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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5)

LIBRO OCTAVO. (continued 2)

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Romana.

Tales eran los acontecimientos ocurridos en Asturias, mientras que esta provincia, si bien libre, se había mantenido como aislada y sin comunicación con las otras, hasta que en la primavera de 1809 pisó su suelo por primera vez el marqués de la Romana; mas para averiguar los motivos que trajeron a este caudillo al principado, necesario es referir antes lo que pasó en Galicia después que le dejamos en enero a él y a su gente cerca de la frontera de Portugal.

Su ejército.

Allí continuó todo el febrero mudando a menudo de posición, y aproximándose a veces a la plaza portuguesa de Chaves. Consistía su fuerza en 9000 hombres, distribuidos en una vanguardia al cargo de Don Gabriel de Mendizábal, y en dos divisiones que mandaban los generales Mahy y Taboada. Su estancia en aquellos parajes animó mucho al paisanaje de Galicia, abultándose el número de sus tropas y el de sus recursos. También procuraba el mismo marqués por medio de emisarios atizar el fuego, y el ayudante general Moscoso en una comisión que tuvo en lo interior de aquella provincia, repartió con buen éxito ejemplares manuscritos de una instrucción que había compuesto para la guerra de partidas.

Empieza el levantamiento de Galicia.

Hubo sitios en que produjeron estos pasos conveniente efecto; mas hubo otros en que sin ajeno estímulo formáronse muy luego los habitantes en cuadrillas. Así aconteció con los paisanos de la Puebla de Tribes que los primeros y antes de comenzar febrero, dirigidos por Diego Núñez de Millaroso, cogieron prisioneros a 80 dragones de la división del general Marchand, los cuales con varios despojos llevaron en triunfo adonde estaba Romana. Imitáronlos en breve otros muchos en el valle de Valdeorras, y uniéndose cinco fieldades eligieron una junta, escogiendo por su general a Don José, abad de Casoyo, mozo arrojado y de la casa de Quiroga, ilustre en aquella tierra. Su hermano Don Juan, también de Quiroga y Uría, cooperó grandemente a sus empresas, que se multiplicaron y se extendieron hacia el Bierzo. En la línea de Lugo desde el valle de Cruzul hasta monte Salgueiro, no lejos de Betanzos, interceptaron los naturales correos y destacamentos, señalándose el juez de Cancelada Don Ignacio Herbón, quien al acabar febrero atacó en Doncos un convoy, y le cogió en su mayor parte. Pero en donde se encendió extraordinariamente y tomó forma más regular la insurrección, según veremos más adelante, fue del lado de Tuy.

Mucho hubiera podido contribuir a darle pronto y vigoroso centro la permanencia de Romana hacia Monterrey; mas nuevas ocurrencias le obligaron a alejarse. Indicamos en otro libro como el mariscal Soult avanzaba por la costa de Galicia vía de Portugal. Ejecutó este movimiento en virtud de orden que en 28 de enero recibió en el Ferrol para invadir aquel reino.

Mariscal Soult.

Luego que se embarcaron los ingleses en la Coruña quedando pocos en Lisboa, pareciole fácil a Napoleón llegar a las puertas de esta capital, y lavar con su conquista la antigua mancha. Trata de invadir Portugal. Para ello al paso que Soult había de realizar la principal invasión por la costa de Galicia y provincias portuguesas del norte, el general Lapisse y el mariscal Victor estaban encargados de amenazar la frontera portuguesa por Ciudad Rodrigo y Extremadura. Componíanse las fuerzas de Soult del segundo cuerpo y de parte del que había mandado Junot: según Napoleón ascendían en todo a 50.000 hombres, como si no hubiesen tenido pérdidas ni baja alguna; mas realmente estaban reducidos a la mitad: 4000 eran de caballería.

Inútil tentativa para atravesar el Miño.

El mariscal Soult después de tomar las correspondientes providencias y de dejar en su lugar a Ney, ausente en Lugo al recibo de la orden, púsose en marcha, y el 3 de febrero llegó a Santiago. Precediéronle los generales La Houssaye y Franceschi: el primero con los dragones se encaminó a Ribadavia y Salvatierra, plaza de poco valer y desmantelada a orilla derecha del Miño; y el segundo con la caballería ligera fue la vuelta de Tuy, ciudad colocada en la misma ribera. Sostenía a estas divisiones la de infantería del general Merle, que avanzó a Pontevedra. Las otras con el mariscal Soult salieron de Santiago el 8, llegando el 10 a Tuy. Corre el Miño por allí muy caudaloso, y sin que desde Orense se encuentre puente alguno; no obstante pensó Soult cruzarle hacia la marina, acopiando los preparativos necesarios en el puertecillo de La Guardia, separado de la desembocadura por el monte de Santa Tecla. Habiendo dificultades para doblar la punta que este forma, y subir río arriba, trasladaron los franceses por tierra en carros gallegos cosa de una legua con mucho trabajo los botes destinados al transporte de la tropa, y los volvieron a poner boyantes en el Tamuge, río pequeño que desagua en el Miño. El 15 en la noche a la hora de la marea alta quedó encargado de empezar la operación el general Thomières. Ejecutose en buen orden por el Tamuge, pero al entrar en la gran corriente del Miño, más rápida con el reflujo que comenzaba, separáronse los botes, y pocos fueron los que arribaron a la orilla opuesta. Los portugueses mandados por el general Bernardino Freire hicieron contra ellos un fuego vivo y acertado, con lo cual y la marea ya contraria tuvieron que volver los más a tierra de España, quedando prisioneros de los portugueses unos 40 hombres. El malogramiento de esta tentativa cundiendo por una y otra frontera animó al paisanaje, deseoso de molestar a los franceses.

Toma Soult hacia Orense.

También con aquel contratiempo vio el mariscal Soult los obstáculos que se le ofrecían para pasar el Miño, no teniendo a su pronta disposición los medios necesarios. Por lo cual determinó entrar en Portugal vía de Orense, tomando río arriba. Salió pues de Tuy el 17 de febrero, y nombró al general Lamartinière comandante de la ciudad, en la que dejó los enfermos, la mayor parte de la artillería, y alguna guarnición.

Insurrección.

A corta distancia ya percibió síntomas de una insurrección general. Habíanla fomentado varios individuos, entre los que se señalaron el abad de Couto y el de Valladares. Los abades de Couto y Valladares. Aquella tierra está bien cultivada, con población numerosa y desparramada en caseríos rústicos. De las heredades distribuidas en cortas porciones, y por lo general a foro enfitéutico, disponen los usufructuarios como de cosa propia. Y la gente trabajadora y de suyo guardosa, temía más que la de otras provincias perder con la invasión de extraños el producto de sus labores e industria, y con tanta mayor razón cuanto los franceses escasos de provisiones comenzaron a hacer repartimientos excesivos, y a cometer robos y saqueos.

El paisanaje molesta a los franceses en su marcha.

Allí los abades, nombre que se da a los curas párrocos, tienen mucho influjo por su riqueza y poder. Lo tienen los ricos y cercanos monasterios del orden cisterciense de San Clodio y Melón, y teníanlo también entonces por su patriotismo varios particulares, los cuales juntos y separadamente trataron de aprovechar la buena disposición del pueblo contra los extranjeros. Antes que ninguno descubriose el abad de Couto Don Mauricio Troncoso, quien congregando a sus feligreses con motivo de un repartimiento que los invasores habían echado, díjoles: «En vez de dar a los enemigos lo que nos piden, seré vuestra guía si queréis negárselo y emplearlo en vuestra defensa.» Aplaudieron todos aquellas palabras, y agregándose personas de cuenta y aun portugueses, soltáronse de todos lados partidas que hostigaron a los franceses en su marcha. En Mourentan hízoles notable daño el mismo abad de Couto, y quemaron aquel pueblo en venganza. Desde el puente de las Hachas hasta Ribadavia también padecieron varias acometidas, acaudillando al paisanaje José Labrador, el monje bernardo Fray Francisco Carrascón, y después el juez de Maside; y si bien en estos reencuentros los franceses con su pericia y buenas armas rompían al fin por medio e iban adelante, perdían gente y amilanábanse sus soldados con guerra tan continua y encarnizada.

Soult y Romana. Intimación a este.

