LIBRO V.
Diego Gracián translation
SUMARIO.
I. Los atenienses, al mando de Cleón, toman la ciudad de Torone a los peloponesios. Viaje que el ateniense Féax hace a Italia y Sicilia. — II. Brásidas vence a Cleón y a los atenienses junto a Anfípolis, muriendo ambos caudillos en la batalla. — III. Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos. — IV. La paz entre atenienses y peloponesios no es observada. Corinto y otras ciudades del Peloponeso se alían con los argivos contra los lacedemonios. — V. Comunicaciones que recatadamente tienen atenienses y lacedemonios. Hechos de guerra y tratados que en este verano se hicieron. — VI. Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios. — VII. Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos, declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y eran perjuros. — VIII. Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno. — IX. Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria. — X. Pactan primero la paz, y después la alianza, los lacedemonios y los argivos. Hechos que realizan los lacedemonios y los atenienses sin previa declaración de guerra. — XI. Del sitio y toma de la ciudad de Melos por los atenienses, y de otros sucesos que ocurrieron aquel año.
I.
Los atenienses, al mando de Cleón, toman la ciudad de Torone a los peloponesios. — Viaje que el ateniense Féax hace a Italia y Sicilia.
En el verano siguiente, fin del primer año de las treguas, que se cumplieron el día de las fiestas de Pitia, los atenienses echaron de la isla de Delos a los moradores, porque les pareció por alguna causa antigua que no vivían dignamente, y que no restaba por hacer más que aquello para cumplir y acabar la purificación de dicha isla, según lo antes referido, pues habiendo quitado las sepulturas y monumentos de los muertos, convenía también lanzar de allí a los vivos que hacían mala vida, para aplacar del todo la ira de los dioses.
Los echados de la isla se fueron todos a la ciudad de Adramitio, en tierra de Asia, a donde Farnaces les daba lugar para que habitasen conforme iban llegando.
Terminadas las treguas, Cleón partió para Tracia con treinta navíos, en los cuales había mil doscientos infantes atenienses, todos muy bien armados, y trescientos de a caballo, con otro gran número de aliados que llevaba consigo por consentimiento de los atenienses, a quienes Cleón había inducido para esto. Al llegar delante de Escíone, que estaba todavía cercada, Cleón tomó alguna gente de la guarnición del cerco y se fue con ella al puerto Cofo, que no está muy lejos de la ciudad de Torone, donde entendiendo por relación de algunos fugitivos que Brásidas no estaba allí, y que la gente de guerra que había dejado en guarda no era bastante para resistir a sus fuerzas y poder, salió de sus naves y fue por tierra con su ejército hacia la ciudad, habiendo primeramente dejado diez barcos para que cerrasen y tomasen la entrada del puerto. Dirigiose contra los muros y reparos nuevos que Brásidas había hecho por meter los arrabales dentro de la ciudad, y para que fuese todo un fuerte, había derribado los muros viejos que estaban entre la ciudad, y los arrabales. Llegaron los atenienses de pronto a combatir aquellos muros, donde Pasitélidas, que había quedado por capitán para guarda y defensa de la ciudad, resistió lo mejor que pudo con la poca gente que tenía; mas viendo que no era bastante para poder defenderse, y temiendo que la gente que quedaba en las naves alrededor del puerto entrase en la ciudad por la parte de mar, que estaba desprovista de tropas, y le atacase por la espalda, se retiró con la mayor diligencia que pudo al burgo viejo de la ciudad. La gente de las naves que había saltado a tierra en el puerto ganó la entrada de la ciudad por aquella parte, y los que combatían los muros nuevos, viendo esto, les siguieron a todo empuje y entraron todos mezclados unos tras otros dentro del burgo viejo por algunos portillos de la muralla vieja que había sido derribada, matando en aquella entrada gran número de lacedemonios, y de los ciudadanos que les salían al encuentro defendiéndose. Algunos cayeron prisioneros, entre ellos Pasitélidas, su capitán.
Sabedor Brásidas de la llegada de los atenienses, venía a socorrer a los de Torone a toda prisa; mas como en el camino tuviese nueva de la toma de la ciudad, se volvió, faltándole solo para llegar a tiempo caminar unos cuarenta estadios.
Los atenienses, después de tomar la plaza, levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno en el puerto y otro en la ciudad, y tomaron cautivos las mujeres, niños y hombres, así lacedemonios como ciudadanos, y otros de tierra de Calcídica, enviándolos todos a Atenas. Serían unos setecientos, de los cuales los lacedemonios fueron después libertados por concierto de las treguas, y los otros dados a los olintios en canje por otros tantos atenienses que estaban prisioneros.
Durante este tiempo los beocios tomaron por traición el muro de Panacto, que está en los confines de Atenas. Cleón, habiendo dejado buena guarnición dentro de Torone, partió por mar a la villa de Atos, cercana de la ciudad de Anfípolis, y Féax, hijo de Erasístrato, elegido por embajador de los atenienses con otros dos acompañantes, salió para Italia y Sicilia con dos naves solamente. La causa de enviarle fue esta:
Después que los atenienses salieron de Sicilia por la concordia y unión que los sicilianos habían hecho entre sí, los leontinos habían metido en su ciudad gran número de gente por ciudadanos, a causa de lo cual, viéndose el pueblo muy crecido y aumentado de gente, determinó repartir las tierras de la ciudad por cabezas, lo cual, visto por los principales y más ricos, expulsaron la mayor parte de los del pueblo fuera de la ciudad. Estos expulsados fueron a unas partes y a otras, y dejaron la ciudad casi sola y desierta. Poco después se acogieron a los siracusanos, que los recibieron en su ciudad como a ciudadanos; mas posteriormente algunos de ellos, a quienes pesaba estar allí, determinaron volver a su tierra, y al llegar a ella tomaron por asalto una parte de la ciudad llamada Foceas, y otro lugar fuera, en término de ella, nombrado Bricinias, que era bien fuerte, a donde muchos de aquellos desterrados acudieron para juntarse con ellos, defendiéndose dentro de los muros de aquel lugar lo mejor que podían contra los de la ciudad.
Advertidos los atenienses de esto, enviaron a Féax, como arriba dijimos, con encargo de que tratase con sus aliados y confederados y los otros de la tierra, persuadirles, si fuese posible, de que se unieran para contrastar el poder de los siracusanos, cada día mayor, y socorrer y ayudar a los leontinos.
Al llegar Féax a Sicilia, con sus buenas razones ganó la voluntad de los de Camarina y Acragas; mas cuando se presentó a los de Gela, hallando las cosas en contraria disposición de lo que pensaba, no pasó más adelante, conociendo que no hacían nada por él, y se volvió navegando a lo largo de la isla de Sicilia, hablando de pasada con los de Catana y de Bricinias para amonestarles que siempre estuviesen firmes y constantes en la amistad a los atenienses.
Al ir, como al volver, trató con algunas ciudades de Italia para que no se confederasen e hiciesen alianza con los atenienses. Pasando por la costa de Sicilia, a la vuelta a su tierra, encontró en la mar algunos ciudadanos de Locros procedentes de Mesena, de donde fueron lanzados por los mesenios después de vivir algún tiempo en la ciudad. A causa de una sedición y revuelta que hubo en ella, poco tiempo después de la concordia hecha entre los sicilianos, el bando que se vio más débil, y con menos fuerzas llamó a los locros en su ayuda. Estos enviaron gran número de sus ciudadanos, y por este medio se hicieron señores de Mesena por algún tiempo con la ayuda de los que les habían llamado. Mas al fin fueron echados de la ciudad, y volvían a sus casas cuando Féax les encontró, el cual no les molestó, aunque pudiera, porque de pasada había hecho alianza con los de la ciudad de Locros en nombre de los atenienses, y a pesar de que en la concordia hecha entre los sicilianos, estos locros habían rehusado la alianza de los atenienses. Aun entonces no la aceptaran si no fuera por la guerra que a la sazón tenían contra los hiponios y medmeos, sus vecinos y comarcanos.
Pasado esto, a los pocos días Féax llegó a Atenas.
II.
Brásidas vence a Cleón y a los atenienses junto a Anfípolis, muriendo ambos caudillos en la batalla.
Partió Cleón de Torone, y dirigiose contra la ciudad de Anfípolis. De pasada, al salir del puerto de Eyón, tomó por asalto la villa de Estagira, en tierra de Andros[1], intentando además tomar a Galepso, en tierra de Tasos; mas no lo pudo conseguir, y volvió a Eyón.
Estando allí, envió a decir a Pérdicas que, conforme a la alianza que había hecho nuevamente con los atenienses, viniese luego hacia él con todo su poder, y asimismo avisó a Poles, rey de los odomantos, que tenía un grueso ejército de soldados en Tracia, para que viniesen en su ayuda, esperando la llegada de estos reyes en aquel lugar de Eyón.
Al saber todo esto Brásidas, partió con su ejército y se alojó junto a la villa de Cerdilio, que está en un lugar alto y fuerte, en tierra de los argilios, de la otra parte del río, no muy lejos de Anfípolis, porque de este lugar se podía muy bien ver lo que hacían sus enemigos, y ellos también lo que él hacía.
Cleón, como Brásidas lo había pensado, caminó con todo su campo derechamente hacia la ciudad de Anfípolis, haciendo muy poco caso de Brásidas, porque no tenía más de 1500 soldados tracios, y juntamente con ellos los edonios, todos muy bien armados, y algunos de a caballo, entre mircinios y calcídeos, sin los 1000 que había enviado dentro de Anfípolis, que podían ser en todos hasta 2000 hombres de a pie y 300 de a caballo, de los cuales tomó 1500, y con ellos subió a Cerdilio; los otros los envió dentro de Anfípolis para socorro de Cleáridas.
