LEYENDA III. EL ALMA DE LA CISTERNA.
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Nos hemos propuesto relatar á nuestros lectores todas las maravillosas leyendas de las tradiciones árabes de la Alhambra.
Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arábigo al romance, de una historia árabe en que se esplicaba la causa por qué de tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristísimo suspiro saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante al gemido de un espíritu condenado.
La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la mayor parte de los prosistas españoles del siglo XVII, es tan bella en el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales é históricas referentes á la Alhambra.
Es un asunto fantástico; en él figuran hadas, conjuros y encantamentos, y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle claridad.
Este cuento ha sido inspirado sin duda á algun poeta moro por la Alhambra, porque los árabes siempre buscan á las cosas que les impresionan por bellas ó por terribles un orígen maravilloso.
Antes de empezar á trascribir el cuento que llamaremos El alma de la cisterna, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el nombre de los Algibes de la Alhambra.
Son estensísimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del alcázar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco mas ó menos de longitud.
Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de pilares, y se baja á ellos por dos escaleras situadas á sus dos estremos.
Junto á la escalera del estremo que mira al Albaicin están los dos anchos brocales por donde se saca el agua.
El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del contacto del agua durante centenares de años, está cubierto de un fuerte revestimento de risco.
Conocidos los algibes, veamos la tradicion árabe fantástica que los supone habitados por un espíritu maldito.
En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendió el conocimiento del Dios Altísimo y Unico entre su pueblo, el cielo de Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan fértil como ahora; su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jamás se vió blanco manto de nieve, ni corrió por sus vertientes raudal fecundador: era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios brotaba por entre las anchas grietas de sus montañas volcánicas.
Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42] á las costas de Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43], que sufrian la esterilidad de la tierra y la tiranía de los godos, y habitábanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.
Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos y sus peladas crestas.
Y nunca el caliente aire del estío habia oreado en ella las espigas de las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y aromática flor de sus almendros.
Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el estremo occidental de la Colina Roja[44] y delante de ella una profunda cisterna construida por los romanos.
Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires bajo el rayo sombrío de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.
Nunca tornó á su tienda ó á su hogar cazador imprudente ni errante peregrino, que durante las sombras se atreviese á poner su planta sobre la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asomó la frente á cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que fuese tragado por él.
Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos señores y ruines esclavos, y llegó á inspirar tal horror la cisterna maldita, que ningun mortal, ave ó fiera, se aventuró á pasar junto á ella sino á la distancia de una legua á la redonda.
Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos dominaban á Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos manantiales.
Y la ciudad, tendida hoy allá á lo lejos en ruinas sobre la peñascosa Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian á ella gentes de todas las naciones y la enriquecian dejándola su oro á trueque de sus mercaderías.
Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corrió la tierra, y fundó la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valiéndose de la alquimia para pagar á los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la torre; y en lo mas alto de la torre labró un aposento hecho con tal virtud, que á través de una abertura de su bóveda, se veian de dia claro las estrellas.
Desde entonces empezó á decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres, antes puras y honestas, se entregaron á la licencia y al desenfreno, y los hombres faltaron á sus pactos y volvieron unos contra otros sus armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.
El mago causador con sus conjuros de tantos males era un réprobo vendido á Satanás y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia sufrido un terrible castigo.
Y este hombre á quien Satanás habia dado su poder, quiso en su soberbia ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol en la tierra y en los aires, y pensó edificar un palacio mágico, cuya hermosura atrajese á todas las gentes, comparable solo al jardin de Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del pozo Zemzem.
—Yo fundaré, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le enriqueceré con todas las hermosas flores que Dios crió, y regaré estas flores con aguas olorosas; y arderán en el palacio dia y noche aceites aromáticos en lámparas de oro, y sobre sus pavimentos de pórfido pondré alfombras de resplandores, y envolveré sus muros y sus cúpulas en un blanco velo de suaves perfumes, y arrancaré para que le habiten, sus hadas al quinto cielo, y á él vendrán las mugeres mas hermosas del mundo, y sus mesas se cubrirán con los manjares mas esquisitos, y me alhagarán los mas hermosos sueños, y tal será el paraiso que yo haga para mí sobre esta tierra, que me mirarán con envidia los arcángeles del sétimo cielo.
Y el mago encendió sus hornillos, y sacó del jugo de yerbas estrañas filtros poderosos y escribió con ellos sobre pieles de serpiente signos cabalísticos formando terribles conjuros, y evocó á las hadas del quinto cielo, y cuando las vió ante sí, adoró su propio poder, sin alcanzar en su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.
Cuando el mago vió en torno de sí á las hadas, repitió sus conjuros, y el palacio mágico se levantó sobre la Colina Roja, y las hadas fueron á esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cúpulas y en sus estanques.
Entonces el mago fué á la cisterna que estaba á las puertas del palacio y la conjuró tambien.
Sus aguas se hicieron mágicas, é infiltraban en quien las bebia pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de su cuerpo, y el mago llegó á ser un ídolo adorado por cuantos atraidos por la fama del palacio maravilloso, venian á la Colina Roja, y abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.
Y así pasaron muchos años hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45] á difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcoránica entre el pueblo de Ismael.
Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de gran ciencia y virtud.
Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino, pan el pobre, remedio á sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios era sobre su raza, y sus innumerables rebaños, jamás eran acometidos por las panteras, ni robados por los errantes árabes del Hedjaz.
Nadab, que este era el nombre del justo, no dejaba ningun dia de bendecir á Dios por sus beneficios, y nunca dejó de prosternarse y de adorar su omnipotencia, cuando el sol aparecia tras la alborada, ó cuando se dejaba ver el lucero de la tarde precediendo á la noche.
Y era muger de Nadab, Sarah, y de ella habia tenido una hija única que habia consagrado á Dios, llamándola Yémina[46].
Y Yémina creció y con los años su hermosura llegó á ser maravillosa y á medida que su edad avanzaba era mas y mas lozana su juventud, mas tersa su frente, mas radiantes sus ojos, mas frescas sus megillas y mas húmedos y sonrosados sus lábios.
Nadab, que adoraba á su hija, y empezaba á olvidarse por ella de su adoracion á Dios, dejó de ser pastor nómada, vendió sus rebaños, abandonó las llanuras del Yemen y subió á las montañas del Hedjaz, sobre una de las cuales fabricó un bello palacio, adoptó la religion del Islam para poder ser rey de los pueblos comarcanos y lo fué, vertiendo su oro entre los xeques[47] de las kabilas[48] cercanas.
Hacia esto por Yémina; por ella se habia olvidado de Dios; por ella habia querido ser rey, y lo era para que Yémina fuese princesa.
Y corrió la fama de la hermosura de Yémina, y poderosos reyes de paises lejanos fueron al palacio de su padre á ofrecerla ricos presentes y á demandarla por esposa; pero ella no sentia el amor y rechazaba los presentes y se negaba á las pretensiones.
Y se tornaban los mensageros con los ricos regalos, y Yémina se mostraba cada dia mas jóven, mas hermosa y mas agena al amor.
Nadab llegó, al fin, por el amor de su hija á la idolatría, olvidándose de la ley de Dios, y lo que era peor, despreciándola; adoró á su hija, y levantó en su reino su estátua de oro, ante la cual hizo sacrificar víctimas segun el uso hebreo.
Y su impiedad trajo sobre él la justicia de Dios.
Ofendidos los reyes que habian sufrido la repulsa de Yémina, vinieron con poderosas huestes sobre el reino de aquel hombre, hecho rey por su soberbia y por sus tesoros, le acometieron, le vencieron y solo por permision de Allah, que le tenia reservado para otros fines, pudo salvarse con alguno de los suyos, pobre, disfrazado de pastor, llevando consigo á Yémina sobre un camello.
Y así, curando él enfermedades malignas y diciendo el horóscopo, viviendo de limosna y perseguido siempre do quiera que ponia la planta, atravesó el Africa y llegó al estrecho de Gebal-Tarik donde se vió detenido por el mar, sin medios para embarcarse y espuesto á los rigores de su destino.
En tanto el mago de la Colina Roja, que por sus conjuros, al evocar ante sí á la muger mas hermosa del mundo, habia visto la imágen de Yémina, supo su llegada al otro lado del estrecho y consultó las estrellas.
—Esa muger que es tan pura, tan jóven y tan hermosa, guarda tu destino, le contestaron las estrellas.
El mago las contestó con una impía carcajada.
—¿Acaso tengo yo destino? dijo: el porvenir es mio y será mi voluntad.
—Esa muger, repusieron las estrellas, causará tu destino sino te ama y traerá la esterilidad sobre esta tierra, porque así está escrito. Pero si logras sus amores serás inmortal y será tambien inmortal ella y eterno con vosotros el palacio mágico que has construido.
El mago avivó el fuego de sus hornillos, arrojó en ellos unos polvos mágicos, pronunció un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron trasladados por un poder oculto, mientras dormian, á la Colina Roja.
Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.
—¿Qué tierra es esta tan fértil y tan hermosa, dijo Nadab: y qué palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?
—Tierra de bendicion es ciertamente, padre mío, dijo Yémina.
—Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.
—Yo tengo los labios áridos y secos, dijo Yémina.
En aquel momento vieron el agua límpida y trasparente que brotaba por encima de los brocales de la cisterna maldita.
