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Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (2 de 2)

LIBRO QUARTO. (continued 3)

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15. «Ciceron dice, que es impossible haya perfecto Orador sin que sea perfecto dialéctico, añadiendo que sin dialéctica conoció á muchos loquaces, á muchos habladores, pero á ningun eloquente: disertos se vidisse multos, eloquentem omnino neminem; y él mismo afirma de sí que, si es que llegó á ser Orador, no aprendió este oficio en las escuelas de los Rhetóricos, sino en las Academias ó Universidades de los Philósophos: fateor me Oratorem, si modo sim aut quicumque sim, non ex Rhetorum officinis, sed ex Academiæ spatiis extitisse. Demósthenes, Quintiliano, Longino y todos los demas Maestros de la Oratoria convienen en el mismo principio: la razon de él salta á los ojos; porque, siendo todo el fin del Orador convencer, persuadir y mover, no puede convencer sin discurrir bien, y no puede discurrir bien si ignora el arte de hacerlo con acierto; aquel que enseña á discernir lo brillante de lo sólido, lo real de lo aparente, lo superficial de lo profundo, lo probable de lo cierto, y el sophisma de la demonstracion. Tal es la verdadera dialéctica.»

16. «Otra hay, no solo inútil, sino perniciosa á todo buen Orador; pero mucho mas al Orador christiano y evangélico. Esta es aquella dialéctica, eterna disputadora de todo, quisquillosa, bachillera, sophística y cavilosa, como la llama Quintiliano: dialectica cavillatrix;[20] aquella que hace gala de sutilizar, de refinar, de methaphysiquear sobre todos los assuntos; aquella que se evapora en sutilezas, se exhala en pensamientos volátiles, y se quiebra ó se confunde en su misma delicadeza; aquella que se complace en representar lo falso como verdadero, en dar cuerpo á la sombra, y realidad á la apariencia; aquella que hace profession de vender oropel por oro, sophismas por evidencias, y trampantojos por demonstraciones; aquella, en fin, que desquartiza, que hace gigote el objeto que toma entre manos, en lugar de dividirle para aclararle ó para comprenderle. Esta dialéctica no solo es indigna de un Orador, sino de un hombre de bien, porque solo puede conducir para alucinar, mas no para encontrar la verdad, ni mucho ménos para persuadirla.»

17. «La dialéctica no solo conveniente, sino absolutamente necessaria á todo buen Orador, es aquella sútil á la verdad, pero viva y penetrante, que discierne con seguridad lo verdadero de lo falso, distinguiendo con precision y con exactitud lo que es proprio del assunto y lo que es forastero á él; aquella que reconoce con toda claridad las partes que constituyen el todo, y sabe distribuirlas, ordenarlas y disponerlas con la union, órden y méthodo que deben observar entre sí; aquella que divide con destreza la materia, pero sin hacerla añicos, ni desmenuzarla en partes tan delicadas que apénas las percibe la vista mas perspicaz; aquella que va siempre derecha á su objeto y á su fin, sin perderle jamas de vista, ni divertirse á episodios ó digressiones extrañas, que hacen olvidar el objeto principal, cansando la atencion hasta llenarla de fastidio; aquella que da al discurso una justa libertad, sin violentarle ni oprimirle, y, desviando de las expressiones todo sentido equívoco ú obscuro, las dexa imprimir en el entendimiento una idéa clara, limpia y precisa de lo que quieren decir; aquella que dispone con tan bello órden y con tanta naturalidad todas las proposiciones del discurso, que parezcan como nacidas unas de otras, y, subiendo insensiblemente á los primeros principios, deduce de ellos unas consequencias necessarias, naturales y evidentes; aquella que descarta siempre toda prueba que no sea concluyente é invencible; aquella, en fin, que sabe unir todo el discurso como en un solo punto, para que haga mas viva y mas pronta impression en el ánimo de el que le oye, porque de una sola ojeada le entiende, le comprende, le penetra.»

18. «Esta es la dialéctica necessaria á todo buen Orador; esta es aquella ciencia de los Philósophos, sin la qual, dice Ciceron, es impossible que un hombre sea verdaderamente eloquente; porque sin ella, como ha de discernir en las cosas el género de la especie? como ha de acertar á explicarlas ni á definirlas? como ha de distinguir lo falso de lo verdadero? como ha de inferir las consequencias legítimas, evitar las contradicciones, cautelarse contra los equívocos y desembarazarse de las ambigüedades? Como es possible que sin ella sepa hablar con peso y con penetracion de las obligaciones de la vida civil, de la virtud, de las costumbres, etc.?»

19. «A vista de esto, qué quieres que diga de tí y de otros Predicadores ó, por mejor decir, de otros cómicos, representantes, charlatanes y habladores, tan ignorantes como tú, que hacen un sumo desprecio del estudio de la philosophía, (comprendida en el nombre de la dialéctica,) teniendo por tiempo perdido el que se empléa en aprenderla, por juzgarla absolutamente inútil para la oratoria, y que como tal debe abandonarse á las cavilaciones y á las disputas de la escuela? Cabezas desahuciadas, entendimientos infelices, ingenios atolondrados, que presumen caminar seguros sin luz en medio de las tinieblas, no advirtiendo que por precision han de dar tantos tropiezos como passos, faltándoles aquella arte á quien el mayor Orador del mundo llamó la máxima entre todas las artes, porque ella es la luz que dissipa la confusion y la obscuridad de todas las demas: Hic (Servius) attulit hanc artem omnium maximam, quasi lumen ad ea, quæ ab aliis confuse dicebantur. — Dialecticam mihi videris dicere. — Recte, inquam, intelligis.»

20. «Pero, si la dialéctica es de una indispensable necessidad para la oratoria christiana, no lo es ménos la sagrada theología. Y si no, dime, qué cosa es ser Theólogo? Es ser un hombre, cuya profession le enseña á hablar bien y con propriedad de Dios y de sus atributos, exponiendo las verdades de la Religion, explicando sus mysterios, y distinguiendo las verdades reveladas de las opinables, con bastante instruccion para combatir los errores, discernir la naturaleza de las virtudes, y penetrar assí la naturaleza como la diferencia de los vicios; es ser un hombre muy versado en la Sagrada Escritura y en la inteligencia de su verdadero y legítimo sentido, para sacar de aquel fondo inagotable pruebas eficaces y vigorosas que confirmen lo que dice; un hombre noticioso de la antigüedad, informado de la Historia eclesiástica, bien instruído en Padres y en Concilios. Esto es ser Theólogo. Y ser Predicador, que será? Es ser todo esto y algo mas; porque es poseer todas essas noticias y, sobre ellas, destreza para usarlas, eloquencia para persuadirlas y talento para representarlas. De donde se infiere concluyentemente, que puede uno ser gran Theólogo sin ser gran Predicador, pero es impossible que sea gran Predicador sin ser gran Theólogo.»

21. «Y si á esto se añade la grande diferencia de theatros en que uno y otro han de exercer su profession, y la suma distancia de el modo con que entrambos la exercitan, es preciso quedes convencido de que el Predicador ha de ser mas Theólogo que el Theólogo mismo. Y si no, dime: en qué theatro ó en qué auditorio tiene que enseñar el Theólogo las verdades de la Religion? En una aula reducida y á un puñado de discípulos, por lo comun despejados, jóvenes, instruídos ya en otras facultades, libres de toda preocupacion, y no solo sin embarazo, pero con positiva disposicion para abrazar las verdades en que se les quiere imbuir, oyendo á sus Maestros como oráculos. Y qual es el theatro y el auditorio del Predicador? O un templo muy capaz, ó tal vez las plazas y los campos cubiertos de una immensa multitud, que se compone de todo género de gentes, de niños, de viejos, de hombres, de mugeres, de sabios, de ignorantes, de rudos, de ingeniosos, de dóciles, de duros, y en fin, por lo general preocupados casi todos contra lo que el Predicador los intenta persuadir. Para qual de los auditorios se necessitará mas caudal de sabiduría y mas abundancia de doctrina?»

22. «Junta á esto el diversíssimo modo con que deben enseñar el Predicador y el Theólogo: á este le basta hacerlo de una manera abstrahida, seca y poco inteligible, ó inteligible solo á unos entendimientos cultivados y hechos ya á comprehender otras verdades sútiles, delicadas y metaphýsicas, inaccessibles á los mas, y accessibles para pocos. Pero el Predicador debe enseñar de un modo claro, perspicaz, inteligible á todo el mundo, proporcionado á las idéas comunes, de manera que igualmente le comprehenda el plebeyo que el noble, el rústico que el cultivado, el rudo que el capaz, el ignorante que el sabio; proponiéndolo de suerte que al incrédulo le convenza, al dissoluto le aterre, al obstinado le ablande, y, en fin, á todos los persuada y los mueva. Para esto, claro está que es indispensablemente necessario que el Predicador tenga en cierto modo un conocimiento casi intuitivo de las verdades y de los mysterios de la Religion, esto es, que los comprehenda todo quanto es possible comprehenderlos en esta vida; que en fuerza de su profunda meditacion los domine y sea dueño absoluto de manejarlos á su voluntad, para proponerlos de mil formas, figuras y maneras. Y qué Predicador sabrá hacer esto, si no es mas Theólogo que el Theólogo mismo? Y quien merecerá el nombre de Predicador, si no sabe hacerlo?»

23. «Mereceránle aquellos Predicadores que, quando tienen que predicar de algun mysterio, como del Sacramento, de la Trinidad, de la venida del Espíritu Santo, su mayor cuidado es huir de él, por no engolfarse en aquel abysmo, dexar el mysterio á un lado, y contentarse con proponer algun punto moral, unas veces deducido naturalmente de la meditacion del mismo mysterio, pero las mas arrastrado y como trahido por fuerza? Bueno es lo primero, mas no basta, ni cumple con su obligacion el Predicador, el qual debe al auditorio la explicacion de nuestros mysterios, no atada ni seca ni descarnada, ni mucho ménos que sepa á escuela y á cartapacio; sino libre, jugosa, llena de fuego, con aquella buena disposicion que pide el púlpito y la oratoria.»

24. «Mereceránle los otros que, por el lado contrario, rebentando de Theólogos y regoldando á Escolásticos, suben al púlpito como pudieran á la cáthedra, y hacen una leccion de oposicion en lugar de sermon, con sus sentencias, con sus pruebas, con sus argumentos; confundiendo en los mysterios lo que es de fé con lo que no lo es, lo cierto con lo dudoso, lo infalible con lo opinable, sin advertir que al pueblo no se le ha de proponer el como, sino el qué, ni en los sermones se debe hacer lugar á puntos contenciosos, sino á los indubitables, segun aquella gran máxima del Apóstol: Mis sermones son fieles y verdaderos, porque en ellos no se tratan materias que estén sugetas á opiniones de sí y de no: Fidelis Deus, quia sermo noster, qui fuit apud vos, non est in illo est et non est?»