Volviendo a Cleón, digo que estuvo quieto, sin osar emprender ningún hecho, hasta tanto que fue forzado a salir por las mañas que después Brásidas tuvo. A los de Cleón no les gustaba estar allí esperando tanto tiempo sin pelear, teniendo a Cleón por hombre negligente y cobarde, y que sabía muy poco de las cosas de guerra en comparación de Brásidas, que le estimaban por hombre osado y buen capitán. Añadíase que los más de los atenienses habían ido con Cleón a esta empresa de mala gana y contra su voluntad, por todo lo cual, oyendo este la murmuración de los suyos, y porque no se enojasen perdiendo más tiempo allí, determinó sacarlos de aquel lugar, donde estaban todos puestos en un escuadrón, como habían estado en Pilos, esperando que les sucedería la cosa tan bien como allí; porque no podía pensar que los enemigos osarían venir a combatir contra él; antes decía que quería salir de su campo y subir a reconocer el lugar donde estaban aquellos.
También quiso aguardar mayor socorro, no tanto por la esperanza de la victoria si se veía forzado a combatir, como por cercar la ciudad y tomarla. Al llegar con todo su ejército, que era muy pujante, bien cerca de Anfípolis, se alojó sobre un cerro, de donde podía ver la tierra en derredor; y mirando el asiento de la ciudad muy atento, mayormente por la parte de Tracia, donde el río Estrimón se estrecha, halló que le venía muy a propósito este lugar, por parecerle que se podría retirar cuando quisiese sin combate.
Por otra parte, no veía persona alguna dentro de la ciudad, ni que entrase o saliese por las puertas, las cuales estaban todas cerradas, y pesábale en gran manera, no haber traído consigo todos sus aparatos y pertrechos de guerra para batir los muros, pareciéndole que, de tenerlos allí, la hubiera tomado fácilmente.
Cuando Brásidas entendió que los atenienses habían levantado su campo, también desalojó a Cerdilio y entró con toda su gente dentro de Anfípolis, sin hacer alarde alguno de querer salir ni combatir con los atenienses, porque no se hallaba tan poderoso como los enemigos para hacerlo, no tanto por el número de gente (porque en esto casi eran iguales) cuanto por los otros aprestos de guerra, en que era inferior a sus contrarios, y aun por la calidad de las tropas, porque en el campo de los atenienses estaba la flor de su gente de guerra y todas las fuerzas de los lemnios y de los imbrios. Determinó, pues, usar de arte y maña para acometerles; porque presentar a los enemigos su ejército, aunque fuese en número bastante y bien armado, le parecía no serle provechoso, y que antes serviría para dar ánimo a los enemigos y para que los despreciasen y tuviesen en poco. Así, pues, dejando para guarda y defensa de la ciudad con 150 soldados a Cleáridas, él, con lo demás de su ejército, determinó acometer a los atenienses antes que partiesen de allí, pensando que serían más fáciles de desbaratar estando faltos del socorro que esperaban por momentos, que aguardar a que este llegara. Antes de poner en ejecución su empresa quiso declarárselo a sus soldados, y amonestarles que hiciesen todos su deber. Mandó, pues, reunirlos y les dirigió la siguiente arenga:
«Varones peloponesios: Porque venimos de una tierra de donde los naturales por su ánimo generoso siempre han vivido en libertad, y por la costumbre que aquellos de vosotros que sois dorios de nación tenéis de combatir contra los jonios de origen, a quienes siempre habéis estimado por inferiores, y para menos que vosotros, no es menester que os haga largo razonamiento, sino solo que os declare la manera que tengo pensada para salir y acometer a mis enemigos: porque viendo que quiero probar mi fortuna con poco número de gente sin llevar todo nuestro poder, no tengáis menos corazón, pensando que por esto sois más débiles y flacos. Según puedo conjeturar estos nuestros enemigos que ahora nos tienen en poco, pensando que no osaremos salir a combatir contra ellos, se han puesto en lo alto para reconocer la tierra, y allí están muy seguros sin ningún orden ni concierto.
»Sucede muchas veces, que el que entiende y para mientes con atención en los yerros y faltas de sus enemigos, y se determina de acometerles con ánimo y osadía, no solamente en batalla campal, sino también en encuentro cuando quiera que vea la suya, llega al cabo con su empresa para su honra y provecho. Porque las empresas y hazañas que se hacen en guerra con astucia para dañar a los enemigos y hacer bien y provecho a sus amigos, dan gran honra y gloria a los capitanes que las emprenden. Por tanto, mientras están así desordenados y sin sospechar mal alguno, antes que levanten su campo del lugar donde están, pues me parece que tienen más voluntad de desalojarle que de esperar allí, he determinado dar sobre ellos con la gente que tengo, mientras dudan de lo que harán y antes que puedan resolverlo, entrando, si pudiere, hasta en medio de su campo.
»Tú, Cleáridas, cuando vieres que yo estoy sobre ellos, y entendieses que los he puesto temor y espanto, abrirás la puerta de la ciudad, y saldrás súbitamente de la otra parte con la gente que tienes, así ciudadanos como extranjeros, y vendrás con la mayor diligencia que pudieras a meterte en medio, porque me parece que, haciendo esto, los pondrás en gran alboroto y turbación, pues ya sabes que los que sobrevienen de nuevo en un encuentro ponen más temor a los contrarios que aquellos con quienes están peleando.
»Muéstrate, pues, Cleáridas, hombre de valor y verdaderamente espartano, y vosotros nuestros aliados, seguidle animosamente, y pensad que el pelear bien consiste solo en tener buen corazón, vergüenza y honra, y obedecer a sus capitanes, que el día de hoy, si os mostráis valientes y esforzados, adquiriréis libertad para siempre y seréis en adelante con más razón llamados compañeros y aliados de los lacedemonios. Obrando de otro modo, si os podéis escapar de ser todos muertos, y vuestra ciudad destruida, a bien librar quedaréis en más dura servidumbre que estábais antes, y seréis causa de estorbar a los otros griegos el conseguir su libertad.
»Sabiendo, pues, cuánto nos importa esta batalla, procurad señalaros en ella por buenos y esforzados, que en lo demás que a mí toca, yo mostraré por la obra que sé pelear de cerca tan bien como amonestar a los otros de lejos.»
Después que Brásidas hubo animado a los suyos con este razonamiento, puso en orden los que habían de salir con él, y asimismo los que después habían de salir con Cleáridas por la puerta de Tracia según queda dicho. Mas por haber sido visto de los enemigos a la bajada de Cerdilio, y también después, estando dentro de la ciudad, sobre todo cuando estaba haciendo sacrificios en el templo de la diosa Palas, situado fuera de la ciudad y cerca de la muralla, dieron aviso a Cleón que había salido a reconocer la tierra en torno de la ciudad. Fácil les era averiguar lo que pasaba, así porque veían claramente a los de dentro de la ciudad que se ponían en armas, como también que salía por las puertas tropel de gente de a caballo y de a pie, lo cual espantó mucho a Cleón, que apresuradamente bajó del lugar donde se encontraba para saber si eran ciertas sus sospechas.
Cuando conoció la verdad, habiendo determinado no combatir hasta que llegara el socorro que esperaba, y considerando que si se retiraba por la parte que primero había pensado le verían claramente, hizo señal para retirarse por otro lado, y mandó a los suyos que comenzasen la marcha primero por la izquierda, porque por otra parte no era posible, dirigiéndose hacia la villa de Eyón, mas viendo que los del ala izquierda caminaban muy despacio, hizo volver a los de la derecha hacia aquella parte, dejando por esta vía el escuadrón de en medio descubierto, y él mismo iba animando a los suyos para retirarse a toda prisa.
Entonces Brásidas conoció que ya era tiempo de salir, y viendo que se marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará, porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás hicieron esto hombres que tuviesen gana de combatir, por tanto, abrid las puertas, y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda diligencia.»
Abiertas las puertas por la parte que Brásidas había ordenado, así las de la ciudad como las de los reparos, y las del muro largo, salió con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló confusos por el desorden que tenían, y espantados por la osadía de sus enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga.
Al poco rato salió Cleáridas por la puerta de Tracia, como le habían mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban, y atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera, que los de la ala izquierda que habían tomado el camino de Eyón diéronse a huir en desorden.
En este medio Brásidas, que había entrado por el ala derecha de los enemigos, fue gravemente herido, cayendo a tierra, mas antes que los atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban cerca, y aunque los soldados de la ala derecha de los atenienses se afirmaron más que los otros en su plaza, Cleón viendo que no era tiempo de esperar más, dio a huir, y cuando iba huyendo le encontró un soldado mircinio que lo mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de defenderse contra Cleáridas a la subida del cerro, y allí pelearon muy valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a la ligera, así mircinios como calcídeos, sobrevinieron, y a fuerza de venablos obligaron a que abandonaran su puesto, y se pusiesen en huida.
De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado, huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual como podía hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a Eyón.
Después que Brásidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció. Cleáridas siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla.
Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar en señal de victoria.
Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brásidas armados, y le sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los de Anfípolis le hicieron sepulcro muy suntuoso, y un templo como a héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales, dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón, su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a Brásidas por fundador y autor de su libertad. Hacían esto por agradar más a los lacedemonios por el temor que tenían a los atenienses, y también porque les parecía más provechoso para ellos hacer a Brásidas aquellas honras que no a Hagnón, a causa de la enemistad que naturalmente tenían con los atenienses, a los cuales, no obstante esto, les dieron sus muertos, que se hallaron hasta 600, aunque de la parte de los lacedemonios no hubo más de siete, porque esta no había sido primeramente batalla, sino un encuentro o batida donde no hubo mucha resistencia.
Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y Cleáridas con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar el gobierno de ella.
Esta derrota fue en el fin del verano, a tiempo que los lacedemonios Ranfias y Autocáridas iban con un refuerzo de novecientos hombres de guerra a tierra de Tracia para rehacer el ejército de los peloponesios. Cuando llegaron a la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, estando allí ordenando las cosas necesarias para aquella ciudad, tuvieron noticia de lo ocurrido.
III.
Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos.
