LIBRO VIGÉSIMO TERCERO. (continued 2)
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Bloqueo de Pamplona.
Asegurado lord Wellington en estancias ventajosas allende los Pirineos, y echados tres puentes en el Bidasoa, no juzgó conveniente proseguir en sus operaciones antes de que se rindiese la plaza de Pamplona. A esta ciudad, capital del antiguo reino de Navarra, con 15.000 almas de población, riégala el Arga y la rodean fortificaciones irregulares que afianza una ciudadela erigida casi al sur, de figura pentágona, empezada a construir en el reinado de Felipe II, y mejorada ella y el recinto entero sucesivamente con obras trazadas al modo de las que practicó en diversas partes de Europa el insigne Vauban. Determinose desde un principio, según hemos visto, someter por bloqueo la plaza; mas los cercados mostráronse firmes en tanto que mantuvieron viva la esperanza de que los socorriesen de Francia. Era gobernador por parte de los enemigos el general Cassan, y por la nuestra continuaba dirigiendo el asedio Don Carlos de España, aunque presente el príncipe de Anglona con una división de 4000 hombres del tercer ejército, de que era general en jefe.
Trascurriendo el tiempo y menguando los víveres, introdújose desmayo en los defensores, los cuales propusieron ya el 3 de octubre que se permitiese la salida a los paisanos, 3000 en número, o que se facilitase a estos para su manutención 7000 raciones diarias, diputando persona de confianza que asistiese a la distribución. Respondióseles que, como por edicto de los mismos franceses, se hubiese prevenido a los vecinos y residentes en Pamplona que hiciesen acopio de víveres para solo 3 meses, expirados estos en 26 de septiembre, tocaba a las autoridades de la plaza y era incumbencia suya propia subvenir a las necesidades de sus moradores, o de lo contrario capitular; intimando además Don Carlos de España al gobernador que se le tomaría estrecha cuenta, al tiempo de la rendición, de la vida de cualquier español que hubiese perecido por la escasez o el hambre. No cejando aun así los cercados en su propósito, verificaron el 10 una salida en que al principio lo atropellaron todo, alojándose en atrincheramientos colocados en el demolido fuerte del Príncipe; mas acudiendo al combate unas compañías que acaudillaba el ayudante segundo de estado mayor Don José Antonio Facio, pertenecientes a la fuerza del príncipe de Anglona, detuvieron a los acometedores y los arrojaron a bayonetazos del puesto que habían ganado, oprimiéndolos y acosándolos hasta el glacis de la plaza.
Entre tanto, noticioso Don Carlos de España de que los sitiados pensaban en el arrasamiento total de Pamplona, trató de impedirlo haciendo saber el 19 al gobernador que, si tal sucediese, tenía orden de lord Wellington de pasar por la espada la plana mayor y la oficialidad, y de diezmar la guarnición entera. Replicó el francés con desdén y altaneramente, yendo adelante en el terrible intento de desmantelar la plaza. Pero, creciendo el hambre, moderáronse ímpetus tan arrebatados, y ya el 24 comenzó el gobernador a querer entrar en algún ajuste, pidiendo se le dejase a él y a los suyos tornar libremente a Francia. Se negó España a esta demanda, que creyó excesiva, corriendo algunos días en conferencias y pláticas. Los últimos de octubre habían llegado ya, Se rinde la plaza a los españoles. cuando viniéndose a buenas el gobernador, firmose el 31 la capitulación, según la cual quedaba la guarnición francesa prisionera de guerra. Posesionáronse los españoles de la plaza inmediatamente, no habiendo padecido las fortificaciones perjuicio ni deterioro.
Reconquistada Pamplona, aún respiró más libre y desembarazada toda esta parte del norte de España, no restando ya en poder del enemigo más que Santoña, cuyo bloqueo estrechaban los nuestros.
Exacciones y pérdidas de Navarra y provincias Vascongadas.
No menos que otras provincias de España, experimentaron pérdidas y cercenamiento en sus bienes Navarra y las provincias Vascongadas; opresas siempre, y no cesando el tráfago de la guerra en su suelo, semillero fecundo de partidarios y numerosas cuadrillas. Según noticias que conservan los pueblos y los particulares, hay quien gradúe subieron a veces las cargas y exacciones a un 200 por 100 de la renta anual. Cómputo no tan exagerado como a primera vista parece, si se atiende a que solo el señorío de Vizcaya aprontó al gobierno intruso por contribuciones ordenadas 38.729.335 reales vellón: suma enorme y muy superior a lo usado en aquel país; no incluyéndose en las partidas otras cobranzas y derramas extraordinarias, impuestas sin cuenta ni razón y antojadizamente.
Situación de Soult en el Nivelle.
