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La alhambra; leyendas árabes

LEYENDA VII. EL PATIO DE LOS LEONES. (continued 2)

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Y atravesando el palenque á media rienda, los cuatro caballeros hirieron con sus lanzas de dos hierros las adargas que cada uno de los mantenedores de la acusacion tenian suspendida de una pica clavada en tierra delante de su tienda.

Oyóse un ruido vibrante y metálico, las adargas cayeron á la arena, y los caballeros defensores tomaron campo y fueron á situarse al otro lado del palenque vuelta la espalda á la sultana, á tiempo que Hamet-Zegrí, Mahandin, Mahandon y Mahomet-Zegrí, tomando las adargas heridas de manos de sus escuderos, cabalgaron y adelantaron en el palenque, hasta ponerse frente á frente de los cuatro castellanos.

Mahomet-Zegrí enfiló con el Alcaide de los Donceles, don Diego Fernandez de Córdoba; Hamet-Zegrí, con don Manuel Ponce de Leon; Mahandon con don Alonso de Aguilar, y Mahandin con don Juan Chacon.

Bajaron los jueces del campo á la arena, demandaron juramento á los caballeros de lidiar como buenos y leales sin ayuda de hechicerías ni amuletos, les partieron el sol[146], y el infante Muza dijo en alta voz:

—Campo cerrado y batalla os concedemos, caballeros; partid y haced vuestro deber.

Al mismo tiempo hicieron señal los añafiles y los atabales, el rey arrojó á la arena un baston de oro, y los combatientes partieron uno contra otro, chocándose entre una nube de polvo en medio del palenque.

Retumbó el encuentro rudo y poderoso en los ámbitos de la plaza, y cuando se desvaneció el remolino, la multitud miró con ansiedad.

Todos los caballeros estaban en su lugar.

Las picas habian resbalado de las acicaladas adargas.

Tomaron de nuevo campo, y se encontraron con igual ímpetu.

La pica del Alcaide de los Donceles, arrojó desapoderado de los arzones al feroz Mohamet-Zegrí, y los otros seis caballeros no encontrando ventaja, volvieron á tomar campo.

Mahomet-Zegrí, en tanto, se habia levantado fuera de sí de cólera, yendo con rabia á desjarretar el caballo de don Diego Fernandez de Córdoba.

Pero las habia con un enemigo esperimentado, y le encontró pie á tierra junto á si con la espada en alto.

Antes de que el zegrí hubiera podido adargarse, vinieron al suelo las plumas y la mitad de su bonete, á un tremendo tajo del castellano.

El moro llevaba lo peor.

Acosábale don Diego, y caian sobre él los pesados golpes de su espada de á dos manos, rebotando sobre su adarga de Fez con igual ímpetu que el recio granizo de la tempestad sobre las altas cúpulas.

Retrocedia Mohamet, dejando tras sí pedazos de su desguarnecida armadura y girones de su rico sayo de púrpura.

Acorralábale sin descanso el bravo Alcaide de los Donceles.

Al cabo le puso entre su espada y la valla que sustentaba uno de los costados del cadalso de la sultana.

Rugia el moro como un tigre herido por un leon, y era espantoso de ver su semblante y los furiosos tajos que descargaba en vano sobre la adarga damasquina que embrazaba su enemigo.

Y duraba el combate.

Corria la sangre de entrambos campeones.

Zoraida, pálida y aterrada, miraba con ansiedad á don Diego, y éste cobró alientos al ver la suplicante mirada de la sultana.

Enojóle tanta resistencia; arrojó lejos de sí la adarga, alzó su espada á dos manos, describió con ella un ancho círculo sobre su cabeza, y esclamando, olvidado en su furor de su incógnito y del lugar en que se encontraba:—¡Santiago y Castilla!—la dejó caer con el ímpetu de una encina derrumbada por el huracan, sobre el moro.

Nadie, entre el estruendo del combate, que allá en el centro del palenque se sustentaba á caballo, oyó el grito de guerra del Alcaide de los Donceles, sino Mohamet-Zegrí, que cayó por tierra como herido por un rayo, esclamando:

—¡Traicion! ¡son castellanos!

Y su sangre se heló, rodaron sus ojos en sus órbitas, y la lividez de la muerte alteró su semblante.

El generoso alcaide saludó á la sultana.

Luego tomó el alfange del moro y le cortó la cabeza.

Subió la gradería del dadalso y puso en su última grada, á los pies de la sultana, aquel sangriento despojo.

Despues recogió su adarga, requirió su caballo, montó en él, y se retiró á un lado para ver la suerte del combate, que seguia encarnizado, entre los otros seis caballeros.

Los que mas á punto de vencimiento estaban eran don Juan Chacon y Mahandin.

Entrambos habian roto sus lanzas.

Entrambos se habian desguarnecido la cabeza y peleaban con ella descubierta.

Entrambos, apenas podian repararse por las adargas rotas y abolladas por los furiosos golpes.

Cruzaban y volvian á cruzarse los caballos.

Cada encuentro era una herida, cada choque un amago de muerte.

El moro mostraba los ojos inyectados de sangre, como la hiena que olfatea los cadáveres.

Don Juan Chacon le fascinaba con su ardiente mirada.

Pasaba el tiempo, la luz menguaba; la noche tendia ya sobre los cielos su manto de tinieblas.

Era preciso concluir.

Don Juan Chacon apretó los dientes y los puños, y su espada se rompió en la adarga del moro, dejándole el brazo desguarnecido,

Y sin darle tiempo para rehacerse, veloz como el relámpago, el señor de Cartagena tomó de su arzon la maza de armas, describió con ella en alto tres círculos; y la lanzó de sí.

La maza partió silbando y fué á chocar en la cabeza desarmada de Mahandin, que cayó por la grupa de su caballo, horriblemente ensangrentado.

Despues no se movió.

Estaba muerto.

Don Juan Chacon desmontó, cortó á Mahandin la cabeza, la llevó al cadalso de la sultana y la puso junto á la de Mohamet-Zegrí.

Un silencio de horror dominaba en el estenso palenque.

Por órden de Muza, esclavos con antorchas encendidas rodeaban á los combatientes alumbrándolos.

Aquello tenia un aspecto terriblemente fantástico.

Don Juan Chacon montó de nuevo á caballo y fué á situarse junto á la valla, al lado del Alcaide de los Donceles.

Solo rompian el lúgubre silencio el estruendo del combate de los cuatro caballeros y los alaridos de los parientes de los dos zegríes cuyas cabezas lívidas y ensangrentadas estaban á los pies de Zoraida.

Hicieron los jueces salir de la plaza á aquellas gentes para que no desalentasen con sus quejas á los caballeros que lidiaban, y luego solo se escuchó el áspero ruido de los golpes del combate.

Don Manuel Ponce de Leon, y don Alonso de Aguilar sintieron una generosa envidia al ver que sus compañeros habian fenescido sus armas con tanta prez, como se decia entonces, y arremetieron con nuevo furor á los moros.

El primero y Hamet-Zegrí habian tomado lanzas nuevas, y justaban como en torneo, entrando y saliendo en liza con gran bizarría y corage.

Parecia, á pesar de hacer ya gran tiempo que lidiaban, que no se habian tocado á los arneses, y sin embargo, crugian las adargas y recejaban los caballos, no siendo bastantes á sostener los poderosos golpes.

