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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5)

LIBRO QUINTO. (continued 2)

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Peticiones y reclamaciones que se hacen a los diputados españoles.

La unión franca y leal de ambos paises, y el tropel portentoso de inesperados sucesos habían excitado en Inglaterra un vivo deseo de tomar partido con los patriotas españoles. No se limitó aquel a los naturales, no a aventureros ansiosos de buscar fortuna. Cundió también a extranjeros y subió hasta personajes célebres e ilustres. Los diputados españoles careciendo de la competente facultad se negaron constantemente a escuchar semejantes solicitudes. Sería prolijo reproducir aun las más principales. Contentarémonos con hacer mención de dos de las más señaladas. Fue una la del general Dumourier: Dumourier. con ahinco solicitaba trasladarse a la península, y tener allí un mando, o por lo menos ayudar de cerca con sus consejos. Figurábase que ellos y su nombre desbaratarían las huestes de Napoleón. Tachado de vario e inconstante en su conducta, y también de poco fiel a su patria, mal hubiera podido merecer la confianza de otra adoptiva. De muy diverso origen procedía la segunda solicitud, y de quien bajo todos respectos y por sus desgracias y las de su familia merecía otro miramiento y atención. Conde de Artois. Sin embargo no les fue dado a los diputados acceder al noble sacrificio que quería hacer de su persona el conde de Artois [hoy Carlos X de Francia] partiendo a España a pelear en las filas españolas.

Acompañaron a estas gestiones otras no dignas de olvido. Pocos días habían corrido después de la llegada a Londres de los diputados de Asturias, cuando el duque de Blacas [entonces conde] se les presentó Luis XVIII. a nombre de Luis XVIII, ilustre cabeza de la familia de Borbón, con objeto de reclamar el derecho al trono español que asistía a la rama de Francia, extinguida que fuese la de Felipe V. Evitando tan espinosa cuestión por anticipada, se respondió de palabra y con el debido acatamiento a la reclamación de un príncipe desventurado y venerable, lejos todavía de imaginarse que la insurrección de España le serviría de primer escalón para recuperar el trono de sus mayores. Más secamente se replicó a la nota, que al mismo propósito escribió a los diputados Príncipe de Castelcicala. en favor de su amo, el príncipe de Castelcicala, embajador de Fernando IV, rey de las dos Sicilias. Provocó la diferencia en la contestación el modo poco atento y desmañado con que dicho embajador se expresó, pues al paso que reivindicaba derechos de tal cuantía, estudiosamente aun en el estilo esquivaba reconocer la autoridad de las juntas. La relación de estos hechos muestra la importancia que ya todos daban a la insurrección de España, deprimida entonces y desfigurada por Napoleón.

Pero si bien eran lisonjeros aquellos pasos, no podían fijar tanto la atención de los diputados como otros negocios que particularmente interesaban al triunfo de la buena causa. Para su prosecución se agregaron en primeros de julio a los de Galicia y Asturias los diputados de Sevilla el teniente general Don Juan Ruiz de Apodaca y el mariscal de campo Don Adrián Jácome. Unidos no solamente promovieron el envío de socorros, sino que además volvieron la vista al Norte de Europa. Despacharon a Rusia un comisionado, mas ya fuese falta suya o que aquel gabinete no estuviese todavía dispuesto a desavenirse con Francia, la tentativa no tuvo ninguna resulta. Mas dichosa fue la que hicieron para libertar la división española que estaba en Dinamarca a las órdenes del marqués de la Romana, merced al patriotismo de sus soldados, y a la actividad y celo de la marina inglesa.

Tropa española en Dinamarca.

Hubiérase achacado a desvarío pocos meses antes el figurarse siquiera que aquellas tropas a tan gran distancia de su patria y rodeadas del inmenso poder y vigilancia de Napoleón, pisarían de nuevo el suelo español burlándose de precauciones, y aun sirviéndoles para su empresa las mismas que contra su libertad se habían tomado. Constaba a la sazón su fuerza de 14.198 hombres, y se componía de la división que en la primavera de 1807 había salido de España con el marqués de la Romana, y de la que estaba en Toscana y se le juntó en el camino. Por agosto de aquel año y a las órdenes del mariscal Bernadotte, príncipe de Ponte-Corvo, ocupaban dichas divisiones a Hamburgo y sus cercanías, después de haber gloriosamente peleado algunos de los cuerpos en el sitio de Stralsunda. Resuelto Napoleón a enseñorearse de España, juzgó prudente colocarlos en paraje más seguro, y con pretexto de una invasión en Suecia los aisló y dividió en el territorio danés. Estrecholos así entre el mar y su ejército. Napoleón determinó que ejecutasen aquel movimiento en marzo de 1808. Cruzó la vanguardia el pequeño Belt y desembarcó en Fionia. La impidió atravesar el gran Belt e ir a Zelandia la escuadra inglesa que apareció en aquellas aguas. Lo restante de la fuerza española detenida en el Schleswig, se situó después en las islas de Langeland y Fionia y en la península de Jutlandia. Así continuó, excepto los regimientos de Asturias y Guadalajara que de noche y precavidamente consiguieron pasar el gran Belt y entrar en Zelandia. Las novedades de España aunque alteradas y tardías habían penetrado en aquel apartado reino. Pocas eran las cartas que los españoles recibían, interceptando el gobierno francés las que hablaban de las mudanzas intentadas o ya acaecidas. Causaba el silencio desasosiego en los ánimos, y aumentaba el disgusto el verse las tropas divididas y desparramadas.

En tal congoja recibiose en junio un despacho de Don Mariano Luis de Urquijo para que se reconociese y prestase juramento a José, con la advertencia «de que se diese parte si había en los regimientos algún individuo tan exaltado que no quisiera conformarse con aquella soberana resolución, desconociendo el interés de la familia real y de la nación española.» No acompañaron a este pliego otras cartas o correspondencia, lo que despertó nuevas sospechas. También el 24 del mismo mes había al propio fin escrito al de la Romana el mariscal Bernadotte. El descontento de soldados y oficiales era grande, los susurros y hablillas muchos, y temíanse los jefes alguna seria desazón. Por tanto adoptáronse para cumplir la orden recibida convenientes medidas, que no del todo bastaron. En Fionia salieron gritos de entre las filas de Almansa y Princesa de viva España y muera Napoleón, y sobre todo el tercer batallón del último regimiento anduvo muy alterado. Los de Asturias y Guadalajara abiertamente se sublevaron en Zelandia, fue muerto un ayudante del general Fririon, y este hubiera perecido si el coronel del primer cuerpo no le hubiese escondido en su casa. Rodeados aquellos soldados fueron desarmados por tropas danesas. Hubo también quien juró con condición de que José hubiese subido al trono sin oposición del pueblo español. Cortapisa honrosa y que ponía a salvo la más escrupulosa conciencia, aun en caso de que obligase un juramento engañoso, cuyo cumplimiento comprometía la suerte e independencia de la patria.

Marqués de la Romana.

Mas semejantes ocurrencias excitaron mayor vigilancia en el gobierno francés. Aunque ofendidos e irritados, calladamente aguantaban los españoles hasta poder en cuerpo o por separado libertarse de la mano que los oprimía. El mismo general en jefe viose obligado a reconocer al nuevo rey, dirigiéndole, como a Bernadotte, una carta harto lisonjera. La contradicción que aparece entre este paso y su posterior conducta se explica con la situación crítica de aquel general y su carácter; por lo que daremos de él y de su persona breve noticia.

Don Pedro Caro y Sureda marqués de la Romana, de una de las más ilustres casas de Mallorca, había nacido en Palma, capital de aquella isla. Su edad era la de 46 años, de pequeña estatura, mas de complexión recia y enjuta, acostumbrado su cuerpo a abstinencia y rigor. Tenía vasta lectura no desconociendo los autores clásicos latinos y griegos, cuyas lenguas poseía. De la marina pasó al ejército al empezar la guerra de Francia en 1793, y sirvió en Navarra a las órdenes de su tío Don Juan Ventura Caro. Yendo de allí a Cataluña ascendió a general, y mostrose entendido y bizarro. Obtuvo después otros cargos. Habiendo antes viajado en Francia, se le miró como hombre al caso para mandar la fuerza española que se enviaba al Norte. Faltábale la conveniente entereza, pecaba de distraído, cayendo en olvidos y raras contradicciones. Juguete de aduladores, se enredaba a veces en malos e inconsiderados pasos. Por fortuna en la ocasión actual no tuvieron cabida aviesas insinuaciones, así por la buena disposición del marqués, como también por ser casi unánime en favor de la causa nacional la decisión de los oficiales y personas de cuenta que le rodeaban.

Bien pronto en efecto se les ofreció ocasión de justificar los nobles sentimientos que los animaban. Desde junio los diputados de Galicia y Asturias habían procurado por medio de activa correspondencia ponerse en comunicación con aquel ejército; mas en vano: sus cartas fueron interceptadas o se retardaron en su arribo. También el gobierno inglés envió un clérigo católico de nombre Robertson, el que si bien consiguió abocarse con el marqués de la Romana, nada pudo entre ellos concluirse ni determinarse definitivamente. Mientras tanto llegaron a Londres Don Juan Ruiz de Apodaca y Don Adrián Jácome, y como era urgente sacar, por decirlo así, de cautiverio a los soldados españoles de Dinamarca, concertáronse todos los diputados y resolvieron que los de Andalucía enviasen al Báltico a su secretario, Lobo. el oficial de marina Don Rafael Lobo, sujeto capaz y celoso. Proporcionó buque el gobierno inglés, y haciéndose a la vela en julio arribó Lobo el 4 de agosto al gran Belt, en donde con el mismo objeto se había apostado a las órdenes de Sir R. Keats parte de la escuadra inglesa que cruzaba en los mares del Norte.

Don Rafael Lobo ancló delante de las islas dinamarquesas, a tiempo que en aquellas costas se había despertado el cuidado de los franceses por la presencia y proximidad de dicha escuadra. Deseoso de avisar su venida empleó Lobo inútilmente varios medios de comunicar con tierra. Empezaba ya a desesperanzar, Fábregues. cuando el brioso arrojo del oficial de voluntarios de Cataluña Don Juan Antonio Fábregues, puso término a la angustia. Había este ido con pliegos desde Langeland a Copenhague. A su vuelta con propósito de escaparse, en vez de regresar por el mismo paraje, buscó otro apartado, en donde se embarcó mediante un ajuste con dos pescadores. En la travesía columbrando tres navíos ingleses fondeados a cuatro leguas de la costa, arrebatado de noble inspiración tiró del sable y ordenó a los dos pescadores, únicos que gobernaban la nave, hacer rumbo a la escuadra inglesa. Un soldado español que iba en su compañía ignorando su intento, arredrose y dejó caer el fusil de las manos. Con presteza cogió el arma uno de los marineros, y mal lo hubiera pasado Fábregues, si pronto y resuelto este, dando al danés un sablazo en la muñeca, no le hubiese desarmado. Forzados pues se vieron los dos pescadores a obedecer al intrépido español. Déjase discurrir de cuánto gozo se embargarían los sentidos de Fábregues al encontrarse a bordo con Lobo, como también cuánta sería la satisfacción del último cerciorándose de que la suerte le proporcionaba seguro conducto de tratar y corresponder con los jefes españoles.

No desperdiciaron ni uno ni otro el tiempo que entonces era a todos precioso. Fábregues a pesar del riesgo se encargó de llevar la correspondencia, y de noche y a hurtadillas le echó en la costa de Langeland un bote inglés. Avistose a su arribo y sin tardanza con el comandante español, que también lo era de su cuerpo, Don Ambrosio de la Cuadra, confiado en su militar honradez. No se engañó porque asintiendo este a tan digna determinación, prontamente y disfrazado despachó al mismo Fábregues para que diese cuenta de lo que pasaba al marqués de la Romana. Trasladose a Fionia en donde estaba el cuartel general, y desempeñó en breve y con gran celo su encargo.

Causaron allí las nuevas que traía profunda impresión. Crítica era en verdad y apurada la posición de su jefe. Como buen patricio anhelaba seguir el pendón nacional, mas como caudillo de un ejército pesábale la responsabilidad en que incurriría si su noble intento se desgraciaba. Perplejo se hubiera quizá mantenido a no haberle estimulado con su opinión y consejos los demás oficiales. Dispónense a embarcarse las tropas del Norte. Decidiose en fin al embarco, y convino secretamente con los ingleses en el modo y forma de ejecutarle. Al principio se había pensado en que se suspendiese hasta que noticiosas del plan acordado las tropas que había en Zelandia y Jutlandia, se moviesen todas a un tiempo antes de despertar el recelo de los franceses. Mas informados estos de haber Fábregues comunicado con la escuadra inglesa, menester fue acelerar la operación trazada.

Dieron principio a ella los que estaban en Langeland enseñoreándose de la isla. Prosiguió Romana y se apoderó el 9 de agosto de la ciudad de Nyborg, punto importante para embarcarse y repeler cualquier ataque que intentasen 3000 soldados dinamarqueses existentes en Fionia. Los españoles acuartelados en Swendborg y Faaborg al mediodía de la misma isla, se embarcaron para Langeland también el 9, y tomaron tierra desembarazadamente. Con más obstáculos tropezó el regimiento de Zamora, acantonado en Fridericia: Kindelán. engañole Don Juan de Kindelán, segundo de Romana, que allí mandaba. Aparentando desear lo mismo que sus soldados dispúsose a partir y aun embarcó su equipaje; pero en el entretanto no solo dio aviso de lo que ocurría al mariscal Bernadotte, sino que temiendo que se descubriese su perfidia, cautelosamente y por una puerta falsa se escapó de su casa. Amenazados por aquel desgraciado incidente apresuráronse los de Zamora a pasar a Middlefahrt, y sin descanso caminaron desde allí por espacio de veintiuna horas, hasta incorporarse en Nyborg con la fuerza principal, habiendo andado en tan breve tiempo más de dieciocho leguas de España. Huido Kindelán y advertidos los franceses, parecía imposible que se salvasen los otros regimientos que había en Jutlandia: con todo lo consiguieron dos de ellos. Fue el primero el de caballería del Rey. Ocupaba a Aarhus, y por el cuidado y celo de su anciano coronel, fletando barcas salvose y arribó a Nyborg. Otro tanto sucedió con el del Infante, también de caballería, situado en Manders y por consiguiente más lejos y al norte. No tuvo igual dicha el de Algarbe, único que allí quedaba. Retardó su marcha por indecisión de su coronel, y aunque más cerca de Fionia que los otros dos, fue sorprendido por las tropas francesas. En aquel encuentro el capitán Costa que mandaba un escuadrón, al verse vendido prefirió acabar con su vida tirándose un pistoletazo. Imposible fue a los regimientos de Asturias y Guadalajara acudir al punto de Corsoer que se les había indicado como el más vecino a Nyborg desde la costa opuesta de Zelandia. Desarmados antes, según hemos visto, y cuidadosamente observados, envolviéronlos las tropas danesas al ir a ejecutar su pensamiento. Así que entre estos dos cuerpos el de Algarbe de caballería, algunas partidas sueltas y varios oficiales ausentes por comisión o motivo particular, quedaron en el norte 5160 hombres, y 9038 fueron los que unidos en Langeland y pasada reseña se contaron prontos a dar la vela. Abandonáronse los caballos no habiendo ni transportes ni tiempo para embarcarlos. Muchos de los jinetes no tuvieron ánimo para matarlos, y siendo enteros y viéndose solos y sin freno, se extendieron por la comarca y esparcieron el desorden y espanto.

Kindelán y Guerrero.

Don Juan de Kindelán había en el intermedio llegado al cuartel general de Bernadotte, y no contento con los avisos dados, descubrió al capitán de artillería Don José Guerrero, encargado por Romana de una comisión importante en el Schleswig. Arrestáronle, y enfurecido con la alevosía de Kindelán apellidole traidor delante de Bernadotte, quedando aquel avergonzado y mirándole después al soslayo los mismos a quienes servía: merecido galardón a su villano proceder. Salvó la vida a Guerrero la hidalga generosidad del mariscal francés, quien le dejó escapar y aun en secreto le proporcionó dinero.

Juramento de los españoles en Langeland.

Mas al paso que tan dignamente se portaba con un oficial honrado y benemérito, forzoso le fue, obrando como general, poner en práctica cuantos medios estaban a su alcance para estorbar la evasión de los españoles. Ya no era dado ejecutarlo por la violencia. Acudió a proclamas y exhortaciones, esparciendo además sus agentes falsas nuevas, y procurando sembrar rencillas y desavenencias. Pero ¡cuán grandioso espectáculo no ofrecieron los soldados españoles en respuesta a aquellos escritos y manejos! Juntos en Langeland, clavadas sus banderas en medio de un círculo que formaron, y ante ellas hincados de rodillas, juraron con lágrimas de ternura y despecho ser fieles a su amada patria y desechar seductoras ofertas. No; la antigüedad, con todo el realce que dan a sus acciones el transcurso del tiempo y la elocuente pluma de sus egregios escritores, no nos ha transmitido ningún suceso que a este se aventaje. Nobles e intrépidos sin duda fueron los griegos cuando unidos a la voz de Jenofonte para volver a su patria, dieron a las falaces promesas del rey de Persia aquella elevada y sencilla respuesta [*] (* Ap. n. 5-9.) «hemos resuelto atravesar el país pacíficamente si se nos deja retirarnos al suelo patrio, y pelear hasta morir si alguno nos lo impidiese.» Mas a los griegos no les quedaba otro partido que la esclavitud o la muerte; a los españoles, permaneciendo sosegados y sujetos a Napoleón, con largueza se les hubieran dispensado premios y honores. Aventurándose a tornar a su patria, los unos, llegados que fuesen, esperaban vivir tranquilos y honrados en sus hogares; los otros, si bien con nuevo lustre, iban a empeñarse en una guerra larga, dura y azarosa, exponiéndose, si caían prisioneros, a la tremenda venganza del emperador de los franceses.

Dan la vela para España.

Urgiendo volver a España, y siendo prudente alejarse de costas dominadas por un poderoso enemigo, abreviaron la partida de Langeland y el 13 se hicieron a la vela para Gotemburgo en Suecia. En aquel puerto, entonces amigo, aguardaron transportes, y antes de mucho dirigieron el rumbo a las playas de su patria, en donde no tardaremos en verlos unidos a los ejércitos lidiadores.

Trátase de reunir una junta central.

Habiendo llegado los asuntos públicos dentro y fuera del reino a tal punto de pronta e impensada felicidad, cierto que no faltaba para que fuese cumplida sino reconcentrar en una sola mano o cuerpo la potestad suprema. Mas la discordancia sobre el modo y lugar, las dificultades que nacieron de un estado de cosas tan nuevo, y rivalidades y competencias retardaron su nombramiento y formación.

