LEYENDA IV. LA PUERTA DEL JUICIO.
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I.
Cuando se pasa de la puerta de los Gomeles, y de las tres pendientes avenidas que se presentan á la vista, bajo los tupidos toldos de verdura de las frondas de los álamos que se cruzan, se toma la mas pendiente, la de la izquierda; ya cerca de su terminacion se encuentra un cubo de fortificacion á la usanza del siglo XVI, y mas allá, apoyándose en este cubo, una magnífica fuente greco-romana del gusto del renacimiento, denominada Pilar del emperador Cárlos V.
Siguiendo adelante á lo largo del muro en que está esculpida la decoracion de la fuente, y torciendo á la izquierda, se levanta de improviso ante los ojos, como una sorpresa, la magestuosa Puerta del juicio, entrada principal del alcázar de la Alhambra.
Esta puerta, formada por dos torreones, unidos en la parte media de su altura por un gigantesco arco de herradura, tiene en su fondo un muro en el cual se abre una puerta mas pequeña de arco de herradura tambien, labrada en rico mármol blanco de la sierra, y sustentado por dos bellas columnas con caprichosos capiteles, y galanamente ornamentado con flores y cintas entrelazadas.
Sobre la clave del arco mayor se ve esculpida una mano estendida y vuelta la palma; sobre la del arco menor hay esculpida una llave.[67]
En los tiempos á que nos referimos en la leyenda que empezamos á relatar á nuestros lectores, esto es, en el año 724 de la Hegira, y 1325 de Jesucristo, cuando se pasaba de la puerta de los Gomeles, fuertemente torreada y defendida por adarves, se veia una larga avenida de edificios chatos, de un solo piso, que servian de cuarteles á los soldados de la guardia del rey, en la vertiente del pequeño valle comprendido entre la Alcazaba, y las Torres Bermejas, y por ambos lados hasta el pie de los muros, la escarpadura desnuda sin árboles que pudiesen encubrir á los enemigos que lograsen forzar aquel primer puesto fortificado de la puerta de los Gomeles.
Siguiendo aquella ancha avenida, siempre poblada de soldados y esclavos, se llegaba en lo mas alto, á la torre de las Siete bóvedas,[68] entrada principal de la Alhambra y su mas magnífica; pero antes de llegar á esta torre, en la parte media de la avenida, á la izquierda, se encontraba un camino llano orlado de cipreses y laureles, desde cuyo principio se veia levantarse al fondo, sencilla y magestuosa la torre del Juicio, entrada principal del alcázar de los reyes moros.
Entonces, delante de esta torre solo se veia una bella plazoleta circular rodeada de jardines; no existian ni el pilar del Emperador ni el cubo de fortificacion, existiendo solo por la parte que este cubo ocupa un adarve que iba á dar sobre la escarpadura de la fortaleza por aquella parte.
El muro que se apoya hoy á la derecha sobre la torre del Juicio, no era, como ahora, un muro de tierra y piedra, sino de brillante y tersa argamasa roja que dejaba comprender su dureza marmórea, y en cuya parte superior corria la columnata de una galería que correspondia á un jardin del alcázar.[69]
En el segundo arco de la Puerta del Juicio, entre sus adornos, se leia entonces como ahora la inscripcion siguiente: Dios sea loado: no hay otro Dios que Dios y Mahoma su profeta: no hay fortaleza sin Dios: y sobre este arco y estos adornos, en una ancha faja de estuco, con caracteres cúficos entrelazados de flores y cintas se leia esta otra inscripcion: Mandó labrar esta portada, llamada judiciaria, con la cual Dios Altísimo haga dichosa la ley de los hijos de salvacion, Abul-Giux-Nazar-ebn-Abdallah-ebn-Nazar, mantenga Dios en las morismas sus obras pias y caritativas. Labróse á 27 dias de la luna de Maulud el engendradizo, año de 647.
De modo que en los tiempos de nuestra leyenda, solo hacia setenta y siete años, desde que se habia terminado la torre del Juicio ó al menos desde que se habia hecho su portada.
Llamábase la puerta principal del alcázar torre del Juicio, porque habiendo seguido los árabes y continuádola los moros la costumbre de los tiempos primitivos, el rey en persona ó en representacion suya el cadí de los cadíes ó justicia mayor del reino, oian en aquella puerta en audiencia pública las quejas de los súbditos, y dirimian sus contiendas y pleitos de una manera ejecutiva.
De contínuo aquella puerta estaba cerrada, con sus dos grandes hojas forradas de hierro y fuertemente claveteadas, y por fuera de ella, como en respeto de la autoridad real, se veian los esclavos de la guardia berberisca ricamente vestidos y dando la guardia.
Solo se abria un postigo para la entrada de los magnates y caballeros; de par en par solo se abria la puerta para dar salida ó entrada al rey ó á los embajadores de reyes; cuando aquella puerta se abria enteramente pasaba siempre bajo ella el estandarte real, acompañando al rey ó á los embajadores, y despues la puerta cerraba sus dos tremendas hojas de hierro.
Todos los giumas (viernes), á la hora de la salida del sol, aquella puerta se abria, y aparecia tras ella un espectáculo sorprendente: el trono de justicia, con su dosel rojo, sus almohadas de púrpura y brocado, y sus siete gradas cubiertas con una alfombra de Persia: á los piés de estas gradas, á la derecha, el alférez mayor del reino con el estandarte real, y al otro lado el alguacil mayor con la espadada de justicia, y walíes, y arrayaces, y caballeros, y eunucos: en lo alto, el rey sentado en los almohadones, y delante de la puerta, en semicírculo, para contener al pueblo que asistia á la audiencia, los esclavos berberiscos con sus largas lanzas, sus bruñidas armaduras y sus turbantes rojos.
Cuando en vez del rey hacia justicia el cadí de los cadíes, sentábase este en un almohadon en la primera grada, y en vez de la córte que acompañaba al rey, le acompañaban ciertos funcionarios del órden judicial, pero nunca faltaban el estandarte real y la espada de justicia, como representantes de la autoridad regia.
Un katib (secretario), colocado en el centro del semicírculo determinado por los esclavos berberiscos, llamaba por su órden á los que habian pedido audiencia, y los dejaba pasar hasta los piés del trono de justicia.
Despues que esta habia acabado de administrarse, la puerta se cerraba, y el rey, la córte y el trono desaparecian tras ella.
¿Quién podria comprender ahora, á la vista de aquella puerta abandonada, de aquel torreon cuyas almenas reales ha derrocado el tiempo, y á las cuáles ha sustituido el conquistador con un desnudo pretil, con una especie de grosero ribete de mampostería, el magnífico esplendor de que en los tiempos de la dominacion mora se vió rodeado, y el profundo respeto con que los musulmanes de Granada miraban aquella puerta, lugar sagrado, donde en nombre de las leyes podia ir el mas pobre, el mas abyecto á ejercitar su derecho?
Hoy un centinela indiferente, provisto de una prosáica consigna, se pasea con el fusil al brazo ó se apoya en él de pié é inmóvil, sin sospechar siquiera la grandeza pasada de aquel lugar, y en el sitio donde hace cuatro siglos se levantaba el trono de justicia de los reyes de Granada, se ve hoy la mezquina mesa cubierta con una manta de lana donde escribe sus partes el sargento de la guardia.
El tiempo, que todo lo muda, que todo lo empalidece, que todo lo gasta, que todo lo pulveriza, ha convertido en un desnudo esqueleto de lo que fué, á la torre del Juicio, ó de justicia de los reyes de la Alhambra.
Por eso, nosotros que somos exageradamente entusiastas, no hemos podido pasar nunca bajo el arco de mármol de la torre del Juicio, de la hermosa y poética puerta del alcázar moro, sin sentir algo de respeto, sin creernos trasportados á otros tiempos y á otras gentes, como si hubiese pasado junto á nosotros rozándonos la cabeza con sus alas el genio de lo que fué.
Además, para que nosotros sintamos una conmocion indefinible al pasar bajo aquel arco, al pisar aquel dintel de mármol, existe una razon poderosa.
Nosotros sabemos que sobre aquel dintel, al pié de su trono de justicia, cayó asesinado un rey de la dinastía nazerita.
Su sangre ha caido allí, y allí acaso la vé aun la justicia del cielo.
Porque el rey asesinado era un buen caballero, un corazon leal, lleno de caridad y de justicia.
Aquel rey era el sultan de Andalucía y de Granada, Abul-Walid-Ismail-Abul-Said, quinto descendiente coronado del Magnífico rey Nazar.
II.
El dia ocho de la luna de Regeb del año 725 de la Hegira[70], despues de la oracion de azobih, á punto que se dejaban ver en el oriente las primeras ráfagas rosadas precursoras del sol, los berberiscos que daban la guardia de la puerta del Juicio, acudieron presurosos, llamados por los atabales, y se formaron en dos filas formando calle á ambos lados de la puerta.
Poco despues la puerta se abrió, salió un tropel de ginetes armados sobre caballos de guerra, entre los cuales ondeaba el estandarte real, y tras estos caballeros, en medio de una córte resplandeciente, apareció el rey Abul-Walid, armado con un arnés esmaltado de oro y colores, con corona en la cabeza y manto de púrpura sobre los hombros, cabalgando en un poderoso corcel con paramento de brocado sobre sus lórigas de acero.