Al comienzo del invierno, la gente de guerra que mandaba Ranfias llegó hasta el monte Pierio, que está en Tesalia, mas los de la tierra le prohibieron el paso, por cuya causa, y también porque supieron la muerte de Brásidas, a quien llevaba aquellas tropas, volvieron a sus casas, porque les parecía que no era tiempo de comenzar la guerra, visto que los atenienses se habían retirado, y que ellos dos, Ranfias y Autocáridas, carecían de recursos para dar fin a la empresa de Brásidas.
Por otra parte, sabían muy bien que a su partida de Esparta los lacedemonios estaban más inclinados a la paz que a la guerra, y a excepción del combate de Anfípolis y la vuelta de Ranfias de Tesalia, no hubo hecho alguno de guerra entre atenienses y lacedemonios, porque de una y otra parte se deseaba más la paz que la guerra; los atenienses, por la pérdida que habían sufrido primeramente en Delio, y poco después en Anfípolis, por razón de lo cual no estimaban sus fuerzas por tan grandes como al principio cuando les hablaron sobre concierto de paz, que ellos rehusaron entonces, confiados muchos en su prosperidad, y también temían en gran manera que sus aliados, viendo declinar su fortuna, se les rebelasen, estando muy arrepentidos de no haber aceptado la paz que les demandaban después de la victoria que alcanzaron en Pilos. Los lacedemonios, por su parte, la deseaban, porque les había resultado la guerra muy distinta de lo que pensaron al principio, pues creían que talando la tierra de los atenienses, en poco tiempo los desharían; también por la pérdida de Pilos, que fue la mayor que los de Esparta tuvieron hasta entonces, y porque los enemigos, que estaban dentro de Pilos y de Citera, no cesaban de recorrer y robar las tierras que los lacedemonios tenían allí cercanas. Además, sus hilotas y esclavos se pasaban a menudo a los atenienses, y continuamente tenían temor que los otros que quedaban hiciesen lo mismo por consejo de los que primero habían huido.
También había otra causa y razón más eficaz, y era que la tregua que los lacedemonios habían hecho por treinta años con los argivos espiraba en breve, la cual tregua los lacedemonios no querían continuar si los argivos no les devolvían la villa de Cinuria, y no se hallaban bastante poderosos para hacer la guerra contra los atenienses y los argivos a un tiempo, tanto más sospechando que algunas de las ciudades del partido de estos en tierra de Peloponeso se declarasen por ellos, como sucedió después.
Por estas razones, ambas partes deseaban la paz, mayormente los lacedemonios, para recobrar sus prisioneros en Pilos, los cuales eran todos naturales de Esparta, parientes y amigos de los principales de Lacedemonia, y por cuya libertad procuraron la paz desde que fueron presos, aunque los atenienses, engreídos con la prosperidad de su fortuna, entonces no la habían querido aceptar, esperando hacer mayores cosas antes que la guerra tuviese fin. Pero después que los atenienses fueron derrotados en Delio, pensando los lacedemonios que entonces serían más tratables y humanos, habían acordado las treguas por un año, para que durante este pudiesen tratar de la paz o de más larga tregua.
Sobrevenido al poco tiempo la derrota de Anfípolis, que les ayudaba en gran manera al logro de sus deseos, sobre todo porque Brásidas y Cleón habían muerto en ella, y estos eran los principales que estorbaban la paz de ambas partes, Brásidas por la buena fortuna que tenía en la guerra, de la cual esperaba siempre gloria y honra, y Cleón porque le parecía que sus yerros y faltas serían más notorias y manifiestas en tiempo de paz que en el de guerra, y que no se daría tanta fe y crédito a sus invenciones y ruines pareceres habiendo paz.
Faltando estos dos quedaban otras dos personas, las más principales de las dos ciudades que tenían gran deseo y codicia de la paz, esperando que por medio de ella alcanzarían el mando principal en las dos ciudades. El uno era Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia, y el otro, Nicias, hijo de Nicérato, que por entonces era el mejor caudillo que los atenienses tenían, y que había realizado en la guerra famosos hechos. A este le parecía que era mejor hacer la paz mientras que los atenienses estaban en prosperidad y antes que perdiesen su buena fortuna por algún azar de guerra, y también porque los ciudadanos, y él mismo con ellos, tuviesen en adelante sosiego y reposo, y él pudiese dejar la buena fama después de su muerte, de no haber hecho ni aconsejado jamás cosa alguna por donde a la ciudad le sobreviniese mal, lo cual podía no sucederle si lo fiaba todo a la aventura de la guerra, cuyos males y daños se evitan por la paz.
El lacedemonio Plistoanacte también deseaba la paz, a causa de tenérsele por sospechoso desde el comienzo de la guerra, acusándole de que se había retirado con el ejército de los peloponesios de tierra de los atenienses. Además le culpaban de todos los males y daños que después de su retirada habían venido a los lacedemonios y de que él y Aristóteles, su hermano, habían sobornado a la sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos que daba los oráculos y respuestas de Apolo, de manera que a nombre del dios, y como inspirada por él, había respondido a los nuncios que los lacedemonios enviaron diversas veces al templo para saber el consejo de Apolo tocante a la guerra el oráculo siguiente:
«Los descendientes de Júpiter tornarán su generación de tierra ajena a la suya propia, si no quieren arar la tierra con reja de plata»[2].
Hizo esto Plistoanacte, porque los lacedemonios le desterraron a Liceo por la sospecha de que se dejó corromper por dinero, para retirarse con el ejército de tierra de Atenas: en el cual lugar del Liceo vivió mucho tiempo, y por esta respuesta del oráculo le alzaron el destierro, y fue recibido en la ciudad con las honras que acostumbran para los reyes cuando entran con pompa. Para hacer olvidar estas sospechas deseaba la paz, pareciéndole que cesando los inconvenientes de la guerra, no tendrían ocasión de imputarle aquella culpa, mayormente después que los ciudadanos hubiesen recobrado sus prisioneros. Además, mientras durase la lucha duraría la murmuración, pues como sucede siempre, cuando el pueblo ve los males y daños de la guerra, murmura contra los principales actores de ella.
Duraron los tratos para la paz todo el invierno, y al fin de él los lacedemonios hicieron alarde de querer construir una grande armada: y enviaron a todas las ciudades confederadas aviso para que se aprestasen a la guerra, para la primavera, pensando que así infundirían más temor a los atenienses, y les darían motivo para querer la paz. Por tales medios, después de muchos tratos y discusiones, fue ajustada entre ellos, con condición de que cada cual de las partes devolviera lo que había tomado a la otra, excepto Nisea, que quedaría en poder de los atenienses, porque pidiendo Platea, los tebanos decían que no la habían tomado por fuerza, sino que los ciudadanos se la habían entregado voluntariamente y los atenienses dijeron lo mismo de Nisea.
Estando juntos todos los confederados para este efecto, les alegró que la paz se concluyese, y que en ella quedara establecido que la ciudad de Platea fuera de los tebanos, y la de Nisea de los atenienses. Los beocios, los corintios, los eleos y los megarenses no quisieron aceptar esta paz; no obstante, por común decreto fue acordada y jurada por los embajadores de Atenas en Esparta: y después confirmada por las ciudades confederadas de una y otra parte en la forma y manera siguiente:
«Primeramente, en cuanto a los templos públicos, que sea lícito a cada cual de las partes ir y venir a su voluntad sin ningún estorbo ni impedimento alguno, y hacer sus sacrificios, demandas, peticiones y consultas acostumbradas, y que para esto puedan enviar sus nuncios y consejeros así por mar como por tierra.
»Ítem, en cuanto al templo de Apolo en Delfos, que los que lo tienen a su cargo puedan usar y gozar de sus leyes, privilegios, costumbres, tierras, rentas y provechos, según costumbre.
»Ítem, que esta paz sea firme y segura sin dolo, fraude, ni engaño entre los atenienses y los lacedemonios, sus amigos, aliados y confederados por espacio de cincuenta años, que si en este tiempo se suscitaran entre ellos algunas cuestiones, se deba decidir y determinar por derecho y justicia, y no por armas, y que así será jurado por juramento solemne de una parte y de otra; pero con la condición de que los lacedemonios y sus confederados restituirán a los atenienses la ciudad de Anfípolis, y que los moradores de esta y de las otras ciudades, villas y lugares que fueren restituidas a los atenienses puedan y les sea lícito, si quisieren, irse y trasladar el domicilio adonde bien les pareciere con sus casas, bienes y haciendas, y que las ciudades que Arístides hizo tributarias sean libres y francas en adelante.
»Ítem, que no sea lícito a los atenienses y sus aliados ir ni enviar gente de armas para hacerles mal a estas ciudades que les serán devueltas mientras les pagaren su tributo acostumbrado. Estas ciudades son las siguientes: Argilo, Estagira, Acanto, Escolo, Olinto y Espartolo, las cuales quedarán neutrales, sin estar aliadas ni confederadas a los atenienses ni a los lacedemonios, excepto si los atenienses las pueden inducir por buenos medios y maneras, sin fuerza ni rigor, a que sean sus aliadas, pues, en tal caso, les será lícito.
»Ítem, que los habitantes de Meciberna, de Sane y de Singo puedan morar en sus ciudades, según y de la misma manera que los olintios y los acantios.
»Ítem, que los lacedemonios restituyan a los atenienses la ciudad de Panacto, y los atenienses a los lacedemonios las villas de Corifasio, Citera, Metana, Ptéleo y Atalanta, y todos los prisioneros que de ellos tienen, así en la ciudad de Atenas como en otras partes en su tierra y poder. Asimismo los que tienen sitiados en Escíone, lacedemonios u otros peloponesios, o de sus amigos y confederados de cualquier parte y lugar que sean, y generalmente todos los que Brásidas envió a dichas plazas. Además, si estuviere algún lacedemonio u otra cualquier persona de sus aliados en prisión por cualquier causa que sea en la ciudad de Atenas o en otro cualquier lugar de su señorío, sea puesto en libertad, haciendo los lacedemonios y sus confederados lo mismo en favor de los atenienses y sus aliados. En cuanto a los de las ciudades de Escíone, Torone y Sermile y los de otras ciudades que tienen los atenienses, estos determinarán lo que se hubiere de proveer y les mandarán hacer el juramento a los lacedemonios y a las otras ciudades confederadas. Que ambas partes harán el juramento acostumbrado la una a la otra, el mayor y más fuerte que se puede hacer en tal caso, en el cual se contenga, en efecto, que guardarán los tratados y capítulos de paz arriba dichos justa y debidamente, y que este juramento se deba renovar todos los años, y sea consignado por escrito y esculpido en una piedra y puesto en Olimpia, en Delfos, en el Istmo, en la ciudad de Atenas y en la de Lacedemonia en el lugar llamado Amicleo.
