LIBRO QUINTO. (continued 3)
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8. — «Admirable réplica!» exclamó Fray Blas. — «No tiene respuesta el argumento,» dixo el Comissario. — «Quitómele de la boca el Padre Predicador,» añadió Fray Gerundio. — «Sosiéguense Ustedes, replicó el Padre Abad, que yo veré si puedo responder á él, pero me han de oir con paciencia.»
9. «No tiene duda, que las oraciones fúnebres se inventaron en el mundo para celebrar á los claros varones, alentando á los vivos á la imitacion de los difuntos en las heróicas virtudes, que practicaron en beneficio de la Patria y de la República. Esso de que los Athenienses fuessen los primeros que introduxeron esta loable costumbre, como lo afirmó en su sermon el Padre Fray Gerundio, es muy dudoso y seguido de muy pocos. Lo mas mas que se les concede fué la invencion de ciertos juegos eqüestres, que en honor de los difuntos esclarecidos practicaban sus amigos y parientes, como lo hizo Achiles con Patroclo, y mucho tiempo ántes Hércules con Pélope.»
10. «Lo que no admite duda es, que una de las primeras oraciones fúnebres que se leen en toda la antigüedad es la de Lucio Junio Bruto, como dice Ciceron, diez y seis años anterior á las que se leen de los Griegos, celebrando la memoria de los que murieron en la famosa batalla del Marathon; y por el mismo tiempo, poco mas ó ménos, tuvieron principio los epitaphios ó elogios sepulchrales, que se gravaban sobre las sepulturas de los difuntos, dando una succinta noticia de las principales acciones de su vida ó de los dictados mas visibles que los adornaron; como el de Anicio Probo, cinco veces Cónsul, Questor y Candidato, á su madre Anicia Phaltonia Proba, muger de un Cónsul, hija de otro, y madre de dos; pero, sobre ser esta una qüestion inútil, fácilmente podemos conciliar las dos opiniones encontradas, diciendo que los Griegos fueron los primeros que inventaron los elogios fúnebres, dedicándolos precisa y únicamente á los que morian con las armas en las manos en defensa de la patria; y los Romanos fueron los primeros que los extendieron á todos los difuntos, que en qualquiera linea huviessen sido beneméritos de la República ó de el Estado. Aquellos los limitaron á las virtudes militares, estos los extendieron á todas las virtudes.»
11. «Hasta que la Iglesia comenzó á lograr alguna paz permanente, hácia los principios del quarto siglo, ni se introduxo ni pudo introducirse esta costumbre entre los Christianos. Las primeras oraciones fúnebres completas que tenemos y que merezcan este nombre, son las de San Gregorio Nazianceno, que murió el año de 391. Es cierto, que ni entónces ni en muchos siglos despues se permitieron en la Iglesia de Dios este género de elogios públicos, pronunciados en el Templo á vista de todo el pueblo, sino en la muerte de sugetos esclarecidos, notoriamente recomendables por su eminente virtud ó por sus grandes servicios en obsequio de la Religion. Despues la lisonja, la vanidad y la condescendencia, ayudadas de la calamidad de los tiempos, introduxeron el intolerable abuso de celebrar magníficas exequias con oraciones fúnebres á todos los difuntos que dexaban conveniencias para costearlas. Tuvo principio esta corruptela en el siglo 11º, quando se comenzó á relaxar la disciplina, y las revoluciones del Imperio abrigaron la simonía, la violencia y la ignorancia, pues se hallan en aquel siglo y en los dos siguientes algunos panegýricos pósthumos de sugetos no solo escandalosos y perversos, sino hombres verdaderamente facinorosos.»
12. «Para formar estos elogios, claro está que era menester una de tres cosas: ó fingir descaradamente las virtudes que no tuvieron, ó ponderar las que debian de tener, ó sacar al theatro con nombre de virtudes los mas vergonzosos vicios, echándolos una capa que los diesse otra apariencia. Entónces fué quando se comenzó á torcer en los púlpitos el verdadero significado de aquellos grandiosos nombres magnanimidad, bizarría, intrepidez, generosidad, gran corazon, política, prudencia, teson, animosidad, heroísmo, etc. Contagio ó trastornamiento que, derivándose de siglo en siglo hasta nuestros tiempos, ya apénas nos dexa discernir los verdaderos Héroes de los que no fueron mas que unos verdaderos tyranos, ladrones, usurpadores, falaces, astutos, pérfidos, ambiciosos, atrevidos, temerarios, arrogantes y descarados mofadores de todo el género humano.»
13. «Apoderada de los pueblos y de las naciones esta perniciosa introduccion, mas ó ménos se ha conservado hasta ahora en todas las de la Christiandad. Es verdad que en nuestra España ya es muy rara la provincia, y aún los pueblos, donde se permiten sermones de honras que no sean á sugetos de virtud sobresaliente, sobre lo qual se han tomado varias providencias, assí en algunos Concilios provinciales como en diferentes Sýnodos diocesanos. Si hay algun Gremio ó Comunidad, donde constantemente se observe esta demonstracion con todos sus individuos difuntos, es por la justa presuncion que funda el mismo hecho de haver sido de tal Comunidad ó de tal Gremio, de que el difunto necessariamente sobresalió en alguna virtud, prenda ó talento recomendable. Algunos son de opinion que, quando estas prendas no salen de la esphera de virtudes puramente morales ó intelectuales, tampoco debieran salir los elogios de los sugetos que las posseyeron, de aquellas piezas donde las Comunidades ó Gremios sabios celebran sus juntas ó sus exercicios literarios. Assí se observa en las dos Academias de las Ciencias y de las Bellas Letras de Paris: los nobles elogios fúnebres que se consagran á la memoria de los miembros de ellas que murieron, se encierran siempre dentro de las paredes de sus académicos Muséos, y hacen una preciosa parte de sus utilíssimos exercicios. El púlpito y los Templos parece que solo debieran reservarse para elogiar aquellas virtudes verdaderas que, sin volver siquiera los ojos hacia la vana immortalidad del nombre, miran derechamente á la eterna felicidad. Los que son de este sentir, juzgan que es profanarlos el dedicarlos á otra cosa. Yo prescindo de esta opinion, porque mi dictámen no hace falta ni para defenderla ni para impugnarla.»
14. — «Hace bien vuestra Reverendíssima, interrumpió el Comissario; porque, si llevara la contraria, nos havian de oir los sordos. Yo tengo en mi poder el sermon, que se predicó en las honras de un primo mio Cathedrático, y, aunque no fué negocio de que la gente anduviesse á cachetes por sus reliquias, pero al fin el Orador, que tampoco es ménos que un Cathedrático de prima, le compara á Salomon; y en verdad que pienso dexarle á mis sobrinos como la alhaja mas preciosa de mi herencia, mandando expressamente en el testamento, que le archiven entre los papeles mas importantes de la familia; y aún no estoy ageno de hacer á mi costa otra impression, si pinta bien la venta de los carneros. Pero prosiga vuestra Reverendíssima, porque le oímos con gusto.»
15. — «Digo pues, continuó el Padre Abad, que, aún tolerada en algunas partes la costumbre de predicar sermones de honras á los que en vida no tuvieron las costumbres mas arregladas, pero se hicieron recomendables por otras prendas naturales dignas de estimacion, parece á muchos hombres discretos, (cuyo dictámen no me atrevo á reprobar,) que están en ellos muy fuera de su lugar las noticias eruditas, gastadas, como dicen, á pasto y muy de intento, especialmente aquellas que se toman de los funerales del Paganismo.» — «Pues, como se ha de bandear el pobre Orador sin esse socorro?» preguntó Fray Blas. — «Yo se lo diré á vuestra Paternidad,» respondió el Padre Abad.
