LIBRO VII. (continued 2)
Diego Gracián translation
De igual manera los rodios, que eran dorios de nación, como descendientes de los argivos, fueron contra los siracusanos, aunque fuesen dorios, y contra los de Gela, aunque eran poblados por ellos, por ser estos del partido de los siracusanos, aunque unos y otros lo hacían por fuerza.
De las islas que están en torno del Peloponeso, los cefalenios y los zacintos, los cuales, aunque eran libres, por ser isleños, se vieron obligados a seguir a los atenienses.
Aunque los corcirenses eran no solo dorios de nación, sino también corintios, pelearon contra los siracusanos de su nación y dorios como ellos, y contra los corintios, sus pobladores, así por la obligación que tenían con los atenienses, como por odio a los corintios.
También acudieron los de Naupacto y los de Pilos, que se nombraban mesenios, porque estos lugares entonces los poseían los atenienses. Y los desterrados de Mégara, aunque eran pocos en número, por ser enemigos de los otros megarenses que eran del bando de los selinuntios a causa del destierro.
Todos los otros que intervinieron en esta guerra con los atenienses, excepto los arriba nombrados, fueron antes de buen grado que obligados por fuerza, porque los argivos no lo hicieron tanto por razón de la alianza, que no se extendía a esto, cuanto por la enemistad que tenían con los lacedemonios.
Lo mismo ocurrió a los otros dorios que fueron a la guerra con los atenienses contra los siracusanos, que también son dorios de nación, haciéndolo antes por interés particular y provecho de presente que por razón alguna.
En cuanto a los otros que eran jonios, lo hacían por la enemistad antigua que tenían contra los dorios, como los mantineos y los arcadios, que fueron por sueldo, aunque los de Arcadia, que eran aliados de los corintios, tenían a los que estaban con los atenienses por enemigos, y asimismo los de Creta y los de Etolia, de los cuales había en ambas partes, que servían por sueldo, de tal manera que los cretenses, que habían fundado la ciudad de Gela con los rodios, no fueron esta vez a favor de los gelios, sino que, tomados a sueldo por sus enemigos, pelearon contra ellos.
Algunos de los acarnanios, así con esperanza de la ganancia como por la amistad que tenían con Demóstenes, y por afición a los atenienses, recibieron sueldo de ellos. Y estos son los que siguieron el partido de los atenienses en aquella guerra, y los que moran y estaban dentro de la tierra de Grecia hasta el golfo Jonio.
De los italianos acudieron los turios y los metapontios, los cuales vinieron a tanta necesidad por sus disensiones y discordias, que iban a ganar sueldo en aquella guerra, o en otra parte que se lo diesen.
De los sicilianos había los naxios y los cataneos, y de los bárbaros, los egesteos, que fueron causa de la guerra, y otros muchos que moraban en Sicilia, y de los que habitaban fuera de Sicilia, algunos de los tirrenos por ser enemigos de los siracusanos, y asimismo los yápiges, que eran mercenarios.
Todos estos pueblos, ciudades y naciones fueron con los atenienses en aquella guerra contra los siracusanos.
De la parte contraria, en ayuda de los siracusanos, fueron primeramente los camarineos, que eran sus vecinos más cercanos, y los gelios que están detrás de la tierra de estos. Los acragantinos que habitan allí cerca no seguían un partido ni otro, sino que permanecían quietos a la mira. Tras de estos vinieron los selinuntios, y todos los que moran en aquella parte de Sicilia que está frente a Libia.
De los que estaban a la parte del mar Tirreno vinieron los himereos, los cuales en aquella parte son los únicos de nación griega, por lo cual no fueron otros de estos en ayuda de los siracusanos.
De toda la isla acudieron los dorios que vivían en libertad, y de los bárbaros todos aquellos que no habían tomado el partido de los atenienses.
En cuanto a los griegos que estaban fuera de la isla, los lacedemonios enviaron un capitán natural de su ciudad con una compañía de esclavos hilotas, que son los que de esclavos llegan a ser libres. Los corintios les enviaron naves y gentes de guerra, lo que no hicieron ningunos de los otros.
Los leucadios y los ambraciotes, aunque eran sus aliados y parientes, solo les enviaron gente.
De los de Arcadia fueron tan solamente aquellos que los corintios habían tomado a sueldo, y los sicionios obligados a ir por fuerza. De los que habitan fuera del Peloponeso acudieron los beocios.
Además de todas estas naciones extranjeras que acudieron en socorro, las ciudades de Sicilia enviaron gran número de gente de todas clases y gran cantidad de naves, armas, caballos y vituallas.
Pero los siracusanos abastecieron de más gente, y de las demás cosas necesarias para la guerra que todos los otros juntos, así por lo grande y rica que era su ciudad, como por el daño y peligro en que estaban.
Tal fue el socorro y ayuda de una parte y de otra que intervino en la batalla de que arriba hemos hablado, porque después no fueron ningunos otros de parte alguna.
Estando los siracusanos y sus aliados muy ufanos y gozosos por la victoria pasada, que habían alcanzado en la mar, parecioles que adquirían gran honra si pudiesen vencer todo aquel ejército de los atenienses que era muy grande, y procurar que no se pudiesen salvar por mar ni por tierra, y con este propósito cerraron la boca del gran puerto, que tenía cerca de ocho estadios de entrada, con barcos de guerra y mercantes, y toda otra clase de naves puestos en orden, afirmados con sus áncoras echadas, los abastecieron de todas las cosas necesarias, y se apercibieron para combatir, en caso de que los atenienses quisiesen pelear por mar sin dejar de proveer cosa alguna por pequeña que fuese.
XII.
Los siracusanos y sus aliados vencen de nuevo en combate naval a los atenienses, de tal modo que no pueden estos salvarse por mar.
Viéndose los atenienses cercados por los siracusanos, y conociendo los designios de los enemigos, pensaron que era menester consejo, y para ello se reunieron los capitanes, jefes y patrones de naves con el fin de proveer sobre ello, y sobre lo relativo a víveres de que por entonces tenían gran falta, porque habiendo determinado partir, ordenaron a los de Catana que no les enviasen más, y con esto perdieron la esperanza de poderlos tener de otra parte si no era deshaciendo y dispersando la armada de los enemigos.
Por esta causa decidieron desamparar del todo el primer muro y fuerte que habían hecho en lo más alto hacia la ciudad, y retirarse lo más cerca que pudiesen del puerto, encerrándose allí y fortificándose lo mejor que pudieran, con tal de tener espacio bastante para recoger sus bagajes y los enfermos, y abastecer el lugar de gente para guardarle, embarcando todos los otros soldados que tenían dentro de sus barcos buenos y malos, y todo su bagaje con intención de combatir por mar con presteza; si por ventura alcanzaban la victoria, partir derechamente a Catana, y si por el contrario fuesen vencidos en combate naval, quemar todas sus naves y caminar por tierra al lugar más cercano de amigos que pudiesen hallar, ora fuese de griegos o de bárbaros.