25. «Mereceránle aquellos Predicadores inconsiderados, indignos de que se les permita exercitar el sagrado ministerio, que para explicar los mysterios mas venerables se valen de las idéas mas ridículas, como aquel que, predicando al Sacramento en la domínica infra-octava del Córpus, con el Evangelio de la Cena magna, tuvo osadía para tomar por assunto, que el Sacramento era la Cena sin sol, sin luz y sin moscas, que no sé como no le llevaron á la Casa de la Misericordia, ya que por insensato le perdonasse el Santo Tribunal? Y el otro que, predicando al mismo mysterio, porque el Mayordomo se llamaba Fulano Maestro, y la Mayordoma Citana Largo, escogió por idéa de su sermon, que Christo en el Sacramento era el Maestro Largo: puerilidad (por no decir otra cosa peor,) que debiera ser castigada con quitarle las licencias de predicar in perpetuum.»

26. «Estos, son Theólogos ó Predicadores, ó no son sino Orates mal dissimulados, y mucho peor consentidos? Sin ser Theólogo es impossible pintar el vicio con aquellos colores vivos y proprios que le hagan aborrecible; porque no se puede conocer su naturaleza, su essencia, sus propriedades, sus diferencias, su deformidad, sus resultas, sus efectos y sus consequencias. Sin ser Theólogo no es possible descrivir la virtud de modo que enamore, que hechice, que mueva á abrazarse y practicarse, atreviéndome á decir, que el que no se huviere hecho dueño del excelente Tratado, de Santo Thomas, sobre las virtudes y los vicios, apénas sabrá pintar la hermosura de aquellas ni la fealdad de estos con los colores vivos y naturales que les corresponden.»

27. «Sin ser Theólogo ninguno podrá explicar acertadamente un solo precepto del Decálogo, porque no sabrá determinar su extension ni sus obligaciones, y confundirá lo que es de perfeccion ó de puro consejo con lo que es de necessidad y de precepto. Expondráse á dar tantos tropiezos como passos, ó extendiendo sus límites mas de lo justo ó estrechándolos mas de lo conveniente; unas veces imponiendo á las almas cargas que no deben llevar; otras, exonerándolas temerariamente de las que tienen obligacion á sufrir; y siempre incurriendo en la terrible amenaza que fulmina Dios contra aquellos, que por su antojo ó por su ignorancia aumentan ó disminuyen á lo que está escrito en el libro de la Ley: Si quis apposuerit ad hæc, et si quis diminuerit de verbis libri, auferet Deus partem ejus de libro vitæ.»

28. «De aquí podrás inferir, quanto desbarran en el verdadero concepto que debieran formar de la Oratoria christiana aquellos Predicadores inconsiderados y aturdidos que, para excusar ciertas proposiciones arrojadas, temerarias, hyperbólicas, ó ciertos conceptillos que llaman predicables, sútiles y delicados en la apariencia, pero falsos y sin substancia en la realidad, responden con grande satisfaccion que hablaron more concionatorio, et non scholastico, como Predicadores y no como Theólogos; añadiendo, como por chiste y por gracejo, que el púlpito no tiene poste,[21] esto es, que no se arguye ni se replica contra lo que se dice en el púlpito.»

29. «Si les parece que responden algo, tengan entendido que no pueden echar mano de despropósito mayor. Quien les ha dicho que la cáthedra del Espíritu Santo pide ménos peso, ménos solidez, ménos miramiento, que la de la Universidad? Quien les ha dicho que las proposiciones, que se harian risibles en el aula, pueden jamas ser tolerables en el púlpito? En aquella se examina su verdad con el mayor rigor, para que pueda despues exponerse en este con la mas segura certidumbre. Es cierto que el púlpito no tiene poste, que no se arguye ni se replica contra lo que se dice en él; pero por qué? Porque nada se debe decir en el púlpito que admita réplica, disputa ni argumento.»

30. «Pero, quando insisto tanto en que no es possible que sea buen Predicador el que no fuere buen Theólogo, no pretendo que suba el Predicador al púlpito á hacer vana ostentacion de que lo es: dicen los Theólogos; saben los Theólogos; ya me entiende el Theólogo; vaya esto para el Theólogo, etc.; cosa ridícula, vanidad pueril, que hace despreciable al que la usa para todo hombre de juício que le oye. Si no se conoce que eres Theólogo sin que tú lo digas, solo un pobre mentecato creerá que lo eres sobre tu palabra. Essos regüeldos podrán alucinar á los páparos, pero causan bascas á todo hombre advertido y de razon. En el púlpito no se trata de lo que sabe el Theólogo, sino de lo que todos deben saber; y, siempre que dices algo que no vaya igualmente para la vejezuela mas simple que para el Theólogo mas perspicaz, por rebentar de Theólogo dexaste de ser Predicador.»

31. «Supuesto que es tan necessaria la theología, la philosophía ó la dialéctica para la oratoria, tú, que no eres Dialéctico ni Philósopho ni Theólogo, como has de predicar? Tú, que no has visto los Concilios, los Padres y los Expositores, sino que sea por el forro, (y aunque los vieras por adentro, seguramente no los entenderias,) como has de predicar? Tú, que ni de los mysterios ni de los preceptos del Decálogo, ni de los de la Santa Madre Iglesia, ni de los vicios ni de las virtudes, sabes mas que lo que enseña el Catecismo, como has de predicar? Dirás que leyendo buenos sermonarios. Y como has de saber quales son buenos y quales son péssimos; quales se deben imitar y quales abominar de ellos, especialmente quando entre tanta peste de estos escritos como tenemos en España, apénas hay dos ó tres Autores que puedan servir de modelo? Responderás que oyendo á buenos Predicadores. Y donde has de ir á buscarlos? te parece que hay tanta abundancia de ellos en este siglo? No obstante, ya algunos van abriendo los ojos y procuran tambien abrírselos á otros: ya van entrando por el camino derecho y solicitan con glorioso empeño, que otros entren igualmente por él; ya se oyen en España algunos Predicadores, (no son muchos por nuestros pecados,) que se oirian sin vergüenza, y acaso con envidia, en Versalles y en Paris. Pero por donde has de saber discernirlos tú, ni mucho ménos tomarlos el gusto? Tú, que en todo le tienes tan perverso, que á guisa de escarabajo racional te tiras siempre á lo peor de lo peor; tú que, á lo que infiero del disparatado sermon que acabo de oírte, tanto te has pagado de un maldito Florilegio, que anda por ahí para vergüenza immortal de nuestra nacion y para que se rian de ella á carcajada suelta todos aquellos que nos quieren mal; tú...»

CAPITULO VIII.

Corta el hilo y la cólera al Magistral un Huésped no esperado, pieza muy divertida, que á tal punto se apeó en casa de Anton Zotes.

1. Al tercer tú del zeloso y encendido Magistral, quiso Dios y la buena fortuna del bendito Fray Gerundio, (el qual estaba ya tamañito, viendo al Tio que lo tomaba en un tono tan alto y tan desengañado,) que entró por la puerta del corral y se apeó en el zaguan de la casa, con mucho estrépito de caballos, relinchos, lacayo, ayuda de cámara y acompañamiento, un huésped repentino, que ni se esperaba ni podia pensarse en él. Era cierto caballerete jóven, asaz bien apuesto, de bastante desembarazo, vecino de una ciudad no distante de Campazas, que havia estado en la Corte largo tiempo en seguimiento de un pleito de entidad, para el qual le havia favorecido el Magistral (aunque no le conocia,) con varias cartas de recomendacion que le havian servido mucho; y, noticioso por una casualidad de que su protector se hallaba en aquel lugar, torció el camino real, y á costa de un corto rodéo, le pareció razon, y aún obligacion precisa, ir á dar las gracias á quien tanto le havia favorecido.

2. Llamábase Don Cárlos[22] el sugeto de nuestra Historia, y, como por una parte no era del todo lerdo, y por otra havia estado tan despacio en Madrid, frequentando tocadores, calentando sitiales, assistiendo al patio de los Consejos, dexándose ver en los arrabales del Palacio, y no dexando de tener introduccion en algunas covachuelas, se le havia pegado furiosamente el aire de la gran moda. Hacia la cortesía á la francesa, hablaba el español del mismo modo, afectando los rodéos, los francesismos, y hasta el mismo tono, dialecto ó retintin con que le hablan los de aquella nacion. Se le havian hecho familiares sus frases, sus locuciones y sus modos de explicarse, ya por haverlas oído frequentemente en las conversaciones de la Corte, ya por haverlas observado aún en los sermones de aquellos famosos Predicadores, que á la sazon daban la ley y con razon eran mas celebrados en ella, ya por haverlas bebido en los mismos libros franceses, que construía ó entendia medianamente, y ya tambien por haverlas aprendido en las obras de los malos Traductores, de que por nuestros pecados hay tanta epidemia en estos desgraciados tiempos; en fin, nuestro Don Cárlos parecia un Monsieur hecho y derecho y, por lo que tocaba á él, de buena gana trocaria por un Monsieur todos los Dones y Turuleques del mundo; tanto que hasta los dones del Espíritu Santo le sonarian mejor, y acaso los solicitaria con mayor empeño, si se llamaran monsieures.

3. Luego que se apeó y fué recivido de Anton Zotes con aquel agasajo y cariño, que llevaba de suyo su natural bondad, le preguntó Don Cárlos si estaba en aquel village y en aquella casa Monsieur el Theologal de Leon. — «Sí, Señoria,» le respondió el Tio Anton, dándole desde luego el tratamiento que á su parecer correspondia á un hombre que trahia lacayo y repostero; porque, aunque no entendió lo que significaba Monsieur ni Theologal, pero bien conoció que sin duda aquel extrangero preguntaba por su primo. — «Monsieur el Theologal, añadió Don Cárlos, es uno de mis mayores amigos, y, aunque no he tenido el honor de conocerlo, estoy reconocido á su gran bondad hasta el excesso. Suplico á vuestra Merced, que se tome la pena de conducirme ante todas cosas á su cámara, retrete ó apartamiento.»

4. El bonazo del Tio Anton, que jamas havia oído hablar aquella gerigonza, como entendió cosa de cámara y retrete, qué pensó? Que á aquel pobre Cavallero se le ofrecia alguna urgencia natural de las que dan pocas treguas, y queria desembarazarse de ella ántes de ver al Magistral; y assí con grandíssimo candor le conduxo á un quarto estrecho y obscuro, cuya puerta falsa daba á la alcoba donde dormia su primo, y le dixo en voz sumisa: «Entre ahí su Usía, y á man derecha hallará lo que tiene de menester; porque ahí está la cámara de mi primo el Canónigo.» Avergonzóse un poco Don Cárlos; pero, como era mozo de despejo, volvió luego en sí y dixo al Tio Anton: «Bien se conoce que el huésped es un gruesso burgés y un miserable paisano; por ahora no he menester estos utensilios: lo que digo es que me conduzga al quarto ó á la sala del Señor Magistral.» — «Ah! esso es otra cosa, respondió el boníssimo de Anton; si su Usía se huviera expricado ansina desde luego, ya le huviera entrado en ella sin arrudéos.»

