LIBRO OCTAVO.
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José en Madrid.
Habiendo la suerte favorecido tan poderosamente las armas francesas, pareció a muchos estar ya afianzada la corona de España en las sienes de José Bonaparte. Aumentose así el número de sus parciales, y ora por este motivo, y ora sobre todo por exigirlo el conquistador, acudieron sucesivamente a la corte a felicitar al nuevo rey diputaciones de los ayuntamientos y cuerpos de los pueblos sojuzgados. Felicitaciones. Esmeráronse algunas en sus cumplidos, y no quedaron en zaga las que representaban a los cabildos eclesiásticos y a los regulares, con la esperanza sin duda estos de parar el golpe que los amagaba. Mostráronse igualmente adictos varios obispos, y en tanto grado que dio contra ellos un decreto la junta central,[*] (* Ap. n. 8-1.) coligiéndose de ahí que si bien la mayoría del clero español como la de la nación estuvo por la causa de la independencia, no fue exclusivamente aquella clase ni el fanatismo, según queda ya apuntado, la que le dio impulso, sino la justa indignación general. Corrobórase esta opinión al ver que entre los eclesiásticos que abrazaron el partido de José, contáronse muchos de los que pasaban plaza de ignorantes y preocupados. Tan cierto es que en las convulsiones políticas el acaso, el error, el miedo colocan como a ciegas en una y otra parcialidad a varios de los que siguen sus opuestas banderas: motivos que reclaman al final desenlace recíproca indulgencia.
Sus providencias.
José luego que entró en Madrid en vano procuró tomar providencias que volviendo la paz y orden al reino, cautivasen el ánimo de sus nuevos súbditos. Ni tenía para ello medios bastantes, ni era fácil que el pueblo español lastimado hasta en lo más hondo de su corazón, escuchase una voz que a su entender era fingida y engañosa. Desgraciada por lo menos fue y de mal sonido la primera que resonó en los templos, y que se transmitió por medio de una circular fecha en 24 de enero. Ordenábase en su contenido con promesa de la futura evacuación de los franceses cantar en todos los pueblos un Te Deum en acción de gracias por las victorias que había en la península alcanzado Napoleón, que era como obligar a los españoles a celebrar sus propias desdichas.
Comisarios regios.
Al mismo tiempo salieron para las provincias con el título de comisarios regios sujetos de cuenta a restablecer el orden y las autoridades, predicar la obediencia y representar en todo y extraordinariamente la persona del monarca. Hubo de estos quienes trataron de disminuir los males que agobiaban a los pueblos; hubo otros que los acrecentaron desempeñando su encargo en provecho suyo y con acrimonia y pasión. Su influjo no obstante era casi siempre limitado, teniendo que someterse a la voluntad varia y antojadiza de los generales franceses.
Solo en Madrid se guardaba mayor obediencia al gobierno de José, y solo con los recursos de la capital y sobre todo con los derechos cobrados a la entrada de puertas podía aquel contar para subvenir a los gastos públicos. Estos en verdad no eran grandes, ciñéndose a los del gobierno supremo, pues ni corría de su cuenta el pago del ejército francés, ni tenía aun tropa ni marina española que aumentasen los presupuestos del estado. Tropa española. Sin embargo fue uno de sus primeros deseos formar regimientos españoles. La derrota de Uclés y las que la siguieron, proporcionaron a las banderas de José algunos oficiales y soldados. Pero los madrileños miraban a estos individuos con tal ojeriza y desvío, tiznándolos con el apellido de jurados, que no pudo al principio el gobierno intruso enregimentar ni un cuerpo completo de españoles. Apenas se veía el soldado vestido y calzado y repuesto de sus fatigas, pasaba del lado de los patriotas, y no parecía sino que se había separado temporalmente de sus filas para recobrar fuerzas, y empuñar armas que le volviesen la estimación perdida. Por eso ya en enero dieron en Madrid un decreto riguroso contra los ganchos y seductores de soldados y paisanos que de nada sirvió, empeñando este género de medidas en actos arbitrarios y de cada vez más odiosos cuando la opinión se muestra contraria y universal.
Junta criminal.
Así fue que en 16 de febrero creó el gobierno de José una junta criminal extraordinaria compuesta de cinco alcaldes de corte, la cual entendiendo en las causas de asesinos y ladrones, debía también juzgar a los patriotas. En el decreto [*] (* Ap. n. 8-2.) de su creación confundíanse estos bajo el nombre de revoltosos, sediciosos y esparcidores de malas nuevas, y no solo se les imponía a todos la misma pena, sino también a los que usasen de puñal o rejón. Espantosa desigualdad, mayormente si se considera que la pena impuesta era la de horca, la cual según la expresión del decreto había de ser ejecutada irremisiblemente y sin apelación. Y como si tan destemplado rigor no bastase, añadíase en su contexto que aquellos a quienes no se probase del todo su delito, quedarían a disposición del ministro de policía general para enviarlos a los tribunales ordinarios, y ser castigados con penas extraordinarias, conforme a la calidad de los casos y de las personas. Muchos perjuicios se siguieron de estas determinaciones: varias fueron las víctimas, teniendo que llorar entre ellas a un abogado respetable de nombre Escalera, cuyo delito se reducía a haber recibido cartas de un hijo suyo que militaba del lado de los patriotas. Su infausta suerte esparció en Madrid profunda consternación. Don Pablo Arribas, hombre de algunas letras, despierto, pero duro e inflexible, y que siendo ministro de policía promovía con ahinco semejantes causas, fue tachado de cruel y en extremo aborrecido, como varios de los jueces del tribunal criminal extraordinario: suerte que cabrá siempre a los que no obren muy moderadamente en el castigo de los delitos políticos, que por lo general solo se consideran tales en medio de la irritación de los ánimos, soliendo luego absolverlos la fortuna.
A las medidas de severidad del gobierno de José acompañaron o siguieron algunas benéficas que sucesivamente iremos notando. Su establecimiento sin embargo fue lento o nunca tuvo otro efecto que el de estamparse en la colección de sus decretos. Comisarios de hacienda. Inútilmente se mandó en 24 de abril que no se impusieran contribuciones extraordinarias en las provincias sometidas, nombrando comisarios de hacienda que lo evitasen y diesen principio a arreglar debidamente aquel ramo. El continuo paso y mudanza de tropas francesas, la necesidad y la codicia y malversación de ciertos empleados impedían el cumplimiento de bien ordenadas providencias, y achacábanse a veces al gobierno intruso los daños y males que eran obra de las circunstancias. Por lo demás nunca hubo, digámoslo así, un plan fijo de administración, destruido casi en sus cimientos el antiguo, y no adoptado aún el que había de emanar de la constitución de Bayona.
Opinión acerca de José.
José por su parte entregado demasiadamente a los deleites, poco respetado de los generales franceses, y desairado con frecuencia por su hermano, no crecía en aprecio a los ojos de la mayoría española, que le miraba como un rey de bálago, sujeto al capricho, a la veleidad y a los intereses del gabinete de Francia. Con lo cual si bien las victorias le granjeaban algunos amigos, ni su gobierno se fortalecía, ni la confianza tomaba el conveniente arraigo.
Junta central en Sevilla.
Menos afortunada que José en las armas, fuelo más la junta central en el acatamiento y obediencia que le rindieron los pueblos. Sin que la tuviesen grande afición, censurando a veces con justicia muchas de sus resoluciones, la respetaban y cumplían sus órdenes como procedentes de una autoridad que estimaban legítima. José Bonaparte no era dueño sino de los pueblos en que dominaban las tropas francesas: la central éralo de todos, aun de los ocupados por el enemigo, siempre que podían burlar la vigilancia de los que apellidaban opresores. Tranquila en su asiento de Sevilla apareció allí con más dignidad y brillo, dándole mayor realce la declaración en favor de la causa peninsular que hicieron las provincias de América y Asia.
Declaración unánime en favor de la causa peninsular de las provincias de América y Asia.
A imitación de las de Europa levantaron estas un grito universal de indignación al saber los acontecimientos de Bayona y el alzamiento de la península. Los habitantes de Cuba, Puerto Rico, Yucatán y el poderoso reino de Nueva España pronunciáronse con no menor unión y arrebatamiento que sus hermanos de Europa. En la ciudad de México, después de recibir pliegos de los diputados de Asturias en Londres y de la junta de Sevilla, celebrose en 9 de agosto de 1808 una reunión general de las autoridades y principales vecinos, en la que reconociendo a todas y a cada una de las juntas de España, se juró no someterse a otro soberano más que a Fernando VII y a sus legítimos sucesores de la estirpe real de Borbón, comprometiéndose a ayudar con el mayor esfuerzo tan sagrada causa. En las islas se entusiasmaron a punto de recobrar en noviembre de aquel año la parte española de Santo Domingo cedida a Francia por el tratado de Basilea. Idénticos fueron los sentimientos que mostraron sucesivamente Tierra Firme, Buenos Aires, Chile, el Perú y Nueva Granada. Idénticos los de todas las otras provincias de una y otra América española, cundiendo rápidamente hasta las remotas islas Filipinas y Marianas. Y si los agravios de Madrid y Bayona tocaron por su enormidad en inauditos, también es cierto que nunca presentó la historia del mundo un compuesto de tantos millones de hombres esparcidos por el orbe en distintos climas y lejanas regiones que se pronunciasen tan unánimemente contra la iniquidad y violencia de un usurpador extranjero.
Auxilios que envían.
Ni se limitó la declaración a vanos clamores, ni su expresión a estudiadas frases: acompañaron a uno y a otro cuantiosos donativos que fueron de gran socorro en la deshecha tormenta de fines del año de 8 y principios del 9. El laborioso catalán, el gallego, el vizcaíno, los españoles todos que a costa de sudor y trabajo habían allí acumulado honroso caudal, apresuráronse a prodigar socorros a su patria ya que la lejanía no les permitía servirla con sus brazos. El natural de América también siguió entonces el impulso que le dieron sus padres,[*] (* Ap. n. 8-3.) y no menos que doscientos ochenta y cuatro millones de reales vinieron para el gobierno de la central en el año de 1809. De ellos casi la mitad consistió en dones gratuitos o anticipaciones, estando las arcas reales muy agotadas con las negociaciones y derroche del tiempo de Carlos IV.
Decreto de la central sobre América de 22 de enero. (* Ap. n. 8-3 bis.)
Tan desinteresado y general pronunciamiento provocó en la central el memorable decreto [*] de 22 de enero, por el cual declarándose que no eran los vastos dominios españoles de Indias propiamente colonias sino parte esencial e integrante de la monarquía, se convocaba para representarlos a individuos que debían ser nombrados al efecto por sus ayuntamientos. Cimentáronse sobre este decreto todos los que después se promulgaron en la materia, y conforme a los cuales se igualaron en un todo con los peninsulares los naturales de América y Asia. Tal fue siempre la mente y aun la letra de la legislación española de Indias, debiendo atribuirse el olvido en que a veces cayó a las mismas causas que destruyeron y atropellaron en España sus propias y mejores leyes. La lejanía, lo tarde que a algunas partes se comunicó el decreto e impensados embarazos no permitieron que oportunamente acudiesen a Sevilla los representantes de aquellos paises, reservándose novedad de tamaña importancia para los gobiernos que sucedieron a la junta central.
Nuevo reglamento para las juntas provinciales de España.
