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Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

LIBRO VIII. (continued 2)

Diego Gracián translation

X.

Gran división entre los atenienses, lo mismo en Atenas que fuera de ella, y en la armada que estaba en Samos, por el cambio de gobierno de su república, que les causó gran daño y pérdida.

Las cuestiones entre los atenienses empezaron entonces por el cambio de gobierno en la ciudad que privó del mando al pueblo, dándolo a cierto número de hombres buenos.

Cuando Pisandro y sus compañeros volvieron a Samos, pusieron el ejército que allí estaba a sus órdenes, y muchos de los samios amonestaban a los más principales de la villa para que tomasen la gobernación de ella en su nombre, pero muchos otros querían mantener el estado y mando popular, por lo cual sobrevinieron grandes divisiones y escándalos entre ellos.

También los atenienses que estaban en el ejército, habiendo consultado el negocio entre ellos, y viendo que Alcibíades no tomaba la cosa a pecho, determinaron dejarle y que no le volvieran a llamar, porque les parecía que cuando fuera a la ciudad no sería suficiente, ni bastante para tratar los negocios bajo el régimen de la aristocracia, que es gobernación de pocos buenos, antes era cosa conveniente que los que estaban allí, puesto que de su estado se trataba, dijeran la manera cómo se había de guiar este negocio, especialmente cómo se proveería sobre el hecho de la guerra.

Para esto cada cual, liberalmente, se ofrecía a contribuir con su propio dinero y con otras cosas necesarias, conociendo que ya no trabajaban por el común provecho sino por el interés particular.

Por esta causa enviaron a Pisandro, y la mitad de los embajadores que habían negociado con Tisafernes, a Atenas, para ordenar allí en los negocios, y les dieron comisión de que por todas las ciudades por donde pasasen de las que obedecían a los atenienses, pusiesen el gobierno de la aristocracia, que es el de poco número de los mejores y principales.

La otra mitad de los embajadores se esparció, y fueron cada uno a diversos lugares para hacer lo mismo.

Ordenaron a Diítrefes, que estaba entonces en el cerco de Quíos, fuese a la provincia de Tracia, que le había sido dada para ser gobernador de ella.

Partió este del cerco, y al pasar por Tasos quitó la democracia; es decir, el régimen popular, y entregó la gobernación a pocos hombres buenos; pero cuando se ausentó de la ciudad, la mayor parte de los tasios, habiendo cercado su villa de muros, poco más de un mes después de la partida de Diítrefes, se persuadieron unos a otros, diciendo que no tenían necesidad de gobernarse por el mando de los que los atenienses les habían enviado, ni de vivir sometidos a lo que estos ordenaran, antes esperaban que dentro de muy poco tiempo volverían a su prístina libertad con el favor de los lacedemonios, porque los ciudadanos que habían sido desterrados de su ciudad, se refugiaron en Lacedemonia, y procuraban con todo su poder que enviasen los lacedemonios sus barcos de guerra y que la villa se rebelase.

Sucedioles de la misma manera que lo tenían previsto y deseado: la ciudad sin daño alguno fue puesta en su libertad, y la gente popular que les había sido contraria, fue sin escándalo privada del gobierno.

A los que eran del partido de los atenienses, a quienes Diítrefes había dado la gobernación, ocurrió todo lo contrario de lo que pensaban.

Lo mismo sucedió en muchas otras ciudades sujetas a los atenienses, considerando, a mi parecer, que ya no había para qué tener miedo de los atenienses, y que aquella manera de vivir bajo su obediencia, so color de buena policía, no era a la verdad sino una servidumbre encubierta, dando a entender que la verdadera libertad consistía en el régimen democrático.

Cuanto a lo de Pisandro y sus compañeros que habían ido con él, pusieron la gobernación de las ciudades por donde pasaron, en mano de pocos buenos a su voluntad, y de algunas tomaron hombres de armas que llevaron con ellos a Atenas, donde hallaron que sus cómplices y amigos habían procurado y aun hecho muchas cosas conformes a su intención para quitar el estado popular.

Un tal Androcles, que tenía grande autoridad en el pueblo, y había sido de los primeros en pedir la expulsión de Alcibíades, fue muerto por conspiración secreta de algunos mancebos de la ciudad, y por dos causas: la primera por su grande influencia en el pueblo; y la segunda, por ganar y alcanzar gracia y amistad con Alcibíades; pues pensaban que sería restituido en su autoridad, esperando que traería a Tisafernes al bando ateniense.

Con iguales fines y de la misma manera hicieron matar a algunos que les parecía ser contrarios a este negocio.

También hicieron entender al pueblo, con arengas y discursos elocuentes, que por ninguna vía se había de dar sueldo sino a los que servían en la guerra, y que, en la gobernación de los negocios comunes, no habían de entender más de quinientos hombres, y estos de los que eran poderosos para servir en las cosas públicas con sus personas y bienes.

Al mayor número parecía muy honrosa esta mudanza, y aun los mismos que habían sido causa de restablecer en su ser y estado el gobierno popular, esperaban aún por este cambio tener autoridad, porque aún quedaba la costumbre antigua de juntarse el pueblo y el Senado del haba en todos los negocios[25], y de oír la opinión de todos, y de seguir la mejor y más autorizada; pero ninguna se podía proponer sin la deliberación del pequeño consejo que ejercería la autoridad. En este consejo consultaban aparte todo lo que se debía proponer, conforme a sus intentos; y cuando exponía su opinión ninguno osaba contradecirla por el temor que tenían, viendo el grande número y autoridad de los gobernadores.

Cuando alguno les contradecía, buscaban manera para matarle, y no se perseguía ni encausaba a los homicidas, por lo cual el pueblo estaba en tanto peligro y tenía tanto miedo, que ninguno osaba hablar, y a todos les parecía que ganaban mucho callando, si no recibían otra incomodidad o violencia.

Tanto mayor era su tribulación cuanto que imaginaban ser más grande el número de los comprometidos en la conspiración de los que en realidad había, porque huían de saber cuáles eran los conjurados y cómplices de esta secta por lo difícil de conocerse todos en una población numerosa, y también porque unos no sabían la intención de otros, y no osaban quejarse uno a otro, ni descubrir su secreto, ni tratar de vengarse secretamente.

La sospecha y desconfianza era, pues, tan grande en el pueblo, que no osaban confiarse a sus conocidos y amigos, dudando que fuesen de la conspiración, porque había en ella hombres de quienes jamás se creyera. Por esta razón no se sabía de quién fiarse en el pueblo, y la mayor seguridad de los conjurados consistía principalmente en esta general desconfianza.

Llegando, pues, Pisandro y sus compañeros en esta época de turbación, acabaron muy a su placer y en poco tiempo su empresa. Primeramente les hicieron consentir que se eligiesen diez secretarios, los cuales tuviesen plena autoridad para manifestar al pueblo lo que acordaran poner en consulta por el bien de la ciudad en un día determinado. Llegado el día, y reunido el pueblo en un campo, donde estaba edificado el templo de Neptuno, a diez estadios de la ciudad, no propusieron otra cosa los dichos decemviros sino que era muy necesario respetar la libre opinión de los atenienses donde quiera que la expusieran, y que cualquiera que impidiese, injuriase o estorbase esta libertad, sería con todo rigor castigado.

Después fue pronunciado el siguiente decreto:

«Que todos los magistrados de nombramiento popular fuesen quitados, no pagándoles sus sueldos, y que se eligiesen cinco presidentes, los cuales nombrarían después cien hombres, y cada uno de ellos escogería otros tres que serían, en suma, cuatrocientos; los cuales, cuando se reunieran en consejo o asamblea, tendrían amplia y cumplida autoridad de ordenar y ejecutar lo que viesen que era para el bien y provecho de la república. Además reunirían los cinco mil ciudadanos cuando bien les pareciese.»

Este decreto lo pronunció Pisandro, el cual así en esto como en las otras cosas, hacía de buena gana todo lo que entendía que aprovechaba a suprimir y abrogar el gobierno popular. Pero el decreto había sido mucho tiempo antes imaginado y consultado por Antifonte, persona de gran crédito, pues no había en aquel tiempo ninguna otra en la ciudad que le excediese en virtud, y que además era muy avisado y prudente para hallar y aconsejar expedientes en los negocios comunes. Junto con esto tenía mucha gracia y elocuencia en decir y proponer, y con todo ello jamás iba a la junta del pueblo, ni a otra congregación contenciosa si no le llamaban. Por eso el pueblo no tenía de él sospecha, estimándole a pesar de la eficacia y elegancia de sus palabras, hasta el punto de que no queriendo entremeterse en los negocios, cualquier hombre que tuviese necesidad de él, ora fuese en materia judicial, o con la asamblea del pueblo, se tenía por dichoso y muy favorecido si podía contar con su consejo y defensa.

Cuando el régimen de los cuatrocientos fue quitado, y se procedió contra los que habían sido principales autores, siendo acusado como los demás, defendió su causa, y respondió a mi parecer mejor que nunca lo hizo hombre alguno, de que yo me acuerde.

A este régimen popular se mostraba también muy favorable Frínico por el miedo que tenía a Alcibíades, que había sabido todo lo que él trató con Astíoco, estando en Samos, y le parecía que no volvería a Atenas en tanto que la gobernación de los cuatrocientos durase; Frínico era estimado por hombre constante y esforzado en las grandes adversidades, porque habían visto por experiencia que nunca se mostró falto de esfuerzo y corazón.

También Terámenes, hijo de Hagnón, fue de los principales en acabar con el régimen popular; y era hombre asaz suficiente, así en palabras como en hechos.