De Ribadavia pasó el mariscal Soult a Orense resuelto a entrar en Portugal por la plaza de Chaves, y a disipar antes el corto ejército de Romana. Manteníase este general en el valle de Monterrey, y hallábase en Lamadarcos el 4 de marzo cuando llegó un parlamentario francés con un pliego, ofreciendo recompensas y condecoraciones con tal que Romana y su ejército reconociesen a José. Replicó el general español debidamente, diciendo que a tales proposiciones no había otra respuesta sino cañonazos. Pero no habiéndose tomado en el recibimiento del oficial parlamentario las acostumbradas precauciones, examinó este con sus propios ojos el deplorable estado de nuestro ejército, y dio cuenta de ello a su mariscal, quien determinó atacar sin dilación a los españoles.

Es desbaratada la retaguardia española.

El marqués de la Romana quería evitar cualquier refriega, mas no habiéndose retirado tan prontamente como era de desear, fue el 6 de marzo alcanzada su retaguardia a las órdenes de Don Nicolás Mahy en las inmediaciones de Verín. Cogiole el general Franceschi algunos prisioneros y la desordenó, pero no insistiendo en su perseguimiento pudo continuar su marcha. Los franceses solo pensaron en entrar en Portugal, cuyas tropas mandadas por el general Silveira habían sido acometidas en Villaza el mismo día que las españolas por la división de Delaborde, teniendo que retirarse después de alguna pérdida al abrigo de la noche.

El general Mahy dirigiose a las Portillas, gargantas que parten término con Castilla, y se unió en Lubián con el marqués de la Romana. Andaban todos inciertos acerca del camino que tomarían, y pesábales a algunos que se abandonase a Galicia en la propia sazón en que por todas partes cundía el fuego insurreccional. Aprobose al fin a propuesta del ayudante general Moscoso el no alejarse de la tierra montañosa, y conforme a esta determinación decidió Romana partir la vuelta de Asturias, de donde soplaría la hoguera encendida en Galicia. En consecuencia cambiose de improviso la marcha, y se revolvió sobre las montañas de las Cabreras para cruzarlas por el puerto del Palo, país escabroso, solitario, y cuyas sierras más bien se escalan que se suben. A su paso sobrecogió la noche a nuestros soldados, en estación cruda, expuestos a la inclemencia, desprovistos de todo. Animándose unos a otros llegaron por fin a Ponferrada del Bierzo con admiración de sus vecinos que los creían lejos de sus hogares. En aquella villa y otros muchos pueblos no había francés alguno, contentándose estos con ocupar la línea de comunicación de la calzada que de Galicia va a Castilla, y aun en ella tenían poca tropa, excepto en Villafranca en que contaban unos 1000 hombres de escogidas tropas.

Ataca a Villafranca.

Las de Romana no estaban para emprender expediciones de grande importancia, pero el haber casualmente encontrado en una ermita cerca de Ponferrada un cañón de a doce abandonado con su cureña y balas de su calibre, sugirió la idea al ayudante Moscoso de proponer al general en jefe un ataque contra los franceses de Villafranca. Condescendió Romana, y desde Toreno a donde se había ya trasladado para entrar en Asturias, dispuso que acometiese la empresa con 1500 hombres el general Mendizábal.

Se apodera de la guarnición.

Los franceses a la inesperada vista de los españoles y del cañón de grueso calibre, imaginándose venía sobre ellos gran fuerza, se arredraron y metieron en el castillo-palacio de la villa, perteneciente a los marqueses que llevan su nombre: era edificio antiguo de muros sólidos con cuatro torreones que defendían cañones de hierro, y el cual quemaron después los paisanos para que no sirviese otra vez de refugio al enemigo. Comenzaron los españoles su ataque en la mañana del 17 de marzo, distinguiéndose el regimiento de voluntarios de la Corona, e íbase ya a entrar por fuerza el castillo, cuando intimada la rendición abrieron los franceses la puerta, y quedaron prisioneros 1000 granaderos que le guarnecían de las más acreditadas tropas. Avergonzábanse después de haber entregado las armas a tan corto número de hombres y a gente de tan poca apariencia como eran entonces las tropas de aquel ejército. La nueva de este suceso creciendo de boca en boca alentó a los patriotas de Galicia, que se figuraban ser ya más numerosas las tropas que capitaneaba Romana. Ojalá se hubiera siempre limitado este caudillo a tal linaje de empresas, dignas de un militar y de su elevado puesto, evitando entrometerse en querellas y divisiones de provincias, según aconteció en Oviedo, a cuya ciudad llegó poco después de la toma del castillo de Villafranca.

Llega Romana a Oviedo.

Los disgustos excitados con las providencias oportunas y enérgicas de aquella junta, habíanse entonces aumentado con otras intempestivas y arbitrarias dadas contra algunas personas. Los descontentos, sobre todo ciertos individuos de corporaciones privilegiadas, salieron a recibir a Romana, y por desgracia de tal modo preocuparon su ánimo que en vez de obrar desapasionadamente, y de contentarse con reprimir los abusos de autoridad que hubiese habido, púsose del bando de los que se creían agraviados. Altercado con la junta. Tratáronse por consiguiente el general y la junta con frialdad y desvío, sin que le fuese dado conciliarlos a la prudencia y buen tino de su presidente el brigadier D. José Valdés, antiguo jefe de Romana cuando este servía en la armada. La central había autorizado al marqués con amplias facultades en la parte militar, y él ensanchándolas a su sabor empezó por reprender a la junta en lo que precisamente merecía más alabanza, como lo era en haber mandado que tomasen las armas todos sin excepción, inclusos los donados y legos de los conventos, y los beneficiados no ordenados in sacris. Compuesta dicha corporación de los principales de la provincia y de suyo altiva, respondió acerbamente a la inadvertida reprensión; con lo cual irritado aún más Romana quiso llamarla a cuentas. Negose a ello la junta por no creerle autoridad competente, pero añadiendo que haría públicas sus entradas e inversiones para satisfacción de sus comitentes. Encendiéndose así el enojo de ambas partes, en especial con motivo de un repartimiento de 4.000.000 enviados por la central para uso del principado y que Romana quería por sí aplicar a su solo ejército, decidiose el último a disolver la junta, a cuyo fin y por orden suya penetró en la sala de las sesiones el coronel Don José de O’Donnell con 50 hombres del regimiento de la Princesa, haciendo en ello un pequeño y ridículo remedo del 18 Brumario de Napoleón. Cedieron los vocales a la violencia, sin dejar de hacer fuerte y enérgica oposición, señaladamente Don Manuel María de Acevedo. Romana nombró otra junta en su lugar, mas la tropelía cometida con la anterior disgustó a los más, y desencajó, por decirlo así, de su asiento en el principado el orden y buen gobierno.[*] (* Ap. n. 8-7.) Injustamente acusaron algunos a la junta disuelta de malversación de caudales: pudientes y ricos los más de sus individuos habían hecho los más de ellos donativos cuantiosos, y su patriotismo y celo estaban libres de tacha: solo, repetimos, incurrieron en merecida censura por algunas medidas arbitrarias contra determinadas personas. Hablamos en este punto con tanta mayor imparcialidad, cuanto no andábamos bien avenidos con aquella junta, por lo que merecimos de Romana que nos nombrase de la que había en su lugar creado, gracia que no admitimos por considerar su procedimiento ilegal y dañoso.

Invade Ney Asturias.

Sabedor el mariscal Ney de la discordia suscitada entre la junta de Asturias y Romana, y temeroso sobre todo con lo sucedido en Villafranca de que uniendo este caudillo sus tropas a las del principado formase un cuerpo respetable y bastante numeroso para incomodarle y cortarle su comunicación con el reino de León, se preparó a invadir a Asturias poniéndose de acuerdo con fuerzas que había en Castilla y en Santander. Parece ser que desde Francia también le había venido orden de no desperdiciar oportuna coyuntura de verificar dicha invasión. Romana por su parte más ocupado en las contestaciones y querellas de la junta que en uniformar y arreglar la mucha gente que ahora tenía a su disposición, no tomó acerca de ello providencia alguna. Dejó correr en el principado los asuntos militares según iban a su llegada, y olvidó a su ejército de Galicia, el cual a las órdenes de Don Nicolás Mahy pasando el puerto de Ancares se había situado hacia el Navia, extendiéndose hasta las avenidas de Lugo y Mondoñedo.