Otros cuidados de no menor interés ocuparon a esta al comenzar el año de 1809. Fue uno de los primeros dar nueva planta a las juntas provinciales de donde se derivaba su autoridad, formando un reglamento con fecha de 1.º de enero según el cual se limitaban las facultades que antes tenían, y se dejaba solo a su cargo lo respectivo a contribuciones extraordinarias, donativos, alistamiento, requisiciones de caballos y armamento. Reducíase a nueve el número de sus individuos, se despojaba a estos de parte de sus honores, y se cambiaba la antigua denominación de juntas supremas en la de superiores provinciales de observación y defensa. También se encomendaba a su celo precaver las asechanzas de personas sospechosas, y proveer a la seguridad y apoyo de la central; encargo, por decirlo de paso, a la verdad extraño, poner su defensa en manos de autoridades que se deprimían. Aunque muchos aprobaron y en lo general se tuvo por justo circunscribir las facultades de las juntas, causó gran desagrado el artículo 10 del nuevo reglamento, según el cual se prohibía el libre uso de la imprenta, no pareciendo sino que al extenderse no estaba aún yerto el puño de Floridablanca. Alborotáronse varias juntas con la reforma, y la de Sevilla se enojó sobremanera, y a punto que suscitó la cuestión de renovar cada seis meses uno de sus individuos en la central, y aun llegó a dar sucesor al conde de Tilly. Encendiéndose más y más las contestaciones, suspendiose el nuevo reglamento, y nunca tuvo cumplido efecto ni en todas las provincias ni en todas sus partes. Quizá obró livianamente la central en querer arreglar tan pronto aquellas corporaciones mayormente cuando los acontecimientos de la guerra cortaban a veces la comunicación con el gobierno supremo; pero al mismo tiempo fueron muy reprensibles las juntas que movidas de ambición dieron lugar en aquellos apuros a altercados y desabrimientos.
Tratado con Inglaterra de 9 de enero.
Señalose también la entrada del año de 1809 con estrechar de un modo solemne las relaciones con Inglaterra. Hasta entonces las que mediaban entre ambos gobiernos eran francas y cordiales, pero no estaban apoyadas en pactos formales y obligatorios. Túvose pues por conveniente darles mayor y verdadera firmeza, concluyendo en 9 de enero en Londres un tratado de paz y alianza. Según su contenido se comprometió Inglaterra a asistir a los españoles con todo su poder; y a no reconocer otro rey de España e Indias sino a Fernando VII, a sus herederos o al legítimo sucesor que la nación española reconociese; y por su parte la junta central se obligó a no ceder a Francia porción alguna de su territorio en Europa y demás regiones del mundo, no pudiendo las partes contratantes concluir tampoco paz con aquella nación sino de común acuerdo. Por un artículo adicional se convino en dar mutuas y temporales franquicias al comercio de ambos estados, hasta que las circunstancias permitiesen arreglar sobre la materia un tratado definitivo. Quería entonces la central entablar uno de subsidios más urgente que ningún otro; pero en vano lo intentó.
Subsidios de Inglaterra.
Los que España había alcanzado de Inglaterra habían sido cuantiosos, si bien nunca se elevaron, sobre todo en dinero, a lo que muchos han creído. De las juntas provinciales solo las de Galicia, Asturias y Sevilla recibieron cada una 20.000.000 de reales vellón, no habiendo llegado a manos de las otras cantidad alguna, por lo menos notable. Entregáronse a la central 1.600.000 rs. en dinero, y en barras 20.000.000 de la misma moneda. A sus continuas demandas respondía el gobierno británico que le era imposible tener pesos fuertes si España no abría al comercio inglés mercados en América, por cuyo medio y en cambio de géneros y efectos de su fabricación le darían plata aquellos naturales. Por fundada que fuera hasta cierto punto dicha contestación, desagradaba al gobierno español, que con más o menos razón estaba persuadido de que con la facilidad adquirida desde el principio de la guerra de introducir en la península mercaderías inglesas, de donde se difundían a América, volvía a Inglaterra el dinero anticipado a los españoles, o invertido en el pago de sus propias tropas, siendo contados los retornos de otra especie que podía suministrar España.
Lo cierto es que la junta central con los cortos auxilios pecuniarios de Inglaterra, y limitada en sus rentas a los productos de las provincias meridionales, invirtiendo las otras los suyos en sus propios gastos, difícilmente hubiera levantado numerosos ejércitos sin el desprendimiento y patriotismo de los españoles, y sin los poderosos socorros con que acudió América, principalmente cuando dentro del reino era casi nulo el crédito, y poco conocidos los medios de adquirirle en el extranjero.
Levantáronse clamores contra la central respecto de la distribución de fondos, y aun acusáronla de haber malversado algunos. Probable es que en medio del trastorno general, y de resultas de batallas perdidas y de dispersiones haya habido abusos y ocultaciones hechas por manos subalternas, mas injustísimo fue atribuir tales excesos a los individuos del gobierno supremo que nunca manejaron por sí caudales, y cuya pureza estaba al abrigo en casi todos hasta de la sospecha. A los ojos del vulgo siempre aparecen abultados los millones, y la malevolencia se aprovecha de esta propensión a fin de ennegrecer la conducta de los que gobiernan. En la ocasión actual eran los gastos harto considerables para que no se consumiese con creces lo que entró en el erario.
Tribunal de seguridad pública.
A modo del tribunal criminal de José creó asimismo la central uno de seguridad pública que entendiese en los delitos de infidencia, y aunque no tan arbitrario como aquel en la aplicación y desigualdad de las penas, reprobaron con razón su establecimiento los que no quieren ver rotos bajo ningún pretexto los diques que las leyes y la experiencia han puesto a las pasiones y a la precipitación de los juicios humanos. Ya en Aranjuez se estableció dicho tribunal con el nombre de extraordinario de vigilancia y protección; y aun se nombraron ministros por la mayor parte del consejo que le compusieran; mas hasta Sevilla y bajo otros jueces no se vio que ejerciese su terrible ministerio. Afortunadamente rara vez se mostró severo e implacable. Dirigió casi siempre sus tiros contra algunos de los que estaban ausentes y abiertamente comprometidos, respondiendo en parte a los fallos de la misma naturaleza que pronunciaba el tribunal extraordinario de Madrid. Solo impuso la pena capital a un ex guardia de corps que se había pasado al enemigo, y en abril de 1809 mandó ajusticiar en secreto, exponiéndolos luego al público, a Luis Gutiérrez y a un tal Echevarría, su secretario, mozo de entendimiento claro y despejado. El Gutiérrez había sido fraile y redactor de una gaceta en español que se publicaba en Bayona, y el cual con su compañero llevaba comisión para disponer los ánimos de los habitantes de América en favor de José. Encontráronles cartas del rey Fernando y del infante Don Carlos que se tuvieron por falsas. Quizá no fue injusta la pena impuesta, según la legislación vigente, pero el modo y sigilo empleado merecieron con razón la desaprobación de los cuerdos e imparciales.
Centrales enviados a las provincias.
Tampoco reportó provecho el enviar individuos de la central a las provincias, de cuya comisión hablamos en el libro sexto. La junta intitulándolos comisarios, los autorizó para presidir a las provinciales y representarla con la plenitud de sus facultades. Los más de ellos no hicieron sino arrimarse a la opinión que encontraron establecida, o entorpecer la acción de las juntas, no saliendo por lo general de su comisión ninguna providencia acertada ni vigorosa. Verdad es que siendo, conforme queda apuntado, pocos entre los individuos de la central los que se miraban como prácticos y entendidos en materias de gobierno, quedáronse casi siempre los que lo eran en Sevilla, yendo ordinariamente a las provincias los más inútiles y limitados. Marqués de Villel en Cádiz. Fue de este número el marqués de Villel: enviado a Cádiz para atender a su fortificación, y desarraigar añejos abusos en la administración de la aduana, provocó por su indiscreción y desatentadas providencias un alboroto que a no atajarse con oportunidad, hubiera dado ocasión a graves desazones. Como este acontecimiento se rozó con otro que por entonces y en la misma ciudad ocurrió con los ingleses, será bien que tratemos a un tiempo de entrambos.
Los ingleses quieren ocupar la plaza.
Luego que el gobierno británico supo las derrotas de los ejércitos españoles, y temiendo que los franceses invadiesen las Andalucías, pensó poner al abrigo de todo rebate la plaza de Cádiz, y enviar tropas suyas que la guarneciesen. Para el recibimiento de estas y para proveer en ello lo conveniente envió allí a Sir Jorge Smith con la advertencia, según parece, de solo obrar por sí en el caso de que la junta central fuese disuelta, o de que se cortasen las comunicaciones con el interior. No habiendo sucedido lo que recelaba el ministerio inglés, y al contrario estando ya en Sevilla el gobierno supremo, de repente y sin otro aviso notició el Sir Jorge al gobernador de Cádiz como S. M. B. le había autorizado para exigir que se admitiese dentro de la plaza guarnición inglesa: escribiendo al mismo tiempo a Sir Juan Cradock general de su nación en Lisboa, a fin de que sin tardanza enviase a Cádiz parte de las tropas que tenía a sus órdenes. Advertida la junta central de lo ocurrido, extrañó que no se la hubiera de antemano consultado en asunto tan grave, y que el ministro inglés Mr. Frere no le hubiese hecho acerca de ello la más leve insinuación. Resentida, dióselo a entender con oportunas reflexiones, previniendo al marqués de Villel su representante en Cádiz y al gobernador, que de ningún modo permitiesen a los ingleses ocupar la plaza, guardando no obstante en la ejecución de la orden el miramiento debido a tropas aliadas.
Altercados que hubo en ello.
A poco tiempo y al principiar febrero llegaron a la bahía gaditana con el general Mackenzie dos regimientos de los pedidos a Lisboa, y súpose también entonces por el conducto regular cuáles eran los intentos del gobierno inglés. Este confiado en que la expedición de Moore no tendría el pronto y malhadado término que hemos visto, quería, conforme manifestó, trasladar aquel ejército o bien a Lisboa, o bien al mediodía de España; y para tener por esta parte un punto seguro de desembarco, había resuelto enviar de antemano a Cádiz al general Sherbrooke con 4000 hombres que impidiesen una súbita acometida de los franceses. Así se lo comunicó Mr. Frere a la junta central, y así en Londres Mr. Canning al ministro de España Don Juan Ruiz de Apodaca, añadiendo que S. M. B. deseaba que el gobierno español examinase si era o no conveniente dicha resolución.
Parecían contrarios a los anteriores procedimientos de Sir George Smith los pasos que en la actualidad se daban, y disgustábale a la central que después de haber desconocido su autoridad se pidiese ahora su dictamen y consentimiento. No pensaba que Smith se hubiese excedido de sus facultades según se le aseguró, y más bien presumió que se achacaba al comisionado una culpa que solo era hija de resoluciones precipitadas, sugeridas por el temor de que los franceses conquistasen en breve a España. Siguiéronse varias contestaciones y conferencias que se prolongaron bastantemente. (* Ap. n. 8-4.) La junta mantúvose firme y con decoro, y terminó el asunto por medio de una juiciosa nota [*] pasada en 1.º de marzo, de cuyas resultas diose otro destino a las tropas inglesas que iban a ocupar a Cádiz.
Alboroto en Cádiz.
Al propio tiempo y cuando aún permanecían en su bahía los regimientos que trajo el general Mackenzie, se suscitó dentro de aquella plaza el alboroto arriba indicado, cuya coincidencia dio ocasión a que unos le atribuyesen a manejos de agentes británicos, y otros a enredos y maquinaciones de los parciales de los franceses; estos para impedir el desembarco e introducir división y cizaña, aquellos para tener un pretexto de meter en Cádiz las tropas que estaban en la bahía. Así se inclina el hombre a buscar en origen oscuro y extraordinario la causa de muchos acontecimientos. En el caso presente se descubre fácilmente esta en el interés que tenían varios en conservar los abusos que iba a desarraigar el marqués de Villel; en los desacordados procedimientos del último y en la suma desconfianza que a la sazón reinaba. Conducta extraña de Villel. El marqués en vez de contentarse con desempeñar sus importantes comisiones, se entrometió en dar providencias de policía subalterna, o solo propias del recogimiento de un claustro. Prohibía las diversiones, censuraba el vestir de las mujeres, perseguía a las de conducta equívoca, o a las que tal le parecían, dando pábulo con estas y otras medidas no menos inoportunas a la indignación pública. En tal estado bastaba el menor incidente para que de las hablillas y desabrimientos se pasase a una abierta insurrección.
Presentose con la entrada en Cádiz el 22 de febrero de un batallón de extranjeros compuesto de desertores polacos y alemanes. Desagradaba a los gaditanos que se metiesen en la plaza aquellos soldados, a su entender poco seguros: con lo que los enemigos de la central y los de Villel que eran muchos, soplando el fuego, tumultuaron la gente que se encaminó a casa del marqués para leer un pliego sospechoso a los ojos del vulgo, y el cual acababa de llegar al capitán del puerto. Manifestose el contenido a los alborotados, y como se limitase este a una orden para trasladar los prisioneros franceses de Cádiz a las islas Baleares, aquietáronse por de pronto, Riesgo que corre su persona. más luego arreciando la conmoción fue llevado el marqués con gran peligro de su persona a las casas consistoriales. Crecieron las amenazas, y temerosos algunos vecinos respetables de que se repitiese la sangrienta y deplorable escena de Solano, acudieron a libertar al angustiado Villel acompañados del gobernador D. Félix Jones y de Fr. Mariano de Sevilla, guardián de capuchinos, que ofreció custodiarle en su convento. De entre los amotinados salieron voces de que los ingleses aprobaban la sublevación, y teniéndolas por falsas rogó el gobernador Jones al general Mackenzie que las desvaneciese, en cuyo deseo condescendió el inglés. Con lo cual, y con fenecer el día se sosegó por entonces el tumulto.
A la mañana siguiente publicó el gobernador un bando que calmase los ánimos; más enfureciéndose de nuevo el populacho quiso forzar la entrada del castillo de santa Catalina, y matar al general Caraffa que con otros estaba allí preso. Púdose afortunadamente contener con palabras a la muchedumbre, entre la que hallándose ciertos contrabandistas, Matan a Heredia. revolvieron sobre la Puerta del mar, cogieron a Don José Heredia, comandante del resguardo, contra quien tenían particular encono, y le cosieron a puñaladas. Sosiégase el alboroto. La atrocidad del hecho, el cansancio y los ruegos de muchos calmaron al fin el tumulto, prendiendo los voluntarios de Cádiz a unos cuantos de los más desasosegados.
Ejércitos.
Afligían a los buenos patricios tan tristes y funestas ocurrencias, sin que por eso se dejase de continuar con la misma constancia en el santo propósito de la libertad de la patria. La central ponía gran diligencia en reforzar y dar nueva vida a los ejércitos que habiéndose acogido al mediodía de España le servían de valladar. En febrero del apellidado del centro y de la gente que el marqués del Palacio y después el conde de Cartaojal habían reunido en la Carolina, formose solo uno, según insinuamos, a las órdenes del último general. En Extremadura prosiguió Don Gregorio de la Cuesta juntando dispersos y restableciendo el orden y la disciplina para hacer sin tardanza frente al enemigo. De cada uno de estos dos ejércitos y de sus operaciones hablaremos sucesivamente.
El de la Mancha.
El que mandaba Cartaojal, ahora llamado de la Mancha, constaba de 16.000 infantes y más de 3000 caballos. Los que de ellos se reunieron en la Carolina tuvieron más tiempo de arreglarse; y la caballería numerosa y bien equipada, si no tenía la práctica y ejercicios necesarios, por lo menos sobresalía en sus apariencias. Debían darse la mano las operaciones de este ejército con las del general Cuesta en Extremadura, y ya antes de ser separado del mando del ejército del centro el duque del Infantado, se había convenido en febrero entre él y el de Cartaojal hacer un movimiento hacia Toledo, que distrajese parte de las fuerzas enemigas que intentaban cargar a Cuesta. Con este propósito púsose a las órdenes del duque de Alburquerque, encargado del mando de la vanguardia del ejército del centro después de la batalla de Uclés, una división formada con soldados de aquel y con otros del de la Carolina; constando en todo de 9000 infantes, 2000 caballos y 10 piezas de artillería.
Ataque de Mora.
Era el de Alburquerque mozo valiente, dispuesto para este género de operaciones. Encaminose por Ciudad Real y el país quebrado y de bosque espeso llamado la Gualdería, y se acercó a Mora que ocupaba con 500 a 600 dragones franceses el general Dijon. Aunque por equivocación de los guías y cierto desarreglo que casi siempre reinaba en nuestras marchas, no había llegado aún toda la gente de Alburquerque, particularmente la infantería, determinó este atacar a los enemigos el 18 de febrero: los cuales advertidos por el fuego de las guerrillas españolas evacuaron la villa de Mora, y solo fueron alcanzados camino de Toledo. Acometiéronlos con brío nuestros jinetes, señaladamente los regimientos de España y Pavía, mandados por sus coroneles Gámez y príncipe de Anglona, y acosándolos de cerca se cogieron unos 80 hombres, equipajes y el coche del general Dijon.
Avisados los franceses de las cercanías de tan impensado ataque, comenzaron a reunir fuerzas considerables, de lo que temeroso Alburquerque se replegó a Consuegra en donde permaneció hasta el 22. En dicho día se descubrieron los franceses por la llanura que yace delante de la villa, y desde las nueve de la mañana estuvo jugando de ambos lados la artillería, hasta que a las tres de la misma tarde sabedor Alburquerque de que 11.000 infantes y 3000 caballos venían sobre él, creyó prudente replegarse por la Cañada del puerto de Gineta. No siguió el enemigo, parándose en el bosque de Consuegra, y los españoles se retiraron a Manzanares descansadamente. Infundió esta excursión, aunque de poca importancia, seguridad en el soldado, y hubiera podido ser comienzo de otras que le hiciesen olvidar las anteriores derrotas y dispersiones.
Alburquerque y Cartaojal.
Pero en vez de pensar los jefes en llevar a cabo tan noble resolución, entregáronse a celos y rencillas. El de Alburquerque fundadamente insistía en que se hiciesen correrías y expediciones para adiestrar y foguear la tropa; mas, inquieto y revolvedor, sustentaba su opinión de modo que, enojando a Cartaojal, mirábale este con celosa ojeriza. En tanto los franceses habían vuelto a sus antiguas posiciones, y fortaleciéndose en el ejército español y cundiendo el dictamen de Alburquerque, aparentó el general en jefe adherir a él; determinando que dicho duque fuese con 2000 jinetes la vuelta de Toledo, en donde los enemigos tenían 4000 infantes y 1500 caballos. Dobladas fuerzas que las que estos tenían había pedido aquel para la expedición, único medio de no aventurar malamente tropas bisoñas como lo eran las nuestras. Por lo mismo juzgó con razón el de Alburquerque que la condescendencia del conde de Cartaojal no era sino imaginada traza para comprometer su buena fama; con lo cual creciendo entre ambos la enemistad, acudieron con sus quejas a la central, sacrificando así a deplorables pasiones la causa pública.
Pasa Alburquerque al ejército de Cuesta.
Se aprobó en Sevilla el plan del duque, pero debiendo aumentarse el ejército de Cuesta con parte del de la Mancha, por haber engrosado el suyo en Extremadura los franceses, aprovechose Cartaojal de aquella ocurrencia para dar al de Alburquerque el encargo de capitanear las divisiones de los generales Bassecourt y Echávarri, destinadas a dicho objeto. Mas compuestas ambas de 3500 hombres y 200 caballos, advirtieron todos que con color de poner al cuidado del duque una comisión importante, no trataba Cartaojal sino de alejarle de su lado. Censurose esta providencia no acomodada a las circunstancias: pues si Alburquerque empleaba a veces reprensibles manejos y se mostraba presuntuoso, desvanecíanse tales faltas con el espíritu guerrero y deseo de buen renombre que le alentaban.
El conde de Cartaojal había sentado su cuartel general en Ciudad Real; extendíase la caballería hasta Manzanares ocupando a Daimiel, Torralba y Carrión, y la infantería se alojaba a la izquierda y a espaldas de Valdepeñas. Don Francisco Abadía, cuartel-maestre, y los jefes de las divisiones trabajaron a porfía en ejercitar la tropa, pero faltaba práctica en la guerra y mayor conocimiento de las grandes maniobras.
Avanza Cartaojal y se retira.
Comenzó Cartaojal a moverse por su frente y avanzó el 24 de marzo hasta Yébenes. Allí Don Juan Bernuy que mandaba la vanguardia, atacó a un cuerpo de lanceros polacos, el cual queriendo retirarse por el camino de Orgaz, tropezó con el vizconde de Zolina, que le deshizo y cogió unos cuantos prisioneros. Mas entonces informado Cartaojal de que los franceses venían por otro lado a su encuentro con fuerzas considerables, en vano trató de recogerse a Consuegra, ocupada ya la villa por los enemigos. Sorprendido de que le hubiesen atajado así el paso volvió precipitadamente por Malagón a Ciudad Real, en donde entró en 26 a los tres días de su salida, y después de haber inútilmente cansado sus tropas.
Acción de Ciudad Real.
Habían los franceses juntado a las órdenes del general Sebastiani, sucesor en el mando del 4.º cuerpo del mariscal Lefebvre, 12.000 hombres de infantería y caballería, de los cuales divididos en dos trozos había tomado uno por el camino real de Andalucía, en tanto que otro partiendo de Toledo seguía por la derecha para flanquear y envolver a los españoles que confiadamente se adelantaban. No habiendo alcanzado su objeto, acosaron a los nuestros y los acometieron el 27 por todas partes. Desconcertado Cartaojal, sin tomar disposición alguna dejó en la mayor confusión sus columnas, que rechazadas aquel día y el siguiente en Ciudad Real, el Viso, Visillo y Santa Cruz de Mudela, fueron al cabo desordenadas, apoderándose el enemigo de varias piezas de artillería y muchos prisioneros. Las reliquias de nuestro ejército se abrigaron de la sierra y prontamente empezaron a juntarse en Despeñaperros y puntos inmediatos. Situose el cuartel general en Santa Elena y los franceses se detuvieron en Santa Cruz de Mudela, aguardando noticias del mariscal Victor, que al propio tiempo maniobraba en Extremadura.
Ejército de Extremadura.
Encargado el general Cuesta en diciembre del ejército que se había poco antes dispersado en aquella provincia, trató con particular conato de infundir saludable terror en la soldadesca desmandada y bravía desde el asesinato del general San Juan, y de reprimir al populacho de Badajoz, desbocado con las desgracias que allí ocurrieron al acabar el año. Y cierto que si a su condición dura hubiera entonces unido Cuesta mayor conocimiento de la milicia, y no tanto apresuramiento en batallar, con gran provecho de la patria y realce suyo hubiera llevado a término importantes empresas. A su solo nombre temblaba el soldado, y sus órdenes eran cumplidas pronta y religiosamente.
Avanza a Almaraz.
Rehecho y aumentado el corto ejército de su mando constaba ya a mediados de enero de 12.000 hombres repartidos en dos divisiones y una vanguardia. El 25 del mismo yendo de Badajoz sentó sus reales en Trujillo, y retirándose los franceses hacia Almaraz, fueron desalojados de aquellos alrededores, enseñoreándose el 29 del puente la vanguardia capitaneada por Don Juan de Henestrosa. Trasladose después el general Cuesta a Jaraicejo y Deleitosa, y dispuso cortar dicho puente como en vano lo había intentado antes el general Galluzo. Competía aquella obra con las principales de los romanos, fabricada por Pedro Uría a expensas de la ciudad de Plasencia en el reinado de Carlos V. Tenía 580 pies de largo, más de 25 de ancho y 134 de alto hasta los pretiles. Constaba de dos ojos y el del lado del norte, cuya abertura excedía de 150 pies, fue el que se cortó. No habiendo al principio surtido efecto los hornillos, hubo que descarnarle a pico y barreno, e hízose con tan poca precaución que al destrabar de los sillares, cayeron y se ahogaron 26 trabajadores con el oficial de ingenieros que los dirigía. Lástima fue la destrucción de tamaña grandeza, y en nuestro concepto arruinábanse con sobrada celeridad obras importantes y de pública utilidad, sin que después resultasen para las operaciones militares ventajas conocidas.
Pasan los franceses el Tajo.
El general Cuesta continuó en Deleitosa hasta el mes de marzo, no habiendo ocurrido en el intermedio sino un amago que hizo el enemigo hacia Guadalupe, de donde luego se retiró repasando el Tajo. Mas en dicho mes acercándose el mariscal Victor a Extremadura, se situó en el pueblo de Almaraz para avivar la construcción de un puente de balsas que supliese el destruido, no pudiendo la artillería transitar por los caminos que salían a Extremadura, desde los puentes que aún se conservaban intactos. Preparado lo necesario para llevar a efecto la obra, juzgó antes oportuno el enemigo desalojar a los españoles de la ribera opuesta en que ocupaban un sitio ventajoso, para cuyo fin pasaron 13.000 hombres y 800 caballos por el puente del Arzobispo, así denominado de su fundador el célebre Don Pedro Tenorio, prelado de Toledo. Puestos ya en la margen izquierda, se dividieron al amanecer del 18 en dos trozos, de los cuales uno marchó sobre las Mesas de Ibor, y otro a cortar la comunicación entre este punto y Fresnedoso. Retíranse los nuestros. Estaba entonces el ejército de Don Gregorio de la Cuesta colocado del modo siguiente: 5000 hombres formando la vanguardia, que mandaba Henestrosa, enfrente de Almaraz; la primera división de menos fuerza, y a las órdenes del duque del Parque recién llegado al ejército, en las Mesas de Ibor; la segunda de 2 a 3000 hombres mandada por Don Francisco Trías, en Fresnedoso, y la tercera, algo más fuerte, en Deleitosa con el cuartel general, por lo que se ve que hubo desde enero aumento en su gente. El trozo de franceses que tomó del lado de Mesas de Ibor acometió el mismo 18 al duque del Parque, quien después de un reencuentro sostenido se replegó a Deleitosa, adonde por la noche se le unió el general Trías. La víspera se había desde allí trasladado Cuesta al puerto de Miravete, en cuyo punto se reunió el ejército español, habiéndosele agregado Henestrosa con la vanguardia al saber que los enemigos se acercaban al puente de Almaraz por la orilla izquierda de Tajo.
Ventajas conseguidas por los españoles.
Entraron los nuestros en Trujillo el 19, y prosiguieron a Santa Cruz del Puerto: la vanguardia de Henestrosa, que protegía la retirada, tuvo un choque con parte de la caballería enemiga y la rechazó, persiguiéndola con señalada ventaja camino de Trujillo. Cuesta había pensado aguardar a los franceses en el mencionado Santa Cruz; mas detúvole el temor de que quizá viniesen con fuerza superior a la suya. Continuó pues retirándose con la buena dicha de que cerca de Miajadas los regimientos del Infante y de dragones de Almansa arremetiesen al del número 10 de caballería ligera de la vanguardia francesa y le acuchillasen, matando más de 150 de sus soldados. Únese Alburquerque a Cuesta. Entró Cuesta en Medellín el 22, y se alejó de allí queriendo esquivar toda pelea hasta que se le uniese el duque de Alburquerque, lo cual se verificó en la tarde del 27 en Villanueva de la Serena, viniendo, según en su lugar dijimos, de la Mancha.
Batalla de Medellín.
Juntas todas nuestras fuerzas revolvió el general Cuesta sobre Medellín en la mañana del 28, resuelto a ofrecer batalla al enemigo. Está situada aquella villa a la margen izquierda de Guadiana, y a la falda occidental de un cerro en que tiene asiento su antiguo castillo muy deteriorado, y cuyo pie baña el mencionado río. Merece particular memoria haber sido Medellín cuna del gran Hernán Cortés, existiendo todavía entonces, calle de la Feria, la casa en que nació; mas después de la batalla de que vamos a hablar, fue destruida por los franceses, no quedando ahora sino algunos restos de las paredes. Llégase a Medellín viniendo de Trujillo por una larga puente, y por el otro lado ábrese una espaciosa llanura despojada de árboles, y que yace entre la madre del río, la villa de Don Benito, y el pueblo de Mingabril. Cuesta trajo allí su gente en número de 20.000 infantes y 2000 caballos, desplegándose en una línea de una legua de largo, a manera de media luna, y sin dejar la menor reserva. Constaba la izquierda, colocada del lado de Mingabril, de la vanguardia y primera división, regidas por Don Juan de Henestrosa y el duque del Parque: el centro avanzado, y enfrente de Don Benito le guarnecía la segunda división del mando de Trías; y la derecha, arrimada al Guadiana, se componía de la tercera división del cargo del marqués de Portago, y de la fuerza traída por el duque de Alburquerque, formando un cuerpo que gobernaba el teniente general Don Francisco de Eguía. Situose Don Gregorio de la Cuesta en la izquierda, desde donde por ser el terreno algo más elevado descubría la campaña: también colocó del mismo lado casi toda la caballería, siendo el más amenazado por el enemigo.
Eran las once de la mañana cuando los franceses, saliendo de Medellín, empezaron a ordenarse a poca distancia de la villa, describiendo un arco de círculo comprendido entre el Guadiana y una quebrada de arbolado y viñedo que va de Medellín a Mingabril. Estaba en su ala izquierda la división de caballería ligera del general Lasalle, en el centro una división alemana de infantería, y a la derecha la de dragones del general Latour-Maubourg, quedando de respeto las divisiones de infantería de los generales Villatte y Ruffin. El total de la fuerza ascendía a 18.000 infantes y cerca de 3000 caballos. Mandaba en jefe el mariscal Victor.
Dio principio a la pelea la división alemana, y cargando dos regimientos de dragones repeliolos nuestra infantería que avanzaba con intrepidez. Durante dos horas lidiaron los franceses, retirándose lentamente y en silencio: nuestra izquierda progresaba, y el centro y la derecha cerraban de cerca al enemigo, cuya ala siniestra cejó hasta un recodo que forma el Guadiana al acercarse a Medellín. Las tropas ligeras de los españoles, esparcidas por el llano, amedrentaban por su número y arrojo a los tiradores del enemigo; y como si ya estuviesen seguras de la victoria, anunciaban con grande algazara que los campos de Medellín serían el sepulcro de los franceses. Por todas partes ganaba terreno el grueso de nuestra línea, y ya la izquierda iba a posesionarse de una batería enemiga a la sazón que los regimientos de caballería de Almansa y el Infante, y dos escuadrones de cazadores imperiales de Toledo, en vez de cargar a los contrarios volvieron grupa, y atropellándose unos a otros huyeron al galope vergonzosamente. En vano Don José de Zayas, oficial de gran valor y pericia, y que en realidad mandaba la vanguardia, en vano les gritaba acompañado de sus infantes firmes y serenos, «¿qué es esto? Alto la caballería. Volvamos a ellos que son nuestros...» Nada escuchaban, el pavor había embargado sus sentidos. Don Gregorio de la Cuesta al advertir tamaño baldón partió aceleradamente para contener el desorden; mas atropellado y derribado de su caballo estuvo próximo a caer en manos de los jinetes enemigos, que pasando adelante en su carga afortunadamente no le percibieron. Aunque herido en el pie, maltratado y rendido con sus años, pudo Cuesta volver a montar a caballo, y libertarse de ser prisionero.
Abandonada nuestra infantería de la izquierda por la caballería, fue desunida y rota, y cayendo sobre nuestro centro y derecha, que al mismo tiempo eran atacados por su frente, desapareció la formación de nuestra dilatada y endeble línea como hilera de naipes. El duque de Alburquerque fue el solo que pudo por algún tiempo conservar el orden, para tomar una loma plantada de viña que había a espaldas del llano; pero estrechada su gente por los dispersos, y aterrada con los gritos de los acuchillados, desarreglose simultáneamente, corriendo a guarecerse de los viñedos. Desde entonces todo el ejército no presentó ya otra forma sino la de una muchedumbre desbandada, huyendo a toda priesa de la caballería enemiga, que hizo gran mortandad en nuestros pobres infantes. Durante mucho tiempo los huesos de los que allí perecieron se percibían y blanqueaban, contrastando su color macilento en tan hermoso llano con el verde y matizadas flores de la primavera. Fue nuestra pérdida entre muertos, heridos y prisioneros de 10.000 hombres; la de los franceses, aunque bastante inferior, no dejó de ser considerable.
Así terminó y tan desgraciadamente la batalla de Medellín. Gloriosa para la infantería no lo fue para algunos cuerpos de caballería, que castigó severamente Don Gregorio de la Cuesta suspendiendo a tres coroneles, y quitando a los soldados una pistola hasta que recobrasen en otra acción el honor perdido. Pero por reprensible que en efecto fuese la conducta de estos, en nada descargaba a Cuesta del temerario arrojo de empeñar una batalla campal con tropas bisoñas y no bien disciplinadas, en una posición como la que escogió y en el orden en que lo hizo, sin dejar a sus espaldas cuerpo alguno de reserva. Claro era que rota una vez la línea quedaba su ejército deshecho, no teniendo en que sostenerse ni punto adonde abrigarse, al paso que los franceses, aun perdida por ellos la batalla, podían cubrirse detrás de unas huertas cerradas con tapia que había a la salida de Medellín, y escudarse luego con el mismo pueblo desamparado de los vecinos, apoyándose en el cerro del castillo. Sus resultas. Don Gregorio de la Cuesta con los restos de su ejército se retiró a Monasterio, límite de Extremadura y Andalucía, y en cuyo fuerte sitio debiera haber aguardado a los franceses si hubiera procedido como general entendido y prudente.
Determinaciones de la central.
La junta central al saber la rota de Medellín no sintió descaído su ánimo, a pesar del peligro que de cerca la amagaba. Elevó a la dignidad de capitán general a Don Gregorio de la Cuesta, al paso que temía su antiguo resentimiento en caso de que hubiese triunfado, y repartió mercedes a los que se habían conducido honrosamente, no menos que a los huérfanos y viudas de los muertos en la batalla. Púsose también el ejército de la Mancha a las órdenes de Cuesta, Venegas sucede a Cartaojal. aunque se nombró para mandarle de cerca a Don Francisco Venegas, restablecido de una larga enfermedad, y fue llamado el conde de Cartaojal, cuya conducta apareció muy digna de censura por lo ocurrido en Ciudad Real, pues allí no hubo sino desorden y confusión, y por lo menos en Medellín se había peleado.
Reflexiones.
Ahora haciendo corta pausa séanos lícito examinar la opinión de ciertos escritores, que al ver tantas derrotas y dispersiones han querido privar a los españoles de la gloria adquirida en la guerra de la independencia. Pocos son en verdad los que tal han intentado, y en alguno muéstrase a las claras la mala fe, alterando o desfigurando los hechos más conocidos. En los que no han obrado impelidos de mezquinas y reprehensibles pasiones, descúbrese luego el origen de su error en aquel empeño de querer juzgar la defensa de España como el común de las guerras, y no según deben juzgarse las patrióticas y nacionales. En las unas gradúase su mérito conforme a reglas militares; en las otras ateniéndose a la constancia y duración de la resistencia. «Median imperios [decía Napoleón en Leipzig] entre ganar o perder una batalla.» Y decíalo con razón en la situación en que se hallaba; pero no así a haber sostenido la Francia su causa, como lo hizo con la de la libertad al principio de la revolución. La Holanda, los Estados Unidos, todas las naciones en fin que se han visto en el caso de España, comenzaron por padecer descalabros y completas derrotas, hasta que la continuación de la guerra convirtió en soldados a los que no eran sino meros ciudadanos. Con mayor fundamento debía acaecer lo mismo entre nosotros. La Francia era una nación vecina, rica y poderosa, de donde sin apuro podían a cada paso llegar refuerzos. Sus ejércitos en gran parte no eran puramente mercenarios: producto de su revolución conservaban cierto apego al nombre de patria, y quince años de guerra y de esclarecidos triunfos les habían dado la pericia y confianza de invencibles conquistadores. Austriacos, prusianos, rusos, ingleses, preparados de antemano con cuantiosos medios, con tropas antiguas y bien disciplinadas, les habían cedido el campo en repetidas lides. ¿Qué extraño pues sucediese otro tanto a los españoles en batallas campales, en que el saber y maña en evoluciones y maniobras valían más que los ímpetus briosos del patriotismo? Al empezar la insurrección en mayo ya vimos cuán desapercibida estaba España para la guerra con 40.000 soldados escasos, inexpertos y mal acondicionados; dueños los franceses de muchas plazas fuertes, y teniendo 100.000 hombres en el corazón del reino. Y sin embargo, ¿qué no se hizo? En los primeros meses victoriosos los españoles en casi todas partes, estrecharon a sus contrarios contra el Pirineo. Cuando después reforzados estos inundaron con sus huestes los campos peninsulares, y oprimieron con su superioridad y destreza a nuestros ejércitos, la nación ni se desalentó, ni se sometieron los pueblos fácil ni voluntariamente. Y en enero embarcados los ingleses, solos los españoles, teniendo contra sí más de 200.000 enemigos, mirada ya en Europa como perdida su justísima causa, no solo se desdeñó todo acomodamiento, sino que peleándose por doquiera transitaban franceses, aparecieron de nuevo ejércitos que osaron aventurar batallas, desgraciadas es cierto, pero que mostraban los redoblados esfuerzos que se hacían, y lo porfiadamente que había de sustentarse la lucha empeñada. Cometiéronse graves faltas, descubriose a las claras la impericia de varios generales, lo bisoño de nuestros soldados, el abandono y atraso en que el anterior gobierno había tenido el ramo militar como los demás; pero brilló con luz muy pura el elevado carácter de la nación, la sobriedad y valor de sus habitadores, su desprendimiento, su conformidad e inalterable constancia en los reveses y trabajos, virtudes raras, exquisitas, más difíciles de adquirir que la táctica y disciplina de tropas mercenarias. Abulte en buen hora la envidia, el despecho, la ignorancia, los errores en que incurrimos: su voz nunca ahogará la de la verdad, ni podrá desmentir lo que han estampado en sus obras, y casi siempre con admirable imparcialidad, muchos de los que entonces eran enemigos nuestros, y señaladamente los dignos escritores Foy, Suchet y Saint-Cyr, que mandando a los suyos pudieron mejor que otros apreciar la resistencia y el mérito de los españoles.
Comisión de Sotelo.
Volvamos ya a nuestro propósito. Ocurridas las jornadas de Ciudad Real y Medellín, pensó el gobierno de José ser aquella buena sazón para tantear al de Sevilla, y entrar en algún acomodamiento. Salió de Madrid con la comisión Don Joaquín María Sotelo, magistrado que gozaba antes del concepto de hombre ilustrado, y que deteniéndose en Mérida dirigió desde allí al presidente de la junta central, por medio del general Cuesta, un pliego con fecha de 12 de abril, en el que anunciando estar autorizado por José para tratar con la junta el modo de remediar los males que ya habían experimentado las provincias ocupadas, y el de evitar los de aquellas que todavía no lo estaban, invitaba a que se nombrase al efecto por la misma junta una o más personas que se abocasen con él. La Central sin contestar en derechura a Sotelo, mandó a Don Gregorio de la Cuesta que le comunicase el acuerdo que de resultas había formado, justo y enérgico, concebido en estos términos. Respuesta de la central. «Si Sotelo trae poderes bastantes para tratar de la restitución de nuestro amado Rey, y de que las tropas francesas evacuen al instante todo el territorio español, hágalos públicos en la forma reconocida por todas las naciones, y se le oirá con anuencia de nuestros aliados. De no ser así la junta no puede faltar a la calidad de los poderes de que está revestida, ni a la voluntad nacional, que es de no escuchar pacto, ni admitir tregua, ni ajustar transacción que no sea establecida sobre aquellas bases de eterna necesidad y justicia. Cualquier otra especie de negociación, sin salvar al estado, envilecería a la junta, la cual se ha obligado solemnemente a sepultarse primero entre las ruinas de la monarquía, que a oír proposición alguna en mengua del honor e independencia del nombre español.» Insistió Sotelo respondiendo con una carta bastantemente moderada; mas la junta se limitó a mandar a Cuesta repitiese el mencionado acuerdo, «advirtiendo a Sotelo que aquella sería la última contestación que recibiría mientras los franceses no se allanasen, lisa y llanamente a lo que había manifestado la junta.» No pasó por consiguiente más adelante esta negociación emprendida quizá con sano intento; pero que entonces se interpretó mal, y dañó al anterior buen nombre del comisionado.
Cartas de Sebastiani a Jovellanos y otros. (* Ap. n. 8-6.)
También por la parte de la Mancha se hicieron al mismo tiempo iguales tentativas, escribiendo el general francés Sebastiani, que allí mandaba,[*] a Don Gaspar Melchor de Jovellanos individuo de la central, a Don Francisco de Saavedra ministro de hacienda, y al general del ejército de la Carolina Don Francisco Venegas. Es curiosa esta correspondencia, por colegirse de ella el modo diverso que tenían entonces de juzgar las cosas de España los franceses y los nacionales. Como sería prolijo insertarla íntegra, hemos preferido no copiar sino la carta del general Sebastiani a Jovellanos, y la contestación de este. Carta de Sebastiani al Señor Jovellanos. «Señor, la reputación de que gozáis en Europa, vuestras ideas liberales, vuestro amor por la patria, el deseo que manifestáis de verla feliz, deben haceros abandonar un partido que solo combate por la inquisición, por mantener las preocupaciones, por el interés de algunos grandes de España, y por los de la Inglaterra. Prolongar esta lucha es querer aumentar las desgracias de la España. Un hombre cual vos sois, conocido por su carácter y sus talentos, debe conocer que la España puede esperar el resultado más feliz de la sumisión a un rey justo e ilustrado, cuyo genio y generosidad deben atraerle a todos los españoles que desean la tranquilidad y prosperidad de su patria. La libertad constitucional bajo un gobierno monárquico, el libre ejercicio de vuestra religión, la destrucción de los obstáculos que varios siglos ha se oponen a la regeneración de esta bella nación, serán el resultado feliz de la constitución que os ha dado el genio vasto y sublime del emperador. Despedazados con facciones, abandonados por los ingleses que jamás tuvieron otros proyectos que el de debilitaros, el robaros vuestras flotas y destruir vuestro comercio, haciendo de Cádiz un nuevo Gibraltar, no podéis ser sordos a la voz de la patria que os pide la paz y la tranquilidad. Trabajad en ella de acuerdo con nosotros, y que la energía de España solo se emplee desde hoy en cimentar su verdadera felicidad. Os presento una gloriosa carrera; no dudo que acojáis con gusto la ocasión de ser útil al rey José y a vuestros conciudadanos. Conocéis la fuerza y el número de nuestros ejércitos, sabéis que el partido en que os halláis no ha obtenido la menor vislumbre de suceso: hubiérais llorado un día si las victorias le hubieran coronado, pero el Todopoderoso en su infinita bondad os ha libertado de esta desgracia.
Estoy pronto a entablar comunicación con vos y daros pruebas de mi alta consideración. — Horacio Sebastiani.»
Contestación del Señor Jovellanos.
«Señor general: Yo no sigo un partido, sigo la santa y justa causa que sigue mi patria, que unánimemente adoptamos los que recibimos de su mano el augusto encargo de defenderla y regirla, y que todos habemos jurado seguir y sostener a costa de nuestras vidas. No lidiamos, como pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los grandes de España: lidiamos por los preciosos derechos de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra independencia. Ni creáis que el deseo de conservarlos esté distante del de destruir los obstáculos que puedan oponerse a este fin; antes por el contrario y para usar de vuestra frase, el deseo y el propósito de regenerar la España y levantarla al grado de esplendor que ha tenido algún día, es mirado por nosotros como una de nuestras principales obligaciones. Acaso no pasará mucho tiempo sin que la Francia y la Europa entera reconozcan que la misma nación que sabe sostener con tanto valor y constancia la causa de su rey y de su libertad contra una agresión tanto más injusta cuanto menos debía esperarla de los que se decían sus primeros amigos, tiene también bastante celo, firmeza y sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente a la horrorosa suerte que le preparaban. No hay alma sensible que no llore los atroces males que esta agresión ha derramado sobre unos pueblos inocentes a quienes después de pretender denigrarlos con el infame título de rebeldes, se niega aun aquella humanidad, que el derecho de la guerra exige y encuentra en los más bárbaros enemigos. Pero ¿a quién serán imputados estos males? ¿A los que los causan violando todos los principios de la naturaleza y la justicia, o a los que lidian generosamente para defenderse de ellos y alejarlos de una vez y para siempre de esta grande y noble nación? Porque, señor general, no os dejéis alucinar: estos sentimientos que tengo el honor de expresaros son los de la nación entera, sin que haya en ella un solo hombre bueno aun entre los que vuestras armas oprimen, que no sienta en su pecho la noble llama que arde en el de sus defensores. Hablar de nuestros aliados fuera impertinente, si vuestra carta no me obligase a decir en honor suyo que los propósitos que les atribuís son tan injuriosos como ajenos de la generosidad con que la nación inglesa ofreció su amistad y sus auxilios a nuestras provincias, cuando desarmadas y empobrecidas los imploraron desde los primeros pasos de la opresión con que la amenazaban sus amigos.
En fin, señor general, yo estaré muy dispuesto a respetar los humanos y filosóficos principios, que según nos decís profesa vuestro rey José, cuando vea que ausentándose de nuestro territorio reconozca que una nación, cuya desolación se hace actualmente a su nombre por vuestros soldados, no es el teatro más propio para desplegarlos. Este sería ciertamente un triunfo digno de su filosofía, y vos, señor general, si estáis penetrado de los sentimientos que ella inspira, deberéis gloriaros también de concurrir a este triunfo para que os toque alguna parte de nuestra admiración y nuestro reconocimiento. Solo en este caso me permitirán mi honor y mis sentimientos entrar con vos en la comunicación que me proponéis, si la suprema junta central lo aprobare. Entre tanto recibid, señor general, la expresión de mi sincera gratitud por el honor con que personalmente me tratáis, seguro de la consideración que os profeso. Sevilla 24 de abril de 1809. — Gaspar de Jovellanos. — Excmo. señor general Horacio Sebastiani.»
Esta respuesta, digna de la pluma y del patriotismo de su autor, fue muy aplaudida en todo el reino así por su noble y elevado estilo, como por retratarse en su contenido los verdaderos sentimientos que animaban a la gran mayoría de la nación.
Guerra de Austria.
Semejantes tentativas de conciliación, prescindiendo de lo impracticables que eran, parecieron entonces, a pesar de tantas desgracias, más fuera de sazón por la guerra que empezaba en Alemania. Temores de ella que no tardaron en realizarse, habían, según se dijo, estimulado a Napoleón a salir precipitadamente de España. No olvidando nunca el Austria las desventajosas paces a que se había visto forzada desde la revolución francesa, y sobre todo la última de Presburgo, estaba siempre en acecho para no desperdiciar ocasión de volver por su honra y de recobrar lo perdido. Pareciole muy oportuna la de la insurrección española que produjo en toda Europa impresión vivísima, y siguió aquel gobierno cuidadosamente el hilo de tan grave acontecimiento. Demasiadamente abatida el Austria desde la última guerra, no podía por de pronto mostrar a las claras su propósito antes de prepararse y estar segura de que continuaba la resistencia peninsular. En Erfurt mantúvose amiga de Francia, mas con cierta reserva, y solo difirió bajo especiosos pretextos el reconocimiento de José. Napoleón, aunque receloso, confiando en que si apagaba pronto la insurrección de España nadie se atrevería a levantar el grito; sacó para ello conforme insinuamos, gran golpe de gente de Alemania, y dio de este modo nuevo aliento al Austria que disimuladamente aceleró los preparativos de guerra. En los primeros meses del año 1809 dicha potencia comenzó a quitarse el embozo publicando una especie de manifiesto en que declaraba quería ponerse al abrigo de cualquier empresa contra su independencia, y al fin arrojole del todo en 9 de abril en que el archiduque Carlos mandando su grande y principal ejército, abrió la campaña por medio de un aviso y atravesó el Inn, río que separa la Baviera de los estados austriacos. Lo poco prevenido que cogía a Napoleón esta guerra, las formidables fuerzas que de súbito desplegó el Austria, las muchas que Francia tenía en España, y lo desabrida que se mostraba la voz pública en el mismo imperio francés, daba a todos fundamento para creer que la primera alcanzaría victorias, de cuyas resultas tal vez se cambiaría la faz política de Europa. Para contribuir a ello y no desaprovechar la oportunidad envió la junta central a Viena como plenipotenciario suyo a Don Eusebio de Bardají y Azara, y aquella corte autorizó a Mr. Gennotte en calidad de encargado de negocios cerca del gobierno de Sevilla. Veremos luego cuán poco correspondió el éxito a esperanzas tan bien concebidas.