16. «Como se bandeó San Gregorio Nazianceno en su admirable oracion fúnebre predicada en las honras de San Basilio, quando llegó á tratar de su universal pericia en casi todas las ciencias. Ya ve vuestra Paternidad, que esto pertenece puramente á las prendas intelectuales y naturales; pues, sin distraherse el Santo á noticias impertinentes ni hacer ostentacion de alusiones importunas, va haciendo una noble descripcion de las ciencias que posseía con gran perfeccion el gran Basilio, insinuando al mismo tiempo con artificioso dissimulo una admirable instruccion para que los oyentes aprendiessen el modo de posseerlas, sin descuidarse de enseñarlos como havian de usar de ellas con utilidad. Contentóme mucho este hermoso trozo de la oracion, aún leído en la version latina, que sin duda perderia no poco de su elegancia original en la lengua griega. Tradúxele en castellano, y aún le tomé de memoria, por si acaso se me ofrecia alguna vez aprovecharme de él; y á fé que han de tener Ustedes la paciencia de oírmele, porque no les ha de disgustar. Dice pues assí:»
17. «Qué ciencia, qué facultad huvo en que Basilio no estuviesse muy versado, y tan versado como si se huviesse dedicado á ella sola? De tal manera las posseyó todas, que jamas huvo quien posseyesse una sola con igual perfeccion; y con tanta eminencia se hizo dueño de cada una, que parecia ignoraba todas las demas. Y esto porqué? Porque á un ingenio tan sútil como elevado añadia una aplicacion tan continua como laboriosa: medio único para adquirir el imperio sobre las ciencias y las artes. Su ingenio pronto, rápido y penetrativo hacia al parecer ocioso su estudio infatigable; y, á vista de su continuo estudio, parecia inútil la rápida perspicacia de su ingenio. Sin embargo, juntó la una con la otra con tanto empeño, que dexó neutral la admiracion, sin saber á qual de las dos partes debia aplicarse mas, si á la elevada viveza de su ingenio ó al teson incansable de su estudio. Quien pudo competir con Basilio en la rhetórica, aquella divina arte que en todo respira fuego? Superior á los Rhetóricos mas célebres en el inimitable uso de los preceptos, pero muy desemejante de ellos en las costumbres. Quien le excedió en la gramática, aquella arte de hablar correctamente, que pule y forma la lengua para el Griego mas castizo, aquella que recoge la historia, preside en la poesía, y como suprema Legisladora publica é intima leyes para el metro? Quien en la philosophía, ciencia verdaderamente sublime, que se eleva á lo mas alto de la naturaleza, ya se considere aquella noble parte suya, que se dedica á la práctica y experimental indagacion de las verdaderas causas que producen los efectos naturales, ya se atienda aquella otra, que se entrega toda á la especulacion en las disputas, sutilezas y argumentos lógicos, que comunmente se conoce con el nombre de dialectica? En ella sobresalió tanto Basilio que, si alguna vez la necessidad le empeñaba en la disputa, su argumento no tenia solucion, y era mas fácil al adversario burlarse del mas intrincado laberintho que desembarazarse de su réplica. Por lo que toca á la astronomía, geometría y arithmética, se contentó con saber lo que bastaba para que los peritos en estas facultades le mirassen y le oyessen con respeto; lo demas lo consideró como inútil á la profession de un sabio religioso y serio, que en sus estudios buscaba el provecho y no la curiosidad: de manera que tanto se debe admirar en Basilio lo que no quiso estudiar, como lo que escogió para aprender.»
18. «Aquí tienen Ustedes un elogio limitado precisamente á prendas ó virtudes naturales, que á un mismo tiempo deleita é instruye, persuade y mueve, sin el fárrago de erudicion ó de noticias triviales que un Predicador de los que se usan fácilmente embutiría en los varios puntos que toca San Gregorio Nazianceno: un elogio que, no rozándose ó rozándose apénas con las virtudes christianas, no obstante se pronunció dignamente en el púlpito mas grave y á vista del auditorio mas autorizado y mas serio. Pues, quien quita que á imitacion de este se formen otros muchos, quando en los sugetos, cuyos funerales se celebran, no hay que alabar sino prendas naturales ó virtudes puramente morales, que, aunque no son mérito para la vida eterna, son imitables por útiles á la sociedad civil?»
19. — «Y si ni aún esso se halla en el difunto, dixo Fray Gerundio con algun sacudimiento y retintin, como que él se havia visto en esse caso, de qué ha de echar mano el triste Predicador?» — «Penetro, Padre Fray Gerundio, respondió el Padre Abad, todo el émphasis de la pregunta, que no es tan innocente como parece: confiesso á vuestra Paternidad, que mi primo el Escrivano ni fué canonizable, ni se hizo muy visible por otros talentos de la linea natural, que logran alguna recomendacion entre los hombres; por esso tuve lástima del Orador que havia de predicar sus honras, luego que me avisaron de su última disposicion, y aún él mismo se hizo cargo de la dificultad, quando por conocerla dexó una limosna tan quantiosa al Predicador, atento al apuro en que se havia de ver para encontrar en él algo digno de alabarse. Pero digo, que aún en este apretado lance hay en la rhetórica ciertos lugares comunes, y todos graves, de que puede y debe echar mano el Orador para formar su panegýrico fúnebre, sin dispendio del tiempo, sin perder el respeto al púlpito, y con utilidad del auditorio.» — «Y qué lugares son essos, Padre Reverendíssimo?» preguntó Fray Gerundio. — «Yo se los diré á vuestra Paternidad,» respondió el Padre Abad.
20. «Los que llaman de la persona, y se pueden reducir á quatro capítulos: á las prendas del cuerpo, á las del alma, á la nobleza ó méritos de sus antepassados, y al oficio, empléo ó ministerio que exerció el difunto quando vivo. En el cuerpo se puede considerar la proporcion, gentileza, symetría ó hermosura, la agilidad, la robustez, la fortaleza, etc. En el alma, el entendimiento, la penetracion, el juício, la prudencia, etc. En la nobleza ó méritos de sus antepassados, todas las hazañas que los hicieron recomendables. En el oficio ó empléo, la superioridad, la exactitud, la aplicacion, los medios, los fines, la utilidad, etc.» — «Pues qué! interrumpió Fray Blas, tambien se ha de hacer assunto en el púlpito, de que el difunto no havia sido corcovado ni contrahecho, sino galan y bien apuesto, parándonos en si fué ágil ó pesado, torpe ó industrioso, buen ginete ó mal ginete, etc.? Valiente impertinencia!» — «Allá va essa mosca,» dixo el Comissario, dando un resoplido. — «Yo me sacudiré de ella,» respondió con serenidad el Padre Abad.
21. «Sí, Padre Fray Blas, quando no hay otra cosa mejor de que echar mano, puede el Orador valerse de las prendas corporales, con tal que lo haga con la debida gravedad, circunspeccion y decencia. No se celebran en la Escritura las fuerzas corporales de Sanson? No se elogian los hermosos cabellos de Absalon? No se aplaude la agilidad de Saul y su destreza en el manejo del arco? No se ensalza el primor con que David heria las cuerdas del harpa? Y quantas veces havrá celebrado vuestra Paternidad en sus sermones la hermosura exterior de la humanidad de Christo, y havrá hecho algunas pinturillas ó descripciones de la singular belleza de la Santíssima Vírgen? Y del juício que supongo en vuestra Paternidad, no quiero creer que sus descripciones ó pinturillas havrán sido tan profanas, tan escandalosas, tan sacrílegas como las que yo he oído mas de una vez á muchos Predicadores, que, en lugar de pintar á la Reina de las Vírgenes y Madre de la pureza, parece que hacian el retrato de una Helena incendiaria ó de una Venus provocativa. Cavendum est, dice á este intento una pluma igualmente zelosa que elegante, ab ineptiis eorum, qui in laude gravis personæ, ut Beatæ Virginis, vernante styli lascivia speciem aliquam Helenæ efformare nituntur.»
22. «Qué cosa al parecer mas indiferente que la agilidad y la destreza en el exercicio de la caza? Con todo esso, esto se alaba mucho, y no sin razon, en la historia de varios Príncipes que fueron eminentes en este exercicio, dedicándose á él con moderacion y por provechoso passatiempo, sin declinar en el extremo de una passion desordenada y viciosa. Tales fueron Mithridátes, Adriano, Carlo-Magno, Henrico Primero y Alberto, Emperadores los tres últimos de Alemania. Nicetas ensalza con los mayores elogios á la Emperatriz de Constantinopla Euphrosina, muger del Emperador Alexo Angelo, porque en la intrepidez y en la destreza de la caza de cetrería no solo igualaba, sino que excedia á los mas hábiles cazadores de su tiempo. Ni en los nuestros nos faltan exemplares de augustíssimas Princesas, que no dan ménos muestras de su pericia y de su valor en el bosque que de su penetracion y de su profunda política en el gabinete; tan felices en los aciertos de la escopeta, como diestras en la puntería de los negocios. Lo que se aplaude en la historia, por qué no se podrá elogiar dignamente en el púlpito?»
23. «Dixe dignamente, y lo dixe con reflexion; porque, para que se hagan decente lugar en la cáthedra del Espíritu Santo estas prendas naturales, siempre es menester elevarlas á motivos superiores, insinuando que aquellos que las posseyeron, ó las enderezaron ó debieron enderezarlas á fines útiles á la Religion ó, quando ménos, al Estado. Un Orador medianamente diestro puede fácilmente instruir con arte á su auditorio en los medios de elevar á fines de superior órden las acciones mas regulares y mas indiferentes. No salgamos del exercicio de la caza. Quien quita ponderar la oportuna ocasion que ofrece la soledad para el recogimiento, los varios obgetos innocentes del campo para levantar el corazon á Dios; la velocidad, el furor, la astucia y aún la valentía de las mismas fieras, para mil reflexiones conducentes á la utilidad del alma ó al prudente gobierno de las operaciones en la vida civil? Sabemos que San Francisco de Borja, quando Duque de Gandía, era aficionadíssimo á la caza de cetrería, en la qual exercitaba mil virtudes diferentes: ya la mortificacion, retirando de repente la vista quando mas la convidaba la diversion del obgeto; ya el sufrimiento, tolerando sin quexarse assí las fatigas del campo como los rebeses de los temporales; ya una profunda meditacion, sacando utilíssimas consideraciones de la velocidad con que el halcon se disparaba á la presa, de la docilidad con que á la primera insinuacion del reclamo se restituía al alcándara,[32] de la fidelidad con que presentaba la caza á su legítimo dueño, refrenando su natural voracidad por cumplir con su obligacion y con su agradecimiento.»
