LIBRO VIII.
Diego Gracián translation
SUMARIO.
I. Determinaciones de los atenienses, cuando supieron la derrota de los suyos en Sicilia, para continuar la guerra contra los peloponesios. La mayor parte de Grecia y el rey de Persia pactan confederación contra los atenienses. — II. Los de Quíos, de Lesbos y del Helesponto piden a los lacedemonios que les envíen una armada para resistir a los atenienses, contra los cuales querían rebelarse. Orden que sobre esto fue dada. — III. Algunos barcos de los peloponesios son lanzados del puerto del Pireo por los atenienses. Las ciudades de Quíos, Eritras, Mileto y otras muchas se rebelan contra los atenienses, pasándose a los peloponesios. Primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios. — IV. Los de Quíos, después de rebelarse contra los atenienses, hacen rebelar a Mitilene y a toda la isla de Lesbos. Recóbranla los atenienses y también otras ciudades rebeladas. Vencen a los de Quíos en tres batallas, y roban y talan toda su tierra. — V. Cercando los atenienses la ciudad de Mileto, libran batalla contra los peloponesios, en la cual cada contendiente alcanza en cierto modo la victoria. Sabiendo los atenienses que iba socorro a la ciudad, levantan el sitio y se retiran. Los lacedemonios toman Yaso. Dentro de ella estaba Amorges, que se había rebelado contra el rey Darío, y lo entregan al lugarteniente de este rey. — VI. Cercada la ciudad de Quíos por los atenienses, Astíoco, general de la armada de los peloponesios, no quiere socorrerla. Segundo tratado de confederación y alianza con Tisafernes. — VII. Victoria naval de los peloponesios contra los atenienses. Los caudillos de los peloponesios, después de discutir con Tisafernes algunas cláusulas de su alianza, van a Rodas y la hacen rebelar contra los atenienses. — VIII. Siendo Alcibíades sospechoso a los lacedemonios, persuade a Tisafernes para que rompa la alianza con los peloponesios y la haga con los atenienses. Los atenienses envían embajadores a Tisafernes para ajustarla. — IX. Derrotados los de Quíos en una salida que hicieron contra los sitiadores atenienses, son estrechamente cercados y puestos en grande aprieto. Las gestiones de Alcibíades para pactar alianza entre Tisafernes y los atenienses no dan resultado. Renuévase la alianza entre Tisafernes y los lacedemonios. — X. Gran división entre los atenienses, lo mismo en Atenas que fuera de ella, y en la armada que estaba en Samos, por el cambio de gobierno de su república, que les causó gran daño y pérdida. — XI. Sospechan de Tisafernes los peloponesios porque no les daba el socorro que les había prometido, y porque Alcibíades había sido llamado por los atenienses de la armada, ejerciendo la mayor autoridad entre ellos, que empleaba en bien y provecho de su patria. — XII. Divididos los atenienses por la mudanza en el gobierno popular de la república, procuran establecer algún acuerdo entre ellos. — XIII. Victoria de los peloponesios contra los atenienses cerca de Eretria. El gobierno de los cuatrocientos queda suprimido y apaciguadas las discordias. — XIV. Las armadas de los atenienses y peloponesios van al Helesponto y se preparan para combatir. — XV. Victoria de los atenienses contra los peloponesios en el mar del Helesponto.
I.
Determinaciones de los atenienses, cuando supieron la derrota de los suyos en Sicilia, para continuar la guerra contra los peloponesios. La mayor parte de Grecia y el rey de Persia pactan confederación contra los atenienses.
Cuando llegó a Atenas la noticia de aquel fracaso, no hubo casi nadie que lo pudiese creer; ni aun después que los que habían escapado y llegaron allí lo testificaron, porque les parecía imposible que tan gran ejército fuese tan pronto aniquilado. Mas después que la verdad fue sabida, el pueblo comenzó a enojarse en gran manera contra los oradores que le habían persuadido para que se realizase aquella empresa, como si él mismo no lo hubiera deliberado; y también contra los agoreros y adivinos que le habían dado a entender que esta jornada sería venturosa, y que sojuzgarían a toda Sicilia.
Además del pesar y enojo que tenían por esta pérdida, abrigaban gran temor porque se veían privados, así en público como en particular, de una gran parte de buenos combatientes de a pie como de a caballo; y la mayor parte de los mejores hombres y más jóvenes que tenían.
Tampoco poseían más naves en sus atarazanas, ni dinero en su tesoro, ni marineros, ni obreros para hacer nuevos buques, siendo total su desesperación de poder salvarse, porque pensaban que la armada de los enemigos vendría derechamente a abordar al puerto del Pireo, habiendo alcanzado gran victoria, y viendo sus fuerzas dobladas con los amigos y aliados de los atenienses, muchos de los cuales se habían pasado a los enemigos.
Por todo esto los atenienses no esperaban sino que los peloponesios los acometerían por mar y por tierra. Mas ni por eso opinaron mostrarse de poco corazón ni dejar su empresa, sino antes reunir los más barcos que de todas partes pudiesen; y haciendo esto por todas vías, allegar dinero y madera para construir naves, y además asegurar su amistad con los aliados, especialmente con los de Eubea.
Determinaron también suprimir y ahorrar el gasto que en las cosas de mantenimientos había en la ciudad; y crear y elegir un nuevo consejo de los más ancianos con autoridad y encargo de proveer en todas las cosas sobre todos los otros en lo tocante a la guerra, resueltos como estaban a hacer todo cuanto pudiera remediar su situación, como comúnmente vemos hacer a un pueblo en alarma, y poner en ejecución lo que estaba determinado y deliberado.
Entretanto acabó aquel verano.
En el invierno siguiente casi todos los griegos comenzaron a cambiar de opiniones por la gran pérdida que habían sufrido los atenienses en Sicilia. Los que habían sido neutrales en esta guerra opinaban que no debían perseverar más en aquella neutralidad, sino seguir el partido de los peloponesios, aunque estos no lo solicitaran, porque consideraban con justo motivo que si los atenienses llegasen a alcanzar la victoria en Sicilia, hubieran venido contra ellos. Y por otra parte también les parecía que lo restante de la guerra acabaría pronto, y que de esta manera les honraría grandemente ser partícipes de la victoria.
Respecto a los que ya estaban declarados por los lacedemonios, se ofrecían con más entusiasmo que antes, esperando que la victoria los pondría fuera de todo daño y peligro. Los que eran súbditos de los atenienses estaban más determinados a rebelarse y hacerles más mal que sus fuerzas permitían; tanta era la ira y mala voluntad que contra ellos tenían. Y también porque ninguna razón bastaba a darles a entender que los atenienses pudiesen escapar de ser completamente desbaratados y destruidos en el verano siguiente.
Por todas estas cosas la ciudad de Lacedemonia tenía grande esperanza de alcanzar la victoria contra los atenienses, y especialmente por creer que los sicilianos, siendo sus aliados, y teniendo tan gran número de barcos, así suyos como de los que habían tomado a los atenienses, vendrían a la primavera en su ayuda. Alentados de esta manera por las noticias que de todas partes recibían, determinaron prepararse sin tardanza a la guerra, haciéndose cuenta de que si esta vez alcanzaban la victoria, para siempre estarían en seguridad y fuera de todo peligro; que por el contrario, hubiera sido grande para ellos si los atenienses conquistaran Sicilia, pues bien claro estaba que, de sojuzgarla, se hubieran hecho señores de toda la Grecia.
Siguiendo, pues, esta determinación, Agis, rey de los lacedemonios, partió aquel mismo invierno de Decelia, y fue por mar por las ciudades de los aliados y confederados para inducirles a que contribuyesen con dinero destinado a hacer barcos nuevos, y pasando por el gran golfo Malíaco, hizo allí una gran presa de ganado de los eteos, por causa de la antigua enemistad que los lacedemonios tenían con ellos, presa que Agis convirtió en dinero.
Hecho esto, obligó a los aqueos de Ftiótide y a otros pueblos comarcanos, sujetos a los tesalios, a que diesen una buena suma de moneda y cierto número de rehenes mal su grado, porque le eran sospechosos. Los rehenes los envió a Corinto.
Los lacedemonios ordenaron que entre ellos y sus aliados hicieran cien galeras, y cada uno a prorrata pagase su parte del gasto; ellos veinticinco, los beocios otras tantas, los focenses, locros y corintios, treinta; y los arcadios, peleneos, sicionios, megarenses, trecenios, epidaurios y hermioneos, veinte. En lo demás hacían provisión de todas las otras cosas con intención de comenzar la guerra al empezar el verano.
Por su parte los atenienses aquel mismo invierno, como lo habían deliberado, pusieron toda diligencia en hacer y proveerse de barcos, y los particulares, que tenían materiales a propósito para ellos, los daban sin dificultad alguna. También fortificaron con muralla su puerto de Sunio para que las naves que les trajesen vituallas pudiesen ir con seguridad, y abandonaron los parapetos y fuertes que habían hecho en Laconia cuando fueron a Sicilia.
En lo restante procuraron ahorrar gasto en todo lo que les parecía, que sin ello se podían bien pasar. Pero sobre todas las cosas ponían diligencia en evitar que sus súbditos y aliados se rebelaran.
II.
Los de Quíos, de Lesbos y del Helesponto piden a los lacedemonios que les envíen una armada para resistir a los atenienses, contra los cuales querían rebelarse. — Orden que sobre esto fue dada.
Mientras estas cosas se hacían de una parte y de otra, apresurando lo necesario, como si la guerra hubiera de comenzar al momento, los eubeos, antes que todos los otros aliados de los atenienses, enviaron mensajeros a Agis diciéndole que querían unirse a los lacedemonios.
Agis los recibió benignamente y mandó que fuesen ante él dos de los principales hombres de Lacedemonia para enviarlos a Eubea. Estos eran Alcámenes, hijo de Estenelaidas, y Melantes, los cuales fueron, llevando consigo cuatrocientos libertos o emancipados de esclavitud.
Los lesbios, que también deseaban rebelarse, enviaron igualmente a pedir a Agis gente de guarda para ponerla en su ciudad, y Agis, a persuasión de los beocios, se la otorgó, suspendiendo entretanto la empresa de Eubea y ordenando a Alcámenes, que debía ir allá, fuese a Lesbos con veinte naves; de las cuales Agis abasteció diez y los beocios otras diez.
Todo esto lo hizo Agis sin decir cosa alguna a los lacedemonios, porque tenía el poder y autoridad de enviar gente a donde él quisiese, y de reclutarla también, y de cobrar el dinero y emplearlo según juzgase necesario todo el tiempo que estuviese en Decelia, durante cuyo tiempo todos los aliados le obedecían, en parte más que a los gobernadores de la ciudad de Lacedemonia, porque como tenía la armada a su voluntad, la mandaba ir donde él quería. Por ello se concertó con los lesbios, según se ha dicho.
Por su parte, los de Quíos y los de Eritras, que asimismo querían rebelarse contra los atenienses, hicieron un tratado con los gobernadores y consejeros de la ciudad de Lacedemonia sin saberlo Agis; con ellos fue a la misma ciudad Tisafernes, que era gobernador de la provincia inferior por el rey Darío, hijo de Artajerjes. Andaba Tisafernes solicitando a los peloponesios para que hiciesen la guerra contra los atenienses, y les prometía proveerles de dinero, de lo cual él tenía buena suma, a causa de que por mandato del rey su señor, poco tiempo antes había cobrado un tributo de su provincia, con intención de emplear el dinero del mismo contra los atenienses, a quienes tenía odio y enemistad porque no permitieron que pagaran el tributo las ciudades griegas de la provincia, y porque sabía que eran los que le habían impedido que Grecia le fuese tributaria. Parecíale a Tisafernes que más fácilmente cobraría el tributo si viesen que le quería emplear contra los atenienses, y también que de esta manera lograría la amistad entre los lacedemonios y el rey Darío. Por este camino esperaba además apoderarse de Amorges, hijo bastardo de Pisutnes, el cual, siendo por el rey gobernador de la tierra de Caria, se había rebelado contra él, y recibió orden Tisafernes de hacer lo posible para cogerle vivo o muerto. Sobre esto, Tisafernes se había concertado con los de Quíos.
