LIBRO VII.
Diego Gracián translation
SUMARIO.
I. Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los atenienses demandándoles refuerzos. — II. Lo que decía la carta de Nicias a los atenienses y lo que proveyeron estos en vista de ella. — III. Los peloponesios entran en tierra de Atenas y cercan la villa de Decelia. Socorros que envían a Sicilia, así los atenienses como los peloponesios. — IV. Siracusanos y atenienses libran una batalla por mar en el puerto, y por tierra, pretendiendo ambos haber alcanzado la victoria. Encuentros que tuvieron después durante el sitio. — V. Necesidades que sufría Atenas por la guerra. Algunos tracios que fueron a servir a los atenienses, y se volvieron por falta de paga, al regresar destruyen la ciudad de Micaleso, y después son casi todos dispersados. — VI. Lo que hicieron los capitanes atenienses Demóstenes y Eurimedonte en el camino cuando iban en socorro los sitiadores de Siracusa. Auxilio que reciben los sitiados. Batalla naval entre atenienses y peloponesios junto a Naupacto. — VII. Mientras Demóstenes y Eurimedonte están en camino para reforzar a los atenienses que sitian Siracusa, los siracusanos libran una batalla naval contra los atenienses. — VIII. Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas. — IX. Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición. — X. Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y procuran encerrarlos en el puerto donde estaban. — XI. Ciudades y pueblos que intervienen en la guerra de Sicilia, así de una parte como de otra. — XII. Los siracusanos y sus aliados vencen de nuevo en combate naval a los atenienses, de tal modo que no pueden estos salvarse por mar. — XIII. Después de la derrota parten los atenienses de su campamento para ir por tierra a las villas y lugares de Sicilia que seguían su partido. — XIV. Los siracusanos y sus aliados persiguen a los atenienses en su retirada y los vencen y derrotan completamente.
I.
Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los atenienses demandándoles refuerzos.
Después que Gilipo y Pitén repararon sus naves en Tarento, partieron para ir a Locros Epicefirios, hacia el poniente, y avisados de que la ciudad de Siracusa no estaba aún cercada por todas partes y de que podían entrar por Epípolas, dudaron si dirigir el rumbo a la derecha de Sicilia, intentando entrar en la ciudad, o si, encaminándose a la izquierda, irían primeramente a abordar en Hímera, reuniendo allí toda la gente que pudiesen, así de los de la ciudad como de los otros sicilianos, y yendo después por tierra a socorrer a los siracusanos. Decidieron por fin ir a Hímera, por ser advertidos que las cuatro naves atenienses enviadas por Nicias, no habían aún aportado a Regio. Nicias las envió allí por creer que los de Gilipo estaban aún detenidos en Locros.
Pasaron, pues, Gilipo y Pitén con su armada al estrecho antes que los barcos de los atenienses hubiesen aportado a Regio, y después, navegando al largo de la mar de Mesena, fueron derechamente a abordar en Hímera. Estando en este lugar indujeron a los himereos a ajustar con ellos alianza, y a que les proveyesen de barcos y de armas para su gente, de que tenían falta. Tras esto ordenaron a los selinuntios que se hallasen con todo su poder en cierto lugar que les señalaron, prometiéndoles enviar con ellos alguna de su gente de guerra.
Ocurrió también que los de Gela, y algunos otros sicilianos, mostráronse más propicios a entrar en esta alianza con los peloponesios que lo habían estado antes, a causa de que Arcónides, que señoreaba algunos de los sicilianos, había muerto pocos días antes, y en vida tuvo gran amistad e inteligencia con los atenienses. También influyó en esta decisión el rumor de que Gilipo acudía con diligencia y con muchas fuerzas él y los suyos en favor de los siracusanos.
Gilipo, con setecientos hombres de guerra que tomó de los suyos entre soldados y marineros armados, mil himereos armados de todas armas y a la ligera, ciento de a caballo, algunos de los selinuntios y otros hombres de armas de los de Gela, y con muchos soldados sicilianos hasta el número de mil, fue derechamente a Siracusa.
Por su parte, los corintios partieron de Léucade para acudir a toda prisa a aquellas partes con todos sus barcos. Góngilo, que era su capitán, llegó el primero de todos cerca de Siracusa, aunque había partido el último.
Tras él arribó Gilipo, quien al saber que los siracusanos estaban resueltos a hacer tratos con los atenienses, lo estorbó, avisándoles el socorro que les llegaba, con lo cual los siracusanos mostráronse muy alegres y consolados.
Con estas noticias cobraron ánimo y salieron con todas sus fuerzas fuera de la ciudad a recibir a Gilipo, por tener entendido que ya estaba en camino, el cual habiendo tomado por fuerza de armas la villa de Ietas, dirigiose con toda su gente puesta en orden de batalla hacia Epípolas.
Llegó allí por la parte de Euríelo, por donde los atenienses habían subido la primera vez, se unió a los siracusanos y todos juntos marcharon hacia el muro de los atenienses, que ya entonces tenía de largo hasta siete u ocho estadios desde el campamento de los atenienses hasta la mar, y era doble por todas partes, excepto por un extremo, hacia la mar, donde estaban construyéndolo, y de la otra parte, hacia Trógilo, habían traído gran cantidad de piedras y otros materiales. En algunos lugares estaba ya acabada la obra, en otros a medias, y finalmente en otros no habían comenzado a causa de que por aquella parte se extendía muy a la larga. En este peligro estaban los siracusanos cuando les llegó el socorro.
Al ver los atenienses a Gilipo y los siracusanos ir de pronto contra ellos, quedaron muy turbados al principio, aunque después se aseguraron y pusieron a punto de batalla para salir contra sus enemigos.
Antes de que se acercasen las huestes de Gilipo, les envió a decir por medio de un trompeta, que si querían partir de Sicilia dentro de cinco días con su bagaje, y todas sus cosas en salvo, de buen grado harían con ellos tratado de paz. De esta demanda no hicieron caso los atenienses, regresando el trompeta sin ninguna respuesta. Así se prepararon ambas partes para dar la batalla.
Viendo Gilipo que los siracusanos estaban desordenados, y que apenas los podía poner en orden, pareciole que sería mejor hacerlos retirar, y reunir en algún lugar más espacioso.
De igual manera, Nicias no quiso que marchase su gente adelante, sino que los hizo a todos detener puestos a punto de batalla junto a los muros y parapetos.
Observando esto Gilipo, mandó retirar los suyos a un collado allí cerca llamado Temenitis, donde alojó todo su ejército.
Al día siguiente sacó la mayor parte de sus tropas en orden de batalla hasta cerca del fuerte de los atenienses, para estorbarles que pudiesen socorrerse unos a otros. Por otra parte, envió una banda de su gente a un castillo que tenían los atenienses llamado Lábdalo, al cual tomaron por asalto y mataron a todos los que hallaron dentro, sin que los otros atenienses lo pudiesen ver ni oír.
Este mismo día los siracusanos tomaron un trirreme de los atenienses cuando iba a entrar dentro del gran puerto.
Después comenzaron a hacer un muro que llegaba desde la ciudad hasta encima de Epípolas, y labraron otro al través contra el muro de los atenienses para impedir, si se lo dejaban acabar, que los atenienses cercaran la ciudad completamente.
Acabado el muro que querían hacer desde su campo hasta la mar, los atenienses se retiraron a su fuerte en lo más alto de él. Y porque una parte del muro estaba baja, Gilipo fue de noche con su gente hacia él, pensando tomarlo, mas sentido por los que hacían la guardia, les salieron a su encuentro y fuele forzoso retirarse muy despacio sin hacer ruido alguno. Después los atenienses alzaron más el muro y dejaron en guarda algunos soldados de los de su propia tierra. Por las otras partes pusieron otros de la gente de sus aliados.
También pareció a Nicias que era necesario cercar de muro el lugar llamado Plemirio, que es una roca o cerro frente a la ciudad que penetra en la mar y llega hasta la entrada del gran puerto, siendo cierto que si le tenía fortificado, las vituallas y otras provisiones necesarias que entraban por mar podrían desembarcar más fácilmente teniendo gente de guarnición cerca del puerto, a donde antes no podían llegar, quedando muy lejos, por lo cual los barcos que llegasen no podían darles socorro de pronto. Hizo esto con propósito de ayudarse de la armada y del ejército de tierra cuando Gilipo llegara, para lo cual mandó embarcar una parte de su gente y la llevó hasta aquel lugar de Plemirio, haciéndolo cercar y fortificar con tres muros y fuertes, y metiendo allí una parte del bagaje. Junto a Plemirio podían guarecerse sus naves grandes y pequeñas.
Por esta causa murieron muchos de sus marineros por falta de agua fresca, que necesitaban buscarla bien lejos de allí, sin perjuicio de que cuando salían a tierra para traer leña y provisiones, la gente de a caballo de los siracusanos que estaba en el campo los hería y mataba, y lo mismo hacía la gente de guarnición que tenían en una villa situada junto al Olimpieo, y que los siracusanos habían puesto allí para impedir que los atenienses que estaban en Plemirio pudiesen hacerles mal alguno.
Avisado Nicias de que llegaban las galeras de los corintios, envió para salirles al encuentro hasta veinte de las suyas, y ordenó al capitán de esta armada que las esperase entre Locros y Regio, y les acometiese en el estrecho de Sicilia.
Durante este tiempo Gilipo trabajó también para acabar el muro que tenía comenzado entre la ciudad y Epípolas, y aprovechando la piedra y materiales que los atenienses habían juntado allí para su labor. Hecho esto salía muchas veces fuera de la ciudad con su gente y la de los siracusanos en orden de batalla, y los atenienses por su parte hacían lo mismo.
Cuando pareció a Gilipo tiempo oportuno de acometer a los enemigos, fue a dar en ellos con toda furia, mas a causa de que el combate se hacía entre los fuertes y parapetos de una parte y de otra, en lugar mal dispuesto para poder pelear los de a caballo, de que los siracusanos tenían gran número, fueron vencidos estos y los peloponesios, y quedaron los atenienses victoriosos, devolviendo los muertos a sus contrarios y levantando un trofeo en señal de triunfo.
Después de esta batalla, Gilipo mandó reunir a todos los suyos y les habló de pasada, diciéndoles que no desmayasen, pues aquella pérdida no había ocurrido por falta de ellos, sino solo por culpa suya, que les mandó pelear en lugar estrecho, donde no se podían ayudar de la gente de a caballo, y menos de los tiros de dardos y piedras, por lo cual había determinado hacerles salir de nuevo a pelear en otro lugar más a propósito para la batalla. Por tanto, que se acordasen de que eran dorios y peloponesios, y que sería gran afrenta dejarse vencer por jonios de nación e isleños, y otros advenedizos, siendo tantos en número como ellos.
Dicho esto, cuando le pareció que era tiempo, los sacó otra vez al campo en orden de batalla, y también Nicias había determinado, si no salían a pelear los enemigos, presentarles la batalla, para estorbarles que acabasen los muros y parapetos que tenían comenzados junto a los suyos, que ya estaban muy altos, y le parecía que si pasaban adelante, los mismos atenienses estarían antes cercados por los siracusanos que no los siracusanos por ellos, y en peligro de ser vencidos. Por esto determinó salir a la batalla.