24. «Aún en el Gentilismo tenemos un bello trozo del panegýrico de Trajano, que puede servir de instruccion á qualquiera christiano Orador para dirigir á la religion el elogio de las prendas naturales. Eres, dixo Plinio el jóven, diestríssimo en la caza. Usasla con moderada freqüencia. Parece recréo, y no es mas que mudanza de fatiga. Tienes por alivio lo que solo es mudar de trabajo; interrumpes algunas veces los cuidados del gabinete, mas para qué? Para penetrar los bosques, para perseguir las fieras aún en los mas profundos senos de sus lóbregas cavernas, para trepar por riscos y breñas inaccesibles sin mas auxilio que el de tus piés, sin otras huellas que las que estampan tus plantas; y esto, en qué viene á parar? En que con sobreescrito de diversion exercitas la piedad, visitando aquellos sagrados lugares y saliendo al encuentro á los Dioses tutelares que los presiden y los protegen: Quod si quando cum influentibus negotiis paria fecisti, instar refectionis existimas mutationem laboris: quæ enim remissio tibi nisi lustrare saltus, excutere cubilibus feras, superare immensa montium juga et horrentibus scopulis gradum inferre, nullius manu, nullius vestibus adjutum, atque inter hæc pia mente adire lucos et occursare numinibus?»
25. — «Y si el bueno del difunto, replicó el Socio, no tuvo ninguna destreza ni habilidad, sino para comer, beber, passearse y vita bona, adonde ha de acudir el angustiado Orador por los elogios?» — «Adonde? respondió el Abad; á su profession ó á su oficio, pues no hay oficio ni profession que no dé abundante materia para celebrar, si no al que la exercitó, al modo con que debe exercitarse y á los fines á que debe dirigirse, lo que todo redundará en provechosa enseñanza del auditorio.»
26. — «Y parécele á vuestra Reverendíssima, dixo Fray Blas, que se encuentran ahí á la puerta de la calle los elogios de todas las facultades y de todas las professiones?» — «Jesus! respondió el Abad: no hay cosa mas á mano, ni tampoco mas de sobra. Qualquiera Autorcillo que escrive sobre el todo ó la parte de alguna facultad, oficio ó empléo, comienza colocándole mas allá de las nubes, pues ó el prólogo ó el primer capítulo, quando muchas veces no sea la mayor y la mas inútil parte de la obra, se reduce por lo comun á recoger todo quanto se ha escrito en recomendacion de la materia que trata, de su antigüedad, de su nobleza, de su necessidad, de su suma importancia: tanto que, al leer la introduccion del mas despreciable folleto sobre alguna parte de qualquiera de las facultades y aún artes ú oficios mechánicos, un Lector incauto se persuade á que no la hay mas noble, mas importante ni mas necessaria. A este propósito me acuerdo, que siendo muchacho leí cierto librete sobre las fiestas que havia hecho en una Ciudad el gremio de los Sastres, con ocasion de un retablo que havia costeado el mismo gremio. El Autor, assí en la introduccion como en lo restante de la obrilla, juntó ó esparció tantos y tan magníficos elogios de este oficio; sobre todo se inculcó tanto su antigüedad y su nobleza, probando, á su parecer concluyentemente, que este era el primero que se havia exercitado en el mundo, siendo Adan y Eva los primeros Sastres, fundado en aquellas palabras del capítulo 3º del Génesis: Cumque cognovissent se esse nudos, consuerunt folia ficus et fecerunt sibi perizomata, que, convencido yo á lo mismo, faltó poco para que no me metiesse á Sastre.»
27. — «Tan baxos pensamientos como essos, interrumpió el Socio, nunca los tuve yo; pero tanto como dedicarme á Boticario, no me faltó un tris para hacerlo, desde que leí en cierto papelejo sobre la confeccion del Alkermes, que el Espíritu Santo era el verdadero fundador de las Boticas, por quanto él es el que inspira el conocimiento de la virtud de los simples y el modo de elaborarlos: añadiendo que por esso las quintas essencias, que son los medicamentos mas activos, se llaman espíritus, con alusion á su divino inventor.»
28. — «Chanzas á un lado, continuó el Padre Abad; al Gramático, al Rhetórico, al Orador, al Poeta, al Phýsico, al Mathemático, al Músico, al Astrónomo, al Legista, al Theólogo, y á proporcion á todos los Professores aún de las artes ú oficios mechánicos, se les puede alabar en el púlpito con magestad y con decencia por el exercicio de sus mismos oficios y facultades. Para hacer el elogio de un Gramático, no hay mas que leer á Marciano Capela, en su libro 3º; á Diomedes, en la Epístola á Athanasio; á Diodoro Sículo, en el libro 12º, sobre las leyes de Charondas; y á Suetonio, De illustribus Grammaticis et Criticis. Para el de un Rhetórico y Orador, sobre lo mucho que dice Philon Hebréo en su libro Del Cherubin, se puede leer á Lucano en el poema á Calphurnio Pison; á Ovidio, en el libro segundo Del Ponto, Elegía 5ª.; á Plinio el menor, en el libro segundo, Epístola 3ª.; á Séneca, en el Prólogo á las Controversias de Crasso Severo; y tambien á Ausonio, en su Panegýrico á Graciano.»
29. «No hay cosa mas de sobra que los elogios de la poesía; tropiézanse tantos, que son estorvo mas que diversion. Casi todos los que se encuentran en los modernos, son copia de los que se leen en el Diálogo sobre la Oratoria, que corre con nombre de Cornelio Tácito y muchos creen ser de Quintiliano, donde se dicen muchas cosas en pro y en contra de la Poesía; de los que recogió Silvio Itálico hácia el fin del libro undécimo; de los que se hallan en el Genethlíaco de Luciano, como se ve en las obras de Estacio; y, finalmente, de lo mucho que dixo Florido en el capítulo 7. del libro tercero Contra los detractores de los Poetas. En amontonar alabanzas de la philosophía, parece que todos han conspirado: Oradores, Poetas, Historiadores, Ciceron, Capela, Claudiano, Sidonio Apolinar y todos los que escrivieron las vidas de los Philósophos antiguos y modernos, como Eunapio Sardiano, Porphyrio, Philóstrato Lemnio, Ammonio Egypcio, Dion Biothynio, Diógenes Laercio; y entre los modernos Bruquero, Vossio, Jonsi, Capasi, y el Inglés Thomas Stanley.»
30. «Para poner la medicina sobre los cuernos de la luna, no es menester mas que abrir qualquiera tratadillo, que haya escrito en algun assunto de ella el mas desdichado Pedante. A carretadas recoge lo infinito que se ha dicho de la buena, cuidando mucho de suprimir lo no ménos infinito que se ha declamado contra la mala. Pero al fin, por expressar algunas fuentes determinadas, léase la Vida de Galeno, recogida por Julio Alexandrino, los Comentarios de la Nobleza, por Andrés Tiraquel, y la Epístola del Ilustríssimo Guevara al Doctor Melgar, y encontrará el Orador un almagazen de elogios de la medicina, que no los ha de consumir en un tomo entero de sermones de honras, á los que han hecho predicar tantos por sus desaciertos.»
31. «De las mathemáticas sé muy bien lo que dice San Agustin: Quas multi Sancti nesciunt quidem, et qui etiam sciunt eas Sancti non sunt: que muchos Santos las ignoran, y los que las saben no son Santos. Esta sentencia, que parece dura, no quiere decir lo que suena: solo intenta el Santo significar por ella el grande embeleso, con que esta nobilíssima ciencia arrebata hácia sí á sus professores, los quales necessitan de un esfuerzo muy particular para desviar su atencion de las especulaciones mathemáticas, si han de encontrar tiempo para dedicarse á la meditacion de las verdades evangélicas. Por lo demas, nadie puede negar que el mismo embeleso, con que arrebatan el alma, es un medio tan eficaz como innocente para desviarla de las passiones, que son los mayores enemigos de la santidad. Y assí, apénas se encontrará Mathemático sobresaliente, que no sea hombre de costumbres irreprehensibles. Por esso casi siempre va sobre seguro el elogio de estos Professores; y para formarle prestan sobrados materiales Platon en su Timéo, Aristóteles en muchos lugares de sus obras, y Alcínoo en el Isagoge á la Doctrina de Platon.»
32. «Un Músico tiene mil capítulos que le pueden hacer justamente recomendable; solo con passar los ojos por el bello panegýrico, que Cassiodoro hace de la música en el tratado que dirigió á Boecio Patricio, libro segundo Variar., hay copia de escogidos materiales para celebrar á los que professan esta preciosa facultad. Y el que no se contentare con estos, puede leer al ya citado Marciano Capela en todo el libro nono. De los Jurisconsultos y de los Theólogos no hablo, porque es menester que sea muy ignorante el que no sepa, que se puede formar una grande librería, compuesta precisamente de los elevados y merecidíssimos elogios con que todos los han engrandecido.»
33. — «No se fatigue mas vuestra Reverendíssima, dixo á esta sazon el Comissario; que, aunque yo le estaria oyendo con grandíssimo gusto desde aquí á mañana, me causa congoja el miedo de que se canse.» — «Pues yo, añadió Fray Gerundio, con licencia de vuestra Merced y solo por oir á su Reverendíssima, tengo de hacerle todavía una pregunta. Y si el difunto no solo no sobresalió en prendas algunas christianas, morales ó naturales; no solo no fué eminente en la facultad que professó, ni en el oficio que exerció, sino que en la Religion fué un mal christiano, en la facultad un zopenco, y en el oficio un mal hombre: qué ha de hacer el Orador sino refugiarse al sagrado de la erudicion?»