El mariscal Ney rozándose casi con este ejército y acompañado de 6000 hombres, se dirigió desde Galicia por la tierra áspera y encumbrada de Navia de Suarna a Ibias, y descendiendo a Cangas de Tineo, Salas y Grado se adelantó a Oviedo, al mismo tiempo que procedente de Valladolid y con otra tanta o más fuerza se metía en el principado por el puerto de Pajares Kellermann. el general Kellermann. Estaba ya cercano a Oviedo el mariscal Ney y todavía lo ignoraba Romana. Recibió este al fin un aviso y apresuradamente después de dar por primera vez órdenes a la división de Ballesteros y a la de Worster poco antes malamente repuesto en el mando, Romana se embarca en Gijón. pasó a Gijón en donde se embarcó tomando en seguida tierra en Ribadeo. Entró Ney en Oviedo el 19 de mayo, de cuya ciudad habían salido casi todos sus moradores, dejando abandonadas sus casas y haberes. Saquean los franceses Oviedo. Entregada al saco durante tres días, viéronse muchos arruinados y menguaron los intereses de otros. A la noticia de la invasión acercose el general Worster lentamente a Oviedo por el país de montaña, y Ballesteros retrocediendo de Colombres al Infiesto, enriscose luego por las asperezas de Covadonga, santuario célebre mirado como cuna de la monarquía de Castilla. Sale Ney de Asturias. Parose poco Ney en la capital de Asturias, y dejando allí a Kellermann y en Villaviciosa al general Bonnet que había venido con su división hasta aquel sitio de los lindes de Santander, tornó por la costa a Galicia, a donde le llamaban acontecimientos de cuantía, y a que daban ocasión reveses de Soult en Portugal, la insurrección de la provincia de Tuy y otras, y aun también los movimientos del ejército de la Romana, el cual amenazaba a Lugo y alentaba al paisanaje con la abultada fama de sus hazañas.

Mahy amenaza Lugo.

La fuerza de este ejército puede decirse que estaba dividida en dos partes, de la una que era la principal acabamos de hacer mención, la otra entonces menos numerosa había quedado en la Puebla de Sanabria a las órdenes de Don Martín de la Carrera. La primera, gobernada en ausencia de Romana por Don Nicolás Mahy, constaba de unos 6000 hombres y de 200 caballos: la cual a la propia sazón que Ney se movía la vuelta de Asturias, se adelantó hacia el monasterio cisterciense de Meira no lejano de Lugo. El general Worster no había querido acompañar a Mahy en aquel movimiento creyendo que la fuerza que mandaba debía pensar antes que en otra cosa en cubrir a Asturias. Siguió avanzando dicho general Mahy, y su vanguardia capitaneada por Don Gabriel de Mendizábal tropezó el 17 de mayo en Feria de Castro a dos leguas de Lugo con una columna enemiga de 1500 hombres que obligó a meterse en la ciudad. Al día siguiente el general Fournier, gobernador francés, militar entendido pero de condición singular, y muy dado a hablar en latín a los obispos y a los clérigos, Desbarata al general Fournier. salió de dentro y se dispuso a aguardar a los nuestros en las inmediaciones, apoyando la izquierda en los mismos muros y la derecha en un pinar vecino. Acometiole Don Nicolás Mahy formando su gente en dos columnas guiadas por los generales Mendizábal y Taboada, junto con los 200 jinetes que mandaba Don Juan Caro. A espaldas quedó la reserva a las órdenes del brigadier Losada, y aparentose tener otro cuerpo de caballería colocando a distancia, montados en acémilas y caballos de oficiales, cierto número de soldados; ardid que no dejó de servir, notándose también en nuestras tropas más instrucción y confianza. Trabose la pelea y a poco volviendo caras la caballería enemiga desconcertó su línea de batalla, e infantes y jinetes corrieron precipitadamente a guarecerse de la ciudad, acometiendo con tal brío nuestra gente que varios catalanes de tropas ligeras metiéndose dentro al mismo tiempo que aquellos, tuvieron después que descolgarse por las casas pegadas al muro ayudados de los vecinos. Los franceses perdieron bastante gente y los españoles varios oficiales, y en este número al comandante de ingenieros D. Pedro González Dávila distinguido por su valor. No pudiendo los españoles ganar en seguida a Lugo, ciudad rodeada de una antigua y elevada muralla y de muchos torreones aunque socavado el revestimiento por los años, Pone cerco a la ciudad. intimaron la rendición al gobernador que respondió con honrosa arrogancia. Entonces decidiose a formalizar el cerco el general Mahy, y allí le dejaremos para acudir a donde nos llaman los gloriosos hechos de las orillas del Miño.

Crece la insurrección de Galicia.

Luego que el mariscal Soult hubo pasado de Orense vía de Portugal, la insurrección del paisanaje gallego se aumentó, cundiendo por las feligresías de las provincias de Tuy, Lugo, Orense y Santiago hasta las riberas del Ulla y aún más allá. Por todas partes aparecieron jefes para acaudillarla, y Romana y la central enviaron también algunos que la fomentasen. Entre los primeros fueron los más distinguidos los abades ya nombrados de Couto y Valladares, y además un caballero de nombre Don Joaquín Tenreiro, el alcalde de Tuy Don Cosme de Seoane y Don Manuel Cordido, labrador y juez de Cotobad. Así indistintamente se aunaban todas las clases contra el enemigo común. El último hizo guerra terrible en la carretera de Pontevedra a Santiago, los otros después de varios choques recorriendo la tierra de Tuy y Vigo, obligaron a los franceses a encerrarse en el recinto de ambas plazas. De los emisarios de Romana diéronse particularmente a conocer los capitanes Don Bernardo González, dicho Cachamuiña del pueblo de donde era natural, y Don Francisco Colombo, incomodando mucho el primero a los enemigos por la parte de Soutelo de montes y puente de Ledesma. Fueron los enviados de la central el teniente coronel Don Manuel García del Barrio, el entonces alférez Don Pablo Morillo, y el canónigo de Santiago Don Manuel de Acuña, gallego, y de familia que tenía deudos y amigos en el país. Llegaron estos cuando todavía el marqués de la Romana estaba en el valle de Monterrey, y permaneciendo Barrio en su compañía hasta que partió a Asturias, envió hacia Tuy a los otros dos comisionados para obrar de acuerdo con los que por allí lidiaban contra los franceses.

Además no hubo partido ni punto en que antes o después no fuesen molestados: así sucedió en Trasdeza, no lejos de Santiago, en que se formó una junta, y mandaron la gente los hermanos estudiantes Don Benito y Don Gregorio Martínez: así en Muros, en Corcubión, en Monforte de Lemos aunque con la desgracia en las tres últimas villas de haber sido incendiadas y horrorosamente puestas a saco. No desanimándose los moradores por tamaños contratiempos, sabedor Barrio de que en las alturas de Lobera reunía bastante gente el administrador de rentas de la Boullosa Don José Joaquín Márquez, incorporósele el 17 de marzo viniendo de hacia Chaves. Barrio. Junta de Lobera. Reconocido Barrio como comisionado de la central, convino con los demás en congregar una junta compuesta de vocales del partido y de las personas que más habían contribuido al levantamiento de otras feligresías. Verificose en efecto, instalándose el 21 del mismo mes de marzo en aquellas alturas y en campo raso, renovando la sencillez de los tiempos primitivos. Sujetáronse todos a la autoridad creada, nombrose presidente al obispo de Orense y sin detención se tomaron disposiciones que mantuvieron e impulsaron más ordenadamente la insurrección. Al Márquez, hombre esforzado y que había trabajado en favor de la causa común más que los otros, diósele el mando de un nuevo regimiento que se apellidó de Lobera, y mandósele ir a reforzar a los que bloqueaban a Tuy. También se expidió orden a Cachamuiña para que de Soutelo cayese sobre Vigo y engrosase el número de los sitiadores. Dispusiéronse asimismo para entonces y para después varias otras correrías, en especial hacia Lugo y valle de Valdeorras, acaudillando siempre el paisanaje Don Juan Bernardo de Quiroga y su hermano el abad de Casoyo.

Sitia Vigo el abad de Valladares.

Entre tanto seguían apretando a las ciudades de Tuy y Vigo los abades de Couto y Valladares. Guarnecían a la última 1300 franceses al mando del jefe de escuadrón Chalot. Aunque es aquel puerto uno de los mejores y más abrigados de España, la fortificación de tierra es defectuosa, y a su muralla baja en algunas partes y sin foso la domina a corta distancia el castillo del Castro. Sin embargo la plaza estaba bien provista y artillada. Estrechábala el abad de Valladares Don Juan Rosendo Arias Henríquez, a quien se le había agregado la gente que en el valle de Fragoso había levantado Limia. su anciano alcalde Don Cayetano Limia, para lo que le facilitó armas el crucero inglés de la inmediata costa. Tenreiro y el portugués Almeida. Asimismo se le juntó Don Joaquín Tenreiro que con el portugués Don Juan Bautista Almeida había recogido muchos voluntarios de algunos valles, engrosándose de este modo considerablemente el número de sitiadores.

Morillo.

También en marzo se presentó entre ellos Don Pablo Morillo, quien enterado de que una columna francesa intentaba, encaminándose del lado de Pontevedra, venir al socorro de la plaza, corrió al Puente de Sampayo para reconocerle y asegurar su defensa, como lo verificó ayudado Gogo. de Don Antonio Gogo, vecino de Marín, que capitaneaba una partida numerosa de paisanos y era dueño de dos piezas de artillería. Colocó estas Morillo con otras tres que fueron de Redondela en el paso del puente, que fortalecido dejó al mando de Don Juan de Odogerti, comandante de tres lanchas cañoneras. Volviose luego Don Pablo al sitio de Vigo, y en su compañía 300 hombres mandados por Don Bernardo González Cachamuiña y D. Francisco Colombo.

Ríndese Vigo a los españoles.

Había el abad de Valladares intimado a la plaza varias veces la rendición sin que el comandante francés quisiera abrir las puertas, pareciéndole vergonzoso y poco seguro capitular con paisanos. Tornó como hemos dicho Morillo, y ya por sus activas y acertadas disposiciones, y ya por haber sido enviado de Sevilla, eleváronle los sitiadores a coronel, y reconociéronle como superior, a fin de que a vista de un militar cesasen los escrúpulos y recelos del comandante francés. Sin tardanza repitió el nuevo jefe español una áspera intimación, amenazando el 27 de marzo con tomar por asalto la plaza y no dar cuartel. Pidieron los franceses 24 horas de término para contestar, y no accediendo Morillo, rindiéronse por fin, concedidos que les fueron los honores de la guerra, y con la cláusula de que serían llevados prisioneros a Inglaterra, por lo cual firmó la capitulación en unión con el jefe español el comandante británico del crucero. Exigió además Morillo que inmediatamente se ratificase lo convenido, pues si no, acometería la plaza. Retardábase la respuesta, y a las ocho de la noche aproximáronse a sus muros los sitiadores, arrojándose a la Puerta de Camboa para hacerla astillas y armado de un hacha un marinero anciano que cayó muerto de un balazo: ocupó su puesto y tomó el hacha González Cachamuiña, y rompiola aunque herido en varias partes de su cuerpo. Íbase ya a entrar por ella cuando Morillo recibió la ratificación, y a duras penas pudo con su recia voz hacer cesar el fuego y detener a los suyos que se posesionaron de la plaza al día siguiente 28. No hubo en su reconquista ni ingenieros ni cañones, ganada solo a impulsos del patriotismo gallego. Entregáronse prisioneros 1213 hombres y 46 oficiales, y cogiéronse otras preseas con 117.000 francos en moneda de Francia. A poco de haberse rendido súpose que de Tuy acudían soldados enemigos en auxilio de la guarnición de Vigo: diose priesa Morillo a enviar a su encuentro personas y gente de su confianza, quienes los deshicieron, mataron a muchos y aun tomaron 72 prisioneros que se pusieron a bordo juntamente con los de Vigo.

Bloqueo de Tuy.

Sin embargo la facilidad con que se enviaba este socorro mostraba no ser riguroso el bloqueo de Tuy. Habíale comenzado el 15 de marzo el abad de Couto, y con él el juez y procurador general de la misma ciudad y otros caudillos. También concurrieron portugueses de la orilla opuesta, y la plaza de Valencia situada enfrente había tratado de molestar a los franceses con sus fuegos. Libertado Vigo esperábase que el cerco tendría pronto y feliz éxito, pues además de acudir desde allí con su gente Morillo, Tenreiro, Almeida y otros, vino también por su lado Don Manuel García del Barrio, reconocido comandante general por la junta de Lobera. Pero tanto concurso de jefes y caudillos no sirvió sino para suscitar celos y rencillas. Morillo fuese en comisión camino de Santiago, y los otros en especial Barrio y Tenreiro, el uno presuntuoso y el otro díscolo de condición, desaviniéronse y ocupáronse en recíprocos piques y zaherimientos. Y así este bloqueo sostenido con cañones y más gente fue mal dirigido y al cabo se malogró. Mandaba dentro el general Lamartinière, y el 6 de abril haciendo una salida apoderose de cuatro piezas colocadas en la altura de Francos no muy distante de la ciudad. Ocurrida esta desgracia, y agriándose más los ánimos, diose lugar a que llegasen socorros a Tuy avanzando del lado de Santiago una columna de infantería y caballería a las órdenes del general Maucune, y otra del lado de Portugal mandada por el general Heudelet que enviaba Soult, ya posesionado de Oporto, para recoger la artillería que allí había dejado.

Enseñoreose el 10 de abril sin resistencia el general Heudelet de Valencia del Miño. Sabedores los españoles que bloqueaban a Tuy de aquel suceso, Le alzan. levantaron el sitio quedándose unos en las alturas que median entre esta plaza y la de Vigo, y alejándose otros con Barrio a Puente Arcas. Al mismo tiempo los franceses que venían de Santiago arrollaron a la gente de Morillo en el camino de Redondela, y en venganza incendiaron la villa, metiéndose después parte de ellos en Tuy, y tornando los otros con el general Maucune al punto de donde habían salido. Evacúan la ciudad los franceses. Socorrida la plaza sacaron los enemigos todos sus efectos y artillería, y temiendo nuevo bloqueo la abandonaron el 16, y se unieron con los de Valencia.

Por tanto, si no tuvo dichoso remate el cerco de Tuy consiguiose por lo menos infundir recelo en los franceses, y ver desembarazada la margen derecha del Miño. Esmeráronse entonces aquellos naturales en arreglar y disciplinar Se crea y aumenta la división del Miño. la gente que se había levantado, y que se denominó división del Miño, creando varios regimientos que se distinguieron en posteriores acciones. Incorporose a ella la partida de Don José María Vázquez, conocido en Castilla por sus hechos con el nombre del Salamanquino, y al fin aumentose su fuerza, Mándala Don Martín de la Carrera. y ganó en la opinión gran peso con ponerse a la cabeza el 7 de mayo Don Martín de la Carrera, según el deseo público, y cediéndole Barrio las facultades que tenía del gobierno supremo.

Desbarata a los franceses en el campo de la Estrella.

Había Don Martín permanecido todo aquel tiempo en la Puebla de Sanabria juntando dispersos. Unido a la división del Miño completó hasta unos 16.000 hombres, y además tenía algunos caballos y nueve cañones. Adelantose con parte de su gente por la provincia de Tuy a Santiago, de cuya ciudad salieron a repelerle el 23 de mayo unos 3000 infantes y 300 caballos a las órdenes del general Maucune, acometiéndole en el campo de la Estrella. Los desbarató Carrera, persiguiéndolos y metiéndose primero que nadie en la ciudad de Santiago Don Pablo Morillo. Cogiéronse allí fusiles y vestuarios y cuarenta y una arrobas de plata labrada, sin contar otra mucha de los templos. Recibidos los nuestros con universal regocijo, hubieron sin embargo de retirarse por las operaciones combinadas que luego meditaron los mariscales Ney y Soult, de vuelta uno de Asturias y otro de Portugal.

Campaña de Soult en Portugal.

La campaña del último en este reino había terminado con suma desdicha de sus armas. Recorreremos lo que allí pasó con rapidez, según es nuestra costumbre en las cosas de Portugal. Pisó el 10 de marzo la frontera lusitana el mariscal Soult, Entran los franceses en Chaves. y el 11 se le rindió Chaves, plaza en la provincia de Tras-os-Montes en mal estado, y que aún conservaba las brechas de la guerra con España de 1762. Penetró con 21.000 hombres, retirándose el general Silveira hacia Vila Pouca. El 13 continuaron los franceses su marcha a Braga, con gran recelo de las fuerzas que allí mandaba Bernardino Freire. En este tránsito lleno de desfiladeros encontraron mucha oposición, teniendo que caminar lentamente y escasos de mantenimientos. En Braga. Acercándose al fin a Braga no pensó Freire, general poco respetado, en que se pudiese defender la ciudad, y así dispuso retirarse. Enojado el pueblo le arrestó en un pueblo inmediato y le volvió a Braga, en donde fue bárbaramente asesinado. Viose entonces su segundo, el barón de Ebben, en la necesidad de defender con gente colecticia la posición de Carballo, legua y media distante, de la que apoderados los franceses penetraron el 20 en Braga, Asoman a Oporto. asomando el 28 a Oporto, vencidos otros obstáculos no menos dificultosos.