Luego que supo lord Wellington la rendición de Pamplona, con lo que se ponía libre y se despejaba su derecha, pensó en internarse en Francia, y en alejar a Soult más y más de la frontera de España. Este mariscal hallábase apostado en puntos ventajosos y muy fortalecidos a las márgenes del Nivelle, que descarga sus aguas en el mar por San Juan de Luz. Descansaba la derecha del ejército francés, enfrente de este pueblo y a la izquierda del río, en una eminencia que domina a Socoa, puerto ruin a la desembocadura; habiendo los enemigos construido allí, y en derredor de una ermita, un reducto cuyas defensas se unían por atrincheramientos y árboles cortados con Urrugne, protegiendo, además, aquellos puntos inundaciones que cubrían a Ciboure. Alojábase el centro del propio ejército en alturas que se levantan detrás del pueblo de Sare y también en la que llaman la Petite-Rhune, la cual, si bien sojuzgada por la otra del mismo nombre más erguida, ganada por los españoles y de la que la divide un angosto valle, todavía se alza bastante y domina las cañadas y país vecino. Y, en fin, la izquierda, colocada a la derecha del Nivelle, buscaba arrimo y aun asentábase en un cerro a espaldas del pueblo de Ainhoa, no menos que en la montaña de Mondarin que ampara la avenida o entrada del propio lugar. Describía la posición entera un semicírculo desde Urrugne hasta Espelette y Cambo, resalido en Sare, que era el centro de ella. Todo su frente hallábase por lo general cubierto con una cadena de reductos y atrincheramientos que se eslabonaban por cerros, colinas y altozanos. Conservaba el enemigo en San Juan de Pie de Puerto algunas fuerzas empleadas en la defensa de esta plaza y en observar al general Mina y otros cuerpos aliados.
No arredró a Wellington ver a su contrario tan encastillado y fuerte, y solo las lluvias le pararon algunos días. Pero aclarando luego el tiempo, decidiose el general inglés a trabar refriega empezando por forzar el cuerpo enemigo para establecerse después más allá del Nivelle.
Proyecto de Wellington.
Sir Rolando Hill capitaneaba la derecha aliada, compuesta de dos divisiones inglesas a las órdenes de sir Guillermo Stewart y sir Enrique Clinton, de la portuguesa del cargo de sir Juan Hamilton, y de la primera española del cuarto ejército que dirigía Don Pablo Morillo, sin contar cañones y algunos jinetes. En el centro estaban, por la diestra parte, el mariscal Beresford y tres divisiones británicas que mandaban los jefes Colville, Lecor y sir Lowry Cole; y por la siniestra, Don Pedro Agustín Girón acompañado del ejército de reserva de Andalucía. Destinábanse la división ligera del barón Alten y la sexta española del cuarto ejército, bajo Don Francisco Longa, al acometimiento de la Petite-Rhune; moviéndose al compás del centro sir Stapleton Cotton con una brigada de caballería y tres de artillería. Don Manuel Freire, asistido de la tercera y cuarta división y de la primera brigada de la quinta del cuarto ejército español, había de marchar desde Mandale en dos columnas que gobernaban Don Diego del Barco y Don Pedro de la Bárcena, una con dirección a Ascain, y otra más allá a la izquierda nuestra, y casa de Choquetemborde, permaneciendo algunos cuerpos en Arrequicoborde y caseríos de Oleto, como de reserva y para afianzar las comunicaciones de las columnas. A sir Juan Hope, sucesor del general Graham en el mando, correspondíale obrar por lo largo de la línea desde donde estaba Don Manuel Freire hasta la mar; no pudiendo el último ni tampoco sir Juan, con arreglo a instrucción recibida, empeñar refriega y sí solo aprovecharse de los descuidos en que el enemigo incurriese.
Pasan los aliados el Nivelle.
Colocado lord Wellington en el centro, diose principio al combate en la madrugada del 10 de noviembre, embistiendo sir Lowry Cole con la cuarta división británica un reducto construido muy esmeradamente en un terromontero que se divisa por cima de Sare, en donde hicieron los franceses firme rostro por espacio de una hora, hasta que le abandonaron, recelándose de un movimiento de los españoles a retaguardia y columbrando, asimismo, que se disponía a la escalada la infantería británica: sucedió igual caso con otra obra allí cercana. Esto, y haber acudido Wellington al primer reducto ganado, entusiasmó a las tropas, adelantándose briosamente la tercera y séptima división británicas bajo el mariscal Beresford, al paso que los nuestros de Girón acometieron el pueblo de Sare por la derecha, y que sir Lowry abrazaba su izquierda. Arrolláronlo todo los aliados, entrando con gran gallardía en dicho pueblo de Sare un cuerpo de españoles guiado por Don Juan Downie, quien mandó repicar las campanas para anunciar su triunfo con ruidoso pregón. Enseñoreose también Cole de las cumbres más bajas que están detrás de Sare en donde hizo parada. Feliz igualmente en sus acometidas el barón Alten forzó por su lado los atrincheramientos enemigos uno en pos de otro, hasta apoderarse de la Petite-Rhune, yendo después adelante para concurrir al total desenlace de las operaciones comenzadas.