Había Gilipo puesto en orden la gente de a caballo y tiradores más lejos de los muros que no la vez pasada, en un lugar espacioso, donde los muros y parapetos de ambas partes estaban muy apartados, y cuando la batalla fue comenzada, los suyos atacaron la extrema izquierda de los atenienses con tanto ímpetu, que les hicieron volver las espaldas y les pusieron en huida, con lo cual los siracusanos y peloponesios consiguieron la victoria esta vez, porque todos los contrarios, viendo huir a los atenienses, hicieron lo mismo y se retiraron a sus fuertes.
En la noche siguiente, los siracusanos levantaron su muro a igual del de los enemigos, y aún más, de manera que los contrarios no podían impedirles continuar su muro tan adelante como quisiesen, y aunque fuesen vencidos en batalla, no podían ya cercarlos con muralla.
Tras esto llegaron las naves de los corintios, leucadios y ambraciotes, que serían en número de doce, al mando del corintio Erasínides, el cual había engañado a las naves de los atenienses que les salieron al encuentro, pues hurtándoles el viento, pasaron adelante.
Desde su llegada, ayudaron a los siracusanos a acabar el muro que tenían comenzado hasta juntarlo con el otro que venía al través.
Hecho esto, y viendo Gilipo que la ciudad estaba segura, partió hacia los otros lugares de Sicilia para tener negociaciones y tratos con ellos, a fin de que aceptaran su alianza y amistad contra los atenienses aquellos que estaban dudosos y no inclinados a la guerra.
Los siracusanos y los corintios que habían venido en su ayuda, enviaron embajadores a Lacedemonia y a Corinto, pidiendo nuevo socorro, de cualquier manera que pudiesen dárselo, en barcos de cualquier clase, con tal que les trajesen gente de guerra.
Por su parte los siracusanos, suponiendo que los atenienses enviarían también socorro a los de su campo, dispusieron sus buques para combatirlos por mar, e hicieron todos los otros aprestos necesarios para la guerra.
Viendo esto Nicias, que las fuerzas de los enemigos crecían más cada día, y que las suyas disminuían y se apocaban, determinó enviar mensaje a Atenas para hacerles saber el estado en que se encontraban las cosas de su campo, que era tal, que se tenían por perdidos y desbaratados si no se retiraban o les enviaban nuevo y suficiente socorro. Sospechando que los que enviaba con el mensaje no tuvieran condiciones para decir lo que les encargaba, o se olvidasen de alguna parte, o temiesen decirlo por descontentar al pueblo, determinó escribir largamente lo que ocurría, suponiendo que cuando el pueblo supiese la verdad de lo que pasaba, adoptaría inmediatamente determinación, según requería el caso.
Partieron los mensajeros con su carta e instrucciones a Atenas, y Nicias se quedó en el campo con más cuidado de guardar su ejército que de salir a acometer a los enemigos.
En este mismo verano, Evetión, capitán de los atenienses con el rey Pérdicas, y otros muchos tracios, fueron a cercar la ciudad de Anfípolis; mas como viesen que no la podían tomar por tierra, hicieron subir muchas barcas por el río Estrimón, que corre por la parte de Himereo, y en esto pasó aquel verano.
Al comienzo del invierno, los mensajeros que Nicias había despachado, llegaron a Atenas e hicieron relación en el Senado del encargo que traían, respondiendo a cuanto les preguntaron, mas ante todas cosas presentaron la carta de Nicias, que era del tenor siguiente:
II.
Lo que decía la carta de Nicias a los atenienses y lo que proveyeron estos en vista de ella.
«Varones atenienses, por otras mis cartas antes de estas habréis sabido lo que acá se ha hecho, al presente es menester que sepáis la situación en que estamos para que proveáis sobre ello lo necesario.
»Después que en muchas batallas vencimos a los siracusanos, contra quien nos enviasteis, e hicimos un muro y fuerte junto a su ciudad, dentro del cual estamos ahora, llegó Gilipo, capitán de los lacedemonios, con un gran ejército de peloponesios y de algunas otras ciudades de esta tierra de Sicilia, al cual vencimos en el primer encuentro, mas después por la mucha gente de a caballo y tiradores que tenía, nos vimos forzados a retirarnos y recogernos dentro de nuestro fuerte, donde al presente estamos sin hacer otra cosa, porque no podemos continuar el muro en torno de la ciudad a causa de la multitud de los contrarios, ni sacar toda nuestra gente al campo, porque es necesario dejar siempre una parte de ella para guardar nuestros fuertes.
»Por otra parte, los enemigos han levantado un muro junto al nuestro, de manera que no podemos estorbarles la obra sino acometiéndoles con muy grueso ejército por fuerza de armas, de suerte que teniendo nosotros cercada esta ciudad, a nuestro parecer estamos más cercados por la parte de tierra que ellos, porque a causa de la mucha gente de a caballo que tienen, no nos atrevemos a salir muy adelante de nuestro fuerte.
»Además, han pedido al Peloponeso más socorro de gente, y Gilipo salió hacia las ciudades de Sicilia, que no están de su parte, para ganar su amistad y traer de ellas, si pudiere, gente de a pie y de a caballo contra nosotros.
»A lo que he podido entender, tienen determinado invadir y dar en nuestros fuertes y muros todos a una, así por mar como por tierra. No os debéis maravillar que diga nos quieren acometer por mar, porque aunque nuestra armada al principio era muy gruesa y poderosa, porque las naves estaban enteras y enjutas, y la gente de ellas sana y valiente, ahora los barcos, por haber estado mucho tiempo en descubierto, se encuentran casi podridos, y muchos de los marineros muertos, y no podemos sacar los trirremes a tierra para repararlos, porque nuestros enemigos son tantos en número como nosotros, y aun más, de manera que nos amenazan diariamente con querer acometernos, como creo que lo harán sin duda alguna, pues está en su mano hacerlo cuando quisieren, y porque pueden sacar sus naves a la orilla más fácilmente que nosotros, no estando todas juntas.
»Hasta el presente no nos ha sido posible acometerles a nuestra voluntad, porque aunque tuviésemos gran número de barcos, apenas podríamos guardarlos, aunque estuviesen todos juntos, como ahora lo están, pues si nos descuidásemos algún tanto en hacer la guardia, no podríamos tener vituallas, y aun apenas las podemos tener ahora sin gran peligro, porque nos conviene pasar por delante de la ciudad a traerlas.
»Por estas dificultades y otras muchas, si hasta ahora hemos perdido muchos marineros, más perderemos cada día que pase cuando salen a coger agua o a traer leña y otras provisiones necesarias, o para robar lejos del campo, porque muchas veces les atacan y cogen los de a caballo de los enemigos.
»Y lo peor de todo es que mientras los nuestros pelean, los esclavos que tienen consigo, y los forzados que están en la armada, los dejan y huyen, y los que venían de su grado, viendo la armada de los enemigos tan gruesa y su ejército tan pujante por tierra, muy de otra manera que habían pensado, unos se pasan a los enemigos con cualquier pretexto, y también los otros cuando se pueden escapar, lo cual pueden hacer a su salvo porque la isla es muy grande.
»Algunos de los nuestros compran esclavos de Hícara, los cuales, por tratos con los capitanes de las naves, hallan manera para hacerlos servir en su lugar, y por estos medios corrompen y destruyen la disciplina y orden militar en la mar.
»Porque hablo con gente que entiende bien las cosas marítimas, digo en conclusión, que la flor y vigor de este gran número de gente de mar, no puede durar mucho tiempo, y se hallan muy pocos pilotos y patrones que sepan bien gobernar una nave.
»Entre todas estas dificultades hay otra que me pone en mayor cuidado, y es, que aunque soy caudillo de esta armada no puedo establecer en ella el orden que quería, porque el genio y carácter de los atenienses es malo de corregir y castigar, y no podemos hallar otros marineros para tripular nuestras naves, lo cual pueden hacer muy fácilmente los contrarios, porque hay infinitas ciudades en Sicilia de su partido, y muy pocos que sigan el nuestro, excepto Naxos y Catana, que son muy poco poderosas, por lo cual nos vemos forzados a ayudarnos de la poca gente que nos ha quedado, y tenemos a nuestras órdenes desde el principio.
»Si las ciudades de Italia que nos proveen de vituallas llegan a saber el estado en que nos encontramos y que no nos enviáis socorro alguno, se pasarán a nuestros enemigos, y sin remedio alguno seremos destruidos y desbaratados sin pelear.
»Os podría escribir otras cosas más apacibles y agradables, pero no tan útiles y necesarias para vosotros si queréis poner atención en ello, cosa que dudo en gran manera, porque conozco muy bien vuestra condición y sé que oís de buena gana cosas placenteras, pero cuando el caso es distinto de lo que pensabais, echáis la culpa a los capitanes que tienen el mando. Por ello he querido escribiros la verdad, a fin de que proveáis con diligencia. Y también os debo decir, que de las cosas que nos habéis encargado en esta empresa, no podéis imputar culpa alguna a los caudillos ni capitanes, ni menos a los soldados.
»Viendo, pues, que toda Sicilia conspira y se une al presente contra nosotros, y que espera nuevo socorro del Peloponeso, o determinad llamarnos, atento que somos más débiles y flacos de fuerzas que nuestros enemigos, aun en la situación en que están al presente, o de enviarnos nuevo socorro que no sea de menos naves ni de menos gente que esta que tenemos, y buena suma de dinero. Además otro general, porque yo no puedo soportar más la carga a causa del mal de riñones que me fatiga en gran manera. Y me parece que la razón lo requiere, pues mientras tuve salud os he servido muy bien.
»En conclusión, que todo lo que quisiereis hacer lo determinéis desde ahora hasta el principio de la primavera, sin más dilación, porque en breve tiempo los enemigos traerán a su devoción todos los sicilianos.
»Y aunque las cosas de los peloponesios se hagan más despacio, guardaos que no os suceda como antes de ahora muchas veces os ha acaecido, que ignoráis una parte de sus empresas, y la otra la sabéis tan tarde, que sois sorprendidos por su ataque antes de que lo podáis remediar.»
De este tenor era la carta de Nicias, que leída por los atenienses, en cuanto tocaba a enviar nuevo capitán, por sucesor en el cargo, no fueron de esta opinión, sino que hasta tanto que le enviasen compañeros, eligieron por adjuntos dos de los que con él estaban en el ejército a saber, Menandro y Eutidemo, a fin de que, encontrándose solo y enfermo, no estuviese muy fatigado.
En lo demás, determinaron enviarle nuevo socorro, así de naves como de gente de guerra y marineros suyos y de los aliados, y además nombraron otros dos nuevos capitanes juntamente con Nicias, que fueron Demóstenes, hijo de Alcístenes, y Eurimedonte, hijo de Tucles, y a Eurimedonte le enviaron enseguida cerca del solsticio del invierno a Sicilia con diez naves y veinte talentos en dinero para proveer a los que allí estaban, y darles nuevas del socorro que recibirían en adelante, y del mucho cuidado que los atenienses tenían de ellos.
Demóstenes se quedó para preparar el socorro que habían ordenado enviar, y embarcarse con él al principio de la primavera. Asimismo para hacer a los aliados que proveyesen de naves, gente y dinero en la parte que les correspondía.
III.
Los peloponesios entran en tierra de Atenas y cercan la villa de Decelia. — Socorros que envían a Sicilia, así los atenienses como los peloponesios.
Después que los atenienses ordenaron lo que convenía hacer para Sicilia, enviaron veinte trirremes a la costa de Peloponeso para impedir que nave alguna pasase de allí ni de Corinto a Sicilia. Porque los de Corinto cuando los embajadores de los siracusanos que habían ido a demandar nuevo socorro llegaron, entendiendo que las cosas de Sicilia estaban en mejor estado, cobraron más ánimo y les pareció que la armada que habían enviado antes llegó a buen tiempo. Por esta causa aparejaron nuevo socorro de naves de carga, y lo mismo hacían los lacedemonios con los otros peloponesios.
Los corintios armaron veinticinco trirremes para acompañar a sus barcos mercantes cargados de gente y defenderlos contra los de los atenienses que los estaban esperando en el paso de Naupacto.
Los lacedemonios que estaban preparando el socorro por la prisa que les daban los siracusanos y los corintios, cuando entendieron que los atenienses enviaban nuevo socorro a Sicilia, así para estorbar esto como también por consejo de Alcibíades, determinaron entrar en tierra de Atenas, y ante todas cosas cercar la villa de Decelia.
Emprendieron esto los lacedemonios con más gusto, porque les parecía que los atenienses, manteniendo guerra en dos partes, a saber, en Sicilia y en su misma tierra, estarían más expuestos a ser deshechos, y también por la justa querella que tenían a causa de haber estos empezado la guerra los primeros, cosa totalmente contraria a los tratos precedentes, cuyo rompimiento comenzó de parte de los lacedemonios, pues los tebanos invadieron la ciudad de Platea, sin estar rotos los tratos.
Y aunque estos determinaban que no se pudiese mover guerra a la parte que se sometiese a juicio de las otras ciudades confederadas, y los atenienses ofrecían pasar por ello, los lacedemonios no quisieron aceptar esta oferta, teniendo en cuenta, con justa razón, que les habían sobrevenido muchas adversidades en la guerra anterior, y mayormente en Pilos.
Además, después del último tratado de paz, los atenienses habían enviado treinta naves y destruido y talado parte de la tierra de Epidauro, de Prasias y de algunas otras, y tenían gente de guerra en Pilos que robaban y destruían a menudo las tierras, bienes y haciendas de los confederados. Y cuando los lacedemonios enviaban mensaje a Atenas para pedir restitución de los bienes y haciendas que les habían tomado, y que pusiesen la cosa en tela de juicio, según se determinaba en los artículos del tratado de paz, jamás lo habían querido hacer.
Por todo esto parecía a los lacedemonios que la culpa del rompimiento de la paz, que había sido en la guerra precedente de su parte, era ahora de la de los atenienses, y por ello iban de mejor gana contra ellos.
Ordenaron a los demás peloponesios que hiciesen provisión de herramienta, y los otros materiales convenientes para combatir los muros de Decelia, mientras ellos aparejaban las otras cosas necesarias. Además les obligaron a proveer de dinero para el socorro que enviaban a Sicilia por la parte que les tocaba, según hacían los mismos lacedemonios.
En esto pasó aquel invierno que fue el fin del decimoctavo año de la guerra que escribió Tucídides.
Al principio de la primavera[13] los lacedemonios con sus aliados, invadieron súbitamente la tierra de los atenienses al mando de Agis, hijo de Arquidamo, rey de Lacedemonia, y poco después talaron y robaron las tierras bajas que están en los confines.
De allí pasaron a cercar de muro la villa de Decelia, y dieron cargo a cada cual de las ciudades confederadas según su posibilidad para que hiciesen a su costa una parte del muro.
Estaba Decelia lejos de Atenas cerca de ciento veinte estadios[14], y casi otros tantos apartada de Beocia, y por esta causa, estando amurallada, y teniendo gente de guarnición dentro, podían desde ella, a su salvo, recorrer y robar las tierras bajas hasta la ciudad de Atenas.
Mientras hacían el muro de Decelia, los peloponesios que habían quedado en su tierra, enviaron socorro a Sicilia en sus naves, a saber: los lacedemonios seiscientos hombres de los más escogidos de sus hilotas o siervos y de los emancipados, al mando del espartano Écrito; los beocios trescientos, mandados por los tebanos Jenón y Nicón y el tespio Hegesandro. Estos fueron los primeros que al partir del puerto de Ténaro, en Laconia, hicieron vela y se metieron en alta mar.
Poco después los corintios enviaron quinientos hombres de guerra, así de su gente como de los arcadios, que habían tomado a sueldo, de los cuales iba por capitán el corintio Alexarco, y con ellos fueron doscientos soldados sicionios a las órdenes del sición Sargeo.
Por otra parte, los veinticinco trirremes que los corintios habían enviado el invierno anterior contra los veinte de los atenienses, que estaban en Naupacto para guardar el paso, se hallaron frente a Naupacto mientras pasaban las naves de carga que llevaban los soldados.
En este mismo principio de la primavera, a la sazón que se hacía el muro junto a Decelia, los atenienses enviaron treinta trirremes a la costa del Peloponeso al mando de Caricles, y le ordenaron que fuese a los argivos y les pidieran de su parte gente de guerra para estos trirremes, conforme al tratado de alianza.
Por otra parte, conforme a lo determinado para proveer en las cosas de Sicilia, enviaron a Demóstenes con sesenta naves de las suyas y cinco de las de Quíos, en las cuales había mil doscientos soldados atenienses, y de los isleños tantos cuantos pudieron hallar que fuesen para tomar armas. Mandaron a Demóstenes que al paso se juntase con Caricles y ambos recorriesen y robasen la costa marítima de Laconia. Con esta orden partió Demóstenes derechamente al puerto de Egina, donde esperaba las otras naves de su armada que no habían llegado aún, y también el regreso de Caricles que había ido con la misión a los argivos.
IV.
Siracusanos y atenienses libran una batalla por mar en el puerto, y por tierra, pretendiendo ambos haber alcanzado la victoria. — Encuentros que tuvieron después durante el sitio.
Mientras estas cosas pasaban en Grecia, Gilipo volvió a Siracusa con gran número de gente que reunió y sacó de las ciudades de Sicilia donde había estado.
Hizo llamar a los siracusanos y les mostró que les convenía armar todos los más barcos que pudiesen para combatir en el mar contra los atenienses, diciendo que tenía esperanza, si ponían esto por obra, de hacer alguna hazaña digna de memoria.
Esto mismo les aconsejaba Hermócrates, diciendo que no debían temer a los atenienses por mar, pues de su natural no eran tan buenos hombres de mar como ellos, porque la ciudad de Atenas no está situada junto al mar como Siracusa, sino muy dentro en tierra firme, y que lo que los atenienses habían aprendido de arte naval había sido por temor a los medos, que les obligaron a meterse en la mar. Decíales también que, gente osada como eran los atenienses, les parecerían terribles los que se mostrasen animosos como ellos, y que de igual manera que los atenienses espantaban a sus contrarios antes por su atrevimiento que por sus fuerzas y poder, era muy conveniente que hallasen en sus adversarios quienes hiciesen lo mismo.
Además de estos consejos, les decía que conocía bien el deseo que tenían de ir contra la armada de los atenienses, y este hecho inesperado de los enemigos les espantaría de tal manera, que aprovecharía más el atrevimiento a los siracusanos que a los atenienses la ciencia y ejercicio de mar de que se vanagloriaban.
Con estas palabras de Gilipo y Hermócrates, y algunos otros que les aconsejaban, persuadieron a los siracusanos para que acometieran contra la armada de los atenienses, y con esta determinación, Gilipo, al anochecer, puso toda su gente de a pie en orden, fuera de la ciudad, para que al mismo tiempo atacase a los enemigos por tierra hacia la parte del muro junto a Plemirio, y los barcos por la parte de la mar.
Al amanecer, las treinta y cinco galeras de los siracusanos salieron del puerto pequeño donde se habían guarecido para ir hacia el gran puerto que tenían los enemigos, y con ellos salieron otras cuarenta y cinco naves para ir girando en torno del gran puerto con intención de entremeterse en los enemigos que estaban dentro del gran puerto, y también de acometerlos por la parte de Plemirio, a fin de que los atenienses, viéndose atacar por dos partes, fuesen más perturbados.
Viendo esto los atenienses, pusieron en orden los sesenta trirremes que tenían, de los cuales inmediatamente enviaron veinticinco contra los treinta y cinco de los siracusanos que iban hacia el gran puerto para combatirlos, y con los restantes fueron contra los que los querían rodear, con los cuales se mezclaron a la boca del puerto y combatieron gran rato, los siracusanos forcejeando por entrar en el puerto, y los otros pugnando por defenderse.
Mientras tanto, los atenienses que estaban en Plemirio descendieron a lo bajo de la roca, a orilla de la mar, para ver el éxito de la batalla que se estaba librando.
Al amanecer, Gilipo atacó el lugar de Plemirio por parte de tierra con tanto ímpetu, que tomó en seguida uno de los tres muros. Al poco rato ganó los otros dos, porque los que estaban en la guarda y defensa de ellos, viendo que el primer muro había sido tan pronto tomado, no cuidaron de defender los otros.
Los que guardaban el primer muro, cuando fue tomado, huyeron, y con gran peligro suyo, se metieron dentro de los trirremes que estaban siempre al pie de la roca, y parte de ellos en un batel que hallaron allí, y en estos buques se retiraron a su campo.
Aunque una galera de los siracusanos de las que ya estaban dentro del gran puerto, se opuso a la retirada, mientras Gilipo combatía los otros dos muros de Plemirio, aconteció que los siracusanos fueron vencidos por donde aquellos atenienses huían, y a causa de esta victoria tuvieron medio de retirarse más a su salvo.
La causa de esta victoria fue que las naves de los siracusanos, que combatían a la boca del gran puerto, yendo a caza de los enemigos que estaban de frente, entraron de tropel sin orden alguna, de tal manera, que unas tropezaban con otras. Viendo esto los atenienses, así los que combatían fuera del puerto, como los que habían sido vencidos dentro, se unieron y dieron juntos sobre las que estaban dentro del puerto, y sobre las que estaban fuera, con tanto ímpetu, que las pusieron en huida, echando once a fondo, y muriendo todos los que estaban dentro, cogieron tres y otras tres destrozaron.
Pasada esta victoria, los atenienses se apoderaron de los despojos de los naufragios de los enemigos, y levantaron trofeo en señal de triunfo en la isla pequeña que está junto a Plemirio, y después se retiraron a su campo.
De la parte de los siracusanos, a causa de los tres muros que habían tomado junto a Plemirio, levantaron tres trofeos en señal de victoria.
De estos tres muros abatieron uno, y los otros los repararon y pusieron en ellos buena guarda.
En la toma de estos muros fueron muertos muchos atenienses y otros prisioneros, y además les cogieron todo el dinero que era gran suma, porque tenían este lugar como un fuerte para reunir y guardar todo su tesoro y todas sus municiones y mercaderías, no solamente del estado de Atenas, sino también de los capitanes, mercaderes y hombres de guerra que iban por su cuenta. Entre otras cosas fueron halladas las velas de cuarenta trirremes y los demás aparejos, y tres trirremes que allí habían sacado a la orilla.
La toma de Plemirio causó gran daño a los atenienses, principalmente porque a causa de ella no podían en adelante llevar provisiones a su campo sin gran peligro, pues los trirremes que allí había de los siracusanos se lo impedían. Esto infundió gran pavor a los atenienses.
Después de la batalla, los siracusanos enviaron doce barcos al mando de su compatriota Agatarco; en uno de ellos iban algunos embajadores que enviaban al Peloponeso para hacer saber a los peloponesios lo que se había hecho, y la buena esperanza que tenían de vencer a los atenienses, y también para excitarles a que les enviasen socorro y tomasen aquella guerra con buen ánimo. Las otras once naves fueron a Italia, porque corría la noticia de que los atenienses enviaban algunos barcos cargados de madera y municiones a su campamento de Siracusa. Estos once buques de los siracusanos encontraron en la mar los de los atenienses, cogieron el mayor número de ellos con todo lo que venía dentro, y quemaron toda la madera que traían para hacer barcos a orillas de la mar junto a Caulonia.
Hecho esto, partieron para el puerto de Locros, y estando en dicho lugar aportó un barco procedente del Peloponeso, que enviaban los tespios cargado de gente de guerra en socorro de los siracusanos, cuya gente metieron en sus naves y el barco de Tespias regresó a su tierra.
A la vuelta encontraron junto a la costa de Mégara veinte galeras atenienses que estaban espiándoles el paso, y estas les cogieron una galera de las once. Las otras escaparon, llegando a Siracusa.
Pasado esto, hubo otro encuentro pequeño entre los atenienses y los siracusanos, en el mismo puerto de Siracusa, junto a un parapeto de madera que los siracusanos habían hecho delante de las atarazanas viejas para tener allí dentro sus barcos seguros. Los atenienses hicieron llegar una nave gruesa, recia y muy bien armada para que pudiese sufrir todos los golpes de tiro de piedras, y detrás de ella había muchos bateles pequeños, dentro de los cuales, y también dentro de la nave, iban gentes que con máquinas y pertrechos arrancaban los maderos y estacas de palo de aquel parapeto que estaban fijadas y plantadas dentro de la mar, a lo cual los siracusanos resistían con grandes tiros de dardos y piedras que les lanzaban desde las atarazanas, y lo mismo hacían los de la nave contra ellos. Al fin los atenienses rompieron una gran parte del parapeto, aunque con gran trabajo y dificultad, por la multitud de estacas de madera que estaban sumidas en el agua, las cuales habían plantado de intento a fin de que los barcos de los atenienses, si querían entrar allí, encallasen y corriesen peligro; pero los atenienses buscaron nadadores que buceando las cortaban debajo del agua; cuando se retiraban, los siracusanos hacían plantar otras estacas que sustituían a las arrancadas.
De esta suerte cada día hacían alguna empresa o invención nueva unos contra otros, según es de creer entre dos ejércitos acampados el uno cerca del otro. Además había muchas escaramuzas y encuentros pequeños de todas suertes, maneras y ocasiones que era posible.
Los siracusanos enviaron embajadores a los lacedemonios, a los corintios y a los ambraciotes, para hacerles saber la toma de Plemirio, y asimismo la batalla que habían librado en el mar, dándoles a entender que la victoria de los atenienses contra ellos no había sido por esfuerzo y valentía de aquellos, sino por el desorden de los mismos siracusanos, y por eso tenían fundada esperanza de que al fin quedarían victoriosos, con tal que fuesen ayudados y socorridos por ellos. Por tanto, les pedían que les enviaran de socorro barcos y gente antes que llegase la armada que los atenienses iban a mandar para rehacer la suya, porque, haciéndolo así, podrían derrotar a los que estaban en el campo antes que viniesen los otros, y dar fin a la guerra.
Este era el estado de las cosas en Sicilia.
V.
Necesidades que sufría Atenas por la guerra. — Algunos tracios que fueron a servir a los atenienses y se volvieron por falta de paga, al regresar destruyen la ciudad de Micaleso, y después son casi todos dispersados.
Mientras estas cosas pasaban en Sicilia, Demóstenes, con la gente que había allegado para ir en socorro del campamento de los atenienses delante de Siracusa, se embarcó en Egina, y de allí fue costeando a lo largo del Peloponeso, reuniéndose con Caricles, que le esperaba allí con treinta naves, en las cuales embarcó la gente de guerra que los argivos enviaron por su parte.
Desde allí navegaron derechamente hacia tierra de Lacedemonia, y primero descendieron en la región de Epidauro Limera, la cual talaron y destruyeron en gran parte.
De allí fueron a salir a tierra de Laconia al cabo de Citera, frente al templo de Apolo, donde hicieron algún daño y cercaron de muro un estrecho semejante al de Corinto, llamado Istmo, para refugio de los hilotas o esclavos de los lacedemonios que quisieran huir de sus señores, y también para acoger ladrones y corsarios que robasen y destruyesen la tierra en torno, según hacían directamente los que estaban dentro de Pilos. Mas antes que el muro fuese hecho, Demóstenes partió hacia Corcira para tomar de allí la gente que había de venir de aquella parte, y pasar con ella, cuando estuvo terminado, a Sicilia, y dejó allí a Caricles con sus treinta naves para que acabase el muro. Cuando estuvo terminado, después de haber puesto en él gente de guarnición, partió Caricles en seguimiento de Demóstenes, y lo mismo hicieron los argivos.
En este mismo verano llegaron a Atenas mil y trescientos soldados tracios, que ceñían espadas de dos filos y eran naturales de tierra de Dío, todos muy bien armados y con sus escudos, mandados allí para pasar con Demóstenes a Sicilia y que, por llegar muy tarde, después de la partida de Demóstenes, determinaron los atenienses hacerles volver a su tierra, pues detenerlos allí para la guerra que tenían en Decelia, parecíales costoso, atendiendo a que cada uno de ellos quería de sueldo una dracma diaria, y el dinero comenzaba a escasear en Atenas.
Después que los peloponesios cercaron de muro y fortificaron la villa de Decelia, en aquel verano pusieron también gente de guarnición en todas las villas y ciudades donde remudaban sus cuarteles, lo cual produjo grandes males y pérdidas a los atenienses, así de dinero como de otros bienes, pues cuando otras veces los peloponesios iban a recorrer su tierra no paraban en ella mucho tiempo, y regresaban a sus ciudades, los atenienses podían sin obstáculo labrar su tierra y gozar de los frutos de ella a su voluntad. Pero cercada de muro la villa de Decelia y puesta dentro guarnición, los atenienses eran continuamente atacados y casi cercados por la gente de guarnición, que no cesaban de recorrer y robar la tierra; a veces con muchos hombres de guerra, y otras con muy pocos. Muy a menudo lo hacían por la necesidad que tenían de guardarse y por coger vituallas y otras provisiones que necesitaban. Y sobre todo mientras Agis, rey de Lacedemonia, estuvo allí con todo su campo, fueron en gran manera perjudicados los atenienses, porque no dejaba descansar a su gente, y continuamente los hacía trabajar, mandándoles recorrer y robar tierras de los enemigos, de tal modo que hicieron gran daño en toda la región de Atenas.
Para mayor infortunio, los esclavos que tenían los atenienses huyeron y se pasaron a los peloponesios. Serían en número de veinte mil, y casi todos ellos, o la mayor parte, eran de oficios mecánicos. Juntamente con esto, se les murió casi todo el ganado grande y pequeño, y además, sus caballos fueron en poco tiempo tan trabajados, que no se podían servir ni aprovechar de ellos, porque la gente de a caballo estaba continuamente en campaña, así para resistir a los enemigos posesionados de Decelia, como por impedir que la tierra de Ática fuese robada y destruida. Con tan constante servicio unos caballos estaban enfermos y lisiados, otros cojos y resentidos de correr a menudo por aquella tierra que era seca y dura, y muchos heridos así de tiros de dardos como de golpes de mano.
También las vituallas y provisiones que acostumbraban a traerles a la ciudad de tierra de Eubea y de Oropo, y que solían pasar por la villa de Decelia, que era el camino más corto, fue preciso llevarlas de otras partes más lejanas y que rodeasen por mar el cabo de Sunio, que era cosa de gran trabajo y gasto, por cuyo motivo la ciudad estaba en gran necesidad de todas las cosas que convenían traer de fuera.
Por otra parte, los ciudadanos que se habían retirado y recogido todos en la ciudad, estaban muy fatigados a causa de la guardia que necesitaban hacer sin cesar, así de noche como de día, porque de día había continuamente cierto número de gente en lo alto de los muros, que se relevaba por veces, y de noche todos estaban en vela armados, excepto la gente de a caballo; los unos sobre los muros y los otros repartidos por la ciudad, así en tiempo de verano como en invierno, que era un trabajo intolerable, ocasionado por sostener a un mismo tiempo dos grandes guerras. Con todo esto estaban tan obstinados y porfiados, que ninguna persona lo pudiera creer si no lo viera, pues aunque acometidos y cercados hasta los muros, no por eso querían dejar la empresa de Sicilia, sino que casi sitiados como estaban, deseaban mantener el cerco que tenían sobre la ciudad de Siracusa, la cual no era mucho menor que Atenas, queriendo por estos medios mostrar sus fuerzas, poder y osadía mucho mayor que los otros griegos suponían, pues al comienzo de la guerra algunos juzgaban que los atenienses podrían sostenerla por espacio de dos años y otros por tres a todo tirar, y últimamente ninguno lo creía si llegaba el caso, que llegó, de que los peloponesios entrasen en su tierra.
Con todo esto, desde la primera vez que entraron, y hasta que los atenienses enviaron su armada a Sicilia, transcurrieron diez y siete años enteros sin quedar tan quebrantados con esta guerra de diez y siete años en su tierra, que no emprendiesen la de Sicilia, que no era inferior, en opinión de las gentes, que la primera.
Estando así apurada la ciudad de Atenas por la pérdida de la villa de Decelia, como por los otros gastos arriba dichos, tuvo gran necesidad de dinero, por cuya causa aquel año impusieron a los súbditos de los lugares marítimos, en lugar del tributo que daban antes, uno de la veintena de sus haciendas, pensando que por esta vía sacarían más dinero que del tributo ordinario, y así era menester, pues los gastos eran tanto más grandes cuanto estas guerras eran mayores que las primeras, y sus rentas ordinarias estaban agotadas.
Este fue el motivo de que tan pronto como los tracios, que venían en su socorro, llegaron, según hemos dicho, los hicieron regresar por falta de dinero, y encargaron llevarlos por mar a Diítrefes, al cual mandaron que en el viaje buscase manera para que aquellos tracios hiciesen algún daño en Eubea y en las otras tierras marítimas de los enemigos junto a las cuales pasasen, porque por necesidad habían de pasar el estrecho de Eubea, llamado Euripo.
Diítrefes saltó en tierra con los tracios en el puerto de Tanagra, hizo algunos robos apresuradamente, y tras esto les mandó volver a embarcarse y los llevó derechamente a Calcis, que está en tierra de Eubea. De noche pasó el estrecho, penetró en Beocia, y saltando en tierra, hizo caminar toda la noche a su gente hacia la ciudad de Micaleso y les mandó que se escondiesen dentro del templo de Mercurio, que está de la ciudad cerca de diez y seis estadios. Cuando fue de día les ordenó salir y caminar hacia la ciudad, la cual, aunque era muy grande, la tomó inmediatamente, porque no tenía guardas, y los ciudadanos no sospechaban mal alguno, no pensando que corsarios y otros enemigos, yendo por mar, osaran internarse tanto en tierra. Por esta causa tenían muy ruines muros para la cerca de su ciudad, en muchas partes estaban caídos y en otras muy bajos, y porque no temían asechanzas y traiciones, no cuidaban de cerrar las puertas.
Cuando los tracios estuvieron dentro de la ciudad, la robaron y saquearon toda, así los templos y lugares sagrados como las casas particulares y lugares profanos, y lo que es peor, mataron a todos cuantos hallaron, hombres y mujeres de cualquier edad que fuesen, y bestias y ganados, porque tal es la condición de los tracios, que son los más bárbaros entre todas las otras gentes para cometer toda suerte de crueldades, en cualquier parte donde se pueden hallar sin temor.
Entre otras muchas crueldades, hicieron una muy grande, que fue entrar en las escuelas donde estaban los niños y escolares aprendiendo, que eran en gran número, y los mataron a todos. Fue esta desventura tan grande y tan súbita, y no pensada, cual nunca jamás se vio en una ciudad.
Sabida la cosa por los tebanos, salieron inmediatamente tras ellos y alcanzáronlos cerca de la ciudad, peleando con ellos y venciéndolos y desbaratándolos de tal manera, que les hicieron dejar la presa. Después los siguieron hasta el estrecho y allí mataron muchos que no se pudieron embarcar en sus naves a causa de que los que quedaron dentro de ellas para guardarlas, viendo acercarse a los enemigos, las retiraron mar adentro donde estuviesen fuera del peligro de los dardos y armas arrojadizas, y los que no pudieron entrar primero ni sabían donde acogerse, fueron todos muertos. Hubo allí una gran matanza, porque hasta tanto que llegaron a orilla del mar, se retiraban todos juntos en buen orden según tenían por costumbre, de tal manera, que se podían muy bien defender contra la gente de a caballo de los tebanos que eran los primeros que los habían acometido, de suerte que perdieron muy pocos de los suyos, mas después que llegaron a la orilla, a la vista de sus naves, rompieron la ordenanza por codicia de meterse en ellas; también algunos fueron cogidos dentro de la ciudad donde se habían quedado por robar, los cuales asimismo fueron todos muertos; de manera que de mil trescientos tracios que eran, no escaparon sino doscientos cincuenta.
De los tebanos y de otros que fueron con ellos, no murieron más de veinte de a caballo, entre los cuales, uno de los gobernadores de Beocia, llamado Escirfondas, y los que antes dijimos, que fueron muertos dentro de la ciudad, donde se ejecutó aquella crueldad y desventura, que fue la mayor que pudo ocurrir a cualquier villa o ciudad en todo aquel tiempo que duró la guerra.
VI.
Lo que hicieron los capitanes atenienses Demóstenes y Eurimedonte en el camino cuando iban en socorro de los sitiadores de Siracusa. — Auxilio que reciben los sitiados. — Batalla naval entre atenienses y peloponesios junto a Naupacto.
Volvamos a lo que se hacía en Grecia. Después que Demóstenes cercó de muro el lugar de que arriba hemos hablado en tierra de Laconia, partió para pasar a Corcira, y navegando mar adelante, encontró en el puerto de Fía, que está en tierra de Élide, un trirreme cargado de gente de guerra de los corintios, que quería pasar a Sicilia, el cual echó a fondo, aunque los que en él iban se salvaron, y después volvieron a embarcarse en otro y pasaron a Sicilia.
Desde allí fue Demóstenes a Zacinto y Cefalenia, donde tomó alguna gente de guerra que embarcó en sus naves, y después a Naupacto, donde mandó ir a los mesenios.
Desde Naupacto atravesó la mar y pasó a Acarnania, que está de la otra parte en tierra firme, y de allí fue a las villas de Alicia y de Anactorio, que eran del partido de los atenienses. Estando en esto, acaeció que Eurimedonte, que por aquella mar volvía de Sicilia, donde había sido enviado para llevar dinero a la armada, fue a buscar allí a Demóstenes y le dijo, entre otras cosas, que sabía que los siracusanos habían recobrado a Plemirio.
Poco después llegó a ellos Conón, que era el capitán de Naupacto, y les dijo que había veinticinco barcos de los corintios en la costa frente a Naupacto, y no cesaban de ir a acometerles, ni esperaban ya sino la batalla, y por eso les demandó que le proveyesen de naves en número bastante, porque él solo tenía diez y ocho, las cuales no eran bastantes para combatir a veinticinco.
Demóstenes y Eurimedonte accedieron a su demanda y le dieron diez de las suyas, las más ligeras, con las cuales regresó, y ellos partieron para ir a reunir gente, según les habían encargado, a saber: Eurimedonte, enviado por compañero de Demóstenes, a Corcira, donde llenó quince de sus trirremes con gente de la tierra, y Demóstenes por tierra de Acarnania, donde tomó a sueldo todos los honderos y tiradores que pudo para Sicilia.
Después que los embajadores de los siracusanos que habían sido enviados a las otras ciudades de Sicilia para obtener socorro cumplieron su misión y persuadieron a muchos de aquellos a quien demandaban ayuda, cogiendo a sueldo alguna gente de dichas ciudades para llevarlas a Siracusa, Nicias, que fue advertido de ello, envió mensaje a todas las ciudades y villas que eran de su partido por donde había de pasar necesariamente aquella gente de guerra, y principalmente a los de Centóripa y Alicias, para que les impidieran el paso con todo su poder. Los reclutados no podían buenamente ir por otra parte, a causa de que los acragantinos les negaban el paso. A la demanda de Nicias otorgaron de buena gana aquellas ciudades, y pusieron emboscadas al paso en tres partes, las cuales acometieron de improviso a aquella gente de guerra, mataron cerca de ochocientos, y juntamente con ellos a todos los embajadores, excepto uno que era natural de Corinto, el cual llevó todos los que se salvaron a Siracusa, que fueron cerca de mil y quinientos.
Al mismo tiempo llegó a los siracusanos otro socorro, el de los camarineos, que les dieron quinientos hombres muy bien armados y seiscientos tiradores, y los de Gela les enviaron cinco naves, en las cuales iban cuatrocientos ballesteros y doscientos de a caballo.
En efecto, excepto los acragantinos, que eran del partido de los atenienses, la mayor parte de toda la tierra de Sicilia, aunque hasta aquel tiempo no se había declarado, envió socorro a los siracusanos, los cuales, con todo esto, por la pérdida sufrida de los ochocientos hombres en los pasos de Sicilia, como antes se ha dicho, no osaron tan pronto acometer a los atenienses.
Entretanto Demóstenes y Eurimedonte, habiendo reunido gran número de gente, así de Corcira como de la tierra firme, pasaron la mar de Jonia y aportaron en el cabo de Yapigia. En este lugar y en las islas Quérades, allí cercanas, cogieron ciento y cincuenta ballesteros de la nación de los mesapios por consentimiento de Arta, señor de aquel lugar, con el cual renovaron la amistad que antiguamente había entre los atenienses y él.
Partidos de allí fueron a aportar a Metapontio, que está en Italia, donde persuadieron a los de la villa a que les diesen trescientos tiradores y dos naves, por razón de la confederación y alianza antigua que con ellos tenían.
De allí fueron a Turios, donde entendieron que todos aquellos que seguían el partido de los atenienses habían sido lanzados poco antes de la tierra, y pararon algunos días con toda la armada por saber si había quedado en la ciudad alguna persona que fuese del bando de los atenienses, y también por hacer con ellos más estrecha amistad y alianza que tenían antes, a saber: que fuesen amigos de amigos y enemigos de enemigos.
En este tiempo los peloponesios, que tenían los veinticinco trirremes anclados en la playa de Naupacto, para guarda y seguridad de los barcos que habían de pasar por allí con el socorro que enviaban a Siracusa, se preparaban para combatir contra los de los atenienses, que estaban en el puerto de Naupacto, y también habían abastecido de gente otras naves, de manera que serían poco menos en número que los atenienses.
Fueron a echar anclas en una playa de Acaya junto a Eríneo, en Ripas, que tiene forma de media luna. En las rocas que estaban a los lados de aquella costa habían puesto su gente de a pie, así de los corintios como de los de la tierra, de manera que la armada quedaba en medio guardada por la parte de tierra y toda junta. Su capitán era el corintio Poliantes.
Contra esta armada fueron los treinta y tres trirremes atenienses que estaban en el puerto de Naupacto, cuyo capitán era Dífilo; viendo lo cual, los corintios al principio se estuvieron quedos en su sitio, sin salir fuera; mas cuando les pareció que era tiempo, salieron contra los atenienses y combatieron gran rato una armada contra la otra, de manera que fueron tres galeras de los corintios echadas a fondo y de la armada de los atenienses, aunque ninguna fue lanzada a pique, siete quedaron destrozadas en las proas por un saledizo de los corintios que era más fuerte que el suyo, y todos los remos quebrados, de manera que resultaron completamente inútiles para navegar.
La batalla fue tan reñida, que cada cual de las partes pretendía haber conseguido la victoria. Los atenienses recogieron los náufragos y despojos; mas como arreciara el viento se retiraron unos de una parte, y otros de otra, los peloponesios hacia la costa, donde podían estar más seguros a causa de la gente que tenían en tierra, y los atenienses hacia Naupacto.
Cuando así fueron separados, los corintios inmediatamente levantaron trofeo en señal de victoria a causa de que las naves que habían destrozado de los enemigos, eran más en número que las que ellos habían perdido, y les fueron echadas a fondo, teniendo por cierto que no habían sido vencidos por la misma razón que tenían los enemigos para pensar no haber triunfado, pues parecía a los corintios no haber sido vencidos si la victoria de los enemigos no era muy grande, y asimismo los atenienses, por el contrario, se juzgaban casi por derrotados si no alcanzaban gran victoria.
Con todo esto, después que los peloponesios se ausentaron de aquella costa y su gente de a pie que tenían en tierra también se fue, los atenienses levantaron un trofeo en el cabo de Acaya como vencedores, aunque a más de veinte estadios del lugar de Eríneo, donde estaban las naves de los corintios.
Este fin tuvo la batalla naval entre ellos.
VII.
Mientras Demóstenes y Eurimedonte están en camino para reforzar a los atenienses que sitian Siracusa, los siracusanos libran una batalla naval contra los atenienses.
Después que los de Turios se confederaron con los atenienses, según antes se ha dicho, Demóstenes y Eurimedonte escogieron setecientos soldados bien armados y trescientos tiradores, y los hicieron embarcar mandándoles que fuesen derechamente a tierra de Crotona, y cuando pasaron revista a su gente, junto al río Síbaris, los llevaron por tierra de Turios hacia Crotona; pero al llegar al río Hilias vinieron a ellos mensajeros de los crotoniatas y les dijeron que sus señores no querían que pasasen por su tierra, por lo cual tomaron su camino hacia la mar, río abajo. Cuando llegaron al cabo, que está frente adonde el río entra en la mar, asentaron allí su campo, y sus naves fueron allí a aportar.
Embarcados todos, navegaron a lo largo de aquella costa, teniendo negociaciones y tratos con todas las villas y lugares que estaban en ella, excepto la ciudad de Locros; y finalmente llegaron al lugar de Petra, que está en tierra de Regio.
Durante este tiempo, los siracusanos, advertidos de la venida, determinaron tentar de nuevo su fortuna en combate naval; pusieron en orden gran número de gente de a pie por tierra, y también mandaron aparejar muchas naves de otra suerte que hicieron en el primer combate, porque en él habían aprendido, y entendiendo la falta cometida entonces, y remediada ahora, tenían esperanza cierta de alcanzar la victoria.
Habían acortado las puntas de proa a fin de que estuviesen más firmes y recias, y reforzado y armado los lados de sus trirremes con grandes trozos de maderos de seis codos de largo, así por dentro como por fuera, de la misma suerte que los corintios habían hecho con sus naves cuando combatieron contra los atenienses en Naupacto. Parecíales que con esta reforma, acometiendo a las naves de los atenienses, que tenían las proas más largas y delgadas para no embestir por la punta, sino por los lados, evitando que tropezaran las proas, sus trirremes serían tan buenos o mejores que los otros.
Tenían además en cuenta que combatiendo dentro del gran puerto con gran número de naves, no habría espacio ni lugar para ir cercando a la redonda, sino que convendría ir a afrontarse cara a cara, por lo cual siendo las puntas de sus trirremes más fuertes y mejor herradas que las otras, las tropezarían más fácilmente y a su salvo, y por este medio esperaban que aquello mismo que había sido causa en el primer combate de su pérdida, por la ignorancia de sus marineros, para combatir de otra manera que de frente, atacando de proa, les daría ahora la victoria.
Los atenienses por su parte no podrían retirar sus naves a su voluntad para después revolver sobre las de los enemigos, como habían hecho la vez pasada, sino que por necesidad las habían de retirar hacia la parte de la tierra, y allí no tendrían gran espacio para hacerlo, cuanto más que hallarían el ejército de los siracusanos a punto y bastante para hacerles daño y socorrer a los suyos.
Además, hallándose los atenienses en lugar tan estrecho, se estorbarían unos a otros, lo cual les había dañado en gran manera en todos sus combates navales, porque no se podían retirar tan a su salvo como los siracusanos, que tenían el puerto pequeño y también la boca del gran puerto ocupada, y por este medio la retirada por alta mar, y los atenienses poseían el gran puerto que era muy espacioso, y a Plemirio, que estaba frente a la boca del gran puerto.
Así trazaron los siracusanos sus cosas con buena esperanza de victoria por las razones arriba dichas, y la pusieron por obra de esta manera.
Gilipo, poco antes del combate, sacó fuera de la ciudad su gente de a pie, muy cerca del muro de los atenienses por la parte de la ciudad. Por otro lado todos aquellos que estaban en el Olimpieo, así de a caballo como de a pie, armados a la ligera y tiradores, fueron también hacia aquel muro por las dos partes, y poco después salieron las naves de los siracusanos, tanto las suyas propias como las de los aliados.
Cuando los atenienses vieron salir la armada de los enemigos, quedaron muy turbados, porque como poco antes hubiesen visto solamente la gente de a pie ir hacia la muralla, no pensaban que les acometerían además por otras partes.
Replegáronse, pues, y se pusieron en orden de batalla, unos sobre el muro, otros delante y los otros aparte para apoyar a la gente de a caballo y tiradores armados a la ligera; las tripulaciones dentro de sus trirremes, y otras fuerzas a la entrada del gran puerto y a lo largo de la marina para poder socorrer las naves.
Cuando sus barcos estuvieron listos, que serían hasta sesenta y cinco, vinieron a dar en los de los contrarios, que serían ochenta, y combatieron todo aquel día una armada contra la otra, sin que pudiesen hacer cosa de gran importancia de una parte ni de otra, excepto que los siracusanos echaron a pique una nave o dos de los enemigos, y llegada la noche se separaron y retiraron cada uno a su estancia. Lo mismo hicieron los de la ciudad que habían ido contra el muro de los atenienses.
Al día siguiente los siracusanos no presentaron batalla ni mostraron que lo querían hacer, y por esta causa Nicias, que había visto que el día anterior fueron iguales, sospechando que los contrarios quisiesen volver otra vez a tentar fortuna, mandó a los patrones y capitanes que reparasen los trirremes que habían sido maltratados, y sacar las naves que había hecho encerrar en un seno del gran puerto cercado de estacas para mayor seguridad, y que las sacaran a alta mar, apartadas una de otra por espacio equivalente a una fanega de tierra, a fin de que si, combatiendo alguno de sus trirremes, se viese en aprieto, pudiera guarecerse junto a estas naves de carga. En estos trabajos y otros semejantes invirtieron los atenienses todo aquel día y la noche siguiente.
Al otro día por la mañana los siracusanos salieron por mar y por tierra, de la misma suerte que habían salido dos días antes, excepto que fueron a mejor hora, y así combatieron durante la mayor parte del día, de igual manera que habían hecho en el combate precedente, sin que se conociese ventaja de una parte ni de otra.
Entonces el corintio Aristón, que era el mejor piloto que había en toda la armada de los siracusanos, persuadió a los otros capitanes de las naves que enviasen a toda prisa alguna parte de su gente dentro de la ciudad y que él haría lo mismo para ordenar que todos los que tuviesen vituallas dispuestas las trajesen a vender a la orilla del mar a fin de que en seguida comiesen los suyos, volvieran a embarcarse inmediatamente y fuesen a dar sobre los enemigos que estaban desapercibidos.
Hecho así en poco rato, trajeron gran abundancia a la orilla de la mar, y todos a paso quedo se retiraron a comer.
Viendo esto los atenienses, y creyendo que se retiraban como vencidos, ellos también se retiraron y saltaron en tierra, unos para comer y otros para otras ocupaciones, sin pensamiento que aquel día hubiese nuevo combate por mar. Pero al poco rato vinieron los siracusanos, que ya habían comido, a dar sobre ellos de repente, cosa que perturbó mucho a los atenienses y trabajaron por reembarcarse lo más pronto que pudieron con bullicio y desorden, muchos de ellos antes de probar bocado, saliendo frente a los enemigos.
Cuando estuvieron a la vista y bien cerca unos de otros, se pararon los de una parte y de la otra, meditando cómo podrían cada cual acometer al enemigo con ventaja. Mas los atenienses, teniendo por deshonra que los enemigos los sobrepujasen en labor y trabajo, dieron los primeros señal de batalla y embistieron a los enemigos, que los recibieron con las puntas de sus proas que estaban bien armadas y reforzadas, según tenían determinado, de tal manera, que destrozaron gran parte, rompiéndoles las puntas de sus remos, y desde las gavias herían con piedras y otros tiros a muchos de los enemigos que estaban dentro de sus naves.
Pero mucho mayor daño les hacían los barcos ligeros de los siracusanos, que los acometían por todas partes con golpes y tiros, de suerte que los atenienses fueron forzados a huir, y con ayuda de sus barcos se retiraron a su estancia, porque los siracusanos no se atrevieron a seguirles más adelante de los buques colocados según antes se dijo, a causa de tener estos las entenas levantadas muy altas con los delfines[15] de plomo que pendían de ellas, de suerte que sus trirremes no los podían abordar sin peligro de ser destrozados, según sucedió a dos de ellos que se atrevieron a embestir a estos barcos, uno de los cuales fue cogido con todos los que iban dentro.
Finalmente, siete naves de los atenienses fueron echadas a fondo, otras muchas destrozadas, y gran número de los suyos muertos o prisioneros, por razón de cuya victoria los siracusanos levantaron trofeo en señal de triunfo, teniendo para sí que en adelante serían más fuertes que los atenienses por mar y que vencerían al ejército, por lo cual se prepararon para acometerles otra vez.
VIII.
Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. — Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas.
Mientras esto acontecía, Demóstenes y Eurimedonte llegaron al campamento de los atenienses con setenta y tres naves de las suyas y de las de sus aliados, y en las cuales traían cerca de cinco mil combatientes, parte de los de sus pueblos y parte de sus aliados, y con ellos venían otros muchos de los bárbaros tiradores y flecheros, así griegos como extranjeros.
Mucho alarmó esto a los siracusanos, porque no veían medio de poder rechazar tan gran ejército, considerando que si los atenienses, cercados en Decelia, poseían medios para enviar socorro tan grande como el primer ejército, no les podrían resistir en adelante. Tenían además en cuenta que el ejército ateniense, maltratado por ellos, cobraba fuerzas con la venida del nuevo socorro.
Cuando Demóstenes llegó al campamento, comenzó a dar orden para poner en ejecución su empresa y probar sus fuerzas lo más pronto que pudiese por no caer en el mismo error en que antes había caído Nicias, el cual, aunque al principio llegó con tanta estima y reputación, que puso temor y espanto a todos los de Sicilia, por no dirigirse inmediatamente contra Siracusa y gastar mucho tiempo en detenerse en Catana, perdió toda su fama, y Gilipo, a causa de esta tardanza, tuvo tiempo para llevar del Peloponeso el socorro que condujo a Siracusa antes que el otro llegase; socorro que ni aun los mismos siracusanos hubieran demandado si Nicias les sitiara inmediatamente que llegó, pues creían que eran harto bastantes y poderosos para defender su ciudad contra las fuerzas solas de este caudillo.
Considerando todo esto Demóstenes, y también que los enemigos cobrarían temor y espanto por su venida, quiso el mismo día que llegó mostrar sus bríos a los contrarios.
Viendo que el muro fuerte que los siracusanos habían hecho al través del otro de los atenienses para estorbarles que lo acabaran, era flaco y sencillo, y tal que fácilmente le podría derrocar el que ganase a Epípolas, y que en los parapetos que allí habían hecho no tenían mucha gente de defensa que pudiese resistir a sus fuerzas, se apresuró a acometerles, esperando que en breve tiempo vería el fin de aquella guerra, porque tenía propósito o de tomar a Siracusa por fuerza de armas o volver con toda aquella armada a su tierra sin más trabajo para los atenienses, así los que allí estaban en el sitio como los que habían quedado en la ciudad.
Con esta intención los atenienses entraron en las tierras de los siracusanos. Primeramente recorrieron los campos de Anapo y robaron los lugares por tierra con la infantería, y por la mar con la armada, según habían hecho al principio y porque no osaban acudir contra ellos los siracusanos por mar ni por tierra, excepto los de a caballo y algunos tiradores y flecheros que salían del Olimpieo.
Después pareció a Demóstenes buen consejo atacar los fuertes y parapetos de los enemigos con sus pertrechos y máquinas de guerra. Mas cuando estaban ya las máquinas cerca de los parapetos, los siracusanos pusieron fuego y todos los que acometían fueron rechazados, por lo cual Demóstenes mandó retirar su gente, no pareciéndole acertado perder allí más tiempo en balde, sino antes ir a acometer a Epípolas, de lo que persuadió fácilmente a Nicias y a los otros capitanes sus compañeros, mas esto no se podía hacer de día sin que fuesen vistos por los enemigos.
Para realizar esta empresa ordenó que cada soldado hiciese provisión de vituallas para cinco días, y además hizo llamar a todos los canteros y carpinteros que había en el campo y otros muchos obreros y oficiales para que tuviesen piedra y otros materiales necesarios para construir fuertes y parapetos, y con esto gran copia de dardos y demás armas arrojadizas, con intención de hacer un fuerte junto a Epípolas para combatir desde allí, y tomar este si pudiese.
Hecho así, al empezar la noche, Demóstenes, Eurimedonte y Menandro, caminaron con la mayor parte del ejército hacia Epípolas, dejando la guarda de los muros a Nicias, y cuando llegaron a la roca que está junto al lugar llamado Euríelo, antes que las centinelas de los siracusanos que estaban en el primer muro lo sintiesen, tomaron este muro a los enemigos y mataron algunos de aquellos que estaban de guardia; de los demás, la mayor parte se salvaron y avisaron la llegada de los enemigos a la tercera guardia que allí estaba, que era de los siracusanos, de los otros sicilianos y de los aliados. Principalmente los seiscientos siracusanos que guardaban aquella parte de Epípolas, se defendieron valientemente, siendo lanzados por Demóstenes y los atenienses que los siguieron hasta las otras guardias para que no tuvieran tiempo de rehacerse ni a los otros de defenderse, con tanta presteza y diligencia que tomaron los parapetos y baluartes y seguidamente comenzaron a derrocarlos desde lo alto.
Entonces los siracusanos y Gilipo, viendo la osadía de los atenienses, que habían ido a acometer su fuerte de noche, salieron de sus estancias donde estaban de guardia y cargaron sobre ellos, mas al principio fueron rechazados.
Quisieron después los atenienses marchar adelante y sin orden, como gente que ya tenía alcanzada la victoria, y también porque sospechaban que si no se apresuraban a ejecutar su empresa y a derrocar los muros y parapetos, los enemigos tendrían tiempo para volverse a juntar. Trabajaban, pues, lo más que podían en romper y derrocar los muros, mas antes de rechazar a todos los enemigos resistiéronles primeramente los tebanos que sostuvieron su ímpetu, y después los otros, de tal manera, que fueron dispersados y puestos en huida, en cuya derrota hubo gran desorden y pérdida, y muchos males y dificultades que no se podían ver por ser de noche, porque aun de las cosas que se hacen de día no se puede tener certidumbre de la verdad por los que en la pelea se hallan, que apenas puede contar cada uno lo que se ha hecho donde él está o cerca de él, por lo cual querer saber detalladamente todo lo que sucede en un encuentro de noche entre dos grandes ejércitos, es cosa imposible, y aunque había luna clara aquella noche, empero la claridad no era tan grande que se pudiese bien conocer uno a otro aunque se viesen las personas, ni juzgar cuál era amigo o enemigo, cuanto más reuniéndose gran número en poco trecho, así de una parte como de la otra.
Rechazados los atenienses por una parte y separados de los otros que seguían su primera victoria, unos subían sobre los fuertes y reparos de los siracusanos, y otros iban en socorro de los suyos sin saber dónde habían de ir, porque estando los primeros de huida y siendo el ruido grande, no podían entenderse unos a otros ni comprender lo que habían de hacer.
Los siracusanos por la parte que iban victoriosos daban grandes voces, mandando los capitanes lo que habían de hacer, porque de otro modo no se podían entender a causa de la oscuridad de la noche, y asimismo cuando lanzaban a los enemigos que encontraban, prorrumpían en muchos y grandes gritos.
De la otra parte los atenienses buscaban a los suyos, y porque iban de huida sospechaban que todos los que encontraban eran enemigos, no teniendo otro medio para reconocerse sino el apellido, de manera que preguntándose unos a otros hacían mucho ruido, produciendo gran perturbación y dándose a conocer con sus voces a los enemigos, los cuales, porque alcanzaban la victoria y no estaban turbados como los atenienses, se conocían mejor.
Además, si algunos de los siracusanos se hallaban en poco número entre muchos atenienses, nombraban los apellidos de estos y por tal medio se escapaban, lo cual no podían hacer los atenienses, porque sus enemigos no respondían al apellido, y donde quiera que se hallaban más flacos de fuerza eran muertos o perdidos.
Había también otra cosa que les turbaba en gran manera, y era el son de las bocinas y las canciones que cantaban para dar la señal, porque así los enemigos como los que estaban de parte de los atenienses, es decir, los argivos y corcirenses y todos los otros dorios, tocaban y cantaban de una misma manera, por lo cual todas cuantas veces esto se hacía, los atenienses no sabían de qué parte venía el son ni a qué propósito.
Tan grande llegó a ser el desorden, que cuando se encontraban unos a otros se herían amigos con amigos, ciudadanos con ciudadanos, antes que se pudiesen conocer, y los que iban huyendo no sabían qué camino tomar, ocurriendo que muchos se despeñaron de sitios altos, donde morían a manos de los enemigos, a causa de que el lugar de Epípolas está muy alto y tiene pocos senderos y caminos, y estos muy estrechos, de manera que era cosa muy difícil seguirlos, mayormente yendo de huida, aunque algunos de ellos se escapaban y salían a lo llano, y estos eran los que habían estado al principio del cerco, porque conocían la localidad y así se salvaban y volvían a su campo; pero los recién venidos que, en su mayor número, no sabían los caminos, salieron errantes, y viéndoles u oyéndoles por el campo, la gente de a caballo de los enemigos, fueron todos muertos.
Al día siguiente, los siracusanos levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno a la entrada de Epípolas, y otro en el lugar donde los tebanos habían hecho la primera resistencia, y los atenienses, otorgándoles la victoria, les demandaron los muertos para enterrarlos, que fueron muchos. Pero se hallaron más número de arneses que de cuerpos muertos, porque aquellos que huían de noche por las rocas y peñas, siendo forzados a saltar de lo alto a lo bajo, en muchas partes arrojaban las armas por poder huir más fácilmente, y de esta manera se salvaron muchos.
IX.
Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición.
Esta victoria no esperada hizo cobrar ánimo y osadía a los siracusanos como antes, por lo cual, entendiendo que los acragantinos estaban entre sí discordes, enviaron a Sicano con quince galeras para intentar atraerles a su amistad y alianza.
Por otra parte, Gilipo fue por tierra a las ciudades de Sicilia para demandarles socorro de gente, con esperanza de que con este y por la victoria que habían alcanzado los siracusanos en Epípolas, tomarían por fuerza los muros de los atenienses.
Entretanto los capitanes del ejército ateniense estaban con mucho cuidado, considerando la derrota pasada y las dificultades que había en su campo y en la armada, uno y otra con tantas necesidades, que todos en general estaban cansados y trabajados de aquel cerco, mayormente a causa de que en el campamento había muchas enfermedades, por dos razones, una la estación del año, que por entonces era la más sujeta a enfermedad, y otra por el lugar donde tenían asentado el campamento, en sitios pantanosos y bajos, muy incómodos para estar allí de asiento.
Por estas causas, Demóstenes era de opinión que no debiesen esperar más allí, y pues le había resultado mal la empresa de Epípolas, le parecía mejor consejo partir que quedar, porque la mar estaba a la sazón buena de pasar, y con los demás barcos que habían traído consigo, eran más fuertes en mar que los enemigos.
Por otra parte, le parecía cosa más conveniente y necesaria ir a pelear en su propia tierra, donde los enemigos se habían hecho fuertes y habían formado una plaza, que no estar allí gastando tiempo y dinero sobre una villa en tierras lejanas, sin esperanza de tomarla. Este era el parecer de Demóstenes.
Nicias, aunque tenía conocidas todas estas dificultades, no lo quería confesar públicamente en presencia de todos, ni acordar que levantasen el cerco, temiendo que esto llegara a noticia de los enemigos. Además tenía alguna esperanza, porque sabía mejor la situación en que estaban las cosas de la ciudad que ninguno de sus compañeros, y consideraba que el largo cerco resultaba en más daño de los siracusanos y más ventaja suya, porque los enemigos gastarían sus haberes con la gran armada que tenían sobre la mar.
También Nicias tenía sus inteligencias con algunos de la ciudad, que le avisaban en secreto no levantase el cerco.
Por todas estas causas entretenía la cosa, y era contrario al parecer de todos aquellos que querían levantar el sitio, esperando lo que pudiera ocurrir, y decía públicamente que no se había de levantar el cerco ni lo consentiría por su parte, y que sabía de cierto que si esto hacían sin licencia del Senado de Atenas, se lo tomarían a mal. Añadía que los que hubiesen de juzgar en Atenas si lo habían hecho bien o mal, no serían del número de los que estaban en el campamento, y visto los trabajos y necesidades del ejército, sino otros extraños, que no darían fe ni crédito a lo que dijesen los soldados, sino antes a los que les acusasen y les hiciesen cargos con hábiles argumentos, mayormente teniendo en cuenta que los más de los soldados que allí se hallaban y eran de opinión de partir, cuando se viesen en Atenas lo negarían, es decir, que asegurarían no haber sido de tal parecer, sino que los capitanes se dejaron corromper por dinero. Por tanto, aseguraba que el que conociese la naturaleza y condiciones de los atenienses, no querría exponerse al seguro peligro de ser condenado por vil y cobarde, y tendría por mejor sufrir cualquier trabajo y pelear contra los enemigos si fuese menester.
A estas razones añadía la de que los enemigos estaban en mucho peor estado que ellos, porque hacían considerables gastos, pagando hombres mercenarios, cogidos a sueldo, y también manteniendo tan numerosa armada, la cual habían ya entretenido por un año entero para guardar las villas y tierras de sus aliados. Además sufrían grandísima escasez de vituallas y de todas las otras cosas necesarias, de tal manera, que les sería casi imposible sostener por más tiempo aquel gasto.
Aseguraba saber por verdad que habían ya gastado más de dos mil talentos[16], y estaban adeudados en muchos más, y si cesaban de pagar a los soldados mercenarios perderían su crédito, porque la mayor parte de sus fuerzas constaba de estos soldados y extranjeros, antes que de los suyos propios y naturales, lo cual era muy al revés en los atenienses. En estas razones se fundaba para opinar que debían continuar el cerco y no partir de allí, como si ellos tuviesen más necesidad de dinero que los enemigos, estando, por el contrario, mejor provistos que ellos.
Tal fue la opinión de Nicias, teniendo por muy cierta y sabida la necesidad en que estaban los enemigos, principalmente de dinero, y también fundó su parecer en lo que le enviaban a decir aquellos con quien tenía inteligencias secretas en la ciudad, a saber: que de ninguna manera debiera partir, confiando en la armada que tenía por entonces mucho más poderosa que cuando fue vencido antes que le llegase el socorro.
Demóstenes perseveraba en su opinión, que era levantar el cerco y partir para Grecia, y si fuese menester no partir de allí sin licencia de los atenienses, debían retirarse a Tapso o a Catana, desde cuyos lugares podrían recorrer y robar la tierra de los enemigos, y de esta manera mantenerse y ser señores de la mar para poder ir y venir y pelear a su salvo cuando fuese menester, y no estar allí encerrados así por mar como por tierra.
En conclusión, no le parecía en manera alguna que debiesen estar más allí, sino partir inmediatamente sin esperar más.
Eurimedonte era de su mismo parecer; mas por la contradicción de Nicias la cosa se dilataba, tanto más, porque pensaban que Nicias, por tener más conocimiento de las cosas que otro ninguno, no se decidía a esto sin gran razón, y por tales causas la armada se quedó allí por entonces.
Gilipo y Sicano volvieron a Siracusa. Sicano sin poder acabar cosa alguna con los acragantinos, por causa de que aun estando él en la villa de Gela, los que seguían el partido de los siracusanos, habían sido lanzados por los del bando contrario. Mas Gilipo, de su viaje por las ciudades de Sicilia, trajo consigo gran número de gente de guerra de aquella tierra, y con ellos los soldados que los peloponesios habían enviado desde el comienzo de la primavera en las naves de carga y que habían desembarcado en Selinunte, viniendo de las partes de Libia, donde habían aportado en aquel viaje al partir de Grecia. Ayudados y socorridos por los de Cirene con dos galeras y marineros, fueron en socorro de los evesperitas contra los libios, que les hacían guerra, y después de vencer a los libios desembarcaron en Cartago, desde donde hay muy corto trecho hasta Sicilia, de tal manera, que en dos días y una noche habían venido desde allí a Selinunte.
Llegado allí aquel socorro, los siracusanos se apercibieron para acometer de nuevo a los enemigos así por mar como por tierra.
Por otra parte, los atenienses, viendo el socorro que habían recibido los de la ciudad, y que sus cosas iban empeorando de día en día por las enfermedades que aumentaban en el campo, estaban muy arrepentidos de no haber antes levantado el cerco.
También Nicias no lo contradecía tanto como al principio, sino solamente decía que se debía tener la cosa secreta. Por su parecer se dio orden reservada por todo el campo para que se apercibiesen y estuviesen a punto de levantar el campamento al oír la señal de la trompeta. Pero mientras se disponía la partida ocurrió un eclipse de luna estando llena, lo cual muchos de los atenienses tuvieron por mal agüero, y aconsejaron por esto no partir, principalmente Nicias, que daba gran crédito a semejantes agüeros y cosas, y decía que de ninguna manera debían marcharse hasta pasados tres novenarios[17], porque tal era el consejo y parecer de los astrólogos y adivinos, y por este motivo continuaron en aquel sitio.
X.
Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y procuran encerrarlos en el puerto donde estaban.
Habiendo los siracusanos sabido el consejo y deliberación de los atenienses, y que querían levantar el cerco, estaban más animosos y dispuestos a combatirles, porque si deseaban emprender la retirada ocultamente, bien daban a entender que se sentían más flacos de fuerzas por mar y por tierra.
No querían además dar lugar a que, partidos de allí, fuesen a parar a algún lugar de Sicilia de donde les pudiesen hacer más daño que no donde estaban. Por esta causa determinaron obligarles a pelear por mar tan pronto como viesen que les podía ser ventajoso, mandaron embarcar toda su gente y estuvieron quietos por algunos días.
Cuando llegó el tiempo que les pareció oportuno, enviaron primero una parte de la gente de guerra hacia los fuertes y muros de los atenienses, contra los cuales salieron al encuentro por varios portillos algunos atenienses de a pie y de a caballo, aunque eran pocos en número, por lo cual fácilmente les rechazaron y cogieron algunos hombres de a pie y cerca de setenta de a caballo atenienses, como también algunos de los aliados, y hecho esto se retiraron los siracusanos.
Al día siguiente acudieron a dar sobre ellos por mar con setenta y siete naves, y por tierra atacaron también los muros y fuertes.
Los atenienses salieron al mar con ochenta y seis barcos puestos en orden de batalla, cuya extrema derecha tenía Eurimedonte, el cual, empeñado el combate, procuró cercar las naves de los enemigos, y para esto se extendió hacia tierra, con lo cual los siracusanos tuvieron más espacio para embestir a las otras naves atenienses, que quedaron en medio desamparadas de la ayuda y socorro de Eurimedonte, y les dieron caza y pusieron en huida. Después se revolvieron sobre la nave de Eurimedonte que estaba encerrada en lo más hondo del seno del puerto y la echaron a fondo con el mismo Eurimedonte y todos los otros que estaban dentro. Hecho esto dieron caza a las otras naves y las siguieron hasta tierra.
Viendo esto Gilipo y que los barcos de los enemigos habían ya pasado la empalizada que tenían hecha en el mar, y también el lugar donde él tenía su ejército a orilla de la mar para batir a los que bajasen a tierra, y para que los siracusanos pudiesen más a su salvo detener las naves de los atenienses, y observando que los suyos tenían ganada la parte de tierra, fue con algunas de sus tropas a la boca del puerto para ayudar a los siracusanos, mas los tirrenos, que por acaso les cupo la guarda de aquella estancia por los atenienses, les salieron al encuentro, y al principio los rechazaron y pusieron en huida y les dieron caza hasta el lago llamado Lisimelia, mas poco después acudió una banda de los siracusanos y de sus aliados para socorrerles.
Por la otra parte los atenienses salieron de su campamento muy apresurados, así para ayudar a los suyos como para salvar sus naves, y allí hubo un gran combate, en el cual finalmente los atenienses alcanzaron la victoria, mataron gran número de los contrarios y salvaron muchos de sus barcos, aunque todavía quedaron diez y ocho en poder de los enemigos, y los que estaban dentro de ellos todos muertos.
Queriendo los siracusanos quemar las naves que quedaban de los enemigos, llenaron un barco viejo de leña seca y otros materiales y lo lanzaron contra las naves contrarias, teniendo el viento próspero que lo llevaba hacia aquella parte. Pero los atenienses se apresuraron tanto en apagar el fuego y rechazar el barco que escaparon de aquel peligro.
De esta batalla naval, una parte y otra levantaron trofeo en señal de victoria; los siracusanos, por la presa que habían hecho de las naves, y también por la gente que habían cogido y muerto al principio delante de los muros y parapetos de los atenienses, y los atenienses, porque los tirrenos habían rechazado la gente de infantería hasta el lago, y tras ellos los otros aliados de los atenienses habían deshecho una banda de los siracusanos cuando los llevaban de vencida por el mar.
Viendo los atenienses que los siracusanos, amedrentados al principio por el socorro que había traído Demóstenes, consiguieron después una tan gran victoria contra ellos, cobraron miedo y espanto y perdieron corazón, porque les sucedió muy al contrario de lo que pensaban, siendo vencidos en mar por menos número de barcos que ellos tenían, y estaban muy tristes y arrepentidos los más de aquel ejército de haber emprendido la guerra contra Siracusa, que se gobernaba por los mismos estatutos y de la misma suerte y manera que la de Atenas, y cuyos habitantes eran muy poderosos así de barcos de guerra como de gente de a pie y de a caballo, y también porque perdían la esperanza de tener alguna inteligencia con los de dentro para tramar nuevos tratos por odio que tuviesen a los que tenían mando y gobierno, ni menos de poderlos vencer fácilmente por estar tan bien provistos de todos los aprestos de guerra como ellos.
Por esta razón estaban no solamente tristes y pensativos, pero también muy cuidadosos sobre el resultado de la guerra. Y habían perdido más ánimo, porque se veían vencidos en donde menos esperaban, es decir, en el mar.
Los siracusanos por su parte, inmediatamente después de aquella victoria, trabajaron por cercar la estancia de las naves de los atenienses y cerrarles la entrada, de suerte que no pudiesen salir en adelante sin ser vistos, porque ellos no se esforzaban tanto por salvarse, cuanto por procurar que los enemigos no se salvaran, considerando como era la verdad que por entonces les llevaban gran ventaja, y que si les podían vencer, así por mar como por tierra, adquirirían gran fama y renombre en toda Grecia, lo cual no solo les libraba de la servidumbre de los atenienses, sino también del temor de caer en ella en adelante, porque habiendo recibido tan ruda lección los atenienses en Sicilia, no serían en adelante tan poderosos para sostener la guerra contra los peloponesios, y siendo los siracusanos principio y causa de esto, admiraríanles grandemente todos los presentes y por venir.
Y no tan solo por esta razón les parecía cosa loable y conveniente hacer todo su deber para el fin arriba dicho, sino también porque, realizando esto, no vencían únicamente a los atenienses, sino también a otros muchos aliados suyos, siendo la victoria contra ellos y contra todos los demás que habían ido en su ayuda.
Servían además de testigos a su triunfo los que habían ido en su auxilio como caudillos de los lacedemonios y corintios, viendo que, aun estando la ciudad en tanto aprieto, mostraba tan gran poder por mar, porque fueron muchas las naciones que acudieron a esta ciudad, unas para acometerla y otras para defenderla, unos para participar de los robos y despojos no solo de aquella ciudad, sino también de toda la isla de Sicilia, y otros por guardar y conservar sus bienes y hacienda. Todos los que se entremetieron de una parte y de otra, no lo hicieron por razón o afición o por parentesco que tenían unos con otros, sino por alguna vanidad, o por el provecho y necesidad de cada cual. Y para saber por entero quiénes fueron los que intervinieron en esta guerra de una parte y de otra, lo diremos seguidamente.
XI.
Ciudades y pueblos que intervienen en la guerra de Sicilia, así de una parte como de otra.
Los atenienses, que son jonios de origen, habiendo emprendido la guerra contra los siracusanos, que son dorios, tuvieron en su ayuda a los que son de su misma lengua y viven y se rigen conforme a unas mismas leyes, a saber: los lemnios, los imbrios y los eginetas, es decir, los que al presente habitan la ciudad de Egina, los hestieos que viven en la ciudad de Hestiea en Eubea, y muchos otros aliados suyos, unos libres y otros tributarios, y de los súbditos y tributarios de tierra de Eubea.
Vinieron a esta guerra los eretrieos, los calcídeos, los estireos y los caristios desde Eubea. De los isleños los ceos, los andrios y los tenios, y de tierra de Jonia los milesios, los samios, los quiotas, entre los cuales los quiotas no estaban sujetos a tributo de dinero, ni a otra carga, sino solamente a abastecer naves.
Eran casi todos estos jonios, y del bando de los atenienses, excepto los caristios, que son dríopes, pero que por ser súbditos de los atenienses habían sido obligados a acudir a esta guerra contra los dorios. Fueron también los eolios, entre los cuales los metimneos no eran tributarios, sino solamente obligados a dar barcos. Los tenedios y los enios eran tributarios, siendo eolios como los beocios y fundados y poblados por ellos, a pesar de lo cual fueron no menos obligados en esta guerra a ir contra ellos y contra los siracusanos.
No hubo otros de los beocios, excepto los plateenses, por la enemistad capital que tenían con ellos, a causa de las injurias que les habían hecho.
También fueron los rodios, los citereos, que los unos y los otros son dorios de nación, aunque los citereos fueron poblados por los lacedemonios y, sin perjuicio de ello, dieron ayuda a los atenienses contra los lacedemonios que estaban con Gilipo.