LEYENDA VII. EL PATIO DE LOS LEONES.
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I.
El patio de los Leones del alcázar de la Alhambra es la joya mas rica que ha sobrevivido á la ya centenares de años hace pasada arquitectura árabe.
En vano querreis dominar un sentimiento de doloroso entusiasmo, al ver de repente desde el magnífico arco festonado que sirve de entrada al patio de los Leones, yendo del del Mexuar, ó de los Arrayanes, las ciento veinticuatro esbeltas y bellísimas columnas que sostienen sus galerías y sus templetes, sus arcos apuntados ó redondos, de herradura ó semicirculares, estucados labrados, cubiertos de inscripciones bajo aleros de alerce tallados, pero áridos, secos, rotos, torcidos por el tiempo: la gran pila de su fuente de mármol, sostenida por doce leones, y sus estanques de mármol, por donde corre el agua de la fuente[115].
Vereis sus caprichosas y elegantes arcadas, enrojecidas por el tiempo, que ha borrado sus colores, su oro, sus menudos dibujos; los puntales de madera y las barras de hierro que sostienen los aéreos templetes para que no se vengan á tierra; las magníficas ensambladuras de sus techos, agujereadas, convertidas en una ruina miserable, rotos sus alicatados y su pavimento, y sin embargo hermoso todavía.
¿Por qué maldicion incomprensible se deja á esa joya abandonada sin defensa á la implacable y destructora accion del tiempo, que ciego y fatal pulveriza del mismo modo lo hermoso y lo deforme?
¿No merece la Alhambra que se gaste en ella algun oro, que se la cure, en una palabra, que se la devuelva su lozana juventud?
¿Esta realidad, superior á los encarecimientos de las Mil y una Noches, á los ponderados palacios del califa Aarum-al-Raschid?
Pero recordamos que ya en este libro hemos declamado á propósito de la ruina de otros lugares de la Alhambra.
Y como nuestras declamaciones no han de dar resultado.....
Continuemos.
Adheridos al patio de los Leones hay tres departamentos.
La sala de las dos Hermanas á la izquierda.
La de los Abencerrajes, ó de los Leones, á la derecha.
Y al fondo la admirable sala de Justicia.
En la galería que existe entre el patio y la sala de Justicia, y en su estremo derecho, hay una puerta pequeña que sirve de entrada á lo que fué rauda ó pendon de los reyes de Granada.
Todas estas habitaciones con sus dependencias, forman el departamento, por decirlo así, del patio de los Leones.
II.
La sala de las dos Hermanas es uno de los retretes mas suntuosos y mejor conservados del alcázar.
Llámase de las dos Hermanas, porque en su pavimento tiene dos jigantescas losas exactamente iguales.
Los alicatados, los adornos de los cuatro arcos, uno de los cuales la da entrada, dos corresponden á alcobas, y otro da paso al hechicero, al incomparable mirador de Lindaraja[116], son tan lindos, tan bellos, las paredes tan armónica, tan deliciosamente ornamentadas, tan caprichosas sus cenefas, tan magestuosa, tan variada, tan caprichosa su cúpula de estaláctitas, sostenida sobre veinticuatro columnas, entre las cuales se abren ajimeces calados; tan poética, tan misteriosa la luz que la inunda, que mas bien que una obra de los hombres parece el sueño realizado de un poeta[117].
Por el arco de frente al de entrada se pasa á una magnífica antesala, y de allí al mirador de Lindaraja.
III.
El mirador de Lindaraja es perfectamente cuadrado, y da vista al patio que lleva su nombre, tiene un ajimez al frente y dos á cada costado.
Estos ajimeces son muy bajos, es decir, su alfeizar está muy poco levantado del pavimento, sin duda para que sentados sobre los almohadones se pudiese ver el valle del rio y el frontero Albaicin.
Ahora esto no puede verse, porque en tiempos de Cárlos V se construyó con parte de las columnas y materiales ornamentados del palacio árabe de invierno, que destruyó el buen emperador, por no decir otra cosa, para construir un palacio plateresco que podia muy bien haber construido en otra parte, en vez de echarse encima la calificacion de bárbaro que pueden aplicarle las artes. En vez de ese patio que hoy existe, y que se llama de Lindaraja, solo existia un jardin, y en ese jardin un adarve bajo que permitia ver la poblacion cercana.
Este mirador, así como la parte interior y alta de la sala de las Dos Hermanas, por la delicadeza de los adornos, por sus dimensiones, por su carácter general, por sus comunicaciones con los baños y jardines, parecian estar destinados á la mansion de las sultanas ó favoritas. Las celosías que cubren sus ajimeces, lo reducido de los retretes, su media luz lánguida, dan fundamento bastante para esta opinion.
IV.
Frente á la sala de las Dos Hermanas, en el centro de la galería de la derecha del patio, está la cámara de los Leones, llamada hoy de los Abencerrages, en memoria del sangriento suceso que tuvo lugar en aquella sala y que consignaremos mas adelante.
Esta sala es muy semejante á la de las Dos Hermanas: diferénciase en que en vez de los dos arcos que tiene aquella á los costados, y que corresponden á dos alcobas ó alhamíes, tiene dos especies de cenadores sostenidos por una columna en el centro, y con techos planos de ensambladura en el interior; y en que la cúpula, en vez de ser octógona, es estrellada. Además, la fuente de la sala de las Dos Hermanas, está formada por un rebajo del pavimento, y la de los Abencerrages está levantada medio pie sobre el suyo.
Además, esta cámara, tal como está hoy, no tiene comunicacion con ninguna otra del alcázar.
En la fuente de su pavimento hay grandes manchas rojas.
Es tradicion, dice, que aquellas manchas rojas son el resultado de un horrible crímen.
Sobre aquellas manchas rojas se ha escrito la leyenda de que vamos á ocuparnos.
V.
Granada estaba mas que nunca dividida en bandos.
Se acercaba la hora de que los cristianos se apoderasen al fin de aquella Alhambra tan codiciada, de aquella fortaleza cuyo dueño era el dueño de Granada, la cándida y la clara.
Habia en Granada tres reyes á un tiempo.
Uno en la Alhambra, otro en el palacio del Gallo de viento en el Albaicin, y el tercero en Málaga.
Era el uno el viejo rey Muley-Hhacem, hijo de Ismail.
El otro Muley Abu-Allah-al-Zagal[118], su hermano.
Y el tercero, hijo del uno y sobrino del otro, Muley Abu-Abd-Allah-al-Ssagir-al-Zogoibí[119], conocido mas vulgarmente por Boabdil, ó por el rey Chico de Granada.
Estos sobrenombres eran cosa de los bandos, para conocer á cada uno de los reyes.
Llamaban á Muley-Hhacem, el Viejo: á Muley Abd-Allah, el Mozo: á Muley Abu-Ebn-Allah el Chico.
Esto era muy cómodo, porque no podian equivocarse.
VI.
La muerte del rey de Castilla, Enrique IV; la reunion de las dos coronas de Aragon y Castilla, por el casamiento de Isabel I y Fernando V; el formidable carácter del rey de Granada Abul-Hhacem, y la desunion de sus vasallos, habian marcado al momento en que debia sucumbir Granada.
Añadíanse otras ambiciones secundarias á las del hermano y el hijo de Muley-Hhacem, y otras rivalidades terribles.
Estas ambiciones eran las de dos hijos de Abul-Hhacem, llamados los infantes Cidí Yahye y Cidí Al-Hhamar, hijos de una renegada cristiana que Abul-Hhacem habia cautivado en su juventud en la frontera de Martos, por lo que habia repudiado á su prima la sultana Aixa-la-Horra[120], lo que habia establecido odios y banderías entre las dos sultanas, Aixa-la-Horra y Zoraya[121] la renegada[122].
Ayudaba la poderosa familia de los zegríes á la sultana Zoraya: la no menos poderosa de los abencerrages, á la Horra: los Zenetes, los Masamudes, los Mazas, los Gomeles, todas las familias, en fin, estaban entre sí enemistadas y divididas.
Los Reyes Católicos eran demasiado políticos para no volver en su provecho estas disensiones de Granada, y á su advenimiento al trono, al pretender Muley-Hhacem ratificar con ellos las treguas que habian tenido con Enrique IV, Fernando é Isabel le habian impuesto como condicion, que se confesase su vasallo y les pagase tributo.
La respuesta de Muley-Hhacem fué altiva y dura.
«Id y decid á vuestros reyes, dijo á los embajadores castellanos que habian ido á hacerle tal proposicion, que ya murieron los reyes de Granada que pagaban tributo á los cristianos, y que en Granada no se labra sino alfanges y lanzas contra nuestros enemigos.»
Dicho esto despidió á los embajadores y mandó hacer los preparativos para una guerra con Castilla, á pesar de que los Reyes Católicos concedieron la tregua sin otra condicion.
Pero no tardó él mismo en romperla: en el año de ochocientos ochenta y seis[123], aprovechando el descuido de los cristianos en la frontera, entró por ella á sangre y fuego; se puso sobre Zahara, villa situada entre Ronda y Medina Sidonia, y á pesar de que estaba bien guarnecida, la sorprendió durante las tinieblas de una noche oscurísima y tempestuosa, en que se desplomara el aguacero y bramaba el huracan. Los cristianos, á quienes la tregua y lo tempestuoso de la noche, hacian creerse seguros, despertaron despavoridos y pasaron del sueño á la muerte.
Al regresar Muley-Hhacem á Granada y en medio de los plácemes de sus cortesanos, dicen que el anciano fakí Al-Macer dijo con sobrado valor al salir del alcázar:
—«¡Las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas! ¡Ojalá mienta yo, que el ánimo me dá que el fin y acabamiento de nuestro señorío en España es ya llegado!»