Hija y padre se precipitaron á los brocales y apagaron su sed bebiendo largamente de aquel agua envenenada.
Nadab sintió como todos los que antes que él habian bebido, abrasarse su corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.
Yémina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre, que habia conservado su piedad, su fé en el Dios Altísimo y Unico, y la inmaculada pureza de su alma, bebió tambien, pero protegida por la mano de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados deberes á los justos y temerosos de Allah, solo sirvió para acrecentar en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto resplandeciente como la de una hurí.
Cuando el mago la vió ante sus ojos, sintió abrasarse su alma en el fuego eterno, quiso tocar la túnica de Yémina, y sus manos se secaron, quiso hablarla y quedó mudo, quiso anegar sus ojos en su hermosura y cegó.
El mago habia levantado altares á su hermosura y moría esterminado por su mismo deseo.
La sentencia de las estrellas de que se habia burlado el mago, se habia cumplido.
Y á la presencia de Yémina, huyeron las impuras rameras que poblaban el palacio mágico, y desaparecieron los viles esclavos, y las hadas libertadas del encanto volvieron al quinto cielo.
Y el ángel Azrael, tendió sus negras alas sobre el palacio, agitó su espada de fuego, y el palacio se hundió reduciéndose á polvo.
Y las antes claras y engañosas aguas de la cisterna maldita se cambiaron en turbias y cenagosas.
Y el ángel dijo:
—¡Maldito mago, que tu espíritu condenado more desde ahora en la cisterna de las aguas maravillosas, y que solo puedas salir de su infierno durante las tinieblas de la noche!
El espíritu condenado del mago fué á morar en la cisterna, escondido en un oscuro ángulo, y el cielo antes tan diáfano se convirtió en un cielo de color de plomo, y la tierra antes tan fértil en un erial infecundo donde solo brotaban abrojos.
Nadab y Yémina quedaron solos, errantes en medio de una tierra desierta y maldecida por Dios.
Nadab llevando de la mano á su hija atravesó la pedregosa llanura, antes risueña vega, y en vano quiso salir de aquel pais donde sufria el castigo de su impiedad y de su soberbia: llegaba á los distantes valles, á las peladas montañas, pero montañas y valles presentaban para él y para su hija abismos insuperables que detenian su marcha, y les obligaban á tornar al punto de donde habian partido.
Desesperado Nadab y no encontrando otro albergue que la torre situada en la Colina Roja junto á la cisterna maldita, hizo en ella para Yémina una pequeña habitacion, y se dedicó á estudiar en el cielo y en la tierra las virtudes de las yerbas y de los reptiles ponzoñosos.
Y llegó á ser astrólogo estudiando en los libros cabalísticos del mago que habia encontrado en la torre, y conoció las virtudes de todas las yerbas y alcanzó á hacer filtros para matar, para enamorar y para enloquecer.
Si alguna vez un viajero errante ó un cazador estraviado penetraban en aquella tierra, cuya entrada y salida solo eran inaccesibles para Nadab y su hija; si este viajero ó este cazador entraban por acaso en la modesta vivienda de Yémina y veian su hermosura durante la ausencia de Nadab, este, sabedor de ello por sus conjuros, evocaba al desventurado, que enloquecia ó desaparecia tragado por la cisterna maldita.
Y crecia en encantos y en fuerza de juventud Yémina á pesar de que habian pasado muchos años desde el dia de su nacimiento.
Llegó el año 92 de la Hegira.
Reinaba en Damasco sobre las tierras de oriente el califa Walid-ebn-Abd-el-Melik, y era emir de Africa Muzay-ebn-Nosir, caudillo de gran fama, conquistador de Magreb[49] desde las regiones del poniente hasta los desiertos del mediodía, que pasó el estrecho de Al-Zacab ó de las Angosturas[50] realizando el ensueño de Ocba, gran guerrero que veinte y cinco años antes, no teniendo mas tierras que conquistar allende el mar, llegando á su orilla se metió en él con su caballo hasta las cinchas, y dijo:
—¡Oh! ¡Señor Allah! ¡si estas profundas aguas no me detuvieran, yo seguiría para llevar mas adelante el conocimiento de tu ley y santo nombre!
Muza pasó en cien galeotas el estrecho, y su caudillo Tarik taló la Bética, y siguió hollando á los duques godos, arrasando sus castillos e incendiando sus ciudades.
Y no iba solo, como capitan de la hueste, Tarik.
Acompañábale un godo traidor, un conde miserable, que por vengar á una hija deshonrada, vendia la libertad de su patria, abriendo á los árabes la puerta de Gecira-Alandalus.
Aquel conde traidor se llamaba don Julian.
Su hija Florinda.
El hombre que habia deshonrado á su hija, don Rodrigo.
Don Rodrigo era rey de los godos.
Su último rey.
Esperad, esperad: vamos á contaros una leyenda maravillosa.
Despues volveremos á la cisterna maldita.
El destino nos llevará á ella.
Era don Rodrigo de noble sangre goda.
Antes que don Rodrigo habia reinado Witiza.
Witiza el maldito.
El que hacia sus concubinas á las mugeres y á las hijas de sus vasallos.
El que martirizaba á los sacerdotes que le reprendian por sus vicios; el que desangraba con tributos á sus pueblos para labrar alcázares de oro para sus mancebas.
Pero los nobles se avergonzaron de servir á tal rey y se sublevaron contra él.
Con los nobles se sublevó todo el reino.
Witiza fué vencido y muerto y elegido rey don Rodrigo.
Pero una vez rey don Rodrigo, dió el torpe ejemplo de los mismos ó mayores vicios que Witiza.
Sórdido y avaro acreció los tributos y no respetó nada.
Se entregó á los placeres, pasó la vida en las orgías sin apercibirse del poder árabe que desde la cercana ribera del Africa amenazaba á su reino ansioso de su conquista, y lo olvidó todo entre los festines y las monterías, sin tener en cuenta que habia subido al trono por la destitucion de Witiza, cuyos vicios y desórdenes continuaba, aumentándolos.
Era ya don Rodrigo hombre anciano, y á pesar de su avanzada edad, habia tomado por esposa á Aylat (Egila) noble doncella, hermosa y prudente; admirábanla sus vasallos, amábanla los mancebos y dolíanse todos, aun los mas adictos al rey, de que aquella hermosa flor, entonces en todo el brillo de su pureza, partiese su alhamí y su divan, con aquel hombre ya caduco, gastado por los escesos de su juventud, en los cuales no habia cesado, y con un pié ya al borde del sepulcro.
Don Oppas, arzobispo de Sevilla, que fué grande amigo del rey Witiza en los tiempos de su prosperidad, era uno de aquellos que creian una gran desdicha para Aylat, su union con don Rodrigo, hombre que por su carácter y por sus ideas no podia menos de hacerla desdichada. Creyó por lo mismo que la noble señora sería sensible al alhago de otros amores, y ansioso de envenenar el corazon de don Rodrigo, rodeó de asechanzas á Aylat, la puso delante hermosos mancebos y tentaciones infernales, y procuró, en fin, por todos los medios herir en el corazon á don Rodrigo.
Pero Aylat, pura y virtuosa, comprendió que su deber era sacrificarse al lado de aquel árbol viejo y corroido sin herirle por el pié, y desesperado don Oppas de vencer la virtud de Aylat, tomó otro camino para herir al rey.
Moraba por entonces en Tanja (Tanger) una raza de árabes hebraizantes venida del Yemen, que desde muchos años atrás moraban en el Magreb; aquella raza sujeta á la dominacion goda en la Mauritania Tingitana, habia sufrido grandes persecuciones desde el tiempo del rey Egica, se habia visto injuriada, despojada de sus haciendas, vendida por esclava, insultada en sus hijas y en sus esposas, y á trocar sus creencias musulmanas por la religion de Cristo.
Era una raza cautiva, llena de ódio, ansiosa de venganza y pronta á tomarla de los godos á la primera ocasion.
Dominando á esta raza estaba de gobernador de los godos en Tanger un hombre nobilísimo.
Llamaban á este hombre el conde don Julian.
Era costumbre entonces, que los que iban á gobernar por el rey tierras distantes y mal seguras, dejasen en la córte sus hijos como en rehenes.
Segun esta costumbre, el conde don Julian tenia en la córte del rey don Rodrigo, en rehenes, pero como doncella de la reina Aylat, á la única hija del conde don Julian.
Esta doncella se llamaba Florinda.
Nacida y criada en Tanger, Florinda tenia en su trage y en sus costumbres, por mas que fuese de pura sangre goda, mucho de las costumbres de los árabes.
Florinda no entraba en Toledo mas que cuando sus obligaciones la llamaban al lado de la reina; lo demás del tiempo vivia en un estrecho valle poco distante de la ciudad situado entre dos montañas bajo un cielo triste y sombrío; por medio de este valle pasaba el Tajo, lamiendo los cimientos de una altísima torre sombría y solitaria; su gran puerta de hierro estaba cubierta de signos estraños y en sus muros renegridos por los vientos y por las lluvias, no se veian ni un ajimez, ni una ventana; en torno de ella crecia la maleza tupida y enmarañada, sin señales que demostrasen que pié humano habia llegado á la puerta de la torre en centenares de años.