»Ítem, si alguna otra cosa ocurriese además de esto que sea justa y razonable a ambas partes, se pueda añadir, mudar y quitar por los atenienses y por los lacedemonios.
»Fue acordado y aceptado este tratado de paz en Esparta, siendo éforo Plístolas y presidente de la ciudad de Lacedemonia, a 26 días del mes de Artemisio, y en Atenas fue aceptado y aprobado, siendo presidente Alceo, a 15 días del mes de Elafebolión, y otorgáronle y juráronle por parte de los lacedemonios Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télide, Alcínadas, Empedias, Menas, Láfilo; y de parte de los atenienses, Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco y Demóstenes.»
Este tratado fue hecho y jurado al fin del invierno y al comienzo de la primavera, diez años y algunos días después del principio de la guerra, que fue la primera entrada que hicieron los peloponesios y sus confederados en tierra de Atenas. La cual guerra me parece por mejor señal para mayor acierto distinguirla por los tiempos del año, a saber: el invierno y el verano, que no por los nombres de los cónsules y gobernadores de las ciudades principales, que cambian con frecuencia.
Conforme a este tratado de paz, los lacedemonios entregaron inmediatamente los prisioneros que tenían en su poder, porque les cupo por suerte ser los primeros que entregasen, y tras esto enviaron sus embajadores Iscágoras y Menas a Cleáridas, su capitán, para mandarle que entregase la ciudad de Anfípolis a los atenienses.
También los enviaron a las otras ciudades confederadas, para que confirmasen y pusiesen por ejecución el tratado arriba dicho, y muchas rehusaron hacerlo, pretendiendo que no les era favorable el contrato.
Asimismo Cleáridas rehusó entregar la ciudad de Anfípolis por agradar a los calcídeos, diciendo que no lo podía hacer sin voluntad de estos; pero partió con los dos embajadores a Lacedemonia para defenderse si le quisieran calumniar diciendo que no había obedecido el mandato de los lacedemonios, y también para probar si podría enmendar el tratado en este artículo; mas sabiendo que estaba concluido y acordado, volvió a la ciudad de Anfípolis por orden de los lacedemonios, que también le mandaron expresamente entregase la ciudad a los atenienses, o que, si los ciudadanos dificultaban esto, saliese él con todos los peloponesios que estaban dentro.
Las otras ciudades confederadas enviaron sus embajadores a los lacedemonios para mostrarles que este tratado de paz les era muy perjudicial y que no le querían guardar ni cumplir, si no lo enmendaban en algunos artículos. Después que los lacedemonios les oyeron, no quisieron enmendar nada de lo que habían hecho y concluido, mandándoles retirarse.
Poco tiempo después hicieron alianza con los atenienses, y aunque los argivos habían rehusado entrar en la alianza con ellos, nada les importó, porque les parecía que sin los atenienses no les podrían hacer mucho mal, y que la mayor parte de los peloponesios querían más la paz, por el sosiego y reposo, que la guerra. Después de algunas negociaciones sobre la alianza en la ciudad de Esparta con los embajadores de los atenienses, fue ajustada del siguiente modo:
«Los lacedemonios serán compañeros y aliados de los atenienses por cincuenta años en esta forma.
»Si algunos enemigos entraren en tierra de los lacedemonios para hacerles daño, los atenienses ayudarán a estos con todo su poder en todo y por todo lo que pudieren, y si los tales enemigos asolaran su tierra, serán tenidos por enemigos comunes de atenienses y lacedemonios, y les harán la guerra juntamente, o la dejarán pactando la paz de consuno.
»Todas las cosas arriba dichas se harán bien y debidamente sin fraude ni engaño: y lo mismo harán los lacedemonios con los atenienses, si algunos extraños entraran en su tierra.
»Si los hilotas o siervos de los lacedemonios se levantaran contra ellos, los atenienses estarán obligados a ayudarles con todo su poder.
»Esta alianza será otorgada y jurada por las mismas personas que juraron la paz de ambas partes, y se había de renovar todos los años el juramento como el de la paz escrita, y esculpir el tratado en dos piedras que se pusieran una en la ciudad de Esparta, junto al templo de Apolo en el Amicleo, y la otra en la de Atenas, junto al templo de Minerva. Además fue acordado, que si durante esta alianza pareciese bien a ambas partes añadir o quitar o mudar cosa alguna, lo pudieran hacer por común acuerdo.
»Esta alianza la juraron de parte de los lacedemonios Plistoanacte, Agis, Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télis, Alcínadas, Empedias, Menas, Láfilo. Y de parte de los atenienses Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco y Demóstenes.»
La alianza fue hecha poco después del tratado de paz, y de entregar los atenienses los prisioneros que hicieron en la isla frente a Pilos al principio del verano, que fue el fin del décimo año, después que comenzó la guerra que escribimos.
IV.
La paz entre atenienses y peloponesios no es observada. — Corinto y otras ciudades del Peloponeso se alían con los argivos contra los lacedemonios.
Hecha esta paz entre los lacedemonios y los atenienses, después de durar la guerra diez años, como antes se ha dicho, solamente fue observada entre las ciudades que la quisieron admitir, porque los corintios y algunas otras ciudades del Peloponeso no la aceptaron y poco después se movió revuelta entre los lacedemonios y los otros confederados.
Andando el tiempo los lacedemonios fueron tenidos por sospechosos a los atenienses, principalmente por razón de algunos artículos de la alianza que no eran ejecutados como debían serlo, aunque todavía se guardaron de entrar los unos en tierra de los otros como enemigos por espacio de seis años y diez meses. Mas después se hicieron grandes daños los unos a los otros en diversas ocasiones sin romper del todo la alianza, antes la entretenían con treguas, las cuales fueron guardadas mal por espacio de diez años, y pasados estos viéronse forzados a acudir a la guerra descubierta.
Esta guerra la escribió Tucídides ordenadamente, según fue hecha de año en año, así en invierno como en verano, hasta tanto que los lacedemonios y sus aliados asolaron y destruyeron el imperio y señorío de los atenienses, tomaron los muros largos de la ciudad de Atenas y el Pireo y duró, comprendido el primero y segundo período, veintisiete años, del cual espacio de tiempo no se puede con razón quitar ni descontar el tiempo que duró el tratado de paz: porque el que para mientes en lo ocurrido, no podrá juzgar que esta paz tuviese algún efecto, visto que no fue guardada ni ejecutada por ninguna de las partes en las cosas que señaladamente fueron articuladas, contraviniendo unos y otros al tratado con la guerra hecha en Mantinea y en Epidauro y de otras muchas maneras.
También en Tracia los que habían sido aliados fueron después enemigos. Y los beocios hacían treguas de diez días solamente, por lo cual el que contara bien los diez años que duró la primera guerra, el tiempo que pasó en treguas y lo que duró la segunda guerra, hallará la cuenta de los años tal cual yo he dicho y algunos días más.
Este espacio de tiempo fue profetizado por los oráculos y respuestas de los dioses: porque me acuerdo haber oído decir a menudo públicamente a muchas personas, que aquella guerra había de durar tres novenos años. En todo este tiempo viví sano de mi cuerpo y entendimiento y procuré saber y entender todo lo que se hizo, aunque estuve en destierro durante diez años, después que fui enviado por capitán de la armada a Anfípolis. Habiendo, pues, estado presente a las cosas que se hicieron de una y otra parte en el tiempo que seguí la guerra, no tuve menos conocimiento de ellas en el que estuve desterrado en tierra del Peloponeso: antes tuve mejor ocasión de saber, entender y escribir la verdad.
Referiré, por tanto, las cuestiones y diferencias que sobrevinieron pasados los diez años: asimismo el rompimiento de las treguas, y finalmente todo lo que se hizo en esta guerra hasta su terminación.
Volviendo a la historia, digo que después de hecha la paz por cincuenta años, y la liga y alianza entre los atenienses y los lacedemonios, y que los embajadores de las ciudades del Peloponeso que habían ido a Lacedemonia volvieron a sus casas sin convenir nada, los corintios gestionaron aliarse con los argivos, y al principio hicieron hablar a algunos de los principales de la ciudad de Argos, mostrándoles que, pues los lacedemonios habían hecho alianza con los atenienses, sus mortales enemigos, no por guardar y conservar la libertad común de los peloponesios, sino por ponerlos en servidumbre, convenía que los argivos procurasen guardar la libertad común y persuadir a todas las ciudades de Grecia que quisiesen vivir en libertad, y según sus leyes y costumbres antiguas, que hiciesen alianza con ellos para darse ayuda los unos a los otros cuando fuese menester, y que eligiesen caudillos a capitanes que tuviesen mando y autoridad de proveer en todas cosas a fin de que las empresas fuesen secretas y que los pueblos mismos no tuviesen noticia de algunas cosas que, presumían, no habían de consentir, porque, según decían estos corintios que seguían las negociaciones, habría muchos particulares que por odio a los lacedemonios se aliaran con los mismos argivos. Tales razonamientos hicieron los corintios a los principales gobernadores de Argos y estos los refirieron al pueblo, acordando por común decreto, que eligiesen doce personas a quienes se diese pleno poder y facultad de contratar y concluir amistad y alianza en nombre de los argivos con todas las ciudades libres de Grecia, excepto con los lacedemonios y los atenienses, con los cuales no pudiesen tratar nada sin comunicarlo primeramente al pueblo: hicieron esto los argivos, así porque veían que se les acercaba la guerra con los lacedemonios, por el poco tiempo que restaba para espirar las treguas, como también porque esperaban por esta vía hacerse señores del Peloponeso, a causa que el mando y señorío de los lacedemonios era ya odioso y desagradable a la mayor parte de los peloponesios y comenzaban a despreciarlos y tener en poco por las derrotas, pérdidas y daños que habían sufrido en la guerra.
