LEYENDA IV. LA PUERTA DEL JUICIO. (continued 2)
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—¡A caballo! les grita; ¡á caballo y á Granada!
Y el valiente escuadron de los abencerrages, plega las tiendas, cabalga y parte en silencio y á la carrera tras de su caudillo, que lleva un infierno en el alma.
¡Esta es mia!.


XI.
Han pasado tres dias.
Es la noche del tercero.
En el real Generalife hay una alegre zambra.
Las damas cubiertas de pedrería, y de galas y de brocados, mas hermosa la mas fea que el rubí mas precioso, bailan con gentiles mancebos, que tres dias antes estaban cubiertos de sangre desde el acicate hasta el creston del capacete.
Las dulzainas, y las leilas, y las bandolinas, y las guzlas llenan la noche de armonías.
Dentro de las cámaras se estiende el blanco y aromático humo de los pebeteros que agitan las brisas nocturnas, que penetran por los ajimeces y por las galerías, y llevan consigo la fragancia que han robado á las flores de los jardines.
Algunos enamorados discurren fuera de las cámaras, entre las sombrosas enramadas, diciendo su amor á la hermosa de su alma, entre el misterio del silencio y de la noche.
La luna brilla tranquila en los estanques, y todo es paz, todo es melancolía, todo es amor.
Solo hay dos caballeros en el Generalife que no participan de la alegría de los otros; que vagan tristes, y solos, y silenciosos.
Son el rey Abul-Walid, y el infante Ebn-Ismail.
El infante sigue al rey como una sombra, y el rey está tan abismado en sus pensamientos, que no vé al infante que le sigue.
El rey piensa en María, y el infante siguiéndole, piensa tambien en ella.
María es para el rey un arcángel de fuego.
Su recuerdo le quema el alma.
La memoria de su desden le desespera.
La Alhambra, tan hermosa, tan alegre, tan resplandeciente, se ha tornado en una tumba para el rey.
Porque María es su vida, y María le desprecia.
Porque el rey la adora, y María cuando le dice su amor calla, fria y muda como una estátua.
Y el rey ha puesto á sus pies su corona, y la ha ofrecido la mitad de su tálamo y el nombre de sultana.
Pero María tiene allá su corazon en el humeante Martos: y entre sus ruinas ensangrentadas, vé contínuamente el cadáver de su padre, y el de su amado Gonzalo.
Y María llora inconsolable, y cuando el rey la habla de amores le vuelve la espalda.
Por eso el rey está triste.
Por eso cuando piensa en María, (y está siempre pensando en ella) su corazon se abrasa en un fuego volcánico, y se revuelven en su cabeza sombríos pensamientos.
Por eso el rey no danza, ni sonrie á las damas, ni se acompaña de nadie.
Por eso el fresco, riente y perfumado Generalife, no tiene para él ni mugeres hermosas, ni armonías, ni sombrosos jardines, ni los tersos espejos de sus estanques, ni la luz de la luna, ni el cielo azul, ni los trémulos luceros que en los estanques reflejan.
Por eso, Generalife el hermoso, Generalife el engalanado, Generalife el de las zambras, es para el rey una tumba, como lo es tambien su magnífico y resplandeciente alcázar.
Porque María es para el rey un terrible arcángel de fuego.
Y el infante Ebn-Ismail, piensa de otro modo en María.
María es para él la fresca fuentecilla, que brota á la sombra de las palmeras del desierto, con su raudal trasparente y puro, á cuyo lado, sobre la verde yerba, se reclina el viagero cansado, y se aduerme el fuerte camello.
Ebn-Ismail, vé á través de la pura y candorosa mirada de María su alma, como pudiera ver el fondo tranquilo de la fuentecilla del desierto, á través de su límpida superficie.
Y Ebn-Ismail no ha pensado siquiera en enturbiar ni aun con su hálito aquella pura fuente, pero vé al leon sediento que vaga en torno de ella y ruge, y centellea miradas de fuego, y á quien solo la voluntad de Dios contiene para que no enturbie la fuente purísima, con su espumosa y ardiente boca.
Por eso, silencioso, sombrío, escondida la mano bajo su jaqueta, y manoseando impaciente el pomo de su puñal, sigue al rey.
Al rey que abandona triste, solo y mudo el sarao, y se pierde en los jardines.
El infante se pierde tambien bajo su sombra tras el rey.
Y el rey vá tan absorto pensando en María, que no siente que el infante le sigue.
Y avanza.
Avanza su paso precipitado como el que se impacienta por la distancia que le separa del objeto de su deseo.
El rey baja por una escalinata oscura, al estremo de uno de los jardines, y entra en una ancha arcada oscurísima[82].
Pero sigue por ella su paso seguro y rápido á pesar de la oscuridad, como quien conoce bien el lugar por donde camina.