En estas circunstancias, Calígito de Mégara, hijo de Laofonte, y Timágoras de Cícico, hijo de Atenágoras, ambos desterrados de sus ciudades, fueron a Lacedemonia de parte de Farnabazo, hijo de Farnaces, que los envió de su tierra con objeto de demandar a los lacedemonios barcos y llevarlos al Helesponto, ofreciéndoles hacer todo lo posible para ganar las ciudades de su provincia, que estaban por los atenienses, y deseando también por esta vía hacer amistad entre el rey Darío, su señor, y ellos.
Al saberse estas demandas y ofrecimientos de Farnabazo y Tisafernes en Lacedemonia, sin que los que hacían la una supiesen nada de la otra, hubo discordia entre los lacedemonios, porque unos eran de opinión que primeramente se debían enviar los barcos a Jonia y Quíos, y otros opinaban que se enviasen al Helesponto. Finalmente, el mayor número fue de opinión que se debía primero aceptar el partido de Quíos y de Tisafernes, en especial por la persuasión de Alcibíades, el cual habitaba a la sazón en la casa de Endio, que aquel año era éforo, y su padre también había habitado allí, por razón de lo cual se llamaba Endio, y también por sobrenombre Alcibíades[18].
Pero antes de que los lacedemonios enviasen sus barcos a Quíos, ordenaron a uno que era vecino de aquella ciudad, nombrado Frinis, que fuese a espiar y ver si tenían tan gran número de naves como daban a entender, y también si su ciudad era tan rica y tan poderosa como decía la fama. Volvió Frinis, y dándoles cuenta de que todo era conforme a lo que la fama pública aseguraba, hicieron en seguida alianza y confederación con los quiotas y eritreos, y ordenaron enviar cuarenta trirremes para reunirlos con otros sesenta que los quiotas decían tener, de los cuales habían de enviar al principio cuarenta, y después otros diez con Meláncridas, su capitán de mar, y en vez de este eligieron después a Calcideo, porque Meláncridas murió. De diez naves que había de llevar Calcideo, no llevó más que cinco.
Mientras esto pasaba se acabó el invierno, que fue el decimonono año de la guerra que Tucídides escribió.
Al comienzo de la primavera los de Quíos pidieron a los lacedemonios que les enviasen los barcos que les habían prometido, porque temían mucho que los atenienses fuesen avisados de los tratos que tenían con ellos, y de los cuales ninguna cosa habían sabido hasta entonces. Por esta causa enviaron tres ciudadanos a los de Corinto para avisarles que debían pasar por el Istmo todos los barcos, así los que Agis había dispuesto para enviar a Lesbos, como los otros de la mar a donde ellos estaban, y encaminarlos a Quíos, cuyos barcos eran cuarenta y nueve. Pero porque Calígito y Timágoras no quisieron ir en aquel viaje, los embajadores de Farnabazo tampoco quisieron dar el dinero que les había enviado para pagar la armada, que montaba a veinticinco talentos[19], deliberando hacer con aquel dinero otra armada y con ella ir a donde tenían determinado.
Cuando Agis supo que los lacedemonios habían deliberado enviar primero los barcos a Quíos, no quiso ir contra su determinación, y los aliados, habiendo celebrado consejo en Corinto, opinaron también que Calcideo fuera primero a Quíos, el cual había armado cinco trirremes en Laconia y tres Alcámenes, a quien Agis había escogido por capitán para ir a Lesbos, y finalmente, que Clearco, hijo de Ranfias, fuese al Helesponto. Mas ante todas cosas ordenaron que la mitad de sus buques pasaran con toda diligencia el Istmo antes que los atenienses lo supiesen, temiéndose que estos diesen sobre ellos y sobre los otros que pasasen después. En la otra mar, los trirremes de los peloponesios irían descubiertamente sin ningún temor de los atenienses, porque no veían ni sabían que tuviesen ninguna armada en parte alguna que fuese bastante para combatirles.
III.
Algunos barcos de los peloponesios son lanzados del puerto del Pireo por los atenienses. — Las ciudades de Quíos, Eritras, Mileto y otras muchas se rebelan contra los atenienses, pasándose a los peloponesios. — Primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios.
Conforme a esta determinación, los que lo tenían a cargo transportaron veintiún trirremes por el istmo de Corinto, y aunque hicieron grande instancia a los corintios para que pasasen con ellos, no lo quisieron hacer porque la fiesta que ellos llaman Ístmica se acercaba y querían celebrarla antes de su partida. Agis consintió en que no quebrantaran el juramento que habían hecho de treguas con los atenienses hasta después de pasada aquella fiesta, ofreciéndoles tomar bajo su responsabilidad y nombre la expedición; mas ellos no quisieron acceder, y entretanto que debatían sobre esto, advertidos los atenienses de los conciertos que hacían los quiotas con sus contrarios, enviaron uno de sus ministros, llamado Aristócrates, para darles a entender que obraban mal. Porque ellos negaban el hecho, les mandó que enviasen sus naves a Atenas, según estaban obligados por virtud del tratado de alianza, lo cual no osaron rehusar y mandaron allá siete trirremes. De esto fueron autores algunos que nada sabían del otro tratado, y los que lo sabían temían les sobreviniera daño si lo declaraban al pueblo hasta tanto que tuviesen poder y fuerzas para resistir a los atenienses si quisieran rebelarse contra ellos, no teniendo ya esperanza en que los peloponesios fueran a ayudarles puesto que tanto tardaban.
Entretanto, acabaron los juegos y solemnidades de la fiesta Ístmica, en la cual se hallaron los atenienses, porque tenían salvoconducto para ir a ella, y allí, más claramente, entendieron cómo los quiotas trataban de rebelarse contra ellos.
Por causa de estas noticias, cuando volvieron a Atenas aparejaron sus trirremes para guardar la mar de los enemigos y que no pudiesen partir de Céncreas sin que ellos lo supiesen.
Después de la fiesta enviaron allá veintiún barcos para que se encontrasen con los otros veintiuno que Alcámenes había llevado de los peloponesios, y cuando estuvieron a la vista, procuraron traer a los contrarios mar adentro, fingiendo que se retiraban, pero los peloponesios, después de seguirles un poco al alcance, se volvieron atrás, viendo lo cual los atenienses también se retiraron, porque no se fiaban nada de los siete buques que llevaban de Quíos en compañía de los veintiún trirremes. Mas como después recibieron otra ayuda de treinta y siete trirremes, siguieron a los enemigos hasta un puerto desierto y desechado que está en los extremos y fin de la tierra de los epidaurios, que ellos llaman Espireo, dentro de cuyo puerto se habían refugiado todos los barcos peloponesios, salvo uno que se perdió en alta mar.
En este puerto fueron los atenienses a darles caza por mar, y también pusieron en tierra una parte de sus gentes, de manera que les hicieron gran daño, les destrozaron bastantes trirremes y mataron muchos tripulantes, entre ellos a Alcámenes. También ellos sufrieron algunas pérdidas.
Los atenienses se retiraron, y por dejar cercados a los enemigos, dejaron el número de gente que les pareció en una isla pequeña cerca de allí, donde acamparon y enviaron a toda prisa un barco mercante a los atenienses para que les enviasen socorro.
Al día siguiente acudieron en ayuda de los peloponesios los barcos de los corintios, y tras ellos los de los otros aliados y confederados, los cuales, viendo que les sería muy difícil defenderse en aquel desierto lugar, estaban en gran confusión, y trataron primero de quemar sus naves, mas después resolvieron sacarlas a tierra y que desembarcaran sus gentes para guardarlas hasta que viesen oportunidad de salvarlas. Advertido de esto Agis, les envió un ciudadano de Esparta llamado Termón.
Los lacedemonios sabían ya la partida de los buques desde el Istmo, porque los éforos ordenaron a Alcámenes que les avisase cuando partiera; por esto enviaron con toda diligencia otros cinco trirremes con el capitán Calcideo, al que acompañaba Alcibíades. Pero al saber después que su gente y sus barcos habían huido, se asustaron y perdieron ánimo, porque la primera empresa de guerra que intentaban en el mar de Jonia tuviera tan mala fortuna. Determinaron, pues, no enviar de su tierra más armada, y mandar retirarse la que primero habían enviado.
Alcibíades persuadió otra vez a Endio para que no abandonasen los lacedemonios la empresa de enviar aquella armada a Quíos, porque podría arribar allí antes que los griegos fuesen avisados del mal éxito de los otros barcos, y asegurando que si él mismo iba a Jonia, lograría fácilmente hacer rebelar y amotinar las ciudades que tenían el partido de los atenienses, dándoles a entender la flaqueza y abatimiento de estos y el poder y fuerzas de los lacedemonios en lo que habían emprendido. Y a la verdad, Alcibíades tenía gran crédito con ellos.
Además de esto, Alcibíades daba a entender, a Endio particularmente, que sería glorioso para ellos y honroso para él ser causa de que la tierra de Jonia se rebelase contra los atenienses y en favor de los lacedemonios, y que por esta razón llegaría Endio a ser igual a Agis, rey de los lacedemonios, porque habría hecho esto sin ayuda ni consejo de Agis, al cual Endio era contrario. Y de tal manera persuadió Alcibíades a Endio y a los otros éforos, que le dieron el mando de cinco trirremes, juntamente con el lacedemonio Calcideo, para ir a aquella parte de Quíos, cosa que en breve tiempo hicieron.
Aconteció que al mismo tiempo, volviendo Gilipo después de la victoria de Sicilia a Grecia con diez y seis trirremes peloponesios, encontró cerca de Léucade veintisiete de los atenienses, de los cuales era capitán Hipocles, hijo de Menipo, que allí había sido enviado para encontrar y destrozar los navíos que venían de Sicilia, el cual les infundió gran temor y miedo. Mas al fin se le escaparon todos, salvo uno, y fueron a salir a Corinto.
Entretanto Calcideo y Alcibíades, siguiendo su empresa, tomaban todos los buques que encontraban de cualquier clase que fueran para que de su viaje no dieran aviso, y después los dejaban ir antes de llegar al lugar de Córico, que está en tierra firme. Y habiendo comunicado con algunos de los de Quíos que estaban en la conspiración, les avisaron que no hablasen a persona alguna, lo cual hicieron, y secretamente arribaron a la ciudad de Quíos, antes que ninguno lo supiese.
Muy maravillados y asustados los ciudadanos por aquella llegada, fueron por algunos persuadidos de que se reuniesen en consejo en la ciudad para dar audiencia a los que allí habían arribado, y oír lo que les querían decir. Así lo hicieron, y Calcideo y Alcibíades les declararon que tras ellos iba gran número de naves peloponesios, sin hacerles mención de las que estaban cercadas en Espireo.
Sabido esto por los de Quíos, hicieron alianza con los lacedemonios, y apartáronse de la de los atenienses, y lo mismo aconsejaron hacer después de esto a los eritreos, y también a los clazomenios, los cuales, todos sin dilación, pasaron a tierra firme y fundaron allí una pequeña villa para que, si iban a atacarles en la isla, tener algún lugar para retirarse.
En efecto, todos los que se habían rebelado procuraban fortificar sus murallas y abastecerse de todas las cosas para resistir a los atenienses si iban a acometerles.