Por otra parte, los argivos eran entonces entre todos los griegos los más ricos, a causa de que, como no se habían mezclado en las guerras precedentes por tener amistad y alianza con ambas partes, durante la guerra entre los otros, se habían enriquecido en gran manera. Procuraban, pues, por estos medios atraer a su amistad y alianza a todos los griegos que se quisiesen confederar con ellos, entre los cuales, los primeros que se aliaron fueron los mantineos y sus adherentes, porque durante la guerra entre los atenienses y los lacedemonios habían tomado una parte de tierra de Arcadia, sujeta a los lacedemonios, y se la habían apropiado sospechando que tendrían memoria para vengar la citada injuria cuando viesen oportunidad, aunque por entonces no lo aparentasen. Antes, pues, de que les viniese este peligro quisieron aliarse con los argivos, considerando que Argos era una grande y poderosa ciudad, muy poblada y muy rica, y por eso bastante y suficiente para poder resistir a los lacedemonios, y también porque era gobernada por señorío y estado popular, como la suya de Mantinea.
A ejemplo de estos mantineos, otras muchas ciudades del Peloponeso hicieron lo mismo, pareciéndoles que los mantineos no habían hecho esto sin gran motivo y sin saber y conocer alguna cosa más que ellos no sabían. También lo hacían por despecho de los lacedemonios, a los cuales tenían gran odio por muchas causas, y la principal era que en un artículo del tratado de paz hecho entre atenienses y lacedemonios, estaba dicho y confirmado por juramento que si en el tratado se hallase cosa alguna que les pareciese se debía quitar o mudar, los de las dos ciudades, a saber, de Atenas y Lacedemonia, lo pudiesen hacer, sin que este artículo hiciese mención alguna de las otras ciudades confederadas del Peloponeso, cosa que puso en gran sospecha a todos los peloponesios, de que estas dos ciudades se hubiesen concertado para sujetar a todas las demás, pues parecíales que era cosa justa, si los tenían por sus compañeros y aliados, comprender en aquel artículo también las otras ciudades del Peloponeso, y no solamente las dos. Esta fue la causa principal que les movió a hacer alianza con los argivos.
Los lacedemonios, entendiendo que poco a poco las ciudades del Peloponeso se confederaban con los argivos, y que los corintios habían sido autores y promovedores de esto, les enviaron algunos embajadores, haciéndoles saber que si se apartaban de su amistad y alianza por juntarse a los argivos, contravendrían su juramento y obrarían contra toda razón no queriendo aprobar y confirmar el tratado de paz hecho con los atenienses, atento que la mayor parte de las otras ciudades confederadas lo había aprobado, y que en el contrato de sus alianzas se contenía, que lo que fuese hecho por la mayor parte de ellos fuese tenido y guardado por todos los otros, si no había algún impedimento justo por parte de los dioses o héroes.
Antes de responder a esta demanda, los corintios reunieron todos sus aliados, es a saber, a aquellos que no habían aún aceptado el tratado de paz por común acuerdo con los lacedemonios, para inducirles a entrar en la liga y confederarse contra ellos, alegando algunas cosas en que los lacedemonios les habían hecho agravio al otorgar aquel tratado de paz, mayormente porque en él no estaba puesto que los atenienses les restituyeran las villas de Solio, Anactorio y algunos otros lugares que pretendían haberles tomado, y también porque no estaban determinados los corintios a desamparar a los de Tracia, que por su amonestación y persuasión se habían rebelado contra los atenienses, a los cuales habían prometido particularmente por juramento, que no les abandonarían así al comienzo, cuando se rebelaron con los de Potidea, como después otras muchas veces, por lo cual no se tenían por quebrantadores de la alianza que hicieron antes con los lacedemonios, si ahora no querían aceptar el tratado de paz que estos habían hecho con los atenienses, visto que no lo podían hacer sin quedar por perjuros para con los tracios. Además, en un artículo de su tratado de alianza se decía que la parte menor hubiese de aceptar lo que hiciese la mayor, si no hubiera algún estorbo o impedimento de los dioses, lo cual reputaban que ocurría en este caso, pues contraviniendo a su juramento ofendían a los dioses, por los cuales ellos habían jurado. Así respondían respecto a este artículo.
En cuanto a la liga y alianza con los argivos, que habiendo consultado estos con sus amigos y aliados harían todo aquello que hallen ser justo y razonable.
Después que los embajadores de los lacedemonios fueron despedidos con esta respuesta, los corintios mandaron venir ante ellos, en su Senado, a los embajadores de los argivos que ya estaban en la ciudad antes que los otros partiesen, y les dijeron que no curasen de diferir más la alianza con ellos, sino que fueran al primer consejo y la concluyesen.
Pendiente esto llegaron allí los embajadores de los eleos, los cuales primeramente hicieron alianza con los corintios, y de allí, por su orden, fueron a Argos, donde hicieron lo mismo, porque también estaban muy descontentos de los lacedemonios, a causa de que antes de la guerra con los atenienses, siendo los de Lépreo ofendidos por algunos de los arcadios, se acogieron a los eleos y les prometieron que si les socorrían en aquella guerra, después de acabada, cuando fueran expulsados de su tierra los arcadios, les darían la mitad de los frutos que cogiesen. Verificada la expulsión, los eleos se convinieron y acordaron con los lepreatas que tenían tierra a labrar, que les pagasen cada año un talento de oro todos juntos, el cual se ofreciese al templo de Júpiter en Olimpia, y este tributo pagaron sin contradicción algunos años, hasta la guerra de los atenienses y peloponesios, mas después rehusaron hacerlo, tomando por excusa las cargas y tributos que sostenían por razón de la guerra. Y porque los eleos les querían obligar a que lo pagasen, los lepreatas acudieron a los lacedemonios, a quienes también los eleos sometieron por entonces la cuestión para que la decidieran, pero después, sospechando que juzgasen contra ellos, no quisieron proseguir la causa ante aquellos, sino que fueron a talar la tierra de los lepreatas. No obstante esto, los lacedemonios pronunciaron su sentencia, por la cual declararon que los lepreatas no estaban obligados en cosa alguna a los eleos, que sin razón habían talado su tierra.
Viendo los lacedemonios que los eleos no querían pasar por su juicio y sentencia, enviaron su gente de guerra en socorro de los lepreatas, por lo cual los eleos pretendían que los lacedemonios habían contravenido al tratado de alianza hecho entre ellos y los otros peloponesios, en el que se establecía que las tierras que cada cual de las ciudades poseía al comienzo de la guerra, les debiesen quedar, diciendo que los lacedemonios habían atraído a ellos la ciudad de los lepreatas, que les era tributaria.
Esta fue la ocasión y pretexto para hacer la alianza con los argivos, y poco después la hicieron los corintios y los calcídeos que habitan en Tracia. Los beocios y megarenses estuvieron a punto de hacer lo mismo, pretendiendo que habían sido menospreciados por los lacedemonios, pero se detuvieron considerando que la manera de vivir de los argivos, que era señorío y mando del pueblo, no era tan conveniente para ellos como la de los lacedemonios que se gobernaban por un cierto número de personas, a saber, por un consejo y senado que tenía el mando y autoridad sobre todos.
V.
Comunicaciones que recatadamente tienen atenienses y lacedemonios. — Hechos de guerra y tratados que en este verano se hicieron.
Durante este verano los atenienses se apoderaron de la ciudad de Escíone por fuerza, mataron todos los hombres jóvenes, cautivaron a los niños y a las mujeres, y dieron todas las tierras de los escionios a los plateenses, sus aliados, para que las labrasen y se aprovecharan de ellas.
También hicieron regresar a Delos a los ciudadanos que habían sido echados de allí, atendiendo así a los males y daños que habían sufrido por la guerra, como a los oráculos de los dioses que se lo amonestaban.
Los focenses y los locros comenzaron la guerra entre sí, y los corintios y los argivos, que ya estaban aliados y confederados, fueron a la ciudad de Tegea con esperanza de poder apartarla de la alianza de los lacedemonios, y por medio de esta, porque tenía gran término y jurisdicción, atraer a sí a todas las demás del Peloponeso. Mas viendo los corintios que los tegeatas no se querían separar de los lacedemonios por queja alguna que hubiesen tenido antes con ellos, perdieron la esperanza de que ningunos otros quisieran unirse a ellos en amistad, rehusándolo los de Tegea. No por eso dejaron de solicitar a los beocios para que se aliasen y confederasen con ellos y con los argivos, y para que en adelante se rigiesen y gobernasen todos por común acuerdo, porque los beocios habían hecho la tregua de diez días con los atenienses. Después de la conclusión de la paz de cincuenta años arriba dicha, les demandaban que enviasen sus embajadores con ellos a los atenienses para que fuesen comprendidos en la misma tregua, y si no lo querían hacer, los beocios renunciasen del todo esta tregua y en adelante no hiciesen ningún tratado de paz y de tregua sin los corintios.
A esto respondieron los beocios, respecto a la alianza, que ellos entenderían en ella, y en cuanto a lo demás enviaron sus embajadores con los de los corintios a Atenas, y demandaron a los atenienses que comprendieran a los corintios en la tregua de diez días, pero los atenienses respondieron a todos, que si los corintios estaban aliados con los lacedemonios les bastaba aquella alianza para con ellos, y no habían menester otra cosa.
Oída esta respuesta, los corintios procuraron con gran instancia que los beocios renunciasen la tregua de diez días, pero estos no lo quisieron hacer; visto lo cual los atenienses quedaron satisfechos de hacer tregua con los corintios sin alguna otra alianza.