A pesar de esto, el rey Abul-Hhacem sin hacer caso de los alimes[124] y de los fakies[125] seguia en sus algaras y cabalgadas y amagaba á las villas fronterizas aunque no podia tomarlas, porque los cristianos, con el escarmiento de Zahara, estaban prevenidos, contentándose con talar la tierra y cautivar y robar lo que encontraba de muros afuera.
No se hizo esperar mucho tiempo la venganza de los cristianos por la desgracia de Zahara. A principios del año de ochocientos ochenta y siete[126], don Rodrigo Ponce de Leon, señor de Marchena, con gentes de Sevilla, se encaminó á la frontera con el bravo intento de tomar la ciudad de Alhama: á media legua de la ciudad, se detuvo con sus ginetes y peones en unos profundos valles rodeados de recuestos y collados muy altos, y oculto en aquel lugar esperó á la noche; cuando esta hubo llegado, y por cierto densa y oscura, se encaminaron á Alhama, y como al acercarse notasen que todo estaba tranquilo en el castillo, algunos de los cristianos pusieron con gran silencio escalas á la muralla, subieron con gran ánimo á ella, mataron los centinelas que encontraron dormidos, abrieron las puertas que daban al campo, y dieron entrada al resto de sus gentes. Los moros, sorprendidos por aquella hazaña, resistieron muy poco, y los mas se salieron del castillo, bajaron á la ciudad y cerraron sus puertas, procurando defenderse con palizadas y barreras.
A la venida del dia, los cristianos emprendieron el asalto; pusieron escalas por diferentes puntos, y á pesar de que los moros se defendian bravamente, los cristianos, aunque á costa de una gran mortandad, lograron penetrar en Alhama.
El combate duró todo el dia y parte de la noche.
Los moros se defendian de calle en calle, en las que hacian barreras con los muebles, con las puertas, con los carros, con cuanto encontraban á mano; pero la llegada de un refuerzo de cristianos, decidió en favor de estos la victoria.
Los moros fueron casi en su totalidad degollados.
Las mugeres, los viejos y los niños, que se habian acogido como débiles é inermes á la mezquita principal, fueron muertos sin compasion, y casas y calles y mezquitas solo mostraban cadáveres.
La venganza que los cristianos tomaron por el desastre de Zahara, fué completa y horrible.
La noticia de este desastre llenó de luto á Granada, los fakies cruzaban por las plazas y por las calles llorando á voces y pronunciando las mas terribles y funestas profecías: el pueblo estaba espantado, y aumentaba el espanto la llegada de los habitantes de las villas fronterizas que venian desalados á encerrarse en Granada con sus haberes, temerosos de una suerte igual á la de Alhacen.
Pero Muley-Hhacem no se aterró; reunió de golpe tres mil caballos y cincuenta mil peones y marchó sobre Alhama, pero con la precipitacion se habia olvidado de llevar artillería y no pudo recobrar la ciudad.
Mas adelante volvió á cercar á Alhama, y ya casi estaba á punto de rendirse cuando le avisaron de que su presencia era necesaria en Granada.
Su hijo y su hermano se le habian rebelado cada cual por su parte, y era llegado el momento en que los bandos interiores no le dejasen tiempo ni fuerza para atentar á la defensa de sus fronteras.
VII.
Entretanto los cristianos tomaron á Loja, y mientras Muley-Hhacem fué á su socorro, su hijo Boabdil, ayudado por su bando, se rebeló abiertamente en Granada proclamándose rey; los vasallos leales del rey acudieron á su defensa, acaudillados por el wazir y por el walí de la ciudad: hubo un reñidísimo combate en las calles, y los rebeldes lograron apoderarse del Albaicin. El populacho ansioso de novedades y trastornos, se declaró por el hijo y desbarató á los que venian con gentes á nombre de su padre. En vano algunos buenos caballeros pretendian restablecer la paz: el rey Muley-Hhacem, dejando lo de Loja acudió á Granada, y ayudado por su hermano el infante Zelim walí de Almería, pudo recobrar la Alhambra á escepcion de una torre que defendia el alcaide Aben-Comixa, que despues fué wazir de Boabdil.
Con estas ventajas el rey viejo y el infante su hermano, se atrevieron á bajar á la llanura, pero fueron desbastados.
Encastillados el rey Chico y el rey Viejo, el uno en el Albaicin, el otro en la Alhambra, cansados de matarse sus parciales, se suspendieron los horrores de la guerra civil, pero sin ceder el padre ni el hijo.
Abul-Hhacem desesperado, y viendo que entretanto Loja se perdia, marchó de nuevo en su socorro, pero apenas salió de la Alhambra, cuando se apoderó de ella el alcaide Aben-Comixa y la entregó al rey Boabdil. Entretanto su padre hacia levantar el sitio de Loja á los cristianos.
Pero si Abul-Hhacem habia recobrado á Loja, habia perdido á Granada.
Boabdil habia sido proclamado rey.
Abul-Hhacem, no pudiendo hacer otra cosa, por consejo de su hermano Abdalá-al-Zagal, se retiró á Málaga, que con Guadix era de su alcaidia, y se mantuvieron fieles al rey.
VIII.
Al fin, despues de desastrosos hechos civiles, en que cada dia se insurreccionaban las salas de Granada, y mientras el ejército de los castellanos acometian las fronteras, el rey Muley-Hhacem, viejo ya y achacosa, cedió la corona á su hermano Abdallah-al-Zagal.
Su hijo, que habia sido hecho cautivo por los cristianos en la batalla de Lucena.
La sultana Aixa-la-Horra, pedia su auxilio á los Reyes Católicos, y estos se lo concedian, mas porque Boabdil fuese á turbar con la guerra civil á Granada y á debilitarla, que por otra razon.
Boabdil, con la ayuda de los cristianos, se apoderó del Albaicin y despues de la Alhambra.
Su tio Abdallah-al-Zagal se retiró á Málaga y Almería.
Y siguió la guerra civil.
Y siguieron los cristianos adelantando en las fronteras.
Al fin Boabdil firmó una alianza con los Reyes Católicos, declarándose su vasallo.
Los Reyes Católicos, que ya se habian apoderado de Málaga ayudando á Boabdil contra su tio, se apoderaron de Baza, despues de un largo sitio.
Aterrado Al-Zagal con la pujanza de los cristianos, se presentó á la merced de los Reyes Católicos, firmó con ellos perpétua alianza, se declaró su vasallo, y les entregó sus ciudades de Guadix y Almería.
Los Reyes Católicos ofrecieron en cambio al Zagal la taa de Andarax y el valle de Alhaurin con todas sus alquerías y la mitad de las salinas de Maleha.
Rindiéronse asimismo las fortalezas de Taberna y Seron en el interior y las marinas de Almunekab y Jalubania, todo lo cual aconteció el año ochocientos noventa y seis[127].
IX.
Quedaba, pues, único señor del reino, pero de un reino deshecho, despedazado por los bandos civiles y casi destruido, el rey Boabdil.
En tales tiempos está consignada la tradicion del patio de los Leones que vamos á referir á nuestros lectores despues de los antecedentes descriptivos é históricos que hemos creido necesarios.
X. LA SULTANA ZORAIDA.
Era esta desgraciada una joya de Dios.
Apenas habia cumplido veinte primaveras, y ya sus dias eran tristes y sus noches sin sueño.
¿Quién podrá encarecer su blancura, mas intensa que la de la plata vírgen, ni quién sus cabellos dorados como el oro de Arabia?
Sus ojos eran azules como el cielo despejado de una tarde de primavera, y sus pupilas negras como una noche de tempestad.
Y como de la tempestad salen los relámpagos, de las negras pupilas de Zoraida salian tambien relámpagos de amor.
¿Por qué aquella hurí mortal, aquel ramillete de perfeccion estaba triste y silenciosa, sentada en la fresca y embalsamada sala de los Divanes[128]?
La sultana Zoraida


¿Por qué las lágrimas corrian lentas é incesantes á lo largo de sus megillas?
¡Ay! Zoraida en aquella maravillosa cámara era una garza real aprisionada en una jaula de oro y pedrería.
Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el magnífico espectáculo de la tierra vista desde las alturas, y al recordarlo inclina apenada la cabeza, así Zoraida recordaba otros espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de la felicidad.
¿Qué se habian hecho sus sueños?
Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.
En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alcázar de Málaga en donde pasó su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y de sus doncellas.
En mal hora la llevó á Granada.
Y en dia de muerte la llevó á los miradores de Bib-Arrambla, para que con ocasion de unas cañas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y vista su hermosura por los caballeros granadinos.
Y por el rey Boabdil.
Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Boabdil habia sido su esposo.
Ebn-Ahmed se habia atrevido á dirigirla primero miradas, y luego suspiros, y al fin palabras de amor.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Oh, y cuán ardientes, cuán tristes, cuán apenadores eran los recuerdos de la sultana Zoraida!
Una lámpara de oro incrustada en nácar, enviaba al semblante de Zoraida una ténue y dulce claridad que brillaba en sus lágrimas.
Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.
Era cerca del amanecer.
Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueño, no dejaban oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alcázar.
Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian alejarse dos sombras hácia un ángulo de la muralla: á la dudosa luz del alba que empezaba á esclarecer, se notaba que la una sombra era un hombre, la otra una muger.
Al llegar á aquel ángulo, la muger desenvolvió una escala y la arrojo á fuera.
—El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar á los guardas: aprovecha este momento para alejarte, walí: recuerda que no es tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.
—De un arcángel de muerte, murmuró con voz ronca el hombre.
-¡Ah! ¡infeliz!... ¡infeliz de ella! ¿olvidas que es esposa de Boabdil?
—¡Oh! ¡si me amara, qué importan la muerte y la deshonra, y los tormentos, á trueque de un instante de felicidad!...
—Vete, vete, walí Ebn-Ahmed; ¡si los guardas volvieran!...