Situación de Madrid.

Perjudicó también a la apetecida brevedad; la situación en que quedó a la salida del enemigo la capital de la monarquía. Los moradores ausentes unos, y amedrantados otros con el duro escarmiento del 2 de mayo, o no pudieron o no osaron nombrar un cuerpo que, a semejanza de las demás provincias, tomase las riendas del gobierno de su territorio y sirviese de guía a todo el reino. Verdad es que Madrid ni por su población ni por su riqueza no habiendo nunca ejercido, como acontece con algunas capitales de Europa, poderoso influjo en las demás ciudades, hubiera necesitado de mayor esfuerzo para atraerlas a su voz y acelerar su ayuntamiento y concordia. Con todo, hubiéranse al fin vencido tamaños obstáculos si no se hubiera encontrado otro superior en el consejo real o de Castilla; el cual, desconceptuado en la nación por su incierta, tímida y reprensible conducta con el gobierno intruso, tenía en Madrid todavía acérrimos partidarios en el numeroso séquito de sus dependientes y hechuras. Aunque érale dado con tal arrimo proseguir en su antigua autoridad, mantúvose quedo y como arrumbado a la partida de los franceses; ora por temor de que estos volviesen, ora también por la incertidumbre en que estaba de ser obedecido. Al fin y poco después tomó bríos viendo que nadie le salía al encuentro, y sobre todo impelido del miedo con que a muchos sobrecogió un sangriento desmán de la plebe madrileña.

Asesinato de Viguri.

Vivía en la capital retirado y oscurecido Don Luis Viguri, antiguo intendente de la Habana y uno de los más menguados cortesanos del príncipe de la Paz, cuya desgracia, según dijimos, le había acarreado la formación de una causa. Parece ser que no se aventajaba a la pública su vida privada, y que con frecuencia maltrataba de palabra y obra a un familiar suyo. Adiestrado este en la mala escuela de su amo, luego que se le presentó ocasión no la desaprovechó y trató de vengarse. Un día, y fue el 4 de agosto, a tiempo que reinaba en Madrid una sorda agitación, antojósele al mal aventurado Viguri desfogar su encubierta ira en el tan repetidamente golpeado doméstico, quien encolerizado apellidó en su ayuda al populacho, afirmando con verdad o sin ella que su amo era partidario de José Napoleón. A los gritos arremolinose mucha gente delante de las puertas de la habitación. Asustado Viguri quiso desde un balcón apaciguar los ánimos; pero los gestos que hacía para acallar el ruido y vocería, y poder hablar, fueron mirados por los concurrentes como amenazas e insultos, con lo que creció el enojo; y allanando la casa y cogiendo al dueño, le sacaron fuera e inhumanamente le arrastraron por las calles de Madrid.

Consejo de Castilla.

Atemorizáronse al oír la funesta desgracia consejeros y cortesanos, estremeciéronse los de la parcialidad del intruso, y acongojáronse hasta los pacíficos y amantes del orden. Huérfana la capital y sin nueva corporación que la rigiese, fácil le fue al consejo, aprovechándose de aquel suceso y aprieto, recobrar el poder que se figuraba competirle. El bien común y público sosiego pedían, no hay duda, el establecimiento de una autoridad estable y única: y lástima fue que el vecindario de Madrid no la hubiera por sí formado; y tal, que enfrenando las pasiones populares y atajando al consejo en sus ambiciosas miras, hubiese aunado, repetimos, y concertado más prontamente las voluntades de las otras juntas.

Sus manejos.

No fue así; y el consejo destruyendo el impulso que Madrid hubiera debido dar, acrecentó con sus manejos y pretensiones los estorbos y enredos. Cuerpo autorizado con excesivas y encontradas facultades, había en todos tiempos causado graves daños a la monarquía, y se imaginaba que no solo gobernaría ahora a Madrid, sino que extendería a todo el reino y a todos los ramos su poder e influjo. Admira tanta ceguedad y tan desapoderada ambición en un tiempo en que escrupulosamente se escudriñaba su porte con el intruso, y en que hasta se le disputaba el legítimo origen de su autoridad. Opinión sobre aquel cuerpo. Así era que unos decían «si en realidad es el consejo, según pregona, el depositario de la potestad suprema en ausencia del monarca, ¿qué ha hecho para conservar intactas las prerrogativas de la corona? ¿qué en favor de la dignidad y derechos de la nación? Sumiso al intruso ha reconocido sus actos, o por lo menos los ha proclamado; y los efugios que ha buscado y las cortapisas que a veces ha puesto, más bien llevaban traza de ser un resguardo que evitase su personal compromiso que la oposición justa y elevada de la primera magistratura del reino.» Otros subiendo hasta la fuente de su autoridad, «nacido el consejo [decían] en los flacos y turbulentos reinados de los Juanes y Enriques, tomó asiento y ensanchó su poderío bajo Felipe II, cuando aquel monarca intentando descuajar la hermosa planta de las libertades nacionales, tan trabajadas ya del tiempo de su padre, procuraba sustentar su dominación en cuerpos amovibles a su voluntad y de elección suya, sin que ninguna ley fundamental de la monarquía ni las cortes permitiesen tal como era su establecimiento, ni deslindasen las facultades que le competían. Desde entonces el consejo, aprovechándose de los calamitosos tiempos en que débiles monarcas ascendieron al solio, se erigió a veces en supremo legislador formando en sus autos acordados leyes generales, para cuya adopción y circulación no pedía el beneplácito ni la sanción real. Ingiriose también en el ramo económico y manejó a su arbitrio los intereses de todos los pueblos, sobre no reconocer en la potestad judicial límites ni traba. Así acumulando en sí solo tan vasto poder, se remontaba a la cima de la autoridad soberana; y descendiendo después a entrometerse en la parte más ínfima, si no menos importante del gobierno, no podía construirse una fuente ni repararse un camino en la más retirada aldea o apartada comarca sin que antes hubiese dado su consentimiento. En unión con la inquisición y asistido del mismo espíritu, al paso que esta cortaba los vuelos al entendimiento humano, ayudábala aquel con sus minuciosas leyes de imprenta, con sus tasas y restricciones. Y si en tiempos tranquilos tanto perjuicio y tantos daños [añadían] nos ha hecho el consejo, institución monstruosa de extraordinarias y mal combinadas facultades, consentidas mas no legitimadas por la voz nacional, ¿no tocaría en frenesí dejarle con el antiguo poder cuando al mismo tiempo que la nación se libertaba con energía del yugo extranjero, el consejo que blasona ser cabecera del reino se ha mostrado débil, condescendiente y abatido, ya que no se le tenga por auxiliador y cómplice del enemigo?»