Cuando los atenienses supieron la rebelión de los de Quíos tuvieron gran temor de que los otros confederados, viendo aquella tan grande y poderosa ciudad rebelada, no hiciesen lo mismo. Por esta causa, no obstante haber depositado mil talentos para los cien trirremes de que arriba hablamos, y hecho un decreto para que ninguno pudiese hablar ni proponer bajo graves penas cosa alguna para que a ellos se tocase en todo el tiempo que durase la guerra, por el temor que les inspiró aquel suceso, revocaron su decreto y mandaron que se tomase gran suma de aquel dinero, con la cual aparejaron gran número de barcos, y de los que estaban en Espireo mandaron partir ocho al mando de Estrombíquides, hijo de Diotimo, para seguir a los que Calcideo y Alcibíades llevaban, y no los pudieron alcanzar porque estaban ya de vuelta.
Pasado esto enviaron para aquel mismo efecto otros doce buques al mando de Trasicles, los cuales también se habían apartado de los que estaban en Espireo, porque cuando supieron la rebelión de los de Quíos se apoderaron de los siete barcos que tenían suyos en Espireo, y a los esclavos que estaban en ellos les dieron libertad, y los ciudadanos que los tripulaban quedaron prisioneros. En lugar de los que habían desamparado el cerco fueron enviados otros, abastecidos de todo lo necesario, y tenían acordado armar otros treinta buques además de estos. En lo cual pusieron gran diligencia, porque les parecía que ninguna cosa era bastante para recobrar a Quíos.
Estrombíquides con los ocho barcos se fue a Samos, donde tomando otro que allí halló, se dirigió a Teos, y rogó a los ciudadanos que fuesen constantes y firmes, y no hiciesen novedad alguna. Pero a este mismo lugar acudió Calcideo, yendo de Quíos con veinte y tres naves y gran número de gente de a pie que traía, así de Eritras como de Clazómenas. Al saberlo Estrombíquides partió de Teos, y habiendo entrado en alta mar, al ver tan gran número de trirremes se retiró a Samos, donde se salvó, aunque los otros le dieron caza.
Viendo esto los de Teos, aunque al comienzo rehusaron tener guarnición en su ciudad, la recibieron después de que Estrombíquides huyera, y pusieron gentes de a pie de guarnición, eritreos y clazomenios, los cuales, habiendo sabido algunos días antes la vuelta de Calcideo que había seguido a Estrombíquides, y viendo que este no volvía, derribaron los muros de la villa que los atenienses habían hecho por la parte de tierra firme, destruyéndolo con ayuda y a persuasión de algunos bárbaros que, durante esto, allí fueron al mando de Estages, lugarteniente de Tisafernes.
En este tiempo Calcideo y Alcibíades, habiendo dado caza a Estrombíquides hasta el puerto de Samos, regresaron a Quíos, y allí dejaron sus marineros y guarnición, a los cuales armaron como soldados, y pusieron en lugar de ellos dentro de las naves gentes de aquella tierra. También armaron otros veinte buques y se fueron a Mileto, pensando hacer rebelar la ciudad, porque Alcibíades, que tenía grande amistad con muchos de los principales ciudadanos de ella, quería hacer esto antes que los barcos de los peloponesios que allá se enviaban para este efecto llegasen, y ganar esta honra tanto para sí como para Calcideo, y los de Quíos que en su compañía iban; y aun también para Endio que había sido el autor de su viaje. Deseaba, pues, que por su causa se rebelasen y amotinasen muchas ciudades del partido de los atenienses.
Navegando muy de prisa y lo más secretamente que pudieron, arribaron a Mileto poco antes que Estrombíquides y Trasicles, que allí habían sido enviados por los atenienses con doce trirremes, y apresuradamente hicieron que la ciudad siguiese su partido.
Poco después arribaron diez y nueve buques de los atenienses que seguían tras aquellos, los cuales, no siendo recibidos por los milesios, se retiraron a una isla allí cercana, llamada Lade.
Después de la rebelión de Mileto fue hecha por Tisafernes y Calcideo la primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios y sus aliados en esta forma:
«Que las ciudades, tierras, reinos y señoríos que los atenienses tenían se tomasen para el rey y para los lacedemonios juntamente, cuidando que ninguna cosa de ellas quedara en provecho de los atenienses.
»Que el rey y los lacedemonios con sus aliados hiciesen la guerra comúnmente contra los atenienses, y que el uno no pudiese hacer la paz con ellos sin el otro.
»Y que si algunos de los súbditos del rey se rebelasen, los lacedemonios y sus aliados los tuviesen por enemigos, y de igual modo si los súbditos de los lacedemonios o sus aliados se rebelasen y amotinasen, los tuviese el rey por enemigos.»
Y esta fue la forma de la alianza entre ellos.
IV.
Los de Quíos, después de rebelarse contra los atenienses, hacen rebelar a Mitilene y a toda la isla de Lesbos. — Recóbranla los atenienses y también otras ciudades rebeladas. — Vencen a los de Quíos en tres batallas, y roban y talan toda su tierra.
Los de Quíos armaron otros diez navíos, con los cuales se pusieron en camino para ir a la ciudad de Anea, así para saber lo que había hecho la ciudad de Mileto como para inducir a las otras ciudades que eran del partido de los atenienses a que lo dejasen. Pero siendo advertidos por Calcideo de que Amorges iba contra su ciudad con gran ejército por tierra, regresaron hasta el templo de Júpiter, desde el cual vieron ir diez y seis trirremes atenienses que Diomedonte llevaba; quien había sido enviado de Atenas después que Trasicles, y conociendo que eran buques atenienses, una parte de los quiotas se fueron a Éfeso y los otros a Teos.
De estos diez buques los atenienses tomaron cuatro, pero después de que los que estaban dentro hubieran saltado a tierra, los otros se salvaron en el puerto de Teos.
Los atenienses fueron a Samos, mas no por eso los de Quíos, habiendo reunido los otros barcos que escaparon, y también cierto número de gente de a pie, dejaron de inducir a la ciudad de Lébedos a que dejase el partido de los atenienses, y después a la de Heras. Hecho esto se retiraron con sus naves y gente de a pie a sus casas.
Los diez y seis trirremes de los peloponesios que estaban cercados por otros tantos atenienses en Espireo, salieron súbitamente sobre estos y los desbarataron y vencieron, de tal manera, que capturaron cuatro de ellos.
Después se fueron al puerto de Céncreas, a donde proveyeron sus barcos para desde allí ir a Quíos y a Jonia, a las órdenes de Astíoco, que los lacedemonios les enviaron, al cual habían dado el mando de toda la armada.
Cuando la gente de a pie que estaban en Teos partió, llegó Tisafernes, y haciendo derribar lo que quedaba de los muros de los atenienses, se fue.
Poco después llegó allí Diomedonte con veinte trirremes atenienses, e hizo tanto con los de la ciudad que se avinieron a recibirle, mas ningún día se detuvo allí, yendo a Heras con propósito de tomarla por fuerza, lo que no pudo hacer, y por esto se volvió.
Entretanto el pueblo y la comunidad de Samos se puso en armas contra los principales, teniendo consigo en ayuda a los atenienses que habían ido a tomar puerto con tres barcos: mataron doscientos de los más principales, y a otros doscientos los desterraron, confiscando los bienes, así de los muertos como de los desterrados, los cuales repartieron entre sí. Con consentimiento de los atenienses, después que les prometieron perseverar en su amistad, se pusieron en libertad, y ellos mismos se gobernaban sin dar a los desterrados, cuyos bienes tenían, cosa alguna para su alimento, antes y expresamente prohibieron que ninguno pudiese tomar ninguna tierra ni casa de ellos en arrendamiento, ni tampoco dársela.
Mientras esto pasaba, los de Quíos, que habían determinado declararse contra los atenienses, por cuantos medios podían, no cesaban con todas sus fuerzas, sin ayuda de los peloponesios, de solicitar y tener negociaciones con las otras ciudades del partido de los atenienses para apartarlas de él. Lo cual hacían por muchas causas, y la principal para atraer más gente a participar del mismo peligro en que ellos estaban. Con este propósito armaron trece naves, con las cuales fueron contra Lesbos, siguiendo la orden que los lacedemonios habían dado, conforme a la cual se había dicho que la segunda navegación y guerra naval se haría en Lesbos, y la tercera en el Helesponto; pero la gente de a pie que allí había ido, así peloponesios como otros a ellos cercanos, fueron a Clazómenas y a Cime, capitaneándola el espartano Evalas. Diníadas tenía el mando de los buques. Y con esta armada fueron los de Quíos primeramente a Metimna y la hicieron rebelar. Y dejando allí cuatro buques se dirigieron a Mitilene con los otros que les quedaban, consiguiendo también que se rebelara.
Astíoco, jefe de la flota de los lacedemonios, partió a Céncreas con tres buques, vino a Quíos y estuvo allí tres días, donde supo que habían arribado a Lesbos León y Diomedonte con veinticinco barcos atenienses.
Sabido de cierto, partió aquel mismo día por la tarde con un solo barco de Quíos para ir hacia aquella parte, y ver si podría dar algún socorro a los mitilenios, y aquella noche fue a Pirra, y al día siguiente a Éreso, donde supo que los atenienses en el primer combate habían tomado la ciudad de Mitilene de esta manera:
De pronto, y antes de que pudieran apercibirse, llegaron al puerto, donde capturaron los barcos de los de Quíos que allí hallaron. Seguidamente saltaron a tierra, batiendo a los de la villa que acudieron en su defensa, y tomándola por fuerza.
Sabida, pues, esta nueva por Astíoco, desistió de ir a Mitilene, y con los barcos de los eresios y tres de los de Quíos, de los que habían sido capturados por los atenienses en Metimna con Eubulo, su capitán, y después en la toma de Mitilene lograron escaparse, partió a Éreso. Después que hubo puesto buena guarnición en ella, envió por tierra a Antisa la gente de guerra que había dentro de sus barcos, al mando de Eteónico, y él, con sus naves y tres de las de Quíos, se dirigió por el mismo rumbo con esperanza de que los mitilenios, viendo su armada, cobrarían ánimo para perseverar en su rebelión contra los atenienses. Pero viendo que todos sus propósitos resultaban al revés en la isla de Lesbos, volvió a embarcar la gente que había echado a tierra, y regresó a Quíos, donde repartió la gente que tenía así de la mar como de tierra, alojándolos en las villas y lugares hasta que fueran al Helesponto.
Poco después llegaron allí seis barcos de los aliados de los peloponesios, de los que estaban en Céncreas.
Por su parte los atenienses, habiendo ordenado las cosas de Lesbos, fueron a la nueva ciudad que los clazomenios habían edificado en tierra firme, y la batieron y arrasaron del todo; y los ciudadanos que se hallaban dentro volvieron a la antigua ciudad en la isla, excepto los que habían sido autores de la rebelión, que huyeron a Dafnunte. Por este hecho de armas volvió Clazómenas otra vez a la obediencia de los atenienses.
En este mismo verano los veinte trirremes atenienses que se habían quedado en la isla de Lade, cerca de Mileto, echando sus tripulantes a tierra, acometieron a la villa de Panormo, que está en el término de los milesios, y en el combate fue muerto Calcideo, capitán de los lacedemonios, el cual había acudido con pocas tropas para socorrer la villa.
Hecho esto se fueron, y al tercer día hicieron un fuerte que los milesios derribaron después, diciendo que no debían hacer ninguna fortificación en lugar que ellos no hubiesen tomado por fuerza.
Por su parte León y Diomedonte, con los buques que tenían en Lesbos, partieron de allí, y fueron a las islas más cercanas a Quíos; haciéndoles de allí guerra a los de Quíos por mar y por tierra con las tropas de a pie bien armadas que habían hecho organizar a los de Lesbos, según el concierto que con ellos hicieron.
