LEYENDA II. EL MIRADOR DE LA SULTANA.
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I. ¿SULTANA Ó ESCLAVA? ¿AMANTE Ó HIJA?
Empezaron á cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes, cargadas de mármoles labrados.
Veíanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las durísimas losas de mármol.
Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.
En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo los muros y las torres, y levantándose los compartimientos, formando un verdadero laberinto.
Veíanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante otros pedazos de madera, en que trazaban con el compás y con la escuadra las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del rey Nazar.
Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al otro, estimulando con alabanzas á los mas.
Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un número incalculable de albañiles y de alarifes se empleaban en ella.
Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa de la moneda no cesaba de acuñar aquel oro que inmediatamente se repartia entre los industriales de Granada.
Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa é incansable, y por todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el sordo y contínuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra murallas de piedra.
El rey Nazar se levantaba con el alba, iba á buscar á Bekralbayda, se perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la casa del Gallo de viento, causando mortales angustias á su hijo el príncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos á la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosías de los miradores.
Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba á sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de viento: oía las quejas y las peticiones de sus súbditos; las castigaba ó premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba á la Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban los trabajadores.
Entonces el rey se volvia á la casa del Gallo de viento, hacia su segunda comida, se encerraba en su cámara, y pasaba la noche hasta una hora avanzada leyendo antiguos libros, ó estudiando y comentando leyes.
La obra del Palacio-de-Rubíes crecia, pero su estraordinaria magnitud la hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.
—¡Oh, señor Dios! esclamaba contristado: ¿no tendré yo vida para ver terminada y resplandeciente esta maravilla?
Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos á los otros: los muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar fúlgidos destellos de los vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cúpula.
Aquel era un pequeñito alcázar, al que el rey Nazar habia dado el nombre de Mirador de la sultana.
Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con celosías doradas.
Una galería con columnas semejantes é iguales celosías: tres pequeños retretes con alhamíes ó alcobas, pavimentadas de mosáicos, con las paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sándalo, el nacar, el marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.
Una escalera de mármol estrecha y como construida por el genio del misterio, conducia á otros no menos lindos compartimientos bajos, que daban á una galería semejante á la galería superior, de arcos calados sostenidos en columnas, y de aquella galería se pasaba á un jardin formado de repente, con árboles y flores trasplantados de los cármenes del Darro.
Las copas de los árboles frutales que se cruzaban; las galerías de cipreses y laureles que se estendian formando bóvedas, y que iban á concurrir en una cúpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo cubierto de cesped, se veia una fuente de mármol de la que saltaba un rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse á las personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseñores y gilgueros y cuantos pájaros tienen un canto melodioso.
Al menos, dijo el rey Nazar cuando vió terminado aquel pequeñito alcázar, ya no moriré sin haber visto una de las maravillas de esta obra del hombre: ahora es necesario que venga á ser su alma una de las maravillas de la obra de Dios.
Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á aquella primera construccion á Bekralbayda.
Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado, conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.
Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en el pórtico del Mirador de la sultana.
Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del alcaide de los eunucos.
Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.
A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.
Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.
—El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide, quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea si la contenta el alcázar que ha construido para ella.
—Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39].
—Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.
—¡Me llamas sultana! dijo con acento de estrañeza y de gran interés Bekralbayda; ¡saludas á lo que nacerá si Allah lo permite, príncipe si es varon y sultana si es hembra! ¿Sabes tú, acaso, algo acerca de mi destino?
—Solo Dios sabe lo oculto, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el alcaide de los eunucos.
—Me han puesto vestiduras régias, perlas sobre el seno, diamantes y esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos; antes me han bañado en aguas olorosas, han vertido sobre mí esencias: ¿no se engalana así á las esclavas del harem á quien el señor elije para sus placeres?
—Pero el alcaide de los eunucos solo acompaña á las sultanas: solo las sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco señaló con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubíes que Bekralbayda llevaba cerrando su riquísimo caftan sobre su medio desnudo seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar, con su empresa en que se leia en caracteres africanos ¡solo Dios es vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana, alegría del mundo; por eso me humillo ante tí, lucero de los luceros.
Y se inclinó de nuevo.
—¿Pero nada seguro puedes decirme?
—Solo Dios sabe lo oculto, repitió el eunuco.
—¿Es decir que solo me acompañas para mostrarme este alcázar?
—Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.
Contempló profundamente conmovido à Bekralbayda


—Dí al noble y magnífico sultan Nazar, que para quien tiene el alma triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que su esperanza, y que la soledad y las lágrimas son los mejores compañeros de un desventurado.
—Tú se lo dirás al señor, noble sultana, porque el señor se acerca: ya oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aquí; que Allah te acompañe y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.
Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retiró andando para atrás y repitió su reverencia otras dos veces antes de desaparecer por la puerta.
Bekralbayda se sentó en un divan, y se replegó en sí misma, acongojada y pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lánguida y vaga por las celosías de la cúpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba un tono incitante y lascivo á la blancura de su cuello y de sus hombros desnudos; el blanco humo de un pebetero estendiéndose delante de ella, la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura eminentemente fantástica.
Y luego, aquella niña tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente pura, con su tristeza de amor, con sus lágrimas de desconsuelo, con lo elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como implorando la misericordia de Dios, era una poesía viva, una poesía humana, colocada en medio de otra poesía inmóvil, muda, pero resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras á través de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y á través de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura un pedazo de cielo resplandeciente, azul, diáfano, incomparable.
Sintiéronse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y poco despues apareció en la puerta un hombre y se detuvo, se cruzó de brazos y contempló profundamente conmovido á Bekralbayda.
Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.
Un silencio profundo envolvia la cámara, silencio que solo rompian de una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos trinos de los pájaros; por la otra parte el zumbido unísono, ténue, perdido de los trabajadores.
El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de interés, contemplaba á la jóven, era el rey Nazar.
Venia sencillamente vestido; únicamente brillaban en su cabeza entre su toca, las puntas de su corona, y la empuñadura de su espada entre su faja.
Durante algun tiempo permaneció inmóvil en su benévola contemplacion; luego adelantó y fué á sentarse silenciosamente en el mismo divan en que estaba replegada Bekralbayda, pero á cierta distancia.
Entonces la jóven pareció despertar de un sueño, se estremeció, levantó la cabeza, fijó una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos, esclamó:
—¡Ah, señor!
—¡Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.
Bekralbayda se puso de pie, mas pálida aun que lo que estaba, aterida, muda, como aniquilada; guardó durante algunos momentos silencio, y luego esclamó:
—¡Pero yo no puedo amarte... no!... ¡no puedo amarte como tú quieres que te ame... no! ¡Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo amarte así!
—Cuando te confesé mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, tú me contestaste...
—¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.
—Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste, quiero ser sultana.
—¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!
—Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... está apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su locura se la puede considerar muerta.
—¡Ah, poderoso señor!
—Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.
—La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija perdida.
—¡Una hija! esclamó, levantándose aterrado, trémulo, herido como por un rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. ¿Quién te ha dicho que la sultana Wadah ha perdido una hija?
—¡Qué! ¿no has perdido tú tambien tu hija, poderoso señor? esclamó aterrada por su imprudencia Bekralbayda.
—Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el príncipe Juzef, contestó con voz cavernosa el rey Nazar.
—¡Oh! ¡yo me he engañado! ¡yo me he engañado! esclamó trémula la jóven.
—Tú no sabes mentir: dijo severamente el rey.
—¡Ah, señor!
—Tú eres cándida y pura como la azucena de los valles.
—Yo me he engañado.
—Pero... ¿por qué te has engañado?
—Yo he visto á la sultana buscar una rosa blanca.
—¡Ah!
—Yo la he escuchado decir...
—¡Oh! ¿qué has escuchado?...
—¡Mi rosa blanca! ¡la rosa de mis entrañas!
—¿Y no has escuchado mas?
—¿Y á qué puede llamar una muger la flor de sus entrañas, sino á su hija? esclamó cubriéndose de un vivísimo rubor Bekralbayda.
—Sí, sí, te has engañado, dijo el rey Nazar reprimiéndose, volviendo á la tranquila y benévola espresion de su semblante, y sentándose de nuevo en el divan: ¡la rosa blanca! esa es una manía de la sultana.
—¡Infeliz! murmuró Bekralbayda.
—La locura de la sultana Wadah me obliga á tomar otra esposa, te dije: puesto que quieres ser sultana, lo serás.
—¡Yo mentia! repitió Bekralbayda.
—Luego, continuó el rey, añadiste: no me basta ser sultana: yo quiero que me dés un alcázar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos: cuando me dés ese alcázar seré tuya.
—¡Ah! ¡no! ¡no!
—Yo he mandado fabricar este alcázar, una de cuyas pequeñísimas partes es la que ocupamos...
—¡Pues bien! acaba ese alcázar, señor... y entonces...
—Este alcázar, que será la maravilla de las gentes, no puedo terminarlo yo, ni lo verá terminado mi hijo ni mi nieto; si para cuando esté terminado este alcázar has de darme tus amores... seria preciso que Dios parase para nosotros solos el tiempo y que le apresurase para los demás.
—Pero lo que yo te he prometido no me obliga hasta que hayas cumplido tu promesa: hasta que hayas terminado el Palacio-de-Rubíes: si para entonces hemos muerto, la culpa no es mia.
—¡Cuán mal parece la mentira en boca tan hermosa! dijo el rey Nazar.
Ruborizóse Bekralbayda.
—¡Ah señor! si yo miento, esclamó arrojándose á sus pies, es porque la mentira es la única arma que tengo para defenderme de tí.
El rey Nazar la levantó dulcemente y la sentó junto á sí.
—¿Piensas, la dijo, que si yo quisiera te podrias defender de mí?
—El generoso, el grande, el vencedor, el magnífico Nazar, no puede ni debe amar á una desdichada que no puede amarle.
—Y... ¿por qué no puedes amarme?
—¡Porque amo á otro! esclamó con desesperacion Bekralbayda, ¡porque mi alma está en la suya! ¡porque llevo en mis entrañas la flor de mis amores!
Y Bekralbayda se cubrió el rostro con las manos y rompió á llorar.
El rey Nazar sintió que sus ojos se arrasaban: se dominó, apartó las manos de la jóven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de un amor inmenso, no á la muger, sino á la madre de su nieto, la atrajo á sí y la estrechó entre sus brazos esclamando conmovido:
—¡Ah! ¡hija mia! ¡hija de mi alma!
Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separó de sí á Bekralbayda, compuso su semblante, recobró su impasibilidad, aunque aparente, y dijo:
—¿Amas á un hombre y eres madre?
—Tú me has llamado hija, señor; esclamó con ansiedad Bekralbayda.
—¡Yo! ¡que yo te he llamado hija! ¡no sabes que te quiero para esposa!
—¡Y serias tú, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger que ama á otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!
—Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi alcázar no vuelves á ver al hombre á quien amas, no importa que seas madre... porque todos creerán que ese hijo es mio: eres mi esclava.
—¡Me matarás! ¡puedes matarme! ¡pero no puedes hacer que yo olvide mi amor, que yo le ofenda! ¡no! ¡no! esclamó Bekralbayda desesperada.
—Escucha, dijo el rey: te cubriré de oro y perlas: te daré esclavas á millares: te rodearé de cuanta grandeza puede disponer un rey tan poderoso como yo.
—¡No! esclamó con energía Bekralbayda.
—No volverás á ver á ese hombre.
—Pero le guardaré su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un santuario.
—Yo buscaré á ese hombre y le mataré.
—El querrá morir mejor que verme en tus brazos.
—Cuando nazca tu hijo te lo quitaré.
—Me volveré loca como la sultana Wadah, y llamaré en mi delirio á la flor de mis amores, pero no seré tuya.
El rey Nazar se estremeció.
—¿Y si yo matase á tu hijo?
—Por la vida de mi hijo no mataré á su padre.
—¿Pero estás segura de que ese hombre merece tu amor?
—¡Oh! yo soy para él la luz, la alegría, la vida.
—¿Y si por acaso no pudiera ser tu esposo?
—Seria su esclava.
—¿Quién es ese hombre á quien tanto amas? esclamó afectando un furor que no sentia el rey Nazar, como no ignoraba que el hombre á quien amaba Bekralbayda, era su hijo el príncipe Mohammet.
—El hombre á quien amo... es un mancebo humilde... pobre... pero yo le amo así... y no le cambiaria por todos los sultanes de la tierra...
—¿Qué, amas así á?...
El rey Nazar se detuvo; iba á decir, ¡á mi hijo!
—Quítame, señor, dijo la jóven, estas galas de sultana, estas alhajas; no me dés para vivir este rico alcázar; no me saques de la condicion de esclava: déjame sola, pobre con mi amor, y te bendeciré.
—Tú serás sultana, dijo el rey Nazar.
—¡Ah señor! ¡ten compasion de mí!
—Tú serás sultana, repitió el rey Nazar y salió.
Bekralbayda quedó anonadada.
En tanto el rey murmuraba saliendo:
—Es digna de mi hijo: digna de la corona de Granada: sultana será y sultan mi hijo... ¡pero esa hija perdida de Wadah!... ¡ese misterio! ¡si Allah me ayuda, ese misterio ha de aclararse ante mis ojos!... y si fuera... ¡ah! ¡si fuera ella!... ¡si Bekralbayda fuera esa hija!
El rey Nazar se perdió poco despues entre los trabajadores del alcázar.
II. LA MEJOR NOCHE DEL REY NAZAR.
El rey se encaminó á la tienda que desde que principiaron las obras se habia levantado para él en la Colina Roja.
Entró en ella, arrojóse en un divan, y quedó profundamente pensativo.
—Desde el momento en que descubrí, murmuraba, que mi hijo era el amante de Bekralbayda, el horror que me inspiró el solo pensamiento de robar á mi hijo su amante, me curó de todo punto del amor que tenia hácia ella. Es verdad que la he enamorado, que he pretendido probar si es digna de ser sultana de Granada... y ha respondido á la prueba: ahora la amo como si fuera mi hija; y despues que he sabido que es madre... ¡oh! el amor de otro nuevo hijo de mi sangre... de un descendiente de mi raza, que será como ella hermoso, y valiente y gallardo como él, porque será un príncipe, Dios me favorece: pero esa revelacion de Bekralbayda... ¡lo que ha vuelto loca á la sultana Wadah, es la pérdida de una hija!... una muger vé mejor que un hombre en el alma de otra muger: ella no se engaña: yo recuerdo... el dia en que desapareció de mi lado Leila-Radhyah, se encontraron en sus habitaciones manchas de sangre: aquel mismo dia desapareció uno de mis esclavos y Wadah se volvió de repente loca: desde entonces han pasado diez y siete años... la edad de Bekralbayda... Yshac-el-Rumi es un hombre misterioso. De una manera misteriosa me ha entregado á Bekralbayda... ese hombre á quien he hecho seguir, ha sido visto alguna vez en los cármenes del Darro acompañado de una muger... ¡oh! ¡esta misma noche! sí... sí... ¡esta misma noche!
El rey esperó con impaciencia á que el sol traspusiese: se fué como de costumbre á su palacio de la torre del Gallo de viento, y exhaló un suspiro cuando vió el reflejo de la luz en las ventanas de la torre donde continuaba preso el príncipe Mohammet.
Luego entró en su cámara, comió como de costumbre, se quitó la corona y las vestiduras reales, púsose unos vestidos cortos y sencillos, se rebozó en un albornoz, y salió de su palacio por una puerta escusada y solo.
La noche era oscura: el rey, embozado en su alquicel negro, se deslizó como una sombra junto á los muros de la alcazaba Cadima, llegó al barrio del Hajeriz, descendiendo por sus pendientes calles, llegó al valle donde corre el Darro y siguiendo su corriente arriba, se metió por las angosturas.
Muy pronto llegó á la casita del remanso.
—Aquí es: este me han dicho es el sitio donde Yshac-el-Rumi desaparece por la entrada de una cueva y vuelve á aparecer allá arriba sobre las cortaduras, acompañado de una muger enlutada como él; es necesario buscar la entrada de esa cueva: frente á la casa del remanso me han dicho que tiene la entrada: pero la noche es demasiado oscura... no importa, Dios me guiará; Dios que conoce el pensamiento que me trae aquí.
En efecto, el rey encontró despues de algun tiempo la entrada de la cueva que buscaba.
Pero al penetrar por ella oyó un sordo ruido; el batir de las alas de un pájaro que pasó junto á él rozándole el rostro con las estremidades de las plumas.
El rey se detuvo y se estremeció:
—¡El buho! ¡siempre ese pájaro maldito que me persigue! pero no importa, añadió sobreponiéndose á su terror: el Altísimo y único, el amparador de quien le confiesa y le adora me ayudará.
Y penetró resueltamente en la cueva.
Al entrar en ella, vió á sus pies como en el fondo de una sima, una línea de luz como la que puede verse un momento á través de una puerta que se cierra.
—¡Oh! esclamó el rey, aquí moran séres humanos. He visto cerrarse allá abajo una puerta, y he creido escuchar despues los pasos de la persona que ha cerrado esa puerta que se alejaban. ¡Oh, señor, fuerte y misericordioso! ¡ampárame!
Y el rey Nazar palpó, encontró la entrada de una estrecha comunicacion subterránea, y al poner el pié en ella, notó que el piso era pendiente y resvaladizo.
El rey Nazar se asió á las escabrosidades naturales de uno de los costados de aquel pasage tenebroso, y descendió ayudando con las manos, que se asian fuertemente á la roca, á los pies que resvalaban sobre la pendiente.
Al fin, despues de haber descendido algun espacio, tropezó con la roca áspera y cortada que le cerraba el paso.
El rey Nazar palpó: la escavacion ó el seno terminaba allí: no tenia continuacion.
—Aquí debe haber una puerta oculta, dijo el rey; yo he visto cerrarse esa puerta. Pues bien, suceda lo que quiera, no he de retroceder.
Y desnudando su puñal dió un fuerte golpe con su pomo sobre una piedra saliente que estaba incrustada en la roca.
Pero en vez de sonar como piedra al toque del rey Nazar, respondió un sonido vibrante, metálico como el de una campana.
—¡Oh poderoso señor! esclamó el rey, ó aquí hay encantamento, ó he dado por acaso en un lugar que sirve para llamar á los que conocen el secreto: encantamento ó realidad preparémonos.
Y el rey se desprendió rápidamente parte de la toca blanca que ceñía su cabeza, y la cruzó sobre su rostro, no dejando mas que un estrecho resquicio para su ojo derecho.
Acababa el rey de encubrirse, cuando resonaron leves y casi perdidos al otro lado de la roca, pasos de muger: oyóse luego un rechinamiento áspero, como el del hierro sobre la piedra, brilló entre la oscuridad una línea de luz, y se abrió una puerta.
Delante del rey Nazar, con sus flotantes cabellos negros, sus ojos, su mirada profunda y melancólica, y su ancha y suelta túnica de lana, estaba la Dama blanca con una lámpara en la mano.
El rey se estremeció: contuvo un grito y un movimiento, y permaneció inmóvil.
—¿A quién buscas? dijo la Dama blanca.
—A tí, contestó el rey con acento conmovido y alterado.
—¿Quién te envia?
Detúvose un momento el rey, y meditando que acaso aquella muger no conocia otra persona que al astrólogo, contestó.
—Me envia el sábio Yshac-el-Rumi.
—Ven conmigo, dijo la Dama blanca.
Y siguió adelante por una estrecha mina abierta en la roca.
Poco despues llegaron á una puerta forrada de hierro, que empujó la dama, y al fin se encontró con ella el rey Nazar en la misma cámara blanca y dorada, donde el príncipe habia vuelto en sí algun tiempo antes.
—Espera aquí, dijo la Dama blanca dejando sobre un nicho calado la lámpara que tenia en la mano y desapareciendo por una puerta.
—¡Oh poderoso señor, esclamó el rey cuando se vió solo, y cuán incomprensibles son tus decretos! ¡por cuán torcidos caminos llevas al hombre de la mano!
Y el rey se sentó en el lecho y quedó meditando profundamente en la estraña aventura en que se encontraba empeñado.
Pasó un largo rato: al cabo oyó el rey el paso de una muger acompañado del crugir de una túnica de seda; abrióse al fin la puerta y apareció la Dama blanca, ó mas bien una hurí descendida del paraiso.
El rey se puso de pié de una manera involuntaria, y dió un paso hácia la dama como si le hubiera atraido su hermosura.
Porque la Dama blanca se habia transformado: es verdad que su semblante y su cuello y sus hombros aparecian un tanto enflaquecidos, sumamente pálido su semblante, estraordinariamente melancólicos sus ojos, pero esto aumentaba su hermosura, dándola el encanto del sufrimiento.
Y luego su peinado, y sus joyas y sus magníficas vestiduras...