Estando, pues, la obra dirigida por tan gran número de gentes de entendimiento y autoridad, no es de maravillar que fuese llevada a cabo, aunque por otra parte pareciese, y fuese a la verdad cosa muy difícil privar al pueblo de Atenas de la libertad que había tenido, en la cual había estado casi cien años, después que los tiranos fueron expulsados[26].

Y no tan solamente había estado fuera de la sujeción de cualquier otro pueblo extranjero, sino que aun más de la mitad de este tiempo había dominado a otros pueblos.

Estando la junta del pueblo disuelta, después que aprobó este decreto, los cuatrocientos gobernadores fueron introducidos en el Senado de esta manera.

Los atenienses, por hallarse los enemigos situados en Decelia, estaban de continuo en armas, unos en la guarda de las murallas y otros en la de las puertas y otros lugares, según donde les destinaban. Cuando llegó el día señalado para realizar el acto, dejaron ir a su casa, como era de costumbre, a los que no estaban en la conjuración, y a los que estaban en ella se les ordenó que quedasen, mas no en el lugar donde hacían la centinela, y donde tenían sus armas, sino en otra parte cercana, y que si viesen que alguno quería impedir o estorbar lo que se hiciese, lo resistieran con sus armas si necesario fuese.

Los que recibieron orden para esto, eran los andrios, los tenios, trescientos de los caristios y los de la ciudad de Egina, que los atenienses habían hecho habitar allí.

Arregladas así las cosas, los cuatrocientos elegidos para la gobernación, trayendo cada uno de ellos una daga escondida debajo de sus hábitos, y con ellos ciento veinte mancebos para ayudarles y hacerse fuertes si fuese menester, entraron todos juntos dentro del palacio donde se reunía el Senado o el Consejo; cercaron a los senadores que estaban en Consejo, los cuales, según costumbre, daban sus votos con habas blancas y negras, y les dijeron que tomasen sus pagas por el tiempo que habían servido en aquel oficio, y se fuesen; cuyas pagas llevaban los cuatrocientos; y conforme salían de la cámara del Consejo, les daban a cada uno lo que se le debía.

De esta manera se fueron del tribunal sin hacer resistencia alguna, y sin que el público que quedaba allí, se moviese.

Entonces los cuatrocientos entraron y eligieron entre ellos tesoreros y receptores; y hecho esto, sacrificaron solemnemente por la creación de los nuevos oficiales.

De tal manera fue totalmente mudado el régimen popular, y revocado gran parte de lo que había sido hecho el tiempo que duró, excepto no llamar a los desterrados por encontrarse en el número de ellos Alcibíades.

En lo demás, los nuevos gobernadores hacían todas las cosas a su voluntad, y entre otras, mataron a algunos ciudadanos, no muchos, porque les estorbaban y juzgaban prudente deshacerse de ellos; a algunos otros metieron en prisión, y a otros los desterraron.

Hecho esto, enviaron a Agis, rey de los lacedemonios, que estaba en Decelia, un mensajero, dándole aviso de que querían reconciliarse con los lacedemonios y haciéndoles entender que podría tener más seguridad y confianza en ellos que en el pueblo variable e inconstante. Mas pensando Agis que la ciudad no podía estar sin gran alboroto, y que el pueblo no era tan sumiso que se dejase quitar fácilmente su autoridad, y más si viese algún grande ejército de lacedemonios delante de la ciudad; teniendo además en cuenta que el gobierno de los cuatrocientos no era tan sólido y fuerte que se pudiese consolidar, no les dio respuesta alguna tocante a su petición, antes hizo juntar en pocos días gran número de gente de guerra en tierra del Peloponeso; y con ellos y los que tenía en Decelia avanzó hasta los muros de la ciudad de Atenas, esperando que se rendirían a su voluntad, así por la discordia que había entre ellos, dentro y fuera de la ciudad, como por el miedo, viendo tan gran poder a sus puertas; y si no lo quisiesen hacer, le parecía que fácilmente podría tomar los grandes muros por fuerza, por estar muy apartados y ser difícil su guarda y defensa.

Pero no se realizó lo que pensaba, porque los atenienses no promovieron tumulto ni movimiento entre ellos, antes hicieron salir su gente de a caballo, y parte de los de a pie, bien armados y a la ligera, los cuales rechazaron inmediatamente a los que se habían acercado más a los muros, y mataron muchos, cuyos despojos llevaron a la ciudad.

Viendo Agis que su empresa no había salido bien, volvió a Decelia; y pasados algunos días, mandó volver los soldados extranjeros que había hecho venir para esta empresa, y detuvo los que tenía primero.

No obstante todo lo pasado, los cuatrocientos le enviaron otra vez comisionados para ajustar un convenio, y les dio buena respuesta; de tal manera, que les persuadió para que enviasen embajadores a Lacedemonia a fin de tratar de la paz conforme deseaban.

Por otra parte enviaron diez ciudadanos de su bando a los que estaban en Samos, para darles a entender en contestación a otros muchos cargos que estos hacían, que lo que había sido hecho al mudar el estado popular, no era en perjuicio de la ciudad, sino para la salud de ella; y que la autoridad no estaba en las manos de los cuatrocientos solamente, sino también en la de cinco mil ciudadanos, y, por consiguiente, como antes, en manos del pueblo, pues nunca en ningún negocio que hubiese sido tratado en la ciudad así doméstico, y dentro de la misma tierra, como fuera, se había reunido para ello número tan grande como el de cinco mil hombres[27].

Esta embajada la enviaron los cuatrocientos a Samos desde el principio, dudando que los que estaban allá de la armada no quisieran tener por agradable esta mudanza, ni obedecer a su gobernación; y que el daño y la discordia comenzase allá, siguiendo después en la ciudad como sucedió, porque cuando se hizo este cambio en Atenas, se había levantado cierto alboroto o sedición en la ciudad de Samos por la misma causa y de esta manera.

Algunos samios, partidarios del gobierno democrático que había entonces en la ciudad, por defenderlo, se sublevaron, y puestos en armas contra los principales de la ciudad que querían usurpar la gobernación, habían después mudado de opinión por persuasión de Pisandro cuando llegó allí, y de los otros sus secuaces y cómplices atenienses que allí se hallaron, y queriendo derrocar este régimen popular se habían juntado hasta cuatrocientos, todos determinados a abolirlo y a echar a los que ejercían el mando, pretendiendo ser ellos, y representar a todo el pueblo. Mataron al principio un mal hombre y de mala vida ateniense, llamado Hipérbolo, el cual había sido desterrado de Atenas, no por sospecha ni miedo de su poder, ni de su autoridad, sino por delito, y porque deshonraba a la ciudad[28]. Hicieron esto a excitación de un capitán de los atenienses llamado Carmino, y de algunos otros atenienses que estaban en su compañía, por consejo de los cuales se gobernaban, y deliberaron proceder más adelante en favor de la oligarquía.

Los ciudadanos, partidarios del gobierno democrático descubrieron esta conjuración, principalmente a algunos capitanes que estaban al mando de Diomedonte y de León, generales de los atenienses, muy estimados y honrados por el pueblo, y opuestos a que la autoridad pasara a manos de una oligarquía.

También la descubrieron a Trasíbulo y a Trasilo, capitán aquel de un trirreme, y este de la gente de tierra que había en él; y también a los hombres de guerra que conocían como partidarios del estado popular, rogándoles y requiriéndoles que no los quisiese dejar maltratar por los conjurados que habían jurado su muerte, ni tampoco desamparasen en tal negocio a la ciudad de Samos, la cual perdería la buena voluntad que tenía a los atenienses si los conjurados lograban mudar la forma de gobernarse que había tenido hasta entonces.

Hechas estas declaraciones a los caudillos y capitanes, hablaron particularmente a los soldados, persuadiéndoles para que no permitiesen que la conjuración tuviera efecto. Primeramente trataron con la compañía de los atenienses que tripulaban el buque Páralos, que eran todos hombres libres y opuestos siempre a la oligarquía, aun antes de que se tratara de establecerla, estando en buena reputación con Diomedonte y León, de tal manera, que cuando estos hacían algún viaje por mar, les daban de buena voluntad el cargo y la guarda de algunos trirremes.

Reuniéndose, pues, todos estos con los de la villa, que eran del partido democrático, dispersaron a los trescientos conjurados que se habían alzado, de los cuales mataron treinta, y de los principales autores desterraron a tres, perdonando a los otros, y restableciendo el estado popular desde entonces en su primera autoridad.

Ejecutado esto, los samios y los soldados atenienses que estaban allí, enviaron inmediatamente el trirreme Páralos, y al capitán del mismo, llamado Quéreas, hijo de Arquéstrato, que les había ayudado en este negocio, para advertir a los atenienses lo que se había hecho allí, no sabiendo aún que la gobernación de la ciudad de Atenas se encontraba ya en manos de los cuatrocientos, quienes al saber la llegada de aquel barco hicieron prender a dos o tres de sus tripulantes, y a los demás les metieron en otros barcos, enviándoles a ciertos lugares de Eubea, de donde no podrían escapar. Quéreas, sabiendo a tiempo lo que querían hacer, se escondió y se salvó. Después volvió a Samos, y contó a los que estaban allí todo lo ocurrido en Atenas, dándoles a entender ser las cosas mucho más graves de lo que eran.

Díjoles Quéreas que a todos los hombres partidarios del pueblo los maltrataban y ultrajaban sin que hubiese persona que osase abrir la boca contra los gobernadores; que no ultrajaban solamente a los hombres, sino también las mujeres y niños, y que además estaban resueltos a hacer lo mismo con cuantos había en el armada de Samos que discrepasen de su voluntad, tomando sus hijos, mujeres y parientes próximos, y haciéndoles morir si estos no cedían a su voluntad.