Tales discursos no estaban desnudos de razón, aunque participasen algún tanto de las pasiones que agitaban los ánimos. En su buen tiempo el consejo se había por lo general compuesto de magistrados íntegros, que con imparcialidad juzgaban los pleitos y desavenencias de los particulares: entre ellos se habían contado hombres profundos como los Macanaces y Campomanes, que con gran caudal de erudición y sana doctrina se habían opuesto a las usurpaciones de la curia romana y procurado por su parte la mejora y adelantamientos de la nación. Pero era el consejo un cuerpo de solos 25 individuos, los cuales por la mayor parte ancianos, y meros jurisperitos, no habían tenido ocasión ni lugar de extender sus conocimientos ni de perfeccionarse en otros estudios. Ocupados en sentenciar pleitos, responder a consultas y despachar negocios de comisiones particulares, no solamente fallaba a los más el saber y práctica que requieren la formación de buenas leyes y el gobierno de los pueblos, sino que también escasos de tiempo dejaban a subalternos ignorantes o interesados la resolución de importantísimos expedientes. Mal grave y sentido de todos tan de antiguo, que ya en 1751 propuso al rey el célebre ministro marqués de la Ensenada despojar al consejo de lo concerniente a gobierno, policía y economía, dejándole reducido a entender en la justicia civil y criminal y asuntos del real patronato.

No le iba pues bien al consejo insistir ahora en la conservación de sus antiguas facultades y aun en darles mayor ensanche. Con todo tal fue su intento. Seguro ya de que su autoridad sería en Madrid respetada, dirigiose a los presidentes de las juntas y a los generales de los ejércitos: a estos para que se aproximasen a la capital; a aquellos para que diputasen personas, que unidas al consejo tratasen de los medios de defensa: «tocando solo a él [decía] resolver sobre medidas de otra clase y excitar la autoridad de la nación y cooperar con su influjo, representación y luces al bien general de esta.» Ensoberbecidas las juntas con el triunfo de su causa, déjase discurrir con qué enfado y desdén replicarían a tan imprudente y desacordada propuesta. La de Galicia no solamente tachaba a cada uno de sus miembros de ser adicto a los franceses, sino que al cuerpo entero le echaba en cara haber sido el más activo instrumento del usurpador. Palafox en su respuesta con severidad le decía: «ese tribunal no ha llenado sus deberes»; y Sevilla le acusaba ante la nación «de haber obrado contra las leyes fundamentales... de haber facilitado a los enemigos todos los medios de usurpar el señorío de España... de ser en fin una autoridad nula e ilegal, y además sospechosa de haber cometido antes acciones tan horribles que podían calificarse de delitos atrocísimos contra la patria...» Al mismo son se expresaron todas las otras juntas fuera de la de Valencia, la cual en 8 de agosto aprobó los términos lisonjeros con que el consejo era tratado en un escrito leído en su seno por uno de sus miembros. Mas aquella misma junta, tan dispuesta en su favor, tuvo muy luego que retractarse mandando en 15 del propio mes «que ninguna autoridad de cualquier clase mantuviese correspondencia directa ni se entendiese en nada con el consejo.» Dio lugar a la mudanza de dictamen la presteza con que el último se metió a expedir órdenes como si ya no existiese la junta. Mal recibido de todos lados y aun ásperamente censurado, pareciole necesario al consejo dar un manifiesto en que sincerase su conducta y procedimientos: penoso paso a quien siempre había desestimado el tribunal de la opinión pública. Mas no por eso desistió de su propósito, ni menos descuidó emplear otros medios con que recobrar la autoridad perdida. Dábale particular confianza la desunión que reinaba en las juntas y varias contestaciones entre ellas suscitadas. Por lo que será bien referir las mudanzas acaecidas en su composición, y las explicaciones y altercados que precedieron a la instalación de un gobierno central.

Estado de las juntas provinciales.

En la forma interior de aquellos cuerpos contadas fueron las variaciones ocurridas. Habíase en Asturias congregado desde agosto una nueva junta que diese más fuerza y legitimidad al levantamiento de mayo, nombrando o reeligiendo sus concejos diputados que la compusiesen con pleno conocimiento del objeto de su reunión. Ninguna alteración sustancial había acaecido en Galicia; pero su junta convidó a la anterior, para que de común con ella y las de León y Castilla formasen todas una representación de las provincias del norte. Se habían las dos últimas confundido y erigido en una sola después de la aciaga jornada de Cabezón. Presidía a ambas el bailío Don Antonio Valdés, quien estando al principio de acuerdo con Don Gregorio de la Cuesta acabó por desavenirse con él y enojarse poderosamente. Reunidas en Ponferrada, como punto más resguardado, se trasladaron a Lugo, en cuya ciudad debía verificarse la celebración de juntas propuesta por la de Galicia. Esta mudanza fue el origen y principal motivo del enfado de Cuesta, no pudiendo tolerar que corporaciones que consideraba como dependientes de su autoridad, se alejasen del territorio de su mando y pasasen a una provincia con cuyos jefes estaba tan encontrado.

Concurrieron sin embargo a Lugo las tres juntas de Galicia, Castilla y León. No la de Asturias, ya por cierto desvío que había entre ella y la de Galicia, y también porque viendo próxima la reunión central de todas las provincias del reino, juzgó excusado y quizá perjudicial el que hubiese una parcial entre algunas del norte. Al tratarse de la formación de esta hubo diversos pareceres acerca del modo de su formación y composición. Quién opinaba por cortes, y quién soñaba un gobierno que diese principio y encaminase a una federación nacional. Adhería al primer dictamen Sir Carlos Stuart representante del gobierno inglés, como medio más acomodado a los antiguos usos de España. Pero las novedades introducidas en las constituciones de aquel cuerpo durante la dominación de las casas de Austria y Borbón, ofrecían para su llamamiento dificultades casi insuperables; pues al paso de ser muchas las ciudades de León y Castilla que enviaban procuradores a cortes, solo tenía una voz el populoso reino de Galicia y se veía privado de ella el principado de Asturias, cuna de la monarquía. Tal desarreglo pedía para su enmienda más tiempo y sosiego de lo que entonces permitían las circunstancias. Por su parte la junta de Galicia, sabedora de la idea de la federación, quería esquivar en sus vistas con las de León y Castilla, el tratar de la unión de un solo y único gobierno central. Mas la autoridad de Don Antonio Valdés, que todas tres habían elegido por su presidente, pudiendo más que el estrecho y poco ilustrado ánimo de ciertos hombres, y prevaleciendo sobre las pasiones de otros, consiguió que se aprobase su propuesta dirigida al nombramiento de diputados que en representación de las tres juntas acudiesen a formar con las demás del reino una central. Con tan prudente y oportuna determinación se evitaron los extravíos y aun lástimas que hubiera provocado la opinión contraria.