Intimó luego la rendición el mariscal Soult a esta ciudad, que situada a la derecha de Duero y a una legua de su embocadura, es por su población de 70.000 almas y por su gran comercio la primera de Portugal después de Lisboa. El ánimo de los naturales mostrábase levantado, tanto más cuanto con la invasión francesa veían estancado y destruido su principal tráfico, que consiste en la salida de sus vinos para Inglaterra. Estado de la ciudad. Con objeto de defender la ciudad se había en su derredor construido un campo atrincherado erizado de cañones, cuya derecha se apoyaba en el Duero, y la izquierda en los fuertes vecinos al mar; además habían atajado las calles, y colocado en ellas y en diversos puntos muchas piezas de artillería. La exaltación popular era tal que fueron víctima de ella varias personas, y con dificultad pudo el mariscal Soult intimar la rendición, no queriendo la ciudad dar oídos a tregua ni convenio. Hubo también ocasión en que so color de querer escuchar las proposiciones cogieron a los parlamentarios, como aconteció al general Foy que se llevaron prisionero con grave riesgo de su persona. Mandaba en jefe el obispo, pero la víspera del ataque abandonó la ciudad poniendo en su lugar al general Parreiras. Éntranla los franceses. Acometieron los franceses las líneas el 29 de marzo, que de grande extensión, mal dispuestas y defendidas por gente allegadiza, fueron ganadas sin grande esfuerzo, entrando en la ciudad los vencedores, y haciendo su caballería tremenda matanza. Los habitantes huyendo del peligro se avalanzaron al puente de Duero, que formado de barcas rompiose con el gentío, y allí fueron las mayores lástimas ahogándose unos y ametrallando a otros los franceses desapiadadamente. Gran matanza. Perecieron de 3 a 4000 personas, de ellas muchas mujeres y niños. Hubo hechos que ensalzaron al ya tan ilustrado valor de los portugueses: 200 hombres esforzados se defendieron en la catedral hasta que no quedó uno con vida.

Conducta del mariscal Soult.

Siguiéronse deplorables excesos, no pudiendo Soult contener los ímpetus desmandados de su tropa. Este mariscal procuró entonces y después granjearse la voluntad de los moradores, aun imitándolos en las prácticas de un fervoroso celo religioso.

Sus votos y ofrendas, y el particular cuidado del mariscal en agradar a los portugueses, dieron a sospechar si pensaba a modo de Junot ceñir la corona lusitana. Pídenle sea rey. Vino como en apoyo la exposición seguida de otras, que se imprimió y publicó, de doce habitantes de Braga, en la que llamándole padre y libertador se mostraba deseo de que Napoleón le nombrase por su rey. Y aunque es cierto que el mariscal les replicó que no pendía de él darles respuesta, la mera publicación de aquella demanda en país en donde él era árbitro de impedirla o autorizarla, manifestaba que si no dimanaba de sugestiones suyas por lo menos no era desagradable a sus oídos.

Sus providencias.

Posesionados los franceses de Oporto no prosiguieron a Lisboa, así por la oposición que encontraron en el país, como también por ignorar el paradero del general Lapisse y del mariscal Victor, cuyos movimientos del lado de Castilla y Extremadura debieron corresponder con el de Galicia. Limitáronse pues a conservar lo ganado, y a prepararse para más adelante. Ya hablamos como con este objeto y el de tener la artillería que quedó en Tuy, había retrocedido hacia esta plaza y desembarazádola de sitiadores el general Heudelet: otro tanto trataron de hacer los enemigos por la parte de Chaves, Silveira recobra Chaves. cuya ciudad había recobrado el 20 de marzo el general Silveira, extendiéndose después por el Támega hasta Amarante y Peñafiel. Reforzado luego el mismo general, y molestando incansablemente a los franceses, permaneció en aquellos sitios cerca de un mes; pero en 18 de abril queriendo el mariscal Soult abrir paso y tener libres las comunicaciones con Tras-os-Montes, envió al general Delaborde auxiliado de fuerza considerable. Al aproximarse situose Silveira en Amarante, y defendió con tal tesón el paso del puente que no pudieron superar los franceses hasta el 2 de mayo los obstáculos que se les oponían. Defensa para él muy honrosa aunque tuviese por entonces que alejarse momentáneamente.

Coronel Trant.

Al mediodía de Oporto y camino de Lisboa no dilataron los franceses sus excursiones y correrías más allá del Vouga, persuadidos de que resguardaban a Coimbra numerosas fuerzas. Sin embargo reducíanse estas a unos 4000 hombres mal disciplinados, y a una turba de paisanos que mandaba el coronel Trant, quien no pudo hacer otra cosa sino maniobrar con acierto, aparentando mayores medios que los que tenía. Mas como eran cortos se hubiera encaminado al fin el mariscal Soult a Lisboa luego que supo las resultas de la batalla de Medellín, si no hubiesen llegado inmediatamente grandes refuerzos al ejército inglés de Portugal.

Regencia de Portugal.

Continuaba gobernando a este reino la regencia restablecida después de la evacuación de Junot. La gente que había levantado nunca había salido de sus lindes, no obstante las repetidas instancias de la junta central. Obró quizá el gobierno portugués cuerdamente en no acceder a ellas hallándose todavía su tropa bastante indisciplinada. Cradock y los ingleses. De los ingleses habían quedado unos 10.000 hombres a las órdenes de Sir Juan Cradock, contra los que prorrumpieron en grande enojo los portugueses a causa de las muestras que dieron de embarcarse al saber la suerte de Moore, apareciendo en sus providencias, más que premeditado plan, desconcierto y abatimiento. Aquietado en fin el general inglés por órdenes posteriores de su gabinete permaneció en Lisboa, adelantándose después a Leiría al mismo tiempo que el ejército portugués se situaba en Tomar, el cual sin contar con las fuerzas de Silveira, la legión lusitana y las reuniones de paisanos, constaba de unos 15 a 20.000 hombres. Beresford manda a los portugueses. Disciplinábalos el general Beresford autorizado desde el mes de febrero por el príncipe regente de Portugal para obrar como comandante en jefe de sus tropas.

Refuérzase el ejército inglés.

Así andaban las cosas en aquel reino, cuando el gobierno británico, viendo que España no se sometía al yugo extranjero a pesar de sus desgracias y de la retirada de Moore, y vislumbrando también la guerra entre Austria y Francia, determinó probar de nuevo fortuna en la península reforzando considerablemente su ejército, Sir Arthur Wellesley nombrado general en jefe. y poniéndole a las órdenes de Sir Arthur Wellesley, ceñido ya con los laureles de Roliça y Vimeiro. Fueron llegando sucesivamente las tropas a las costas portuguesas, y su general en jefe desembarcó en Lisboa el 22 de abril, bien recibido y obsequiado de sus moradores. Poco después el 29 púsose en marcha sobre Coimbra, Sus providencias. llevando consigo 20.000 ingleses y 8000 portugueses. Doce mil de los últimos con dos brigadas británicas a las órdenes del general Mackenzie se apostaron en Santarén y Abrantes, adelantándose un regimiento de milicias y la legión lusitana, al cargo ahora del coronel Mayne, hasta el puente de Alcántara. Sir Roberto Wilson que poco antes mandaba dicha legión, hallábase destacado con un corto cuerpo de portugueses hacia Viseo. Avanza a Coimbra. El general Wellesley llegó a Coimbra el 2 de mayo prefiriendo antes arrojar a Soult de Portugal que obrar por Extremadura de concierto con Cuesta, según era el deseo de este caudillo y el del gobierno español.

Situación de los franceses.

Los franceses no se habían movido de Oporto y de sus puestos del Vouga. En su ejército manifestábase disgusto, aburridos todos y cansados con aquella clase de guerra, y fomentando gran descontento una sociedad secreta, llamada de los filadelfos, cuyo objeto era destruir la dinastía imperial y restablecer en Francia un gobierno republicano. Sociedad secreta de los filadelfos. Entre los que la componían había oficiales superiores, y tenían pensado poner a su cabeza al mariscal Ney o al general Gouvion Saint-Cyr. Extendíanse las ramificaciones de la sociedad a los demás ejércitos de Napoleón, y en el de España no abandonaron los conspiradores su proyecto hasta el año 10. Había echado profundas raíces en las tropas del mariscal Soult, y eran tantos los partícipes del secreto, que enviado para abrir tratos acerca de ello el ayudante mayor Mr. D’Argenton, pudo sin tropiezo ir hasta Lisboa, y con tal desembozo que inspiró desconfianza en Sir Arthur Wellesley, por lo cual respondió este al emisario francés que rebelárase o no su ejército le atacaría en tanto que se mantuviese en Portugal: sin embargo añadió que si se declaraba contra Bonaparte se ajustaría quizá un convenio para su retirada. Otros jefes parece ser que tuvieron también conferencias con el general británico, y de ellos se citan a los coroneles Donadieu y Lafitte. Mas D’Argenton de vuelta a Oporto habiéndose descubierto al general Lefebvre que creía en la trama o favorable a ella, fue arrestado en la noche del 8 al 9 de mayo teniendo pasaportes del almirante inglés Berkley. (* Ap. n. 8-8.) Dilatose su castigo para averiguar cuáles fuesen sus cómplices, y ayudado de estos tuvo ocasión de escaparse y pasar a Inglaterra.[*]

Sobresaltó al mariscal Soult tan funesto acontecimiento que realizaba anteriores sospechas, al paso que aguijó por su parte al general Wellesley a avanzar prontamente, no contando sin embargo mucho con la sublevación del ejército contrario. Plan de Wellesley. Era el plan del general inglés envolver a Soult, y obligarle a una retirada desastrada o a rendirse. Y conforme a su pensamiento dispuso que el general Beresford con las tropas de su mando, y las portuguesas que estaban en Viseo a las órdenes de Sir Roberto Wilson, se dirigiesen anticipadamente por Lamego, y pasasen el Duero para juntarse en Amarante con Silveira, cuya retirada todavía se ignoraba. Hecho este movimiento la demás fuerza británica debía avanzar en dos columnas sobre Oporto, una vía de Aveiro y otra por el camino real. No se varió el plan aunque se supo luego el descalabro de Silveira, y el 6 de mayo se empezó la operación convenida. El 10 y el 11 fue arrojado de las alturas de Grijo el general Franceschi que mandaba la vanguardia de los enemigos, la cual en seguida repasó el Duero.

Se apoderan los ingleses de Oporto.

El mariscal Soult tomando sin tardanza disposiciones para evacuar a Oporto y asegurar su retirada, voló el puente de barcas y retuvo en la margen derecha todos los botes. Dio vista el 12 a la ciudad Sir Arthur Wellesley, y aunque cercano separábale la profunda y rápida corriente de Duero. No teniendo prontos los medios necesarios para atravesarla, hubiera Soult podido retirarse tranquilamente a Galicia si un feliz acaso no hubiese servido a ayudar la combinación que para la travesía preparaba el general inglés, quien había destacado río arriba al general Murray a fin de que cruzase el Duero por Avintas y cayese sobre el flanco del enemigo al tiempo que este fuese atacado por el frente. Partió Murray; mas dudábase sobre el modo de verificar el paso a la sazón que el coronel Waters descubrió en un recodo que forma el río un pequeño bote con el que yendo a la otra orilla, acompañado de dos o tres individuos, se apoderó sin ser notado de cuatro grandes barcas abandonadas, y de priesa trájolas del lado de los suyos. Al instante y el mismo 12 a las diez del día pasó en ellas el Duero Lord Paget con tres compañías. Siguieron otros, permaneciendo los enemigos tan descuidados que burlándose de los primeros avisos que dio un oficial, a nada dieron crédito hasta que el general Foy subiendo casualmente a la altura que se eleva enfrente del convento de Serra, advirtió que en efecto pasaban los ingleses el río. Entonces todo el campo francés se conmovió y se puso sobre las armas. Trabose entre los soldados de ambos ejércitos un vivísimo choque, agolpáronse sucesivamente de uno y otro lado tropas, y llegando en fin de Avintas el general Murray abandonaron los franceses a Oporto, perseguidos por los ingleses hasta cierta distancia de la ciudad. La matanza fue grande. Cayeron heridos los generales Delaborde y Foy de una parte, y Lord Paget de la contraria, sin contar otros muchos de ambas. Censurose agriamente en su propio ejército al mariscal Soult por el descuido de dejar a los ingleses pasar en medio del día sin resistencia un río tan caudaloso como por allí corre el Duero.

Apuros de Soult.

Después de la salida de Oporto dos caminos le quedaban a dicho mariscal para retirarse, si quería conservar su artillería; uno por puente de Lima y Valencia de Miño, y el otro por el lado de Amarante. Contaba con que el último paso sería resguardado por el general Loison; mas este perseguido por los generales Beresford, Silveira y Wilson, le abandonó y puso a Soult en el mayor aprieto, sobre todo no pudiendo ir por el otro camino de puente de Lima sin encontrarse con el general Wellesley. Aunque rodeado de inminentes peligros no se abatió el mariscal francés, y con entereza y prontitud de ánimo admirables, destruyendo la artillería y los carruajes, y acallando las voces que ya se oían de capitulación, echose por medio de senderos estrechos y casi intransitables, guiado en su laberinto por un hombre de la Navarra francesa, de los que van a España a ejercer una profesión lucrativa si bien poco honrosa. El tiempo aunque en mayo era lluvioso, los trabajos grandes, la persecución y molestia de los paisanos continua, precipitándose a veces hombres y caballos por aquellos abismos y derrumbaderos. De suerte que hasta cierto punto renovaba ahora el mariscal Soult la escena que meses antes había representado el general Moore cuando él iba en su perseguimiento. Los pueblos del tránsito fueron quemados y sus habitantes tratados cruelmente, y al mismo son que ellos cuando podían trataban a los franceses. Pasa la frontera. Llegó el ejército de estos el 17 a Montealegre y el 18 pasó la frontera, no siguiendo el alcance los ingleses tierra adentro de España por querer su general retroceder a Extremadura, según antes había prometido a Cuesta. Subió a bastante la pérdida de los enemigos en la retirada, y sin la celeridad y consumada pericia del mariscal Soult difícilmente se hubieran libertado de caer en manos del inglés, cuya excesiva prudencia motejaron muchos. Llega a Lugo. Llegaron los franceses a Lugo el 23, habiéndolos molestado poco el paisanaje español que estaba como desprevenido.

Levanta Mahy el cerco.

La víspera, sabedor el general Mahy de que se acercaban, levantó el sitio que había poco antes puesto a aquella ciudad y se replegó a la de Mondoñedo. Encuéntrase con Romana en Mondoñedo. Encontráronse allí el 24 él y Romana, procedente el último de Ribadeo, a donde había desembarcado, salvándose de Asturias. Mal colocados entonces y expuestos a ser cogidos entre los mariscales Ney y Soult, resolvieron los generales españoles emprender por medio de Marcha atrevida de los españoles. una marcha atrevida un movimiento hacia el Sil, para abrigarse de Portugal, cruzando con cautela el camino real en las inmediaciones de Lugo. Verificose así felizmente, y por Monforte tomaron los nuestros a Orense. Aunque esta marcha era necesaria así para esquivar, como hemos dicho, el encuentro de los mariscales franceses, como también para darse la mano con Don Martín de la Carrera y las fuerzas que había en las provincias de Tuy y Santiago, Descontento del soldado con Romana. disgustó mucho al soldado que comenzaba a murmurar de tanto camino como sin fruto había andado, apellidando al de la Romana marqués de las Romerías: porque en efecto si bien era loable su constancia en los trabajos y la conformidad con que sobrellevaba las escaseces y miseria, nunca se había visto salir de su mente otra providencia que la de marchar y contramarchar, y las más veces a tientas, de improviso y precipitadamente, falto de plan, a la ventura, y como suele decirse, a la buena de Dios. Solo en su ausencia y en los puntos en que no se hallaba peleábase, y jefes entendidos y diligentes procuraban introducir mayor arreglo y obrar con más concierto y actividad. El único, pero en verdad gran servicio, que hizo Romana fue el de mantenerse constante en la buena causa, y el de alimentar con su nombre las esperanzas y bríos de los gallegos.

Ney y Soult en Lugo.