Contábanse acerca de esta torre terribles consejas: creíanla construida por Satanás, durante una tormenta, á la aparicion de las razas del norte sobre las tierras del mediodía, y que guardaba, por un poderoso ensalmo, el destino del pueblo godo: habia quien aseguraba que el dia que se abriese aquella puerta, unas gentes guerreras venidas de la parte del mundo por donde aparece el sol, acometerian la Europa por el estrecho de Hércules y se harian dueños de España.
Fuese por horror ó abandono, ningun rey se habia atrevido á abrir aquella puerta, y la terrible torre era aun en el año 92 de la Hegira, un objeto de terror.
Frente á ella, bañando sus muros en las aguas del Tajo, se alzaba un recinto almenado, defendido por cuatro torrecillas: la construccion de aquel castillejo era estraña: sus almenas puntiagudas, sus puertas ojivas, sus ajimeces calados y sus agudas agujas la hacian parecer tanto goda como árabe.
Aquel castillejo que pertenecia al conde don Julian, habia sido en efecto construido por árabes hebraizantes, enviados por el conde á Toledo con el solo objeto de esta construccion.
En aquel castillejo vivia Florinda, acompañada de un viejo servidor de su padre, y servida por algunas doncellas y esclavos.
A pesar de ser doncella noble de su esposa Aylat, el rey don Rodrigo no conocia á Florinda.
Pero conocíala por su desgracia don Oppas, que la habia elegido para ser el instrumento de perdicion del rey.
—¿Por qué está triste el noble señor, gloria de los godos? decia una tarde de verano al trasponer el sol, el obispo don Oppas á don Rodrigo, mientras paseaba con él por las frondosas huertas de Toledo.
—Mi espíritu está triste, dijo el rey; en vano busco el agua que ha de calmar la sed de mi alma; en los festines, en las mugeres mas hermosas, solo encuentro un tósigo abrasador que aumenta mi sed y devora mis entrañas.
A tal punto habia llegado la corrupcion de aquellos tiempos, que un rey que debia representar la justicia de Dios sobre la tierra, y un hombre que debia ser todo virtud y santidad, hablaban sin avergonzarse de tales asuntos.
—Tal vez encontraremos, señor, algo que consuele tu tristeza, dijo don Oppas: algun raudal fresco y puro que temple tu sed sin abrasar tus entrañas.
—¿Y dónde está ese manantial milagroso? dijo con ánsia el rey.
—¿Conoces á las doncellas nobles de tu esposa? dijo don Oppas.
—Conozco á la hermana del conde Arnoldo, á la hija del duque de Cantábria, á la sobrina del marqués Euríco...
—¿Pero no conoces á la hija del conde don Julian?
—No; respondió con ánsia el rey, y dicen que es muy hermosa.
—¡Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga, cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte: sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un enamorado, y su frente blanca y cándida como el primer sueño de amor de una virgen. ¿Pero para qué me esfuerzo? tú mismo puedes verla dentro de un momento.
—¡Yo!
—Sí, tú, poderoso señor, y verla como no la ha visto hombre alguno.
—¡Cómo!
—Allá abajo entre aquellas espesuras se baña con sus doncellas en un remanso del Tajo.
—¿Y cómo sabes tú eso? ¿la has visto tú? dijo con acento celoso don Rodrigo.
—No, no me he atrevido ni aun á poner mis ojos en la que ha de ser la alegría y la ventura de mi señor, contestó servilmente don Oppas: pero he comprado á una de sus doncellas y sé el lugar donde se baña: para que puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te hé inclinado á que vengas á estos lugares, señor.
—¿Y dónde? ¿dónde dices que se baña esa hermosura?
—Toma por aquel sendero entre los árboles, señor, y pronto darás con el lugar oculto que ha elegido para sus baños Florinda.
El rey tomó á gran paso por el sendero que don Oppas le habia señalado, y este quedó sonriendo de una manera horrible porque veia el principio de la realizacion de sus proyectos, que tenian por objeto vengar á Witiza y poner sobre el trono de los godos á sus hijos.
A poco que anduvo don Rodrigo por el sendero, llegaron á sus oidos risas y cánticos femeniles.
El rey permaneció inmóvil y fascinado.


Guiado por ellos adelantó y llegó al fin á un lugar sombrío donde sin ser visto vió un espectáculo encantador.
En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vió á una muger, mejor dicho, á una niña, en el momento de salir del baño.
Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de hermosura desnudo.
Por un momento el rey permaneció inmóvil y fascinado. Luego cuando Florinda y sus doncellas se perdieron entre los árboles, se volvió demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.
—¿La has visto, señor? le preguntó sonriendo de una manera infame don Oppas.
—¡Oh! pluguiera á Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo el rey.
—Florinda te matará, murmuró de una manera ininteligible don Oppas y luego añadió en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa hermosura.
Era la hora del crepúsculo de aquella misma tarde.
El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda, aparecia iluminada por una leve luz rojiza á las orillas del Tajo.
En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un hombre y una muger.
La muger era de gran hermosura y muy jóven; sus cabellos negrísimos estaban entrelazados á una faja de oro que ceñia su cabeza; la blancura de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas, negrísimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes, brillantes, á que daban sombra y fuerza sus larguísimas pestañas; vestia una túnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura, sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y perlas; un cíngulo, de oro tambien, rodeaba á su reducida cintura su túnica de lana blanca, y entre este cíngulo relucia el pomo de un puñal.
Esta jóven, que apenas contaria quince años, era Florinda, la hija única del conde don Julian, la hermosura á quien habia sorprendido en el baño el rey don Rodrigo.
El hombre dormia en un ángulo distante, ó fingia dormir, tendido sobre unos almohadones; era un nubio, negro como el ébano, y estaba envuelto en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo, á juzgar por la argolla dorada que tenia al cuello.
Este esclavo se llamaba Kaib.
Florinda hilaba sentada junto á un mirador desde donde se veia el rio, de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los entreabiertos párpados del nubio salia un relámpago de amor desesperado, que ó no notaba Florinda ó fingia no notar.
Empezaba á oscurecer; Florinda dejó su rueca, se levantó del sillon de roble donde estaba sentada, fué á apoyarse en la balaustrada del mirador y fijó su mirada distraida en la corriente del Tajo.
La luna llena empezaba á salir entre las quebraduras.
El nubio se levantó lentamente y fué á apoyarse en la balaustrada donde se apoyaba Florinda.
—Hija de don Julian, la dijo señalándola el poniente teñido aun con las últimas ráfagas del crepúsculo; el cielo está ensangrentado, la muerte y el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los cadáveres. ¡Vírgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa! ¡menguado fué el dia en que abriste los ojos á la luz! ¡hora de maldicion aquella en que mis ojos te vieron!
Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo, porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le tenia por sábio y aun por hechicero:
—¡Oh! ¡cuánto arnés roto, y cuánto caballero muerto, hija de don Julian! continuó Kaib: el oriente vendrá sobre el occidente y las gentes del norte empaparán con su sangre las campiñas del mediodia. ¡Oh! ¡y cuánto arnés roto! ¡cuánto caballero muerto!
Florinda siguió callando.
—¡Huye, hija de don Julian! ¡huye! continuó Kaib despues de un instante de silencio: ¡huye! ¡yo te salvaré! ¡tú serás la reina allá en mi patria distante, y yo seré el último de tus esclavos! ¡huye, huye conmigo, hija de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los cadáveres!
—¿Qué me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volviéndose gravemente al esclavo.
—El imperio de los godos se hunde, y tú serás la causa, contestó Kaib.
—¡La causa yo!
—Sí, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te hará su manceba.
—¡Yo! ¡manceba yo de nadie, vil esclavo! esclamó con indignacion Florinda: ¡y así te atreves á insultarme porque te trato con misericordia!
—¡Mata al esclavo, señora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus resplandecientes ojos en Florinda: ¡mata al esclavo, pero escucha antes al sabio!
Florinda tembló.
—¿Me amenaza algun peligro? dijo.
—Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá torrentes de sangre vengadora.
—¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.
—Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.
—¿Pero se salvará Belay?
—El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del pueblo español.
—¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!
—¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don Julian!
Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de la habitacion.
—¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente Belay?
Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y resplandeciente de hermosura.
Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo de don Julian.
Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.
Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes con un espanto instintivo.
Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.
Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.
—¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.
—Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y esperamos de tí hospitalidad por esta noche.
—La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que se os abran las puertas.
Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos últimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los dos jóvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompañados de Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de viandas una ancha mesa, alumbrada por lámparas de bronce.
Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron á servir á don Oppas y á los dos jóvenes que se habian sentado en sillones de roble.
Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta años: vestia una túnica y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un arnés, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.
La espresion del semblante de este hombre era noble y benévola; dábale autoridad su barba larguísima y entrecana, y dificil era comprender en sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de tiempo en tiempo como un relámpago: don Oppas observaba con astucia desde que entró en el castillo, mientras sus compañeros observaban tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.
Lotario observaba tambien con la misma reserva, á los mancebos: vestian estos clámides de escarlata, sandalias de riquísimo cuero, capacetes, armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada uno de por sí se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus trages y sus armas, habia mucho de régio en los semblantes de los mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube fatídica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una aureola.
Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos observaban y eran observados.
—Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo á Lotario, levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.
—¡Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes, es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la lealtad del conde don Julian mi señor, cuya es la copa que tienes en la mano, que la de los magnates que rodean al rey en la córte: bebed hijos de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su lealtad.
Los dos jóvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las apuraron de una sola vez.