En este verano los lacedemonios, con su ejército al mando de Plistoanacte, su rey, salieron contra los parrasios que viven en tierra de Arcadia y son súbditos de los mantineos. Fueron los lacedemonios llamados a esta empresa por algunos de los ciudadanos parrasios a causa de los bandos y sediciones que había entre ellos, y también iban con intención de derrocar los muros que los mantineos hicieron en la villa de Cipsela, donde habían puesto guarnición, villa asentada en los términos de los parrasios en la región de Escirítide en tierra de Lacedemonia.
Al llegar los lacedemonios a tierra de los parrasios comenzaron a robar y talar, y viendo esto los mantineos dejaron la guarda de su ciudad a los argivos, y con todo su poder acudieron a socorrer a sus súbditos, mas viendo que no podían defender los muros de Cipsela y guardar la ciudad de los parrasios juntamente, determinaron volverse.
Los lacedemonios pusieron a los parrasios, que les llamaron en su ayuda, en libertad, derrocaron aquellos muros, y regresaron a sus casas. Después del regreso, llegó también la gente de guerra que había ido con Brásidas a Tracia, y que Cleáridas trajo por mar cuando quedó ajustada la paz. Declarose por decreto que todos los hilotas y esclavos que se habían hallado en aquella guerra con Brásidas quedasen libres y francos, y pudieran vivir donde quisieran. Al poco tiempo enviaron a todos estos, con algunos otros ciudadanos, a habitar la villa de Lépreo, que está en término de los eleos, en tierra de Lacedemonia, porque ya los lacedemonios tenían guerra con los eleos.
Por otro decreto los lacedemonios desautorizaron y declararon infames a los que cayeron prisioneros de los atenienses en la isla frente a Pilos, por haberse entregado con armas a los enemigos, y entre los que así se rindieron había algunos que ya estaban elegidos para los cargos públicos de la ciudad. Hicieron esto los lacedemonios, porque siendo aquellos reputados y tenidos por infames, no emprendiesen alguna novedad en la república si llegaban a tener algún cargo de autoridad y mando en ella. De esta suerte los declararon inhábiles para adquirir honras y oficios ni tratar ni contratar, aunque poco tiempo después les habilitaron.
En este mismo verano los de Dío tomaron la ciudad de Tiso, en tierra de Atos, confederada con Atenas.
Durante toda esta estación atenienses y peloponesios comerciaron entre sí, aunque siempre se tenían por sospechosos desde el principio del tratado de paz, porque no habían restituido de una parte ni de otra lo que fue acordado en él. Los lacedemonios, que eran los primeros que debían restituir, no habían devuelto a los atenienses la ciudad de Anfípolis ni las otras plazas, ni habían obligado a sus confederados en tierra de Tracia a que aceptasen el tratado de paz, ni tampoco a los beocios y los corintios, aunque decían siempre que si los tales confederados no querían aceptar el tratado de paz, se unirían a los atenienses para forzarles a ello, y para esto habían señalado un día sin poner nada por escrito ni obligación, dentro del cual, los que no hubiesen ratificado y aprobado aquel tratado de paz, fuesen tenidos y reputados por enemigos de los atenienses y de los lacedemonios.
Viendo los atenienses que los lacedemonios no cumplían nada de lo que habían prometido y capitulado, opinaban que no querían mantener la paz, y por esto también dilataban la devolución de Pilos, arrepintiéndose de haber entregado los prisioneros, y reteniendo en su poder las otras villas y plazas que habían de restituir por virtud del contrato, hasta tanto que los lacedemonios hubiesen cumplido su compromiso, los cuales se excusaban diciendo que ya habían hecho lo que podían devolviendo los prisioneros que tenían y mandado salir de Tracia su gente de guerra, pero que la devolución de Anfípolis no estaba en su mano; y en lo demás, que ellos trabajarían por hacer que los beocios y los corintios entrasen en el contrato, y la ciudad de Panacto fuese restituida a los atenienses, como también todos los atenienses que se hallasen prisioneros en Beocia. En cambio pedían a los atenienses que les devolvieran la ciudad de Pilos, o a lo menos si no la querían entregar, que sacasen de ella a los mesenios y los esclavos que tenían dentro, como ellos habían sacado la gente de guerra que estaba en Tracia, y que pusiesen en guarda de la ciudad, si quisiesen, de los suyos propios.
De esta manera pasaron todo aquel verano las cosas en tranquilidad, tratando y comunicando los unos con los otros.
VI.
Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios.
En el invierno siguiente fueron mudados los éforos o gobernadores de la ciudad de Esparta, en cuyo tiempo fue concluido el tratado de paz. En su lugar eligieron otros que eran contrarios a la paz, y se hizo una asamblea en Lacedemonia donde se hallaron presentes los embajadores de las ciudades confederadas a los peloponesios y los de los atenienses, los corintios y los beocios. En esta asamblea fueron debatidas muchas cosas de todas partes, mas al fin terminó sin tomar resolución alguna.
Vueltos cada cual a su casa, Cleóbulo y Jénares, que eran los dos éforos nuevamente elegidos que presidían por entonces en Lacedemonia, y deseaban el rompimiento de la paz, tuvieron negociaciones privadas con los beocios y los corintios, amonestándoles que atendiesen al estado general de las cosas, y al en que ellos estaban por entonces, sobre todo a los beocios, que así como habían sido los primeros en hacer alianza con los argivos, quisieran de nuevo confederarse con los lacedemonios, mostrándoles que por este medio no estarían obligados a tener alianza con los atenienses, y que antes de las enemistades que esperaban y de que se rompiesen las treguas, siempre los lacedemonios habían deseado más la alianza y amistad de los argivos que la de los atenienses, porque siempre habían desconfiado de estos, y por eso querían ahora asegurarse, sabiendo que la alianza de los argivos les venía muy a propósito a los lacedemonios, para hacer la guerra fuera del Peloponeso. Por tanto, rogaban a los beocios que dejasen de buen grado a los lacedemonios la ciudad de Panacto, para que, restituida esta ciudad, ellos pudiesen recobrar a Pilos si fuese posible, y por este medio comenzar la guerra de nuevo contra los atenienses con más seguridad.
Dichas tales cosas a los embajadores de los beocios y de los corintios por los éforos y algunos otros lacedemonios, amigos suyos, para que hiciesen relación de ellas a sus repúblicas, partieron. Antes de llegar a sus ciudades encontraron en el camino dos gobernadores de Argos, y hablaron mucho con ellos, para saber si sería posible que los beocios quisieran entrar en su alianza, como habían hecho los corintios, los mantineos y los eleos, diciéndoles que si esto se hacía, les parecía que serían bastantes para declarar la guerra a los atenienses, o a lo menos, por medio de los beocios y los otros confederados, llegar a algún buen concierto con ellos. Estas noticias fueron muy agradables a los beocios, porque les parecía que concordaban con lo que sus amigos los lacedemonios les habían encargado y que los argivos otorgaban lo que los otros deseaban, determinando entre ellos enviar embajadores a tierra de Beocia para este efecto, y con esto se despidieron unos de otros. Llegados los beocios a su tierra, relataron a los gobernadores de su ciudad todo lo que habían escuchado de los lacedemonios y lo que había pasado con los argivos en el camino, lo cual celebraron los gobernadores, porque la amistad de los unos y de los otros les venía bien, y porque ambas partes, sin previo acuerdo, se mostraban propicias al mismo fin.
Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales, después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.
Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse unos a otros contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses, que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo y Jénares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que habían determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos, que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta de solicitud.
En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna, donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.
Pasado esto hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los lacedemonios, que si restituían Panacto a los atenienses, también estos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses la ciudad de Panacto, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como la habían hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panacto, esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor inclinación que los éforos que gobernaban entonces tenían a los beocios que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo de la primavera, que fue el onceno año de la guerra, los beocios derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panacto.
Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado hasta los cimientos a Panacto y hecho alianza particular con los lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen todas con estos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios en Panacto fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios, y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios, porque habían rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, y codiciado el imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los lacedemonios a Éustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos, y muy aceptos y agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza, pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia, declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza, y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antene, pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o a algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los lacedemonios les respondieron que no era menester hablar más sobre esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción, diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber alcanzado la victoria. Además que la guerra no debiese pasar más adelante de los límites de la ciudad de Argos, o Lacedemonia, y de sus términos.
Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos, y propusiesen el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto partieron de Lacedemonia los embajadores.
Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panacto y los prisioneros atenienses, a saber, Andrómedes, Fédimo y Antiménidas, hallaron que Panacto había sido asolada por los beocios, porque decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses, confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores se los enviaron; y tocante a Panacto, les dijeron que no tenían por qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa de devolverla.
No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada, y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas usaron con los embajadores de palabras muy duras, y les despidieron sin otra conclusión.
Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias, aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los medios que podían para romperla con ocasión de esto; y entre otros, era uno Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad en la ciudad. Este aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de él, porque era joven; y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios, y que el tratado de paz hecho con ellos, era solo por apartar a los argivos de su amistad, y después declararles la guerra.
Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudaría con todo su poder.
Los argivos, teniendo aviso de esto, y entendiendo que los beocios no habían hecho alianza con los atenienses, y también que los atenienses estaban en gran discordia con los lacedemonios, prescindieron de las negociaciones de sus embajadores que trataban la paz y alianza con los lacedemonios, y entendieron hacerla con los atenienses, la cual tenían por mejor y más útil y provechosa para ellos que la otra, porque los atenienses habían sido siempre, desde los tiempos antiguos, sus amigos, y se gobernaban por señorío y estado popular como ellos, y porque les podían dar gran favor y ayuda por mar si temían guerra, siendo como eran en el mar los más poderosos.
