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Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

LIBRO VI.

Diego Gracián translation

SUMARIO.

I. Trátase de la isla de Sicilia y de los pueblos que la habitaban, y de cómo los atenienses enviaron a ella su armada para conquistarla. — II. Hechos de guerra ocurridos durante aquel invierno en Grecia. La armada de los atenienses se apareja para el viaje a Sicilia. — III. Discurso de Nicias ante el Senado y pueblo de Atenas para disuadirles de la empresa contra Sicilia. — IV. Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a Sicilia. — V. Discurso de Nicias a los atenienses, que, de nuevo y por medios indirectos, procura impedir la empresa contra Sicilia. — VI. Los atenienses, por consejo y persuasión de Alcibíades, determinan la expedición a Sicilia. Dispuesta la armada, sale del puerto del Pireo. — VII. Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada de los atenienses. Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada. — VIII. Discurso de Atenágoras a los siracusanos. — IX. Parte de Corcira la armada de los atenienses y es mal recibida así en Italia como en Sicilia. — X. Llamado Alcibíades a Atenas para responder a la acusación contra él dirigida, huye al Peloponeso. Incidentalmente se trata de por qué fue muerto en Atenas Hiparco, hermano del tirano Hipias. — XI. Después de la partida de Alcibíades los dos jefes de la armada que quedaron ejecutan algunos hechos de guerra en Sicilia, sitiando Siracusa y derrotando a los siracusanos. — XII. Arenga de Nicias a los atenienses para animarlos a la batalla. — XIII. Los siracusanos, después de nombrar nuevos jefes y ordenar bien sus asuntos, hacen una salida contra los de Catana. Los atenienses no pueden tomar Mesena. — XIV. Los atenienses por su parte y los siracusanos por la suya envían embajadores a los de Camarina para procurar su alianza. Respuesta de los camarineos. Aprestos belicosos de los atenienses contra los siracusanos en este invierno. — XV. Discurso de Eufemo, embajador de los atenienses, a los camarineos. — XVI. Los lacedemonios, por consejo y persuasión de los corintios y de Alcibíades, prestan socorro a los siracusanos contra los atenienses. — XVII. Los atenienses, preparadas las cosas necesarias para la guerra, sitian Siracusa. Victorias que alcanzan contra los siracusanos en el ataque de esta ciudad. Llega a Sicilia el socorro de los lacedemonios.

I.

Trátase de la isla de Sicilia y de los pueblos que la habitan, y de cómo los atenienses enviaron a ella su armada para conquistarla.

En este invierno[4] los atenienses determinaron enviar otra vez a Sicilia una armada mucho mayor que la que Laques y Eurimedonte condujeron antes con intención de sojuzgarla, no sabiendo la mayor parte de ellos la extensión de la isla y la multitud de pueblos que la habitaban, así griegos como bárbaros, y por tanto que emprendían una nueva guerra no menor que la de los peloponesios, porque aquella isla tiene de circuito tanto cuanto una nave gruesa puede navegar en ocho días, y aunque es tan grande, no está separada de la tierra firme más que unos veinte estadios[5].

Al principio fue habitada Sicilia por muchas y diversas naciones, siendo los primeros los cíclopes y los lestrigones, que tuvieron solamente una parte de ella. No sé decir qué nación era esta ni de dónde fueron, ni a dónde pararon, ni sé otra cosa más que lo que los poetas dicen, y los que de estos tienen noticias. Después fueron los sicanos los primeros que la habitaron, los cuales dicen haber sido los primitivos moradores y que nacieron en aquella tierra; mas se ve claramente lo contrario, siendo en su origen iberos, llamados sicanos, del nombre de un río que está en Iberia, llamado Sicano, y que echados de su tierra por los ligures, se acogieron a Sicilia, la cual, por el nombre de ellos, llamaron Sicania, pues antes se llamaba Trinacria, y aun al presente los de aquella nación tienen algunos lugares de dicha isla a la parte de occidente.

Después de tomada Troya, algunos troyanos que huyeron de ella por temor a los griegos, se acogieron a tierra de los sicanos, donde hicieron su morada, y así troyanos como sicanos fueron llamados élimos, y habitaron dos ciudades, a saber: Erice y Egesta.

Tras de estos fueron a morar allí algunos focenses de los que, a la vuelta de Troya, arrojó una tormenta a las costas de Libia, desde donde pasaron a Sicilia.

Cuando los sicilianos fueron de Italia, siendo lanzados de allí por los ópicos, como es verosímil y dicen comúnmente, pasaron en dos bateles con la marea, aprovechando el tiempo oportuno para ello, porque el pasaje es muy corto. Parece claramente que debió suceder esto, porque aun hoy día hay sicilianos en Italia, la cual fue así nombrada de un rey de Arcadia llamado Ítalo.

Estos sicilianos pasaron en gran número, de manera que vencieron en batalla a los sicanos, obligándoles a retirarse a la parte de la isla que está hacia el mediodía, y con esto mudaron el nombre a la isla, llamando Sicilia la que antes llamaban Sicania. Porque a la verdad, ocuparon la mayor parte de los buenos lugares de ella, y los tuvieron, desde su primera invasión hasta que los griegos llegaron, por espacio de trescientos años. Aun ahora tienen lugares mediterráneos que están hacia las partes de Aquilón.

Durante este tiempo los fenicios fueron a habitar una parte de la isla en algunas pequeñas islas allí cercanas para tratar y negociar con los sicilianos; mas después, habiendo pasado muchos griegos por mar a la isla, dejaron la navegación, avecindáronse en la isla, y fundaron tres ciudades en los confines de los élimos, que fueron Motia, Solunte y Panormo, confiados de la amistad que tenían con los élimos, y también porque por aquella parte hay muy poco trecho de mar para pasar de Sicilia a Cartago. De esta manera, y por tanto número de diversas gentes bárbaras, fue habitada la isla de Sicilia.

Los griegos calcídeos que salieron de Eubea al mando de Tucles, fueron los primeros que allí arribaron, fundando la ciudad de Naxos, y fuera de ella edificaron el templo de Apolo Arquegeta, que allí se ve hoy día, donde, cuando quieren salir fuera de la isla, hacen primeramente sus votos y sacrificios.

Un año después de la llegada de los calcídeos, el corintio Arquias, que procedía de los descendientes de Hércules, fue a habitar aquel lugar donde al presente está Siracusa, habiendo primeramente lanzado de allí a los sicilianos que la tenían, y estaba entonces aquella ciudad toda fundada en tierra firme, sin que la mar la tocase por ningún punto. Mucho tiempo después se acrecentó la parte que entra dentro de la mar, que ahora está cercada de muralla, la cual, por sucesión de tiempo, se pobló en gran manera.

Siete años después de fundada Siracusa, Tucles y los calcídeos salieron de Naxos, expulsaron a los sicilianos que habitaban en la ciudad de Leontinos, y la tomaron, y lo mismo hicieron en la ciudad de Catana, de donde lanzaron a Evarco, que los de la tierra decían había sido el primer fundador.

En este mismo tiempo Lamis fue de Mégara para habitar en Sicilia y asentó, con la gente que llevaba para poblar, junto a un río llamado Pantacias, y un lugar nombrado Trótilo. Desde allí pasó a habitar con los calcídeos, en la ciudad de Leontinos, y por algún tiempo gobernaron la ciudad juntamente; mas, al fin, por discordias y disensiones le echaron de ella, y fue con su gente a morar a Tapso, donde murió. Muerto Lamis, los suyos abandonaron la comarca, y mandados por un rey siciliano nombrado Hiblón, que había entregado la tierra a los griegos por traición, vinieron a morar a Mégara. Del nombre de este rey fueron llamados hibleos, y doscientos cuarenta y cinco años después que allí llegaron, los expulsó un rey de los siracusanos nombrado Gelón.

Antes de esto, cerca de cien años después de establecerse allí, fundó la ciudad de Selinunte Pámilo, el cual, siendo echado de Mégara, que era su ciudad metrópoli, con los otros de su nación creó esta colonia.

La ciudad de Gela fue fundada y poblada por Antifemo, natural de Rodas, y Entimo, de Creta, según afirman todos comúnmente que trajeron cada cual de su tierra cierto número de pobladores con sus casas y familias, cerca de cuarenta y cinco años después que Siracusa se comenzó a habitar, y pusieron nombre de Gela a aquella ciudad a causa del río que pasa allí cerca, que es así llamado, y la edificaron donde antes estaba asentada una villa cercada de muros llamada Lindios.

Pasados ciento ocho años después, los de Gela, dejando su ciudad bien poblada por los dorios, fueron a habitar la ciudad que ahora se llama Acragas, al mando de Aristónoo y de Pístilo. La llamaron así de un río que pasa por ella que tiene este nombre, y establecieron el gobierno y estado de la ciudad según las leyes y costumbres de su tierra.

La ciudad de Zancle primeramente fue habitada por algunos corsarios que vinieron de la ciudad de Cumas, que está en la región de Ópica. Mas después, como aportase allí gran multitud de otros griegos, así de Calcis como de la tierra de Eubea, fue llamada Cumas, y venían por caudillos de estos griegos, Perieres, natural de Cumas, y Cratémenes, natural de Calcis. Llamábase antiguamente aquella ciudad Zancle, porque está asentada en figura de una hoz que los sicilianos en su lengua llaman zanclon. Estos de Zancle fueron después echados de su ciudad por los samios y por algunos otros jonios que, huyendo de la persecución de los medos, pasaron a Sicilia.

Poco después Anaxilas, que era señor de los de Regio, los lanzó de allí, pobló la ciudad de gentes de diversas naciones y la llamó Mesena[6], del nombre de la ciudad de donde él fue natural.

La ciudad de Hímera fue fundada por los zancleos, los cuales, al mando de Euclides, de Simo y de Sacón, la poblaron de cierto número de sus gentes. Poco tiempo después llegaron muchos calcídeos, y gran número de siracusanos, lanzados de su ciudad por los bandos contrarios, llamados milétidas, y por la mezcla de estas dos naciones se hizo un lenguaje compuesto de dos, a saber: la mitad calcídeo, y la mitad dorio; la manera de vivir fue según las leyes y costumbres de los calcídeos.

Las ciudades de Acras y de Cásmenas los siracusanos las fundaron y poblaron; Acras cerca de setenta años después que fue habitada Siracusa, y Cásmenas cerca de veinte años después de la fundación de Acras.

Unos ciento treinta y cinco años después de fundada Siracusa, los siracusanos fundaron y poblaron la ciudad de Camarina, capitaneados por Dascón y Menécolo; pero a muy poco tiempo, habiéndose los camarineos rebelado contra los siracusanos, sus fundadores, los expulsaron estos de la ciudad; y andando el tiempo, Hipócrates, señor de Gela, habiendo cogido prisioneros algunos siracusanos, consiguió por rescate de ellos esta ciudad de Camarina, que estaba desierta, y la pobló. Poco después fue otra vez destruida por Gelón: y a la postre reedificada y poblada por los de Gela.