—He subido por esta escala con la alegría del sol que sale, y la bajo con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo; pero mi cielo ha estado nublado para mí.
—Oye, walí, y espera y alienta tu esperanza... mi señora me ha dicho para tí estas palabras:
«Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.»
—¡Ah!
—Vete, pues.
—¡Otro dia!
—Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.
—¡Og-allah![129] esclamó Ebn-Ahmed; y arrancándose una joya la entregó á la esclava, y se deslizó por la escala.
Cuando la escala perdió su fuerte tension, señal clara de que el que habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogió.
Luego se inclinó sobre el adarve y escuchó atentamente.
Poco despues, allá á lo lejos, pasando por un puente del Darro, y trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuchó el sonoro galope de un caballo.
XI. EL SULTAN BOABDIL.
Granada estaba amenazada.
Los Reyes Católicos, despues de haber conquistado las principales villas y ciudades del reino, habian acampado delante de Granada, llevando consigo la flor de sus caballeros.
Y delante de Granada, en la vega, habian levantado su ciudad real.
La ciudad de Santa-Fé.
Un dia aquella ciudad, que solo habia sido antes un real, apareció cercada de muros.
Cuando aquello vieron los moros desde la Alhambra, se maravillaron porque la tarde antes no existian aquellos muros, y no podian comprender cómo se habian levantado en una sola noche.
Aquello era una industria de los cristianos.
Por ella se cantó aquel romance que dice:
Cercada está Santa-Fé de mucho lienzo encerado.
Pero muy pronto los muros de lienzo se convirtieron en muros de piedra, y el real de los Reyes Católicos se convirtió en ciudad.
Y á pesar de que aquella ciudad con sus muros, sus torres y su caba, se levantaba delante de Granada, el rey Boabdil dormia como si hubiese estado completamente en paz con los cristianos.
Dormia en el mirador de Lindaraja entre los brazos de una esclava.
Lentamente la luz del dia fué creciendo, y la esclava despertó, se envolvió en su túnica y se sentó en el diván.
Poco despues de la aparicion del alba, un ronco son de atakebiras, dulzamas y atavales rasgó el espacio, y cuando cesó este clamor guerrero, se escuchó la voz del mueden de la mezquita del alcázar que llamaba á la oracion de Azzobih.
Boabdil se levantó, sonrió á la esclava, y fué á hacer su ablucion á la fuente de la sala de las Dos Hermanas.
Despues se prosternó con el rostro vuelto al oriente, y oró un momento.
Luego fué al diván, se reclinó en él indolentemente é hizo una seña á su esclava.
Esta se levantó y fué á una puerta.
Salió, y poco despues entraron otras cuatro hermosísimas esclavas.
La una traia un arquilla llena de perfumes y aguas olorosas, la otra una fuente de oro, la otra un espejo, la otra una rica tohalla.
Las esclavas se arrodillaron, y luego se apoderaron del rey y le ataviaron.
Despues se retiraron las esclavas, y entraron cuatro walíes escuderos del rey.
Le armaron; pusiéronle su manto de púrpura sobre los hombros, la espada al costado, y la corona en la cabeza.
Despues el rey se trasladó á la cámara de Embajadores y recibió á su corte.
En el patio del Mexuar ondeaba su estandarte.
Los caballeros que le rodeaban, estaban cubiertos de resplandecientes arneses.
¿Salia Boabdil contra los cristianos?
No: iba á una fiesta de cañas en Bib-Arrambla.
XII. LAS CAÑAS SE VUELVEN LANZAS.
¡Cuán engalanada se muestra la plaza!
Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores, sus sedas Damasco, sus púrpuras Tiro, sus resplandores Oriente.
Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas, ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y pedrería.
Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en señal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con plumas, cada cual del color de su dama.
Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras, prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.
Y á los pies de ventanas y miradores mas allá de los estrados, está la estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena del Genil.
Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.
Y allá al fondo de la tela está el trono del señor rey, con su cortina de púrpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubíes, con el blason de Al-Hhamar el Nazerí campeando en el centro, y que parece como empalidecido, como empañado al verse en un lugar de fiestas en vez de encontrarse delante del real de los cristianos que cercan á Granada.
Boabdil es un rey insensato.
Insensatas son esas damas, que están cubiertas de joyas, lazos y galas.
Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el castellano.
Solo los fakís prosternados en la mezquita esclaman:
¡Allah ku Akbar! ¡Allah ku Rhhaman! ¡Le galib ile Allah![131]
Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto á él, pálida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las esclavas.
Y detrás del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los valies, y los alimes, y los xeques.
Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una seña con su lenzuelo y van á empezar las fiestas.
Un solo caballero vé con espresion sombria la seña del rey, y escucha con despecho el tañido de los instrumentos músicos y de guerra que llaman á las cuadrillas.
Está de pié á la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que se apoya.
Es el único que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con un fuerte arnés de guerra de Milán.
En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcél encubertado de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.
Es jóven: en la fuerza de su juventud.
La magestad irradia de su alta y serena frente.
En sus negros ojos brilla un valor bravio.
En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.
Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada, hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballería.
Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras sí las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, allá vá el huracan.
Cuando salen á su encuentro Gonzalo de Córdoba, ó el Alcaide de los Donceles, ó el conde de Cabra, ó Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas castellanas, parece que chocan dos montañas de acero lanzadas la una contra la otra por la mano de Dios.
Cuando entre los suyos está pálido, sombrio y ceñudo, los suyos tiemblan.
Muza está pálido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.
Su robusta mano empuña convulsivamente el pomo de su espada.
Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].
Por allí entran lucidas cuadrillas de zegríes.
A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos de un tordo rodado, Mahomet Zegrí, alcaide de la alcazaba Kadima, cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este jactancioso mote: Con mas puedo.
Su moreno semblante africano se volvió hacia el trono en el momento en que entró en la tela, y sonrió con sarcasmo á la sultana, con desprecio al rey, y fijó una mirada de odio y de reto en el infante Muza.
La sultana palideció, el rey bajó los ojos, Muza lanzó una mirada de muerte al Zegrí.
Seguian á Mohamet-Adel-Zegrí, de cuatro en cuatro, cien caballeros zegríes, ginetes en potros negros de pura sangre árabe.
Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135] forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban plumas que parecian haber sido teñidas en sangre.
Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissería, entró un hermoso mancebo, ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado verde, y gualdrapas de lo mismo.
En su adarga llevaba pintada un águila que volaba junto á un sol, y por bajo este letrero:
«Mas alto vuelo.»
Este caballero, que era muy hermoso, se llamaba Ahmed-Ebn-Zeragh, y era gefe de la poderosa familia de los abencerrages.
Seguíanle de cuatro en cuatro, ginetes como él en yeguas blancas, y como él vistiendo brocado verde, cien bravos caballeros abencerrages.
Los dos gefes de las dos tribus, Mahomet-Adel-Zegrí, y Aben-Ahmed-Aben-Zeragh, se unieron para ir á saludar al rey, y del mismo modo se unieron sus cuadrillas.
Despues del saludo, cada uno tomó por un costado de la liza: seguian á cada uno sus caballeros, y al fin los escuadrones se formaron el uno frente al otro: los abencerrages estaban á la derecha del trono, los zegríes á la izquierda: en medio la arena despejada: á una señal del rey, los escuderos de las fiestas saltaron las barreras y cargados de haces de cañas, forradas de vistosas cintas, proveyeron de ellas á los caballeros y se retiraron.
Entonces sonó la señal.
Los dos escuadrones se abrieron, desplegándose como un abanico.
Y caracolearon los caballos, y se mezclaron de una manera ordenada formando círculos y caprichosas combinaciones, y entrando y saliendo y remedando de una manera muy vistosa, una trabada escaramuza.
Y volaban las cañas, ondeando las cintas de colores, y las damas y los caballeros y el populacho y el mismo rey aplaudian y reian de muy buena gana, cuando un caballero torpe ó descuidado recibia un golpe de caña en el rostro.
Por una, dos y tres veces las cuadrillas quedaron sin cañas, se replegaron haciendo provision de nuevas cañas, y volvieron á juego; pero á la cuarta vez, un caballero abencerrage lanzó un grito de muerte y cayó de su yegua.
Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado á sus dueños picas de combate.
Por esto se dijo el romance aquel:
No hay amigo para amigo; las cañas se vuelven lanzas.
XII. LA BATALLA.
A aquella infame traicion de los zegríes, siguió un tumulto espantoso.
Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valiéndose solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saña incomparables.
De los estrados, de las galerías, de las casas, bajaban á la liza caballeros, y aun el populacho empezaba á tomar parte, dividiéndose Granada en dos bandos.
El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escapó y se encerró en la Alhambra.
El infante Muza quedó en la plaza revolviéndose entre los combatientes, y gritando para ponerlos en paz:
—Ved, caballeros, que tenemos á las puertas los cristianos, que el peligro arrecia, y que no es esta la ocasion de volver las armas los unos contra los otros, sino de ir juntos y alentados contra el enemigo de todos: ea, caballeros, bajad las armas, y mirad á Granada que llora: y si teneis sed de sangre, venid conmigo y busquémosla cristiana en el real de Santa-Fé.
Pero en vano tronaba la voz de Muza: los zegríes no obedecian y los abencerrages, que hubieran obedecido, se veian obligados á defenderse de los zegríes.
Entonces Muza dejó las persuasiones y apeló á la fuerza.
Reunió al rededor de su bandera á los africanos de la guarda del rey y á sus esclavos negros, y embistió con los zegríes.
Reforzados los abencerrages, se llevaron al fin por delante cuanto encontraron.
Los zegríes huyeron dejando sobre la plaza muchos cadáveres de los suyos, y fueron á encerrarse en el castillo de Bib-Ataubin[136].
Los abencerrages fueron á encerrarse con el rey en la Alhambra.