Las anchas y largas trenzas de sus cabellos, brillantes por sí mismos, aumentado su brillo por las piedras preciosas que los salpicaban, estaban entrelazadas alrededor de una riquísima diadema de sultana: pendia de su cuello un ancho collar de rosetones de diamantes y perlas; cubria apenas su seno la parte superior de una túnica finísima de lino bordado con plata; sobre esta túnica llevaba otra de seda verde, recamada de bordaduras de oro, ancha, flotante, larga hasta tocar el pavimento, cayendo sobre él en una magnífica plegadura; sobre esta túnica tenia otra larga, solo hasta las rodillas, de brocado blanco, con bordaduras de aljófar, ciñéndose sobre la redonda y esbelta cintura de la dama, por un joyel de pedrería y cerrándose sobre el pecho con herretes de esmeraldas; por último, un caftan ó sobretodo que no pasaba de las rodillas, de anchas mangas perdidas de seda roja cubierta de arabescos negros, dos magníficas ajorcas ó brazaletes de pedrería, y unas ricas y deslumbrantes arracadas completaban el atavío y el prendido de la Dama blanca, transformada por su maravilloso traje en sultana.
—Estoy pronta, dijo la dama tomando de sobre un divan un ancho albornoz de lana blanca y cubriéndose con él enteramente hasta el punto de que solo se veia bajo él la orla de la rozagante túnica verde: estoy pronta y te sigo.
—Sácame antes de aquí, dijo el rey Nazar, cuya voz se mostraba á cada momento mas conmovida.
—Ven conmigo, dijo la dama.
La dama tomó la lámpara, atravesó, precediendo al rey Nazar, algunas habitaciones, subió por unas escaleras, y en fin, por los mismos lugares por donde habia conducido en otra ocasion al príncipe Mohammet, salió al aire libre, atravesó una calle de árboles, llegó á una cerca, abrió un postigo, salió con el rey, cerró el postigo, y dijo:
—Estamos en el campo: cúmpleme tu promesa.
—¿Qué te ha dicho que yo he prometido Yshac-el-Rumi?
—Me ha dicho, contestó con una estrañeza recelosa la dama, que tú me llevarias al alcázar que ha construido el rey para Bekralbayda.
—Cumpliré mi promesa, dijo el rey, pero ásete á mi brazo, sultana: la noche está oscura.
—Pero pronto saldrá la luna, dijo la dama, y es necesario aprovechar la oscuridad.
Y se asió al brazo del rey.
—¿Por qué me has llamado sultana? dijo la dama.
—¿Por qué?... porque puedes y debes ser la sultana de la hermosura.
—Conócese, dijo con alguna severidad la dama, que estás acostumbrado á adular á las esclavas de tu señor.
—En alabarte no hay adulacion: el lenguaje de los hombres no puede ponderar tu hermosura.
—¿Eres tú el alcaide de los eunucos del rey Nazar? dijo creciendo en recelo la dama.
—Sí, contestó el rey sin vacilar.
—¡Es estraño! murmuró ella.
Y guardó silencio.
—¿Dónde me llevas? dijo al fin: paréceme que nos alejamos en direccion opuesta á la Colina Roja, donde el rey Nazar ha construido ese alcázar donde enamora á Bekralbayda.
—Voy á ganar la espesura por cima de los cármenes, dijo el rey, toda precaucion es poca.
—Pero este terreno es muy áspero.
—Apóyate bien en mi brazo, sultana, y si no bastare, yo te llevaré sobre mis hombros.
—¡Oh! ¡no! ¡sigamos! ¡anhelo llegar!
—¡Anhelas llegar! ¿puede un esclavo atreverse á preguntarte?
—¿Acostumbran los esclavos del rey á entrometerse en los secretos de su señor, ó es que no basta el oro que te se ha dado y necesitas mas para ser respetuoso?
—¡Oh Dios misericordioso! ¡perdona si te he ofendido, sultana!
La dama siguió andando y no contestó.
—Dime, dijo al cabo de un breve espacio de silencio: ¿el rey ama á Bekralbayda?
—No.
—¡Que no la ama!
—El rey no puede amar á la que destina por esposa á su hijo el príncipe Mohammet.
—¡Ah! ¿te ha dicho eso el rey?
—El rey me favorece con su confianza.
—¡Pero... si el rey enamora á Bekralbayda!
—El rey solo ha querido probar si Bekralbayda es digna de ser esposa de su hijo, y la ha finjido amores, y la ha prometido tesoros. Bekralbayda aunque ignora que el rey sabe sus amores con el príncipe, ha resistido á todas las tentaciones. ¡Oh! ¡sí! ¡es digna de ser sultana, y lo será!
Guardó de nuevo silencio la dama.
—¿A quién ama el rey Nazar? dijo.
—A una muger por quien llora hace diez y siete años.
—Mientes; mas de diez y siete años hace que el rey Nazar hizo su esposa á la sultana Wadah: la adoraba; ha tenido de ella...
—Ha tenido de ella un hijo, y ese hijo tiene ya veinte años. Hace diez y siete que la sultana Wadah está loca, y que el rey llora á sus solas, cuando nadie puede burlarse de su llanto, por una muger.
—Pero se consuela con las esclavas de su harem.
—El rey Nazar tiene harem porque es rey; pero jamás pasa sus puertas: el rey Nazar tiene el alma cubierta de luto.
—¿Por la muger que le arrebataron hace diez y siete años? dijo alentando apenas la dama.
—El rey encontró sangre en el retrete de la luz de sus ojos, del alma de su alma, de su adorada Leila-Radhyah; pero su alma habia desaparecido: el rey lloró y llora: el rey daria su grandeza y su vida por volverla la existencia.
La dama no contestó una sola palabra.
—¿Dónde me llevas? dijo con cuidado la dama viendo que el rey se alejaba cada vez mas: la luna empieza á salir.
—Allí hay un bosquecillo de avellanos, contestó el rey; necesito hablarte donde nadie nos pueda oir.
—¡Ah! ¿necesitas hablarme? ¿pues qué, hay alguna dificultad para lo que deseo?
—Tal vez.
—¿Por qué tiemblas?
—¡Ah! ¿y quién no temblará á tu lado, asido á tu brazo, reina del amor?
—¿Qué esto? dijo la dama con terror y con orgullo, ¡tú no puedes ser el enviado de Yshac-el-Rumi!
—¡Oh! ¡la luna sale! ¡espera, espera á que descubra enteramente su disco y te contestaré!
—No daré ni un paso mas, dijo con terror y con cólera la dama, ¿quién eres? tú no eres el alcaide de los eunucos, ó si lo eres, eres un miserable, un traidor.
—¡Oh! ¡la luna! ¡la luna!
—¡Vuélveme, vuélveme á mi asilo! esclamó la dama pugnando por desasirse del rey que la detenia.
—¡Volver, volver á donde otros puedan verme á tu lado! ¡oh! Dios me ha traido hasta ti: Dios quiere que solo él sea testigo de lo que vá á suceder entre los dos.
—¿Y qué puede suceder?.. esclamó con terror la dama.
—¡Oh! ¡mi amor y tu hermosura! ¡Dios misericordioso! ¿y cómo podia esperar yo tanta felicidad?
—¿Qué dice este hombre? esclamó en el colmo de su terror la dama.
—¡La luna! ¡héla allí, llena y resplandeciente que se presenta en toda la plenitud de su belleza, para alumbrar á mis amores, para brillar una vez sobre mis lágrimas de alegría, como ha brillado tantas otras sobre mis lágrimas desesperadas!
—¡Ah! ¡has cambiado de voz, fingías el acento! ¡yo... yo recuerdo tu acento!.. ¿quién eres? esclamó trémula la dama.
—¿Te has engalanado para deslumbrar con tu hermosura al rey Nazar, no es verdad, luz de mis ojos? dijo el rey.
—¡Quién eres! dijo la dama con doble ansiedad.
—Y el rey Nazar sentiria romperse su corazon de gozo, de felicidad, aunque solo te hubieras presentado ante él, con tu hermosa crencha negra suelta, y suelta tu túnica de luto, alma de mi vida, mi infortunada, mi hermosa, mi sultana, Leila-Radhyah.
La dama dió un grito de sorpresa, de angustia, de ansiedad, y arrancó la toca de sobre el semblante del rey en que reflejó de lleno la luz de la luna.
—¡Ah!.. ¡ah!.. ¡Dios poderoso!.. ¡Nazar!
Esclamó y se desmayó entre los brazos del rey.
Encontrábanse junto á una fuente á la entrada de una espesura de avellanos, en una meseta de la montaña; veian desde allí á lo lejos el Albaicin y la parte de la Colina Roja donde se alzaba el pequeñito alcázar habitado por Bekralbayda.
El rey Nazar llevó á Leila-Radhyah, á la única muger á quien habia amado, á la que habia llorado muerta, á la que habia cambiado su nombre por el de Maga de las humbrías, al lado de la fuente y la roció el rostro con agua.
Pero Leila-Radhyah no volvia en sí; gemia como si demasiado comprimido su corazon estuviese próximo á romperse.
El rey estaba aterrado y redoblaba sus esfuerzos para hacerla volver en sí; al fin, Leila-Radhyah abrió los ojos, se incorporó entre los brazos del rey Nazar, le miró faz á faz, y se pasó las manos por la frente como si hubiese pretendido volver en sí de un sueño.
Luego esclamó con un acento profundamente conmovido, ardiente, enamorado, loco:
—¡Oh! ¡señor, señor! ¡es él! ¡es él! ¡mi Nazar!
Y se arrojó á su cuello, le retuvo en sus brazos, y rompió á llorar; pero en un llanto de alegría.
—¡Oh! esclamaba entre sus lágrimas con un acento indefinible, de amor y de alegría, ¡me ha creido muerta y no me ha olvidado!
—Yo ví sangre en tu retrete, contestó el rey Nazar.
—¡Oh! sí, dijo Leila-Radhyah: fué una noche horrible... horrible... mira rey mio, señor de mi alma: mira.
Y Leila-Radhyah se abrió con una mano trémula de impaciencia la túnica interior y mostró al rey las señales de tres anchas puñaladas.
—¡Oh! ¡qué horror!.. y... ¿quién fué? preguntó con acento cobarde el rey...
—¡Ella, ella, la hechicera, la maldita!.. contestó Leila-Radhyah.
—¡Wadah! murmuró el rey.
—¡Sí, sí, Wadah, esa terrible hechicera sedienta de sangre! ¿Y sabes tú para qué me he puesto yo estas ropas, estas joyas, esta diadema?..