Inmediatamente enviaron sus embajadores con los de los eleos y mantineos a Atenas para tratar y concluir la alianza. Al mismo tiempo llegaron a Atenas los embajadores de los lacedemonios, que eran Filocáridas, León y Endio, que, según parece, eran los más aficionados a los atenienses y a la paz, los cuales fueron enviados así por la sospecha que tuvieron los lacedemonios de que los atenienses hiciesen alianza con los argivos en daño de ellos, como también para demandar que les devolvieran a Pilos en cambio de Panacto, y también para excusarse de la alianza que habían hecho con los beocios, y para mostrarles que no la habían hecho con mala intención ni en perjuicio de los atenienses.
Todas estas cosas fueron propuestas por los embajadores lacedemonios ante el Senado de Atenas, y además declararon que tenían pleno poder para tratar y convenir sobre todas las diferencias pasadas.
Viendo esto Alcibíades, y temiendo que si estas cosas fuesen publicadas y declaradas al pueblo le inducirían a consentir con ellos, y por tanto a rehusar la alianza de los argivos, usó de la astucia e ingenio para estorbarlo, hablando secretamente con los embajadores, y diciéndoles que en manera alguna declarasen al pueblo que tenían poder bastante para entender en todas las diferencias, prometiéndoles que, si lo hacían así, pondría a Pilos en sus manos; que él tenía para ello los medios y autoridad, y sabía cómo persuadir al pueblo, como los había tenido antes para hacer que se opusiera a las demandas de los otros embajadores de los lacedemonios. Además les prometió que compondría todas las otras diferencias que tenían, haciendo esto por apartarlos de la conversación con Nicias, y también para por este medio calumniar a los embajadores, insinuar entre el pueblo que no había en ellos verdad ni lealtad, e inducirle a que hiciese alianza con los argivos, los mantineos y los eleos, según sucedió, porque cuando los embajadores se presentaron delante de todo el pueblo, siendo preguntados si tenían pleno poder para entender y tratar sobre todas las diferencias, respondieron que no, lo cual era contrario totalmente a lo que habían dicho primero delante del Senado. Tanto enojó esto a los atenienses, que no les quisieron dar más audiencia, poniéndose de acuerdo con Alcibíades, que comenzó con esta ocasión a cargarles la mano más que lo había hecho antes.
A persuasión suya mandaron entrar los argivos y los otros aliados que habían venido en su compañía para ajustar y convenir la confederación y alianza con ellos, mas antes que la cosa fuese efectuada del todo tembló la tierra, por lo cual fue dejada la consulta para un día después.
Al día siguiente, de mañana, Nicias viose engañado por Alcibíades no menos que los embajadores de los lacedemonios que fueran inducidos por él a negar al pueblo lo que primero habían dicho en el Senado. Mas no por eso dejó Nicias de insistir de nuevo en la asamblea, y mostrarles que la alianza debía hacerse y renovar la amistad con los lacedemonios, y que para esto debían enviar embajadores a Lacedemonia para saber más ampliamente su voluntad e intención, y entretanto diferir la alianza con los argivos, mostrándoles que era honra suya evitar la guerra y la vergüenza de los lacedemonios, y pues las cosas de los atenienses estaban en buen estado, que se supiesen guardar y conservar, pues los lacedemonios que habían quedado con pérdida tenían más motivo para desear la fortuna de la guerra que no ellos. Finalmente, tanto les persuadió Nicias que acordaron los atenienses enviar sus embajadores a Lacedemonia, y entre ellos fue nombrado el mismo Nicias, a los cuales ordenaron que dijesen a los lacedemonios que si querían tratar con verdad y mantener la paz y alianza, devolvieran a los atenienses la ciudad de Panacto reedificada, y en lo demás dejasen a Anfípolis y se apartasen de la alianza de los beocios si no querían entrar en el tratado de paz con las mismas condiciones que en él había sido dicho y declarado, a saber: que cualquiera de las partes no pudiese hacer tratos con ciudad alguna sin que en ellos entrase la otra. Declararon además que si querían contravenir el tratado de paz y alianza haciendo lo contrario de lo que primero habían capitulado, supiesen que los atenienses tenían ya concluida la alianza con los argivos que quedaban en Atenas esperando la resolución de esta embajada, y juntamente con estas enviaron otras muchas quejas y agravios contra los lacedemonios por no haber guardado ni cumplido el tratado de paz, todas las cuales fueron dadas por instrucción a los embajadores atenienses para que se las expresaran a los lacedemonios.
Cuando los embajadores llegaron a Lacedemonia y expusieron su demanda en el Senado a los lacedemonios, y en el último término les notificaron que si no querían dejar la alianza con los beocios (en el caso que estos no quisiesen aceptar el tratado de paz como hemos dicho), los atenienses concluirían la alianza con los argivos y los otros aliados suyos, los lacedemonios, por consejo del éforo Jénares, y los de su bando respondieron que no se apartarían de la alianza de los beocios en manera alguna, aunque siendo requeridos por Nicias que jurasen de nuevo guardar el tratado de paz y amistad que habían hecho antes entre sí, lo juraron de buen grado.
Hizo esto Nicias temiendo que si volvía a Atenas sin efectuar algo de lo que llevaba a cargo, después le calumniarían por haber sido autor del tratado de alianza con los lacedemonios, según después sucedió. Cuando Nicias regresó de su embajada, y los atenienses entendieron por su relación la respuesta de los lacedemonios, y que no había efectuado nada con ellos, consideráronse muy injuriados, y por consejo y persuasión de Alcibíades concluyeron la alianza con los argivos que estaban en Atenas, el tenor de la cual es el siguiente:
«Queda hecha confederación y alianza por espacio de cien años por parte de los atenienses con los argivos, los mantineos y los eleos, así para ellos como para sus amigos y compañeros a quien presiden una parte y otra sin fraude, ni dolo, ni engaño, así por mar como por tierra, a saber: que una parte no pueda mover la guerra, ni hacer mal ni daño a la otra ni a sus aliados ni súbditos bajo cualquier causa, ocasión o motivo que sea.
»Además, que si algunos enemigos durante este tiempo entraren en tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos estarán obligados a socorrerles con todas sus fuerzas y poder tan pronto como fuesen requeridos por los atenienses. Y si sucediese que los enemigos hubieran ya salido de tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos los deban tener y reputar por sus enemigos ni más ni menos que los tendrán los atenienses.
»Que no sea lícito a ninguna de estas ciudades aliadas y confederadas hacer tratado o concordia con los enemigos comunes sin el consentimiento de las otras, y lo mismo harán los atenienses para con los argivos, mantineos y eleos cuando los enemigos entrasen en su tierra.
»Que ninguna de estas ciudades permitirá ni dará licencia para pasar por su tierra ni por la de sus amigos y aliados a quien presiden, ni por mar ninguna gente de armas para hacer guerra si no fuere con acuerdo y deliberación de las cuatro ciudades. Y si alguna de estas ciudades demandare socorro y ayuda de gente a las otras, la ciudad que pidiere el socorro sea obligada a proveer y abastecer de vituallas a su costa por espacio de treinta días, contados desde el primer día que el tal socorro llegare a la ciudad que le demanda. Pero si la ciudad hubiese menester el socorro por más tiempo, quedará obligada a dar sueldo a los tales soldados, a saber: tres óbolos de plata cada día por cada hombre de a pie, y a los de a caballo una dracma. La ciudad tendrá mando y autoridad sobre estos hombres de guerra, y ellos estarán obligados a obedecerla, mientras estuvieren en ella. Mas si en nombre de todas cuatro ciudades se formase ejército o armada, tenga caudillo y capitán de parte de todas cuatro.
»Este tratado de alianza deberán jurarlo los atenienses al presente en nombre suyo, y de sus aliados y confederados, y después se jurará en cada una de las otras tres ciudades y de sus aliados en la más estrecha forma que pueda ser, según su costumbre religiosa, después de hechos los sacrificios correspondientes por estas palabras:
»Juro mantener esta confederación y alianza según la forma y tenor del tratado acordado y otorgado sobre ella, justa, leal y sencillamente, y no ir ni venir en contrario con cualquier pretexto, arte ni maquinación que sea. Este juramento será hecho en Atenas por los senadores y los tribunos, y después confirmado por ellos. Y en la ciudad de Argos, por el Senado y los ochenta varones del consejo. En Mantinea, por la justicia y gobernadores, y confirmado por los adivinos y caudillos de la guerra. En Elea o Élide, por los oficiales tesoreros y sesenta varones del gran consejo, y será confirmado por los conservadores de las leyes. El juramento será renovado todos los años, primero por los atenienses, los cuales irán para este efecto a las otras tres ciudades treinta días antes de las fiestas olímpicas, y después los representantes de las otras tres ciudades irán a Atenas para hacer lo mismo diez días antes de la gran fiesta llamada Panacteas.
»Será escrito el presente tratado con su juramento y esculpido en una piedra que se ponga en lugar público, a saber: en Atenas, en el más eminente lugar de la ciudad; en Argos, junto al mercado en el templo de Apolo; y en Mantinea y en Élide, en el mercado junto al templo de Júpiter. En nombre de estas cuatro ciudades será puesto en las próximas fiestas olímpicas en una tabla de bronce, y podrán estas ciudades por común acuerdo añadir a este tratado lo que bien les pareciere en adelante.»
De esta manera fue ajustada la liga y confederación entre estas cuatro ciudades sin que se hiciese mención alguna que por esta alianza se apartaban del tratado de paz y alianza hecha entre los atenienses y los lacedemonios.
VII.
Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos, declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y eran perjuros.
Esta alianza y confederación no fue agradable a los corintios, y siendo requeridos por los argivos, sus aliados, para que la ratificasen y jurasen, rehusaron hacerlo diciendo que les bastaba la que habían hecho antes con lo mismos argivos, mantineos y eleos, por la cual prometieron no hacer guerra ni paz una ciudad sin la otra, y ayudar para defenderse la una a la otra, sin pasar más adelante, y obligarse a dar ayuda y socorro para ofender y acometer a otros. De esta suerte los corintios se apartaron de aquella alianza y tomaron nueva amistad e inteligencia con los lacedemonios.