Eran las diez de la mañana en ocasión que Wellington se disponía a dar un general y simultáneo ataque contra la estancia más formidable de los enemigos en el centro, la cual se prolongaba largo espacio por detrás de Sare. Sucedió bien por todas partes la tentativa, a la que coadyuvaron los españoles de Don Pedro Agustín Girón y los de Longa, abandonando los enemigos sus puestos y fortificaciones construidas y rematadas a costa de trabajo y tiempo. Resistió con empeño un solo reducto, el más fuerte de todos, pero que al fin se entregó con un batallón de 560 hombres que le guardaba, después de muchos coloquios y de idas y venidas.
No menos que por el centro favorecía la fortuna a los aliados por su derecha, en donde cruzando el Nivelle sir Enrique Clinton con la sexta división británica, ayudada de la portuguesa que regía sir Juan Hamilton, desalojó a los franceses de los sitios que ocupaban, y les tomó reductos y bastantes despojos. La segunda división, también británica del cargo de sir Guillermo Stewart, enseñoreose de una obra a retaguardia, y Don Pablo Morillo, a la cabeza de la primera división española del cuarto ejército, acometió los apostaderos enemigos en las faldas del Mondarin, y los repelió amparando así las maniobras de los ingleses dirigidas contra los cerros que yacen por detrás de Ainhoa, los cuales tomó sir R. Hill, arrojando al enemigo vía de Cambo. Las dos de la tarde eran, y ya los aliados tenían por suyas las posiciones de los contrarios a espaldas de Sare y Ainhoa.
Por la izquierda corrieron igual y dichosa suerte las tropas combinadas. Se posesionó Don Manuel Freire de Ascain por la tarde, y sir Juan Hope desalojó a los franceses del reducto plantado en la eminencia cercana a Socoa, de que hemos hablado, hostigándolos hasta llegar a las inundaciones que cubrían a Ciboure.
Durante una hora había lord Wellington hecho alto para dar respiro a sus tropas e informarse de cómo andaba el combate por los demás puntos. Conseguido el primer objeto y cerciorado de cuán venturosa por doquiera corría su estrella, dispúsose a formalizar una arremetida bien ordenada contra las eminencias y cerros que aparecen por detrás de Saint-Pée, pueblo a una legua de distancia de los aliados, situado a la margen derecha del Nivelle, por donde se había ido retirando el centro enemigo. Verificó el general inglés su intento atravesando pronto aquel río, de corriente rápida y allí no vadeable, por un puente de piedra frontero a Saint-Pée y por otros dos situados más abajo. No era tan factible tomar después las alturas de intrincado acceso, y así trabose combate muy reñido, en que, al cabo, ciando los contrarios, vencieron los nuestros y se enseñorearon del campo. Situose de resultas el mariscal Beresford a retaguardia de la derecha francesa, quedándose lo demás del ejército en los puntos que había ganado antes, no queriendo arriesgarse a más por causa de la noche que se acercaba.
Pero en ella, temerosos los franceses de que el mariscal Beresford no se interpusiese entre San Juan de Luz y Bayona, evacuaron la primera de ambas ciudades y sus obras y defensas, y llevaron rumbo hacia la segunda por el camino real, rompiendo de antemano los puentes del Nivelle en su parte inferior; destrozo que retardó lograr el perseguimiento que meditaba sir Juan Hope, obligado este general a reparar el puente que une a Ciboure con San Juan de Luz, como indispensable para facilitar el paso de las tropas y los cañones. También en aquel día, que era el 11, adelantaron el centro y la derecha aliada, mas solo una legua, no permitiendo mayor progreso el cansancio y lo perdido y arruinado de los caminos. Niebla muy densa impidió el 12 moverse desde temprano, y no hubo necesidad ni apuro de verificarlo más tarde, noticioso lord Wellington de que en el intervalo el mariscal Soult se había recogido a un campo atrincherado y fuerte, dispuesto de tiempo atrás junto a Bayona para resguardo y sostenimiento de sus tropas en retirada. Logró así el general inglés lo que apetecía, habiendo ganado la margen derecha del Nivelle y los puestos y fortificaciones del enemigo, y arrojado también a este contra Bayona y sus ríos.
Perdieron los aliados en estos combates unos 3000 hombres en todo; más los franceses, dejando en poder de aquellos 51 cañones, 1500 prisioneros y 400 heridos que no pudieron llevarse.
Lord Wellington en Saint-Pée. Cura de este pueblo.