Asimismo cortaron cuerdos varones varias desavenencias movidas entre Sevilla y Granada. Pretendía la primera que la última se le sometiese, olvidada de la principal parte que habían tenido las tropas de su general Reding en los triunfos de Bailén. La rivalidad había nacido con la insurrección, no siendo dable fijar ni deslindar los límites de nuevas y desconocidas autoridades; y en vez de desaparecer aquella, tomó con la victoria alcanzada extraordinario incremento. Llegó a tal punto la exaltación y ceguera que el inquieto conde de Tilly propuso en el seno de la junta sevillana, que una división de su ejército marchase a sojuzgar a Granada. Presente Castaños y airado, a pesar de su condición mansa, levantose de su asiento, y dando una fuerte palmada en la mesa que delante había, exclamó: «¿quién sin mi beneplácito se atreverá a dar la orden de marcha que se pide? No conozco [añadió] distinción de provincias; soy general de la nación, estoy a la cabeza de una fuerza respetable y nunca toleraré que otros promuevan la guerra civil.» Su firmeza contuvo a los díscolos, y ambas juntas se conformaron en adelante con una especie de concierto concluido entre la de Sevilla y los diputados de Granada, Don Rodrigo Riquelme, regente de su chancillería, y el oidor Don Luis Guerrero, nombrados al intento y autorizados competentemente.

Diferían tan lamentables disputas la reunión del gobierno central, y como si estos y otros obstáculos naturales no bastasen por sí, nuevos intereses y pretensiones venían a aumentarlos. Recordará el lector los pasos que en Londres dio en favor de los derechos de su amo a la corona de España el príncipe de Castelcicala embajador del rey de las Dos Sicilias, y la repulsa que recibió de los diputados. No desanimado con ella su gobierno, ni tampoco con otra parecida que le dio el ministerio inglés, por julio envió a Gibraltar un emisario que hiciese nuevas reclamaciones. El gobernador Dalrymple le impidió circular papeles y propasarse a otras gestiones. Llegada a Gibraltar del príncipe Leopoldo de Sicilia. Mas tras del emisario despachó el gobierno siciliano al príncipe Leopoldo, hijo segundo del rey, a quien acompañaba el duque de Orléans. Fondearon ambos el 9 de agosto en la bahía de Gibraltar; pero no viéndose apoyados por el gobernador, pasó el de Orléans a Inglaterra y quedó en el puerto de su arribada el príncipe Leopoldo. Entretenía este la esperanza de que a su nombre y conforme quizá a secretos ofrecimientos, no tardaría en recibir una diputación y noticia de haber sido elevado a la dignidad de regente. Pero vano fue su aguardar; y era en efecto difícil que un príncipe de edad de 18 años, extranjero, sin recursos ni anterior fama, y sin otro apoyo que lejanos derechos al trono de España, fuese acogido con solícita diligencia en una nación en que era desconocido, y en donde para conjurar la tormenta que la azotaba se requerían otras prendas, mayor experiencia y muy diversos medios que los que asistían al príncipe pretendiente.

Hubo no obstante quien esparció por Sevilla la voz de que convenía nombrar una regencia compuesta del mencionado príncipe, del arzobispo de Toledo cardenal de Borbón, y del conde del Montijo. Con razón se atribuyó la idea a los amigos y parciales del último, quien conservando todavía cierta popularidad a causa de la parte que se le atribuía en la caída del príncipe de la Paz, procuraba aunque en vano subir a puesto de donde su misma inquietud le repelía. Mas los enredos y marañas de ciertos individuos eran desbaratados por la ambición de otros o la sensatez y patriotismo de las juntas.

Correspondencia entre las juntas.

Así fue que a pesar del desencadenamiento de pasiones y de los obstáculos nacidos con la misma insurrección o causados por la presencia del enemigo, ya desde junio había llamado la atención de las juntas: 1.º La formación de un gobierno central; 2.º Un plan general con el que más prontamente se arrojase a los franceses del suelo patrio. Al propósito entablose entre ellas seguida correspondencia. Dio la señal la de Murcia, dirigiendo con fecha de 22 de junio una circular en que decía: «Ciudades de voto en cortes, reunámonos, formemos un cuerpo, elijamos un consejo que a nombre de Fernando VII organice todas las disposiciones civiles, y evitemos el mal que nos amenaza que es la división... Capitanes generales... de vosotros se debe formar un consejo militar de donde emanen las órdenes que obedezcan los que rigen los ejércitos...» Propuso también Asturias en un principio la convocación de cortes con algunas modificaciones, y hasta Galicia [no obstante la mencionada federación de algunos proyectada] comisionó cerca de las juntas del mediodía a Don Manuel Torrado, quien ya en últimos de julio se hallaba en Murcia, después de haberlas recorrido, y propuesto una central formada de dos vocales de cada una de las de provincia. En el propio sentido y en 16 de dicho julio había la de Valencia pasado a las demás su opinión impresa, lo que también por su parte y al mismo tiempo hizo la de Badajoz. No fue en zaga a las otras la junta de Granada, la cual apoyando la circular de Valencia, se dirigió a su competidora la de Sevilla, y desentendiéndose de desavenencias, señaló como acomodado asiento para la reunión la última ciudad.

