podría haber comprendido los sombríos proyectos de Syra, que compartía con ella sola el deseo de vengar a los muertos.

Pasaban los días y aún Syra ignoraba si en verdad doña Carmen y su hija conocían que el hombre que albergaran en su casa era el matador de Carmelo y de Jarque.

Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surgía la terrible sospecha de que ambas lo sabían y callaban para no romper el encanto del amor que nacía.

Una tarde llegó ñor Basilio el ovejero, y dijo a doña Carmen:

—En el campo de Mocoretá han quemado vivo al capitán Insúa. Uno de los que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y me lo ha contado.

Doña Carmen guardó el secreto. Nadie habría podido sospechar la tormenta de encontradas pasiones que se levantó en su alma, porque su rostro permaneció inmutable.

Un poco más de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las expresiones de rencor satisfecho que querían desbordar.

Pero esa noche todo cambió. A la hora de la cena sintieron llegar un caballo, que se acercó entre el ladrar de los perros hasta el árbol en que los cuervos dormían.

Gabriela corrió a mirar y dijo:

—¡Insúa!

La madre fué a desengañarla, contándole la historia que le habían referido, cuando entró el capataz y lo anunció, y luego el mismo capitán, que llegó con aire de fiesta.

Sin que nadie lo advirtiera, Syra corrió a su cuarto, cuya puerta daba sobre el corredor y se encerró por no verle.

Insúa se sentó a la mesa, y alejados los sirvientes, habló a la madre y a la hija.

Había mandado un chasque a don Julián, a fin de que esa misma noche llegara a casa de doña Carmen y debía estar al caer.

Era extraño lo que iba a decir, pero en su vida todo era así, extraño.

Doña Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el plato y las manos tiesas sobre el mantel. También en la vida de ella todo era extraño.

Insúa prosiguió:

—Quiero llevarme, señora, el talismán que ha de darme suerte. La revolución va a estallar en el plazo de tres días. Todo está pronto, y yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la batalla.

Gabriela había dado un grito. Insúa se puso de pie y esperó la respuesta. Doña Carmen bajó la cabeza asintiendo, mas no habló.

Sintióse rumor en el patio y todos salieron de la galería. Era don Julián que llegaba.

—¿Será esta noche?—preguntó la dama a Insúa.

—Sí, señora—contestó él, inclinándose.

Doña Carmen llamó a la mujer del capataz y le dijo lo que había, a fin de que preparase el oratorio donde debía de ser la ceremonia.

En la obscuridad del patio no vió el gesto de horror con que la mujer se apretó la cabeza.

Insúa y Gabriela se paseaban en la galería del lado en que estaban los cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentían el áspero roce de su pico en el negro plumaje.

En el cuarto de los huéspedes doña Carmen atendía a don Julián. El comedor había quedado a obscuras, y nadie vió por eso entrar a Floriana, que se acercó hasta la pieza donde Syra se había refugiado y la llamó suavemente.

No le abrieron; quizá no oyeron la señal, que repitió dos veces, sin resultado. La joven, sin embargo, no dormía; sentíanse sus pasos y el rumor de su ropa.

Floriana miró por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela, vió algo cuyo significado no comprendió. ¿Quién estaba allí? ¿Syra o Gabriela? ¿Quién era la novia que había venido a buscar el capitán Insúa? ¿Por qué si era Gabriela, Syra se vestía de blanco como si ella fuese?

Corrió al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le llenaba el alma de rencores y a poco sintió la voz de don Julián que entraba con una maleta, en que traía un roquete, una estola y un libro.

Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba; Insúa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doña Carmen de Borja, pálida, como una muerta, plegados los labios para no quejarse, y los peones, que habían de servir de testigos.

Se cerró la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardían en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer las preces.

—Falta la niña Syra—dijo Floriana.

Doña Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julián no la había oído, y llamó a Insúa y a Gabriela, y comenzó a leer aquella augusta alocución, que esa noche ponía un horror de tragedia en el corazón de todos.

De pronto sonó una carcajada en el patio, que a Insúa le heló la sangre; se oyó el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la puerta del oratorio se abrió con violencia, y entró Syra, vestida de blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparición, con el cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada.

Apartó con fuerza a los que le cerraban el paso y corrió al altar y tomó a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de sangre que tenía sobre el pecho, en el albo traje de baile:

—¡Yo era su novia, y él lo mató!

Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido, sin que ella dijera más, lo que significaba aquella sangre, quién era el muerto y quién era el matador.

Se abrió de nuevo la puerta, y una racha fría de viento apagó las luces, y sintióse en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran pájaro que había entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por hallar la salida.

Se oyó entonces la voz de Insúa:

—¡Es cierto, es cierto! ¡Yo lo maté!

Se le vió, en la sombra, acercarse a Gabriela que había caído desmayada en brazos de su madre, no se oyó el ruido de su beso en la frente de la joven, pero sí la voz de él más tranquila, hablando desde el umbral de la puerta, como un adiós a la Casa de los Cuervos.

—Yo lo maté, pero voy a morir.

No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendió una mano amiga para detenerle.

Salió; se oyó el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un caballo, que se alejaba por la calle sombría de los eucaliptus.

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