Cataluña
Ahora, después de haber referido lo que ocurrió durante estos meses en las provincias meridionales de España, será bien que hablemos de Cataluña y de las demás partes del reino. En aquella los ánimos habían andado perturbados después de las acciones perdidas, y de las voces y amenazas que venían de Aragón y varios puntos. Sin embargo en Tarragona no habrá olvidado el lector como la turbación no pasó de ciertos límites, luego que Vives dejó el mando y recayó este en Reding, mas en Lérida manchose con sangre. Alboroto de Lérida. Fue el caso que en 1.º de enero habiendo introducido en la plaza de día y sin precaución varios prisioneros franceses, alborotándose a su vista el vecindario y vociferando palabras de muerte, forzó el castillo a donde aquellos habían sido conducidos. Estaban también dentro encerrados el oidor de la audiencia de Barcelona Don Manuel Fortuny y su esposa, con otros cuatro o cinco individuos tachados con razón o sin ella de infidencia. Ciega la muchedumbre penetró en lo interior y mató a estos desgraciados y a varios de los prisioneros franceses. Duró tres días la sublevación, hasta que llegaron 300 soldados que envió el general Reding, con cuyo refuerzo y las prudentes exhortaciones del gobernador Don José Casimiro Lavalle, del obispo y otras personas, se sosegó el bullicio. Los principales sediciosos recibieron después justo y severo castigo: siendo muy de sentir que las autoridades andando más precavidas no hubiesen evitado de antemano tan lamentable suceso.
Reding en Tarragona.
Por su parte Don Teodoro Reding con nuevos cuerpos que llegaron de Granada y Mallorca y con reclutas había ido completando su ejército desde diciembre basta febrero, en cuyo espacio de tiempo había permanecido tranquilo el de los franceses sin empeñarse en grandes empresas: teniendo para proveerse de víveres que hacer excursiones en que perdió hombres y consumió 2.000.000 de cartuchos. El plan que en Tarragona siguió al principio el general Reding fue prudente, escarmentado con lo sucedido en Llinas y Molins de Rey. Plan prudente de Martí. Era obra de Don José Joaquín Martí, y consistía en no trabar acciones campales, en molestar al enemigo al abrigo de las plazas y puntos fragosos, en mejorar así sucesivamente la instrucción y disciplina del ejército, y en convertir la principal defensa en una guerra de montaña, según convenía a la índole de los naturales y al terreno en que se lidiaba. Todos concurrían con entusiasmo a alcanzar el objeto propuesto, y la junta corregimental de Tarragona mostró acendrado patriotismo en facilitar caudales, en acuñar la plata de las iglesias y de los particulares, y en proporcionar víveres y prendas de vestuario. Quísose sujetar a regla a los miqueletes, pero encontró la medida grande obstáculo en las costumbres y antiguos usos de los catalanes.
En sus demás partes, por juicioso que fuese el plan adoptado, no se persistió largo tiempo en llevarle adelante. Contribuyó a alterarle el marqués de Lazán que habiendo sido llamado de Gerona con la división de 6 a 7000 hombres que mandaba, llegó a la línea española en sazón de estar apurada Zaragoza. Interesado particularmente en su conservación, propuso el marqués y se aprobó que pasaría la sierra de Alcubierre con la fuerza de su mando, y que prestaría, si le era dado, algún auxilio a aquella ciudad. Llenos entonces los españoles de admiración y respeto por la defensa que allí se hacía, Varíase. murmuraban de que mayores fuerzas no volasen al socorro, pareciéndoles cosa fácil desembarazarse en una batalla del ejército del general Saint-Cyr. Había crecido el aliento de resultas de algunas cortas ventajas obtenidas en reencuentros parciales, y sobre todo porque retirándose el enemigo y reconcentrándose más y más, atribuyose a recelo lo que no era sino precaución. Aveníase bien con el osado espíritu de Reding la voz popular, y cundiendo esta con rapidez, resolvió aquel caudillo dar un ataque general; sobreponiéndose a las justas reflexiones de algunos jefes cuerdos y experimentados. Movíanle igualmente las esperanzas que le daban secretas relaciones de que Barcelona se levantaría al tiempo que su ejército se aproximase.
Situación del ejército español.
Se hallaba este en Tarragona esparcido en una enorme línea de 16 leguas, que partiendo de aquella ciudad se extendía hasta Olesa por el Coll de Santa Cristina, la Llacuna, Igualada y el Bruch. Las tropas de dicha línea que estaban fuera de Tarragona pasaban de 15.000 hombres, y las mandaba Don Juan Bautista de Castro. Las que había dentro de la plaza a las órdenes inmediatas del general en jefe Don Teodoro Reding ascendían a unos 10.000 hombres. Según el plan de ataque que se concertó, debía el general Castro avanzar e interponerse entre el enemigo y Barcelona, al paso que el general Reding aparecería con 8000 hombres en el Coll de Santa Cristina, descolgándose también de las montañas y por todos lados los somatenes.
Le atacan los franceses.
Los franceses en número de 18.000 hombres se alojaban en el Panadés, y su general en jefe había dejado maniobrar con toda libertad al de los españoles, confiado en que fácilmente rompería la inmensa línea dentro de la cual se presumía envolverle. Por fin el 16 de febrero cuando vio que iba a ser atacado, se anticipó tomando la ofensiva. Para ello después de haber dejado en el Vendrell la división del general Souham, salió de Villafranca con la de Pino, debiéndosele juntar las de los generales Chavot y Chabran cerca de Capelladas, y componiendo las tres 11.000 hombres. Antes de que se uniesen se habían encontrado las tropas del general Chavot con los españoles, cuyas guerrillas al mando de Don Sebastián Ramírez habían rechazado las del enemigo y cogido más de 100 prisioneros, entre los que se contó al coronel Carrascosa. Sacó de apuro a los suyos la llegada del general Saint-Cyr, quien repelió a los nuestros, y maniobrando después con su acostumbrada destreza, atravesó la línea española en la dirección de la Llacuna, y con un movimiento por el costado se apareció súbitamente a la vista de Igualada, y sorprendió al general Castro, que se imaginaba que solo sería atacado por el frente. Entran en Igualada. Vuelto de su error apresuradamente se retiró a Montmeneu y Cervera, a cuyos parajes ciaron también en bastante desorden las tropas más avanzadas. Los enemigos se apoderaron en Igualada de muchos acopios de que tenían premiosa necesidad, y recobraron los prisioneros que habían perdido la víspera en Capelladas.
Movimientos de Saint-Cyr y Reding.
Habiendo cortado de este modo el general Saint-Cyr la línea española, trató de revolver sobre su izquierda para destruir las tropas que guarecían los puntos de aquel lado, y unirse al general Souham. Dejó en Igualada a los generales Chabot y Chabran, y partió el 18 la vuelta de San Magín, de donde desalojó al brigadier Don Miguel Iranzo, obligándole a recogerse al monasterio de Santas Cruces, cuyas puertas en vano intentó el general francés que se le abriesen ni por fuerza ni por capitulación.
Noticioso en tanto Don Teodoro Reding de lo acaecido con Castro, salió de Tarragona acompañado de una brigada de artillería, 300 caballos y un batallón de suizos, con objeto de unir los dispersos y libertar al brigadier Iranzo. Consiguió que este y una parte considerable de la demás tropa se le agregasen en el Pla, Sarreal y Santa Coloma. Pero Saint-Cyr temeroso de ser atacado por fuerzas superiores, estando solo con la división de Pino, procuró unirse a la de Souham, y colocarse entre Tarragona y D. Teodoro Reding. Advertido este del movimiento del enemigo, decidió retroceder a aquella plaza, dejando a cargo de Don Luis Wimpffen unos 5000 hombres que cubriesen el corregimiento de Manresa, y observasen a los franceses que habían quedado en Igualada. Se mandó asimismo a Wimpffen proteger al somatén del Vallés y a los inmediatos destinados a ayudar la proyectada conspiración de Barcelona. Moviose después Reding hacia Montblanch llevando 10.000 hombres, y el 24 congregó a junta para resolver definitivamente si retrocedería a Tarragona, o si iría al encuentro de los franceses: tanto pesaba a su atrevido ánimo volver la espalda sin combatir. En el consejo opinaron muchos por enriscarse del lado de Prades y enderezar la marcha a Constantí enviando la artillería a Lérida: otros, y fue lo que se decidió, pensaron ser más honroso caminar con la artillería y los bagajes por la carretera que pasando entre el Coll de Riba y orillas del Francolí va a Tarragona, mas con la advertencia de no buscar al enemigo, ni de esquivar tampoco su encuentro si provocase a la pelea. Emprendiose la marcha y el 25 al rayar el alba, después de cruzar el puente de Goy, tropezaron los nuestros con la gran guardia de los franceses, la cual haciendo dos descargas se recogió al cuerpo de su división, que era la del general Souham situada en las alturas de Valls.
Batalla de Valls.
Don Teodoro Reding en vez de proseguir su marcha a Tarragona, conforme a lo acordado, retrocedió con la vanguardia y se unió al grueso del ejército que estaba en la orilla derecha del Francolí, colocado en la cima de unas colinas. Tomada esta determinación empeñose luego una acción general, a la que sobre todo alentó haber nuestras tropas ligeras rechazado a las enemigas. El general Castro regía la derecha española; quedó la izquierda y centro al cargo del general Martí.
La fuerza de los franceses consistía únicamente hasta entonces en la división de Souham, que teniendo su derecha del lado de Pla apoyaba su izquierda en el Francolí. En aquel pueblo permanecía el general Saint-Cyr con la división de Pino, cuya vanguardia cubría el boquete de Coll de Cabra, hasta que sabedor de haber Reding venido a las manos con Souham, se apresuró a juntarse con este. Antes de su llegada combatieron bizarramente los españoles durante cuatro horas, perdiendo terreno los franceses, los cuales reforzados a las tres de la tarde cobraron de nuevo ánimo. Entonces hubo generales españoles que creyeron prudente no aventurar las ventajas alcanzadas contra tropas que venían de refresco, resolviéndose por tanto a volver a ocupar la primera línea y proseguir el camino a Tarragona. Mas fuese por impetuosidad de los contrarios, o por la natural inclinación de Reding a no abandonar el campo, trabose de nuevo y con mayor ardor la pelea.
Formó el general Saint-Cyr cuatro columnas, dos en el centro con la división de Pino, y dos en las alas con la de Souham. Pasó el Francolí, y arremetió subir a la cima en que se habían vuelto a colocar nuestras tropas. La resistencia de los españoles fue tenacísima, cediendo solo al bien concertado ataque de los enemigos. Rota después y al cabo de largo rato la línea en vano se quiso rehacerla, salvándose nuestros soldados por las malezas y barrancos de la tierra. Alcanzaron a Don Teodoro Reding algunos jinetes enemigos; defendiose él y los oficiales que le acompañaban valerosamente, mas recibió cinco heridas y con dificultad pudo ponerse en cobro. Nuestra pérdida pasó de 2000 hombres: menor la de los franceses. Contamos entre los muertos oficiales superiores, y quedó prisionero con otros el marqués de Casteldosríus, grande de España. Los dispersos se derramaron por todas partes acogiéndose muchos a Tarragona, a donde llegó por la noche el general Reding sin que el pueblo le faltase al debido respeto, noticioso de cuanto había expuesto su propia persona.
