LEYENDA II. EL MIRADOR DE LA SULTANA. (continued 2)
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—¡Ah señor! tú has nacido para la gloria y para la fortuna: esclamó Yshac tristemente.
—¿Paréceme que te pesa de mi felicidad? dijo con recelo el rey.
—¡Ah! no, no señor: es que soy tan desgraciado que la alegría me entristece, y hoy hasta el dia es alegre.
Hubo un momento de silencio:
—Pero esto no importa, continuó Yshac; lo que yo queria lo he conseguido, Leila-Radhyah y Bekralbayda son felices; ¿qué mas puedo yo desear?
—A propósito, es necesario que vayas á traer á Bekralbayda; el camino es por aquí.
Y el rey abrió una puerta secreta.
Cuando salia Yshac, entraba por otra puerta una muger magnífica y resplandeciente: era Leila-Radhyah.
—¡Ah! ¡luz de mis ojos! esclamó el rey: al fin luce para nosotros el dia de la felicidad.
—Y para nuestros hijos tambien.
—¡Oh! ¡y cuán lejos está de sospechar su ventura mi hijo!
—¡Y cuán digno es de ser feliz! ¡pobre niño! tres meses encerrado con su amor y su desesperacion en aquella torre.
—Eso le hará mas querido á su esposa, y le enseñará á respetar mas mis órdenes; pero ve, ve tú por él, vida de mi vida: quiero que tú seas quien me le traiga á mis pies para que le perdone.
Leila-Radhyah sonrió de una manera enloquecedora, lanzó un relámpago de amor de sus negros ojos al rey, y desapareció por una puerta.
Al-Hhamar el magnífico, sacó entonces de un arca un pliego cerrado y le puso en una bandeja de oro sobre una mesa.
Pasó algun tiempo, y al fin aparecieron por dos puertas distintas Leila-Radhyah, trayendo de la mano al príncipe Mohammet; Yshac-el-Rumi, llevando del mismo modo á Bekralbayda.
Al verse los dos jóvenes delante del rey, palidecieron y temblaron.
No sabian lo que iba á ser de ellos.
El rey adelantó hácia Bekralbayda, la besó en la frente, la asió de la mano y la llevó hasta su hijo, á quien abrazó.
—Tú amas á Bekralbayda, dijo el rey Nazar al príncipe Mohammet.
El príncipe bajó los ojos, creció su palidez y mirando al fin á su padre con temor le dijo con acento trémulo:
—Tanto la amo, que por ella he provocado tu enojo, señor.
—Y tú, tú tambien amas al príncipe mi hijo, Bekralbayda.
—El destino ha querido que sea suya mi alma, contestó Bekralbayda.
—Tú, dijo el rey Nazar dirigiéndose á su hijo, has tenido celos de tu padre.
—¡Ah señor! murmuró el príncipe.
—Y tú, añadió el rey, volviéndose á Bekralbayda te has creido amada por mí.
Bekralbayda calló.
—Es verdad dijo el rey que yo he buscado tus amores.
Leila-Radhyah palideció intensamente al oir esta confesion del rey y dió un paso hácia adelante.
—Pero antes de pedirte amores, continuó el rey Nazar, escribí lo que se contiene en ese pergamino que está cerrado sobre esa bandeja y sellado con mi sello. Tú Bekralbayda escribiste tu nombre sobre el pergamino cerrado ¿le conoces?
El rey tomó el pergamino y le mostró á Bekralbayda.
—Sí señor, dijo la jóven, este es el pergamino que tú escribiste la primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me mandaste escribir mi nombre.
—¿Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? añadió el rey volviéndose al viejo.
—Sí señor, dijo este, tú escribiste ese pergamino y le sellaste y mandaste que pusiese sobre él su nombre á Bekralbayda, la primera vez que hablaste con ella.
—Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenróllale y léele en alta voz.
La jóven obedeció, desenrolló el pergamino y leyó con voz trémula lo siguiente:
«He conocido una doncella blanca de ojos negros.
Es hermosa como las huríes que el Señor promete á sus escogidos, y pura como la violeta que se esconde entre el cesped á la márgen de los arroyos.
Mi hijo primogénito, el príncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi compañero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.
Por ella ha desobedecido mis órdenes, ha dejado abandonadas en el castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido á Granada enloquecido de amor.
Yo debo castigar al príncipe y le castigaré.
Pero yo tambien debo hacer su felicidad y procuraré hacerla.
Ama con toda su alma á Bekralbayda.
Bekralbayda será esposa de mi hijo si es digna de su amor.
Yo rodearé á Bekralbayda de cuantas seducciones pueden enloquecer á una muger.