Mas las tropas que mandaba, por poco numerosas que fuesen, si se unían con las que estaban hacia la parte de Pontevedra y fomentaban de cerca la insurrección de la tierra, ponían en peligro a los franceses exigiendo de ellos prontas y acordadas medidas. Tales eran las que tomaron en Lugo el 29 de mayo los mariscales Soult y Ney de vuelta ya este de su rápida excursión en Asturias. Conciértanse para destruir el ejército español. Según ellas, debía el primero perseguir y dispersar a Romana, dirigiéndose sobre la puebla de Sanabria, y conservar por Orense comunicación con el segundo, quien, derrotado que fuese Carrera, había de avanzar a Tuy y Vigo para sofocar del todo la insurrección. Púsose pues el mariscal Ney en camino con 8000 infantes y 1200 caballos, y avanzó contra la división del Miño animada del mayor entusiasmo. Conde de Noroña, 2.º comandante de Galicia. La mandaba entonces en jefe el conde de Noroña, nombrado por la central segundo comandante de Galicia, mas este tuvo el buen juicio de seguir el dictamen de Carrera, de Morillo y de otros jefes que por aquellas partes y antes de su llegada se habían señalado; con lo cual obraron todos muy de concierto.

Acción del Puente de Sampayo.

Al aviso de que Ney se aproximaba cejaron los nuestros a Sampayo, punto en donde resolvieron hacerle rostro. Mas cortado anteriormente el puente por Morillo, hubo que formar otro de priesa con barcas y tablazón, dirigiendo la obra con actividad y particular tino el teniente coronel Don José Castellar. Eran los españoles en número de 10.000, 4000 sin fusiles, y el 7 de junio muy de mañana acabaron todos de pasar, atajando después y por segunda vez el puente. A las nueve del mismo día aparecieron los franceses en la orilla opuesta, y desde luego se rompió de ambos lados vivísimo fuego. Los españoles se aprovecharon de las baterías que antes había levantado Don Pablo Morillo, y aun establecieron otras: los principales fuegos enfilaban de lo alto de una eminencia el camino que viene al puente; ocupose el paso de Caldelas dos leguas río arriba por Don Ambrosio de la Cuadra que regía la vanguardia, y por Don José Joaquín Márquez comandante del regimiento de Lobera; apoyose la derecha de Sampayo en un terreno escabroso, y la izquierda estaba amparada de la ría en donde se habían colocado lanchas cañoneras. Duró el fuego hasta las tres de la tarde sin que los franceses consiguiesen cosa alguna. Renovose con mayor furor al día siguiente 8, buscando los enemigos medio de pasar por su derecha un vado largo que queda a marea baja, y de envolver por su izquierda el costado nuestro que estaba del lado del puente de Caldelas y vados de Sotomayor. Rechazados en todas partes vieron ser infructuosos sus ataques, y al amanecer del 9 se retiraron a las calladas, después de haber experimentado considerable pérdida. Señaláronse entre los nuestros, y bajo el mando del conde de Noroña, La Carrera, Cuadra, Roselló, que gobernaba la artillería, Castellar, Márquez y D. Pablo Morillo; por su parte también se manejaron con destreza los marinos, y sin duda fue muy gloriosa para las armas españolas la defensa del Puente de Sampayo.

Soult trata de pasar a Castilla.

Romana, en tanto, se había acogido a Orense al adelantarse el mariscal Soult: mas en vez de seguir la huella del primero detúvose este en Monforte algunos días. Lo alterado del país, noticias de la guerra de Austria, y más que todo los celos y rivalidad que mediaban entre él y el mariscal Ney le alejaron de continuar el perseguimiento de Romana, y le decidieron a volver a Castilla. Para ello, no pudiendo atravesar el Sil por allí falto de vados y de puentes, tuvo que subir río arriba hasta Montefurado, así dicho por perforarle en una de sus faldas la corriente del mismo Sil, obra según parece del tiempo de los romanos. Paisanos del Sil. Los naturales de los contornos, colocados en la orilla opuesta, le causaron grave mal, acaudillados por el abad de Casoyo y su hermano Don Juan Quiroga. Para vengarse del daño ahora y antes recibido, desde Montefurado mandó el mariscal Soult al general Loison descender por la orilla izquierda del Sil y castigar a los habitantes. Quema de varios pueblos. Cumplió este tan largamente con el encargo que asoló la tierra y varios pueblos fueron quemados, Castro de Caldelas, San Clodio y otros menos conocidos. También padecieron mucho los otros valles que recorrieron o atravesaron los enemigos. Romana en Celanova. Romana retirose a Celanova, y en seguida a Baltar, frontera de Portugal, en donde le dejó tranquilo el mariscal Soult, Soult en la Puebla de Sanabria. pues dirigiéndose por el camino de las Portillas llegó el 23 a la Puebla de Sanabria, de cuyo punto se retiraron a Ciudad Rodrigo después de haber clavado algunos cañones los pocos españoles que le guarnecían.

General Franceschi cogido por el Capuchino.

Soult permaneció en la Puebla breves días habiendo despachado a Madrid a Franceschi para informar a José del estado de su ejército y de sus necesidades. Aquel general partió de Zamora en posta a caballo con otros dos compañeros, mas pasado Toro fueron todos cogidos e interceptados los pliegos por una guerrilla que mandaba el capuchino Fr. Julián de Délica. Los pliegos [*] (* Ap. n. 8-9.) eran importantes así porque expresaban el quebranto y escaseces de aquellas tropas, como también por indicarse en su contenido el mal ánimo de algunos generales.

Situación de Ney.

Viéndose solo el mariscal Ney y abandonado de Soult, conoció lo crítico de su situación. Con nada en realidad podía contar sino con la fuerza que le quedaba, y era esta harto corta para hacer rostro a la población armada, y al ejército bastante numeroso que contra él podían ahora reunir sin embarazo los generales Romana y Noroña. El auxilio que le prestaban los españoles sus allegados era casi nulo, y por decirlo así perjudicial. Mazarredo. Había ido de comisario regio el general de marina Mazarredo que separándose de su profesión, en la que había adquirido bien merecido renombre, metiose a dar proclamas y a esparcir entre los eclesiásticos y los pueblos una especie de catecismo, por cuyo medio apoyándose en textos de la Escritura, quería probar la conveniencia y obligación de reconocer la autoridad intrusa. No conmovían las conciencias argumentos tan extraños, al contrario las irritaban, provocando también a mofa ver convertido en misionero político al que solo gozaba de reputación de inteligente en la maniobra náutica. Hubo igualmente en Santiago un director de policía Bazán. llamado Don Pedro Bazán de Mendoza, doctor en Teología, el cual y otros cuantos de la misma lechigada cometieron muchas tropelías y defraudaron plata y caudales: denominaban los paisanos semejante reunión el conciliábulo de Compostela. Evacúa Ney Galicia. Rodeado por tanto de peligros y escaso de fuerzas y recursos, resolvió Ney salir de Galicia, y el 22 evacuó la Coruña, enderezándose a Astorga por el camino real; en cuyo tránsito asolaron sus tropas horrorosamente pueblos y ciudades.

Así tornó aquel reino a verse libre de enemigos al cabo de cinco meses de ocupación, durante los cuales perdieron los franceses la mitad de la tropa con que habían penetrado en aquel suelo, ya en las acciones con los ingleses, ya en la terrible guerra con que les habían continuamente molestado los ejércitos y población de Galicia y Portugal.

Entra Noroña en la Coruña.

A pocos días entró en la Coruña el conde de Noroña y la división del Miño, siendo recibidos no solo con alborozo general y bien sentido, sino también quedándose los espectadores admirados de que gente mal pertrechada y tan varia en su formación y armamento hubiera conseguido tan señaladas ventajas contra un ejército de la apariencia, práctica y regularidad que asistían al de los franceses.

Por entonces y antes de promediar junio fue también evacuado el principado de Asturias. Además de lo ocurrido en Galicia y Portugal aceleraron la retirada de los enemigos los movimientos y amago que hicieron las tropas y paisanaje de la misma provincia. 18.000 hombres la habían invadido: una parte, según en su lugar se dijo, volvió luego a Galicia con el mariscal Ney, otra mandada por el general Bonnet viose obligada a acudir a la montaña a donde la llamaba la marcha de Don Francisco Ballesteros, y la restante fuerza sobrado débil para resistir Worster y Bárcena. a los generales Don Pedro de la Bárcena y Worster que avanzaban a Oviedo del lado de poniente, salió con Kellermann camino de Castilla. El primero de aquellos generales cayendo de Teberga sobre Grado había antes arrojado de esta villa a unos 1300 franceses que estaban allí apostados, cogiendo 80 prisioneros.

