← Table of contents
Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (5 de 5)

LIBRO VIGÉSIMO. (continued 2)

Reading edition

Situación de Lord Wellington en Castilla la Vieja.

Páginas más gloriosas, si bien deslustradas alguna vez, va ahora a desdoblar la historia, refiriendo las campañas sucesivas de lord Wellington, importantes y de pujanza para acabar de afianzar la libertad española. Recordará el lector que anunciamos en otro lugar haber salido aquel caudillo de Madrid el 1.º de septiembre con dirección a Arévalo, en donde había mandado reunir sus principales fuerzas. Le acompañaron en sus marchas las divisiones de su ejército primera, quinta, sexta y séptima, quedando en Madrid y sus cercanías la tercera con la ligera y cuarta.

Avanza a Burgos.

Al aproximarse los anglo-portugueses evacuaron los enemigos a Valladolid, cuya ciudad habían ocupado de nuevo, entrando Clauzel en Burgos, ya de retirada, el 17 del propio septiembre. No continuó este mandando su gente largo tiempo, pues reuniéndosele luego que salió de Burgos el general Souham con 9000 infantes del ejército del Norte, se encargó al último la dirección en jefe de toda esta fuerza.

Se le reúne el sexto ejército español.

Habían proseguido su movimiento las tropas aliadas, y el 16 juntóseles el sexto ejército español entre los pueblos de Villanueva de las Carretas, Pampliega y Villazopeque. Capitaneábalo Don Francisco Javier Castaños, y habíase ocupado mucho en su organización y mejora el general jefe de estado mayor Don Pedro Agustín Girón. Constaba su fuerza de unos 16.000 hombres, según arriba indicamos.

Entran los aliados en Burgos.

Pisaron los aliados las calles de Burgos el 18 de septiembre, acogiéndolos el vecindario con las usuales aclamaciones, turbadas un instante por desmanes de algunos guerrilleros que no tardó en reprimir Don Miguel de Álava.

Atacan el castillo.

El 19 procedieron los aliados a embestir el castillo de Burgos, circuido de obras y nuevas fortificaciones. Para ello colocaron una división a la izquierda del Arlanzón, e hicieron que otras dos, con dos brigadas portuguesas, vadeasen este río y se aproximasen a los fuertes, arrojando a los enemigos de unas flechas avanzadas. Situose en el camino real lo demás del ejército para cubrir el ataque.

En la antigüedad era este castillo robusto, majestuoso, casi inaccesible; y fortaleciole en gran manera Don Enrique II, el de las mercedes, arruinándose los muros notablemente en la resistencia empeñada que, dentro de él y contra los Reyes Católicos, hizo la bandería que llevaba el nombre del rey de Portugal. Mandole, no obstante, reedificar la reina Doña Isabel, y todavía se mantenía en pie cuando por los años de 1736 un cohete tirado de la ciudad en una fiesta le prendió fuego, sin que nadie se moviese a apagar las llamas, cuya voracidad duró algunos días. Domina el castillo los puntos y cerros que se elevan en su derredor, excepto el de San Miguel, del que le divide una profunda quebrada, y en cuya cima habían construido los franceses un hornabeque muy espacioso. Los antiguos muros del castillo eran bastante sólidos para sostener cañones de grueso calibre, y en una de las principales torres levantaron los franceses una batería acasamatada. Dos líneas de reductos rodeaban la colina, dentro de las cuales quedaba encerrada la iglesia de la Blanca, edificio más bien embarazoso que propio para la defensa. Componíase la guarnición de 2 a 3000 hombres, y la mandaba el general Dubreton.

Fiados los ingleses en su valor y en los defectos que notaron en la construcción de las obras, resolvieron tomarlas por asalto unas tras otras, empezando por el hornabeque de San Miguel, enseñoreador de todas ellas. Consiguieron apoderarse de este recinto en la noche del 19 al 20 de septiembre, si bien a costa de sangre, y con la desventura de no haber podido impedir la escapada furtiva de la guarnición francesa que se acogió al castillo, cuyas murallas pensaron los aliados acometer inmediatamente, casi seguros de coronar luego con sus armas hasta las almenas más elevadas.

Nombran las Cortes general en jefe a Lord Wellington.

Pero frustrándoseles sus esperanzas, dásenos vagar para que refiramos lo que ocurrió con motivo de una medida tomada por las Cortes en este tiempo, que, aunque motejada de algunos, fue en la nación universalmente aplaudida. Queremos hablar del mando en jefe de los ejércitos españoles conferido a lord Wellington. Vimos en un libro anterior la resistencia de las Cortes en acceder a los deseos de aquel general, que, por el conducto de su hermano Sir Enrique Wellesley, había pedido el mando de las provincias españolas limítrofes de Portugal. Pareció entonces prematuro el paso por la sazón en que se dio, y por no concurrir todavía en la persona del lord Wellington condiciones suficientes que coloreasen la oportunidad de la medida. Mas orlada ahora la frente de aquel caudillo con los laureles de Salamanca, y con los que le proporcionaron las inmediatas y felices resultas de tan venturosa jornada, habían cambiado las circunstancias, juzgando muchos que era llegado el tiempo de poner bajo la mano firme, vigorosa y acreditada de lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, la dirección de todos los ejércitos españoles; mayormente cuando se hallaba ya a la cabeza de las tropas británicas y portuguesas, convertidas por sus victorias en principal centro de las operaciones activas y regulares de la guerra. Tomó cuerpo el pensamiento que rodaba por la mente de hombres de peso entre varios diputados, aun de aquellos que antes habían esquivado la medida y que siempre se mostraban hoscos a intervenciones extrañas en los asuntos internos. El diputado por Asturias Don Andrés Ángel de la Vega, afecto a estrechar la alianza inglesa, apareció como primer apoyador de la idea, ya por las felices consecuencias que esperaba resultarían para la guerra, ya por estar persuadido de que cualquiera mudanza política en España, intrincada selva de intereses opuestos, necesitaba para ser sólida de un arrimo extraño, no teniéndole dentro; y que este debía buscarse en Inglaterra, cuya amistad no comprometía la independencia nacional, como sucedía entonces con Francia, sujeta a un soberano que no soñaba sino en continuas invasiones y atrevidas conquistas.