Me fingiré enamorado de ella.
La ofreceré mis tesoros, y si esto no bastare, la ofreceré mi trono.
Si resistiere á esto, procuraré aterrarla.
Si Bekralbayda no resiste á la ambicion, la alejaré de mi hijo.
Porque una muger que ama, y que ha pertenecido á otro hombre debe despreciarlo todo por el hombre de su amor.
Si resistiere á la ambicion y sucumbiere al miedo, la apartaré tambien de mi hijo, porque una muger que ama, debe morir antes que ofender al hombre de su amor.
»Pero si Bekralbayda conservare la fé que ha jurado al príncipe mi hijo, á pesar de mis dádivas, de mis promesas y de mis amenazas, será esposa del príncipe, porque será digna de él.
Yo por mí mismo pondré á prueba la virtud de Bekralbayda, porque tratándose de la felicidad de mi hijo, de nadie me fio mas que de mí mismo.
Despues de haber adoptado esta resolucion he escrito esta gacela, que enrollaré y sellaré, y sobre la cual pondrá Bekralbayda su nombre.
De este modo, ya la entregue á mi hijo, ya la separe de él, podré hacerla comprender cuáles han sido mis intenciones al pedirla amores, y no podrá dudar de mi nobleza y de mi fé como caballero y como rey.»
Bekralbayda habia leido lentamente y con acento trémulo este escrito; durante su lectura el corazon del príncipe y de la sultana Leila-Radhyah habian latido violentamente.
—Ya lo habeis oido, dijo el rey: necesitaba saber si Bekralbayda era digna de mi hijo, y la he sujetado á grandes pruebas: Bekralbayda ha salido de ellas victoriosa: Bekralbayda es la esposa de mi hijo.
Y asiendo á la jóven de la mano, la arrojó en los brazos del príncipe.
Los dos jóvenes se arrojaron á los pies del rey Nazar, llorando de alegría.
Leila-Radhyah lloraba tambien.
Yshac-el-Rumi, estaba pálido, trémulo, con la vista fija en el suelo.
En aquel momento resonó fuera una alegre música, y luego alto alarido de trompetas y ronco doblar de timbales y atambores.
—Ha llegado la hora, dijo el rey Nazar: hoy serán las bodas del sultan de Granada con la noble y hermosa sultana Leila-Radhyah, y las de su hijo el príncipe Mohammet, con el sol de los soles la sultana Bekralbayda.
Y asiendo de la mano á Leila-Radhyah, salió de la cámara, seguido de su hijo y de Bekralbayda, á los que seguia con paso lento y á alguna distancia con la cabeza inclinada Yshac-el-Rumi, que murmuraba en acento ininteligible:
—¡Todos son felices! ¡todos menos yo!
VIII. EN QUE SE DA FIN Á ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.
Y hubo aquella noche zambra en el alcázar en celebridad de aquellas dobles bodas, y durante ocho dias justas, sortijas, toros y cañas en Bibarrambla.
Se dieron cuantiosas limosnas á los pobres, y se pusieron en libertad centenares de cautivos.
Todo el mundo estaba alegre.
Granada disfrutaba de una paz inalterable bajo el justo y sábio dominio del sultan Nazar; crecia en comercio y en industria, y por lo tanto en riqueza, y en aquellas alegres y felices bodas veian los súbditos de Al-Hhamar el augurio de nuevas prosperidades.
Solo un hombre asistió triste y silencioso á aquellas bodas, á pesar de que el rey le habia honrado y favorecido nombrándole wacir y concediéndole grandes mercedes.
Aquel hombre era Yshac-el-Rumi.
Terminadas las fiestas, Yshac desapareció sin despedirse del rey ni de Leila-Radhyah, ni del príncipe ni de Bekralbayda.
En vano el rey movido de piedad, porque creia comprender la causa de la desaparicion de Yshac, ofreció una fuerte cantidad al que le encontrase.
Nadie supo lo que habia sido de él.
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Entretanto la construccion del Palacio-de-Rubíes continuaba.
Nazar le habia dado su nombre.
Aquel alcázar que prometia ser maravilloso, se llamaba la Alhambra[40].
Al-Hhamar habia terminado la Alcazaba que mira al occidente, donde se levantan aún la torre de la Vela, la del Homenage y los Adarves; la plaza de las Cisternas, colocadas entre el muro interno de la Alcazaba y la fachada principal del alcázar, y toda la parte de este, desde la plaza de las Cisternas (hoy de los Algibes) hasta la torre de las Siete Bóvedas, y la de las Infantas; lo restante del recinto crecia: levantábanse ya sobre la ladera del monte los muros de Djene-al-Arife[41], mas arriba los del castillo de la Silla del Moro, mas allá, en el cerro del Sol, los del palacio de los Alijares, y por último, sobre la colina de Al-Bunets (hoy de los Mártires), crecian los muros del recinto de las Torres Bermejas.