De esta manera recuperaron la ciudades de Cardamila y de Bolisco y las otras cercanas a la tierra de Quíos, obligándolas a volver a su obediencia, mayormente después que derrotaron y vencieron a los de Quíos en tres batallas que contra ellos libraron; la primera delante de la ciudad de Bolisco; la segunda delante de Fanas, y la tercera delante de Leuconio. Después de esta última no osaron salir más de su ciudad.
Por esta causa los atenienses quedaron dueños del campo, y destruyeron y robaron toda aquella rica tierra que no había padecido ningún daño de guerra después de la de los medos.
Eran sus habitantes los más venturosos de cuantos yo haya conocido, y conforme su ciudad crecía y se aumentaba en riquezas, trabajaban para hacer en todo las cosas más magníficas y resplandecientes. Jamás pretendieron rebelarse contra los atenienses, hasta que vieron que otras muchas ciudades poderosas y notables se habían metido en el mismo peligro, y que los negocios de los atenienses iban tan de caída después de la pérdida que sufrieron en Sicilia, que ellos mismos tenían su estado casi por perdido.
Si en esto incurrieron en error los de Quíos, como suele ocurrir en las cosas humanas, lo mismo sucedió a otras muchas personas poderosas y sabias, las cuales tenían por cierto que el estado e imperio de los atenienses en breve tiempo desaparecería.
Viéndose, pues, los de Quíos apremiados por mar y tierra hubo algunos en la ciudad que trataron de entregarla a los atenienses. Advertidos de ello los principales habitantes, ninguna demostración quisieron hacer, llamando a Astíoco que estaba en Eritras, para que fuese con cuatro barcos que tenía, consultando con él la manera más suave de apaciguar los ánimos, tomando rehenes, o por otro medio que mejor le pareciese.
De esta manera estaban los negocios de Quíos.
V.
Cercando los atenienses la ciudad de Mileto, libran batalla contra los peloponesios, en la cual cada contendiente alcanza en cierto modo la victoria. — Sabiendo los atenienses que iba socorro a la ciudad, levantan el cerco y se retiran. — Los lacedemonios toman Yaso. Dentro de ella estaba Amorges, que se había rebelado contra el rey Darío, y lo entregan al lugarteniente de este rey.
Casi al fin de este mismo verano, mil quinientos hombres bien armados, atenienses, y mil argivos, la mitad bien armados y la mitad a la ligera, y otros tantos de sus amigos y aliados, juntamente con cuarenta y ocho naves, aunque había entre ellas algunas barcas para llevar gente, siendo capitanes Frínico, Onomacles y Escirónides, partieron de Atenas y pasaron por Samos, y de allí fueron a poner su campamento junto a Mileto.
Contra ellos salieron ochocientos hombres de la ciudad, bien armados; también los que Calcideo había traído, y cierto número de soldados que Tisafernes tenía, que por acaso se halló en este negocio. Acudieron a la batalla, en la cual los argivos, situados en la extrema derecha, estaban más esparcidos y desviados de lo que era menester, como si quisieran cercar a los enemigos, no mirando que los jonios se encontraban a punto para esperar su ímpetu, y por ello fueron derrotados y puestos en huida, muriendo unos trescientos.
Los atenienses, que formaban la otra ala, habiendo rechazado al empezar la batalla a los peloponesios y bárbaros, juntamente con la otra gente del campo, no combatieron contra los milesios, los cuales, después de dispersar a los argivos, se habían retirado a la ciudad, y como hubiesen ganado la victoria, habían puesto sus tropas junto a los muros, antes de ver que la otra ala de su ejército estaba vencida. En esta batalla, pues, los jonios de entrambas alas alcanzaron la victoria contra los dorios; es a saber: los atenienses contra los peloponesios, y los milesios contra los argivos.
Después de la batalla, los atenienses levantaron trofeo de victoria y determinaron cercar de muros la ciudad por el lado de tierra, porque la mayor parte hacia la mar estaba cercada, teniendo por cierto que si tomaban aquella ciudad, las otras fácilmente vendrían a su obediencia.
Pero aquel mismo día por la tarde tuvieron noticia de que iban contra ellos cincuenta y cinco barcos, así de Sicilia como de los peloponesios, que llegaron muy pronto. Y así era la verdad; porque los siracusanos, a persuasión de Hermócrates, por quebrantar del todo las fuerzas de los atenienses, habían determinado enviar socorro a los peloponesios, y les mandaron veinte barcos de los suyos y dos de los selinuntios, los cuales se habían reunido con los de los peloponesios, que eran veintitrés. Fue encargado el lacedemonio Terímenes de llevarlos todos a Astíoco, almirante y capitán general de toda la armada, y primeramente vinieron a tomar puerto a Leros, que es una isla situada frente a Mileto.
Creyendo que los atenienses estaban sobre la ciudad de Mileto, fueron al golfo de Yaso para saber más pronto lo que se hacía en Mileto, y estando allí supieron la batalla librada junto a Mileto por Alcibíades, que se halló en ella, de parte de los milesios y de Tisafernes, el cual les dio a entender que si no querían dejar perder toda la Jonia y lo más que quedaba, era necesario que acudiesen a socorrer la ciudad de Mileto antes que fuese cercada de muros, y que sería gran daño esperar a que fortificaran el cerco.
Por estas razones determinaron partir al otro día por la mañana para ir a socorrer la ciudad. Mas sabiendo Frínico la llegada de esta armada, aunque sus amigos y compañeros querían esperar para combatir, respondió que nunca consentiría ni permitiría a otros, si pudiese, que aquello se hiciese, diciéndoles y persuadiéndoles que antes del combate era necesario saber primero qué cantidad de barcos tenían los enemigos, y cuántos eran menester para combatirlos. Además, era necesario espacio y tiempo para ponerse en orden de batalla, según convenía; añadiendo, que nunca se tuvo por vergüenza ni por cobardía no quererse aventurar ni exponer a peligro cuando no es menester, por lo cual no era vergonzoso para los atenienses retirarse con su armada por algún tiempo. Antes sería mayor vergüenza que aconteciese ser vencidos de cualquier manera que fuese, y además de la vergüenza, la ciudad de Atenas y su estado quedarían en gran peligro. Considerando las grandes pérdidas que habían sufrido en poco tiempo, dijo que no se debía aventurar todo en una batalla, aunque estuviese segura la victoria y dispuestas todas las cosas necesarias para alcanzarla. Con mayor motivo no estándolo, ni siendo la batalla necesaria. Por todo lo cual, su opinión y parecer era embarcar en sus naves toda la gente, y juntamente con ella las municiones, bagajes y bastimentos, solamente lo que habían llevado, y dejar lo que habían ganado a los enemigos, por no cargar demasiado sus barcos. Hecho esto, retirarse con la mayor diligencia que pudiesen a Samos, y allí, después de haber reunido sus buques, ir a buscar a los enemigos y acometerles con ventaja.
Este parecer fue por todos aprobado, así en esto como en otras muchas cosas que después fueron encargadas a Frínico, siendo siempre elogiado como hombre prudente y sabio.
De esta manera los atenienses, sin acabar su empresa, partieron de Mileto, a la hora de vísperas, y llegados a Samos, los argivos que con ellos estaban, de pesar porque habían sido vencidos, volvieron a sus casas.
Los peloponesios, siguiendo su determinación, partieron a la mañana siguiente, para ir a buscar los atenienses a Mileto, y cuando llegaron supieron la partida de los enemigos. Permanecieron allí un día, tomaron las naves de los Quíos que Calcideo había llevado, y deliberaron sobre volver a Tiquiusa para cargar de nuevo su bagaje, que habían dejado allí cuando partieron.
Cuando llegaron encontraron a Tisafernes y sus gentes de a pie, quien les aconsejó que fuesen a Yaso, donde estaba Amorges, hijo del bastardo Pisutnes y enemigo y rebelde del rey Darío.
Satisfizo a los peloponesios el consejo, y se dirigieron a Yaso con tan gran diligencia que Amorges no supo su llegada; antes cuando los vio venir derechos al puerto pensó que fuesen barcos de Atenas, por cuyo error tomaron el puerto.
Cuando vieron que eran peloponesios, los que en la villa estaban comenzaron a defenderse valientemente; mas no pudieron resistir al poder de los enemigos, especialmente de los siracusanos, que fueron los que mejor lo hicieron en este día.
En esta villa fue preso Amorges por los peloponesios, los cuales le entregaron a Tisafernes, para que, si quería, le enviase al rey, su señor.
El saco de la villa fue dado a los soldados, los cuales hallaron muchos bienes, y especialmente plata, porque había estado largo tiempo en paz y en prosperidad.
Los soldados que Amorges tenía allí, los recibieron los peloponesios a sueldo, y los repartieron en sus compañías, porque había muchos del Peloponeso; y las otras gentes que hallaron en la villa, como también la misma villa, las entregaron los lacedemonios a Tisafernes, pagando cada prisionero cien estateros dáricos[20].
Hecho esto, volvieron a Mileto, y desde allí enviaron a Pedárito, hijo de León, que los lacedemonios habían mandado de gobernador a Quíos, a Eritras por tierra, con los soldados que de Amorges habían adquirido.
En Mileto dejaron por capitán a Filipo, y en esto se pasó el verano.
VI.
Cercada la ciudad de Quíos por los atenienses, Astíoco, general de la armada de los peloponesios, no quiere socorrerla. — Segundo tratado de confederación y alianza con Tisafernes.
Al comienzo del invierno, Tisafernes, después de abastecer muy bien la villa de Yaso, fue a Mileto, y pagó a los soldados que estaban en las naves, según había prometido a los lacedemonios, dando a cada soldado a razón de una dracma ática[21] por paga, y declaró allí que, hasta saber la voluntad del rey, no daría en adelante más de tres óbolos[22].
Hermócrates, capitán de los siracusanos, no quiso contentarse con esta paga, aunque Terímenes, como no era capitán de aquella armada, y solamente tenía encargo de llevarla a Astíoco, no hizo mucha instancia en esto. Y, en efecto, a ruego de Hermócrates se concertó con Tisafernes que la paga en adelante fuese mayor de tres óbolos en toda la armada, excepto en cinco barcos, conviniéndose que de cincuenta y cinco naves que había, cincuenta cobraran paga entera, y los cinco a razón de tres óbolos.
En este invierno, a los atenienses que estaban en Samos, les llegó una nueva armada de treinta y cinco buques al mando de Carmino, Estrombíquides y Euctemón. Y habiendo además sacado otros trirremes, así de Quíos como de otros lugares, determinaron repartir entre ellos aquellas fuerzas; y que una parte de las tripulaciones fuese a asaltar a Mileto, y las gentes de a pie fuesen por mar a Quíos. Para ejecutar esta determinación, Estrombíquides, Onomacles y Euctemón, que tenían encargo de ir con treinta naves y parte de los soldados que habían ido a Mileto, fueron hacia Quíos, que les cupo en suerte, y los otros, sus compañeros, que habían quedado en Samos, partieron con sesenta y cuatro buques hacia Mileto. Advertido de esto Astíoco, que había ido a Quíos para tomar informes de los sospechosos de crimen, cesó de ejecutar lo que se había propuesto; pero sabiendo que Terímenes iba a llegar con gran número de naves y que las condiciones de la alianza se cumplían mal, tomó diez buques peloponesios y otros tantos de los de Quíos, y con ellos fue, y de pasada pensó conquistar la ciudad de Ptéleo, más no pudo y pasó a Clazómenas.
Allí envió a decir a los que estaban por los atenienses que le entregasen la ciudad, y que se fuesen a Dafnunte. Lo mismo les mandó Tamos, embajador de Jonia; mas no lo quisieron hacer; visto lo cual por Astíoco les dio un asalto, y pensó tomar la ciudad fácilmente, porque ninguna muralla tenía, mas no pudo, y partió.