Al Don Andrés Ángel agregáronsele Don Francisco Ciscar, Don Agustín de Argüelles, Don José María Calatrava, el conde de Toreno, Don Fernando Navarro, Don José Mejía, Don Francisco Golfín, Don Juan María Herrera y Don Francisco Martínez de Tejada. Juntos todos estos examinaron la cuestión con reserva y detenidamente; decidiendo al cabo formalizar la propuesta ante las Cortes, en la inteligencia de que se verificase en sesión secreta, para evitar, si aquella fuese desechada, el desaire notorio que de ello se seguiría a lord Wellington, y también la publicidad de cualquiera expresión disonante que pudiera soltarse en el debate y ofender al general aliado, con quien entonces más que nunca tenía cuenta mantener buena y sincera correspondencia. No ignoró el ministro inglés nada de lo que se trataba: dio su asenso y aun suministró apuntes acerca de los términos en que convendría extender la gracia; mas sin provocar su concesión ni acelerarla, por vivo que fuese su deseo de verla realizada.

Encargose Don Francisco Ciscar, diputado por Valencia, de presentar la proposición por escrito, firmada por los vocales ya expresados. No encontró la medida en las Cortes resistencia notable, preparado ya el terreno. Hubo con todo quien la rechazase, en particular varios diputados de Cataluña, y entre ellos Don Jaime Creux, más adelante arzobispo de Tarragona, e individuo en 1822 de la que se apellidó regencia de Urgel. Nació principalmente esta oposición del temor de que se diesen ensanches en lo venidero al comercio británico en perjuicio de las fábricas y artefactos de aquel principado, en cuya conservación se muestran siempre tan celosos sus naturales. Mañosamente usó de la palabra el señor Creux, mirando la cuestión por diversos lados. Dudaba tuviesen las Cortes facultades para dispensar a un extranjero favor tan distinguido; añadiendo que la propuesta debía proceder de la Regencia, única autoridad que fuese juez competente de la precisión de acudir a semejante y extremo remedio, y no dejando tampoco de alegar en apoyo de su dictamen lo imposible que se hacía sujetar a responsabilidad a un general súbdito de otro gobierno, y obligado por tanto a obedecer sus superiores órdenes. Razones poderosas contra las que no había más salida que la de la necesidad de aunar el mando, y vigorizarle para poner pronto y favorable término a guerra tan funesta y prolongada.

Convencidas de ello las Cortes, aprobaron por una gran mayoría la proposición de Don Francisco Ciscar y sus compañeros, resolviendo asimismo que la Regencia manifestase el modo más conveniente de extender la concesión, con todo lo demás que creyese oportuno especificar en el caso. Evacuado este informe, dieron las Cortes el decreto siguiente.

«Siendo indispensable para la más pronta y segura destrucción del enemigo, que haya unidad en los planes y operaciones de los ejércitos aliados en la Península, y no pudiendo conseguirse tan importante objeto sin que un solo general mande en jefe todas las tropas españolas de la misma, las Cortes generales y extraordinarias, atendiendo a la urgente necesidad de aprovechar los gloriosos triunfos de las armas aliadas, y las favorables circunstancias que van acelerando el deseado momento de poner fin a los males que han afligido a la nación; y apreciando en gran manera los distinguidos talentos y relevantes servicios del duque de Ciudad Rodrigo, capitán general de los ejércitos nacionales, han venido en decretar y decretan: Que durante la cooperación de las fuerzas aliadas en defensa de la misma Península, se le confiera el mando en jefe de todas ellas, ejerciéndole conforme a las ordenanzas generales, sin más diferencia que hacerse, como respecto al mencionado duque se hace por el presente decreto, extensivo a todas las provincias de la Península cuanto previene el artículo 6.º, título 1.º, tratado 7.º de ellas: debiendo aquel ilustre caudillo entenderse con el gobierno español por la secretaría del despacho universal de la guerra. Tendralo entendido la Regencia del reino, etc. Dado en Cádiz a 22 de septiembre de 1812.»

Incidentes que ocurren en este negocio.

Con sumo reconocimiento y agrado recibió la noticia lord Wellington, contestando en este sentido desde Villatoro con fecha de 2 de octubre; mas expuso al mismo tiempo que antes de admitir el mando con que se le honraba, érale necesario obtener el beneplácito del príncipe regente de Inglaterra, lo que dio lugar a cierto retraso en la publicación del decreto.

Motivó semejante tardanza diversas hablillas, y aun siniestras interpretaciones y deslenguamientos, acabando por insertar a la letra el decreto de las Cortes un periódico de Cádiz intitulado La Abeja. Diose por ofendida de esta publicación la Regencia, temiendo se la tachase de haber faltado a la reserva convenida; y por lo mismo trató de justificarse en la Gaceta de oficio: otro tanto hizo la secretaría de Cortes, como si pudiera nadie responder de que se guardase secreto en una determinación sabida de tantos, y que había pasado por tantos conductos. Se enredó sin embargo el negocio a punto de entablarse contra el periódico una demanda judicial. Cortó la causa el diputado Don José Mejía, quien a sí propio se denunció ante las Cortes como culpable del hecho, si culpa había en dar a luz un documento conocido de muchos, y con cuya publicación se conseguía aquietar los ánimos, sobrado alterados con las voces esparcidas por la malevolencia, y aumentadas por el misterio mismo que se había empleado en este asunto. Hubo quien quiso se hiciesen cargos al diputado Mejía, graduando su proceder de abuso de confianza. Las Cortes fallaron lo contrario, bien que después de haber oído a una comisión, y suscitádose debates y contiendas. Livianos incidentes en que se descarrían con frecuencia los cuerpos representativos, malgastando el tiempo tanto más lastimosamente, cuanto en discusiones tales toman parte los diputados de menor valía, aficionados a minucias y personales ataques.

Envió entre tanto lord Wellington su aceptación definitiva en virtud del consentimiento alcanzado del príncipe regente, y las Cortes dispusieron que se leyese en público el expediente entero, como se verificó en la sesión del 20 de noviembre, cesando con esto las dudas y el desasosiego, y quedando así satisfecha la curiosidad de la muchedumbre.

No faltaron sin embargo personas, aunque contadas, que censuraban acerbamente la providencia. Los redactores del Diario mercantil de Cádiz, so color de patriotas, alzaron vivo clamor, reprendiendo de ilegal el decreto de las Cortes. Eran eco de los parciales del gobierno intruso, y de la ambición inmoderada de algunos jefes.

Desobediencia de Ballesteros.

Acaudillaba a estos en su descontento Don Francisco Ballesteros,[2] quien abiertamente trató de desobedecer al gobierno. Capitán general de Andalucía, encontrábase a la sazón en Granada al frente del cuarto ejército, y mal avenido en todos tiempos con el freno de la subordinación, gozando de cierta fama y popularidad, pareciole aquella acomodada coyuntura de ensanchar su poder y dar realce a su nombre, lisonjeando las pasiones del vulgo, opuestas en general al influjo extranjero.

Descubrió a las claras su intento en un oficio dirigido al ministro de la guerra con fecha 23 de octubre, en cuyo contenido, haciendo inexacta y ostentosa reseña de sus servicios en favor de la causa de la independencia, antes y después del 2 de mayo de 1808, que se hallaba en Madrid, y no hablando con mucha mesura de la fe inglesa, requería que antes de conferir el mando a lord Wellington, se consultase en la materia a los ejércitos nacionales y a los ciudadanos, y que si unos y otros consintiesen en aquel nombramiento, él aun así y de todos modos se retiraría a su casa, manifestando en eso que solo el honor y bien de su país le guiaban, y no otro interés ni mira particular. Dañoso tan mal ejemplo, si hubiera cundido, no tuvo afortunadamente seguidores, a lo que contribuyó una pronta y vigorosa determinación de la Regencia del reino, Se le separa del mando. la cual, resolviendo separar del mando a Ballesteros, envió a Granada para desempeñar este encargo al oficial de artillería Don Ildefonso Díez de Ribera, hoy conde de Almodóvar, el cual, ya conocido en el sitio de Olivenza, había pasado últimamente a Madrid a presentar de parte del gobierno a lord Wellington las insignias de la orden del Toison de oro. Iba autorizado Ribera competentemente con órdenes firmadas en blanco para los jefes, y de las que debía hacer el uso que juzgase prudente. Era segundo de Ballesteros Don Joaquín Virués, y a falta del general en jefe recaía en su persona el mando según ordenanza; mas no conceptuándose sujeto apto para el caso, echose mano del príncipe de Anglona, de condición firme y en sus procederes atinado, quien todavía se mantenía en Granada, si bien pronto a separarse de aquel ejército, disgustado con Ballesteros por sus demasías. Avistáronse el príncipe y Ribera, y puestos de acuerdo, llevaron a cumplido efecto las disposiciones del gobierno supremo. Para ello apoyáronse particularmente en el cuerpo de guardias españolas, sucediendo que las otras tropas, aunque muy entusiasmadas por Ballesteros, luego que vislumbraron desobedecía este a la Regencia y las Cortes, abandonáronle y le dejaron solo. Intentó Ballesteros atraerlas, pero desvaneciéndosele en breve aquella esperanza, sometiose a su adversa suerte, y pasó a Ceuta, a donde se le destinó de cuartel. En el camino no se portó cuerdamente, dando ocasión con sus importunas reclamaciones, tardanzas y desmanes a que no se desistiese de proseguir contra él una causa ya empezada, la cual a dicha suya no tuvo éxito infausto, tapando las faltas hasta el mismo príncipe de Anglona, quien en su declaración favoreció a Ballesteros generosamente. La Regencia, sin embargo, graduó el asunto de grave, y publicó con este motivo en diciembre un manifiesto especificando las razones que había tenido presentes para separar del mando del cuarto ejército a aquel general, de suyo insubordinado y descontentadizo siempre. Cierto que la popularidad de que gozaba Ballesteros, y el atribuir muchos su desgracia al ardiente deseo que le asistía de querer conservar intactos el honor y la independencia nacional, eran causas que reclamaban la atención del gobierno para no consentir se extraviase sin defensa la opinión pública. Adornaban a Ballesteros, valeroso y sobrio, prendas militares recomendables en verdad, mas oscurecidas algún tanto con sus jactancias y con el prurito de alegar ponderados triunfos que cautivaban a la muchedumbre incauta. Creíala dicho general tan en favor suyo que se imaginó no pendía más de tener universal séquito cualquiera opinión suya que de cuanto él tardase en manifestarla. Pone también maravilla que hubiera quien sustentase que en conferir el mando a Wellington se comprometía el honor y la independencia española. Peligra esta y se pierde aquel, cuando un país se expone irreflexivamente a una desmembración, o concluye estipulaciones que menoscaban su bienestar o destruyen su prosperidad futura. En la actualidad ni asomo había de tales riesgos, y cuando estos no amagan, todos los pueblos en parecidos casos han solido depositar su confianza en caudillos aliados. La Grecia antigua vio a Temístocles sometido al general de Esparta tan inferior a él en capacidad y militares aciertos. Capitaneó Vendôme las armas aliadas hispano-francesas en la guerra de sucesión, y en nuestros días el mismo Wellington ha tenido bajo sus órdenes los ejércitos de las principales potencias de Europa, sin que por eso resultase para ellas desdoro ni mancilla alguna.

Continúa el sitio del castillo de Burgos.

A la insubordinación y desobediencia de Ballesteros acompañó también el malograrse la toma del castillo de Burgos. Dejamos allí a los ingleses dueños del hornabeque de San Miguel, preliminar necesario para continuar las demás acometidas. Establecieron en seguida una batería por el lado izquierdo del hornabeque, decidiendo lord Wellington, aun antes de concluirla, escalar el recinto exterior en la noche del 22 al 23 de septiembre. Frustrose la tentativa, y entonces hicieron resolución los anglo-portugueses de continuar sus trabajos, queriendo derribar por medio de la mina los muros enemigos. Abrieron al efecto una comunicación que arrancaba del arrabal de San Pedro, y convirtieron en una paralela un camino hondo colocado a 50 varas de la línea exterior. En la noche del 29 jugó con poco fruto la primera mina, siendo rechazados los aliados en el asalto que intentaron. No por eso desistieron todavía de su empresa, y con diligencia practicaron una segunda galería de mina, también enfrente del arrabal de San Pedro. Lista ya esta el 4 de octubre, se puso fuego al hornillo; habíase apenas verificado la explosión cuando ya coronaban las brechas las columnas aliadas. Fue en el trance gravemente herido el teniente coronel de ingenieros Jones, diligente autor de los sitios de estas campañas.

Alojados los ingleses en el primer recinto, comenzaron a cañonear el segundo, y a practicar al propio tiempo un ramal de mina que partía desde las casas cercanas a San Román, antes iglesia, ahora almacén de los franceses. La estación mostrábase lluviosa e inverniza, y las balas de a 24 no dejaban ya de escasear para los sitiadores. Descércanle los aliados. Sin embargo, juzgando estos accesible la brecha del segundo recinto, le asaltaron el 18 de octubre, mas con éxito desgraciado y a punto que los desalentó en gran manera. Por eso, y porque los movimientos del enemigo ponían en cuidado a lord Wellington, determinó este descercar el castillo, como lo verificó el 22 del propio mes a las cinco de la mañana, sin conseguir tampoco, según intentó, la destrucción del hornabeque de San Miguel.

Bien preparados los ingleses, hubieran debido tomar los fuertes de Burgos en el espacio de solo 8 días. Disculparon su descalabro con la falta de medios, y con no haber calculado bastantemente la resistencia con que encontraron. Mas entonces ¿para qué emprender un sitio tan inconsideradamente?

Movimientos de los franceses.

Eran de gravedad los movimientos que forzaron a lord Wellington a alejarse de Burgos. Verificábanlos los ejércitos franceses del Mediodía y Centro y los llamados de Portugal y el Norte. Los primeros pusiéronse en marcha luego que en Fuente la Higuera celebró el rey José una conferencia con los mariscales Jourdan, Soult y Suchet. Hizo este grandes esfuerzos para que no se evacuase a Valencia, y lo consiguió; revolviendo solo sobre Madrid por Cuenca y por Albacete las tropas de los otros mariscales.

De José sobre Madrid.

Creían los franceses trabar refriega en el tránsito con sir Rowland Hill, quien, después de su venida de Extremadura, manteníase a orillas del Tajo en Aranjuez y Toledo, engrosado con la fuerza anglo-portuguesa que compuso parte de la guarnición de Cádiz durante el sitio, y con las tropas que trajo de Alicante Don Francisco Javier Elío, y ascendían a 6000 infantes, 1200 caballos y 8 piezas de artillería, que se situaron a la izquierda del ejército británico en Fuentidueña. Mas advertido el general inglés de los intentos del ejército enemigo, avisóselo a Wellington, y poniéndose en camino de Madrid abandonó sus estancias y voló uno de los ojos del puente llamado Largo, sobre el Jarama, en cuyas riberas dejó, con algunas tropas, al coronel Skerret.

Retíranse los aliados de Madrid.

Tuvo este allí un choque con el ejército de José que seguía la huella de sus contrarios, quienes de resultas desampararon del todo las orillas del Jarama. El general Hill pasó por Madrid el 31 de octubre; desocupó los almacenes de los franceses; hizo volar la casa de la China; destruyó las obras del Retiro, y recogiendo las divisiones que lord Wellington había dejado apostadas dentro y en los alrededores de la capital, continuó su viaje y traspuso las sierras de Guadarrama, dirigiéndose sobre Alba de Tormes con objeto de unirse a las demás fuerzas de su nación que guerreaban en Castilla la Vieja. Acompañáronle las divisiones principales del quinto ejército español que trajera de Extremadura; mas no las del segundo y tercero, que con Elío habían avanzado a la Mancha, y se le habían juntado las que tornaron a su respectivo distrito de Valencia y Murcia, cruzando el Tajo por el puente de Auñón, y dando lugar a que José avanzase a Madrid, para continuar ellas su marcha por los lindes de la provincia de Cuenca.

Estado triste de la capital.

Presentaba Madrid en aquellos días penoso y melancólico aspecto. Los autoridades se habían alejado apresuradamente de la villa, y aun el ayuntamiento, ya establecido constitucionalmente, habíase quedado reducido a 4 regidores por la huida de los otros. Hubieran sobrevenido gravísimos males sin la presencia de ánimo de Don Pedro Sainz de Baranda. Don Pedro Sainz de Baranda y el sacrificio que hizo este de su persona. Respetable vecino de Madrid y también regidor, se puso al frente de todo, erigido en primera y única cabeza de la capital. Las disposiciones de Baranda fueron vigorosas y cuerdas, impidiendo con ellas se realizasen los desórdenes que amagaban y eran de temer en una gran población, sola y entregada a sí misma en circunstancias críticas y dolorosas.

Entra José en Madrid. Sale otra vez.

Entró José en Madrid a las dos de la tarde del 2 de noviembre. No fue su mansión larga ni duradera, pues de nuevo evacuó la capital el 7 del propio mes, no viéndose entonces los vecinos expuestos a la precaria suerte de pocos días antes, por conocer ya el remedio a su desamparo. Baranda, que se había recogido a su casa durante la breve permanencia de José en Madrid, fue repuesto en el ejercicio de sus facultades y continuó portándose atinadamente, hallando recursos que satisficiesen los excesivos pedidos de varios guerrilleros que se agolparon a la capital, y los del general Bassecourt, que el día 11 pisó también sus calles.

Va José a Castilla la Vieja.

Enderezó su marcha José tras de los ingleses hacia Castilla la Vieja con intento de obrar mancomunadamente con sus ejércitos de Portugal y el Norte. Lord Wellington, antes de levantar el sitio del castillo de Burgos, prevínose para no ser sorprendido por las masas enemigas que de encontrados puntos venían sobre sus huestes; y Movimiento de Wellington. ya desde el 18 de octubre se situó en ademán de defenderse y de estar dispuesto para la retirada, colocando la derecha de su ejército anglo-hispano-portugués en Ibeas, sobre el Arlanzón, el centro en Mijaradas y la izquierda en Sotopalacios.

Avanzan a Castilla la Vieja los ejércitos franceses de Portugal y el Norte.

A la propia sazón habían reunido los franceses sus fuerzas disponibles de los ejércitos de Portugal y el Norte en Monasterio, empezando a avanzar el 20 a Quintanapalla, de donde tuvieron otra vez que replegarse flanqueándolos por su derecha sir Eduardo Paget. Wellington sin embargo no difirió levantar el sitio del castillo de Burgos según hemos visto; e hízolo con tal presteza que el enemigo no advirtió hasta tarde el movimiento de los aliados, Empieza Wellington a retirarse. quienes pudieron continuar retirándose sin molestia, y pasar tranquilamente el Pisuerga por Torquemada y Cordovilla. Varios batallones ligeros de caballería al mando de sir Stapleton Cotton, Don Julián Sánchez y alguna que otra partida española componían la retaguardia. El enemigo adelantándose trabó refriegas parciales con los aliados, cuyas tropas colocadas a la margen del Carrión, sentaron el 24 su ala derecha en Dueñas y su izquierda en Villamuriel. Maniobras de los ejércitos. Por aquí se extendía el sexto ejército español a las órdenes del general Castaños, cuyo jefe de estado mayor era Don Pedro Agustín Girón. Habíansele agregado guerrillas y gente del séptimo ejército, como lo era la división de Don Juan Díaz Porlier. Atacó el enemigo la izquierda de los aliados sin fruto; hizo Wellington en seguida marchar alguna fuerza sobre Palencia con deseo de cortar los puentes del Carrión, pero malogrósele, habiendo agolpado allí los franceses suficiente tropa que se lo estorbase.

Pasó el enemigo aquel río por Palencia, y hubo entonces Wellington de cambiar su frente, consiguiendo volar dos puentes que hay también sobre el Carrión en Villamuriel y cerca de Dueñas. No acertaron los aliados a destruir otro sobre el Pisuerga en Tariego, por donde cruzaron aquel río los enemigos, como también el Carrión, siguiendo un vado peones suyos y jinetes. Ordenó Wellington que se contuviese a los contrarios en su ataque, y se trabó una pelea en la que tuvieron parte los españoles. De estos el regimiento de Asturias ció un momento, y notándolo Don Miguel de Álava que asistía al lado de lord Wellington, se adelantó para reprimir el desorden, y evitar que hubiese quiebra en la honra de las filas de sus compatriotas a la vista de tropas extranjeras. Intrépido Álava, avanzó demasiadamente y recibió una herida grave en la ingle. Pero los españoles entonces sin descorazonarse volvieron en sí y repelieron al enemigo, ayudándolos y completando la comenzada obra los de Brunswick, y el general Oswald con la quinta división de los aliados.

Luego cejó lord Wellington repasando el Pisuerga por Cabezón de Campos. En la mañana del 27 apareció Souham, general en jefe del ejército enemigo a cierta distancia, sin que intentase ningún ataque de frente, limitándose, según se advirtió después, a enviar destacamentos vía de Cigales por su derecha para posesionarse del puente de Pisuerga en Valladolid, y colocarse así a espaldas del ejército aliado. Prolongaron los franceses su derecha aun más allá el día 28, siendo su intento enseñorearse del puente del Duero en Simancas; pero defendido este paso como el de Valladolid por el coronel Halkett y el conde Dalhousie, volaron los aliados el primer puente, y a prevención también el de Tordesillas. Mas no bastándole a lord Wellington estas precauciones, y temeroso de ser envuelto por su izquierda, se echó atrás, Repasa Wellington el Duero. y pasó el Duero por los pueblos de Puente Duero y Tudela, cuyos puentes voló lo mismo que el de Quintanilla y los de Zamora y Toro. Advertido Wellington de que los enemigos cruzando a nado el Duero habían caído de golpe sobre la guardia inglesa de Tordesillas, y que reparaban el puente para facilitar la comunicación de ambas riberas, se encaminó al punto en donde se alojaba el ala izquierda, apostando el 30 sus tropas en las alturas que se elevan entre Rueda y Tordesillas. Nada sin embargo intentaron los enemigos por de pronto, contentándose con posesionarse nuevamente de Valladolid y Toro, y extenderse por la derecha de sus márgenes. Tampoco Wellington se movió antes del 6 de noviembre, ora por desistir el enemigo de su acosamiento, ora por ser necesario dar descanso a sus tropas y treguas al general Hill para que se le juntase. Únesele Hill. Aquel mismo día llegó dicho general a Arévalo, y púsose en comunicación con Wellington, quien le mandó proseguir sin tardanza su movimiento por Fontiveros sobre Alba de Tormes. La marcha de Hill pecó de fatigosa por escasez de víveres, cuya falta se achacó al comisariato inglés, impróvido y más cuidadoso a la sazón del interés propio que del de sus tropas. También había decaído algún tanto la virtud militar en las divisiones que mandaba Hill.

Wellington en Salamanca.

Aparejados ya los puentes de Tordesillas y Toro por el enemigo, no alargó más tiempo Wellington su permanencia en las últimas estancias, colocándose el 8 de noviembre en las que antes había ocupado frente de Salamanca. Pasó el mismo día sir Rowland Hill el Tormes por Alba, y guarneció el castillo.

Júntase José a los ejércitos suyos del Norte y Portugal.

Detenidos los franceses en recoger provisiones, y atentos a unirse con los ejércitos del Mediodía y Centro, como lo fueron verificando en estos días, no molestaron a los aliados en sus marchas. Las fuerzas enemigas que se reunieron ahora ascendían a 80.000 infantes y 12.000 caballos, lo más florido de lo que tenían en España, si no contamos algunas de las tropas de Suchet. Constaba el ejército aliado de 48.000 infantes y 5000 caballos, y además 18.000 españoles, fuera de las guerrillas y de la gente de Extremadura que venía con Hill.

Pasan los franceses el Tormes.

Comenzaron los enemigos a hacer ademán de atacar el 9 a los aliados por el lado de Alba, mas no se trabó pelea importante hasta el 14. En este día vadearon los franceses el Tormes por tres puntos, dos leguas por cima de Alba. Quiso lord Wellington poner estorbos al paso del francés por aquel río, pero siendo ya tarde y conociendo estar muy afianzados los enemigos en sus posiciones, determinó alejarse. Puso en ejecución su pensamiento después de haber recogido en la misma tarde del 14 las tropas suyas apostadas en las cercanías de Alba, y de haber destruido los puentes del Tormes, ciñéndose a dejar en el castillo de aquella villa, palacio de sus duques, una guarnición española de 300 hombres a las órdenes de Don José Miranda Cabezón.

Se retiran los ingleses vía de Portugal.

Abandonó Wellington del todo el 15 las estancias de Salamanca, y partió distribuido su ejército en tres trozos que conservaban paralelas distancias, en cuanto lo consentía el terreno doblado de aquella comarca. Mandaba la primera columna el general Hill, la segunda o centro sir Eduardo Paget; componían la tercera los españoles. Cruzaron todos el Zurguén, y acamparon por la noche en los olivares que lame el Valmuza, tributario del Tormes. El tiempo lluvioso, las aguas rebalsadas en las tierras bajas, los víveres escasos, si bien se había surtido al soldado de pan para seis días, pero inútilmente, por la relajación de la disciplina sino en los casos de pelear. Los caballos desprovistos de forraje y pienso, teniendo que acudir para alimentarse a pacer la yerba o a ramonear y descortezar los árboles. Desaprovecharon los franceses, asistidos como se hallaban de fuerzas superiores, esta oportunidad de introducir desorden, y aumentar la turbación en el ejército aliado.

Desorden en la retirada.

Permanecieron los nuestros al raso el 16, en un bosque a dos leguas de Tamames. Al día siguiente dirigieron su marcha por unos encinares, y detrás el enemigo sin perder la huella de la retaguardia. Aquí pastaban unas piaras, y con ellas rompieron recia escaramuza los soldados, así españoles como ingleses y portugueses, echándose la culpa unos a otros; hubo ocasión en que el fuego indujo a error, creyendo ser lid con hombres la que solo lo era contra desdichados animales.

El desconcierto que nacía de tales incidentes junto con lo pantanoso e intransitable de los caminos, y lo hinchado de los arroyos, que desunían las divisiones o columnas, fue causa de que resultase entre dos de ellas un espacioso claro. Disgustado sir Eduardo Paget, y deseoso de averiguar en qué consistía, cabalgó de una a otra, en sazón justamente en que se interponía entre las columnas separadas un cuerpo de caballería enemiga que, cayendo de repente sobre el general inglés, Cae prisionero el general Paget. le hizo prisionero sin resistencia. Afortunadamente ignoraban los franceses la verdadera situación de los aliados, si no otros perjuicios pudieran haberse seguido. Desde el Tormes no hubo más que cañoneo y escaramuza por ambas partes, con amago a veces de formalizarse campal batalla. Lord Wellington, cuya serenidad y presencia por doquiera alentaba y contribuía a que el soldado no diese suelta a su indisciplina, estableció en la noche del 18 sus cuarteles en Ciudad Rodrigo, y cruzando en los días 19 y 20 el Águeda, Entra lord Wellington en Portugal. pisó en breve tierra de Portugal. Los españoles se dirigieron por lo interior de este reino a Galicia; alojándose otra vez en el Bierzo el sexto ejército para rehacerse y prepararse a nuevas campañas. Pasan a Galicia y Asturias el sexto ejército español y Porlier. Tornó Porlier a Asturias, y las fuerzas de Extremadura que habían venido con Hill se acuartelaron durante el invierno en Cáceres y pueblos inmediatos, quedando cerca de Wellington pocos cuerpos y guerrillas, de las que algunas regolfaron otra vez a Castilla.

Defensa honrosa del castillo de Alba de Tormes.

Entre tanto el gobernador de Alba de Tormes Don José Miranda Cabezón, a quien encargó Wellington sustentar el punto, condújose dignamente: reanimando su espíritu, si menester fuera, la vista de aquellas paredes en donde se representaban todavía las principales batallas de que saliera vencedor en otro tiempo el inmortal duque de Alba, Don Fernando Álvarez de Toledo. Solo Miranda, y ya lejos los ejércitos aliados, empezaron los enemigos a intimarle la rendición. Respondió Miranda siempre con brío a los diversos requerimientos, no desperdiciando coyuntura de hacer salidas y coger prisioneros. Ocuparon luego los franceses los lugares altos para descubrir a los nuestros que se defendían bravamente detrás de los muros, de las ruinas y parapetos del castillo. Así continuaron hasta el 24 de noviembre, en cuya noche resolvió el gobernador evacuar aquel recinto, dejando solo dentro al teniente de voluntarios del Ribero, Don Nicolás Solar, con 20 hombres, 33 enfermos y 112 prisioneros hechos en las anteriores salidas. Ordenó a este su jefe sostener fuego vivo por algún tiempo para cubrir al sitiador la escapada de la guarnición. Al ser de día llegó Miranda con los suyos al Carpio, pero teniendo que andar por medio de los enemigos y de sus puestos avanzados, viose obligado para evitar su encuentro a marchar y contramarchar durante los días 25, 26 y 27, hasta que el 28 favorecido por un movimiento de los contrarios, y ejecutando una marcha rápida, se desembarazó de ellos y se acogió libre al puerto del Pico. Antes de salir Miranda del castillo se correspondió con el general francés que le sitiaba, y en el último oficio díjole:[*] (* Ap. n. 20-9.) «Emprendo la salida con mi guarnición; si las fuerzas de V. S. me encontrasen, siendo compatibles, pelearemos en campo raso. Dejo a V. S. el castillo con los enseres que encierra, particularmente los prisioneros, a quienes he mirado con toda mi consideración, y omito suplicar a V. S. tenga la suya con el oficial, enfermos y demás individuos que quedan a su cuidado, supuesto que sus escritos me han hecho ver la generosidad de su corazón.» Celebró debidamente lord Wellington el porte de Miranda, y tributáronle todos justas alabanzas.

Cuarteles de Wellington en Portugal.

Penetrado que hubo en Portugal el general inglés, tomó cuarteles de invierno, acantonando su gente en una línea que se extendía desde Lamego hasta las sierras de Baños y Béjar, así para proporcionarse vituallas con mayor facilidad como para atalayar todos los pasos, y de manera que pudieran sus diferentes cuerpos reconcentrarse con celeridad y presteza. Divídense los franceses. Los franceses, por su parte, tomaron varios rumbos y posiciones, esparciéndose por Castilla la Vieja, a las órdenes de Souham y Caffarelli, sus ejércitos de Portugal y el Norte, y revolviendo sobre Castilla la Nueva, regidos siempre por el rey intruso y los mariscales Jourdan y Soult, los del Centro y Mediodía.

Vuelve José a Madrid.

En la tarde del 3 de diciembre entró de nuevo José en Madrid, enluteciéndose los corazones de los vecinos, comprometidos cada vez más con idas y venidas de unos y otros, y abrumados de cargas y de no interrumpidas infelicidades y desventuras. Mandó, no obstante, el gobierno intruso que se iluminasen los casas por el espacio de tres días en celebridad del retorno de su monarca, quien se mostró aun más placentero y apacible que lo que tenía de costumbre. Las demostraciones de alegría apesadumbraban a los moradores en vez de divertirlos y entretenerlos, mirándolas como mofa de sus miserias: ocasión bastante, cuando no fuera ayudada de tantas otras, para que creciese la indignación en los pechos.

Circular de lord Wellington.

Repartidas las tropas británicas, según hemos dicho, y aseguradas en sus puestos, pasó Wellington una circular a todos los comandantes de los cuerpos, notable por sus razones y oportunos reparos, y por inferirse también de su contexto el desarreglo y la insubordinación a que habían llegado los soldados ingleses. «La disciplina del ejército de mi mando [decía Wellington] en la última campaña ha decaído a tal punto, que nunca he visto ni leído cosa semejante. Sin tener por disculpa desastres ni señaladas privaciones... Hanse cometido desmanes y excesos de toda especie, y se han experimentado pérdidas que no debieran haber ocurrido...»

Achacaba en seguida el general inglés muchas de estas faltas al descuido y negligencia de los oficiales en los regimientos, y prescribía atinadas reglas para aminorar el mal y destruirle en lo sucesivo. Produjo esta circular maravilloso efecto.

Pasa a Cádiz lord Wellington.

Poco después se trasladó lord Wellington a Cádiz, a fin de concertarse con el gobierno español acerca de la campaña que debía abrirse en la primavera, y también para dar descanso y recreo al ánimo después de tan continuadas fatigas. Llegó Wellington a aquella ciudad el 24 de diciembre, y la Regencia y las Cortes, y los grandes y los vecinos, Recibo lisonjero que se le hace. todos se esmeraron en su obsequio. Diéronle los regentes el 26 un convite espléndido, al que asistió una comisión de las Cortes. En correspondencia, hizo otro tanto el embajador británico sir Enrique Wellesley, hoy lord Cowley, hermano del general, con la singularidad de haber invitado a todos los diputados. Festejole la grandeza de España, casi toda ella reunida en Cádiz, como muy adicta a la causa de la patria, celebrando un suntuoso baile a que concurrió lo más florido y bello de la población. Quisieron turbar la fiesta mal intencionados, o gente enojada de no haber sido parte en el convite, escribiendo una carta anónima a la condesa-duquesa de Benavente, duquesa también viuda de Osuna, que por sus particulares respetos y elevadas circunstancias presidía la función: tratábase en su contenido de atemorizar a esta señora con el anuncio de que la cena estaba envenenada. Vislumbrose luego el objeto de tan falso y oficioso aviso, y lejos de alterarse la alegría, aumentose, dando lugar tal incidente a donaires y chistosas agudezas. Otra casual ocurrencia hizo aquella noche subir más de punto el común gozo, y fue la noticia que entonces llegó de los desastres y completa ruina que iba sufriendo el ejército francés al retirarse de su campaña de Rusia: suaves recuerdos de hechos que presenciamos, tanto más indelebles para nosotros, cuanto acaecieron en nuestra primera mocedad.

