LIBRO V. (continued 2)
Diego Gracián translation
Advertidos los argivos de este aparato de guerra de los lacedemonios, y que venían derechamente a Fliunte para reunirse allí con los otros aliados, les salieron delante con todo su poder, llevando en su compañía a los mantineos con sus aliados, y tres mil eleos bien armados, y les alcanzaron cerca de Metidrio, villa en tierra de Arcadia, donde unos y otros procuraron ganar un cerro para asentar allí su campo.
Los argivos se apercibían para darles la batalla, antes que los lacedemonios pudieran unirse con sus compañeros que estaban en Fliunte, mas Agis, a la media noche, partió de allí para ir derechamente a Fliunte. Al saberlo los argivos se pusieron en marcha el día siguiente por la mañana y fueron derechamente a Argos, y de allí salieron al camino que va a Nemea, por donde esperaban que los lacedemonios habían de pasar. Pero Agis, sospechando esto mismo, había tomado otro camino más áspero y difícil, llevando consigo a los lacedemonios, los arcadios y los epidaurios, y por este camino fue a descender a tierra de los argivos por el otro lado.
Los corintios, los peleneos y los fliasios por otra parte salieron a este camino. A los beocios, megarenses y sicionios se les mandó que descendiesen por el mismo camino que va a Nemea, por donde los argivos habían ido, a fin de que, si estos querían bajar y descender a lo llano para encontrarse con los lacedemonios que venían por la parte baja, cargasen sobre ellos por la espalda con su gente de a caballo.
Estando las huestes así ordenadas, Agis entró por un llano en tierra de los argivos, y tomó la villa de Saminto y otros lugares pequeños inmediatos a ella. Viendo esto los argivos, salieron de Nemea al amanecer para socorrer su tierra; y como encontrasen en el camino los corintios y los fliasios, tuvieron una pelea donde mataron algunos de ellos, aunque fueron muertos otros tantos de los suyos por los contrarios.
Por la otra parte, los beocios, megarenses y sicionios, siguieron el camino que les mandaron, y fueron directamente a Nemea, de donde los argivos habían ya partido, bajando al llano. Cuando llegaron a Nemea, y entendieron que los enemigos estaban allí cerca y que les robaban y talaban la tierra, pusieron su gente en orden de batalla para combatir con ellos, los cuales hicieron otro tanto por su parte. Pero los argivos se hallaron cercados por todos lados: por el llano estaban los lacedemonios y sus compañeros que tenían su campo situado entre ellos y la ciudad, por la parte del cerro, de los corintios, fliasios y peleneos, y por la de Nemea de los beocios, sicionios y megarenses.
No tenían los argivos gente alguna de a caballo, porque los atenienses, que debían traerla, no habían aún llegado, ni tampoco pensaron en verse en tanto aprieto, ni que hubiese tantos enemigos contra ellos, antes esperaban, que estando en su tierra y a la vista de su ciudad, alcanzarían una gloriosa victoria contra los lacedemonios.
Encontrándose los dos ejércitos a punto de combatir, salieron dos de los argivos: Trasilo, que era uno de los cinco capitanes, y Alcifrón, que tenía gran conocimiento con los lacedemonios, y se pusieron al habla con Agis, para estorbar que se diese batalla, ofreciendo de parte de los argivos, que si los lacedemonios tenían alguna pretensión contra ellos estarían a derecho y pagarían lo juzgado, con tal de que los lacedemonios hiciesen lo mismo por su parte, y que hechas estas treguas harían la paz más adelante si bien les pareciese. Estos ofrecimientos los hicieron los dos argivos de propia autoridad, sin saberlo ni consentirlo los otros. Agis les respondió, que lo otorgaba sin llamar para ello persona alguna, excepto uno de los contadores que le fue dado por compañero de aquella guerra, y así entre ellos cuatro acordaron cuatro meses de tregua, dentro de los cuales se habían de tratar las cosas arriba dichas.
Hecho esto, Agis retiró su gente de guerra y se volvió sin hablar palabra a ninguna persona de los aliados, ni tampoco de los lacedemonios, todos los cuales siguieron en pos de él, porque era caudillo de todo el ejército, y por guardar la ley y disciplina militar. Mas no obstante, blasfemaban contra él y le culpaban en gran manera, porque teniendo tan buena ocasión para la victoria, por estar sus enemigos cercados por todas partes, así de los de a pie como de los de a caballo, habían partido de allí sin hacer cosa alguna digna de tan hermoso ejército como traía, que era uno de los mejores y más lucidos que los griegos reunieron en todo el tiempo de aquella guerra.
Todos se retiraron a Nemea, donde descansaron algunos días, y estando en este lugar hacían sus cálculos los capitanes y jefes, diciendo que eran bastante poderosos, no solamente para vencer y desbaratar a los argivos y sus aliados, sino también a otros tantos si vinieran, por lo cual todos volvieron cada cual a su tierra muy airados contra Agis.