Hamet-Zegrí, enojado de la duracion del combate, furioso con la muerte desastrada de su pariente Mahandin, plantó su caballo en firme cuando venia á encontrarle Ponce de Leon á toda carrera, hizo el cuerpo atrás, tendió el brazo y le arrojó la lanza, que hendió los aires silbando como una jara desprendida de una ballesta.

Hubiéralo pasado mal el castellano á herirle de lleno el asta; pero la rabia hizo perder el tino al moro, descompúsose, y su pica resbaló en la adarga del castellano, que aguijó á su caballo para encontrar en la jacerina á Hamet-Zegrí.

El moro conoció lo terrible é inevitable del golpe, y encabritó su caballo, poniéndose casi en pie y cubriéndose con él.

La lanza de don Manuel hirió en el pecho por bajo de la cubertura al corcel, que cayó de espaldas, cogiendo debajo á su ginete.

El cristiano esperó á que se levantase; pero Hamet-Zegrí permaneció en tierra junto á su caballo muerto; el caparazon de hierro, al caer sobre él, habia roto su pecho, y por su boca manaba la sangre á borbotones.

Don Manuel Ponce de Leon cortó la cabeza á Hamet-Zegrí, fué al cadalso de la sultana, puso á sus pies aquella tercera cabeza, y fué á reunirse á sus amigos.

Y entonces la atencion general se fijó en don Alonso de Aguilar y en Mahandon.

El moro, desalentado ya por la muerte de sus compañeros, se batia con la fuerza de la desesperacion.

Suelto, ágil, vigoroso, forzudo, giraba como un torbellino en torno del cristiano; revolvíase este, encontrábanse, se martillaban, volvian á separarse, y se chocaban de nuevo.

Y parecia que la esperanza perdida daba fuerzas y actividad al moro.

Rompió la espada y tomó el hacha de armas: lanzóla á su enemigo, y la rechazó su adarga: entonces desnudó su puñal, arrimó los acicates á su corcel, y al pasar ceñido al de don Alonso, abrió los brazos, y con una ligereza increible, asió al castellano del cuello, pretendiendo derribarle del caballo.

Pero don Alonso se afirmó en los estribos; lanzó lejos de sí la adarga y la espada, abrazó al moro, le arrancó de los arzones, y sujetándole con un brazo vigoroso, hundió por tres veces en su cuello, bajo el falso de su armadura, su puñal de misericordia[147].

El moro abrió los brazos y cayó muerto á los pies del caballo de don Alonso, que echó pie á tierra, cortó la cabeza á su enemigo, y fué á colocarla junto á las otras tres en el cadalso de la sultana.

El pueblo, hasta entonces silencioso, lanzó una inmensa aclamacion de alegría, demostrando cuánto eran odiosos los zegríes.

Sonaron las trompetas en alto alarido de triunfo, y Muza, bajando á la sangrienta liza con los jueces del campo, gritó en medio del silencio del pueblo ansioso por escuchar sus palabras y señalando las cuatro cabezas lívidas de los zegríes alumbradas por cien antorchas:

—¡Hé aquí la justicia del Señor Altísimo, Unico y Misericordioso!

¡La sultana Zoraida es inocente!

Entonces adelantó una tropa de esclavos africanos en cuyo centro iba un hombre vestido de rojo.

Aquel hombre era el verdugo.

Tomó las cabezas de los vencidos, y se alejó con ellas.

Aquellas cabezas fueron puestas en escarpias en las puertas del castillo de Bib-Ataubin, como convenia se hiciese con asesinos y calumniadores.

En tanto el rey bajó precipitadamente del estrado real y fué á estrechar entre sus brazos á la sultana.

Zoraida se retiró con horror.

—¡Aparta, asesino! le dijo: desde hoy, tú en la Alhambra, yo en el Albaicin.

Y arrojándose entre los brazos de Muza, que venia á declararla libre, salió de la plaza acompañada de los jueces y escoltada por los cuatro caballeros, castellanos, sus defensores.

Al dia siguiente, mientras los cuatro caballeros, vueltos de la Azubia á donde habian ido á tomar sus armas y sus caballos, curaban en secreto sus heridas en sus tiendas, en el Real de Santa Fé, un escudero del infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, en nombre de la sultana Zoraida, les entregó como presentes magníficas joyas, y los caballos y armas con que habian vencido á los zegríes.

Al mismo tiempo, uno de los mas nobles caballeros de Granada, yendo de paz, entregó á los reyes Católicos un pergamino rodado y sellado con el sello de oro de la sultana, en que esta les relataba la grande hazaña de sus cuatro defensores.

XVII. LOS PRONÓSTICOS.

A medida que trascurria el tiempo, se iba haciendo mas angustiosa la situacion de Granada.

Los cristianos la cercaban por la parte de la vega y de las montañas á la parte de Almería, y sus campeadores corrian hasta sus puertas, llegando el caso de no atreverse á salir fuera de ellas los habitantes, por temor de ser muertos ó cautivos.

Solamente por la parte de las Alpujarras, lugar montañoso y habitado por gentes incontratables y bravías, estaban libres del cerco de los cristianos.

Por allí podia venir un refuerzo del Africa.

Pero Boabdil era débil, y los reyes de Castilla demasiado temidos, y los musulmanes de Africa abandonaron á sí misma aquella hermosa ciudad en donde estaban acorralados los últimos restos del imperio de los agarenos en España.

Cada dia acontecia una nueva hazaña de los cristianos, tal y tan grande, que ponia pavor en el ánimo de los sitiados.

Una noche, los habitantes de Granada de la parte del Zacatin, de la Al-Kaissería, y de los alrededores de la mezquita, despertaron asustados á las voces de ¡al arma! de los guardas nocturnos.

Dormia entonces Boabdil en el mirador de Lindaraja.

Frente á sí tenia la sala de las Dos Hermanas.

Mas allá el patio de los Leones.

Luego la terrible cámara de los Abencerrages.

Parecia que allí le habia llevado el remordimiento.

Boabdil no sabia separarse de aquel patio y de sus habitaciones.

Parecia que le llamaban á sí las sangrientas sombras de Aben-Ahmed y de los treinta y seis caballeros abencerrages degollados.

El rey soñaba bajo el fresco halago de las auras que entraban saturadas de las fragancias de los cármenes por las celosías del mirador.

La noche era plácida y tranquila.

Los luceros brillaban allá perdidos en la inmensidad.

Cantaban los ruiseñores solitarios entre las alamedas del rio.

Y sin embargo, el sueño del rey era terrible.

Una horrorosa pesadilla de sangre.

Parecíale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia Aben-Ahmed, y tras él sus treinta y seis compañeros con las cabezas en las manos.

Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de sangre.

Y los fantasmas adelantaban en procesion lúgubre y silenciosa.

Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas cercenadas y la bañaban en caliente sangre.

El rey luchaba por apartar de sí aquella vision terrible y no podia.

Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de gentes que corrian y de armas que se chocaban.

Y las voces decian en recio alarido:

—¡A las armas! ¡á las armas! ¡los cristianos están en la ciudad!

Despertó el rey y salió de su lecho.

Apenas se habia levantado cuando vió delante de sí á su hermano bastardo el infante Muza.

—¿Qué significa esto, hermano mio? dijo el rey.