—¡Oh! ¡no!
—Para impedir un nuevo crímen.
—¡Un nuevo crímen!
—Sí: para impedir que se lleve á cabo una venganza horrorosa: para impedir que Wadah asesine á Bekralbayda.
El rey se alzó pálido, terrible.
—¡Qué, Wadah pretende asesinar á Bekralbayda! esclamó.
—¡Ah! ¡tú amas á esa doncella! esclamó Leila-Radhyah.
—¡Bekralbayda ha sido amante de mi hijo! esclamó el rey.
—¡Ah! esclamó Leila-Radhyah.
—¡Pero ese asesinato! esclamó el rey que estaba desencajado, ¡el pronóstico del buho maldito!
—¿De qué buho hablas?
—De uno que me persigue, que salió de la cueva por donde llegué hasta tí rozando mi rostro con sus alas.
—Era Abu-al-Abu, á quien yo solté para que volase, como todas las noches, fuera del subterráneo.
—Ese buho me predice una desgracia horrible.
—Pero esa desgracia no será la muerte de Bekralbayda, yo te lo juro; te lo juro por el Dios Altísimo y Unico.
—¿Pero esta horrible traicion?...
—¿Cómo has venido á mi asilo, al asilo donde he estado oculta desde que eres rey de Granada? ¿te lo ha revelado á caso el alcaide de los eunucos?
—No, no, Dios es el que me ha traido junto á ti: pero el tiempo vuela...
—Empieza ahora la noche, y hasta que medie, Wadah no irá al alcázar que has construido para Bekralbayda. Pero es necesario que me lleves á él; que me ocultes; que te apoderes del alcaide de los eunucos para que no pueda revelar nada.
—¿Y quién introducirá á Wadah en el Mirador de la sultana?
—Yshac-el-Rumi.
—¡Yshac-el-Rumi!...
—Sí, sí, pero vamos, rey mio, vamos y tú mismo sabrás, tú mismo verás lo horrible del ódio de Wadah: tú sabrás en lo que consiste su locura: tú sabrás que tu Leila-Radhyah, tu sultana, es digna de tí. Ven.
—Sí, sí, vamos, dijo el rey.
Leila-Radhyah se envolvió en su albornoz, se asió al brazo del rey, y ambos, siguiendo la ladera de la montaña, se encaminaron á la Colina Roja.
III. DE CÓMO LA SULTANA WADAH CREYÓ EN LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS.
Arrojaba la luna su blanca luz sobre la Colina Roja.
Solo se veian los paredones en construccion, los andamios, el Mirador de la sultana, que se levantaba silencioso al norte, y los guardas que vagaban entre las obras, cantando para no dormirse.
En el vestíbulo del Mirador de la sultana, apoyado en una columna, se veia un moro envuelto en un alquicel blanco.
Aquel hombre esperaba sin duda, porque miraba de tiempo en tiempo con impaciencia á la desembocadura de un callejon formado por dos trozos de muralla en construccion.
Al cabo aquella sombra blanca se afirmó sobre los piés, y salió al encuentro de dos sombras que desembocaban por el callejon.
Era la una una muger; la otra un hombre.
Al salir el que esperaba al encuentro de los dos que venian, retrocedió.
—Tú no eres el alcaide, dijo al hombre.
—Yo soy el rey, dijo Al-Hhamar con voz tonante.
—¡El rey! esclamó el que les habia salido al encuentro.
—Y se inclinó profundamente.
—Levántate y llévame á donde llevarias á esta dama si la hubiera traido el alcaide.
—¡Señor! murmuró aterrado el moro.
—Levántate y guia, añadió con acento de amenaza el rey.
El moro se levantó, se encaminó al vestíbulo, torció á la derecha, abrió un pequeño postigo y entró por él.
—Esto está oscuro, dijo el rey.
—Así me han mandado tenerlo, señor.
—Busca una luz...
El moro obedeció, y volvió con una lámpara de los guardas.
Subieron por unas escaleras, atravesaron una galería y entraron en un precioso retrete.
—Cierra esa puerta, dijo el rey al moro.
El moro cerró.
—Descúbrete, le dijo el rey Nazar.
El moro echó atrás la capucha de su albornoz con la que hasta entonces habia tenido cubierta la cabeza.
—¡Ah! ¡eres mi walí Aliathar! ¡mi bravo africano! ¡el walí de la guarda de este alcázar en quien yo depositaba mi entera confianza! ¡y te has atrevido á hacerme traicion!
El walí cayó de rodillas.
—No quiero saber el precio en que me has vendido: solo quiero que obres como si no me hubieras encontrado, y te perdono.
—¡Ah, poderoso señor!
—Que nadie sepa que yo estoy aquí.
—¡Ah, señor!
—Cumple fielmente con lo que te han encargado aquellos á quien te has vendido.
—Solo tengo que esperar á la media noche á que se presenten un hombre y una muger para introducirlos aquí.
—Pues bien, introdúcelos, y cuando estén dentro, no los dejes salir.
—Así lo haré, señor.
—¿No está contigo en la guardia el walí Abd-el-Melek?
—Si señor, pero no sabe nada.
—No importa; dí al walí Abd-el-Melek, que vaya con cuarenta hombres á las Angosturas del Darro; que en el ensanchamiento donde está el primer remanso, busque la entrada de una cueva, que se oculte en ella, que prenda al hombre que entre y que le lleve á las mazmorras de la Alcazaba.
—Asi lo diré á Abd-el-Melek, magnífico señor.
—Dí á esta dama lo que tengas que decirla.
—Por esta celosía, se vé la cámara donde reposa la sultana Bekralbayda, dijo Aliathar que temblaba de terror.
En efecto, por una celosía dorada se veia una pequeña cámara octógona, donde se veia un ancho divan de brocado á la opaca luz de una lámpara.
—Por esta puerta, añadió el walí, señalando una pequeña situada en un ángulo, y por unas escaleras estrechas se baja á un alhamí que está cerrado por una puerta de cedro.
—Basta, dijo Leila-Radhyah, que permanecia encubierta: lo demás ya lo se.
El walí se inclinó profundamente.
—Oye ahora, dijo el rey, y cumple fiel lo que voy á mandarte; vé y espera á ese hombre y á esa mujer; pero en el momento que entraren, haz una señal leve: para poder percibirla, voy á trasladarme á la cámara que está sobre el vestíbulo.
—Yo sé silvar como un buho, dijo el walí.
Se estremeció el rey.
—Bien, bien, no importa, silva cuando ese hombre y esa muger hayan entrado: y no les avises, porque si no sucede aquí esta noche lo que debe suceder, te arrojo á mi verdugo para que me arroje tu cabeza.
—¡Ah, señor!
—Y sobre todo, que Abd-el-Melek, vaya á ocultarse en la cueva del rio, y cumpla las órdenes que te he dado. Vete.
El walí salió estremecido de miedo.
—Ven conmigo, alma de mi alma, dijo el rey tomando la lámpara y asiendo de la mano á Leila-Radhyah.
Atravesó con ella un estrecho corredor, abrió una puerta y entró en un pequeño y bellísimo retrete.
—¿Quién diria que la tosca lámpara de hierro de un guarda de las obras de mis alcázares habia de alumbrar mi felicidad?
Y dejó la lámpara sobre el alfeizar de una ventana.
Despues estremecido de pasion arrancó el albornoz á Leila-Radhyah.
—¡Oh santo Dios de Ismael y qué hermosa me la vuelves! ¡qué hermosa y qué enamorada! añadió al ver la mirada candente, lúcida, que Leila-Radhyah posaba en sus ojos.
—¿Te olvidas, señor, por tu pobre esclava, del motivo que nos trae aquí? dijo Leila-Radhyah, cuyas megillas cubria un leve y dulce matiz de púrpura.
—Siento que mi cabeza se desvanece: en mis oidos resuena una música regalada: la fragancia que me rodea me embriaga: ¡y es el resplandor de tu hermosura que me ciega! ¡es tu voz que resuena en mi alma! ¡es tu aliento que respiro! ¡ah! ¡y qué misericordioso y qué grande es Dios!
—¡Oh! ¡rey, rey mio! esclamó Radhyah exhalando estas palabras entre un suspiro.
Hubo un momento de silencio.
—¡Oh! ¡qué feliz, qué feliz soy!.. ¡la felicidad que siento, me comprime el corazon, me mata!.. esclamó Leila-Radhyah: ¡oh! ¡mi Nazar! ¡oh! ¡mi alma!
—Tu amor ha consagrado este alcázar, luz de mis ojos: esclamó el rey mirando con delicia á la princesa africana: ¡oh! ¿por qué tenemos mas en qué pensar que en nuestro amor?
—Oye, rey mio... ¿no es verdad que yo para tí no soy sultana ni esclava? ¿no es verdad que no soy para tí mas que Leila-Radhyah?
Al-Hhamar la estrechó entre sus brazos.
—Para esa infame hechicera, para esa Wadah fatal, justicia: para tí, mi noble mártir, mi amor, mi vida, mi alcázar y mi corona.
—Y para tí mi alma, esclamó Leila-Radhyah exhalando toda su alma en una divina sonrisa.
Callaron entrambos dominados por su amor, porque un amor que, comprimido, desgarrado, cubierto de luto y de dolores durante diez y siete años, estallaba al fin inmenso.
—Oye, dijo Leila-Radhyah: quiero contarte mi historia.
—¡Tu historia! ¡una historia de desdichas!
—No, porque ha habido dos nobles y generosos hombres que me han protegido, que se han consagrado á mí: mi historia es muy sencilla y muy breve.
—¡Oh! te escucho: tu voz es para mí tan dulce y tan amada como puede serlo la voz de los arcángeles al Señor.
—¿Te acuerdas del dia en que nos conocimos?
—¡Oh! esclamó el rey Nazar.
—Nos rodeaba el horror del combate: estaba yo cercada de cadáveres despedazados: los cristianos que me habian robado en la frontera cuando me dirigia á Córdoba, que habian muerto al wacir que me acompañaba, á mis doncellas, á mis esclavos, habian sido muertos á su vez por tus soldados y yo lloraba desolada porque me veia cautiva cuando empezaba mi juventud: ¿te acuerdas?... apenas tenia doce años, y ya era una muger: ya mi corazon languidecia de amor.
—¡Hija de Africa, alentada por el viento del desierto! esclamó con entusiasmo Al-Hhamar: ¡oh! ¡y qué hermosa eras ya! pero ahora eres mas hermosa: yo nunca hubiera creido que ojos de muger pudieran brillar tanto, arder tanto, exhalar tanta dulzura... ¡oh! entonces eras una hermosa doncella... que llorabas... ahora eres un arcángel de fuego...