Ballesteros pasa a Castilla y a las montañas de Santander.

Por la parte oriental del principado había reunido el general Ballesteros más de 10.000 hombres. Entraba en su número un batallón de la Princesa que había ido a Oviedo con Romana, y el cual mandado por su coronel D. José O’Donnell se le había unido, no pudiendo embarcarse en Gijón. También se agregó después el regimiento de Laredo que pertenecía a las montañas de Santander y la partida o cuerpo volante de D. Juan Díaz Porlier. Entusiasmado el general Ballesteros con las memorias de Covadonga pensó que podían resucitar en aquel sitio los días de Pelayo. Anduvo por tanto reacio en alejarse hasta que falto de víveres y estrechado por el enemigo tuvo el 24 de mayo que abandonar de noche la cueva y santuario, y trepar por las faldas de elevados montes, no teniendo más dirección que la de sus cimas, pues allí no había otra salida sino el camino que va a Cangas de Onís, y este le ocupaban los franceses. En medio de afanes consiguió Ballesteros llegar el 26 a Valdeburón en Castilla de donde se trasladó a Potes. Meditando entonces lo más conveniente resolvió de acuerdo con otros jefes acometer a Santander, cuya guarnición desprevenida se juzgaba ser solo de 1000 hombres. Se encaminó con este propósito a Torrelavega en donde se detuvo más de lo necesario. Por fin al amanecer del 10 emprendiose la expedición, pero tan descuidadamente que el enemigo se abrió paso dejando solo en nuestro poder 200 prisioneros. Ocupa Santander. Entraron las tropas de Ballesteros el mismo día en Santander, mas la ocupación de esta ciudad no duró largo tiempo. En la misma noche revolviendo sobre ella los franceses ya reforzados, penetraron por sus calles y pusiéronlo todo en tal confusión que los más de los nuestros se desbandaron, y el general Ballesteros creyendo perdida su división se embarcó precipitadamente con Don José O’Donnell en una lancha en que bogaron por falta de remos y remeros dos soldados con sus fusiles. Intrepidez de Porlier. Don Juan Díaz Porlier se salvó con alguna tropa atravesando por medio de los enemigos con la intrepidez que le distinguía. Fue también notable y digna de la mayor alabanza la conducta del batallón de la Princesa, Marcha admirable del batallón de la Princesa. que privado de su fugitivo coronel y a las órdenes del valiente oficial Garvayo conservó bastante orden y serenidad para libertarse y pasar a Medina de Pomar, desde donde, ¡marcha admirable! poniéndose en camino atravesó la Castilla y Aragón rodeado de peligros y combates, y se incorporó en Molina con el general Villacampa.

Romana en la Coruña.

Libres en el mes de junio Asturias y Galicia, era ocasión de que el marqués de la Romana, tan autorizado como estaba por el gobierno supremo, emplease todo su anhelo en mejorar la condición de su ejército, y la de ambas provincias. Entró en la Coruña poco después que Noroña, y fue recibido con el entusiasmo que excitaba su nombre. Sus providencias y negligencia. Reasumió en su persona toda la autoridad, suprimió las juntas de partido que se habían multiplicado con la insurrección, y nombró en su lugar gobernadores militares. No contento con la destrucción de aquellas corporaciones, trató de examinar con severidad la conducta de varios de sus individuos, a quien se acusaba de desmanes en el ejercicio de su cargo, procedimiento que desagradó. Pues al paso que se escudriñaban estos excesos, nacidos por lo general de los apuros del tiempo, mostró el marqués suma benignidad con los que habían abrazado el bando de los enemigos. Por lo demás sus providencias en todos los ramos adolecieron de aquella dejadez y negligencia característica de su ánimo. Suprimidas las juntas cortó el vuelo al entusiasmo e influjo popular, y no introdujo con los gobernadores que creó el orden y la energía que son propias de la autoridad militar. Transcurrió más de un mes sin que se recogiese el fruto de la evacuación francesa, no pasando el tiempo aquel jefe sino en agasajos, y en escuchar las quejas y solicitudes de personas que se creían agraviadas o que ansiaban colocaciones; y entre ellas, como acontece, no andaban ni las realmente ofendidas ni las más beneméritas. Sale a Castilla. Por fin reunió el marqués la flor del ejército de Galicia y trató de salir a Castilla.

Nombra a Mahy para Asturias.

Antes de efectuar su marcha envió a tomar el mando militar de Asturias a Don Nicolás Mahy: el político y económico seguía al cuidado de la junta que el mismo marqués había nombrado. Nombra a Ballesteros para mandar 10.000 hombres. Ordenó además este que se le uniese en Castilla con 10.000 hombres de lo más escogido de las tropas asturianas Don Francisco Ballesteros, que en vez de ser reprendido por lo de Santander, recibió este premio. Debiolo a haberse salvado con Don José O’Donnell, favorito del marqués, y mal hubiera podido ser censurada la conducta del general sin tocar al abandono o deserción del coronel su compañero: así un indisculpable desastre sirvió a Ballesteros de principal escalón para ganar después gloria y renombre.

Romana llegó a Astorga con unos 16.000 hombres y 40 piezas de artillería. Dejó en Galicia pocos cuadros y escasos medios para que con ellos pudiese Noroña formar un ejército de reserva. Una corta división al mando de Don Juan José García se situó en el Bierzo, y Ballesteros desde las cercanías de León hizo posteriormente hacia Santander una excursión que no tuvo particular resulta.

Sucédele después en el mando del ejército el duque del Parque.

Permaneció Romana en Astorga hasta el 18 de agosto en que se despidió de sus tropas habiendo sido nombrado por la junta de Valencia para desempeñar el puesto vacante en la central por fallecimiento del príncipe Pío. El mando de su ejército recayó después en el duque del Parque, al cual también se unió aunque más tarde Ballesteros, caminando todos la vuelta de Ciudad Rodrigo.

Los franceses que salieron de Galicia y que componían el 2.º y 6.º cuerpo debieron ponerse por resolución de Napoleón recibida en 2 de julio a las órdenes de Soult, como igualmente el 5.º del mando del mariscal Mortier que estaba en Valladolid procedente de Aragón. Varios obstáculos opuso José al inmediato cumplimiento en todas sus partes de la voluntad de su hermano; y de ello daremos cuenta en el próximo libro.

Fin de este libro.

Ahora terminando este conviene notar lo poco que a pesar de tan grandes esfuerzos habían adelantado los franceses en la conquista de España. Ocho meses eran corridos después de la terrible invasión en noviembre del emperador francés, y sus huestes no enseñoreaban todavía ni un tercio del territorio peninsular. Inútilmente daban y ganaban batallas, inútilmente se derramaban por las provincias, de las que ocupadas unas levantábanse otras, y yendo al remedio de estas, aquellas se desasosegaban y de nuevo se trocaban en enemigas. Parangón de la guerra de Austria y España. ¡Cuán diferente cuadro presentaba por aquel tiempo el Austria! Allí había en abril abierto la campaña el archiduque Carlos con ejércitos bien pertrechados y numerosos, solo tres o cuatro batallas se habían dado, una de éxito contrario a Napoleón, y sin embargo ya en 12 de julio celebrose en Znaim una suspensión de armas, preludio de la paz. Así una nación poderosa y militar sujetábase a las condiciones del vencedor al cabo de tres meses de guerra, y España después de un año, sin verdaderos ejércitos y muchas veces sola en la lucha, manteníase incontrastable por la firme voluntad de sus moradores. Tanta diferencia media, no nos cansaremos de repetirlo, entre las guerras de gabinete y las nacionales. Al primer revés se cede en aquellas, mas en estas sin someterse fácilmente los defensores al remolino de la fortuna, cuando se les considera deshechos, crecen; cuando caídos, se empinan. Conocíalo muy bien el grande estadista Pitt,[*] (* Ap. n. 8-10.) quien rodeado de sus amigos en 1805 al saber la rendición de Mack en Ulma con 40.000 hombres exclamando aquellos que todo estaba perdido y que no había ya remedio contra Napoleón, Previsión notable de Pitt. replicó, todavía lo hay si consigo levantar una guerra nacional en Europa, añadiendo en tono, al parecer profético, y esta guerra ha de comenzar en España.

Portada de los apéndices
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APÉNDICES

AL TOMO SEGUNDO.

Filete ornamental
Filete ornamental
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