—Esto significa, que tanta infamia, tanto crímen, tanta inocente sangre vertida, trae sobre nosotros la cólera de Dios.

—¡Tú tambien, hermano! ¡tú tambien! esclamó con angustia el rey.

—Los cristianos se atreven ya á entrar en nuestra ciudad y á poner el nombre de sus ídolos en la puerta de la mezquita.

—¡No te entiendo!

—¡Plaza! ¡plaza! gritó una voz al mismo tiempo en el patio de los Leones. ¡Quiero ver al poderoso sultan!

—Hé ahí al arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe que llega dijo Muza. El te dirá el atrevimiento de los cristianos.

Entró á la sazon un moro atlético, armado de todas armas:

Llevaba en la mano un carton dorado, en el centro del cual, se veia escrito en grandes letras azules castellanas, el mote: Ave Maria.

La advocacion mas dulce de la santa Vírgen Madre de Dios.

El moro estaba pálido y convulso, y sus ojos despedian llamas sacudiendo con furor el carton entre sus manos.

—¿Qué es eso? dijo Boabdil.

—Esto es, contestó Tarfe, que ese infiel á quien Dios maldiga, ese cristiano Hernan Perez del Pulgar, á quien llaman entre los suyos el de las fazañas, ha clavado sobre la puerta de alambre de la mezquita mayor este cartel con el nombre de María.

—¿Pero habrá encontrado el infiel la muerte? esclamó colérico el rey.

—El maldito ha escapado matando á alguno de los guardas.

—¿Pero si ha escapado, cómo le habeis conocido?

—Conocióle á la luz de las antorchas con que acudieron algunos vecinos un guarda que ha sido durante algun tiempo cautivo de los cristianos.

¿Y quién otro que el bravo Hernando del Pulgar pudiera atreverse á tanto?

¿No sabes que él con algunos pocos de los suyos tomó la fortaleza del Salar á escala franca, por lo cual sus reyes le hicieron alcaide de aquella fortaleza?

¿No sabes que desde ella nos ha corrido la tierra, nos ha incendiado las mieses y nos ha cogido cautivos y rebaños?

¿Acaso ignoras, ni lo ignora nadie, quién es Hernan Perez del Pulgar?

¿No sabes que el mote jactancioso que tiene en su escudo ese caballero es: El pulgar quebrar y no doblar?

—Dios permite que seamos humillados, esclamó con una vergonzosa desesperacion el rey.

—Pero quien nos humilla tiene cabeza, esclamó con energía Tarfe: dame licencia, señor, y yo iré á los Reales de Isabel y de Fernando por la cabeza de Pulgar.

—Vé, vé, mi valiente arrayaz, que siendo tú quien vas, no dudo que lavarás la afrenta que nos han hecho los cristianos.

Vé, mi valiente Tarfe, vé, y que Allah vaya en tu ayuda.

Tarfe y Muza salieron, salieron los que le acompañaban, y el rey quedó solo.

Volvióse á reclinar en el lecho, volvieron á entorpecerse sus sentidos, y volvió á su vision de sangre.

En efecto, el bravo alcaide del Salar Hernan Perez del Pulgar, el de las hazañas, habia entrado en Granada.

Aquella tarde habia llamado á su tienda en el Real de Santa fé á sus escuderos.

Eran estos quince, apreciados en gran manera por su valor.

Sentáronse y se descubrieron respetuosamente ante su capitan, que les dijo con voz grave:

—Bien conozco, hidalgos, vuestra lealtad y vuestro esfuerzo, de que me habeis dado grandes pruebas, y yo á mi vez os pago prefiriéndoos para confiaros un gran intento, que llevado á cabo, pondrá nuestros nombres en el templo de la fama.

Miraron con anhelo sus escuderos á Pulgar, que continuó de la misma manera reposada y tranquila.

—Esta noche voy á entrar en Granada con la ayuda de Dios; pero como me tocaria al alma el que interponiéndose algunos infieles, malograsen mi propósito, quiero que vengais conmigo, no como en recompensa de la estimacion en que os tengo, ni como mandato, mas os lo habré en gran merced si consentís.

Levantóse uno de los escuderos llamado Francisco de Bedmar, y dijo:

—Donde vayas tú, capitan, iremos nosotros sin dudar, y si algun temor podemos tener, no será otro sino el de la pérdida de tan noble y valiente caudillo.

Miróle de hito en hito Pulgar.

—Tú, Bedmar, dijo, escalaste los muros de Alhama; tambien os he visto á vosotros tomar á escala franca el castillo del Salar, combatir en Velez y en Baza en los mismos llanos de la vega. Y ahora que estais á mi lado, ¿por qué poneis en Dios tan poca confianza y me contais con los muertos?[148].

—Mal cumpliríamos con lo que le debemos, Hernando, observó otro de ellos, sino te aconsejáramos, cuando pretendes correr á una perdicion cierta.

—No es consejo lo que os pido, dijo gravemente Hernan Perez; lo que quiero es que me acompañeis hasta las puertas de Granada. Dios nos libertará, y si nos acorralan ¿qué importa? ya aprendimos en el Zenete la manera de hacernos paso[149].

Tendió, dicho esto, la mano á Bedmar y á los otros escuderos, y diciéndoles el lugar de la vega donde debian reunirse, despidiólos.

Era cerca del amanecer.

En la confluencia del Darro y del Genil, aparecieron viniendo de la parte de la vega algunos ginetes á caballo.

Solo podian apreciarse sus bultos porque la noche era lóbrega.

Detúvose al llegar á aquel punto el que cabalgaba delante de los ginetes, y al hablarles dejó conocer en su acento que era Hernando del Pulgar.

Los ginetes que le seguian eran sus escuderos.

—Ahora bien, amigos mios, y ya que hemos llegado, dijo Pulgar, ved de recoger entre esas alamedas algun ramage y procuradle seco en tal manera que arda á maravilla.

—Cómo, ¿pretendes poner fuego á Granada? dijo uno de los escuderos llamado Aguilera.

—Si tal, contestó Pulgar; y en Dios confio que hemos de volver al Real alumbrados por las llamas que devoren sus ponderadas casas y sus ricos alcázares.

Quedaron atónitos los hidalgos, pero conociendo la tenacidad de Pulgar, obedecieron y cargando de ramage seco la grupa de sus caballos, siguieron á su capitan, marchando por el cauce del Darro, para que con el ruido de la corriente no se notase el de las pisadas de los caballos.

Merced á esta precaucion y á lo oscurísimo de la noche, pasaron sin ser sentidos de los atalayas moros, por delante del castillo de Bib-Ataubin, y llegaron al puente de la puerta Real ó Bib-Al-Malekí, bajo el que se agruparon los quince escuderos en rededor de Pulgar.

Aguardadme aquí, les dijo, y tú, Pedro, que conoces mejor que nosotros la ciudad en que te criaste, carga en tu caballo ese ramage y sígueme.

Trabóse gran altercado entre los hidalgos.

Ninguno queria menos que acompañar á su capitan; vinieron á disputa, alteráronse, y á tal punto llegó la porfia, que Pulgar se vió obligado á consentir en que, echándolo á la suerte, le acompañasen algunos.

Al fin, guiado por Pedro, y acompañado de Bedmar y de otros cuatro, el alcaide del Salar siguió bajo el largo y lóbrego puente con el agua á la rodilla, penetró en la ciudad y siguió á oscuras á lo largo de la Ribera de los curtidores hasta llegar frente por frente de su edificio magnífico[150].