Don Oppas bebió lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreció el resto á Lotario.
Este rehusó.
—He jurado al Señor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el dia del esterminio.
—¿Quién eres tú, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?
Lotario miró al esclavo nubio, como si esperase de él la inspiracion de sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.
—Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra muy distante de España, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre bañado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado allí, he amado allí; mi único deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos hemos visto pobres, desnudos, sujetos á la religion y á las costumbres de los godos en la Mauritania Tingitana; allí he conocido y he servido al conde don Julian, y de allí he venido para guardar y proteger á Florinda, la hija de mi señor.
—¡Florinda! dijo como si escuchase un nombre estraño don Oppas: no la conozco.
—Pluguiera á Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo acento Kaib; ella será el pretesto de una guerra terrible; un pueblo vendrá sobre otro pueblo y ella será la llave que abra al conquistador las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caerá, pero sobre ella se levantarán otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbará en la posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en mal hora á la luz, porque su nombre será maldito y maldita la raza de los suyos y maldita la generacion de ellos.
Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una fuerza sobrenatural á su discurso.
—¿Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas dirigiendo la palabra á Lotario, como en desprecio de Kaib.
—Lo que está escrito en los astros se cumplirá, dijo Kaib, aunque las palabras no se habian dirigido á él: has venido á ver á la hija de don Julian: hé aquí que el destino te la trae: mira.
Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.
—Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada: y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la que caiga sobre el causador de la injuria.
Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.
Florinda permanecia inmóvil en la puerta.
Don Oppas miraba con cólera al esclavo.
Los hijos de Witiza con asombro.
—Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será la culpa si las hiere el rayo.
Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y murmuró con voz ronca y conmovida:
—¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito se cumplirá!
Despues añadió:
—Nada teneis ya que hacer aquí: el buitre ha visto á la paloma y afila sus garras: ¡idos!
—¡Idos! repitió Lotario.
—¡A Dios! dijo don Oppas levantándose: nos has dado hospitalidad é injurias; la hospitalidad y las injurias serán pagadas. A Dios.
Y salió con los hijos de Witiza.
Florinda permanecia inmóvil en la cámara.
—Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me tendrás á tu lado, dijo Kaib.
Y salió lentamente de la cámara.
Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron á Toledo.
Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, llegó al palacio, descabalgó delante de la puerta de los Leones, y á través de la guarda, que se inclinó respetuosamente á su paso, se encaminó á la cámara del rey don Rodrigo.
Ante su puerta, jóvenes godos con mantos de púrpura y oro y hermosas mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y cacerías, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se apoyaban en sus lanzas, inmóviles como estátuas de hierro, á lo largo de los muros de la gigantesca antecámara, y los esclavos se veian tras ellos entregados á un silencio estúpido.
Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abrió la puerta frontera á la de la cámara real, y apareció en ella un viejo, alto, flaco, pálido, con escasos cabellos grises y barba blanca, cubierto por una hopalanda parda.
Este hombre adelantó hasta el centro de la antecámara, y sin dirigirse á persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:
—Yo soy Gutz, el hebreo.
Agitóse el círculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelantó hasta el recien llegado un noble cubierto con un arnés de guerra, caudillo al parecer, de la guarda del rey.
—¿Eres tú el joyero de la calle del Sol? preguntó á Gutz.
—Yo soy, contestó el viejo.
—¿El hechicero?
—Sí.
—¿Te espera el rey?
—Sí.
Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la cámara real, levantó su tapiz y dijo:
—¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!
Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.
—Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.
Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la cámara real.
Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas siguieron las pláticas interrumpidas.
A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute, que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en alta voz:
—El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.
Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas podia entrar en la cámara real.
Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromático, alumbraba la cámara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riquísimos tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el baño, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los brazos de náyades, trofeos de amor é impudentes pinturas de deleite.
Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo envuelto en una clámide de púrpura, y ceñidos sus blanquísimos cabellos por una corona de hierro.
Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clámide, solo se podia juzgar de su semblante pálido y de espresion noble, aunque degradada é indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias aromáticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada con mas esmero que la cabellera de una muger.
A un lado, junto á la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la antorcha. Segun las crónicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo Zemzem, y sus piés, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.
Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia pasado en herencia á la tribu de Heber y fué robada á sus descendientes por el rey Egica, cuando sujetó á feudo y tributo á los árabes hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta misma mesa fué la que mas tarde, despues de la conquista de Gezira-Alandalus por los árabes, produjo fatales desavenencias entre el emir Muza-ebn-Noser, y su walí, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.
Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre su empuñadura se posaba un azor[53] sujeto á la mesa por una sutil cadena de oro.
Todo revelaba allí el hombre sensual, degradado y envilecido.
Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa, era un contraste estraño, un mudo reproche á tanta degradacion, á tanto abandono.
Cuando resonaron sobre la cámara real, al andar de don Oppas, las piezas de su arnés, el rey que, á pesar de la presencia de Gutz, que estaba prosternado á sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeció al áspero rechinar del acero, y levantó la cabeza arrojando en torno suyo una mirada inquieta que tornó á ser indolente cuando reconoció al obispo.
—¡Ah! ¿eres tú, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. ¿Qué perro es ese que se tiende á mis pies? añadió reparando en Gutz.
—Lo ignoro, señor, contestó don Oppas.
—Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contestó el hebreo sin levantar la frente de la alfombra.
—¡Ah! ¿eres tú? dijo don Rodrigo: levántate esclavo, te he mandado llamar no me acuerdo para qué. ¿Eres hechicero?
—Tal dicen, señor; pero solo Dios sabe lo oculto.
—¿Y crees tú, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigiéndose al arzobispo, en el poder de la hechicería?
—Tanto creo, señor, contestó don Oppas, que, si saber mi destino quisiera, me dirigiria sin vacilar á uno de esos sabios que, alejados del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.
—Pues hé aquí que á mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he mandado buscar á uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al cielo.
Don Oppas cruzó una mirada de inteligencia con Gutz.
—Dime tú, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: ¿dónde está el límite de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana juventud: pero mis noches sombrías, mis sueños apenadores, mis deseos insensatos: yo veo en lo recóndito de mi espíritu una muger hija de mi fantasía á cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde á esa muger, viva, desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. ¿Qué puedo yo esperar de esa muger?
Gutz inclinó profundamente su cabeza, dejó caer los brazos á lo largo de su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueño profundo: levantóse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajéronse los músculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su frente.
Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo con la ávida atencion de un niño; estaba hastiado y la espectativa de un acontecimiento cualquiera le divertia.
—Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar ó temer de esa muger.
Gutz abrió los ojos, levantó con altivez la cabeza, miró frente á frente á don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:
—Tu destino ¡oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de mis ojos, no me deja ver claramente tu horóscopo, pero esa nube tiene ráfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.
Don Rodrigo se irguió: las palabras del hebreo le aterraban vagamente: su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en una imperceptible convulsion.
—Lo que me has dicho es muy oscuro, esclamó el rey, con acento convulso é irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla, hechicero.
—Poderoso señor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada, por que yo veo estrañas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.
Don Rodrigo se lanzó de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo, y asió furioso su túnica.
—Perro infiel, gritó: sino mientes, haz que yo vea mi horóscopo; rasga delante de mí el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que cabalgan contra mi pueblo, ó por el Dios de Moisés y de Abraham, que he de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi castillo.
—¡Rey! continuó el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jamás ha sido tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se abrirá, y dentro de la torre encontrarás tu destino.
—Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura: segun esa tradicion, el rey que la abra ó morirá ó será tan rico, tan sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fué construida durante una tempestad por los magos que acompañaban á Attila, y desde aquel terrible rey hasta mí, ninguno ha osado penetrar en ella.
—Y tú mismo, rey, nada verás en la torre, añadió Gutz, obedeciendo á una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la pureza de una vírgen.
—¿Y qué vírgen es esa?
—Esa vírgen es Florinda, la hija del conde don Julian.
—¡Pues bien! esclamó don Rodrigo, Florinda será mia, y luego mi mano tocará la puerta de la torre; buscaré en ella, en su recinto mas tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostraré con valor mi destino. ¡Hola Singiberto!
El noble á quien el rey llamaba, apareció en la puerta de la cámara.
—Llévate á ese hebreo, le dijo, y guárdale en la torre mas fuerte del palacio.
—Gutz adelantó hácia Singiberto y salió con él.
—Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir á la torre misteriosa, esclamó el rey. Y bien, ¿has reconocido ya la vivienda de la hija de don Julian? añadió dirigiéndose á don Oppas.
—Sí, si señor; y si tú quieres, esta misma noche Florinda será tuya.
—¡Oh! ¡esta noche! ¡esta noche! esclamó el rey.
—Para vencerla será necesario que apeles á malas artes.
—¡Cómo!
—Si Florinda se viese sujeta á un letargo...
—¡Ah!
—Toma, señor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.
—¿Y qué es esto?
—Aquí se guarda el zumo de una yerba que produce un sueño delicioso.
El rey guardó con ansia el pomo.
—Florinda será tuya, señor, y despues...
—Sí, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para entrar en ella me acompañen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en la torre con toda mi grandeza de rey. Haré que estén preparados mis magnates, mis soldados y mis esclavos. Tú vendrás conmigo. Vete y vuelve al punto.
Don Oppas salió de la cámara murmurando:
—Dentro de poco se verá obligado á vengar una injuria el conde don Julian.
Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de nobles godos á caballo y armados de guerra, penetraron en el átrio del palacio.
Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa llegó el primero, paró bajo el pórtico y entró en el palacio.
Poco despues, sin acompañamiento, sin galas, con clámides oscuras sobre los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al átrio, viniendo de distintos puntos tres mancebos.
Los soldados y las gentes del pueblo, que estaban agolpados á la puerta del átrio, abrieron paso á los tres ginetes inclinándose respetuosamente ante ellos, y los nombres de Belay, Teodomiro y Favila corrieron de boca en boca mientras todos los ojos se fijaban en los tres príncipes que, sin descabalgar, fueron á situarse en silencio en un oscuro ángulo del átrio.
Multitud de pajes, ricamente vestidos, giraban en todas direcciones enrojeciendo los muros con la luz de sus antorchas, y venciendo con ellas la blanca y tranquila luz de la luna.
Un rumor confuso de voces contenidas por el temor, se levantaba mas allá de los pórticos esteriores del palacio, donde la plebe, contenida por los soldados del rey, se agolpaba curiosa y asombrada.
Habíase estendido, girado y penetrado en las plazas, en los barrios, y en las callejas mas apartadas de Toledo, una noticia pavorosa. Decíase que la misteriosa torre que todos los reyes antecesores de don Rodrigo habian respetado: la terrible torre nunca abierta, tras cuyos muros se guardaba el destino del pueblo godo, iba á ser profanada por la planta del rey: un terror semejante al que causa el amago de una calamidad que no se conoce, habia dominado todos los corazones, y cristianos y judios abandonando sus casas, llenos de ansiedad, se agolpaban y se estrechaban hacia algun tiempo ante los pórticos del palacio.
Los arcos, los miradores, las balaustradas de las calles circunvecinas, estaban llenos de gentes que maldecian en voz baja y contenida por el temor á don Rodrigo, al par que hablaban con el acento de la esperanza á los tres príncipes Belay, Teodomiro y Favila, cuyas nobles frentes no se habian manchado con los vicios de la córte.
El pueblo los habia visto armados de guerra en medio de los otros príncipes y magnates cubiertos de galas, y en esto habian comprendido una valiente promesa.
Al fin, tras una larga espera, se abrieron las puertas del palacio, y el rey cubierto con un manto de púrpura, ceñida la cabeza con la corona de hierro, pendiente de su costado la espada de oro, apareció sobre su blanco caballo Orelia, al que llevaban de las riendas dos nobles con túnicas y bonetes de escarlata; á su derecha cabalgaba don Oppas, á su izquierda Singiberto; precedíanle pajes con antorchas y le rodeaban cien esclavos negros de su guarda africana.
Los nobles que esperaban en el átrio, se unieron á la comitiva, á la cual, tristes y silenciosos, siguieron al lento paso de sus caballos Belay, Teodomiro y Favila.
La córte se abrió paso por medio del pueblo que se agitaba sombriamente, sin que una aclamacion de amor ó de respeto llegase á los oidos de don Rodrigo.
La cabalgata bajó del palacio, atravesó la ciudad, y penetró en el valle, á cuyo fin, una frente á otro, teniendo en medio el Tajo, se alzaban la torre misteriosa y el castillo de don Julian.
Cabalgaba delante el rey; su caballo galopaba con ardor como impulsado por una fuerza mágica; los pajes y los peones seguian jadeando á la carrera la rápida marcha de los ginetes; alguna vez un paje ó un esclavo caian cansados, y el caballo del rey pasaba sobre ellos como hubiera podido pasar por cima de un monton de hojas secas.
Florinda, en el mirador de su cámara, apoyada en su balaustrada, veia impasible, pálida, inmóvil, descender aquellas antorchas por la vertiente del valle, adelantar, llegar y parar al fin, ante el foso de su castillo.
Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto gritó:
—¡Vasallo! ¡abrid al rey!
Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el castillo.
Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y Favila.
Las demás gentes del rey rodearon el castillo.
Florinda permanecia en el mirador, siempre pálida, siempre impasible.
Pasó algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareció en el mirador junto á Florinda.
—Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.
Florinda se volvió á él y le contempló gravemente.
—¿La hora de qué? dijo.
—El rey don Rodrigo es tu huesped, señora.
—Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.
—Segun antigua costumbre, el señor del castillo debe servir al rey.
—Mi padre le está sirviendo en Tanja.
—Por lo mismo; en ausencia de tu padre tú estas obligada á servir al rey, repuso sombriamente Kaib.
Guardó por un momento silencio Florinda; una espresion singular pasó por sus ojos; acreció su palidez, y al fin dijo:
—Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para servirle dignamente, mis esclavas.
Y volviendo las espaldas á Kaib, se encaminó lentamente á una puerta, por la cual desapareció.
Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente conmovida.
Luego esclamó con acento tembloroso:
—¡Que se cumpla lo que está escrito!
Y fué á llevar el mensage de Florinda al rey.
El rey se paseaba impaciente por una magnífica cámara.
Trofeos de guerra, arrancados á los enemigos en diferentes épocas, ennoblecian los muros, atestiguando el valor de los ascendientes del conde don Julian.
Una ancha mesa, cubierta con paños de púrpura, dejaba ver humeantes viandas en platos de oro, y jarros del mismo metal, rodeados de anchas copas, rebosaban el vino.
Cuatro candelabros de oro alumbraban la mesa.
Todo demostraba la gran riqueza del dueño del castillo.
Delante de la mesa solo habia un enorme sillon cubierto con un dosel: el sillon del castellano cedido al rey.
Don Oppas, Belay, Teodomiro y Favila, estaban agrupados y en silencio á cierta distancia del rey, medida por el respeto.
No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.
Abrióse una puerta y apareció Florinda resplandeciente con su juventud, su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magníficas galas.
Adelantó lentamente, arrastrando su pesada y brillante túnica de seda y oro, con la frente alta y ceñida con la diadema de las nobles godas.
A alguna distancia del rey se detuvo.
—Bien venido seas, señor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del conde don Julian.
Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contestó mas que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de sus ojos.
Florinda silenciosa, inmóvil, imponente, fijaba en el rey una mirada altiva y severa.
Parecia que no veia á las otras personas que habia en la cámara, aunque entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.
El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que guardaba para él la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y muda al otro lado del Tajo.
Las primeras palabras que pronunció don Rodrigo representaban su deseo.
—Salid, dijo á don Oppas y á los tres príncipes, salid y esperad afuera.
—¡Que salgamos! esclamó obedeciendo á la voz de sus celos Belay.
—¿Quién habla cuando el señor manda? gritó el rey.
—Esa doncella, esclamó adelantándose Belay, es mi esposa.
—¡Tu esposa, Florinda! esclamó palideciendo mortalmente el rey y temblando de cólera.
—Me ha jurado la fé de su amor ante Dios.
—¡Ah! ¿y no es mas que eso? príncipe: yo creí que en efecto la hija de don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo será, porque yo que soy tu señor no te la concederé.
—Dicen, rey don Rodrigo, observó con un marcado acento de amenaza Belay, que para tí nada hay respetable mas que tu voluntad: que allí donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.
—¿Y quién dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso príncipe? dijo el rey dominando mal su cólera.
—Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas has escarnecido, las madres á quienes has arrojado cubiertas de vergüenza las hijas de sus entrañas.
—¡Ah! ¿y no te han dicho que el rey castiga de muerte á los traidores que se atreven á insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia Belay, que puso la mano sobre la empuñadura de su espada.
Don Oppas cubria con una frialdad hipócrita la alegria de su alma; veia al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo; veia al rey decidido á todo; sabia que para que cayese la ira de un vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con que este tocase solamente á la orla de la túnica de Florinda; veia ya rebosar de Tánger millares de combatientes salvages, los veia atravesar el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Bética y prestar una poderosa ayuda á los hijos de Witiza.
Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por don Rodrigo en Florinda.
Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la empuñadura de su espada.
Florinda se interpuso.
—El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid príncipes, el rey está en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho á ser obedecido en él. Salid: la hija del conde don Julian cumplirá con lo que debe á su sangre.
Belay vaciló, pero una mirada de Florinda le decidió á obedecer; salió, y tras él salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas podia contener su feroz alegria.
Florinda y el rey quedaron solos.
—Sentaos, señor, sentaos, dijo la jóven; estais bajo un techo amigo: honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.
Y Florinda llenó de vino una ancha copa de oro.
El rey fijó una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.
¿Pero cómo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase Florinda?
Una idea surgió en el pensamiento del rey.
—Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.
—¿Y quién te ha dicho eso, señor?
—No recuerdo bien: ¡ah! sí, algunas noches he oido el son de una lira en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha cantado unida á aquella lira me ha parecido la voz de un arcángel; por la mañana he preguntado: ¿quién era la muger que tan dulces armonías exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.—Era la hermosa hija del conde don Julian.
—Te han engañado, señor, contestó Florinda. Nunca he cantado en los aposentos de mi señora.
Tembló el rey temiendo que Florinda no supiese tañer la lira.
—Pero si quieres, señor, dijo la jóven, cantaré para tí.
El alma del rey se dilató.
—Espera un momento, señor; voy á pedir á mis esclavas mi lira de marfil.