Pero Al-Hhamar no pudo ver terminado su alcázar; solo habia visto parte de él: la torre del Juicio; la parte en que hoy se alza el palacio del emperador Cárlos V; la gran mezquita en cuyo mirab habia ocho columnas con capiteles de oro, en cuyo lugar se levanta hoy la iglesia de Santa María; la mezquita del palacio que aun se conserva; el patio del Mexuar ó del Consejo (hoy del Estanque ó de los Arrayanes); la sala de Comares y el Mirador de la sultana.
Los demás retretes, cámaras, patios, jardines y departamentos estaban únicamente comenzados, trazados, preparados, pero en embrion.
Sus nietos debian terminar aquella maravilla.
Su hijo, su nieto y su biznieto continuaron lentamente su construccion.
Su tercer nieto Ismail Abul-Walid concluyó el delicioso palacio del Generalife; por último, su cuarto nieto Juzef-Abul-Hhedjadj, vió al fin completo aquel acrópolo inmenso que cubria cuatro montes, compuesto por la Alhambra, por el Generalife, por el palacio de la Silla del moro, por el de los Alijares y por las Torres Bermejas.
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Por el año de la Hegira 650, durante la luna de Xawan, unos labradores trajeron al rey Nazar, que ya contaba sesenta años, una caja de lata cerrada, sobre la cual se leia.
«Solo el poderoso sultan Nazar ó su hijo, si ha muerto, cuando se encuentre esta caja deben ver, so pena de traicion de quien la encuentre, lo que en ella se contiene.»
Aquella caja se habia encontrado en lo profundo de una gruta del rio Darro, cuya entrada correspondia á un ensanchamiento en que habia un remanso, entre las ropas podridas de un esqueleto humano.
El rey Nazar mandó abrir aquella caja, y dentro se encontró un pergamino muy bien conservado, en que se leia lo siguiente:
«Yo amaba con toda mi alma á la sultana Leila-Radhyah.
Pero jamás conoció esta mi amor.
Leila-Radhyah amaba á un poderoso rey.
Yo la vengué de su enemiga, cuya sombra lívida acompaña á mi espíritu condenado, y la entregué al rey á quien amaba y la hice dichosa.
He cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: su hija será sultana y el Palacio-de-Rubíes se levantará sobre cuatro montes.
Pero no he podido sobrevivir á mis celos.
No he podido ver á Leila-Radhyah entre los brazos de otro hombre.
He preferido la muerte, y un tósigo me ha abierto las puertas de la region de las sombras.
Para que se sepa cuánto he amado á Leila-Radhyah, y cuánto he sufrido por ella; para que se sepa hasta qué punto me he sacrificado por cumplir el último y ardiente deseo de mi único amigo, dejo escrito este pergamino que algun dia se encontrará sobre mi cadáver.==Yshac-el-Rumi.»
El rey se enjugó una lágrima y mandó poner en un sepulcro de mármol los restos de Yshac-el-Rumi con esta inscripcion.
«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso: el sultan Nazar á los restos del mártir del amor y de la amistad. Que Dios, el Altísimo y Unico tenga compasion de su alma.»
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El Mirador de la sultana permaneció cerrado y deshabitado mientras vivieron los que tenian memoria de la desastrosa muerte que habia sobrevenido en él á la terrible sultana Wadah.
Hay quien cree que durante las oscuras noches de tormenta se ven vagar dos sombras blancas y diáfanas que exhalan de sí una claridad ténue, mate y pálida, por las galerías del Mirador de la sultana, precedidas de un buho que vuela lentamente en derredor de las columnas.
¿Serán las sombras de la sultana Wadah y de Yshac-el-Rumi? ¿de la víctima y del verdugo?
¿Será aquel buho Abu-al-Abu?
¿Será, en fin, todo esto una ilusion causada por una tradicion romancesca?
Nosotros, sin embargo, conociendo la tradicion hemos entrado algunas noches en las galerías del Mirador de la sultana, cuando la tempestad rugia en el espacio: ninguna sombra, ningun buho hemos visto, mas que las blancas columnas que aparecian un momento á la fugitiva luz del relámpago.
¿Será acaso que la tradicion haya mentido, ó que al coronar la cruz, las cúpulas de la Alhambra, hayan desaparecido de ella fantasmas y encantamentos, quedando solo y abandonado el Mirador de la sultana?

