IX El pañuelo rojo
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La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza.
La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco.
Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se las esperó con temor de que no llegaran a tiempo.
Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.
Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían desaparecido.
Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el horizonte por todos lados.
Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco de agua quieta y negra.
Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía:
—Aquí está el gringo Moor.
De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia.
Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era abundante en pescados.
Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas.
Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.
Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado.
La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda intentona por allí.
Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver adonde había dejado las chalanas.
A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa, cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol poniente.
En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una bahía.
Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones.
Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con sus hombres, habría podido vencer a los otros.
Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre la ciudad.
El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar, porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado.
Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la revolución.
Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile, fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo.
En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien, y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta que ninguno dudaba del triunfo.
A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan.
Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.
Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre aquellos sucesos que presentía.
No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara.
Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito, dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo que él.
Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia el norte por la calle del Comercio.
Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.
De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes acomodadas y miraba si alguien le seguía.
Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido de un cielo sin estrellas.
Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile. Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal.
Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía, destiñendo el azul intenso del horizonte.
Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le aguardaban impacientes y listos para el combate.
Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea.
Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo perseguían y habían dado ya con su pista.
Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran.
Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una espada asomar por debajo de la capa.
—¡El novio de Syra!—pensó el revolucionario, recordando con qué empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en la lucha.
Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores.
No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle.
Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos.
Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.
Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el escondrijo de los revolucionarios.
¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era alguna inofensiva manía del hombre viejo?
Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del vetusto caserón.
—¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!—dijo con fastidio y entre dientes.
Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía.
Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les revelaba lo que querían saber.
De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se echaba sobre él.
—¡Ah! ¡misera...!—exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada.
Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.
—Ríndase, no quiero matarlo—dijo con su voz breve y tranquila apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de nuevo sobre su adversario.
A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad, que parecía atarle los brazos.
En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria inquietud.
Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el hocico y ladraba.
Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor de la espada cortando el humo del segundo disparo.
Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de un grupo de hombres.
Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que brillaba en tierra a dos pasos de allí.
—No se mueva o lo mato—y añadió con dulzura, sin dejar de apuntarle,—quiero que viva para su novia.
El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión.
—¡Cobarde!—gritó—¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a vengar!—y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con ágiles movimientos.
En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma del suelo.
Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra.
—¡Oh, Dios!—exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas. La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie.
Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les señaló el cuadro y les dijo:
—No quería matarlo, pero él se empeñó.
Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella.
Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos.
Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible.
Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó Insúa casi corriendo.
Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que estuvo a punto de desbaratar todo el complot.
Llegó a la esquina de la calle del Cabildo.
Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite.
Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca.
En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por el brazo.
No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se volvió con ira para ver quién era.
Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había visto.
Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su poder.
Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva brusquedad.
—Hay allí—le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón—una niña que pregunta por su novio, que salió con usted.
La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.
Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a perder:
—Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo.
—¿Ha salido solo?
—Solo.
—Yo ando siempre así—observó el jefe de los gubernistas, abandonando la mano de su adversario—sobre todo cuando me dicen que hay peligro en andar solo.
Pasó un breve momento de silencio.
Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?
Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin violencia, que no podía rechazar.
—¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera?
Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido.
Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el chaleco.
Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un pañuelo de seda color escarlata:
—Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha desteñido...
Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba.
Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su fuerza.
Iriondo sonreía.
En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra.
—¡Ah, Insúa!—exclamó al verle, acercándosele con un apasionado interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo sobre su manchada pechera.—¿No salió el teniente Borja con usted?
Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración.
Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que ella no aceptó, volviendo a preguntarle:
—¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted?
El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la orquesta.
Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo:
—Explíqueme qué es eso.
Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e imperiosa:
—Si se mueve, lo mato.
A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo acre de la pólvora.
El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que le amenazaba.
Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería, invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas, mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano por la cintura.
—¡Ah, traidor!—exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera, atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate contra el Cabildo.