Muchas otras cosas les dijo Quéreas que eran falsedades; pero, al oírlas los soldados, fueron tan despechados e inflamados de ira que opinaron matar, no solamente a los que habían hecho el cambio de régimen en Samos, sino también a todos los que lo habían consentido; pero poniéndoles algunos de manifiesto, con objeto de apaciguarles, que, haciendo esto, pondrían la ciudad en gran peligro de caer en manos de los enemigos, que eran muy numerosos sobre el mar, y querían acometerles, dejaron de realizarlo.

No obstante todo esto, queriendo establecer abiertamente el estado popular en la ciudad, Trasíbulo y Trasilo, que eran los caudillos y principales autores de esta empresa, obligaron a todos los atenienses que estaban en la armada, y asimismo a los que desempeñaban el gobierno oligárquico, a ayudar con todo su poder a la defensa del régimen popular, y a seguir tocante a esto lo que aquellos capitanes determinasen, y al mismo tiempo defender la ciudad de Samos contra los peloponesios, tener a los cuatrocientos nuevos gobernadores de Atenas por enemigos, y no hacer ningún tratado ni tregua con ellos.

El mismo juramento hicieron todos los samios que estaban en edad para llevar armas, a los cuales los hombres de armas juraron también vivir y morir con ellos en una misma fortuna, teniendo por cierto que no había esperanza de salud, ni para ellos ni para los de la ciudad, antes se tenían todos por perdidos si el estado de los cuatrocientos continuaba en Atenas, o si los peloponesios tomaban la ciudad de Samos por fuerza.

En estos debates perdieron mucho tiempo, queriendo los soldados atenienses que estaban en el ejército de Samos restablecer en Atenas el régimen popular, y los que tenían el gobierno en Atenas obligar a los de Samos a que hiciesen lo mismo que ellos.

Siendo todos los soldados de la misma opinión sobre esta materia, destituyeron a los capitanes y a otros que ejercían cargo en el armada, y eran sospechosos de favorecer el estado de los cuatrocientos, y en su lugar pusieron otros.

De este número fueron Trasíbulo y Trasilo, los cuales exhortaban uno en pos de otro a los soldados a ser constantes en este propósito, por muchas razones que les mostraron, aunque la ciudad de Atenas hubiese condescendido en la gobernación de los cuatrocientos.

Entre otras cosas, les decían que ellos que estaban en el ejército eran en mayor número que los que se habían quedado en la ciudad, y tenían más abundancia y facultad de todas las cosas que estos. Por tanto, que teniendo los barcos en sus manos, y toda la armada de mar, podían obligar a todas las ciudades súbditas y confederadas a contribuir con dinero. Y si los echasen de Atenas, tenían aquella ciudad de Samos, que no era pequeña, ni de escaso poder, mientras que quitadas a la ciudad de Atenas las fuerzas de la mar, en las cuales pretendía exceder a todas las otras, ellos eran harto poderosos para rechazar a los peloponesios sus enemigos, si les fueran a acometer a Samos, como lo habían hecho otra vez.

Y aun para resistir a los que estaban en Atenas, porque teniendo los barcos en sus manos, por medio de ellos podrían adquirir provisiones en abundancia, mientras los de Atenas carecerían de ellas, pues las que habían tenido hasta entonces, que llevaban y desembarcaban en el puerto del Pireo, debíanlas a la ayuda de la armada que estaba en Samos, de la que no podrían valerse en adelante si rehusaban restablecer el gobierno de la ciudad en manos del pueblo. Además, los que estaban allí podrían estorbar mejor el uso de la mar a los que estaban en la ciudad de Atenas, que no los de la ciudad a ellos. Lo que la ciudad podía dar de sí misma para resistir a los enemigos era la menor parte que se esperaba tener, y perdiendo esto no perdían nada, puesto que no había más dinero en la ciudad que les pudiesen enviar, viéndose obligados los soldados a servir a su costa.

No tenían en lo demás los de Atenas buen consejo, que es la única cosa que obliga a guardarle obediencia a los ejércitos que están fuera; antes habían grandemente errado, violando y corrompiendo sus leyes antiguas; mientras ellos que estaban en Samos las querían conservar, y obligar a los otros a guardarlas, porque no era de creer que los que entre ellos habían sido autores de mejor consejo y opinión en este asunto que los de la ciudad, fuesen en otros negocios menos avisados.

Por otra parte, si ellos querían ofrecer a Alcibíades la restitución de su estado y llamarle, él haría de buena voluntad la alianza y amistad entre ellos y el rey. Y aun cuando todos los recursos faltasen, teniendo tan grande armada podrían ir a cualquier parte donde les pareciese y hallasen ciudades, y ocupar tierras para habitar.

Con estas razones y persuasiones se exhortaban los unos a los otros, y no cesaban de preparar con toda diligencia las cosas pertenecientes a la guerra.

Entendiendo los diez embajadores enviados allí por los cuatrocientos, que todas las cosas se habían divulgado entre el pueblo, callaron, y no dieron cuenta del encargo que llevaban.

XI.

Sospechan de Tisafernes los peloponesios, porque no les daba el socorro que les había prometido, y porque Alcibíades había sido llamado por los atenienses de la armada, ejerciendo la mayor autoridad entre ellos, que empleaba en bien y provecho de su patria.

Los marinos peloponesios que estaban en Mileto murmuraban públicamente contra Astíoco y contra Tisafernes, diciendo que lo echaban todo a perder, Astíoco, porque no había querido combatir con su armada estando debilitada en fuerzas la de los contrarios, y además cuando tenían gran disensión entre sí, y sus barcos estaban diseminados en muchas partes no les quería acometer, antes malgastaba el tiempo con pretexto de esperar las naves que habían de ir de Fenicia, entreteniéndoles con palabras, y queriendo de esta manera arruinarles con grandes gastos.

Añadían a esto que no pagaba por completo ni de continuo a la armada, perdiendo con ello su crédito.

Decían, pues, que no eran necesarias más dilaciones, sino ir a acometer a los atenienses, lo cual apoyaban los siracusanos con la mayor instancia.

Advertido Astíoco, y los caudillos que estaban allí por las ciudades confederadas, de estas murmuraciones, determinaron combatir, sabiendo además que ya había gran revuelta en Samos. Reunieron todos los buques que tenían, que resultáronles ciento veinte, y dos en Mícale: y de allí avisaron y mandaron llamar a los que estaban en Mileto, ordenándoles que marchasen por tierra. Los barcos de los atenienses eran ochenta y dos que habían ido de Samos a la playa de Glauca en tierra de Mícale.

Téngase en cuenta que Samos está poco alejado del continente por la parte de Mícale.

Al ver los barcos de los peloponesios venir contra ellos, se retiraron a Samos, porque les parecía no ser bastante poderosos para aventurar una batalla, de la cual dependería toda su fortuna, y porque tenían entendido que los enemigos iban con grande voluntad de combatir.

Además esperaban a Estrombíquides, que estaba en el Helesponto, y había de ir allí con las naves que había traído de Quíos a Abido; cosa que mandaron hacer desde que se retiraron a Samos, y los peloponesios vinieron a Mícale.

En este punto establecieron aquel día su campo, así con las gentes que habían sacado de los barcos, como con los procedentes de Mileto, y también con gentes de la tierra.

Al día siguiente, de mañana, habían determinado ir en busca de sus enemigos a Samos, pero avisados de la llegada de Estrombíquides se volvieron a Mileto.

Los atenienses deliberaron sobre ir a presentarles la batalla en dicho punto, después de reforzados con los buques que llevaba Estrombíquides, porque se reunieron entre todos ciento ocho, y así lo acordaron.

Después de su partida, los peloponesios, aun con tan hermosa y fuerte armada, no se tenían por bastantes para combatir con los enemigos; y no sabían, por lo demás, cómo podrían sustentar las tripulaciones, viendo que Tisafernes no pagaba bien; por lo cual enviaron a Clearco, hijo de Ranfias, capitán de cuarenta naves, para que lo notificara a Farnabazo, atendiéndose a lo que les había sido mandado en el Peloponeso, y porque Farnabazo les prometió pagar la armada.

Por otra parte, entendían que si iban a Bizancio, la ciudad se rebelaría en su favor, por lo cual se puso Clearco a la vela con sus cuarenta buques, saliendo a alta mar para no ser descubierto de sus enemigos, pero le sorprendió una gran tormenta, de tal manera, que sus buques fueron dispersados; parte de ellos, que seguían a Clearco, llegaron a Delos, y los otros se volvieron a Mileto y después se reunieron con Clearco, que fue por tierra al Helesponto.

Pero diez naves que habían llegado antes al Helesponto, hicieron sublevar la ciudad a su voluntad.

Siendo después avisados los atenienses que estaban en Samos, enviaron un número de buques para guardar el Helesponto, los cuales libraron una pequeña batalla delante de Bizancio, a saber: ocho naves de ellos contra otras tantas de los peloponesios.

Entretanto, los que eran caudillos de la armada de los atenienses, principalmente Trasíbulo, el cual había siempre sido de parecer que debían llamar a Alcibíades, aun después que el régimen de Atenas fue mudado, en parte por intrigas de este, continuaba más firme en dicho propósito y lo mostró por tal manera y persuadió de tal suerte a los soldados que allí estaban, para que acordasen todos la vuelta de Alcibíades, que fue el decreto concluido y escrito, perdonando a Alcibíades, y llamándole a la ciudad.

Publicado este decreto, Trasíbulo fue a donde estaba Tisafernes, y llevó a Alcibíades, que se encontraba con este, a Samos, esperando por su medio atraer a Tisafernes a la amistad de los atenienses.