—Pero el dolor ha enflaquecido mi cuerpo y empalidecido mis megillas.
—¡Oh, Dios mio! y si la felicidad, si mi amor te embelesan, dime... ¿quién tendrá vida bastante fuerte para resistir tu hermosura, cuando en estos momentos tu hermosura mata?
—¿Y si eso fuese, si yo llegase á ser tan hermosa, tan resplandeciente como una hurí del Señor, no creerias mi hermoso, mi valiente Nazar, que el Altísimo empezaba á recompensarte sobre la tierra? Pero es que tu amor me embellece á tus ojos: hace diez y ocho años... ¡oh! ¡entonces si que era hermosa!.. pero tú entonces eras mas hermoso que yo... me acuerdo, ¡oh! me acuerdo como si hoy mismo me estuviera sucediendo, que vi de repente junto á mí un jóven caballero en una yegua ensangrentada hasta el petral de acero: me acuerdo que cuando vi fija en mi mirada la mirada absorta de aquel mancebo, sentí inundada mi alma de una alegría, de una felicidad inmensas; lo olvidé todo: que me encontraba sola, esclava en tierra estraña. Y ¿te acuerdas, Nazar, rey mio, con cuánta alegría me arrojé en tus brazos cuando tú me dijiste yo te amo? ¿te acuerdas de ese tiempo de amor en que fuí toda tuya en cuerpo y en alma, sintiendo no tener mas vida para consagrártela, para confundirla con la tuya? ¡oh! ¡y cuánto te amé desde el punto en que te ví! ¡oh! ¡cuánto he llorado, sufrido, odiado, deseado y maldecido desde el momento en que te perdí!... ¡oh! ¡cuán dichosa, cuán llena de insensata alegría, cuán enamorada, cuán transportada al cielo, ahora que te veo, que te hablo, que eres mio, mio para no volverte á separar de mí! porque ahora... tú eres poderoso, Nazar, tú eres un gran rey, tú amas á tu Leila-Radhyah y no habrá poder humano que pueda separarme ya de tí.
—¡Oh! ¡no! tú serás mi sultana... tú la alegría de mis alcázares; tú el genio del amor y de la armonía, que vivirá eternamente en ellos en el lugar que ocuparon, cuando el tiempo, que todo lo destruye inflexible, los haya destruido.
—Cuando en los primeros dias de nuestro amor vagábamos en las claras noches de luna por los jardines de Córdoba, yo creia que jamás podia tener fin mi ventura: ¿te acuerdas? tú hijo el príncipe Mohammet aun estaba en la cuna: yo le amaba, yo le mecia sobre mis rodillas, yo quise reemplazar á la madre que habia perdido.
—¡Ah! esclamó el rey Nazar:
—Acuérdate cuán feliz era yo: por tí habia olvidado mi padre, mis alcázares de Fez, mi altivez de sultana: á tu lado no deseaba nada, en nada pensaba mas que en tí: si me cubria de galas, era por agradarte: si tañia la guzla y cantaba, era para hacer mas lánguido el sueño que dormias reclinada tu cabeza en mi regazo: si sonreia era por tí y para tí. ¡Oh señor! yo creia que aquella felicidad iba á ser eterna.
—Satanás se puso en medio de nosotros.
—¡Oh! no recordemos eso: no lo recordemos: tú no dejaste de amarme, no, no: tú me amabas con mas fuerza: te habian dicho que Wadah era una poderosa maga... y tú... Wadah te vió y te amó, y compró á un hombre y vendió á otro, por ser tuya, ó mas bien, porque tú fueses suyo.
—¡Qué, compró á un hombre y vendió á otro! esclamó Al-Hhamar.
—Sí, compró á uno de tus mayores amigos, á un pariente de tu padre, á David-ebn-Kotham, cuyos consejos seguias tú ciegamente.
—¡Oh! no, te engañas, Leila mia; el noble David-ebn-Kotham no podia venderse: era el mejor caballero de Córdoba.
—Cada hombre tiene su precio: Wadah hizo creer á David en su poder y en su ciencia, y en que el hombre que fuese su esposo llegaria á ser un rey valiente y vencedor. David la creyó y se vendió á ella por amor á tí: te hizo conocerla de una manera misteriosa, y tú... pero no hablemos mas de eso, esa maldita muger te hechizó.
—¿Y quién fué el hombre á quien vendió Wadah?
—Un hombre á quien amaba y del cual tenia una hija.
—¡Ah! ¡con que es cierto!..
—Sí.
—¿Y esa hija es Bekralbayda?
—Sí.
—¿Pero cómo pudo Wadah ocultarla?...
—Bekralbayda pasaba por hija de una de sus esclavas.
—¡Ah!
—De ese modo podia tenerla junto á sí en tu misma casa: pero no se atrevió á tener del mismo modo á su antiguo amante, á quien vendió, porque su amante era un esclavo africano.
—¿Y cómo se llamaba ese esclavo?
—Daniel-el-Bokarí.
—¡El alarife!...
—Sí, el gran alarife que ideó el Palacio-de-Rubíes, el maravilloso alcázar que tú estás construyendo.
—Continúa.
—El Bokarí fué vendido, por fortuna, á un amo piadoso: este, al verle triste y abatido, con las señales de la desesperacion mas profunda, quiso saber el secreto de sus penas. El Bokarí, celoso, furioso contra Wadah, se las reveló: entonces su amo le dijo: ¿qué sabrás tú hacer que valga el precio que he dado por tu alma?—Yo soy alarife, dijo el Bokarí.—Pues entonces hazme un palacio en una de mis huertas del Guadalquivir y eres libre.
El Bokarí construyó el palacio y labró los jardines en la huerta, y tan satisfecho quedó su dueño, que no solo le dió la libertad, sino otro tanto valor como el que habia pagado por él á Wadah.
Habia pasado un año desde tu casamiento con Wadah. Yo estaba abandonada en un apartado aposento de tu casa. Nadie se cuidaba de mí; tú me habias abandonado enteramente, hechizado por esa maldita; solo me servia una esclavilla, una pobre niña etiope: pasaba desesperada mis largas noches sin sueño, y de dia me iba á pasear acompañada de la esclava por las riberas del Guadalquivir por los lugares mas solitarios.
Allí, meditando en mi desventura, recordando mi infancia, mi juventud, mis alcázares, las esclavas que allí me habian servido de rodillas, y mi padre que se miraba en mis ojos, lloraba y me entristecía: pero nunca habia pensado en vengarme ni de tí ni de Wadah.
Una tarde, ya se habia puesto el sol, me volvia á Córdoba, cuando un jóven se aproximó á mí.
—Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.
—¿Y qué tendrás tú que decirme? le respondí con despego.
—Estás triste y lloras, repuso.
—¿Y qué te importa eso? repliqué.
—Yo tambien estoy triste y lloro.
—Déjame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.
—Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, añadió: la hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.
Cuando esto me dijo, ya le escuché de buen grado, y si entonces se hubiera separado de mí, yo le hubiera detenido.
—¿Y qué tienes tú que ver con Wadah? le dije.
—No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava. Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, espérame esta noche.
—Te esperaré.
—A tus habitaciones da un patio que tiene un postigo sobre el rio.
—Es verdad.
—Pues bien, yo llegaré esta noche al mediar con una barca por ese postigo.
—¿Y fué? dijo el rey Nazar.
—A la media noche, repuso Leila-Radhyah: yo escitada por lo que aquel hombre me habia dicho, le franqueé el postigo.
Hacia una noche tempestuosa y oscura, llovia, tronaba.
Aquel hombre me dijo:
—Espérame en tu aposento, sultana.
Y sin esperar á mas se perdió por uno de los arcos del patio.
Yo absorta sin saber qué hacer, dudé un momento acerca del partido que debia tomar: pero no se por qué me habia inspirado una gran confianza el Bokarí, que él era, y fuí á esperarle en mis habitaciones.
Apenas habia entrado en ellas, cuando se abrió una puerta y apareció el Bokarí; traia entre su alquicel una niña como de dos años, dormida.
—He tenido mas suerte de la que esperaba, me dijo: he encontrado abierto el aposento de mi hija y á su nodriza dormida.
—¡De tu hija! esclamé.
—Sí; esta niña es hija mia y de Wadah.
—¡Ah!
—Ahora, si tú quieres, sultana, sígueme.
—¿Que te siga?
—Sí; ¿qué pretendes esperar aquí? Al-Hhamar, fascinado por Wadah, ni aun se acuerda de tí: cuando Wadah eche de menos á su hija, creerá que tú eres quien se la ha robado, y pretenderá vengarse de tí: aquí estás en peligro, huye.
—No me separaré de la casa donde vive Al-Hhamar, le contesté.
—Pero esa muger es terrible y sanguinaria.
—No importa: llévate tu hija; yo me quedo aquí.
En vano el Bokarí pretendió convencerme: yo no podia separarme del lugar en que, aunque sin verte, estaba próxima á tí.
Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche avanzaba, el Bokarí salió.
—Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.
—¿Y á qué propósito?
—Déjale abierto, sultana, porque yo quiero velar por tí.
No se qué estraña confianza me inspiraba aquel hombre, que cedí y dejé abierto el postigo.
Cuando entré en mi aposento me aterré: Wadah desmelenada, pálida, desceñida la túnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y lloraba.
Al verme se abalanzó á mí como una leona.
—¡Dáme mi rosa blanca, miserable! ¡dámela! gritó.
—¡Tu rosa blanca! esclamé, ¡tu hija!
—¡Sí! ¡mi hija! ¡dáme á mi hija que me has robado! gritó.
—Dáme tú mi Al-Hhamar, repuse.
—¡Qué! ¿no me darás mi hija, ladrona? esclamó Wadah palideciendo.
—¡Tu hija! ¡tu hija! esclamé, saboreando aquella venganza inesperada que me habia procurado el Bokarí: ya no volverás á ver á tu hija, hechicera.
—¡Ah! ¡ni tú volverás á ver el sol! gritó.
Luego sentí tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada, como de plomo.
Cuando volví en mí me encontré en una habitacion humilde, pero limpia y alegre.
Un hombre estaba á mi lado contemplándome con interés.
Era el Bokarí.
—¡Ah! ¡Dios sea loado! esclamó: creí que no volverias á la vida, sultana.
Quise hablar, pero me hizo señal de que callase, y él mismo guardó silencio.