Sirven de guia al infante los pasos del rey, y la oscuridad le inspira proyectos horribles.
Pero el rey adelanta con tal rapidez, que el infante, cuyo paso es inseguro, no logra alcanzarle.
Dios no quiere que se cometa un regicidio entre las tinieblas.
Quiere que todos vean el rostro del asesino.
Y el rey, protegido por Dios, se salva aquella noche.
El infante sigue aun sirviéndole de guia los pasos del rey; se le acerca: ya es pequeña la distancia, y el infante desnuda su puñal.
Pero de improviso suena una llave en una cerradura, se abre y se cierra instantáneamente una puerta, resuena otra vez la llave cerrando por dentro, y el infante queda perdido en la oscuridad.
Piensa volverse, y adelanta palpando con las manos estendidas.
Al fin una dulce claridad brilla á un estremo de la mina, apresura su paso el infante, llega á una escalinata, la sube y se encuentra á la luz de la luna en un pequeño espacio, al lado de un foso, entre altos muros, y al pie de una torre orlada de puntiagudas almenas.
El infante quiere en vano reconocer aquella torre: se parece á otras muchas de la Alhambra, y nunca ha estado en aquellos sitios.
En la parte media de la torre hay un mirador, al que dá paso un ajimez calado, por entre cuyo doble arco se vé el interior de una magnífica cámara iluminada por una lámpara que luce colgada en el centro de ella como una luna opaca.
El infante, sin saber por qué, fija los ojos en el mirador, y escucha con toda su alma.
Pero nada turba el silencio mas que á lo lejos los sonidos de la zambra de Generalife, repetidos débilmente por los ecos, y cerca la voz de los guardas de los muros que de tiempo en tiempo lanzan un grito de vigilancia.
Pero de repente se oyen fuertes pasos, pasos de muger en la cámara á que corresponde el mirador, y aparece en este una forma blanca, que se ase á la balaustrada y vuelve con fiereza su rostro al interior.
Tras aquella forma blanca, gentil, hechicera, que inundan los rayos de la luna, aparece una sombra oscura, en la que el infante cree reconocer al rey.
Al acercarse aquella forma sombría á la forma blanca, esta se avanza á la balaustrada y esclama con un acento desesperado, que llega entero á los oidos del infante.
—Si dás un solo paso mas hácia á mí, me arrojo al pie del muro.
Y el infante oye una horrible maldicion que parece salir de la boca del rey, y luego vé que la sombra oscura se retira.
La sombra blanca permanece en el mirador asida á la balaustrada.
Pasa algun tiempo y el infante avanza, llega al pie del muro y permanece por un breve espacio silencioso, oculto en la penumbra.
—¡María! dice al fin: ¡María!
Y la blanca sombra al escuchar aquel nombre dos veces repetido, se inclina sobre la balaustrada y busca con la vista en el lugar de donde ha salido la voz á la persona que ha pronunciado aquel nombre.
—¿Quién eres? dice con la voz alterada aun por el terror la muger.
—Soy... tu hermano el infante Ismail.
—¡Oh! ¡pues si verdaderamente eres mi hermano, sálvame, sálvame de este hombre! ¡lo temo todo!... ¡esta noche ha podido defenderme la muerte!... ¡pero mañana!... ¿quién sabe?
—¡Mañana! ¡mañana la muerte te habrá defendido! dice con voz ronca el infante.
—¡La muerte! ¡no te comprendo!
—¡Mañana el rey no te amará!
—¡Ah! esclama María comprendiendo al infante: ¡siempre la muerte en torno mio!
—Pero Gonzalo vive.
—¡Que vive Gonzalo! esclama con un acento de inmensa alegría la jóven.
—Sí; y cuida de él mi sabio médico allá en mi castillo de Hins-haleux, en la frontera.
—¡Que Dios te bendiga! esclama llorando de gozo María.
—Y á Dios, dice el infante: nada temas; mañana el rey no te amará.
—¡Dios te bendiga! repite María y desaparece.
—¿Y cómo piensas valerte para que mañana el rey no ame á esa doncella? dice una voz áspera, bronca, cavernosa, al mismo tiempo que una mano descansa en su hombro.
El infante Ebn-Ismail se vuelve y vé delante de sí un viejo horrible, envuelto en una túnica estraña, alto, seco, espantoso.
Aquel viejo es Abu-Jacub-al-Hakem-Billah.
—¿Quién eres tú? dice el infante que no le conoce.
—Yo soy quien puedo ayudarte, contesta el mago.
—¡Ayudarme! ¿y para qué necesito yo tu ayuda?
—Pretendes matar al rey.
—Y le mataré mañana mismo.
—Ciertamente; para matar á un hombre basta otro hombre: pero cuando se trata de matar á un rey, si el hombre que le mate no quiere morir, necesita parciales que le ayuden.