34. — «El caso es algo apretado, respondió el Padre Abad, pero no tanto que no tenga salida. Entónces puede hacer lo que se refiere en la vida de San Antonio de Padua (caso que no pueda excusarse de predicar á sus honras, que será el arbitrio mejor): obligaron al Santo á predicar en las de un usurero; quitóse de cuentos, no dissimuló el torpe vicio de que havia adolecido públicamente el difunto, declamó vehementemente contra él; y ponderando aquel texto de la Escritura: Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum: donde está tu thesoro, allí está tu corazon; para probar la verdad de este oráculo, dixo con instinto superior que acudiessen al cofre donde el difunto tenia su thesoro, y que hallarian su corazon en él. Hízose assí, encontróse efectivamente, tráxose á la Iglesia con espanto de todos, y, á vista de aquel desdichado corazon, hizo el Santo un sermon de ninguna utilidad para el difunto, pero de grandíssimo provecho para los vivos.»
35. «En la vida del venerable Capuchino y Apostólico Missionero Fray Joseph de Carabantes se refiere otro caso muy parecido: dícese en ella que, estando un Religioso de la misma Orden para predicar el sermon de honras de cierto Ministro de Justicia, se le apareció rodeado de llamas, la noche antecedente, y le dixo: No prediques mis honras, sino mis deshonras; porque te hago saber, que assí yo como todos los que hemos tenido cargo de Justicia en este Pueblo por espacio de quarenta años, estamos ardiendo en el infierno. Con efecto, este fué el sermon que predicó, dándosele poco de que los parientes del difunto se diessen por ofendidos, como se diessen por avisados y por escarmentados, ellos y los demas. No se puede aconsejar en cerro, que se haga lo mismo siempre que la vanidad ó la lisonja insistan en que se prediquen honras de sugetos, cuya vida fué notoriamente desordenada y escandalosa. Para esso era menester un espíritu tan iluminado y una santidad tan reconocida como la de San Antonio de Padua; pero á lo ménos debe guardarse bien el Orador de tocar en las costumbres del difunto, porque ó ha de mentir ó ha de escandalizar. Mucho mayor cuidado ha de poner en huir de suponerle en estado de gracia, ponderando fuera de tiempo la infinita misericordia del Señor; porque el auditorio incauto y sencillo, y tambien el que no lo es, oyendo desde el púlpito las imprudentes congeturas de que se salvó un hombre de tan mala vida, entra en la necia confianza de que igualmente se podrán salvar los que le imitaren en sus disórdenes.»
36. — «Pues, qué partido juicioso, preguntó el Socio, se podrá tomar en esse apurado lance?» — «El que debiera seguirse, respondió el Abad, en casi todos los sermones de honras, especialmente las que se dedican á sugetos que no huviessen sido de una virtud singular, notoria y generalmente reconocida: desviar enteramente la atencion de aquel difunto particular, y fixarla en todos los fieles difuntos. Quiero decir, ponderar la terribilidad de las penas del Purgatorio, el rigor con que se castigan las mas leves culpas con los mas graves tormentos, la indispensable obligacion que todos tenemos de aliviar con nuestros sufragios á las almas que los padecen, siendo esta obligacion mayor ó menor, segun la mayor ó menor conexion de los vivos con los difuntos; el sumo reconocimiento de aquellas afligidas almas respecto de todos los que contribuyen á aliviarlas; su grande poder con Dios, quando se vean en el descanso eterno de la gloria; y concluir de aquí demonstrativamente, que nosotros interessamos mucho mas que ellas en los sufragios que las ofrecemos, porque nuestros sufragios á lo mas las podrán anticipar una felicidad de que ya están asseguradas, pero su poderosa intercession con Dios nos podrá assegurar á nosotros essa misma felicidad, que aún está expuesta á tantas contingencias. Nosotros podremos conseguir, que salgan quanto ántes del Purgatorio; ellas podrán alcanzar, que no caigamos jamas en el infierno. Hé aquí unos materiales copiosíssimos para disponer muchos sermones de honras, aún en la muerte de los hombres mas foragidos.»
37. — «No son malos, dixo el Comissario, ahuecando la voz entre resoplido y regüeldo; pero, si no se ilustran los tormentos del Purgatorio con algo de la rueda de Ixíon, con un poco de los perros de Antéo, con un rasgo de los buitres de Prometheo, con mucho del toro de Phálaris, y, sobre todo, para pintar bien la pena de daño, con buen recado de la sed de Tántalo á la vista del cristalino chorro, es negocio de dormirse el auditorio; y, si los ronquidos no valen por sufragios, no hay que esperar otros.» — «Soy de essa opinion,» añadió Fray Blas. — «Nunca me apartaré de ella,» prosiguió Fray Gerundio. — «Padre nuestro, perdimos el capítulo,» concluyó el Socio. — «No perdimos tal, respondió el Abad; porque yo no hice empeño de traher á mi opinion al Señor Comissario ni á estos Reverendos Padres, conociendo bien ser empressa muy superior á mis fuerzas. Dixe mi dictámen por modo de conversacion, y en lo demas cada qual abunde en su sentir.» — «Esto es, añadió el Socio, cada loco con su thema.»
38. «Pero, como yo estoy convencido de lo que vuestra Paternidad ha dicho y, por lo que á mí toca, con firme resolucion de no separarme un punto de sus máximas, solo quisiera saber qué Autor ó Autores podria seguramente imitar en las oraciones fúnebres, y si ha havido alguno sobresaliente y cabal en este género de composiciones.»
39. — «Usted, que entiende medianamente la lengua francesa, respondió el Padre Abad, ó á lo ménos sabe de ella lo que basta para el gasto de casa, no ignorará que hay escrito en ella mucho y bueno de esta especie. Apénas hallará oracion fúnebre pronunciada en esta lengua, singularmente de un siglo á esta parte, que no sea un bello modelo de la mas castiza y aún de la mas christiana eloqüencia. San Francisco de Sales fué de los primeros que abrieron este noble camino á la oratoria francesa, en la tierna oracion fúnebre que predicó en las honras del Duque de Mercurio. La que el Padre Bourdalue pronunció en las del gran Príncipe de Condé, Luis de Borbon, parece que apuró todos los primores del arte. Pero el que entre todos los Oradores franceses se elevó en este género de eloqüencia á tan superior altura, que no parece possible se remonte mas el vuelo de algun Orador humano, fué el grande Espíritu Flechier, Obispo de Nimes, excediéndose singularmente á sí mismo en la célebre oracion al Vizconde Mariscal de Turena. Si despues se acercó alguno á este grande hombre, fué el Ilustríssimo Señor Don Pedro Francisco Lafiteau, Obispo de Cisteron, en la que pronunció en las honras de nuestro gran Rey Phelipe Quinto, que al punto se traduxo en castellano, sirviendo de exemplar á pocos y de confusion á innumerables.»
40. «Verdad es, que en este punto no están los Franceses tan indulgentes como yo, á lo ménos en todos los artículos; porque suponen, lo primero, que las oraciones fúnebres no se hicieron para el púlpito, el qual las adoptó á regañadientes, viendo que la lisonja ó quando ménos la condescendencia con los grandes se empeñaban en introducirlas en el Santuario. En esto no me separo mucho de ellos. Suponen, lo segundo, que para celebrar dignamente á un Héroe, es menester que sea tambien Héroe el Orador, porque, no siéndolo, no puede tener idéas ni expressiones proporcionadas al mérito ni á la grandeza de su obgeto. De manera que el auditorio ha de estar como indeciso, no sabiendo determinar qual es mayor Héroe en su linea, si el Héroe del púlpito ó el Héroe de la campaña, del gabinete ó del solio. Consiguiente á esto suponen, lo tercero, que en materia de oraciones fúnebres no se sufren medianías: ó han de ser excelentes, ó son intolerables. Si el auditorio no está embelesado, tiene derecho para silvar al Orador. Esta máxima me parece que inclina demasiado al rigorismo, y no mudo de opinion porque diga Tulio en la carta á Marco Bruto, que eloquentia quæ admirationem non habet, nullam judico: que, miéntras el Orador no assombra, no es Orador. Mas acá hay posada: como llegue á agradar, á persuadir y á mover, cumplió bastantemente con su obligacion.»
41. «Suponen, lo quarto, que los grandes empléos, los primeros puestos, la autoridad, la nobleza, la sabiduría, el genio, el valor, el heroísmo, ni aún el mismo throno, mirados precisamente en sí, no son assuntos dignos de un Orador christiano, y que, para serlo, es menester que el Orador haga reflexion á su inanidad, á su inconstancia, inspirando en el auditorio el ningun aprecio que merece este vano humo, útil solo quando se usa de él para fines elevados y superiores. Tampoco me atrevo á desviar de este dictámen; porque le hallo muy conforme á los principios de la Religion, y aún fundado en las mas sólidas máximas de una buena philosophía moral. Estas son las severas leyes que los Franceses se proponen para sus oraciones fúnebres, y es cierto que los mas se arreglan admirablemente á ellas.»
