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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (5 de 5)

LIBRO VIGÉSIMO CUARTO. (continued 2)

Reading edition

Recibe Copons al rey en el Fluviá.

Habíase dispuesto a recibir al rey a su entrada en España Don Francisco de Copons, general del primer ejército, trasladando el 21 de marzo de Gerona a Báscara su cuartel general. Avisado de que S. M. se acercaba, colocó el Don Francisco sus tropas el día 24 al nacer del sol a la derecha del Fluviá. Lo mismo hicieron los jefes franceses en la orilla opuesta con las suyas, formando unas y otras vistoso anfiteatro. Oyéronse muy luego alternativamente en ambos campos salvas y músicas que retumbaban por el valle, y se mezclaron al ruido y algazara de los soldados y paisanos que acudieron a bandadas de las comarcas vecinas. Un saludo de nueve cañonazos precedido de un parlamento anunció la llegada del rey Fernando, quien a poco dejose ver en la ribera izquierda del Fluviá, acompañado de su tío el infante Don Antonio y del mariscal Suchet con alguna caballería. El jefe de estado mayor francés, Mr. Saint-Cyr Nugues, adelantose para poner en conocimiento del general español Don Francisco de Copons que iba a pasar S. M. el río, límite entonces de ambos ejércitos. Sucedió así, y al sentar el rey a hora de mediodía el pie en la margen derecha, solo ya con el infante su tío y la comitiva española, ofreciole Don Francisco de Copons, hincada la rodilla en tierra y con el acatamiento correspondiente, sus respetos, y pronunció un breve y gratulatorio discurso adecuado al caso, poniendo además en las reales manos un pliego cerrado y sellado que le había sido remitido por la Regencia del reino, conforme a lo que prevenía el artículo 3.º del decreto de 2 de febrero, bajo cuya cubierta venía una carta para S. M. informándole del estado de la nación con varios documentos y comprobantes adjuntos. Llegó entonces al mayor colmo la alegría y entusiasmo, dando los asistentes crédito apenas a sus ojos, viendo al rey entre ellos al cabo de seis años de ausencia y después de tropel tan grande de sucesos y portentos. Revistó en seguida S. M., acompañado del infante Don Antonio, las tropas que desfilaron por delante formadas en columna, aclamando los soldados unánimemente al rey con vivas de efusión verdadera, no prorrumpidos en virtud de mandato anterior y expreso.

Entra el rey en Gerona.

Continuaron S. M. y A. su viaje, llevando al lado a Don Francisco de Copons y escoltados por algunos jinetes. Entraron todos el mismo día 24 en Gerona, cuyos adornos y colgaduras eran ruinas y escombros, y su alfombrado arreboles aún y salpicaduras de la sangre, que durante el sitio había corrido en abundancia y arroyado sus calles. Espectáculo sublime, si bien triste, cuya vista debió conmover al monarca y excitarle a meditación profunda, destinado a labrar la felicidad de un pueblo que al defender los propios hogares, había sustentado también y confundido con los suyos los intereses de la corona.

Llega también allí el infante Don Carlos.

Fiado el mariscal Suchet en la promesa del rey, y no autorizado quizá bastante para detener en rehenes, como lo hizo, al infante Don Carlos [si atendemos a lo mucho que por ello le reprendió el gobierno provisional de Francia [*] (* Ap. n. 24-20.) sucesor de Napoleón], púsole en libertad y el 26 le acompañó hasta el Fluviá, cuyo río cruzó S. A., entrando en Gerona aquel día en unión con el rey su hermano que había salido a recibirle.

Carta del rey a la Regencia.

No tuvo sin embargo cumplido efecto lo ofrecido con relación a las plazas, resistiéndose a ello Don Francisco de Copons, quien guardando al Rey los miramientos debidos, no creyó serle lícito apartarse de los decretos de las Cortes, terminantes en la materia, y contrarios a tratar con el francés en tanto que no fuese de conformidad con los aliados. Resolución a la que de grado o fuerza tuvieron que adherir todos; siendo además arreglada al interés público y buena salida de la campaña, impidiendo se engrosasen las huestes del enemigo con aquellas tropas veteranas y muy aguerridas.

Desde Gerona escribió Fernando a la Regencia del reino la carta siguiente, toda de puño de S. M.:

«Acabo de llegar a esta perfectamente bueno, gracias a Dios, y el general Copons me ha entregado al instante la carta de la Regencia y documentos que la acompañan: me enteraré de todo, asegurando a la Regencia que nada ocupa tanto mi corazón como darla pruebas de mi satisfacción y mi anhelo por hacer cuanto pueda conducir al bien de mis vasallos.»

«Es para mí de mucho consuelo verme ya en mi territorio en medio de una nación y de un ejército que me ha acreditado una fidelidad tan constante como generosa. Gerona, 24 de marzo de 1814. — Firmado. — Yo el rey. — A la Regencia de España.»

Desazonó a los amigos de las Cortes y de las reformas el contenido de esta carta, en la que tornose al lenguaje ambiguo de las primeras, huyendo siempre de soltar prendas que comprometiesen las decisiones del porvenir. Monumento que decretan las Cortes. Las Cortes, no obstante, abstuviéronse de dar muestras de descontento; y por el contrario dieron, días después, un decreto para levantar a la orilla derecha del río Fluviá, frente del pueblo de Báscara, un monumento que perpetuase la memoria de lo ocurrido allí a la llegada del rey Fernando.

Dádiva del duque de Frías.

También quiso el duque de Frías y de Uceda dar una prueba de señalado afecto a la persona de S. M., y de su ardiente deseo por verle de vuelta en el reino, poniendo de antemano, a disposición de las Cortes, mil doblones que debían darse de sobrepaga al ejército que tuviese la dicha de recibir al rey. Admitieron las Cortes tan generosa dádiva, ofrecida por un grande de los primeros de España, y que, siendo aún conde de Haro, título de los primogénitos de su casa, habíase mantenido, durante la actual lucha, a la cabeza de un regimiento de caballería de que era coronel, honrándose en tiempos bélicos de servir a la patria con las armas quien en los pacíficos la ilustraba con sus versos y producciones literarias.

Antes de continuar hablando del viaje del rey, parécenos oportuno volver la vista a lo que pasaba en las Cortes y en el teatro principal de la guerra; dejando por ahora a S. M. en la ciudad de Gerona.

Trabajos y discusiones de las Cortes.

Instaladas que aquellas fueron en 1.º de marzo, para dar principio a la legislatura ordinaria correspondiente al año de 1814, ocupáronse en las tareas que conforme a la Constitución debían llamar primero su cuidado; leyendo los ministros del despacho sus respectivas memorias, Presupuestos. y el de hacienda los presupuestos de gastos y entradas, como también el de guerra el estado general del ejército. Poco discrepaban los trabajos presentados ahora en ambos ramos de los que acerca de lo mismo examinaron las Cortes extraordinarias y ordinarias en septiembre y octubre anterior, causando solo enfado la diferencia que se advertía entre la fuerza armada real y disponible y la total que se pagaba: diferencia muy notable en verdad, nacida de la muchedumbre de comisionados y asistentes que se han consentido siempre en nuestro ejército, y de otros abusos de la administración militar; roedora lepra, honda y muy añeja, de difícil y penosa cura, pero a la que ha de aplicarse tarde o temprano remedio eficaz y vigoroso, si se quiere en España orden y economía prudente en la inversión de los caudales públicos.

Por lo demás, siguiendo esta legislatura los pasos de la anterior, no se ventilaron por lo común en ella cuestiones que acarreasen sustanciales reformas, no pudiendo el partido liberal aspirar a otra cosa sino a conservar lo hecho por las extraordinarias, ni tampoco propasarse el opuesto a indicar medidas de retroceso o ruina. Secretarías. Dieron sin embargo ahora las Cortes nueva planta a las secretarías del gobierno, en la que se atendió a la parsimonia y ahorro más bien que a una atinada distribución de negociados, y al pronto y conveniente despacho de ellos. También aprobaron las mismas un reglamento para la milicia nacional, en la que estaban obligados a entrar todos los españoles, excepto contadas clases, desde la edad de 30 años hasta la de 50; siendo elegidos los oficiales, sargentos y cabos, ante los ayuntamientos y a pluralidad de votos, por las compañías respectivas, con la precisión de usar todos del uniforme que allí se les señalaba. Reputábanse jefes natos de estos cuerpos los gobernadores o comandantes militares de nombramiento real en los pueblos en donde los hubiese.

Dotación de la casa real.

Paró no menos la consideración de las Cortes la dotación del rey y de la familia real. Fijose aquella en cuarenta millones de reales al año, anticipando a S. M., por esta vez, un tercio para los gastos que a su vuelta pudiesen ocurrirle. Agregábase a la suma en dinero, la posesión de todos los palacios que hubiesen disfrutado los reyes predecesores del actual, y además los bosques, dehesas y terrenos que destinasen las Cortes para recreo de S. M. Asignose a cada uno de los dos infantes Don Carlos y Don Antonio la cantidad de 150.000 ducados pagaderos por tesorería mayor, y no se mentó al infante Don Francisco por hallarse ausente y al lado de los reyes padres, en quienes por entonces nadie pensó. Semejantes asuntos y otros debates a que dieron lugar en público o en secreto las cartas del rey, su viaje e incidentes análogos, consumieron en gran parte el tiempo de las sesiones del año que corría.

Impostor Audinot.

No dejó también de robar alguno el negocio de un impostor que, diciéndose general francés y tomando el nombre fingido de Luis Audinot, ganado para ello por personas poco conocidas de Granada y Baza, pertenecientes a la parcialidad antirreformadora, trató de comprometer y hacer odiosos a varios habitantes de aquellas comarcas y a los principales cabezas del partido liberal, señaladamente a Don Agustín Argüelles; figurando obraban estos de acuerdo con Napoleón y sus agentes, llevados del deseo de fundar en la Península una república bajo el título de Iberiana, apoyada y sugerida, a dicho del impostor, por el príncipe de Talleyrand. Invención que, si bien extravagante y ridícula, tenía aceradas puntas de perversa y atroz intención; persuadidos los forjadores de que una patraña o fábula, cuanto más inverosímil o absurda aparezca, tanto más ha de cundir y ser aplaudida entre la muchedumbre ignorante, que la convierte en sabroso apacentadero de su incauta y ciega credulidad. Dio por tanto este suceso pie a muchas hablillas, a varias proposiciones en las Cortes, a una representación del señor Argüelles, pidiendo se le oyese judicialmente en desagravio de su honor ofendido, y al proseguimiento, en fin, de una causa que duró hasta después de haber vuelto el rey a España; queriendo entonces ciertos y malos hombres aprovecharse de semejante maquinación para empeorar la suerte, bastante desdichada ya, de los encarcelados por opiniones políticas. Pero felizmente hundiéronse tan dañinos intentos en el lodazal inmundo de la misma calumnia, acabando por confesar el supuesto Audinot que, aunque de nación francés, no era general, ni su nombre otro que el de Juan Barteau, implicando además en sus declaraciones a varios personajes del partido antirreformador, que mandaban a la sazón o influían en los que mandaban; quienes, temerosos de que se descubriese todo el enredo, apresuráronse a echar tierra al negocio, dejando solo y sepultado en un calabozo al impostor, que, desesperado y fuera de sí, suicidose dentro de su prisión.