Treparon uno tras otro el poco elevado muro que encajonaba el rio, y por una estrechísima calleja, que apenas daba lugar á un arroyo de desagüe[151], penetraron en una plaza de poca estension, donde se alzaban uno frente á otro dos altísimos edificios.

Era el uno la universidad[152] granadina, emporio de ciencia, santuario del saber, á donde habian refluido los sabios de Córdoba y Sevilla, y cuantos habian sido arrojados por las armas castellanas hasta aquel último recinto donde flotaba en España la enseña del Islam; el otro la gran mezquita de Granada[153], con su puerta de alambre dorado, sus ricos agimeces de mármol y sus aleros labrados, si bien entonces no podia verse tanta maravilla á causa de la gran oscuridad de la noche.

—¿Hemos llegado? dijo el alcaide del Salar al morisco Pedro del Pulgar[154].

—Si señor, dijo el cristiano nuevo: escucha cómo zumba el viento en el altísimo almiznar de la mezquita; esta pared que nos guarda es de la universidad, y esa gran casa oscura que ves en la sombra, la del fakí de los fakíes.

Acrecentóse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo á Pedro menesteres de encender, prendió fuego al hachon que consigo traia, y sacó de debajo de su sobrevesta un carton dorado, en que se veia un nombre escrito en letras azules góticas.

—¡El Ave María! esclamaron con asombro los escuderos,

Pulgar llegó á la puerta de la mezquita y se arrodilló: los escuderos se arrodillaron tambien.

—Sed vosotros testigos, dijo á los cinco, que estaban entusiasmados y conmovidos con el tiernísimo interés de Pulgar, de como tomo posesion de esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde ahora á la Reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles hasta que llegue la hora del rescate[155].

Y atando en el pomo de su puñal las cintas de que pendia el cartel, le clavó de una sola puñalada entre las mallas de alambre de la puerta.

Luego se levantó, y se levantaron los escuderos, y Pulgar dijo á Pedro:

—¿Dónde está la Al-Kaissería?

Pedro le señaló una estrecha calleja que comunicaba con el Zacatin, y le dijo:

—Por allí, señor.

—Alumbra y guia.

Cuando llegaron á la puerta de la Al-Kaissería, Pulgar le dijo:

—Echa ahí ese ramaje.

Y cuando Pedro le hubo echado, Pulgar arrojó sobre él el hacha encendida.

Pero á punto sintieron pasos de muchos hombres con faroles encendidos que rondaban guardando aquel riquísimo barrio.

Verlos y acometerlos espada en mano fué una misma cosa.

Gritaron los moros, alborotóse por aquella parte la ciudad, y Pulgar, temiendo que le venciese la muchedumbre, gritó á sus escuderos:

—¡Por el mismo camino! ¡corazon sereno, y espada pronta!

Y rompiendo por medio de los moros, escapó[156].

Y las llamas amenazaban á la Al-Kaissería, y los moros, acudiendo de todas partes, gritaban:

—¡Al arma! ¡los cristianos!

Aquellas eran las voces que habian llegado hasta el rey.

El cartel aquel, el que Tarfe habia llevado á la Alhambra.

XVIII. SIGUEN LOS PRONÓSTICOS.

Granada, tan venturosa antes, tan afortunada, habia llegado al punto de que todo para ella se convirtiese en desdicha y mala ventura.

Sus caudillos emigraban á Africa ó morian en la Vega.

Sus sabios y sus fakíes estaban siempre pronosticando desdichas.

Todos tenian, no la fé de la salvacion, sino la certeza del acabamiento de la patria.

Todos miraban con terror al porvenir, y á un porvenir cercano.

Y Boabdil entretanto se adormia.

Boabdil no procuraba acabar con los bandos uniéndolos bajo su mano, y dándoles de este modo fuerza.

Por otra parte, la unión de Aragon y de Castilla, de España, en fin, bajo un mismo cetro, hacia imposible la lucha.

Maldecian, sin embargo, á Boabdil.

Como si él, á quien historiadores benévolos han llamado el Desdichadillo, hubiera podido oponerse á los decretos del destino:

Es verdad que su inercia, su molicie, habian llegado al último punto.

No se le veia salir de los departamentos del patio de los Leones, donde tenia su harem, donde estaba el panteon en que reposaban sus antepasados, donde existia la fatal sala que encerraba sus remordimientos.

En aquel patio le tenian aprisionado los recuerdos de su dinastía, esto es, el pasado; sus placeres, esto es, el presente; y su conciencia, que venia a ser el decreto de su porvenir.

Y allí recibia las noticias, funestas todas, que le traian sus caballeros.

Allí escuchaba con la cabeza inclinada á sus sabios que le aconsejaban.

A sus valientes que pretendian sacarle de su inercia.

Allí, en la noche del mismo dia en que Tarfe le pidió licencia para ir á retar al audaz cristiano que se habia atrevido á penetrar en Granada, recibió la noticia de un nuevo desastre, que venia á ser un nuevo pronóstico de desgracias.

XIX. EL TRIUNFO DEL AVE MARIA.

Apenas el sol habia desvanecido las nieblas de la noche anterior, y sus rayos tibios aun se tendian sobre Santa Fé, cuando un confuso rumor de pasos acelerados de armas que se chocaban y de gentes que subian á toda prisa las escaleras que conducian á los adarves, se dejó oir por la parte que mira á Granada.

Los reyes don Fernando y doña Isabel, el príncipe, don Juan, las infantas doña Juana y doña Isabel, fray Hernando de Talavera, Pulgar, Córdoba, Tendilla, Aguilar y cien nobles caballeros, rodeados de lanzas y ceñudos los semblantes, miraban al campo donde un moro ante ellos se mostraba acompañado de diez africanos á caballo y un trompeta armados.

Montaba en un poderoso caballo negro encubertado de guerra, y afianzaba una lanza, en cuyo hierro se veia pendiente el cartel de Ave Maria que Pulgar habia fijado aquella noche en la puerta de la mezquita mayor de Granada.

Era el arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe.

Llamas arrojaban los ojos del valiente moro.

Su roja sobrevesta parecia pedir sangre.

Sus megillas pálidas eran la clara muestra de la cólera que agitaba su alma.

El ronco son de su trompeta, habia llamado al adarve á los reyes, á los príncipes y á los caudillos cristianos.

Y todos se maravillaron de que aquel infiel se atreviese á presentarse con tamaño atrevimiento ante ellos.

Y Tarfe los miraba como mira el toro á la muchedumbre que le provoca desde la valla, y su cólera era cada vez mas convulsiva y su mano agitaba el cartel del Ave Maria, blandiendo hasta hacerla crugir en el aire su fuerte lanza de dos hierros.

Mas cuando vió cubiertos de cristianos los adarves paseó la sombría mirada sobre ellos, reconociendo á cada uno de los capitanes á quienes habia visto el semblante entre el polvo de la batalla, y cuando vio competidores dignos hizo una seña al trompetero.

Por tres veces el son de la sonora trompeta rasgó el espacio y retumbando en la cercana Geb-el-Beira, fué repetido á lo lejos y en redondo por los ecos de las montañas.