42. «Pero no crean Ustedes, que ellos solos los observan y que no tengamos nosotros dentro de casa algunos bellos exemplares que imitar, sin necessitar de mendigarlos afuera. Sin salir de la Universidad de Salamanca, hay modelos muy acabados. El amor de la cogulla no me permite olvidar á nuestro Maestro Vela, á quien arrebató la muerte, quando el mundo comenzaba á conocerle. En dos ó tres oraciones fúnebres que predicó, y se dieron á la luz pública, mostró su raro talento para este género de composiciones, en que sin duda compitió con los mas nobles Oradores. El Reverendíssimo Padre Salvador Osorio, de la Compañía de Jesus, Cathedrático de aquella Universidad y Provincial de la Provincia de Castilla, fué muy singularmente buscado para este género de empeños, y salió de ellos con tanta felicidad, que casi todos los sermones fúnebres que predicó se dieron á la estampa, aún ménos para immortalizar la memoria de los difuntos, que para la enseñanza de los vivos y para admiracion de los sabios. Varias veces me he lamentado de que algun sugeto zeloso de la gloria de nuestra Nacion no huviesse hecho una coleccion de estas oraciones, para que tuviessemos en España un funeral, que pudiesse hombrear con los mas célebres que tanto ruído meten en las naciones extrangeras.»
43. «En la Corte de Madrid se predicaron tambien nobles oraciones en las exequias del gran Rey Phelipe Quinto. No hablo de todas, porque algunas inquietarian las cenizas de aquel piadosíssimo, juiciosíssimo y advertidíssimo Monarca, si fuera capaz de turbarse el descanso de sus reales despojos, que con gran fundamento considera la piedad como preludio del eterno y glorioso, que algun dia los espera. Entre otras muy dignas del mayor aprecio, me arrebató la atencion y el gusto la que pronunció el Doctor Don Joseph de Rada y Aguirre, Capellan de honor de su Magestad, su Predicador de los del número, y hoy digníssimo Cura de su real Palacio. Díxola en las exequias, que consagró á la memoria tierna de aquel gran Monarca su real Congregacion de María Santíssima de la Esperanza. Su assunto fué un nobilíssimo cotejo de las gloriosas hazañas de Príncipe con las heróicas virtudes de Christiano, protestando el discretíssimo Orador, que aquellas sin estas serian materia indigna para un elogio pronunciado al pié de los altares. Confiesso que me embelesó aquella noble oracion, y que es grande mi dolor de que muchos Oradores españoles se desvien tanto del verdadero camino de elogiar dignamente á los difuntos, con aprovechamiento de los vivos, quando tienen á la vista conductores tan seguros.»
44. Al decir esto se hallaron todos dentro de casa, de vuelta del passéo, que no fué corto, porque insensiblemente los fué empeñando en él la divertida conversacion; y, si la cercanía de la noche no les huviera avisado de que era tiempo de retirarse, es de creer, que el Reverendo Padre Abad nos huviera enriquecido con otros muchos materiales igualmente preciosos y oportunos sobre una materia de tanta importancia. Lo peor del caso fué, que perdió el aceite y el trabajo, porque, segun atestigúan concordemente varios documentos innegables, solo el Socio se aprovechó de la doctrina: los demas la oyeron con grandíssima frescura. El Comissario dixo entre dientes, volviéndose hácia Fray Blas: «No me encaxa»; Fray Blas respondió: «Topo»; y Fray Gerundio añadió: «Viva el Florilegio, y muérase la peste.»
CAPITULO IX.
Es buena cosa y merece leerse.
1. Al dia siguiente descamparon todos los huéspedes, llevándose en todo caso Fray Gerundio sus doscientos reales en el bolsillo, y su Semana-Santa entre pecho y espalda. Esto le acomodaba infinito, y ya no dudaba que se sorberia todos los sermones famosos de veinte leguas al contorno, ni mas ni ménos como si se sorbiera un par de huevos passados por agua: tan firme en este concepto, que ya repartia en su imaginacion algunos de los que le sobraban, entre Fray Blas y otros amigos. Fray Gerundio, Fray Blas y Anton Zotes se fueron á comer á Fregenal del Palo, donde se dividia el camino para Campazas y para el Convento, con ánimo de descansar aquel dia en casa del famoso Familiar.
2. Reciviólos este con su agrado, sossiego, paz y socarronería natural. Luego que se apearon, los saludó á todos cariñosamente, pero sin quitarse de la cabeza un monteron perdurable, y dixo á Fray Gerundio: «A fé, Sobrino, que llegas al mas mijor tiempo del mundo, para que nos saques de una enfecultá; porque yo bien conozco, que eres gran Letrado y que has regolvido mas libros que un Vilboticario...» — «Bibliothecario querrá vuestra Merced decir,» le corrigió Fray Gerundio. — «Ya escomienzas, majadero?» le replicó el Familiar. «Si entiendes lo que quiero decir, qué te emporta á tí el modo con que lo digo? Al fin, Vilboticario ó Bribioquitario, ó sea lo que se juere, lo que yo te digo es, que tu Tia y yo estábamos ahora en una controversia: el punto tiene uñas, y ó me parió mi madre al rebés, ó harto será que yo no tenga razon. Es el causo... pero desalfórgense primero Ustedes, y entrémonos en la sala baxa; porque no es nigocio de tratar unas materias tan hondas en el corral.»
3. Hiciéronlo todos assí, entráronse en la salita, limpiáronse el sudor, aliviáronse de ropa, echaron un trago, y, estando ya sossegados, prosiguió el Familiar de esta manera: «Pues, como iba diciendo de mi cuento, no ves sobre aquella arca grande una arpillera liada? Mas va que no adivinas lo que tiene.» — «Como quiere vuestra Merced que lo adivine?» respondió Fray Gerundio. — «Pues, yo te lo diré en prata, dixo el Familiar; tantas varas de una tela muy rica, que yo no sé como se llama; solo sé que me costó á sesenta reales la vara, porque dicen que viene allá de las Indias y no se sabe frabicar en nuestro incontinente, y es de color de pechuga de tordo zorrero ó de aquellos páxaros que se llaman... válasme Dios, como se llaman? Ello es assí una cosa que suena á maravedises.» — «Malvises,» apuntó Fray Blas. — «Sí, Padre nuestro, prosiguió el Familiar, malguises; que no parece sino mesmamente el color del hábito de nuestro Padre San Francisco. Amen d’ esso, hay en la tal arpillera otras tantas varas de raso liso, amarillo como yema de huevo, para la enforradura. Allende de todo lo dicho se contienen en la susodicha otras milenta varas de listonajos y de fruecos con campanillas ó con esquilones ó con zencerros, que dice mi muger que es cosa muy precisamente necessaria para hacer un piso ó un friso ó qué sé yo como le llama? con sus ondas escalfadas ó escaroladas en el roda-pié de la basquiña. Item, un cordoncito de hilo d’ oro muy sótil, para los cabos de la casaca. Item, otro cordon grande del mesmíssimo hilo, con sus nudos á trechos como los cordones de los Flayres, pero trabajado con mucha progilidá, delicadeza y sienmetría, que real y verdaderamente encalabrina la vista. Ea pues, apostemos una azumbre de vino á que no sabes para qué es todo esse matalotage.»
4. — «Como quiere vuestra Merced que yo lo adivine?» respondió Fray Gerundio. — «Ten paciencia, dixo el Familiar, que yo te lo diré sin que te cueste esse trabajo. Tu Prima Sidora estuvo enprimero con ensarampion, dempues con viruelas, dempues con distenseria, y en fin si se va, si no se va, que era un joício esta casa. A este tiempo vino aquí un Flayrico, (ni mas ni ménos como tú, salvante el santo hábito,) que perdicó á San Antonio de Paula y dixo, entr’ otras cosas, que era güeno encomendar las Doncellas enfermas al Santo y ofrecerle, que traherian su hábito por tanto ó por quanto tiempo. Para esto contó un enxempro d’ una Doncella rica, hermosa y la única engénita de su casa, que estaba ya agonizando por unas viruelas malinas, que la havian ponido la cara como un sapo hinchado; la madre la ofreció con mucha endevocion al bendito Santo, dixiendo que, si la sanaba y la quedaba sin oyos en la cara, la havia de vestir de su hábito hasta que se casasse, ó en fin tuviesse otra conveniencia que Dios la deparasse. Súpitamente sanó la Doncella, y la cara se la quedó tan lisa y tan llana mesmamente como si fuesse una mesa de turcos. Oyó este enxempro tu Tia Cicilia; viene á casa, cuéntamele, y dice que quiere hacer lo mismo con Sidorica. Dígola que me parece santo y güeno. Al cabo d’ algunos dias comenzó á remprazarse la muchacha, hasta q’ al fin se levantó de la cama, y con el tiempo se la jueron cerrando los augeros de la cara, tanto que quedó como unas froles y como si enjamas huviera tenido tales viruelas. Díceme tu Tia que quiere cumprir su promesa; yo la respondo que la cumpra, que es josticia y razon. Y qué hace? Va y despacha un mozo á Vayadolí, el qual llegó anoche con todos essos argamandijos para el santo hábito. Qué te parece, Gerundio?»