5. Metióle en la sala donde estaba el Magistral con los demas que diximos en el capítulo antecedente, y entró en ella al mismo tiempo que llegaba al tercer tú de su fogosa repassata, como lo dexó notado el manuscrito antiguo que se guarda en el archivo de los Zotes y tuvimos presente para sacar estas individualidades y menudencias de todos los lances sucedidos en esta ocasion en Campazas. Luego que vió el Magistral delante de sí á un Cavallero de tanto respeto, se levantó de la silla apresuradamente, y, quando le iba á hablar con la debida urbanidad, Don Cárlos le atajó diciéndole: «Señor Magistral, no se dé vuestra Merced la pena de incomodarse; yo me he tomado la libertad de entrar en esta casa á la francesa: esta es la gran moda, porque las maneras libres de esta nacion han desterrado de la nuestra aquellos aires de servidumbre y de esclavitudinage que, constriñéndonos la libertad, no nos hacian honor. Yo soy furiosamente francés, aunque nacido en el seno del Reino de Leon. Yo tengo el honor de venir á presentar á vuestra Merced mis respetos y mis agradecimientos. Yo soy Don Cárlos Osorio, á quien vuestra Merced tuvo la bondad de favorecer tanto con sus cartas de recomendacion, que seria yo el mas ingrato de todos los hombres, si no publicara altamente que á ellas es á quien debo la dicha de haver tenido la felicidad de haver ganado mi processo. Yo, Monsieur,...»

6. El Magistral, hombre ramplon, Castellano macizo, Leonés de quatro suelas, y que, aunque estaba mas que medianamente versado en la lengua francesa, haciéndola toda la justicia que se merece, era muy amante de la suya propria, bien persuadido á que maldita la cosa necessita las agenas, teniendo dentro de sí misma quanto ha menester para la copia, para la propriedad, para la hermosura y para la elegancia: el Magistral, vuelvo á decir, se empalagó mucho desde el primer período, y desde luego le huviera atajado con desprecio, á no contenerle el respeto debido al nacimiento de Don Cárlos y la urbanidad con que era razon tratar á un hombre, que venia á buscarle por puro reconocimiento. No obstante resolvió divertirse un poco á su costa con el mayor dissimulo que pudiesse, procurando templar la burla sin descomponer la atencion, y assí le dixo: «Yo, Señor Don Cárlos, no soy Monsieur ni nunca lo he sido, venerando de tal manera á los que lo son, que, sin envidiarles este tratamiento, por desconocido en España, me contento con el que tuvieron mis padres y mis abuelos, y mas quando no he menester ser Monsieur para ser muy servidor de vuestra Merced con todas veras.»

7. — «Essos, Señor Magistral, son prejuícios de la educacion, y hace lástima que un hombre de las luces de vuestra Merced se acomode á los sentimientos del baxo pueblo. Hoy los entendimientos de primer órden se han desnudado dichosamente de essas preocupaciones, y hallan mas gracia en un Monsieur que en un Don ó en un Señor, que en las naciones cultivadas se aplica á un marchante ó á qualquiera gruesso burgés; y no me negará vuestra Merced que un Monsieur le Margne, un Monsieur Boona suena mejor que un Don Fulano Mañer ó un Don Citano Noboa.»

8. — «Como esso de sonar mejor, replicó el Magistral, es cosa respectiva á los oídos, y ha havido hombre á quien sonaba mejor el relincho de un cavallo que la cíthara de Orpheo, no me empeñaré en negarlo ni en concederlo; solo asseguro á vuestra Merced, que á mí, como buen Español, nada me suena tan bien como lo que está recivido en nuestra lengua, y esto con ser assí que no soy del todo peregrino en las extrangeras.»

9. — «Ha! Señor Magistral, y qué domage es que un hombre de las luces de vuestra Merced se halle tan prevenido de los prejuícios nacionales!»

10. — «Mi capacidad ó mis alcances, respondió el Magistral, (pues supongo que esso quiere decir vuestra Merced, quando habla de mis luces,) no obstante de ser bien limitados, me obligan á conocer que es ligereza indigna de nuestra gravedad española y desestimacion injuriosa á nuestra lengua, introducir en ella voces de que no necessita, y modos de hablar que no la hacen falta. Pero en fin, Señor Don Cárlos, dexando á cada uno que hable como mejor le pareciere, vuestra Merced no habrá comido, y ante todas cosas es menester...» — «Perdóneme vuestra Merced, Señor Magistral, interrumpió Don Cárlos, ya hice essa diligencia en un pequeño village que dista dos leguas de aquí, y assí no es menester que nadie tome la pena de incomodarse.»

11. — «Yo no sé, dixo el Familiar, que en estas cercanías, ni aún en todo el Páramo ayga algun lugar que se llame village.» Rióse Don Cárlos de la que le pareció simplicidad de aquel buen labrador, á quien no conocia, y díxole en tono algo desdeñoso: «Paisano, llámase pequeño village toda aldéa ó lugar corto.» — «Pero, Señor Don Cárlos, le replicó el Magistral, si aldéa ó lugar corto es lo mismo que village, qué gracia particular tiene el village para que le demos naturaleza en nuestra lengua?»

12. — «Oh, Señor Magistral! respondió Don Cárlos, vuestra Merced es diablamente Castellano, y el aire en que le veo tampoco dará quartel á libertinage, por dissolucion; á libertino, por dissoluto; á pavis, por pavimiento; á satisfacciones, por gustos; á sentimientos, por dictámenes, máximas ó principios; á moral evangélica, por doctrina del Evangelio; á no merece la pena, por es digno de desprecio; á acusar el recivo de una carta, por avisar que se recivió; á cantar, tocar, bailar á la perfeccion, por cantar, tocar, bailar con primor; á exercitar el ministerio de la palabra de Dios, por predicar; á darse la pena, por tomarse el trabajo; á bellas letras, por letras humanas; á nada de nuevo ocurre en el dia, en lugar de por ahora no ocurre novedad; á...»

13. — «Tenga vuestra Merced, Señor Don Cárlos, le interrumpió el Magistral, no se canse vuestra Merced mas, que seria interminable la enumeracion, si se empeñara vuestra Merced en reconvenirme con todas las frases, voces y modos de hablar afrancesados, que se han introducido de poco tiempo á esta parte en nuestra lengua, y cada dia se van introduciendo, con mucha vanidad de los extrangeros y con no poco dolor de todo buen Español de juício y de meollo. Dígole á vuestra Merced, que ni á essos ni á otros innumerables francesismos, que sin qué ni para qué se nos han metido de contrabando á desfigurar nuestra lengua, daré jamas quartel ni en mis conversaciones ni en mis escritos.»

14. — «Pues, poca fortuna hará vuestra Merced en la Corte, respondió Don Cárlos, y presto seria vuestra Merced el juguete de las oficinas y de los tocadores, si se fuera allá con essos sentimientos.» — «Por lo que mira á los tocadores, dixo el Magistral, passe, y convengo en que en los mas seria mal recivido. Donde se habla tanto de peti-bonets, surtús y ropas de chambre, no puede esperar buena acogida el que llama cofias, sobretodos y batas á todos essos muebles; pero en las oficinas no seria tan mal recivido como á vuestra Merced le parece, porque en ellas hay de todo. Es cierto, que se encuentra tal qual de aquellos iniciados en la política, quiero decir de aquellos covachuelistas, aprendices ó de primera tonsura, que...

anno non amplius uno et minimo sudore et amico abdomine salvo,

solo porque leyeron las obras de Feijoó, los libros de Ciencia de Corte, el Espectáculo de la Naturaleza, la Historia del pueblo de Dios, y algunos otros pocos de los que hoy son mas de moda, no solo se juzgan capaces de hablar con resolucion y con desenfado en todas las materias, sino que se imaginan con bastante autoridad para introducirnos aquellas voces extrangeras, que suenan mejor á sus mal templados oídos; y, aunque las tengamos acá igualmente significativas, no hay que esperar se valgan de ellas, ni aún se dignen solamente de mirarlas á la cara.»

15. «Estos, si escriven una carta gratulatoria, no dirán: Doy á vuestra Merced mil enhorabuenas por el nuevo empléo que ha merecido á la piedad del Rey, aunque los saquen un ojo; sino: Felicito á vuestra Merced por el justo honor con que el Rey ha premiado su distinguido mérito. Si quieren expressar su complacencia á un amigo por algun feliz sucesso, no tema vuestra Merced que le digan pura y castellanamente: Complázcome tanto en los gustos de vuestra Merced como en los mios proprios; es menester afrancesar mas la frase y decir: No hay en el mundo quien se interesse mas que yo en todas las satisfacciones de vuestra Merced: ellas tienen en mi estimacion el mismo lugar que las mias. Escrivir ó decir á uno sencillamente: Mande vuestra Merced, que le serviré en quanto pudiere, lo tendrian por vulgaridad y aldeanismo; cuente vuestra Merced conmigo en todo trance, es expression que huele á Corte, y lo demas es de patanes. Esse negocio no toca á mi departamento, para explicar que no corresponde á su oficina, jamas se les olvidará. Ya está sobre el bufete, para decir que ya está puesto al despacho, es cláusula corriente; y carta he visto yo de cierto covachuelista, que decia: Essa dependencia ya está sobre el tapiz, cosa que sobresaltó mucho al sugeto interessado, porque juzgó buenamente, que por hacer burla de él le havian retratado de mamarracho en algun paño de tapicería.»

16. «Digo pues, que con estos pocos oficiales novicios de covachuela no lograria buen partido mi lenguage ramplon y ceñido escrupulosamente á las leyes de Covarruvias y á las de otros, que reconozco y venero por legítimos legisladores ó jueces de la lengua Castellana; pero esta tiene tambien otros muchos partidarios dentro de las mismas covachuelas, pudiendo assegurar que son los mas y los de mejor voto que hay en todas las oficinas. Créame vuestra Merced, que estas están llenas de hombres eruditos, cultivados y aún doctos, amantíssimos de nuestra lengua, bien instruídos de las riquezas que encierra, y muy persuadidos á que dentro de su thesoro tiene sobrados caudales para salir con lucimiento de quantas urgencias se la puedan ofrecer, á excepcion de tales quales voces facultativas y de otras pocas peculiares, que es preciso se presten unas lenguas á otras, sin que se eximan de esta necessidad las primitivas, matrices ú originales. Cónstame, que estos verdaderos Españoles gimen ocultamente de haver hallado ya entremetidas y como avecindadas en sus oficinas muchas voces, que pudieran y debieran haverse excusado, como departamento, inspeccion, aproches, glacis, bien entendido que, hacer el servicio, será responsable, inteligenciado el Rey, exigir del vasallo, y otras innumerables, pues son tantas que

nec tot simul Apula muscas Arva ferant, nec tot vendat mendacia falsi Institor unguenti, nec tot deliria libris Adfuerit logicis, physicis aliisque Noriscus.»

17. «Bien quisieran ellos desterrarlas de sus mesas, de sus cartas y de sus despachos; mas, ó no se hallan con fuerzas para tanto; ó, viéndolas ya como connaturalizadas en virtud de la possession, aunque no muy larga, no quieren meterse á disputarlas la propriedad; ó, en fin, las dexan correr por otros motivos políticos, que á mí no me toca examinar. Pero como quiera, esté vuestra Merced persuadido á que estos no me recivirian mal, ni me oirian con desagrado, siempre que les hablasse como hablaban nuestros abuelos.»

18. — «A lo ménos, replicó Don Cárlos, no saldré yo por garante de que los Traductores de libros franceses hiciessen á vuestra Merced buen quartel; y en verdad que estos no son ranas, ni son en pequeño número, y que en la Corte hacen la mas bella figura.»

19. — «Déxelo vuestra Merced, Señor Don Cárlos, déxelo por Dios», replicó el Magistral. «Un punto ha tocado vuestra Merced en que no quisiera hablar, porque, si me caliento un poco, parlaré una librería entera. Traductores de libros franceses! Traductores de libros franceses! no los llame vuestra Merced assí; llámelos Traducidores de su propria lengua y corruptores de la agena, pues, como dice con gracia el Italiano, los mas no hacen traduccion, sino trahicion á uno y á otro idioma, á la reserva de muy poquitos, quos digito monstrarier omni, vel cæco facile. Todo el resto échelo vuestra Merced á pares y nones, y tenga por cierto que es la mayor peste que ha inficionado á nuestro siglo.»

20. «No piense vuestra Merced que estoy mal, ni mucho ménos que desprecio á los que se han dedicado ó se dedican á este utilíssimo y gloriosíssimo trabajo; disto tanto de este concepto, que en el mio son dignos de la mayor estimacion los que le desempeñan bien. En todos los siglos y todas las Naciones han consagrado los mayores aplausos á los buenos Traductores, y no se han desdeñado de aplicarse á este exercicio los hombres de mayor estatura en la República de las letras. Ciceron, Quintiliano, y el mismo Julio César enriquecieron la lengua latina con la traduccion de excelentes obras griegas, y á San Gerónymo le hizo mas célebre y le mereció el justo renombre de Doctor máximo de la Iglesia, la version de la Biblia que llamamos la Vulgata, mas que sus doctos Comentarios sobre la Escritura y los excelentes tratados que escrivió contra los Hereges de su tiempo. Santo Thomas traduxo en latin los Libros Políticos de Aristóteles, y no le grangeó ménos concepto esta bella traduccion que su incomparable Summa Theologica. Y á la verdad, si son tan beneméritos de su nacion los que trahen á ella las artes, las fábricas ó las riquezas que descubren en las extrañas, por qué lo han de ser ménos los que comunican á su lengua aquellos thesoros que encuentran escondidos en las extrangeras?»

21. «Assí pues, soy de dictámen que un buen Traductor es acreedor á los mayores aplausos, á los mayores premios y á las mayores estimaciones. Pero, qué pocos hay en este siglo que sean acreedores á ellas! Nada convence tanto la suma dificultad que hay en traducir bien, como la multitud de traducciones que nos sofocan, y quan raras son no digo ya las que merezcan llamarse buenas, pero ni aún tolerables! En los tiempos que corren, es desdichada la madre que no tiene un hijo Traductor. Hay peste de Traductores, porque casi todas las traducciones son una peste. Las mas son unas malas y aún perversas construcciones gramaticales, en que, á buen librar, queda tan estropeada la lengua traducida como desfigurada aquella en que se traduce; pues se hace de los dos un pataborrillo que causa asco al estómago francés, y da gana de vomitar al castellano. Ambos desconocen su idioma: cada uno entiende la mitad, pero ninguno entiende el todo. Yo bien sé en qué consiste esto, pero no lo quiero decir.»

22. «Lo que digo es, que con efecto los malos, los perversos, los ridículos, los extravagantes ó los idiotas Traductores son los que principalíssimamente nos han echado á perder la lengua, corrompiéndonos las voces tanto como el alma; ellos son los que han pegado á nuestro pobre idioma el mal francés, para cuya curacion no basta ni aún todo el mercurio preparado por la discreta pluma del gracioso Fracastorio,

unicum illum, Ulcera qui jussit castas tractare Camenas.

Ellos son los que han hecho, que ni en las conversaciones ni en las cartas familiares ni en los escritos públicos nos veamos de polvo gálico, quiero decir, que parece no gastan otros polvos en la salvadera que arena de la Loira, del Ródano ó del Sena, segun espolvoréan todo quanto escriben de galicismos ó de francesadas. En fin, ellos son los que, debiendo empeñarse en hacer hablar al Francés en castellano, (porque al fin essa es la obligacion del Traductor,) parece que intentan todo lo contrario, conviene á saber, hacer hablar al Castellano en francés; y con efecto lo consiguen.»

23. «En esto son mas felices aquellos Traductores, que en realidad son mas desgraciados. Si por su dicha y por nuestra poca fortuna encontraron con una obra curiosa, digna, instructiva y divertida, con ella nos echan mas á perder; porque, quanto mas curso tiene y mayor es su despacho, cunde mas el contagio, y el daño es mas extendido. Por ahí anda cierta obra que se comprende en muchos volúmenes, la qual, sin embargo de ser problema entre los sabios si es mas perjudicial que provechosa, ha logrado no obstante un séquito prodigioso: no hay librería pública ni particular, no hay celda, no hay gabinete, no hay ante-sala ni aún apénas hay estrado, donde no se encuentre, tanto que hasta los perrillos de falda andan jugueteando con ella sobre los sitiales. Cayó esta obra en manos de un Traductor capaz, hábil y laborioso á la verdad, pero tan apresurado para acabarla quanto ántes, que la publicó á medio traducir, quiero decir, que la mitad de ella la dexó en francés, y la otra mitad la vertió en castellano. Olvidóse sin duda el presuroso Traductor de que siempre se da bastante prisa el que hace las cosas bien, y el que las hace mal haga cuenta que las hizo muy despacio. Y qué sucedió? Lo que llevo ya insinuado: como estos libros se han hecho ya de moda en toda España, como los leen los doctos, los leen los semi-sabios, los leen los idiotas, y hasta las mugeres los leen; y como todos encuentran en ellos tantos términos, tantas cláusulas, tantos arranques y aún tantos idiotismos franceses, que jamas havian hallado en las obras mas cultas y mas castizas de nuestra lengua, qué juzgan? Que esta es sin duda la moda de la Corte, y, encaprichados en seguirla en el hablar como la siguen en todo lo demas, unos por no parecer ménos instruídos, y otros por ser en todo monas ó monos, apénas aciertan en la conversacion con una cláusula que no parezca fundida en los moldes de Paris.»

24. «Pocos dias ha que hablando con cierta Dama me espetó esta gerigonza: Un hombre de carácter tuvo la bondad de venir á buscarme á mi casa de campaña, y por cierto que á la hora me hallaba yo en uno de los apartamientos que están á nivel con el parterre; porque, como el pavis es de bello mármol, y el depósito de la gran fuente cae debaxo de él, sobre lograrse el mas bello golpe de vista, hace una estancia muy cómoda contra los ardores de la estacion. Este hombre de qualidad estaba penetrado de dolor, por quanto havian arrestado á un hijo suyo, haciéndole criminal de no sé qué pretendidos delitos, que, todo bien considerado, se reducian á unas puras vagatelas, y venia á suplicarme tuviesse con él la complacencia de interponer mi crédito con el Ministro, para que se le levantasse el arresto. Iba á proseguir, y, no teniendo ya paciencia para sufrir su algarabía, la pregunté si sabia la lengua francesa. Perdóneme vuestra Merced, Señor Magistral, me respondió al punto, no estoy iniciada ni aún en los primeros elementos de esse idioma todo amable. — Pues, como habla vuestra Merced, la repliqué yo, un elegante francés en castellano? — Ha Señor! respondió ella: estoy leyendo la célebre Historia de...,[23] que es un encanto.»

25. — «Ya me lo daba á mí el corazon, repliqué yo; essa Historia es sin duda una de las obras mas extraordinarias que hasta ahora se han emprendido: la materia[24] de que trata no puede ser de mayor interés, y los documentos en que se funda, de los quales no se desvía un punto, son infalibles. Por esso es la única Historia, de quantas se han escrito en el mundo, de la qual puede y debe uno fiarse enteramente, dando un ciego assenso á todo lo que dice. Añádese á esto, que en la lengua francesa está escrita con tanta elegancia, con tanta gracia y con tanta dulzura, que verdaderamente embelesa; y, en tomándola en la mano, no acierta un hombre á desprenderse de ella. No obstante huvo grandes dificultades para permitir que corriesse en español, y se examinó por largo tiempo la materia, pretendiendo muchos hombres doctos que su publicacion en lengua vulgar estaba expuesta á graves inconvenientes. Prevaleció la opinion contraria; y, aunque no sé si se siguieron ó no los inconvenientes que se temian, á lo ménos es visible la experiencia de uno, bastantemente perjudicial, aunque no de aquella linea, que acaso no se esperaba. Este es la corrupcion ó el estropeamiento de nuestra lengua, que á lo ménos en la extension es reo principalmente el Traductor de esta obra.»

26. «Fué tan feliz en su despacho como poco dichoso en su traduccion: quanto mayor ha sido aquel, mas se han extendido los desaciertos y los francesismos de esta.[24] Y, como no hay pueblo ni aún rincon en España donde esta Historia no se lea con ansia, tampoco le hay donde mas ó ménos no se haya pegado el contagio francés de que adolece. Este ha inficionado con mucha especialidad á las mugeres inclinadas á libros. Como casi todas se hallan destituídas de aquellos principios que son necessarios para discernir lo bueno de lo malo, y como todas, sin casi, son naturalmente inclinadas á la novedad, han encontrado mucha gracia en las voces, en las frases, en las transiciones y en los modos de hablar afrancesados, que hierven en dicha traduccion, y no es creíble el ansia con que los han adoptado.»

27. «Sucede á nuestras Damas Españolas con la lengua francesa, lo que sucedió á las Latinas ó Toscanas con la griega. Teníase por vulgar la que no empedraba de griego la conversacion, y aún llegó á tanto la extravagancia, que entre ellas no se reputaba por linda la que no pronunciaba aún el mismo latin con el acento ó con el dialecto áttico. Todo lo havian de hacer á la griega: hablar, vestirse, tocarse, comer, cantar, reir, assustarse, enojarse; en una palabra, afectaban el aire griego en todos sus gestos, acciones y movimientos. Y esto de qué nació? No solo del comercio de los Griegos con los Latinos, sino principalmente del desacierto de algunos Traductores latinos, que por ignorancia ó por capricho se empeñaron en latinizar una infinidad de nombres griegos. Cayó esto muy en gracia á las Damas; hicieron moda de la extravagancia, y dieron motivo á Juvenal para que justamente se burlasse de ellas en la Sátyra sexta, quando dixo:

Quædam parva quidem, sed non toleranda maritis. Nam quid rancidius, quam quod se non putat ulla Formosam, nisi quæ de Tusca Græcula facta est, De Sulmonensi mera Cecropis? Omnia græce, Cum sit turpe magis nostris nescire latine. Hoc sermone pavent, hoc iram, gaudia, curas, Hoc cuncta effundunt animi secreta. Quid ultra? Concumbunt græce.»

