VI Una sombra en el hueco de la puerta
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Borja no ignoraba que el día anterior Jarque, su jefe, había tenido un encuentro que podía ser un grave indicio.
Por la mañana a eso de las nueve, don Serafín volvió a su escuela que resonaba con la bulla de los niños, a los cuales Rosarito les había franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las galerías.
Ella misma, después de llevar el desayuno a Insúa que se aburría en la soledad de su escondrijo, bajó a jugar con ellos. El patio estaba empapado por la lluvia, pero las galerías anchas, con su techo de cañas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por sólidos pilares de algarrobo, tenían un piso de tierra endurecida, donde los chicuelos más hábiles podían dibujar sus complicados cuadros de rayuela.
Rosarito se sentó en un rincón, donde la cocina formaba un reparo, en el extremo del corredor, y los más pequeños corrieron a ella, para que les contara aquellos cuentos que iluminaron la niñez de su madre.
La niña era como un hada en el sombrío recinto de la escuela.
Cuando en las horas de clase, por animar un poco a los alumnos, entraba al salón, buscando un sitio vacío en los bancos, todos la reclamaban para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramática, si estaba ella, y los niños podían ver sus ojos animadores y su boca juvenil que sonreía, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas que llenaban el aula, los minutos parecían tener alas y volar.
El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y seguía llamando al pizarrón, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la lección.
Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para vigilar los garabatos que la trémula mano trazaba en el tablero. Y cuando el niño se equivocaba, corría él con el desgarrado faldón de su levita en la mano y borraba lo escrito.
—¿Quién mató a César?—decía a modo de comentario invariable, y los alumnos en coro gritaban:
—¡Bruto!
Don Serafín tenía una regla larga como un puntero, que manejaba nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar le hacía sudar el cráneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire más divertido que el de los alumnos, y aquello era señal de que comenzaba la clase de gramática.
Llamaba a uno de los niños hasta su estrado; se envolvía cuidadosamente en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos:
—¿Cuántos son los acentos?
El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafín le insinuaba, marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre:
—¡Tres! Agudo, grave y es... drú... julo.
Cuando decía "drú" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete y pinchaba al niño en la barriga, con gran regocijo de la infantil concurrencia.
La lección de los acentos era, por su episodio, lo más ameno de la gramática.
Concluída la clase, los niños se ponían de pie y rezaban un avemaría, que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la mano, salían en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado del salón el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol, que entraba a veces como una espada fulgurante.
Si estaba Rosarito, la última mirada era para ella, que se quedaba con el corazón estremecido, porque los amaba a todos.
Cuando su padre volvió, la mañana en que fué al Cabildo, no era ya hora de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los niños que jugaban en las galerías, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insúa, que bajó de su buhardilla, contento como un prisionero libertado.
A él y a Rosarito les relató don Serafín su conferencia con el jefe de policía, detallando prolijamente la manera en que eludió toda contestación comprometedora.
Nunca había querido dejar adivinar de Insúa su pobreza rayana en la miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita, mezclado con su pequeña aventura de esa mañana, y todo lo dijo sonriente, enrojeciendo a veces de vergüenza, pero satisfecho de su inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno.
—Hoy Jarque vendrá a comer tus empanadas, Rosarito, hija mía...
La niña se alarmó oyendo aquello, porque sospechó que eso podría ser un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin duda quería comprobar lo dicho por su padre.
Se vistió con su sencillo traje de salir, y se fué al boliche de don Pablo Ferrer; pagó la cuenta, y se aprovisionó de lo que le hacía falta para confeccionar sus empanadas; y luego corrió a casa de don Patricio Cullen.
Llena de confusión refirió al caudillo de los revolucionarios aquella aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque la hallara, en verdad arreglándola al cuerpo de su padre. Y fué tan afortunada y hábil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el jefe de policía acudió a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas sacadas del horno, sirviéndoselas en una punta de la mesa del comedor y atendiéndole ella desde la otra, donde a toda prisa descosía una levita de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas, cuya voz se oía explicando la lección de los acentos.
Pero Jarque no se dejó engañar del todo. Los indicios que había sorprendido de estar cerca la revolución eran tan evidentes, que perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot.
Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de que la revolución no estallaría sin que Insúa llegara a la ciudad, quería a toda costa saber si él estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de un momento a otro.
Cuando anocheció, algo decepcionado se despidió del maestro, que había concluído su clase y de su hija que seguía trabajando en la levita. Mas se fué tranquilo, porque la ausencia de Insúa podía significar que la revolución aún tardaría.
No bien se hubo marchado bajó Insúa de su escondrijo, donde había pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueño de la barraca donde se refugiarían los revolucionarios que llegaran por el río, aprovechó para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo nublado, amenazando lluvia.
La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo Quillá, un brazo del río, era un vasto recinto cuadrado, con paredes de tapia, detrás de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de frutos del país, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco que los llevara a Buenos Aires.
El anterior dueño de la barraca se había arruinado, y un colono suizo de Helvecia, que logró algunos años de buenas cosechas, se quedó con ella y abandonó el campo.
Era Fosco; vivía con su familia haciendo un modesto negocio que le permitía tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen todos, y esperar el triunfo de la revolución, que estaba dispuesto a ayudar, para tumbar el gobierno.