5. — «Qué me ha de parecer? Que hizo muy bien mi Tia Cecilia, porque es justo cumplir lo que se ofrece á los Santos.» A este tiempo entró Cecilia en la sala y, conociendo de lo que se hablaba por la respuesta que oyó á Fray Gerundio, dixo con mucho alborozo: «Bien haya la Madre que te parió, Sobrino mio, que das la razon á quien la tiene, y no tu Tio, que es un testarron, y en dando en una no le sacarán de allí quatro yuntas de güeyes.» — «Tanto me ha entendido el Sobrino como la Tia, replicó frescamente el Familiar, y mejor matrimonio era impussibre que se ajuntasse, si él no juera Flayre y ella no juera mi muger. Vamos al causo. Yo no digo, que no se cumpra lo que se promete á los Santos. Soy acaso por ahí algun herejazo de mala raléa, para enseñar essa mala dotrina? Lo que digo es que, quando se promete á un Santo poner el hábito de su Religion, como si dixeramos: á San Antonio de Paula, el de San Francisco; á San Vicente Ferdel, el de Santo Domingo; á San Francisco Gabriel, el de los Theatinos, y ansina d’ otros: lo que yo entiendo es, que se ha de vestir la tal presona d’ aquel mismo paño, sayal ó estameña, de q’ anduvon vestidos los Santos á quienes s’ hace el prometimiento, ó al ménos del q’ andan vestidos los Flayres de su Religion, probe y humildemente; porque decirme á mí, q’ ha de ser inculto y ensequio de los Santos traher unos hábitos que cuestan mas que las galas de una novia, solo porque se assemejan un si es no es en el color, pero en lo demas telas muy ricas ó al ménos muy delicadas, mucho cintajo, mucha farfulá, mucha franja, cabos por aquí, güeltas por allá, escudos con mucha pedrería, evillas en las corréas de lo mismo, y ansina otras fantasías q’ ha inventado la vanidá de las Mugeres: esso es habrarme de la mar, y no me sacarán de que esto mas es bulra que devocion, mas es inritar á los Santos que hacérnoslos prespicios, aunque me perdiquen Flayres Descalzos.»
6. — «Segun esso, replicó Fray Gerundio, Usted querria que, si una Muger tierna y delicada ofrecia traher el hábito de San Antonio, ó por devocion ó por reconocimiento de algun beneficio, se vistiesse de un sayal áspero y burdo; si el de San Vicente Ferrer, de una estameña grossera y ordinaria; si el de San Francisco Xavier, de un paño comun y basto?» — «Craro está, que lo querria y que lo quiero, respondió el Familiar, porque lo endemas no es vestir el hábito que truxon los Santos, ni es divocion, ni es pinitencia, ni es muertificacion, ni es molestia verginal, sino ventolera, vanidá, estintacion, porfanidá, descarnio, sancrilegio y qué sé yo qué mas? Mal me quieran mis güessos, si los Santos no se inritaren de este enculto, en lugar de darse por exequiados. Y, para que no magines c’ abro de mi calletre, te he de contar un enxempro que m’ acuerdo haver oído á este dempropósito. A cierto Cavallero muy jurador y maldiciente le castigó Dios, dispuniendo que se le hinchasse la lengua y le saliesse un palmo fuera de la boca. El probe empaciente s’ aenrepintió y ofreció á la Santíssima Vírgen que, si por su entercession le libraba su Hijo d’ aquel trabajo, se vesteria de hermitaño y la serveria como tal en un Santuario suyo muy célebre. Al punto y al mimento se le recogió la lengua á su lugar, y él espenzó á cumprir su promesa honradamente, yéndose al Santuario y echándose á cuestas un saco de hermitaño con todo rigor, que no havia mas que pedir. Pero el Diabro, que no duerme, le sugerió endempues q’ aquel trage le deshonraba, y que podia cumprir su promesa conservando no mas que la fegura y mudando la materia, de manera que pareciesse hermitaño sin dexar de mostrar que era Cavallero. Cayó el probe Señor en la red, que le armó el estuto inimigo. Echóse un saco y un manto y una capilla de paño muy fino, prendiendo la corréa con un evillon de prata sobredorada, que pareceria bien en el pretal del cavallo del mismo Rey; su sombrero branco de castron con su galon d’ oro que ’namoraba; sus medias de seda entaraceadas de varios colores, que formaban un pardo enceniciento muy apacibre á la vista; sus zapatillas brancas, listoneadas á trechos de negro, para remedar las sandalias de los Flayres Descalzos; y por báculo una caña de Indias con su puño d’ oro en fegura de cayada, como diz que lo usan agora algunos Señores de la Corte: y qué sucedió? C’ á pocos dias c’ anduvo con este trage enresible para los hombres de juício, se le golvió á escurrir la lengua de la boca, y en verdá, en verdá c’ ansina murió, no haviendo nenguno que no lo atribuyesse á castigo de la Vírgen, por la bulra q’ havia hecho del hábito q’ avia ofrecido; y esto siendo ansí que el hábito de hermitaño no está bendito ni, como dicen, santuficado. Pues, que s’ anden agora las Señoras Damas á bulrarse con los santos hábitos!»
7. — «No creo yo, dixo entónces Fray Blas, que lo hagan por burla, sino porque la natural delicadeza del sexo no las permite usar de unas telas ó paños tan bastos que las brumarian.» — «Padre Perdicador Mayor, replicó el Familiar, déxese de cercunloquios. Lo primero, del mesmo seso fueron todas las santas y grandes Señoras que sabemos anduvon en el siglo vestidas de los hábitos de varias Religiones, y de nenguna se dice c’ anduviesse vestida en essa conformidá, sino lisa, llana y probemente, como los Flayres ó las Monjas; lo segundo, del mesmo seso son tantas Capuchinas Descalzas, Recoletas, Carmelitas y otras inumerables, que pueden muy bien con los paños burdos, sin que las agovien las fuerzas ni las prejudique á la salú; lo tercero, que yo no pongo el ahinco en que los hábitos de las Damas sean de la mesma mesmíssima materia que los de las Monjas ó de los Flayres. Bien está que sean de una tela de lana un poco mas delgada que la c’ usan estos y aquellas, aunque se incrine algo á tela fina, con tal que sea honesta, simpre, sencilla, sin arrumacos ni recobecos. Pero de seda! pero de telas d’ oro y prata! pero mucho encaxe, mucho perifollo, y mucho sí Señor! Déxelo, Padre; que esse es un lurdibrio de la Religion, y no sé yo como no han metido en esto la mano los que pueden atajar estos escanrios.»
8. — «Oyes, oyes, dixo á esta sazon Cecilia con bastante viveza, pues por mi vida que el bendito San Antonio, que está en la capilla de la Perroquía, no tiene por ahí nengun hábito de sayal tosco; sino que tiene un hábito de saya de la Reina muy rica, con su flanjon d’ oro por olra, y al rededor de la capilla y de las mangas un galon ó punta de lo mesmo, c’ apuesto yo que el habitico costó mas de veinte dobrones. Y has de saber que, quando ofrecí poner el hábito á la mi Sidorica, la ofrecí poner el hábito de San Antonio, y no el de los Flayres; pues, si la he umbiado á traher una tela y una flanja y un galon, ello por ello como el del mesmíssimo Santo, para qué nos estás ahí quebrando la cabeza y gruñendo los livianos?»
9. — «Ahora no ven Ustedes, respondió con flema y con marragería el Familiar, si mi muger es enginiosa? Qual si huviera estudiado Thaulogía, á la hora de esta ya era por ahí saminadora sindonal de media docena de Obispados. Mire Usted, Señora Cicilia, á los Santos en los altares, enregularmente habrando, los ponen muy galanos, para representar acá á nuestro modo la vestidura enmortal y riquíssima de que están adornados en la groria. Horasme; para esto craro está que, aunque se empreen las telas mas esquesitas, ni las joyas y piedras mas preciosas, todo es poco y nada ascanza; porque quanto hay en la tierra, todo es una bazofia enrespeutivamente al menor rasguño del Cielo; pero, quando se promete á un Santo traher su hábito, como por comparanza á San Antonio, ora sea por devocion, ora por pinitencia, ora por qualquiera otro motivo, no se promete andar vestido como San Antonio grorioso, sino como San Antonio penitente; no como maginamos que está en el Cielo, sino como sabemos q’ anduvo vestido en la tierra. Lo endemas, Señora Letrada, de persumir andar un pecador y una pecadora como nos feguramos á los Santos en la groria, no sé yo si güele á cosa de Enquisicion; y en verdá que, como oliera, yo mismo la enseñaría á Usté el camino, que ya le sé por mi uficio, y no se ha de decir por mí que en casa del herrero cuchillo de palo.»
10. — «No sino, dixo Cecilia, que vestiria yo á mi hija como si fuera por ahí una demandadera de las Descalzas. M’ hija es tan güena como las demas, y, si otras sacan hábitos ricos, ella no ha de ser ménos.» — «Y si las otras son locas, añadió el Familiar, que lo sea tambien tu hija? si las otras se van al infierno, que se vaya tambien ella?» — «Pues qué, dixo Cecilia, es pecado traher hábitos de moda?» — «Esso, amiga mia, respondió el Familiar, Dotores tiene la Santa Madre Iglesia que te sabrán responder. Lo que yo te sé decir es que, estando en Vayadolí, uí á un santo Messonero, (que diz que era hombre muy sapientíssimo,) que el hacer bulra de los santos hábitos de las Religiones, aprobadas por el Padre Santo de Roma, el apricarlos á usos profanos, y otras cosas ansina, era un pecado muy gordo, y no me acuerdo si dixo algo de descomunion. Si es ó no es porfanar los santos hábitos el traherlos para la vanidá, para la sostentacion, para la gula, haciendo soberbia de la humildá, convirtiendo en riqueza la probeza, y queriendo juntar la honestidá y la modestia de los Santos con todas las modas y aún con toda la desenvoltura del sigro, la resolucion de este causo no es para cabezas redondas como la mia.»