—¿Y qué se me dá de morir ó no despues de vengarme?
—Recuerda que en tu castillo de Hins-haleux, hay un pobre herido que necesita de tu proteccion.
—¡Es verdad! dice el infante.
—Recuerda aun que en esa torre está tu hermana.
Y el mago pronuncia esta última palabra de una manera singular, hasta el punto de que repara en ello el infante.
Y como si el mago adivinara su pensamiento, añade:
—Muestra las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos, y muéstralas á tu padre el walí de Algeciras.
—¿Esplícame?...
—Tu padre te lo esplicará. Por ahora lo que mas importa es proteger á María: si tú mueres por haber matado al rey, María quedará sola y abandonada, y no habrá dejado de ser cautiva de Abul-Walid, sino para serlo de su hijo. María es hermosa...
—¡Es verdad!
—Comprende, pues, por qué debes procurar que la muerte del rey no cause la tuya.
El infante inclina la cabeza y permanece pensativo.
—¿Y qué hacer? dice al fin.
—El wazir del rey Masud-Almoharaví tiene muchos enemigos.
—Es soberbio, iracundo y rapaz; ofende contínuamente á los mas poderosos, apartándolos del rey, y trata como á sus esclavos á los vasallos del rey.
—Por lo mismo esta noche están congregados algunos caballeros tratando de su muerte; pero no se atreven á ella, porque les falta una cabeza poderosa, un infante de Granada, como tú por ejemplo.
—¿Y dónde se reunen esos caballeros?
—En las cuevas de Dinadamar: si tú los buscas, ellos te acogerán con alegría; y ayudado por ellos podrás matar al rey impunemente.
—¿Será necesario sublevar á Granada contra el wazir?
—Busca el medio mas seguro: eso es de cuenta tuya. Ya te he dicho bastante. Quédate en paz.
Y el mago, sin que el infante pudiera esplicarse cómo, desaparece de sus ojos.
—Ebn-Ismail permanece algun tiempo inmóvil, despues levanta la cabeza, fija la vista en el mirador, y esclama:
—¡Mañana el rey no te amará, hermana mia! ¡A las cuevas de Dinadamar!
XII.
Fuera de sí el infante, busca de nuevo las escaleras y la mina; llega á Generalife, y para que no puedan sospechar de su ausencia anterior ni de la que deba seguirla, se deja ver en la zambra.
Y no solo se deja ver, sino que se dirige á la sultana Ketirah, y como infante de Granada la dice:
—¿Primavera de flores que no se marchitan, alegría del mundo, alma del alma del magnífico y vencedor sultan de Andalucía, querrás honrar á tu esclavo, con la honra mayor de la tierra, y hacerle dichoso con la felicidad mayor de la vida, bailando con él esta zambra?
La sultana le mira, y su semblante antes frio, severo, que parece empañado por una nube funesta, se dilata, sonrie y tiende su mano al infante.
—¿Y no palidecerá de celos, le dice de modo que nadie pueda oirlo, al verme danzar contigo la amada de tu alma?
—La amada de mi alma vive en mi corazon, responde el infante con voz insegura y temblorosa, y no puede tener celos de tí, sultana.
Y el infante al pronunciar estas palabras, recuerda dolorosamente á su perdida sultana Aleidah, envenenada por Masud-Almoharaví, para poner en el trono á Ketirah.
Aleidah, el arcángel de paz que amaba á Ebn-Ismail en el misterio de su alma, como Ebn-Ismail la amaba á ella, que jamás le confesó su amor ni con un relámpago de sus negros ojos, ni con un suspiro de su alto seno, ni con una sonrisa de su purpúrea boca.
Aleidah, la honesta, la cándida y la pura, que bajó á la tumba llevando con ella el secreto de su amor.
—¿Y sabe la amada de tu corazon que vive en él? dice Ketirah con voz desfallecida, abandonándose lánguidamente á la zambra entre los brazos del infante, que se sorprende á aquellas palabras porque no las espera.
Pero en aquel momento comprende que Ketirah le ama, que puede herir el alma de Abul-Walid en su honra antes que herir su cuerpo, y se propone engañar el amor de la sultana, que espera su respuesta, fijando en sus ojos la ardiente y lánguida mirada de sus ojos garzos.
El rey, que ha vuelto á la zambra, y que vaga sombrío y ceñudo por los salones, vé de improviso la mirada que se cruza entre la sultana y el infante; nota su conversacion en voz baja, cree adivinar sus palabras, y su honra ofendida, sino su amor; porque el que siente por María le impide amar á otra muger; rugen en violenta lucha en su corazon, y abarca en una mirada de ódio salvage á los dos imprudentes que osan mancillar su nombre.
Y Ketirah no nota aquella mirada, porque hace mucho tiempo que ama en secreto á Ebn-Ismail, desesperada, y la primera palabra de amor del infante la ha enloquecido.