Algunos dias despues, como yo le preguntase por qué razon estaba en su poder me contestó.
—Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues oí los gritos de Wadah y los tuyos; me precipité en tu socorro, pero llegué tarde. Wadah habia desaparecido, y tú estabas por tierra ensangrentada y sin sentido. Cargué contigo; te llevé á mi barca, te restañé la sangre de la mejor manera posible, y apartándome con mi barca de aquel lugar maldito, te he traido aquí. Tenias tres puñaladas en el pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no ha querido que mueras.
—¡Ah! ¿y para qué quiero yo vivir?
—¿Te has olvidado de tu padre, sultana?
—Mi padre no me recibirá.
—¿Quién sabe?
—Mi padre me pedirá cuentas de mi honra.
—Que se las pida á Al-Hhamar. ¿Acaso Al-Hhamar no te hizo su esclava? En el momento que tus heridas lo permitan iremos á Africa. Es necesario que tu poderoso padre te vengue de Al-Hhamar.
Pasó así algun tiempo.
El Bokarí, salvas algunas horas de la tarde y de la noche, estaba á mi lado refiriéndome alegres cuentos para entretener mi tristeza.
Lo demás del tiempo lo pasaba encerrado.
—¿Qué estás haciendo? le dije un dia.
—Estoy haciendo un alcázar tan maravilloso, que no habrá rey que se atreva á construirle.
—Pero si le haces tú, no hay necesidad de que le haga un rey.
—Sí, pero yo le hago imitado en gacela, y para levantarle, para que se toque con las manos como ahora se toca con la vista, serian necesarios grandísimos tesoros.
—¡Y no me enseñarás ese alcázar! le dije.
—Ven conmigo, me contestó.
Llevóme á una torrecilla, y en ella colgados de las paredes y estendidos por el pavimento, vi una multitud de pergaminos, sobre cada uno de los cuales habia pintada una maravillosa habitacion ó un patio incomparable ó un jardin deleitoso.
—Este es el Palacio-de-Rubíes, sultana, me dijo el Bokarí: el rey que posea este alcázar, será el rey mas poderoso de la tierra.
Cuando el Bokarí dijo esto, mi pensamiento se fijó en tí, mi valiente Nazar, y dije.
—El llegará á ser rey, él será un rey grande y poderoso: él construirá este alcázar.
—¿Quién sabe? dijo el Bokarí, pero para cuando Al-Hhamar sea rey, ya habré yo muerto. Es necesario buscar otro rey que pueda construir esta obra. Necesitamos pasar á Africa.
—Cuando quieras, le dije: nada espero aquí.
Algunos dias despues llegábamos á Málaga, y nos embarcábamos en una galeota de un amigo del Bokarí.
Llegamos al fin á Tlencen.
El Bokarí, bajo pretesto de mostrar á mi padre el Palacio-de-Rubíes, logró que le recibiese en su alcázar.
Maravilló tanto á mi padre la riqueza de la obra que habia pintado el Bokarí, que no teniendo tesoros bastantes para realizarla, quiso al menos que en su alcázar hiciese algunas habitaciones semejantes el Bokarí.
Pasó algun tiempo.
El Bokarí iba todos los dias á los alcázares de mi padre á labrar las nuevas habitaciones.
Mi padre habia llegado á tenerle ya amor.
Atrevióse al fin un dia á decirle el Bokarí:
—¿Dónde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?
La inscripcion á que el Bokarí se referia era mi nombre.
—¡Leila-Radhyah! esclamó mi padre demudado: ¿quién te ha dicho su nombre?
—Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokarí.
—¿Y qué edad tiene esa dama?
—Diez y siete años.
Creció la palidez de Al-Mostansir.
—¿Y dónde has conocido á esa dama?
—En Córdoba: es cautiva de un valiente walí.
—¡Ah! dijo mi padre; ¿no mas que cautiva?
—Poderoso rey, dijo el Bokarí, la cautiva ama á su señor.
—¿Y su señor la ama á ella?
—Se ha casado con otra.
—¿Cómo se llama ese walí, que se casa con una muger teniendo en su poder otra que se llama Leila-Radhyah?
—Se llama Mohammet-ebn-Juzef-Al-Hhamar.
—Pero Al-Hhamar no es ya solamente un valiente walí; es un rey.
—¡Rey!
—Si por cierto: el califato de Córdoba se hunde: cada walí se cree bastante poderoso para declararse rey: Aben-Hud acabará mal; su corona se divide en muchas coronas.
—¿Y dices, señor, que Juzef-Al-Hhamar es rey?
—Sí; rey de Jaen, Guadix y Baeza. No hablemos mas de esto.
—¿Pero esta inscripcion?
—Rómpela.
—¿Olvidais que es el nombre de Leila-Radhyah?
—Rómpela.
—¿Pero por qué tanta severidad, señor? ¿No os digo que Al-Hhamar?...
—No hablemos mas de esto; esa desdichada ha debido morir... y no ha sabido morir. Rompe su nombre, y no le vuelvas á poner delante de mis ojos ni á enviarlo á mis oidos.
—¡Ah Leila, Leila de mi alma! esclamó el rey Nazar: ¡y cuán culpable he sido para contigo!
—Eso ha sido un sueño, una pesadilla que ha pasado, dijo Leila-Radhyah sonriendo tristemente: déjame continuar.
El Bokarí no volvió á hablar mas de mí á mi padre hasta que se concluyeron las obras. Cuando mi padre le hubo pagado, el Bokarí se atrevió á decirle:
—Voy á España, señor: ¿qué diré á la desdichada que en aquella region llora?
—Cuéntala lo de la inscripcion; le respondió mi padre.
El Bokarí salió triste y acongojado de los alcázares de Al-Mostansir Billah, porque me amaba y habia concebido esperanzas de que mi padre me volveria su afecto.
Pero ni una palabra me dijo acerca de esto, sino cuando un año adelante le ví próximo á la muerte.
Entonces me lo reveló todo; y un amigo suyo, un renegado español, quedaba encargado de mí, de Bekralbayda y del Palacio-de-Rubíes.
Daniel-el-Bokarí murió al cabo, y entonces conocí á Yshac-el-Rumi.
Ya le conoces tú.
Su historia es muy breve.
Se halló en la batalla de Alarcos, como soldado del rey Alonso de Castilla, y fué hecho cautivo, vendido y traido á Africa.
En Africa estudió toda la ciencia que poseia su amo, que era astrólogo, y se enamoró de una hermosa hija que el astrólogo tenia. Ella se enamoró tambien de él, y sin que su padre lo supiese se comunicaban. Pero un dia se apercibió de ello el viejo y quiso matarlos á entrambos.
—Me casaré con ella, dijo Yshac.
—Tú no puedes casarte con mi hija, dijo colérico el viejo: porque eres cristiano.
—Me haré musulman.
—Pero eres mi esclavo.
—¿Y qué, no vale nada la honra de tu hija?
El astrólogo, á pesar de su codicia, cedió; Yshac se hizo musulman y se casó con su amante.
Pero la infeliz murió poco despues al dar á luz una criatura que nació muerta.
—Ahora comprendo, dijo el rey Nazar, la razon de la sombría tristeza de ese hombre: pero lo que no puedo comprender es la conducta que ha seguido y sigue conmigo.
—¡Ah! ¡pues es muy fácil de comprender! Yshac me ama.
Frunció el entrecejo el rey Nazar.
—Me ama como un padre ama á su hija, y quiere vengarme y vengar al pobre Daniel-el-Bokarí, de quien fué grande amigo.
—¿Y por qué entonces el misterio de que te ha rodeado y la especie de traicion de haber arrojado á Bekralbayda en los brazos de mi hijo Mohammet, y habérmela vendido despues?
—Yshac-el-Rumi y yo amamos á Bekralbayda como si fuese nuestra hija: Yshac la llevó á Alhama para que el príncipe la viese y la amase: yo quise que tú la conocieses tambien.
—¿Y para qué?
—Para que tuviese celos Wadah.
—Pero los celos de Wadah matan.
—Te juro que no matarán á Bekralbayda. ¿No estaba á tu lado en tu alcázar Yshac-el-Rumi?
—No comprendo bien esto.
—Antes de mucho lo comprenderás.
—¿Pero esa diadema, esas joyas, esas galas que te cubren y que valen un tesoro, Leila?
—¡Ah! ¡desconfias de mi!
—No, no desconfio: pero en tu habitacion de Córdoba se encontraron todas tus joyas, joyas que yo he conservado, como un precioso tesoro de mi corazon, porque creí que esas joyas y esas ropas eran lo único que me quedaba de tí.
—Despues de la muerte de el Bokarí, permanecimos algunos meses en Tlencen; pero al fin, yo que ansiaba volver á Andalucía, porque en Andalucía estabas tú, escité á Yshac á que viniésemos á vivir á Granada, y cediendo á mis deseos Yshac dispuso el viaje.
Al dia siguiente un esclavo de mi padre entró en nuestra casa.
—Te llamas Yshac-el-Rumi, dijo á este.
—Sí, contestó.
—El poderoso rey Al-Mostansir Billah te ordena que vayas á su alcázar.
Yshac fué.
Al-Mostansir Billah le dió un cofre de hierro muy pequeño y una carta, y le dijo:
—Entrega esto á Leila-Radhyah.
Al-Mostansir Billah cuando hubo entregado el cofre y la carta y dicho estas palabras á Yshac, le volvió la espalda.
Yshac me entregó el cofre y la carta.
Abrí la carta antes que el cofre y ví que decia:
«Un rey tenia una hija:
Y esta hija del rey era muy hermosa.
Y tan hermosa era, que los sabios le habian dicho:
Tu hija será causa de crímenes y desdichas.
El rey encerró á su hija; pero la princesa empezó á languidecer.
El rey llamó á los sabios y les mostró la princesa:
¿Qué enfermedad padece mi hija? les preguntó.
Y los sabios le respondieron:
Tu hija languidece de amor.
Nosotros no nos atrevemos á volverle la salud; pero hemos consultado las estrellas, y las estrellas nos han dicho:
Allá en el Andalucía, del otro lado del mar, en la hermosa Córdoba, la hija del rey encontrará alivio á su dolencia.
Y el rey que amaba mucho á su hija la envió á Córdoba.
Pero su hija no volvió.
Han pasado muchos años.
Tú que vas á Córdoba, señora, busca á Leila-Radhyah y dála esas joyas.
Pero no la digas que su padre la dá un tesoro, porque Leila-Radhyah no tiene ya padre.