11. — «Bien hace Usted, Tio, en no resolverle, interrumpió Fray Gerundio; porque, si esse fuera pecado, no estaria tan públicamente consentido ni se huviera extendido tanto el uso de los hábitos, que ya se ha hecho especie de moda. Vemos que los trahen Señoras de todas classes, y que muchas de ellas freqüentan los Sacramentos, confessándose con hombres sabios, que las absuelven y se lo permiten; con que, no debe de haver en esso tanto mal como á vuestra Merced se le figura.» — «Dobremos la hoja, Sobrino, respondió el Familiar; que quizá nos meteremos en cosas muy hondas, donde ni tigo ni migo podamos salir. En esso de hombres sabios hay su mas y su ménos: las ausoluciones tambien he uído decir que andan muy baratas, y, en fin, de encultis no judicas Ecclesia.»
12. «Una cosa te puedo decir, que, aunque yo fuera Padre Santo, por lo ménos no m’ havian de llevar la ausolucion las que anduviessen com’ una que yo vi, y diz que era Señora de emportancia. Trahia una bazquiña bien cumprida d’ una tela morada riquíssima, con sus encaxes á trechos, de prata, cad’ uno de mas de tercia, y en baxo de la basquiña y del guardapiés un tontillote que, como mi parió mi madre, no cabia á las derechas por una puerta muy ancha; en conformidá que, quando entraba la Señora por alguna, era menester enjurjarse de lado, ni mas ni ménos como lo hace la moza quando mete una brazada de manojos por la puerta del horno. Colgábala de la centura una cosa á manera de trenza ó de cordon, que se componia de tres cintas muy anchas de tesú, todas entreveradas para salpicar mijor los tres colores, que eran morado, branco y azul, los quales tenian ilusion á no se qué mysterio. Esta trenza, cordon ó lo que fuesse no baxaba empiependicularmente hácia en baxo, como las corréas, los cordones ó los ceñidores de los Religiosos y de las Religiosas; no, Señor: venia caracoleando por un lado de la basquiña, con sus lazos de tramo en tramo, y remataba postreramente entre las dos últimas carreras del encaxe con un roseton d’ á palmo, que no parecia sino un girasol pentiparado. La casaca era de la misma tela que la basquiña, y tambien subian y baxaban por ella unos encaxes de hilo de prata, entortijados ansí á manera de los cohetes que llaman con cola, ó si no (y es mas mijor comparanza), como los capotillos de llamas de los enjusticiados por el Santo Uficio y rejalgados á el brazo seglar. Trahia prendido al pecho un escudo de pedrería, todo él desgastado en oro, y en medio el retrato d’ un devino Señor vestido de Nazareno, con la cruz á cuestas, que no havia mas que ver. Las sortijas, los anillos, las mesredaldas, los dinamantes y los rubines que trahia en los dedos de las manos, esso era un juício. Pues, qué te diré d’ unos rosarios á manera de gargantillas que tenia entortijados en las muñecas, y eran d’ unas pelras finas como avellanas? Tampoco digo nada de essos que llaman buelos las mugeres, todos bordados tan sotilmente que me se assemejaban á las venicas de un niño muy branco y rubio, quando se descubren por entre el cútis. Los buelos eran de tres Religiones...» — «De tres Ordenes querrás decir, borrico,» interrumpió la Cecilia, no sin una grande carcajada. — «Estimo la lisonja, prosiguió frescamente el Familiar; qué mas me da Religiones que Ordenes? En fin, ellos eran tan cumpridos que se m’ antojaron mangas de roquete, como las que trahen los Legos qu’ ayudan á missa mayor.»
13. «Assí vi á la tal Señora, y, creyendo yo boniticamente que debia de ser recien casada y qu’ aquella era sin duda la mas rica gala de novia, se lo dixe á un Mercadel mi conocido, que estaba enjunto á mí. El Mercadel se rió mucho, y me respondió qu’ aquella no era gala, sino un hábito de Jesus Nazareno que s’ avia echado la Señora en cumprimiento d’ una promesa. Hábito de Jesus Nazareno! le repriqué admirado. Pues, qué Religion es essa de Jesus Nazareno? que yo en toda mi vida he uído qu’ aiga Flayres de essa Orden. — No es Religion, respondió el Mercadel, sino que las Señoras por devocion quieren andar vestidas como anduvo Jesus Nazareno. — Y Jesus Nazareno anduvo vestido ansina? le repliqué todo descandalizado. — Esso pregúnteselo Usté á ellas, respondió el Mercadel.»
14. «Confiesso, Señores, que me quedé entónito, y que no creyera que en la Religion christiana se permitiesse tan ensinsibremente una cosa, que parece hacer chanza de lo mas sagrado y mas doloroso de ella. Aquel mesmo dia se lo dixe á un Perlado de cierta Religion, con quien me confessaba siempre que iba á Vayadolí, porque es un pozo de cencia y de vertú. Dió el buen Religioso un gran sospiro, y á fé que me respondió que tenia razon; y m’ acuerdo qu’ á este dempropósito me dixo dos cosas: la primera, qu’ abrá como unos quatrocientos años qu’ allá en Italia se inventó una Seta que llamaban de los Frangelantes...» — «Flagelantes diria,» corrigió Fray Gerundio. — «Pues, estos tales Flangelantes ó Frangelantes, ó como tú quisieres, diz que fueron condenados como hereges por un Papa que se llamaba Cremente Siesto; lo primero y prencipal, porque enseñaban muchos errores, y entrotros que no se podian salvar sino los que, quitándose el pellejo á azotes, se bautizaban con su mesma sangre; y lo segundo, porque á este fin andaban vestidos de pinitentes muy garifos y muy emperifollados. Esto último me dixo el santo Religioso, que aún s’ avia golvido á usar en España en tiempo de Cárlos II, haviendo algunos mozuelos de malos cascos, que en la Semana Santa se vestian de pinitentes muy guapos, para galantear á las Damas; pero que el piadoso Préncipe, dempues d’ aver castigado á algunos regurosamente, havia prohibido este abuso con un jostíssimo y severíssimo decreto.»
15. «La segunda cosa que me contó, aún es mas al causo presente. Relatóme que, dempues que un Emperador llamado Heuraclio rescató el madero de la Santa Cruz del poder d’ un Rey de Presia, que tiene un nombre muy enrebesado, ansí á manera de Costras, enstituyó una precision muy solemne para culicarle en un Tempro munífico de Jerusalem: el mesmo Emperador, vestido de sus ropas empiriales, llevaba en sus hombros la Santa Cruz; pero sucedió una cosa de espanto, y fué qu’ al querer entrar por la puerta de Jerusalem, qu’ era la mesma por donde el Salvador havia salido con la Cruz á cuestas para el Calvario, se quedó immobre el Emperador, sin ser impussibre de Dios dar un passo para adelante. Entónces el Obispo de Jerusalem, que iba enjunto del Emperador y debia de ser un Santo, le dixo: Señor, sin duda que el Salvador debe estar muy desgustado de que vos lleveis el madero de nuestra ridencion en esse trage tan sustentoso; porque en verdá que, quando él le llevó por esta mesma puerta, iba en hábito muy diferente. Vos llevais corona empirial en la cabeza, y Su Magestá iba con corona de espinas; vos vais con un manto empirial de púrpura, todo cubrido de froles, y él iba con la probe túnica enconsútil, que era de lana, bañada de su propia sangre; vos llevais un rico collar al cuello, y Su Magestá llevaba una gruessa y larga soga, por la qual le tiraban aquellos malditos sayones; vos vais con un calzado que deslumbra la vista, y el Salvador iba descalzo de pié y pierna, con los piés todos ensangrientados. Apénas oyó esto el güeno del Emperador, quando, arrasados los ojos en lágrimas, se despiojó al memento de las vestiduras empiriales; vistióse una probe túnica, púsose una corona de espinas en la cabeza, echóse un dogal al cuello, descalzóse los piés, y encontinenti espenzó á andar sin estorbo ni embarazo.»
16. «Eran de oir las refrisiones que sobre este enxempro hacia el bendito Padre, ponderando el enojo del Señor por una cosa en que al parecer no havia culpa nenguna, y sacando de ahí quanto se enritará con estas otras, que no es pussibre dexen de ser muy culpables; porque, en concrusion, el Emperador iba con aquel trage que era propio y priciso de su alta dinidá, pero estas otras Nazarenas no tienen pricision de andar ansina, y se visten ansina no mas que por antojo y que por envincion de su loca fantasía. El Emperador no hacia vanidá de su vestido, pero las Nazarenas usan de este vestido por pura vanidá; el Emperador en medio de la magestá de la púrpura iba con mucha divocion, pero las Nazarenas, quando havian de dar enxempro de compostura, siquiera por lo que sanifica el vestido, no parece sino que se valen de él para ser mas desengolvidas; y poco mas ó ménos lo mesmo que decia de las Nazarenas, lo apricaba tambien á las demas que trahen hábitos galanos.»