Estando Alcibíades en Samos, hizo juntar el pueblo, y expuso ante él las grandes pérdidas y daños que había sufrido en su destierro. Después habló muy animosamente de los negocios de la república, de suerte que les infundió grande esperanza de recobrar el antiguo poder, encareciéndoles en gran manera la influencia que tenía con Tisafernes, a fin de que los que ejercían autoridad y mando en Atenas tuviesen temor de él, y por esta vía sus conjuraciones e inteligencias se deshicieran y amenguasen. También lo hizo para ganar con los que estaban en Samos autoridad y prestigio, y para que, aumentando su reputación, a los enemigos les inspirara más desconfianza Tisafernes, y perdieran la esperanza de que les ayudase.

Decía a los atenienses que estaban en Samos, que Tisafernes le había prometido dar el sueldo de los soldados, aunque hubiera de vender cuanto tuviese, si podía tener seguridad de ellos hasta el fin de la guerra, y que haría ir en su socorro los barcos fenicios que ya estaban en Aspendo, en lugar de enviarlos a los peloponesios. Añadía que para tener seguridad de ellos no les demandaba sino que recibiesen a Alcibíades.

Habiéndose expresado en tales o semejantes palabras, los capitanes y soldados le pusieron en el número de los caudillos de la armada, y le dieron autoridad para mandar y ordenar en todas las cosas: y en efecto, adquirieron tan grande confianza y esperanza en él, que ya no dudaban de su salvación, ni de la caída de los cuatrocientos; estando todos dispuestos desde entonces, bajo de la confianza de lo que les había dicho, a ir al Pireo, sin cuidarse de los enemigos que encontraban tan cerca de allí. Muchos pedían esto con grande instancia, pero no lo quiso consentir Alcibíades, diciendo que no era cosa conveniente, teniendo próximos los enemigos, ir al Pireo, y que pues le habían dado la dirección de la guerra, y elegido por caudillo, proveería con Tisafernes en todo: volvió, al partir de esta junta, a donde Tisafernes se encontraba para mostrarles que quería consultar todas las cosas con él; y al mismo Tisafernes dio a entender que tenía grande autoridad entre los atenienses, y que era su caudillo, para que fuese más estimado de él y entendiese por esta vía que le podría ayudar o perjudicar. Y sucedió, en efecto, lo que pretendía, porque, por el favor con Tisafernes, fue después muy temido de los atenienses; y del mismo Tisafernes por el temor que a estos tenía.

Cuando los peloponesios que estaban en Mileto supieron el llamamiento de Alcibíades, teniendo ya grande sospecha, comenzaron a hablar mal de Tisafernes públicamente. Y a la verdad, porque rehusaron de ir contra la armada que les presentó la batalla frente a Mileto, se había enfriado Tisafernes para pagar el sueldo a la armada; juntamente con esto Alcibíades trabajaba de tiempo atrás por hacerle quedar mal con los peloponesios.

Esparcido este rumor entonces, los soldados que estaban en Mileto comenzaron a juntarse por escuadras, como habían hecho antes, y a producir grande alboroto, de tal manera, que algunos de entre ellos, hombres de autoridad, diciendo que nunca habían cobrado la paga entera, y que la poca que les daban nunca había sido de continuo, amenazaban, si no los llevaban a alguna parte para combatir o para arriesgar la vida, con dejar los buques. De todo esto culpaban a Astíoco, que, por su particular provecho, había querido complacer a Tisafernes.

A esta murmuración y motín siguió una gran perturbación contra Astíoco; porque los marineros de los siracusanos y de los turios, estando menos sujetos que los otros, hicieron mayor instancia y con palabras más sueltas, para que les dieran su paga, a los cuales Astíoco dio alguna áspera respuesta y queriendo Hermócrates tomar la voz por su gente y sustentar su querella, alzó un palo que tenía para darle.

Al ver esto los marineros y soldados siracusanos, corrieron con gran ímpetu contra Astíoco, el cual se libró de ellos metiéndose en un templo cercano, y de esta manera se salvó. Después, al salir de allí, le prendieron.

Además de esto los milesios atacaron un castillo o baluarte que Tisafernes había hecho allí, el cual tomaron echando a las gentes que él había puesto de guarda, cosa que fue muy agradable a los otros aliados, y también a los siracusanos.

A Licas le pesó, diciendo que los milesios y los otros que estaban bajo el mando del rey, debían obedecer y complacer a Tisafernes en las cosas que eran razonables, hasta que los negocios de la guerra estuvieran en mejor orden. Por esta opinión y por otras muchas pruebas semejantes, los milesios concibieron tan grande indignación contra él, que habiendo después muerto de enfermedad, no quisieron consentir que su cuerpo fuese enterrado en el lugar que los lacedemonios, que allí estaban, habían ordenado.

Durante estas alteraciones, y estando en tales diferencias las gentes de armas, Tisafernes y Astíoco, llegó a Mileto Míndaro, nombrado general de la armada por los lacedemonios en lugar de Astíoco, quien, después que dejó su cargo a Míndaro, volvió a Lacedemonia; y con él envió Tisafernes, por embajador, uno de sus familiares natural de Caria, llamado Gaulites, que sabía bien hablar las dos lenguas, griega y persa, así para quejarse del ultraje que los milesios habían hecho a él y a su gente como también para excusarse de lo que él sabía que le acusaban, habiendo enviado mensajeros a Lacedemonia sobre esto, con los cuales fue Hermócrates. Este afirmaba que Tisafernes y Alcibíades estaban de acuerdo para destruir el poder de los peloponesios, porque tenía de mucho tiempo atrás grande enemistad con Tisafernes, a causa de la paga, y también porque, al llegar a Mileto los otros tres caudillos de los buques siracusanos a saber, Pótamis, Miscón y Demarco, Tisafernes le había hecho cargos en presencia de ellos y en malos términos de muchas cosas, y, entre otras, la de que el rencor que tenía contra él era porque no quiso darle cierta suma de dinero que le había pedido.

Por esta causa se fueron Astíoco y los mensajeros de los milesios y Hermócrates, de Mileto a Lacedemonia.

Alcibíades volvió, de donde estaba Tisafernes, a Samos, donde también llegaron mensajeros de Delos, que los cuatrocientos gobernadores de Atenas habían enviado allí para aplacar y apaciguar a los que estaban en Samos.

Mas al principio, siendo por ellos reunido el pueblo, los hombres de armas hicieron instancia para que no les diesen audiencia, antes con grandes voces aseguraban que debían hacer pedazos a tales hombres, pues querían destruir el régimen popular. A pesar de esto y después de muchas palabras, con gran dificultad les oyeron en silencio.

Estos mostraron cómo la mudanza de régimen que había sido hecha, no era en manera alguna para abatimiento de la ciudad, como daban a entender; antes para su salvación y a fin de que no cayese en poder de los enemigos, los cuales ya habían ido hasta junto a los muros de Atenas. Por esto se había creído necesario elegir los cuatrocientos, para ordenar la defensa, y los demás negocios de la ciudad con los otros cinco mil, los cuales eran todos participantes en la resolución de toda clase de asuntos; añadieron que no era verdad lo que Quéreas aseguró, por envidia, de que habían desterrado y maltratado a los hijos, parientes y amigos de los que estaban fuera, pues al contrario, les dejaban todos sus bienes y casas, y en la misma libertad que gozaban antes.

Después de estas disculpas y demostraciones, queriendo pasar adelante, se lo impidieron los atenienses que allí estaban, a los cuales parecía mal lo que decían, y comenzaron a expresar muchas y diversas opiniones.

El mayor número era de parecer que debían ir por mar al Pireo.

En esta discordia Alcibíades se mostró tanto o más amigo de la patria que otro alguno. Porque viendo que los atenienses que estaban allí querían ir contra los de Atenas, y conociendo que si aquello se realizaba ocasionaría que los enemigos tomasen toda la tierra de Jonia y del Helesponto, no lo quiso permitir, antes lo contradijo con más vigor y energía que ningún otro, y por su autoridad impidió esta navegación e hizo callar a los que habían dado voces contra los mensajeros públicamente.

Después les ordenó volver a Atenas con esta respuesta: que en lo que toca a los cinco mil hombres que se habían nombrado para ayuda de la gobernación de la ciudad, no era de opinión que les privasen de estas facultades, mas los cuatrocientos quería que se suprimiesen y que fuese restablecido el Consejo de quinientos en la forma que estaba antes. Y en lo tocante a lo que había sido hecho por los cuatrocientos, de disminuir los gastos de la ciudad para atender a la paga de los hombres de armas, lo hallaba muy bueno, y les exhortaba proveyesen bien en los otros negocios de la ciudad y que no permitieran cayese en poder de los enemigos; dándoles buena esperanza de aplacar las diferencias, quedando la ciudad en su ser, sin que viniesen a las armas unos contra otros, para lo cual era necesario que todos tuviesen gran prudencia, porque si llegaban a la lucha los que estaban en la ciudad contra los que estaban en Samos, cualquiera de ellos que alcanzara la victoria no encontraría ya persona con quien hacer tratos o conciertos.

En esto llegaron embajadores de parte de los argivos, que ofrecieron a los atenienses que allí estaban, ayuda y socorro contra los cuatrocientos, para la defensa del régimen popular, a los cuales Alcibíades agradeció mucho sus buenos ofrecimientos, y después de haberles preguntado a ruego de quién iban con esta embajada y respondido ellos que de nadie, les despidió amablemente.

Y a la verdad, no habían sido requeridos para ir. Pero enviados algunos de los marinos del trirreme Páralos por los cuatrocientos en un buque de guerra, para ver lo que se hacía en Eubea y también para llevar tres embajadores que estos cuatrocientos enviaban a Lacedemonia, y que eran Lespodias, Aristofonte y Melesias, los tripulantes, cuando llegaron a Argos, entregaron los embajadores presos a los argivos, acusándoles de que habían sido los principales autores y cómplices para quitar el régimen popular en Atenas, y después no volvieron a Atenas, sino que embarcaron a los embajadores de los argivos y los llevaron en su buque a Samos.