A los pocos días de navegación le sorprendió un viento tan grande que dispersó los buques, de manera que él vino a tomar puerto a Focea, y de allí a Cime, y las otras aportaron a las islas allí cercanas a Clazómenas, a Maratusa, a Pele, a Drimusa, donde hallaron muchos víveres y abastecimientos que los clazomenios habían reunido en ellas.
Detuviéronse allí ocho días, en los cuales gastaron una parte de lo que hallaron, y el resto lo cargaron en sus naves y partieron para Focea y Cime en busca de Astíoco.
Estando allí fueron los embajadores de los lesbios a tratar con Astíoco de entregarle aquella isla, a lo cual muy fácilmente otorgó. Pero como viese que los de Corinto y otros confederados no lo querían consentir, a causa del inconveniente que antes les había ocurrido en dicha isla, partió derecho a Quíos, donde todos los buques se le rindieron.
Finalmente, otra vez fueron dispersados por las tempestades y el viento los echó a diversos lugares, donde fue a hallarlos Pedárito, que había quedado en Eritras, quien trajo después por tierra a Mileto la gente de a pie que tenía, que eran unos quinientos hombres; los cuales procedían de las tripulaciones de los cinco barcos de Calcideo, que los dejó allí con equipos y armas.
Después que estos llegaron, volvieron a ir a Astíoco algunos lesbios, ofreciendo otra vez entregar la ciudad y la isla; lo cual comunicó a Pedárito y a los quiotas, diciéndoles que esto no podía dejar de servir y aprovechar para su empresa; que si la cosa en efecto se realizaba, los peloponesios tendrían más amigos, y si no, resultaría gran daño para los atenienses. Mas como viese que no querían consentir, y que el mismo Pedárito se negaba a darle los buques de los de Quíos, tomó consigo los cinco trirremes corintios y uno de Mégara, además de los suyos que de Laconia había traído, volvió a Mileto, donde tenía el principal cargo, y muy enojado dijo a los de Quíos que no esperasen de él ayuda alguna en ninguna ocasión en que pudiera dársela.
Después fue a tomar puerto a Córico, donde se detuvo algunos días.
Entretanto la armada de los atenienses partió de Samos, fue a Quíos y se colocó al pie de un cerro que estaba entre el puerto y ellos, de tal manera que los que estaban en el puerto no lo advirtieron, ni tampoco los atenienses sabían lo que los otros hacían.
Mientras esto sucedía, Astíoco supo por cartas de Pedárito que algunos eritreos habían sido presos en Samos y después libertados por los atenienses y enviados a Eritras para hacer que su ciudad se rebelase. Inmediatamente se hizo a la vela para volver allá, y no faltó mucho para que cayese en manos de los atenienses. Mas al fin llegó en salvo, y halló a Pedárito que también había ido por la misma causa. Ambos hicieron gran pesquisa sobre aquel caso, y cogieron a muchos que eran tenidos por sospechosos. Pero informados de que en aquel hecho ninguna cosa mala había habido, sino que se había realizado por el bien de la ciudad, les dieron libertad y se volvieron el uno a Quíos y el otro a Mileto.
Durante esto los buques atenienses que pasaban de Córico a Argino encontraron tres naves largas de los de Quíos, y al verlas las siguieron, y comenzaron a darles caza hasta su puerto, a donde con grandísimo trabajo se salvaron a causa de la tormenta que les sobrevino. Tres barcos de los atenienses que los siguieron hasta dentro del puerto se anegaron y perecieron con todos los que dentro iban. Los otros buques se retiraron a un puerto que está junto a Mimante, llamado Fenicunte, y de allí fueron a Lesbos, a donde se rehicieron con nuevas fuerzas y aprestos.
En este mismo invierno el lacedemonio Hipócrates, con diez barcos de Turios, al mando de Dorieo, hijo de Diágoras, uno de los tres capitanes de la armada, y con otros dos, uno de Laconia y otro de Siracusa, pasó del Peloponeso a Cnido, cuya ciudad estaba ya rebelada contra Tisafernes.
Cuando los de Mileto supieron la llegada de aquella armada, enviaron la mitad de sus buques para guardar la ciudad de Cnido, y para custodiar algunas barcas que iban de Egipto cargadas de gente, que mandaba Tisafernes, ordenaron que fuesen los barcos que estaban en la playa de Triopio, que es una roca en el cabo de la región de Cnido, sobre la cual hay un templo de Apolo.
Sabido esto por los atenienses, que estaban en Samos, capturaron los buques estacionados en Triopio, que eran seis, aunque las tripulaciones se salvaron en tierra, y de allí fueron a Cnido. Faltó poco para que los atenienses la tomasen al llegar, porque ninguna muralla tenía. Pero los de dentro se defendieron, y los lanzaron de allí. No por eso dejaron de acometerles al otro día, aunque no hicieron más efecto que el primero, porque las gentes que en la villa estaban habían empleado toda la noche en reparar sus fosos, y la de los barcos que se habían salvado en Triopio, aquella misma noche fueron allí. Viendo los atenienses que ninguna cosa podían hacer regresaron a Samos.
En este tiempo fue Astíoco a Mileto, y halló su armada muy bien aparejada de todo lo necesario, porque los peloponesios proveían muy bien la paga de la gente de armas; los cuales además ganaron mucho dinero en el saco que en Yaso hicieron. Por otra parte los milesios estaban preparados a hacer todo lo posible.
Pero porque la última alianza que Calcideo había hecho con Tisafernes, parecía a los peloponesios poco equitativa y más provechosa a Tisafernes que a ellos, la renovaron y reformaron, conviniéndola Terímenes de la manera siguiente:
«Artículos, conciertos y tratados de amistad entre los lacedemonios y sus confederados y amigos de una parte, y el rey Darío y sus hijos, y Tisafernes, de la otra.
»Primeramente todas las ciudades, provincias, tierras y señoríos que al presente pertenecen al rey Darío, y que fueron de su padre y de sus predecesores, le quedan libres, de suerte que los lacedemonios ni sus amigos confederados puedan ir a ellas para hacer guerra ni daño alguno, ni tampoco puedan imponer tributo de ninguna clase.
»Ni el rey Darío ni ninguno de todos sus súbditos podrán igualmente hacer daño, ni pedir ni cobrar tributo en las tierras de los lacedemonios y sus confederados.
»En lo demás, si algunas de las partes pretende algo de la otra, deberá serle otorgado; de igual modo, la que hubiere recibido algún beneficio, estará obligada a gratificar a la otra, cuando para tal cosa sea requerida.
»Ítem, que la guerra que han comenzado contra los atenienses se acabe comúnmente por las dichas partes; y que sin voluntad de la una, no la pueda dejar la otra.
»Ítem, que toda la gente de guerra que se reclute en la tierra del rey por su orden, sea pagada de su dinero. Y que si algunas ciudades confederadas invadieran algunas de las provincias del rey, las otras se lo prohibirán e impedirán con todo su poder. Por el contrario, si alguno de los vasallos del rey, o alguno de sus súbditos, fuera a tomar y ocupar alguna de las ciudades confederadas o su tierra, el rey los estorbará y prohibirá con todo su poder.»
Después de haber tratado todo esto Terímenes, entregó sus barcos a Astíoco, se fue y nunca más le vieron.
Encontrándose las cosas en este estado, los atenienses que habían ido de Lesbos contra Quíos, teniéndola sitiada por mar y por tierra, determinaron cercar de muro muy grueso el puerto de Delfinio, que era un lugar muy fuerte por tierra, y tenía un puerto asaz seguro, no estando muy lejos de Quíos. Esto aumentó el temor de los de Quíos, muy asustados ya por las grandes pérdidas y daños que habían sufrido a causa de la guerra y también porque entre ellos reinaba alguna discordia, y se hallaban muy fatigados y trabajados por otros casos fortuitos que les habían ocurrido, como el de que Pedárito hubiera muerto al jonio Tideo con toda su gente por sospechar que tenía inteligencias con los atenienses; por razón de lo cual, los ciudadanos que quedaban reducidos a muy pequeño número, no se fiaban unos de otros, y les parecía que ni ellos ni los soldados extranjeros que había traído Pedárito, eran bastantes para acometer a sus enemigos. Determinaron, pues, enviar mensajeros a Astíoco, que estaba en Mileto, suplicándole les socorriese; y porque no lo quiso hacer, Pedárito escribió a los lacedemonios cartas contra él, diciendo que obraba en daño de la república.
De esta suerte tenían los atenienses cercada la ciudad de Quíos, y sus buques, guarecidos en Samos, iban diariamente a acometer a los de sus enemigos en Mileto. Pero viendo que no querían salir del puerto, se volvían.
VII.
Victoria naval de los peloponesios contra los atenienses. — Los caudillos de los peloponesios, después de discutir con Tisafernes algunas cláusulas de su alianza, van a Rodas y la hacen rebelar contra los atenienses.
En el invierno siguiente, concluidos ya los negocios de Farnabazo por mano de Calígito de Mégara, y de Timágoras de Cícico, pasaron veintisiete buques del Peloponeso a Jonia, cerca del solsticio[23], al mando del espartano Antístenes. Con él iban doce ciudadanos que los lacedemonios enviaron a Astíoco para asistirle y ayudarle, y darle consejo en los negocios tocantes a la guerra. Entre ellos, el más principal era Licas, hijo de Arcesilao. Tenían orden de dar aviso a los lacedemonios cuando llegaran a Mileto, y en todas las cosas proveer de tal manera que todo estuviese como convenía en tal negocio. Enviarían (si bien les parecía) los buques que habían llevado, o mayor número, o menos, como el negocio lo exigiera, al Helesponto a Farnabazo, al mando de Clearco, hijo de Ranfias, que iba en su compañía.
También tenían facultades, si les parecía que fuese bueno, para quitar la gobernación y mando de la armada a Astíoco y dársela a Antístenes, porque tenían sospecha de Astíoco por las cartas que Pedárito había escrito contra él.
Partieron, pues, los veintisiete barcos de Malea, y hallaron junto a Melos diez buques atenienses, de los cuales tomaron tres vacíos, que quemaron; y temiendo que los otros, que escaparon, diesen aviso de su llegada a los atenienses, que estaban en Samos (como sucedió), se fueron hacia Creta.
Después de navegar bastante tiempo, llegaron al puerto de Cauno, que está en tierra de Caria.
Pensando estar en lugar seguro, enviaron a decir a los que estaban en Mileto, que no los fueran a buscar.
Mientras tanto los quiotas y Pedárito no cesaban de hacer instancias a Astíoco para que fuese a socorrerlos, pues sabía que estaban cercados, y no debía desamparar la principal ciudad de Jonia, la cual estaba cercada por la parte de mar, y robada por la de tierra.
Decíanle además que en aquella ciudad había mayor número de esclavos que en ninguna otra de Grecia, después de Lacedemonia, y por ser tantos, les tenían gran miedo, y eran más ásperamente perseguidos que en otra parte, con lo cual, estando el ejército de los atenienses junto a la ciudad, y habiendo hecho sus fuertes, trincheras y alojamientos en lugares seguros, muchos de los dichos esclavos huyeron, pasándose a ellos; y como sabían la tierra, hicieron gran daño a los ciudadanos.
Con estas razones demostraban los quiotas a Astíoco que les debía socorrer, y en cuanto pudiera, impedir que acabasen el cerco de Delfinio, que aún no estaba concluido, porque después que lo estuviese, los barcos de los enemigos tendrían allí más espacioso lugar para guarecerse.