Todas estas cosas fueron hechas en aquel verano que fue cuando, en las fiestas olímpicas, el arcadio Andróstenes ganó el premio y joya en los juegos y contiendas de ellas.
En aquellas fiestas los eleos prohibieron a los lacedemonios hacer sacrificios en el templo de Júpiter, y tomar parte en los juegos y contiendas si no pagaban la multa a que habían sido condenados por ellos, según las leyes y estatutos de Olimpia, pues decían que los lacedemonios enviaron tropas contra la ciudadela de Firco, y dentro de la ciudad de Lépreo durante la tregua hecha en Olimpia, y contra el tenor de ella. La multa montaba a dos mil minas de plata[3], a saber: por cada hombre armado, que eran mil, dos minas, según se contenía en el contrato.
A esto, los lacedemonios respondían que habían sido injustamente condenados; porque cuando enviaron su gente a Lépreo, la tregua no estaba aún publicada. Mas los eleos replicaban que no la podían ignorar, porque ya andaba entre sus manos, y ellos mismos habían sido los primeros que la habían notificado a los eleos. No obstante esto, contraviniendo a ella, habían emprendido aquel hecho de guerra contra ellos sin razón y sin que los eleos hubiesen innovado cosa alguna en su perjuicio.
A esto argüían los lacedemonios, que si así era, y si los eleos entendían, cuando fueron a notificar aquella tregua a los lacedemonios, que ya habían contravenido a ella, no era necesario que se la notificasen, como habían hecho después del tiempo en que pretendían haber realizado los lacedemonios la empresa de guerra contra ellos, y que no se podría asegurar que los lacedemonios hubiesen innovado ni intentado cosa alguna después de la notificación.
Los eleos perseveraron en su opinión, no obstante esta respuesta de los lacedemonios, y para más justificación suya les ofrecieron que si les querían devolver a Lépreo les perdonarían una parte de la multa que se les había de aplicar, y la otra, destinada al templo de Apolo, la pagaría por ellos: condición que no quisieron aceptar los lacedemonios.
Viendo esto, los eleos les hicieron otra oferta, a saber: que pues que no querían restituirles a Lépreo, a fin de que no quedasen los lacedemonios excluidos en aquellas fiestas, jurasen en las aras del templo de Júpiter delante de todos los griegos pagar aquella multa, andando el tiempo, si no lo podían hacer entonces; pero los lacedemonios tampoco quisieron aceptar este partido, por razón de lo cual fueron excluidos de sacrificar y de estar presentes a los juegos de aquellas fiestas, viéndose obligados a hacer sus sacrificios en su misma ciudad. A estos juegos acudieron todos los otros griegos, excepto los de Lépreo.
Los eleos, temiendo que los lacedemonios viniesen al templo y quisieran sacrificar por fuerza, mandaron poner cierto número de su gente en armas para que estuviese allí en guarda junto al templo, y con estos fueron enviados de Argos y de Mantinea dos mil hombres armados, mil de cada ciudad, y además, los atenienses enviaron su gente de a caballo que tenían en Argos, esperando el día de las fiestas. Todos ellos tuvieron gran miedo de ser acometidos por los lacedemonios, mayormente después que un lacedemonio llamado Licas, hijo de Arcesilao, fue castigado con varas por los ministros de justicia en el lugar de las carreras, por razón de que, habiendo sido atribuido su carro a los beocios porque había salido a correr en la carrera con los otros carros, lo cual no le era lícito, pues estaban prohibidos a los lacedemonios aquellos juegos y contiendas, como se ha dicho, este Licas, en menosprecio de la justicia, para dar a entender a todos que aquel carro era suyo, puso una corona de vencedor a su carretero en el mismo lugar de las carreras públicamente. Todos sospecharon que aquel no hubiera osado hacer tal cosa si no esperase ayuda de los lacedemonios, pero estos no se movieron por entonces de su lugar, y así pasó aquel día de la fiesta.
Acabadas las fiestas, los argivos y sus aliados fueron a Corinto a rogar a los corintios les enviasen personas con poderes para tratar una alianza con ellos. Allí se hallaron también presentes los embajadores de los lacedemonios, y tuvieron muchas conferencias acerca de esto, mas al fin, cuando oyeron el temblor de tierra, todos los que estaban allí reunidos para negociar se separaron unos de otros sin tomar acuerdo alguno, y se fue cada cual a su ciudad.
Ninguna otra cosa se hizo aquel verano.
Al empezar del invierno siguiente, los de Heraclea de Traquinia libraron una batalla contra los enianes, los dólopes y los melieos y algunos otros pueblos de Tesalia, sus comarcanos y enemigos, porque aquella ciudad había sido fundada y poblada contra ellos, y por esto, desde su fundación, nunca habían cesado de tramar y maquinar por destruirla. De esta batalla los heracleotas llevaron lo peor, muriendo muchos de los suyos, y entre otros el lacedemonio Jénares, hijo de Cnidis, que era su general; y con esto pasó el invierno, que fue el duodécimo año de la guerra.
Al principio del verano los beocios tomaron la ciudad de Heraclea, y echaron de ella al lacedemonio Agesípidas, que la gobernaba, diciendo que lo hacía mal y que sospechaban que estando los lacedemonios ocupados en guerra en el Peloponeso los atenienses la tomasen. Esta acción produjo en los lacedemonios gran rencor contra ellos.
En este mismo verano Alcibíades, capitán de los atenienses, con la ayuda de los argivos y de otros aliados fue al Peloponeso, llevando consigo muy pocos soldados atenienses, y algunos flecheros y confederados, los que halló más dispuestos, y atravesó tierra de Peloponeso, dando orden en las cosas necesarias; y entre otras, aconsejó a los de Patras que derrocasen el muro desde la villa hasta la mar, pensando hacer otro sobre el cerro que está de la parte de Acaya, mas los corintios y los sicionios, que entendieron que esto se hacía contra ellos, los estorbaron.
En el mismo verano hubo una gran guerra entre los epidaurios y los argivos, por motivo de que los epidaurios no habían enviado las ofrendas al templo de Apolo Pitaeo, como estaban obligados; el cual templo caía en la jurisdicción de los argivos, mas en realidad de verdad, era porque los argivos, y Alcibíades con ellos, buscaban alguna ocasión para ocupar la ciudad de Epidauro si pudiesen, así por estar más seguros contra los corintios, como también porque desde el puerto de Egina podían atravesar más fácil y más derechamente que desde Atenas, rodeando por el cabo de Escíleo. Con este pretexto se aparejaban los argivos para ir a cobrar la ofrenda de los epidaurios por fuerza de armas.
En este tiempo los lacedemonios salieron al campo con todo su poder, y se juntaron en Leuctra, que es una villa de su tierra, al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, el cual los quería llevar contra los de Liceo sin descubrir su intención a persona alguna: mas habiendo hecho sus sacrificios para aquel viaje, y no siéndoles favorables, se volvieron a sus casas, tomando primero el acuerdo de reunirse de nuevo el mes siguiente, que era el de junio.
Después de partir, los argivos salieron con todas sus fuerzas contra ellos cerca del fin de mayo, y caminaron todo un día hasta entrar en tierra de Epidauro, y la robaron y destruyeron. Viendo esto los epidaurios, enviaron aviso a los lacedemonios y a los otros aliados suyos para que les diesen socorro y ayuda, mas los unos se excusaron, diciendo que el mes señalado para reunirse no había aún llegado, y los otros fueron hasta los confines de Epidauro, y allí se detuvieron sin pasar más adelante.
Mientras los argivos estaban en tierra de Epidauro, llegaron a Mantinea los embajadores de las otras ciudades aliadas suyas, y a instancia de los atenienses; y después que estuvieron todos juntos, el corintio Eufámidas dijo que las obras no eran semejantes a las palabras, porque hablaban y trataban de paz, y entretanto, los epidaurios y sus aliados se habían juntado y puesto en armas para ir contra los argivos. Por tanto, que la razón demandaba que la gente de guerra se retirase de una parte y de otra; y hecho así se empezara a tratar de paz. En esto consintieron los embajadores de los atenienses, y mandaron retirar la gente que había entrado en tierra de los epidaurios, y después volvieron a reunirse todos para tratar de la paz, mas al fin partieron sin tomar resolución, y los argivos volvieron de nuevo a hacer correrías en la tierra de Epidauro.
Por este mismo tiempo los lacedemonios sacaron su gente para ir contra los de Carias; mas como los sacrificios no se les mostrasen favorables para esta jornada, regresaron.
Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la tierra de los epidaurios, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades, que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra, en busca de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel verano.
Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de pelea en socorro de los epidaurios, al mando de Agesípidas, y por ello los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos, porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo contrario, les harían gran ofensa.
Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo, que decía cómo los lacedemonios habían contravenido el tratado de paz y quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos, para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los epidaurios, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente entradas, escaramuzas y combates.
Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no había gente de defensa dentro, y que todos estaban en campaña, pero la hallaron bien provista, y se volvieron sin hacer lo que pretendían.
En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.
VIII.
Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno.
Al verano siguiente, los lacedemonios, viendo que los epidaurios sus aliados estaban metidos en guerras, y que muchos lugares del Peloponeso se habían apartado de su amistad, y otros estaban a punto de hacerlo, y si no proveían remedio en todo esto, sus cosas irían de mal en peor, se pusieron todos en armas, y sus hilotas y esclavos con ellos al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, para ir contra los de Argos, llamando también en su compañía a los tegeatas y a todos los otros arcadios que eran aliados suyos, y a los confederados del Peloponeso y de otras partes les mandaron que viniesen a Fliunte, como así lo hicieron. Fueron también los beocios con cinco mil infantes bien armados, y otros tantos armados a la ligera, y quinientos hombres de a caballo, los corintios con dos mil hombres bien armados, y de las otras villas enviaron también gente de guerra según la posibilidad de cada uno. También los fliasios, porque la hueste se reunía en su tierra, enviaron toda la más gente de guerra que pudieron tomar a sueldo.