Entran los franceses en Reus.
Los franceses entraron al siguiente día en Reus, cuyos vecinos permanecieron en sus casas contra la costumbre general de Cataluña, y el ayuntamiento salió a recibir a los nuevos huéspedes, y aun repartió una contribución para auxiliarlos. Irritó sobre manera tan desusado proceder, y desaprobole agriamente el general Reding como de mal ejemplo. Villa opulenta a causa de sus fábricas y manufacturas no quiso perder en pocas horas la acumulada riqueza de muchos años. Extendiéronse los franceses hasta el puerto de Salou, y cortaron la comunicación de Tarragona con el resto de España. Esperanzas de Saint-Cyr. Mucho esperó Saint-Cyr de la batalla de Valls, principalmente padeciéndose en Tarragona una enfermedad contagiosa nacida de los muchos enfermos y heridos hacinados dentro de la plaza, y cuyo número se había aumentado de resultas de un convenio que propuso el general Saint-Cyr y admitió Reding: según el cual no debían en adelante considerarse los enfermos y heridos de los hospitales como prisioneros de guerra, sino que luego de convalecidos se habían de entregar a sus ejércitos respectivos. Como estaban en este caso muchos más soldados españoles que franceses, pensaba el general Saint-Cyr que aumentándose así los apuros dentro de Tarragona, acabaría esta plaza por abrirle sus puertas. Tenía en ello tanta confianza que conforme él mismo nos refiere en sus memorias, determinó no alejarse de aquellos muros mientras que pudiese dar a sus soldados la cuarta parte de una ración. Conducta permitida si se quiere en la guerra, pero que nunca se calificará de humana.
Salen vanas.
Nada logró: los catalanes sin abatirse empezaron por medio de los somatenes y miqueletes a renovar una guerra destructora. Diez mil de ellos bajo el general Wimpffen y los coroneles Miláns y Clarós, atacaron a los franceses de Igualada, y los obligaron con su general Chabran a retirarse hasta Villafranca. Guerra de somatenes. Bloquearon otra vez a Barcelona, y cortando las comunicaciones de Saint-Cyr con aquella plaza, infundieron nuevo aliento en sus moradores. Quiso Chabran restablecerlas, mas rechazado retirose precipitadamente, hasta que insistiendo después con mayores fuerzas y por orden repetida de su general en jefe, abrió el paso en 14 de marzo.
No pudiendo ya, falto de víveres, sostenerse el general Saint-Cyr en el campo de Tarragona, se dispuso a abandonar sus posiciones y acercarse a Vic, como país más provisto de granos y bastante próximo a Gerona, cuyo sitio meditaba. Debía el 18 de marzo emprender la marcha: difiriose dos días a causa de un incidente que prueba cuán hostil se mantenía contra los franceses toda aquella tierra. Dificultad de las comunicaciones. Estaba el general Chabot apostado en Montblanch para impedir la comunicación de Reding con Wimpffen, y de este con la plaza de Lérida. Oyose un día en los puntos que ocupaba el ruido de un fuego vivo que partía de más allá de sus avanzadas. Tal novedad obligole a hacer un reconocimiento, por cuyo medio descubrió que provenía el estrépito de un encuentro de los somatenes con 600 hombres y dos piezas que traía un coronel enviado de Fraga por el mariscal Mortier, a fin de ponerse en relación con el general Saint-Cyr. A duras penas habían llegado hasta Montblanch, mas no les fue posible retroceder a Aragón, teniendo después que seguir la suerte de su ejército de Cataluña. Hecho que muestra de cuán poco había servido domeñar a Zaragoza, y ganar la batalla de Valls para ser dueños del país, puesto que a poco tiempo no le era dado a un oficial francés poder hacer un corto tránsito a pesar de tan fuerte escolta.
Retírase Saint-Cyr de las cercanías de Tarragona.
Esta ocurrencia, la de Chabran, y lo demás que por todas partes pasaba, afligía a los franceses viendo que aquella era guerra sin término, y que en cada habitante tenían un enemigo. Para inspirar confianza y dar a entender que nada temía, el 19 de marzo antes de salir de Valls envió el general Saint-Cyr a Reding un parlamentario avisándole que forzado por las circunstancias a acercarse a la frontera de Francia, partiría al día siguiente, y que si el general español quería enviar un oficial con un destacamento, le entregaría el hospital que allí había formado. Accedió Reding a la propuesta, manifestando con ella el general francés a su ejército el poco recelo que le daban en su retirada los españoles de Tarragona, oprimidos con enfermedades y trabajos. Paráronse algunos días las divisiones francesas del Llobregat allá, y aprovechándose de su reunión ahuyentaron a Wimpffen del lado de Manresa.
Pasa por Barcelona.
Entró al paso en Barcelona el general Saint-Cyr, en donde permaneció hasta el 15 de abril. Durante su estancia no solo se ocupó en la parte militar, sino que también tomó disposiciones políticas, de las que algunas fueron sobradamente opresivas. Estado de la ciudad. El general Duhesme había en todos tiempos mostrado temor de las conspiraciones que se tramaban en Barcelona, ya porque realmente las juzgase graves, o ya también por encarecer su vigilancia. No hay duda que continuaron siempre tratos entre gentes de fuera de la plaza y personas notables de dentro, siendo de aquellas principal jefe Don Juan Clarós, y de estas el mismo capitán general Villalba, sucesor que habían dado a Ezpeleta los franceses. En el mes de marzo recobrando ánimo después de pasados algunos días de la rota de Valls, acercose muchedumbre de miqueletes y somatenes a Barcelona, ayudándoles los ingleses del lado de la mar; hubo noche que llegaron hasta el glacis, y aun de dentro se tiraron tiros contra los franceses. En muchas de estas tentativas estaban quizá los conspiradores más esperanzados de lo que debieran, y a veces la misma policía aumentaba los peligros, y aun fraguaba tramas para recomendar su buen celo. Tal se decía de su jefe el español Casanova, y aun lo sospechaba el general Saint-Cyr, sirviendo de pretexto el nombre de conjuración para apoderarse de los bienes de los acusados. Mas con todo no dejó de haber conspiraciones que fueron reales, y que mantuvieron justo recelo entre los enemigos: motivo por el que quiso el general Saint-Cyr obligar con juramento a las autoridades civiles a reconocer a José, del mismo modo que se había intentado antes con los militares, sin que en ello fuese más dichoso.
Niéganse las autoridades civiles a prestar juramento.
Hasta entonces no había parecido a Duhesme conveniente exigírselo deseoso de evitar nueva irritación y disgustos, y se contentaba con que ejerciesen sus respectivas jurisdicciones: resolución prudente y que no poco contribuyó a la tranquilidad y buen orden de Barcelona. Mas ahora cumpliendo con lo que había dispuesto el general Saint-Cyr convocó al efecto el 9 de abril a la casa de la audiencia a las autoridades civiles, y señaladamente concurrieron a ella los oidores Mendieta, Vaca, Córdova, Beltrán, Marchamalo, Dueñas, Lasauca, Ortiz, Villanueva y Gutiérrez; nombres dignos de mentarse por la entereza y brío con que se portaron. Abriose la sesión con un discurso en que se invitaba a prestar el juramento, obligación que se suponía suspendida a causa de particulares miramientos. Negáronse a ello resueltamente casi todos, replicando con claras y firmes razones, principalmente los señores Mendieta y Don Domingo Dueñas, quien concluyó con expresar «que primero pisaría la toga que le revestía, que deshonrarla con juramentos contrarios a la lealtad.» Siguieron tan noble ejemplo seis de los siete regidores que habían quedado en Barcelona: lo mismo hicieron los empleados en las oficinas de contaduría, tesorería y aduana, afirmando el contador Asaguirre «que aun cuando toda España proclamase a José, él se expatriaría.» Veintinueve fueron los que de resultas se enviaron presos a Monjuich y a la ciudadela, sin contar otros muchos que quedaron arrestados en sus casas, en cuyo número se distinguían el conde de Ezpeleta y su sucesor Don Galcerán de Villalba. Al conducirlos a la prisión el pueblo agolpábase al paso, y mirándolos como mártires de la lealtad, los colmaba de bendiciones, y les ofrecía todo linaje de socorros.
Prenden a muchos y los llevan a Francia.
No satisfecho Saint-Cyr con esta determinación, resolvió poco después trasladarlos a Francia, medida dura y en verdad ajena de la condición apacible y mansa que por lo común mostraba aquel general, y tanto menos necesaria cuanto entre los presos si bien se contaban magistrados y empleados íntegros y de capacidad, no había ninguno inclinado a abanderizar parcialidades.
Pasa Saint-Cyr a Vic.
Tomada esta y otras providencias se alejó el general Saint-Cyr de Barcelona, y llegó a Vic el 18 de abril, cuya ciudad encontró vacía de gente, excepto los enfermos, seis ancianos y el obispo. Con la precipitación lleváronse solamente los vecinos las alhajas más preciosas, dejando provisiones bastantes que aliviaron la penuria con que siempre andaba el ejército enemigo. Allí recibió su general noticias de Francia de que carecía por el camino directo después de cinco meses, y empezose a preparar para el sitio de Gerona, pensando que el ejército español no estaba en el caso de poder incomodarle tan en breve. No se engañaba en su juicio, así por el estado enfermizo y de desorden en que se hallaba después de la batalla de Valls, Muerte de Reding. como también por el fallecimiento del general Reding acaecido en aquella plaza el 23 de abril. Al principio no se habían creído sus heridas de gravedad, pero empeorándose con las aflicciones y sinsabores pusieron término a su vida. Reding general diligente y de gran denuedo mostrose, aunque suizo de nación, Sucédele Coupigny. tan adicto a la causa de España, como si fuera hijo de su propio suelo. Sucediole interinamente el marqués de Coupigny.
La guerra de somatenes siempre proseguía encarnizadamente, y largos y difíciles de contar serían sus particulares y diversos trances. Muestra fue del ardor que los animaba la vigorosa Paisanos del Vallés. respuesta de los paisanos del Vallés a la intimación que los franceses les hicieron de rendirse. «El general Saint-Cyr [decían] y sus dignos compañeros podrán tener la funesta gloria de no ver en todo este país más que un montón de ruinas... pero ni ellos ni su amo dirán jamás que este partido rindió de grado la cerviz a un yugo que justamente rechaza la nación.»
Principio de las partidas en todo el reino.
Tal género de guerra cundió a todas las provincias nacido de las circunstancias y por acomodarse muy mucho a la situación física y geográfica de esta tierra de España, entretejida y enlazada con los brazos y ramales de montañas y sierras que como de principal tronco se desgajan de los Pirineos y otras cordilleras, las cuales aunque interrumpidas a veces por parameras, tendidas llanuras y deliciosas vegas, acanalando en unas partes los ríos, y en otras quebrando y abarrancando el terreno con los torrentes y arroyadas que de sus cimas descienden, forman a cada paso angosturas y desfiladeros propios para una guerra defensiva y prolongada. No menos ayudaba a ella la índole de los naturales, su valor, la agilidad y soltura de los cuerpos, su sencillo arreo, la sobriedad y templanza en el vivir que los hace por lo general tan sufridores de la hambre, de la sed y trabajos. Hubo sitios en que guerreaba toda la población: así acontecía en Cataluña, así en Galicia, según luego veremos, así en otras comarcas. En los demás parajes levantáronse bandas de hombres armados, a las que se dio el nombre de guerrillas. Al principio cortas en número crecieron después prodigiosamente, y acaudilladas por jefes atrevidos recorrían la tierra ocupada por el enemigo y le molestaban como tropas ligeras. Sin subir a Viriato puede con razón afirmarse que los españoles se mostraron siempre inclinados a este linaje de lides, que se llaman en la 2.ª Partida correduras y algaras, fruto quizá de los muchos siglos que tuvieron aquellos que pelear contra los moros, en cuyas guerras eran continuas las correrías a que debieron su fama los Vivares y los Munios Sanchos de Hinojosa. En la de sucesión, aunque varias provincias no tomaron parte por ninguno de los pretendientes, aparecieron no obstante cuadrillas en algunos parajes, y con tanta utilidad a veces de la bandera de la casa de Borbón, que el marqués de Santa Cruz de Marcenado en sus reflexiones militares las recomienda por los buenos servicios que habían hecho los paisanos de Benavarre. En la guerra contra Napoleón nacieron más que de un plan combinado de la naturaleza de la misma lucha. Engruesábanlas con gente las dispersiones de los ejércitos, la falta de ocupación y trabajo, la pobreza que resultaba, y sobre todo la aversión contra los invasores viva siempre y mayor cada día por los males que necesariamente causaban sus tropas en guerra tan encarnizada.