XIV. EL CIPRES DE LA SULTANA.
Comprendieron los zegríes que vencidos como estaban, abandonados de todos, el rey podia hacer en ellos un terrible escarmiento.
Pensaron, pues, en engañar al rey.
La misma sultana Zoraya, la renegada á quien servian, envió á Mohamed-Adel-Zegrí, un mensagero, con el que le dijo que era necesario ganar tiempo y buscar sobre seguro otro medio de acometer al rey Boabdil.
La sultana Aixa-la-Horra por su parte, ayudada por el alcaide Muza, pugnaba en la Alhambra por decidir al rey á que cortase la cabeza á los traidores.
Pero el rey era débil y resistia.
Parecióle peligroso hacer justicia en unos caballeros tan turbulentos que tanto poder tenian y tan poderosos eran, y se avino á recibir á Mohamed-Adel-Zegrí.
El caudillo de los zegríes se esforzó por probar que un caballero zegrí que habia huido temiendo el castigo, habia sido el que por celos de una dama habia arrojado una lanza contra un abencerrage, y que el combate que despues habia seguido, habia sido una equivocacion lamentable. Que habian corrido voces en el momento de la lucha entre los zegríes de que querian destruirlos; que esto habia causado su tenaz resistencia; pero que aclarados los hechos, los zegríes no tenian el menor reparo en dar cuantas satisfacciones fueren necesarias al rey y á los abencerrages, y en renovar con ellos la antigua amistad, dando en rehenes de ella sus hijos y sus esposas.
Parecióle al rey bastante la satisfaccion de los zegríes, y los abencerrages sacrificaron su justo odio en favor de la patria: aquel mismo dia los cristianos habian corrido las dos leguas de vega que hay desde Santa-Fé á Granada; se habian estendido por una parte hasta la Azubia, y por otra hasta Viznar; y aldeanos y labradores habian entrado despavoridos en Granada.
Era, pues, necesario de todo punto la union mas estrecha entre los caballeros granadinos, el olvido de todos los odios y los esfuerzos comunes y unidos contra el enemigo comun.
Cedió, pues el rey por temor, cediendo los abencerrages por generosidad; concertaron una avenencia, y para celebrarla se dispuso una zambra en Generalife, donde debian echarse los lazos de una nueva amistad entre zegríes y abencerrages.
Llegó la noche.
Generalife estaba resplandeciente.
Sus cascadas corrian bajo sus verdes bóvedas de laurel, entre las que estaban escondidas jaulas con cuantos pájaros de voz armoniosa podia reunir el deseo.
Las lámparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas, esparciendo una dulce luz.
Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los que ardian mil luces.
Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta, vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.
El cielo estaba plácido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas auras gemian entre las enramadas.
Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.
Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.
Un solo ruiseñor cantaba escondido en lo mas alto de un árbol jigantesco.
Aquel árbol era un ciprés.
El ciprés de Abul-Walid.
Si vais á Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es mas próvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las galerías de estuco y mármol, los aleros, las cúpulas.... la primavera ha cuidado de cubrir cada año de flores las orillas del estanque, y cada año ha nacido una rama nueva al ciprés.
Cuando el cicerone que os acompaña llega á aquel jardin, se detiene y os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:
—Aquel es el Ciprés de la Sultana.
Y cuando os acercais á él, veis que los que han llegado primero que vos, han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una astilla del árbol, una especie de reliquia.
El ciprés, junto á su pié, á la altura de mi hombre, está roido ó mas bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.
Una tarde estaba el autor sentado, á la puesta del sol, en el pequeño jardin donde existe el ciprés.
Hablaba con un viejo inválido de la compañía de la Alhambra, y miraba á la altísima punta del árbol maquinalmente.
De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pájaro blanco se cernió un momento sobre la punta del ciprés, y se detuvo en ella.
—¿Qué clase de pájaro es ese, tio Juan? dijo el autor al inválido.
—¡Ah! ¡ah! esclamó el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.
—¡Un cuervo blanco!
—Si señor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprés de la sultana tiene cuatrocientos años, y que ese cuervo es tan viejo como él.
—¿Quién ha dicho á V. eso, tio Juan?
—Mi padre se lo oyó decir á mi abuelo, que decia que se lo habia oido decir al suyo, y que el abuelo de mas allá se lo habia oido decir al de mas lejos.
—Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una tradicion, en una palabra.
—Como se sabe que la sultana que engañó al rey Chico de Granada, dejándose enamorar de un abencerrage al pie de ese árbol, era rubia y blanca, y tenia los ojos garzos y una pequeña rosa que le hacia mucha gracia, en la megilla derecha.
No me atreví á desmentir al tio Juan, que siguió contándome con la fé mas ciega, y como hubiera podido contarme un suceso del dia anterior, la tradicion de los amores de la sultana de Granada y del abencerrage Aben-Ahmed.
Oíase desde aquel solitario jardin, perdido y ténue á lo lejos, el concierto de la fiesta que se agitaba en Generalife.
El ruiseñor, escondido en el árbol, trinaba.
La luna brillaba en la tersa é inmóvil superficie del estanque.
Los bosquecillos de laureles proyectaban misteriosas penumbras.
La brisa de la noche volaba cargada del aroma de las flores.
Entre la oscura sombra de un bosquecillo se destacaron cuatro fantasmas blancos.
Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.
Hablaban de una manera contenida.
Se deslizaron siempre en la sombra hácia el ciprés, y se ocultaron detrás de él en una espesura de rosales.
El que hubiera estado junto á ellos habria podido oir el diálogo siguiente:
—¿Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?
—Esta mañana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de Lindaraja vió salir de los baños a Zaruhlemal[137], contestó el preguntado.
—¡Ah! ¡la doncella favorita de la sultana! dijo otro.
—Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oyó decir: Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.
—¿Y no podrá ser que quien haya dado esa cita á Aben-Ahmed sea la misma Zaruhlemal?
—Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama á escalar la Alhambra y á entrar en los baños del rey. No se hubiera pagado tan espléndidamente á los guardas para que se retirasen.
—Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir recatadamente una puerta de la galería.
—Ocultémonos bien, y silencio.
No volvieron á hablar una sola palabra.
Una muger salió de la galería y adelantó hácia el ciprés con paso tímido é irresoluto.
Cuando se puso bajo la luz de la luna, brilló el brocado de su túnica, y brillaron las alhajas de que venia prendida.
Traia cubierto el semblante con el velo.
Adelantó hácia el ciprés, miró en torno suyo con anhelo; se sentó al pie del árbol sobre el césped, y se descubrió echándose atras el velo.
Era la sultana Zoraida.
Estaba pálida, temblorosa, dominada por una escitacion profunda.
En sus magníficos ojos brillaban á un tiempo el amor, el temor, la amistad, la pureza contrariada, el orgullo comprimido.
Su seno, cubierto de deslumbrantes joyas, se levantaba y se deprimia.
Su aliento salia abrasador y fatigado, por sus entreabiertos labios.
Todo en ella revelaba una muger en cuyas venas latia sangre africana, a impulsos de un amor largo tiempo habia contrariado, dominado hasta el momento de la prueba.
Amor escondido en un delicioso misterio, cubierto por las alas del arcángel de la pureza, tranquilo hasta entonces como las aguas de un lago, profundo como el abismo, é indeleble como la marca puesta por el dedo de Dios sobre la frente de una criatura.
Aquel amor habia llevado hasta el pie de aquel ciprés á la sultana, de aquel funesto ciprés, mudo confidente de amores misteriosos, y allí entre un vacilante silencio, al tibio rayo de la luna, al suave y aromático aliento de las auras, que susurraban lentamente entre las flores y las enramadas, la desdichada Zoraida, recibió en el misterioso fondo de su alma la última y mas ardiente revelacion de aquel amor hasta entonces dominado, silencioso, vago, infinito que hacia mucho tiempo llenaba sus sueños.
Zoraida vió el abismo en el momento en que este se abria á sus pies, y quiso retroceder.
Quiso huir.
Se levantó trémula y se encaminó á la galería, pero de repente apareció junto á ella, saliendo de entre una enramada, un hombre.
Era Aben-Ahmed.
Galan, hermoso, enamorado.
Pretendió huir aun, pero encontró ante sus pies de rodillas al abencerrage pálido y tembloroso.
Y sintió sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios ardientes y trémulos que besaban con delirio sus manos.
—¡Oh! ¿qué haces? esclamó la sultana.
—Desfallecer de amor, alma de mi alma, contestó el abencerraje.
Zoraida cayó sin fuerzas, rendida por su amor sobre el césped que rodeaba al ciprés.
Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para sí mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprés en la espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron á lo largo de los jardines.
Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia á los pies de Zoraida, y la decia fuera de sí:
—¡Oh! ¡bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor! ¡bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!
¡Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: ¡yo te amo!
Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.
Ellos son la lumbre de mi vida.
Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.
Callaba la sultana: callaba y temblaba.
Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:
—Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hurí de las huríes, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio: huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de Granada: salvemos nuestro amor.
Yo tengo en Africa alcázares.
Yo tengo en aquellos alcázares tesoros.
Yo soy el gefe de una valiente tribu.
De la tribu de los Beni-Zerahg.
Descendiente como Al-Hhamar-el-Nazerita, del Ansarí, mi estandarte verde ondea sobre las lanzas de mis bravos abencerrages.
Aquí la infamia nos rodea y la traicion nos acecha.
Huyamos, sultana.
Huyamos de esta corte de ignominia.
Yo daré en Africa á tu hermosura un trono mas resplandeciente que el de Boabdil.
Al oir el nombre del rey, la sultana volvió en sí como si despertase de un sueño.
—¡Ah! esclamó: ¡eres tú, Aben-Ahmed! ¿qué quieres á los pies de la sultana?
—¡Levántate, desdichado! ¡los esclavos del rey velan, y tu cabeza está mal segura en tus hombros!