No la digas que venga, porque si su padre la vé delante de sí, la matará.»
—Tu padre fué demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.
—Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de lágrimas.
—¡Te ama, y á pesar de tu inocencia no te ha recibido!..
—Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.
—¡Otra carta!
—Sí, mírala.
Leila sacó de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un pergamino enrollado.
El rey Nazar leyó:
«Leila-Radhyah, decia aquella carta:
He tenido nuevas que han reanimado mi esperanza.
Un walí granadino, me ha dicho que la sultana Wadah está loca.
El rey Nazar puede, pues, apartarla de sí.
El rey Nazar puede ser tu esposo.
Te envio joyas y galas de sultana.
Si quieres tener padre y hermanos, consiente en ser la esposa de Nazar.
Si consientes, yo te enviaré servidumbre y esclavos y guardas, para que puedas presentarte en Granada, como debe ser vista la hija de un rey.
Tu padre te ama, Leila-Radhyah, pero no puede abrazarte hasta que laves tu deshonra.
Procura ser esposa de Al-Hhamar.»
—¿Y qué has contestado á tu padre? dijo el rey Nazar.
—No le he contestado todavía; pero mi respuesta la llevará un embajador tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de Granada.
—¡Oh! ese embajador partirá para Tlencen, antes que salga el sol del nuevo dia.
En aquel momento se oyó fuera un ténue silvido, un silvido semejante al de un buho.
El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se trasladaron á oscuras á aquel desde donde se veia la cámara de Bekralbayda.
Veamos lo que pasaba en esta cámara.
Estaba desierta.
Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre del Gallo de viento, que se veia á lo lejos allá en el distante estremo del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el reflejo de una luz.
Bekralbayda creia ver en aquella ventana al príncipe que velaba como ella.
Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:
—Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea verte.
—¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda, porque amaba á Wadah.
—Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.
Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.
En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah, indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.
Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.
—¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te amo, ya lo sabes.
—¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!
—¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey...
Bekralbayda palideció.
—¡Oh! ¡y cómo le ama! pensó Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el rey piensa casarte... con...
—¿Con quién?... esclamó pálida Bekralbayda.
—Con mi hijo: respondió la sultana.
—¡Con tu hijo! ¡con el príncipe Juzef-Abdallah!
—¿Qué, no te parece bastante hermoso mi hijo?..
—¡Ah! ¡sí! si señora, pero es muy jóven... demasiado jóven.
—¡Ah! ¿tú quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?
—Yo... no... ya es demasiado.
—¡Jóven el uno! ¡el otro viejo!
—¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo sé que el rey no quiere casarme con nadie.
—¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo.—¿Y con quién, señor?—Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú conoces.—¿Que yo conozco?—Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su nombre.—Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y guardas... magestad de sultana, y yo... yo creí que era porque te destinaba á nuestro hijo... al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!
—¡Ah, señora! le respeto... pero amarle... no.
—¿Y á quién amas?
—Yo... á nadie.
—¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?
Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.
La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.
—Ha sido una violencia, una horrible violencia...
—¡Del rey!
—¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.
—¿Por qué tiemblas?...
—Has dicho que el rey...
—Es tu amante.
—No; no; y cien veces no.
Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.
Sus ojos arrojaban llamas.
Estaba trémula de cólera.
—¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por los celos y por el ódio Wadah.
—¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó Bekralbayda.
—¿Qué me has hecho? ¿qué me has hecho? ¿Pues no te ama el rey Nazar?
—¡Dios mio!
—¿No eres tú su esclava querida?
—Soy su esclava... sí, es verdad, pero...
—No, tú no eres su esclava: tú eres su señora.
—Yo... ¿pero tú estas loca, sultana?
—¡Loca! ¡loca! ¡sí, es verdad! ¡loca de celos! ¿sabes tú quién soy yo?
—¡Ah! ¡Dios mio! esclamó Bekralbayda levantándose y pretendiendo huir.
Wadah la asió de un brazo y la atrajo á sí:
—¡Socorro! gritó la jóven: ¡socorredme!.. ¡libradme de esta muger!
—Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven alejados; nadie te oirá.
—¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de rodillas.
—Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí: delante de la esposa á quien has injuriado.
—Yo os juro que no amo al rey.
—Pero él te ama.
—Yo no puedo impedirlo.
—Pero no se ama á los muertos.
—¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte... no... no puedo ser suya.
—Te obligará.
—¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.
—¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo perderte en los bosquecillos con el rey?
—Pero yo no tengo la culpa...
—Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar... yo maté á aquella muger.
—¡Oh, Dios mio!
—Pero la maté á puñaladas y su sangre...
Wadah se detuvo.
—Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver mas sangre y no te mataré á puñaladas.
—¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora... no... yo te amaba...
—¡Que me amabas!
—Sí... como amaría á mi madre.
—¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató... la mató: yo encontré sus ropas ensangrentadas... por eso maté á esa miserable muger que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y pálida como un espectro... por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de sangre... no... tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis soledades, roja de los pies á la cabeza... yo soy sábia... yo conozco las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.
Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.
—¡Ah! ¿y qué es eso?... esclamó aterrada la jóven.
—Esto... esto es... mira, tú beberás esto.
—Yo... yo no beberé... no... yo resistiré... yo gritaré...
—Resistir... ¿piensas acaso que puedes resistirme?... gritarás... ¿te escuchará alguien? tú beberás...
—¡Oh Dios poderoso!
—Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te dormirás y no despertarás... no despertarás... y yo no tendré celos, porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.
Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.
Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.
—¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas hermosa que tú... sí, mas hermosa... y la mataron... ¡la mataron!... yo maté á su asesino, á la infame... á la miserable Leila-Radhyah... ahora tú me robas á Al-Hhamar... ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia, y morirás... morirás tambien!
—¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo.... el rey me aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey... yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo entiendes... de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre porque me ama.
Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.
La jóven continuó:
—Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero él me ama; él moriria si yo muriese...
—¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el que tú amas y morirá si tú mueres?
—¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus manos.
—¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!
—No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.
—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!
—Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso: pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman, se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.
—¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.
—¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no mates á mi hijo, no... mi hijo es inocente.
—Inocente era tambien mi hija y la mataron.
—¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada Bekralbayda.
—¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por tí!
Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.
La jóven cayó de rodillas.
—¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.
—¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.
—¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion rechazando el pomo.
—¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.
—No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.
—¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!
—¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.
—¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia, como me despreciaba por Leila-Radhyah!
Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.
De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de Wadah, la muerte en sus ojos.
Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo temblar.
—¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.
Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.
Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.
—¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra ensangrentada!
—Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo Leila-Radhyah con acento solemne.
Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en sus brazos y la besó en la boca.
—¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!
—¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.
—¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.
Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia sobre el hombro.
—¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.
Pasó una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su frente se cubrió de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre el corazon, cayó de rodillas y se abalanzó á Bekralbayda; la abrazó y la besó llorando y riendo.
—¡Mi rosa blanca! esclamó: ¡mi hija!
—¡Tu hija! esclamó Bekralbayda rechazándola: no, tú no eres mi madre: si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido matarme; ¡mi madre tú!
—¡Sí, sí, yo soy tu madre! esclamó arrastrándose á sus pies Wadah: mírame mírame bien... yo tuve una hija... yo creí que la habian matado... pero
¡mátala, si te atreves!


no... no, eres tú... yo te conozco ahora... ese lunar que tienes sobre el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeñita y te tenia sobre mis rodillas: ¡oh! ¡sí, sí! ¡tú eres mi hija: mi hermosa hija; mi preciosa rosa blanca!
Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de ella.
—¡Esa muger está loca! dijo Bekralbayda.
—¡Oh! sí, sí, dijo Wadah, he estado loca por tí, hija mia; porque te lloraba muerta: pero he vuelto á encontrarte y ya no estoy loca, no... ¿no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? ¿no es verdad? díselo tú, díselo, dile que es mi hija... no te vengues de mí porque te maté... yo te maté porque creí que habias matado á mi hija... ¡perdóname! ¡perdóname! ¿qué hubieras tú hecho con la muger que hubiera matado á tu hija?
—Tú no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.
—¡Ah! esclamó Wadah levantándose y pasándose ambas manos por la frente como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre; ¿con que no eres un espectro? ¿con que eres tú... tú... la amante de Al-Hhamar viva delante de mí? ¿con que lo que sucedió aquella noche fué un horrible sueño?
—Sueño que ha durado diez y siete años, dijo profundamente Leila-Radhyah; pero yo no sé vengarme, sultana: vete, vete, has querido matar á tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crímen.
—¡Mi hija! esclamó Wadah y lanzó una horrible carcajada: ¡mi hija amante de mi esposo! ¡ah! ¡ah!
Wadah volvia a su locura.
—¡Mi madre! esclamó Bekralbayda volviendo de su sorpresa, ¡es mi madre!
—Sí, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.
—¡Y es hijo suyo el príncipe Mohammet! esclamó con espanto Bekralbayda.
—No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es hijo de Sobeya mi primera esposa.
—¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé; pero yo te amaba... estaba loca por tí... yo te encubrí mi historia, yo te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.
—Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.
—¡Un sueño!
—¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.
—¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando Wadah.
—No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te servirán esclavos, pero no me volverás á ver.
—¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí... sola y desesperada!.. ¡no... no... Nazar! ¡yo no puedo vivir así!
—Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y sed felices.
—El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada ha partido ya, dijo Nazar.
—¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.
Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.
—¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.
—¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el rostro con las manos.
—Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la cámara.
Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.
—¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.
—Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah de su semblante que estaba pálido é inmóvil.
—¡Muerta! esclamó el rey Nazar.
—Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel el Bokarí.
—¿Y has sido tú?
—Sí, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.
—¡Y tú, tú acaso tambien!... esclamó el rey mirando con ansiedad á Leila-Radhyah.
—¡Oh! ¡no! esclamó horrorizada Leila-Radhyah: ¡yo no se asesinar!
—He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y salió lentamente de la cámara.
El rey Nazar huyó de ella.
Leila-Radhyah levantó á Bekralbayda y se la llevó consigo.
El cadáver de Wadah quedó allí solo y abandonado.
IV. EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR.
Pasaron algunos dias.
Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde á una sultana.
La córte del rey Nazar llevó luto.
El mismo dia en que se sepultó á Wadah, apareció en un palo en la plaza de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.
El rey habia llamado á Yshac, y Yshac se le habia presentado.