Se detuvo lord Wellington en Saint-Pée dos o tres días, y albergose en casa del cura párroco, hombre de agudo ingenio y de autoridad en la tierra vasca, muy conocedor del mundo y sus tratos. Ocurrencia que recordamos como origen de un suceso no desestimable en su giro y resultas. Fue el caso que, complacido lord Wellington con la buena acogida y grata conversación del eclesiástico, conferenciaba con él en los ratos ociosos sobre el estado del país, acabando un día por preguntarle «qué pensaba acerca de la llegada a la frontera de un príncipe de la casa de Borbón, y si creía que su presencia atrajese a su bando muchos parciales.» Respondió el cura: «que los veinticinco años transcurridos desde la revolución de 1789 y los portentos agolpados en el intermedio daban poca esperanza de que la generación nueva conservase memoria de aquella estirpe. Pero [añadió] que nada se perdía en hacer la prueba, siendo de ejecución tan fácil.» Wellington que probablemente revolvía ya en su pensamiento semejante plan, trató de ponerle por obra, alentado sobre todo con la reflexión última del eclesiástico, por lo que al efecto escribió a Inglaterra recomendando y apoyando la idea. No desagradó esta al gabinete de San James, consintiendo a poco en que diese la vela para España el duque de Angulema, primogénito del conde de Artois, a quien llamaban Monsieur, como hermano mayor del que ya entonces era tenido entre sus adictos por rey de Francia, bajo el nombre de Luis XVIII. Venida del duque de Angulema. Desembarcó en la costa de Guipúzcoa el de Angulema, encubierto con el título de conde de Pradel, y acompañado del duque de Guiche y de los condes Etienne de Damas y D’Escars, yendo a buscarle de parte de lord Wellington a San Sebastián el coronel Freemantle, de donde se trasladaron todos a San Juan de Luz, lugar a la sazón de los cuarteles ingleses.
Allí le dejaremos por ahora, guardando para más adelante el volver a anudar el hilo de la narración de este hecho que, casi imperceptible en sus principios, agrandose después y se convirtió en más abultado.
Habiendo entre tanto las lluvias y lo crudo de la estación hinchado los ríos y los arroyos y puesto intransitables los caminos, en particular los de travesía, aflojó lord Wellington en sus operaciones, Wellington en San Juan de Luz: su línea. y haciendo mansión en San Juan de Luz, forzoso le fue, para evitar sorpresas o repentinos ataques del ejército francés, más temible por cuanto estaba más reconcentrado, establecer una línea defensiva que, empezando en la costa a espaldas de Biarritz, se prolongaba por el camino real viniendo a parar al Nive, enfrente de Arcangues y cerca de una quinta de Mr. Garat, famoso ministro de la Justicia en tiempo de la Convención. Proseguía después dicha línea lo largo de la izquierda de aquel río por Arrauntz, Ustaritz, Larresore y Cambo, cuyo puente habían los contrarios inutilizado del todo.
Disciplina y estado del ejército anglo-hispano-portugués.
Cada día se esforzaba más Wellington en mantener en sus tropas rígida disciplina, siempre receloso de que la continuación de la guerra en país enemigo no diese margen a que se traspasasen los límites de la obediencia y buen orden, mayormente teniendo el ejército aliado que padecer privaciones y acerbas penalidades: no bastando a impedirlas los inmensos recursos de que disponía la Gran Bretaña; inciertas las arribadas por mar con lo invernizo de la estación y lo bravo de aquellas orillas, y lentos y nada seguros los abastecimientos por tierra que venían, a costa de muchos dineros y desembolsos, hasta del corazón y provincias lejanas de España, en donde el ganado lanar y vacuno llegó a tomar un valor excesivo, arrebatándole los comisarios ingleses a cualquiera precio de los campos y mercados. Si temores tenía Wellington respecto de sus soldados, más le asaltaban en cuanto a los nuestros, escasos de todo, acampados al desabrigo o bajo miserables barracones, comiendo corta o escatimada ración, sin vestuario apenas algunos cuerpos, destruido el calzado de los más o roto, muchos los enfermos y desprovistos los hospitales aun de regular o pasadera asistencia. Consecuencia necesaria, ya de los males que abrumaban a todos y procedían del mismo origen, y ya de los que eran peculiares a los españoles, agotados sus haberes y caudales con la prolongada guerra, y no ayudados por la administración pública, nunca bien entendida en sus diversos ramos, y no mejorada ahora; dolencia añeja y como endémica del suelo peninsular, a los remedios muy rebelde y de curación enfadosa y tarda.