Piafaba el soberbio bruto hijo de las llanuras de Baeza, orgulloso de su ginete; y en verdad, que nunca las moras granadinas habian visto, ocultas tras las celosias, un hombre mas hermoso ni de aspecto mas noble y régio que el sultan de Granada Abul-Walid-Nazar.
Era blanco y mostraba la barba bermeja, como su quinto abuelo Al-Hhamar, el vencedor; sus ojos tenian en su mirada la dulzura de la gacela cuando contemplaban la hermosura, ó el sombrío y aterrador fuego de los del leon irritado cuando los revolvia entre el combate; cuando nada le distraia ó le irritaba mostraba su semblante una melancolía vaga, una ansiedad profunda, una sed insaciable, pero sed de felicidad: el poderoso Abul-Walid no era feliz.
Sentia remordimientos, y no habia encontrado venturas en el amor.
Sus remordimientos le recordaban á su tio el rey de Granada, Abul-Giux-Nazar á quien habia destronado.
Digamos algo acerca de la historia de Abul-Walid.
Para que se comprenda bien esta historia, necesitamos remontarnos á los tiempos del sultan Mohammet-ebn-Abdalah-ebn-Nazar hijo de Al-Hhamar el Magnífico.
El rey Al-Hhamar el Magnífico, el primer rey independiente de Granada, el fundador de la dinastía nazerita, habia muerto de un accidente estraño, y segun algunos por tósigo, á las puestas del sol del viernes 29 de giumada postrera, del año 671 de la Hegira[71]. Honrado por amigos y enemigos este gran rey, fué consolado en su último trance por el infante don Felipe, hermano del rey Alfonso de Castilla que le acompañaba.
Murió cerca de Granada, en su tienda, en ocasion en que iba en persona á reprimir la rebeldía de los walíes de Málaga, Guadix y Comares.
Hé aquí el epitafio que su hijo el sultan Mohammet II hizo esculpir sobre su sepulcro, y que pudieron ver nuestros abuelos en el panteon de la Alhambra:
«Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradicion, espada de verdad, mantenedor de las criaturas, leon de la guerra, ruina de los enemigos, apoyo del estado, defensor de las fronteras, vencedor las huestes, domador de los tiranos, triunfador de los impíos, príncipe de los fieles, sábio adalid del pueblo escogido, defensa de la fé, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios. Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar-el-Ansarí: ensálcele Dios al grado de los altos y justificados y le coloque entre los profetas, justos, mártires y santos, y complázcase Dios en él y le sea misericordioso, pues fué servido que naciese el año 591 y que fuese su tránsito dia giuma (viernes) despues de la azala de alazar á 29 de la luna giumada postrera, año 671. Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinado no principió, cuyo tiempo no fallecerá, que no hay mas Dios que él, el Misericordioso y Clemente[72].»
Sucedióle su hijo Mohammet, mancebo animoso y valiente, y que á pesar de la grandeza de su padre, encontró el reino ya un tanto dividido en bandos y amenazado por las rebeldías de algunos walíes, aunque por lo demás próspero y floreciente.
Apenas proclamado rey se trasladó á la córte de Alfonso X, á renovar la alianza que su padre habia mantenido con Castilla, y tan simpático supo hacerse al sabio rey cristiano, que quiso armarle y le armó por sí mismo caballero.
Pero Mohammet no habia hecho de buen grado esta alianza; contribuia á su disgusto el que la reina doña Violante, esposa de Alfonso le comprometió, abusando de su galantería, á que se aviniese con los walíes de Málaga, Guadix y Comares.
Aprovechando Mohammet II la ausencia de los reyes de Castilla y Aragon para asistir al concilio de Leon, alentó el proyecto de recobrar la Andalucía entera. Pareciéndole, sin embargo, demasiado árdua la empresa para él solo, entró en tratos de alianza con el emir de Marruecos, Abu-Juzef, jefe de la poderosa tribu de los Beri-Merines; aceptó Juzef, y vino de Africa con una poderosa hueste de caballería á Algeciras donde le esperaba el rey de Granada.
Acometida la empresa por la parte de Jaen, el adelantado de la frontera don Nuño, murió en la jornada como valiente, pereciendo además ocho mil cristianos.
Abu-Juzef envió la cabeza del adelantado al rey de Granada, y al verla este, que habia tratado mucho en vida á don Nuño, se cubrió el rostro con ambas manos esclamando.
—¡Guala, mi buen amigo, que no me lo mereciais!...
Por otra parte, don Sancho, hijo del rey de Aragon, arzobispo titular de Granada, acometió á los moros con un formidable ejército, pero el rey Mohammet le desvarató y le hizo á él mismo prisonero, siendo ocasion esta presa de don Sancho para que se pusiesen á punto de volver sus armas los moros los unos contra los otros, porque los africanos querian enviar al cautivo al emir de Marruecos, y los andaluces al rey de Granada; pero el arraez Ebn-Nazar, infante de la casa de Granada, que presenciaba la contienda, arremetió hacia el cautivo don Sancho esclamando:
—No quiera Dios que por un perro se pierdan tantos buenos caballeros como aquí están.
Y pasándole de una lanzada, de la que el infeliz cayó muerto, le mandó le cortasen la mano derecha y la cabeza; envióse la mano con su anillo al rey de Granada, y la cabeza al emir de Marruecos.
¡Tremenda manera de obviar la cuestion!
Supo Alfonso de Castilla en Leon, esta brava acometida de los moros, y abandonando por entonces el negocio de su coronacion como emperador de Alemania, para lo que únicamente habia ido al concilio, volvió en defensa de la ya poseida corona de Castilla, y firmó con el emir de Marruecos, y con el rey de Granada un armisticio de dos años.
Mas adelante, puesto por Alfonso sitio á Algeciras, y destrozada su armada en el mar y su ejército en tierra, levantóse contra él, en su propio reino, una tempestad terrible; coligáronse contra él la reina su esposa, los infantes sus hijos, sus magnates; y el infante don Sancho, su primogénito, se hizo el caudillo de esta conspiracion contra su padre, y se apoderó de su corona.
El infeliz Alfonso, vencido, fugitivo, abandonado de todos, pidió sucesivamente ayuda á los reyes de Portugal, de Aragon y de Francia, que se escusaron, como asimismo el papa, que se limitó á decirle que se resignase; desesperado entonces Alfonso recurrió á la ayuda del emir de Marruecos, su enemigo, que se encontraba fortificando á Algeciras, y que al recibirle en medio de su ejército le puso á su derecha y le dejó oir estas memorables palabras.
—Te trato así porque eres desgraciado, y me uno á tí para vengar la causa comun de todos los reyes y de todos los padres.
La alianza del rey destronado con el emir de Marruecos impuso terror al hijo rebelde, y al fin se humilló, devolvió la corona á su padre, y obtuvo su perdon.
Entretanto el rey de Granada, para consolidar y robustecer su reino, aprovechaba las disidencias entre los reyes cristianos del resto de España. El rey de Aragon estaba en guerra con Francia por la posesion de Sicilia, y Sancho IV, que habia heredado al fin el trono de Castilla por muerte de Alfonso, se veia obligado á reprimir las sediciones de sus vasallos.
Dominó Mohammet los elementos rebeldes de su reino, se hizo respetar del emir de Marruecos, que pretendia tener predominio en los asuntos de los moros en España. Recobró ciudades y villas á los cristianos, y al fin, cubierto de gloria murió el domingo 8 de la luna de jaban del año 701[73].
Dejó tres hijos; Mohammet su primogénito y compañero, el que le sucedió en el trono.
Farax, que conspiró contra la vida de su hermano.
Y Nazar, que reinó tambien.
Fué proclamado Mohammet III, con el nombre de Abu-Abdalah Mohammet.
Era este rey hermoso sobre toda ponderacion; y tan dado al cuidado de los negocios, que no habia wazires que pudiesen estar á su lado tanto tiempo como él trabajaba.
Este trabajo asiduo le hizo perder la salud.
Otros contratiempos vinieron á agravar sus cuidados.
Apenas habia subido al trono, cuando un pariente suyo, Abul-Hegiag-ebn-Nazar, se le reveló en la ciudad de Guadix, donde era walí, y se negó á venir á Granada á su solemne jura de rey: reprimió al fin esta rebeldía, y se concertó con el rey de Aragon don Jaime.
Tomó á Ceuta en Africa y otras villas y lugares en España, y ya respetado de unos y de otros, se dedicó á hermosear á Granada y á continuar la obra de la Alhambra.
Sacóle de repente de esta pacífica existencia el rey don Jaime, que rompiendo la tregua vino con un formidable ejército sobre la ciudad de Almería y la sitió.
El rey de Castilla cercaba en tanto á Algeciras.
Avínose con este último, que levantó el cerco mediante la cesion de otras villas y castillos, pero el rey de Aragon, mas tenaz, se fortificó en su campo y continuó el cerco sobre Almería.
Mientras el rey Mohammet se ocupaba del gobierno y de la defensa de su reino, su hermano Nazar, á quien aguijoneaba su ambicion, se hizo un fuerte partido en Granada, y pretendió abiertamente la corona.