En la obscuridad de la noche Insúa vió aparecer a lo lejos la masa negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo más discreto el refugio.
En esos lugares no había ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales, descendían la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua, que no se veía en la sombra, al borde mismo de la pequeña barranca, crecía un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de barro, de algún barquero, que vivía allí a la vera de su barca.
Ladraban los perros al áspero rumor de los árboles, que se mecían al viento en la sombría y misteriosa quinta de Fosco.
Insúa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del miedo, al llegar a aquellos lugares en que podía hallar la muerte, si Jarque daba con su pista.
Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con que en las calles del centro había disimulado su figura, para pasar sin que le reconocieran.
Desde el portón de fierro que servía de entrada a la barraca, cerrado a esa hora, vió la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida.
Llamó con las señales que sus dueños conocían.
Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de una revolución, a la que se disponía prestar su concurso, tanto más apreciable, cuanto que la ubicación de la barraca debía esa vez hacerla poco sospechosa.
Generalmente los revolucionarios invadían la ciudad por el Norte, viniendo de las estancias de Cullen o de Insúa, y era casi seguro que el mayor empeño de la policía se pondría en vigilar el camino de Santa Rosa, descuidando la barraca a orillas del río, excelente lugar de desembarco, por la menor distancia a que de allí estaba el Cabildo, que iban a atacar.
A la señal de Insúa, un poderoso mastín de largas lanas se echó sobre la puerta, que poco después abrió Fosco, acallando al perro y recatándose aún, por si no eran los amigos que esperaba.
De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo más que a su mujer y a una hija, a quienes halló Insúa en la pieza del piso bajo de la casa, cuando entró con el suizo por guía.
—¡Señor capitán!—le dijeron al saludarle, y él notó en sus ojos la misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueño de casa. Era gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte.
Fosco andaba cerca de los sesenta años, pero de recia musculatura, y buen tirador, podía ser un buen soldado.
En el comedor, al lado de la alhacena, veíase colgado un rémington, enaceitado y limpio, señal del aprecio en que lo tenían.
Insúa sonrió echándole una mirada significativa.
—Señor capitán—le dijo Fosco.—En Helvecia éramos cien familias suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y están hoy dispuestos a hacerse matar en la revolución.
Insúa le apretó la mano, sin decirle palabra, y tomó asiento al lado de la mesa, bajo la luz de la lámpara. Fosco y las dos mujeres permanecían de pie. Sabían que en aquella intentona por derrocar al gobierno se jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizás la vida, pero estaban dispuestos.
Como Insúa vacilaba en hablar, Fosco mandó a las mujeres que salieran del cuarto, y una vez solos dijo:
—Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de ocurrir.
—Así es—respondió Insúa.—Mañana vendrán nuestros amigos. Viajan en chalanas cargadas de leña, por el río, y atracarán en la costa del arroyo, a cien metros de aquí. Otros están llegando desde ayer, en carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer provisiones. Esta noche, llegarán los que faltan, y, sin duda, buscarán albergue en la barraca, para estar al habla. Son los más seguros los que así vienen, pero en las chalanas está el grueso de las fuerzas. Las manda Alarcón que sabe hacer las cosas y el indio José...
—¿José Golondrina?—preguntó vivamente Fosco.
—Sí; ¿lo conoce?
—Lo conozco; lo conocí en Helvecia—vaciló un momento y dijo:—Yo no lo creía bueno para esto.
—¿Por qué?
—No sé, a la verdad no sé; pero nunca me ha parecido hombre de confianza.
—Es mi asistente hace años—observó Insúa.
—Entonces debe ser bueno—contestó sin mucha convicción el colono.
Insúa continuó dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban siempre por falta de organización, y con esa dura experiencia, habían aprendido lo que valía el orden en toda batalla.
Cuando no tuvo más que recomendar, volvió a la ciudad, donde se encontraría con Cullen y Montarón.
Veíanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente en el ángulo que hacía cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor mezquino, que parecía más débil ante el gran cuadro sombrío de la plaza, con sus negras acacias, que un viento suave mecía desgranando sus hojas secas.
Insúa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevió a pasar cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontró bruscamente con Jarque.
Supo que era él, porque al moverse para no cruzarse en su camino, observó que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pasó de largo, como si allí no viviera.
Sintió que le seguía y apretó el paso, con la seguridad de adelantársele y anduvo así, un cuarto de hora, haciendo recodos, y cruzando calles; cuando supuso que el jefe de policía había abandonado su persecución, regresó a la calle de la Matriz.
El farol de la esquina se había apagado, y era extraño, porque el viento apenas soplaba.
Nada se veía en la calle lóbrega. El almacén de Ferrer estaba cerrado, y todo el barrio, parecía dormido bajo los oscuros tejados a dos aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz.
Llegó Insúa hasta la puerta de la escuela, y la empujó de golpe, y al entrar vió que del hueco de una puerta casi contigua, salía un hombre, que sin duda estuvo al acecho.
Comprendió que Jarque en vez de seguirle a través de las calles, sospechando quién era, lo había aguardado allí, para cerciorarse de ello, y averiguar lo que tanto le interesaba.
Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a variar sus planes.