¡Huye! ¡huye y sálvate! ¡que el sultan de Granada no pueda herirte!
Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse á su sueño, Aben-Ahmed se creyó humillado.
—¿Por qué me has llamado aquí en el silencio de una noche tranquila, sino me amas? esclamó: ¿por qué has venido sola á este apartado jardin donde todo convida al misterio y á los amores?
Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiaré, y te lo repito, te conquistaré un trono, el trono de Damasco, y serás sultana del oriente y del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes del Atlas y los linderos del gran Sahara.
—¡Oh! ¿qué dices? ¡aparta vasallo! ¡para ser sultana me basta un trono, para ser noble y leal á mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la esclarecida sangre del sultan Ismail!
Aparta y vete.
La sultana ha venido aquí, te ha llamado aquí, para robar á tus insensatos amores la última esperanza: para apartarte de una horrible senda que solo conduce á un lago de sangre.
—Yo siento el buitre que se acerca, esclamó tristemente Aben-Ahmed.
Yo oigo en los aires lúgubres rumores.
Es Ariel[138], que bate sobre mí sus alas negras.
Quédate á Dios, sultana.
Si al trasponer el sol del próximo dia, al aparecer en el oriente el lucero de la tarde, ves pasar por delante de él una nubecilla roja, ese será mi espíritu que esperará trémulo de amor una sola mirada de tus ojos.
Y trémulo, pálido como un cadáver, se levantó el abencerrage de los pies de la sultana.
—¡Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza de su amor; ¡morir tú! ¿y por qué?
—Lo que está escrito se cumplirá, dijo con desesperacion Aben-Ahmed; ¿acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?
¡Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.
¡Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para mí, como un vaso de oro y rubíes lleno de falaz tósigo!
Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:
«¡Adónde vas, caudillo?
Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;
Cuando busque aires mas puros y mas frescos y tierras mas tapizadas de verdor;
Cuando abata su vuelo junto á las claras corrientes,
Sobre las pintadas flores,
Llegará al pie de una montaña coronada por la magestad de un alcázar;
Y en el alcázar encontrará una garza real.
Y la garza causará la muerte del alcion, porque le amará, y apartará de él los ojos, que posará en los de un cobarde gerifalte,
Y el gerifalte verterá con alevosía la sangre del alcion, viajero y peregrino, y velo de sombra estenderá sobre él,
—Lo que pronosticaron los sabios se ha cumplido.
Partí, llegué, te ví, y te amé.
Te amé... como ama el cielo al sol, el mar al viento.
Te amé... como ama el ciego la luz y el desdichado la esperanza.
Te amé... con toda mi alma, con toda mi vida, con todo mi deseo, con toda mi voluntad.
Te amé... para morir de amor.
Quédate á Dios, sultana.
Lo que está escrito se cumplirá.
¿Acaso puedo vivir?
¡No! insultaré á los zegríes y me matarán.
Y si quiero morir con gloria, ¿no velan en el real cristiano, sedientos de sangre mora, ese famoso Gonzalo de Córdoba, el bravo Ponce de Leon, Hernando del Pulgar, y don Alonso de Aguilar el Valiente?
Adios, sultana.
Ariel bate ya sus negras alas.
La hora se acerca.
Y fuera de sí Aben-Ahmed, se apartó de la sultana.
Zoraida no pudo contener su llanto.
Detúvose Aben-Ahmed estremecido de alegría, y tornó al sitio donde aun permanecia inmóvil la sultana.
—¿Por qué lloras? esclamó Aben-Ahmed: cada lágrima tuya vale un torrente de sangre. Si tú me amas, hurí, pronuncia una sola palabra, y cuanto se oponga á nuestro amor caerá ante mi espada.
—¡Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus sollozos.
—¡Oh! ¡dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!
—¡Vete! repitió Zoraida.
—No, no me alejaré. Alejarme seria morir.
—Permaneciendo morirás.
—¿Y qué importa?
—¿Y mi amor? esclamó con desesperacion Aben-Ahmed.
La sultana se levantó de una manera solemne: sus lágrimas se habian secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.
—Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce, resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba á mi esposo, porque no le eligió mi voluntad, porque Dios no habia querido que le amara; pero no le aborrecia.
Mi sueño era tranquilo.
Las flores tenian para mí colores y fragancia.
El aura era fresca y balsámica.
Mi aliento la aspiraba con delicia.
Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una larga jornada.
Yo lo amaba todo; las flores, los pájaros, las auras, el sol, la tierra, los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.
Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueños, y al despertar el alba me sonreia.
Pero cuando te ví, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua blanca, llevando tras tí el verde estandarte de la familia del profeta;
Cuando pasaste bajo mis celosías galan y hermoso, terciada la pica, la frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;
¡Oh! cuando te ví, el ángel de la paz no batió ya sobre mí sus alas blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para mí fragancia, frescura, ni resplandores:
Los pasos de mi esposo, que se acercaba á mi retrete y que antes no me inquietaban, me aterraron.
Las puras frentes de mis hijos me causaron vergüenza.
Porque yo dentro de mi alma era adúltera.
Porque dentro de mi alma yo te amaba.
Y yo no debia amarte.
Quise vencer aquel amor vergonzoso y creció.
Quise contenerle al menos, y se desbordó.
Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, tú, enamorado de mí, me aquejabas con tu amor.
En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una guitarra venia á estremecerme.
Y luego tu voz que cantaba á lo lejos en la márgen del rio, entre las espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores céfiros, hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de lágrimas.
¿Quién sabia si aquel canto de amores buscaba á la sultana que gemia en su mirador, ó á una dama escondida tras sus celosías en los cármenes del Darro?
Yo sola sabia que aquel canto venia á buscarme.
Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armonía melancólica hablaba á la sultana.
Y yo me volvia loca.
Yo luchaba.
Quise al fin probar el último remedio.
Quise conocerte, tratarte, contemplarte de cerca, sorprender tus debilidades, tus miserias, encontrar razones para olvidarte.
Y te ví; y te hablé; y solo hallé en tí prendas para amarte mas.
Desesperada, quise probar el último esfuerzo, y te llamé aquí á este jardin solitario para hacer imposible mi vergüenza separándote de mí, apartándote de mí, irritándote, despreciándote.
Yo queria quedarme sola con mi amor.
Queria que huyeses, que me aborrecieses.
¡Y me has vencido!
¡Yo te amo, Aben-Ahmed!
¡Te amo antes que todo!
Pero vete... déjame...
Porque si yo fuese tuya, la vergüenza me mataria.
Porque no podria sobrevivir á mi infamia.
Tras esta apasionada declaracion, la sultana calló, y doblegó su frente bajo el peso de la vergüenza.
Aben-Ahmed llegó á la atarvea, cortó algunas rosas blancas, las enlazó, y las puso, á manera de corona, sobre la frente de la sultana.
—¡Oh! esclamó: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estén marchitas, acuérdate de que el corazon de Aben-Ahmed estará marchito tambien.
—¡Oh! esclamó Zoraida levantando hácia Aben-Ahmed sus ojos inundados de lágrimas: ¡Oh! ¡si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que ha ceñido á mi frente Boabdil!
Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la espesura de rosales, situada detrás del ciprés, apareció bajo el rayo de la luna, un semblante pálido, convulso, horrible, que abarcaba en una mirada de muerte á los dos amantes.
¡Era el rey Boabdil!
Tras él, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en alquiceles blancos.
Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto, á lo largo del jardin, y muy pronto se perdieron entre la espesura.
El rey saltó como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en su puñal y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian desaparecido los amantes.
Los cuatro hombres salieron tras él y le rodearon.
Eran Mahomet Adel-Zegrí, Hamet-Zegrí, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos zegríes, todos enemigos de Aben-Ahmed.
Hamet-Zegrí se puso delante del rey.
—¿Adónde vas, señor? le dijo: si matamos á Aben-Ahmed aquí, en Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte será un aviso para los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores. La venganza, señor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno solo, una cabeza es poco.
—Sí, dices bien; esclamó el rey con acento opaco: ¡todos!... ¡todos!...
Y luego en un momento de horrible decision, esclamó:
—Id mañana á la Alhambra acompañados de mi verdugo.
Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura galería del fondo del jardin.
Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los Leones.
Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuchó al enamorado Aben-Ahmed y le confesó su amor en Generalife, se conoce el viejo árbol de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de Ciprés de la Sultana.
XV. LA CÁMARA DE LOS LEONES.
Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los magníficos alhamíes de la cámara de los Leones, habia un hombre cubierto de régias vestiduras.
Estaba pálido, sombrío, meditabundo.
Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una contraccion poderosa los músculos de su semblante, y un largo y breve estremecimiento corria de tiempo en tiempo á lo largo de su cuerpo.
Aquel hombre era el sultan Boabdil.
Estaba solo.
Su mirada terrible, fija, lúgubre, se fijaba en la fuente de mármol colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.
La fuente de la cámara y el alhamí del frente del en que asentaba el rey, estaban cubiertos de tapices rojos.
La cámara estaba velada por una media luz.
El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.
Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.
Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.
Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.
Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.
Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.
Los pasos se acercaron.
El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la cámara se levantó y apareció un hombre.
Era el abencerrage Aben-Ahmed.
Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia flotar una nube de tristeza.
Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:
—Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu siervo?
Boabdil no contestó al abencerrage.
Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente, levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de una manera horrorosa.
Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta de entrada.
En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta los dientes.
Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se sentó en él.
Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.
Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se contrajo.
Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado á Boabdil, que fijaba en él una mirada reconcentrada.
Pero muy pronto aquella mirada perdió su espresion sombría, á la manera que los vapores de la mañana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo el rayo del sol.
Su semblante pálido y hermoso dejó ver la lánguida é indolente sonrisa, y la espresion débil y sensual que le caracterizaban.
Sus ojos miraron con una paz profunda á Aben-Ahmed.