Daba por pretesto para su pretension que el rey estaba enfermo de los ojos, que necesitaba fiarse de los agenos, y que no podia confiarse prudentemente el cuidado del reino á un rey ciego.
Concertóse la conspiracion con tal reserva, que nada pudo traslucirse de ella hasta el último dia de Rhamazan, en que al amanecer los conjurados cercaron el alcázar con muchas gentes del pueblo bajo, que sin pretender entrar y sin armas, se limitaban á gritar:
—¡Viva el rey Nazar! ¡viva el rey Nazar!
Otro número inmenso del populacho acudió á la casa del wazir Abu-Abdalah-el-Lachmi, que por su severidad estaba aborrecido de los magnates que ayudaban en la conjuracion á Nazar, y echaron las puertas abajo y penetraron dentro robando oro, plata, vestidos, armas, caballos, destruyendo sus alhajas, sus libros y sus muebles.
Luego corrieron al alcázar, y con pretesto de apoderarse del wazir, que se habia refugiado en él, atropellaron la guardia, entraron furiosos sin respetar al rey Mohammet que les salió al paso, y en su presencia mataron al wazir y saquearon el mismo alcázar de la Alhambra.
Mohammet se vió obligado á huir, pero le cercaron en una torre y le intimaron á que abdicase en su hermano Nazar.
Viéndose solo y desamparado Mohammet, abdicó aquella noche solemnemente la corona en su hermano Nazar, que no quiso verle y le envió al palacio del Príncipe, fuera de Granada, y despues á la fortaleza de Almuñecar.
Nazar fué jurado rey.
No tardó mucho el rey Nazar en verse tratado de la misma manera que él habia tratado á su hermano.
Un sobrino suyo, Abul-Said, hijo de una de sus hermanas y del walí de Málaga Ferag-ebn-Nazar, andaba procurándose parciales con harta ambicion; mandóle prender Nazar, pero el mancebo fué avisado y huyó de Granada; escribió el rey á su cuñado Ferag para que corrigiese á su hijo, pero el walí de Málaga le contestó severamente que si su hijo le destronaba, no haria mas que imitar la conducta que él mismo habia observado con su hermano el rey Mohammet.
Aconteció por este tiempo al rey Nazar un accidente de apoplegía; tuviéronle por muerto: divulgóse como cierta esta noticia, y los parciales del destronado Mohammet III corrieron á la fortaleza de Almuñecar, le sacaron de ella y le llevaron á Granada.
Pero ¿cuál fué la sorpresa de estos cuando al entrar en Granada supieron que el rey Nazar habia recobrado la salud, y que Granada ardia en fiestas por su restablecimiento? El buen Mohammet pretestó que su venida habia sido á visitarle sabiendo el quebranto de su salud. Nazar afectó creerle, y le mandó volver á Almuñecar y que le acompañasen los que le habian traido.
Por aquel tiempo entró Fernando IV de Castilla en tierras de Granada, y puso sitio á Alcaudete. Gentes hubo que atribuyeron esta entrada del castellano á sugestiones del destronado Mohammet, aunque el desgraciado estaba completamente ageno á ella.
Pero cuando el rey de Castilla se ponia sobre Martos, emplazado por unos hermanos llamados los Carvajales á quienes habia mandado dar injustamente muerte, murió cabalmente en el mismo tiempo en que los hermanos le habian citado ante el tribunal de Dios.
Por esa razon llamóse desde entonces á Fernando IV de Castilla el Emplazado.
Por aquel tiempo á principios de la luna de jawal del año 713[74], murió en Almuñecar el desterrado Mohammet, y su hermano Nazar, mandó trasladarle al panteon de la Alhambra y poner sobre su sepulcro la siguiente inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan virtuoso, príncipe justo, sábio en el temor de Dios, uno de los reyes virtuosos, sufrido en los trabajos, laborioso en el camino de Dios, el apacible, el austero, el temeroso de Dios, el humilde, el resignado en Dios en las desventuras y en las prosperidades, morador de los dos paraisos con su meditacion y sus alabanzas, el que encaminaba á las criaturas y mantenia la justicia, camino patente de la confianza y de la bondad, mantenedor del pueblo en su honra con victorias ganadas con propio valor, justicia del trono, decoro y luz resplandeciente del estado, puerta de la ley y de la fé, constante loador de Dios en sus males y en sus desgracias, lucirá en el dia de la cuenta, exacto en la tradiccion y en las obras de la ley y en las altas purificaciones: el dispuesto siempre contra infieles con paso de firmeza y meritorio, observador de la justa medida, carta franca de humanidad, amparador de los templos, defensor de la religion, el escogido, el ínclito, el heredero de los Nazares, heredero de sus estados y de su justicia y laborioso celo en la defensa y gobierno de los pueblos, y en acrecentar sus ventajas y utilidades, el clemente rey, príncipe de los muzlimes, honor de los creyentes, domador irresistible de los incrédulos, el vencedor por la gracia de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles el sultan escelso, prefecto de la direccion, nube de rocío, vida de la tradicion, apoyo de la secta, el laborioso en el camino de Dios, amparador de la ley de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles, el vencedor por Dios Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar, honre Dios su mansion y sea venturoso por su bondad: nació, complázcase Dios de él, en dia miércoles tres de jaban honrado del año 655, y murió, santifique Dios su espíritu, y refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia lunes tres de jawal del año 713. Llévele Dios á las mas altas mansiones de los justos, por la verdad de la ley, y bendiga á los que quedan de su casa. Bendiga Dios á nuestro señor y á nuestro dueño Mohammet, y á los suyos con bendicion cumplida.»
Por el otro lado de la piedra se gravó una inscripcion en verso en que se rogaba á Dios le concediese el premio de sus virtudes; que refrigerase con benignas auras su sepulcro; que le regase con apacible rocío y liberales nubes de clemencia; que le vistiese y adornase de las preciosas vestiduras de su misericordia, y que le colocase en las eternas y felices moradas del paraiso.
Parecia que ocupando ya Abul-Giux-Nazar legítimamente el trono por la muerte de su hermano Mohammet III, debian desaparecer los partidos; pero no fué así; la codicia del mando y de los altos empleos del gobierno, traian enemistados y divididos á los principales caballeros de Granada, y vueltos todos contra el wazir ó primer ministro del rey Mohammet-ebn—Alí-al-Hagib, hombre astuto y cruel, causa de las grandes alteraciones que hubo en su tiempo, y particularmente de la ruina del rey Nazar.
Porque Al-Hagib, en su desmedida ambicion, tenia alejados del palacio á los principales señores de Granada, para que ninguno se procurase la gracia del rey, y desterraba á los unos é injuriaba á los otros, hasta el punto de que fueron ya tantos los ofendidos que formaron bando para destruirle, y destruir, si era necesario, al rey Nazar que le protegia.
Volvieron otra vez á alentar las pretensiones del jóven hijo del walí de Málaga, cuñado del rey y le ofrecieron la corona.
Abul-Walid aceptó; se puso en inteligencias con los conjurados, y el walí su padre envió á Granada ciertas gentes que levantaron un motin, pidiendo la cabeza del wazir Al-Hagib.
Pero el rey le amaba; salió, habló á los amotinados y pudo por el momento conjurar el peligro. Castigóse imprudentemente á algunos, y esto fué origen de una sedicion mas respetable. Muchos caballeros de Granada huyeron á Málaga, incitaron al walí á que se rebelase contra Nazar, y al fin lograron que su hijo, Abul-Walid, partiese contra Granada, acaudillando una hueste numerosa.
Al saberse esto, Granada se dividió en bandos; robábanse y matábanse los unos á los otros, y saciaban mútuamente sus ódios y sus venganzas. Una noche entera duró este conflicto, y al amanecer los que llevaban la peor parte, abrieron las puertas del Albaicin á Abul-Walid, que se apoderó de la alcazaba vieja.
Abul-Giux-Nazar se fortaleció en la Alhambra, donde le cercaron los soldados de Abul-Walid.
Viéndose perdido Nazar, envió cartas al rey don Pedro de Castilla que se encontraba en Córdoba, pidiéndole socorro; pero por pronto que el rey castellano entró en tierras de Granada, tuvo tiempo el walí de Málaga para estrechar á Nazar y obligarle á rendirse, con la condicion de que su sobrino Abul-Walid-Abu-Said, ya rey, le concediese la ciudad de Guadix y su comarca, y seguridad y perdon para los que habian seguido su bando.
Concediólo todo en la alegría del triunfo el nuevo rey; partió Nazar para Guadix, y el rey don Pedro de Castilla, sabiendo estas nuevas, y que ya su ayuda era inútil á Nazar, se volvió; pero no sin talar y saquear cuanto encontró á su vuelta, apoderándose de la fortaleza de Huete.
Nazar vivió tranquilamente en Guadix algunos años sin dar oidos á los consejos de los que le incitaban á que procurase recobrar su corona, y murió tranquilo, resignado con su suerte.