Apenas hubo vuelto Florinda la espalda, cuando don Rodrigo trémulo, dominado por una ardiente y próxima esperanza, vertió el contenido del pomo que le habia dado don Oppas en la copa que habia llenado Florinda.
Poco despues la jóven volvió preludiando de una manera mágica en las cuerdas de oro de una magnífica lira de marfil.
El semblante de Florinda estaba triste y apenado como si un funesto presentimiento oprimiera su alma, y permaneció de pie preludiando en su lira á poca distancia del rey.
—¿No bebes, señor? le dijo despues de un momento de silencio ¿recelas acaso de la copa de tu vasallo?
—Es antigua costumbre que el vasallo beba primero cuando ofrece la copa á su rey, dijo don Rodrigo.
Y presentó la copa á Florinda.
La jóven sostuvo con su brazo izquierdo su lira, tomó la copa y bebió un sorbo.
—La libacion completa, dijo el rey sonriendo, esa es la costumbre.
Florinda apuró la copa.
—¡Ah! murmuró el rey: tu hermosura es mia.
—¿Qué dices, señor?
—Que me llenes otra vez la copa.
Llenóla Florinda y el rey la apuró.
Fuese que el pequeño resto que habia quedado en la copa inficionase el vino nuevamente echado en ella por Florinda, fuese que le embriagase la hermosura de la jóven, el rey sintió en su cabeza un vago y delicioso delirio; parecióle que la hermosura de Florinda se aumentaba y crecia hasta hacerse sobrenatural; que las luces se amortiguaban, y que solo quedaba la luz de la hermosura de Florinda: luego vió como en un sueño fijos en los suyos los ojos de la jóven que le decian amores: la vió tomar un escabel, sentarse á sus pies, mirarle sonriendo, como solo mira á un hombre la muger que le adora, y al cabo escuchó un canto dulcísimo.
Creyóse arrebatado al paraiso, y luego cesar la música, rodear su cuello los frescos brazos de Florinda, y posarse en sus labios áridos unos labios húmedos y ardientes.
Florinda resplandecia; Florinda le embriagaba, y en medio de su embriaguez y de su delirio, no pudo escuchar el rey estas palabras, pronunciadas con acento terrible por una voz ronca tras el tapiz de una puerta de la cámara:
—¡Lo que estaba escrito se ha cumplido: el oriente avanza contra el occidente, y el buitre se cierne ya sobre el campo de la matanza esperando los cadáveres!
Entretanto el rey, que habia salido del castillo, seguido de don Oppas, de Belay, de Teodomiro, de Favila y de sus cortesanos, atravesó el Tajo en barcas que estaban preparadas, y llegó cerca de la torre situada en la otra orilla, hasta la cual habian abierto paso algunos esclavos rompiendo con sus espadas la maleza.
El rey descabalgó al fin delante de la puerta de la torre.
Todos temblaron en aquel momento solemne: el rey de impaciencia, don Oppas de esperanza, los demás de la comitiva de terror.
Solo Belay y los dos príncipes sus nobles amigos no temblaron, pero invocaron á Dios con las manos puestas en las empuñaduras de sus espadas.
Porque á la llegada del rey, dentro de la torre, en torno de ella, cerca y lejos, en los aires y en las entrañas de la tierra se habia oido un rumor lejano y confuso de batalla; lentamente aquel rumor creció; oyóse al fin de una manera distinta el choque del hierro contra el hierro, los gritos de guerra, los clamores de los moribundos, el relinchar de los caballos, el alarido de las trompetas, el silvo de las flechas, el áspero rechinar de las ruedas de los carros y el doblar de los tambores y atabales.
Sin que nadie tocase á la puerta, esta se abrió con estruendo, y una luz pálida, sin oriente ni ocaso, alumbró el interior.
Al abrirse la puerta el estruendo creció; parecia que el valle lanzaba guerreros en todas direcciones; mugió sordamente el Tajo, condensóse la niebla, tembló la tierra bajo los cascos de millares de caballos, el aire vibró herido por innumerables y salvajes gritos de guerra, y un cálido y nauseabundo olor de sangre lo envolvió todo.
Y en medio de aquel estruendo pavoroso, dominándole como el bramido del huracan domina al ruido del aguacero en la tormenta, una voz cavernosa retumbó dentro de la torre, que vaciló al sonido de aquella voz sobre sus fortísimos cimientos.
—¿Quiénes sois y qué quereis? dijo la voz.
—Soy don Rodrigo, rey de los godos, contestó el rey.
Al escuchar estas palabras, salió de la torre una esplosion de carcajadas y un coro infinito gritó:
—¡Es el rey don Rodrigo! ¡el último rey! ¡el último rey de los godos!
Y al mismo tiempo avanzaron hácia la puerta, pero sin pasar de ella, sombras envueltas en flotantes velos, pálidas y macilentas como cadáveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se estendian hácia él.
Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y á la vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huyó aterrada hasta las márgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.
Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro y Favila, á pié, envueltos en sus clámides rojas, con las espadas desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el nombre de Dios en los lábios.
El rey, aterrado, trémulo, fijaba la inmóvil mirada de sus ojos en la tremenda vision; los tres príncipes sentian latir en sus venas su sangre de valientes sin miedo y sin tacha.
—¡Adentro, señor! gritó Belay adelantando con la espada en alto: ¡adelante, hermanos mios! ¡ya que hemos llegado hasta aquí, es preciso que las artes de Satanás no detengan á cuatro príncipes cristianos!
Y asió de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetró en la torre.
La vision desapareció, como por ensalmo, apenas el rey y los tres príncipes pisaron el interior de la torre; apagóse la claridad lívida que antes la habia alumbrado y solo quedó el ténue reflejo de la luna.
—¡Una antorcha! gritó Belay.
Desde la márgen del rio adelantó uno de los pajes mas atrevidos, y entregó una antorcha al príncipe.
El noble godo adelantó aun mas, dentro de la torre, y la reconoció á la luz de la antorcha.
Era la torre inmensa, tétrica, bastante á imponer terror por sí sola, sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formábala una bóveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la altura de esta bóveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mónstruos informes, reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo allí, como petrificado por un conjuro ó por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar el pavimento húmedo y resbaladizo.
Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorrió la torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un arca de hierro mohoso.
Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras, que, siempre incrédulo é impío habia juzgado un delirio de su razon, dió un grito de alegria.
—¡Abrid! ¡abrid! dijo á los príncipes: ¡allí debe encerrarse un riquísimo tesoro, ¡abrid!
Belay levantó la pesada tapa y alumbró el interior del arca.
Don Rodrigo lanzó dentro de ella una mirada codiciosa.
Pero en vez de joyas solo vió veinte y cinco coronas de hierro atadas en una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su manto real hecho girones y ensangrentado.
Un libro escrito en caracteres árabes, el Korán, estaba puesto sobre la Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en sus pliegues otro objeto.
Belay sacudió la bandera y de ella, una cabeza humana cayó sobre el pavimento.
Aquella cabeza separada de su tronco era tan semejante á la que aun vivia sobre los hombros de don Rodrigo, que los príncipes se estremecieron y el rey tembló, y sintió correr por sus venas el frio de la muerte.
—¡A las armas, hermanos mios! gritó Belay: ¡corramos á nuestros castillos! ¡que el pueblo godo se levante á tu voz, señor, porque la tradicion se cumple y en esta torre fatal está encerrado tu destino!
—¡Los árabes! esclamó don Rodrigo levantando por primera vez su cabeza en un movimiento de energía: ¡pues bien! ¡que vengan! ¡las canas no me impedirán cubrir mi cabeza con mi capacete coronado, y bajo la púrpura vestiré la lóriga! ¡la corona en la frente y la espada en la mano cabalgaré delante de mi pueblo, y si está escrito que hayamos de sucumbir, sucumbiremos como valientes! ¿no es verdad príncipes?
Los tres príncipes se miraron con estupor. Habian creido hasta entonces que el rey habia muerto para el valor y que solo vivia para la molicie y para la corrupcion.
—Venid, mis valientes caudillos; pronto mis huestes y las de mis nobles, probarán si es incontrastable lo que está escrito por el destino. Entre tanto, á Dios.
Y salió delante de ellos de la torre, cabalgó en su corcel y llamó en voz alta á don Oppas.
Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.


Don Oppas se acercó temblando.
—A Toledo, dijo el rey con acento sombrío.
Poco despues la brillante cabalgata aterrada, triste y silenciosa volvió á entrar en la ciudad.
Antes del amanecer salió de ella á pie, por la puerta de los Leones un hombre envuelto en una clámide roja, y en silencio y á gran paso se encaminó al valle del Tajo.
Desde que salió el rey del castillo del conde don Julian, Florinda pálida, pintada en el semblante una espresion de despecho y de desesperacion horrible, habia permanecido en su mirador, dejando brillar las lágrimas, que corrian silenciosamente por sus megillas, á los rayos de la luna.
Recordaba de una manera confusa una cosa horrible; se sentia lacerada en el cuerpo y en el alma, y su pensamiento pasaba tan pronto del rey don Rodrigo, su infame burlador, á Belay, el amado de su alma.
Florinda no comprendia la razon de su momentáneo delirio entre los brazos del rey: la desdichada no sabia que habia sido embriagada por un filtro terrible.
Conocia sin embargo su vergüenza y anhelaba venganza, una venganza cruda.