—Walí Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los zegríes cometieron contra tí y contra los caballeros de tu tribu, siento un indecible placer al verte vivo y salvo ante mí. Levántate, valiente caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo pretenda degraviar por mi parte á los generosos abencerrages. Levántate y ven á sentarte junto á mí.
Aben-Ahmed creyó sinceras las palabras del rey, y sintió un verdadero remordimiento, una profunda vergüenza al recordar que amaba á la esposa de un hombre que le trataba de una tan noble manera.
Obedeció al rey y se sentó en el diván.
El rey reparó en la espada del abencerrage.
Celebró las labores cinceladas de su empuñadura de oro.
Luego quiso ver la hoja.
Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la entregó al rey.
El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.
Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.
Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.
Solo llevaba sedas y brocados.
Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:
—Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la que vas á oir de boca de tu rey.
Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.
Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.
—Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una hermosa historia, por Allah.
Aben-Ahmed empezaba á comprender la verdad: pero se dominó sin embargo.
El rey continuó.
—Sí, es una bella historia; por los Siete Durmientes, estoy seguro que no habrás oido otra tal en toda tu vida, walí.
Escucha:
«Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey á quien todos llamaban débil y cobarde.
Todos se mofaban de él... á su espalda, porque es fama que aquel rey llevaba sus venganzas hasta la crueldad.
Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos, receloso de sus esclavos, llegó á encontrar triste y solitaria su morada real.
Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan ó respetado emir, alcanzaron á ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mármoles y tantas grandezas como contenia el alcázar que aquel rey desdichado habia heredado de sus abuelos.
Aquel rey ruin, débil y cobarde, como decian sus vasallos.
Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones humanas, se dijo sondeando su corazon:
Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no empalidezca bajo el brillo de la corona.
Y así no estaré solo y abandonado.
Y buscó y encontró.
Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en su alcázar.
Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.
Todo cambió.
Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una evocacion mágica.
Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.
Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.
Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.
Y todo parecia sonreir al rey.
Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.
Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu, un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con un enemigo poderoso.
Y el walí africano y la sultana se conocieron.
Mas que no se amaron.
Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su esposo.»
El rey se detuvo.
Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.
El rey continuó:
—«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey, encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»
—Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus acusadores.
—¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien... escucha; aun queda lo mejor de la historia...
«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.
Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos castigado allí.
Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.
Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel en sus venganzas.»
Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la fiera que acorrala á una presa.
Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.
Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos africanos.
Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al alhamí cubierto por el tapiz.
Cinco hombres salieron de detrás de él.
Los cuatro eran los zegríes acusadores.
El otro el verdugo del rey.
Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.
Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.
Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.
Sus ojos centelleaban.
Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.
Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.
—¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los nombres.
¡Oh! ¡yo te los diré! pero prostérnate, esclavo, delante de tu señor.
Y le arrojó á sus pies.
Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad que ceñia una aureola de muerte á sus insensatos amores, permaneció prosternado, inerte, ante Boabdil.
—¡Oh! esclamó el rey: ¡por Allah, que la venganza es un placer infinito! ¡por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos á un enemigo, se puede rechazar el mote de Desventuradillo[139]! ¡yo soy el sultán de Andalucía! ¡yo el esposo ultrajado! ¡y tú... tú el esclavo vil que escupes á la frente de tu señor, y que vas á morir con tu cómplice, con la hermosa Zoraida, con la sultana adúltera de mi leyenda.
—¡Ella! esclamó Aben-Ahmed, levantándose de repente, en un ademan que hizo retroceder al rey: ¡ella tambien! ¡oh! ¡no! ¡tú, rey miserable y traidor, eres el que va á morir, calumniador de mugeres, vil renegado, que vendes tu patria, de miedo, por Allah!
Y se lanzó al rey para arrancarle su espada.
Boabdil dió un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.
Pero á punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre el abencerrage, y el verdugo á su vez, á una seña del rey, se apoderó de él.
Aben-Ahmed cayó.
El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie é inmóvil junto á él.
—¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.
Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:
—¡Asesino!... ¡maldito seas!...
La voz de Aben-Ahmed se heló.
El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.
Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento empezó á desgarrar su corazon.
Pero la vista de la sangre le cegaba.
Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de demencia.
—¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos! ¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de mármol!
Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del rey.
—Pero repara, señor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos que están en las galerías del patio, ninguno de los abencerrages entrará, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que asistan á las fiestas del alcázar hombres armados de guerra. Ocúltalos, señor, que con que quedemos aquí treinta zegríes y el verdugo, hay bastante para acabar con esos perros.
Y así se hizo.
Los esclavos africanos desaparecieron de las galerías del patio de los Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y de los baños.
A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kadí de córte, llamado Abu-al-Hhakem, levantó el tapiz de la cámara de los Leones y adelantó para prosternarse ante el rey.
Pero sus débiles pies, resbalaron en la sangre del walí Aben-Ahmed, y cayó.
Y no volvió á levantarse, porque el verdugo se apoderó de él y le cortó la cabeza.
Y despues de esto fueron entrando en la cámara uno tras otro treinta y seis caballeros abencerrages.
Y así, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y á la traicion de los zegríes.
Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se hubiese revelado por sí mismo con un indicio terrible.
Al entrar el walí abencerraje Ebn-Alabéz en el alcázar, como adelantara pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galería que da entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la atarvea que cruzaba el pavimento de mármol.
Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba ondeando de la cámara de los Leones.
Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.
Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun ahogado gemido.
En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la traicion del rey.
Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de gentes que siempre están dispuestas á un motin.
Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.
Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la arcabucería y la ballestería.
Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia del de los Leones.
Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le acompañaban, dejaban señales rojas.
—¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las atarveas?
Y siguiendo aquella sangre, temiéndolo todo, entró primero en el patio, y luego en la cámara de los Leones.
Al levantar el tapiz salió de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.
Un grito de horror.
La fuente de la cámara rebosaba sangre.
Un círculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.
En un ángulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus vestidos las divisas de los abencerrajes.
Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed estaba pendiente de la cúpula en la cadena de oro de una magnífica lámpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos acá y allá.
Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel mísero despojo; comprimióse su corazon, brotaron lágrimas sus ojos, palideció su frente, hízose amenazadora y sombría, se crisparon sus miembros y se lanzó rugiente como una leona á Boabdil, que la habia seguido.
—¡Ven á mirarlo! ¡ven! le dijo asiéndole con fuerza desesperada por un brazo; ¡mira tu obra! ¡mírala frente á frente! ¡deleita en ella tu mirada! ¡hazaña digna de tí y de tus zegríes! ¡el lobo se une al lobo! ¡bien! ¡yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de él solo encuentro un verdugo y un cobarde!
Boabdil miró sombriamente á la sultana, y sus labios se contrajeron con una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.
—¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia! ¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien, sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera, y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!
Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los zegríes:
—¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar, que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?
Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro traidores causantes del asesinato de los abencerrages.
Aquella mirada los decidió.
—Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.
Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.
Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:
—¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino, el chapín de la sultana!
Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de Mahandin.
Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su patria.
Las treinta espadas de los zegríes lucieron fuera de las vainas, interpúsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cernió sobre el alcázar durante un momento el genio de la muerte codicioso de mas cadáveres.
Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza, penetró en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las frentes cubiertas de sudor.
—¡Huye, señor! gritó Muza dirigiéndose al rey: ¡huye! ¡el pueblo y las tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra y llegan al alcázar! ¡escucha!
Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian algunos disparos de arcabuz, llegó á los oidos del rey.
Los zegríes retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y escaparon con él por un postigo de la sala de Justicia, á tiempo que los amotinados rompian las puertas del alcázar.
Muza asió de la sultana, que se habia desmayado, y escapó con ella por la puerta de la torre de las Almenas[140].
Los abencerrages y las tribus sus amigas, seguidos de un inmenso populacho á quien habia irritado el asesinato de Aben-Ahmed, que por su generosidad y valentía era muy querido en Granada, inundó el patio y la cámara de los Leones, y no quedó un zegrí con vida de los que no pudieron escapar del alcázar.
La infame traicion fué vengada hasta la saciedad.
Cuando los amotinados no encontraron á quien matar, rompieron todos los preciosos muebles del alcázar.
Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados á servir contra Granada bajo la bandera de los Reyes Católicos, y los otros, fieles á su religion, á su patria y á su nombre de caballeros, pasaron á Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del desventurado Aben-Ahmed, que fué sepultado á la sombra de una palmera en el suelo de su patria.
Desde aquel terrible dia, la cámara de los Leones, en memoria del asesinato, se llama Sala de los Abencerrages, y aun se muestran al viajero sobre el mármol de su fuente y de su pavimento, las manchas rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes caballeros.
XVI. EL JUICIO DE DIOS.
Habia pasado una luna desde el dia en que la cámara de los Leones se manchó de una manera indeleble con la sangre de los abencerrages.
Era una noche oscura.
El Real de los Reyes Católicos, la ciudad de Santa Fé, dormia confiada su seguridad á la vigilancia de los atalayas y de los escuchas.
Los caballeros continuos armados de guerra hacian su guarda en las tiendas de los reyes, y mas allá todo era silencio y soledad.
Pero de improviso, en una de las calles del Real, resonaron callados pasos y son de cabalgaduras.
Cuatro sombras, llevando caballos del diestro, se deslizaron á lo largo de la calle en direccion á la puerta del Real que miraba á Granada.
Cuando hubieron llegado á ella, se oyó entre el silencio una voz que gritó:
—¿Quién va?
—Haced que adelante el alférez de la guarda, contestó una de las cuatro sombras.
Levantóse el tapiz de una tienda cercana, dejándose ver el reflejo de una luz en el interior, y apareció otra sombra.
—¿Quién va? repitió.
—El Alcaide de los Donceles, contestó el primero dirigiéndose al que habia preguntado.
—Guárdete Dios, capitan, dijo aquel; ¿qué deseas?