Nada vé, nada oye, nada siente mas que la traidora mirada de Ebn-Ismail, y el brazo con que este estrecha fuertemente su cintura.
Ketirah lo ha olvidado todo, no vive mas que para el infante.
Pero el infante observa al rey, y le vé trémulo, terrible, dudando.
—No te atreverás á deshonrarte delante de tu córte, dice para sí el infante: procurarás vengarte, porque comprendes que porque me has robado á la cautiva cristiana, te robo yo tu esposa. Yo no sabia que tu esposa me amaba, pero ya que me ama, mi venganza será completa: primero tu honra, despues tu vida. Cuando quieras vengarte será tarde.
Y sigue danzando con la sultana, con la sultana que le sonríe amorosa, mostrándole por sus entreabiertos labios, que dan salida á ardientes suspiros, perlas mas blancas, mas puras, mas frescas que la del rico collar que al compás de la danza se agita en su cuello de nacar sobre su alto y palpitante seno.
Ketirah es muy hermosa.
Sus negros cabellos flotan perfumados como una nube negra y densa en medio de la cual, pálida de amores, brilla la luna llena en toda su hermosura; una luna en que hay dos soles que despiden rayos.
Su cintura es redonda y mórvida y cimbradora, y la falda de la túnica dejaba ver, al flotar, un pie por el que envidiarian ser pisadas las flores.
Y no se balancea con mas gracia una palmera al impulso de las auras que la gallarda sultana en la danza, entre los brazos de Ebn-Ismail.
Y hay un momento en que el infante á pesar de su eterno amor á su per dida Aleidah, se siente embriagado como el que ha bebido con esceso el nectar prohibido á los creyentes.
Todo lo que hay en torno suyo vaga, gira confuso, y no vé nada; nada mas que los ojos y la boca de Ketirah.
¡Ketirah! ¡el demonio tentador! ¡el tósigo libado en copa de oro! ¡la maga maldita de la tentacion!
¡Ketirah! ¡á quien para ser comparada á una hurí solo la faltan los ojos negros, y que hace suspirar al creyente, porque sabe que en el paraiso no encontrará una hurí que tenga los ojos garzos como Ketirah!
¡Ketirah! ¡que atrae á sí los corazones y los abrasa con un leve relámpago de sus ojos!
¡Ketirah la envenenadora! ¡Ketirah la adúltera!
¡La adúltera!
Vedlos: se pierden en los jardines.
Ved al rey que los sigue.
Ved despues que ellos tornan, y sus miradas son mas amantes y guardan un destello de felicidad.
—¿Y por qué no? dice el infante vacilando de su virtud: muger mas hermosa no he conocido, y me ama como las flores al sol. ¿Por qué no amarla? ¿No he sido bastante tiempo fiel, á mi malogrado, á mi ignorado amor por Aleidah? ¿me amaba ella acaso? ¿era acaso mas hermosa, mas enamorada que Ketirah?
Satanás se ha apoderado del infante, solo á Ketirah vé, solo á Ketirah ama, solo por Ketirah vive.
Ha olvidado á su hermana, á la pobre María.
—¡Oh! ¡si el rey muriese y tú fueras rey! dice en un momento de pasion Ketirah.
—¿Y no aborrecerias tú á quien matase á Abul-Walid? dice el infante.
—Yo le daria mis joyas, porque con la muerte del rey me habria dado la joya de mi corazon que eres tú, amado mio, luz de mi alma, sueño de mi sueño. ¡Oh! ¿cuánto he sufrido amándote sin que tú comprendieras mi amor? Creía que Dios me castigaba dándome un infierno. Y esta noche, esta noche cuando me has pedido la honra de bailar contigo, cuando me has llamado respetuosamente sultana, he llorado dentro de mi corazon, porque no me creias tu esclava, como lo crees ahora. Porque tú sabes que soy tu esclava, que mi voluntad es tu voluntad, mi alegría tu alegría y un suspiro de amor de tu boca el suspiro de mis suspiros. Mata á Abul-Walid, mátale. Yo no le amo: me uní á él por ambicion, y le aborrecí y aborrecí su grandeza cuando fuí suya. Mátale, y sino te atreves á matarle, le mataré yo.
Ebn-Ismail recordó entonces la conjuracion de los enemigos de Masud-Almoharaví en las cuevas de Dinadamar, y recordó á María.
—Mañana morirá el rey, dice con voz segura á Ketirah.
—¡Mañana!
—Sí; pero para que mañana muera, es necesario que me separe de tí esta noche.
—¡Oh! pues si nuestra separacion ahora, ha de procurarnos una union eterna, vé, amado mio, vé, mañana te espero.
El infante se separa de la sultana y pasa sereno y tranquilo delante del rey.