También los argivos se indignaron contra los dos de su parte que habían hecho aquellos conciertos, diciendo que nunca los lacedemonios habían tenido tan buena ocasión de retirarse tan seguros, porque les parecía que teniendo ellos tan grueso ejército, así de los suyos como de sus aliados, y estando a vista de su ciudad, muy fácilmente pudieran haber desbaratado a los lacedemonios.
Partidos de allí los argivos, se fueron todos al lugar de Caradro, donde antes que entrar en la ciudad y despojarse de las armas, celebraron consejo sobre los asuntos militares y las cuestiones de guerra. Allí fue sentenciado, entre otras cosas, que Trasilo fuese apedreado, y aunque se salvó acogiéndose al templo, su dinero y bienes fueron confiscados.
Mientras allí estaban llegaron mil hombres de a pie y quinientos de a caballo que Laques y Nicóstrato traían de Atenas para ayudar a los argivos, a los cuales mandaron volver los argivos, diciendo que no querían violar las treguas hechas con los lacedemonios, de cualquier manera que fuesen. Y aunque los capitanes atenienses les pidieron hablar con los del pueblo de Argos, los capitanes argivos se lo estorbaban, hasta que, a ruego de mantineos y eleos, lo alcanzaron.
Admitidos los capitanes atenienses en la ciudad, ante el pueblo de Argos y de los aliados que allí estaban, Alcibíades, que era caudillo de los atenienses, expuso sus razones, diciendo que ellos no habían podido hacer treguas ni otros tratados de paz con los enemigos sin su consentimiento, y pues había llegado allí con su ejército dentro del término prometido, debían empezar nuevamente la guerra; y de tal manera les persuadió con sus razones, que todos, de común acuerdo y propósito, partieron para ir contra la ciudad de Orcómeno que está en tierra de Arcadia, excepto los argivos, los cuales, aunque fueron de esta opinión, se quedaron por entonces, y a los pocos días siguieron a los otros, poniendo todos juntos cerco a Orcómeno y haciendo todo lo posible para tomarla, así con máquinas y otros ingenios de guerra como de otra manera, pues tenían gran deseo de tomar aquella ciudad por muchas causas que a ello les movieron, y la principal era porque los lacedemonios habían metido dentro de ella todos los rehenes tomados a los arcadios.
Los orcomenios, temiendo ser tomados y saqueados antes que les pudiese llegar el socorro, porque sus muros no eran fuertes y los enemigos muchos, hicieron tratos con ellos, convirtiéndose en aliados suyos, dándoles los rehenes que los lacedemonios habían dejado dentro de la ciudad, y en cambio de ellos dieron otros a los mantineos.
Después que los atenienses y sus aliados hubieron ganado a Orcómeno celebraron consejo sobre su partida y a dónde deberían ir, porque los eleos querían que fuesen a Lépreo y los mantineos a Tegea, de cuya opinión fueron los atenienses y los argivos, por lo cual los eleos se despidieron de ellos y volvieron a su tierra. Todos los otros quedaron en Mantinea y se disponían para ir a conquistar a Tegea, donde tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les habían prometido darles entrada.
Cuando los lacedemonios volvieron de Argos a causa de las treguas hechas por cuatro meses, blasfemaban por ella contra Agis por no haber tomado la ciudad de Argos, habiendo tenido la mejor ocasión y medio para ello que jamás lograron ni podrían tener en adelante, porque les parecía que sería muy difícil poder reunir otra vez tan grande ejército de aliados y confederados como entonces tuvieron allí. Mas cuando llegó la nueva de la tomada de Orcómeno, fueron mucho más airados contra Agis, hasta el punto que determinaron derribarle la casa, lo que antes nunca se había hecho en la ciudad, y le condenaron a cien mil dracmas; tan grande era la ira y saña que tenían contra él, aunque Agis se excusaba y les hizo muchas ofertas, prometiéndoles recompensar aquella falta con algún otro señalado servicio si le querían dejar el cargo de capitán sin poner en ejecución lo que habían determinado contra él. Con esto se contentaron los lacedemonios por entonces, dejándole el cargo y no haciéndole mal ninguno, aunque desde aquel suceso hicieron una ley nueva, por la cual crearon diez consejeros naturales de Esparta que le asistiesen, sin los cuales no le era lícito sacar ejército fuera de la ciudad, ni menos hacer paz ni tregua ni otros conciertos con los enemigos.
IX.
Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria.
Durante este tiempo llegó a Lacedemonia un mensajero de Tegea con nuevas de parte de los de la ciudad, que si no les socorrían pronto, les sería forzoso entregarse a los argivos y a sus aliados. Esta noticia alarmó mucho a los lacedemonios y se pusieron en armas, así los libres como los esclavos, con la mayor diligencia que pudieron, partiendo para la villa de Oresteo. Además enviaron orden a los de Menalia y a los otros arcadios de su partido, que por el más corto camino que hallasen vinieran derechamente hacia Tegea.