Aquel sonido de atencion fué repetido de igual modo por las trompetas del Real.

El rey, la reina, el príncipe, los infantes, los caudillos y los soldados de Castilla y Aragon, España, en fin, escuchaban á un solo hombre.

Tarfe se alzó en los estribos, miró al adarve con fiereza y su voz poderosa se estendió en el espacio.

—¡Perros traidores! dijo: ¡vosotros los que entrais como el buho en nuestra ciudad amparados de las tinieblas para dejar en ella el nombre de vuestros ídolos! ¡yo soy Tarfe! ¡yo el que ha arrancado de la mezquita el nombre de Maria, y le arrastra delante de vosotros, sobre el polvo de vuestros Reales!

¡Salid, canes ladradores!

¡Salid uno a uno, dos á dos, ciento á ciento!

¡Salid! ¡Tarfe os espera!

Mi lanza os conoce, villanos, y mi espada aun tiene en su filo la señal de vuestra sangre.

Calló el moro esperando la respuesta; pero ni una voz, ni un movimiento salieron de entre los cristianos, que parecian estatuas de hierro.

Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta salvar la mitad de la distancia que le separaba del muro, y gritó con doble furor:

—Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgáis al campo, mirad, castellanos, donde pongo el nombre de Maria; y si algun peon ó caballero, infante ó rey, de ello ha enojo, á esperarle voy en la Vega hasta que el sol trasponga las montañas de Loja.

Y esto diciendo, puso el cartel del Ave Maria en la cinta que enrollaba la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se alejó lentamente de los Reales hasta llegar á la espesura donde Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana á don Juan Chacon, descendió del caballo, despidió á los esclavos y al trompetero, y se reclinó sobre el césped en la sombra, tendida á mano la pica y ceñido el talabarte de la adarga.

En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del Real de Santa Fe, reyes é infantes, damas y caballeros.

Ni una sola palabra acerca del suceso se cruzó entre aquel ejército de valientes.

El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese sobre él.

Todos los semblantes estaban ceñudos; todos los corazones ardiendo.

Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.

Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.

De las almenas se pasó á las tiendas, y de la vestidura de paz al arnés de guerra.

Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada severa, y centelleante como la de un leon, atravesó en paso apresurado el Real, y al otro estremo entró en una tienda aislada.

—Pronto, Nuño, dijo á un soldado viejo que esperaba impaciente á la puerta; mi arnés, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes del Real se arman á porfía, y no tardarán mucho cien buenas espadas en demandar licencia á sus altezas para rescatar la santa Ave Maria de las manos de ese perro infiel.

Y así era,

Apenas don Fernando y doña Isabel habian entrado en sus tiendas, visiblemente alterados por el reto de Tarfe, cuando un tropel de capitanes, de caballeros, y aun de simples hidalgos, alféreces y demas cabos de los tercios, entraron armados hasta los dientes, pasando casi por cima de los continuos y demandaron licencia para ir á rescatar con la muerte del moro el nombre de Maria.

Cada cual alegó su derecho, y con tan buenas razones, y siendo todos pares en valor y merecimientos, don Fernando y doña Isabel reunieron su consejo para elegir el campeon que debia llevar á cabo tan importante empresa.

Mientras esto acaecia, el hermoso mancebo que habia corrido á su tienda en vez de correr como los otros á la de los reyes, se habia cubierto de un arnés de finísimo temple; habia embrazado una adarga de Fez, ganada por sus ascendientes á los moros en aquella misma Vega, y ginete en un fogoso potro cordobés, blandiendo una pesada y larga lanza de fresno, se lanzó á la carrera á través de una puerta cercana, sorprendiendo á la guardia de ella, dió la vuelta al Real y se lanzó en la Vega al escape de su caballo de batalla.

Pronto, muy pronto, desapareció entre una nube de polvo, á pesar de los gritos de la guarda del Real, y llegó á la arboleda donde esperaba Tarfe.

El mancebo caló su visera y llegó á un llano del bosque donde Tarfe con el descuido de los valientes, á los pies de su caballo, dormia sobre el blando césped.

Latió con doble impaciencia el corazon del mozo, y fijó una intensa mirada de cólera en el moro.

—¡Levántate! gritó poniendo los cascos de su caballo junto á Tarfe. ¡Levántate, jactancioso, y ven conmigo á batalla!

Tarfe despertó al sonido de la pujante voz del mancebo castellano.

Levantóse lentamente, púsose de pie y midió con una larga y profunda mirada á su adversario.

—¿Quién eres tú, le dijo con desprecio, caballero sin mote y sin empresa? ¿Acaso no hay en los Reales de Castilla valientes capitanes que vengan á medirse conmigo que soy el caudillo de cien combates?

—Es verdad, contestó el mozo: soy caballero novel, pero vengo por tu cabeza para hacer empresa con ella: y como cristiano, vengo á arrancarte el corazon y el cartel que te has atrevido á poner en la cola de tu caballo, cuando tiene escrito el nombre de la que sobre ángeles se asienta.

—Ea, vete, cristiano, dijo Tarfe con desden, que yo no he de probar mis armas con quien trae las suyas blancas y oculta su semblante.

El mozo se levantó con corage la visera, y mostró su hermosa y juvenil faz al moro.

Tarfe miró con asombro al mancebo.

La espresion de desprecio que antes aparecia en su semblante, se borró.

Solo quedó en ella una sonrisa de afecto.

—Valiente eres, rapaz, dijo: gran fama alcanzarás en el mundo si una lanza traidora no corta en flor tu vida, pero vete: que no soy asesino ni me mido con niños: vete y di á ese terrible Gonzalo Fernandez de Córdoba, que Tarfe le espera durmiendo.

Y fué á reclinarse de nuevo en el césped.

Pero el jóven caló su visera, levantó el cuento de su lanza, y la tendió con ira sobre la espalda del moro.

Al sentir este ultrage, Tarfe saltó como una pantera herida, embrazó su adarga, requirió su espada, cabalgó, tomó campo, y partió con la lanza baja contra el cristiano, gritando ronco de furor:

—Por Satanás, el mentiroso, villano, que has de pagar con tu sangre tan ruin y cobarde ultrage.

Y á este punto embistió contra el mozo que le acortó el trecho saliéndole al encuentro.

El aire gimió con el estruendo del choque.

La lanza de Tarfe, saltó hecha menudas astillas contra la adarga del castellano.

Este no se movió de los arzones.

Su pica falseó la adarga y la jacerina del moro, y le hirió levemente, rompiéndose tambien como hubiera podido romperse una caña.

Tarfe rugió de cólera, y su ancha y larga espada damasquina, lució como un rayo fuera de la vaina.

Desnudó á su vez el cristiano la suya, tornaron á tomar campo y se acometieron de nuevo con doble coraje, é ímpetu furioso.

Martillaban los aceros sobre el duro hierro de los arneses: los airones, los penachos, las sobrevestas y las galas eran despojos del combate: empezaban á desclavarse coseletes y grevas y la sangre corria de mas de una herida.

Rugia Tarfe como un hambriento leon del desierto:

Coloraba su frente la vergüenza de no haber esterminado á la primera embestida á aquel cristiano casi niño, que se habia atrevido á insultarle, y redoblaba sus golpes y sus embestidas, ligero como un halcon, incansable, feroz, irritado.

Y siempre encontraba apercibida la adarga del cristiano.