En ese mismo verano, Tisafernes, conociendo que los peloponesios tenían mala opinión de él por algunas causas, entre ellas la restitución de Alcibíades, y porque presumían tomaba el partido de los atenienses para disculparse ante ellos de esta sospecha, se preparó a recibir a los barcos fenicios que habían de ir; y para salirles al encuentro, pues estaban en el puerto de Aspendo, mandó a Licas que fuese con él. Mientras hacía el viaje, dejó por su lugarteniente a Tamos, uno de sus capitanes, al cual dio encargo, según decía, de pagar el sueldo a los marineros peloponesios.

Creyose después que no había ido a Aspendo con el referido objeto, porque no hizo ir las naves, siendo cierto que entonces había allí ciento quince todas aparejadas. Y aunque no se supiese en verdad la causa de este viaje, porque no ordenó que se unieran a los peloponesios aquellos barcos, no dejaron de formarse diversos juicios.

Unos presumían que hizo aquello por entretener los negocios de los peloponesios, con esperanza de su vuelta, porque Tamos, al cual había dejado para reemplazarle, no pagó mejor que él lo había hecho, sino peor. Otros juzgaron que había ido a cobrar el dinero necesario para pagar el sueldo de los fenicios al enviarlos. Otros presumían que su objeto era borrar la mala opinión que los peloponesios tenían de él, mostrándoles que deseaba sinceramente ayudarles, pues iba por la armada, la cual ya se sabía que estaba aparejada.

Cuanto a mí, tengo por muy cierto, y la cosa es muy evidente, que no quiso llevar los barcos, sino que lo fingió en este viaje, para que, esperando su venida, los negocios de los griegos llegaran a la mayor confusión, y no dando ayuda a ninguna de ambas partes, sino faltando a entrambas, quedasen iguales y débiles. Porque es muy claro, que si quisiera unirse de buena voluntad con los lacedemonios, estos hubieran entonces alcanzado la victoria, pues en aquella sazón estaban tan poderosos por mar como los atenienses.

La excusa que dio de no haber llevado los barcos, puso de manifiesto su malicia y engaño, pues dijo que era porque los fenicios no habían dado el número de buques que les había pedido a nombre del rey; de creer es que hubiera satisfecho a este, conseguir el mismo objeto con menor número y a menos coste.

Cualquiera que fuese su intención, los peloponesios enviaron por su parte dos trirremes con él cuando fue al lugar de Aspendo, de los cuales era caudillo un lacedemonio llamado Filipo.

Al saber Alcibíades la ida de Tisafernes, tomó trece trirremes de los que estaban en Samos, y se fue hacia aquella parte, haciendo entender a los atenienses de Samos que su ida aprovecharía en grande manera, porque haría tanto que la armada que estaba en Aspendo vendría en socorro, o no iría en ayuda de los lacedemonios, y se los aseguraba conociendo, como era de creer, los deseos de Tisafernes por la larga comunicación que había tenido con él, que eran no enviar la armada a los peloponesios.

También lo decía con la intención de hacer al mismo Tisafernes más sospechoso a los peloponesios, a fin de que después fuese obligado a ponerse de parte de los atenienses; fue, pues, hacia donde estaba, manteniéndose siempre en alta mar, hacia la parte de Fasélide y de Cauno.

XII.

Divididos los atenienses por la mudanza en el gobierno popular de la república, procuran restablecer algún acuerdo entre ellos.

En este tiempo, los embajadores que los cuatrocientos habían enviado a Samos, de vuelta en Atenas, dieron cuenta del encargo que Alcibíades les había dado, y que consistía en que ellos procurasen guardar la ciudad y defenderse de los enemigos, que él tenía esperanza de reconciliar a los que estaban en la armada de Samos y de vencer a los peloponesios, cuyas palabras infundieron grande ánimo a muchos de los cuatrocientos, que ya estaban enfadados y enojados de aquella forma de gobierno, y de buena voluntad la hubieran dejado, de poderlo hacer sin peligro.

Al saber los deseos de Alcibíades, todos de común acuerdo tomaron a su cargo los negocios, nombrando a los dos hombres más principales y más poderosos de la ciudad por sus caudillos, que eran Terámenes, hijo de Hagnón, y Aristócrates, hijo de Escelias, y además de estos, muchos otros de los más a propósito de los cuatrocientos, los cuales se excusaban de haber enviado embajadores a los lacedemonios, diciendo que lo habían hecho por el temor que tenían a Alcibíades y a los otros que estaban en Samos, para que la ciudad no fuese ofendida.

Parecíales que se podría evitar que la gobernación cayera en manos de pocos en número, si procuraban que los cinco mil que habían sido nombrados por los cuatrocientos tuviesen el mando y la autoridad efectivos y no de palabra, y que de esta manera el régimen se podría reformar para el bien de la ciudad, del cual, aunque hiciesen siempre mención en sus juntas, la mayor parte de ellos tiraba a su particular derecho y a la ambición de su autoridad, esperando que, si destruían la gobernación de los cuatrocientos, no quedarían solamente iguales a los otros, sino superiores.

Además, en el régimen de gobierno popular, cada uno sufre mejor una derrota de sus aspiraciones, porque los oficios se dan por elección del pueblo, y le parece no haber sido desechado por sus iguales, cuando se hace por todo el pueblo.

Y a la verdad, la autoridad que Alcibíades tenía con los que estaban en Samos, dio grande esfuerzo a estos, y les parecía como que el estado de los cuatrocientos no podía durar; cada uno de ellos se esforzaba en adquirir entre el pueblo el mayor crédito que podía, para ser el mayor en autoridad.

Los que eran principales entre los cuatrocientos trabajaban en sentido contrario cuanto podían, y principalmente Frínico, el cual, siendo el caudillo de los que estaban en Samos, había sido contrario a Alcibíades; también Aristarco, que había sido siempre enemigo del régimen popular, y lo mismo Pisandro, Antifonte y los otros que eran de los más poderosos de la ciudad, los cuales, desde el tiempo que habían tomado el cargo y aun después de la mudanza y revuelta que había habido en Samos, enviaron embajadores propios a Lacedemonia, procurando mantener la gobernación de la oligarquía con todo su poder, y hacían levantar y disponer la muralla de Eetionea.

Después de la vuelta de los embajadores que habían enviado a Samos, viendo que muchos de su partido mudaban de opinión, aunque los habían tenido por muy constantes y determinados en el negocio, enviaron de nuevo e inmediatamente a Antifonte y a Frínico con diez de su bando a los lacedemonios, y les dieron comisión de hacer algún concierto con ellos lo mejor que pudiesen, con tal que fuese tolerable. Hicieron esto por el temor que tenían, así de los que estaban en Atenas, como de los que se encontraban en Samos.

Cuanto a lo de la muralla que alzaban y reparaban a Eetionea, lo hacían, como lo decía Terámenes y los que estaban con él, no tanto por estorbar que los que estaban en Samos pudiesen entrar en el puerto del Pireo, como por recibir el ejército de mar y de tierra de los enemigos cuando quisiesen; por cuanto el lugar de Eetionea está a la entrada del puerto del Pireo en figura o forma de media luna.

La muralla que hacían por la parte de la tierra hacia el lugar era de tal manera fuerte, que con poca gente que estuviese en ella, podían a su voluntad dejar entrar los barcos o impedirlo, porque el lugar se juntaba con la otra tierra del puerto, que tiene la entrada harto estrecha.

Además de estas obras que hicieron en Eetionea, repararon la muralla vieja que estaba fuera del Pireo, del lado de tierra, y edificaron otra nueva por dentro a la parte de la mar, y entre las dos hicieron grandes trojes paneras, dentro de las cuales obligaron a todos los de la villa a traer y meter el trigo que tenían en sus casas, y también todo lo que traían por mar lo hacían allí descargar, y los que querían comprar, necesitaban ir a hacerlo allí.

Estas cosas que los cuatrocientos hacían, a saber, las reparaciones y provisiones para recibir a los enemigos, lo divulgaba ya Terámenes antes que los postreros embajadores fuesen de parte de los cuatrocientos a Lacedemonia. Mas después que volvieron sin conseguir nada, él decía y publicaba más abiertamente que la muralla que habían hecho sería causa de poner el estado de la ciudad en peligro.

Porque en este mismo tiempo llegaron allí cuarenta y dos barcos de los enemigos, de los cuales una parte eran italianos y sicilianos que venían del Peloponeso, de los que habían enviado a Eubea, y algunos de los otros eran de los que dejaron en el puerto de Las, en tierra de Laconia, de los cuales era capitán Agesándridas, hijo del espartano Agesandro, de lo cual deducía Terámenes que ellos no habían llegado allí, tanto por ir a Eubea, como por ayudar a los que construían la dicha muralla de Eetionea, y que si no se hacía buena guarda habría gran peligro de que tomasen al Pireo en llegando. Esto que decían Terámenes y los que estaban con él, no era del todo mentira, ni dicho por envidia; porque a la verdad, los que ejercían la oligarquía en Atenas bien quisieran, si pudieran, gobernar la ciudad en libertad y bajo su autoridad y poder mandar a los demás como representantes de la cosa pública; pero si no pudiesen mantener y defender su autoridad, estaban resueltos, teniendo el puerto, los buques y la fortaleza del Pireo en sus manos, a vivir allí con seguridad, temiendo que si el pueblo recuperaba el poder que tenía en el régimen democrático, fuesen ellos de las primeras víctimas.