Viendo Astíoco las razones que le daban, aunque tenía resuelto no ayudarles como se lo había dicho y afirmado al tiempo que se separó de ellos, determinó socorrerlos. Pero avisado al mismo tiempo de la llegada de los veintisiete barcos y de los doce consejeros a Cauno, le pareció que sería cosa muy conveniente dejar todos los otros negocios para ir a buscar los diez barcos, con los cuales sería dueño de la mar, y traer los consejeros para que en completa seguridad le dijeran sus opiniones. Prescindió, pues, de la navegación proyectada a Quíos, y fue derecho a Cauno.
Al pasar cerca de Merópide, hizo saltar su gente en tierra y saqueó la villa, la cual había sido arruinada por causa de un temblor de tierra tan grande que no había memoria de otro mayor, y que no solamente derribó los muros de la villa sino también la mayor parte de las casas.
Los ciudadanos, advirtiendo la llegada de los enemigos, huyeron, parte de ellos a las montañas, y otra parte por los campos, de tal manera, que los peloponesios tomaron todo lo que quisieron de aquella tierra, llevándolo a sus barcos, excepto los hombres libres, que dejaron ir.
Desde allí fue Astíoco a Cnido, en donde al llegar, y cuando ordenaba a su gente saltar a tierra, le avisaron los de la villa que cerca había veinte naves atenienses al mando de Carmino, uno de los capitanes de Atenas, que por entonces estaban en Samos, y a quien habían enviado para espiar el paso de los veintisiete buques que iban del Peloponeso, en busca de los cuales iba también Astíoco; y le habían dado los otros capitanes comisión de costear el paso de Sime, de Calce, de Rodas y de Licia, porque ya habían sido advertidos los atenienses que la armada de los peloponesios estaba en Cauno.
Estando, pues, Astíoco avisado de esto, quiso ocultar su viaje y caminó hacia Sime por ver si podría encontrar los dichos veinte buques. Mas sobrevino un tiempo de aguas tan turbio y oscuro, que no los pudo descubrir, ni menos aquella noche guiar, y tener los suyos en orden, de tal manera, que al amanecer, los que estaban a la extrema derecha, se hallaron a la vista de los enemigos, metidos en alta mar; y los que estaban a la izquierda, iban aún navegando alrededor de la isla.
Cuando los atenienses los vieron, pensando que fuesen los que habían estado en Cauno, y a los cuales iban espiando, los acometieron con menos de veinte naves. Al llegar a ellos, al primer encuentro, echaron a pique tres; y muchos de los otros los pusieron fuera de combate, creyendo que tenían ya la victoria segura.
Mas viendo que había mayor número de buques de los que pensaban, y que iban cercándoles en todas partes, comenzaron a huir; en cuya huida perdieron seis de sus barcos, y los otros se salvaron en la isla Teutlusa. De allí se fueron hacia Halicarnaso. Hecho esto, los peloponesios volvieron a Cnido, y después que se unieron a los otros veintisiete barcos que estaban en Cauno, fueron todos juntos a Sime, donde alzaron un trofeo, y después volvieron a Cnido.
Los atenienses que estaban en Samos, al saber el combate ocurrido en Sime, fueron con todo su poder hacia esta parte; y viendo que los peloponesios que estaban en Cnido no se atrevían a acometerles, ni siquiera a dejarse ver, tomaron todas las barcas y otros aparejos para navegar que hallaron en Sime, y después volvieron a Samos.
En el camino saquearon la villa de Lórima que está en tierra firme.
Los peloponesios, habiendo juntado en Cnido toda su armada, hicieron reparar y componer lo que era menester, y entretanto los doce consejeros con Tisafernes fueron a buscarles allí, y hablaron de las cosas pasadas; consultando entre sí si había algo de lo pasado que no fuese bueno; y la manera de continuar la guerra con la mayor ventaja posible para el bien y provecho, así de los peloponesios como del rey.
Licas sostuvo que los artículos de la alianza no habían sido convenientemente hechos, pues decía no era justo que todas las tierras que el rey o sus predecesores habían poseído, volvieran a su poder; porque para ello sería menester que todas las islas, los locros y la tierra de Tesalia y de Beocia quedaran nuevamente en su dominio; y que los lacedemonios, por el mismo caso, en lugar de poner a los otros griegos en libertad, los pusieran bajo la servidumbre de los medos, por lo cual deducía que era necesario hacer nuevos artículos, o dejar de todo punto su alianza; y que para obtener esto, no era menester que Tisafernes pagase más sueldos.
Al oír Tisafernes esta proposición, quedó muy triste y despechado, y se fue muy enojado y lleno de cólera contra los peloponesios, los cuales, después de su partida, siendo llamados por algunos de los principales de Rodas, fueron hacia allá pensando que con aquella ciudad ganarían gran número de gente de guerra y buques, y que mediante su ayuda y la de sus aliados, hallarían cantidad de dinero para sustentar su armada.
Partieron, pues, aquel invierno de Cnido con noventa y cuatro naves, y arribaron cerca de Camiro, que está en la isla de Rodas, por lo cual los de la ciudad y tierra, que no sabían nada de lo que se había tratado, se asustaron de tal manera que muchos huyeron, dejando la ciudad por no estar cercada de muros; mas los lacedemonios enviaron por ellos y reunieron a todos, como también a los de Lindo y Yaliso, persuadiéndoles para que dejasen la alianza y amistad de los atenienses.
Por esta causa la ciudad de Rodas se rebeló, y tomó el partido de los peloponesios.
Un poco antes habían sido advertidos los atenienses que estaban en Samos de que esta armada se encontraba ya en camino de Rodas, y partieron todos juntos, esperando socorrerla y conservarla antes de que se rebelase. Mas al llegar a la vista de sus enemigos, conociendo que era ya tarde, se retiraron a Calce, y de allí a Samos.
Después que los peloponesios se fueron de Rodas, los atenienses tuvieron con los rodios muchas escaramuzas y encuentros, y en su compañía iban los de Samos, de Calce y de Cos.
Los peloponesios sacaron a la orilla, en el puerto de la ciudad, sus naves, y estuvieron allí ochenta días sin hacer ningún acto de guerra; durante cuyo tiempo cobraron treinta y dos talentos de los rodios.
VIII.
Siendo Alcibíades sospechoso a los lacedemonios, persuade a Tisafernes para que rompa la alianza con los peloponesios y la haga con los atenienses. — Los atenienses envían embajadores a Tisafernes para ajustarla.
Durante este tiempo, y antes de la rebelión de Rodas, después de la muerte de Calcideo y de la batalla junto a Mileto, los lacedemonios tuvieron gran sospecha de Alcibíades, de tal manera, que escribieron a Astíoco le matase, porque era enemigo de Agis, su rey, y en lo demás tenido por hombre de poca fe. Advertido de esto Alcibíades se unió a Tisafernes, con el cual había hablado de cuanto sabía contra los peloponesios, diciéndole todo lo que pasaba entre ellos; y siendo causa de que este disminuyera el sueldo que pagaba a los soldados, y que, en lugar de una dracma ática que les daba cada día, les diese tres óbolos, y no más, y aun estos muchas veces no se los pagaba, por consejo del mismo Alcibíades, diciendo que los atenienses entendían mejor lo referente a la mar que ellos, y no pagaban a sus marineros y pilotos sino este sueldo, que él no quería dar más; y no lo hacía, tanto por ahorrar dinero ni por falta que tuviese de él, cuanto por no darles ocasión a gastarlo mal y emplearlo en malos usos, haciéndose cobardes y afeminados, pues lo demás de lo que les era necesario para sustentar a los marineros lo gastarían en cosas superfluas, con lo que llegarían a ser más cobardes y muelles. Añadía que lo que les suprimía de la paga por algún tiempo, lo hacía para que no tuviesen intención de irse y dejar los barcos, si no les debían nada, lo cual no osarían hacer cuando sintiesen que les detenían alguna parte de su sueldo.
Para poder persuadir de esto a los peloponesios, había sobornado Tisafernes, por consejo de Alcibíades, a todos los pilotos de los buques y a todos los capitanes de las villas por dinero, excepto al capitán de los siracusanos, Hermócrates: el único que resistía a todo esto cuanto podía, en nombre de todos los confederados.
El mismo Alcibíades vencía con razones, hablando a nombre de Tisafernes a las ciudades que pedían dinero para guardarse y defenderse. A los de Quíos decía que debían tener vergüenza de pedir dinero, atento que ellos eran los más ricos de toda Grecia y habían sido puestos en libertad, y librados de la sujeción de los atenienses, mediante el favor y ayuda de los peloponesios, no siendo justo demandar a las otras ciudades que pusieran en peligro sus ciudadanos y sus haciendas y dineros, por conservar la libertad de dicha ciudad.
En cuanto a las otras ciudades que se habían rebelado contra los atenienses, aseguraba que tenían gran culpa en no querer pagar para la defensa de su libertad lo que acostumbraban a dar a los atenienses de impuesto y subsidio. Y aun decía más: que Tisafernes tenía razón en ahorrar el dinero de aquella manera para sustentar los gastos de guerra, a lo menos hasta que recibiese nuevas de si el rey quería que el sueldo fuese pagado por entero o no; y si se lo mandaba pagar por entero, hacerlo así, no habiendo por tanto falta de su parte, prometiendo recompensar a las ciudades a cada una, según su estado y calidad.
Además, Alcibíades aconsejaba a Tisafernes que procurase no poner fin a la guerra, y que no hiciese venir los buques que estaban dispuestos en Fenicia, ni tampoco los que había hecho armar en Grecia para juntarlos con los del Peloponeso, porque, haciendo esto, los peloponesios serían señores de la mar y de la tierra, siéndole más provechoso que los entretuviese siempre en diferencias y guerras, porque por esta vía siempre quedaba en su mano y poder excitar una parte contra la otra y vengarse de la que le hubiese ofendido. Pero si permitía que una de las partes fuese vencida y que la otra tuviese señorío en la mar y en la tierra, no hallaría quien le ayudase contra ella, si le quería hacer mal, y sería menester que él mismo, en tal caso, con grande daño y con muy gran gasto, se expusiese solo al peligro, que más valía con poca costa entretenerlas en diferencias, y de esta manera mantener su estado con toda seguridad.
De esta suerte daba a entender a Tisafernes, que la alianza de los atenienses sería mucho más provechosa al rey que la de los lacedemonios, porque los atenienses no procuraban dominar por la tierra; y su intención y manera de proceder en la guerra era mucho más provechosa para el rey que la de los otros, por causa de que, siendo sus aliados, sojuzgarían por mar y reducirían gran parte de los griegos a su servidumbre, y los que habría en tierra, habitantes en las provincias del rey, quedarían vasallos de este, es decir, lo contrario de lo que pretendían los lacedemonios, quienes deseaban poner a todos los griegos en libertad, porque no era de creer que ellos, que procuraban librar a los griegos de la servidumbre de otros griegos, quisiesen permitir que quedaran en la de los bárbaros. Por eso harían lo necesario para poner en libertad a todos los que antes no lo habían estado y que por entonces eran súbditos del rey.
Aconsejábale, pues, que dejase destruir y debilitarse unos a otros, porque después que los atenienses hubiesen perdido gran parte de sus fuerzas, los peloponesios tendrían tan pocas, que fácilmente los echaría de Grecia.
Con estas persuasiones se avenía fácilmente Tisafernes con Alcibíades, y conocía muy bien que este decía verdad, porque lo podía comprender y conocer, por las cosas que cada día acontecían.
Siguiendo su consejo, pagó primeramente el sueldo a los peloponesios, mas no les permitía que hiciesen la guerra, diciéndoles que era necesario esperar los buques de los de Fenicia, que no tardarían en ir, y hacía esto, cuando los veía muy preparados y revueltos a combatir. De tal manera esterilizó la empresa y debilitó esta armada, que era muy hermosa y grande, haciéndola inútil.