Acontecimientos militares.

Mientras que tales sucesos y lástimas ocurrían en lo civil y político, caminaban dichosamente a su fin los asuntos de la guerra. Dada que fue la batalla de Orthez, y hechos los movimientos que de ella se siguieron, quiso de nuevo el mariscal Soult tomar la ofensiva, temeroso de lo que iba a acontecer en Burdeos, y deseoso de distraer la atención de lord Wellington. En consecuencia, revolvió el 13 aquel mariscal de Rabastens, en donde estaban sus cuarteles, sobre Lembeye y Conchez, amagando la derecha aliada. Afirmó entonces su puesto Sir R. Hill detrás del río Gros Lées y de Garlin en el camino de Pau a Aire, reforzándole Lord Wellington con dos divisiones; quien hizo también ademán de reconcentrar toda su gente en las cercanías del último pueblo. Visto lo cual, no insistió en su pensamiento el mariscal Soult, antes bien replegose yendo la vuelta de Vic-en-Bigorre para evitar la lid.

Tras él fue el general inglés, habiéndosele juntado tropas suyas desparramadas por la tierra, reservas de artillería y caballería procedentes de España y otros refuerzos. Entre ellos, enumerarse deben las divisiones de nuestro cuarto ejército, que mandaba Don Manuel Freire, cuyas maniobras al pasar del Adour referimos ya, en las que prosiguieron favoreciendo después el total acordonamiento de Bayona y las operaciones generales del ejército aliado: sucesos que, con otros que entre sí se enlazan, será bien narremos antes de ir adelante en la de los movimientos de lord Wellington.

Movimientos del cuarto ejército español.

La segunda división, del cargo de Don Carlos de España, púsose en un principio a la derecha del Adour para repasar en seguida este río y situarse entre su corriente y la del Nive, a fin de coadyuvar al bloqueo de Bayona. Evolución opuesta practicaron la cuarta división y las brigadas segunda y primera de la tercera y quinta que formaban ahora una nueva división llamada provisional, trasladándose esta y la otra a la derecha del Adour, marchando río arriba y uniéndose al movimiento del centro aliado, sin alejarse por algunos días de aquellas márgenes, pisando ya una ya otra ribera, según lo requerían las diversas operaciones de la campaña. Agregose igualmente a los ingleses, pero a su derecho costado, la segunda brigada de la división que regía Don Pablo Morillo, quedando solo la primera en el cerco de Navarrenx.

Auxilios que facilita Wellington.

A estas fuerzas habíales lord Wellington suministrado auxilios desde que abrieron, en unión con su ejército, la campaña del año anterior, que empezó en los lindes de Portugal. Dos millones de reales mensuales recibía el cuarto ejército de la pagaduría inglesa para el abono del prest y demás atenciones de la misma clase. También tuvieron particulares socorros las divisiones de Morillo, España y Don Julián Sánchez, que, aunque pertenecientes a aquel ejército, militaban separadamente y por lo común cerca de las tropas inglesas. Fue asimismo muy atendido el ejército de reserva de Andalucía, en tanto que se mantuvo en Francia y le gobernara Don Pedro Agustín Girón.

Cuando en este año de 1814 tornaron a marchar sobre Bayona las tropas del cuarto ejército, que meses antes habían regresado a España, no solo continuaron los ingleses suministrando los mismos auxilios en dinero, sino que además facilitaron víveres y otros recursos. Y queriendo Wellington acudiese también a Francia el ejército de reserva de Andalucía acantonado en la frontera, insinuóselo así a su general, que lo era otra vez el conde del Abisbal, de vuelta de la licencia que obtuviera para pasar a Córdoba a restablecer su salud. Conducta del conde del Abisbal. Mas dicho jefe respondió al inglés desabridamente, poniendo muchos obstáculos y pidiendo antes bien que se le permitiese internar sus tropas en los pueblos de Castilla la Vieja para darles algún descanso y mejor temple, menesterosas y destrozadas de resultas de fatigas y grandes quebrantos, y también del abandono que suponía Abisbal haber habido en su disciplina y buena organización. Desazonó a Wellington semejante excusa y petición extraña, ya por constarle no ser cierto estuviese aquel ejército en la disposición que se le pintaba, ya también por haber recibido avisos de que siguiendo Abisbal secretas inteligencias con los diputados del partido antirreformador, que encontró en Córdoba, ansiaba por acercarse a la capital para sostener con su ejército los proyectos de aquellos, y trastornar el gobierno y las Cortes, presentada que fuese ocasión oportuna.

Pasa a Francia el cuarto ejército español.

Rehusole, por tanto, Wellington avanzar a Castilla, y señalándole por acantonamientos las orillas del Ebro, no pensó ya en traerle a su lado, enojado con él, por lo cual volviendo la vista al tercer ejército, dio orden a su jefe, príncipe de Anglona, que se mostró comedido y tratable, de pasar con su gente a Francia en lugar del otro, (* Ap. n. 24-21.) franqueándole además un auxilio de seis millones de reales [*] y seis mil vestuarios. No verificó, sin embargo, Anglona su avance hasta los primeros días de abril.

Sigue Wellington moviéndose.

Continuemos ahora narrando las maniobras y marchas de lord Wellington, las cuales dejamos más arriba en suspenso. Reforzado aquel y muy animoso, prosiguió moviéndose el 17 de marzo, llevando la derecha por Conchez, el centro por Castelnau y la izquierda por Plaisance. Fueron los franceses retirándose, aunque mantuvieron una gruesa retaguardia en los viñedos que circundan a Vic-en-Bigorre, aparentando querer sustentar una resistencia que no verificaron. Juntáronse los aliados en aquel pueblo y en el de Rabastens, y encaminose el enemigo durante la noche vía de Tarbes.

El 20, divisábanse en esta ciudad los puestos avanzados de la izquierda francesa, que se retiraba con el centro, apostada la derecha en los altos no muy distantes del molino de viento de Oléac. Avanzaron a la sazón los aliados, distribuido su ejército en dos masas o columnas, resueltos a embestir a los contrarios, quienes, en vez de aguardar, continuaron su marcha retrógada, y de dos caminos principales que de Tarbes guían a Tolosa, uno por Auch y otro por Saint Gaudens, escogieron el último, y siguiéronle hasta el mismo pueblo, en donde, reunidas sus tropas, le abandonaron en parte, tomando el otro las más de ellas atravesando la tierra. Aligerado Soult de sus bagajes más pesados y de muchos carros que había despachado antes, Llega Soult a Tolosa. ejecutó su retirada a Tolosa con presteza, entrando en la ciudad el día 24, sin que nadie le incomodase ni le detuviese.

Tres días de delantera llevaba el mariscal Soult a los aliados en su marcha, mas lentos estos por la precisión de conducir pontones y otros materiales para reparar o echar puentes y remover otros obstáculos que pudieran ofrecérseles, caminando con tiempo muy lluvioso, en tierra enemiga y de fe dudosa. Llegan los aliados enfrente de la ciudad. Aparecieron pues los aliados el 27 en frente de Tolosa, ordenando Wellington el 28 que se estableciese un puente en el lugar de Portet, situado más arriba de la ciudad y por bajo de la junta de los dos ríos Ariège y Garona. Deseaba el inglés colocarse por aquella parte, como medio oportuno de obligar a Soult a abandonar su estancia, o de estorbarle, interponiéndose, unirse al mariscal Suchet. Imposible fue armar el puente allí por la rapidez excesiva de la corriente y su anchura, mayor que la que podían cubrir los pontones preparados. Tentativas para pasar el Garona. Frustrada esta tentativa, tuvo mejor éxito otra que se ensayó y puso en planta el 31 en Roques, sitio más favorable aunque por cima de la confluencia de los expresados ríos; por donde atravesó el Garona Sir Rolando Hill, apoderándose en breve, en Cintegabelle, del puente del Ariège no destruido aún.

Pero advirtiendo lord Wellington lo intransitable de aquel terreno pegadizo y gredoso, desistió de seguir obrando por aquella parte, y dispuso repasasen el Garona las tropas del general Hill que le habían cruzado poco antes. Registrose entonces la ribera por bajo de Tolosa, y se descubrió un paraje media legua más arriba de Grenade, en donde el río corre casi lamiendo el camino real, muy veloz en su curso, y teniendo sobre 130 varas de ancho; trazose allí el puente y se remató la mañana del 4 de abril en el espacio de pocas horas.

Le pasan los aliados.

Determinado Wellington a atacar cuanto antes al mariscal Soult, hizo cruzasen el Garona en aquel día algunos jinetes y tres divisiones suyas de infantería a las órdenes de Beresford. Debían seguir a estas las divisiones españolas cuarta y provisional y la ligera británica; mas hincháronse tanto las aguas, y empezó a ir tan arrebatada la corriente, que hubo que suspender el paso y aun levantar el puente para impedir que se le llevase el río, quedando repartidas las fuerzas del ejército aliado con grave peligro suyo entre las dos orillas, expuestas las de la derecha a ser acometidas por las huestes muy superiores del mariscal Soult. A dicha no se meneó este, prefiriendo mantenerse sobre la defensiva. Amansó la crecida el 8, y aparejado de nuevo y sin dilación el puente, cruzaron por él entonces las divisiones ya nombradas, la artillería portuguesa y Wellington con su cuartel general, moviéndose todos la vuelta de Tolosa. Otros movimientos. Tuvo al avanzar un reencuentro en la Croix-Daurade el general Vivian, estando al frente del regimiento dieciocho de húsares, y, si bien fue gravemente herido, no por eso dejó de coger cien prisioneros, cerrando al francés tan de cerca que no le dio tiempo para inutilizar en el río L’Hers, tributario del Garona, un puente único que quedaba en pie por aquel lado.

Al día siguiente hacía resolución Wellington de atacar, y detúvose al ver que, apostado Sir R. Hill a la otra parte del río, frontero del arrabal de Saint Cyprien, hallábase este general muy a tras mano del puente de barcas; razón por la que antes de emprender cosa alguna determinó alzar dicho puente y trasladarle a Blagnac, una legua más arriba. Duró la faena bastante, en términos que no se pudo hasta el 10, domingo de pascua florida, dar principio al acometimiento contra el francés; lo que tampoco ni aun entonces era muy hacedero, fortalecido y atrincherado el mariscal Soult en Tolosa y sus alrededores.

Tolosa y su estado de defensa.

Ciudad aquella de 60.000 almas, capital del antiguo Languedoc y ahora del departamento del Garona superior (Haute-Garonne), asiéntase a la derecha del río de este nombre que corre por el ocaso, quedando a la izquierda el arrabal de Saint Cyprien, que comunica con lo interior de la población por medio de un puente de piedra que apellidaban Nuevo. Rodea a Tolosa del lado del norte y este el famoso canal de Languedoc, llamado también del Mediodía o de Ambos mares, el cual desemboca en el Garona a mil toesas de la ciudad, si bien enlazado ya antes con el mismo río por el canal de Brienne, dicho así del nombre del cardenal que le construyó para facilitar la navegación; interrumpida la del Garona con las represas de las aceñas o molinos harineros de Bazacle, que se divisan más abajo del puente de piedra. De manera que, excepto por el mediodía, circundan a Tolosa por las demás partes ríos y canales que la protegen, y retardan cualquiera tentativa dirigida contra sus muros.

A estas defensas que pudieran mirarse como naturales, agregábanse otras levantadas por el arte, ya en tiempos antiguos, ya en los recientes. Entre las primeras contábanse las murallas viejas, espesas y torreadas, que todavía en pie abrazaban entonces casi todo el recinto. Comenzáronse a construir las segundas después de la batalla de Orthez y de la entrada en Tolosa del mariscal Soult. Consistían estas por el lado de Saint Cyprien en una cabeza de puente y en obras que ceñían el arrabal, apoyándose a derecha e izquierda en el Garona. Pusieron los enemigos particular conato en fortalecer este punto, creyendo sería por donde intentasen los aliados su principal acometimiento. Pero luego que advirtieron lo contrario, afanáronse por aumentar y fortalecer las defensas de la derecha del Garona. Por tanto ampararon con obras bien entendidas de campaña los cinco puentes que se divisan en el canal de Languedoc desde el del Embocadero hasta el de Desmoiselles, atronerando las casas y almacenes vecinos, lo mismo que la antigua muralla, dispuesta además en muchas partes para recibir artillería de grueso calibre. Unas colinas que se elevan al este de la ciudad y corren paralelamente entre el canal y el río L’Hers, conocidas bajo el nombre de Montrave o del Calvinet, fortificáronse con líneas avanzadas, y en especial con cinco reductos, distantes entre sí los más lejanos unas 1200 toesas, sirviéndoles de comunicación por detrás un camino formado de tablones enrasados en lugar de otro resbaladizo y gredoso que retardaba antes el traspaso rápido de la artillería y municiones. Por el sur dispusiéronse y se artillaron varios edificios, trazándose también diversas obras que se daban la mano con las del Calvinet. Se ejecutaron semejantes trabajos en breve tiempo y con admirable presteza, obligados a tomar parte en ellos hasta los habitadores, quienes dolíanse ya de ver convertido en suelo de sangrientas lides el de sus moradas pacíficas: precursores tales preparativos de ruinas y desolación muy triste.

Pasaban de 30.000 hombres, sin contar la guardia urbana, los que tenía Soult a sus órdenes, distribuidos como antes en tres grandes trozos bajo el mando de los generales Clauzel, D’Erlon y Reille, y repartidos estos en varias divisiones que se colocaron en torno de la ciudad y en sus fortificaciones y reductos. Excedían mucho a los franceses en número los aliados, bien que no favorecidos como los otros por sus estancias.

Batalla de Tolosa.

A las siete de la mañana del 10 de abril trabose la acción anunciada ya, empezando Sir Thomas Picton al frente de la tercera división por arrojar las avanzadas francesas de donde los canales de Languedoc y Brienne se juntan en un mismo álveo, y extendiéndose por su izquierda la división ligera bajo el barón Alten hasta dar con el camino de Albi, paraje destinado al ataque que se reservaba a los españoles. Habíanse estos movido al amanecer y encontrádose en la Croix-Daurade con el mariscal Beresford, quien se desvió allí tirando vía de Montblanc y Montaudran, para encargarse de los acometimientos concertados por aquella parte. Eran el punto principal de la embestida las colinas de Montrave y el Calvinet, en donde los franceses, haciendo cara al L’Hers, aguardaban a los aliados con sereno y fiero ademán. Correspondía a los españoles acometer la izquierda y centro de semejantes estancias, y a los de Beresford la derecha; recayendo por tanto sobre unos y otros el mayor y más importante peso de la batalla.

Marcharon con bizarría suma al ataque las divisiones españolas cuarta y provisional, regidas por Don José Ezpeleta y Don Antonio Garcés de Marcilla. Asistía también allí el general en jefe Don Manuel Freire, que llevaba a su lado, haciendo de segundo, a Don Pedro de la Bárcena y asimismo a Don Gabriel de Mendizábal, si bien este solo como voluntario. Fue de furioso ímpetu la primera acometida de los españoles que arrollaron a los franceses, y desalojaron del altozano de la Pujade, delantero de la posición enemiga, la brigada de Saint Paul perteneciente a la división del general Villatte, la cual, estrechada por los nuestros, tuvo que refugiarse en las líneas del reducto grande, que era el más robusto de los cinco construidos en las cumbres. Dueños los nuestros de la Pujade, plantaron allí la artillería portuguesa a las órdenes del teniente coronel Arentschild, y dejaron de reserva en el mismo paraje una brigada de la división provisional, manteniéndose detrás la caballería de Ponsonby. La otra brigada y la cuarta división dispusiéronse a proseguir en su avance, esta por la izquierda de la carretera de Albi, aquella en derechura contra dos reductos de los cinco de las colinas, situados en la parte septentrional, a saber; el grande ya nombrado, y el triangular, dicho así a causa de su figura. Mientras tanto había ido marchando el mariscal Beresford por el L’Hers arriba con las divisiones cuarta y sexta británicas, del cargo ambas de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, y continuado hasta el punto por donde debían sus fuerzas ceñir y abrazar la derecha enemiga. Luego que llegó aviso de estar Beresford pronto ya a realizar su ataque, emprendió Don Manuel Freire el suyo en el indicado orden. Aguardábanle fuerzas de Villatte y Harispe, y la división Darmagnac, aquellas en las líneas y reductos, la última emboscada entre estos y el canal, en unas almácigas y jardines, favorecidos los enemigos del terreno y de las fortificaciones, en cuya parte baja colocaron alguna artillería por disposición del general Tirlet, para que rasantes los fuegos causasen mayor estrago en nuestras filas. Metralla horrorosa, granadas, balas inundaron a porfía el campo y esparcieron el destrozo y la muerte por los batallones españoles que, serenos e impávidos, llevando a su cabeza al mismo general Freire, adelantaron sin disparar casi un tiro hasta gallardearse en el escarpe de las primeras obras de los enemigos, titubeantes y próximos a abandonarlas. Era dirigido dicho ataque contra los reductos. El otro de la carretera de Albi, auxiliar suyo, venturoso al comenzar, estrellose después contra fuegos muy vivos y a quemarropa, que de repente descubrieron los enemigos en el puente de Matabiau, conteniendo a los nuestros y haciéndolos vacilar en su marcha. Advirtiolo Soult, y no desaprovechó tan feliz coyuntura, lanzando contra la izquierda de los españoles al general Darmagnac, quien arrancó de su puesto dando una arremetida a la bayoneta que desconcertó a los nuestros, muy acosados ya y oprimidos con mortíferos y cruzados fuegos. Ciaron pues algunos atropelladamente en un principio; pero volvieron luego en sí, por acudir a sostenerlos en su repliegue la brigada española que había quedado de reserva en Pujade, y también algunos cuerpos portugueses de la división ligera del barón Alten, que se corrió hacia nuestro costado derecho, infundiendo tales movimientos respeto a los enemigos y causándoles diversión. Señaláronse entonces entre los nuestros unos cuantos húsares de Cantabria al mando de Don Vicente Sierra, y brilló extraordinariamente el regimiento de tiradores de igual nombre, que se mantuvo firme y denodado bajo los atrincheramientos enemigos hasta que Wellington mismo le mandó retirarse; dando ejemplo su valeroso coronel Don Leonardo Sicilia, quien pagó con la vida su noble y singular arrojo. Muchos y grandes fueron los esfuerzos de los caudillos españoles, y en especial los del general Freire, para contener al soldado e impedirle hacer quiebra en la honra, muchos los del lord Wellington, que voló en persona al sitio del combate acompañado de los generales D. Luis Wimpffen y Don Miguel de Álava, consiguiendo rehacer la hueste y ponerla en estado de despicarse y correr de nuevo a la lid. Pero, ¡ah!, ¡qué de oficiales quedaron allí tendidos por el suelo, o le coloraron con pura y preciosa sangre! Muertos fueron, además de Sicilia, Don Francisco Balanzat, que gobernaba el regimiento de la Corona, Don José Ortega, teniente coronel de estado mayor, y otros varios, contándose entre los heridos a los generales Don Gabriel de Mendizábal y Don José Ezpeleta, como también a Don Pedro Méndez de Vigo y a Don José María Carrillo, jefes los dos de brigada, con muchos más que no nos es dado enumerar, bien que merecedores todos de justa y eterna loa.

Afortunadamente reparábase a la sazón tal contratiempo por el lado de Beresford, a quien tocaba embestir la derecha enemiga. Había en efecto empezado este mariscal a desempeñar su encargo con tino y briosamente, acaudillando la cuarta y sexta división británicas del mando de Sir Lowry Cole y de Sir Enrique Clinton, cuyos soldados, formados en tres líneas, marchaban como hombres de alto pecho, sin que los detuviese ni el fuego violentísimo del cañón francés ni lo perdido de la campiña, llena en varios parajes con las recientes lluvias de marjales y ciénagas. Enderezose particularmente el general Cole contra la parte extrema de la derecha enemiga y contra el reducto de la Cepière allí colocado, al paso que el general Clinton avanzaba por el frente para cooperar al mismo intento. Sucedieron bien ambos ataques, alojándose los ingleses en las alturas y enseñoreándose del reducto dicho, que guarnecía con un batallón el general Dauture. Pero habiendo dejado los ingleses su artillería en la aldea de Montblanc por causa de los malos caminos, corrió algún tiempo antes de que llegase aquella y pudiesen ellos proseguir adelante; lo que también dio vagar a que reforzase el mariscal Soult su derecha con la división del general Taupin, la cual ya de antes se había aproximado a las colinas para sostener las operaciones que por allí se efectuasen. Vino pues sobre los aliados esta división y vinieron otras tropas, mas todo lo arrolló la disciplina y valor británico, quedando muerto el general Taupin mismo. Acometieron en seguida los ingleses los dos reductos del centro llamados Les Augustins y Le Colombier, y entrolos la brigada del general Pack, herido allí. En vano quiso entonces el enemigo recobrar por dos veces el de la Cepière, como clave de la posición: viose rechazado siempre, no restándole ya al francés en las colinas sino los dos reductos situados al norte. Hacia ellos se dirigieron los aliados victoriosos, caminando lo largo de las cumbres, y ayudándolos por el frente Don Manuel Freire, seguido de sus divisiones rehechas ya y bien dispuestas. Cedieron los enemigos y abandonaron reductos, atrincheramientos, todas sus obras en fin por aquella parte, y las dejaron en poder de las tropas aliadas, recogiendo solo la artillería que salvaron por un camino hondo que iba al canal.

Por su lado el general Picton, al propio tiempo que atacaban los de Beresford la derecha francesa, quiso también probar ventura con la tercera división aliada, tratando de apoderarse del puente doble o Jumeau en el embocadero del canal, y amagar al inmediato llamado de los Mínimos. Mas opúsosele y le rechazó el general Berlier, y herido este, Fririon; teniendo que ciar el inglés para evitar terrible fuego de fusilería y artillería que le abrasaba por su frente y flanco, no habiendo guiado aquí a su valor venturosa ni alegre estrella.

Distrajo durante la batalla el general Hill con sus fuerzas [en las que se comprendía una brigada de Morillo] al general Reille, que defendía con la división Maransin el arrabal de Saint Cyprien, y le arrojó de las obras exteriores, obligándole a refugiarse dentro de la antigua muralla.

A las cuatro de la tarde concluyose la acción, dueños los aliados de las colinas de Montrave o Calvinet, sojuzgada la ciudad con artillería que plantaron en las cumbres. Dio también orden a la misma hora el mariscal Soult al general Clauzel de no insistir en nuevos ataques contra el terreno perdido, y ceñirse a rodear solo con varias divisiones el canal de Ambos mares, escogido para servir entonces como de segunda línea. Fogueáronse, sin embargo, y aun se cañonearon hasta el anochecer por lo más extremo de la derecha francesa algunas tropas de los aliados provocadas a ello por otras de los enemigos.

Sangrienta y empeñada lid esta de Tolosa, en la que tuvieron de pérdida los anglo-hispano-portugueses 4714 hombres, a saber: 2124 ingleses, 1983 españoles y 607 portugueses. Presúmese no fue tanta la de los enemigos, abrigados de su posición; contaron, sin embargo, estos entre sus heridos a los generales Harispe, Gasquet, Berlier, Lamorandière, Baurot y Dauture.

Los habitantes de Tolosa, amedrantados, ocultáronse al principio en lo más escondido de sus casas; más animosos después, salieron de su retiro y se pusieron a contemplar la batalla desde los tejados y campanarios, adelantándose algunos hasta las líneas; pero suspensos y pendientes todos del progreso y conclusión de una refriega en la que les iba la vida, la hacienda, y quizá la honra. Mal estaban por eso con el mariscal Soult, a quien culpaban de haberlos comprometido y puesto en trance tan riguroso y duro.

Han pintado los franceses la acción de Tolosa como victoria suya, y aun esculpídola a fuer de tal hasta en sus monumentos públicos. Pero abandonar muchos lugares, perder las principales estancias, y retirarse al fin cediéndolo todo a los contrarios, nunca se graduará de triunfo sino de descalabro, y descalabro muy funesto para los que le padecieron. Enhorabuena ensalzasen los franceses y aun magnificasen la resistencia y bríos que allí mostraron, grandes por cierto y sobre excelentes, mas no estaba bien en ellos robar glorias ajenas; en ellos que no las necesitan, teniéndolas propias y muy calificadas.

Evacúa Soult la ciudad.

En la noche del 11 al 12 de abril desamparó el mariscal Soult a Tolosa, y tomó el camino de Carcasona que le quedaba abierto, y por donde le era dable juntarse con el mariscal Suchet. Dejó en la ciudad heridos, artillería y aprestos militares en grande abundancia. Entran los aliados. Entraron los aliados el mismo 12 en medio de ruidosísimas aclamaciones de los habitantes que se agolpaban por ver a sus nuevos huéspedes y darles buena acogida, ya por los muchos partidarios y adictos que tenía allí la familia de Borbón, Son bien recibidos. ya más bien por creerse libres los vecinos de los daños que les hubiera acarreado el continuar de la guerra en derredor de sus muros.

Acontecimientos y mudanzas en París.

Por la tarde de aquel día súpose de oficio en Tolosa la entrada el 31 de marzo en París de los aliados del norte. Susurrábase esto ya antes, y se piensa no lo ignoraban los generales de los respectivos ejércitos; por lo que algunos censuráronlos agriamente de haber empeñado acción tan sangrienta en coyuntura semejante, siendo ya inútil cuando iba a terminarse la guerra. Trajeron ahora la noticia el coronel inglés Cook y el coronel francés Saint Simon; el primero encargado particularmente de comunicársela a lord Wellington, el segundo a los mariscales Soult y Suchet.

Ni se limitaban las novedades ocurridas a la mera ocupación de la capital de Francia. El senado había establecido allí el 1.º de abril un gobierno provisional, a cuyo frente estaba el príncipe de Talleyrand, Caída de Napoleón. y desposeído al día siguiente del cetro imperial a Napoleón Bonaparte, quien, abandonado de casi todos sus amigos y secuaces, habíase visto forzado a abdicar la corona en su hijo, y luego a despojarse de ella absolutamente y sin restricción alguna, a nombre suyo y de toda su estirpe; recibiendo, como por merced, para que le sirviese de refugio, la isla de Elba en el Mediterráneo, concesión que llevaba apariencias de estudiada mofa, mas que hubo de costar bien cara meses adelante. Decidió también el senado, en 6 del propio abril, llamar de nuevo al solio de Francia a la familia de los Borbones, y proclamar por rey a Luis XVIII, ausente todavía en Inglaterra; tomando el mando ínterin llegaba este, su hermano el conde de Artois, bajo el título de lugarteniente del reino. Conformáronse con tales mudanzas las potencias invasoras, y aun las aplaudieron y quizá apuntaron.

Anunciáronse por la noche en el teatro de Tolosa las noticias traídas de París por los coroneles Cook y Saint Simon, y se celebraron extraordinariamente por los espectadores, muchos en número y muy entusiasmados con la ópera de Ricardo Corazón de León, que de intento se escogió aquel día por las arias y pasos que encierra aquella pieza, alusivos a las circunstancias de entonces. Prodigáronse igualmente vítores y palmoteos a lord Wellington que asistía a la representación: que tales, por lo común, son los pueblos en punto de novedades, aunque sean muy en su daño y mengua; si bien aquí los aplausos y loores iban dirigidos más que al general inglés vencedor en tantas lides, al que se consideraba como a restaurador de la paz tan ansiada en Tolosa, y prenda estable y firme del sosiego que en la ciudad reinaba.

Otros sucesos militares.

No tardaron los coroneles Cook y Saint Simon en ir al encuentro de los mariscales Soult y Suchet para acabar de desempeñar su comisión y poner término pronto y cumplido a la guerra. Pero primero que continuemos refiriendo lo que en esto ocurrió, nos parece oportuno cerrar antes la narración de los sucesos militares de esta tan prolongada lucha, siendo ya pocos los que nos quedan y no de grande importancia.

En Burdeos.

En Burdeos, luego que entraron allí los aliados, preparáronse los parciales de la casa de Borbón a repeler cualquier ataque que intentasen sus contrarios los bonapartistas, recelándose en particular de las fuerzas del general L’Huillier recogido al otro lado de los ríos, y de las del general Decaen, que había formado una división, de orden del emperador, destinada a marchar por Perigueux sobre aquella ciudad. Pero no trataron ambos generales de formalizar cosa alguna, ni se lo permitió Wellington, puesto que al reunir su gente para perseguir a Soult vía de Tarbes y Tolosa, sacó mucha de la que tenía en Burdeos, dejando solo al general Dalhousie con 5000 hombres. Bien es verdad que afirmábase por otro lado y al mismo tiempo la posesión de aquella ciudad, acudiendo el 27 de marzo a la boca del Gironda el almirante Penrose con tres fragatas y varios buques menores, quien penetró río arriba sin pérdida particular ni resistencia empeñada. Coincidió con la expedición marítima una excursión que el general Dalhousie verificó por tierra sobre el Dordoña para espantar al general L’Huillier. Esto, y las maniobras y ataques de los marineros británicos, causaron al enemigo mucho daño, desmantelando fuertes, clavando cañones y ahuyentando o cogiendo barcos, de modo que en 9 de abril estaban despejadas las riberas hasta el castillo de Blaye, cuyo gobernador, el general Merle, no quiso entrar en pactos hasta el 16 de aquel mes, en que se cercioró de lo ocurrido en París.

En Bayona.

Supo también luego en Bayona las novedades de esta capital Sir Juan Hope, avisado por el coronel Cook desde Burdeos, pero no las comunicó al gobernador de la plaza, general Thouvenot, por no constarle de oficio. Hízolas sí correr por los puestos avanzados, mas no dieron crédito a ellas los franceses, y antes bien se irritaron ejecutando el 14 una salida bien meditada y fogosa. Fingieron pues atacar del lado de Anglet, y lo verificaron entre Saint Etienne y Saint Bernard, tan de rebate e improvisamente que tomaron varios puestos. Acudió a remediar el mal Sir Juan Hope con su estado mayor; pero sorprendiéronle los enemigos y le rodearon, cogiéndole prisionero después de muerto su caballo y herido él mismo. Al cabo, tornaron los franceses a la plaza y recuperaron los aliados los sitios antes perdidos, teniendo los últimos que deplorar la baja de 600 hombres entre muertos y heridos, además 231 prisioneros. Fue este el último y lamentable suceso militar que ocurrió en Francia por el mediodía.

Santoña.

En España habíase dado a partido el 27 de marzo el gobernador francés de Santoña; pero pasando la capitulación a que la aprobase lord Wellington, notando este, al leerla, la cláusula de que los sitiados tornarían a Francia bajo palabra de no tomar las armas durante la presente guerra, negose a ratificar aquella, escarmentado con lo sucedido en Jaca, en donde otorgadas condiciones iguales, quebrantáronlas los franceses luego que pisaron su territorio y se vieron libres.

Cataluña.

En Cataluña, al colocarse en Figueras el mariscal Suchet, guardó consigo y en las cercanías la división de Lamarque, poniendo la reserva de Mesclop en la Junquera y Coll de Pertús, y enviando a Perpiñán algunos infantes y caballos, a donde también iba él mismo a veces para tomar, sin alejarse de España, providencias convenientes a la defensa del territorio nativo. El total de combatientes que le quedaban ascendía a 11.327 hombres comprendidos 1088 caballos. Quiso Suchet acrecer el número trayéndose a Figueras 3000 hombres que tenía Robert en Tortosa, y 8000 Habert en Barcelona, lo que pensó sería factible uniéndose el primero al último por medio de una marcha rápida, y abriéndose paso los dos al frente de sus guarniciones respectivas. Mas frustrose al francés su proyecto, no pudiendo Robert menearse, muy observado por los españoles, y viéndose repelido Habert, con pérdida, por Don Pedro Sarsfield, tentado que hubo el 16 de abril una salida de Barcelona, ya que insistiese en llevar a cabo el plan del mariscal Suchet, ya que se animase a ello sabedor de que las tropas anglo-sicilianas al mando de Sir Guillermo Clinton evacuaban la Cataluña de orden de lord Wellington y pasaban a otros puntos.

La abandona Suchet.

En los primeros días del mismo abril salió por fin de España el mariscal Suchet como también su ejército, después de haber volado las fortificaciones de Rosas, dirigiendo sus columnas vía de Narbona. Dejó solo guarniciones en Figueras, Hostalrich, Barcelona, Tortosa, Benasque, Murviedro y Peñíscola, cuyas plazas y fuertes bloqueaban los españoles, habiendo perecido en la última el gobernador francés, con su estado mayor y muchos otros, por la explosión de un almacén de pólvora.

Conducta de Soult y Suchet con motivo de lo ocurrido en París.

Volvamos ahora a Tolosa. Salieron de allí, según antes empezamos a referir, los coroneles Cook y Saint Simon, y encamináronse a los cuarteles de Soult y Suchet para informarles de las grandes mudanzas y acontecimientos ocurridos, como también para entregarles las órdenes del gobierno provisional establecido en París. No quiso por de pronto someterse el primero a lo que se le ordenaba, manifestando carecían tales nuevas y comunicaciones de la autenticidad debida; y solo añadió que entraría en un armisticio con los aliados, hasta recibir órdenes u avisos del emperador, si lord Wellington convenía en ello. Desechó el inglés la propuesta, creyéndola, por lo menos, intempestiva y fuera de su lugar. Avínose mejor Suchet, pues habiendo reunido los principales jefes de su ejército, decidió de conformidad con ellos reconocer el gobierno provisional de París y someterse a sus mandatos y resoluciones. Al saber el mariscal Soult esta determinación, forzoso le fue ceder y obrar al son de los demás.

Conclúyese un armisticio entre Wellington y los mariscales franceses.

Abriéronse en seguida y sin dilación tratos para una suspensión de armas, la cual se concluyó en los días 18 y 19 de abril entre los mariscales Soult y Suchet por una parte, y lord Wellington por otra, como general en jefe de todas las tropas aliadas. Celebráronse para ello dos convenios, exigiéndolo así el mariscal Suchet, que no quería reconocer ninguna supremacía en el otro, tenido por orgulloso y por de predominante condición. En consecuencia cesaron las hostilidades no solo en los ejércitos respectivos, sino también delante de las plazas bloqueadas, debiendo entregarse a los españoles en un breve término las que todavía estuviesen en poder del francés.

Finalizó aquí y de este modo la guerra gloriosa de la independencia peninsular, fecunda en acontecimientos varios, y muy instructiva para el militar y hombre de estado: habiéndose combinado en ella las operaciones regulares de sitios, marchas y peleas en los trances descompuestos, repetidos y azarosos de una lucha nacional y, por decirlo así, perdurable. Inmarcesibles lauros cogieron en el prolongado curso de tanto lidiar los diferentes ejércitos que tomaron parte; pero como naciones descollaron en el caso actual, y levantarán por ello siempre su cabeza erguida, Portugal y España, escenario vivo de perseverancia constante.

Asuntos políticos.

Mas al propio tiempo que cesaron honrosa y felizmente los estruendos bélicos, crecieron los políticos, cuyo retemblor y zumbido abrieron grietas por donde se atropellaron lástimas y desdichas. Pero necesario es para narrar lo acaecido en el asunto volver atrás y seguir en su viaje al rey Fernando VII a quien dejamos en Gerona con los infantes Don Carlos y Don Antonio. Salen el rey y los infantes de Gerona. Salieron de esta ciudad S. M. y AA. el 28 de marzo, yendo a Tarragona sin pasar por Barcelona; bien que así en esta plaza como en las demás en que aún se conservaba guarnición francesa, recibieron orden los gobernadores de no cometer hostilidad alguna al paso por ellas o sus cercanías de Fernando VII, y de tributar a S. M. los honores y obsequios que eran debidos a su augusta persona.

Llegan a Tarragona y Reus.

De Tarragona trasladáronse el rey y los infantes a Reus, en donde permanecieron el 2 de abril, no indicando nada hasta ahora el rumbo cierto que en lo político tomaría S. M. Generales, autoridades y pueblos habíanse conformado con lo dispuesto por las Cortes, y la familia real y sus consejeros tampoco se desviaban de ello, a lo menos en público. Verdad es que crecían los manejos y ofrecimientos reservados de descontentos y ambiciosos; pero sin difundirse por fuera, ni dar lugar más que a leves rumores y sospechas. Agrandáronse estas aquí en Reus. Según la ruta señalada por la Regencia con arreglo al decreto de 2 de febrero, tenía el rey que continuar su viaje siguiendo la costa del mediterráneo a Valencia, para de allí pasar a Madrid. Estábase en vía de dar cumplimiento a esta providencia, cuando la diputación provincial de Aragón, movida por sí o por sugestión ajena, dirigió a Don José de Palafox, que acompañaba al rey, una exposición gratulatoria pidiendo se dignase S. M. en su tránsito para la capital del reino honrar con su presencia a los zaragozanos, ansiosos de verle y contemplarle de cerca. Accedió Fernando a la súplica, ora que no quisiese este desairar a ciudad tan ilustre y tan merecedora de su particular atención, ora que mirasen sus consejeros aquella coyuntura como muy propicia para comenzar a romper las trabas que los ligaban, molestas en sumo grado y depresivas a su entender de la majestad real.

Va el rey a Zaragoza.

Salió el rey de Reus el 3, y por Poblet encaminose a Lérida. Iba ya solo con su hermano Don Carlos, habiéndose quedado en la primera villa el infante Don Antonio, a causa de una indisposición leve y de estar resuelto a tomar en derechura el camino de Valencia.

Buen recibo en esta ciudad.

Llegaron el rey y Don Carlos a Zaragoza el 6 de abril, tiempo de Semana santa. Fueron recibidos allí ambos príncipes con indecible amor y entusiasmo, realzado uno y otro por el aparecimiento de Don José de Palafox, ídolo entonces muy reverenciado y querido de los habitadores. Mostrábase S. M. aquí todavía incierto sobre el partido a que se inclinaría en la parte política; pudiendo solo colegirse de algunas palabras que vertió, que no desaprobaba del todo lo que se había hecho durante su ausencia en punto a reformas. Sin embargo, aguijón grande era para que procediese a su antojo la adhesión sin límites que manifestaban los pueblos hacia su persona, y las insinuaciones y consejos extraviados que le venían de varias partes; muy diligentes en esta ocasión los enemigos de novedades, no menos que los descontentos de cualquiera linaje que con ellos se abanderizaban. Partió el rey de Zaragoza el 11, y llegó a Daroca aquel mismo día.

Junta en Daroca.

Estrechando el tiempo, afanábanse los que venían con el rey porque se tomase una determinación respecto de la conducta política que convenía se adoptase, celebrando al efecto una junta en la noche del 11, en la que se apareció el conde del Montijo. Fueron de dictamen todos los que allí concurrieron que no jurase el rey la Constitución, excepto solo Don José de Palafox, quien no pudiendo rebatir los argumentos de los demás y apurado ya, llamó en su ayuda a los duques de Frías y de Osuna, que habían acudido a Zaragoza a cumplimentar al rey y le seguían en el viaje. Juzgaba Palafox que su dictamen en la materia se arrimaría al suyo, y le daría gran peso por la elevada clase y riqueza de ambos duques y por su porte desde 1808; habiendo el de Frías, según ya hemos dicho, no desamparado nunca los estandartes de la patria, y expuéstose mucho el de Osuna por haberse fugado de Bayona en aquel año, no queriendo autorizar con su firma los escándalos que a la sazón ocurrían en la misma ciudad. Reunidos pues uno y otro a las personas que se hallaban ya en junta, sentó el de San Carlos la cuestión de si convendría o no que jurase el rey la Constitución. Opinó él mismo que no, mostrándose en especial muy contrario el conde del Montijo, abultando los riesgos y las dificultades que resultarían de la jura. Apartose de este parecer Don José de Palafox y le apoyó el duque de Frías, bien que respetando este los derechos que compitiesen al rey para introducir o efectuar en la Constitución las alteraciones convenientes o necesarias. Anduvo indeciso el de Osuna, separándose todos de la junta sin convenirse en nada; pero acordes en que antes de resolver cosa alguna acerca de semejante cuestión, se congregarían de nuevo. A pesar de eso determinó el rey pocos instantes después, siguiendo el consejo de San Carlos sugerido por el del Montijo, que sin tardanza y en derechura saldría este para Madrid, a fin de calar lo que tratasen allí los liberales, y de disponer los ánimos del pueblo a favor de las resoluciones del rey, cualesquiera que ellas fuesen, o más bien de pervertirlos; en lo que era gran maestro aquel conde, muy ligado siempre con gente pendenciera y bulliciosa.

Entrada en Teruel.

Continuando S. M. el viaje a Valencia entró en Teruel el 13, en cuya ciudad, muy afecta a la Constitución, esmeráronse los habitantes en poner entre los ornatos escogidos para el recibimiento del rey, muchos alegóricos al caso, que miró S. M. atentamente y aun aplaudió, amaestrado desde la niñez en la escuela del disimulo. Hasta aquí había acompañado al rey en el viaje el capitán general de Cataluña Don Francisco de Copons y Navia, cuya presencia contuvo bastante a los que intentaban guiar al rey por sendero errado y torcido. Volvió el Don Francisco a su puesto, y con su ausencia no quedó apenas nadie al lado de S. M. de influjo y peso que balancease los consejos desacertados de los que aprisionaban su voluntad o le daban deplorable sesgo.

Junta en Segorbe.

El 15 llegaron Fernando y su hermano el infante a Segorbe y multiplicáronse allí las marañas y enredos, arreciando el temporal declarado contra las Cortes. Juntose en aquella ciudad con sus sobrinos el infante Don Antonio, viniendo de Valencia, en donde había entrado el 17 acompañado de Don Pedro Macanaz. Acudieron también a Segorbe el duque del Infantado y Don Pedro Gómez Labrador, procedentes de Madrid; quienes, en unión con Don José de Palafox y los duques de Frías, Osuna y San Carlos celebraron la noche del mismo 15 nuevo consejo, siempre sobre el consabido asunto de si juraría o no el rey la Constitución. No asistió Don Juan Escóiquiz, que se había adelantado a Valencia para avistarse con sus amigos, y sondear por su parte el terreno y los ánimos. Prolongose la reunión aquella noche hasta tarde, y ventilábase ya la cuestión, cuando se presentó como de sorpresa el infante Don Carlos. Frías y Palafox reprodujeron en la junta los dictámenes que dieron en Daroca. También Osuna, pero más flojamente, influido, según se creía, por una dama de quien estaba muy apasionado, la cual muy hosca entonces contra los liberales, amansó después y cayó en opinión opuesta y muy exagerada. Dijo el duque del Infantado; «Aquí no hay más que tres caminos; jurar, no jurar o jurar con restricciones. En cuanto a no jurar participo mucho de los temores del duque de Frías...» dando a entender en lo demás que expresó, aunque no a las claras, que se ladeaba a la última de las tres indicaciones hechas. Se limitó Macanaz a insinuar que tenía ya manifestado su parecer al rey, lo mismo que al infante, sin determinar cuál fuese. Otro tanto repitió San Carlos, perdiendo los estribos al especificar la suya Don Pedro Gómez Labrador, quien en tono alborotado y feroz votó «porque de ningún modo jurase el rey la Constitución, siendo necesario meter en un puño a los liberales...» con otras palabras harto descompuestas, y como de hombre poco cuerdo y muy apasionado. Disolviose no obstante la junta actual como la anterior de Daroca, esto es, sin decidirse nada en ella, pero sí descubriéndose ya cuál sería la resolución final.

Entrada del rey en Valencia.

Al día inmediato 16 de abril pasó el rey a la ciudad de Valencia, adonde le habían precedido personas de partidos opuestos y de diversa categoría. Por de pronto, el cardenal arzobispo de Toledo Don Luis de Borbón, presidente de la Regencia, acompañado de Don José Luyando, ministro interino de estado, y de algunas personas de la misma secretaría. También Don Juan Pérez Villamil y Don Miguel de Lardizábal, ambos muy resentidos contra las Cortes y de grande influjo en las resoluciones que se tomaron en Valencia, si bien no tanto el último por la imposibilidad a que le redujo, durante algún tiempo, un vuelco que dio en el camino.

El general Elío.

Pero quien más que todos imprimió impulso y determinado rumbo a los negocios, fue el capitán general de Valencia Don Francisco Javier Elío, desafecto a las reformas, y agraviado por lo que de él se dijo en las Cortes y en los diarios después de la segunda acción de Castalla. Habíale también desazonado entonces un acontecimiento ocurrido en aquellos días. Fue, pues, que al llegar a Valencia el infante Don Antonio, pasando aquel a cumplimentar a S. A., pidiole el santo por inadvertencia o de propósito para mostrar su aversión a las disposiciones de las Cortes, estando allí presente el cardenal arzobispo de Borbón. Lo que sucedió con el cardenal Borbón. Pero apenas había Elío soltarlo semejante palabra, cuando el prelado, tenido por hombre manso y sin hiel, alterose en extremo e increpole de ignorancia en el cumplimiento de su obligación, debiendo saber que a él solo como presidente de la Regencia tenía que dirigirse para pedir el santo. Quedaron todos atónitos de arranque tan inesperado en el cardenal, que no se aplacó sino a ruegos del mismo infante. Callose Elío y aguardó a que llegase el rey para despicarse y tomar venganza.

Sale Elío a recibir al rey.

En efecto al aproximarse S. M. le salió al encuentro aquel general, y pronunció un discurso en el que no solo vertió amargas quejas en nombre de los ejércitos, sino que también suplicó al rey empuñase el bastón de general que llevaba, cuya señal de mando [decía Elío] adquiriría con eso valor y fortaleza nueva.

Lo mismo al cardenal.

A poco encontrose también S. M. con el cardenal arzobispo cerca de Puzol, e imbuido ya malamente contra la persona de este, recibiole con ceño ofreciéndole la mano para que se la besase. Hay quien dice tardó el cardenal en ceder a semejante insinuación, creyendo se lo prohibía el decreto de las Cortes, y que Fernando le mandó claramente entonces que obedeciese y que le besase la mano; hay quien asienta por el contrario no haberse opuesto S. Ema. a los deseos del rey, no viendo en aquel acto sino una muestra de puro respeto conforme al uso. De todas maneras cosas eran estas que descubrían sobradamente lo que amagaba ya.

Entró por fin el rey en Valencia el 16, y al día siguiente pasó a la catedral a dar gracias al Todopoderoso por los beneficios que le dispensaba; presentándole aquella tarde el general Elío la oficialidad del ejército que mandaba, a la cual preguntó estando delante de S. M. «¿Juran VV. sostener al rey en la plenitud de sus derechos?» Respondieron todos: «Sí, juramos.» Y con eso empezó Fernando a ejercer en Valencia la soberanía sin miramiento alguno a lo que las Cortes habían resuelto; envalentonándose los adversarios de las reformas, y desbocándose del todo un papel subversivo que se publicaba en aquella ciudad bajo el título de Lucindo, o Fernandino, obra de un tal Don Justo Pastor Pérez, empleado en rentas decimales.

Representación de los diputados llamados Persas.

Tenían íntimo enlace con semejantes pasos y sucesos otras tramas que se urdían en Madrid a fin de empeñar a muchos diputados a que pidiesen ellos mismos la destrucción de las Cortes. Húbolos que tal osaron, principalmente de los que anduvieron mezclados en las marañas de Córdoba con el del Abisbal, y en las de Madrid, cuando quisieron algunos mudar de súbito la Regencia del reino. Hacía cabeza Don Bernardo Mozo Rosales, ya mencionado, quien acordó con otros compañeros suyos elevar a S. M. una representación enderezada al deseado intento. Llevaba esta la fecha de 12 de abril, y era una reseña de todo lo ocurrido en España desde 1808, como también un elogio [*] de (* Ap. n. 24-22.) «la monarquía absoluta...» [obra decíase en su contexto] «de la razón y de la inteligencia... subordinada a la ley divina...» acabando no obstante por pedirse en ella, «se procediese a celebrar Cortes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas.» Contradicción manifiesta, pero común a los que se extravían, y procuran encubrir sus yerros bajo apariencias falaces. Llevaba la representación por principal mira alentar al rey a no dar su asenso ni aprobación a la nueva ley constitucional, ni tampoco a las otras reformas planteadas en su ausencia. Llamaron en el público a esta representación la de los Persas por comenzar del modo siguiente: «Era costumbre en los antiguos persas...» cláusula que pareció pedantesca y risible, como fuera de su lugar, y propio el nombre de un pueblo que los antiguos tenían por bárbaro, para ser aplicado a los autores de un papel que recordaba tales actos, y sostenía ideas rancias opuestas a las que reinaban en el siglo actual.

Fueron pocos los diputados que firmaron en un principio esta representación, creciendo el número hasta el de 69 al derribarse la Constitución; unos por temor, por ambición otros y bastantes por irse al hilo de la corriente del día. Tacharon los desapasionados de muy culpables a los autores y primeros firmantes, pues como colegas faltaron a los miramientos que debían a los otros diputados, y como hombres públicos a sus más sagradas obligaciones; no forzándolos nadie a permanecer en el asiento que ocupaban, ni a dar con su presencia y voto aunque fuese negativo, sello de aprobación y legitimidad, a lo que juzgaban nulo y hasta dañoso al orden social. Más excusables se presentaban los que firmaron después, rendidos al miedo o a flaquezas a que está tan sujeta la humanidad. Desapareció de las Cortes Don Bernardo Mozo Rosales, llevando en persona a Valencia la representación, entre cuyos nombres distinguíase el suyo como el primero de todos.

Conducta de los liberales en las Cortes.

Ni por eso se persuadieron en Madrid destruiría de raíz el rey todo lo hecho durante su cautiverio, escuchando S. M. solo a un partido y no sobreponiéndose a los diversos que había en la nación para dominarlos y regirlos sabia y cuerdamente. Confiados en esto y asistidos entonces de intenciones muy puras, permanecieron tranquilos los diputados liberales y sus amigos, no bastando para desengañarlos las noticias cada vez más sombrías que de Valencia llegaban. Por tanto, no provocaron en las Cortes medida alguna con que hacer rostro a repentinos y adversos acontecimientos, ni tampoco se cautelaron contra asechanzas personales que debieron suponer les armarían sus enemigos, implacables y rencorosos.

Contentáronse pues con escribir nuevamente al rey dos cartas que no merecieron respuesta, y con ir disponiendo el modo de recibirle y agasajarle a su entrada en Madrid y jura en el salón de Cortes. Se trasladan estas a Doña María de Aragón. A este propósito decidieron trasladarse del que ocupaban en el teatro de los Caños del Peral a otro construido expresamente, y con mayor comodidad y lujo, en la casa de estudios y convento de Agustinos calzados de Doña María de Aragón, dicho así del nombre de su fundadora, dama de la reina Doña Ana de Austria. Señalose para esta mudanza el 2 de mayo, en que se celebró con gran pompa un aniversario fúnebre en conmemoración de las víctimas Función fúnebre del dos de mayo. que perecieron en Madrid el año de 1808, en el mismo día; sirviendo así de función inaugural del salón nuevo una muy lúgubre, como para presagiar lo astroso y funesto en el porvenir de aquel sitio, en donde se hundieron luego, y más de una vez, las instituciones generosas y conservadoras de la libertad del estado.

Lo que pasa en Valencia.

En Valencia llevaban los acontecimientos traza de precipitarse y correr a su desenlace. Renováronse y se multiplicaron allí los conciliábulos y las juntas muy a las calladas, y no llamando ya a ellas a ninguno de los que tenían fama de inclinarse a opiniones liberales. Concurrieron varios sucesos para tomar luego una determinación decisiva: tales fueron las ofertas del general Elío, la representación de los diputados disidentes, y la caída, en fin, del emperador Napoleón. Antes de esta catástrofe contábanse algunos que titubeaban todavía sobre destruir las Cortes súbitamente y por razón de estado, recelosos de la desunión que resultaría de ello en provecho del enemigo común; mas después nada hubo que los detuviese ya, dando rienda suelta a sus resentimientos y miras ambiciosas. Y, ¡cosa rara!, habiendo sido Napoleón y sus enviados los que aconsejaron primero al rey el aniquilamiento de las Cortes y de la Constitución, debía al parecer su caída producir efecto contrario y afianzar de lleno las instituciones nuevas; pero no fue así, andando como unida con el nombre del emperador francés la suerte y desgracia de España; lo cual se explica reflexionando que el odio y aversión de los antirreformadores contra Bonaparte no tanto pendía de la política interior e inclinaciones despolíticas de este, arregladas en un todo a las de ellos o muy parecidas, como de sus empresas e invasiones exteriores, y de ser él mismo hombre nuevo y de fortuna, hijo de la revolución.

A nublado tan oscuro y denso nada tenían que oponer las Cortes en Valencia para prevenirle o disiparle, sino los esfuerzos del cardenal de Borbón y de Don José Luyando, débiles por cierto; pues los que procediesen de su autoridad, nulos eran, habiendo de hecho cesado esta desde la llegada del rey, y pocos los que podían esperarse de su diligencia y buena maña. Uno y otro visitaban al rey con frecuencia, pero limitándose a preguntarle como le iba de salud; hecho lo cual volvíanse en seguida a su posada sin detenerse a más ni dar siquiera por fuera señal alguna de movimiento y vida. Y aunque el cardenal mostró en un principio, según apuntamos, entereza laudable, no le fue posible conservarla faltándole apoyo y estímulo en su ministro, hombre de bien y muy arreglado, pero pobre de espíritu y sin expediente ni salidas en los casos arduos.

Se acerca Whittingham a Madrid.

Una indisposición del rey, aquejado de la gota, y el coordinar ciertas medidas previas, retardaron algunos días la ejecución del plan que se meditaba para destruir las Cortes. Era una de ellas acercar a Madrid tropas a devoción de los de Valencia, lo cual se verificó trayendo estas a su frente a Don Santiago Whittingham, quien, jefe en Aragón de la caballería, siguió al rey en su viaje de resultas de habérselo ordenado así S. M. mismo. Llegó Whittingham a Guadalajara el 30 de abril, y habiéndole preguntado el gobierno de la Regencia que por qué venía, respondió que por obedecer disposiciones del rey comunicadas por el general Elío.

Conducta del embajador inglés.

El ser Don Santiago súbdito británico, y muy favorecido de aquel, dio ocasión a que creyeran muchos obraba en el caso actual por sugestión del embajador de Inglaterra, Sir Enrique Wellesley, que a la sazón se hallaba en Valencia para cumplimentar al rey. Mas engañáronse: Sir Enrique no aprobó la conducta de aquel general, ni aconsejó ninguna de las medidas que se tomaron en Valencia; disgustábale, es cierto, la Constitución, y como particular hubiera querido se reformase, mas como embajador mantúvose indiferente, y no se declaró en favor de una cosa ni otra, bastantes por sí las pasiones que reinaban entonces, sin ayuda extraña, para trastornar el estado y confundirle.

Sale el rey de Valencia.

Dispuesto todo en Valencia según los fines a que se tiraba, salió el rey de aquella ciudad el 5 de mayo, trayendo en su compañía a los infantes Don Carlos y Don Antonio, y escoltando a todos una división del segundo ejército regida por el general en jefe Don Francisco Javier Elío. Venían en la comitiva varios de los que se habían agregado en el camino, y los de Valençay, excepto Don Juan Escóiquiz, que desde Zaragoza ganaba siempre la delantera, haciendo de explorador oficioso. Recibieron al propio tiempo una real orden para regresar a Madrid el cardenal de Borbón y Don José Luyando, ignorando ambos del todo lo que de oculto se trataba; y sin que el último, según obligación más peculiar de su cargo, gastase mucho seso ni aun siquiera en averiguarlo.

Lo que ocurre en el camino.

Fue acogido el rey en los pueblos del tránsito con regocijo extremado que rayó casi en frenesí, aunándose todavía para ello los hombres de todas clases y partidos. Enturbiaron sin embargo a veces la universal alegría soldados de Elío y gente apandillada de los antirreformadores, prorrumpiendo en vociferaciones y grita contra las Cortes, y derribando en algunos lugares las lápidas que con el letrero de Plaza de la Constitución se habían colocado en las plazas mayores de cada pueblo, conforme a un decreto promulgado en Cádiz a propuesta del señor Capmany, desacertado en verdad y que sirvió después de pretexto a parcialidades extremas para rebullir y amotinarse en rededor de aquella señal.

Diputación de las Cortes para ir a recibir al rey.

Luego que supieron las Cortes que se acercaba el rey a Madrid, nombraron una comisión de su seno para que saliera a recibirle al camino y cumplimentarle. Componíase esta de seis individuos, teniendo a su frente a Don Francisco de la Dueña y Cisneros, obispo de Urgel, de condición algo instable, aunque no propenso a exageraciones ni destemplanzas. Encontró la diputación al rey en la Mancha y en medio del camino mismo, por lo que juzgó oportuno retroceder, para presentar a S. M. en el pueblo inmediato sus obsequiosos respetos y felicitaciones. Mas no lo consiguió, negándose el rey a darle allí audiencia, y mandando a sus individuos que aguardasen en Aranjuez, esquivando así todo contacto o ludimiento con la autoridad representativa, próxima ya a desplomarse, como todas las que se derivaban de ella.

Tal había sido la resolución acordada en Valencia, cuyo cumplimiento tuvo ya principio allí donde el rey estaba; mandando S. M. al cardenal de Borbón y a Don José Luyando que se retirasen ambos, yendo el primero destinado a su diócesis de Toledo, y el segundo, como oficial de marina, al departamento de Cartagena.

Prenden en Madrid a los regentes, y a varios ministros y diputados.

Casi a la propia sazón llevábanse también a efecto en Madrid providencias semejantes, aunque, si cabe, más inauditas en los anales de España. Fueron pues arrestados en virtud de real orden durante la noche del 10 al 11 de mayo los dos regentes Don Pedro Agar y Don Gabriel Ciscar, los ministros Don Juan Álvarez Guerra y Don Manuel García Herreros, y los diputados de ambas Cortes Don Diego Muñoz Torrero, Don Agustín Argüelles, Don Francisco Martínez de la Rosa, Don Antonio Oliveros, Don Manuel López Cepero, Don José Canga Argüelles, Don Antonio Larrazábal, Don Joaquín Lorenzo Villanueva, Don Miguel Ramos Arispe, Don José Calatrava, Don Francisco Gutiérrez de Terán y Don Dionisio Capaz. Estuvieron en igual caso el literato ilustre Don Manuel José Quintana, y el conde, hoy duque, de Noblejas, con su hermano y otros varios.

Procedió a ejecutar estas y otras prisiones Don Francisco Eguía, nombrado al propósito, de antemano y calladamente, por el rey capitán general de Castilla la Nueva; obrando bajo sus órdenes asistidos de mucha tropa y estruendo, con el título de jueces de policía, Don Ignacio Martínez de Villela, Don Antonio Alcalá Galiano, Don Francisco Leiva y Don Jaime Álvarez de Mendieta, diputados a Cortes algunos de ellos en las extraordinarias, y colegas por tanto de varios de los perseguidos. Negose a desempeñar encargo tan criminal y odioso Don José María Puig, magistrado antiguo, a quien ensalzó mucho ahora proceder tan noble como poco imitado. Fueron encerrados los presos en el cuartel de guardias de corps y en otras cárceles de Madrid, metiendo a algunos en calabozos estrechos y fétidos, sin luz ni ventilación, a manera de lo que se usa con forajidos o delincuentes atroces.

Continuaron los arrestos en los días sucesivos, y extendiéronse a las provincias de donde fueron traídos a Madrid varios sujetos y diputados esclarecidos, entre ellos Don Juan Nicasio Gallego, acabando por henchirse de hombres inocentes y dignísimos todas las cárceles, en las que de día y noche, sigilosamente y sin guardar formalidad alguna, vaciaban encarnizados enemigos la flor y gloria de España. No pudieron ser habidos a dicha suya los señores Calleja, Díaz del Moral, Don Tomás de Istúriz, Tacón, Rodrigo y conde de Toreno que pasaron a otras naciones.

Disolución de las Cortes por orden del rey.

En la misma noche del 10 al 11 de mayo presentose el general Eguía a Don Antonio Joaquín Pérez, diputado americano por la Puebla de los Ángeles y actual presidente de las Cortes, intimándole de orden del rey quedar estas disueltas y acabadas del todo. No opuso Pérez a ello óbice ni reparo alguno, y antes bien créese que obedeció de buena voluntad, estando en el número de los que firmaron la representación de los 69, y en el secreto, según se presumió, de todo lo que ocurría entonces. Una mitra, con que le galardonaron después, dio fuerza a la sospecha concebida de haber procedido de connivencia con los destruidores de las Cortes, y por tanto indigna y culpablemente.

Asonadas en Madrid.

Soltáronse en la mañana del 11 los diques a la licencia de la plebe más baja, arrancando esta brutalmente la lápida de la Constitución que arrastró por las calles, lo mismo que varias estatuas simbólicas y ornatos del salón de Cortes. Lanzaban también los amotinados gritos de venganza y muerte contra los liberales y en especial contra los que estaban presos; llevando por objeto los promovedores encrespar las olas populares a punto de que se derramasen dentro de las cárceles, y sofocasen allí en medio de la confusión y ruido a los encerrados en aquellas paredes. Pero malogróseles su feroz intento, que muy somera y no de fondo era la tempestad levantada, como impelida solo por la iniquidad de unos pocos y muy contados.

Manifiesto o decreto del 4 de mayo.

Amaneció igualmente en aquel día puesto en las esquinas un manifiesto con título de decreto, firmado de la real mano y refrendado por Don Pedro de Macanaz, que aunque fecho en Valencia, a 4 de mayo, habíase tenido hasta entonces muy reservado y oculto.[*] (* Ap. n. 24-23.) En su contexto, si bien declaraba S. M. que no juraría la Constitución, y que desaprobaba altamente los actos de las Cortes y la forma que se había dado a estas, afirmaba no menos que aborrecía y detestaba el despotismo, ofreciendo además reunir Cortes y asegurar de un modo duradero y estable la libertad individual y real, y hasta la de la imprenta en los límites que la sana razón prescribía. Mas hacer promesas tan solemnes y de semejante naturaleza a la faz de la nación y del mundo, al propio tiempo que se decretaba subrepticiamente la disolución de las Cortes y que se atropellaban sin miramiento alguno las personas de tantos diputados y hombres ilustres, no parecía sino que era añadir a proceder tan injusto y desapoderado befa descarada y dura.

Autores y cooperarios de él.

Asegúrase escribió este manifiesto o decreto Don Juan Pérez Villamil, auxiliado de Don Pedro Gómez Labrador, aunque al cabo riñeron los dos entre sí y descompadraron. Llevó la pluma haciendo de secretario Don Antonio Moreno, ayuda de peluquero que había sido de palacio, y en seguida consejero de hacienda.

Reflexiones.

Atropéllanse a la mente reflexiones muchas al contemplar semejantes acontecimientos y sus resultas. Por una parte, muy de lamentar es ver convertido al rey en instrumento ciego de un bando implacable e interesado, haciendo suyas las ofensas y agravios ajenos, y forzado por tanto a entrar en una carrera enmarañada de reacciones y persecución en daño propio y grave perjuicio del estado, y por otra, admira la imprevisión y abandono de las Cortes que dejándose coger como en una red, no tomaron medida alguna ni intentaron parar el golpe que las amenazaba, madrugando primero y anticipándose a sus enemigos. Nacía en el rey semejante conducta de su total ignorancia de las cosas actuales de España, y de aquella inclinación a escuchar errados consejos que se había advertido ya desde el principio de su reinado; y en las Cortes, de inexperiencia y de la buena fe que reinaba entonces entre los reformadores, no imaginándose cabría nunca a su causa ni caería tampoco sobre ellos la suerte y trato que experimentaron, no menos inicuo que poco merecido.

Dudamos también, contra el dictamen de muchos, que hubieran podido las Cortes, aun permaneciendo muy unidas, resistir al raudal arrebatado que de Valencia vino sobre ellas. El nombre de Fernando obraba por aquel tiempo en la nación mágicamente; y al sonido suyo y a la voluntad expresa del rey hubiera cedido todo y hubiéronse abatido y humillado hasta los mayores obstáculos. Tampoco era dable contar mucho con los ejércitos. Mantúvose el llamado primero fiel a las Cortes, pero tibio; y declarose en contra el segundo. Empleó en el de reserva de Andalucía juego doble, conforme a costumbre antigua, su jefe el del Abisbal, enviando para cumplimentar al rey a un oficial de graduación con dos felicitaciones muy distintas y en sentido opuesto, llevando encargo de hacer uso de una u otra, según los tiempos y el viento que corriese. Formaron algunos oficiales en el tercer ejército bando o liga contra el príncipe de Anglona, por creerle afecto a las Cortes y sobre todo fiel a sus juramentos; hecho muy vituperable, pero que descubría desavenencia allí en cuanto a opiniones políticas, y por el cual, para decirlo de paso, reprendió ásperamente lord Wellington en Oyarzun a los principales fautores. Hubo, sí, señales más favorables a la causa de las Cortes en el cuarto ejército; mas entre oficiales subalternos, no entre los jefes. De aquellos, abocáronse algunos con su general Don Manuel Freire, fiados en la conocida honradez de este que no desmintió, haciéndoles juiciosas reflexiones acerca de los impedimentos que presentaría la ejecución de la empresa, siendo en su entender el mayor de todos el soldado mismo, de propensión dudosa, (* Ap n. 24-24). si no contraria a lo que ellos premeditaban.[*] Esto y lo que de súbito se fue agolpando, desvió a todos de proseguir por entonces en el intento de sostener abiertamente a las Cortes y la Constitución.

Entrada del rey en Madrid.

Entró el rey en Madrid el 13 de mayo, y si bien quedó en Aranjuez la división del segundo ejército que le había acompañado desde Valencia, acudió por otro lado y al mismo tiempo a la capital la de Don Santiago Whittingham, compuesta de 6000 infantes, 2500 caballos y seis piezas, no tanto para agrandar la pompa en obsequio de la celebridad del día, cuanto para impedir se perturbase la pública tranquilidad. Así sucedió que el mismo Fernando, que en 24 de marzo de 1808 había penetrado por aquellas calles sin escolta y resguardado solo con los pechos de los fieles habitadores, aun en medio de huestes extranjeras poco seguras, tuvo ahora, expulsadas estas y vencidos tantos otros obstáculos, que precaverse y custodiar su persona, como si estuviese circuido de enemigos los más declarados. A tal estrecho le habían conducido hombres que preferían a todo saciar personales venganzas por ofensas que ellos mismos se habían granjeado, queriendo que el rey, a imitación de lo que cuentan de un emperador romano, acabase a la vez [*] y (* Ap n. 24-25.) de un golpe con lo mejor quizá y más espigado de España.

Cruzó Fernando a su entrada el puente de Toledo, y atravesó la puerta de Atocha, yendo después por el Prado y las calles de Alcalá y Carretas hasta hacer pausa en el convento de santo Tomás para adorar, según costumbre de sus antepasados, la imagen depositada allí de nuestra Señora de Atocha. Dirigiose en seguida, por la Plaza mayor y las Platerías, a Palacio, que ocupó de nuevo al cabo de más de seis años de ausencia. Arcos de triunfo y otros festejos embellecían la carrera y le daban realce; no escaseando en ella el clamor, alabanzas y vítores, si bien no con aquel desahogo y universal contentamiento que era de esperar en ocasión tan plausible; lastimado el oído de muchos y quebrantado su corazón con los sollozos y lágrimas de las familias de tantos inocentes, sepultados ahora en oscuros encierros y calabozos.

Llegada a la capital de Lord Wellington.

El 24 del mismo mayo hizo también su entrada pública en Madrid, por la puerta de Alcalá, lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo, recibiendo en el tránsito los honores debidos a sus triunfos y elevada clase. Creyose entonces que dado no se tocara al gobierno absoluto restablecido por el rey, al menos cesarían los malos tratos y las persecuciones contra tantos hombres apreciables y dignos, en atención siquiera a la buena correspondencia que habían seguido muchos de ellos con lord Wellington. Mas no fue así, continuando todo en el mismo ser que antes sin la menor variación ni alivio. Cierto que el 5 de junio, víspera de la partida del general inglés para París y Londres, hizo este a S. M. una exposición, que entregó Don Miguel de Álava al duque de San Carlos, muy notable y, según nos han asegurado, llena de prudentes consejos de tolerancia y buena gobernación. Pero los que no consintieron escuchar estos, presente Wellington, menos lo quisieran en ausencia suya y muy lejos ya; traspapelándose la exposición en las secretarías, o haciéndola ciertos individuos perdidiza como cosa de ningún valor.

Recompensas que este recibe en su patria.

De Madrid restituyose el general inglés a Londres, donde le confirió S. M. británica el título de duque, con la misma denominación que tenía antes, esto es, la de Wellington. Concediole el parlamento la suma de 300.000 libras esterlinas para que se le comprase un estado correspondiente a su jerarquía; ascendiendo a 17.000 libras también esterlinas lo que le abonaban las arcas públicas por sueldos y otras mercedes. Galardón proporcionado a los muchos y grandes servicios que había hecho a su patria lord Wellington, y digno de una nación esclarecida y poderosa.

Evacuación de las plazas que aún conservaba el francés en España.

Entre tanto fuéronse evacuando las plazas que estaban aún en poder del francés, y que debían entregarse a los españoles según los convenios ajustados en Tolosa el 18 y 19 de abril. Rindiose Benasque el 23 del propio mes, aunque a costa de algún fuego y escaramuzas. El 18, 22, 25 y 28 de mayo Tortosa, Murviedro, Peñíscola, Santoña y Barcelona, las dos últimas en un mismo día. El 3 y 4 de junio, Hostalrich y Figueras; quedando con esto del todo libre de enemigos el territorio peninsular. Regresaron también a su patria respectiva los prisioneros de guerra, y los españoles, que bajo el nombre de reos de estado y contra todo derecho y buena razón se había llevado Napoleón a Francia, de los que murieron muchos, rendidos a las fatigas y largo padecer. Fueron también desocupando la Francia sucesivamente las tropas británico-portuguesas y las nuestras.

Tratado de paz y amistad con Francia.

Y para complemento, en fin, de todos estos acontecimientos, dio España su accesión en 20 de julio al tratado de paz y amistad que habían concluido los aliados con Francia en 30 de mayo; debiendo en el término de dos meses enviar las potencias respectivas a Viena ministros o embajadores que ventilasen en un congreso los asuntos pendientes y generales de Europa.

Ministerio que nombra el rey Fernando.

En principios de mayo había formado el rey Fernando un ministerio que modificó antes de finalizarse el mes, aunque a la cabeza de ambos siempre el duque de San Carlos. Siguiose por uno y otro la política comenzada en Valencia, creciendo cada día más las persecuciones y la intolerancia contra todos los hombres y todos los partidos que no desamaban la luz y buscaban el progreso de la razón; Política errada y reprehensible de estos. siendo en verdad muy dificultoso, ya que no de todo punto imposible, a los ministros salir del cenagal en que se metieran los primeros y malhadados consejeros que tuvo el rey. Error fatal y culpable, del que todavía nos sentimos y nos sentiremos por largo espacio; pudiendo aplicarse desde entonces a la infeliz España lo que decía un antiguo de los atenienses:[*] (* Ap. n. 24-26.) «Desorden y torbellino los gobierna, expulsada ha sido toda providencia conservadora.»

Cuál hubiera convenido.

Otro rumbo hubiera convenido tomase el rey a su vuelta a España, desoyendo dictámenes apasionados, y adoptando un justo medio entre opiniones extremas. Érale todo hacedero entonces, y hubiérase Fernando colocado con tal proceder junto a los monarcas más gloriosos e insignes que han ocupado el solio español.

Conclusión de esta obra.

El trasmitir fielmente a la posteridad los hechos sucesivos de su reinado y sus desastrosas consecuencias, será digna tarea de más elocuente y mejor cortada pluma. Detiénese la nuestra aquí, cansada ya, y no satisfecha de haber acertado a trazar la historia de un periodo, no muy largo en días pero fecundo en sucesos notables, en actos heroicos de valor y constancia, en victorias y descalabros. ¡Quiera el cielo que suministre su lectura provechosos ejemplos de imitación a la juventud española, destinada a sacar a la patria de su actual abatimiento, y a colocarla en el noble y encumbrado lugar, de que la hizo merecedora el indomable empeño con que supo entonces contrarrestar la usurpación extraña, y contribuir tan eficaz y vigorosamente al triunfo de la causa europea!

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