Decreto de la central.
La junta central sin embargo previendo cuán provechoso sería no dar descanso al enemigo y molestarle a todas horas y en todos sentidos, imaginó la formación de estos cuerpos francos, y al efecto publicó un reglamento en 28 de diciembre de 1808 en que despertando la ambición y excitando el interés personal, trataba al mismo tiempo de poner coto a los desmanes y excesos que pudieran cometer tropas no sujetas a la rigurosa disciplina de un ejército. Nunca se practicó este reglamento en muchas de sus partes, y aún no había circulado por las provincias cuando ya las recorrían algunos partidarios. Porlier. Fue uno de los primeros Don Juan Díaz Porlier, a quien denominaron el Marquesito por creerle pariente de Romana. Oficial en uno de los regimientos que se hallaron en la acción de Burgos, tuvo después encargo de juntar dispersos, y situose con este objeto en San Cebrián de Campos a tres leguas de Palencia. Allegó en diciembre de 1808 alguna gente, y ya en enero sorprendió destacamentos enemigos en Frómista, Rivas y Paredes de Nava, en donde se pusieron en libertad varios prisioneros ingleses, señalándose por su intrepidez Don Bartolomé Amor, segundo de Porlier. Próximo este a ser cogido en Saldaña y dispersada su tropa, juntola de nuevo, haciéndose dueño en febrero del depósito de prisioneros que tenían los franceses en Sahagún, y de más de 100 de sus soldados. Creció entonces su fama, difundiose a Asturias, y la junta le suministró auxilios, con lo que, y engrosada su partida, acometió a la guarnición enemiga de Aguilar de Campóo, compuesta de 400 hombres y dos cañones, siendo curioso el modo que empleó para rendirlos.
Encerrados los franceses en su cuartel bien pertrechados y sostenidos por su artillería, dificultoso era entrarlos a viva fuerza. Viendo esto Porlier hizo subir algunos de los suyos a la torre, y de allí arrojar grandes piedras, que cayendo sobre el tejado del cuartel, le demolieron y dejaron descubiertos a los franceses obligándolos a entregarse prisioneros. Concluyó otras empresas con no menor dicha.
Don Juan Echávarri.
No fue tanta entonces la de Don Juan Fernández de Echávarri que, con nombre de Compañía del Norte, levantó una cuadrilla que corría la montaña de Santander y señorío de Vizcaya, pues preso él y algunos de sus compañeros en 30 de marzo, fue sentenciado a muerte por un tribunal criminal extraordinario que a manera del de Madrid se estableció en Bilbao, el cual en este y otros casos ejerció inhumanamente su odioso ministerio.
El Empecinado.
Otras partidas de menos nombre nacieron y comenzaron a multiplicarse por todas las provincias ocupadas. Distinguiose desde los principios la de Don Juan Martín Díez que llamaron el Empecinado [apodo que dan los comarcanos a los vecinos de Castrillo de Duero de donde era natural]. Soldado licenciado después de la guerra de Francia de 1793, pasaba honradamente la vida dedicado a la labranza en la villa de Fuentecén. Mal enojado como todos los españoles con los acontecimientos de abril y mayo de 1808, dejó la esteva y empuñó la espada, hallándose ya en las acciones de Cabezón y Rioseco. Persiguiéronle después envidias y enemistades, y le prendieron en el Burgo de Osma, de donde se escapó al entrar los franceses. Luego que se vio libre reunió gente ayudado de tres hermanos suyos; y empezando en diciembre a molestar al enemigo, recorrió en enero y febrero con fruto los partidos de Aranda, Segovia, tierra de Sepúlveda y Pedraza. Aunque acosado en seguida por los enemigos, internándose en Santa María de Nieva, recogió en sus cercanías muchos caballos y hombres. Con tales hechos se extendió la fama de su nombre, mas también el perseguimiento de los franceses que enviaron en su alcance fuerzas considerables, y prendieron como en rehenes a su madre. Casi rodeado salvose en la primavera con su partida, y sin abandonar ninguno de los prisioneros que había hecho, yendo por las sierras de Ávila, se guareció en Ciudad Rodrigo. Llegaron entonces a noticia de la central sus correrías, y le condecoró con el grado de capitán. También por los meses de abril y mayo tomó las armas y formó partida Don Jerónimo Merino cura de Villoviado. Lo mismo hicieron, otros muchos, de los que y de sus cuadrillas suspenderemos hablar hasta que ocurra algún hecho notable o refiramos lo que pasaba en las provincias en que tenían su principal asiento.
Ciudad Rodrigo y Wilson.
Ayudaron al principio mucho a estas partidas, amparándolas en sus apuros las plazas y puntos que todavía quedaban libres. Acabamos de ver como el Empecinado se abrigó a Ciudad Rodrigo, en cuya plaza y sus alrededores solía permanecer el digno e incansable jefe inglés Sir Roberto Wilson. Asistido de su legión lusitana a la que se habían agregado españoles e ingleses dispersos, y una corta fuerza bajo Don Carlos de España, protegía a nuestros partidarios e incomodaba al general Lapisse colocado en Ledesma y Salamanca. Este aunque al frente de 10.000 hombres y con mucha artillería, apenas había hecho cosa notable hasta abril desde enero en que se apoderó de Zamora, ciudad casi abandonada. Solo en 2 de marzo esperanzado en malos tratos se presentó delante de Ciudad Rodrigo para entrar de rebate la plaza, mas el aviso de buenos españoles y la diligencia de Wilson le impidieron salir adelante con su proyecto, incomodándole este continuamente aun en sus mismos reales.
Asturias.
Por aquel tiempo Asturias, provincia que después de la invasión de Galicia era la sola libre entre las del norte, mostrose firme, y continuó desplegando sus patrióticos sentimientos. La junta. Gobernábala la misma junta que se había congregado en 1808, compuesta de hacendados y personas principales del país. Dio para el armamento y defensa enérgicas providencias; que la malquistaron con muchos. Tales fueron un alistamiento general sin excepción de clase ni persona; el repartimiento extraordinario a toda la provincia de 2.000.000 de reales, y el de otras sumas entre los más ricos capitalistas y propietarios, la rebaja de sueldos a los empleados; y por último el haber mandado a las corporaciones eclesiásticas que tuviesen a su disposición los caudales que existieran en sus depósitos. Con estos recursos hubo bastante para hacer frente a los considerables gastos que ocasionaron las dispersiones de Espinosa y las posteriores; y arreglar de nuevo y aumentar la fuerza necesaria para la defensa del principado.
Ballesteros.
Uno de los puntos que urgía poner al abrigo de un impensado ataque era el del lado oriental, por donde los enemigos se habían extendido hasta más acá de San Vicente de la Barquera. Juntáronse las pocas tropas que quedaban, y se pusieron a las órdenes de Don Francisco Ballesteros; que de capitán retirado y visitador de tabacos había ascendido a mariscal de campo en la profusión de grados que se concedieron. Contentose al principio el nuevo general con ocupar las orillas del río Sella, hasta que reforzado avanzó en enero de 1809 a Colombres y riberas del Deva. Descubrieron luego Ballesteros y otros jefes suma actividad y celo, esmerándose en la instrucción y disciplina de subalternos y soldados. Y en aquel campo al paso que se perfeccionaron unos y otros en los ejercicios de su profesión, habituáronse también al fuego, no estando separados del enemigo sino por el Deva, y al fin se alcanzó formar una división que regida por Ballesteros adquirió justo renombre en el curso de la guerra.
Sus operaciones en Colombres.
Antes de empezar febrero ascendía dicha fuerza a 5000 hombres, y el 6 del mismo desalojó ya a la del enemigo de la línea que ocupaba, incomodándole con frecuencia, y casi siempre ventajosamente. Hubo ocasiones en que las refriegas fueron de más empeño, sobre todo una acaecida en fines de abril, consiguiendo los nuestros penetrar basta San Vicente de la Barquera, en cuyo pueblo celebró su victoria el general Ballesteros con grande aparato; vana ostentación a que era inclinado, pero con la que entusiasmaba al soldado y granjeaba su voluntad.
Armamento de la provincia.
La junta de Asturias había además establecido dentro del principado, bajo el nombre de Alarma, un levantamiento general para que acudiesen a la defensa, en caso de irrupción, todos los hombres capaces de manejar un fusil o un chuzo, de cuyas armas no había vecino que no estuviese provisto.
Worster.
A últimos de enero, al saberse la ocupación de Galicia, igualmente paró su atención en formar y juntar con prontitud una división de 7000 hombres que cubriese la parte occidental de Asturias, y cuyo mando por desgracia dio a Don José Worster, general de menguado seso, aunque antiguo oficial de artillería.
Entran los asturianos en Ribadeo.
Puesta esta fuerza a orillas del Eo, sabiendo ser corta la que tenían enfrente los enemigos, y ansiando por tener un apoyo los patriotas de aquellos partidos, de los que del lado de Vivero se habían ya levantado algunos, tratose seriamente al comenzar febrero de hacer una excursión en Galicia. Verificose así, mas con tan poco orden que las tropas de Worster cometieron excesos en Ribadeo como si fuesen enemigas, y mataron a Don Raimundo Ibáñez comerciante rico e ilustrado de aquella villa. Difícil era que soldados tan insubordinados se comportasen debidamente cuando se tratase de guerrear. No obstante intentó Worster sorprender a los franceses que guarnecían a Mondoñedo. Y en Mondoñedo. Sita esta ciudad en un profundo valle, cercada de altas montañas, y sin otro camino llano más que el que conduce a Asturias, pudiera fácilmente haberse conseguido la empresa. Pero Worster por sus mal concertadas órdenes, y el coronel Linares por no atender cumplidamente al punto que guardaba, diéronse tan torpe maña que dejaron retirarse a los franceses sin grande molestia. Worster luego que entró en Mondoñedo en vez de tener presente la clase de enemigo con quien las había, entregose a fiestas y convites que le dieron los vecinos, de cuyo descuido enterado el general francés Maurice Mathieu que mandaba por aquella parte, después de entrar en Vivero, en que se había formado una junta, y de entregar al saco y furor del soldado aquella villa, revolvió sobre Mondoñedo, Sorprenden y dispersan los franceses a Worster. sorprendió y dispersó la división de Worster, superior en número, y penetrando en Asturias hasta el Navia saqueó y aniquiló los concejos que median entre este río y el Eo. Afortunadamente se hallaba en las cercanías Don Manuel Acevedo individuo de la junta, y hermano del general que pereció después de la batalla de Espinosa, y a su actividad e ilustrada diligencia debiose la pronta reunión a esta parte del Navia de los soldados desbandados, ayudándole con esmero el gobernador del partido Don Matías Menéndez, y el bizarro coronel Galdiano. Advertido el general francés de que la tropa asturiana se había rehecho, y juzgando arriesgado internarse aún en el principado, retrocedió a Galicia y se contentó con ocupar sus antiguas posiciones.