—Salir á la vega con estos tres caballeros, que son don Alonso de Aguilar, don Manuel Ponce de Leon, y Don Juan Chacon.
Guardó silencio por un momento el alférez, como aquel á quien se pide una cosa difícil.
—¿Sabeis, caballeros, dijo al fin, que yo no puedo hacer lo que me pedís?
—Lo sabemos, y por eso lo suplicamos.
—¡Sus Altezas!...
—Sus Altezas no sabrán que hemos salido por esta puerta ni por otra, sino que no hemos entrado. Di, pues, al atalaya que nos deje paso franco.
—Puede sucedernos un fracaso, porque los moros rondan el campo á la redonda.
—¡Pardiez! ¿sabes, alférez, que tenemos empeñada una porfía con los capitanes de caballos Hernan Perez del Pulgar y Gonzalo Fernandez de Córdoba, sobre quién hará una mayor hazaña, y que no hemos de perderla sino con la vida?
—Pues porfía teneis, y con porfía lo pedís, salid, caballeros, y que Dios os ayude.
Y el alférez llegó al atalaya y le previno.
Y los cuatro capitanes cristianos salieron al campo, montaron á caballo, y se alejaron mas que á paso del Real.
Era á punto de amanecer.
Los cuatro caballeros cristianos aguijaron sus caballos.
Y como iban en busca de aventuras, les dejaron ir, para que la aventura fuese completa, por el primer camino que los animales tomaron.
Y él acaso, protector de locos y aventureros que todo es uno, les deparó aventura tal, que cuando á la vista de ella se encontraron, se dieron por tan satisfechos como quien ha logrado un imposible.
Y fué, que vieron venir el camino adelante de la parte de Granada y á la luz del alba que esclarecia, un bulto blanco, asaz en grandeza y ligero como un copo de plumas impulsado por el viento.
Verse, afirmarse en los estribos y correr á él, fué cosa de un momento.
Y el bulto al ver que los cuatro caballeros castellanos arremetian, se detuvo.
Y una voz dulce de muger dolorida y triste, se dirigió á ellos.
—Si sois caballeros, dijo, amparadme, que de caballeros es favorecer al desvalido, y yo soy una muger que viene de Granada, y va al Real de los cristianos.
—Muger sola y á esta hora, dijo el señor de Cartagena, don Juan Chacon, en grave conflicto hallarse debe, pues anda en tales caminos sola y desamparada.
—¡Ojalá fuesen mios el peligro y la desventura, replicó la dama, que no me hallarais tan menesterosa de amparo; mas, pues sois caballeros, segun lo indica vuestra mesura, y cristianos pues hablais en algaravia[141], os ruego me lleveis á punto donde yo pueda ver á don Juan Chacon, señor de Cartagena.
El dia entraba ya aprisa, y á su luz pudieron ver los castellanos á una mora vestida con ropas blancas, de gran juventud y hermosura, montada en una hacanea, y pálida y temerosa, al parecer, de hallarse entre enemigos.
—Si á don Juan Chacon buscas, hermosa doncella, dijo él mismo, hablar puedes de lo que con ese caballero te importa, porque yo y mis amigos lo somos suyos en gran manera.
—Bueno será que nos separemos del camino, dijo ella metiendo su hacanea por las hazas, y entrándose en una espesa alameda que allí a mano se veia.
Los cuatro caballeros la siguieron asaz maravillados del lance.
Cuando hubieron llegado á un lugar espeso, en el cual de nadie podian ser vistos, la mora sacó del seno una carta envuelta en un paño de seda y habló á los cristianos de esta manera:
—Yo me llamo Zaruhyemal, y soy doncella de la infeliz sultana de Granada, á quien persigue el destino hasta el punto de verse obligada á pedir amparo á sus enemigos.
Detúvose la mora y creció la curiosidad de los cristianos.
Escrito estaba, continuó ella, que Granada debia llegar á ocasion de vergüenza y de mala ventura.
Para que lo escrito se cumpliese, el Dios altísimo permitió que entraran en Granada unos caballeros sin fé, mentirosos y aleves con quienes alientan la traicion y la envidia.
Ya conocereis, caballeros, que hablo de los zegríes, raza feroz del Desierto, mal avenida con la generosidad y la cortesanía de la gente de Granada, sediciosos y rebeldes, promovedores de motines y causadores del mayor crímen que vieron los tiempos pasados ni verán los venideros.
Y Zaruhyemal les refirió los encarnizados ódios de los zegríes y de los abencerrages, la traicion de las cañas, la acusacion de la sultana, y el degüello de los abencerrages.
Que la sultana estaba presa en la torre de Comares de la Alhambra, esperando su salvacion y su honra del juicio de Dios, en la prueba del duelo.
Y que el plazo terminaba aquel dia que ya habia amanecido.
—Si sois caballeros, continuó; pues veis que una dama pone en grave riesgo su honra, yendo á entrar en un campo enemigo, hacedme la merced de llevar sin perder un instante esta carta y entregarla á aquel para quien es, y que Dios os juzgue, caballeros, tal como cumplais con un encargo en que se arriesgan la honra y la vida de una sultana.
Tomó la carta don Juan Chacon, rompió los hilos del sello de oro y la desenrolló.
—¿Qué haces, cristiano? esclamó con acento de reconvencion la mora.
—Si á don Juan Chacon es á quien va dirigida esta carta, señora, permite á don Juan Chacon, que está en tu presencia, bese tu mano, en albricias de la honra que le hace amparándose de él una señora tal como la sultana de Granada.
Y tomó la hermosa y blanca mano de Zaruhyemal y la besó, no sin que lo encendido de la vergüenza colorease las megillas de la mora.
Despues leyó á sus compañeros en alta voz la carta, que decia de esta manera:
«A tí, don Juan Chacon, señor de Cartagena, la sultana Zoraida te saluda y desea prosperidad.
»Tu clara valentía brilla lejos de tí, como el sol en los lejanos montes.
»Te conocen los desvalidos y te bendicen los desdichados.
»Pues siempre has sido generoso y amparador, ampárame, cristiano.
»Así Allah, multiplique y ennoblezca tu descendencia sobre las noblezas de tu raza.
»Así cierres los ojos á la luz tras una larga vida de bienandanzas.
»Mi honor ha sido mancillado por las lenguas viles de cuatro traidores.
»A punto estoy de la prueba del duelo confiando en Dios en tí y en mi inocencia.
»Y vencerás: yo lo espero.
»Una cristiana cautiva que me asiste, me ha dicho cuánto vales y cuánto puedes.
»Cuánto eres la honra de la hueste de los venturosos reyes que tienen vasallos tales como tú.
»¡Oh! han lanzado la sangre de mi amor á mi semblante y han roto mi corazon.
»Porque yo amaba, cristiano, á un hombre á quien han asesinado por mi causa.
»Pero con un amor puro, noble, exento de mancilla.
»Ven cristiano: ven con otros tres de tus amigos, que siéndolo tuyos no pueden ser sino generosos y valientes.
»Ven y cobra la sangre de Aben-Ahmed.
»Ven y lava mi deshonra.
»La doncella de mi casa que te entregará estas letras, te conducirá á donde encuentres armas y preseas bastantes á que puedas encubrir tu nombre y tu patria.
»Ven, ¡oh! ven cristiano, porque desamparada de todos, en tí confio.»
Don Juan se estremeció de alegria, y dijo á sus tres amigos:
Y bien; si buscábamos aventuras, ¿cuál mejor que esta? ¿Cómo podremos esclarecer nuestro nombre mejor que defendiendo á una sultana de cuatro enemigos tan valientes como los zegríes? ¡A caballo, caballeros! ¡á caballo, y que esta dama nos conduzca al sitio donde hemos de trocar armas y cabalgaduras!
Movió un tanto la cabeza el prudente don Alonso de Aguilar, y permaneció á pié mientras los otros tres castellanos montaban en sus caballos.
—¿Y cómo es, dijo á la mora mirándola profundamente, que no hay caballeros en Granada, que se llama la de los bravos, para arrojar el guante á los acusadores de la sultana?
—¡Cristiano! respondió con orgullo Zaruhyemal: ten en cuenta que una dama es la portadora de este mensage, y que un moro granadino no os daria otra cosa que el bote de su lanza, ni os hablaria con otra lengua que con la espada.
Si os place, venid: si temeis traicion, quedaos, que no faltarán aun en vuestros mismos reales caballeros que tomen sobre sí y con placer la empresa que vosotros no aceptais.
Calló cortesmente don Alonso á estas razones, ayudó á cabalgar á la mora, saltó en su caballo, y tras algunas breves palabras acerca del camino que elegirian, tomaron la vega adelante y al través, y dejando á mano siniestra á Granada, y siempre por fuera de camino y lejos de las alkerías para evitar un encuentro, se dirigieron, guiados por Zaruhyemal á las verdes colinas que se estienden cubiertas de olivares á la falda de Sierra Nevada.
Y anduvieron así dos horas, y al cabo de ellas llegaron, rodeando entre los olivares, á un pequeño alcázar rodeado de un bosque de laureles en las inmediaciones de una aldea llamada la Azubia.
Gozábase desde allí de la vista de un pais admirable.
Los resplandecientes Alijares con sus cúpulas altísimas; la Alhambra con sus torres rojizas y sus techos cubiertos de tejas de colores que lanzaban destellos de fuego heridas por el sol; la alcazaba con sus fuertes muros y sus altísimos cipreses; el cerro de Al-Bahul, cubierto de higueras de Túnez sobre las que descollaban cedros de Siria y palmeras de Africa; las vertientes de las colinas cubiertas de blancas y alegres casas, sobre las cuales descollaban las frondas de los jardines, luego la vega, tendida á los pies de Granada cercada de rios y acequias que relumbraban al sol, y mas allá las distantes sierras perdidas tras vapores fantásticos, que se elevaban en un cielo azul y radiante; todo esto era un espectáculo nuevo, maravilloso que fascinó á los caballeros, y los hizo suspirar por la llegada del dia en que el pendon real de Isabel y de Fernando ondease sobre aquel resplandeciente castillo, que guardaba como una veladora atalaya aquel jardin de delicias.
