VIII El baile de Montarón
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Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de luz.
En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de cristales.
Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.
Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico, sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada pareja que entraba.
Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce, pendiente del techo.
Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.
Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.
Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en sus capas.
Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.
Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de dos en dos los escalones.
Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos, con ojos angustiados.
Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque, observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella movediza personilla pudiera tejerse una revolución.
El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.
Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.
La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres de brillantes.
La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada, fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo firme se apoyaba su mano trémula.
Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que pudieran haber dudado.
Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le sugiriera esa tarde.
Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no obstante su charla con Syra.
Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su ministro.
Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se sintió aliviada.
Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales, conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres que le interesaba vigilar.
La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables, distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas, desorientaban toda sospecha.
Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él, buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:
—Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores, es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si hubiera el peligro de una revolución?
La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en un sillón invitándola.
Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.
Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción, le dijo:
—¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!
Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los secretos de la cortesía.
Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac; si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el temido complot sólo existía en su imaginación.
Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho, abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.
La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.
Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas figuras.
Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto en decir gentilezas a su compañera en la danza.
—Si debiéramos temer algo—murmuró Borja al oído de la hija de Montarón—Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el verdadero jefe de todos los ataques de caballería.
Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo, que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla en algunas figuras.
Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su lado, a ella y a su novio.
Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo vigilaban.
En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.
En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas indiferentes al baile.
Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban previstas.
Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de la barraca de Fosco.
Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.
De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la revolución.
Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la ciudad, marchando sobre la policía.
Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.
La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno, podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.
Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino silencio por la entrada de alguien.
Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.
No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas: era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores, sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo rodeaban.
Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así, tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que hasta ese momento lo animaba.
Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un rincón solitario, después de saludar a Iriondo.
Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios adversarios.
Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le relataba con animada mímica.
Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus espaldas sobre una consola.
Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.
Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por gozar de aquellos fugitivos minutos.
Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque, cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos que él hacía.
La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.
El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.
Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.
Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía correr.
Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que atentara contra la vida de su novio.
Conocía su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella hermosa noche de fiesta.
Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot.
Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas.
Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once.
Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz de Jarque, hablando a su hija.
—Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano.
El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos, en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.
Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento, escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.
Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.
Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano, Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de la mano de Dios.
Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para derrocar el gobierno que execraban.
Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su casa, hallaría manera de salvarlo.
Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver.
Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección.
Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya por las galerías.
En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa salió del salón.
Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada.
Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:
Si por mi tumba pasas un día y amante evocas el alma mía, verás un ave sobre un ciprés; habla con ella, que mi alma es.
De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el corazón de su novio.
Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba?
Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado sería de otro.
La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra. Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa.
Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de los saloncitos.
Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota de la triste canción:
Si tú me nombras, si tú me llamas, Si allí repites que aún me amas,...
Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a su gente.
Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla, ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia.
Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los fúnebres versos, y le tocó en el hombro.
Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo correr sus dedos sobre el armonioso teclado.
Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el final de la canción.
Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él, después del último verso, el joven teniente le dijo:
—Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."
Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella misma.
Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa, indicio grave, sin duda.
Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer.
—Te vienes tú conmigo, sin decir palabra.
Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle.
En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y fumaban para matar el tiempo.
—¿No habéis visto a nadie?
—No, señor jefe.
—¿Nadie ha salido del baile?
—Nadie, señor.
—Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido.
Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:
—Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.
Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién blanqueada.
Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener a aquel transeúnte trasnochador.
Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto. Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo.
De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado, cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie. Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad de lebrel que persigue su presa.
Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si lo hubiera tragado la tierra.
Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía hacer Montarón.
Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños, sin mancharse apenas el frac.
Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella sospechosa de aquella correría quedara en su traje.
Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur, divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.
—¿Sos vos, Francisco?—le dijo la niña acercándosele;—habría tenido miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios.
La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez.
Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.
—¿Ha concluído ya el baile?
—No; si hubieras ido...
—Esas cosas no son para mí—observó ella, y agregó, deseosa de entrar en el secreto de aquella vida que amaba—¿por qué has salido?
Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos de la niña, le contestó al oído:
—¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo. Piensa en nosotros, Rosarito...
Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.
—¡Dios mío!—exclamó apretando con sus manos las del joven revolucionario—¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más?
—Volveré—respondió él, que tenía fe en su estrella.
Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba, pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la humilde existencia de ella.
Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura que lo acercaba a ella.
Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta.