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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (5 de 5)

LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO. (continued 2)

Reading edition

Persiguen los ingleses por Navarra hasta Francia a José.

No le podía estorbar ya en su marcha el general Clauzel, de cuyas operaciones daremos en breve cuenta, teniendo antes que terminar la narración de las maniobras de las tropas aliadas que dejamos a la vista de Pamplona. De ellas, las que componían la derecha del ejército siguieron, al mando de sir Rowland Hill, el rastro de José y su ejército, el cual se metió en Francia por tres de las cinco principales comunicaciones que tiene la Navarra con aquel reino, a saber: 1.º, por el puerto de Arraiz en el valle de Ulzama con rumbo a Donamaría y valle de San Esteban de Lerín hasta Lesaca y Vera, partido de las Cinco Villas de la Montaña, internándose luego en Francia con dirección a Urrugne. Iba por aquí el ejército enemigo llamado del Centro, y en su compañía José, afligido y triste. Al tocar las cumbres que parten términos entre ambos reinos saludaron los soldados franceses con lágrimas de regocijo el suelo de la patria que muchos no habían visto años hacía, echando sus miradas deleitosamente por las risueñas y frondosas márgenes del Nive y el Adour, verdegueantes, tranquilas y ricas, y a sus ojos aún más bellas en la actualidad, comparándolas con la tierra de España inquieta y turbada ahora, de naturaleza por este lado desnuda, y de severo y ceñudo aspecto. 2.º, Por Velate y Valle de Baztán, pasando el puerto de Maya, y de allí a Urdax hasta salir de los lindes españoles. Y 3.º y último, por Roncesvalles, de recuerdo triste para el francés a dicho de romanceros, atravesando por Valcarlos y yendo a parar a San Juan de Pie de Puerto. Los ejércitos de Portugal y Mediodía que fueron los que marcharon por los dos puntos postreros, diéronse la mano entre sí y con el del Centro, alargándola luego a las demás tropas de su nación que habían cruzado por el Bidasoa. Púsose Hill a caballo en las montañas observando la tierra enemiga, mas sin emprender cosa importante, conforme a instrucciones de lord Wellington, no olvidándose este tampoco de Clauzel, contra quien destacó fuerzas considerables de su centro.

Clauzel, su avance y retirada.

Aquel general habíase acercado a Vitoria al día siguiente de la batalla, ignorando lo que ocurría y en cumplimiento de mandato expreso de José. Observábale siempre Don Francisco Espoz y Mina, a quien se había agregado Don Julián Sánchez con sus jinetes, y ambos por orden de lord Wellington circuíanle y le molestaban de modo que marchaba como aislado y a ciegas. Estaba ya adelantada a estas horas en Vitoria la sexta división inglesa del cargo del mayor general Pakenham, única que no tomara parte en la batalla, habiendo quedado apostada en Medina de Pomar para asegurar el arribo al ejército de socorros y municiones de boca y guerra. Su presencia, y la certeza de lo sucedido, retrajo a Clauzel de proseguir adelante, y retrocediendo abandonó a Logroño el 24 de junio acompañado de la guarnición, y marchó lo largo de la izquierda del Ebro, cuyo río pasó por el puente de Lodosa, llegando a Calahorra el 25. Supo el 26, entrando en Tudela, que venían sobre él respetables fuerzas de los aliados, y llevándose igualmente consigo la gente que custodiaba aquella ciudad, partió la vuelta de Zaragoza. No era de más su precaución y recelos, pues en efecto Wellington, según apuntamos antes, había destacado ya de las cercanías de Pamplona tres divisiones suyas, y mandado además a Pakenham, y a otra división que se hallaba en Salvatierra, siguiesen detrás del enemigo por las orillas del Ebro, juzgando sería aquella suficiente fuerza para escarmentar a Clauzel, si insistía en mantenerse en Navarra. No lo hizo este así, y por tanto avanzaron los ingleses más allá de Tudela, dejando al cuidado de Mina picar la retirada de los contrarios y observar sus movimientos.

Entra en Zaragoza y se mete después en Francia.

Entró Clauzel en Zaragoza el 1.º de julio, en cuya ciudad se detuvo poco, situándose sobre el Gállego, de donde igualmente partió muy en breve, inclinándose en un principio al camino de Navarra, de lo que se arrepintió luego marchando en seguida a Francia por Jaca y Canfranc. Llegó a Oloron, y desde allí entendiose y obró en adelante de acuerdo con las demás tropas de su nación que se habían retirado de España por las vertientes septentrionales del Pirineo y riberas del Bidasoa. Mina, persiguiéndole, parose a cierta distancia de Zaragoza, en donde no tardaremos en volver a encontrarle.

Estancias de los aliados.

Desembarazado así lord Wellington de los ejércitos franceses que pudieran incomodarle de cerca en España, sentó sus reales en Hernani como punto más céntrico, y colocó el ejército anglo-hispano-portugués en las provincias de Guipúzcoa y Navarra, aquende los montes, corriendo desde el Bidasoa arriba hasta Roncesvalles, en cuyo más apartado sitio y al nacimiento del sol hallábase Don Pablo Morillo, del mismo modo que se extendía al ocaso y en el extremo opuesto, por Vera, Irún, Fuenterrabía y Oyarzun, el grueso del cuarto ejército español.

Pone Wellington sitio a San Sebastián y Pamplona.

Diligentemente resolvió entonces Wellington emprender los sitios de San Sebastián y Pamplona. Encargó el de la primera plaza a Sir Thomas Graham con la quinta división británica del mando del general Oswald y algunas fuerzas más; y el de la segunda, que se redujo a bloqueo, al conde del Abisbal, asistido del ejército de reserva de Andalucía, al que se agregó poco después la división de Don Carlos de España que dejamos repartida en Zamora, Ciudad Rodrigo y otros puntos. Empezose el cerco de San Sebastián en los primeros días de julio, y no tardó mucho en estrecharse el de Pamplona.

Resultado de la campaña.

De este modo, y en menos de dos meses, despejose de enemigos el reino de León, ambas Castillas, las provincias Vascongadas y Navarra, viéndose también reconquistados o libres todos los pueblos allí fortalecidos, excepto Santoña y las dos plazas recién nombradas. Campaña rápida y muy dichosa que ayudó a mejorar igualmente la suerte de nuestras armas, no tan feliz, en las provincias de Cataluña, Aragón y Valencia.

Valencia.

En ellas quedaron hasta cierto punto descubiertos los enemigos con tales sucesos, columbrando pronto el mariscal Suchet lo crítico de su estado. Antes, y en los meses de mayo y junio, llevadero se le hizo todo con su diligencia y maña, inutilizando por aquella parte los esfuerzos de los aliados o equilibrándolos; mayormente cuando, fortalecida la línea del Júcar después de la acción de Castalla, había acercado a Valencia la división de Severoli que estaba en Aragón, e interpuesto la brigada de Pannetier entre aquella ciudad y Tortosa; con lo que amparaba su flanco derecho y espalda, y podía no menos caer sobre cualquiera paraje que se viese amenazado repentinamente.

Expedición aliada sobre Tarragona.

Obstáculos estos que impedían a los españoles y anglo-sicilianos obrar cual quisieran y con arreglo al bien entendido plan de campaña de Wellington, quien había ordenado se distrajese por allí a los franceses para obligarlos a mantener siempre unidas sus fuerzas de levante, sin consentir destacasen ninguna del lado de Navarra. En cumplimiento de semejante mandato, y pasando por cima de dificultades, determinaron los jefes aliados amagar y aun acometer al enemigo por varios y distantes puntos, enviado una expedición marítima a las costas de Cataluña al mismo tiempo que los ejércitos españoles segundo y tercero atacasen por frente y flanco la línea del Júcar, de manera que se pusiese a Suchet en el estrecho o de abandonar a la suerte el Ebro y las plazas cercanas, o de enflaquecer, queriendo ir en socorro suyo, las fuerzas que defendían y afianzaban la dominación francesa en el reino de Valencia.

Por más que se intentó preparar la expedición a las calladas, traslució Suchet lo que había, y de consiguiente púsose muy sobreaviso. Lista aquella, embarcáronse las tropas en número de 14.000 infantes y 700 caballos, todos de los anglo-sicilianos y de la división española de Whittingham, a las órdenes unos y otros de Sir Juan Murray. Dieron a la vela desde Alicante el 31 de mayo, dirigiendo el convoy y escuadra el contralmirante británico Hallowell. Hicieron rumbo los buques a las aguas de Tarragona, y surgieron en la tarde del 2 de junio frente a Salou, puerto poco distante de aquella ciudad.

Efectuose el 3 muy ordenadamente el desembarco, y ante todo destacó Murray una brigada a las órdenes del teniente coronel Prevost para apoderarse del castillo del Coll de Balaguer, que sojuzgaba el camino que va a Tarragona, único transitable para la artillería. Cooperó al ataque con cuatro batallones Don Francisco de Copons y Navia, general en jefe del primer ejército, quien advertido de antemano de la expedición proyectada, se arrimó a la costa, ocupando ya a Reus cuando aquella anclaba. Fue embestido vivamente el castillo el 5, y tomado el 7, amedrentada la guarnición francesa de solos 80 hombres con la explosión de un almacén de pólvora y las pérdidas que se siguieron.

Mientras tanto, aproximose a Tarragona el general Murray, y determinó acometer la plaza por poniente, lado más flaco y preferible para la embestida, que favoreció Copons colocándose en el camino de Altafulla con objeto de interceptar los socorros que pudieran enviarse de Barcelona.

Continuaba mandando en Tarragona por parte de los franceses el general Bertoletti, quien, lejos de acobardarse por lo que le amagaba, tomó bríos y convenientes disposiciones, rehabilitando varias obras anteriores arruinadas y aun demolidas en parte después del primer sitio. Al contrario Murray, que si bien se mostró valeroso, a manera de los de su nación, careció de tino y de suficiente serenidad de ánimo. Necesitábase en el caso usar de presteza y enseñorearse de la plaza casi de rebate; pero diéronse largas, y sin unión y flojamente se comenzó y siguió el ataque, teniendo espacio los contrarios para aumentar sus defensas y aguardar a los socorredores que se acercaban.

No anduvo al efecto perezoso el mariscal Suchet, pues dejando en el Júcar al general Harispe, marchó con fuerzas considerables la vuelta de Tarragona, presentándose ya su vanguardia el 10 de junio en el Perelló. También llegaron el 11 a Villafranca, procedentes de Barcelona, 8000 hombres que traía el general Maurice Mathieu, anunciando además que venía tras él Decaen con el grueso del ejército de Cataluña.

Se desgracia.

Recibió avisos Murray de estos movimientos, y aunque próximo a asaltar el mismo día 11 una de las obras exteriores más importantes, azorose de modo que sin dar oídos a consejo alguno determinó reembarcarse y abandonar la artillería de sitio y otros aprestos, antes de empeñarse en acción campal que creía arriesgada. Y como se requiriesen tres días para poner a bordo la expedición entera, empezó Murray a verificarlo desde el día 12. Notaron los franceses de la plaza, asomados a los muros, lo que ocurría en el campo de los aliados, y apenas daban crédito a lo que con sus propios ojos veían, temiendo fuese ardid y encubierta celada, por lo que permanecieron quietos dentro y muy recogidos.

Sir Juan se embarcó el mismo día 12 por la tarde, dirigiendo parte de la caballería y artillería con alguna fuerza más al Coll de Balaguer para destruir el castillo y sacar a los que le guarnecían. A la sazón avanzaba Suchet por aquel lado, y tropezando con los ingleses y descubriendo no lejos la escuadra, ignorante de lo que pasaba, admirose; y no encontrando explicación ni salida a cuanto notaba, suspendió el juicio, y en la duda echose atrás vía del Perelló.

Otros movimientos de los franceses, y recelos de Murray de que no pudiera acabar de embarcarse a tiempo toda su caballería, le obligaron a echar nuevamente a tierra la infantería, y colocarse en puesto favorable y propio para rechazar cualquiera acometida de los enemigos. Mas estos no lo intentaron, y habiendo metido socorros en Tarragona, retrocedieron unos a Tortosa y otros a Barcelona.

Entonces juntó Murray un consejo de guerra, en el que se acordó proseguir el reembarco y volver a Alicante, atendiendo al estado en que ya se encontraban. En momento tan crítico arribó allí lord Guillermo Bentinck, que venía de Sicilia para suceder a sir Juan Murray en el mando, del que se encargó inmediatamente, conformándose luego con la resolución que acababa de tomar el consejo de guerra. Prosiguió de resultas el embarco, y se halló a bordo la expedición entera a las doce de la noche del día 19, hora en que los aliados volaron también el castillo del Coll de Balaguer.

Quedaron en poder de los franceses 18 cañones de grueso calibre, y tuvo Copons que alejarse por no exponer su gente, quedando sola, a pérdidas y descalabros. Expedición fue esta que ejecutada con poca meditación terminó vergonzosa y atropelladamente. Formose en Inglaterra un consejo de guerra a sir Juan Murray, a quien se le declaró exento de culpa, si bien tachose su proceder de erróneo y poco juicioso. Fallo que ponía a salvo la intención del general, pero que le vulneraba en su capacidad y pericia.

Otro amago hicieron por entonces los ingleses con buques de guerra del lado de Palamós. Favoreciole por tierra el barón de Eroles, dando ocasión a un empeñado reencuentro el 23 de junio con el general Lamarque en Bañolas, cuyo fuerte sitiaban los nuestros. Portose con bizarría Eroles y lo mismo su tropa, en especial los jinetes, que lidiaron largo rato al arma blanca, separando a unos y a otros la noche y un recio aguacero.

Otros sucesos en Cataluña.

En julio, el mismo general Lamarque aproximose a Vic, deteniéndole en el Esquirol 3 batallones españoles. Reforzó Eroles a estos y también Copons, ya por aquí; y ambos escarmentaron en los días 8 y 9, en las alturas de la Salud, al enemigo, quien, engrosado, tomó en balde la ofensiva, teniendo que retirarse y tornar al Ampurdán con poca gloria, y menoscabo de gente. Fatigosas e inacabables peleas que impacientaban al francés, y le aburrían y descorazonaban.

En Valencia.

En el intervalo de la expedición aliada a Cataluña, vinieron también a las manos en el reino de Valencia los españoles y el general Harispe; atacando aquellos el 11 de junio la retaguardia del último, mandada por el general Mesclop, la cual se recogía de San Felipe a la línea del Júcar. Obraban unidos los ejércitos españoles segundo y tercero, y acosaron bastante a los franceses hasta que, advirtiendo estos descuido en los nuestros, revolvieron sobre ellos y los desordenaron en el pueblo de Rotglá, con lo cual pudieron continuar tranquilamente su marcha al río.

Renovaron los españoles el 13 sus ataques, avanzando y situándose en unas alturas a la derecha del Júcar. Desde ellas cañoneó Elío a los enemigos, y aun intentó apoderarse de una casa fuerte, lo que no consiguió; pero sí sustentar honradamente los puestos ocupados de donde Harispe no pudo desalojarle. Menos dichoso el duque del Parque, padeció en Carcagente un recio descalabro que costó 700 hombres, de los cuales quedaron prisioneros los más. Andaban sin embargo cuidadosos los franceses, y temían aún por Valencia, cuando los sacó de recelos el mariscal Suchet que desembarazado de lo de Cataluña tornó al Guadalaviar el 24 de junio, después de una marcha asombrosa por su rapidez.

Malos tiempos retardaron la navegación de la escuadra inglesa y dificultaron su regreso a Alicante, con la desgracia de haber encallado en los Alfaques y desembocadura del Ebro 18 buques o trasportes, de que 13 se salvaron, cogiendo los otros los franceses junto con las tripulaciones. Más averías ocurrieron aún, pero al fin llegó Bentinck a Alicante, y situó a poco sus tropas en Jijona para sostener a los españoles que habían retrocedido hasta Castalla, compelidos a ello por las tropas francesas.

Quería Suchet aprovechar la coyuntura propicia que le ofrecía el malogro de la expedición sobre Tarragona, y ya empezaba a verificarlo, no solo adelantándose por el lado del Júcar, según acabamos de ver, sino también aventando de hacia Requena y Liria gente de Elío allí avanzada y la división de Villacampa que maniobraban por aquella parte para favorecer las operaciones de la línea del Júcar, y estrechar por el flanco derecho a los franceses de Valencia. Animoso Suchet ahora con su buena ventura en Cataluña, nada le hubiera arredrado ya en la ejecución de sus intentos, si no hubiera venido a desvanecerlos la noticia de la batalla de Vitoria, y la de haber repasado los Pirineos José y su ejército muy mal parados. Con tales nuevas suspendiolo todo, y resolvió desamparar a Valencia, retirándose camino de las orillas del Ebro.

Tiempo atrás el ministro de la guerra de Francia habíale indicado conservase sus conquistas tenazmente, dando lugar a que libre Napoleón en el norte de compromisos y estorbos, pudiese acudir a lo de España. Tal era el anhelo de Suchet, muy apesarado de abandonar a Valencia, en donde poseía opulentos estados y de cuya tierra considerábase señor y régulo. Por eso determinó mantener ciertos puntos fortificados como medio de facilitar a su vez nuevas invasiones y aun la reconquista.

Evacúa Suchet la ciudad.

El 5 de julio evacuó a Valencia el mariscal francés, casi al cumplirse los 18 meses de ocupación. Iba al frente de sus columnas con dirección a Murviedro, haciendo la retirada por escalones, e inclinándose a Aragón; todo muy ordenadamente. Tan luego como se verificó la salida entró en la ciudad Don Francisco Javier Elío, viniendo de Requena, lo mismo que la división de Don Pedro Villacampa, con alguna caballería y la gente del brigadier Don Francisco Miyares.

Al retirarse, arruinó Suchet en Valencia las obras que había construido, más para enfrenar desmanes de la población que para defender la ciudad contra ataques exteriores. No dejó, por tanto, allí ningún punto fortalecido. Al mediodía, y más avanzado, guardó el reducido castillo de Denia con 120 hombres, al mando del jefe de batallón Bin. Metió en el de Murviedro, o sea Sagunto, 1200 a las órdenes del general Rouelle, con vituallas para un año, reparados sus muros y muy aumentados. Tampoco desamparó a Peñíscola, punto marítimo no despreciable, y púsole al cuidado del jefe de batallón Bardout, con 500 hombres. Igualmente dejó 120 bajo del capitán Boissonade en el castillejo de Morella, que atalayaba el camino montuoso y de herradura que viene de Aragón, y por donde podía en todo tiempo embocarse dentro del reino de Valencia un cuerpo de infantería a la ligera y sin cañones. Daba fuerza y servía como de apoyo a esta ocupación la plaza de Tortosa, de cuya importancia persuadido Suchet, aumentó la guarnición hasta con 4500 hombres, poniendo a su cabeza al general Robert, militar de su confianza.

Prosigue su retirada.

Inclinose Suchet en su retirada, conforme apuntamos, hacia Aragón, noticioso de que Clauzel, apremiado por las circunstancias, se alejaba y metía en Francia, dejando su artillería en Zaragoza bajo la custodia del general Paris. Libertar a este, amenazado por Mina y Durán, y cubrir los movimientos de las demás tropas que en Aragón había, fueron causa del rodeo o desvío que en su camino hizo aquel mariscal. Consiguió así que se reuniese a Musnier, que caminaba por el país montuoso, una brigada de la división de Severoli apostada en Teruel y Alcañiz, cuyos castillos, al ser evacuados, fueron destruidos también. Y juntos todos cayeron el 12 de julio hacia Caspe, alojando Suchet entonces su derecha en este pueblo, su centro en Gandesa y su izquierda en Tortosa.

Tenía asimismo orden el general Paris de abandonar a Zaragoza y de arrimarse a Mequinenza, caso de que pudiese ejecutar semejante movimiento libre de compromisos y desahogadamente. Deseos de verificarlo sin desprenderse de un grueso convoy, y la proximidad de Durán y Mina pusieron a la ejecución insuperables estorbos. Dejamos al último de los expresados caudillos no lejos de Zaragoza, y allí permanecía a 2 leguas, en el pueblo de Casetas, teniendo fuerza en Alagón, y en Pedrola a Don Julián Sánchez, cuando el coronel Tabuenca, enviado por el general Durán, que se hallaba en Ricla, vino a avistarse con él y proponerle atacar a Zaragoza, obrando ambos mancomunadamente. No se mostró Mina al principio muy propicio, ya porque no le pareciese fácil lo que se proyectaba, ya porque no le gustase tener en el mando compañeros, y menos rivales. Solo al fin, y después de largo conferenciar, avínose y ofreció concurrir a la empresa. Pero antes los enemigos, que se preparaban a abandonar la ciudad, queriendo encubrir su intento, adelantáronse en busca de los nuestros. Fue Mina con quien encontraron, y viéronse rechazados, haciendo también estrago en ellos por el flanco y del lado del puente de la Muela el coronel Tabuenca asistido de su regimiento. Avanzó este a la Casa Blanca y Monte Torrero, y Mina a las alturas de la Bernardona, alejándose los franceses de aquellos puestos sin resistencia. Intentó, a pesar de eso, Paris nueva arremetida, que Mina repelió sustentado por el mismo Tabuenca y los lanceros de Don Julián Sánchez, escarmentando a los enemigos con pérdida de más de 200 hombres. Allí se le juntó Durán, habiendo ocurrido estos acontecimientos en los días 5, 6 y 7 de julio.

Evacúan los franceses a Zaragoza.

Pensaron entonces los nuestros apoderarse por fuerza de Zaragoza, aunque todavía reacio Mina; y apercibíanse a verificarlo cuando recibieron aviso de que los enemigos desamparaban la ciudad. Era en efecto así; saliendo toda la guarnición francesa y sus parciales al caer de la tarde del 8, con numeroso convoy de acémilas y carruaje, de grande embarazo para una marcha que tenía que ser rápida y afanosa. Solo dejaron 500 hombres al mando del jefe Roquemont en la Aljafería, y volaron un ojo del puente de piedra, con deseo de retardar el perseguimiento de los nuestros.

Entra allí Durán.

Tocaba a Don José Durán el mando de todas las tropas y el de la ciudad de Zaragoza por antigüedad, y por hallarse asentada aquella a la margen derecha del Ebro, país puesto bajo sus órdenes pero cuya supremacía incomodaba a Mina y motivaba tal vez su tibieza, nacida de ocultos celos. En consecuencia, ordenó Durán, de conformidad con el ayuntamiento y para prevenir excesos, que penetrase en la ciudad aquella misma noche Don Julián Sánchez con sus lanceros. Aparecieron de repente iluminadas las calles y el gentío en todas inmenso, especialmente en el Coso, prorrumpiendo los habitadores en unánimes aclamaciones de júbilo y contentamiento. Al día inmediato entró también Durán en Zaragoza, al paso que Mina, vadeando el Ebro, ocupose solo en seguir las pisadas del general Paris.

Mina desbarata a Paris.

Alcanzó aquel en breve al enemigo en una altura cerca de Leciñena, de donde le desalojó, y lo mismo de otra que estaba próxima a la ermita de Magallón; teniendo los franceses que retirarse vía de Alcubierre. Fueron allí alcanzados Le toma un convoy. y, viéndose en gran congoja, abandonaron la artillería y el convoy, y los coches, y las calesas, y casi todo el pillaje cogido en Zaragoza; representando en compendio este campo las lástimas y confusión del de Vitoria. Paris, aunque con orden expresa de recogerse a Mequinenza, no pudo cumplirla, y a duras penas tirando por Huesca y Jaca internose en tierra de Francia.

Sitia Durán la Aljafería.

Don José Durán, a quien festejaron mucho en Zaragoza, no desatendió por eso poner cerco a la Aljafería, ni tampoco apoderarse de una corta guarnición que dejara el enemigo en la Almunia. Logró lo último sin gran tropiezo, y empezaba a formalizar el sitio del castillo cuando tornó Mina de su perseguimiento. Quedose este en el arrabal sin pasar el Ebro, como país el de la izquierda perteneciente a sus anteriores mandos, al paso que el de la derecha incumbía más bien, según dijimos, al de Don José Durán. Desvío y comportamiento, propio solo de ánimos apocados y ajeno de quien ceñía gloriosos laureles.

Manda Mina en Aragón.

Para cortar semejantes desavenencias, aunque no quizá con justa imparcialidad, nombró el gobierno a Mina comandante general de Aragón con licencia de añadir a sus fuerzas las que quisiese entresacar de las de Durán, mandando al último partiese con las demás la vuelta de Cataluña.

Se le rinde la Aljafería.

Dueño de todo Mina y solo, cual deseaba, apretó con ahínco el sitio de la Aljafería. No creía sin embargo enseñorearse tan luego de aquel castillo, más a dicha, habiendo caído en la mañana del 2 de agosto una granada en el reducto del camino de Aragón, que es el más próximo a la ciudad, y prendídose fuego a otra porción de ellas allí depositadas, resultó tremenda explosión, muertes y desgracias, y el desmoronamiento de un lienzo de la muralla; por lo que, descubriéndose lo interior del castillo, quedó este sin defensa ni amparo. Por tanto, forzoso le fue al gobernador francés capitular el mismo día 2, cogiendo nosotros sobre 500 prisioneros, muchos enseres y municiones de boca y guerra. Entregose en breve Daroca, y también poco después al capitán Don Ramón Elorrio el fuerte de Mallén.

Tomado el castillo de la Aljafería, recibió Mina orden de Wellington para avanzar a Sangüesa y favorecer el asedio de Pamplona, guarneciendo a Zaragoza con un batallón, y destacando contra Jaca y Monzón otros 2, que debían comenzar el bloqueo de aquellas plazas.

Suchet se retira más allá de Tarragona.

Claramente advirtió Suchet entonces cuán imposible le era sostenerse en sus estancias, y cuán ocioso además, dueños ya los españoles de casi todo Aragón. Por tanto, dispuso cruzase su ejército el Ebro del 14 al 15 de julio por Mequinenza, Mora y Tortosa, ordenando antes al general Isidoro Lamarque recoger y poner en cobro las cortas guarniciones de Belchite, Fuentes, Pina y Bujaraloz; difícil, si no, el desencerrarlas después. Conservó a Mequinenza, y de gobernador, con 400 hombres, al general Bourgeois; no desamparando tampoco a Monzón, por considerar ambos puntos como avanzados resguardos de la plaza de Lérida, cuyos muros visitó, removiendo a su gobernador, el aborrecido Henriod, molestado de gota y de inveterados achaques, y poniendo en su lugar al citado Lamarque.

Pasó en seguida Suchet con su ejército a Reus, Valls y Tarragona, en cuyo recinto mandó preparar hornillos para volar las fortificaciones en caso de que se aproximasen los aliados, encargando la ejecución a la diligencia y buen tino del general Bertoletti. Hecho lo cual, trasladose a Villafranca del Panadés, tierra feraz y pingüe, y de donde, sin alejarse mucho de Tarragona, dábase la mano con Barcelona y el general Decaen.

Le incomodan y avanzan los españoles.

Por su parte los españoles moviéronse también: Copons, para incomodar el flanco derecho de Suchet y cortarle los víveres; lord Bentinck y la expedición anglo-siciliana con la división de Whittingham y el tercer ejército bajo del duque del Parque, avanzando al Ebro y cruzándole por un puente volante que echaron en Amposta, protegidos en sus maniobras por la marina inglesa. Tampoco omitieron destacar al paso gente que ciñese la plaza de Tortosa, empezando a embestir ya el 29 de julio la de Tarragona. Siguió ocupando el segundo ejército el reino de Valencia, y bloqueó los puntos en que había quedado guarnición enemiga, excepto la división de Sarsfield, que no tardó en pasar a Cataluña.

Estado de Aragón.

Aquí los dejaremos por ahora a unos y a otros, queriendo echar una ojeada sobre el estado de estas provincias recién evacuadas. En Aragón habíase mantenido viva la llama del patriotismo, especialmente en ciertas comarcas, bien que yaciesen los ánimos caídos y amortiguados por el yugo que de continuo pesaba sobre ellos. Invariables los naturales en sus pensamientos, ayudaban debajo de mano, si no podían de público, la buena causa, y elevaban siempre al cielo fervorosas oraciones por el triunfo de ella, después de servirla a la manera que les era lícito; y en Zaragoza no se limitaban a encerrar en sus pechos la tristeza y duelo, sino que aún vestían luto en lo interior de las casas en los días y anuales de calamidades y desdichas públicas.

Contribuciones que pagó.

Hiciéronse allí sentir mucho las cargas y exacciones, sobre todo en un principio, que fueron pesadas y sin cuento. Más llevaderas parecieron al encargarse Suchet del mando, no porque se aminorasen en realidad, sino por el orden y mayor justicia que adoptó aquel mariscal en el repartimiento. Entraron en las arcas de los recibidores generales franceses de Aragón desde 1810 hasta la evacuación en 1813 gruesas sumas, no incluyéndose en ellas lo exigido en 1809, ni el valor de las raciones ni otras derramas de cuantía echadas por los jefes y por varios subalternos. Y si a esto se agrega lo que por su lado cobraron los españoles, calcularse ha fácilmente lo mucho que satisfizo Aragón, aprontando tres y cuatro veces más de lo que acostumbraba en tiempos ordinarios cuando la riqueza y los productos, siendo muy superiores, favorecían también el pago de los impuestos.

Estado de Valencia.

Lo mismo aconteció en Valencia, ascendiendo la suma de los gravámenes a cantidades cuya realización hubiera antes parecido del todo increíble. En 1812, primer año de la ocupación francesa, impusieron los invasores a aquel reino una contribución extraordinaria (* Ap. n. 22-11.) de guerra de doscientos millones de reales,[*] Contribuciones que también pagó. cuya mitad o más se cobró en dinero, y la otra en granos, ganado, paños y otras materias necesarias al consumo del ejército enemigo. Al comenzar el segundo año, esto es, el de 1813, convocó Suchet una junta compuesta de los principales empleados civiles y militares, de individuos del comercio, y de un diputado por cada distrito de recaudación de los catorce en que había dividido aquel reino. Debatiose en ella el modo y forma de llenar las atenciones del ejército francés en el año entrante, procurando fuesen puntualmente satisfechas aquellas, y distribuidas las cargas entre los pueblos con equidad. Fijose la suma en setenta millones de reales. Dificultoso es concebir cómo pudieron aprontarse; explicándose solo con la presencia de un conquistador inflexible para recaudar los tributos, como pronto también a mantener igualdad y justicia en el repartimiento y cobranza, no menos que a reprimir los desmanes de la tropa, conservando en las filas orden y disciplina muy rigurosa. Objetos diversos que hizo resolución de alcanzar en su gobierno el mariscal Suchet, y que en cierta manera logró: mereciendo por lo mismo su nombre loor muy cumplido. Así fue que Valencia formaba contraste notable con lo demás del reino, en donde no se descubría ni tráfico ni rastro alguno de bienestar ni de prosperidad, al paso que allí, seguros los habitantes, aunque sobrecargados de impuestos, de que no se les arrancaría violentamente ni por mero antojo el fruto de su sudor y afanes, entregábanse tranquilamente al trabajo, y recogían de él abundante esquilmo en provecho suyo y de los dominadores. Que en los pueblos de la Europa moderna reposo interior y disfrute pacífico y libre de la propiedad e industria son ansiados bienes, y bienes más necesarios para la vida y acrecentamiento de las naciones cultas que las mismas instituciones políticas, que mal interpretadas son origen a veces o pretexto de bullicios y atropellamientos, antes que prenda cierta de estabilidad, y que supremo amparo y privilegiada caución de cosas y personas.

Bellas artes.

Tampoco las bellas artes tuvieron que deplorar por acá las pérdidas que en otros lugares; y si desaparecieron en Zaragoza algunos cuadros de Claudio Coello, del Guercino y del Ticiano, no en Valencia, en donde casi se conservaron intactos los que adornaban sus iglesias y conventos; producciones célebres de pintores hijos de aquella provincia, como lo son, entre otros, y descuellan, los Juanes, los Ribaltas y el Españoleto.

Filete ornamental
Filete ornamental

RESUMEN

DEL

LIBRO VIGÉSIMO TERCERO.

Motivo ornamental
Motivo ornamental

Nombra Napoleón a Soult su lugarteniente en España. — Medidas que toma Soult. — Proclama que da. — Sitian los ingleses a San Sebastián. — Asalto infructuoso. — Intentos de Soult. — Estancias de los ejércitos. — Se estrecha de nuevo a San Sebastián. — La asaltan los aliados. — La entran a viva fuerza. — Se incendia y la saquean los anglo-portugueses. — Cuarto ejército español. — Dónde se acantona. — Acción de San Marcial. — Victoria que consiguen los españoles. — Atacan los aliados el castillo de San Sebastián. — Se rinde. — Estado de Cataluña. — Reencuentro en Sadurní. — Socorren y vuelan los franceses a Tarragona. — Sarsfield. — Tercer ejército en el Ebro. — Reencuentro que tiene. — Pasa a Navarra. — Bentinck en Villafranca. — Pelea en Ordal. — Sucesos posteriores. — Estado de los negocios en Alemania. — Armisticio de Pläswitz. — Rómpese. — Únese el Austria a los aliados. — Las Cortes y su rumbo. — Discusión sobre trasladarse a Madrid. — Se dilata la traslación. — Otros debates sobre la materia. — El diputado Antillón. — Varias medidas útiles de las Cortes. — Resoluciones de las mismas en hacienda. — El diputado Porcel. — Nombran las Cortes la diputación permanente. — Cierran las Cortes extraordinarias sus sesiones el 14 de septiembre. — La fiebre amarilla en Cádiz. — Vuélvense a abrir el 16 las Cortes extraordinarias. — Motivo de ello la fiebre amarilla. — Acalorados debates. — Ciérranse de nuevo el 20 las Cortes extraordinarias. — Su legitimidad. — Su forma y rara composición. — Sus faltas. — Constitúyense y abren sus sesiones en Cádiz las Cortes ordinarias. — Se trasladan a la Isla de León. — Su composición al principio. — Lo que hubo en las elecciones. — Estado de los partidos en las nuevas Cortes. — Diputados que se distinguen en ellas. — Antillón y sus riesgos. — Martínez de la Rosa. — Primeros trabajos de estas Cortes. — Contienda sobre el mando de lord Wellington. — Nada se resuelve. — Trasládanse las Cortes y el Gobierno de la Isla a Madrid. — Estado de la guerra. — Ejército aliado en el Bidasoa. — Ejército del mariscal Soult. — Se dispone Wellington al paso del Bidasoa. — Verifícalo. — Se distingue el cuarto ejército español. — También el de reserva de Andalucía. — Pisan los aliados el territorio francés. — Providencias de Wellington. — Bloqueo de Pamplona. — Se rinde la plaza a los españoles. — Exacciones y pérdidas de Navarra y provincias Vascongadas. — Situación de Soult en el Nivelle. — Proyecto de Wellington. — Lord Wellington en Saint-Pée. — Cura de este pueblo. — Venida del duque de Angulema. — Wellington en San Juan de Luz: su línea. — Disciplina y estado del ejército anglo-hispano-portugués. — Vuelven a España casi todo el cuarto ejército y el de reserva de Andalucía. — Movimientos y combates en el Nive. — Estancias de los respectivos ejércitos. — El general Harispe. — Sucesos en Cataluña. — Valencia. — Ríndense a los españoles Morella y Denia. — Sucesos en Alemania y norte de Europa.

Filete ornamental
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HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

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