—¡Oh! dice Abul-Walid: no diré á nadie mí deshonra, pero me vengaré: primero tú infante de Granada, para que el corazon de esa infame que te ama se rompa, y luego ella para que te acompañe... en la muerte.
Y el rey disimulando su rabia se acerca á la sultana, la saluda y la sonrie.
XIII.
Ebn-Ismail entre tanto, sale de Generalife por la parte alta, desciende rápidamente por la falda de la Silla del Moro, llega á los cármenes del Darro, atraviesa el rio, trepa por la opuesta vertiente, recorre una ladera y se encuentra en el barranco donde están las cuevas de Dinadamar.
Pero reina un silencio profundo: la luna ilumina en paz desde lo mas alto del cielo el barranco: todas las cuevas están cerradas[83] y oscuras.
—¿Me habrá engañado el viejo que encontré en el castillo? dice Ebn-Ismail adelantando por el barranco: ¿aquí no hay señal alguna de conspiracion ni de conspiradores?
Pero no ha acabado aun de pronunciar el infante estas palabras, cuando de detrás de una breña salta un moro cubierto el rostro con la toca, y le pone al pecho una ballesta armada y le dice:
—Detente sino quieres morir.
Y el infante se detiene y se alegra, porque en aquel hombre que le amenaza, vé un indicio de la conspiracion.
—¿Quién eres? le pregunta el moro encubierto.
—Soy el infante Ebn-Ismail, que busco á los caballeros que conspiran contra el wazir Masud-Almoharaví.
—¿Sabes los nombres de esos caballeros, ó siquiera el de uno solo de ellos?
—No lo sé.
—Pues entonces debes morir.
—No; mas bien llévame entre ellos: vengo solo, nadie me sigue: si soy traidor mas seguro estaré entre los conjurados, y si me matas, la conjuracion no tendrá efecto, porque yo soy el que la ha de alentar y hacer posible.
Parecian contener al moro estas palabras, dá un silvido y acuden otros moros; habla con ellos algunas palabras en voz baja el primero, y los otros van á reconocer los alrededores. Cuando se convencen que nadie hay en ellos, que el infante viene solo, vuelven, asen del infante, le vendan los ojos, le levantan en alto y le llevan: el infante siente abrir una puerta, bajar despues á los que le conducen unas escaleras, atravesar un largo espacio pendiente, detenerse y adelantarse uno de ellos solo. Poco despues escucha los pasos de aquel hombre que llega á los otros, habla en voz baja con ellos y siguen con el infante y le dejan en tierra y se retiran.
Entonces oye una voz que le dice:
—¿Eres tú el infante Mohammet-Ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras y primo del rey?
—Sí, contesta el infante.
—¿Quién te ha dado noticias de que estábamos aquí reunidos?
—Un astrólogo á quien he consultado.
—Has sido imprudente.
—El astrólogo no nos hará traicion.
—¿Y te conjuras tú contra el rey?
—Sí, quiero matarle.
—¿Por qué razon?
—Me ha quitado una cautiva en la toma de Martos.
—Y crees tú que se pueda matar al rey.
—Yo, si me ayudais le mataré mañana.
—¡Mañana!
—Sí, yo mismo, por mi mano.
—¿Será preciso que se amotine el pueblo?
—Se le amotina.
—No tenemos bastante dinero para ello.
—Le tengo yo, dice el infante: y se arranca la venda de los ojos.
XIV.
Encontróse en un ancho subterráneo de negra bóveda y de muros húmedos.
Aquel subterráneo presenta por todas partes señales indudables de que es una cisterna.
Alrededor hay de pie multitud de moros, algunos de los cuales tienen hachas encendidas en las manos.
El infante vé que la mayor parte de aquellos caballeros son amigos suyos.
—¿Por qué, pues, habeis desconfiado de mí? dice.
—Se vé el rostro de los amigos, contesta el que antes habia hablado, pero no se vé el corazon.
—Aprovechemos el tiempo, replica el infante: ya es alta la noche, y yo pienso matar al rey mañana cuando esté en su trono de justicia.
—¿Y tambien al wazir Masud-Almoharaví? preguntan algunos.
—Al wazir tambien, dice el infante.
—Si nos dás el oro que sea necesario, aun nos queda tiempo bastante para pagar la gente aventurera, los mendigos y los alborotadores, y producir un motin, dice otro.
—Oro tendreis cuanto sea necesario, replica el infante.
—Pero, si hemos de matar al rey, dice el que primero ha hablado, es necesario que pensemos en quién ha de sucederle.
—¿Y quién ha de sucederle mejor que su hijo y de la sultana Aleidah? dice el infante.
—El príncipe Mohammet es muy jóven aun, dicen la mayor parte de los conjurados.
Y—No faltará quien gobierne durante su juventud, dice el infante.