Poblada y habitada la isla de Sicilia por tan diversas naciones de bárbaros y griegos, los atenienses intentaron invadirla, a la verdad, con intención y codicia de conquistarla, aunque lo hacían so color de dar socorro a los calcídeos, sus amigos y parientes, y especialmente a los egesteos, porque estos habían enviado embajadores a los atenienses, para demandarles socorro y ayuda, a causa de cierta diferencia que había entre ellos y los selinuntios por algunos casamientos, y también por los límites. Los selinuntios habían recurrido a los siracusanos, como a sus aliados y confederados, y estos impedían a los egesteos el paso por mar y tierra. Por ello los egesteos habían enviado a pedir socorro a los atenienses, trayéndoles a la memoria la amistad antigua y alianza que habían hecho en tiempo pasado con Laques, capitán de los atenienses en la guerra con los leontinos, rogándoles que les enviaran armada para socorrerles. Para más inducirles a ello, les exponían muchas razones, y la principal era, que si dejaban a los siracusanos realizar sus proyectos, después echarían de su tierra a los leontinos y a sus aliados, y por este medio serían señores de toda la isla, sucediendo después que los siracusanos, por ser descendientes de los dorios que están en el Peloponeso, y haber sido por ellos enviados a poblar Sicilia, acudirían en socorro de los peloponesios contra los atenienses, para disminuir y destruir su poder y señorío. Aconsejaban, pues, a los atenienses que para evitar aquellos inconvenientes, sería muy cuerdo enviar con tiempo socorro a los egesteos, sus aliados, y resistir al poder de los siracusanos. Para ello les ofrecían proveerles de todo el dinero que les fuese necesario para la guerra.

Estas amonestaciones de los egesteos, que hacían muy a menudo a los atenienses, expuestas al pueblo de Atenas, fueron causa de que este determinara enviar primeramente sus embajadores a Sicilia, para saber si los egesteos tenían tanto dinero para la guerra como ofrecían, y además para ver los aprestos de guerra que poseían e informarse del poder y fuerzas de los selinuntios, sus contrarios, y del estado en que se encontraban sus cosas, lo cual fue así hecho.

II.

Hechos de guerra ocurridos durante aquel invierno en Grecia. La armada de los atenienses se apareja para el viaje a Sicilia.

En aquel invierno los lacedemonios con toda su hueste salieron al campo en favor de los corintios, entraron en tierra de los argivos, robaron y talaron mucha parte de ella, y trajeron muchas vacas y ganado, y gran cantidad de trigo que les tomaron.

Después hicieron sus conciertos y treguas entre los argivos que estaban en la ciudad, y los expatriados que pasaron a la ciudad de Orneas con la condición de que los unos no atentasen contra los otros durante el tiempo de la tregua, y esto hecho, regresaron a sus casas.

Poco tiempo después los atenienses regresaron con treinta naves, en las cuales había setecientos hombres de pelea, y se juntaron con los argivos saliendo de esta ciudad todos los que eran aptos para tomar armas, y juntos fueron contra los de Orneas. El mismo día que llegaron, tomaron la ciudad, aunque la noche anterior, los de dentro, viendo que el campo de los enemigos estaba bastante lejos de la ciudad, tuvieron tiempo para salvarse todos. Los argivos, a la mañana siguiente, hallando la ciudad abandonada por los habitantes, la derrocaron y asolaron, regresando después a sus casas.

Los atenienses, que habían ido con ellos, se embarcaron y navegaron derechamente hacia la villa de Metone, que está situada en los confines de Macedonia, donde embarcaron también otros muchos soldados, así de los suyos como de los macedonios, y algunos de a caballo, que estaban desterrados de su país, y vivían en tierra de los atenienses. Todos juntos entraron en las tierras de Pérdicas, y las robaban y talaban cuanto podían.

Sabido esto por los lacedemonios, mandaron a los calcídeos que moran en Tracia, que fuesen a socorrer a Pérdicas, lo cual rehusaron hacer, diciendo que tenían treguas con los atenienses por diez días. Pasó así el invierno, que fue el decimosexto año de esta guerra, que Tucídides escribió.

Al principio del verano regresaron los embajadores que los atenienses habían enviado a Sicilia, y con ellos algunos egesteos de los principales, que trajeron sesenta talentos de plata, no labrada, para la paga de un mes de sesenta naves que pedían de socorro a los atenienses.

Estos egesteos y los embajadores fueron admitidos en el Senado, y al darles audiencia delante de todo el pueblo, propusieron muchas cosas para poder persuadir a los atenienses de su demanda, y entre otras fue la de afirmar que tenía su ciudad gran copia de oro y plata, así en el tesoro público como en los templos, aunque no era esto verdad. No obstante, a sus ruegos y persuasiones, el pueblo les otorgó la ayuda de sesenta naves que pidieron y gran número de gente de guerra, y nombraron tres de los principales de la ciudad por caudillos de aquella armada, que fueron Alcibíades, hijo de Clinias; Nicias, hijo de Nicérato, y Lámaco, hijo de Jenófanes, con pleno poder y autoridad bastante; a los cuales encargaron que primeramente socorriesen a los egesteos contra los selinuntios; después, si viesen sus cosas prósperas, procurasen restituir a los leontinos en su estado, y finalmente, que en tierra de Sicilia hiciesen todo aquello que consideraran convenir al bien y aumento de la república de los atenienses.

A los cinco días celebrose nueva reunión en el Senado para ordenar lo necesario, a fin de que la armada pudiese partir muy pronto, y proveer las cosas precisas para los capitanes. Entonces, Nicias, uno de los nombrados para aquella empresa, aunque contra su voluntad, porque entendía haber sido determinada sin consejo y razón, solamente por codicia de conquistar toda la isla de Sicilia, y que además conocía cuán difícil era la empresa, pensando apartarles de este propósito, salió en medio delante de todos y habló de esta manera:

III.

Discurso de Nicias ante el Senado y pueblo de Atenas para disuadirles de la empresa contra Sicilia.

«Esta asamblea, varones atenienses, se hace, según veo, para proveer lo necesario a una armada y pasar con ella a Sicilia, mas a mi parecer, ante todas cosas, convendría consultar si será acertado enviarla y realizar esta empresa o no lo será. En materia de tanta importancia no conviene limitarse a una consulta tan breve, y atenidos a lo que nos hacen creer hombres extraños, comenzar una guerra tan difícil por lo que nada nos importa.

»En lo que particularmente a mi toca, yo sé de cierto que puedo ganar honra en este hecho más que en otro alguno, y que soy el que menos teme poner a riesgo su persona de todos cuantos aquí están, pero he tenido y tengo por buen ciudadano al que cuida de su persona y de su hacienda, porque este puede y quiere servir y aprovechar a la república con lo uno y con lo otro.

»Conforme en el tiempo pasado, jamás por codicia de honra he dicho otra cosa de lo que me parecía ser mejor y más conveniente para la república, lo mismo pienso hacer al presente. Y aunque este mi razonamiento será de poca eficacia para mover vuestros corazones, que ya están persuadidos en contrario, debo, sin embargo, deciros que miréis por vuestras personas, guardéis vuestras haciendas y no queráis aventurar y poner en peligro las cosas ciertas por las dudosas; considerando que esta vuestra empresa contra Sicilia, que tan de prisa habéis determinado, ni es oportuna ni tan fácil como os dan a entender. Lo primero, porque me parece que, acometiendo esta empresa dejáis acá muchos enemigos a las espaldas y procuráis traer otros muchos más, pues si os fundáis en que las treguas que tenéis con los lacedemonios serán firmes y seguras, yo os certifico que lo serán mientras nosotros estemos en paz y nuestras cosas continúen en prosperidad, pero si por desgracia ocurriera alguna adversidad a esta nuestra armada que enviamos, inmediatamente se moverán ellos y vendrán a dar sobre nosotros, pues para las treguas y conciertos que con nosotros hicieron, fueron obligados por necesidad y no guiados por su provecho y ventaja.

»Hay, además, en el convenio muchos puntos oscuros y dudosos. No pocos del partido contrario no lo aceptaron, y estos no los más flacos de fuerzas, de los cuales algunos se han declarado ya enemigos nuestros, y los otros, aunque no se mueven ahora por las treguas de diez días que les obligan a estar tranquilos, si por dicha suya ven nuestras fuerzas repartidas, como queremos hacer ahora, se declararán por enemigos, vendrán contra nosotros y volverán a aliarse con los sicilianos, como lo han querido hacer en otros tiempos.

»Debemos, pues, considerar todas estas cosas, y no estimar nuestra ciudad por tan poderosa que la queramos poner en peligro y codiciar nuevo señorío antes de asegurar de manera firme y estable el que tenemos. Porque si hasta ahora no hemos podido sojuzgar por completo a los calcídeos de Tracia, nuestros súbditos, que se nos habían rebelado, ni a sosegar otros de tierra firme, de quienes no estamos muy seguros, ¿por qué determinamos tan de repente ir a socorrer a los egesteos, so color que son nuestros aliados y necesitan ayuda? Estos, en tiempo pasado, se apartaron de nuestra alianza, y con razón podríamos asegurar que nos han hecho injuria. Aun en el caso de recobrar su alianza alcanzando la victoria contra sus enemigos, muy poco o nada nos pueden ayudar, así por estar muy lejos, como por ser muchos, por lo cual no podríamos mandar en ellos fácilmente.

»Paréceme, por tanto, que es locura ir contra aquellos, que cuando los hubiéremos vencido no los podremos buenamente guardar ni mantener en nuestra obediencia, y si no conseguimos la victoria, quedaremos en peor estado que antes de comenzada la guerra.

»Por otra parte, según yo entiendo de las cosas de Sicilia, me parece que los siracusanos, aunque sean los principales de aquella tierra, no tienen por qué odiarnos ni envidiarnos, que es el punto en que los egesteos fundan su demanda, y aunque por acaso les ocurriese ahora quererse congraciar con los lacedemonios, no es de creer que los que están en peligro de perder, quieran por amor a pueblo extraño emprender la guerra contra otro y aventurar su estado, pues han de pensar que si los peloponesios con su ayuda acabaran con nuestro señorío, de igual modo destruirían el suyo.

»Además los griegos que habitan en tierra de Sicilia nos tienen gran miedo mientras no vamos contra ellos, y lo tendrán mucho mayor si les mostrásemos nuestras fuerzas y después nos retirásemos. Mas si una vez entramos en su tierra como enemigos, y recibimos de ellos algún daño o afrenta, en adelante nos tendrán en mucho menos, se juntarán con los otros griegos y vendrán a acometernos en nuestra tierra, pues como todos sabéis bien, las cosas son más admiradas cuanto más lejos están y tanto menos se estiman cuanto más se prueban y conocen, según podemos ver por experiencia en nosotros mismos, porque alcanzamos la victoria contra los lacedemonios y los otros peloponesios, cuyas fuerzas y poder temíamos mucho, y desde entonces les tenemos en tan poco, que presumimos ir a conquistar a Sicilia.

»No conviene por la adversidad de los contrarios engreírse, sino antes refrenar los apetitos y pensamientos, y confiar tan solamente en las propias fuerzas considerando que los lacedemonios, por la afrenta que han recibido de nosotros, no piensan en otra cosa sino en vernos hacer alguna locura o desatino para vengar su derrota y recobrar la honra perdida; tanto más ellos que otros porque son más codiciosos de gloria y honra que cualquiera otra nación.

»Debemos pues, varones atenienses, considerar que no tratamos ahora solo de favorecer a los egesteos de Sicilia, que al fin son bárbaros, sino también de cómo nos podemos guardar y defender de una ciudad tan poderosa como la de los lacedemonios, que, por gobernarla pocos, es enemiga de la nuestra que se gobierna por señorío y comunidad.

