V La batalla de los Cachos
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Una mañana, el catorce de Junio, Rosarito entró despavorida en el salón donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos adormilados.
—¡Tata!—dijo simplemente—¡la revolución!—a Francisco anoche lo han muerto, según dicen.
Y cayó arrodillada en el suelo, llorando y escondiéndose la cara entre las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela.
Desde tres días antes vivía la gente en Santa Fe aguardando la hora de la revolución. Sabían, los que estaban en el secreto, que don Patricio Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad, sublevando las campañas con ardorosas proclamas.
Sus montoneros a caballo, mal armados, no habrían podido resistir el empuje de las fuerzas del gobierno, que contaba, como núcleo principal de su defensa, con el histórico batallón "7 de Abril" al mando del coronel Raimundo Oroño. Pero sabían que Francisco Insúa bajaba simultáneamente a encontrarse con Cullen, al frente de los "Suizos", colonos de Helvecia, y de más al Norte aún, de la Colonia Galense, de Romang, de Alejandra, donde la causa de los revolucionarios había reclutado sus mejores tropas.
Aquellos extranjeros, tiradores de primer orden, bien armados con fusiles de precisión, valían mucho más que las revueltas montoneras que traía Cullen.
La revolución debía estallar en la ciudad, no bien se supiera que Cullen o Insúa llegaban, y hubo un momento en que su triunfo pareció seguro a los dirigentes de la conspiración, porque el gobernador Bayo, ignorante de todo, o confiado en exceso, habíase ausentado de la ciudad para asistir a las fiestas que en esos días celebraban en el pueblo de San Carlos.
Montarón con un grupo de revolucionarios se encargó de apresarlo, pero el gobernador tuvo aviso de que la muerte de Insúa que días antes le comunicaran en secreto no era verdad, y que se le había visto en Helvecia, moviendo su gente.
Esto le obligó a regresar, frustrando el plan de Montarón; y como se supiera que los revolucionarios avanzaban sobre Santa Fe, se destacó una compañía del batallón "7 de Abril", para que marchara a su encuentro, dejando el resto de la fuerza para cuidar la ciudad.
Los soldados del gobierno debían procurar unirse con la gente que desde San José del Rincón llevaba el coronel don Nazario Ocampo, fuerza de caballería de línea, muy apreciable, no por su número, sino por su calidad; y con las del coronel don Francisco Romero, que debía cruzar desde Santa Rosa con quinientos hombres, bien armados, para cortar la retirada de los revolucionarios, cuando bajasen a lo largo del Saladillo.
Ocurrió, sin embargo, que el 13 de Junio, al mediodía, el jefe de las tropas del gobierno que marchaban hacia el Norte, recibió noticias de que Insúa había llegado al paso de los "Cachos", y se preparaba a vadear el Saladillo, buscando la margen derecha, para seguir el camino a Santa Fe.
El coronel Oroño, dudando de aquella nueva, mas deseando prevenir el ataque si era verdad, destacó una compañía de veinte hombres a caballo, al mando del alférez don Pedro Viñas, para que efectuara un reconocimiento hasta el mencionado paso.
Y allí, aquel día, al caer de la tarde, se inició la sangrienta batalla de los "Cachos".
Insúa bajaba, en efecto, con su gente. La margen izquierda que a causa de las vueltas del Saladillo, quedaba al Norte, estaba anegada por un repunte del riacho en los últimos días.
Los altos pajales podían servirles para acercarse sin ser vistos, hasta el paso que buscaban, donde había dos grandes canoas, en que podían cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas.
No todos venían a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus cartucheras a la cintura.
Insúa triste, buscando la muerte más que la victoria, hacía su jornada en silencio y sin odio.
Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno, parapetada detrás de unas pilas de leña cortada, que algunos canoeros habían amontonado y que servían de admirable trinchera.
No era fácil saber el número de los enemigos, pero Insúa dió orden de cruzar el río, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra, bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril".
Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empezó un vivo tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el río.
El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes rifleros, descubría detrás de los montones de leña al enemigo apenas visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oía un grito: un hombre se paraba, abría los brazos y caía y los tiradores reían.
La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la mitad del río se fué a pique acribillada a balazos por los del gobierno que apuntaban a sus tablas.