Al llegar a Oresteo, y antes de salir de allí, enviaron la quinta parte de su ejército a su tierra para guarda de la ciudad, en los cuales entraban los viejos y niños, y todos los otros caminaron derechamente a Tegea. Llegaron allí, y tras ellos los arcadios, ordenando a los corintios, los beocios, los focenses y a los locros que fueran a juntarse con ellos a Mantinea lo más pronto que pudiesen. Algunos de estos aliados estaban bastante cerca para poder llegar en seguida; pero teniendo forzosamente que pasar por tierra de enemigos, les fue necesario esperar a los otros, aunque hacían todo lo posible para atravesar.
Los lacedemonios, con los arcadios que tenían consigo, entraron en tierra de Mantinea, donde hicieron todo el mal que pudieron, y asentaron su campo delante del templo de Hércules. Los argivos y sus aliados, advertidos de esto, situaron su campo en un lugar alto, muy fuerte y muy difícil de entrar, y allí se prepararon para la batalla contra los lacedemonios, los cuales también se ponían en orden para pelear.
Cuando los lacedemonios llegaron a tiro de dardo de los enemigos, uno de los más ancianos del ejército, viendo que ya iban resueltos a acometer a los enemigos en su fuerte posición, dio voces diciendo: «Agis, quieres remediar un mal con otro mayor», dando a entender por estas palabras que Agis pensando enmendar el yerro que había hecho delante de Argos, quería aventurar aquella batalla en malas condiciones. Entonces Agis oyendo esto, vaciló, o por el temor que tuvo de ser cogido en medio si acometía a los enemigos en sus parapetos, o por parecerle otra cosa más a propósito, y mandó retirar su gente de pronto sin que pelease. Cuando volvió a tierra de Tegea, procuró quitarles el agua del río que pasaba por allí en tierra de Mantinea, por razón del cual río los tegeatas y los mantineos tenían cuestiones y diferencias a menudo, porque destruía las tierras por donde pasaba. Hizo esto Agis, para obligar a los argivos y sus aliados a que bajasen de aquel lugar fuerte que ocupaban, por la necesidad del agua, y sacarlos a lo llano, a fin de combatir con ellos en sitio ventajoso, y empleó todo aquel día en quitarles el agua.
A los argivos y sus aliados asustó primero ver que los lacedemonios habían partido súbitamente, no pudiendo imaginar la causa de su retirada; mas después, viendo que no los habían seguido, echaban la culpa a sus capitanes, diciendo que los habían dejado ir una vez por sus conciertos, pudiéndoles desbaratar cuando estaban delante de Argos, y que ahora que habían huido no les quisieron seguir a su alcance, escapándose por esto a su placer, y estando en salvo mientras ellos eran engañados y vendidos por la traición de sus capitanes. Asustó a estos dicha murmuración, temiendo que parase en algún motín, y por ello partieron del fuerte de donde estaban con toda su gente, bajando a la llanura con propósito de seguir a sus enemigos; y al día siguiente caminaron en orden de batalla, resueltos a combatir con ellos si los podían alcanzar.
Los lacedemonios, que habían vuelto del río a su primer alojamiento junto al templo de Hércules, viendo venir a los enemigos contra ellos, se asustaron como nunca, porque la cosa era tan súbita, que apenas les daba tiempo para ponerse en orden de batalla. Pero cobraron ánimo, y de pronto se pusieron en orden para pelear por mandato de Agis su rey, el cual, conforme a sus leyes, tenía toda la autoridad necesaria para mandar a los caudillos del ejército que eran los más principales después de él, y estos mandaban a los jefes, y los jefes a los capitanes, y los capitanes a los cabos de escuadras, porque así están ordenados, por lo cual la mayor parte de la gente que forma su ejército tienen cargo los unos sobre los otros, y por esta vía hay muchos que cuidan de los negocios de la milicia.
Esta vez se hallaron en la extrema izquierda los esciritas, según la costumbre antigua de los lacedemonios, y con ellos los soldados que habían estado en Tracia con Brásidas, y los que habían sido nuevamente libertados de servidumbre, y tras estos venían los otros lacedemonios por sus bandas según su orden, y junto a ellos los arcadios. En la derecha estaban los menalios, los tegeatas, y algunos lacedemonios, aunque pocos, puestos en el extremo de la línea de batalla. A los lados iba la gente de a caballo.
De la parte de los argivos, a la extrema derecha estaban los mantineos, por hacerse la guerra en su tierra, y junto a ellos los arcadios que eran de su parcialidad, y mil soldados viejos y escogidos, a quienes los argivos daban sueldo porque eran muy experimentados en la guerra. Tras estos venían todos los otros argivos, y sucesivamente los cleoneos y los orneatas, y a la extrema izquierda estaban los atenienses con su gente de a caballo. De esta manera iban ordenadas las haces de los dos ejércitos, y aunque los lacedemonios mostraban mucha gente, no puedo determinar realmente el número de combatientes de una parte ni de ambas, porque los lacedemonios hacían sus cosas muy secretas y con gran silencio, ni menos el de sus contrarios, porque sé que los engrandecen hasta lo increíble. Puede, sin embargo, calcularse el número de la gente de los lacedemonios, porque es cierto y averiguado que pelearon siete bandas de los suyos sin los esciritas, que eran quinientos, y en cada una de estas bandas había cinco capitanes, y en cada capitanía dos escuadras, y en cada escuadra cuatro hombres de frente, y más dentro había más o menos, según la voluntad de los capitanes. Cada hilera comúnmente tenía hacia dentro ocho hombres, y el frente de todas las escuadras estaba junto y cerrado a lo largo, de manera que había cuatrocientos cuarenta y ocho hombres en cada ala sin los esciritas.