»También nos debemos acordar de que apenas hemos podido respirar de una grande epidemia, y de una guerra tan grande como la pasada, que nos puso en tanto cuidado y fatiga, y que si ahora crecemos en número de gente y de riqueza, lo debemos guardar para emplearlo en provecho de nosotros mismos, y no gastarlo en pro de estos desterrados que vienen a pedirnos socorro y ayuda, los cuales saben mentir bien para su provecho, con daño y peligro de sus vecinos, sin tener otra cosa que dar sino palabras. Porque si con nuestra ayuda les suceden bien sus cosas, ni nos darán provecho ni gracias, y si mal, se perjudicarán ellos y dañarán a sus amigos y aliados. Y si alguno de los elegidos por vosotros para tener cargo de la armada aconseja esta empresa por su interés particular, y por estar en la flor de su mocedad desea ganar honra para ser más estimado, y ostentar los muchos caballeros que mantiene de la renta que tiene, no por eso debéis otorgar a sus deseos y cumplir su voluntad y provecho particular con daño y peligro de toda la ciudad, sino antes considerad que por causa de semejantes personas las cosas públicas reciben detrimento, y las privadas y particulares se gastan y destruyen. Además, un negocio de tan gran importancia no debe ser consultado con hombres mozos, ni ponerse en ejecución tan de repente.

»Porque temo que en esta asamblea hay muchos sentados que le asisten y favorecen, y por su ruego han venido, recomiendo a los ancianos que no se dejen persuadir por hombres mozos que les dicen sería vergüenza no emprender la guerra, que parecería pusilanimidad y falta de corazón, que sería mal comentado no socorrer a los amigos ausentes y otras semejantes razones, pues sabéis bien que las cosas que se hacen por pasión y afecto las más de las veces no salen tan bien como aquellas que se ejecutan por razón y maduro consejo. Por lo cual y por no poner nuestro estado en peligro ya que hasta ahora no lo hemos puesto, debemos responder a los sicilianos que no traspasen los términos que actualmente tienen con nosotros, a saber, que no pasen el golfo de la mar de Jonia por la parte de tierra, ni por otra parte de Sicilia, y en lo demás que gobiernen sus tierras y señoríos entre ellos como bien les pareciere, y responded a los egesteos, que pues que comenzaron la guerra contra los selinuntios sin los atenienses, la acaben por sí mismos, y de aquí en adelante nos recatemos de hacer nuevas alianzas de la suerte que hasta ahora hemos acostumbrado, porque siempre queremos ayudar a los necesitados en sus trabajos y fortunas, y cuando nosotros necesitamos socorro para los nuestros no lo hallamos.

»Tú, presidente, si quieres tener cuidado de la ciudad y gobernarla como conviene, y merecer el nombre de buen ciudadano, debes poner de nuevo en consulta este negocio, y demandar las opiniones de todos sin avergonzarte de revocar el decreto una vez hecho, pues en esta asamblea hay tan buenos y tantos testigos que con razón no podrás ser culpado por tomar otra vez consejo. Este será el remedio para la ciudad mal aconsejada, no olvidando que la manera de gobernar bien un buen juez, es hacer a su patria todo el provecho que pudiere, a lo menos no hacerle mal ni daño a sabiendas.»

De esta manera habló Nicias, y después hablaron otros muchos atenienses, de los cuales la mayoría fue de parecer que se llevase adelante aquella empresa según la primera determinación. Algunos había de contraria opinión.

Alcibíades era el que más aconsejaba la guerra, así por contradecir a Nicias, a quien tenía odio, como por otras causas que entonces le movían tocantes al gobierno de la república, y también porque Nicias en su razonamiento parecía que le acusaba de calumnia, aunque no le nombraba por su nombre, y principalmente porque deseaba en gran manera ser capitán en aquella armada, esperando por este medio conquistar a Sicilia, y después a Cartago, y adquirir gloria, honra y riquezas en esta conquista, si la cosa salía bien como creía, porque estando en gran reputación, teniendo el favor del pueblo y queriendo por gloria y ambición ostentar más de lo que permitían sus rentas, presumía de mantener muchos caballos, y hacer suntuosos y excesivos gastos, lo cual después en parte fue causa de la destrucción del poder de Atenas, pues muchos ciudadanos viendo su desorden y demasía, así en el comer como en atavíos de su persona y su arrogancia y pensamientos altivos en todas cuantas cosas trataba, le fueron enemigos, creyendo que se quería hacer señor y tirano de la tierra, y aunque en las cosas de guerra fuese muy valeroso y las supiese bien tratar, como la mayoría de los ciudadanos era contraria a sus obras, procuraban poner los negocios de la república en manos de otro, de donde al fin provino la pérdida y destrucción de su ciudad.

Saliendo Alcibíades ante todos les habló de esta manera:

IV.

Discurso de Alcibíades a los atenienses aconsejándoles la expedición a Sicilia.

«Varones atenienses: me conviene ser caudillo y capitán de esta armada más que a otro alguno, y quiero comenzar mi discurso por este punto y no por otro, porque veo que Nicias ha querido aludir a él, y porque con esto y sin esto me compete dicho cargo por ser digno y merecedor de él, pues las cualidades que me dan fama y estima entre los hombres, si redundan en gloria de mis antepasados y mía, traen también honra y provecho a la república. Los griegos que se hallaron presentes a los juegos y fiestas de Olimpia, viendo mi suntuosidad y magnificencia, tuvieron y estimaron nuestra ciudad por más rica y poderosa, donde antes la tenían en poco y pensaban fácilmente poderla sojuzgar; pues entonces, como todos saben, me hallé en aquellas fiestas con siete carros triunfales muy bien adornados, lo cual ningún particular había podido hacer hasta entonces, y así gané el primer premio de la contienda y aun el segundo y cuarto, y en lo demás hice tan gran aparato y usé de tanta magnificencia como convenía a tal victoria. Todas estas cosas son muy honrosas, y muestran a las gentes que las ven el poder y riqueza de la tierra y ciudad de donde es natural el que las hace.

»Y aunque estos hechos y otros semejantes, por los cuales yo soy tenido y estimado en esta ciudad, engendren gran envidia a los otros ciudadanos contra mí, serán siempre señal de poderío y riqueza para los extraños y venideros, y en mi opinión, los pensamientos del que procura por estos medios a su costa hacer honra y provecho, no solamente a sí mismo, sino también a su patria, no deben ser tenidos por dañosos y perjudiciales a la república. Ni menos por malo, el que tiene tal presunción de sí mismo que no quiere ser igual a los otros, sino antes excederles en todo y por todo, pues los ruines y mal aventurados no hallan persona que les quiera tener compañía en su miseria, y siempre son menospreciados. Si estando en prosperidad y felicidad los tenemos en poco, no les debe pesar por ello, sino esperar a hacer lo mismo con nosotros cuando se vieren en tal estado.

»Aunque yo sé muy bien que las tales personas y otras semejantes que exceden en honra y dignidad a otros son muy envidiados, mayormente de sus iguales, y también en alguna manera de los otros contemporáneos, mas esto es solo en vida, que después de su muerte la fama y renombre que han ganado es de tal eficacia para los venideros que muchos se glorifican de haber sido sus parientes y deudos, y aun algunos que no lo son dicen serlo. Muchos otros se tienen por honrados de llamarse vecinos y moradores de la tierra y ciudad de donde aquellos son naturales, no por cierto por haber sido estos tales malos y ruines, sino antes buenos y provechosos a la república. Por lo cual, si yo he procurado imitar a tales personas virtuosas y seguir sus pasos, y por ello he vivido particularmente más honrado que los otros, mirad si por esta causa en los negocios de la república me he portado más ruinmente que los otros ciudadanos.

»Recordad que estando todo el poder de los peloponesios unido contra nosotros, sin vuestro peligro ni a vuestra costa, obligué a los lacedemonios a que un día junto a Mantinea aventurasen todo su estado en una batalla, en la cual, aunque lograron la victoria, el peligro en que se vieron fue tan grande, que desde entonces no han osado venir contra nosotros. Y esta mi mocedad y poco saber que parecía, según razón y natura, no poder resistir entonces al poder de los peloponesios, hablando de veras dio tal muestra y crédito de mi valor, que al presente no debáis temer sea dañosa a la república, antes mientras yo tengo esta osadía en mi mocedad, y Nicias la buena fortuna y cualidades de gobierno que tiene, podéis usar de las condiciones del uno y del otro según os pareciere más conveniente a vuestro bien y provecho.

»Volviendo al propósito de que hablamos, en manera alguna conviene que revoquéis el decreto que habéis hecho para ejecutar esta empresa de Sicilia por miedo o temor a tener que lidiar con muchas y diversas gentes, porque aunque en Sicilia hay muchas ciudades, los pobladores son de diversas naciones, que ya están acostumbradas a mudanzas y alborotos, y ninguno hay de ellos que quiera tomar armas para defender su patria, ni aun su misma persona, ni menos entender en la fortificación de los lugares para defensa de los pueblos; antes cada uno, creyendo que podrá convencer a los otros de lo que dijere, o si no les puede persuadir, que revolverá la ciudad y el estado de la república por interés particular, fija toda su atención en esto, y no es de creer que una multitud de gentes diferentes se pueda poner de acuerdo para obedecer las palabras de quien les aconseje que se unan para defenderse de sus contrarios, antes cada cual estará dispuesto a hacer lo que se le antoje según su voluntad y apetito, mayormente habiendo entre ellos bandos y sediciones, según tengo entendido, que al presente hay.

»Además no tienen tantas gentes de guerra como dicen, porque comúnmente se exagera en estas cosas. Los mismos griegos no pudieron reunir tan gran ejército como se alababa de tener cualquiera de sus estados, cuando fue preciso en la pasada guerra contra los medos, que toda la Grecia se pusiera en armas.

»Estando, pues, las cosas de Sicilia en el estado que os he dicho, según entiendo por la relación de muchas personas dignas de fe y crédito, facilísima os será esta empresa, mayormente habiendo entre ellos muchos bárbaros, los cuales, por la enemistad que tienen con los siracusanos, de buena gana se unirán con nosotros.

»Bien mirado, tampoco nos podrá estorbar esta guerra el atender a las cosas de acá, pues es cierto que nuestros mayores y antepasados, teniendo por contrarios todos los que ahora dicen que se declararán a favor de nuestros enemigos, cuando supiesen que nuestra armada está en Sicilia, donde al presente no nos impiden pasar y, además de ellos, los medos adquirieron este imperio y señorío que tenemos, no por otros medios, sino por ser poderosos en la mar y tener gran armada, que es la causa sola porque los peloponesios han perdido la esperanza de podernos vencer de aquí en adelante.

»Además, si ellos determinasen entrar en nuestra tierra, bien lo podrían realizar aunque no tuviésemos esta armada, pero no nos podrán hacer mal con la suya, porque la que dejaremos aquí será bastante para resistir y combatirla. Por todo lo cual, pidiéndonos nuestros amigos y aliados ayuda y socorro, no podremos tener excusa ninguna para no debérsela dar, y no haciéndolo, con razón nos culparán de que tuvimos pereza de ir, o que so color de excusas muy frías, les hemos negado el auxilio que estamos obligados por nuestro juramento.

»Ni menos podemos alegar en contra de ellos que nunca nos han socorrido en nuestras guerras, pues no les damos la ayuda y socorro en su tierra con intención de que ellos nos vengan a socorrer en la nuestra, sino solamente para que entretengan con su guerra los enemigos que tenemos en aquellas partes, y les hagan todo el mal y daño que pudieren, a fin de que tengan menos fuerzas para venir a acometernos en nuestra tierra, y por estas vías y maneras nosotros y todos aquellos que han adquirido grandes tierras y señoríos las han aumentado siempre y conservado, dando pronto y con liberalidad ayuda y socorro a aquellos que se los demandaban, ora fuesen griegos, ora bárbaros.

»Porque si rehusamos dar ayuda a los que nos la piden, o si nos detenemos a calcular a qué nación la debemos dar o negar, nunca ganaremos mucho, sino que pondremos en peligro lo que poseemos al presente.

»Jamás debe esperar a defender sus fuerzas, el que es más poderoso cuando llega su enemigo a acometerlas, sino apercibirse antes de suerte que este tema venir. Ni tampoco está en nuestra mano poner un término a nuestro imperio o señorío, para decir que ninguno pase adelante, sino que para defenderle es necesario acometer a unos y guardarnos de ser acometidos por otros, porque si no procuramos señorear a los otros, estaremos en peligro de ser dominados. Ni menos debemos tomar el descanso y reposo de la suerte y manera que lo toman los otros, si no queremos también vivir como ellos viven.

»Considerando estas cosas, y que siguiendo esta nuestra empresa, aumentaremos nuestro estado y señorío; embarquémonos y vayamos a esta jornada siquiera por hacer perder el ánimo a los peloponesios cuando vieren que, teniéndolos en poco, determinamos pasar a Sicilia, sin querer gozar del ocio y reposo que podríamos ahora disfrutar. Porque si esta empresa nos sale bien, como es de creer, seremos señores de toda Grecia, o a lo menos para nuestro bien y el de nuestros aliados y confederados, haremos todo el mal y daño que podamos a los siracusanos.

»Cuanto más que teniendo nuestra armada en aquellas partes salva y segura, podremos quedar allí si viéremos ventaja, y si no, volvernos cuando bien nos pareciere, pues con ella somos dueños de nuestra voluntad y de todos los sicilianos.

»Las palabras de Nicias, directamente encaminadas a preferir el ocio al trabajo, y a excitar discordia entre los mancebos y los viejos, no se deben aprobar, sino antes todos de común acuerdo, a imitación de nuestros antepasados, que consultando los jóvenes con los viejos los negocios tocantes al bien de la república, aumentaron y establecieron nuestro imperio y señorío en el estado que ahora le veis, debéis por el mismo camino, y por las mismas vías y maneras, procurar aumentarlo, y pensar que la mocedad y la vejez no vale nada la una sin la otra, y que el flaco y el fuerte y el mediano, cuando todos se ponen de acuerdo, sirven y aprovechan a la república.

»Por el contrario, cuando una ciudad está ociosa se gasta y corrompe, y como todas las otras cosas envejecen con el ocio, así también sucederá a nuestra disciplina militar, si no nos ejercitamos en diversas guerras, para que la conserven las muchas experiencias: porque la ciencia de saber guardar y defender, no se aprende por palabras, sino por uso, acostumbrándose, y ejercitándose en los trabajos y en las armas.

»En conclusión, mi parecer es, que cuando una ciudad que está acostumbrada al trabajo se entrega al ocio y reposo, pronto llega a perderse y destruirse: y que entre todos los otros son más firmes y seguros los que rigen y gobiernan el estado de su república siempre de una suerte y manera, según sus leyes y costumbres antiguas, aunque no sean buenas del todo.»

Cuando Alcibíades terminó su discurso se adelantaron los embajadores de los egesteos y leontinos, y con grande instancia pidieron a los atenienses que les enviasen el socorro que les demandaban, trayéndoles a la memoria el juramento que habían hecho sus capitanes, por lo cual, el pueblo, oídas sus razones, y las persuasiones de Alcibíades, decidió poner en ejecución esta empresa de Sicilia.

Mas Nicias, viendo que no había medio de apartarle de su propósito por esta vía, pensó por otros medios estorbar la empresa, poniéndoles delante los grandes gastos y aprestos que requería, y les habló de esta manera:

V.

Discurso de Nicias a los atenienses que, de nuevo y por medios indirectos, procura impedir la empresa contra Sicilia.

«Varones atenienses, puesto que os veo de todo punto determinados a hacer esta guerra de Sicilia, será cosa útil y necesaria saber de qué modo y manera la queréis poner en ejecución, y por eso al presente os diré lo que entiendo se debe hacer en esto.

»Según presiento y he sabido por oídas, vamos contra muchas ciudades muy poderosas, las cuales ni son sujetas las unas a las otras ni menos desean mudanza en su estado de vivir, porque esto es propio de aquellos que, estando en servidumbre violenta, desean pasar a otra mejor vida, por donde no es verosímil que de buena gana quieran trocar su libertad por servidumbre, y que de libres se hagan nuestros siervos y súbditos. Además en esta isla hay muchas ciudades pobladas y habitadas por griegos, de las cuales todas, excepto las de Naxos y Catana, que podrán ser de nuestro bando por el deudo y parentesco que tienen con los leontinos, no veo otras ningunas de quien nos podamos confiar y estar seguros.

»También hay siete ciudades que están muy bien provistas de todas las cosas necesarias para la guerra, tanto y más que la armada que allá enviamos, especialmente Selinunte y Siracusa, contra las cuales principalmente vamos. No solo cuentan con mucha gente de guerra y flecheros y tiradores, sino también con gran número de barcos, numerosos marineros que los tripulen y mucho dinero, así de particulares como del tesoro público y común que guardan en los templos, y sin lo que tienen en sus tierras, pueden armar algunos bárbaros que les son tributarios.

»En lo que más nos aventajan es en la mucha gente de a caballo que tienen, y en la gran cantidad de trigo en sus propias tierras, sin que tengan necesidad de irlo a buscar a otra parte, siendo, pues, necesario para ir contra tan gran poder, enviar no solamente gruesa armada, sino también muchos soldados, si queremos hacer buena resistencia a los suyos de a caballo, que se opondrán a que tomemos tierra.

»Además, si las ciudades por temor a nuestra armada hacen alianza unas con otras, y se juntan contra nosotros, no teniendo otro socorro en aquellas partes sino el de los egesteos, no veo cómo podamos resistir a su gente de a caballo, y sería gran vergüenza que los nuestros fuesen obligados a retirarse por las fuerzas de los enemigos, o comenzar esta empresa tan livianamente que, al llegar, tuviéramos que pedir ayuda para rehacer y fortificar nuestro ejército, siendo mucho mejor que desde luego fuésemos bien apercibidos, con buen ejército y todas las otras cosas necesarias que en tal caso se requiere, pensando que vamos a tierras muy lejos de las nuestras, donde nos será preciso hacer la guerra, no en igualdad de condiciones ni en ventaja nuestra, y también que no hemos de pasar por tierras de amigos o súbditos ni de otras gentes a quien antes hayamos socorrido y de las cuales podamos esperar ayuda, o provisiones de vituallas, ni de otras cosas necesarias como se encuentran en tierra de amigos, sino que pasaremos siempre por tierras y señoríos extraños, y que con gran trabajo en los cuatro meses de invierno podremos recibir nuevas de los nuestros ni ellos de nosotros. Esta es la razón en que me fundo para deciros que debemos enviar buen número de gente de guerra, así de la nuestra como de la de nuestros súbditos y aliados, y también de los peloponesios si podemos haber algunos por amistad o por sueldo, igualmente muchos flecheros y tiradores de honda para poder resistir a su gente de a caballo, y no pocos barcos de carga para llevar vituallas y otras cosas necesarias. Asimismo gran cantidad de trigo y harina, y muchos molineros y panaderos que puedan siempre moler y hacer pan, para que hallándose en partes donde no sea posible navegar, tenga el ejército lo necesario para mantenerse, porque yendo tan gran multitud de gente no será bastante una ciudad sola para poderla recibir y sustentar.

»Conviene, pues, que vayan provistos de todas las cosas necesarias lo más y mejor que sea posible, sin confiarse en los extraños, y, sobre todo, de dinero, porque lo que los egesteos dicen de que nos tienen allá reservada gran cantidad, creed que es promesa y no obra. Si partimos de aquí sin ir bien apercibidos de gente y vituallas, y de todas las otras cosas necesarias, atendiendo a lo que nos prometen los egesteos, apenas seremos poderosos para defenderles y vencer a los otros.

»Dispongámonos para ir a esta jornada como si quisiésemos fundar y poblar una nueva ciudad en tierra extraña y de enemigos, y ordenar las cosas de modo que desde el primer día que entremos en Sicilia procuremos ser señores de ella, porque si faltamos en esto, no cabe duda de que tendremos a todos los de la isla por enemigos.

»Conociendo esto por las sospechas que tengo, me parece que debemos consultar bien primero y procurar siempre conservarnos en nuestra felicidad y prosperidad, aunque es muy difícil, siendo como somos, hombres sujetos a las cosas mundanas, y por eso querría partir para esta empresa, de tal suerte, que confiase de la fortuna lo menos posible, y estar tan bien provisto de todo lo necesario, que no fuese menester aventurar nada. Esto es lo que me parece más seguro y saludable para la ciudad y para nosotros los que debemos ir como capitanes de la armada, y si alguno ve o entiende otra cosa mejor, le entrego desde luego mi cargo.»

VI.

Los atenienses, por consejo y persuasión de Alcibíades, determinan la expedición a Sicilia. Dispuesta la armada, sale del puerto del Pireo.

De la manera arriba dicha habló Nicias con propósito de apartar los atenienses de aquella empresa poniéndoles delante las dificultades que ofrecía o ir más seguro si le obligaban a partir con la expedición. Pero ningún argumento les hizo desistir del propósito que tenían y las dudas les excitaron más que antes, de suerte que a Nicias le ocurrió lo contrario de lo que pensaba, porque a todos les parecía que daba muy buen consejo, y que haciéndose lo que él decía, la cosa iría muy segura, por la cual todos tenían más codicia de ir a esta jornada que antes: los viejos porque pensaban que ganarían a Sicilia, o a lo menos que yendo tan poderosos como iban, no podrían incurrir en daño ni peligro ninguno: los mancebos porque deseaban ver tierras extrañas seguros de que regresarían salvos a la suya, y finalmente el pueblo y los soldados por el deseo de sueldo que esperaban ganar en aquella empresa, entendiendo que, después de conquistada Sicilia, se lo continuarían dando por el aumento y crecimiento que había de proporcionar al estado y señorío de los atenienses.

Si alguno había de contrario parecer, viendo la inclinación de todos los de la ciudad a esta empresa, no osaba contrariarla, sino que lo callaba, temiendo ser tenido y juzgado por mal consejero.

Finalmente, al cabo salió uno de los de la junta que dijo a Nicias, en voz tan alta que todos la oyesen, que ya no era menester más discursos sobre ello ni buscar rodeos, sino que delante de todos declarase si tan grande armada le parecía bastante y necesaria para aquella empresa.

A esto respondió Nicias que lo consultaría despacio con los otros capitanes sus compañeros, mas que le parecía no eran menester menos de cien trirremes de los atenienses para llevar la gente de guerra, y algunos otros de sus aliados, todos los cuales a lo menos transportasen cinco mil hombres de pelea y más si ser pudiese, además buen número de flecheros y honderos, así de los naturales como de los de Creta, y juntamente con esto todas las otras provisiones necesarias para una tan gran armada.

Oído esto por los atenienses, al momento, por decreto unánime, dieron pleno poder y autoridad a los capitanes nombrados para proveer todas las cosas necesarias, así en lo que tocaba al número de gente que había de ir, como en todas las otras, según viesen que mejor convenía al bien de la ciudad. Después de este decreto se dedicaron con toda diligencia a hacer los aprestos necesarios en la ciudad para la armada; y avisaron a sus aliados y confederados para que hiciesen lo mismo por su parte, porque ya la ciudad se había podido rehacer de los trabajos pasados, así de la epidemia, como de las guerras continuas que habían tenido, y estaba muy crecida y aumentada, así de moradores como de dinero y riquezas, a causa de las treguas. Por esto se pudo más pronto y fácilmente poner en ejecución esta empresa.

Pero estando los atenienses ocupados en disponer las cosas necesarias para esta empresa, todos los hermas y estatuas de piedra de Mercurio que estaban en la ciudad, así en las entradas de los templos como a las puertas de las casas y edificios suntuosos, que eran infinitas, se hallaron una noche quebradas y destrozadas, sin que se pudiese jamás saber ni haber indicio de quién había sido el autor de ello, aunque ofrecieron grandes premios a quien lo descubriese. También mandaron públicamente que si había alguna persona que supiese o tuviese noticia de algún crimen impío o pecado abominable cometido contra el culto o religión de los dioses, que lo revelase sin temor alguno, fuese ciudadano o extranjero, siervo o libre, de cualquier estado o condición, porque hacían gran caso de esto, pareciéndoles un mal agüero para la jornada, y pronóstico de alguna conjuración para tramar nuevas cosas, y trastornar el estado y gobernación de la ciudad; y aunque por entonces no se podía saber nada de aquel hecho, algunos advenedizos y otros sirvientes denunciaron que antes habían sido tres estatuas de otros dioses destrozadas por algunos jóvenes de la ciudad, haciéndolo por necedad y embriaguez. También denunciaron que en algunas casas particulares no se hacían los sacrificios como debían hacerse, de lo cual acriminaban en cierto modo a Alcibíades, y de buena gana prestaban oído a esto los que le tenían odio o envidia, porque les parecía que era impedimento para que ejerciese todo el mando y autoridad que tenía en el pueblo, y que si le podían privar de él, ellos solos serían señores: a este fin agravaban más la cosa, y sembraban rumores por la ciudad de que estas faltas que se hacían en los sacrificios, y el romper y despedazar las imágenes significaba la destrucción de la república, dirigiendo la acusación contra Alcibíades por muchos indicios que había de su manera de vivir desordenada y del favor que tenía en el pueblo, de donde inferían que esto no podía ser hecho sin su conocimiento y consentimiento.

Él lo negaba, ofreciendo estar a derecho y pagar lo juzgado, antes de su partida, si se le probaba la culpa; pero si resultaba inocente, quería ser absuelto y dado por libre antes de ir en aquella jornada, diciendo que no era justo hacer información, ni proceder contra él en su ausencia, sino que inmediatamente le condenasen a muerte si lo había merecido; y asegurando que no era de hombres cuerdos y sabios enviar un hombre fuera con gran ejército y con tanto poder y autoridad, acusado de un crimen, sin que primero terminase la causa; mas sus enemigos y contrarios, temiendo que, si la cosa se trataba antes de su partida, todos aquellos que habían de ir con él le serían favorables, y que el pueblo se ablandase, porque por sus gestiones los argivos y algunos de los mantineos se habían unido a los atenienses para ayudarles en aquella empresa, lo repugnaban diciendo que debían diferir la acusación hasta la vuelta de la armada, pensando que durante su ausencia podrían maquinar nuevas tramas contra él, y para ello procuraban que los embajadores, con mayores instancias, pidiesen la salida de la expedición. Determinaron, pues, que partiese Alcibíades.

A mediados del verano toda la armada estuvo dispuesta para ir a Sicilia con otros muchos barcos mercantes, así de los suyos como de sus aliados, para llevar vituallas y otros bastimentos de guerra, a los cuales mandaron con anticipación que se hallasen listos en el puerto de Corcira, para que todos juntos pasasen en mar Jonio hasta el cabo de Yapigia.

Los atenienses y sus aliados, reunidos en Atenas en un día señalado, llegaron al puerto del Pireo al salir el alba para embarcarse, y con ellos salió la mayor parte de los de la ciudad, así de los vecinos como de los extranjeros, para acompañar unos a sus hijos y otros a sus padres y parientes y amigos, llenos de esperanza y de dolor; de esperanza porque creían que aquella jornada les sería útil y provechosa, y de dolor porque pensaban no ver pronto a los que partían para tan largo viaje, y también porque, partiendo, dejaban a los que quedaban en muchos peligros, exponiéndose ellos a otros mayores, en cuyos peligros pensaban entonces mucho más que antes, cuando determinaron la empresa, aunque por otra parte tenían gran confianza viendo una armada tan gruesa y tan bien provista, que todo el pueblo, grandes y pequeños, aunque no tuviesen en ella parientes ni amigos, y todos los extranjeros salían a verla, porque era digna de ser vista, y mayor de lo que se pudiera pensar. A la verdad, para una armada de una ciudad sola era la más costosa y bien aprestada que hasta entonces se hubiese visto, porque aunque la que llevó antes Pericles a Epidauro y la que condujo Hagnón a Potidea fuesen tan grandes, así en número de naves como de gentes de guerra, pues iban en ellas cuatro mil infantes y trescientos caballos, todos atenienses, cien trirremes suyos, y cincuenta de los de Lesbos y de los de Quíos, sin otros muchos compañeros y aliados; no estaban tan bien aprestadas en gran parte como esta, porque el viaje no era tan largo; y porque habiendo de durar la guerra más tiempo en Sicilia, la habían abastecido mejor, así de gente de guerra como de todas las otras cosas necesarias.

Cada cual activaba sus tareas y mostraba su industria, así la ciudad en común como los patrones y capitanes de las naves, porque la ciudad pagaba de sueldo un dracma por día a cada marinero, de los que había gran número en tantos trirremes, que eran cuarenta largos para llevar la gente de guerra, y sesenta ligeros, y además del sueldo que pagaba el común, los patrones y capitanes daban otra paga de su propia bolsa a los que traían remos más largos y a los otros ministros y pilotos.

Por otra parte, el aparato, así de las armas como de los trirremes y otros atavíos, era mucho más suntuoso que había sido en las otras armadas, porque cada patrón y capitán, para tan largo camino, trabajaba a fin de que su nave fuese la mejor y más ligera y la más aparejada de todas.

También los soldados escogidos para esta empresa procuraban aprestarse a porfía así de armas como de otros atavíos necesarios, por la codicia que tenían de gloria y honra, y el deseo de cada uno de ser preferido a los otros en la ordenanza. De manera que parecía que esta armada se organizaba más para una ostentación del poder y fuerzas de los atenienses en comparación de los otros griegos, que para combatir contra los enemigos allá donde iban. Porque a la verdad, el que quisiese hacer bien la cuenta de los gastos que hicieron en esta armada, así de parte de la ciudad en común como de los capitanes y soldados en particular, la primera en los aprestos, los particulares en sus armas y arreos de guerra, y los capitanes cada uno en su nave, y de las provisiones que cada cual hacía para tan largo tiempo, además del sueldo y de la gran cantidad de mercaderías que llevaban, así los soldados para su provecho como otros muchos mercaderes que les seguían para ganar, hallaría que aquella armada costó el valor de infinitos talentos de oro.

Pero en mayor admiración puso a aquellos contra quien iban, así por su suntuosidad en todas las cosas como por el atrevimiento y osadía de los que lo habían emprendido, que parecía cosa extraña y maravillosa a una sola ciudad tomar a su cargo empresa que juzgaban exceder a sus fuerzas y poder, mayormente tan lejos de su tierra.

Embarcada la gente y desplegadas las velas de los trirremes, ordenaron silencio a voz de trompeta e hicieron sus votos y plegarias a los dioses, según costumbre, no cada nave aparte, sino todas a la vez, por su trompeta o pregonero. Después bebieron en copas de oro y plata, así los capitanes como los soldados y marineros. Los mismos votos y plegarias hacían los que quedaban en tierra por toda la armada en general, y en particular por sus parientes y amigos.

Cuando acabaron sus músicas y canciones en loor de los dioses, y hecho todos sus sacrificios, alzaron velas y partieron, al principio todos juntos en hilera figurada como cuerno, después se apartaron navegando cada trirreme según su ligereza y la fuerza del viento. Primero tomaron puerto en Egina, y de allí partieron derechamente a Corcira, donde las otras naves les esperaban.

VII.

Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada de los atenienses. — Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada.

Entretanto los siracusanos, aunque por varios conductos tuviesen nuevas de la armada de los atenienses que iba contra ellos, no lo podían creer, y en muchas asambleas que se hicieron en la ciudad para tratar de esto fueron dichas muchas y diversas razones, así de aquellos que creían en la empresa como de los que eran de contrario parecer, entre los cuales Hermócrates, hijo de Hermón, teniendo por cierto que la expedición iba contra ellos, salió delante de todos y habló de esta manera:

«Por ventura os parecerá cosa increíble lo que ahora os quiero decir de la armada de los atenienses, como también os ha parecido lo que otros muchos nos han dicho de ella, y bien sé que aquellos que os traían mensaje de cosas que no parecen dignas de fe, además de no creerles nada de lo que dicen, son tenidos por necios y locos, mas no por temor de esto, y atendiendo a lo que toca al bien de la república, y por el daño y peligro que le podría venir, dejaré de decir aquello que yo pienso más ciertamente que otro, y es que los atenienses, a pesar de que vosotros os maravilláis en tanta manera y no lo podéis creer, vienen derechamente contra nosotros con numerosa armada y gran poder de gente de guerra, con pretexto de dar ayuda y socorro a los egesteos y a sus aliados, y restituir a los leontinos desterrados en sus tierras y casas: mas a la verdad, es por codicia de ganar a Sicilia, y principalmente esta nuestra ciudad, pareciéndoles que si una vez son señores de ella, fácilmente podrán sujetar todas las otras ciudades de la isla.

»Conviene, pues, consultar pronto cómo nos defenderemos resistiendo lo mejor que nos sea posible con la gente de guerra que tenemos al presente al gran poder que traen con su armada, la cual no tardará mucho tiempo en llegar; y no descuidéis esta cosa, ni la tengáis en poco, por no quererla creer, ni por esta vía os dejéis sorprender de vuestros enemigos desprovistos y desapercibidos.

»Pero si alguno hay entre vosotros que no tiene esta cosa por increíble y sí por verdadera, no debe por eso temer la osadía y atrevimiento de los atenienses, ni del poder que traerán, puesto que tan expuestos se hallan a recibir mal y daño de nosotros como nosotros de ellos, si nos apercibimos con tiempo. Y que vengan con tan gran armada y tanto número de gente no es peor para nosotros, antes será más nuestro provecho, y de todos los otros sicilianos, los cuales, sabiendo que los atenienses vienen tan poderosos, mejor se pondrán de nuestra parte que de la suya.

»Además será gran gloria y honra nuestra haber vencido una tan gran armada como esta, si lo podemos conseguir, o a lo menos estorbar su empresa, de lo cual yo no tengo duda, y me parece que con razón debemos esperar alcanzar lo uno y lo otro, porque pocas veces ha ocurrido que una armada, sea de griegos o de bárbaros, haya salido lejos de su tierra y alcanzado buen éxito.

»El número de gente que traen no es mayor del que nosotros podemos allegar de nuestra ciudad, y de los que moran en la tierra; los cuales por el temor que tendrán a los enemigos, acudirán a guarecerse dentro de ella de todas partes; y si por ventura los que vienen a acometer a otros por falta de provisiones, o de otras cosas necesarias para la guerra, se ven obligados a volverse como vinieron sin hacer lo que pretendían, aunque esto suceda antes por su yerro que por falta de valentía, siempre la gloria y honra de este hecho será de los que fueron acometidos. Y así debe ser, porque los mismos atenienses de quien hablamos al presente, ganaron tanta honra contra los medos que, viniendo contra ellos, las más veces llevaban lo peor, más bien por su mala fortuna que por esfuerzo y valentía de los atenienses. Con razón, pues, debemos esperar que nos pueda ocurrir lo mismo.

»Por tanto, varones siracusanos, teniendo firme esperanza de esto, preparémonos a toda prisa, y proveamos todas las cosas necesarias para ello. Además enviemos embajadores a todas las otras ciudades de Sicilia para confirmar y mantener en amistad a nuestros aliados y confederados, y hacer nuevas amistades con los que no las tenemos.

»No solamente debemos enviar mensajeros a los sicilianos naturales, sino también a los extranjeros que moran en Sicilia, mostrándoles que el peligro es tan común a ellos como a nosotros.

»Lo mismo debemos hacer respecto a Italia, para demandar a los de la tierra que nos den ayuda y socorro, o a lo menos que no reciban en su tierra a los atenienses, y no solamente a Italia, sino también a Cartago, que temiendo siempre un ataque de los atenienses, fácilmente les podremos persuadir de que si estos nos conquistan podrán más seguramente ir contra ellos. Y considerando el trabajo y peligro que les podría sobrevenir si se descuidan, es de creer que nos querrán dar ayuda pública o secreta de cualquier manera que sea, lo cual podrán hacer, si quieren, mejor que ninguna nación del mundo, porque tienen mucho oro y plata, que es lo más importante y necesario para todas las cosas, y más para la guerra.

»Además, debemos mandar embajadores para rogar a los lacedemonios y a los corintios que nos envíen socorro aquí, y muevan la guerra a los atenienses por aquellas partes.

»Réstame por decir una cosa que me parece la más conveniente, aunque por vuestro descuido no habéis querido parar mientes en ella, y es, que debemos requerir a todos los sicilianos si quisiereis, o a lo menos a la mayor parte de ellos, a fin de que vengan con todos sus barcos, abastecidos de vituallas para dos meses, a juntarse con nosotros para salir al encuentro de los atenienses en Tarento, o en el cabo de Yapigia, y mostrarles por obra primero que no solo han de contender con nosotros sobre Sicilia, sino que tienen que pelear para atravesar el mar de Jonia, y haciendo esto, les pondremos en gran cuidado, mayormente saliendo nosotros de la tierra de nuestros aliados al encuentro de ellos para defender la nuestra, pues los de Tarento nos recibirán en su tierra como amigos, mientras que a los atenienses les será muy difícil, habiendo de cruzar tanta mar con tan grande armada, ir siempre en orden, y por esta causa les podremos acometer con ventaja, yendo nosotros en orden por tener menos trecho de mar que pasar. Seguramente unas de sus naves no podrán seguir a las otras, y si quieren descargar las que estén más cargadas para reunirlas más pronto con las otras, al verse acometidas, convendrá que lo hagan a fuerza de remos, con lo cual los marineros trabajarán demasiado, y quedarán más cansados, y por consiguiente malparados para defenderse si les queremos acometer. Si no os pareciere bien de hacerlo así, nos podremos retirar a Tarento.

»Por otra parte, si vienen con pequeña provisión de vituallas como para dar solo una batalla naval, esperando conquistar y ocupar inmediatamente después la tierra, tendrán gran necesidad de víveres cuando se hallaren en costas desiertas: si quieren parar allí, les sitiará el hambre, y si procuran pasar adelante, veranse forzados a dejar una gran parte de los aprestos de su armada, y no estando seguros de que les reciban bien en las otras ciudades, les dominará el desaliento.

»Por estas razones tengo por averiguado que si les salimos al encuentro, de manera que vean que no pueden saltar en tierra, como pensaban, no partirán de Corcira, sino que mientras consultan allí sobre el número de la gente y naves que tenemos, y en qué lugar estamos, llegará el invierno, que estorbará e impedirá su paso, o sabiendo que nuestros aprestos son mayores que ellos pensaban, dejarán su empresa, con tanta más razón, cuanto que según he oído, el principal de sus capitanes, y más experimentado en las cosas de guerra, viene contra su voluntad, y por ello de buena gana tomará cualquier pretexto para volverse, si por nuestra parte hacemos alguna buena muestra de nuestras fuerzas. La noticia de lo que podremos hacer, será mayor que la cosa, porque en tales casos los hombres fundan su parecer en la fama y rumor, y cuando el que piensa ser acometido sale delante al que le quiere acometer, le infunde más temor que si solamente se prepara a la defensa; porque entonces el acometedor se ve en peligro, y piensa cómo defenderse, cuando antes solo imaginaba cómo acometer, lo cual sin duda sucedería ahora a los ateniense cuando nos vieren venir contra ellos, donde ellos pensaban venir contra nosotros sin hallar resistencia alguna, lo cual no es de maravillar que lo creyesen, pues mientras estuvimos aliados con los lacedemonios, nunca les movimos guerra, mas si ahora ven nuestra osadía, y que nos atrevemos a lo que ellos no esperaban, les asustará ver cosa tan nueva, muy contraria a su opinión, y el poder y fuerzas que tenemos de veras.

»Por tanto, varones siracusanos, os ruego me deis crédito en esto, y cobréis ánimo y osadía que es lo mejor que podéis hacer, y si no queréis hacer esto, a lo menos apercibiros de todas las cosas necesarias para la guerra, y parad mientes, que obrando así, estimaréis en menos a los enemigos que vienen a acometeros. Esto no se puede demostrar sino poniéndolo por obra y preparándoos contra ellos, de tal suerte, que estéis seguros. No olvidéis que lo mejor que un hombre puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese delante, pues a la verdad, los enemigos vienen con muy gruesa armada, y ya casi están desembarcados y como a la vista.»

Cuando Hermócrates acabó su discurso, todos los siracusanos tuvieron gran debate, porque unos afirmaban que era verdad que los atenienses venían como decía Hermócrates, y otros decían que aunque viniesen, no podían hacer daño alguno sin recibirlo mayor; algunos menospreciaban la cosa, tomándolo a burla y se reían de ella, siendo muy pocos los que daban crédito a lo que Hermócrates aseguraba, y temían lo venidero.

Entonces Atenágoras, que era uno de los principales del pueblo, que mejor sabía persuadir al vulgo, se puso en pie, y habló de esta manera:

VIII.

Discurso de Atenágoras a los siracusanos.

«Si alguno hay que no diga que los atenienses son locos o insensatos, si vinieren a acometernos en nuestra tierra, o que si vienen, no vendrán a meterse en nuestras manos, este tal es bien medroso, y no tiene amor ni quiere el bien de la república. No me maravillo tanto de la osadía y temeridad de los que siembran estos rumores para poner espanto en nuestro ánimo como de su locura y necedad si piensan que no ha de saberse y ser manifiesto quienes son.

»La costumbre de aquellos que temen y recelan en particular, es procurar poner miedo a toda la ciudad para encubrir y ocultar su miedo particular so color del común temor. Por donde yo entiendo que estos rumores que corren de la venida de la armada de los atenienses no han nacido espontáneamente, sino que los hacen correr con malicia los acostumbrados a promover semejantes cosas.

»Si me queréis creer y usar de buen consejo, no hagáis caso alguno de ellos, sino antes considerad la condición y calidad de aquellos de quien se dice que son hombres sabios y experimentados, como a la verdad yo estimo que lo son los atenienses. Reconociéndolos por tales, no me parece verosímil que aun no estando ellos del todo libres de la guerra que tienen con los peloponesios, quieran abandonar su tierra y venir a comenzar aquí una nueva guerra, que no será menor que la otra, antes pienso que se tendrán por dichosos si no vamos nosotros a acometerles en su tierra, habiendo en esta isla tantas ciudades y tan poderosas, que si vinieren, como se dice, han de pensar que la isla de Sicilia es más poderosa para combatirles y vencerles que todo el Peloponeso junto, pues esta isla está abastecida mejor y provista de todas las cosas necesarias para la guerra, y principalmente esta nuestra ciudad que solo ella es más poderosa que toda la armada que dicen viene contra nosotros, aunque fuese mucho mayor, pues no pueden traer gente de a caballo, ni menos la podrán hallar por acá, sino por acaso algunos pocos que les podrían dar los egesteos, y de gente de a pie no pueden venir en tan gran número como nosotros tenemos, pues los han de traer por mar, y es cosa difícil que el gran número de naves necesarias para traer vituallas y otras cosas indispensables en un ejército tan grande como se requiere para conquistar una ciudad de tanto poder cual es la nuestra, pueda venir en salvo y segura hasta aquí.

»También me parece poco verosímil que, aunque los atenienses tuviesen alguna villa o ciudad que fuese su colonia tan poblada de gente como esta nuestra ciudad en algún lugar aquí cerca, y que desde esta quisiesen venir a acometernos, puedan volver sin pérdida y daño, por lo tanto con más razón se debe esperar viniendo de tan lejos contra toda Sicilia, la cual, tengo por cierto, que se declarará por completo contra ellos, porque los atenienses por fuerza han de asentar su campo en algún lugar de la costa para la seguridad de su armada, que tendrán siempre a la vista sin atreverse a entrar en el interior de la tierra por temor a la caballería, cuanto más que apenas podrán tomar tierra, porque tengo por mucho mejores hombres de guerra a los nuestros que a los suyos, y sabido esto, aseguro que los atenienses, antes pensarán en guardar su tierra, que en venir a ganar la nuestra.

»Pero hay algunos hombres en esta ciudad que van diciendo cosas que ni son ni podrán ser jamás, y no es esta la primera vez que les contradigo, sino que otras muchas he hallado que esparcen estas noticias y otras peores para poner temor al vulgo crédulo, y por esta vía tomar y usurpar el mando de la ciudad. En gran manera temo que haciendo esto a menudo salgan alguna vez con su intención, y que seamos tan cobardes, y para poco, que nos dejemos oprimir por ellos antes de poner remedio, pues sabiendo y conociendo su mala intención no les castigamos.

»Tal es la causa en mi entender de que nuestra ciudad esté muchas veces desasosegada con bandos y sediciones que provocan guerras civiles, con las cuales ha sido más veces trabajada que por guerras de extranjeros, y aun algunas veces sujetada por algunos tiranos de la misma isla.

»Mas si vosotros me queréis seguir yo trabajaré en remediarlo de suerte que en nuestros tiempos no tengamos por qué temer esto entre nosotros, y os probaré con evidentes razones que se consigue castigando a los que inventan y traman estas cosas, y no solamente a los que fueren convencidos del crimen (porque sería muy difícil averiguar esto), sino también a los que otras veces han intentado lo mismo, aunque sin lograrlo. Porque todos aquellos que quieren estar seguros de sus enemigos no solo deben parar mientes en lo que estos hacen para defenderse de ellos, sino también presumir lo que intentan hacer en adelante, porque si no cuidan de esto, podría ser que fuesen los primeros en recibir mal y daño.

»A mi parecer, no podremos apartar de su mala voluntad a esta gente que procura reducir el estado y gobierno común de esta ciudad al número y mando de pocos hombres principales y poderosos, si no fuere procurando descubrir sus intenciones y guardarse de ellos, por las razones y conjeturas que existen de sus intentos.

»Y a la verdad, muchas veces he pensado que lo que pretendéis los mancebos de tener desde ahora cargos y mandos, no es justo ni razonable según nuestras leyes, las cuales fueron hechas para impedirlo, no por haceros injuria, sino solamente por la falta de experiencia en vuestra edad. Los podréis tener cuando fuereis de edad cumplida, como los otros ciudadanos, siendo lo justo y razonable que hombres de una misma ciudad y de un mismo estado, tengan igual derecho a las honras y preeminencias.

»Dirán por ventura algunos que este estado y mando común del pueblo, no puede ser nunca equitativo, y que los más ricos y poderosos son siempre los más hábiles y suficientes para gobernar la república, a los cuales respondo en cuanto a lo primero, que el nombre de gobierno popular se entiende tan solo para una parte de él, y respecto a lo segundo, que para la guarda del dinero del común, los ricos son más idóneos, mas para dar muy buen consejo, los más cuerdos y sabios, y los que mejor entienden son los mejores. Cuando el pueblo reunido oye los pareceres de todos, juzgan mucho mejor; y en el repartimiento de las cosas, así en particular como en común, el estado popular lo hace equitativamente, pero si lo han de hacer pocos y poderosos, reparten los daños y perjuicios a los más, y de los provechos dan muy poca parte a los otros, antes los toman todos para sí.

»Esto es lo que desean en el día de hoy los más ricos y poderosos, y principalmente los mancebos, que son muy numerosos en una tan gran ciudad; y los que esto desean están fuera de juicio si no entienden que quieren el mal de la ciudad, o por mejor decir, son los más ignorantes de todos los griegos que yo he conocido; y si lo entienden, son los más injustos al desearlo.

»Si lo comprendéis así por mis razones, o lo sabéis por vosotros mismos, debéis procurar igualmente en lo que toca al bien y pro común de la ciudad; considerando que aquellos de entre vosotros que son los más ricos y poderosos, tienen más obligación al bien común que lo restante del pueblo; y que si queréis procurar lo contrario, os ponéis en peligro de perderlo todo; por lo cual debéis desechar y apartar de vosotros estos noveleros y acarreadores de noticias y mentiras, como hombres conocidos por tales de antes, y no permitir que hagan su provecho con estas sus invenciones, porque aunque los atenienses viniesen, esta ciudad es bastante poderosa para resistirles y también tenemos gobernadores y caudillos que sabrán muy bien proveer lo necesario para ello.

»Si la cosa no es verdad, como yo pienso, vuestra ciudad atemorizada por tales fingidas nuevas, no nos pondrá en sujeción de personas que con esta ocasión procuran ser vuestros capitanes y caudillos, antes sabiendo por sí misma la verdad, juzgará las palabras de estos iguales a sus obras, de manera que no pierda la libertad presente, sino que por temor de los rumores que corren, antes procurará guardarla y conservarla con buenas y ordenadas precauciones para las cosas venideras.»

De esta manera habló Atenágoras, y tras él otros muchos quisieron razonar, mas se levantó uno de los gobernadores principales de la ciudad y no permitió a ninguno que hablase, expresándose él en los siguientes términos:

«No me parece que es cordura usar tales palabras calumniosas unos contra otros, ni son para que se deban decir ni menos para ser oídas, sino antes parar mientes en las nuevas que corren para que cada cual así en común como en particular, y toda la ciudad se prepare a resistir a los que vienen contra nosotros, y si no fuese verdad su venida ni menester preparativos de defensa, ningún daño recibirá la ciudad por estar apercibida de caballos y armas, y todas las otras cosas necesarias para la guerra. En lo que a nosotros toca, y a nuestro cargo haremos todo lo posible con gran diligencia para proveerlo así, espiando a los enemigos, enviando avisos a las otras ciudades de Sicilia, y haciendo todo lo que nos pareciere conveniente y necesario en este caso como ya lo hemos comenzado a hacer. En lo demás que se nos ofreciere os avisaremos.»

Con esta conclusión se disolvió la asamblea.

IX.

Parte de Corcira la armada de los atenienses y es mal recibida así en Italia como en Sicilia.

Cuando el gobernador pronunció este discurso a los siracusanos, partieron todos del Senado.

Entretanto los atenienses y sus aliados estaban ya reunidos en Corcira. Antes de salir de allí los capitanes de la armada mandaron pasar revista a su gente para ordenar cómo podrían navegar por la mar, y después de saltar en tierra, cómo distribuirían su ejército. Para ello dividieron toda la armada en tres partes, de las cuales los tres capitanes tomaron el mando según les cupo por suerte. Hicieron esto temiendo que si iban todos juntos no podrían hallar puerto bastante para acogerlos, y también porque no les faltase el agua y las otras vituallas, y porque estando el ejército así repartido, sería más fácil llevarle y gobernarle teniendo cada compañía su caudillo.

Enviaron después tres naves por delante a Italia y a Sicilia, una de cada división para reconocer las ciudades y saber si los querían recibir como amigos. Mandaron a estas naves que les trajesen la respuesta diciéndoles el camino que habían ordenado seguir.

Así hecho, los atenienses, con gran aparato de fuerza, hicieron rumbo desde Corcira, y tomaron el camino directamente a Sicilia con su armada, que tenía por junto ciento veinticuatro barcos de a tres hileras de remos, y dos de Rodas de a dos. Entre las de tres había ciento de Atenas, de las cuales sesenta iban a la ligera, y las otras llevaban la gente de guerra; lo restante de la armada lo habían provisto los de Quíos y otros aliados de los atenienses.

La gente de guerra que iba en esta armada sería, en suma, cinco mil y cien infantes, de los cuales mil y quinientos eran atenienses, que tenían setecientos criados para el servicio; de los otros, así aliados como súbditos, y principalmente de los argivos, había quinientos, y de los mantineos y otros reclutados a sueldo, había doscientos cincuenta tiradores; flecheros, cuatrocientos ochenta; de los cuales cuatrocientos eran de Rodas y ochenta de Creta; setecientos honderos de Rodas; cien soldados de Mégara desterrados, armados a la ligera, y treinta de a caballo en una hipagoga, que es nave para llevar caballos, tal fue la armada de los atenienses al principio de aquella guerra.

Además de estas había otras treinta naves gruesas de porte, que llevaban vituallas y otras provisiones necesarias, y panaderos, y herreros, y carpinteros, y otros oficiales mecánicos con sus herramientas e instrumentos necesarios para hacer y labrar muros. También iban otros cien barcos que necesariamente habían de acompañar a las naves gruesas, y otros muchos buques de todas clases que por su voluntad seguían a la armada para tratar y negociar con sus mercaderías en el campamento.

Toda esta armada se reunió junto a Corcira, y toda junta pasó el golfo del mar de Jonia, pero después se dividió; una parte de ella aportó al cabo o promontorio de Yapigia, otra a Tarento, y las otras a diversos lugares de Italia, donde mejor pudieron desembarcar. Mas ninguna ciudad hallaron que los quisiese recibir, ni para tratar ni de otra manera, sino que solamente les permitieron que saltaran a tierra para tomar agua, víveres frescos y otras provisiones necesarias; excepto los tarentinos y locros, que por ninguna vía les permitieron poner los pies en su tierra.

De esta manera pasaron navegando por la mar sin parar hasta llegar al promontorio y cabo de Regio, que está al fin de Italia, y aquí porque les fue negada la entrada de la ciudad, se reunieron todos y se alojaron fuera de la ciudad, junto al templo de Diana, donde los de la ciudad les enviaron vituallas y otras cosas necesarias por su dinero. Allí metieron su naves en el puerto y descansaron algunos días.

Entretanto tuvieron negociaciones con los de Regio, rogándoles que ayudaran a los leontinos, puesto que también eran calcídeos de nación como ellos; mas los de Regio les respondieron resueltamente que no se querían entrometer en la guerra de los sicilianos, ni estar con los unos ni con los otros, sino que en todo y por todo harían como los otros italianos. No obstante esta respuesta, los atenienses, por el deseo que tenían de realizar su empresa de Sicilia, esperaban los trirremes que habían enviado a Egesta para saber cómo estaban las cosas de la tierra, principalmente en lo que tocaba al dinero de que los embajadores de los egesteos se habían alabado en Atenas que hallarían en su ciudad, lo cual no resultó cierto.

Durante este tiempo los siracusanos tuvieron noticias seguras de muchas partes, y principalmente por los barcos que habían enviado por espías, de cómo la armada de los atenienses había arribado a Regio. Entonces lo creyeron de veras, y con la mayor diligencia que pudieron prepararon todo lo necesario para su defensa, enviando a los pueblos de Sicilia a unos embajadores, y a otros gente de guarnición para defenderse, mandando reunir en el puerto de su ciudad todos los buques que pudieron para la defensa de ella, haciendo recuento de su gente y de las armas y vituallas que había en la ciudad, y disponiendo, en efecto, todas las otras cosas necesarias para la guerra, ni más ni menos que si ya estuviera comenzada.

Los trirremes que los atenienses habían enviado a Egesta volvieron estando estos en Regio, y les dieron por respuesta que en la ciudad de Egesta no había tanto dinero como prometieron, y lo que había podía montar hasta la suma de treinta talentos solamente, cosa que alarmó a los capitanes atenienses y perdieron mucho ánimo viendo que al llegar les faltaba lo principal en que fundaban su empresa, y que los de Regio rehusaban tomar parte en la guerra con ellos, siendo el primer puerto donde habían tocado, y a quien ellos esperaban ganar más pronto la voluntad por ser parientes y deudos de los leontinos y de una misma nación, como también porque siempre habían sido aficionados al partido de los atenienses.

Todo esto confirmó la opinión de Nicias, porque siempre creyó y defendió que los egesteos habían de engañar a los atenienses; mas los otros dos capitanes, sus compañeros, se vieron burlados por la astucia y cautela de que usaron los egesteos, cuando los primeros embajadores de los atenienses fueron enviados a ellos para saber el tesoro que tenían, pues al entrar en su ciudad los llevaron directamente al templo de Venus, que está en el lugar de Erice, y allí les mostraron las lámparas, incensarios y otros vasos sagrados que había en él, y los presentes y otros muy ricos dones de gran valor, y porque todos eran de plata, daban muestra y señal que había gran suma de dinero en aquella ciudad, pues siendo tan pequeña había tanto en aquel templo. Además, en todas las casas donde los atenienses que habían ido en aquella embajada y en las naves fueron aposentados, sus huéspedes les mostraban gran copia de vasos de oro y de plata, así del servicio como del aparador, los cuales, en su mayor parte, habían traído prestados de sus amigos, tanto de los de la tierra como de los fenicios y griegos, fingiendo que todos eran suyos, y esta su magnificencia y manera de vivir suntuosamente. Al ver los atenienses tan ricas vajillas en las casas, y estas igualmente provistas, fue grande su admiración, y al volver a Atenas, refirieron a los suyos haber visto tanta cantidad de oro y plata que era espanto. De este modo los atenienses fueron engañados; mas después que la gente de guerra que estaba en Regio conoció la verdad en contrario por los mensajeros que había enviado, enojose grandemente contra los capitanes, y estos tuvieron consejo sobre ello, expresando Nicias la siguiente opinión.

Dijo que con toda el armada junta fueran a Selinunte, adonde principalmente habían sido enviados para favorecer a los egesteos, y que si estando allí los egesteos les daban paga entera para toda la armada, entonces consultarían lo que debían de hacer, y si no les daban paga entera para toda la armada, pedirles a lo menos provisiones para sesenta naves que habían pedido de socorro. Si hacían esto, que esperase allí la armada hasta tanto que hubiesen reconciliado en paz y amistad los selinuntios con los egesteos, ora fuese por fuerza, ora por conciertos, y después pasar navegando a la vista de las otras ciudades de Sicilia para mostrarles el poder y fuerzas de los atenienses e infundir temor a sus enemigos. Hecho esto, volver a sus casas y no esperar más allí sino algunos días para, en caso oportuno, prestar algún servicio a los leontinos y atraer a la amistad de los atenienses otras ciudades de Sicilia, porque obrar de otra manera era poner en peligro el estado de los atenienses a su costa y riesgo.

Alcibíades manifestó contraria opinión, diciendo que era gran vergüenza y afrenta habiendo llegado con una tan gruesa armada tan lejos de su tierra volver a ella sin hacer nada. Por tanto, le parecía que debían enviar sus farautes y trompetas a todas las ciudades de Sicilia, excepto Siracusa y Selinunte, para avisarles su venida, y procurar ganar su amistad, excitando a los súbditos de los siracusanos y selinuntios a rebelarse contra sus señores, y atraer los otros a la alianza de los atenienses. Por este medio podrían tener ellos vituallas y gente de guerra. Ante todas cosas deberían trabajar para ganarse la amistad de los mesenios o mamertinos, porque eran los más cercanos para hacer escala yendo de Grecia y queriendo saltar en tierra, y tenían muy buen puerto, grande y seguro, donde los atenienses se podrían acoger cómodamente, y desde allí hacer sus tratos con las otras ciudades; sabiendo de cierto las que tenían el partido de los siracusanos, y las que les eran contrarias, y pudiendo ir todos juntos contra siracusanos y selinuntios para obligarles por fuerza de armas por lo menos a que los siracusanos se concertasen con los egesteos, y que los selinuntios dejasen y permitiesen libremente a los leontinos habitar en su ciudad y en sus casas.

Lámaco decía que, sin más tardar, debían navegar directamente hacia Siracusa y combatir la ciudad cogiéndoles desapercibidos antes que pudiesen prepararse para resistir, y estando perturbados, como a la verdad estarían, porque cualquier armada a primera vista parece más grande a los enemigos y les pone espanto y temor; pero si se tarda en acometerlos tienen espacio para tomar consejo, y haciendo esto cobran ánimo de tal manera que vienen a menospreciar y tener en poco a los que antes les parecían terribles y espantosos. Afirmaba en conclusión que si inmediatamente y sin más tardanza, iban a acometer a los siracusanos, estando con el temor que inspira la falta de medios de defensa, serían vencedores, e infundirían a estos gran miedo así con la presencia de la armada donde les parecería haber más gente de la que tenía, como también por temor de los males y daños que esperarían poderles ocurrir si fuesen vencidos en batalla. Además que era verosímil que en los campos fuera de la ciudad hallarían muchos que no sospechaban la llegada de la armada, los cuales, queriéndose acoger de pronto a la ciudad, dejarían sus bienes y haciendas en el campo, y todos los podrían tomar sin peligro, o la mayor parte, antes que los dueños pudiesen salvarlos, con lo cual no faltaría dinero a los del ejército para mantener el sitio de la ciudad.

Por otra parte, haciendo esto, las otras ciudades de Sicilia, inmediatamente escogerían pactar alianza y amistad con los atenienses y no con los siracusanos, sin esperar a saber cuál de las dos partes lograba la victoria. Decía además que para lo uno y para lo otro, ora se debiesen retirar, ora acometer a los enemigos, habían de ir primero con su armada al puerto de Mégara, así por ser lugar desierto, como también porque estaba muy cerca de Siracusa por mar y por tierra.

Así habló Lámaco, apoyando en cierto modo con sus argumentos el parecer de Alcibíades.

Pasado esto, Alcibíades partió con su trirreme derechamente a la ciudad de Mesena, y requirió a los mamertinos a que trabaran amistad y alianza con los atenienses; mas no pudo conseguirlo, ni le dejaron entrar en su ciudad, aunque le ofrecieron que le darían mercado franco fuera de ella, donde pudiese comprar vituallas y otras provisiones necesarias para sí y los suyos.

Alcibíades volvió a Regio, donde inmediatamente él y los otros capitanes mandaron embarcar una parte de la gente de la armada dentro de sesenta trirremes, los abastecieron de las vituallas necesarias, y dejando lo restante del ejército en el puerto de Regio con uno de los capitanes, los otros dos partieron directamente a la ciudad de Naxos con las sesenta naves, y fueron recibidos en ella de buena gana por los ciudadanos.

De allí se dirigieron a Catana, donde no les quisieron recibir, porque una parte de los ciudadanos era del partido de los siracusanos. Por esta causa viéronse obligados a dirigirse más arriba hacia la ribera del Terias, donde pararon todo aquel día, y a la mañana siguiente fueron a Siracusa con todos sus barcos puestos en orden en figura de cuerno, de los cuales enviaron diez delante hacia el gran puerto de la ciudad para reconocer si había dentro otros buques de los enemigos.

Cuando todos estuvieron juntos a la entrada del puerto, mandaron pregonar al son de la trompeta que los atenienses habían ido allí para restituir a los leontinos en sus tierras y posesiones conforme a la amistad y alianza, según les obligaban el deudo y parentesco que con ellos tenían, por tanto que denunciaban y hacían saber a todos aquellos que fuesen de nación leontinos y se hallasen a la sazón dentro de la ciudad de Siracusa, se pudiesen retirar y acoger a su salvo a los atenienses como a sus amigos y bienhechores.

Después de dar este pregón y de reconocer muy bien el asiento de la ciudad y del puerto y de la tierra que había en contorno para ver de qué parte la podrían mejor poner cerco, regresaron todos a Catana, y de nuevo requirieron a los ciudadanos para que les dejasen entrar en la ciudad como amigos.

Los habitantes, después de celebrar consejo, les dieron por respuesta que en manera alguna dejarían entrar la gente de la armada, pero que si los capitanes querían entrar solos, los recibirían y oirían de buena gana cuanto quisieran decir, lo cual fue así hecho, y estando todos los de la ciudad reunidos para dar audiencia a los capitanes, mientras estaban atentos a oír lo que Alcibíades les decía, la gente de la armada se metió de pronto por un postigo en la ciudad, y sin hacer alboroto ni otro mal alguno andaban de una parte a otra comprando vituallas y otros abastecimientos necesarios. Algunos de los ciudadanos que eran del partido de los siracusanos, cuando vieron la gente de guerra de la armada dentro, se asustaron mucho, y sin más esperar, huyeron secretamente. Estos no fueron muchos, y todos los otros que habían quedado acordaron hacer paz y alianza con los atenienses. Por este suceso fue ordenado a todos los atenienses que habían quedado con lo restante de la armada en Regio que viniesen a Catana. Cuando estuvieron juntos en el puerto de Catana, y hubieron puesto en orden su campo, tuvieron aviso de que si iban directamente a Camarina, los ciudadanos les darían entrada en su ciudad, y también que los siracusanos aparejaban su armada. Con esta nueva partieron todos navegando hacia Siracusa, mas no viendo ninguna armada aparejada de los siracusanos volvieron atrás, y fueron a Camarina.

Al llegar cerca del puerto hicieron pregonar a son de trompeta, y anunciar a los camarineos su venida, mas estos no les quisieron recibir diciendo que estaban juramentados para no dejar entrar a los atenienses dentro de su puerto con más de una nave, salvo el caso de que ellos mismos les enviasen a llamar para que fueran con barcos. Con esta respuesta se retiraron los atenienses sin hacer cosa alguna.

A la vuelta de Camarina saltaron en tierra en algunos lugares de los siracusanos para saquearlos, mas la gente de a caballo que estos tenían acudió en socorro de los lugares, y hallando a los remadores y desordenados a los atenienses, ocupándose en robar, dieron sobre ellos y mataron muchos, porque estaban armados a la ligera. Los atenienses se retiraron a Catana.

X.

Llamado Alcibíades a Atenas para responder a la acusación contra él dirigida, huye al Peloponeso. Incidentalmente se trata de por qué fue muerto en Atenas Hiparco, hermano del tirano Hipias.

Después que los atenienses estuvieron reunidos en Catana, aportó allí el trirreme de Atenas llamado Salaminia, que los de la ciudad habían enviado para que Alcibíades regresara a fin de responder a la acusación que le habían hecho públicamente, y con él citaban a otros muchos que había en el ejército, considerándoles culpados por muchos indicios de complicidad en el crimen de violar y profanar los misterios y sacrificios, y del de romper y desrostrar las estatuas e imágenes de Hermes arriba dichas.

Después de partir la armada, los atenienses no dejaron de hacer su pesquisa y proseguir sus investigaciones, no parando solamente en pruebas y conjeturas aparentes, sino que, pasando más adelante, daban fe y crédito a cualquier sospecha por liviana que fuese. Fundando su convencimiento en los dichos y deposiciones de hombres viles e infames, prendieron a muchas personas principales de la ciudad, pareciéndoles que era mejor escudriñar y averiguar el hecho por toda clase de pesquisas y conjeturas que dejar libre un solo hombre aunque fuese de buena fama y opinión, por no decir que los indicios que había contra él eran insuficientes para convencerle de que debía estar a derecho y justicia.

Hacían esto porque sabían de oídas que la tiranía y mando de Pisístrato, que en tiempos pasados había dominado en Atenas, fue muy dura y cruel, no siendo destruida por el pueblo ni por Harmodio, sino por los lacedemonios. Este recuerdo les infundía gran temor y recelo, y cualquier sospecha la atribuían a la peor parte. Aunque a la verdad la osadía de Aristogitón y de Harmodio en matar al tirano fue por amores, según declararé en adelante, y mostraré que los atenienses y los otros griegos hablan a su capricho y voluntad de sus tiranos y de los hechos que ejecutaron, sin saber nada de la verdad, pues la cosa pasó así.

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