—Toma mi cabeza, señor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he debido hacer: he cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: le he vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque tú los casarás sultan, y te he obligado á construir, por tu amor á Bekralbayda, el Palacio-de-Rubíes: además de eso te he devuelto tu amada Leila-Radhyah.
—¿Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclamó severamente el rey.
—Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por la violencia, y que tú eras demasiado noble y grande, para valerte de la violencia contra una débil muger.
—¿Pero si me hubiere enloquecido el amor?
—Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera puesto entre tí y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu hijo: es la hija de tu esposa.
—¿Y por qué antes no me lo has revelado todo?
—¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos parte hubieras tú podido tener en su muerte?
El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.
—Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.
—Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.
—Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia prosternado á sus pies.
—No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.
—No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada, el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.
—Tú eres grande y justo, repitió Yshac.
—Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las estrellas, Yshac.
—Las estrellas son mudas, dijo el anciano.
—¡Mudas! sin embargo, tú me has hablado en nombre de ellas.
—Me preguntaba tu supersticion.
—¿Es decir que la astrología es mentira?
—Pregunta á un astrólogo cuando vá á morir.
—Tú me has contado cosas maravillosas.
—Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto donde hemos llegado.
—Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sábio.
—Ha sido un cuento inventado por mí.
—¿Y el buho, ese terrible buho que me persigue?
—En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos: es muy fácil encontrar de noche esas alimañas.
—¿Con que es decir, que la ciencia es mentira?
—Sí; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse á la voluntad de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda conocer, es una mentira y un pecado.
—¡Seria necesario, pues, castigar á los astrólogos!
—No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te demandarian de impiedad.
—Déjame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.
Yshac salió.
El rey continuó paseándose por su cámara.
—¡Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! ¡con que solo Dios conoce lo oculto! esclamó el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar por las imágenes de la astrología; ¡con que es decir que el hombre camina á tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y solo la virtud puede servirle de guia segura é impedirle que caiga! No sé qué pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombría cuando hablaba conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda desesperacion. Y sin embargo, no se por qué desconfio de él: hasta ahora no me ha hecho mas que bien.
El rey siguió paseando.
De repente se detuvo y llamó á su wacir.
Presentóse el anciano.
—Irás á las habitaciones de la sultana Bekralbayda.
—Iré señor.
—La dirás que tú, sabiendo que ama al príncipe Mohammet, quieres conducirla á su prision.
—¿Y la conduciré?
—Sí; esta noche.
—¿Y cuánto tiempo permanecerá allí la sultana?
—Déjalos solos y avísame.
El wacir se inclinó y salió.
El rey Nazar atravesó algunas cámaras, llegó á una puerta y la abrió.
Una muger se arrojó en sus brazos.
Aquella muger era Leila-Radhyah.
V. CELOS Y MISTERIO.
Era la media noche.
El príncipe Mohammet velaba en su alto calabozo de la torre del Gallo de viento.
La veleta rechinaba.
Sin embargo, la lanza del caballero no se fijaba en ningun punto.
El príncipe, para entretener su tristeza, leia los amores del poeta cordobés, Abu-Amar, que tenian mucha semejanza con los suyos.
De tiempo en tiempo se asomaba á una ventana y miraba á un ángulo del patio á un ajimez donde se veia el reflejo de una luz y delante de aquel reflejo una sombra de muger.
Pero una de las veces que el príncipe miró á aquel ajimez, le encontró oscuro.
Pasó algun tiempo, y el ajimez permaneció abandonado.
Al fin, vió luz en la galería inferior y aparecieron una muger que iba enteramente cubierta con un velo, acompañada de un anciano que la alumbraba con una lámpara.
A pesar de ir tan cuidadosamente encubierta la dama, el príncipe la reconoció.
—¿A dónde irá á estas horas y acompañada de un viejo Bekralbayda? esclamó con celos y con rabia.
La muger y el viejo atravesaron el patio y desaparecieron por otra parte de la galería.
El príncipe continuó abstraido en la ventana.
Poco despues se oyó un ligero ruido en la escalera de la torre.
Luego la llave de los cerrojos de la compuerta.
Al cabo la compuerta se alzó, y apareció una muger.
Volvió á caer la compuerta y la muger quedó sola é inmóvil aunque estremecida delante del príncipe.
El príncipe creyó reconocerla de nuevo y la arrancó el velo.
No se habia engañado.
Era Bekralbayda, pero de luto.
A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.
El príncipe fué á arrojarse en sus brazos.
—Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.
—¡La desgracia! esclamó el príncipe.
—Sí; tu padre no consiente en nuestra union.
—¡Ah! esclamó el príncipe; me habia olvidado, es verdad.
—Y... ¿qué es verdad?
—Tú no puedes ser mi esposa, porque...
—¿Por qué?
—Yo te he visto perderte con mi padre en los bosques de los jardines.
—¿Y has creido acaso?
—Yo sé que mi padre te ama.
—Sí, es verdad; el rey Nazar me ama.
—Cúmplase la voluntad de Dios.
—Pero yo no he sido del rey Nazar.
—¡Ah! ¡tú me engañas!
—Dios no ha permitido que yo sea del rey Nazar, porque no ha querido que se cometan dos crímenes.
—¡Dos crímenes!
—Yo hubiera muerto de vergüenza y dolor si el rey Nazar me hubiera hecho suya por la violencia; y el rey Nazar haciéndome suya hubiera cometido un incesto.
—¡Un incesto!
—Sí, ¿no vés mi luto?
—¡Ese luto!
—Este luto es por mi madre.
—¡Por tu madre! ¿y quién es tu madre?
—La sultana Wadah.
—¡La sultana Wadah! ¡la esposa de mi padre!
—Sí.
—¿Eres acaso mi hermana?
—No: Dios no lo ha querido.
—¿Pero si eres hija de la sultana Wadah...?
—Yo habia nacido antes de que el rey Nazar conociese á mi madre.
—¡Ah! ¿y sabe el rey mi padre que tú eres hija de su esposa?
—Sí.
—¡Ah! de modo que...
—Sí... sí... el rey Nazar no me perseguirá mas; pero...
—Te encerrará, te guardará, tendrá celos...
—¿Tendrá celos de tí?
—¡De mí! ¡Dios mio! yo sabia que mi padre te amaba, y aunque en los primeros momentos he tenido celos, despues estos celos me han horrorizado: mi padre es mi señor, yo soy su hijo y su siervo: él puede hacer de mí y de lo mio lo que mejor quiera: yo no puedo dejar de amarle y respetarle.
—Por lo mismo, Mohammet, yo he aprovechado la buena voluntad de un wacir de tu padre que se ha brindado á traerme aquí.
—¿Y para qué vienes?
—Para decirte que es necesario que me olvides.
—¿Me olvidarás tú?
—¡Ah! esclamó Bekralbayda.
Y se echó á llorar.
—Tu padre te tiene preso por mi amor: añadió la jóven.
—Mi padre me matará quitándome tu amor: esclamó el príncipe.
—Hemos nacido muy desgraciados.
—Que se cumpla la voluntad de Dios.
En aquel momento se oyeron en las escaleras pasos de muchos hombres armados.
—¡Oh! ¡Dios poderoso! esclamó el príncipe, viene gente á mi prision y es necesario que te ocultes.
—¡Que me oculte! ¿y dónde?
—¡Ah! es verdad, esclamó con desesperacion Mohammet, cúbrete con tu velo.
Bekralbayda se cubrió precipitadamente.
Poco despues se oyeron los cerrojos de la compuerta que se abrió.
Apareció un walí, que se prosternó ante el príncipe.
—¿Qué quereis? le dijo este.
—El poderoso y magnífico sultan tu padre me manda llevarte á su presencia con las personas que se encuentren contigo.
—¿Lo manda así el sultan?
—Así lo manda.
El príncipe se encaminó á las escaleras y las bajó resueltamente.
Bekralbayda le siguió.
Tras él iban el walí y los soldados silenciosos.
Cuando estuvieron en la parte del alcázar habitada por el sultan Nazar, el walí abrió la puerta de una cámara donde dejó solos al príncipe y á Bekralbayda.
VI. MISTERIOS.
Aquella cámara era de las mas bellas del palacio del Gallo de viento.
Un ancho divan de seda y una lámpara velada convidaban al reposo.
Búcaros de flores se veian por todas partes.
Braserillos de oro quemaban deliciosos perfumes.
A lo lejos, entre el silencio, se oia una guzla á cuyo son cantaba una voz de muger una cancion de amores.
El príncipe y Bekralbayda estaban de pié en medio de la cámara.
Esperaban.
Pero pasó el tiempo... mucho tiempo y nadie apareció.
Bekralbayda se sentó, al fin cansada, en el divan.
El príncipe fué á apoyarse en silencio en el alfeizar de un ajimez.
No se atrevian á acercarse ni á hablarse por temor de ser oidos y escuchados.
Pasó la noche y llegó el alba.
El príncipe oyó el ruido de los añafiles y de las atakebiras que despertaban á los soldados del rey Nazar.
Poco despues vió pasar bajo el ajimez caballos magníficamente enjaezados, esclavos deslumbrantemente vestidos, banderas y soldados.
—¿Qué fiesta irá á celebrarse hoy? pensaba el príncipe al ver todo aquello.
Bekralbayda, que no habia dormido, oia tambien todo aquel tráfago y se maravillaba.
De repente se abrió la puerta de la izquierda de la cámara y apareció el nuevo alcaide de los eunucos.
—Poderosa sultana, dijo prosternándose ante Bekralbayda, ven si quieres á que tus esclavas engalanen tu hermosura.
—¿Lo manda el sultan?
—El esclarecido y magnífico sultan Nazar quiere que arrojes de tí la tristeza, luz de los cielos.
—Cúmplase la voluntad del señor: dijo Bekralbayda y se levantó y siguió al alcaide de los eunucos.
El príncipe vió salir á Bekralbayda con inquietud.
En aquel punto se abrió la puerta de la derecha y apareció el alcaide de los esclavos de palacio.
—Poderoso príncipe y señor, dijo prosternándose, ven si te place á que tus esclavos te cubran de las vestiduras reales.
El príncipe salió.
La cámara quedó desierta.
Fuera crecia á cada momento el ruido de las gentes de armas, de las pisadas de los caballos, y del toque de añafiles y timbales.
Asomaba por el oriente un sol esplendoroso y todo anunciaba un gran dia.
VII. EL PERGAMINO SELLADO.
Aun no habia acabado de levantarse el sol sobre la cumbre del Veleta, cuando el rey Nazar departia mano á mano con Yshac-el-Rumi.
—Estoy satisfecho de ellos, le decia, y soy feliz.