Después que todos estuvieron a punto en orden de batalla, así de una parte como de la otra, cada capitán animaba a sus soldados lo mejor que sabía. Los mantineos decían a los suyos, que mirasen que la contienda era sobre perder su patria, señorío y libertad y caer en servidumbre. Los argivos representaban a los suyos que la cuestión era sobre guardar y conservar su señorío, igual al de las otras ciudades del Peloponeso; y también sobre vengar las injurias que sus enemigos vecinos y comarcanos les habían hecho a menudo. Los atenienses decían a sus conciudadanos que mirasen que en aquella batalla les iba la honra, y pues que peleaban en compañía de tan gran número de aliados mostrasen que no eran más ruines guerreros que los otros, y también que si esta vez podían vencer y desbaratar a los lacedemonios en tierra de Peloponeso, su estado y señorío sería en adelante más seguro, porque no habría pueblo que osase venir a acometerles en su tierra. Estas y otras semejantes arengas y amonestaciones hacían los argivos y sus aliados.
Los lacedemonios, porque se tenían por hombres seguros y experimentados en la guerra, no tuvieron necesidad de grandes amonestaciones, porque la memoria y recuerdo de sus grandes hechos les daba más osadía que ninguna arenga de frases elocuentes.
Hecho esto comenzaron a moverse los unos contra los otros, a saber: los argivos y sus aliados con gran ímpetu y furor, y los lacedemonios, paso a paso, al son de las flautas, de que había gran número en sus escuadrones, porque acostumbran a llevar muchas, no por religión ni por devoción, como hacen otros, sino para poder ir con mejor orden y compás al son de ellas, y también porque no se desmanden o pongan en desorden en el encuentro con los enemigos, según suele suceder a menudo cuando los grandes ejércitos se encuentran uno con otro.
Antes de afrontar unos con otros, Agis, rey de los lacedemonios, tuvo aviso de hacer una cosa para evitar lo que suele siempre ocurrir cuando se encuentran dos ejércitos, porque los que están en la punta derecha de la una parte y de la otra, cuando llegan a encontrar a los enemigos que vienen de frente por la extrema izquierda, extiéndense a lo largo para cercarlos y cerrar; y temiendo cada cual quedar descubierto del costado derecho, que no le cubre con el escudo, ampárase del escudo del que está a la mano derecha, pareciéndoles que cuanto más cerrados y espesos se encuentren, estarán más cubiertos y seguros. El que está al principio de la punta derecha muestra a los otros el camino para que hagan esto, porque no tiene ninguno a la mano derecha que le pueda amparar, y procura lo más que puede hurtar el cuerpo a los enemigos de la parte que está descubierta, y por ello trabaja lo posible por traspasar la punta del ala de los contrarios que está frente a él, y cercarle y encerrarle por no ser acometido por la parte que tiene descubierta, y los otros todos les siguen por el mismo temor.
Siendo los mantineos, que estaban a la extrema derecha de su ejército, muchos más en número que los esciritas, que les acometían de frente, y también los lacedemonios y los tegeatas, que tenían la punta derecha de su parte, más numerosos que los atenienses que iban en la izquierda de los contrarios, temió Agis que la punta siniestra de los suyos fuese maltratada por los mantineos, e hizo señal a los esciritas y a los brasidianos, o soldados de Brásidas, que se retirasen y uniesen contra los mantineos, y al mismo tiempo mandó a dos jefes que estaban en la punta derecha, llamados Hiponoidas y Aristocles, que partiesen del lugar donde estaban con sus compañías, y reforzasen de pronto a los esciritas y brasidianos, pensando que por este medio la punta derecha de los suyos quedaría bien provista de gente, y la siniestra estaría más fortificada para resistir a los mantineos. Pero los dos jefes no quisieron cumplir la orden, así porque ya estaban casi a las manos con los enemigos, como también porque el tiempo era breve para hacer lo que se les mandaba, y por esta desobediencia fueron después desterrados de Esparta como cobardes y negligentes. Como los esciritas y soldados brasidianos estaban ya retirados de su posición, cumpliendo el mandato del rey Agis, viendo este que las otras dos bandas de los dos jefes no les sustituían en su lugar, mandó de nuevo a estos que volvieran a su primera estancia, mas no les fue posible, ni menos a los que antes estaban junto a ellos recibirlos, porque ya tenían todos orden cerrado, y se encontraban junto a los enemigos; y aunque los lacedemonios en todos los hechos de guerra suelen ser mejores guerreros y más experimentados que los otros, no lo mostraron aquí, porque cuando vinieron a las manos, los mantineos, que tenían la extrema derecha, rompieron a los esciritas y a los brasidianos y sus aliados, y los pusieron en huida, y los mil soldados viejos escogidos de los argivos cargaron sobre el ala izquierda de los lacedemonios, desamparada de las dos bandas que no se pudieron unir a ella, y la desbarataron y obligaron a huir, siguiéndola hasta el bagaje que estaba allí cerca, donde mataron algunos de los más viejos que estaban en guarda del bagaje, y en esta parte los lacedemonios fueron vencidos.