En otras ocasiones se declaraba más abiertamente con palabras, diciendo que de mala gana hacía la guerra en compañía de los aliados: lo manifestaba así por persuasión de Alcibíades, el cual juzgaba ser esto lo más acertado y lo aconsejaba tanto al rey como a Tisafernes, cuando se hallaba a solas con ellos.
Inspiraba esta conducta de Alcibíades principalmente el deseo que tenía de volver a su tierra, lo cual esperaba alcanzar algún día, si no quedaba del todo destruida, con tanto más motivo, si llegaba a saberse que tenía grande amistad con Tisafernes, como se supo, porque cuando los soldados atenienses que estaban en Samos entendieron su familiaridad con Tisafernes, y que había ya tenido manera de hablar con los más principales de Atenas y de exponer la conveniencia de que le llamaran a los que tenían más autoridad en la ciudad, advirtiéndoles que quería reducir la gobernación de ella a oligarquía, que es el mando de corto número de hombres buenos, y haciéndoles entender que, por esta vía, Tisafernes estrecharía más la amistad con él, la mayor parte de los capitanes y pilotos de los barcos, y los otros más principales que estaban en la armada, que sin excitaciones ajenas aborrecían el mando popular llamado democracia, celebraron consejo, y después que el asunto fue discutido en el campamento, al poco tiempo se divulgó en la ciudad de Atenas.
Además de esto convinieron los que estaban en Samos, que algunos de ellos fuesen a Alcibíades para tratar con él sobre este hecho, como lo hicieron; el cual les prometió primero que los haría amigos de Tisafernes, y después del rey con tal de que ellos mudasen la democracia, que es gobernación popular, y la redujesen a oligarquía, que es el mando y gobierno de pocos hombres buenos, como arriba se ha dicho. Aseguraba que de esta manera el rey tendría mayor confianza en ellos.
Los que fueron enviados ante él se lo concedieron fácilmente, porque les parecía que de esta manera los atenienses podrían alcanzar la victoria en esta guerra, como también porque ellos mismos, que eran los principales de la ciudad, esperaban que el gobierno vendría a caer en sus manos cuanto antes y porque muchas veces eran perseguidos por la gente popular.
De vuelta a Samos, después que comunicaron y persuadieron de la cosa a los que estaban en el campo, se fueron a Atenas y mostraron al pueblo cómo llamando a Alcibíades, y poniendo el gobierno en las manos de pocos buenos, a saber, de los más principales de la ciudad, tendrían al rey de su parte, y les proveería de dinero para pagar su gente en aquella guerra.
El pueblo al principio no condescendió; pero por el gasto que tenían con la guerra y con el pago de las tropas, creyendo que el rey las pagaría, aunque de mala gana, se vieron obligados a consentirlo.
A esto ayudaban mucho los que eran apasionados por el cambio, tanto por el amor que tenían a Alcibíades, como por su provecho particular.
También daban a entender al pueblo todo lo que Alcibíades les había dicho muy detalladamente sobre grandes y seguros proyectos.
Mas Frínico, que aún era capitán de los atenienses, no hallaba cosa buena que cuadrase a sus propósitos y le parecía que Alcibíades, en la situación en que se encontraba, no deseaba más la gobernación de los principales, que el estado popular, siendo únicamente su propósito amotinar la ciudad, esperando que por alguna de las partes sería llamado y restituido en su estado: lo cual Frínico quería impedir de todas maneras, tanto por su particular provecho, como por evitar la división que habría en la ciudad.
Además no comprendía por qué el rey se quería apartar de la amistad de los peloponesios para aliarse con los atenienses; viendo que los peloponesios eran ya tan prácticos en la mar y de tanto poder como los atenienses, y tenían muchas ciudades en las tierras del rey; porque de juntarse con los atenienses, de quienes apenas se podría fiar, no le había de suceder sino grandes gastos y trabajos, siéndole más fácil y conveniente conservar la amistad con los peloponesios que en ninguna cosa le habían ofendido.
Por otra parte, aseguraba saber que las otras ciudades, cuando entendiesen que la gobernación de la democracia de Atenas era transferida del pueblo a poco número de hombres buenos, y que también por el mismo caso habían ellos de vivir de la misma manera, los que estuvieran ya rebelados, no por eso volverían a la amistad y obediencia de los atenienses; y los que no lo hubiesen hecho, no dejarían de hacerlo, porque esperando recobrar su libertad, si los peloponesios conseguían la victoria, no escogerían estar en la sujeción de los atenienses, de cualquier manera que su estado se gobernase, ora fuese por el mando del pueblo o por el de los principales ciudadanos.
Por otra parte, los que eran tenidos por nobles y por más principales, consideraban que no tendrían menos trabajo estando la gobernación en mano de pocos que cuando estaba en las de todo el pueblo; porque también serían maltratados por los aficionados a tomar dádivas y a corromperse, inventores de cosas malas por hacer su provecho particular, temiendo que en el nuevo estado y bajo la autoridad de los que tendrían este gobierno, pudieran ser los ciudadanos castigados hasta con la pena de muerte, sin oír sus descargos, y sin el recurso de apelar al pueblo, el cual castigaba tales violencias.
Esta era la opinión de las otras ciudades sujetas a obediencia de los atenienses, las cuales lo habían conocido por experiencia; de todo lo cual decía Frínico estar bien informado, y por esta causa no hallaba cosa conveniente que cuadrase a lo que Alcibíades había propuesto.
No obstante todo esto, los que al principio fueron de opinión contraria, no dejaron de perseverar en ella, y ordenaron enviar comisionados a Atenas, entre los cuales fue Pisandro para proponer al pueblo la restitución de Alcibíades en su anterior estado, y quitar la democracia, es a saber, del estado popular.
Supo esto Frínico, y conociendo la manera como los mensajeros habían de proponer la restitución de Alcibíades en su estado, y dudando que el pueblo lo hiciese, y si lo hiciese que le pudiera sobrevenir algún daño por la resistencia que había hecho a aquel proyecto, teniendo Alcibíades la principal autoridad, acordó usar de un ardid, y fue enviar secretamente uno de sus criados a Astíoco, capitán de la armada de los peloponesios, que estaba aún en Mileto, al cual avisó por carta de muchas cosas, y entre otras de como Alcibíades dañaba todos los negocios de los peloponesios y trataba de hacer la alianza entre Tisafernes y los atenienses. En la carta añadía que debían perdonarle de lo que aconsejaba y advertía, por ser cosa grandemente perjudicial a su ciudad y patria; pero que lo hacía para dañar a su enemigo.
Astíoco no hizo caso de la carta porque ya no tenía poder para castigar a Alcibíades, puesto que no dependía de él; pero fue donde estaban Tisafernes y Alcibíades, en la ciudad de Magnesia, y les certificó lo que le habían escrito de Samos, denunciando a Frínico para congraciarse con Tisafernes, por su provecho particular, como se sospechaba, y por lo mismo no exigía con apremio la paga de los soldados que dilataba Tisafernes.
Alcibíades tomó la carta de Frínico y la envió a los caudillos que estaban en Samos, requiriéndoles y aconsejándoles que mataran a Frínico.
Avisado este, y viendo el peligro en que estaba, escribió otra vez a Astíoco, quejándose de él por haber descubierto y dado la carta a sus enemigos y proponiéndole otro partido, que era poner en su poder todo el ejército que estaba en Samos, para que matase a todos, dándole medios harto fáciles a causa de que la villa no tenía muro, y se excusaba otra vez con él, diciendo que no por hacer esto o cosa semejante le habían de tener por malo, pues lo hacía por evitar el peligro en que estaba su vida, persiguiendo a sus mortales enemigos.
Este proyecto hízolo saber también Astíoco a Tisafernes y a Alcibíades, por lo cual, avisado Frínico, suponiendo que en seguida enviaría Alcibíades noticias a Samos sobre este asunto, se presentó a los otros capitanes y les dijo cómo le habían advertido que los enemigos, considerando que la ciudad no tenía muro, y que el puerto era tan pequeño, que apenas cabían en él sus barcos, habían concertado atacar el campamento, por lo cual era de opinión que debían inmediatamente con gran diligencia construir los muros alrededor de la villa; y en lo restante hacer buenas centinelas, y grandes guardias: añadiendo que por la autoridad que tenía sobre ellos, como jefe, les ordenaba a hacerlo así. Y lo hicieron de buena gana, tanto por evitar el peligro que les amenazaba, como también para poder guardar la ciudad, y conservarla en lo porvenir.
Poco después llegaron las cartas de Alcibíades a los otros capitanes de la armada, dándoles aviso de lo que trataba Frínico, y de cómo les quería entregar a los enemigos, los cuales no tardarían mucho en ir a acometerles. Mas los capitanes y los otros que lo escucharon, dieron a ello poca fe, antes juzgaban que lo que escribía era por enojo, y que calumniaba a Frínico, suponiendo que tenía inteligencia con los enemigos, de cuyos proyectos Alcibíades estaba bien informado, anunciándolos con seguridad de acierto; por esta causa, las cartas de Alcibíades no dañaron a Frínico, antes encubrieron lo que este había escrito a Astíoco.
No por eso cesó Alcibíades de persuadir a Tisafernes para que hiciese amistad con los atenienses, a lo cual con mucha facilidad accedió este, porque ya le inspiraban temor los lacedemonios, por ser más poderosos en la mar que los atenienses.
No cesaba, pues, Alcibíades de ganar autoridad con Tisafernes, para que le diese crédito y fe; y mucho más después que entendió la diferencia que había habido entre los embajadores lacedemonios en Cnido, a causa de los artículos de la alianza hecha por Terímenes; diferencia ocurrida antes que los peloponesios fueran a Rodas.
Aun antes de esto había Alcibíades hablado a Tisafernes de lo que arriba hemos dicho, dándole a entender que los lacedemonios procuraban poner todas las ciudades griegas en libertad. Sobrevino después el discurso de Licas, a los reunidos en Cnido, donde dijo que no se debía aceptar, ni mantener, ni guardar el artículo del tratado de alianza, en que se decía que el rey debía ser puesto en posesión de todas las ciudades que él y sus predecesores habían dominado; discurso que confirmaba la opinión de Alcibíades, el cual, como hombre que pretendía grandes cosas, procuraba por todas las vías posibles mostrarse aficionado a Tisafernes.
En este tiempo, los mensajeros enviados con Pisandro por los atenienses que estaban en Samos, a la ciudad de Atenas, al llegar allí, propusieron al pueblo lo que se les había encargado, tocando sumariamente los puntos más principales, con especialidad el de que, haciendo lo que les demandaban, podrían tener al rey de su parte, y con su auxilio alcanzar la victoria contra los peloponesios. Siendo lo que pedían, como antes se dijo, llamar a Alcibíades, y cambiar la forma de gobierno del pueblo, se opusieron los de la ciudad con grande instancia, tanto por la afición que tenían al régimen popular como por la enemistad con Alcibíades, y decían que sería cosa exorbitante restablecer en su primera autoridad al que había violado las leyes, contra el cual los Eumólpidas y los Cérices[24] que pronunciaban las cosas sagradas habían llevado el testimonio de la corruptela y violación de sus ceremonias, y reconociéndose culpado Alcibíades se desterró voluntariamente. Añadían que después los ciudadanos se habían obligado por sus votos y ruegos a todas las iras y execraciones de los dioses si le volvían a llamar.