17. — «Vaya, dixo Fray Blas, que debia de ser muy escrupuloso esse Prelado. A mí, por lo ménos, un hábito bien puesto en una muger me gusta mucho: á todas las dice bellamente, pero, si son bien parecidas, las cae muy en gracia.» — «Santíssima razon! respondió el Familiar, y en boca de un Religioso no hay mas que pedir. Yo, Padre nuestro, por ahora no me opongo á que las mugeres, especialmente las solteras, percuren líncitamente agradar á los hombres y engalanarse por esto cada una segun sus pussibres. Su alma, su palma; y cada qual se componga con su conciencia. Ya vi lo que dice un Autor, que los hombres tenemos tres inimigos, el Dimonio, mundo y carne; pero las mugeres tienen quatro, el Dimonio, mundo y carne, y el deséo de parecer bien. Lo que digo es, que valerse de las cosas santas para parecer mijor, esso es lo que á mí me parece muy mal. Y en fin, fuesse ó no fuesse escripuloso el Perlado de quien vamos habrando, es cierto que no lo era otro Religioso mocito, aunque no tanto que no fuesse ya Letor de Thaulugía en aquella santa Comunidá, el qual s’ alló presente á nuestra convresacion, y cierto que tenia unos ojos tan vivos y tan aquellados, que se conocia á la legua que no era gazmoño. Este tal sabia muchas copras en latin y en romanze, y diz que tambien las hacia harto guapas. Con todo lo que convresamos se conformó tan lindamente, y aún me dixo que yo debia de tener güen entendimiento, aunque no me expricaba con la mayor escrecion. Quando relaté aquello del tontillo, se rió mucho y añadió, que esta moda siempre l’ avia parecido la mas grande mamarrachada en que podia dar la maginacion de las mugeres, aún en sus trages de gala; porque, como todos saben en qué consiste aquel balumbo, hacen de él la mesma bulra que de los Palitoques, que levantan hasta el tejado á los gigantones del Córpus, y de los cuerpos de paja con que se feguran los espantajos y los estafermos.»
18. «A este empropósito relató unas copras, primero en latin y despues golvidas en romanze por él mesmo, las que le contentaron mucho al mesmo Perlado; y, viendo que á mí tambien m’ avian gustado las segundas, aunque no entendia las primeras, le mandó que me diesse unas y otras escrividas. Hízolo allí súpitamente, y me las metí en el balsopeto, y por vida del hijo de mi madre que las ha de leer aquí ahora mi sobrino Fray Gerundio; porque, como yo no ascanzo el latin, no sé leerle con aquel sentido y con aquella enlegancia que se debiera.» Diciendo y haciendo, sacó del bolsillo un papel tan sobado y aceitoso, que parecia quarteron de encerado. Diósele á Fray Gerundio, que lo leyó en voz alta con bastante alma, y se sabe por tradicion de padres á hijos que decia assí:
Sunt hodie ... muliebria corpora, quæ, dum Conclavi neglecta suo atque inculta morantur, Macra videbuntur brevibusque simillima sardis. Fac tectis prodire eadem expectanda per urbem, Non eadem forma est: nam, cum peronibus altis Incubuere pedes, cum tot redimicula frontem Aedificant, circum et vestis sinuosa tumescit, Prægnantem artifici defendens turbine ventrem, Protinus augetur species majorque videri Atque alia, ingentes una implet fæmina postes Angustatque viam, magnos imitata elephantes Aut orcam per aquas vasta se mole ferentem.
Trova.
Si coges de repente En trage descuidado y negligente A una Dama en su quarto, á una Mozuela, Tendrásla por sardina ó por truchuela: Tan seca, tan enjuta y estrujada Que ménos es muger que rebanada. Pero espérate un poco, Que presto verás nympha á la que es coco. Dexa que salga á vistas por las calles; Que, aunque cien veces la halles, Te has de decir mirando á la Doncella: «Vive diez que ya es otra aquesta aquella! Como creció una quarta en un instante! Hoy plenilunio, y ayer menguante! Cabia ayer metida en qualquier cesto, Y hoy no cabe en la plaza! Como es esto?» No te canses, Lucilo, en reflexiones; Pues, no ves que se empina en dos tacones, Tan altos, tan iguales Que salen con baston los carcañales? Y piensas se contenta Con crecer por los piés? Tambien intenta Poner en la cabeza su quarto alto. Da con la vista un salto, Y verás el tupé, el jardin, el rizo, La mitad natural, la otra postizo, Con el petiboné medio al desgaire, Pues todo es ganar tierra por el aire. Pero lo que te pasma Aún mas que te admirara una phantasma, Es verla tan anchota Que casi llena un juego de pelota; Y dudas, al mirar el envoltorio, Si es muger lo que anda ó si es cimborio. Eres un monaguillo, Pues no ves que es milagro del tontillo, Aquel que á las casadas Sirve entre otras mil cosas excusadas, Pero en tal qual soltera no muy lisa Es sin duda una alhaja harto precisa. Para qué? me dirás. Eres sincero: Ibatelo á decir, pero no quiero. El tontillo á la flaca la hace gorda, Y tal vez finge tórtola á la torda; Porque son los tontillos nobles piezas Para encubrir gorduras y flaquezas. Una muger, en fin, con guarda-infante, Cátala convertida en elephante. Haces ascos al símil? No te llena? Pues por mí, mas que sea una ballena.
19. No obstante que ni Fray Gerundio ni Fray Blas eran los hombres del gusto mas delicado que se ha reconocido hasta ahora en el orbe de las tierras, como lo puede haver observado el curioso lector en la serie de esta exactíssima Historia, se sabe que aplaudieron bastantemente la trova, por ser lo que mas entendian; bien que Fray Gerundio, por saber sin comparacion mucho mas latin que Fray Blas, no dexó de hallar singular gracia en los versos latinos, y como que se inclinaba á que tenian mas que los castellanos. Assí lo dió á entender, y con esso se pelaba las barbas el Familiar, porque sus padres no le huviessen dado estudios, por lo ménos hasta que saliesse un inracionable gramático, que fué la phrase con que él se explicó.
20. Los que lo oyeron todo con una grande indiferencia, fueron Anton Zotes y la Señora Cecilia. Anton Zotes, porque casi desde el principio de la conversacion se havia medio dormido, á causa de estar algo alcanzado de sueño por haverse levantado aquella noche dos veces á dar un pienso á las cavallerías; la Señora Cecilia, porque del latin (ya se ve) no entendia palabra, y del romanze le sucedia con corta diferencia lo mismo. Solo percibió que allí se hablaba de tontillo, y esto bastó para que dixesse muy alegre: «Ahí me la dén todas; que yo ni para mí ni para m’ ija he pensado enjamas en tontillo, pues ni mi madre ni mi agüela usaron por enjamas de los enjamases de essas envinciones.»
21. Tú que tal dixiste! Tomó la taba el Familiar y la dixo: «Oyes, y tu madre ni tu agüela usaron jamas de los enjamases de galones d’ oro, de encaxes de prata, de telas de tiesú, de enguarinas, de trapacería, de mantos de tafetan de ilustre, con encaxe de media vara, de embanicos d’ á dobron, de manguito enforrado por de juera en terciopelo, de rosario de pisázuli ó de inventurina, engazado en prata ó en oro, ni de otras mil embusterías, (otra cosa peor iba á decir, pero la callo,) de qu’ usas tú y quieres tambien qu’ usen tus hijas? Unas sayas de estameña, una basquiña de cordellate, una enguarina de paño fino en los dias recios, una capa sobre la cabeza con su vuelta negra de rizo ó, á lo mas mas, de terciopelo, un embanico redondo de papel pintado con almagre encima de una caña, un rosario de lágrymas, y el mas pricioso de cachumbo: estas eran sus galas, y servitor. Ansina vivieron muy honradamente, ansina nos dexaron un pedazo de pan que comer; y no tú, que tienes traza de echarme por puertas, porque los dias de fiesta pareces una Condesa, y tus hijas unas Marquesicas, siendo ansí que no sois mas que unas probes y honradas labradoras, sin considerar que causais risa á las presonas de meollo; por qu’ al fin, por mas que la mona se vista de seda, mona se queda.»
22. Iria el sermon mas adelante, si en aquel punto no huviera entrado una criada á poner la mesa, porque ya era hora de comer, y, por la cuenta, ni en la comida ni en lo restante de aquel dia que se quedaron á descansar en Fregenal, no debió de suceder cosa remarcable; á lo ménos los Autores de aquellos tiempos tan retirados nada refieren, contentándose con decir que la mañana siguiente, muy de madrugada, despedidos todos cortesanamente unos de otros, Anton Zotes tomó el camino de Campazas, y Fray Gerundio y Fray Blas se fueron á comer á su Convento, donde Fray Gerundio fué recivido del Prelado con mucho agasajo, y de los demas, particularmente de la gente moza, con indecible alegría y aplauso, porque ya havia llegado al Convento la fama de sus sermones. Solo se sabe por un libro de becerro, escrito en letras góthicas y ya muy desgastadas despues de tantos siglos, que luego que llegó el Prelado le puso en la mano una patente del Padre Provincial, en que le hacia Predicador mayor de la Casa, dispensándole en los años de Predicador sabatino y de Predicador segundo que pedia la constitucion, por justas causas que le movian á ello, todo con acuerdo del Definitorio, en virtud de la facultad que le concedia para ello la Bula del Papa Eleutherio LII. que comienza: Ad promovendum. Al mismo tiempo recivió Fray Blas otra patente de jubilacion, en que se le declaraba Presentado por el púlpito para el Magisterio, con que los dos amigos del alma no se veían de polvo, de abrazos y de enhorabuenas.