Mas en el centro de la batalla, adonde estaba el rey Agis, y con él trescientos hombres escogidos, que llaman los caballeros, la cosa sucedió muy al contrario, porque estos dieron sobre los principales de los argivos y sobre aquellos soldados que llaman las cinco compañías, y asimismo sobre los cleoneos y orneatas, y sobre algunos atenienses que estaban en sus escuadrones, con tanto ánimo que les hicieron perder sus posiciones, y los más de ellos sin ponerse en defensa, viendo el denuedo que traían los lacedemonios, salieron huyendo. Los lacedemonios los siguieron, y en este rebato fueron muertos y hollados muchos de ellos. De esta manera los argivos y sus aliados quedaron todos rotos y desbaratados por dos partes, y los atenienses que estaban en el ala izquierda se vieron en gran aprieto, porque los lacedemonios y los tegeatas de la extrema derecha los cercaban de la una parte, y de la otra sus aliados eran vencidos y dispersados; de suerte que de no acudir los suyos de a caballo en su socorro, todos los atenienses fueran dispersados.
En este momento, avisado Agis de que los suyos que estaban a la izquierda de su ejército, frente a los mantineos y a los mil soldados viejos de los argivos, estaban en gran aprieto, mandó a todos los suyos que les fuesen a socorrer, y lo hicieron así, teniendo los atenienses tiempo para salvarse con los otros argivos que habían sido desbaratados. Los mantineos y los mil soldados argivos, viéndose acosados por todos sus contrarios, no tuvieron corazón para seguir adelante, estando los suyos rotos y dispersos y perseguidos por los lacedemonios que iban tras ellos al alcance, por lo cual también volvieron las espaldas, y dieron a huir, muriendo muchos mantineos, aunque los más de los mil soldados argivos se salvaron, porque se iban retirando paso a paso sin desordenarse, y también porque la costumbre de los lacedemonios es pelear fuertemente y con perseverancia mientras dura la batalla hasta vencer a sus contrarios; mas después que los ven huir, vueltas las espaldas, no curan de perseguirles gran trecho.
Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban las más poderosas y nombradas ciudades.
Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy honradamente.
El número de los que murieron en esta batalla fue este: de los argivos, orneatas y cleoneos cerca de setecientos, de los mantineos doscientos, y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales murieron los capitanes de los atenienses y argivos. De la parte de los lacedemonios no hubo tantos que se pueda hacer gran mención, ni tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; mas cuando llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que habitan fuera del istmo del Peloponeso que venían en socorro de los lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneas, y de tal manera la deshonra e infamia que habían recibido de los atenienses, así en la isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria, donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y permanecía siempre tal cual había sido antes.
Sucedió que un día antes de la batalla, los epidaurios, creyendo que todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos, y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de los mantineos, y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro, juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los lacedemonios celebraban sus fiestas Carneas, combatieron la ciudad y la tomaron, e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno que les cupo, reedificaron el templo de Juno que estaba fuera de la ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron, regresaron a sus tierras.
Esto ocurrió aquel verano.
X.
Pactan primero la paz y después la alianza los lacedemonios y los argivos. — Hechos que realizan los lacedemonios y los atenienses sin previa declaración de guerra.
Al empezar el invierno siguiente, habiendo los lacedemonios celebrado sus fiestas de Carneas, salieron al campo y fueron a Tegea. Estando en aquel lugar, enviaron mensajeros a los argivos para tratar de la paz.
Había en la ciudad de Argos muchos que tenían parentesco con los lacedemonios, los cuales en gran manera deseaban quitar el gobierno democrático existente, reduciéndole a pocos gobernadores con Senado y cónsules, y después de perdida aquella jornada hallaron muchos más de esta opinión. Para poderlo realizar, querían ante todas cosas ajustar la paz con los lacedemonios y, hecha esta, pactar alianza. Por este medio esperaban atraer al pueblo a su opinión.
Los lacedemonios, para tratar la paz, enviaron a Licas, hijo de Arcesilao, que tenía casa en Argos, al cual dieron encargo que demandase dos cosas tan solamente a los argivos, a saber: si querían hacer guerra, de qué manera la querían hacer; y si querían paz, de qué suerte la querían. Sobre lo cual hubo grandes discusiones de ambas partes, porque se halló allí a la sazón Alcibíades, de parte de los atenienses, que procuraba estorbar la paz con todas sus fuerzas. Mas al fin los que eran del partido de los lacedemonios convencieron e indujeron al pueblo a tomar y aceptar la paz en la manera siguiente:
«Ha parecido al concejo, justicia y gobernadores de los lacedemonios hacer la paz con los argivos en esta forma: Primeramente los argivos quedan obligados a devolver a los orcomenios sus hijos que tienen en su poder, a los menalios sus ciudadanos y a los lacedemonios los suyos que detienen dentro de Mantinea. Además mandarán salir su gente de guerra que tienen de guarnición dentro de Epidauro, y derrocarán el muro que allí han hecho, y si los atenienses, como consecuencia, no mandaran también salir los suyos que allí están en guarda, que sean tenidos y reputados por enemigos así de los lacedemonios como de los argivos. De igual modo, si los lacedemonios tienen en su poder algún hijo de los argivos o de sus aliados, los devolverán, jurando hacerlo así unos y otros.
»Todas las ciudades y villas que están dentro del Peloponeso, grandes o pequeñas, serán en adelante francas y libres, y en su libertad y franquicia vivirán según sus leyes y costumbres antiguas, y si algunos enemigos quisieren entrar en armas dentro de la tierra del Peloponeso contra alguna de estas ciudades, las otras le darán socorro y ayuda según su parecer y consejo, todas de común acuerdo.
»Los aliados de los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso permanecerán en el mismo ser y estado que los confederados de los argivos y lacedemonios, cada uno en su término y jurisdicción.
»Cuando fuere pedido socorro por alguno de los aliados de ambas partes y se unieran a ellos para dárselo, después de mostradas las presentes capitulaciones, podrán pelear juntamente con ellos, y ayudarles o regresar a sus casas como los aliados quisieren.»
Estos artículos fueron aceptados por los argivos, y tras esto los lacedemonios que estaban sobre Tegea partieron de allí y volvieron a su tierra.
Pocos días después estando allí presentes los mismos que habían tratado la paz, yendo y viniendo a menudo los unos con los otros, fue acordado entre ellos que los argivos hiciesen alianza con los lacedemonios, apartándose de aquella que primero habían hecho con los atenienses, los mantineos y los eleos, y la ajustaron del modo siguiente:
«Ha parecido a los lacedemonios y a los argivos hacer alianza y confederación entre ellos por cincuenta años de esta manera:
»Primeramente, ambas partes estarán a derecho y justicia según sus leyes y costumbres antiguas.
»Ítem, las otras ciudades que están en el Peloponeso francas y libres, y que viven en libertad, podrán entrar en esta alianza y tener y poseer su tierra y jurisdicciones y señorío según han acostumbrado.
»Ítem, que todas las otras ciudades confederadas con los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso serán de la misma forma y condición que los lacedemonios, y asimismo los aliados de los argivos de la suerte y condición de los argivos, teniendo y gozando igualmente de sus términos y jurisdicción.
»Ítem, que siendo necesario enviar socorro o ayuda a alguna de las tales ciudades confederadas, los lacedemonios y argivos juntamente proveerán sobre esto lo que les pareciere justo y razonable, lo cual se entiende cuando alguna de estas ciudades tuviere cuestión o diferencia con otras que no sean de esta alianza por razón de sus términos u otro motivo. Pero si alguna de tales ciudades confederadas tuviere diferencias con otra, las someterá al arbitraje de una de las otras ciudades que fuere de confianza a ambas partes, para juzgarlas y determinar amigablemente, según sus leyes y costumbres.»
De esta manera fue hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, por medio de la cual todas las cuestiones que había entre estas dos ciudades cesaron y se extinguieron.
También acordaron no recibir embajada ni mensaje de los atenienses en una ciudad ni en otra sin que primeramente sacasen la gente de guerra que tenían en el Peloponeso y derrocasen los muros que habían hecho en Epidauro, prometiéndose no hacer paz ni guerra sino de común acuerdo.
Tenían los lacedemonios y argivos en proyecto muchas cosas, mas principalmente querían hacer una expedición a tierra de Tracia, y con tal motivo enviaron sus embajadores a Pérdicas, rey de Macedonia, para atraerle a su devoción y alianza; mas el rey no quiso, por lo pronto, comprometerse a ello ni apartarse de la amistad de los atenienses, aunque tenía gran respeto a los argivos por ser natural de Argos, y por esto pedía tiempo para decidirse.
Los lacedemonios y argivos revocaron el juramento que habían hecho con los calcídeos e hicieron otro nuevo, y pasado esto, enviaron sus embajadores a los atenienses para pedirles que derrocaran el muro que habían hecho en Epidauro.
Los atenienses, considerando que la gente de guarnición que habían dejado en Epidauro era muy poca en comparación de la que reunían los aliados para la defensa de la comarca, enviaron a su capitán Demóstenes para que sacase de allí las tropas de guarnición. Demóstenes, al llegar a Epidauro, fingió que quería hacer unos juegos y fiestas fuera de la ciudad, y con esto hizo salir la gente de todos los otros que allí estaban de guarnición. Cuando todos salieron cerroles las puertas, y después se juntó con los de la villa, renovó con ellos la alianza que tenían con los atenienses y les dejó el muro objeto de la cuestión.
Hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, al principio los mantineos rehusaron entrar en ella; mas viendo que eran muy flacas sus fuerzas contra los argivos, a los pocos días hicieron tratos y conciertos con los lacedemonios y les dejaron libres las villas y ciudades que les tenían usurpadas.