Viendo Pisandro la multitud de los que le contradecían, iba donde estaba la mayor parte de ellos, tomándoles por las manos a los unos y a los otros, preguntándoles si tenían alguna esperanza de victoria contra los peloponesios por otra vía, puesto que poseían tan numerosa armada como ellos, y gran número de las ciudades de Grecia en su alianza. Además, el rey y Tisafernes les proveían de dinero, mientras los atenienses no lo tenían ya ni podían esperar tenerlo, sino de parte del rey. Todos a quienes preguntaba le respondían que no veían otro remedio. Entonces él les replicó que esto no se podía hacer si no reformaban el gobierno y estado de la ciudad, y lo entregaban a corto número de hombres buenos, cosa que el rey deseaba para estar más seguro de la ciudad.
Por estas razones persuasivas de Pisandro, el pueblo, que al principio había hallado la mudanza de estado y gobernación cosa extraña, entendiendo, por lo que proponía Pisandro, que no había otro remedio de salvar el señorío de la ciudad, unos por temor, y otros por esperanza, accedieron a que la gobernación fuese reducida a mando de pocos ciudadanos buenos.
Hízose el decreto por el cual el pueblo dio encargo y comisión a Pisandro, en compañía de otros diez ciudadanos, de presentarse a Tisafernes y Alcibíades para hablar y acordar con ellos todo lo tocante a esto en la manera que les pareciese ser más útil para la ciudad.
Por el mismo decreto Frínico, y su compañero Escirónides, fueron privados del mando por causa de Pisandro, que les acusó. En lugar de ellos fueron elegidos Diomedonte y León, enviados a la armada.
La acusación de Pisandro contra Frínico consistía en que había entregado y sido traidor a Amorges, y que le parecía no era suficiente para guiar las cosas que se habían de tratar con Alcibíades.
Pisandro organizó el régimen y gobierno como estaba antes que el régimen popular fuese establecido, así tocante a las cosas de justicia como a los que habían de administrarla, e hizo tanto, que el pueblo todo junto consintió en quitar la democracia, que es el régimen popular.
En lo demás proveyó en todo lo que le pareció ser necesario para el estado de las cosas presentes, y se embarcó con sus diez compañeros para buscar a Tisafernes.
IX.
Derrotados los de Quíos en una salida que hicieron contra los sitiadores atenienses, son estrechamente cercados y puestos en grande aprieto. — Las gestiones de Alcibíades para pactar alianza entre Tisafernes y los atenienses no dan resultado. — Renuévase la alianza entre Tisafernes y los lacedemonios.
Al tomar el mando de la armada Diomedonte y León, la llevaron contra Rodas: y viendo que los buques peloponesios estaban en el puerto, y lo guardaban de manera que no podían entrar, fueron a desembarcar a otro lugar, en el cual salieron sobre ellos los de Rodas, y los rechazaron.
Volvieron a embarcarse y fueron a Calce, y de allí, y también de Cos, hacían más ásperamente la guerra a los rodios, y con mucha facilidad podían ver si algunos barcos peloponesios pasaban por aquellos parajes.
En este tiempo el laconio Jenofántidas fue de Quíos a Rodas de parte de Pedárito, diciendo a los lacedemonios que allí estaban que la muralla que los atenienses habían levantado contra la ciudad de Quíos estaba ya acabada, y que si toda la armada no iba muy pronto en socorro de la ciudad, se perdería. Oído esto determinaron de común acuerdo ir a socorrerla.
Entretanto Pedárito y los de Quíos salieron sobre las trincheras y fuertes que los atenienses habían hecho alrededor de sus naves, con tanto ímpetu y vigor que derribaron y rompieron parte de ellas, y cogieron algunos barcos, pero acudiendo los atenienses en socorro de su gente, los de Quíos se pusieron inmediatamente en huida. Pedárito, queriéndolos contener y abandonado de todos los que estaban cerca de él, fue muerto, y gran número de los de Quíos con él, cogiendo los atenienses muchas armaduras.
Con motivo de esta pérdida fue la ciudad mucho más estrechamente cercada que antes, así por mar como por tierra, y juntamente con esto tenía grande necesidad de víveres.
Cuando Pisandro y sus compañeros se reunieron con Tisafernes, comenzaron a tratar de la alianza, porque Tisafernes temía más a los peloponesios que a ellos, y quería (siguiendo el consejo de Alcibíades) que continuara la lucha para debilitar más las fuerzas de los beligerantes.
Tampoco estaba seguro del todo Alcibíades de Tisafernes, y para probarlo propuso condiciones tales que no se pudieran aceptar, lo que a mi parecer deseaba Tisafernes con diversos fines, pues tenía miedo a los peloponesios, y no osaba buenamente apartarse de ellos.
Alcibíades, viendo que Tisafernes no tenía deseo de convenir la alianza, tampoco quería dar a entender a los atenienses que carecía de influencia para hacerle condescender, antes deseaba hacerles entender que lo tenía ya ganado, pero que ellos eran la causa de romperse las negociaciones porque le hacían muy cortos ofrecimientos.
Para lograr su objeto les pidió en nombre de Tisafernes, por el cual hablaba en su presencia, cosas tan grandes y tan fuera de razón, que era imposible otorgarlas, a fin de que nada se conviniera. Pedía primeramente, toda la provincia de Jonia con todas las islas adyacentes a ella, y concediéndolo los atenienses a la tercera junta que tuvieron, por mostrar que tenían mucha autoridad con el rey, les demandó que permitiesen que este hiciera barcos a su voluntad, y con ellos fuese a sus tierras con el número de gente y tantas veces cuantas quisiese. A esta exigencia no quisieron los atenienses acceder, pero viendo que les pedían cosas intolerables, y considerándose engañados por Alcibíades, partieron con grande enojo y despecho, y se volvieron a Samos.
Tisafernes en este invierno fue otra vez a Cauno, con intención de juntarse de nuevo con los peloponesios, y hacer alianza con las condiciones que él pudiese, pagándoles el sueldo a su voluntad, a fin de que no fuesen sus enemigos y temiendo que si los peloponesios se veían obligados a dar batalla por mar a los atenienses, fuesen vencidos por falta de gente, puesto que la mayor parte no había sido pagada, o no quisieran combatir, desarmando los barcos, consiguiendo de esta manera los atenienses lo que deseaban, sin su ayuda, o porque sospechaba y temía que, por cobrar su paga, los soldados peloponesios robasen y saqueasen las posesiones del rey que estaban cerca, en tierra firme. Por estas razones, y por conseguir su fin, que era mantener a los beligerantes en igual fuerza, habiendo hecho ir a los peloponesios, les entregó la paga de la armada y convino el tercer tratado con ellos en esta forma.
«El tercer año del reinado del rey Darío, siendo Alexípidas éforo de Lacedemonia, fue hecho este tratado en el campo de Menandro entre los lacedemonios y sus aliados de una parte, y Tisafernes, Hierámenes, y los hijos de Farnaces de la otra, sobre los negocios que interesan a ambas partes.
»Primeramente que todo lo que pertenece al rey en Asia, quede por suyo y pueda disponer a su voluntad.
»Que ni los lacedemonios ni sus aliados entrarán en las tierras del rey para hacer daño en ellas, ni por consiguiente, el rey en las tierras de los lacedemonios y sus aliados. Y si alguno de estos hiciese lo contrario, los otros se lo prohibirán e impedirán. Lo mismo hará el rey si alguno de sus súbditos invadiera las tierras de los confederados.
»Que Tisafernes pague el sueldo a las tripulaciones de los buques que están al presente aparejados, esperando que los del rey vengan: y entonces los lacedemonios y sus aliados paguen los suyos a su costa si quisieren, y si tienen por mejor que Tisafernes haga el gasto, estará obligado a prestarles el dinero, que le será devuelto una vez terminada la guerra, por los mismos aliados y confederados.
»Que cuando los barcos del rey lleguen, se junten con los de los aliados y todos hagan la guerra contra los atenienses el tiempo que le pareciese bien a Tisafernes y a los lacedemonios, y a sus confederados. Si creyeran mejor apartarse de la empresa, que lo hagan de común acuerdo y no de otra manera.»
Tales fueron los artículos del tratado, después de lo cual Tisafernes procuró con gran diligencia hacer ir los barcos de Fenicia, y cumplir todas las otras cosas que había prometido.
Casi en el fin del invierno los beocios tomaron la villa de Oropo y con ella la guarnición de atenienses que estaba dentro, logrando esto con acuerdo de los de la villa y de algunos eretrieos, y con esperanza de que después harían rebelar Eubea, porque estando Oropo en tierras de Eretria que tenían los atenienses, necesariamente la pérdida de ella había de ocasionar gran daño y perjuicio a la ciudad de Eretria, y a toda la isla de Eubea.
Después de esto los eretrieos enviaron mensaje a los peloponesios que estaban en Rodas, para hacerles ir a Eubea: pero porque el negocio de Quíos les parecía más urgente y necesario, por el apuro en que la villa estaba, no acudieron a esta empresa y partieron de allí para socorrer a Quíos.
Al pasar cerca de Oropo vieron los trirremes de los atenienses que habían partido de Calce, y que estaban en alta mar, pero por ir a diversos viajes, no acudieron los unos contra los otros, siguiendo cada cual su rumbo, a saber: los atenienses a Samos, y los peloponesios a Mileto, pues conocieron muy bien que no podían socorrer a Quíos sin batalla.
Entretanto llegó el fin del invierno y el de los veinte años de la guerra que Tucídides ha escrito.
Al comienzo de la primavera, el espartano Dercílidas fue enviado con pequeño número de tropas al Helesponto para hacer rebelar la villa de Abido contra los atenienses, la cual es colonia de Mileto.
Por otra parte, los de Quíos, viendo que Astíoco tardaba tanto en ir a socorrerles, viéronse obligados a combatir por mar con los atenienses, yendo a las órdenes del espartano León, que eligieron por capitán después de la muerte de Pedárito, en el tiempo en que estaba Astíoco en Rodas, a donde fue con Antístenes desde Mileto.
Tenían doce buques extranjeros que fueron en su socorro, cinco de Turios, cuatro de los siracusanos, uno de Anea, otro de Mileto, otro de León, y treinta y seis de los suyos.
Salieron todos los que eran para pelear, y fueron a acometer la armada de los atenienses animosamente, habiendo escogido un lugar muy ventajoso para ellos.
Fue el combate áspero y peligroso de una parte y de otra: en el cual los de Quíos no llevaron lo peor, mas sobrevino la noche separándolos y volvieron los quiotas dentro de la villa.
En este tiempo cuando Dercílidas llegó a Helesponto, la villa de Abido se le rindió y la entregó a Farnabazo.
Dos días después la ciudad de Lámpsaco hizo lo mismo, de lo cual advertido Estrombíquides, que estaba delante de Quíos, fue de súbito con veinticuatro naves atenienses para socorrer y guardar aquel paraje: entre estos barcos había algunos construidos para transporte de tropas, en los que iban hombres de armas.
Llegado a Lámpsaco, y habiendo vencido a los habitantes que salieron contra él, tomó en seguida la villa por no estar amurallada, y después de haber restablecido a los hombres libres fue a Abido. Mas viendo que no tenía esperanza de tomarla ni aprestos para cercarla, se dirigió desde allí a la ciudad de Sesto, situada en la tierra del Quersoneso, enfrente de Abido, la cual los medos habían poseído algún tiempo, y en ella puso numerosa guarnición para defensa de toda la tierra de Helesponto.
Por causa de la partida de Estrombíquides, los de Quíos se hallaron más dueños de la mar con los milesios, y sabiendo Astíoco el combate naval que estos de Quíos habían librado contra los atenienses, y el viaje de Estrombíquides, mostrose tan animado y seguro, que fue con solo dos naves a Quíos, donde tomó todas las que halló, llevándolas consigo. De allí se dirigió a Samos, y viendo que los enemigos no querían salir a combatir, porque no se fiaban mucho los unos de los otros, volvió a Mileto.