Hubo un momento en que una horrible decision se pintó en su semblante, se apartó bruscamente del mirador; corrió á su cámara, tomó un pergamino y escribió en él apresuradamente algunas líneas.
Despues llamó á Kaib.
Este apareció de improviso como si hubiese estado detrás de la puerta.
—Ha llegado la hora de la tribulacion, Florinda, y me has llamado, héme aquí: ¿qué quieres?
—Es necesario que lleves esta carta á mi padre á Tanja.
—Iré, dijo Kaib.
—Pues bien, vete y que el nuevo sol te vea cabalgando hácia el oriente.
—Antes de partir es necesario que yo te deje segura y libre del infame.
—¡Ah! esclamó Florinda cubriéndose de rubor: ¿sabes?...
—Lo sé todo: yo soy mago.
—¿Y habias previsto la horrible desgracia que me iba á acontecer?
—Sí.
—¿Y por qué no me salvaste? esclamó con desesperacion Florinda.
—Estaba escrito que tú fueses sacrificada, para que el pueblo godo fuese destruido.
—¡Ah!
—Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus amores, su delirio por tí crece, siempre tendrá para enloquecerte un filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te daré un amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian: ven.
Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le siguió: salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y llegaron á la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey y sus gentes.
Kaib desnudó su puñal y tocó con el pomo en la gran puerta de hierro.
El eco despertó, como de las profundidades de un abismo, el ruido causado por la mano del hombre.
Una voz pujante como á la llegada del rey, gritó desde adentro.
—¿Quiénes sois y qué quereis?
—Somos Florinda y Kaib, contestó el esclavo.
Entonces la puerta se abrió en silencio y por sí misma.
Una claridad lívida iluminaba el interior.
—No tiembles, Florinda, dijo con voz segura Kaib, porque si tiemblas, esa puerta se cerrará y no volverá á abrirse mas para nosotros.
Florinda procuró dominarse y lo consiguió, á pesar de que vagaban con paso lento, en torno suyo, sombras envueltas en sudarios blancos, pálidas y sombrías, como cadáveres insepultos; cada una de ellas fijaba sus hundidos ojos en la jóven de una manera horrible y cruel.
—Todos estos han llamado como nosotros á esta puerta, dijo Kaib: todos ellos han sucumbido al pavor y velan encantados aquí: mira, hay valientes guerreros y hermosas damas; todos han venido en busca del tesoro que encierra esta torre y ese tesoro está guardado para tí.
Florinda sentia dentro de su espíritu un poder superior; su corazon dominaba todos aquellos terrores; su vista se estendia sin vacilar por los ámbitos de la torre, abarcándolos con su mirada serena y poderosa.
Y era porque Florinda estaba desesperada, y no podia aterrarse porque tenia sed de venganza, y aquella ansiosa rabia la daba valor.
Kaib, llevando de la mano á Florinda, avanzó hasta el pié de la pilastra que sostenia la bóveda de la torre y puso la mano sobre la cabeza de un horrible jorobado de piedra, que estaba como incrustado al pié de la pilastra.
—Yo he leido en los astros, dijo: yo soy mago: los astros me han revelado que tú guardas un amuleto que defiende á las mugeres de la impureza de los hombres y de su propia impureza.
El enano rugió sordamente, levantó la cabeza y volteó en sus órbitas, mirando á Kaib y á Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un momento parecieron de fuego.
Ninguno de los dos tembló.
Entonces el jorobado se arrancó de la pilastra y caminó delante de los dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus enormes piés de mármol.
—Hé aquí la piedra de los siete sellos, dijo deteniéndose en la parte oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino á causar la ruina del pueblo godo, su mano romperá el encanto, y el precioso talisman será suyo.
Sobre la losa que servia de puerta á un arco, habia á cada lado tres signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente iguales entre sí, y parecian láminas de oro sobrepuestas al mármol; consistian estos sellos en dos triángulos cruzados, dentro de los cuales se leia en caracteres caldeos: ¡dios!
Florinda tocó con su dedo el signo del centro, que desapareció absorvido por el mármol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro caldeado.
Tocó el segundo, el tercero, hasta el sétimo y todos desaparecieron de igual modo.
—Hé aquí la Kaba de los árabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se ha cumplido.
Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separó, á pesar de su enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja seca de un árbol.
Entonces quedó descubierto un precioso arco árabe de oro, calado, esmaltado y cincelado, que daba entrada á un pequeño retrete resplandeciente.
Una luz brillantísima emanaba de una caja de esmeralda, colocada sobre almohadones de púrpura, oro y piedras preciosas.
—En esa caja está el amuleto; dijo el enano: la muger que le tenga pendiente de su cuello, estará libre de la impureza, pero no de las desgracias, de las injurias, ni de la muerte.
Muger consagrada á Dios será y la muerte y la condenacion caerán sobre el hombre que ponga en ella su mano, mientras tenga sobre su seno el amuleto.
—Escrito está, murmuró Kaib: ¡cúmplase la voluntad del Dios grande y justo!
Florinda abrió la caja.
Dentro habia un collar de gruesas perlas y de inestimable precio y en el centro de él, pendiente de la perla mas gruesa, habia una manecita negra de ébano, sobre la cual y de una manera imperceptible, estaba grabado el sello de Salomon, en cuyo centro en caracteres caldeos, se leia la palabra ¡dios!
Nada teneis que hacer ya aquí, dijo el enano: el decreto del destino se ha cumplido: la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, ha roto los siete sellos que guardaban la ruina de un pueblo. Idos.
El jorobado fué á enclavarse de nuevo en el lugar que habia abandonado, tornando á su marmórea inmovilidad.
Florinda fué á ceñirse el amuleto.
—Espera, dijo Kaib: yo te amo.
Florinda miró con los ojos arrasados de lágrimas al esclavo.
—Yo te amo, continuó Kaib, como ama el hermano á la hermana, la madre á la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos, hija de don Julian; amas á un hombre que no puede ser tu esposo, y tu pureza ha sido arrebatada por un infame á quien no podias amar. Nos vemos por la última vez, Florinda.
—¡Por la última vez!
—Sí; yo moriré pronto, moriré junto á tu padre que vendrá á vengarte.
—¡Y mi padre!
—Morirá tambien.
—¡Oh! ¡Dios mio! ¿y mi pueblo?
—Será esclavo.
—¡Y todo por mí!
—¡Estaba escrito!
—Pero el destino es injusto.
—Dios te ha elegido por víctima.
—Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.
Y Florinda levantó la frente radiante de magestad y de valor.
—No volveremos á vernos mas, dijo Kaib: abrázame, hija de don Julian.
Florinda se arrojó entre los brazos del nubio, como pudiera haberse arrojado entre los brazos de su padre, y lloró sobre su robusto pecho.
Kaib la besó en la cabeza sobre los cabellos y la separó de sí.
Florinda rodeó á su cuello el amuleto.
Entonces pareció que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de ambrosía y de pureza.
Kaib sintió abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda no era entonces una muger: era mas que una hurí; era un arcángel.
A su vista se agitaron los millares de mónstruos enclavados en los muros y en la pilastra, y en la bóveda de la torre, sobre sus alveolos de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumbó inmenso en las concavidades.
Pero lentamente volvió el silencio á dominar la torre, se apagó el crepúsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo quedó el reflejo de la luz de la luna que penetraba blanca y débil por la ancha arcada de la puerta, por la que salieron los jóvenes.
La puerta se cerró inmediatamente.
—He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib. ¡Hija de don Julian! ¡un poder superior te protege, y en vano quiere envolverte en sus alas el negro espíritu de los amores impuros!
Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de lágrimas.
Parecia que su vista alcanzaba á leer en la inmensidad el porvenir.
—A Dios, dijo Kaib.
—¿Cómo? ¿me abandonas aquí, sola, junto á esta terrible torre?
—Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te acompañará: ese hombre es Belay.
—¡Belay! esclamó Florinda alentando apenas.
Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alejó.
Poco despues apareció á los rayos de la luna un hombre.
Florinda habia quedado inmóvil junto á la puerta de la torre.
Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoció.
—¡Ah! ¡Belay! ¡Belay! ¿á dónde vas? le dijo.
—¡Florinda! esclamó el jóven príncipe alentando apenas al escuchar la voz de su amada.
—Sí, yo soy.
—¿Qué haces aquí?
—¿A qué vienes tú?
—Vengo á penetrar en esta terrible torre; vengo á evocar al espíritu maldito que la habita: á preguntarle lo que debemos temer ó lo que podemos esperar. ¿Y cuando vengo aquí anhelando la salvacion de mi patria, te encuentro, Florinda, sola, junto á esta tremenda torre?...
—Yo no soy ya Florinda... tu Florinda, la que debia ser tu esposa... soy la manceba del rey don Rodrigo.
—¡Tú! gritó Belay exhalando su corazon hecho pedazos en su grito: ¡tú, la manceba del rey!
—¡Dios lo quiere!
—¡Que Dios quiere que tú mancilles la honra de tus abuelos! esclamó Belay: ¡esa es una horrible blasfemia! ¡tú estás loca, Florinda!
Florinda aceptaba su destino de una manera heróica: amaba á Belay, y por lo mismo queria apartarle de ella: aborrecia de muerte al rey, y por lo mismo queria unirse á él.