Siempre su caballo, caracoleando en su lomo, le divertia en una defensa fatigosa.

Y redoblábanse los tajos sobre el templado acero de su jaco.

Jadeaban ya los caballos.

El cristiano, á quien sin duda importaba la brevedad, hacia girar el suyo como un torbellino en derredor del moro.

Al fin, entrambos corceles fatigados, cubiertos de sudor, ensangrentados los ijares, obedecieron mal al freno, y el de Tarfe tropezó en el tronco de un árbol al tomar una vuelta y cayó arrastrando a su ginete.

El castellano contuvo generosamente al suyo para no atropellar al moro, echó pie á tierra, y adelantó cubierto con la adarga y la espada en alto contra su enemigo que se habia levantado cubierto de polvo y trémulo de furor.

Empeñóse de nuevo el combate á pie firme.

Silbaba el acero contra el acero.

El dios de las batallas, posado en una nube roja, miraba con asombro á los caballeros.

Y Tarfe apretó los puños y los dientes.

Describió un ancho círculo al rededor de su cabeza con su espada, y la dejó caer como un rayo sobre el cristiano.

La hoja damasquina saltó en pedazos al chocar la templadísima adarga del mancebo.

Tarfe estaba desarmado: solo le quedaba el puñal, arma débil é inútil.

Arrojó lejos de sí la adarga, y se fué con los brazos abiertos al castellano, que le imitó.

El combate pasaba á ser lucha.

Una sombría y sardónica carcajada salió por entre las barras del yelmo de Tarfe.

Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos brazos al castellano.

Y así hubiera sin duda acontecido.

Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba entre aquel brazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su enemigo, y su daga buida penetró en su pecho.

Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible, y cayó de espaldas.

El Ave Maria habia sido rescatada.

El mancebo alzó su visera.

Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elevó al cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lágrima de gratitud.

Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fué al caballo del moro, quitó de su cola el cartel del Ave Maria, le besó de hinojos y le suspendió de su cuello sobre su pecho, á manera del vasallo que ostenta el blason de su señor.

Y llegó á Tarfe; le desenlazó el yelmo, y al ver su frio semblante, afeado por la lividez de la muerte, esclamó con un orgullo disculpable en sus pocos años:

—Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y el Ave Maria será un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos de Castilla.

Y cortó la cabeza á Tarfe, la colgó del arzon de su caballo, cabalgó, salió de la espesura y se encaminó al Real.

Allá á lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los caballos de un pequeño escuadron, que avanzó hasta dejar conocer á los que cabalgaban.

Era el capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba con sus escuderos, que habia sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.

Pronto llegó junto al jóven y pudo ver en su pecho el Ave Maria y en su arzon la sangrienta cabeza del moro.

Detúvose el capitan y con él sus escuderos.

—¡Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jóven, qué temprano empezais á ser hazañoso! vais apurando todas las grandes empresas; Chacon y don Diego de Córdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la córte de Granada; Pulgar pone el nombre de Maria en la mezquita mayor en prenda de posesion; y vos, niño aun, rescatais esa sagrada Ave Maria de un guerrero tan formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. ¿Qué dejais, pues, que hacer á Gonzalo Fernandez de Córdoba?

Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas clara gloria de las glorias guerreras de las Españas.

El que debia ser el último cercador de Granada.

El conquistador de Nápoles.

El terror de los franceses.

¡El Gran Capitan!

Tendiéronse las manos Gonzalo Fernandez y Garcilaso, y tomaron juntos la vuelta de Santa Fé.

Desde aquel dia, los Lasos son Lasos de la Vega, y en su blason campea el Ave Maria; desde aquel dia tambien, las armas de la ciudad de Santa Fé son una pica, clavado el cuento en la cabeza de un moro, y pendiente de ella el cartel del Ave Maria.

XX. LA AGONIA DE GRANADA.

Gonzalo Fernandez de Córdoba habia sido encargado por los reyes don Fernando y doña Isabel de formalizar el sitio de la ciudad.

Acercábase la hora fatal en que la enseña del Islam debia ser arrebatada por el huracan de la almena que la sustentaba.

Cercada enteramente Granada, empezó á sentir el hambre.

Muy pronto esta se hizo intolerable.

Hablábase ya de rendicion entre los principales caballeros.

Y el rey Chico seguia dormitando en los perfumados departamentos del patio de los Leones.

Siempre delante de aquella sangrienta cámara.

Siempre delante de su remordimiento.

Empezaron á aparecer al descubierto las traiciones.

Súpose que los principales caudillos, temerosos por sus vidas y haciendas, andaban en tratos para la rendicion de la ciudad.

Quedaron patentes las causas de tantos sangrientos motines, de tantas batallas perdidas, de tantas esperanzas malogradas.

Y no fué ya tiempo de retroceder, ni de atender á males incurables arraigados de viejo en el corazon de Granada.

Sostúvose aun, sin embargo, algunos dias, con la esperanza de un socorro de Africa.

Pero los socorros no venian.

Aquejaba el hambre y se temia á cada momento la embestida decisiva del enemigo.

Una noche, Boabdil sintió pasos de algunos hombres en uno de los estremos del patio de los Leones.

Su corazon se estremeció.

Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian de la sala de Justicia, creyó reconocer el acento estranjero de los castellanos.

¿Qué hacian aquellos cristianos en su alcázar?

Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada agonizaba.

Boabdil huyó despavorido, y se encontró, sin darse razon de cómo, en la funesta cámara de los Leones.

Sobre las señales rojas de la sangre de los abencerrages, á la luz de una lámpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un blanco trage de luto.

El rey reconoció á la sultana Zoraida.

De la boca del rey salió un grito ahogado.

Zoraida levantó la cabeza y vió al rey.

Se levantó lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro hácia la sala de Justicia:

—Allí, tus vasallos cobardes, entregan tu corona á los formidables reyes de Castilla. Aquí, la sangre de caballeros inocentes, se levanta hasta el Altísimo clamando contra tí venganza.

Y la sultana se separó del rey y se perdió como un fantasma entre las columnas del patio de los Leones.

El rey cayó anonadado sobre aquella sangre, y lloró.

En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Córdoba, y Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doña Isabel, que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion de Granada.

Al dia siguiente el débil Abú-Abdalláh reunió en consejo á sus wazires, á sus faquíes y á sus kadíes, y les consultó sobre la resolucion que debia adoptarse en tan estrema situacion.

El resultado fué fatal.

Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de él, resolvieron la entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida, destronada bajo el débil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.

Todos los del consejo se inclinaron á tratar de avenencia con los reyes enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en su corazon, dijo que aun era temprano.

Sin embargo, se determinó que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese á proponer capitulacion á los cristianos.

Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien á este noble caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Córdoba, Hernando de Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la entrega.

Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones, hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.

Cuando al día siguiente el wazir las presentó en el consejo, la palidez del terror se pintó en todos los semblantes; la sultana madre, Aixa-la-Horra, tembló de cólera, y el rey desfallecido, con los ojos preñados de lágrimas, ocultó su dolor entre los brazos de su madre.

Y en medio de aquel espectáculo de desolacion, intenso en el alma el amor de la patria, sereno, aunque pálido, el intrépido y guerrero infante Muza se levantó, y abarcando en una larga y sombría mirada á los que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:

—Dejad, señores, ese inútil llanto á los niños y á las delicadas hembras; seamos hombres y tengamos todavía corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de nuestra sangre; hagamos un esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos, ofrezcamos nuestros pechos á las contrapuestas lanzas.