28. «Si no temiera que vuestra Merced se havia de ofender, añadí á dicha Señora, la recitaria una glosa no del todo desgraciada, que cierto amigo mio hizo de este trozo de Juvenal, aplicándole á nuestras Damas Españolas, ciegamente apassionadas por todo quanto ven, oyen ó leen, como venga de la otra parte de los Pirinéos. — No me haga vuestra Merced la injusticia de tenerme por tan delicada, respondió la Dama, y assí puede vuestra Merced recitar con toda libertad de espíritu esse passage. — Pues, con licencia de vuestra Merced, continué yo, la glosa de mi amigo sobre nuestras Españolas á la francesa dice assí:

Otros defectos tienen no crecidos, Mas serán unas bestias los maridos, Si los sufren y callan; Pues, quando piensan se hallan Con muger Andaluza ó Castellana, Sin sentir, de la noche á la mañana, Se les volvió en Francesa, Por quanto dicen que la moda es essa. Amaneció contenta con su Doña, Y acostóse Madama de Begoña, Pues, aunque su apellido es de Velasco, Comenzó á causarle asco, Quando supo que en Francia las casadas Están acostumbradas A dexar para siempre su apellido, Por casarse aún assí con el marido, Y suelen ser mas fieles con el nombre, Las que ménos lo son con el buen hombre. La que nació en Castilla, Aunque sea la nona maravilla, No se tiene por bella Miéntras no hable como hablan en Marsella La Manchega, Extremeña ó Campesina Afecta ser de Orleans; la Vizcaína Entre su Jaincoá y Echeco Andréa Nos encaxa un Monsieur de Goicochéa, Muy preciadas de hablar á lo extrangero, Y no saben su idioma verdadero. Yo conocí en Madrid á una Condesa, Que aprendió á estornudar á la francesa, Y, porque otra llamó á un criado chulo, Dixo que aquel epítheto era nulo Por no usarse en Paris tan mal vocablo; Que otra vez le llamasse pobre diablo, Y, en haciendo un delito qualquier page, Le reprehendiesse su libertinage. Una muger de manto No ha de llamar al Papa el Padre Santo, Porque, quadre ó no quadre, Es mas francés llamarle el Santo Padre. Para decir que un libro es muy devoto, Diga que tiene uncion, y tendrá el voto De todas quantas gastan expressiones Necessitadas de tomar unciones. Al Nuevo Testamento, (Este es el aviso del mayor momento,) Llamarle assí es ya muy vieja usanza; Llámase à la dernière Nueva Alianza. Al Concilio de Trento ó de Nicéa Désele siempre el nombre de Assambléa; Y, si se ofenden de esso los Maltheses, Que vayan con la quexa á los Franceses. Logro la dicha, es frase ya perdida; Tengo el honor, es cosa mas valida. Las honras que Usted me hace, es desacierto; Las honras se me harán despues de muerto. Llamar á un pisaverde Pisaverde, No hay muger que de tal nombre se acuerde; Petimetre es mejor y mas usado O por lo ménos mas afrancesado. Ya hize mis devociones, Por ya cumplí con ellas: qué expressiones Tan cultas y elegantes! Y no decir, como decian ántes, Ya rezé, frase baxa, voz casera, Sufrible solo en una cocinera. Tiene mucho de honrada, no hay dinero Para pagar este lenguage; pero Decir á secas que es muger honrada, Gran frescura, valiente pampringada! Doña Fulana es muy amiga mia, Esso mi quarta abuela lo decia; Pero ella es la mejor de mis amigas: Oh qué expression! Parte que hace migas El alma en la dulzura De esta almibaradíssima ternura. Voy á jugar mañana, Es frase chavacana; A una partida hé de assistir de juego, Se ha de decir, y luego Se ha de añadir: Ormaza Tambien á otra partida va de caza. Oh Júpiter! para quando son los rayos? Si esto es ser cultos, mas vale ser Payos.»

29. «Todo esto recité á la tal Señora mia, porque ya entónces lo sabia tan de memoria como ahora; y, sin dar lugar á que hablasse otra palabra, levanté la visita, y la dexé, á mi parecer, si no del todo enmendada, á lo ménos un poco corrida y no tan satisfecha de sus traducciones esguízaras ó mestizas, que nos han afrancesado nuestro puríssimo y elegantíssimo idioma, tanto que, si ahora resucitaran nuestros abuelos, apénas nos entenderian. Y, por no dissimular nada, sepa vuestra Merced, que el Autor de esta satyrilla es este Señor Eclesiástico, mi compañero y amigo, Canónigo tambien de mi santa Iglesia.» Y al decir esto señaló con el dedo á Don Basilio, que, no obstante su despejo, se sonrojó un si es no es.

30. Apénas lo oyó el Familiar, quando sin libertad para otra cosa le echó los brazos al cuello y exclamó todo alborozado: «Oh, Señor Don Basilio! Con que su Mercé tiene engenio para componer unas copras en verso tan aventajadas? Ya me lo daba á mí el corazon dende que le uí en la mesa aquella décima de diez piés, que me quedó aturrullado. Bien haya su Mercé que empréa la habilencia que Dios l’ a dado en golver por el habra de nuestros traseros, y no c’ aora ha dado en usarse una girigonza, que en mi ánima jurada no parece sino que todos habran latin. La postrera vez que fué á Vayaolí á cosas de Enquisicion, uí á un Crérigo, que diz que era de una Cofradía que se llama, se llama... ansina como cosa de Aca mia, el qual estuvo palrando con un señor enquisidor mas de una hora, y, aunque al parecer palraba en castellano, si le entendia un vocabro, se me escapaban ciento. Bien haya la madre que le parió á su Mercé, y Dios le dé mucha vida para emprearse en tan güenas obras!»

31. Como vió Don Cárlos, que no tenia de su parte el auditorio, y que no havia que esperar se introduxesse en Campazas el castellano á la papillota; temiendo por otra parte que, si duraba mas la conversacion, le havian de hacer añicos aquellos patanes, que por tales reputaba él á quantos no entraban en el lenguage á la moda, levantó la visita y, con pretexto de que tenia precision de dormir aquella noche en la Bañeza, se excusó á las muchas instancias que le hizo el Magistral para que la passasse en su compañía; montó á caballo, y prosiguió su camino.

CAPITULO IX.

Donde se cuenta el maravilloso fruto que hizo el sermon del Magistral en el ánimo de Fray Gerundio.

1. El qual assí atendió á toda la entretenida y graciosa conversacion, que passó entre el Magistral y el monsieuríssimo de Don Cárlos, como ahora llueven albardas; porque enteramente preocupado de la jabonadura, que aquel le estaba dando, no podia echar de la imaginacion las especies, pegándosele mas aquellas que le herian mas en lo vivo, no de otra manera que una mosca de burro se clava mas en la carne que otra mosca regular, por quanto aquella tiene el aguijon mas penetrante que esta. Sobre todo le afligia extrañamente ver desvanecidas en un instante todas aquellas alegres idéas de fortuna, que él se havia representado, dando por supuesto que su Tio quedaria encantado de sus prendas y talentos, luego que le oyesse predicar. Lloraba amargamente dentro de su corazon, que ya el Magistral, aunque llegasse á ser Arzobispo de Toledo, no haria caso de él, y que ni siquiera solicitaria con la Orden que le hiciessen Superior de una Pinzocha, quanto mas proporcionarle un Obispadillo en Indias, como ya él lo tenia consentido, y tanto que havia dado palabra á una buena viuda del lugar que, quando le hiciessen Obispo, (lo que á su parecer no podia tardar mucho,) llevaria consigo á un hijo suyo, que á la sazon tenia doze años, y le haria su Page de cámara, cosa que consoló infinitamente á la bendita de la muger, la qual le pidió por gracia, que no le dexasse comer turron ni mermelada ni cosa de dulce, porque el muchachuelo era goloso y padecia mucho de lombrizes, concluyendo que assí se lo suplicaba por amor de Dios á su Ilustríssima. Fray Gerundio la empeñó su palabra episcopal de que esta seria la primera advertencia que haria, assí á su Mayordomo como á el Maestro de Pages, y, dándola á besar la mano con mucha autoridad, la echó la bendicion y la despidió muy consolada.

2. Pero, como todas estas alegres imaginaciones se convirtieron en humo, luego que se acabó ó se interrumpió la terrible repassata del juicioso y docto Magistral, no se puede ponderar qué triste, melancólico y pensativo quedó el pobre Fray Gerundio: todos los demas salieron á despedir á Don Cárlos; solo él se quedó en la sala, sentado en una silla, el codo derecho sobre el brazo de ella, la cabeza reclinada sobre la mano, los ojos clavados en la tierra, y lanzando profundos suspiros de lo mas íntimo de su corazon. En esta postura le encontró su grande amigo Fray Blas, que hasta entónces havia estado durmiendo la siesta, para cuya larga duracion havia hecho méritos en la mesa; y, como no havia oído el sermon del Magistral ni assistido á la visita del Cortesano Don Cárlos, quedó estrañamente sorprendido, quando vió á Fray Gerundio convertido en una viva imágen de la misma melancolía.

3. «Qué es esto, Gerundio amigo?» le preguntó sobresaltado. «Qué novedad es esta? Assí te dexas dominar de la tristeza en el dia de tus mayores glorias? Quando has llenado de regocijo á tu patria, has de dar entrada en tu corazon á essa negra melancolía? Es possible que las bocas de todos están hoy empleadas en panegyrizar tus assombrosos talentos, sin acertar con otras voces que no sean las de tus mayores aplausos, y solamente la tuya ha de obscurecer la celebridad del dia con dolorosos suspiros? Te duele algo? Te ha sentado mal la comida? O acaso te atormenta tu aprehension, pareciéndote que dexaste algo que desear en el assombroso sermon que predicaste? ó que omitiste alguna circunstancia substancial, ó que pudiste tocar mejor alguna de las que tocaste, ó finalmente que alguno de los innumerables textos que traxiste no vino tan á pelo, como ahora se le representa á tu delicadíssimo ingenio? Pues te hago saber que, si es algo de esto lo que te melancoliza, miente tu aprehension como una grandíssima embustera, y no has de hacer mas caso de ella que de un cínife que te zumba á los oídos, todo bulla y nada substancia: no ha oído el Páramo sermon igual, ni en los famosos púlpitos, que bañan las aguas del rio Tuerto y las del rio Grande, se ha de predicar en muchos siglos panegýrico mayor; hora se mire la propriedad ingeniosa del assunto, hora se atienda la delicada oportunidad de las pruebas, hora se considere la menuda y sútil comprehension de todas las circunstancias, hora se reflexione la casi divina aplicacion de los textos, hora se examine la sutileza de los reparos y la agudeza de las soluciones, hora finalmente se pare la consideracion en la variedad hermosa del estilo, unas veces elevado, otras cadencioso, pero siempre sonoro, y elegante siempre: pues, siendo esto assí, de que te entristeces? qué motivo tienes para estar tan melancólico, tan enagenado y tan pensativo?»