No por eso se apresuraba esta, ostentando siempre su altanera supremacía. Pesábale en tanto grado descender de la cumbre a que se había elevado, que hubo un tiempo en que prohibió la venta y circulación de los papeles que convidaban a la apetecida concordia. Apremiada en fin por la voz pública y estrechada por el dictamen de algunos de sus individuos entendidos y honrados, publicó con fecha de 3 de agosto un papel en el que examinando los diversos puntos que en el día se ventilaban, proponía la formación de una junta central compuesta de dos vocales de cada una de las de provincia. Anduvo perezosa no obstante en acabar de escoger los suyos. Pero adhiriendo las otras juntas a las oportunas razones de su circular, cuyo contenido en sustancia se conformaba con la opinión que las más habían mostrado antes de concertarse, y que era la más general y acreditada, fueron todas sucesivamente escogiendo de su seno personas que las representasen en una junta única y central.

Proceder del consejo.

Por su parte el consejo todavía esperaba recuperar con sus amaños y tenaz empeño el poder que para siempre querían arrebatarle de las manos. Mas no por eso y para cautivar las voluntades de los hombres ilustrados, mudó de rumbo, adoptando un sistema más nuevo y conforme al interés público y al progreso de la nación. Asustándose a la menor sombra de libertad, encadenó la imprenta con las mismas y aun más trabas que antes; redujo a dos veces por semana la diaria publicación de la Gaceta de Madrid; persiguió y aun llegó a formar causa a algunas personas que tenían en su poder papeles de las juntas, mayormente de la de Sevilla, y en fin resucitó en cuanto pudo su trillada, lenta y añeja manera de gobernar. Persuadiose que todo le era lícito a trueque de dar ciertos decretos de alistamiento y acopio de medios que mostrasen su interés por la causa de la independencia que tan mal había antes defendido. Y sobre todo cobró esperanza con la llegada a Madrid de varios generales en quienes presumía poder con buen éxito emplear su influjo.

Entrada en Madrid de Llamas y Castaños.

Fue el primero que pisó el suelo de la capital con las tropas de Valencia y Murcia Don Pedro González de Llamas que había sucedido a Cervellón removido del mando. Atravesó la Puerta de Atocha con 8000 hombres a las seis de la mañana del día 13 de agosto. A pesar de hora tan temprana inmenso fue el concurso que salió a recibirle y extremado el entusiasmo. Pasó a frenesí al entrar el 23 por la misma puerta D. Francisco Javier Castaños acompañado de la reserva de Andalucía. Sus soldados adornados con los despojos del enemigo ofrecían en su variada y extraña mezcla el mejor emblema de la victoria alcanzada. Pasaron todos por debajo de un arco de sencilla y majestuosa arquitectura que había erigido la villa de Madrid junto a sus casas consistoriales. Proclamación de Fernando VII. A estas entradas triunfales siguiéronse otros festejos con la proclamación de Fernando VII, hecha en esta ocasión por el legítimo alférez mayor de Madrid marqués de Astorga. Mas no a todos contentaban tanto bullicio y fiestas, pidiendo con sobrada razón que se pusiera mayor conato y celeridad en perseguir al enemigo, y en aumentar y organizar cumplidamente la fuerza armada. Daban particular peso a sus justas quejas y reclamaciones los acontecimientos por entonces ocurridos en Vizcaya y Navarra.

Insurrección de Bilbao.

Habíase en la primera provincia levantado Bilbao al anunciarse la victoria de Bailén, y en 6 de agosto escogiendo su vecindario una junta, acordó un alistamiento general, y nombró por comandante militar al coronel Don Tomás de Salcedo. Sobremanera inquietó a los franceses esta insurrección, ya por el ejemplo y ya también porque comprometida su posición en las márgenes del Ebro, pudieran verse obligados a estrecharse más contra la frontera. Creció su recelo a mayor grado con asonadas y revueltas Movimiento en Guipúzcoa y Navarra. que hubo en Tolosa y pueblos de Guipúzcoa, y con las correrías que hacían y gente que allegaban en Navarra Don Antonio Egoaguirre y Don Luis Gil. Habían estos salido de Zaragoza en 27 de junio para alborotar aquel reino. Después de algún tiempo Gil empezó a incomodar al enemigo por el lado de Orbaiceta, se apoderó de muchas municiones de aquella fábrica, y amenazó y sembró el espanto hasta el mismo pueblo francés de San Juan de Pie de Puerto. Egoaguirre tampoco se descuidó en la comarca de Lerín: formando un batallón con nombre de Voluntarios de Navarra recorrió la tierra, y llamó tanto la atención que el general D’Agoult envió una columna desde Pamplona para atajar sus daños y alejarle del territorio de su mando.

José por su parte pensó en apagar prontamente la temible insurrección de Bilbao. Para ello envió contra aquella población una división a las órdenes del general Merlin. No era dado a sus vecinos sin tropa disciplinada resistir a semejante acometimiento.[*] (* Ap. n. 5-10.) Apostáronse sin embargo con aquella idea a media legua, y los franceses asomándose allí el 16 de agosto desbarataron y dispersaron a los bilbaínos, pereciendo miserablemente y después de haberse rendido prisionero el oficial de artillería Don Luis Power distinguido entre los suyos. Los auxilios que de Asturias llevaba el oficial inglés Roche llegaron tarde, y Merlin entró en Bilbao cuya ciudad fue con rigor tratada. En su correspondencia blasonaba el rey intruso de «haber apagado la insurrección con la sangre de 1200 hombres.» Singular jactancia y extraña en quien como José no era de corazón duro ni desapiadado.

El contratiempo de Bilbao que en Madrid provocaba las reclamaciones de muchos, difundiéndose por las provincias aumentó el clamor ya casi universal contra generales y juntas, reparando que algunos de aquellos se entregaban demasiadamente a divertimientos y regocijos, y que estas con celos y rivalidades retardaban la instalación de la junta central. Deseando el consejo aprovecharse de la irritación de los ánimos, y valiéndose de los lazos que le unían con Don Gregorio de la Cuesta, su antiguo gobernador, se concordó con este y discurrieron apoderarse del mando supremo. Nuevos manejos del consejo. Mas como Cuesta carecía de la suficiente fuerza, fueles necesario tantear a Castaños, entonces algo disgustado con la junta de Sevilla. Avistose pues con el último Don Gregorio de la Cuesta, Propuesta de Cuesta a Castaños. y le propuso [según tenemos de la boca del mismo Castaños] dividir en dos partes el gobierno de la nación, dejando la civil y gubernativa al consejo, y reservando la militar al solo cuidado de ellos dos en unión con el duque del Infantado. Era Castaños sobrado advertido para admitir semejante proposición. Vislumbraba el motivo porque se le buscaba, y conocía que separando su causa de la de las juntas, quizá sería desobedecido del ejército, y aun de la división misma que se alojaba en Madrid.