Muía era un héroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso destino.

—Yo estoy pronto á acaudillaros, continuó el infante con energía; para arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo de batalla.

Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso número de los que murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su entrega.

Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de envilecida esclavitud.

Veo tan caidos los ánimos del pueblo, que no es posible evitar la pérdida del reino.

Solo queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte; y yo prefiero morir libre, á los males que nos aguardan.

Si pensais que los cristianos serán fieles á lo que os prometen, y que el rey de la conquista será tan generoso vencedor como venturoso enemigo, os engañais.

Están sedientos de nuestra sangre y se hartarán de ella.

La muerte es lo menos que nos amenaza.

Tormentos y afrentas mas graves nos prepara nuestra enemiga fortuna: el robo y el saqueo de nuestras casas; la profanacion de nuestras mezquitas; los ultrajes y violencias de nuestras mugeres y de nuestras hijas; opresion, mandamientos injustos, intolerancia cruel, y ardientes hogueras, en que abrasarán nuestros míseros cuerpos.

Todo esto lo veremos por nuestros ojos: lo verán por lo menos los mezquinos que ahora temen la honrada muerte; que yo, ¡por Allah! que no lo veré.

La muerte es cierta y en todos muy cercana.

¿Pues por qué no empleamos el breve plazo que nos resta, donde no quedemos sin venganza?

¡Vamos á morir defendiendo nuestra libertad!

La madre tierra recibirá lo que produjo, y al que faltare sepultura que le esconda, no faltará cielo que le cubra.

No quiera Dios que se diga que los granadíes nobles no osaron morir por su patria[157].

Calló Muza, y callaron todos los que allí estaban.

Y calló tambien el rey.

Y entonces Muza, viendo el abatimiento de wazíres, xeques, arrayaces y fakíes, se salió lleno de ira de la sala.

Y dicen los que de aquel tiempo y de aquellas cosas escribieron, que habiendo tomado de su casa armas y caballo, se salió de la ciudad por la puerta de Elvira, y que nunca mas pareció ni se supo qué habia sido de él[158].

Entretanto el rey, viendo que en la ciudad y en todo el reino, faltaban á un mismo tiempo el ánimo y las fuerzas, resolvió escribir á los reyes sitiadores, que para evitar alborotos y novedades, queria entregarle la ciudad al momento.

El wazir Aben-Comixa, fué á Santa fé con esta carta y con un presente de caballos castizos, con ricos jaeces y alfanges.

Esta fatal determinacion fué el dia cuatro de la luna de rabie primera del año de ochocientos noventa y siete[159].

XXI. LA TOMA DE GRANADA.

Amaneció el dia cinco de rabie primera.

Todo el ejército cristiano con sus reyes á la cabeza, en alto los estandartes reales de Castilla y Aragon, tendidas las banderas y apercibidas las huestes, marchó sobre Granada.

Iban engalanados ginetes y peones.

Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.

El sol arrancaba fúlgidos destellos de las brillantes armas.

Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pífanos del ejército cristiano, tañian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba á Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.

A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las lágrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.

Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompañado de cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, salió vestido de luto, ya despojado de la corona perdida, el rey á quien los suyos habian llamado con tanta razon el Desdichadillo.

El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la ciudad á Fernando V de Aragon que esperaba en las márgenes del Genil.

Su familia habia salido antes.

La Alhambra habia quedado huérfana de sus antiguos señores, desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando á un nuevo señor.

El rey Chico descendió por las quebraduras del cerro de Al-Bahul.

De repente su caballo se detuvo como presintiendo al enemigo.

A poco apareció entre las quebraduras el conde de Tendilla don Iñigo Lopez de Mendoza, acompañado de don Pedro Gonzalez de Mendoza su hermano, gran cardenal de España, y de don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon, de la órden de Santiago: llevaba el conde el estandarte real; el cardenal el guion de la cruz; el comendador el pendón de Santiago.

Seguian muchos capitanes á estos tres magnates, y en pos marchaban algunas banderas de infantería española.

Al ver á sus enemigos, el desdichado rey palideció y tembló.

Saludáronle sin embargo los vencedores, con la consideracion y el respeto que merece la desgracia, y mientras seguian adelante para ocupar la Alhambra, el infortunado rey descendió rápidamente por las quebraduras, llegó al sitio donde delante de su ejército esperaba el rey de Aragon, y quiso arrojarse al suelo para arrodillarse ante su vencedor.

Pero el noble Fernando V no se lo permitió, acercando á él su caballo.

Abu-Abd-Allah le besó en el brazo y le dijo:

—Tuyos somos, rey generoso y ensalzado: esta ciudad y reino te entregamos, que así lo quiere Allah, y confiamos que usarás de tu triunfo con clemencia y generosidad[160].

Despues, enmudecido por el dolor, rompiendo el llanto á sus ojos, saliendo la vergüenza á su semblante, rehusando volver á Granada con el conquistador tomó a rienda suelta seguido de sus caballeros el camino de las sierras, por alcanzar á su familia que habia salido algun tiempo antes por otro camino de la ciudad.

En tanto, en la distante torre del Homenage de la Alhambra, vieron los castellanos tremolar un pendon rojo.

El ejército se prosternó.

La capilla real que acompañaba al ejército, entonó el Te-Deum laudamus.

Y allí, en una mezquita cercana, dieron gracias á Dios los conquistadores[161], é hicieron salvas las bombardas y la mosquetería.

El conde de Tendilla habia tremolado sobre la torre mas alta del alcázar de la Alhambra el estandarte de sus señores.

Granada, la perla de Occidente, la sultana de Andalucía, la cándida y la clara, era cautiva de los cristianos.

XXII. EL SUSPIRO DEL MORO.

¡Ah! ¡y cómo corre entretanto el rey Chico!

¡Cómo hiere los ijares de su blanca yegua!

Parece que devora la distancia deseoso de perder en ella el estruendo de la alegria de los vencedores.

¡Ay! ¡y cómo corre tambien la comitiva del cuitado rey!

Huyen de su desventura y de su vergüenza, porque nadie los persigue.

Y los moros que van por el camino con sus mugeres en sus asnos y sus bienes en sus acémilas, maldicen al pasar el rey.

Y le llaman cobarde.

Y el rey aprieta los acicates á la yegua, que gime dolorosamente y apresura su carrera.

Y la comitiva del rey apresura tambien á sus caballos que vuelan.

Falta entre ellos el infante Muza: Muza el valiente.

Muza que no ha tenido bastante valor para presenciar la pérdida de su patria.

¡Corre, miserable rey!

¡Corre, como correrá tu llanto lejos de ese jardin de delicias donde brotan flores de púrpura bajo los rayos de un sol de oro!

¡Corre, miserable, corre, y oculta tu miseria y tu deshonra entre los pelados riscos de las Alpujarras!

Pero detente en esa aldea de Armilla.

Detente de nuevo y rinde un nuevo homenage.

Ahí en esa aldea está la reina Isabel de Castilla.

Arrójate de tu yegua, besa la mano de esa noble señora, torna á cabalgar, y huye de nuevo.

Ya las nieblas de la tarde flotan en el horizonte.

