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La Casa de los Cuervos

I ¡Por el alma de los muertos!

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La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos, prolongábase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando. Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus copas en el agua serena, que corría sin murmullo, royendo suavemente la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas acuáticas, en la otra banda donde el campo era bajo.

El sol que trasponía ya el bosque, reflejaba un disco trémulo en la faja del río, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en su bote, que la había llevado corriente arriba, gracias a la vela, en una de sus excursiones de ensueño, descendía aprovechando la corriente y siguiendo por un capricho la línea indecisa que pintaban en el agua las copas de los árboles, dormidos ante la vecindad de la noche.

De vez en cuando, con un golpe de timón rectificaba la marcha del bote, una de cuyas bordas se bañaba en el sol dorado de aquella tarde de otoño.

La embarcación era pequeña, fina de formas, pintada de blanco, y llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma".

De lejos, realmente, atracada a la barranca en los días de marejada, cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote parecía un copo más danzando en la resaca arrojada por el viento contra la costa escarpada de la Casa de los Cuervos.

"La Espuma" era la compañera de los sueños de Gabriela.

Cuando se casó, dos años antes, con aquel español que compró el campo de su padre, éste, que había de morir poco después, le preguntó qué regalo de boda quería que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse, sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le pidió joyas ni vestidos, le pidió un bote para pasear por el dédalo de arroyos, bordeados de sauces, que hacían el encanto de aquellos paisajes.

Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible chapoteo del agua, rota por la quilla.

Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía.

Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir, bastante embrollados.

Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica, sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa.

De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas, que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho de tener tan equilibradas todas sus pasiones.

Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al pasar sin ruido, como un copo de espuma.

Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces hasta Santa Fe a buscar provisiones.

Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta la cintura.

Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.

La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o espiara la caza.

Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo, pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con su mano pequeña, abandonada por encima de la borda.

¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no correspondiera con sus ideales de antes.

Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud, como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis, atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil, viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas fantasías que la llenaban de ensueños.

Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída, desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una romántica leyenda.

Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.

Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una abadesa.

Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios; incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería de sus hijos.

Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en todas sus palabras.

Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor.

¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a pedir su mano.

Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes.

Esa tarde—la tarde del baile—Gabriela llegó en su bote hasta la barranca, poco antes de entrarse el sol.

Venía sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar su embarcación al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el río golpeaba sus olas en los días de viento. El terreno subía aún más al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las crecientes.

El primitivo dueño de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente, había formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente plantados en hileras.

Los árboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melancólico rumor de hojas, en las noches serenas en que sólo soplaba la tenue brisa de la laguna.

Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de eucaliptus, los más gruesos, porque fueron los plantados primeros, que corrían paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos dorados del sol que se entraba, parecía una vieja pintura.

Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimándose a uno de los troncos, mondados por el otoño, que les arrancaba la corteza en largos girones. En el fondo vió la alta figura enlutada de su madre, que se alejaba, a pasos medidos, achicándose su silueta. Luego la vió volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra, alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombrías que se cruzaban en lo alto.

Veía, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras, que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el fondo claro del cielo. La luz del crepúsculo suavizaba sus perfiles, y ponía en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la penetrante tristeza de los bosques muertos.

Había en el ambiente una gran calma. Sólo se oía el grito de las vacas lecheras que salían del corral, con sus terneros, que a la noche serían recogidos en los chiqueros.

Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas. Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su traje negro.

—Vamos a rezar—le dijo.

A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos amos y peones.

Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía de rogarse.

—Por las almas del purgatorio.

—Por los caminantes y navegantes.

—Por los príncipes cristianos.

—Por los parientes difuntos.

Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos, presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto silencio, la voz de la dama que decía:

—Recemos por el alma de los que hoy han de morir.

Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había impresionado.

Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas, estremecidas por la brisa que despertaba.

La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que pasaban la noche.

Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario.

Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas. Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía, se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio.

Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana, pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el suelo acolchado con su pollera.

Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz.

No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer, de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña Floriana sirvió de nodriza.

Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.

Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón.

Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores.

Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.

En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al alba.

Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada. Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos, en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo, mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que salmodiaba.

Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños, el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos.

Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse en la cama.

—¡Jesús, mamá!—exclamó, conociendo que era ella.

Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído. Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a uno de los vidrios miraba al campo.

La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos:

—¡Mirá, Gabriela!

La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.

¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas?

Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor, ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más delicados perfiles de las cosas cercanas.

Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana.

Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza.

Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la cortina de eucaliptus.

—Recemos, Gabriela—le dijo su madre.—Esta es la noche del baile en Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.

Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los eucaliptus que gemían al viento como almas en pena.

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