4. — «Ay, Padre Predicador mio de mi alma, exclamó Fray Gerundio, y como se conoce que no sabe vuestra Merced lo que me ha passado con mi Señor Tio el Magistral! Pero aquí no estamos bien, ni podemos hablar con libertad; tomemos los sombreros y los báculos y salgámonos al campo por la puerta del corral, miéntras la gente está allá ocupada y divertida en despedir á un tal Don Cárlos, que viene de Madrid y para mí debió de ser algun Angel del Cielo, que traxo Dios para que me conservasse la vida; porque llegó á tiempo que ya no podia mas, y temí que me diesse un accidente, oyendo las cosas que me estaba diciendo mi Tio. La entrada de Don Cárlos cortó la conversacion, y ellos tuvieron allá otra á que yo no atendí, aunque me hallaba presente, porque me ocupaba enteramente la atencion aquello que me dolia. Salgámonos, salgámonos al campo, que ya rebiento por desahogarme con vuestra Merced, y oirá cosas que le aturdirán.»

5. Cogieron los sombreros, tomaron los báculos, y, sin que los viesse ninguno de los que estaban enfrascados en la bulla de la despedida, se salieron al campo por la susodicha puerta. Contó Fray Gerundio á su estrechíssimo amigo todo quanto le havia dicho el Magistral, sin perder casi punto, sýlaba ni coma; porque, sobre ser de una memoria feliz, como le havian penetrado tanto las razones de su Tio, se le havian gravado profundamente en el alma. Díxole, que lo mas que havia sentido en aquella sangrienta correccion era, que se la huviesse dado á presencia del Canónigo Don Basilio y del Familiar; porque, ademas de lo que perderia con ellos, no dexarian de divulgarlo entre otros muchos, y con esso iba su crédito por los suelos: especialmente desconfiaba mucho de su pariente el Familiar, porque le havia notado la grande complacencia con que estaba oyendo al Magistral, y que á su modo cerril y tosco seguia en todo las mismas máximas, á que se añadia tener un genio zumbon á lo socarron y ladino, en fuerza del qual no dexaria de divertirse á su costa todas las veces que se ofreciesse. Finalmente, no le dissimuló que le havian hecho mucha fuerza las razones del Magistral, y que estaba muy tentado á dexar la carrera, porque conocia que no era para ella, y entablar la pretension de que le volviessen á los estudios, ó, quando esto no pudiesse ya ser, que le dedicassen al choro.

6. «Víctor! dixo Fray Blas, y que te den un confite por la gracia: vamos claros, que la docilidad del chico y su blandura de corazon es admirable. Es possible, (pecador de mí!) que te haya hecho tanta fuerza el lastimoso sermoncillo del Señor Magistral, que, si solo se reduxo á lo que me has contado y yo te he estado oyendo con grandíssima paciencia, es de lo mas fútil y ridículo que se puede pensar? Dime, hombre apocado, te dixo alguna cosa tu Tio, que no hayas oído ya cincuenta mil veces? Añadió algo de substancia á las vejeces de nuestro Reverendo Padre Fray Borzeguíes Marroquíes, alias el Maestro Fray Prudencio? La missioncita que te predicó á tí el circunspectíssimo Señor Don Magistral, no es tan parecida como un huevo á otro huevo á la otra, que me predicó á mí aquel otro Reverendíssimo de márras, despues de mis dos famosos sermones de la Trinidad y de la Encarnacion, cuya memoria durará por los siglos de los siglos, y de cuyas utilidades se conservarán reliquias por algunos años en el baul y en las navetas?»

7. «Oh Señor, que son disparates! Oh Señor, que son locuras! Esto se dice, pero no se prueba. Mas séanlo en buen hora. Si las locuras y los disparates grangéan tanto aplauso, dónde hay en el mundo mejor ni mayor sabiduría? Si los disparates y las locuras son tan proficuos, qué mayor locura que ser cuerdo? ni qué mayor disparate que predicar con juício? A este precio sea sabio el que quisiere, que yo á mi bolsillo me atengo: éntrese en casa la dicha, y mas que se entre por la garita. Díxolo todo divinamente un Theatino, que en Dios y en mi conciencia es lástima que lo sea:

... Quod si hæc insania dici Debet, amabilior nulla est sapientia; malo Desipere hoc pacto, fias utcumque beatus; Optandum ut fias; sunt et deliria tanti.»

8. «Ven acá, corazon de lana: tú no sabes la estrecha amistad y la grande correspondencia, que tiene el Señor Magistral con los padrotíssimos de la Orden? Ignoras que estos le han pegado sus máximas de in illo tempore, y que las suyas no son mas que echos de las de sus Reverendíssimas? Pues, si no te hicieron fuerza en la boca de estos, por qué te la han de hacer en la de aquel? Acaso las da mas peso la sobrepelliz y el bonete que el escapulario y la capilla?»

9. «Amen de esso, has de tener entendido que tu Señor Tio, á lo que he oído decir, se ha declarado sectario de ciertos Predicadores, que ahora se van usando assí en la Corte como fuera de ella, los quales se llaman Predicadores modernos, ó á la moderna, para distinguirlos de los antiguos, á quienes se los da el nombre de Predicadores veteranos, y con grande propriedad á mi pobre juício; porque, assí como en la milicia vale mas un soldado veterano que quatro visoños, assí en las campañas del púlpito un veterano Predicador importará por quatro modernos; y créeme que hablo con modestia, porque no exageraria mucho, aunque dixesse que valia por quarenta.»

10. «Porque al fin, á qué se reduce esta secta? Ante todas cosas sienta por primera máxima fundamental, que todo sermon, sea panegýrico, sea moral, sea fúnebre y aunque sea tambien de ánimas (cosa ridícula), se ha de dirigir primaria y principalíssimamente á la reformacion de las costumbres, haciendo amable la virtud y aborrecible el vicio; con sola esta diferencia que en los del género laudatorio, á que se reducen los panegýricos y los fúnebres, se hace comunmente por via de imitacion; en los morales, á fuerza de razones; y en los de ánimas se ha de proceder por el terror y por el escarmiento. Has oído en tu vida cosa mas extravagante? Con que, hétele que todo sermon ha de ser una missioncita, y el Predicador que no se meta á Missionero, que aprenda otro officio... Vamos claros; que es buena impertinencia.»

11. «Supuesto este principiote, se sigue naturalíssimamente el otro, conviene á saber, que todo assunto, sea en la oracion que se fuere, ha de ser mazorral y á plomo, quiero decir, tan sólido y tan macizo que no haya mas que desear. Pongo por exemplo: predicas un panegýrico en la fiesta de Todos Santos; pues, has de tomar por assunto esta proposicion ú otra equivalente: La santidad es la verdadera sabiduría; esta habita en los Santos y reina en toda su conducta. Lo mas mas que se te permite, es que dividas el mismo pensamiento ú otro semejante en dos proposiciones, proponiéndolos con un airecillo de antíthesis, como si dixéramos: El Santo tenido por ignorante es el verdadero sabio, primera parte; el sabio sin virtud reputado por docto es el verdadero ignorante, parte segunda. Has visto cosa mas fria?»

12. «Predicas el panegýrico de un Santo, verbi gracia de San Joseph; pues guárdate bien de tomar por assunto, que San Joseph fué mas Padre de Jesus que el mismo Padre eterno, fué mas hijo del Padre eterno que el mismo Verbo divino, fué mas Esposo de la Vírgen que el mismo Espíritu Santo; porque este divino assunto, predicado por un orador portugués, monstruo del púlpito, (y no es el Padre Vieyra,) aunque se reduce en suma á tres hypérboles galantes, levantarán el grito los sectarios de la nueva moda y te dirán con la mayor frescura en tus mismas barbas, que son tres heregías valientes. Solo pues te será licito decir que San Joseph, como Padre putativo de Jesus, fué el hombre á cuyas órdenes estuvo Dios mas rendido, y fué el hombre que mas se rindió á las órdenes de Dios. Mira por tu vida, qué grandíssima frialdad!»

13. «Quieres predicar de algun mysterio, como verbi gracia de la Trinidad? Si te empeñaras en probar, que las tres divinas Personas en una indivisible essencia eran el Geryon de la gracia, ó el impossible de Edipo, ó el lazo gordiano burlador del azero de Alexandro, todos estos Oradores á la moderna te gritarian: Al loco, al blasphemo, al impío! Y no te verias de polvo, siendo assí que todos tres son otros tantos pensamientos assombrosos, que andan impressos con todas las licencias necessarias, y que merecen realmente eternizarse, no digo yo en los moldes, sino en letras de diamantes; pero tú, guárdate bien de empeñarte en essas valentías del ingenio; porque estos hombres hocicudos, que tienen ojeriza con todo lo que es delicadeza, sobre los silvos susodichos, te delatarian á la Inquisicion ó te harian ridículo en estrados y tertulias. Conténtate pues con decir simple y sencillamente, como pudiera un Sayagués: El mysterio de la Santíssima Trinidad es entre todos los mysterios, lo primero, el mas obscuro á la razon, y lo segundo, el mas evidente á la fé. Insulsez que es capaz de hacer insípida y zonza á la misma sal.»

14. «Consiguientes en todo á su systema, dicen despues, que estos assuntos de argamassa se han de probar con razones de cal y canto, y es claro que las han de encontrar en abundancia y á qual mas metida en harina; porque, como todas aquellas proposiciones son unas verdades perentorias, que parece las está dictando la misma razon natural, á la primera azadonada de la reflexion descubren una cantera de pruebas, con que fabrican un sermon mas sólido que la obra de Escurial. Es cierto, que estas razones las tornéan, las vuelven y las revuelven de mil modos diferentes, adornándolas con tropos, con figuras y con todo el aparato rhetórico, que no parece sino que está un hombre oyendo á Ciceron, á Junio Bruto, á Cayo Graco ó á Cornelio Cethego. No dexan de la mano á aquel eterno hablador, que se ha levantado lo mas iniquamente del mundo con el título de Príncipe de los Oradores, siendo assí que le quadraria mejor el de Director ó Bastonero de todos los locutorios

manibus Cicerunculus hæret Semper, et adtritus nocturno idemque diurno Pollice.