Trátase al fin el negocio, líganse unos á otros con juramentos, dánse señas, salen de la cueva, y dos de ellos acompañan al infante á su casa á recibir el dinero con que habia de pagarse la sublevacion del populacho.
El infante queda solo.
Pero no se recoge al lecho.
Pasa lo que resta de noche paseándose por su cámara, delirando como un ébrio, y encendida el alma con el ardiente recuerdo de las caricias de la tentadora sultana Ketirah.
XV.
Al dia siguiente el infante Ebn-Ismail, su hermando Yshac, y como hasta cincuenta caballeros parciales suyos, aparecen en la Puerta del Juicio de la Alhambra dentro del círculo de los guardas, y al pie del trono de justicia.
Su nobleza les concede aquel lugar que nadie les ha disputado.
Aun no ha salido el sol, y el rey no se ha sentado en el trono de justicia.
Pero ya están allí el estandarte real, y los guardas, y los que esperan para esponer sus quejas.
Nótase algo de sombrío en el semblante de Ebn-Ismail y de los caballeros que le acompañan.
Sus miradas inquietas parece que esperan la aparicion de algo que tarda, y sus oidos atentos un rumor que no suena.
Y no es el rey lo solo que esperan. No es el alarido de las trompetas que anuncian su llegada el ruido único que ansían escuchar; porque sus miradas y su atencion tanto parecen dividirse entre el interior del alcázar y el esterior de él.
Al fin suena un alto alarido de trompetas, añafiles y atakebiras en la parte de adentro, y el infante Ebn-Ismail y los caballeros que le acompañan se inquietan y palidecen.
El rumor se acerca mas.
Nuevas guardias rodean el trono de justicia, y al fin aparece el rey Abul-Walid, que se sienta en medio de su magestad en el trono, y,
—¿Qué quieren mi noble primo y mis caballeros? dice con voz ronca al infante y á los que le rodean al pie del trono.
El infante mira á los suyos, y estos como que parecen decirle con sus miradas espera; y,
—Venimos á pedirte justicia, señor, contesta Ebn-Ismail: pero los pobres y los menestrales esperan tambien: juzga sus agravios antes que los nuestros, invencible sultan.
Muerte de Abul-Walid


Masud-Almoharaví, que acompaña al rey, mira con recelo al infante y á los suyos, pero no se atreve á espresar sus temores, porque no son por la vida del rey, sino porque espera que aquellos caballeros se quejen de él amargamente al rey, y el segundo wazir, que tambien al rey acompaña, permanece en su puesto y sin recelar nada, grave é inmóvil.
Empieza la audiencia, y sigue, y es larga, porque son muchos los querellosos que acuden al rey.
Quedan sin embargo pocos, y los conjurados no oyen el rumor que esperaban, y que debe ser la señal para consumar su delito.
En fin, el último de los del pueblo es oido, y no habiendo ya mas á quien juzgar, el rey dirige severamente la palabra á Ebn-Ismail.
—¿De qué tienes que quejarte, mi noble primo? le dice.
En aquel momento suena un rumor sordo en la parte de la ciudad, allá abajo, que aumenta y zumba.
El semblante de Ebn-Ismail palidece aun mas; sus ojos centellean, y dice adelantando hácia el trono.
—Me querello de tu tiranía, dice sin inclinarse, con la frente alta y terrible acento de amenaza.
El rey palidece y tiembla de cólera; salta abajo del trono empuñando su espada, y se dirige furioso á Ebn-Ismail apellidándole traidor.
Pero Ebn-Ismail mas pronto, ó mas afortunado, ase al rey por sus vestiduras, le arroja contra la puerta, saca un puñal de la manga de su aljuba, y dice con voz terrible hiriendo al rey:
—¡Tú me robaste en Martos una doncella cristiana, y yo te robo la vida!
Y en el mismo punto, y cuando el rey cae exánime, y el segundo wazir, que ha pretendido defender al rey, cae hecho pedazos por los conjurados, el rumor, los gritos que se acercan, resuenan ya distintos, y se escucha á una turba inmensa que adelanta hácia el alcázar gritando:
—¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el tirano!
Y la confusion cunde, y los guardas se arremolinan, y Ebn-Ismail y los suyos se abren paso con sus espadas entre la revuelta y sorprendida guardia africana, y se reunen al populacho que llega sediento de la sangre del wazir, escitado y pagado por los caballeros de la conjuracion, y gritando cada vez con mas furor:
—¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el ladron! ¡muera el tirano!
Y en aquel momento terrible, el wazir amenazado, ase al rey moribundo, le carga sobre sus hombros, y se pierde con él en el interior del alcázar, despues de gritar á los de la guardia africana:
—¡Cerrad las puertas! ¡á los muros los ballesteros! ¡sígame, siga al rey el que no sea traidor!