Hecho esto, los lacedemonios y los argivos enviaron cada cual de ellos mil hombres de guerra a Sición, y quitando al pueblo el gobierno de la ciudad y dándolo a ciertos ciudadanos que nombraron senadores, lo cual hicieron primero los lacedemonios, y luego tras ellos lo mismo los de Argos en su ciudad, para que la república se gobernase por consejo y senado, de la misma manera que la ciudad de Lacedemonia.
Todas estas cosas se hicieron al fin del invierno, cerca de la primavera, que fue el año catorce de la guerra.
En el verano siguiente los de Dío, que habitan en tierra de Atos, se rebelaron contra los atenienses, y aliándose con los calcídeos y los lacedemonios pusieron en buen orden todas las cosas de Acaya que no estaban a su gusto.
En este mismo tiempo los del pueblo y comunidad de Argos, que habían ya conspirado para volver a tomar el gobierno de la república, aguardaron el momento en que los lacedemonios se estaban ejercitando todos desnudos en sus juegos, según lo tienen por costumbre, y levantándose contra los gobernadores de la ciudad y personas principales, les acometieron con armas y mataron algunos de ellos y a otros echaron fuera de la ciudad, los cuales, antes de salir, enviaron a pedir a los lacedemonios socorro y ayuda, pero estos tardaron mucho en llegar por estar ocupados en sus juegos. Cuando los dejaron, salieron al campo a socorrer los gobernadores; al llegar a Tegea supieron que estos habían ya salido, y regresando a su tierra, acabaron sus juegos.
Después fueron embajadores, así de parte de los que habían sido echados de la ciudad como de la comunidad que gobernaba la república, los cuales fueron oídos por los lacedemonios en presencia de sus aliados, y después de grandes controversias entre ellos, declararon que sin causa ni motivo los gobernadores habían sido echados de la ciudad, acordando ir contra la comunidad en favor de los gobernadores, y por fuerza de armas restablecerlos en sus cargos.
Como este acuerdo se dilatase de poner en ejecución por algunos días, los de la comunidad, temiendo ser asaltados por los lacedemonios, se confederaron de nuevo con los atenienses, pensando que por tal medio estos les ampararían y defenderían. Así hecho, mandaron rehacer y fortificar la muralla que va desde la ciudad hasta la mar, a fin de que si les tomaban el paso para meter vituallas por parte de mar, las pudiesen meter por tierra. Esta obra hicieron teniendo inteligencias con algunas ciudades del Peloponeso, con tan gran diligencia que no hubo hombre ni mujer, viejo ni mozo, grande ni pequeño que no emplease su persona en este trabajo, y también los atenienses les enviaron sus maestros y obreros y carpinteros, de manera que los muros fueron acabados al fin del verano.
Viendo esto los lacedemonios, mandaron reunir todos sus aliados, excepto los corintios, y al comienzo del invierno fueron a hacerles la guerra al mando de Agis, su rey; y aunque tenían algunas inteligencias con los de la ciudad de Argos, como por entonces no les eran útiles, determinaron tomar la muralla nueva, que aún no estaba del todo acabada, por fuerza de armas, y la derribaron. Después tomaron por combate y asalto un lugar que estaba en tierra de Argos, llamado Hisias, y lo saquearon y mataron a todos los hombres de edad madura que hallaron dentro, regresando después a sus tierras.
Pasado esto, los argivos salieron de la ciudad con todo su poder contra los fliasios y les tomaron toda la tierra por haber acogido a los gobernadores que ellos echaron de la ciudad de Argos, aunque algunos de estos tenían casas y heredades en la tierra.
En el mismo invierno los atenienses hicieron la guerra al rey Pérdicas en Macedonia, so color que había conspirado contra ellos en favor de los lacedemonios y de los argivos, y que cuando los atenienses aparejaron su armada para enviarla a tierra de Tracia contra los calcídeos y los de Anfípolis al mando de Nicias, Pérdicas había disimulado con ellos, de manera que aquella empresa no pudo tener efecto, por lo cual le declararon su enemigo.
Estos sucesos ocurrieron aquel invierno, que fue el fin del decimoquinto año de esta guerra.
Al principio del verano siguiente, Alcibíades, con veinte naves, pasó a Argos, y al llegar allí, entró en la ciudad y prendió a trescientos ciudadanos que tenía por sospechosos de seguir el partido de los lacedemonios, enviándoles desterrados a las islas que los atenienses poseen en aquellas partes.
XI.
Del sitio y toma de la ciudad de Melos por los atenienses y de otros sucesos que ocurrieron aquel año.
En este mismo tiempo los atenienses enviaron otra armada de treinta barcos contra los de la isla de Melos, en la cual iban mil doscientos hombres de guerra muy bien armados, y trescientos flecheros, y veinte caballos ligeros.
En esta armada había seis naves de las de Quíos, y dos de las de Lesbos, sin el socorro de los otros aliados, y de las mismas islas, que serían mil y quinientos hombres.