Cierto que los nuestros sobrellevaban sus padecimientos con admirable resignación, sin queja ni desmán notables. Mas previendo Wellington cuán imposible se hacía durasen las cosas largo espacio en el mismo ser, resolvió tornasen los españoles al país nativo por huir de futuros y temibles daños, y también por no necesitar entonces de su apoyo y auxilios, decidido a no llevar muy adelante la invasión comenzada, en tanto que no abonanzase el tiempo y que no penetrasen en Francia los aliados del norte. Vuelven a España casi todo el cuarto ejército y el de reserva de Andalucía. Así fue que Don Manuel Freire estableció su cuartel general en Irún, regresando a España las divisiones tercera, cuarta y sexta y la primera brigada de la quinta, todas del cuarto ejército, quedándose solo con los ingleses la de Don Pablo Morillo, que era la primera. La segunda, séptima y octava, y la segunda brigada de la quinta continuaron donde estaban; a saber, guarneciendo a Pamplona y San Sebastián, y en los bloqueos de Santoña y Jaca; si bien la segunda división no tardó en acercarse al Nivelle. Poca caballería había pasado antes a Francia, yéndose lo más de ella en busca de subsistencias a Castilla, a donde igualmente fue destinada la sexta división del cargo de Don Francisco Longa. Permanecieron las demás en las provincias fronterizas para acudir al primer llamamiento de Wellington y cubrir sus espaldas en caso de necesidad. Acantonose en el valle de Baztán el ejército de reserva de Andalucía, alejándose después hasta Puente la Reina y pueblos inmediatos.
Movimientos y combates en el Nive.
Aunque no tuviese lord Wellington el proyecto de extender ahora sus incursiones, quería sin embargo, antes de hacer su última y mayor parada, cruzar el Nive y enseñorearse de parte de sus orillas. Empresa no fácil, apoyado el mariscal Soult en el fortalecido y atrincherado campo de Bayona, cuyos aproches cubrían los fuegos de aquella plaza, situada en donde el Adour y Nive se juntan en una madre; por lo cual hizo solo resolución el general inglés de adelantar su derecha, conservando en la izquierda la misma línea, y limitando sus acometidas a apoderarse de los puntos que defendían los enemigos en el Nive superior, cuya posesión ofrecíale más desahogo para su gente y afianzaba sus estancias.
Para alcanzar su objeto, empezó Wellington a moverse el 8 de diciembre, disponiendo que el 9 atravesase el Nive por Cambo sir R. Hill, sostenido en la maniobra por el mariscal Beresford, a cuya sexta división, del mando del general Clinton, tocó pasar aquel río por Ustaritz. Ambas operaciones sucedieron bien, recogiéndose los enemigos a unos montes que corren paralelos al Adour, apoyada su derecha en Villefranque, de donde los arrojaron en breve los anglo-portugueses, obligándolos a retirarse más lejos. Ayudó al buen éxito Don Pablo Morillo, con la primera división española del cuarto ejército, quien pasó el mismo día el Nive por los vados de la Isleta y Cavarre, y se enseñoreó del cerro de Urcuray y otros inmediatos en los que quisieron los franceses hacerse firmes.
Por su lado favorecieron los movimientos de la derecha aliada sir Juan Hope y el general barón Alten, arrollando el primero a los enemigos en Biarritz y Anglet, y distrayéndolos el segundo y causándolos daños por Bassussarry, a punto de tener que refugiarse en su campo la vuelta de Marracq, palacio ahora arruinado y teatro años antes de los escándalos referidos en su lugar.
Al siguiente, día 10, yendo sir R. Hill a proseguir sus operaciones, suspendiolas en vista de que sus contrarios se habían también recogido y metídose por aquel lado en su atrincherado y bien fortalecido campo; y ocupó la estancia que de antemano le había señalado lord Wellington, descansando la derecha de dicho cuerpo de Hill hacia el Adour, su izquierda en Villefranque, y parándose el centro en la calzada inmediata a Saint Pierre. La división del general Morillo se apostó en Urcuray y una brigada de dragones ligeros británicos en Hasparren, destinadas ambas a observar y mantener en respeto al general Paris, quien al cruzar los aliados el Nive habíase corrido vía de Saint Palais.
Mas en la mañana del mismo día 10 había trocado ya de papel el francés, convirtiéndose de acometido en acometedor. Para ello moviéronse todas sus tropas, menos las que guarnecían las obras colocadas delante del general Hill, y tomaron la vuelta de las estancias de la izquierda del ejército aliado y de las de la división ligera, arrollando los puestos avanzados y aun empezando a batir los sitios fortalecidos. Pero el barón Alten y sir Juan Hope repelieron todas las arremetidas y aun cogieron 500 prisioneros. Hacía propósito el enemigo, al intentar esta maniobra, de poner a la derecha inglesa en la necesidad de regresar a la izquierda del Nive, y quedarse él solo en la otra más desembarazado para sus comunicaciones; lo cual no logró, en grave perjuicio suyo.
Ni aun aquí paró su desgracia, porque, concluida la refriega y ya anochecido, 3 batallones alemanes, uno de Francfort y 2 de Nassau Usingen, en número de 1300 hombres, guiados por el coronel Krusse, bávaro de nación y criado en Hanóver, pasaron a las banderas aliadas, si bien con la condición honrosa de ser trasladados a su país nativo, y de no hacer armas contra los que acababan de pelear a su lado y ser sus conmilitones. Fatal golpe y de nocivo ejemplo para los enemigos, causador de disturbios y desconfianza suma entre los soldados que eran franceses y los extranjeros a su servicio.