Estas cosas, como fueron pensadas fueron puestas por obra, porque inmediatamente abandonaron el primer muro que estaba cerca de la ciudad, se dirigieron hacia el puerto y mandaron embarcar toda su gente sin distinción de edad ni si era a propósito para combatir, reuniendo en todo cerca de 102 buques, dentro de los cuales metieron muchos ballesteros y flecheros de los acarnanios y de los otros extranjeros, además de la otra gente de pelea.
Después de hecho todo esto, Nicias, viendo a su gente de guerra descorazonada por haber sido vencidos por mar contra su opinión, y muy al contrario de lo que pensaban, y que por carecer de provisiones veíanse forzados a aventurar una batalla contra lo que hasta entonces había sucedido, mandó reunirlos y pronunció la siguiente arenga:
«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y confederados que con nosotros aquí estáis, esta batalla que nos conviene dar al presente es necesaria a todos nosotros, porque cada cual trabaja aquí por su salvación y la de su patria, como también lo hacen nuestros enemigos, y si logramos la victoria en este combate naval, como esperamos, podremos volver seguros cada cual a su tierra. Por tanto, debéis entrar en ella con valor y osadía, y no desmayar ni perder ánimo, ni hacer como aquellos que no tienen experiencia alguna en la guerra, los cuales, vencidos una vez en una batalla, en adelante no tienen esperanza ninguna de vencer, antes piensan que siempre les ha de suceder el mismo mal.
»Mas los atenienses, que aquí os halláis, gente curtida y experimentada en lances de guerra, y vosotros también nuestros aliados y confederados, debéis considerar que los fines y acontecimientos de las guerras son inciertas, y que la fortuna es dudosa, pudiendo ser ahora favorable a nosotros como antes lo fue a ellos.
»Con esta confianza, y esperanzados en el esfuerzo y valor de tanta gente, como aquí veis de nuestra parte, preparaos para vengaros de los enemigos y del mal que nos hicieron en la batalla pasada.
»En lo que toca a nosotros, los que somos vuestros caudillos y capitanes, estad ciertos de que no dejaremos de hacer cosa alguna de las que viéremos ser convenientes y necesarias para este hecho, antes teniendo en cuenta la condición del puerto que es estrecho, lo cual produjo nuestro desorden y derrota, y también a los castillos y cubiertas de las naves de los enemigos con los que la vez pasada nos hicieron mucho daño, hemos provisto contra todos estos inconvenientes de acuerdo con los patrones y maestros de nuestras naves, según la oportunidad del tiempo y la necesidad presente lo requiere, lo más y mejor que nos ha sido posible, poniendo dentro de los barcos muchos tiradores y ballesteros en mayor número que antes.
»Si hubiéramos de pelear en alta mar para guardar la disciplina militar y orden marítimo, es muy perjudicial cargar mucho las naves de gente, pero ahora nos será provechoso en la primera batalla, porque combatiremos desde nuestras naves como si estuviéramos en tierra.
»Además hemos pensado otras cosas que serán menester para nuestros barcos, y hallamos unos garfios y manos de hierro para asir de los maderos gruesos que están en las proas de nuestros enemigos con las que la vez pasada nos hicieron todo el daño, para que cuando vengan a embestir contra nosotros, si una vez estuvieren asidos no se puedan retirar a su salvo, puesto que hemos llegado a tal extremo que nos convendrá pelear desde nuestras naves como si estuviésemos en tierra firme.
»Es, pues, necesario que no nos desviemos de las naves de nuestros enemigos cuando nos viéremos juntos, ni les dejemos apartarse de las nuestras.
»Considerando que toda la tierra que nos rodea nos es enemiga, excepto aquella pequeña parte que está junto al puerto donde tenemos nuestra infantería, y teniendo en la memoria todas estas cosas, debéis combatir hasta más no poder sin dejaros lanzar a tierra, sino que cualquiera nave que aferrare con otra, no se aparte de ella sin que primeramente haya muerto o vencido a los enemigos. Y para este hecho os amonesto a todos, no solamente a los que son marineros, sino también a la gente de guerra, aunque esta obra sea más de gente de mar que de ejército de tierra, que esta vez os conviene vencer como en batalla campal, como otras veces habéis vencido.
»Cuanto a vosotros, marineros, os ruego y requiero que no desmayéis por la pérdida que hubisteis en la batalla pasada, viendo que al presente tenéis mejor aparejo de guerra en vuestras naves que teníais entonces, y mayor número de barcos, sino que vayáis osadamente al combate y procuréis conservar la honra antes ganada, y aquellos de entre vosotros que sois considerados como atenienses, porque usáis la lengua y porque tenéis la misma manera de vivir, aunque no lo seáis de nación, y por este medio habéis sido famosos y nombrados en toda Grecia, y participantes de nuestro imperio y señorío por vuestro interés, a saber, por tener obedientes a vuestros súbditos y estar en seguridad respecto de vuestros vecinos y comarcanos, no desamparéis esta vez a vuestros amigos y compañeros, con los cuales solamente tenéis participación y amistad verdadera, y menospreciando los que muchas veces habéis vencido, a saber, los corintios y sicilianos, pues ni unos ni otros tuvieron jamás ánimo ni osadía para resistirnos ni afrontar con nosotros, mientras nuestra armada estuvo en su fuerza y vigor, mostradles que vuestra osadía y práctica en las cosas de mar es mayor en vuestras personas, aunque estéis enfermos y desdichados, que no en las fuerzas y venturas de otros.
»No cesaré de recordar a los que de vosotros sois atenienses, que miréis y penséis bien que no habéis dejado en nuestros puertos otros buques tan buenos como los que aquí están, ni otra gente de guerra en tierra, sino algunos pocos soldados que hemos puesto en guarda del bagaje. Si no consiguiéramos la victoria, nuestros enemigos irán contra ellos y no serán estos poderosos para resistir a los que desembarquen de las naves de los enemigos, ni a los que vendrán por parte de tierra.
»Si esto acontece, vosotros quedaréis en poder de los siracusanos, contra los cuales sabéis muy bien la intención con que vinisteis, y los otros en poder de los lacedemonios.
»Habiendo llegado a tal extremo, os conviene escoger de dos cosas una: o vencer en la batalla o sufrir tamaña desventura; yo os ruego y amonesto, que si en tiempo pasado habéis mostrado vuestra virtud y osadía os esforcéis en mostrarla al presente en esta afrenta, y acordaos todos juntos, y cada cual por lo que a él toca, que en este solo trance se aventura toda nuestra armada, todos los barcos, toda la fuerza de gente, y en efecto, toda la ciudad, todo el señorío, y toda la honra y gloria de los atenienses. Para salvar todo esto, si hay alguno de vosotros que exceda y sobrepuje a otro en fuerzas, industria, experiencia u osadía, jamás tendrá ocasión de poderlo mejor mostrar que en esta jornada, ni para más necesidad suya y de nosotros.»
Habiendo acabado Nicias su arenga, mandó embarcar a todos los suyos en las naves, lo cual pudieron muy bien entender Gilipo y los siracusanos, porque los veían aprestarse para el combate, y también fueron avisados de las manos de hierro que metían en sus barcos, proveyendo remedios contra esto y contra los otros ingenios de los enemigos, y mandando cubrir las proas y las cubiertas de sus naves con cuero, a fin de que las manos y garabatos no pudiesen asir, sino que se colasen y deslizasen por encima del cuero.
Puestas en orden todas sus cosas, Gilipo y los otros capitanes arengaron a su gente de guerra con estas razones:
«Varones siracusanos, y vosotros nuestros amigos y confederados, a mi parecer todos o los más de vosotros debéis saber que si hasta ahora lo habéis hecho bien, de aquí en adelante lo habéis de hacer mucho mejor en la jornada que esperamos, pues con otro intento no hubierais emprendido tan animosamente esta empresa. Y si por ventura hay alguno de vosotros que no lo sepa, será menester que se lo declaremos.
»Primeramente, los atenienses vinieron a esta tierra con intención de sojuzgar a Sicilia, si podían, y después el Peloponeso, y por consiguiente, todo lo restante de Grecia, los cuales aunque tuviesen tan gran señorío como tienen, y fuesen los más poderosos de todos los otros griegos que hasta ahora han sido o serán en adelante, los habéis vencido muchas veces en el mar, donde eran señores hasta ahora.
»Jamás ningunos otros pudieron hacer esto, y es de creer que los venceréis en adelante, porque derrotados algunas veces en el mar, donde a su parecer pensaban exceder y sobrepujar a los otros, pierden gran parte de su orgullo, y en adelante sus pensamientos y esperanzas son mucho menores para consigo mismo que lo eran antes, cuando se consideraban invencibles sobre el agua. Y viéndose engañados en esta ambición, pierden el ánimo y aliento que antes tenían.
»Verosímil es que esto suceda ahora a los atenienses. Y por el contrario, vosotros que habéis tenido osadía para resistirles por mar, aunque no teníais tanta práctica y experiencia de las cosas de ella, llegáis ahora a ser más firmes y valientes por la buena fama y opinión que habéis concebido de vuestro esfuerzo y valentía, a causa de haber vencido a hombres muy bravos y esforzados; y con razón debéis tener doblada la esperanza, que os aprovechará en gran manera, porque los que van a acometer a sus contrarios con probabilidades de vencerlos, van con más ánimo y osadía.
»Aunque nuestros enemigos hayan querido imitarnos, por lo que han aprendido de nosotros, en el apresto de las naves, según vimos en la batalla pasada, no por eso debéis temer cosa alguna, pues estamos más acostumbrados a la guerra de mar que ellos, y por eso no nos sorprenderán con cualquier recurso a que acudan.
»Mientras más número de gente pongan en las cubiertas de sus barcos, se hallarán en más aprieto, como sucede en un combate de tierra, porque los acarnanios y los otros tiradores que traen consigo no podrán aprovechar sus dardos y azagayas estando sentados; y la multitud de barcos que tienen les hará más daño que provecho, porque se estorbarán unos a otros, lo cual sin duda les causará desorden.
»Por eso hace poco al caso que tengan más número de barcos que nosotros, y no debéis temerles, porque mientras más fueren en número, tanta menos atención podrán tener a lo que sus caudillos y capitanes les manden que hagan.
»Por otra parte, los pertrechos y máquinas que tenemos preparados contra ellos, nos podrán servir en gran manera.
»Aunque creo que tenéis noticia del estado en que se encuentran sus cosas actualmente, os lo quiero dar más a entender, porque sepáis que están casi desesperados, así por los infortunios y desventuras que les han sucedido antes de ahora, como por el gran apuro en que se ven al presente; de tal manera, que no confían tanto en sus fuerzas y aprestos, cuanto en la temeridad de la fortuna, determinando aventurarse a pasar por fuerza por medio de nuestra armada y escaparse por alta mar, o si no lo consiguen, desembarcar y tomar su camino por tierra, como gente desesperada que se ve en tal aprieto que por necesidad ha de escoger de dos males el menor.
»Contra esta gente aturdida y desesperada, que parece pelea ya a despecho de la adversa fortuna, nos conviene combatir cuanto podamos, como contra nuestros mortales enemigos, determinando hacer dos cosas de una vez, a saber: asegurando vuestro estado, vengaros de vuestros enemigos, que han venido a conquistaros, hartando nuestra ira y saña contra ellos y, además, lanzarlos de esta tierra, cosas ambas que siempre dan placer y contento a los hombres.
»Que sean nuestros mortales enemigos, ninguno hay de vosotros que no lo sepa y entienda, pues vinieron a nuestra tierra con ánimo determinado, si nos vencieran, de ponernos en servidumbre y usar de todo rigor y crueldad contra nosotros, maltratando a grandes y pequeños, deshonrando a las mujeres, violando los templos y destruyendo toda la ciudad. Por tanto, no debemos tener ninguna compasión de ellos, ni pensar que nos sea provechoso dejarlos partir salvos y seguros, sin exponernos a peligro alguno, porque lo mismo harían si alcanzaran la victoria, partiendo sin nuestro peligro.
»Si queremos cumplir nuestro deber, procuremos dar a estos el castigo que merecen y poner a toda Sicilia en mayor libertad que estaba antes, porque ninguna batalla nos podrá ser más gloriosa que esta, ni tendremos jamás tan buena ocasión para pelear en condiciones tales que si fuéremos vencidos podremos sufrir poco daño, y vencedores, ganar gran honra y provecho.»
Cuando Gilipo y los otros capitanes siracusanos arengaron a los suyos, mandaron embarcar a todos, sabiendo que los atenienses también habían ya embarcado los suyos.
Volvamos, pues, a Nicias, que estaba como atónito al ver el peligro en que se encontraba entonces, y conociendo los inconvenientes que suelen ocurrir en semejantes batallas grandes y sangrientas, no tenía cosa por bien segura de su parte, ni le parecía haber hecho recomendaciones bastantes a los suyos. Por eso mandó de nuevo reunir a los capitanes y maestros, nombrando a cada cual por su nombre y apellido y por los de sus padres, con mucho amor y caricias, según pensaba que a cada cual halagaría más, y rogándoles que no perdiesen su renombre y buena fama en esta jornada, ni la honra que habían ganado sus antepasados por su virtud y esfuerzo, trayéndoles a la memoria la libertad de su patria, que era la más libre que pudiese haber, sin que estuviesen sujetos a persona alguna, y otras muchas cosas que suelen decir los que se ven en tal estado, no para demostrar que les quisiese contar cosas antiguas, sino lo que le parecía ser útil y conveniente para la necesidad presente. Recordoles sus mujeres e hijos, la honra de sus templos y dioses y otras cosas semejantes que acostumbran a decir gentes de valor.
Después que les hubo amonestado con las palabras que le parecían más necesarias, se separó de ellos y llevó la infantería a la orilla del mar, disponiéndola en orden lo mejor que pudo, por animar y dar aliento a los otros que estaban en las naves.
Entonces Demóstenes, Menandro y Eutidemo, que eran capitanes de la armada, navegaron con sus barcos derechamente a la vuelta del puerto cerrado, que los enemigos tenían ya tomado y ocupado, con intención de romper y desbaratar las naves de los enemigos y salir a alta mar. Mas por su parte los siracusanos y sus confederados vinieron con otras tantas naves, parte de ellas hacia la boca del puerto, y parte en torno para embestirles por los dos lados, dejando su infantería a la orilla del mar, para que les pudiesen dar socorro en cualquier lugar que sus barcos abordasen.
Eran capitanes de la armada de los siracusanos, Sicano y Agatarco, los cuales iban en dos alas, a saber: en la punta derecha y en la siniestra, y en medio iban Pitén y los corintios.
Cuando los atenienses se acercaron a la boca del puerto, al primer ímpetu lanzaron las naves de los contrarios, que estaban todas juntas para estorbarles la salida, y trabajaron con todas sus fuerzas por romper las cadenas y maromas con que estaban amarradas. Mas los siracusanos y sus aliados vinieron de todas partes a dar sobre ellos, no tan solamente por la boca del puerto, sino también por dentro de él, y así fue el combate muy cruel y peligroso, más que todos los otros precedentes. De una parte y de otra se oían las voces y gritos de los capitanes y maestros que mandaban a los marineros remar a toda furia, y cada cual por su parte se esforzaba en mostrar su arte e industria.
También la gente de guerra que estaba en los castillos de proa y cubiertas de las naves, procuraba cumplir su deber como los marineros, y guardar y defender el puesto que les fuera señalado. Mas porque el combate era en lugar angosto y estrecho y por ambas partes había poco menos de 200 barcos que combatían dentro del puerto o a la boca de él, no podían venir con gran ímpetu a embestir unos contra los otros, ni había medio de retirarse o revolver, sino que se herían unos a otros donde se encontraban, ora fuese acometiendo, ora huyendo.
Mientras una nave iba contra otra, los que llevaba dentro de los castillos y cubiertas tiraban a los otros gran multitud de dardos, y flechas y piedras, mas cuando aferraban y combatían mano a mano, procuraban los unos entrar en los barcos de los otros, y por ser lugar estrecho acaecía que algunos acometían por un lado, y eran acometidos por otro lado a las veces dos naves contra una, y en algunas partes muchas en torno de una.
Resultado de esta confusión era que los patrones y maestros se turbaban, no sabiendo si convenía defenderse antes que acometer, y si era menester hacer esto por el lado derecho o por el siniestro, y algunas veces hacían una cosa por otra, por lo cual la grita y vocerío era tan grande, que ponía gran espanto y temor a los combatientes, y no se podían bien entender los unos a los otros, aunque los maestros y cómitres de la una parte y de la otra, amonestaban a los suyos, cada cual haciendo su oficio y deber, según que el tiempo lo requería por la codicia que cada cual tenía de vencer.
Los atenienses daban voces a los suyos que rompiesen las cadenas y maromas de los navíos contrarios que les prohibían la salida del puerto, y que si en algún tiempo habían tenido ánimo y corazón lo mostrasen al presente, si querían tener cuidado de sus vidas y tornar salvos a su tierra.
Los siracusanos y sus aliados advertían a los suyos que esta era la hora en que podrían mostrar su virtud y esfuerzo para impedir que los enemigos se salvasen, y conservar y aumentar su honra y la gloria de su patria y nación.
También los generales de ambas partes cuando veían algún barco ir flojamente contra otro, o que los que iban dentro no hacían su deber, llamaban a los capitanes por sus nombres, y les denostaban, a saber, los atenienses a los suyos, diciendo que si por ventura les parecía que la tierra de Sicilia, que era la más enemiga que tenían en el mundo, les fuese más segura que la mar que podían ganar en poco rato. Los siracusanos, por el contrario, decían a los suyos, que si temían a aquellos que no combatían sino por defenderse, y estaban resueltos a huir de cualquier manera que fuese.
Mientras duraba la batalla naval, los que estaban en tierra orilla de la mar sufrían muy gran angustia y cuidado, los siracusanos viendo que pretendían de aquella vez ganar mucha mayor honra que habían alcanzado antes, y los atenienses, temerosos de que les sucediera algo peor que a los que estaban sobre la mar, porque todo su bagaje lo tenían dentro de las naves y estaban expuestos a perderlo.
Mientras la batalla fue dudosa y la victoria incierta, defendían diversas opiniones, porque estaban tan cerca que podían ver claramente lo que se hacía, y cuando veían que los suyos en alguna manera llevaban lo mejor alzaban las manos al cielo y rogaban en alta voz a los dioses que quisieran otorgarles la victoria.
Por el contrario, los que veían a los suyos de vencida lloraban y daban gritos y alaridos.
Cuando el combate era dudoso, de manera que no se podía juzgar quien llevaba la peor parte, hacían gestos con las manos y señales con los cuerpos, según el deseo que tenían, como si aquello pudiera ayudar a los suyos, por el temor que tenían de perder la batalla. Y en efecto, daban tales muestras de sus corazones como si ellos mismos combatieran en persona, y tenían tan gran cuidado o más que los que peleaban, porque muchas veces se veía en aquel combate que por pequeña ocasión los unos se salvaban y otros eran vencidos y desbaratados.
El ejército de los atenienses que estaba en tierra mientras que los suyos combatían en mar, no tan solamente veía el combate, sino que por estar muy cerca oían claramente las voces y clamores, así de los vencedores como de los que eran vencidos, y todas las otras cosas semejantes que se pueden ver y oír en una cruda y áspera batalla de dos poderosos ejércitos. El mismo cuidado y trabajo tenían los que estaban en las naves.
Finalmente, después que el combate duró largo rato, los siracusanos y sus aliados pusieron a los atenienses en huida, y cuando les vieron volver las espaldas, con grandes voces y alaridos les dieron caza y persiguieron hasta tierra. Entonces aquellos de los atenienses que se pudieron lanzar en tierra con más premura se salvaron, y retiraron a su campo. Los que estaban en tierra, viendo perdida su esperanza, con grandes gritos y llantos corrían todos a una, los unos hacia las naves para salvarse, y los otros hacia los muros. La mayor parte estaban en duda de su vida, y miraban a todas partes cómo se podrían salvar, tanto era el pavor y turbación que sufrieron esta vez que jamás le tuvieron igual.
Ocurrió, pues, a los atenienses en este combate naval, lo mismo que ellos hicieron a los lacedemonios en Pilos, cuando después de vencer la armada de estos los derrotaron, y así como los lacedemonios entonces entraron en la isla, así los atenienses esta vez se retiraron a tierra, sin tener esperanza ninguna de salvarse, si no era por algún caso no pensado.
XIII.
Después de la derrota, parten los atenienses de su campamento para ir por tierra a las villas y lugares de Sicilia que seguían su partido.
Pasada esta batalla naval tan áspera y cruel, en la cual hubo gran número de barcos tomados y destrozados, y muchos muertos de ambas partes, los siracusanos y sus aliados, habida la victoria, recogieron sus despojos y los muertos, volvieron a la ciudad y levantaron trofeo en señal de triunfo.
Los atenienses estaban tan turbados de los males que habían visto y veían delante de sus ojos, que no se acordaban de pedir sus muertos ni de recoger sus despojos, sino que solamente pensaban en cómo se podrían salvar y partir aquella misma noche. Había entre ellos diversas opiniones, porque Demóstenes era de parecer que se embarcasen en los buques que les habían quedado y partiesen al rayar el alba, saliendo por el mismo puerto si pudiesen salvarse, y también porque tenían mayor número de barcos que los enemigos, pues se acercaban a sesenta, y los contrarios no contaban cincuenta.
Nicias estaba de acuerdo con Demóstenes; mas cuando determinaron realizar el proyecto, los marineros no quisieron entrar en las naves por el pavor que tenían del combate pasado en que fueron vencidos, pareciéndoles que de ninguna manera podían ser vencedores en adelante, por lo que les fue necesario mudar de propósito, y todos de un acuerdo determinaron salvarse por tierra.
El siracusano Hermócrates, teniendo sospecha, y pensando que sería muy gran daño para los suyos que un ejército tan numeroso fuese por tierra y se rehiciese en algún lugar de Sicilia, desde donde después renovase la guerra, fue derecho a los gobernadores de la ciudad y les dijo que parasen mientes aquella noche en la partida de los atenienses, representándoles por muchas razones los daños y peligros que les podían ocurrir en adelante si les dejaban irse.
Opinaba Hermócrates que toda la gente que había en la ciudad para tomar las armas, así de los de la tierra como de los aliados, fuese a tomar los pasos por donde los atenienses se podían salvar.
Todos aprobaban este consejo de Hermócrates, pareciéndoles que decía verdad, mas consideraban que la gente estaba muy cansada del combate del día anterior, y quería descansar, por lo cual con gran trabajo obedecerían lo que les fuese mandado por sus capitanes.
Además, al día siguiente se celebraba una fiesta a Hércules, en la cual tenían dispuestos grandes sacrificios para darle gracias por la victoria pasada, y muchos querían festejar y regocijar aquel día comiendo y bebiendo, por lo que nada sería más difícil que persuadirles se pusiesen en armas. Por esta razón no estuvieron de acuerdo con el parecer de Hermócrates.
Viendo Hermócrates que en manera alguna lograba convencerles, y considerando que los enemigos podían aquella noche, reparándose, tomar los pasos de los montes que eran muy fuertes, ideó esta astucia. Envió algunos de a caballo con orden de que marchasen hasta llegar cerca de los alojamientos de los atenienses, de suerte que les pudiesen oír, y fingiendo ser algunos de la ciudad que seguían el partido de los atenienses, porque había muchos de estos que avisaban a Nicias de la situación de las cosas de los siracusanos, llamaran a algunos de los de Nicias y les dijeran que aconsejaran a este no moviese aquella noche el campamento si quería hacer bien sus cosas, porque los siracusanos tenían tomados los pasos, de manera que correría peligro si saliese de noche, porque no podría llevar su gente en orden, pero que al amanecer le será fácil ir en orden de batalla con su gente para apoderarse de los pasos más a su salvo.
Estas palabras las comunicaron los que las habían oído a los capitanes y jefes del ejército, quienes pensando que no había engaño ninguno determinaron pasar allí aquella noche y también el día siguiente.
Ordenaron pues al ejército que todos se apercibiesen para partir de allí dentro de dos días, sin llevar consigo cosa alguna, sino solo aquello que les fuese necesario para el uso de sus personas.
Entretanto Gilipo y los siracusanos enviaron a tomar los sitios por donde creían que los atenienses habían de pasar, y principalmente los de los ríos, y pusieron en ellos su gente de guarda.
Por otra parte los de la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves de los atenienses y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses habían determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que se lo pudiese impedir.
Pasado esto, Nicias y Demóstenes dispusieron las cosas necesarias como mejor les pareció, y partieron el cuarto día después de la batalla, que fue una partida muy triste para todos, no solamente porque habían perdido sus barcos y con ellos una tan grande esperanza como tenían al principio de sujetar toda aquella tierra, encontrándose en tanto peligro para ellos y para su ciudad, sino también porque les era doloroso a cada uno ver y sentir que dejaban su campo y bagaje, lastimando sus corazones el pensar en los muertos que quedaban tendidos en el campo y sin sepultura. Cuando encontraban algún deudo o amigo experimentaban gran dolor y miedo, y mayor compasión tenían de los heridos y enfermos que dejaban, por considerarles más desventurados que a los muertos; y los enfermos y heridos tristes y miserables, viendo partir a los otros lloraban y plañían, y llamando a los suyos por sus nombres les rogaban que los llevasen consigo.
Cuando veían algunos de sus parientes y amigos seguían en pos de ellos, deteniéndoles cuanto podían, y cuando les faltaban las fuerzas para seguir más trecho se ponían a llorar, blasfemaban de ellos y les maldecían porque los dejaban. Todo el campo estaba lleno de lágrimas y llanto y por ello la partida se retardaba más, aunque considerando los males que habían sufrido, y los que temían pudieran ocurrirles en adelante, estaban en gran apuro y cuidado, mucho más que mostraban en los semblantes.
Además de estar todos tristes y turbados se culpaban y reprendían unos a otros, no de otra manera que gente que huyese de una ciudad muy grande tomada por fuerza de armas. Porque es cierto que la multitud de los que partían llegaba a cerca de cuarenta mil, y cada uno de estos llevaba consigo las cosas necesarias que podía para su provisión.
La gente de guerra, así de a pie como de a caballo, llevaba cada uno sus vituallas debajo de sus armas, cosa en ellos desacostumbrada, los unos por no fiarse, y los otros por falta de mozos y criados: porque muchos de estos se habían pasado a los enemigos, algunos antes de la batalla, y la mayor parte después.
Los mantenimientos que tenían no eran bastantes ni suficientes para la necesidad presente, porque se habían gastado casi todos en el campamento.
Aunque en otro tiempo y lugar, semejantes derrotas son tolerables en cierta manera por ser iguales así a los unos como a los otros, cuando no van acompañadas de otras desventuras, empero a estos les era tanto más grave y dura cuanto más consideraban la gloria y honra que habían tenido antes, y la miseria y desventura en que habían caído.
Esta novedad tan grande ocurrió entonces al ejército de los griegos, forzado a partir por temor de ser vencido y sujetado por aquellos a quien habían ido a sojuzgar.
Partieron los atenienses de sus tierras con cantos y plegarias y ahora partían con voces muy contrarias, convertidos en soldados de a pie los que antes eran marineros, entendiendo al presente de las cosas necesarias para la guerra por tierra en vez de las de mar. Por el gran peligro en que se veían soportaban todas estas cosas.
Entonces Nicias, viendo a los del ejército desmayados, como quien bien lo entendía, les alentaba y consolaba con estas razones:
«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y compañeros de guerra, conviene tener buen ánimo y esperanza en el estado que nos vemos, considerando que otros muchos se han salvado y escapado de mayores males y peligros.
»No hay por qué quejarse demasiado de vosotros mismos ni por la adversidad y desventura pasadas, ni por la vergüenza y afrenta que, sin merecerlo, habéis padecido, pues si miráis a mí, no me veréis mejor librado que cualquiera de vosotros, ni en las fuerzas del cuerpo, por estar como me veis flaco y enfermo de mi dolencia, ni en bienes y recursos, pues hasta aquí estaba muy bien provisto de todas las cosas necesarias para la vida, y al presente me veo tan falto de medios como el más insignificante de todo el ejército.
»Y verdaderamente yo he hecho todos los sacrificios legítimos y debidos a los dioses y usado de toda justicia y bondad con los hombres, que solo esto me da esfuerzo y osadía para tener buena esperanza en las cosas venideras.
»Pero os veo muy turbados y miedosos, más de lo que conviene a la dignidad de vuestras honras y personas, por las desventuras y males presentes, los cuales acaso se podrán aliviar y disminuir en adelante, porque nuestros enemigos han gozado de muchas venturas y prosperidades, y si por odio o ira de algún dios vinimos aquí a hacer la guerra, ya hemos sufrido pena bastante para aplacarle.
»Hemos visto antes de ahora algunas gentes que iban a hacer guerra a los otros en su tierra, y cumpliendo enteramente su deber, según la manera y costumbre de los hombres, no por eso han dejado de sufrir y padecer males intolerables. Por esto es de creer que de aquí en adelante los mismos dioses nos serán más benignos y favorables, pues a la verdad, somos más dignos y merecedores de alcanzar de ellos misericordia y piedad que no odio y venganza.
»Así, pues, en adelante, parad mientes en vuestras fuerzas, en como vais armados, cuán gran número sois y cuán bien puestos en orden, y no tengáis miedo ni temor, pues donde quiera que llegarais sois bastantes para llenar una ciudad tal y tan buena, que ninguna otra de Sicilia dejará de recibiros fácilmente por fuerza o de grado, y una vez recibidos, no os podrán lanzar fácilmente.
»Guardad y procurad hacer vuestro camino seguro con el mejor orden que pudiereis y a toda diligencia, sin pensar en otra cosa sino en que en cualquier parte o lugar donde fuereis obligados a pelear, si alcanzarais la victoria, allí será vuestra patria y ciudad y vuestros muros.
»Nos será forzoso caminar de noche y de día sin parar, por la falta que tenemos de provisiones, y cuando lleguemos a algún lugar de Sicilia de los que tenían nuestro partido, estaremos seguros, porque estos, por temor a los siracusanos, necesariamente habrán de permanecer en nuestra amistad y alianza, cuanto más que ya les hemos enviado mensaje para que nos salgan delante con vituallas y provisiones.
»Finalmente, tened entendido, amigos y compañeros, que os es necesario mostraros buenos y esforzados, porque de otra manera no hallaréis lugar ninguno en toda esta tierra donde os podáis salvar siendo viles y cobardes. Y si esta vez os podéis escapar de los enemigos, los que de vosotros no son atenienses, volveréis muy pronto a ver las cosas que vosotros tanto deseabais, y los que sois atenienses de nación, levantaréis la honra y dignidad de vuestra ciudad por muy caída que esté, porque los hombres son la ciudad y no los muros, ni menos las naves sin hombres.»
Cuando Nicias animó con estas razones a los suyos, iba por el ejército de una parte a otra, y si acaso veía alguno fuera de las filas, le metía en ellas. Lo mismo hacía Demóstenes el otro capitán con los suyos, y marchaban todos en orden en un escuadrón cuadrado, a saber: Nicias, con los suyos, delante, de vanguardia, y Demóstenes, con los suyos, en la retaguardia, y en medio el bagaje y la otra gente que en gran número no era de pelea.
XIV.
Los siracusanos y sus aliados persiguen a los atenienses en su retirada, y los vencen y derrotan completamente.
De esta manera caminaron en orden los atenienses y sus aliados hasta la orilla del río Anapo, donde hallaron a los siracusanos y sus aliados que les estaban esperando puestos en orden de batalla; mas los atenienses los batieron y dispersaron y pasaron mal de su grado adelante, aunque la gente de a caballo de los siracusanos y los otros flecheros y tiradores que venían armados a la ligera, los seguían a la vista y les hacían mucho daño, hasta tanto que llegaron aquel día a un cerro muy alto, a cuarenta estadios de Siracusa, donde plantaron su campo aquella noche.
Al día siguiente de mañana, partieron al despuntar el alba, y habiendo caminado cerca de veinte estadios, descendieron a un llano, allí reposaron aquel día, así por adquirir algunas vituallas en los caseríos que había, porque era lugar poblado, como también por tomar agua fresca para llevar consigo, pues en todo el camino andado no la encontraron.
En este tiempo los siracusanos se apresuraron a ocupar otro sitio por donde forzosamente habían de pasar los atenienses, que era un cerro muy alto y ariscado, a cuya cumbre no se podía subir por dos lados, y se llamaba Roca de Acras.
Al día siguiente, estando los atenienses y sus aliados en camino, fueron de nuevo acometidos por los caballos y tiradores de los enemigos, de que había gran número, que les venían acosando y hiriendo por los lados, de tal manera, que apenas les dejaban caminar, y después que pelearon gran rato, viéronse forzados a retirarse al mismo lugar de donde habían partido, aunque con menos ventaja que antes, a causa de que no hallaban vituallas, ni tampoco podían desalojar su campo tan fácilmente como el día anterior por la prisa que les daban los enemigos.
Con todo esto, al siguiente día, bien de mañana, se pusieron otra vez en camino, y aunque los enemigos pugnaron por estorbarlo, pasaron adelante hasta aquel cerro donde hallaron una banda de soldados armados de lanza y escudo, y aunque el lugar era bien estrecho, los atenienses rompieron por medio de ellos y procuraron ganarle por fuerza de armas. Mas al fin los rechazaron los enemigos, que eran muchos y estaban en lugar ventajoso, cual era la cumbre del cerro, de donde podían más fácilmente tirar flechas y otras armas a los enemigos. Viéronse los atenienses obligados a detenerse allí sin hacer ningún efecto, y también por estar descargando una tempestad con grandes truenos y lluvia, como suele acontecer en aquella tierra en tiempo del otoño que ya por entonces comenzaba, tempestad que turbó y amedrentó en gran manera a los atenienses, porque tomaban estas señales por mal agüero y como anuncio de su pérdida y destrucción venidera.
Viendo entonces Gilipo que los enemigos habían parado allí, envió una banda de soldados por un camino lateral para que se hiciese fuerte en el camino por donde los atenienses habían venido, a fin de cercarles por la espalda, mas los atenienses que lo advirtieron enviaron una banda de los suyos que lo impidiera y los lanzaron de allí. Hecho esto, se retiraron de nuevo a un campo que estaba cerca del paso donde se habían alojado aquella noche.
Al día siguiente, puestos los atenienses otra vez en camino, Gilipo con los siracusanos dieron sobre ellos por todas partes, y herían y maltrataban a muchos. Cuando los atenienses revolvían sobre ellos, se retiraban los siracusanos, pero al ver estos que los enemigos seguían el camino, atacaban la retaguardia, hiriendo a muchos para poner espanto y temor a todo el resto del ejército, mas resistiendo por su parte cada cual de los atenienses, caminaron cinco o seis estadios hasta tanto que llegaron a un raso donde asentaron, y los siracusanos se volvieron a su campo.
Entonces Nicias y Demóstenes, viendo que su empresa iba mal, tanto por falta que tenían en general de vituallas, como por los muchos que había de su gente heridos, y que siempre tenían los enemigos delante y a la espalda sin cesar de molestarlos por todas partes, determinaron partir aquella noche secretamente, no por el camino que habían comenzado a andar, sino por otro muy contrario que se dirigía hacia la mar e iba a salir a Catana, a Camarina, a Gela y a otras villas que estaban frente a la otra parte de Sicilia habitadas por griegos y bárbaros.
Con este propósito mandaron hacer grandes fuegos y luminarias en diversos lugares por todo el campo, para dar a entender a los enemigos que no querían moverse de allí. Mas según suele acaecer en semejantes casos, cuando un gran ejército desaloja por miedo, mayormente de noche, en tierra de enemigos, y teniéndolos cerca y a la vista, cundió el pavor y la turbación por todo el campamento. Nicias, que mandaba la vanguardia, partió el primero con su gente en buen orden y caminó gran trecho delante de los otros, mas una banda de la gente que llevaba Demóstenes, casi la mitad de ellos, rompieron el orden que llevaban caminando. Con todo esto anduvieron tanto trecho, que al amanecer se hallaban a la orilla de la mar, y tomaron el camino de Heloro a lo largo de aquella playa, por el cual camino querían ir hasta la ribera del río Cacíparis, y de allí dirigirse por tierras altas alejándose de la mar con esperanza de que los sicilianos, a quienes habían avisado, les saliesen delante les vendrían a encontrar, mas al llegar a la orilla del río, hallaron que había allí alguna gente de guerra que los siracusanos enviaron para guardar aquel punto, la cual trabajaba por cerrarles el paso y atajarlo con empalizadas y otros obstáculos, pero por ser pocos fueron pronto rechazados por los atenienses, que pasaron el río y llegaron hasta otro río llamado Eríneo, continuando el camino que los guías les había mostrado.
Los siracusanos y sus aliados, cuando amaneció y vieron que los atenienses habían partido la noche antes, quedaron muy tristes y tuvieron sospecha de que Gilipo había sabido su partida, por lo cual inmediatamente se pusieron en camino para ir tras los enemigos a toda prisa siguiéndoles por el rastro que era fácil conocer, y tanto caminaron, que los alcanzaron a la hora de comer.
Los primeros que encontraron fueron los de la banda de Demóstenes, que por estar cansados y trabajados del camino andado la noche anterior, iban más despacio y sin orden.
Comenzaron primero los siracusanos que llegaron a escaramuzar con ellos y con la gente de a caballo los cercaron por todas partes de modo que les obligaron a juntarse todos en tropel, con tanta mayor facilidad cuanto que el ejército se había dividido ya en dos partes, y Nicias con su banda de gente estaba más de ciento cincuenta estadios delante, porque viendo y conociendo que no era oportuno esperar allí para pelear, hacía apresurar el paso lo más que podía sin pararse en parte alguna, sino cuando le era forzoso para defenderse. Mas Demóstenes no podía hacer esto, porque había partido del campamento después que su compañero, y porque iba en la retaguardia, siendo necesariamente el primero que los enemigos habían de acometer.
Por esta causa necesitaba atender tanto a tener su gente dispuesta para combatir, viendo que los siracusanos les seguían, como para hacerles caminar, de suerte que deteniéndose en el camino fue alcanzado por los enemigos, y los suyos muy maltratados, viéndose obligado a pelear en un sitio cercado de parapetos, y sobre un camino que estaba metido entre unos olivares, por lo cual fueron muy maltrechos con los dardos que les tiraban los enemigos, quienes no querían venir a las manos con ellos a pesar de todo su poder, porque los veían desesperados de poderse salvar, pareciéndole buen consejo no poner su empresa en riesgo y ventura de batalla, cosa que los enemigos habían de desear.
Por otra parte, conociendo que tenían la victoria casi en la mano, temían cometer algún yerro, pareciéndoles que sin combatir en batalla reñida gastando y deshaciendo los enemigos por tales medios, se apoderarían después de ellos a su voluntad.
Así, pues, habiendo escaramuzado de esta suerte todo el día a tiros de mano, y conociendo su ventaja, enviaron un trompeta de parte de Gilipo y de los siracusanos y sus aliados a los contrarios, para hacerles saber primeramente que si había entre ellos algunos de las ciudades y villas isleñas que se quisiesen pasar a ellos serían salvos, y con esto se pasaron algunas escuadras, aunque muy pocas. Después ofrecieron el mismo partido a todos los que estaban con Demóstenes, a saber: que a los que dejasen las armas y se rindiesen les salvarían la vida y no serían puestos en prisión cerrada ni carecerían de vituallas.
Este partido lo aceptaron todos, que pasarían de seis mil, y tras esto cada cual manifestó el dinero que llevaba, el cual echaron dentro de cuatro escudos atravesados que fueron todos llenos de moneda y llevados a Siracusa.
Entretanto, Nicias había caminado todo aquel día hasta que llegó al río Eríneo, y pasado el río de la otra parte alojó su campo en un cerro cerca de la ribera donde el día siguiente le alcanzaron los siracusanos, que le dieron noticia de cómo Demóstenes y los suyos se habían rendido, y por tanto le amonestaban que hiciese lo mismo; pero Nicias no quiso dar crédito a sus palabras y les rogó le dejasen enviar un mensajero a caballo para informarse de la verdad, lo cual le otorgaron.
Cuando supo la verdad por relación de su mensajero, envió a decir a Gilipo y a los siracusanos, que, si querían, convendría y concertaría gustoso con ellos en nombre de los atenienses, que le dejasen ir con su gente salvo, y les pagaría todo el gasto que habían hecho en aquella guerra dándoles en rehenes cierto número de atenienses, los más principales, para que fuesen rescatados una vez pagados los gastos a talento por cabeza.
Gilipo y los siracusanos no quisieron aceptar este partido, y les acometieron por todas partes tirándoles muchos dardos, mientras duró aquel día. Y aunque los atenienses por este ataque quedaron maltrechos y tenían gran necesidad de vituallas, todavía determinaron su partida para aquella noche; ya habían tomado sus armas para marchar cuando entendieron que los enemigos los habían sentido, lo cual conocieron por la señal que daban para acudir a la batalla, cantando su peán y cántico acostumbrado, y por esta causa volvieron a quitarse sus armas, excepto trescientos que pasaron por fuerza atravesando por la guardia de los enemigos con esperanza de poderse salvar de noche.
Llegado el día, Nicias se puso en camino con su gente, mas cuando comenzó a marchar, los siracusanos les acometieren con tiros de flechas y piedras por todas partes, según habían hecho el día antes. Aunque se veían acosados por los enemigos flecheros y los de a caballo, caminaban siempre adelante con esperanza de poder ganar tierra y llegar al río Asínaro, porque les parecía que pasado aquel río podrían caminar con más seguridad, y también lo hacían por poder beber agua, pues estaban todos sedientos. Al llegar a vista del río, fueron todos a una hacia él temerariamente, sin guardar orden alguno, cada cual por llegar el primero. Los enemigos, que los seguían por la espalda, trabajaron por estorbarles el paso, de manera que quedaron en muy gran desorden, porque pasando todos a una, y en gran tropel, los unos estorbaban a los otros, así con sus personas como con las armas y lanzas, de suerte que unos se anegaban súbitamente, y otros se entremetían y mezclaban juntos, arrastrando a muchos la corriente del agua, y los siracusanos, que estaban puestos en dos collados bien altos de una parte y de la otra del río, los perseguían por todos lados con tiros de flechas e hiriéndoles a mano, de tal manera que mataron muchos, mayormente de los atenienses que se paraban en lo más hondo del agua para poder beber más a su placer, a causa de lo cual el agua se enturbió mucho con la sangre de los heridos y el tropel de aquellos que la removían pasando. Ni por eso dejaban de beber, por la gran sed que tenían, antes disputaban entre sí por hacerlo allí donde veían el agua más clara. Estando el río lleno de los muertos, que caían unos sobre otros, y todo el ejército desbaratado, unos junto a la orilla y otros lanzados por los caballos siracusanos, Nicias se rindió a Gilipo, confiándose más de él que no de los siracusanos, y entregándose a discreción suya y de los otros capitanes peloponesios para que hiciesen de él lo que quisieran, pero rogándoles que no dejasen matar a los que quedaban de la gente de guerra de los suyos.
Gilipo lo otorgó, mandando expresamente que no matasen más hombre alguno de los atenienses, sino que los cogieran todos prisioneros, y así, cuantos no se pudieron esconder, de los cuales había gran número, quedaron prisioneros. Los trescientos que arriba dijimos se habían escapado la noche antes, fueron también presos por la gente de a caballo, que los siguió al alcance. Pocos de los de Nicias quedaron prisioneros del estado, porque la mayoría de ellos huyeron por diversas vías desparramándose por toda Sicilia, a causa de no haberse rendido por conciertos, como los de Demóstenes. Muchos de ellos murieron.
La matanza fue en esta batalla más grande que en ninguna de las habidas antes en toda Sicilia mientras duró aquella guerra, porque además de los que murieron peleando hubo gran número de muertos de los que iban huyendo por los caminos o de los heridos que después morían a consecuencia de las heridas. Salváronse, sin embargo, muchos, unos aquel mismo día, y otros la noche siguiente, los cuales todos se acogieron a Catana.
Los siracusanos y sus aliados, habiendo cogido prisioneros los más que pudieron de los enemigos, se retiraron a Siracusa, y al llegar allí enviaron los prisioneros a unas canteras, que era la más fuerte y más segura prisión de todas cuantas tenían. Después de esto mandaron matar a Demóstenes y a Nicias contra la voluntad de Gilipo, el cual tuviera a gran honra, además de la victoria, poder llevar a su vuelta por prisioneros a Lacedemonia los capitanes de los enemigos, de los cuales el uno, Demóstenes, había sido su mortal y cruel enemigo en la derrota de Pilos, y el otro, Nicias, le fue amigo y favorable en la misma jornada; pues cuando los lacedemonios prisioneros en Pilos fueron llevados a Atenas, Nicias procuró cuanto pudo que caminasen sueltos, y usó con ellos de toda virtud y humanidad. Además, trabajó por que se hiciesen los conciertos y tratados de paz entre los atenienses y lacedemonios, por lo que los lacedemonios le tenían grande amor, y esta fue la causa por que él se rindió a Gilipo.
Pero algunos de los siracusanos que tenían inteligencias con él durante el cerco, temiendo que a fuerza de tormentos le obligaran a decir la verdad, como se anunciaba, y que por este medio, en la prosperidad de la victoria, les sobreviniese alguna nueva revuelta, y asimismo los corintios, sospechando que Nicias, por ser muy rico, corrompiese a los guardias y se escapase, y después renovase la guerra, persuadieron de tal manera a todos los aliados y confederados que fue acordado hacerle morir.
Por estas causas y otras semejantes fue muerto Nicias, el hombre entre todos los griegos de nuestra edad que menos lo merecía, porque todo el mal que le sobrevino fue por su virtud y esfuerzo, a lo cual aplicaba todo su entendimiento.
Cuanto a los prisioneros fueron muy mal tratados al principio, porque siendo muchos en número y estando en sótanos y lugares bajos y estrechos, enfermaban a menudo por mucho calor en el verano, y en el invierno por el frío y las noches serenas, de manera que con la mudanza del tiempo caían en muy grandes enfermedades. Además, por estar todos juntos en lugar estrecho, eran forzados a hacer allí sus necesidades, y los que morían así de heridas como de enfermedades los enterraban allí, produciéndose un hedor intolerable. Sufrían también gran falta de comida y bebida, porque solo tenían dos pequeños panes por día, y una pequeña medida de agua cada uno. Finalmente, por espacio de setenta días padecieron en esta guerra todos los males y desventuras que es posible sufrir en tal caso.
Después fueron todos vendidos por esclavos, excepto algunos atenienses e italianos y sicilianos que se hallaron en su compañía.
Aunque sea cosa difícil explicar el número de todos los que quedaron prisioneros, debe tenerse por cierto y verdadero que fueron más de siete mil, siendo la mayor pérdida que los griegos sufrieron en toda aquella guerra, y según yo puedo saber y entender, así por historias como de oídas, la mayor que experimentaron en los tiempos anteriores, resultando tanto más gloriosa y honrosa para los vencedores, cuanto triste y miserable para los vencidos, que quedaron deshechos y desbaratados del todo, sin infantería, sin barcos y de tan gran número de gente de guerra, volvieron muy pocos salvos a sus casas. Este fin tuvo la guerra de Sicilia.
FIN DEL LIBRO SÉPTIMO.