Conceptos, agudezas, equívocos, reparos subtiles, réplicas delicadas, todo esso lo destierran de sus sermones, y, si tal vez tocan algo de mythología, de fábula ó de erudicion profana, es tan de corrida y con tanta vergüenza, que visiblemente se llena de vermellon donzel su pudibundo semblante.»

15. «A la Historia sagrada, á la eclesiástica y á los Santos Padres ya dan algun lugar, pero como? No como nosotros que, si citamos algun passo historial ó algun texto ó sentencia de Santo Padre, aunque sea muy larga, lo presentamos todo con su ser, corpulencia y tamaño natural, para que venga á noticia de todo el auditorio, con sus pelos, señales y circunstancias. Ellos no van por esse camino: toda essa erudicion la entretexen, la embuten ó la incrustan en sus proprios discursos, de modo que todo parece una misma pieza, sin que se descubra rima, encaxe, barniz ni escotadura: sermones parecidos á las fábricas modernas de Roma que llaman impelichadas, las quales parecen todas de pórphydo, mármol, jaspe ó alabastro, quando, en realidad, de todas essas piezas no tienen mas que una hojita superficial para engaño de los ojos, que se dexa levantar al impulso de una uña:

Vana superficies, quam solus judicat unguis Aut oculus.

Y hay tanta diferencia en el modo de citar de los Predicadores veteranos al modo de citar de los modernos, quanto va de las fábricas modernas á las antiguas. En estas, para formar una urna de jaspe era menester consumir un monte:

Scilicet ut grandem mons integer iret in urnam;

y en aquellas se fabrica un palacio con el jaspe que ántes se gastaba en una urna.»

16. «Allá se va el modo con que citan los otros textos de la Escritura, que no son historiales, sino doctrinales, sentenciosos ó prophéticos. Los mas los dan desleídos en sus mismos raciocinios, pareciendo el texto, la glosa y la aplicacion vino todo de una misma cuba, al modo que San Bernardo los cita sin citarlos, componiendo una cláusula perfecta la mitad de sus palabras, y la otra mitad de palabras de la Sagrada Escritura. Tal qual textecillo presentan al auditorio á cara descubierta, pero con grande parsimonia, como se usan las especies en los guisados, porque dicen, que en cargándolos de ellas los hacen desabridos en lugar de sazonarlos. Aún los poquitos que sacan al theatro son por lo comun literales, porque del sentido alegórico gastan y gustan muy poco; del tropológico ó acomodaticio casi nada, y no les falta un tris para condenarle; no lo hacen con las palabras, pero lo hacen con la obra, dexándole arrinconado y no dándoseles un pito de que se cubra de telarañas.»

17. «De intérpretes, expositores y versiones, cuya hermosa variedad adorna tanto nuestros sermones y nos sirve para probar todo quanto se nos antoja, hacen ellos poquíssimo caudal ó, por mejor decir, ninguno. Veráse, no digo ya todo un sermon, sino un tomo entero de sermones á la moderna, sin que en todo él se haga memoria ni del sabio Cornelio, ni de la púrpura de Hugo, ni del erudito Calmet, ni del profundo Baeza, ni de Celada, á quien nada se le esconde, ni del agudo Zuleta, y lo que es mas, ni del doctíssimo Silveyra, siendo assí que con este último inagotable expositor puede un Predicador, que sepa manejarle, andarse por esse mundo de Dios y probar hasta la existencia de los mismos impossibles, en caso urgente y necessario, siendo cosa averiguada que no hay almagacen mas socorrido para un aprieto y para qualquiera assunto.»

18. «Es lástima oir, como tratan estos Predicadores de moda á muchos expositores. No se atreven á tocar en los Santos Padres, de los quales hablan en realidad con respeto; porque no quiero infernar mi alma ni levantarles falsos testimonios. Tambien hacen la cortesía á algunos pocos intérpretes de los que no están tan arriba, confessando que fueron hombres verdaderamente sabios, de penetracion, de juício y de una profunda inteligencia de la Sagrada Escritura, á la qual convienen que ilustraron mucho con sus doctos comentarios. Pero de otros expositores, á quienes llaman ellos de escalera abaxo, de turba multa, ó Expositores de municion, da cólera oírlos hablar: dicen que los mas no hicieron otra cosa que poner en mal latin los sermones que havian predicado en peor romance; que con el glorioso título de Comentarios sobre esta ó aquella parte de la Escritura embarraron cantidad immensa de papel, llenándole de conceptillos aereos, de pensamientos inanes, de discursos pueriles y de dissertaciones phantásticas, cargándolas de erudicion á metralla; y finalmente, que los mas, como totalmente ignorantes de las lenguas Hebréa, Syriaca, Caldéa y Griega, en que se escrivieron originalmente los libros sagrados, desbarraban lastimosamente en la inteligencia del texto de la Vulgata, dándole una significacion tal vez contraria á su verdadero sentido, muy violenta y casi siempre arbitraria. Imbuídos en estas máximas, quiebra el corazon ver el desprecio, con que tratan á los mejores y mas socorridos autores de que se compone regularmente la escogida librería de un Predicador de tabla; y assí no los verás citados en sus sermones, aunque te descejes ni aunque dés una peseta por cada cita.»

19. «De esso de variedad de versiones no se trate: su Vulgata á pasto y tal qual vez, por plato extraordinario, un poco de la version de los Setenta, y á Dios amigo. La Syriaca, la Caldéa, la de Pagnino, la de Vatablo, ni saber como leyó Arias Montano, les da á ellos el mismo cuidado que averiguar qual fué el centesimo abuelo de Tamas Kauli-Kan: siendo assí que nosotros los Predicadores veteranos con la diferencia de versiones nos bandeamos maravillosamente para guisar, probar y ajustar todo quanto queremos, sazonando nuestros pensamientos con tanta delicadeza que el apetito mas dormido abre tanto ojo, y el paladar mas melindroso se chupa los dedos tras de ellos; porque, en realidad, donde hay cosa mas aguda ni mas divertida ni mas sazonada que decir un Predicador: Donde la Vulgata lee piedra, el Syriaco vierte anillo, el Caldéo círculo, los Setenta cúpula; y donde lee pan la Vulgata, Vatablo leyó espada, Pagnino misericordia, Arias Montano sabiduría, y el Burgense calabaza? y haciendo despues, de todas estas idéas, quantas combinaciones á uno se le antoje, probar todo lo que quisiere con ingenio y con sutileza; fuera de que, oyendo el auditorio que el Predicador cita á roso y velloso al Syriaco, al Caldéo, al Griego y al Hebréo, se persuade sin razon de dudar, que sabe todas estas lenguas como la suya propria, tiénele por monstruo de sabiduría, y oye todo quanto dice con un respeto que pasma. Los oradores modernos se burlan de todo esto, teniéndolo por ostentacion, aparato, alaracas y charlatanería; pero yo, con licencia de sus Mercedes y de sus Reverendíssimas, me burlo de todos ellos.»

20. «Ves aquí, Gerundio amigo, el plan de la nueva secta, de la qual, segun tengo entendido, se ha declarado ciego partidario tu Tio el Señor Magistral, siendo uno de los que mas furiosamente predican á la francesa; que en suma, á esso se viene á reducir la nueva moda. No te dissimularé, que la gente sesuda, la que se llama crítica, la devota y la que se precia de culta, se ha declarado tambien á banderas desplegadas por el mismo partido. Vase tras de un orador á la moderna, como los niños se van tras los danzantes y tras la tarasca en el dia del Córpus: á estos los celebran, los ensalzan, los colocan mas arriba de las nubes, quando á nosotros nos desprecian, nos deprimen, haciendo tanta burla y tanta chacota de nuestro modo de predicar, que no parece sino que hemos nacido para ser los dominguillos de sus conversaciones y tertulias.»

21. «Pero, qué importa ni qué nos empece este puñado de gente melancólica y descontentadiza, quando tenemos á nuestro favor la mayor, la mas sana y la mas discreta parte de nuestra península, desde oriente á poniente y desde el septentrion á mediodía? Nuestras son todas quantas Cofradías levantan varas ó enarbolan estandartes en el continente español, desde los Pirinéos hasta la embocadura de el Tajo, y desde Finisterre hasta las Algeziras. Nuestros son todos los Mayordomos de estos ilustres cuerpos, que se exhalan por buscarnos y se empobrecen por enriquecernos. Nuestros son los formidables gremios de Zapateros, Curtidores, Sastres, Barraganeros, Mercaderes, Escrivanos, Procuradores, y hasta en el respetable gremio de los Abogados no nos faltan innumerables parciales. Nuestra es la muchedumbre de las Ciudades, el Concejo de las Villas, el total de las Aldéas, la mosquetería de las Universidades, la juventud de los Claustros, y aún en la misma ancianidad podemos contar amigos, auxiliares y defensores.»

22. «Dígalo, si no, aquel famoso campeon y aquel valiente Paladin, que á los sesenta y mas años de su edad, y á los veinte y mas de Predicador veterano, exercitados muchos de ellos en el mayor theatro de España, salió tan denodadamente á nuestra defensa. Havia predicado á la moderna en una de las funciones mas famosas de la Corte cierto Orador, Cathedrático á la sazon en una célebre Universidad, y, aunque no de muchos años, estaba reputado por gran Theólogo, por insigne Predicador, por ingenio conocido y, en fin, por hombre verdaderamente sabio, mas que regularmente instruído en las divinas y en las humanas letras (quédese esta opinion en su lugar, que yo no soy amigo de quitar á nadie la buena ó mala que Dios le deparare). En fin, él predicó un sermon que logró exquisito aplauso de todos los anti-veteranos: assunto grave, pruebas macizas, mucho de esto que se llama eloquencia, pocos textos, citas por alambique, reflexiones morales en abundancia, Escritura desleída, Evangelio, y á ello nada de chistes, y lo mismo de circunstancias. Imprimióse la oracion, y aprobóla con grandes campanillas cierto Clérigo de autoridad,[25] que ha dado la gente en la manía de que es el Gallo de Predicadores y que como tal puede y debe cantar en toda España, como si dixéramos en su propio muladar. Mas hay hombres de tan mal gusto, que no dudan decir que este Gallo, respecto de nuestra oratoria evangélica, á la qual suponian sepultada en una obscuríssima noche, es el precursor del dia, el despertador del sol, el que derrite las densas tinieblas que se havian apoderado de nuestro polo pulpital, el que dissipa las patrullas de los Predicadores arlequines, saltimbanquis, ligeros y matachines, que divertian á la gente en vez de instruírla, y empeoraban las costumbres en lugar de enmendarlas; aplícanle sin mas ni mas aquel par de estrophas de cierto hymno:

A nocte noctem segregans Præco diei jam sonat Jubarque solis evocat. Hoc excitatus Lucifer Solvit polum caligine: Hoc omnis errorum cohors Viam nocendi deserit.»