Y entonces se vió a Insúa, que en la otra orilla permanecía a caballo, mandando la maniobra, con un soberbio desdén de la muerte que zumbaba a sus oídos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra canoa.
La llevó así hasta que el agua le dió al pecho, y de un poderoso envión la arrojó hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir.
Veíase claramente que los soldados del gobierno lo habían conocido, no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre él, a cuyo alrededor en el agua, picaban las balas salpicándole el rostro.
Se volvió a la orilla y montó de nuevo en su caballo y esperó el resultado de aquella maniobra.
Ya algunos de los suyos,—lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus caballos,—empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa cargada de rifleros, había pasado de la mitad del río, cuando se vió a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus barricadas, abandonando un puesto que no podían sostener.
Cesó el fuego, mas con el último tiro, se vió a Insúa que abría los brazos y caía del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas.
Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonreía, como si hubiera visto venir lo que anhelaba.
—Sigan peleando, muchachos—les dijo.
Cruzaron el río, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la orilla, y lo dejaron allí, porque tuvieron noticia de que la gente del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convenía atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa Rosa.
Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos había abandonado también aquel punto, y cuando a la mañana siguiente llegó Cullen con su tropa, se estrelló con las fuerzas del coronel Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballería con que contaba, ni de Insúa, del cual no halló quien le diera noticias.
Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y él tuvo que huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia.
Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y cuyas condiciones no conocía.
Perseguido de cerca, en los primeros momentos ganó larga distancia, pero pronto conoció que el caballo se le cansaba.
Su asistente, Juan Félix López, sin apartarse de él, le decía:
—Castigue, don Patricio; castigue su caballo.
El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba rendido bajo su peso, respondía:
—A mí me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo que temer. Vos sí; vos debés huir.
Llegaron así al monte, a la isleta de las Estacas, y allí Cullen comprendió que su caballo no daría más y se detuvo.
Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se echó sobre él.
Saltó del caballo uno de ellos; era José Golondrina, y lo tomó de la rienda.
—¡Bájese!—le dijo,—y como no obedeciera al instante, le tiró un lanzazo y lo derribó. En el suelo, uno de los más abyectos secuaces llamado el "Lechuza", lo tomó de la barba.
—A mi padre—alcanzó a decirle don Patricio—lo degolló Rozas; no me maten como a él. Mátenme a balazos.
Pero "Lechuza" le cortó la cabeza, mientras la pequeña tropa de gauchos y de indios se cebaba en su cuerpo cribándolo a lanzazos, lo mismo que al de su compañero López.
La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni sus adversarios más encarnizados habían creído que pudiera llegarse a ese extremo.
Cuando se recibió la noticia, Rosarito, acompañada de su padre, había salido ya en busca de Insúa, herido la víspera.
La campaña tranquila se bañaba en el sol de la tarde, indiferente a aquellas pasiones que manchaban su suelo.
Don Serafín, acurrucado en un rincón, envuelto en su capa, iba contando historias análogas a aquel episodio, que había visto en su vida. Rosarito llevaba las riendas del tílbury en que viajaban al trote por el solitario camino blanco. Ella no oía a su padre; pensaba en las cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tenía en los labios la amargura de una queja. Pensaba que si él había muerto, lo hallaría donde le habían dicho, velado por Gabriela; que si aún vivía, él no volvería a besarla como en la noche de la revolución, porque su rival estaría presente.
Sabía que no había esperanza de salvarle. El que les llevó la noticia, enviado por Insúa mismo, les había explicado cómo era la herida y cómo ni el mismo Insúa pensaba vivir.
Así como mandó avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habría mandado avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de allí.
Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado.
Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tenía cerrados los ojos. Como obscurecía ya, no conoció en la penumbra a los que llegaban, y Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vió sonreír, y le habló de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y él que en nada creía, sintió su alma iluminada por aquella verdad que bajaba en tal momento sobre él, y lloró con grandes lágrimas cálidas.
—¿La has llamado?—le preguntó Rosarito, y él hizo señas de que no, y la miró con profunda ternura, como diciéndole que ella refundía en sí sola todas las mujeres que podía amar: su madre, su hermana y su novia.
Y ella comprendió, y cuando al siguiente día cerró él los ojos para siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella pensó que era su viuda, y lloró sobre su cuerpo frío, sintiendo en el fondo de su dolor, la humilde alegría de saber que por fin él la había comprendido.
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