Trajeron su cadáver al panteon de la Alhambra, y el rey mandó se le dedicase esta inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan alto, poderoso, ilustre, de muy gran casa, descendiente de los reyes muy nobles, y de la mas preciada prosapia de los escelentes Al-Ansaríes, el mas alto de linaje, esplendor real y defensa invencible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores de la ley y de la direccion, escogidos celadores laboriosos en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, en su bondad noble, generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul-Giux-Nazar, hijo del sultan alto, amparador, ilustre defensor, rey justo, ínclito, humano, defensor de la ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu-Abdalah, hijo del sultan noble, rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen á Dios, y de los bien intencionados, depósito fiel de la tradicion y palabras del Islam, amparo de la religion y de la fé, el vencedor por Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso príncipe de los muzlimes, Abu-Abdalah-ebn-Nazar; sálvele Dios, y cúbrale con su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale entre aquellos con quienes se complace. Fué su nacimiento dia lunes 24 de la luna de ramazán el grande, año de 686[75]. Fué jurado en dia viernes 2 de jawal año de 708[76], y murió, sepultado la noche del miércoles 6 de la luna de dilcada, año 722[77]. Alabado sea el rey de la verdad, el claro heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el mejor de los herederos.»
Y por el otro lado se leia la siguiente inscripcion en verso:
«¡Oh sepulcro del generoso! sobre tu polvo caigan nubes celestes de amparo, de misericordia y de paz; en tu estrado se oiga siempre la bendicion á un rey noble, generoso de los mas generosos; delicia del género humano, bondad de corazon sobre todas las criaturas; caridad, manantial perenne de gloria, seas feliz con Nazar, el cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores del Islam. Desde la salida del lucero de la religion, desde el alba de la ley, fué su trono de ellos, el mejor amparo de las criaturas. ¡Oh señor de la bondad y de la humanidad! tu casa fué mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y hallaron en tí lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y acercarse á tí, la nobleza y escelencia del orbe; el resplandor de la bondad en su cara, como la luz del dia que quita las sombras. Nunca estuvo la luna en mas perfecto y hermoso plenilunio: los altos méritos de Abul-Giux dan de sí olor vivo como el mosco precioso se descubre aun en sellado bote. Cúbrale Dios con su misericordia, con lo cual se sirva ponerle en la eterna morada de las delicias.»
Abul-Walid-Abu-Said no pudo destruir los bandos á beneficio de cuya lucha habia subido al trono: habianse acostumbrado los magnates de Granada á disponer del poder real y á no concederlo sino á aquel que mas favorecia su ambicion: pero como eran muchos y los altos empleos del reino no bastaban para contentar á todos, se dividian, se hacian la guerra, andaban en perpétuas intrigas y conspiraciones, y el rey para entretenerlos se veia obligado, ya que no podia darles otra cosa, á llevarlos contínuamente contra las fronteras cristianas, de las cuales se volvian generalmente cargados con una rica presa.
Pero esto tenia sus inconvenientes: no siempre los de Granada alcanzaban la victoria: habíanselas con los fronteros cristianos, que de padres á hijos estaban avezados á la guerra: entre estos desastres fué uno la batalla de Hins-Ailai, por otro nombre de Fortuna, donde los fronteros de Martos hicieron un horrible destrozo en los moros de Granada, y poco despues los castellanos tomaron con horrible estrago la fortaleza de Tiscar, obligando á rendirse con mil y quinientos hombres al valiente alcaide Muhamad-Hamdum.
Con tales reveses, con los partidos cada dia mas enconados dentro de su reino, Abul-Walid empezó á recelar de su fortuna y á sentir remordimientos.
Parecióle que lo que le acontecia no era otra cosa que un castigo de Dios por la traicion que habia obrado con el otro rey Abul-Giux Nazar, que le estaba reservada igual suerte, y que solo venciendo á los enemigos de Dios podria alcanzar el perdon de sus pecados.
Por eso el rey estaba triste: por eso de una manera tan sombría, en medio de la pompa de su magestad, salia por la Puerta del Juicio de su alcázar de la Alhambra contra los cristianos.
III.
Tenia además el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.
Esta razon era un sueño.
Un sueño tenaz de amores.
Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo, habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa, y trocarse al fin en un espacio diáfano circundado de una luz blanca, radiante y dulce.
En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches aparecer una figura muy pequeñita, y apenas perceptible, acercarse, crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jóven y hermosa que se acercaba con la túnica flotante como una nube impelida por el viento, al divan donde reposaba el rey.
A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como el marfil, y cándida y pura como la mirada de la jóven tortolilla que aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados, palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor sobre su seno, y sus pequeños pies que cubria y descubria caprichosamente la flotante halda de la túnica.
Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al semblante del rey; pero cuando el rey iba á besarla, la virgen desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas tinieblas, una cruz de sangre y fuego.
IV.
A la primera noche que el rey vió esta vision, despertó encendido de amor y transido de terror.
Túvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvió á reclinarse en los almohadones de su divan.
Pero no logró dormirse.
Veia fijos en él los ojos de la doncella soñada; aquellos ojos que le brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.
Al alba se levantó, y ansioso de olvidar aquel sueño que le atormentaba, salió de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el altozano, en las márgenes del rio y en el arenoso fondo de los barrancos, en el fondo melancólico de las espesuras, y en el oscuro antro de las grutas, allí, en todas partes veía á la hermosa doncella flotando delante de él; y cuando irritado por la vision tendia hácia ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.
Durante siete noches el rey vió en sueños á la doncella misteriosa cada vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.
Durante siete dias que salió á caza pretendiendo borrar la impresion de su sueño en medio de la luz y del aire de los campos y de las montañas, vió en la luz á la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y el aire le trajo el perfume suavísimo, que como emanacion de la doncella misteriosa, respiraba en sus sueños.
V.
Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se atrevia á calcular los años de su vida.
Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura, como podia haber caido sobre un armazon de caña.
Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia de dónde habia venido.
Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las ventanas de la cúpula.
El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.
El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido en una estera.
Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se maravilló el alcaide de la torre.
Aquel viejo imponia espanto.
Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas, cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos, rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.
A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.
—¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era una alegría?
—¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante, y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.
—¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de la torre?
—¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.
—¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion el wazir al alcaide.
—Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.
—¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.
—Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].
—¿De dónde has venido?
—¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.
Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.
—¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir azotado por los frenos de los caballos de la torre?
—De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo, me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he dicho cuanto te tenia que decir.
Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su cuadrante.
—¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes burlarme?
—Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.
Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase, se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.
—Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba, acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido, soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados, teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.
La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio Jacub.
—Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.
¡Y qué hermosa es!
¡Pero tambien cuán terrible!
El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.
El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el plato funesto y se ha retirado despues.
El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.
—De los dos amigos, el uno comió del manjar envenenado; el otro se disculpó con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su apetito y no comió.
Al dia siguiente apareció muerto en su lecho el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.
Tú llevabas á Ketirah, á la parricida, asida de la mano; tú fuiste quien levantaste de su frente de vírgen maldita el velo tras el cual debia ver el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamoró de Ketirah.
Pero Ketirah era ambiciosa, y exigió el puesto de la sultana.
Tú á quien el rey habia hecho su wazir, tú que eras el tercero en los amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel obstáculo desapareciese: la sultana Aleidah, murió por haber aspirado demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.
Ketirah fué sultana; pero no sé que señales vieron los parientes de la sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de tí... porque tú eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia llegado á ser sultana.
Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras, primo del rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.
Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles, el jóven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los ojos en la corona de Granada, y amaba además de una manera desesperada á la difunta sultana Aleidah; tú eres un obstáculo á su ambicion, y sabe ó cree que tú eres el asesino de Aleidah.
De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas tú bajo el puñal de los que ven en tí al causador de dos infames y cobardes asesinatos.
¡Es mucho! ¡es mucho lo que he visto al consultar tu horóscopo!
—¿Y me matará el hijo del walí de Algeciras? dijo con acento trémulo el wazir.
—No; morirás como has matado.
—¡Ah! ¿y cuándo?
—Tendrás tiempo para poner en el trono al hijo primogénito de tu señor.
—¿Pues qué, va á morir el buen rey Abul-Walid?
—¿Acaso pretendes que el rey sea eterno?
—Pero es jóven.
—La muerte no cuenta los años.
—¿Y cómo morirá el rey?
—Mas te importa saber cómo morirás tú.
—¿Y yo?..
—Ya lo sabrás.
—¿Nada mas me dirás?
—Nada.
—¿Qué quieres que diga al poderoso Abul-Walid?
—Dile que en su alcázar está quien es mas poderoso que él.
—¿Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?
—A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado á encenagarme en torpezas; ¿crees tú que si yo deseára la muger mas hermosa de la tierra, no la tendria con solo pronunciar una palabra? ¿Y qué son para mí las mugeres de la tierra, ni los arcángeles del cielo, ni las huríes del paraiso?
—¿Con que nada puedo darte?
—¿Has visto que alguna vez dé el esclavo al señor, el pobre al rico, el débil al fuerte? yo soy un águila, tú eres un vencejo. Vete.
El wazir salió sin saber lo que le acontecia y transido de terror.
Dominóse sin embargo, durante su tránsito hasta palacio, y encontrando en él al rey en la magnífica sala de las dos Hermanas, le habló pomposamente del sábio Abu-Jacub, le encareció las maravillas de la transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey quedó solo dijo profundamente pensativo:
—Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satanás anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces se aposenta en ellos y se hace visible.
¿Será ese astrólogo Satanás?