Renovaron los contrarios sus ataques en los dos días inmediatos al 10 contra la izquierda inglesa, mas sin fruto, mostrando gallardía notable sir Juan Hope, y los oficiales de su estado mayor, heridos todos o contusos.
Entonces proyectó el mariscal Soult revolver el 13 del lado de la derecha de los anglo-portugueses, y efectuolo dando contra ella un furibundo y desapoderado acometimiento. Habíalo previsto lord Wellington, y anticipose a reforzar su línea por aquella parte con la sexta división británica. Dirigieron los enemigos su principal ataque por el camino real que va de Bayona a San Juan de Pie de Puerto, teniendo que resistir al impetuoso choque la brigada inglesa del general Barnes y la portuguesa del mando de Ashworth, sostenidas por la división, también británica, que regía Lecor, la cual recobró un puesto importante, avanzando esforzadamente por el lado izquierdo y hacia donde lidiaba, en frente de Villefranque, el general Pringle. Otro tanto sucedió por el derecho, enseñoreándose de una altura y sustentándola con mucho brío las brigadas británica y portuguesa que gobernaban respectivamente los generales Byng y Buchan. Hubo otros reencuentros y choques igualmente gloriosos a los aliados, cuyas sólidas y macizas huestes no le fue dado romper, ni siquiera descantillar, al experto mariscal francés ni a sus arrojadas tropas.
En los cinco días que duraron los diversos choques tuvo de baja el ejército combinado 5029 hombres, casi la mitad portugueses, como que fueron quienes llevaron el principal peso de la refriega en la última jornada, la más mortífera y destructora. Perdieron los franceses sobre 6000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros.
Estancias de los respectivos ejércitos.
Desesperanzado el mariscal Soult de lograr por entonces cosa alguna de entidad, levantó mano y cesó en sus empresas, a pesar de acaudillar todavía 50.000 infantes y 6000 caballos. Acantonose por tanto, manteniéndose sobre la defensiva, con su derecha en el campo atrincherado en rededor de Bayona, su centro a la diestra margen del Adour, extendiéndose hasta Port-de-Lanne, en donde colocó su principal depósito, y su izquierda lo largo de la derecha del Bidouze desde su junta con el otro río hasta Saint Palais: cubrió varios pasos de la orilla derecha de ambas corrientes, y no descuidó las fortificaciones de San Juan de Pie de Puerto y de Navarrenx, atrincherando también a Dax para almacén y abrigo de los auxilios y refuerzos que le llegaban de lo interior.
Conforme a lo que ya insinuamos, tampoco Wellington insistió en batallar, dejándolo para más adelante, y afianzando solo y con mayor ahínco sus atrincheramientos. Púsose, si cabe, más en vela respecto de la disciplina; pues internado en Francia, mal le hubiera venido que molestados y oprimidos los pueblos se hubiesen alterado y tomado parte en la guerra, lo que en verdad deseaba el mariscal Soult, procurando por eso que acudiese del ejército de Suchet al país vasco El general Harispe. el general Harispe, baigorriano y muy dispuesto para organizar cuerpos francos, según tenía acreditado en las campañas de 1793 y 1794. No dejaron sus esfuerzos de incomodar a los aliados, atajándoles a veces los pasos por retaguardia, y conteniendo las tentativas de Don Francisco Espoz y Mina, que con parte de sus tropas asomaba por aquellos valles, con amagos de embestir la plaza de San Juan de Pie de Puerto, que aunque pequeña, estaba bastante fortalecida ahora.
Sucesos en Cataluña.
De poca importancia represéntase lo ocurrido en Cataluña por este tiempo y hasta fines de 1813, parangonado con lo que hemos referido ya de la parte occidental de los Pirineos. Había Napoleón elegido para coronel general de su guardia al mariscal Suchet, y agregado al ejército de Aragón y Valencia el de Cataluña; lo cual en realidad no alteraba sustancialmente el estado de las cosas, debiendo por disposición anterior juntarse todas aquellas fuerzas bajo la misma mano, siempre que se operase de un modo activo. Simplificose, sin embargo, con la nueva medida la administración, y se excusaron disputas y competencias. Retirose a Francia Decaen, que todavía gobernaba en Cataluña, cediendo a Suchet el puesto. Formaba este ejército así reunido un total que pasaba de 32.000 soldados.
Pero disminuyose poco después su número en no menos que en 9000, llamado en breve a Italia el general Severoli con su división, compuesta de 2000 combatientes, desarmados de súbito en Barcelona, por decreto de Napoleón, 2400 alemanes, y retirados a Francia los gendarmes y gente escogida, sin que se enviase tropa alguna para llenar los huecos.
Sus cargas.