¿No la habia dicho aquel terrible jorobado de piedra, que el hombre que pusiese sobre ella sus manos impuras, mientras tuviese pendiente de su cuello el amuleto de Salomon, perderia su cuerpo y su alma?
Florinda, por vengarse, queria buscar al rey; embriagarle con sus amores; ser su manceba; ser, en fin, para él un doble tósigo para su cuerpo y para su alma: el cuerpo ensangrentado: el alma condenada.
—Yo amo al rey, dijo con voz lánguida Florinda.
—¿Y así olvidas tus promesas, mi amor, mi vida?
—Ama á otra hermosura.
—¡Ah Florinda! ¡Florinda! ¡tú estás loca!
—¡No, no! ¡recuerda bien! ¡esta noche!...
—¡Ah! ¡esta noche!...
—El rey vino á mi castillo.
—Es verdad.
—El rey pretendió que yo le sirviese la copa.
—Es verdad.
—Tú quisiste oponerte á que yo quedase sola con el rey.
—Sí, sí, es verdad.
—Pues bien; yo habia llamado al rey.
—¡Tú!
—Sí, yo. Yo que le serví la copa de mis amores.
—¡Oh! ¡maldita seas tú, muger, que has herido de un solo golpe la honra del padre y el corazon del amante!
Y fuera de sí se volvió á la puerta de la torre, se arrojó contra ella y la golpeó con las manos.
La puerta se abrió y Belay se precipitó dentro.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuando salió empezaba á amanecer.
La frente de Belay se mostraba radiante de valor.
—¡Que la causa de su pérdida es Florinda! esclamó con acento profundo: ¡que su padre el conde don Julian será traidor, que los árabes vencerán á los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantábria seré el primer rey de otro árbol de reyes! ¡Oh! ¡hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos en él la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!
El generoso mancebo se encaminó á Toledo.
En aquellos momentos, Florinda engalanada como una reina, y sonriendo de amor, entraba en la cámara de don Rodrigo, y se arrojaba entre sus brazos.
Kaib galopaba sobre un potro negro, atravesando la España para ir á llevar al gobernador de Tanja, al conde don Julian, la carta en que Florinda le avisaba de su deshonra.
El sol habia descendido y aparecido ocho veces desde que Kaib habia partido con la carta.
Habia llegado al monte Calpe, á la ribera del estrecho de Alzacac, y habia entrado en una nave de mercaderes para trasladarse á Tanja.
Muy pronto la nave se acercó á las riberas de Africa.
Al lejos, Kaib inmóvil y de pié sobre la proa, vió en el horizonte de un mar abrillantado por los rayos del sol, una ciudad agarena, cuyos altos minaretes parecian desafiar á las tempestades.
Aquella ciudad era Tanja.
Fuera de los muros, junto á la espuma de las aguas, se veian levantadas algunas tiendas: multitud de árabes á caballo armados de lanzas, caracoleaban al rededor de las tiendas, ejercitándose en sus armas, como soldados que se disponen á una empresa cercana.
Mas próxima al mar que las otras, habia una tienda, sobre la cual ondeaba un pendon de seda roja y verde; á la puerta de esta tienda dos hombres paseaban amigablemente y miraban al mar, en cuyo lejano horizonte aparecia un punto negro.
Aquel punto negro era la nave que conducia á Kaib.
La edad de los hombres que paseaban delante de la tienda, parecia ser la de cincuenta años. Los dos mostraban en su semblante el sello de dominio que la costumbre del mando imprime en los caudillos.
El uno llevaba el capacete de oro y la clámide de púrpura de los nobles godos; su semblante pálido y triste parecia reflejar el presentimiento de una gran desgracia, y su paso era lento, grave y magestuoso.
El otro hombre que con él paseaba, era un árabe hijo de Damasco, cuya frente atezada, estaba cubierta por una toca roja y verde: causaba terror la mirada incontrastable, salvaje, cruel, de sus ojos negros como el ébano; vestia un alquicel blanco, un caftan rojo, y una lóriga de guerra; en su ancha faja de Persia escondia un corvo puñal, y sujetaba una larga espada con empuñadura de hierro.
Este árabe era Muza-ebn-Nosir, vasallo del califa Walid y conquistador del Magreb, hasta la Mauritania Tingitana.
Muza y el conde don Julian hablaban de gravísimos asuntos.
—Inútil es cuanto te esfuerzes, emir, en convencerme á que haga traicion á mi rey, decia el conde. Por él tengo el gobierno de la Mauritania Tingitana, y la defenderé á todo poder contra tí y contra todos los que enviare el califa tu señor. No me pidas que te abra las puertas de mi patria, que no vengo de raza de traidores, ni hay oro bastante en el mundo para obligarme á ser traidor.
—Nobles y leales son tus palabras, conde, y leal y noble eres, y es por cierto grande lástima que tan buen caballero sirva á un rey tan tirano como don Rodrigo.
—El reino le castigará como á Witiza y pondrá otro rey en su lugar, dijo el conde, si necesario fuese: por lo mismo, si yo te he recibido de paz, es porque de paz has venido, y porque yo siempre tenderé mi mano á los prudentes y á los esforzados.
Muza no insistió al ver la firmeza del conde, pero no dejó de mirar con anhelo, y sin saber por qué causa, á la nave que conducia á Kaib.
Durante algun tiempo el godo y el árabe continuaron paseando y hablando de sus respectivas patrias, señalando y ponderando cada uno las escelencias de la suya, como si hubieran sido los amigos mas grandes del mundo.
Entre tanto la nave habia llegado á la ribera y de ella habia saltado en tierra Kaib, que al ver á su señor corrió hácia él.
Una palidez sombría cubrió las megillas de don Julian al ver la precipitacion con que se acercaba á él uno de sus esclavos que habia reconocido.
Kaib no tardó en arrojarse á los pies de su señor.
—¿Qué nuevas me traes? dijo alentando apenas el conde don Julian.
—Esta carta de tu hija te las revelará, señor, dijo Kaib sacando del seno el pergamino que le habia encomendado Florinda y entregándolo al conde don Julian.
Este rompió los sellos y leyó.
—¡Oh! ¿que es esto, Dios, poderoso Dios? dijo el conde dejando caer el pergamino apenas le hubo leido, y llevándose las manos á la cabeza como si hubiese temido que se le escapase.
Muza recogió el pergamino, pasó la vista por la escritura, y luego, sonriendo con un gozo cruel, leyó en voz alta el contenido.
Decia así:
«Padre: la cólera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.
»El destino se cumple y la muerte acecha.
»Nuestro hogar ha sido profanado.
»El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valiéndose de malas artes, la pureza de tu hija.
»Tu Florinda está deshonrada y morirá de vergüenza.
»Padre: desnuda tu espada, desnúdala y venga á tu hija.»
Mientras el árabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.
Al fin esclamó con una voz semejante á un rugido y como si hubiese ignorado lo que contenia la carta.
—Mientes tú, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que tú supones que dice.
Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una palidez de muerte cubrió su semblante y desnudó trasportado de cólera su puñal.
Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el árabe le habia herido de una puñalada.
Kaib cayó murmurando:
—Estaba escrito.
Y espiró.
—¡Oh! ¿que es esto? dijo don Julian volviendo en sí.
—Esto es, dijo Muza mostrándole la carta, tu hija deshonrada y tu esclavo muerto.
El conde don Julian arrebató el pergamino á Muza y se alejó frenético.
El emir entró en su tienda murmurando.
—Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza, Gecira-Alandalus será esclava del Islam.
Pocos dias despues el conde don Julian decia á Muza en un aposento de su palacio de Tanja:
—¡Emir de Africa! ¡caudillo del poderoso Walid, reune tus soldados! yo te abro las puertas de Tanja; yo te doy los galeones de los godos! ¡emir del poderoso Walid! ¡pisa las playas de España! ¡adelante, al galope de los caballos de tus feroces árabes! ¡yo voy contigo! ¡yo que voy por la cabeza de don Rodrigo!
Muza sonrió de una manera horrible y esclamó:
—¡Estaba escrito! ¡lo que no pudo hacer la ambicion lo hace la venganza!
Algunos dias despues un ejército árabe pasaba en cien galeones el estrecho y pisaba las playas de la Bética.
Antes el walí Tarik-ebn-Zyad, con una caballería escogida, habia pasado en cuatro grandes barcos de Tanja á Sebta y de Sebta á Andalucía con éxito venturoso.
Tarik habia devastado algunas comarcas de la Bética y habia avisado á Muza de que podia pasar con su ejército.
Cuando el príncipe godo Tadmir[54] supo esta invasion: escribió á don Rodrigo la carta siguiente:
«Señor: aquí han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no sé si del cielo ó de la tierra; yo me hallé acometido de ellos de improviso, resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero me fué forzoso ceder á la muchedumbre y al ímpetu suyo: ahora, á mi pesar, acampan en nuestra tierra. Ruégote, señor, pues tanto te cumple, que vengas á socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; ven tú, señor, en persona, que será lo mejor.»
El espanto cundió entre los godos, y el rey don Rodrigo se levantó aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendió la noticia.
El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba á cumplirse.
La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.
Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el enemigo de Witiza.
Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.
Florinda miraba ya próximo el momento en que el infame tirano caeria ensangrentado á los pies del conde don Julian.
Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, partió para la Bética y llegó con un innumerable ejército á Sidonia.
Tarik, la valiente espada del Islam, le salió al encuentro.