¿Y si es, qué quiere?
¿No soy un rey temeroso de Dios?
VI.
Abul-Walid fué á visitar aquella noche al viejo astrólogo que de una manera tan estraña, y sin pedirle licencia, se habia aposentado en la mejor cámara de la torre de la puerta de su castillo real, y que tan á su gusto habia transformado el interior de aquella cámara.
Abu-Jacub-Al-Hakem habia prometido en una y otra entrevista al rey levantarle figura y descifrarle su horóscopo: pero con el pretesto de que las conjunciones planetarias no eran propicias, alegando otras veces escusas plausibles, el rey no habia logrado saber ni una sola palabra acerca de su destino por boca de Abu-Jacub.
Pero cuando se vió afligido por la ardiente vision, que tentadora y misteriosa se habia repetido para él siete noches consecutivas, el rey, no pudiendo resistir mas, se trasladó una noche á la torre de las Siete bóvedas, y se entró resueltamente en la vivienda de Abu-Jacub.
—Sé á lo que vienes, dijo este.
—Pues bien, puesto que te he honrado en mi córte, que todos te reverencian y que te llamas mi astrólogo, descíframe mi sueño.
—Ese sueño es una tentacion, rey Abul-Walid; una tentacion que pone á prueba tu nobleza y tu caridad.
—No te comprendo.
—Vas á comprenderme.
Y el sabio abrió uno de los ajimeces.
—Ven acá, dijo al rey.
El rey fué al ajimez.
—Mira hácia el poniente.
—Nada veo, es la noche muy oscura.
Abu-Jacub tocó los ojos del rey.
—Vuelve á mirar, dijo.
—Veo las fronteras de mi reino y la villa fronteriza de Martos.
—Mira aun.
—Veo una casa de solar cristiana: sobre su puerta, en un blason, hay una cruz roja.
—¿No has visto una cruz roja en tu sueño?
—Sí.
—¿Y no crees que esa cruz roja que se vé sobre el blason de la casa del corregidor Sancho de Arias tiene relacion con tu sueño?
—Sí; ¿pero qué quiere decir esa cruz?
—Esa cruz quiere decir que una cristiana causará tu muerte, poderoso rey Abul-Walid.
—¿Es acaso esa cristiana la doncella que yo he visto en sueños?
—Sí.
—Quiero verla.
—Vas á verla en una ocasion solemne: mira.
El rey miró.
—Veo un ancho dormitorio: en aquel dormitorio un enorme lecho; en aquel lecho un caballero anciano, con la cabeza cubierta por un vendaje sangriento, y espirante.
A un lado del lecho hay un faqui cristiano leyendo en una Biblia; al otro lado una muger sencillamente vestida, vuelta de espaldas, que parece orar y tener asidas las manos del herido.
—No veo á la muger de mi sueño; dijo el rey.
—Si por cierto: es esa que está vuelta de espaldas; como se encuentra replegada sobre el lecho no puedes admirar su gentileza; pero tiempo tendrás de verla.
—¿Y qué significa lo que allí sucede?
—Significa que el buen corregidor Sancho de Arias muere á consecuencia de heridas.
—¡Heridas!
—Sí, heridas recibidas hace tres dias en las fronteras de tu reino.
—No tengo noticia de ningun encuentro con los cristianos.
—Tu alcaide de Loja, que intentó una algara sobre la frontera, ha sido vencido, y como prudente no te ha dado noticia de su desastre: ha dejado sobre la frontera cristiana la flor de sus caballeros muertos á manos de los vecinos de Martos, á quienes acaudillaba su corregidor; pero el desdichado no gozó el triunfo; recibió algunos hachazos en la cabeza de manos del tremendo Alí-Athar, tu alcaide en Loja, y hélo ahí espirante. Escucha lo que se habla en esa habitacion.
—Nada oigo; dijo el rey: la vega y las montañas están envueltas en el mas profundo silencio.
Tocó Abu-Jacub los oidos del rey y repitió:
—Escucha.
—Oigo al faqui cristiano rezar en rumy[79]; oigo el sobrealiento y la fatiga del herido que está dominado por un letargo.
—Escucha aun.
—La muger llora.
—Y el herido despierta y parece que cobra aliento, como si le ayudára la mano de Dios.
El rey siguió escuchando.
Hé aquí lo que el rey oyó:
—Padre, dijo el herido: sé que voy á morir, y que necesito de vuestro auxilio y de vuestra presencia: pero veo á mi lado á mi hija; siento su mano sobre mis manos, y recuerdo que antes de morir necesito confiarla un importante secreto, que solo sabe Dios... y yo; y que solo ella debe saber. Dejadnos solos, padre mio, que cuando haya concluido con este último deber que me prescribe mi conciencia, volveré á ampararme de vos.
El fraile salió.
Quedaron solos el anciano que moria, y la jóven que de verle morir lloraba.
VII.
—Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.
Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su semblante.
—¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de amores: esclamó el rey.
—Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.
—Tienes quince años, María, dijo el moribundo.
—Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en tan miserable estado.
—Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he tenido caridad hasta para con mis enemigos.
—¡Yo, señor!...
—Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.
—¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.
—Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.
—¡Ah! ¡señor!
—La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas. Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia, acudí á su llamamiento.
Apenas habia llegado á las puertas de Jaen, cuando la campana del castillo fronterizo de la Guardia empezó á tocar apresuradamente á rebato.
Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, llegó un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al verle se heló. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la frontera en número formidable, habian embestido la villa y el castillo, y los habian entrado á sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron degollados.
A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los lugares cercanos, corrieron á las armas, juntóse un escuadron de infantería con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos desalados en socorro de Alcaudete.
Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego, habian degollado á los hombres y á las mugeres viejas, y se habian llevado cautivas á las mugeres jóvenes y á las niñas.
Cuando yo entré en el castillo, lo primero que encontré fué el cadáver de mi esposa: mas allá mis dos hijas abrazadas y muertas al pié del muro debajo de una ventana: segun las señales, las desgraciadas se habian arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mártires á la deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.
El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lúgubre, pero de una manera terrible, sin derramar una sola lágrima.
El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bóvedas, avanzado al ajimez, pálido, anhelante, con los ojos inmóviles, presenciaba aquella escena que pasaba tan lejos de él, de la misma manera que si hubiera estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia aquella revelacion á la misteriosa virgen de sus sueños, y lo oia y lo veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.
—Yo juré, continuó el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acometí en continuas correrías las fronteras del reino de Granada; asalté aldeas, las puse á sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.
Una noche... una noche lóbrega y terrible, pasé la frontera y me acerqué por atajos y trochas á la villa de Yllora.
En su castillo habia fiesta: un príncipe moro habia ido á aquel pueblo á gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y á recobrar la salud quebrantada: le divertian con una zambra.
Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza en que se encerraban centenares de hombres llevados por el príncipe infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos fronteros arrimaron en silencio sus escalas á los muros, y treparon y saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.
Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de combate y ayes de agonía. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre sí todo el ejército de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes nos cebamos en su alcance. Fué una buena carnicería de infieles, que llenó de luto á Granada, y la presa magnífica; porque el príncipe moro habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas y en dinero. Pero el principal tesoro que encontré, fuiste tú, María.
—¡Yo! esclamó la jóven.
—Sí; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos retirábamos, al pasar por delante de una cámara, oí el triste llanto de un niño abandonado.
Entré. En una magnífica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, ví una niña que al acercarme yo me tendió sus bracitos.
Y ¿qué daño ha hecho á nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita Dios que yo tiña mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al cielo.
Y te tomé en mis brazos y te llevé sobre el caparazon de mi caballo á Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste María en ofrenda á la santa Vírgen, y te adopté por hija, y pensando yo en que algun dia serias muger, y amarias...
—¡Ah, señor!
—Sí; que amarias... y has amado; amas.
—Es verdad.
—Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á Gonzalo Nuñez.
—Es verdad, dijo María ruborizándose.
Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles, vengativos, llenaron su alma.
—¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!
—Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío Abu-Jacub.
—Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.
Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio: él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.
—Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.
—¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un oficio para poder casarse conmigo.
—Si él es pobre, tú eres rica, María.
—¡Rica yo!
—Sí; ya te he dicho que cuando te adopté pensé en que un dia serias muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una buena dote: pensando en esto, guardé para tí un tesoro que encontré en la habitacion donde habias quedado abandonada.
—¡Un tesoro!
—Sí; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada. Encontrarás una bolsa.
—Héla aquí: dijo María sacando de debajo de la almohada una bolsa de seda á manera de saco, cerrada por dos cordones.
—Abre la bolsa y toma una llave que encontrarás en ella.
María sacó de la bolsa una pequeña llave.
—Abre ahora aquel armario, dijo el anciano señalándola uno que habia al fondo de la alcoba.
La jóven se levantó, fué al armario y le abrió.
—Está vacío: dijo.
—No importa, tira hácia tí de la primera tabla; sácala.
María desencajó la tabla.
—Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. ¿Qué ves?
La jóven miró con cuidado.
—Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de él un agujero.
—Mete la misma llave del armario y tira.
María tiró.
—Saca lo que encuentres dentro.
María metió la mano en el cajon, y encontró otra bolsa de seda pero mas grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadísima con relacion á su volúmen.
Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido á ella estaban escritas estas palabras. «Dote de María.»
Además la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.
—Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.
Abrió la bolsa María, metió la mano, encontró un objeto, y le sacó.
Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes y rubíes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de oro, cubierta de diamantes.
—¡Oh, Dios mio! dijo la jóven, ¿y habeis pasado estrecheces, señor, teniendo esta rica joya?
—Era parte de tu dote, pero aun queda mas.
La jóven metió la mano y sacó dos magníficos brazaletes, cincelados, esmaltados, cuajados de pedrería, que estaban unidos el uno al otro por una cinta de seda.
María miró sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella habia mirado el collar y las puso junto á este á los pies del lecho del moribundo.
Volvió á meter la mano y sacó dos arracadas tan ricas y tan maravillosas como el collar y los brazaletes; sucesivamente sacó veinticinco sortijas de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceñidor de oro, perlas, diamantes y rubíes.
El aderezo completo por último de una mora riquísima, de una sultana.
Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias brillaban, relucian, arrojaban destellos fúlgidos al recibir la móvil luz de la lámpara que alumbraba el dormitorio.
—Como ya te he dicho, continuó el moribundo, esas joyas las encontré en la misma habitacion en que tú estabas, en una arca en que habia ropas de muger, que no tomé por embarazosas. Su valor me maravilló; pero lo que me maravilló mas, fué el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del collar. ¿Qué muger podia haber llevado aquella alhaja? Sábelo Dios; pudo ser tú madre.
—¡Mi madre!
—Dios lo sabe.
—¿Pero no sabeis quienes fueron mis padres?
—Por la habitacion en que te encontré, por la cuna en que estabas, por los amuletos que te cubrian á la usanza mora, juzgué que debias ser hija de aquel príncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis fronteros... Pero despues nada supe. ¿Y qué te importa? vale mas que pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese príncipe, rico y poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardará la tumba. Guárdale tú si no es que quieres, cediendo á la soberbia humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas que ese grande, como infiel, esté desheredado del cielo.
—¡Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...
—Servirán para asegurar el pan á tus hijos si te casas con Gonzalo Nuñez.
—¡Gonzalo Nuñez! sabe Dios lo que habrá sido de él. Hace un año, padre, que se despidió de mí: he recibido una sola carta suya allá desde la frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he vuelto á tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser mi esposo.
—¡Muerto! ¿quién sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno, como muero yo.
—¡Oh, Dios mio! ¡si eso fuera cierto!..
—Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse. Eres jóven, hermosa y rica, y no te faltaría un nuevo amor.
—Pero yo no puedo, yo no debo amar á otro mas que á él.
—¡Que no debes!... ¿acaso, María, has sido débil? ¿acaso has olvidado lo que no debe olvidar jamás una doncella honrada?
—¡Ah! ¡no, no, padre mio! repuso la jóven poniéndose densamente encendida. Vuestra hija no ha olvidado jamás lo que debe á vuestra honra, ni él jamás ha pretendido de mí nada deshonroso.
Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respiró recio como aquel que se vé libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron silencio el moribundo y la jóven, dijo á Abu-Jacub sin apartar la vista de aquel remoto dormitorio de Martos.
—Amor de niños; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.
—No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un momento la vista de María y de Sancho de Arias y fíjala en el camino de Castilla, á la frontera, cerca de Martos.
—Está la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.
—Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.
Entonces el rey, á pesar de la oscuridad, vió un largo y estrecho camino y galopando por él, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas, caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.
—¿Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia á avisar á María de que su amante vive?
—Mas que eso: el que cabalga delante con arnés tranzado y espuela de caballero, es el mismo Gonzalo Nuñez; el que cabalga detrás, su escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de María vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon, honrado por sus hazañas y rico por las presas que ha hecho á los moros de Murcia. Síguelos, y verás cómo sin vacilar entran en la villa, cómo antes de ir á su propia casa Gonzalo Nuñez llega á la casa del corregidor Sancho de Arias y llama á grandes aldabadas; María le abre, un escudero le dice que su amo está espirando, y el jóven á pesar de lo embarazoso y pesado de la armadura, sube á saltos las escaleras, cruza y atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su amada.
Escucha ahora y mira.
—¿Qué es esto, señor? dijo Gonzalo Nuñez levantándose la visera: ¿cómo os encuentro así?... ¿pero Dios no querrá?...
—Dios lo quiere, y llegais muy á tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida se me acaba y mi hija va á quedar huerfana.
—No lo será mientras yo viva, señor.
—Sí, vos sereis su esposo.
—¡Cómo, señor! ¿sabeis?
—Lo sé todo; sé que por su amor habeis ido á buscar fortuna á cambio de vuestra vida.
—Y la he encontrado, señor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que vos habeis realizado de que María fuese mi esposa.
—Sí; hijos mios, sí, y escuchad: casaos inmediatamente.
—¡Cómo! dijo María mientras Gonzalo guardaba un silencio de asentimiento egoista; ¿caliente aun vuestro cadáver?...
—Lleva por mí tu luto en el corazon, no en los vestidos, María; no esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el que pase un año despues de mi muerte. Únete á él, y para que tengas una obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.
Los jóvenes se acercaron y el anciano asió sus manos y las unió.
Entonces los dos jóvenes cayeron de rodillas.
—Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida y cada vez mas débil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas muerto yo... ¿pero á qué esperar mi muerte?.. ¿no hay en la casa un sacerdote?...
Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase á la tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia sostenido, le atacó una tos violenta, se le abrieron las heridas, y arrojó un vómito de sangre: tras el vómito vino la muerte.
—¿A qué quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa? dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el fondo oscuro de la noche.
—Pero se casará la vírgen de mis sueños con ese cristiano? dijo pálido y convulso Abul-Walid.
—No, si tú quieres, dijo el mago: pero para evitarlo será necesario que levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.
—Caeré, caeré, gritó Abul-Walid, y la doncella de la frente pálida no será de otro que será mia.
Y arrojando su bolsa al mago, salió de su morada y se precipitó rápidamente por las escaleras de la torre.
—Vé, vé, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el mago: eres mio: vas á buscar tu condenacion en esa muger.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Incitado, pues, por el amor de María, y con el pretesto de hacer una algara en las fronteras cristianas, salió el rey Abul-Walid por la Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y rodeado de sus caballeros.
VIII.
¡Qué hermosa está una virgen cuando se atavia para sus bodas!
¡Qué bello sobre su frente de azucena, el encendido color del clavel, que enciende un enamorado y misterioso pensamiento!
¡Oh! ¡y cuán hermosa estaba María!
Han pasado tres dias desde la muerte de Sancho de Arias, y el dolor que esta muerte la ha causado, dá á sus ojos, á sus megillas, á su boca, una dulce languidez que la hace mas hermosa.
La impaciencia de Gonzalo ha triunfado, ayudada por el último deseo de su padre, y acaso tal vez por una impaciencia de que ella no quiere darse cuenta.
Se está engalanando: se está poniendo sobre sus galas las magníficas joyas que habia guardado para ella Sancho de Arias.
Los espera el altar: despues caerá sumisa y enamorada entre los brazos de su esposo, y al dia siguiente guardará aquellas joyas y aquellas galas para vestirse un luto justo.
Pero la vírgen no debe ir al altar enlutada: seria un casamiento demasiado lúgubre, al que pareceria asistir como un testigo invisible la muerte.
Una anciana, que la ha servido de nodriza, la engalana llorando.
Porque la esperiencia fria dice á la anciana que cuando una muger se casa, entra en una nueva via á cuyo fin puede encontrar el mayor de los infortunios.
El infortunio del corazon.
Nadie mas asiste al atavío de la hermosa.
Sus cabellos destrenzados, sus hombros y su seno desnudos, no la obligan á avergonzarse, porque quien la vé es casi su madre: ha visto nacer aquellos encantos; nada hay en María que la sea ageno: la cree su hechura, y la jóven no cree que la ven los ojos de otro, porque los ojos de la anciana son como si fueran sus ojos.
Y sin embargo, hay una espresion de orgullo en los ojos de la nodriza, y,
—¿Qué hermosa eres? esclama: ¿dichoso el hombre para quien Dios te ha criado? ¡Oh! ¿qué feliz será?
Y la jóven se sonrie y se ruboriza.
Y entre tanto el hombre que vá á ser feliz, espera impaciente en otra habitacion, rodeado de sus deudos y de sus amigos, á que la desposada acabe de ataviarse, y cuenta el tiempo por los latidos de su corazon, y en cada ruido que llega hasta él, cree percibir el ruido de los pasos de su amada.
Hace un hermoso dia: Dios le bendiga.
El sol ha amanecido mas puro que nunca.
Parece que el sol ama tambien y toma parte en las bodas.
La campana de la iglesia llama á la oracion.
Los pájaros cantan en el huerto.
Las brisas de la mañana agitan con blando ruido las enredaderas del balcon.
¡Oh! ¿qué dia tan hermoso?
Y las jóvenes que van á la iglesia á oir la primera misa, dicen con acento de enamorada codicia á su vecina:
—Hoy se casa María, la hija del difunto corregidor.
—¿Con quién se casa? dice una vieja.
—Con el hijo de Nuño Nuñez, con Gonzalo.