Proseguía Cataluña abrumada bajo el peso de sus cargas y no interrumpidas pérdidas y estragos, en particular Barcelona, que, asiento de la dominación francesa, sentía de más cerca y a la continua el daño, habiendo sido como entregada al saco. Tuvieron sin embargo los franceses que traer frecuentemente auxilios de Francia para poder subsistir, agotada la provincia, y ofreciendo obstáculos a las exacciones la irreconciliable enemistad y profundo odio que abrigaban los catalanes constantemente en sus pechos contra la usurpación extranjera; al paso que sobrellevaban con noble desprendimiento los sacrificios y desembolsos que pedía de su fidelidad e inalterable celo el gobierno legítimo. (* Ap. n. 23-3.) No menos de 285.727.453 reales vellón [*] compútase aprontó aquella provincia para el ejército nacional en los cinco años corridos desde 1809 hasta 1813, sin contar derramas y repartimientos que no ha sido dable se incluyan en la suma: exorbitante, por cierto, si se atiende a lo que por su lado arrancaron de los pueblos los invasores, y al deterioro y merma que causaba en los productos y haberes aquella guerra tan devastadora y de conquista, más sensibles y dolorosos en provincia de suyo tan industriosa y fabril como lo es la Cataluña.
En cuanto a los reencuentros y combates que hubo en ella por este tiempo, apenas los hay que sean dignos de mencionarse. No dejaron, sin embargo, las tropas del primer ejército, y los cuerpos francos y guerrillas a él agregados, de molestar al enemigo y conseguir algunos trofeos por los meses de septiembre, octubre, noviembre y fines de año en Montalla, Sant Privat, Santa Eulalia, San Feliú de Codinas y otros lugares, regidos nuestros soldados por los entonces coroneles Valencia, Llauder, Manso y demás jefes ya conocidos y de nombre. Mandaba como antes este ejército Don Francisco Copons y Navia, teniendo por lo común sus reales en Vic. Se mantenían los anglo-sicilianos en las mismas estancias; y solo en diciembre, queriendo el mariscal Suchet sorprenderlos en Villafranca, donde tenían sus cuarteles, retiráronse, advertidos a tiempo, yendo la división española del general Sarsfield, que los acompañaba, camino de la izquierda, y ellos más de dos leguas atrás la vuelta de Arbós, para mejorar de puesto y reconcentrar todas sus fuerzas. Tornó Suchet burlado en sus esperanzas a las orillas del Llobregat y a la capital del principado, en cuya ciudad residía de ordinario ahora.
Valencia.
Por esta parte oriental de España tampoco levantaba mano el segundo ejército, bajo la guía de Don Francisco Javier Elío, en los bloqueos de las plazas y castillos que se encomendaron a su cuidado, con la dicha de que se fuesen tomando algunos. Ríndese a los españoles Morella y Denia. Así sucedió con el de Morella, que se entregó el 22 de octubre al ayudante de estado mayor Don Francisco del Rey, quedando prisioneros 100 hombres que le guarnecían con su comandante Boissomacs. Vinieron también el 6 de diciembre a partido otros tantos que defendían a Denia, y mandaba el jefe de batallón Bin, quien pactó la rendición con Don Diego Entrena, que dirigía el asedio.
Sucesos en Alemania y norte de Europa.
Al mismo compás y de tan buena medida para España íbanse arreglando las cosas de Alemania y de todo el septentrión. Allí, comenzadas de nuevo las hostilidades y unida el Austria a la coalición europea, según dijimos, llovieron sobre la Francia infortunios y tremendas desdichas, siendo para sus ejércitos de mortal ruina e indecible fracaso la derrota que padecieron sus huestes en Leipzig durante los días 16, 17, 18 y 19 de octubre, de cuyas resultas casi solo Napoleón y sin aliados repasó el Rin con los remanentes de sus destrozadas tropas, y regresó a París el 8 de noviembre, desgajándose así, y una a una o muchas a la vez, las ramas del excelso y robusto árbol de su poco antes encumbrada dominación, cuyo tronco mismo iba luego a sentir los pesados golpes de dura, cortante y desapiadada hacha enemiga.

RESUMEN
DEL
LIBRO VIGÉSIMO CUARTO.