Zaruhyemal bajó entre tanto de la hacanea, y llamó al postigo de una cerca.
El postigo se abrió instantáneamente.
Los cristianos desmontaron, entraron en un jardin, y un esclavo negro asió de las cabalgaduras y las introdujo en el jardin tras sus ginetes.
El postigo tornó á cerrarse.
El jardin era una maravilla, y á su fondo se alzaba una magnífica arcada sostenida por algunas columnas de alabastro.
Al fondo de la arcada habia una gran puerta, por la cual entró Zaruhyemal guiando á los cuatro caballeros.
Subieron una escalera, atravesaron una galería y entraron en una magnífica cámara, que parecia haber sido construida para albergar al genio de los amores.
El ambiente, la luz, los perfumes, los muebles, la forma de la cámara, sostenida por grupos de columnas, con fondos labrados y matizados con caprichosos colores, con su alta cúpula casi perdida en la oscuridad, con su fuente de mármol en que un claro surtidor murmuraba ténuemente, al par que las brisas agitaban los tapices y venian á saturarse en los perfumes, todo era allí voluptuoso, todo convidaba á amar.
—¿A quién pertenece este alcázar? dijo el Alcaide de los Donceles a Zaruhyemal.
—Al infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, contestó la hermosa jóven, y suyas son tambien las armas y las preseas que vais á vestiros, y los caballos que vais á montar.
Y guiándolos, atravesó otra galería, abrió otra puerta y los introdujo en una sala de armas.
Los castellanos se maravillaron: jamás, ni en los alcázares de sus reyes, habian visto una tan rica armería.
Cuatro esclavos les ciñeron los arneses que eligieron: les vistieron túnicas de brocado, y ocultaron sus cabellos bajo tocas á la usanza africana.
Avanzaba el dia, y los castellanos, armados ya y á punto de poder pasar por walíes africanos, bajaron al jardin, y fuera de la cerca encontraron cuatro caballos de la mas pura raza árabe, encubertados de guerra.
Y cabalgaron y se despidieron de la doncella mora, y tomaron la vuelta de los montes guiados por un africano de la servidumbre de Muza, para entrar en Granada por el camino de Almería, como si llegasen por las marinas.
Y era ya tiempo.
El sol habia llegado á la mitad de su carrera.
En la plaza de Bib-Arrambla, el palenque abierto, ocupadas las galerías por una multitud numerosa, mostraba en uno de sus estremos la tienda de los mantenedores de la acusacion contra Zoraida.
En el otro estremo se levantaba un cadalso enlutado, en que la desdichada Zoraida estaba vestida de blanco entre sus damas.
Delante de la tienda de los mantenedores habia clavadas cuatro lanzas en la arena, y pendiente de cada lanza una reluciente adarga.
A siniestra mano se veia el estrado destinado á los jueces del campo.
Eran estos jueces el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, el wazir Aben-Comixa y el katíb Abd-el-Kerun.
Mas allá, guardado por esclavos, se veia un astillero lleno de lanzas de batalla y algunos caballos encubertados de guerra, trabados de los pies.
Todo revelaba á primera vista el grave asunto que se sustentaba en aquel coso, no hacia muchos dias engalanado de fiesta.
La sultana Zoraida, sentada sobre un divan de seda negra y oro en el cadalso, parecia tranquila, á pesar de que bajo aquel cadalso estaban hacinados ramages que debian ser la hoguera de la adúltera si los zegríes sostenedores de la acusacion triunfaban, ó si llegado el término del plazo no se presentaban caballeros para defender la inocencia de la acusada.
Desde el amanecer, una multitud inmensa llenaba las graderías, y gran número de damas y caballeros, aunque con sencillas vestiduras de luto, ocupaban los estrados.
Boabdil habia llevado hasta el colmo su crueldad asistiendo á la prueba con galas de fiesta.
Y el pueblo murmuraba del rey, al paso que todos se dolian de la sultana y maldecian á los zegríes.
A la salida del sol, un alférez ó porta-bandera de los acusadores, precedido de añafiles y atabales, y seguido de ginetes armados, pregonó la acusacion contra la sultana á son de trompeta y arrojó cuatro guantes en la arena, retando á los presentes y por venir que la inocencia de la sultana defendieren.
Tras el estrado de los jueces, algunos caballeros se agitaron con visibles muestras de contestar al reto, pero el infante Muza los contuvo.
Nadie contestó.
Y pasó el tiempo.
El pueblo se impacientaba.
El sol ascendia.
Llegó al fin la oracion de adohar[142].
Tornó á salir de la tienda de los zegríes el alférez en la misma forma que la vez anterior, repitió la acusacion y el reto, y como antes, nadie contestó á él.
Y pasaba el tiempo, el sol descendia; sino habia campeones que defendiesen la inocencia de la sultana, esta debia morir de muerte de fuego como adúltera y enemiga del rey, en el punto en que el sol tocase á su ocaso.
El semblante antes sereno de Zoraida palideció, mas de indignacion que de terror.
Creyó que su súplica habia sido desatendida por los caballeros cristianos.
Su orgullo de sultana se irritó.
Y tal vez un pensamiento distinto cruzó por su mente y la arrancó una lágrima.
Bien hubiera podido suceder que sus campeones hubieran sido acometidos en la vega por fuerzas superiores.
Tal vez la muerte les impedia llegar al sitio á donde los llamaban.
Corria en tanto el tiempo.
Al fin el sol, que descendia, solo dejó ver una estrecha faja de rojiza luz en los aleros de la plaza opuestos al occidente.
Las miradas de todos se fijaban con ansiedad en aquella línea luminosa.
El sol se habia trasformado para la sultana en un relój implacable.
En el momento en que sus rayos dejasen de tocar enteramente aquel alero, debia repetirse la acusacion y el reto, y si nadie respondia a él, debia declararse á la sultana desamparada de Dios, y por lo tanto culpable.
Al fin desapareció aquel último rayo, y el sol se hundió tras el horizonte.
De nuevo el alférez, con su comitiva, adelantó al centro del palenque; pero aun no habian acabado de resonar los clarines, cuando se oyó gran alarido y gritería por la parte del Zacatin, resonó la trompeta del alcaide de la puerta de la Al-Kaissería, y el mismo alcaide adelantó á caballo, llegó ante el rey Boabdil, hizo arrodillarse ante él al bruto, y anunció al rey que cuatro caballeros berberiscos solicitaban se les diese campo para defender como campeones la inocencia de la sultana.
El rey, pálido de despecho, concedió la licencia, y el alcaide se tornó á la puerta.
Agitóse el pueblo, desalentado ya: levantóse un sordo rumor, corrieron los escuderos con los caballos á la tienda de los acusadores, subieron los jueces al estrado, y acreció la palidez de la ansiedad en el rostro de la sultana.
Abrióse á punto la puerta de la Al-Kaissería, y arremetieron por ella cuatro ginetes berberiscos, que atravesaron á la carrera el palenque y llegaron al pie del cadalso de la sultana.
Al ver sus armas, sus penachos, sus galas y sus magníficos corceles, el pueblo y las damas y los caballeros aplaudieron.
Entretanto, los cuatro caballeros berberiscos que llevaban caladas las viseras de sus yelmos de encage, desmontaron, y uno de ellos subió la gradería del cadalso, se arrodilló ante la sultana, y la dijo en arábigo aljamiado:
—Poderosa señora: yo y esos tres caballeros, que en tu defensa conmigo son, somos cuatro hermanos berberiscos, que venimos de Africa, y desembarcados en Almería, sabiendo que está amenazada por los cristianos esta hermosa ciudad, hemos querido contribuir con nuestras vidas á su defensa.
Y viniendo su vía, hemos sabido por un alkarreño[145], la afliccion en que te hallas, y á tus pies nos ponemos para ofrecerte nuestras vidas, y cuanto somos y tenemos.
Calló el caballero, y la sultana le contempló un tanto en silencio.
Pero una esclava cristiana que estaba junto á ella y que escuchaba atentamente, y con no menos atencion miraba al caballero que para hablar con la sultana se habia levantado la visera, la dijo:
—Acepta, señora, porque ese que á tus pies tienes, no es otro que don Juan Chacon, señor de Cartagena, á quien escribiste aquellas letras por mi consejo.
Sonrió tristemente la sultana, mirando con agradecimiento al capitan castellano, y le dijo con voz conmovida:
—Dios te premie y premie á tus hermanos, caballero, por la merced que me haceis: yo os acepto como defensores de mi inocencia, que en Allah y en vosotros confio, volverá á brillar, aunque tan vilmente han pretendido mancillarla los traidores zegríes.
Don Juan Chacon besó la mano á la sultana, se caló la visera, bajó del cadalso, cabalgó con sus otros tres compañeros, y los cuatro, estendidos al pie del cadalso, esperaron á que segun ley y uso reconocido se pronunciasen la acusacion y el reto.
Resonaron al fin las trompetas, y el alférez acusó á la sultana y retó á nacidos y por nacer, á presentes y ausentes, á vivos y á muertos, á chicos y á grandes, en nombre de los mantenedores de la acusacion.
Cuando hubo concluido, don Juan Chacon adelantó un tanto su caballo, y dijo con voz pujante que todos escucharon y en aljamia:
—Mientes tú, en lo que dices, como cobarde y mal nacido, y miente quien te lo manda decir, y quien lo sostenga miente, y miente quien al escucharlo calle, y en prenda y en señal de que admitimos el reto de los calumniadores de poder á poder y á todo trance de batalla, ved lo que haré y harán conmigo mis hermanos.