—¡Oh! ¡bendígalos Dios! dice la vieja: ¡tal para cual!
Y la noticia cunde por la villa, y hay quien deja el trabajo por ver casarse á la doncella mas hermosa de la frontera, con el galan que en toda la frontera se conoce por mas gentil y mas bravo.
Y hay quien añade:
—El difunto corregidor no ha querido que le entierren hasta que esté casada su hija con Gonzalo Nuñez.
Y otro dice:
—Y ha querido que su hija vaya hecha un ascua de oro, con ciertas alhajas que él allá en otro tiempo tomó á los moros. Ya vereis, ya vereis como María viene hecha una imágen.
La iglesia se va llenando de gente: y los monaguillos suben á la torre, para repicar cuando asomen los novios allá por lo último de la calle Real, y el sacristan saca el terno mas lujoso para el señor beneficiado, y luego cubre de blandones el altar mayor, y manda avisar al organista.
Porque el señor Gonzalo Nuñez ha vuelto rico de la guerra, y quiere casarse como un rey, con música y luces, y la iglesia colgada de damasco rojo con espejuelos.
Y cada vez van acudiendo mas muchachas engalanadas, y la iglesia se llena y todos esperan.
Y el rey Abul-Walid-Abu-Said, desgarra entre tanto los hijares de su corcel, y blande la lanza de dos hierros, y mira ansioso el camino adelante, y tras él van sus moros de Granada, sus moros, que cubren el camino como una larga serpiente herizada de lanzas, y que corren, corren, vuelan como el semoum, detrás de su rey que cabalga el delantero, y de su estandarte real, que ondea junto al pendoncillo de la lanza del rey.
—Y ¡corre, corre que el sol sube! grita Abul-Walid á su caballo; ¡corre que tocan á fiesta las campanas de Martos, y ese toque me espanta! ¡corre, Lucero mio, y te regalaré un pretal de oro, y te coronaré de garzotas de diamantes! ¡corre, Lucero mio, corre, que me roba el cristiano la vírgen de la frente pálida!
Y cada moro dice á su caballo:
—¡Corre, corre, que el rey vuela! ¡corre, que allí están la doncellas cristianas y la rica presa, y los cautivos que se truecan por oro! ¡corre, corcel mio, corre, que el rey vuela, y allí en la cercana villa, están el amor y la fortuna!
Y pasan como un torbellino y zumban como el huracan, y los labriegos al verlos acercarse huyen despavoridos hácia los muros gritando:
—¡Los moros! ¡al arma la tierra! ¡los moros de Granada vienen en busca de nuestras mugeres y de nuestra plata!
Y allá van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente que le sigue.
Y las campanas de la villa siguen repicando.
Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la mañana.
Y los pájaros cantando en las arboledas.
Y entre tanto por la calle Real de la villa, hácia la plaza, vá María, hermosa y resplandeciente, modesta y pálida, los ojos en el suelo, agitado el seno, pensando á un tiempo en su amor y en su padre muerto, y en aquel otro padre moro á quien no conoce, y en las alhajas que la adornan cree sentir el espíritu de su madre.
Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo en tiempo dos lágrimas tranquilas por sus megillas.
Y la rodean dueñas y doncellas, y se asoman á las ventanas para mirarla, y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.
Y las mugeres miran con envidia al novio, y á María y á sus alhajas.
Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en el novio que vá tras de María, con los ojos fijos en ella, al lado de su padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.
Ya llegan á la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.
Y empieza la misa.
Todos callan: todos están de rodillas.
Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el órgano que le acompaña.
Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone á la voz del beneficiado y á la del órgano.
Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y luego otro y otro.
Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden, todos quieren huir á un tiempo.
Porque aquel trueno, seco, rápido, poderoso, es la voz de las máquinas de esterminio[80].
Los hombres corren á las armas; las mugeres van estremecidas de espanto en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jóvenes siguen á sus madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador y el ladrido de los perros.
La fiesta se ha trocado en combate.
Los fronteros de Martos, á medio armar, sorprendidos, pelean en las calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan, que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada puede contener.
Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de las ballestas.
Oyése el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va á abollar las jacarillas templadas con las aguas del Genil.
Algunos vecinos pretenden atajar el paso á los moros, pero Abul-Walid rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojándolos muertos á ambos lados de su paso; como el javalí se abre una senda por medio de la maleza que rompe con sus colmillos.
—¡Y pisa, pisa á esos perros! gritó Abul-Walid á su caballo: ¡avanza, Lucero mio, avanza; báñate en sangre hasta las cinchas, que yo te regalaré un pretal de oro, y coronaré tu cabeza con garzotas de diamantes! ¡Avanza, Lucero mio, avanza! ¡holla á esos perros! ¡la vírgen de mis sueños dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre los cristianos las sombras de la muerte!
Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y feroz, y salta sobre los cadáveres y lleva á su real ginete allí donde los fronteros están mas apiñados.
Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la mirada sangrienta é impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra y gritando sin cesar á su caballo:
—¡Písalos, Lucero mio, písalos: y yo te honraré poniendo sobre tu espalda la hermosa vírgen de las crenchas de oro!
Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el combate.
Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles de la villa.
Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles rojos para que no los manche la sangre.
¿Pero quién es aquel otro ginete que por la otra parte de la villa avanza llevando tras sí una taifa de caballeros abencerrajes entre los cuales ondea un estandarte verde?
Monta en una yegua blanca como la aurora; ciñe lucientes armas, y sobre su casco ondean plumas azules y encarnadas.
Y hermoso, y jóven, y valiente, y fiero.
Brilla en sus ojos algo de régio que impone respeto, y algo de sombrío que espanta.
Su semblante es dorado como el sol, y su rizada y negra barba, remeda sortijas de ébano.
Es Mohammet-ebn-Ismail, infante de Granada, primo del rey, hijo del walí de Algeciras.
Bien se conoce en su semblante y en sus proezas la autoridad de su persona, y en la bravura con que hiende por los cristianos lo guerrero de su raza.
Es muy jóven, y sin embargo ya ha ceñido muchas veces la sangrienta corona de la victoria, y acompaña en esta ocasion al rey de Granada, porque un caballero que tanto vale no puede quedarse en la ciudad adormido al son regalado de las zambras, mientras su rey oye el alarido de la pelea.
Pero Mohammet solo busca nuevos triunfos, mientras el rey amores: Mohammet grita mientras el rey invoca á la vírgen de sus sueños.—¡Solo Dios es vencedor!
Y Dios fortalece su brazo, y le convierte en un rayo que destruye cuanto toca.
¡Ay de los fronteros de Martos!
Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de los moros vencedores.
Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos implacable.
Solo quedan en Martos niños y mugeres.
Mugeres y niños que los moros sacan cautivos á vuelta de la presa.
Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos sagrados, van á amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.
Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para hacer el reparto.
Nadie hay que resista ya.
Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.
Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa dá salida á la muerte.
Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.
El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en mano hácia la puerta.
Otro jóven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes, Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto á él.
Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.
Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye á su derecha un grito de muerte.
El bravo Aben-Osmin ha caido á su lado atravesado el pecho por una vira.
Y al verle caer, el infante gritó á los suyos:
—Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni niño.
Y se lanza hambriento de venganza en la casa.
¿Pero qué le detiene de repente?
Ha entrado en una gran sala.
Aquella sala está colgada de negro.
En medio de ocho blandones hay un cadáver.
El cadáver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y á cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.
Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado á la par con él, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan de una hermosísima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya hermosura aumenta el terror que lucha débilmente con los esclavos, y sobre la cual se levantan los corvos alfanges.
Y un grito de horror del infante detiene á los esclavos y el infante llega y mira á la doncella.
Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella niña.
Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin á la hermosa asiéndola dulcemente una mano.
—No tiembles gacela de oro, flor de la humbría, lucero de la tarde, sol de la hermosura.
No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.
No para ser cautiva sino señora.
Yo entré aquí libre y bravo, y héme cobarde y cautivo.
Yo vivia y muero.
Yo veía y he cegado.
No tiembles gacela de oro, rocío del alba, luz de los cielos.
Quien tú has muerto te dá vida.
Quien te ha cautivado te hace señora.
Aunque el moro sabe el habla castellana, trasportado por su amor la habla en árabe.
Que cuando amamos, cuando queremos comunicar todo nuestro amor al alma que nos lo inspira, no encontramos otro lenguaje mas elocuente que el dulce lenguaje de la patria.
La doncella solo comprende que el jóven príncipe la enamora, porque el acento del amor se hace entender á todas las gentes, se ruboriza, palidece, baja los ojos y prorrumpe en llanto.
Entonces el infante mas repuesto habla en castellano.
—¿Por qué lloras? la dice, ¿acaso has perdido á tu madre?
—¡Mi padre ha muerto! dice María, señalando el cadáver de Sancho de Arias, ¡mi padre ha muerto!
—Yo honraré su cadáver, y le seguirán arrastrando los pendoncillos de sus lanzas por el polvo en señal de luto mis caballeros abencerrajes.
—¡Mi esposo ha debido morir tambien! El uno ayer, el otro hoy ¡oh! ¡que os maldiga Dios!
—¡Tu esposo! ¡amabas á un hombre!
—Y le amo, esclamó llorando María.