23. «Y qué te parece? que se contentan con esto? No paran aquí: passan adelante, y no dudan aplicarle otro buen trozo del mismo hymno, queriéndonos persuadir que le viene como de molde. Empéñanse en decir, que este Gallo hace abrir los ojos á los amodorrados, mete tanto aguijon á los soñolientos, confunde y convence á los pertinaces, y, en fin, que á fuerza de cantar él en el púlpito como se debe, hay esperanza de que haga cantar á todos los demas Predicadores como es razon:

Gallus jacentes excitat Et somnolentos increpat; Gallus negantes arguit. Gallo canente spes redit.

De este hombron, coco de los Predicadores y choriphéo de la nueva secta, es la aprobacion susodicha.»

24. «No la pudo sufrir aquel Predicador veterano, cuyos nobilíssimos sermones peinaban tantas canas como su cándida cabeza. Caló el morrion, echóse la visera, vistió la cota, que algunos, por lo breve de su cuerpo, dixeron era cotilla, enristró la lanza, y desde la misma dedicatoria, dirigida á un gran Señor, comenzó á correr el Gallo, pero como? Desplumándole, descrestándole, y en fin haciéndole añicos. Alaba lo que él reprueba, y condena lo que él aplaude, haciendo una descripcion tan galante de los sermones de moda que no hay mas que pedir; yo la tomé de memoria, porque me cayó muy en gracia, y dice assí»:

25. «Si V. E. Señor para mientes, como dice nuestro castizo idioma, hallará en estos sermones, que ya llaman de moda, si no el todo, parte mucha de lo que en aquel gabinete sucedia: Vamos, vamos á oir al Padre Don F., al Señor Don Z., al Doctor tal, que predica de moda. Quiere á mi ver decir esta palabra un quadro sin imágen, una imágen sin templo, un templo sin altar, un altar sin sacrificio, un sacrificio sin Sacerdote, y un Sacerdote sin el proporcionado ornamento: es puntual descripcion de un sermon de moda.»

«Qué te parece, amigo Gerundio? Has oído en tu vida comparacion mas á pelo, símil mas adequado, ni descripcion mas puntual de un sermon á la moderna? Porque, en realidad, si la cosa se considera bien y sin passion, la multitud de textos, la bulla de citas, el aparato de erudicion, la variedad de versiones, el paloteado de retruécanos, la gala de los equívocos, lo sútil de los conceptos, la delicadeza de los reparos, el escape de las soluciones, y de quando en quando el chiste de los gracejos, son puntualíssimamente la imágen, el templo, el altar, el sacrificio, el Sacerdote, el amito, la alba, el cíngulo, el manípulo, la estola y la casulla de un sermon equipado como es justo; y al que le falta todo esto, hágote un sermon en carnes vivas, que es una vergüenza y una compassion.»

26. «No es mi intento, ni por ahora seria del assunto, hacerte una relacion individual de todo lo que dixo el Predicador veterano en el discurso del sermon, que dedicó al susodicho gran Señor, en immortal gloria nuestra y en eterna confusion de los modernos. Essa seria obra larga, y era menester producir toda la pieza, que es única en su linea y la conservo en la celda enquadernada en papel dorado, para molde y original de mis sermones, (se entiende despues del Florilegio sacro,) si es que alcanzan mis fuerzas á una débil imitacion. Ni quiero cansar tu atencion con referirte, que un tal D. Gutierre Fernandez (hombre ignorantíssimo y desalmado, si los ha havido jamas,) disparó un par de cartas insolentes y atrevidas á un qual D. Fulano Valdenoches, las quales, puesto que no salieron á luz, anduvieron de ronda de mano en mano, de casa en casa, y de estudio en estudio, assí en la Corte como fuera de ella, é hicieron una riza de todos los diantres. Pero en quienes? En los anti-Oradores Magistrales y en sus seguaces, que son unos pobres pelones; porque, aunque es assí que las tales cartas convencen, que en el sermon de nuestro heróico defensor se hallan tres ó quatro proposicioncillas heréticas, algunas otras malsonantes, tal qual textecillo de la Escritura supuesto, muchos mal citados, este ú el otro testimonio venial levantado á los Santos Padres, y assí de otras cosuelas á este tenor, qué hombre de juício hace caso de semejantes bagatelas? Quien no sabe, que essos son hypérboles galantes, valentías del discurso, arrojos del ingenio, y festivíssimas aperturas de una fantasía que se eleva, que se arrebata y no anda arrastrando por el suelo? Si se huvieran de reparar y cortar en nuestros sermones estos Icáricos vuelos, donde iriamos á parar?»

27. «En fin, este Orador insigne á la veterana, que contaba entónces sesenta y ocho años de edad, y á los veinte y quatro de púlpito, al qual, segun esta cuenta, no subió hasta los quarenta y quatro, que es ya edad madura, en la qual al Predicador mas tardío le puede haver salido el uso de la razon pulpitable; este Orador veterano, vuelvo á decir, añoso, famoso y canoso, acredita bien que aún dentro de los claustros tenemos partido, no solo entre aquellos que apénas los apunta el bozo de la oratoria, que essos á red barredera los puedes contar por nuestros, sino entre los mas añejos, mas veteranos y aún mas vetustíssimos. Y hay la gracia particular de que estos hablan por experiencia, en cuya escuela, que es la mas segura y la mas convincente, han aprendido lo bien que les ha salido la cuenta predicando á la veterana, pues no hay mejores cien doblones que los que se hallan de repuesto en sus religiosas navetas, ni chocolate mas rico, ni botes de tabaco mas exquisito, ni pañuelos de tela y de color mas finos, ni ropa blanca mas delgada que la que encontrarás en sus pobres alacenas, caxones y baúles.»

28. «Pues, siendo todo esto assí, quis furor, quæ te dementia cepit? qué locura es la tuya? qué delirio se apoderó de tu cabeza, quando assí te la trastornó esse tu tiesíssimo y circunspectíssimo Tio, tumbándote patas arriba á quatro razones miserables, que te alegó el tal Dómine Espetera? Perdóname si me descompongo, porque no me puedo contener al hablar de estos encaprichados y testarudos parciales de la sinrazon, aunque por otra parte sean hombres de autoridad y de respeto. No quiero ya, que hagas caudal de mis razones, sin embargo de ser todas tan convincentes, tan triumphantes que no admiten réplica ni sufren resistencia. Tampoco quiero ya, que te hagan fuerza los exemplares que te he puesto delante de los ojos, ni tantos millares de millares de Predicadores veteranos como han hecho fortuna por este camino, ni lo que has tocado y estás tocando por tus proprias manos en mí mismo, que siempre le he seguido y que en mi vida no pienso seguir otro. Será possible, Gerundio del alma, que no te convenza tu experiencia propia? Tan mal te ha ido desde que comenzaste la carrera, emprendiéndola por esta via lactea ó, hablando con mas propriedad, por este caminito de la plata? Sermon y medio has predicado hasta ahora en público, y otro entre las paredes del Convento, y qué hombre hay ya mas famoso en toda la redonda? De qué otro retumban mayores ni mas encarecidos aplausos en todo el dilatado y espacioso ámbito del Páramo? Piensas que tu fama se ha limitado á las paredes solas de Campazas? Oh quanto te engaña tu encogimiento y tu modestia! Llegó ya á Villaquexida, extendióse á Villamandos, se dilató á Villamañan, y hasta en las márgenes del Orbigo resuena el eco de tu nombre con tanta claridad como en las concavidades de Villaornate; poco dixe: ó me engaña mucho el pensamiento, ó siento acá en lo mas interior del alma no sé qué prophéticos presagios de que en breve tiempo no se ha de hablar de otra cosa que de Fray Gerundio en toda España, y aún se adelanta el vaticinio á descubrir entre no sé qué lejanas lumbres, que ha de penetrar tu famoso nombre hasta las provincias extrangeras.»

29. «Miéntras tanto, es cierto que ya no se sabe hablar sino de tus sermones, de tus prendas y de tus talentos, en essos caminos, en essos campos, en essas tierras, en essas viñas, en essos erreñales, en essas eras, y aún en todos essos mercados del contorno. Miéntras tanto, es indubitable que ya no hay Cofradía que no te desée, no hay Mayordomo que no te solicite, no hay sermon de ánimas que no te aguarde, no hay retablo nuevo que no clame por tí, y no hay semana santa que no te tienda los brazos. Pues, corazon amilanado, por qué te acobardas? Alma de cántaro, por qué te quiebras? Espíritu pusilánime, por qué te desmayas? Desprecia, desprecia generosamente esse terror pánico que se ha apoderado de tu pecho; no hagas caso de essas pasmarotas, con que intentan aturrullarte los ciegos y apassionados sectarios de la novedad y, confirmándote en el heróico empeño de no desviarte un punto del camino real y derecho que tan gloriosamente has comenzado, ríete á carcajada tendida de todos aquellos que pretenden arredrarte de él, no dando otra respuesta á sus razones que la que yo dí, y tambien te suministré en ocasion muy semejante, de la qual te acordarás sin que yo te la repita:

Mingere cum bombis res est gratissima lumbis!»[26]

30. No de otra manera que quando en el corazon del invierno amanece el Orizonte cubierto de una densa niebla, la qual poco á poco se va al principio enrareciendo, luego que el sol presenta la batalla, comenzando la funcion con la escaramuza de sus rayos; pero no se declara tan de repente la derrota de los esquadrones tenebrosos, que no disputen por largo tiempo el terreno, pues, titubeante al parecer y como neutral la victoria, ya el sol abre los nebulosos esquadrones, ya estos se vuelven á cerrar mas densamente, muchas veces aquel los rompe, y otras tantas estos le rebaten; ya el exército del sol passa por el vientre del campo de la niebla y, aunque con luz cansada, no tanto dora quanto argentéa la cima de un vecino monte, ya se vuelve á cerrar el exército enemigo y, repeliendo al contrario, parece que le retira hasta su mismo atrincheramiento; durando el fluxo y el refluxo de la dudosa contienda hasta que, al acercarse el mediodía, encendidas en fogosa cólera las tropas de la luz, acometen tan furiosamente al campo de la niebla, que por todas partes le rompen, le penetran, le pisan, le atropellan, le dissipan, y, dueño enteramente el sol del campo de la batalla, se dexa ver en todo el hemispherio el mas claro, el mas sereno y el mas despejado dia. Assí, ni mas ni ménos, dissipó el razonamiento de Fray Blas las nieblas que havian obscurecido el entendimiento de nuestro Fray Gerundio, y quedó tan despejado y tan claro como el dia mas apacible y mas sereno del mes de Enero ó de Febrero. Dió mil abrazos á su amigo por lo que le havia consolado, iluminado y alentado, y renovó en sus manos el pleito homenage, que ya havia hecho en otra ocasion, de que no predicaria de otra manera en todos los dias de su vida, aunque el mismo Gallo de la passion le predicara lo contrario. Con esto dieron la vuelta al lugar, donde sucedió lo que dirá el capítulo siguiente; pero, ántes de escribirle, suplico al Lector que tenga un poco de paciencia, porque voy á tomar un polvo.

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