Y si no pudieran defenderse allí, antes de caer en las manos del pueblo deliberaban meter dentro del Pireo a los enemigos, pero sin darles los buques y fortalezas, y capitular con ellos en los negocios de la ciudad lo mejor que pudiesen, con tal de que sus personas fuesen salvas.

Por estas causas y razones tenían buenas guardas en las murallas y a las puertas; y en lo demás activaban cuanto podían la fortificación de los lugares por donde los enemigos podían tener entrada y salida, temiendo que los tomaran por sorpresa.

Todos estos proyectos y deliberaciones se hacían y comunicaban primeramente entre pocos hombres. Mas después Frínico, vuelto de Lacedemonia, fue herido en la plaza del mercado por uno de los que hacían la centinela, de cuya herida murió al llegar a su casa; y el que le hirió huyó. Un argivo, su cómplice, fue por orden de los cuatrocientos preso y sometido a tormento, a pesar del cual no nombró a nadie como autor del asesinato, y dijo no saber otra cosa, sino que en casa del capitán de la guardia, y de otros muchos ciudadanos, se juntaban a menudo muchas personas. Terámenes y Aristócrates, y los que estaban en inteligencia con ellos, así de los cuatrocientos como otros, continuaron con más calor su empresa. Cuanto más que la armada enemiga que estaba en Las, habiendo tomado puerto y refresco en Epidauro, hacía muchas salidas y robos en la tierra de Egina, por lo cual Terámenes decía que no era de creer que si la armada quisiese ir a Eubea, viniera a recorrer hasta el golfo de Egina, para después volver a Epidauro, sino que había sido llamada por los que tenían y fortificaban al Pireo, como siempre aseguró.

Por esta causa, después de muchas demostraciones hechas al pueblo para amotinarle contra ellos, fue determinado ir a tomar Las por fuerza.

Cumpliendo su determinación los soldados que trabajaban en la fortificación de Eetionea, de los cuales era capitán Aristócrates, prendieron a uno de los cuatrocientos, que era del partido contrario, llamado Alexicles y le pusieron guardas en su propia casa. Después prendieron también a muchos, y entre otros a uno de los capitanes que tenían la guarda de Muniquia, llamado Hermón. Esto fue hecho con consentimiento de la mayor parte de los soldados.

Sabido esto por los cuatrocientos, que entonces se encontraban en el palacio de la ciudad, excepto aquellos a quienes el régimen oligárquico no agradaba, determinaron ponerse en armas contra Terámenes y los que estaban con él. Mas él se excusaba diciendo que estaba preparado y dispuesto para ir a Las a prender a los que hacían tales novedades. Llevando consigo uno de los capitanes que era de su opinión, se fue al Pireo, ayudándole Aristarco y la gente de a caballo.

Con este motivo levantose grande alboroto y tumulto, porque los que estaban en la ciudad decían públicamente que el Pireo había sido tomado ya, y muertos los que lo defendían, y los que estaban dentro del Pireo pensaban que todos los de la ciudad iban contra ellos.

Tan grande fue el alboroto, que los ancianos de la ciudad tuvieron harto que hacer deteniendo a los ciudadanos para que no se pusieran todos en armas.

En esto trabajó grandemente con ellos Tucídides de Farsala; el cual, habiendo tenido grande amistad y conversando con muchos de ellos, los iba apaciguando con dulces palabras, demostrando y requiriéndoles que no quisiesen poner la ciudad en peligro de perdición, teniendo tan cerca a los enemigos que lo estaban aguardando. Con estas razones el furor fue aplacado y se retiraron todos a sus casas.

Terámenes, que era del gobierno con los demás cuatrocientos, al llegar al Pireo aparentó estar enojado contra los soldados; pero Aristarco y los de su parte, que eran del bando contrario, estaban, a la verdad, muy mal con ellos; los cuales no por eso dejaban de trabajar en su obra, hasta que algunos demandaron a Terámenes si le parecía mejor acabar la muralla o derribarla. Respondioles que si querían derrocarla a él no le pesaría. Inmediatamente todos los que trabajaban y muchos otros de los que estaban en el Pireo subieron sobre el muro, y en poco tiempo lo arrasaron.

Hicieron esto para atraer el pueblo a su opinión, diciendo en alta voz a los que estaban allí estas palabras:

«Quienes deseen que los cinco mil gobiernen y no los cuatrocientos, deben ayudar a hacer lo que nosotros hacemos.»

Decían esto por no atreverse a declarar que pretendían restaurar el régimen popular; antes fingían estar contentos con que los cinco mil gobernasen, temiendo nombrar a alguno, por error, de los que pretendían ejercer mando en el régimen popular y no fiándose unos de los otros, cosa que admiraba a los cuatrocientos, quienes no querían que los cinco mil tuviesen la autoridad, ni tampoco deseaban que fuesen depuestos, porque haciendo esto era necesario volver al régimen popular; y dándoles autoridad era casi lo mismo, ejerciendo el poder tan gran número de hombres. Por esto no querían declarar que los cinco mil no habían sido nombrados y este silencio tenía a las gentes con temor y sospecha, así de una parte como de otra.

Al día siguiente los cuatrocientos, aunque algo turbados, se juntaron en palacio.

De la otra parte, los que estaban en armas en el Pireo, habiendo derribado la muralla y soltado a Alexicles que tenían preso, fueron al teatro de Dioniso, es decir, de Baco, dentro del Pireo, y allí tuvieron su consejo. Después de debatido sobre lo que debían de hacer, acordaron ir a la ciudad, y dejar sus armas donde tenían por costumbre; lo cual hicieron. Viéndoles desarmados fueron a ellos muchos ciudadanos secretamente de parte de los cuatrocientos, acercándose a los que conocían por ser más tratables, rogándolos que se mantuviesen en paz sin hacer alboroto ni tumulto en la ciudad, e impidiendo que los otros lo hiciesen.

Dijéronle que podían nombrar todos juntos los cinco mil que debían ejercer la gobernación, y meter en este número a los cuatrocientos, con el cargo y autoridad que a ellos pareciere, para no poner la ciudad en peligro de venir a manos de los enemigos.

Con tales recomendaciones y consejos, que se hacían por diversas personas en distintos lugares, y a diferentes hombres, el pueblo que estaba en armas se apaciguó mucho, temiendo que su discordia fuese para ruina y perdición de la ciudad. Y en efecto, fue acordado por todos que en cierto día se había de verificar la junta general del pueblo en el templo de Baco.

XIII.

Victoria de los peloponesios contra los atenienses cerca de Eretria. — El gobierno de los cuatrocientos queda suprimido y apaciguadas las discordias.

Estando en el día señalado el pueblo junto en el templo de Baco, antes que se propusiese alguna cosa, llegaron noticias de que habían partido cuarenta y dos naves de Mégara para ir a Salamina al mando de Agesándridas, lo cual pareció al pueblo ser en efecto lo que Terámenes, y los que le seguían habían dicho antes, que la armada de los enemigos vendría derecha a la muralla que se edificaba, y que por esta causa era conveniente derribarla.

Sospechaban que Agesándridas se detendría de intento alrededor de Epidauro y de los lugares circunvecinos, sabiendo la agitación en que estaban los atenienses a fin de poner en ejecución alguna buena empresa si veía oportunidad para ello.

Los atenienses al saber estas noticias corrieron al Pireo, temiendo la guerra delante de su puerto más que si estuviera en otra parte lejana. Por esta causa unos se lanzaron dentro de los barcos que estaban aparejados en el puerto, otros aparejaban los que no estaban a punto, y otros subían sobre los muros que estaban a la entrada del puerto para defenderle.

Pero los buques peloponesios habiendo pasado de Sunio, tomaron su camino entre Tórico y Prasias, y fueron a anclar en Oropo.

Los atenienses reclutaron inmediatamente los marineros que hallaron dispuestos, como se acostumbra hacer en una ciudad que está en guerras civiles, para impedir el gran peligro de los enemigos. Porque todo el socorro que ellos recibían entonces era de Eubea.

Estando el lado de la tierra ya ocupado por los enemigos, enviaron a Timócrates, con los buques que pudieron entonces armar, a Eretria.

Al llegar allí, teniendo en todo treinta y seis trirremes con los que estaban antes en Eubea, viose obligado a combatir. Porque Agesándridas, habiendo ya comido, partió de Oropo, y venía la vuelta de Eretria, que dista de Oropo sesenta estadios por mar.

Viendo, pues, los atenienses que llegaba la armada de los enemigos en orden de batalla contra ellos, enviaron inmediatamente sus naves, pensando que los soldados les seguirían en seguida, pero estos estaban esparcidos por toda la villa para hacer provisión de vituallas, porque los ciudadanos habían maliciosamente encontrado manera de que no llegasen provisiones para vender en la plaza, a fin de que los soldados, ocupados en buscar provisiones por la villa, no pudiesen embarcarse a tiempo, y los enemigos les cogieran descuidados. Además habían convenido con los enemigos hacerles señal cuando viesen la oportunidad de acometer los buques atenienses, lo cual hicieron. No obstante todo esto, los atenienses que estaban en los barcos dentro del puerto contuvieron un buen rato la fuerza de los enemigos, mas al fin les fue forzoso huir, siguiéndoles los enemigos hasta la orilla del mar, donde los que se refugiaron dentro de la villa, como en tierra de amigos, fueron por los ciudadanos malamente muertos, mas los que se retiraron a los lugares fuertes que los atenienses tenían, se salvaron, y lo mismo los de los barcos que pudieron ir hasta Calcis, mas los que no pudieron, que eran veinte y dos, fueron capturados con todos los que estaban dentro, marineros y tripulantes, siendo unos muertos y otros presos.

Por razón de esta victoria los peloponesios alzaron allí un trofeo, y muy poco tiempo después pusieron toda la isla de Eubea en su obediencia, excepto a Oreo que la poseían los atenienses, y ordenaron su dominación en todos los lugares comarcanos.