El último rayo del sol poniente refleja á lo lejos sobre las torres de Granada.

En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.

Míralas, Boabdil, míralas.

Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.

Pero esas armas no son las de tus moros.

Son las de tus conquistadores.

Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?

¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?

El suspiro de Moro

Illustration from La alhambra; leyendas árabes
El suspiro de Moro
El suspiro de Moro

El rey habia llegado á una colina á dos leguas de Granada.

Junto á ella habia encontrado á las dos sultanas, su madre y su esposa.

Aixa-la-Horra le miró con cólera.

Zoraida con desprecio.

En la cima de la colina se veia una estrecha quebradura, desde la cual se divisaba por última vez á Granada.

El rey, al llegar á aquella quebradura, se detuvo, echó pie á tierra, estendió los brazos hácia su querida Granada, y cayó de rodillas.

Luego esclamó exhalando un grito desgarrador:

—¡Alah-ku-Akbar[162]!

Y cayó de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.

Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando así le vió, dicen que dijo trémula y demudada señalando á la ciudad:

—Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como hombre[163].

Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompañaba, para consolarle dijo:

—Considera, señor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien famosos á los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo en ellas con valor y fortaleza.

Y el cuitado rey llorando le dijo:

—¿Pues cuáles igualan á las estraordinarias adversidades mias?

Y montó á caballo, se volvió al oriente, y partió.

Al partir la yegua, dicen que dejó señaladas sus herraduras en la roca, y aun se muestran hoy al viajero aquellas señales.

Los moros, en memoria de aquella tristísima despedida, llamaron al alto del Padul, á la quebradura donde se prosternó el rey, Ojo de lágrimas, y los castellanos le señalan todavía con el nombre de Suspiro del Moro.

Entretanto los cristianos ponian una cruz en la sala de Justicia del patio de los Leones.

EPÍLOGO.

La historia de la Alhambra concluyó par decirlo así, en 1492.

Pero entonces, cuando acabó su historia de grandezas y de poder, comenzó su historia de destrucción.

Los Reyes Católicos destruyeron su magnífica mezquita, y levantaron sobre ella una iglesia.

Mas allá, en la parte alta, echaron por tierra maravillas del arte árabe, y fundaron sobre los escombros un convento de franciscanos.

El emperador don Carlos, su nieto, derribó gran parte del alcázar, y construyó sobre su terreno un palacio que pudo haber construido en otra parte.

Otro sí, para hacer habitaciones á su gusto en el alcázar, hizo puerta uno de los alhamíes de la sala de Embajadores, y puso una galería y un lienzo de habitaciones feas y destartaladas en que solo hay algunos buenos techos de ensambladura, delante del mirador de Lindaraja.

Mas tarde los franceses volaron la torre de los Siete Suelos, la del Agua y algunas otras.

Durante la guerra civil, con el pretesto de fortificar la Alhambra, se hizo saltar con barrenos su parte alta, y se la puso un feston de tapia de tierra con blindajes blanqueada y aspillerada.

Otro ingeniero cegó los baños de mármol del harem, y puso sobre ellos un jardin.

Y el tiempo, que nada respeta, sigue llevándose á fragmentos aquella magnífica joya.

Está escrito que la Alhambra desaparezca á causa de un inconcebible abandono, y lo que está escrito se cumplirá.

Hemos dicho buena y lealmente á nuestros lectores lo que sabiamos acerca de la historia y de la tradicion de ese alcázar.

Si no hemos hecho un libro mejor, no es porque no hayamos querido, sino porque no hemos podido mas.

FIN.

CRONOLOGÍA DE LOS REYES DE GRANADA.

Años

Mohhammed-Ebn-Al-Hhamar.1238

Mohhammed II.1273

Mohhammed III.1303

Al-Nazar.1309

Ismail-Abul-Walid.1312

Mohhammed IV.1325

Juzef-Abul-Hhedjadj.1333

Mohhammed V.1354

Ismail II (por usurpacion).1359

Abu-Sayd (idem).1361

Mohhammed V (de nuevo).1362

Juzef II.1391

Mohhammed VI.1396

Juzef III.1408

Mohhammed VII, por sobrenombre Al-Hhayzarí.1425

Ebn-Ozmin.1445

Ebn-Ismail.1454

Abul-Hhasan.1466

Abu-Abd-Allah-Al-Ssaquir-el-Zogoibi (Boabdil).1482

Abd-Allah-Al-Ssaghar ó el Zagal (en union con Boabdil).1484

Boabdil (solo).1490

INDICE.

PAGINAS.

Leyenda I.—El rey Nazar.3

ILa colina roja.id.

IILa casita del remanso.7

IIILa dama blanca.10

IVBekralbayda.21

VUna historia muy sencilla.26

VIEl rey Nazar visto por el lado histórico.31

VIIEl rey Nazar visto por el lado de adentro.34

VIIILa venta de una muger.37

IXDe cómo el príncipe Mohhammed estuvo á punto de ser ahorcado por ladron.39

XLa torre del Gallo de Viento.42

XIDe cómo el rey Nazar comprendió que no podia ser feliz.45

XIIEl palacio de rubíes.48

XIIILa sultana loca.55

XIVLo que se veia desde la torre del Gallo de Viento.61

XVUno para cada almena.63

XVIUno para cada cautivo.66

XVIIEl rey Nazar se ha vuelto loco.67

XVIII¡El rey Nazar es un sabio!69

XIXEl surco del rey Nazar.75

Leyenda II.—El mirador de la sultana.79

I¿Sultana ó esclava? ¿amante ó hija?id.

IILa mejor noche del rey Nazar.87

IIIDe cómo la sultana Wadah creyó en la resurreccion de los muertos.96

IVEn que Iskac-el-Rumí hace pensar al rey Nazar.117

VCelos y misterio.119

VIMisterios.122

VIIEl pergamino sellado.123

VIIIEn que se da fin á esta maravillosa historia.123

Leyenda III.—El alma de la Cisterna.131

Leyenda IV.—La Puerta del Juicio.190

Leyenda V.—La torre de la Cautiva (continuacion de la anterior).249

Leyenda VI.—La torre de los Siete Suelos (cuyo final sirve de epílogo á la anterior).316

Apuntes históricos, en que se dá una breve noticia de los reyes de Granada que existieron despues del rey Abul-Walid y antes del rey Abu-Abd-Allah-al-Zaquír-el-Zogoibi, Granada.427

Leyenda VII.—El patio de los Leones.461

PAUTA para la colocacion de las láminas.

PÁGINAS.

La anteportada al cromo, delante de la portada impresa.

Te he llamado para ser tu esclava.25

Y desaparecian y tornaban á desaparecer.54

Contemplo profundamente conmovida á Bekralbayda.83

¡Mátala si te atreves!114

El rey permaneció inmóvil y fascinado.143

Sacudió la bandera y cayó al suelo una cabeza humana.162

Mira, la dijo, mostrándola la cabeza del rey.185

¡Esta es mia!230

Muerte de Abul-Walid.243

¡He huido! ¡he huido, amado mio!278

Fuga de María.313

Asieron el cadáver de su padre... y le arrojaron en medio de la sima.347

Le llevaron á una hermosa cámara.385

El Belludo y el Descabezado.426

La sultana Zoraida.472

El Suspiro del Moro.539

Notes in this chapter

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