A tales diversiones y fiestas, grandes atendiendo a la estrecheza de los tiempos, nacidas todas del entusiasmo más puro y desinteresado, acompañaron ciertas y honoríficas muestras de aprecio, dispensadas a la persona de lord Wellington. Debe considerarse como notable la de una comisión que nombraron las Cortes para irle a cumplimentar a su casa luego de su arribo a Cádiz; paso preparatorio de una nueva y mayor distinción con que se le honró.

Se le da asiento en las Cortes.

Fue esta recibirle las Cortes dentro de su mismo seno, y concederle asiento en medio de los diputados. Merced que Wellington tuvo en grande estima, como hijo de un país en cuyo gobierno tienen tanta parte los cuerpos representativos. Verificose esta ceremonia el 30 de diciembre. (* Ap. n. 20-10.) Presidía las Cortes Don Francisco Ciscar.[*] Leyó lord Wellington un discurso sencillo en castellano, pero enérgico, realzando el vigor de las palabras el acento mismo aspirado y fuerte con que le pronunció. Respondiole el presidente de las Cortes atinadamente, (* Ap. n. 20-11.) si bien de un modo algo ostentoso, y propio solo de los tiempos en que Alejandro Farnesio [*] y el duque de Feria dominaron en Francia, y dentro mismo de los muros parisienses.

Varias disposiciones de la Regencia.

No se crea que solo a ceremonias y apacibles entretenimientos se limitaron las ocupaciones de lord Wellington en Cádiz. Otras disposiciones y acuerdos se tomaron enderezados a dar impulso a la guerra, o introducir mayor sencillez en la administración. La Regencia había por este tiempo refundido en cuatro ejércitos de operaciones Nueva distribución de los ejércitos españoles. con dos de reserva los que antes se hallaban distribuidos en siete. Formaba el primero el de Cataluña, y se puso a las órdenes del general Copons y Navia. El segundo componíase del segundo y tercero de antes, y continuaba mandándole Don Francisco Javier Elío. El cuarto antiguo daba el ser al tercero nuevo, y a su frente el duque del Parque. Constaba el cuarto de ahora de los anteriores quinto, sexto y séptimo, y regíale el general Castaños. De los de reserva debía organizarse uno en Andalucía, al cuidado del conde del Abisbal; otro en Galicia, al de Don Luis Lacy. De esta fuerza, 50.000 hombres tenían que maniobrar a las inmediatas órdenes de lord Wellington. (* Ap. n. 20-12.) También a instancia de la Regencia promulgaron las Cortes un [*] decreto, con fecha 6 de enero del año entrante de 1813, en el que se deslindaban las facultades de los generales, de los jefes políticos y de los intendentes, con otras disposiciones dirigidas a destruir, o por lo menos suavizar, todo ludimiento o roce de las autoridades entre sí; tratándose igualmente de mejorar la cuenta y razón, y toda la parte administrativa: asunto arduo de suyo, y más en aquella sazón, fecunda en pretextos y disculpas que ofrecían los reveses y azares de la guerra misma.

Pasa Wellington a Lisboa.

En breve salió lord Wellington de Cádiz y pasó a Lisboa, siendo acogido en los pueblos portugueses por donde transitó, desde Elvas hasta el Tajo, con regocijos públicos y arcos de triunfo muy engalanados. Acorde en estos viajes con los gobiernos de la Península, Se prepara a nuevas campañas. pudo sosegadamente prepararse a la ejecución del plan de la campaña próxima, que pronosticaban dichosa los trofeos adquiridos entonces contra Napoleón, no menos en los templados y calurosos climas que bañan el Tormes y el Manzanares, que en las frías y heladas regiones del septentrión.

Filete ornamental
Filete ornamental

RESUMEN

DEL

LIBRO VIGÉSIMO PRIMO.

Motivo ornamental
Motivo ornamental

Las Cortes. — Enajenación de baldíos y propios. — Abolición por las Cortes del voto de Santiago. — Declárase patrona de España a Santa Teresa de Jesús. — Españoles comprometidos con el gobierno intruso. — Decretos de las Cortes sobre este asunto. — Mediación inglesa para arreglar las desavenencias de América. — Tratado con Rusia. — Con Suecia. — Felicitación de la princesa del Brasil Doña Carlota. — Nueva proposición para nombrarla regenta. — Se rechaza. — Abolición de la Inquisición. — Decreto de la abolición de la Inquisición y manifiesto de las Cortes. — Reforma de conventos y monasterios. — Mudanza de la Regencia y sus causas. — Elección de nueva Regencia. — Su instalación en 8 de marzo. — Administración de la Regencia cesante. — Nuevo reglamento dado a la Regencia. — Oposición de prelados y cabildos a la publicación de decretos sobre Inquisición. — Conducta del nuncio del papa. — Debates y resoluciones en las Cortes sobre esta materia. — Causa formada a algunos canónigos de Cádiz. — Quejas de estos contra el ministro Cano Manuel. — Resolución sobre ello y debates en las Cortes. — Altercados con el nuncio, y su extrañamiento. — Disputa de precedencia con la Rusia.

Filete ornamental
Filete ornamental

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

Motivo ornamental
Motivo ornamental

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings