LIBRO SÉPTIMO. (continued 2)
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Acontecimientos de Tarragona.
Era por cierto situación esta embarazosa para ellos, y de grande ayuda para los españoles, cuyos dispersos se iban allegando a Tarragona. En sus muros alborotose el pueblo, y amenazó de muerte al general Vives, quien para preservarse de una catástrofe casi inevitable, rotos los vínculos de la subordinación, dejó el mando, Sucede Reding a Vives. que recayó en Don Teodoro Reding, grato a la opinión popular. Poco a poco recobró la autoridad su fuerza, la junta se trasladó a Tortosa, y el nuevo general con actividad y celo empezó a arreglar el ejército, a la sazón descompuesto e insubordinado. Todo anunciaba mejora, mas todo se malogró, como veremos después por la fatal manía de dar batallas, y también por el laudable deseo de socorrer a Zaragoza.
Segundo sitio de Zaragoza.
Esta ciudad, si bien ilustró su nombre en el primer sitio, ahora le engrandeció en el segundo, perpetuándole con nuevas proezas y con su imperturbable constancia, en medio de padecimientos y angustias. Situada no lejos de la frontera de Francia temiose contra ella ya en septiembre un nuevo y más terrible acometimiento. Preparativos de defensa. Palafox como general advertido aprestose a repelerle, fortificando con esmero y en cuanto se podía población tan extensa y descubierta. Encargó la dirección de las obras a Don Antonio Sangenís, ya célebre por lo que trabajó en el primer sitio. El tiempo y los medios no permitían convertir a Zaragoza en plaza respetable. Hubo varios planes para fortalecerla: adoptose como más fácil el de una fortificación provisional, aprovechándose de los edificios que había en su recinto. Por la margen derecha del Ebro se recompuso y mejoró el castillo de la Aljafería, estableciendo comunicación con el Portillo por medio de una doble caponera, y asegurando bastantemente la defensa hasta la Puerta de Sancho. Del otro lado del castillo hasta el puente de Huerva se habían fortificado los conventos intermedios, se había levantado un terraplén revestido de piedra, abierto en partes un foso y construido en el mismo puente un reducto que se denominó del Pilar. De allí un atrincheramiento doble se extendía al monasterio de Santa Engracia, cuyas ruinas se habían grandemente fortalecido. En seguida y hasta el Ebro defendían la ciudad varias obras y baterías, no habiéndose descuidado fortificar el convento de San José, que situado a la derecha de Huerva descubría los ataques del enemigo, y protegía las salidas de los sitiados. En el monte Torrero solo se levantó un atrincheramiento, no creyendo el puesto susceptible de larga resistencia. Por la ribera izquierda del Ebro se resguardó el Arrabal con reductos y flechas, revestidos de ladrillo o adobe, haciendo además cortaduras en las calles y aspillerando las casas. Otro tanto se practicó en la ciudad, tapiando los pisos bajos, atronerando los otros y abriendo comunicaciones por las paredes medianeras. Las quintas y edificios, los jardines y los árboles que en derredor del recinto quedaban aún en pie después de los destrozos del primer sitio, se arrasaron para despejar los contornos. Todos los moradores a porfía y con afanado ahinco coadyuvaron a la pronta conclusión de los trabajos emprendidos.
La artillería no era en general de grueso calibre. Había unas 60 piezas de a 16 y 24, sacadas por la mayor parte del canal en donde los franceses las habían arrojado: apenas se hizo uso de los morteros por falta de bombas. Se reservaban en los almacenes provisiones suficientes para alimentar 15.000 hombres durante seis meses; cada vecino tenía un acopio particular para su casa, y los conventos muchas y considerables vituallas. En un principio no se contaba para la defensa sino con 14 o 15.000 hombres: aumentáronse hasta 28.000 con los dispersos de Tudela que se incorporaron a la guarnición. Era segundo de Palafox Don Felipe Saint-March; mandaba la artillería el general Villalba, y los ingenieros el coronel Sangenís. Componíase la caballería de 1400 hombres a las órdenes del general Butrón.
Disposiciones de los franceses.
Los franceses después de la batalla de Tudela también se preparaban por su parte a comenzar el sitio, reuniendo en Alagón las tropas y medios necesarios. El mariscal Moncey aguardaba allí con el tercer cuerpo la llegada del quinto que mandaba el mariscal Mortier, destinados ambos a aquel objeto, y ascendiendo sus fuerzas reunidas a 35.000 hombres, sin contar con seis compañías de artillería, ocho de zapadores y tres de minadores que se agregaron. Mandaba la primera el general Dedon, y los ingenieros el general Lacoste. A todos y en jefe debía capitanear el mariscal Lannes, que por indisposición se detuvo algunos días en Tudela.
Preséntanse delante de Zaragoza.
Unidos en Alagón el 19 de diciembre los mencionados tercero y quinto cuerpo, presentáronse el 20 delante de Zaragoza, uno por la ribera derecha del Ebro, otro por la izquierda. Antes de formalizar el sitio pensó el mariscal Moncey general en jefe por ausencia de Lannes, en apoderarse del monte Torrero, que resguardaba con 5000 hombres Don Felipe Saint-March. El mariscal Moncey se apodera del monte Torrero. Para ello al amanecer del 21 coronaron sus tropas las alturas que dominan aquel sitio, al mismo tiempo que distrayendo la atención por nuestra izquierda, se enseñorearon, por la derecha, del puente de la Muela y de la Casa Blanca. Desde allí flanquearon la batería de Buena Vista, en la que volándose un repuesto de granadas con una arrojada por los enemigos, causó desorden y obligó a los nuestros a abandonar el puesto. Entonces Saint-March descubierto por su derecha pegó fuego en Torrero al puente de América, y se replegó al reducto del Pilar, en donde repelidos los enemigos tuvieron que hacer alto. De mal pronóstico era para la defensa de Zaragoza la pérdida de Torrero: en el anterior sitio igual hecho había costado la vida al oficial Falcó: en el actual avínole bien a Saint-March para no ser perseguido la particular protección de Palafox.
Son rechazados los franceses en el Arrabal.
Compensose en algo este golpe con lo acaecido en el Arrabal el mismo día. Queriendo tomarle el general Gazan empezó por acometer a los suizos del ejército español que estaban en el camino de Villamayor: superior en número los obligó a retirarse a la torre del Arzobispo, en donde si bien se defendieron con el mayor valor, dándoles ejemplo su jefe Don Adriano Walker, quedaron allí los más muertos o prisioneros. Animados los franceses embistieron tres de las baterías del Arrabal, en cuyo paraje mandaba Don José Manso. Durante cinco horas persistieron en sus acometidas. Infructuosamente llegaron algunos hasta el pie de los cañones del Rastro y el Tejar. El coronel de artillería Don Manuel Velasco que dirigía los fuegos, cubriose aquel día de gloria por su acierto y bizarra serenidad. Mucho igualmente influyó con su presencia Don José de Palafox, que acudía adonde mayor peligro amagaba. El éxito fue muy feliz para los españoles, y el haber sido rechazado el enemigo, así en este como en otros puntos, comunicó aliento a los aragoneses, Intimación a la plaza. (* Ap. n. 7-4.) y convenció al francés que tampoco en esta ocasión sería ganada de rebate la ciudad de Zaragoza. Por eso recurrió igualmente el mariscal Moncey a la vía de la negociación; mas Palafox desechó su propuesta con ánimo levantado y arrogante.[*]
Bloqueo y ataques que preparan los franceses.
Los franceses trataron entonces de establecer un riguroso bloqueo. Del lado del Arrabal el general Gazan inundó el terreno para impedir las salidas de los sitiados, los cuales el 25 al mando de Don Juan O’Neille desalojaron a los enemigos del soto de Mezquita, obligándolos a retirarse hasta las alturas de San Gregorio. Por la derecha del río propuso el general Lacoste tres ataques, uno contra la Aljafería, y los otros dos contra el puente de Huerva y convento de San José, punto que miraban los enemigos como más flaco por no haber detrás en el recinto de la plaza muro terraplenado. Empezaron a abrir la trinchera en la noche del 29 al 30 de diciembre.
Salida del general Butrón.
Notando los españoles que avanzaban los trabajos de los sitiadores, se dispusieron el 31 a hacer una salida mandada por el brigadier Don Fernando Gómez de Butrón. Fingiose un ataque en todo lo largo de la línea, enderezándose nuestra gente a acometer la izquierda enemiga. Mas advertido Butrón de que por la llanura que se extiende delante de la Puerta de Sancho se adelantaba una columna francesa, prontamente revolvió sobre ella, y dándole una carga con la caballería la arrolló y cogió 200 prisioneros. Palafox para estimular a la demás tropa, y borrar la funesta impresión que pudieran causar las tristes noticias del resto de España, recompensó a los soldados de Butrón con el distintivo de una cruz encarnada.
Reemplaza Junot a Moncey.
El 1.º de enero reemplazó en el mando en jefe al mariscal Moncey el general Junot duque de Abrantes. En aquel día los sitiadores para adelantarse salieron de las paralelas de derecha y centro, perdiendo mucha gente, Sale Mortier para Calatayud. y el mariscal Mortier, disgustado del nombramiento de Junot, partió para Calatayud con la división del general Suchet, lo cual disminuyó momentáneamente las fuerzas de los franceses.
Empieza el bombardeo. Ataques contra San José y reducto del Pilar.
Estos habiendo establecido el 9 ocho baterías, empezaron en la mañana del 10 el bombardeo, y a batir en brecha el reducto del Pilar y el convento de San José, que aunque bien defendido por Don Mariano Renovales, no podía resistir largo tiempo. Era edificio antiguo, con paredes de poco espesor, y que desplomándose, en vez de cubrir dañaban con su caída a los defensores. Hiciéronse sin embargo notables esfuerzos, Manuela Sancho. sobresaliendo en bizarría una mujer llamada Manuela Sancho, de edad de veinticuatro años, natural de Plenas en la serranía. El 11 dieron los franceses el asalto, teniendo que emplear en su toma las mismas precauciones que para una obra de primer orden.
Alojados en aquel convento fueron dueños de la hondonada de Huerva, pero no podían avanzar al recinto de la plaza sin enseñorearse del reducto del Pilar, cuyos fuegos los incomodaban por su izquierda. El 11 también este punto había sido atacado con empeño, sin que los franceses alcanzasen su objeto. Mandaba Don Domingo Larripa, y se señaló con sus acertadas providencias, así como el oficial de ingenieros Don Marcos Simonó, y el comandante de la batería Don Francisco Betbezé. Por la noche hicieron los nuestros una salida que difundió el terror en el campo enemigo, hasta que su ejército vuelto en sí y puesto sobre las armas obligó a la retirada. Arrasado el 15 el reducto, quedando solo escombros y muertos los más de los oficiales que le defendían, fue abandonado entre ocho y nueve de la noche, volando al mismo tiempo el puente de Huerva, en que se apoyaba su gola.
Resolución de los moradores.
Entre este y el Ebro del lado de San José no restaba ya a Zaragoza otra defensa sino su débil recinto y las paredes de sus casas; pero habitadas estas por hombres resueltos a pelear de muerte, allí empezó la resistencia más vigorosa, más tenaz y sangrienta.
Enfermedades y contagio.
De la determinación de defender las casas nació la necesidad de abandonarlas, y de que se agolpase parte de la población a los barrios más lejanos del ataque, con lo cual crecieron en ellos los apuros y angustias. El bombardeo era espantoso desde el 10, y para guarecerse de él, amontonándose las familias en los sótanos, inficionaban el aire con el aliento de tantos, con la falta de ventilación, y el continuado arder de luces y leña. De ello provinieron enfermedades que a poco se transformaron en horroroso contagio. Contribuyeron a su propagación los malos y no renovados alimentos, la zozobra, el temor, la no interrumpida agitación, las dolorosas nuevas de la muerte del padre, del esposo, del amigo; trabajos que a cada paso martillaban el corazón.
Los franceses continuaron sus obras concluyendo el 21 la tercera paralela de la derecha, y entonces fijaron el emplazamiento de contrabaterías y baterías de brecha del recinto de la plaza. Procuraban los españoles por su parte molestar al enemigo con salidas, y ejecutando acciones arrojadas, largas de referir.
Temores de los franceses.
No solo padecían los franceses con el daño que de dentro de Zaragoza se les hacía, sino que también andaban alterados con el temor de que de fuera los atacasen cuadrillas numerosas: y se confirmaron en ello con lo acaecido en Alcañiz. Por aquella parte y camino de Tortosa habían destacado para acopiar víveres al general Wathier con 600 caballos y 1200 infantes. Gente que perdieron en Alcañiz. En su ruta fue este molestado por los paisanos y algunos soldados sueltos, en términos que deseoso de destruirlos los acosó hasta Alcañiz, en cuyas calles los perseguidos y los moradores defendiéronse con tal denuedo que para enseñorearse de la población perdieron los franceses más de 400 hombres.
Acrecentose su desasosiego con las voces esparcidas de que el marqués de Lazán y Don Francisco Palafox venían al socorro de Zaragoza; voces entonces falsas, pues Lazán estaba lejos en Cataluña, y su hermano Don Francisco, si bien había pasado a Cuenca a implorar la ayuda del duque del Infantado, no le fue a este lícito condescender con lo que pedía. Daba ocasión al engaño una corta división de 4 a 5000 hombres que Don Felipe Perena, saliendo de Zaragoza, reunió fuera de sus muros, y la cual, ocupando a Villafranca, Leciñena y Zuera, recorría la comarca.
Por escasas que fuesen semejantes fuerzas instaba a los franceses destruirlas: cuando no, podían servir de núcleo a la organización de otras mayores. Llegada del mariscal Lannes. Favoreció a su intento la llegada el 22 de enero del mariscal Lannes. Restablecido de su indisposición acudía este a tomar el mando supremo del tercero y quinto cuerpo, que mandados separadamente por jefes entre sí desavenidos, no concurrían a la formación del sitio con la debida unión y celeridad. Puesto ahora el poder en una sola mano notáronse luego sus efectos. Llama a Mortier. Por de pronto ordenó Lannes al mariscal Mortier que de Calatayud volviese con la división del general Suchet, y que con ella, y el apoyo de la de Gazan que bloqueaba el Arrabal, Dispersa este a Perena. marchase al encuentro de la gente de Perena, que los franceses creían ser Don Francisco de Palafox. Aquel oficial dejando hacia Zuera alguna fuerza, replegose con el resto desde Perdiguera, donde estaba, a nuestra Señora de Magallón. Gente la suya nueva y allegadiza, ahuyentáronla fácilmente los franceses de las cercanías de Zaragoza, y pudieron continuar el sitio sin molestia ni diversión de afuera.
Redoblando pues su furia contra la ciudad abrieron espaciosa brecha en su recinto, y ya no les quedaba sino pasar el Huerva para intentar el asalto. Construyeron dos puentes, y en la orilla izquierda dos plazas de armas donde se reuniese la gente necesaria al efecto. Los nuestros, sin dejar de defender algunos puntos aislados que les quedaban fuera, perfeccionaban también sus atrincheramientos interiores.
Asalto de los franceses al recinto de la ciudad.
El 27 determinaron los enemigos dar el asalto. Dos brechas practicables se les ofrecían, una enfrente del convento de San José, y otra más a la derecha cerca de un molino de aceite que ocupaban. En el ataque del centro habían también abierto una brecha en el convento de Santa Engracia, y por ella y las otras dos corrieron al asalto en aquel día a las doce de la mañana. La campana de la torre nueva avisó a los sitiados del peligro. Todos a su tañido se atropellaron a las brechas. Por la del molino embistieron los franceses, y se encaramaron sin que los detuvieran dos hornillos a que se prendió fuego; mas un atrincheramiento interior y una granizada de balas, metralla y granadas, los forzaron a retirarse, limitándose a coronar con dificultad lo alto de la brecha por medio de un alojamiento. Enfrente de San José, rechazados repetidas veces, consiguieron al fin meterse desde la brecha en una casa contigua, y hubieran pasado adelante a no haberlos contenido la intrepidez de los sitiados. El ataque contra Santa Engracia, si bien al principio ventajoso al enemigo, saliole después más caro que los otros. Tomaron en efecto sus soldados aquel monasterio, enseñoreáronse del convento inmediato de las Descalzas, y enfilando desde él la larga cortina que iba de Santa Engracia al puente de Huerva obligaron a los españoles a abandonarla. Alentados los franceses con la victoria se extendieron hasta la Puerta del Carmen, y llevados de igual ardor los que de ellos guardaban la paralela del centro, acometieron por la izquierda, se hicieron dueños del convento de Trinitarios descalzos, y ya avanzaban a la Misericordia cuando se vieron abrasados con el fuego de dos cañones, y el daño que recibían de calles y casas. Los nuestros persiguiéndolos hicieron una salida, y hasta se metieron en el convento de trinitarios, que fuera otra vez suyo sin el pronto socorro que trajo a los contrarios el general Morlot. Murieron de los franceses 800 hombres, en cuyo número se contaron varios oficiales de ingenieros.
Muerte de Sangenís.
Pero de esta clase tuvieron los españoles que llorar al siguiente día la dolorosa pérdida del comandante Don Antonio Sangenís, que fue muerto en la batería llamada Palafox al tiempo que desde ella observaba los movimientos del enemigo. Tenía cuarenta y tres años de edad, y amábanle todos por ser oficial valiente, experimentado y entendido. Y aunque de condición afable, era tal su entereza que desde el primer sitio había dicho: «no se me llame a consejo si se trata de capitular, porque nunca será mi opinión que no podamos defendernos.»
Estragos de bombardeo y epidemia.
El bombardeo mientras tanto continuaba sus estragos, siendo mayores los de la epidemia, de que ya morían 350 personas por día, y los hubo en que fallecieron 500. Faltaban los medicamentos, estaban henchidos de enfermos los hospitales, costaba una gallina cinco pesos fuertes, carecíase de carne y de casi toda legumbre. Ni había tiempo ni espacio para sepultar los muertos, cuyos cadáveres hacinados delante de las iglesias, esparcidos a veces y desgarrados por las bombas, ofrecían a la vista espantoso y lamentable espectáculo. Confiado el mariscal Lannes de que en tal aprieto se darían a partido los españoles, sobre todo si eran noticiosos de lo que en otras partes ocurría, Intimación de Lannes. Dicho de Palafox. envió un parlamento comunicando los desastres de nuestros ejércitos y la retirada de los ingleses. Mas en balde: los zaragozanos nada escucharon; en vez de amilanarse crecía su valor al par de los apuros. Su caudillo, firme como ellos, repetía: «defenderé hasta la última tapia.»
Resistencia en casas y edificios.
Los franceses entonces yendo adelante en sus embestidas, inútilmente quisieron el 28 y 29 apoderarse por su derecha de los conventos de San Agustín y Santa Mónica. Tampoco pudieron vencer el obstáculo de una casa intermedia que les quedaba para penetrar en la calle de la Puerta quemada. Lo mismo les sucedió con una manzana contigua a Santa Engracia, empezando entonces a disputarse con encarnizamiento la posesión de cada casa, y de cada piso, y de cada cuarto.
Minas de los franceses.
Siendo muy mortífero para los franceses este desconocido linaje de defensa, resolvieron no acometer a pecho descubierto, y emprendieron por medio de minas una guerra terrible y escondida. Aunque en ella les daban su saber y recursos grandes ventajas, no por eso se abatieron los sitiados; y sosteniéndose entre las ruinas y derribos que causaban las minas enemigas, no solo procuraban conservar aquellos escombros, sino que también querían recuperar los perdidos. Intentáronlo aunque en vano con el convento de Trinitarios descalzos. La lid fue porfiada y sangrienta; quedó herido el general francés Rostollant y muertos muchos de sus oficiales. Nuestros paisanos y soldados abalanzábanse al peligro como fieras. Patriotismo y fervor de algunos eclesiásticos. Y sacerdotes piadosos y atrevidos no cesaban de animarlos con sus lenguas y dar consuelos religiosos a los que caían heridos de muerte, siendo a veces ellos mismos víctima de su fervor. Augusto entonces y grandioso ministerio, que al paso que desempeñaba sus propias y sagradas obligaciones, cumplía también con las que en tales casos y sin excepción exige la patria de sus hijos.
A fuerza de empeño y trabajos, y valiéndose siempre de sus minas, se apoderaron los franceses el 1.º de febrero de San Agustín y Santa Mónica, y esperaron penetrar hasta el Coso por la calle de la Puerta quemada; empresa la última que se les malogró con pérdida de 200 hombres. Dolorosa fue también para ellos la toma en aquel día de algunas casas en la calle de Santa Engracia, Muerte del general Lacoste. cayendo atravesado de una bala por las sienes el general Lacoste, célebre ya en otros nombrados sitios. Sucediole Mr. Rogniat, herido igualmente en el siguiente día.
Murmuraciones del ejército francés.
Aunque despacio, y por decirlo así, a palmos, avanzaba el enemigo por los tres puntos principales de su ataque que acabamos de mencionar. Mas como le costaba tanta sangre, excitáronse murmuraciones y quejas en su ejército, las cuales estimularon al mariscal Lannes a avivar la conclusión de tan fatal sitio, acometiendo el Arrabal.
Embestida del Arrabal.
Seguía en aquella parte el general Gazan, habiéndose limitado hasta entonces a conservar riguroso bloqueo. Ahora según lo dispuesto por Lannes, emprendió los trabajos de sitio. El 7 de febrero embistieron ya sus soldados el convento de Franciscanos de Jesús a la derecha del camino de Barcelona. Tomáronle después de tres horas de fuego, arrojando de dentro a 200 hombres que le guarnecían; y no pudiendo ir más adelante por la resistencia que los nuestros les opusieron, paráronse allí y se atrincheraron.
Los progresos del enemigo en la ciudad.
Trató Lannes al mismo tiempo de que se diesen la mano con este ataque los de la ciudad, y puso su particular conato en que el de la derecha de San José se extendiese por la universidad y Puerta del Sol hasta salir al pretil del río. Tampoco descuidó el del centro, en donde los sitiados defendieron con tal tenacidad unas barracas que había junto a las ruinas del hospital, que según la expresión de uno de los jefes enemigos «era menester matarlos para vencerlos». Allí el sitiador, ayudado de los sótanos del hospital, atravesó la calle de Santa Engracia por medio de una galería, y con la explosión de un hornillo se hizo dueño del convento de San Francisco: hasta que subiendo por la noche al campanario el coronel español Fleury acompañado de paisanos, agujerearon juntos la bóveda y causaron tal daño a los franceses desde aquella altura, que huyeron estos recobrando después a duras penas el terreno perdido.
Nuevas murmuraciones del ejército francés.
Los combates de todos lados eran continuos, y aunque los sostenían por nuestra parte hombres flacos y macilentos, ensañábanse tanto, que creciendo las quejas del soldado enemigo, exclamaba: «que se aguardasen refuerzos, si no se quería que aquellas malhadadas ruinas fuesen su sepulcro.»
Toma del Arrabal.
Urgía pues a Lannes acabar sitio tan extraño y porfiado. El 18 de febrero volvió a seguirse el ataque del Arrabal; y con horroroso fuego, al paso que de un lado se derribaban frágiles casas, flanqueábase del otro el puente del Ebro para estorbar todo socorro, pereciendo al querer intentarlo el barón de Versages. A las dos de la tarde abierta brecha, penetraron los franceses en el convento de mercenarios llamado de San Lázaro. Fundación del rey don Jaime el Conquistador y edificio grandioso, fue defendido con el mayor valor; y en su escalera, de construcción magnífica, anduvo la lucha muy reñida: perecieron casi todos los que le guarnecían. Ocupado el convento por los franceses, quedó a los demás soldados del Arrabal cortada la retirada. Imposible fue, excepto a unos cuantos, repasar el puente, siendo tan tremendo el fuego del enemigo que no parecía sino que a manera de las del Janto, se habían incendiado las aguas del Ebro. En tamaño aprieto echaron los más de los nuestros por la orilla del río, capitaneándolos el comandante de Guardias españolas Manso; pero perseguidos por la caballería francesa, enfermos, fatigados y sin municiones, tuvieron que rendirse. Con el Arrabal perdieron los españoles entre muertos, heridos y prisioneros 2000 hombres.
Furioso ataque que los franceses preparan.
Dueños así los franceses de la orilla izquierda del Ebro, colocaron en batería 50 piezas, con cuyo fuego empezaron a arruinar las casas situadas al otro lado en el pretil del río. Ganaban también terreno dentro de la ciudad, extendiéndose por la derecha del Coso; y ocupado el convento de Trinitarios calzados se adelantaron a la calle del Sepulcro, procurando de este modo concertar diversos ataques. En tal estado, meditando dar un golpe decisivo, habían formado seis galerías de mina que atravesaban el Coso, y cargando cada uno de los hornillos con 3000 libras de pólvora, confiaban en que su explosión causando terrible espanto en los zaragozanos los obligaría a rendirse.
Deplorable estado de la ciudad.
No necesitaron los franceses acudir a medio tan violento. Menos eran de 4000 los hombres que en la ciudad podían sustentar las armas, 14.000 estaban postrados en cama, muchos convalecientes y los demás habían perecido al rigor de la epidemia y de la guerra. Desvanecíanse las esperanzas de socorro; Enfermedad de Palafox. y el mismo general Don José de Palafox, acometido de la enfermedad reinante, tuvo que transmitir sus facultades a una junta que se instaló en la noche del 18 al 19 de febrero. Componíase esta de 34 individuos, siendo su presidente Don Pedro María Ric, regente de la audiencia. Rodeada de dificultades convocó la nueva autoridad a los principales jefes militares, quienes trazando un tristísimo cuadro de los medios que quedaban de defensa, inclinaron los ánimos a capitular. Discutiose no obstante largamente la materia; mas pasando a votación, hubo de los vocales 26 que estuvieron por la rendición, y solo ocho, entre ellos Ric, se mantuvieron firmes en la negativa. En virtud de la decisión de la mayoría, enviose al cuartel general enemigo un parlamento, a nombre de Palafox, aceptando con alguna variación las ofertas que el mariscal Lannes había hecho días antes: pero este por tardía desechó con indignación la propuesta.
Propone la junta capitular.
La junta entonces pidió por sí misma suspensión de hostilidades. Aceptó el mariscal francés con expresa condición de que dentro de dos horas se le presentasen sus comisionados a tratar de la capitulación. En el pueblo y entre los militares había un partido numeroso que reciamente se oponía a ella, por lo cual hubo de usarse de precauciones.
Conferencia con Lannes.
Fue nombrado para ir al cuartel general francés Don Pedro María Ric con otros vocales. Recibiolos aquel mariscal con desdén y aun desprecio, censurando agriamente y con irritación la conducta de la ciudad, por no haber escuchado primero sus proposiciones. Amansado algún tanto con prudentes palabras de los comisionados, añadió Lannes, «respetaranse las mujeres y los niños, con lo que queda el asunto concluido.» «Ni aun empezado, replicó prontamente mas con serenidad y firmeza Don Pedro Ric, eso sería entregarnos sin condición a merced del enemigo, y en tal caso continuará Zaragoza defendiéndose, pues aún tiene armas, municiones, y sobre todo puños.»
Capitulación.
No queriendo sin duda el mariscal Lannes compeler a despecho ánimos tan altivos, reportose aun más, y comenzó a dictar la capitulación. En vano se esforzó Don Pedro Ric por alterar alguna de sus cláusulas o introducir otras nuevas. Fueron desatendidas las más de sus reclamaciones. Sin embargo instando para que por un artículo expreso se permitiese a Don José de Palafox ir a donde tuviese por conveniente, Palabra que da Lannes. replicó Lannes que nunca un individuo podía ser objeto de una capitulación; pero añadió que empeñaba su palabra de honor de dejar a aquel general entera libertad, así como a todo el que quisiese salir de Zaragoza. Estos pormenores, que es necesario no echar en olvido, han sido publicados en una relación impresa por el mismo Don Pedro María Ric, de cuya boca también nosotros se los hemos oído repetidas veces, mereciendo su dicho entera fe, como de magistrado veraz y respetable.
Firma la junta la capitulación.
La junta admitió y firmó el 20 la capitulación, airándose Lannes de que pidiese nuevas aclaraciones; mas de nada sirvió ni aun lo estipulado. Quebrántase por los franceses horrorosamente. En aquella misma noche la soldadesca francesa saqueó y robó; y si bien pudieran atribuirse tales excesos a la dificultad de contener al soldado después de tan penoso sitio, no admite igual excusa el quebrantamiento de otros artículos, ni la falta de cumplimiento de la palabra empeñada de dejar ir libre a Don José de Palafox. Maltrato dado a Palafox. Moribundo sacáronle de Zaragoza, a donde tuvieron que volverle por el estado de postración en que se hallaba. Apenas restablecido lleváronle a Francia, y encerrado en Vincennes padeció hasta en 1814 durísimo cautiverio.
Muerte de prisioneros, de Boggiero y Sas.
Fueron aun más allá los enemigos en sus demasías y crueldades. Despojaron a muchos prisioneros, mataron a otros y maltrataron a casi todos. Tres días después de la capitulación, a la una de la noche, llamaron de un cuarto inmediato al de Palafox, donde siempre dormía, a su antiguo maestro el padre Don Basilio Boggiero, y al salir se encontró con el alcalde mayor Solanilla, un capitán francés y un destacamento de granaderos que le sacaron fuera sin decirle a dónde le llevaban. Tomaron al paso al capellán Don Santiago Sas, que se había distinguido en el segundo sitio tanto como en el anterior, despidieron a Solanilla, y solos los franceses marcharon con los dos presos al puente de Piedra. Allí matáronlos a bayonetazos, arrojando sus cadáveres al río. Hirieron primero a Sas, y no se oyó de su boca como tampoco de la de Boggiero otra voz que la de animarse recíprocamente a muerte tan bárbara e impensada. Contolo así después y repetidas veces el capitán francés encargado de su ejecución, añadiendo que el mariscal Lannes le había ordenado los matase sin hacer ruido. ¡Atrocidad inaudita! A tal punto el vencedor atropelló en Zaragoza las leyes de la guerra y los derechos sagrados de la humanidad.
La capitulación se publicó en la Gaceta de Madrid de 28 de febrero,[*] (* Ap. n. 7-5.) nunca en los papeles franceses, sin duda para que se creyese que se había entregado Zaragoza a merced del conquistador, y disculpar así los excesos: como si con capitulación o sin ella pudieran permitirse muchos de los que se cometieron.
Entrada de Lannes en Zaragoza.
Fue nombrado el general Laval gobernador de Zaragoza. Hizo el 5 de marzo su entrada solemne Lannes, recibiéndole en la iglesia de nuestra Señora del Pilar P. Santander. el padre Santander, obispo auxiliar, que ausente en los dos sitios volvió a Zaragoza a celebrar el triunfo de los enemigos de su patria. (* Véase Ap. n. 7-6.) Junot sucede otra vez a Lannes. Del joyero de aquel templo se sacaron las más preciosas alhajas, pasando a manos de los principales jefes franceses bajo el nombre de regalos que hacía la junta.[*] El mariscal Lannes permaneció en Zaragoza hasta el 14 de marzo que partió a Francia sucediéndole por entonces en el mando el general Junot, duque de Abrantes.
Duró el sitio de Zaragoza 62 días; y sin la epidemia, principal ayudadora de los franceses, muchos esfuerzos y tiempo hubieran todavía empleado estos en la conquista. Al capitular solo era suya una cuarta parte de la ciudad, el Arrabal y 13 iglesias o conventos, Pérdidas de unos y de otros. (* Ap. n. 7-7.) y sin embargo su posesión les había costado tanto trabajo y la pérdida de más de 8000 hombres. Murieron de los españoles en ambos sitios 53.873 personas;[*] el mayor número en el último y de la epidemia. Ruinas de edificios y bibliotecas. Fueron destruidos con las bombas los más de los edificios. La biblioteca de la universidad, formada con la antigua de los jesuitas y enriquecida con varias dádivas, entre ellas una del ilustre aragonés Don Ramón de Pignatelli, se voló con una mina. Pereció también al final del sitio la del convenio de dominicos de San Ildefonso, fundada por el marqués de la Compuesta secretario de gracia y justicia de Felipe V, en la que había, sin los impresos, más de 2000 curiosos manuscritos. Tan destructora y enemiga de las letras es la guerra, aun hecha por naciones cultas.
Juicio sobre este sitio.
Muchos han dudado de si fue o no conveniente defender a Zaragoza; desaprobando otros con más razón el que se hubiesen encerrado tantas tropas en su recinto. Debiérase ciertamente haber acudido al remedio de semejante embarazo, sacando de allí las que se recogieron después de la rota de Tudela o cualesquiera otras: con tal que se hubiera limitado su número a los 14 o 15.000 hombres que antes había, y los cuales unidos al entusiasmado vecindario bastaban para escarmentar de nuevo al enemigo y detenerle largo tiempo delante de sus muros. Mas por lo que toca a la determinación de defender la ciudad, nos parece que fue acertada y provechosa. Los laureles adquiridos en el primer sitio habían dado al nombre de Zaragoza tan mágico influjo, que su pronta y fácil entrega hubiera causado desmayo en toda la nación. De otra parte su resistencia no solo impidió la ocupación de algunas provincias, deteniendo el ímpetu de huestes formidables, sino que también aquellos mismos hombres que tan bravos e impávidos se mostraban guarecidos de las tapias y las casas, no hubieran, inexpertos y en campo raso, podido sostenerse contra la práctica y disciplina de los franceses, mayormente cuando la impaciencia pública forzaba a aventurar imprudentes batallas.
Por varios y encontrados que en este punto hayan sido los dictámenes, nunca discordaron ni discordarán en calificar de gloriosísima y extraordinaria la defensa de Zaragoza. El general francés Rogniat, testigo de vista, nos dice con loable imparcialidad:[*] (* Ap. n. 7-8.) «La alteza de ánimo que mostraron aquellos moradores, fue uno de los más admirables espectáculos que ofrecen los anales de las naciones después de los sitios de Sagunto y Numancia.» Fuelo en efecto tanto, que en 1814 citose ya su ejemplo a los pueblos de Francia, como digno de imitarse, por aquel mismo Napoleón que antes hubiera querido borrarle de la memoria de los hombres.

RESUMEN
DEL
LIBRO OCTAVO.

José en Madrid. — Felicitaciones. — Sus providencias. — Comisarios regios. — Tropa española. — Junta criminal. — Comisarios de hacienda. — Opinión acerca de José. — Junta central en Sevilla. — Declaración unánime en favor de la causa peninsular de las provincias de América y Asia. — Auxilios que envían. — Decreto de la central sobre América de 22 de enero. — Nuevo reglamento para las juntas provinciales de España. — Tratado con Inglaterra de 9 de enero. — Subsidios de Inglaterra. — Tribunal de seguridad pública. — Centrales enviados a las provincias. — Marqués de Villel en Cádiz. — Los ingleses quieren ocupar la plaza. — Altercados que hubo en ello. — Alboroto en Cádiz. — Conducta extraña de Villel. — Riesgo que corre su persona. — Matan a Heredia. — Sosiégase el alboroto. — Ejércitos. — El de la Mancha. — Ataque de Mora. — Alburquerque y Cartaojal. — Pasa Alburquerque al ejército de Cuesta. — Avanza Cartaojal y se retira. — Acción de Ciudad Real. — Ejército de Extremadura. — Avanza a Almaraz. — Córtase el puente. — Pasan los franceses el Tajo. — Retíranse los nuestros. — Ventajas conseguidas por los españoles. — Únese Alburquerque a Cuesta. — Batalla de Medellín. — Sus resultas. — Determinación de la central. — Venegas sucede a Cartaojal. — Reflexiones. — Comisión de Sotelo. — Respuesta de la central. — Cartas de Sebastiani a Jovellanos y otros. — Cartas de Sebastiani al señor Jovellanos. — Contestación del señor Jovellanos. — Guerra de Austria. — Cataluña. — Alboroto de Lérida. — Reding en Tarragona. — Plan prudente de Martí. — Varíase. — Situación del ejército español. — Le atacan los franceses. — Entran en Igualada. — Movimientos de Saint-Cyr y Reding. — Batalla de Valls. — Entran los franceses en Reus. — Esperanzas de Saint-Cyr. — Salen vanas. — Guerra de somatenes. — Dificultad de las comunicaciones. — Retírase Saint-Cyr de las cercanías de Tarragona. — Pasa por Barcelona. — Estado de la ciudad. — Niéganse las autoridades civiles a prestar juramento. — Prenden a muchos y los llevan a Francia. — Pasa Saint-Cyr a Vic. — Muerte de Reding. — Sucede Coupigny. — Paisanos del Vallés. — Principio de las partidas en todo el reino. — Decreto de la central. — Porlier. — Don Juan Echávarri. — El Empecinado. — Ciudad Rodrigo y Wilson. — Asturias. — La junta. — Ballesteros. — Sus operaciones en Colombres. — Armamento de la provincia. — Worster. — Entran los asturianos en Ribadeo. — Y en Mondoñedo. — Sorprenden y dispersan los franceses a Worster. — Romana. — Su ejército. — Empieza el levantamiento de Galicia. — Mariscal Soult. — Trata de invadir a Portugal. — Inútil tentativa para atravesar el Miño. — Toma Soult hacia Orense. — Insurrección. — Los abades de Couto y Valladares. — El paisanaje molesta a los franceses en su marcha. — Soult y Romana. — Intimación a este. — Es desbaratada la retaguardia española. — Ataca a Villafranca. — Se apodera de la guarnición. — Llega Romana a Oviedo. — Altercado con la junta. — Invade Ney a Asturias. — Kellermann. — Romana se embarca en Gijón. — Saquean los franceses a Oviedo. — Sale Ney de Asturias. — Mahy amenaza a Lugo. — Desbarata al general Fournier. — Pone cerco a la ciudad. — Crece la insurrección de Galicia. — Barrio. — Junta de Lobera. — Sitia a Vigo el abad de Valladares. — Limia. — Tenreiro y el portugués Almeida. — Morillo. — Gogo. — Ríndese Vigo a los españoles. — Bloqueo de Tuy. — Le alzan. — Y evacuan la ciudad los franceses. — Se crea y aumenta la división del Miño. — Mándala Don Martín de la Carrera. — Desbarata a los franceses en el campo de la Estrella. — Campaña de Soult en Portugal. — Entran los franceses en Chaves. — En Braga. — Asoman a Oporto. — Estado de la ciudad. — Éntranla los franceses. — Gran matanza. — Conducta del mariscal Soult. — Pídenle sea rey. — Silveira recobra a Chaves. — Coronel Trant. — Regencia de Portugal. — Cradock y los ingleses. — Beresford manda a los portugueses. — Refuérzase el ejército inglés. — Sir A. Wellesley nombrado general en jefe. — Sus providencias. — Avanza a Coimbra. — Situación de los franceses. — Sociedad secreta de los filadelfos. — Plan de Wellesley. — Se apoderan los ingleses de Oporto. — Apuros de Soult. — Pasa la frontera. — Llega a Lugo. — Levanta Mahy el cerco. — Encuéntrase con Romana en Mondoñedo. — Marcha atrevida de los españoles. — Descontento del soldado con Romana. — Ney y Soult en Lugo. — Conciértanse para destruir el ejército español. — Conde de Noroña 2.º comandante de Galicia. — Acción del Puente de Sampayo. — Soult trata de pasar a Castilla. — Paisanos del Sil. — Quema de varios pueblos. — Romana en Celanova. — Soult en la Puebla de Sanabria. — General Franceschi cogido por el Capuchino. — Situación de Ney. — Mazarredo. — Bazán. — Evacúa Ney a Galicia. — Entra Noroña en la Coruña. — Worster y Bárcena. — Ballesteros pasa a Castilla y a las montañas de Santander. — Ocupa a Santander. — Echanle los franceses y se embarca. — Intrepidez de Porlier. — Marcha admirable del batallón de la Princesa. — Romana en la Coruña. — Sus providencias y negligencia. — Sale a Castilla. — Nombra a Mahy para Asturias. — Nombra a Ballesteros para mandar 10.000 hombres. — Sucédele después en el mando del ejército el duque del Parque. — Fin de este libro. — Parangón de la guerra de Austria y España. — Previsión notable de Pitt.

HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