Y la puerta cierra sus dos hojas de hierro antes que puedan llegar los conjurados, que sacian su corage despedazando á los africanos que han quedado fuera, y combaten inútilmente durante todo aquel dia el alcázar, del cual son rechazados.
XVI.
Todo es confusion dentro y fuera de palacio.
El rey moribundo ha sido conducido á la cámara de la sultana Ketirah, cuya alma se alegra, pero á cuyos ojos asoman lágrimas.
Arrójase sobre el rey, llora, gime, se mesa los cabellos y pretende cerrar con sus labios sus heridas.
Y el rey moribundo vuelve á ella los turbios ojos, la reconoce y grita:
—¡Esta! ¡esta! ¡la infame adúltera, es la causa mi muerte! ¡Apartadla, apartadla de mí, y descabezadla! ¿No lo oís? ¿No soy yo el rey? ¿Nadie me obedece?
Pero con la sultana y con el rey solo está Masud-Almoharaví: el cómplice del parricidio de Ketirah, el envenenador de la sultana Aleidah, y no se mueve.
—¿Es verdad lo que el sultan moribundo dice? pregunta el wazir á Ketirah.
—Sí, sí: amo al infante Ebn-Ismail, dice Ketirah la terrible muger que no sabe conservar mucho tiempo el disimulo: le amo y me ama. ¿Qué me importa todo? yo no negaré nunca mi amor.
Masud se estremece y mira si hay alguien que los escuche.
Pero nadie hay en la cámara.
—¡Silencio, imprudente! grita poniendo una mano en la boca de la sultana. ¡Si alguien te oyera rodarian nuestras cabezas! ¡Pero ese hombre está espirando! añade mirando al rey: ¡Granada está alborotada! ¡Es necesario prevenir el primer ímpetu de la irritada muchedumbre! ¡Voy!... ¡es preciso que yo salga de aquí! ¡Quédate tú; no te separes de él; está espirando; pero si antes de espirar entrase alguien!... ¡antes de que hable, Ketirah!...
Ketirah lanza una mirada terrible al rey, que dice á Masud que ella le ha comprendido y Masud sale.
Y el rey que lo ha oido todo, que ha comprendido lo horrible de su situacion, pretende levantarse y prorrumpe en gritos.
Pero Ketirah sofoca sus gritos, cubriéndole la cabeza con su almaizar, y el rey lucha, y con la lucha sale á borbotones la sangre de las heridas.
El rey ya no puede gritar, nadie puede oirle.
Ketirah continúa sofocándole, implacable y terrible con el almaizar.
Y el rey continúa luchando.
Y la sangre brotando de las heridas.
Satanás se sonrie escondido en la cúpula.
XVII.
Entre tanto Masud-Almoharaví sale al patio á sosegar á la guardia que está revuelta, y la gente que se agolpa fuera del alcázar, y les dice:—Que el rey está vivo, que sus heridas son leves, y que pronto le verán sano y salvo.
Para sincerarse, ó mas bien para evitar toda sospecha respecto á Ketirah, manda prender de órden de la sultana á algunos de los que habian estado en el motín, y de órden de la sultana los descabeza en el acto y manda poner sus cabezas en las almenas de la Puerta del Juicio.
Despues entra de nuevo en la cámara de la sultana.
El rey habia muerto.
La sultana le miraba friamente.
Acababa de espirar, y Ketirah tenia las manos teñidas en sangre.
—¡Oh! ¡qué es eso! esclama Masud al ver las rojas manos de la sultana.
—Una puñalada mas; responde friamente Ketirah. Tardaba mucho en morir, sentí pasos que se acercaban, y no sabiendo que eran los tuyos, sentí miedo.
Y Ketirah se encamina á la fuente que surge en el centro de la cámara y lava tranquilamente sus manos y su puñal, que cuando está limpio envaina y guarda entre su ceñidor de púrpura.
—Yo amo al infante Ebn-Ismail, dice poniendo las manos en los hombros de Masud y acariciándole con su mirada. Quiero que sea sultan. Quiero ser su sultana.
Masud se estremece.
—¡Imposible! esclama: hé mandado cortar las cabezas de algunos paciales del infante Ebn-Ismail, y este anda huyendo.
—¿Y por qué has ajusticiado á esos hombres?
—Para que el pueblo no nos hiciera pedazos.
—Quiero que el amado de mi alma sea sultan, y yo ser sultana; replica con doble insistencia Ketirah.
—El pueblo no recibirá un rey que tiene teñidas las mano en la sangre de Abul-Walid, á quien amaba. El pueblo mirará con horror á la esposa de Abul-Walid entre los brazos de su asesino.
—¿Y qué hemos de hacer? ¿hé de perder yo á mi amado?
—Gozar puedes sus amores sin zozobra y en secreto, siendo gobernadora del reino conmigo á nombre del príncipe Mohammet.
—¡El hijo de Aleidah!
—¿No murió su madre?...
—Sí.
—¿No es débil de salud el príncipe?
—Sí.
—Si dentro de un año, pasado ya el horror que hoy siente el pueblo por el infante Ebn-Ismail, muriese el rey Mohammet...
—¿Entonces mi adorado podria ser proclamado rey?
—Quién lo duda.
—¿Y seré yo entre tanto gobernadora?...
—Conmigo.
—¡Vé entonces, vé, Masud! ¡yo me quedo guardando al rey muerto! ¡vé tú á proclamar al rey vivo!
Vuelve á salir Masud de la cámara de Ketirah, y dice á la guardia berberisca y á su caudillo Ozmin que el rey vá muy bien.
Luego sale por la ciudad, habla á sus amigos y les dice que vayan á palacio para autorizar y defender lo que conviene al bien comun y particular de todos ellos.
Trae á cuantos amigos puede á palacio, los deja en el patio con la guardia, y entra en la cámara de la sultana.
Poco despues envia un mensage al caudillo Ozmin y á todos los caballeros diciéndoles que pasen al salon, que el rey, mas restablecido, les quiere hablar.
Entran todos en el salon de Embajadores, y cuando toda la nobleza de la córte está junta, se presenta la sultana Ketirah doliente, llorosa y enlutada, llevando de la mano al príncipe Mohammet, niño de poca edad.
Masud les anuncia la muerte del rey, y los compele á que juren al jóven príncipe.
Amigos los unos del rey difunto, sobrecogidos otros, aunque no faltaban ambiciones, juran á Mohammet-ebn-Ismail-ebn-Nazar por su rey y señor.
Luego toda la nobleza y la guardia salen por las calles y repiten en Granada la proclamacion del nuevo rey.
Pero aquella noche una sombra se desliza por la cuesta que rodea las espaldas de la Alhambra, llega al pie de una torre y hace una señal; cae una escala, y el bulto trepa por ella hasta un ajimez.
Luego se escucha un beso entre el silencio, y el ajimez se cierra.
El asesino y su cómplice la adúltera, están entregados á su amor, y Masud-Almoharaví, el infame, vela sus placeres.
XVIII.
El desdichado rey Abul-Walid fué sepultado en la randa ó panteon del alcázar junto á sus abuelos.
Sobre su tumba se puso la inscripcion siguiente:
«Este es el sepultcro del rey mártir, conquistador de las fronteras, defensor de la religion, el ínclito, el escogido, el reparador de la familia de los Nazares, el príncipe justo, el amparador, el denodado, el héroe de la guerra y de las batallas, el noble, el generoso, el mas afortunado de los reyes de su dinastía, el mas aventajado en piedad y celo de la honra de Dios, espada de la guerra santa, muro de los pueblos, fortaleza de los caudillos, amparo de los nobles, alivio de los pobres, el compasivo con los que temian, el domador de los soberbios, laborioso en el camino de Dios, vencedor por la gracia de Dios, príncipe de los Muzlimes Abul-Walid-Ismail, hijo del amparador escelso, del vencedor, escogido, noble, vengador, engrandecedor de la familia Nazaria, columna de la dinastía Algalibia, el piadoso, el compasivo Abu-Said-Ferag, hijo del noble y esclarecido defensor de los defensores del Islam, decoro de los príncipes algalibes, honor, alteza de la prosapia, el santo, el piadoso Abul-Walid-Ismail-ebn-Nazar, santificado sea su espíritu en bienaventuranza, sea refrigerado con el rocío de la misericordia, séale concedido ámplio galardon por premio de sus certámenes meritorios, por su martirio, pues lo hizo Dios conquistador de pueblos, debelador de soberbios reyes enemigos suyos, y fué atesorando méritos hasta el dia señalado que Dios le destinó para que llegado el plazo sellase sus dias con buenas obras; recíbale y colóquele en lugar de retribucion y honra, lugar que tenia preparado por su santo celo: murió, Dios le perdone, á traicion, pero con gloria y en la firme pura confesion de los reyes sus antepasados, y fué elevado á las moradas de eterna felicidad: nació, complázcase Dios de él, en hora bienaventurada entre manos del alba del dia giuma diez y siete de la luna de jawal, año seiscientos setenta y siete[84]: fué jurado dia jueves veinte y siete de jawal, año setecientos trece[85], y fué muerto en dia lunes veinte y seis de la luna de regeb insigne, año setecientos veinte y cinco[86]. Alabado sea el rey verdadero, que mientras todas las criaturas acaban y se suceden, permanece eterno é inmutable.»
La leyenda que acabamos de relataros es la referente á las manchas sangrientas de la Puerta del Juicio del alcázar de la Alhambra.