Consejo de guerra celebrado en Madrid.

En tanto para acallar el rumor público se celebró en aquella capital el 5 de septiembre un consejo de guerra. Asistieron a él los generales Castaños, Llamas, Cuesta y La Peña, representando a Blake el duque del Infantado y a Palafox otro oficial cuyo nombre ignoramos. Discutiéronse largamente varios puntos, y Cuesta, llevado siempre de mira particular, promovió el nombramiento de un comandante en jefe. No se arrimaron los otros a su parecer, y tan solo arreglaron un plan de operaciones, de que hablaremos más adelante. Cuesta aunque aparentó conformarse, salió despechado de Madrid, y con ánimo más bien que de cooperar a la realización de lo acordado de levantar obstáculos a la reunión de la junta central: para lo cual y satisfacer al mismo tiempo su ira contra la junta de León, Prende Cuesta a Valdés y Quintanilla. de la que, como hemos visto, estaba ofendido, arrestó a sus dos individuos Don Antonio Valdés y vizconde de la Quintanilla, que iban de camino para representar su voz en la central. Quiso tratarlos como rebeldes a su autoridad, y los encerró en el alcázar de Segovia: tropelía que excitó contra el general Cuesta la pública animadversión.

Vanos sin embargo salieron sus intentos, vanos otros enredos y maquinaciones. Por todas partes prevaleció la opinión más sana, y los diputados elegidos por las diversas juntas fueron poco a poco acercándose a la capital. Llegó pues el suspirado momento de la reunión de una autoridad central, Acaba el gobierno de las juntas provinciales. debiendo con ella cesar la particular supremacía de cada provincia. Durante la cual no habiendo habido lugar ni ocasión de hacer sustanciales reformas ni mudanzas en los diversos ramos de la administración pública, tales como estaban dispuestos y arreglados al disolverse, por decirlo así, la monarquía en mayo, tales o con cortísima diferencia se los entregaron las juntas de provincia a la central.

No disimulamos en el libro anterior ni en el curso de nuestro narración los defectos de que dichas juntas adolecieron, las pasiones que las agitaron. Por lo mismo justo es también que ahora tributemos debidas alabanzas a su primera y grandiosa resolución, a su ardiente celo, a su incontrastable fidelidad. Al acabar de su mando anublose por largo tiempo la prosperidad de la patria; mas se dio principio a una nueva, singular y porfiada lucha, en que sobre todo resplandeció la firmeza y constancia de la nación española.

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RESUMEN

DEL

LIBRO SEXTO.

Motivo ornamental
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Instalación de la junta central en Aranjuez, 25 de septiembre. — Número de individuos. — Su composición. — Floridablanca. — Jovellanos. — Diversos partidos de la central. — Su instalación celebrada en las provincias. — Contestación con el consejo. — Dictamen de Jovellanos. — Forma interior de la central. — Don Manuel Quintana. — Primeras providencias y decretos de la central. — Su manifiesto en 10 de noviembre. — Distribución de los ejércitos. — Su marcha. — Marcha del de Galicia. — Ocupa Bilbao. — Marcha del de Asturias. — Cuesta. — Su conducta. — Le sucedieron Eguía y Pignatelli. — Marcha de Llamas. — Detención de Castaños en Madrid. — Su salida. — Plan concertado con Palafox. — Situación del ejército del centro y del de Aragón. — Fuerza de los ejércitos españoles. — Situación de José y del ejército francés. — Exposición de sus ministros. — Fuerza del ejército francés. — Movimiento de los españoles. — Acción de Lerín, 26 de octubre. — Retirada de los castellanos de Logroño. — Arreglo que en su ejército hace el general Castaños. — Se sitúa en Cintruénigo y Calahorra. — Napoleón. — Su mensaje al senado. — Leva de nuevas tropas. — Conferencias de Erfurt. — Correspondencia con el gobierno inglés. — Fin de la correspondencia. — Discurso de Napoleón al cuerpo legislativo. — Fuerza y división del ejército francés. — Cruza Napoleón el Bidasoa. — Acción de Zornoza, 31 de octubre. — De Valmaseda, 4 de noviembre. — Reconocimiento hacia Güeñes en 7 de noviembre. — Batalla de Espinosa, 10 y 11 de noviembre. — Disposiciones de Napoleón. — Acción de Burgos, 10 de noviembre. — Revuelve Soult contra Blake. — Diversas direcciones de los mariscales franceses. — Entrada en Burgos de Napoleón. — Su decreto de 12 de noviembre. — Ejército inglés. — Ejército del centro. — Don Francisco Palafox enviado por la central. — Diversos planes. — Marcha Lannes contra dicho ejército. — Repliégase Castaños. — Batalla de Tudela, 23 de noviembre. — Retirada del ejército. — Su llegada a Sigüenza. — La Peña general en jefe. — San Juan en Somosierra. — Pasan los franceses el puerto. — Situación de la central. — Cartas de los ministros de José. — Abandona la central a Aranjuez. — Situación de Madrid. — Muerte del marqués de Perales. — Napoleón delante de Madrid. — Ataque de Madrid. — Conferencia de Morla con Napoleón. — Capitulación. — Fáltase a la capitulación. — Decretos de Napoleón en Chamartín. — Españoles llevados a Francia. — Visita Napoleón el palacio real. — Su inquietud. — Contestación al corregidor de Madrid. — Juramento exigido de los vecinos. — Van los mariscales franceses en persecución de los españoles. — Total dispersión del ejército de San Juan. — Muerte cruel de este general. — Ejército del centro: sus marchas y retirada a Cuenca. — Rebelión del oficial Santiago. — Nómbrase por general en jefe al duque del Infantado. — Conde de Alacha. — Su retirada gloriosa. — La Mancha. — Toledo. — Muertes violentas. — Villacañas. — Sierra Morena. — Juntas de los cuatro reinos de Andalucía. — Campo Sagrado. — Marqués del Palacio. — Marchan los franceses a Extremadura: estado de la provincia. — Excesos. — General Galluzo. — Su retirada. — Continúa la central su viaje. — Sus providencias. — Sucede Cuesta a Galluzo. — Llega a Sevilla la central en 17 de diciembre. — Muerte de Floridablanca. — Situación penosa de la central. — Sus esperanzas.

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HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

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