III La conspiración
Reading edition
Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.
En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.
Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las ocho y debían rezar por las almas de los muertos.
Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos, podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y la lluvia.
Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales Carmelo Borja.
Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque más joven y llegado al país muchos años después que él.
Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo, eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno, lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus secretos.
Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de conspiración prolijo y difícil.
Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar, defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.
Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad, mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.
Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen, Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución, cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una gran popularidad entre los colonos extranjeros.
Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba para dos o tres meses más tarde.
Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados, haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una flecha.
Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones, solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital, a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.
Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.
Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación, pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.
Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que habían llegado.
Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.
Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para costear las revoluciones.
El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los asistentes a ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la llegada de Insúa.
Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances, logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque, de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la revolución para la noche del baile.
Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor, el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta, para el caso de una sorpresa de la policía.
Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas esfumadas de sus antiguos recuerdos.
Junto a la mesa—una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se plegaban o se abrían para agrandarla—sentáronse Rosarito e Insúa, a relatar la historia de los días pasados sin verse.
Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se abandonaba confiada en la de él.
Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y crujía como si fuera a rasgarse.
A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito sonreía.
—Siempre es así—le decía.
Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad, buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera dedicado enteramente.
Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.
Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante sonrisa, tenía algo de eclesiástico.
Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.
Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba morir.
Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.
—¡Señor don Pedro!—dijo con profunda reverencia.
—¡Señor don Serafín!—respondió estrechándole la mano, y entró al comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía, a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.
Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa, negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.
Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.
Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada de un nuevo contertulio.
Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de los revolucionarios entrara sin llamar.
Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los casos apurados.
Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de Cullen:
—¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?
Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió sonriendo:
—Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?
—¿Conmigo?—exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.
—Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.
—¡Ah, señor don Patricio!—respondió súbitamente interesado el maestro—si ustedes tuvieran un "Losada"...
El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.
Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.
Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre, y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.
—¡Señores!—les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.
Los tres lo miraron.
—Usted nos dará la hora;—volvió a indicarle don Patricio, con amable sonrisa,—hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.
—Mudo sobre todo, mi tío—añadió Insúa, haciendo luego una seña a Rosarito para que los dejasen solos.
El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.
—¡Mi reloj, mi reloj!—exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que lo hizo acostarse.
—¿Es seguro ese hombre?—preguntó Cullen cuando quedaron solos.
La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos dorados.
—Completamente seguro—respondió Insúa—y su casa debe ser hoy el punto de cita menos sospechoso.
Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda.
—No tanto. Ayer me crucé en la puerta con uno de los pesquisas de Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no dejó de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un ladrón o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que aconsejaría a don Patricio, si viviera más cerca.
Don Patricio sonrió; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo rechoncho, pero ágil, resultaba un juego, para él habría sido lo más difícil de la revolución.
—La noche es a propósito para merodeos de esta clase—observó Cullen.—Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallaría alma viviente. La luz de los relámpagos me guiaba, para no estrellarme contra las rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los fangales de cada esquina.
Hablaba despacio, con voz suave, insinuando más que diciendo lo que pensaba. Montarón le escuchaba con una sonrisa que podía seguir siendo un gesto de duda; Insúa, grave y triste, como oprimido por un presentimiento.
Afuera, la lluvia, más intensa que a la hora de ánimas, seguía cantando en los caños de teja, de donde caían chorros sonoros que corrían luego por los albañales a engrosar el torrente de la calle.
Un momento prestaron oído a los rumores que venían de afuera. Insúa pensó en Rosarito, dormida quizás, y comenzó luego a explicar su plan revolucionario.
Tenía listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los sauzales del arroyo de Leyes; a la mañana se pondrían en marcha sobre la ciudad, según las órdenes que les había dejado, y entrarían a la oración.
Tenían dos chalanas cargadas de leña, en que llegarían al puerto, cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde habían llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les servirían para montar, o habían entrado como peones de estancia, a buscar provisiones.
—¿Bien armados?—preguntó Montarón.
—Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una caña tacuara.
—¿Y los otros?
—Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La munición es escasa, pero no se necesitará mucha.
—Así es—observó Cullen—el éxito está en sorprender a la policía. Si no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.
La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de su lujosa juventud.
—Y los que han llegado—interrogó—¿dónde están?
—En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía.
Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia, que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.
—Mi mayor confianza está en lo que hagamos en el baile—dijo Montarón, bajando la voz—Iriondo y Bayo irán; Jarque ciertamente no faltará, y como no estarán prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la plaza podremos tomarlos como en una ratonera.
Insúa no parecía participar de esa opinión.
—Eso no es pelear—objetó—eso es entrampar a los hombres, como si fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi caballería...
—Ellos son más y están mejor armados.
—Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es una ventaja que compensa el número y la diferencia de las armas.
—Tendremos que ir contra el batallón "7 de Abril", que es de línea, capitán—observó Montarón.
—Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que se esconden o disparan.
Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos opiniones, dijo acercándose a la luz:
—Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la policía, y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos llevaría al fracaso, que ha sido siempre el término de nuestras revoluciones. El capitán Insúa mandará el asalto; y nosotros, en el baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la tropa del gobierno se rendirá. Hay entre ellos partidarios nuestros que iniciarán el desbande.
Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo, prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:
—Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a su fiesta.
—He invitado a todos los que significan algo—respondió Montarón—no sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;—y agregó haciendo uso de un término gauchesco—no son gente de arriar con la mano.
Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una hora después del ataque.
Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores, después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión.
Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como si nadie pudiera sospechar de él.
Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas del jefe de los revolucionarios.
Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin empedrado.
Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.
Insúa le estrechó la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella la hizo estremecerse:
—¡Has nacido para mujer de un revolucionario!