El infante se pone pálido y luego dominándose dice apartando á un lado á María.
—¿Estás segura que tu esposo ha muerto?
—Sí, porque me tienes en tu poder y no le veo, contesta María.
—¿Estaba contigo aquí en esta casa?
—Sí.
—Escucha, amor de los cielos; oyéme y no me mires como á un enemigo. No sé por qué te amo, te amo como si fueras alma de mi alma, y no tengo celos de ese hombre á quien amas. Escúchame, sultana de las huríes; por enjugar tu llanto, daria yo mi nombre y mis riquezas, y mis victorias y mis frondosos cármenes del Darro, y mi castillo de Al-Padul; y mi libertad y mi vida. Escúchame: buscaremos á tu esposo, le buscaremos, y si vive yo le protegeré á todo mi poder, y si está herido yo haré que mi sábio médico le cure, y si ha muerto... ¡oh! ¡que haré yo para secar tu llanto, luz de mis ojos, hermana mia!
—¡Oh! ¿es verdad lo que decís, señor? esclama María no acertando á comprender en un moro á quien mira con ódio tanta generosidad.
—¡Que si es verdad! mentira sea la luz del sol y el azul de los cielos y quede mi alma en tinieblas si te engaño. ¿Y á qué habia yo de engañarte, lucero de mi vida? ¿No te tengo en mi poder? ¿quién podria defenderte de mí, si yo mismo no te defendiese?
—¡Oh! ¡señor! ¡Dios os bendiga! dice María arrojándose á sus pies.
—Escucha: la contesta alzándola el infante; eres muy hermosa, y si el rey te vé podrá codiciarte. ¡Ay entonces del rey! ¡ay entonces de mí! las joyas que te engalanan traerian sobre tí todas las miradas, dame esas joyas sultana; yo te las guardaré, y te las daré dobladas; si son de tu madre yo te daré la mitad de las joyas de la mia. Pero pronto, que se oyen los atabales; dame esas joyas, envuélvete en tu velo y sígueme.
María se quita una tras otra las joyas y las entrega al infante Mohammet que las guarda en su escarcela, luego se cubre con su velo y el infante la ase de la mano y dice á sus esclavos:
—Quedaos aquí y guardad ese honrado cadáver que duerme el sueño de los valientes bajo los trofeos de la victoria. Que nadie se atreva á insultarle. Sígueme sultana, es necesario ponerte cuanto antes en salvo, entre mis ginetes. Yo te rodearé de lanzas como de un muro, y mi caballo de batalla se convertirá en cordero del amor.
—¡Y mi esposo! dice acreciendo en llanto María.
—¡Oh! ¡es verdad! ¿decias que estaba en esta casa?
—Sí.
—¿Que la defendia?
—Sí.
—¡Oh! ¡quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las palabras lastimen el corazon de María.
Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadáveres que vuelven los esclavos.
Y—¡Ese era su padre! ¡ese era su hermano! ¡ese era su amigo! esclama á cada uno que vé, anegada en lágrimas María.
Pero de repente, en el zaguan la infeliz á la vista de un caballero ensangrentado é inerte, dá un grito horrible.
—¡El es! esclama.
Y cae desvanecida entre los brazos del infante.
—¡Ese! ¡ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al mismo tiempo Ebn-Ismail. ¡El! ¡el matador de mi amigo, de mi hermano Aben-Osmin! ¡El! ¡á quien en venganza de la sangre de mi hermano de guerra, abrí yo las puertas de la muerte con mi hacha!
Y es verdad: Gonzalo Nuñez tiene la cabeza herida de un hachazo.
—¡Oh! ¡el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. Sí, le conozco bien á pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fué el primero á quien encontramos cuando se abrió la puerta. Y si no ha muerto, ¿he de salvar yo á este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y caritativos en nombre de Dios Altísimo y misericordioso, y que él tenga compasion de nuestra alma, añade arrojando una mirada de amor desesperado á María.
—Que venga al punto mi sabio médico Ayub, añade: buscadle: él me sigue siempre en el combate.
Y—Aquí estoy, noble señor, responde un anciano de luenga barba blanca, vestido sencillamente con una túnica parda, y ceñida la cabeza con una toca blanca.
—¿Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.
—Sí, si señor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivirá á la herida.
—¡La ciencia es hija de Dios! ¡Ayub: alienta esa vida! ¡aliéntala como si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamaré mi padre! Partamos de aquí antes que el tumulto crezca: partamos á mi castillo de Al-Padul antes que sobrevenga el rey. Ocultémosla á sus ojos. Salvémosla para su amor.
Y dejando momentáneamente á María en brazos de un wazir de sus abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos esclavos, y luego toma sobre el arzon á María, y parte rodeado de sus caballeros.
Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le detienen.
—Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclamó con altivez. Paso esclavos.
Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le contestan:
—El rey manda que ninguna muger salga de los reales.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y Abal-Walid, ébrio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra, busca entre tanto por todas partes de la villa á María; levanta los velos de todas las mugeres, y las entrega irritado á su soldadesca: entra y sale en las casas hasta en las que están arruinadas; hace revolver las ruínas y nada halla; pasan las horas y crece la desesperacion y la cólera del rey, y al fin llega la tarde sin haber encontrado á María.
Y cuando el sol estaba próximo á ponerse, cuando ya desesperado iba levantar el campo, un esclavo le dice:
—Tú buscas, señor, á una hermosa cautiva.
Y el rey le responde:
—Sí: ¿la conoces tú?
—Hé visto una hermosísima cristiana, entre las gentes del infante Ebn-Ismail.
—¿Tiene los cabellos rubios?
—Como el oro.
—¿Y la frente blanca?
—Como el alba.
—¿Y los ojos negros?
—Como la noche.
—¿Y dices que esa doncella está en poder del infante Ebn-Ismail?
—Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnífico sultan.
El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].
Y entonces vé, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero ismaelita adelanta llevando de la mano á una cristiana á un cercano bosque, y el rey, apartándose bruscamente de los suyos, aprieta los acicates á su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque, descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un perro, se pierde solo en la espesura.
IX.
Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y María se dirigen al bosque.
Ella vá enteramente cubierta con el velo, y bajo él corren las lágrimas y se oyen sollozos ahogados.
—No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el corazon: no sé por qué te amo como amaba á mi madre: no llores, el hombre á quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvértele; y tu padre, sus nobles restos, serán respetados y honrados.
María continúa sollozando.
—Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habrá ocultado del rey que podria cegar ante tu hermosura: ¡ay del rey si pretendiera hacerte su esclava! pero no temas; tú y yo y algunos de los mios esperaremos aquí ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondré en salvo.
Y María continúa callando.
—Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la Azubia, un hermoso y retirado palacio: allí hay hermosos jardines, frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarán á las miradas de todos, y ni el sol te verá, si no quieres que el sol te vea. ¿Por qué lloras, pues, hermana mia? ¿pretendo yo ser tu tirano?
—¡Mi padre! ¡mi esposo! esclama la infeliz María, acreciendo en sus lágrimas.
—Tu padre está en el lugar que el Altísimo concede á los honrados y á los valientes: tu esposo... ¿sabes tú si algun dia le encontrarás?
—¡Oh! ¡pluguiera á Dios, para que se secáran mis lágrimas! dice María.
De repente el infante se detiene y pone mano á su espada.
Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y adelanta como un tigre hambriento hácia el infante y hácia María.
—¿Por qué te detienes? dice esta al infante.
—¡El rey! murmura el infante con voz estremecida por la cólera.
—¡El rey! repite María, y sin saber por qué se estremece y tiembla.
X.
—¡Guárdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercándose. ¿A dónde llevas á esa cristiana?
—Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado mucha sangre de mis escuadrones, y la pérdida de mi amigo Aben-Osmin, que se cuenta entre los mártires de la victoria. ¿Acaso pretendes, señor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?
María calla y tiembla.
—¡Mio es el quinto de las presas! esclamó con voz temblorosa el rey: ¡mia la potestad de elegir entre la presa lo que mejor quiera! ¡Yo soy el señor y tú eres el esclavo! ¿Te atreverás á oponerte á mi voluntad?
—Tu siervo soy y lo confieso, dice Ebn-Ismail conteniéndose á duras penas, porque por el lado por donde habia venido el rey empezaban á asomar esclavos de su guardia africana: tu siervo soy; ¿pero no merecen mí valor y la sangre que por Dios y por tí he vertido en una y otra batalla, que me concedas esta esclava?
El rey entonces adelanta hácia María y la levanta de sobre el rostro el velo; y al verla tan hermosa, con el semblante cubierto de rubor, inclinado á la tierra, y temblando de espanto, la reconoce; su corazon se abrasa en un fuego impuro, y grita fuera de sí:
—¡Esta es mia!
—¡Tuya! esclama el infante en el colmo de su furor.
Pero los esclavos africanos llegan; el infante está solo; medita que una resistencia inútil solo servirá para privar á María de un defensor generoso, y contesta:
—Tuyo es, señor, cuanto es de tu siervo: llévate á la cristiana, y si en ello crees que hay un sacrificio por mi parte, sirva para aumentar en uno los sacrificios que por tí he hecho.
Y sin decir mas palabra se vuelve desesperado, se aleja dejando en poder del rey á María, llega á sus abencerrages, y,