Cuando la noticia de esta derrota llegó a Atenas, todo el pueblo se asustó tanto y más que del mayor infortunio que antes les hubiese ocurrido, porque aun cuando la pérdida que habían sufrido en Sicilia fuese de grande importancia, y muchas otras que les habían ocurrido en diversos tiempos, habiéndose rebelado el ejército que tenían en Samos, y no contando con otros buques, ni gente para salir al campo, estando ellos mismos por otra parte tan airados unos contra otros en la ciudad que solo esperaban la hora de acometerse, y habiendo, después de tantas calamidades y malandanzas, perdido de un golpe toda la isla de Eubea, de la cual les llegaba más socorro que de su propia tierra de Atenas, fuera cosa muy extraña no espantarse de ello.

Cuanto más que estando la isla tan próxima a la ciudad, temían en gran manera que los enemigos, con el aliento que les daba aquella victoria, viniesen entonces al Pireo; cuyo puerto, totalmente desprovisto de naves, lo podían muy bien tomar si tuvieran ánimo para ello, e igualmente acometer la ciudad, o a lo menos cercarla, la cual por esta vía cayera en mayor desorden.

Si hacían esto, los que estaban en la armada de los atenienses en Jonia, aunque fuesen contrarios a la gobernación de los cuatrocientos, se verían obligados por su interés particular, y por la salud de su ciudad, a abandonar la tierra de Jonia para ir en socorro de su patria; de esta manera toda la tierra de Jonia, y del Helesponto, y las islas que están en aquel mar alrededor de Eubea, es decir, todo el imperio y señorío de los atenienses quedaría en poder de los enemigos.

Mas los lacedemonios en esto y en muchas otras cosas, fueron ciertamente útiles a los atenienses, por la multitud y diversidad de las gentes que tenían en su compañía, muy diferentes en voluntad y manera de vivir, porque unos eran activos y diligentes, y otros tardíos y descuidados, unos esforzados y otros temerosos. Especialmente para los combates por mar estaban muchas veces en grande discordia, lo cual resultó en provecho de los atenienses.

Esto se pudo bien conocer por los siracusanos, que siendo todos de un acuerdo y de una voluntad hicieron grandes cosas y tuvieron señaladas victorias.

Volviendo a nuestra historia, los atenienses habiendo sabido estas nuevas, en vista de aquella gran necesidad y temor, armaron veinte navíos, e inmediatamente se juntaron en el lugar de Pnix[29], donde otras veces habían acostumbrado a juntarse, y en aquellas reuniones acordaron destituir a los cuatrocientos y que la autoridad quedase en manos de los cinco mil, de cuyo número fuesen todos los que pudieran llevar armas y quisiesen servir de soldados sin sueldo ni ventaja, y que cualquiera que lo hiciese de otra manera fuese maldito y abominable. Muchas otras reuniones hubo después, en las cuales fueron hechas diversas leyes tocantes a la administración de la república y nombrados nomotetas[30]; de esta suerte me parece que hicieron muchas cosas para el régimen de sus negocios y por el bien de la ciudad, acabando las cuestiones que había entre ellos, a causa de la gobernación popular, y estableciendo un orden moderado que fue causa de que cesasen muchas y muy malas cosas que se hacían en la ciudad. Ordenaron en lo demás que Alcibíades y los otros que estaban con él fuesen llamados y que lo mismo se hiciera con los de Samos, a fin de que viniesen para ayudar a poner en orden los negocios de la ciudad.

Entretanto Pisandro, Alexicles y algunos otros de los cuatrocientos, se refugiaron a Decelia; mas Aristarco, que era su caudillo, sin otra compañía, tomó cierto número de arqueros que estaban allí de los bárbaros[31], y fue a Énoe, castillo que los atenienses tenían en las fronteras de los beocios, y que los corintios habían cercado a causa de algunos homicidios que los del castillo habían hecho en sus gentes. Con los corintios había algunos beocios que servían como voluntarios.

Al llegar allí Aristarco trató con los corintios y beocios para hacer rendirse a los defensores. Habló con los que estaban dentro, haciéndoles entender que se habían convenido todas las otras cuestiones entre los lacedemonios y los atenienses, entre ellas la de que rindiesen el castillo a los beocios.

Al oír estas palabras y razones los que estaban dentro, que no sabían lo que se había tratado, como hombres que estaban cercados, les dieron fe, por ser, como era Aristarco, el principal de los cuatrocientos, y se rindieron.

De esta manera cesó en Atenas la oligarquía; es a saber, la gobernación a cargo de pocos escogidos, y con ella la sedición y división de los ciudadanos.

XIV.

Las armadas de los atenienses y peloponesios van al Helesponto y se preparan para combatir.

En esta misma época, los peloponesios que estaban en Mileto conocieron claramente que eran engañados por Tisafernes, porque ninguno de aquellos a quien él había mandado, cuando partió para ir a Aspendo, que pagasen a los peloponesios su sueldo, les había dado nada, y además no había noticia alguna de la vuelta de Tisafernes, ni de los barcos que prometía traer de Fenicia; por el contrario, Filipo, que había ido con él, escribía a Míndaro, capitán de la armada, que no tuviese esperanza en los buques, y lo mismo había escrito un espartano llamado Hipócrates que estaba en Fasélide.

Por esta causa, siendo los soldados solicitados o sobornados, y apremiados por Farnabazo, el cual deseaba con el favor de la armada de los peloponesios, hacer rebelar todas las villas que tenían los atenienses en su provincia, como lo había hecho Tisafernes, Míndaro, capitán de la armada, hizo liga con él, esperando que le iría mejor que con Tisafernes.

Para hacer esto más secretamente, antes que los atenienses que estaban en Samos lo supieran, con la mayor diligencia que pudo partió de Mileto con setenta y tres trirremes e hizo rumbo hacia el Helesponto, a donde aquel mismo verano habían ido otros doce, los cuales ejecutaron muchos asaltos y robos en una parte del Quersoneso.

Estando en el golfo de Quersoneso, sobrevino una tormenta que le obligó a acogerse a Ícaro, y allí estuvo esperando que la mar se sosegase para después ir a Quíos.

En este tiempo Trasilo, que estaba en Samos, fue avisado de que Míndaro había partido de Mileto, e inmediatamente partió con cincuenta buques a toda vela para llegar el primero al Helesponto. Mas sabiendo después que la armada de los enemigos estaba en Quíos, y pensando que se detendría allí algunos días para tomar provisiones, metió sus espías en la isla de Lesbos, y también en la tierra firme, que está en frente de la isla, para que los enemigos no pudiesen pasar sin ser de ello advertido; y él, con el resto de la armada, fue a Metimna, donde hizo tomar harina y otras vituallas para ir de Lesbos a Quíos si los enemigos se detuviesen allí algún tiempo.

También quería ir a la ciudad de Éreso, para recobrarla si pudiese, porque se había rebelado contra los lesbios por intrigas de algunos desterrados de Metimna, que eran de los principales de la ciudad, los cuales, habiendo llamado de la ciudad de Cime hasta cincuenta buenos hombres de sus amigos y aliados, y pagados trescientos soldados de tierra firme al mando de un ciudadano de Tebas que ellos habían escogido por la amistad y alianza que tenía con los tebanos, fueron por mar derechos a Metimna pensando entrar por fuerza; pero su empresa no tuvo efecto, porque habiendo entrado allí los atenienses que estaban en Mitilene de guarnición, acudieron súbitamente en socorro de los ciudadanos, y combatiendo contra estos desterrados, les obligaron otra vez a salir de la ciudad de noche, yéndose a Éreso, donde hicieron por fuerza que les recibiesen y se rebelase contra los mitilenios.

Llegado allí Trasilo con toda su armada, se preparaba para acometer la villa; por su parte Trasíbulo, que había sido avisado en Samos de la ida de los desterrados a Éreso, llegó también con cincuenta naves, y además habían ido otros dos buques que estaban en Metimna, reuniéndose en número de sesenta y siete, que llevaban gente e ingenios para tomar a Éreso.

En tanto que esto pasaba, Míndaro, con los buques peloponesios, habiendo hecho provisión de vituallas por espacio de dos días en Quíos, y recibido la paga de sus soldados, que les dieron los de la villa; es a saber, cuarenta y tres dracmas por cada uno, tres días después desplegó velas, y por temor de encontrar los barcos que estaban en Éreso, salió a alta mar, dejando la isla de Lesbos a mano izquierda, y navegando cerca de tierra firme hasta llegar a la villa de Carteria, que está en tierra de Focea, donde comió con su gente.

Después de comer pasaron a lo largo de la tierra de Cime, y fueron a cenar a la villa de Arginusas, que está en tierra firme enfrente de Mitilene.

Cuando hubieron cenado, navegaron la mayor parte de la noche, de tal manera, que llegaron casi a mediodía a Harmatunte, villa en tierra firme, frente a Metimna, donde comieron apresuradamente.

Después de comer, pasando cerca de Lecto, de Larisa, y de Hamáxito, y de otros lugares de esta región, llegó a Reteo, donde comienza el Helesponto, casi a media noche, parte de la armada, y la otra parte a Sigeo, y a los otros puertos vecinos.

Los atenienses que estaban en Sesto con diez y ocho buques, viendo que sus atalayas les hacían señales con fuegos, y lo mismo otros muchos fuegos que hacían a la orilla de la mar, conocieron que los peloponesios habían entrado en el golfo de Helesponto, y embarcáronse aquella misma noche dirigiéndose por el Quersoneso hacia Eleunte, pensando por esta vía evitar, y desviarse de la armada de los enemigos y salir a alta mar; y en efecto, pasaron con tanta diligencia, que los diez y seis buques que estaban en Abido no los vieron, aunque tenían orden de los otros peloponesios para que los atenienses no pasasen sin que ellos lo supieran.

Cuando apareció el alba vieron los barcos de Míndaro, y sin pérdida de momento, se pusieron en huida, no saliendo todos a alta mar, antes parte ellos se refugiaron en tierra firme, y algunos otros en Lemnos. Cuatro de ellos que quedaron de los últimos, fueron presos cerca de Eleunte con las gentes que estaban dentro, porque encallaron junto al templo de Protesilao. También cogieron dos buques vacíos, porque los que estaban dentro se salvaron, y quemaron otro vacío, que también habían preso.

Hecho esto, y habiendo juntado, así de Abido como de otros lugares, hasta ochenta y seis trirremes, fueron derechos a Eleunte, pensando tomarla por la fuerza; mas viendo que no había esperanza de ello, se dirigieron a Abido.

En este tiempo los atenienses, pensando que la armada de los enemigos no podría pasar sin que lo supiesen, estaban siempre delante de Éreso, y hacían sus preparativos para atacar la muralla. Mas cuando supieron que los otros habían pasado, abandonaron el cerco, se fueron con toda diligencia hacia el Helesponto para socorrer a sus gentes, y encontraron dos buques peloponesios que habían seguido con demasiado empeño a los otros atenienses, los cuales tomaron.

Al día siguiente de mañana llegaron a Eleunte, donde recogieron los otros buques que habían escapado del encuentro de Imbros, refugiándose allí, y por espacio de cinco días hicieron sus aprestos para el combate; después de lo cual libraron la batalla en la forma siguiente:

XV.

Victoria de los atenienses contra los peloponesios en el mar del Helesponto.

La armada de los atenienses desfilaba en dos hileras, y se extendía de la parte de Sesto hacia tierra firme.

De la otra parte la de los peloponesios, viéndola venir, partió de Abido para encontrarla, y desde que se vieron, advirtiendo una y otra que les convenía combatir, se extendieron en la mar, a saber, los lacedemonios, que tenían sesenta y ocho trirremes, se ensancharon desde Abido hasta Dárdano. En la extrema derecha fueron los siracusanos; y la izquierda, donde estaban los barcos más ligeros, la mandaba Míndaro.

Los atenienses se extendieron junto al Quersoneso, desde Ídaco hasta Arrianos, contando entre todos noventa y seis trirremes, a cuya extrema izquierda estaba Trasilo, y a la derecha Trasíbulo, y los otros capitanes cada uno en el lugar que les fue dado.

Adelantáronse los peloponesios para combatir y acometer los primeros por encerrar con su extrema izquierda la derecha de los atenienses si podían, de tal manera que no se pudiesen ensanchar más en la mar: y que los otros buques que ocupaban el centro fuesen obligados a replegarse hacia tierra, que no estaba muy lejos.

Conociendo los atenienses que los enemigos los querían encerrar, les acometieron con grande ánimo, y habiendo tomado el largo de la mar, navegaban con más velocidad y presteza que los otros.

Por otra parte, su extrema izquierda había ya pasado el promontorio o cabo que llaman Cinosema, el sepulcro del perro, por lo cual los barcos que tenían en el centro de la batalla quedaron desamparados de los de las puntas, corriendo mayor peligro por tener allí los enemigos mayor número de buques, mejor armados y de más gente. Además el promontorio de Cinosema se extendía a lo largo dentro en la mar, de suerte que los que estaban en el golfo y seno de él, no veían nada de lo que se hacía fuera.

Por esta causa, viendo los peloponesios a dichos barcos desamparados, de tal manera cargaron sobre ellos, que los rechazaron hasta la tierra; y creyendo segura la victoria, saltaron en gran número en tierra para ir al alcance de los atenienses que no podían ser socorridos por su gente, es decir, por los que estaban a la extrema derecha con Trasíbulo, a causa de que los enemigos los apuraban mucho por ser en gran cantidad mayor que los suyos el número de barcos que ellos tenían.

Tampoco de los que estaban a la izquierda con Trasilo les protegían, porque no podían ver lo que estos hacían, a causa del promontorio que estaba entre ellos; y también porque tenían harto que hacer resistiendo a los trirremes siracusanos; y gran número de otros que los atacaban, hasta que los peloponesios, viendo suya la victoria, comenzaron a ponerse en desorden para seguir los buques de los enemigos cuando se apartaban.

Entonces Trasíbulo, viendo a sus enemigos desordenados sin costear más con los que estaban delante de él, embistió con grande ánimo y esfuerzo contra ellos; de tal manera, que los puso en huida; y hallando a los que le habían roto el centro de su línea de batalla, los infundió tan gran pavor que muchos de ellos, sin esperar más, empezaron a huir; visto lo cual por los siracusanos y los que estaban con ellos, a quienes tenía ya en grande aprieto Trasilo, hicieron lo mismo que los otros.

Toda la armada de los peloponesios se retiró de esta manera huyendo hacia el río Midio, y de allí a Abido. Y aunque los atenienses no cogieron muchos barcos de los enemigos, la victoria les vino muy a punto, porque tenían gran temor a los peloponesios en el mar, a causa de las muchas pérdidas que habían sufrido en la guerra naval y en otros muchos lugares, contra ellos, sobre todo aquella de Sicilia.

Después de esta victoria cesó el temor que tenían a los peloponesios en guerra marítima, y el miedo a la murmuración que había en su pueblo a causa de esto.

Los trirremes que cogieron a los enemigos fueron los siguientes: ocho de Quíos, cinco de los corintios, dos de los ambraciotes y otros dos de los beocios. De los leucadios, lacedemonios, siracusanos y peleneos, de cada uno, uno; y de los suyos perdieron quince.

Después de la batalla recogieron los náufragos y los muertos, dando a los enemigos los suyos por acuerdo que hubo entre ellos y levantado el trofeo en señal de victoria sobre el promontorio de Cinosema, enviaron un buque mercante para hacer saber a los atenienses este triunfo.

Los ciudadanos que estaban en gran desesperación a causa de los males que les habían sucedido, así en Eubea como en la misma ciudad, con las sediciones, se tranquilizaron y tomaron en gran manera ánimo con esta noticia, esperando poder aún alcanzar la victoria contra sus enemigos, si sus negocios fuesen bien y con diligencia guiados.

Cuatro días después de aquella batalla, después de reparar con gran diligencia sus naves, que quedaron muy destrozadas en Sesto, partieron para ir a recobrar la ciudad de Cícico, que se había rebelado contra ellos; y por el camino vieron ocho navíos peloponesios en el puerto de Harpagio y de Príapo, que habían partido de Bizancio, a los que acometieron y capturaron.

De allí fueron a Cícico, la tomaron fácilmente por no tener murallas, y de los ciudadanos sacaron gran suma de dinero.

En este tiempo los peloponesios fueron de Abido a Eleunte, y tomaron de las naves que tenían allí de los enemigos las que hallaron enteras, porque los de la villa habían quemado gran cantidad. Además enviaron a Hipócrates y a Epicles a Eubea, para llevar otras que allí estaban.

En esta misma sazón Alcibíades partió de Cauno y de Fasélide con catorce barcos, y vino a Samos, haciendo entender a los atenienses que allí estaban, que él había sido causa de que los barcos fenicios no hubieran ido en ayuda de los peloponesios, habiendo atraído a Tisafernes a la amistad y confederación de los atenienses muchos más que antes.

Después, uniendo a los buques que llevaba otros nueve que halló allí, fue a Halicarnaso, de donde sacó gran cantidad de dinero, cercó la villa de muralla y volvió a Samos, casi en el principio del otoño.

Al saber Tisafernes que la armada de los peloponesios había partido de Mileto para ir al Helesponto, salió de Aspendo, dirigiéndose a Jonia.

Entretanto, estando los peloponesios ocupados en los negocios del Helesponto, los ciudadanos de Antandro (que es una villa de los eolios), tomaron consigo cierto número de soldados en Abido, los hicieron pasar por el monte Ida de noche, los metieron dentro de la villa, y echaron de ella a los del persa Arsaces, el cual estaba allí como capitán, puesto por Tisafernes, y trataba mal a los de la ciudad. Además del mal trato, teníanle mucho miedo, por la crueldad que había usado contra los delios; los cuales, cuando los echaron de la isla de Delos los atenienses, se refugiaron, por motivos de religión y amistad, en una villa cerca de Antandro, llamada Adramitio, y este Arsaces, que les tenía algún rencor, disimuló el enojo y fingió con los más principales quererse servir de ellos en la guerra y darles sueldo. Por esta vía los hizo salir al campo y un día, estando comiendo, los cercó con su gente, y mató a todos cruelmente a flechazos.

Por estas causas, y por no poder sufrir los tributos que les ponían, los antandrios echaron a los persas de la villa, y Tisafernes se sintió en gran manera ofendido, con tanto más motivo estándolo ya por lo que habían hecho los peloponesios en Mileto y en Cnido, expulsando de ambas poblaciones a los soldados del jefe persa. Y temiendo que le sucediese peor, y sobre todo que Farnabazo los recibiese a su sueldo, y con su ayuda hiciese con menos gasto, y en menos tiempo más efecto que había podido hacer él contra los atenienses, determinó ir al Helesponto para quejarse ante los peloponesios de los ultrajes que le habían sido hechos.

También iba por excusarse y descargarse de lo que le culpaban, principalmente en lo de las naves de los fenicios. Púsose en camino, y llegado a Éfeso, hizo su sacrificio en el templo de Diana.

En el invierno venidero, después de este verano, finaliza el año veintiuno de esta guerra.

FIN DEL TOMO II.

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