Viaje a Madrid de la Regencia y las Cortes, y su llegada. — Abren las Cortes allí sus sesiones. — Napoleón en París, y sus medidas. — Declaración de los aliados del norte. — Entran en Francia. — Entabla Napoleón negociaciones con Fernando. — Su carta a este rey. — Conferencias de los príncipes en Valençay con el conde de Laforest. — Llegada a Valençay del duque de San Carlos. — Tratado concluido en Valençay. — Viaje de San Carlos a España. — Envía Napoleón a Valençay a otros españoles. — Nuevas reflexiones. — Comisionados franceses enviados a España. — Llega San Carlos a Madrid. — Disgusto que causa su llegada. — Viaje también de Palafox a Madrid. — Contestación de la Regencia y sus cartas al rey. — Vuelven a Francia San Carlos y Palafox. — Da cuenta a las Cortes de este negocio la Regencia del reino. — Se recibe con aplauso. — Manifiesto que debe acompañarle. — Cambio en la opinión, y reflexión sobre esto. — Ligas y manejos contra las nuevas reformas. — Extraño discurso del diputado Reina. — Alboroto que causa en las Cortes y sus resultas. — Tratan algunos de mudar la Regencia. — No lo consiguen; con otros incidentes. — Cierran las Cortes ordinarias sus sesiones. — Las vuelven a abrir. — Reconocimiento del Austria y tratado con Prusia. — Sucesos militares. Cataluña. — Se retira Suchet a Gerona. — Van Halen. — Se pasa a los españoles; sus proyectos y ardides. — Tentativa contra Tortosa. — Frústrase esta. — Sale bien en Lérida, Mequinenza y Monzón. — Se cogen prisioneras las guarniciones. — Apuros, gestiones y movimientos de Suchet. — Ríndese el castillo de Jaca. — Ataques contra Santoña y sus obras exteriores. — Tómanse algunas de estas. — Muerte de Barco. — Movimientos de Wellington. — Paso del Adour. — Se cerca del todo a Bayona. — Echase un puente sobre el Adour. — Avances de Wellington. — Batalla de Orthez, 27 de febrero. — Movimientos posteriores. — Intentos de los partidarios de la casa de Borbón. — Envía Wellington vía de Burdeos a Beresford. — Se declara esta ciudad en favor de los Borbones. — Entran allí el 12 de marzo Beresford y el de Angulema. — Proclama de Soult. — Estado crítico de Napoleón y medidas que toma. — Sale de París. — Congreso de Châtillon. — Disuélvese. — Tratado de Chaumont. — Resultas de esto. — Suelta Napoleón a Fernando. — Precede Zayas al rey: su viaje. — Sale el rey de Valençay. — Llega a Perpiñán. — Quédase allí el infante Don Carlos. — Entra el rey en España. — Recibe Copons al rey en el Fluviá. — Entra el rey en Gerona. — Llega también allí el infante Don Carlos. — Carta del rey a la Regencia. — Monumento que decretan las Cortes. — Dádiva del Duque de Frías. — Trabajos y discusiones de las Cortes. — Presupuestos. — Secretarías. — Dotación de la casa Real. — Impostor Audinot. — Acontecimientos militares. — Movimientos del 4.º ejército español. — Auxilios que facilita Wellington. — Conducta del conde del Abisbal. — Pasa a Francia el 3.er ejército español. — Sigue Wellington moviéndose. — Llega Soult a Tolosa. — Llegan los aliados enfrente de la ciudad. — Tentativas para pasar el Garona. — Le pasan los aliados. — Otros movimientos. — Tolosa y su estado de defensa. — Batalla de Tolosa. — Evacúa Soult la ciudad. — Entran los aliados. — Son bien recibidos. — Acontecimientos y mudanzas en París. — Caída de Napoleón. — Otros sucesos militares. — En Burdeos. — En Bayona. — Santoña. — Cataluña. — La abandona Suchet. — Conducta de Soult y Suchet con motivo de lo ocurrido en París. — Conclúyese un armisticio entre Wellington y los mariscales franceses. — Asuntos políticos. — Salen el rey y los infantes de Gerona. — Llegan a Tarragona y Reus. — Va el rey a Zaragoza. — Buen recibo en esta ciudad. — Junta en Daroca. — Entrada en Teruel. — Junta en Segorbe. — Entrada del rey en Valencia. — El general Elío. — Lo que sucedió con el cardenal de Borbón. — Sale Elío a recibir al rey. — Lo mismo el cardenal. — Representación de los diputados llamados Persas. — Conducta de los liberales en las Cortes. — Se trasladan estas a Doña María de Aragón. — Función fúnebre del 2 de mayo. — Lo que pasa en Valencia. — Se acerca Whittingham a Madrid. — Conducta del embajador inglés. — Sale el rey de Valencia. — Lo que ocurre en el camino. — Diputación de las Cortes para recibir al rey. — Otras ocurrencias. — Prisión en Madrid de la Regencia y ministros y muchos diputados. — Disolución de las Cortes por orden del rey. — Asonadas en Madrid. — Manifiesto o decreto del 4 de mayo. — Autores y cooperarios de él. — Reflexiones. — Entrada del rey en Madrid. — Llegada de lord Wellington a la capital. — Recompensas que este recibe en su patria. — Evacuación de las plazas que aún conservaba el francés en España. — Tratado de paz y amistad con Francia. — Ministros de Fernando. — Política errada y reprehensible de estos. — Cuál hubiera convenido adoptar. — Conclusión de esta obra.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