Fueron estos melios poblados por los lacedemonios, y por eso recusaban ser súbditos a los atenienses como todas las otras islas de aquella mar, aunque al principio no se habían declarado contra ellos: mas porque los atenienses los querían obligar a que se unieran a ellos, les quemaban y talaban las tierras, tratándoles como a enemigos y declarándoles la guerra.
Al llegar la armada de los atenienses a la isla de Melos, Cleomedes, hijo de Licomedes, y Tisias, hijo de Tisímaco, que eran los jefes de la armada, antes que hiciesen mal ni daño alguno a los de la isla, enviaron embajadores a los de la ciudad, para que parlamentasen con ellos, los cuales fueron oídos, aunque no delante de todo el pueblo, sino solamente de los cónsules y senadores.
Los embajadores expusieron sus razones en el Senado, sobre lo que les mandaron los capitanes, y los melios respondieron a ellas, y fue debatida la materia entre ellos por vía de preguntas y respuestas de la manera siguiente:
Los atenienses.— Varones melios, porque tenemos entendido que no habéis querido que hablemos delante de todo el pueblo, sino solamente aquí en esta asamblea aparte, pues sospecháis que aunque nuestras razones sean buenas y verdaderas, si las proponemos de una vez todas juntas delante de todo el pueblo, acaso este, engañado por ellas, será inducido a cometer algún yerro, a causa de no haber discutido antes la materia punto por punto, y altercado sobre ella, será necesario que vosotros hagáis lo mismo, a saber: que no digáis todas vuestras razones de una vez, sino por sus puntos. Según viereis que nosotros decimos alguna cosa que no os parezca conveniente ni ajustada a razón, vosotros responderéis a ella, y diréis libremente vuestro parecer. Ante todas cosas decidnos si esta manera de hablar por pregunta y respuesta que os proponemos, os agrada o no.
Los melios.— Ciertamente, varones atenienses, esta manera de discutir los asuntos a placer y despacio no es de vituperar, pero hay una cosa del todo contraria y repugnante a esto; y es que nos parece que vosotros no venís para hablarnos de la guerra venidera, sino de la presente, que está ya dispuesta y preparada, y la traéis, como dicen, en las manos. Por tanto, bien vemos que vosotros queréis ser los jueces de esta discusión, y el final de ella será tal, que si os convencemos por derecho y por razón, no otorgando las cosas a vuestra voluntad, comenzaréis la guerra, y si consentimos en lo que vosotros queréis, quedaremos por vuestros súbditos, y en vez de libres, cautivos y en servidumbre.
Los atenienses.— A la verdad, si os habéis aquí reunido para discutir sobre cosas que podrían ocurrir, o sobre otra materia que no hace al caso, antes que para entender de lo que toca al bien y pro de vuestra república, según el estado en que ahora se encuentra, no es menester que pasemos adelante, pero si venís para tratar de esto que os atañe, hablaremos y discutiremos.
Los melios.— Justo es y conveniente a toda razón, y por tanto debemos sufrirlo, que los que están en el estado que nosotros al presente, hablen mucho, y cambien muchas razones respecto a muchas cosas, atento que en esta asamblea la cuestión es sobre nuestras vidas y honras, por lo cual, si os parece, nuestra conversación será como vosotros habéis propuesto.
Los atenienses.— Conviniendo pues hablar de esta suerte, no queremos usar con vosotros de frases artificiosas ni de términos extraños, como si por derecho y razón nos perteneciese el mando y señorío sobre vosotros, por causa de la victoria que en los tiempos pasados alcanzamos contra los medos, ni tampoco será menester hacer largo razonamiento para mostraros que tenemos justa causa de comenzar la guerra contra vosotros por injurias que de vosotros hayamos recibido.
Tampoco hay necesidad de que aleguéis que fuisteis poblados por los lacedemonios, ni que no nos habéis ofendido en cosa alguna, pensando así persuadirnos de que desistamos de nuestra demanda, sino que conviene tratar aquí de lo que se debe y puede hacer, según vosotros, y nosotros entendemos el negocio que al presente tenemos entre manos, y considerar que entre personas de entendimiento las cosas justas y razonables se debaten por derecho y razón, cuando la necesidad no obliga a una parte más que a la otra; pero cuando los más flacos contienden sobre aquellas cosas que los más fuertes y poderosos les piden y demandan, conviene ponerse de acuerdo con estos para conseguir el menor mal y daño posible.
Los melios.— Puesto que queréis que, sin tratar de lo que fuere conforme a derecho y razón, se hable de hacer lo mejor que pueda practicarse en nuestro provecho, según el estado de las cosas presentes, justo y razonable es, no pudiendo hacer otra cosa, que conservemos aquello en que consiste nuestro bien común, que es nuestra libertad; y por consiguiente al que continuamente está en peligro, le será conveniente y honroso, que el consejo que da a otro, a saber, que se deba contentar con lo que puede ganar y aventajar por industria y diligencia conforme al tiempo, ese mismo consejo lo tome para sí. A lo cual vosotros, atenienses, debéis tener más miramiento que otros, porque siendo más grandes y poderosos que los otros, si os sucediera peligro o adversidad semejante, tanto más grande sería vuestra caída; y de mayor ejemplo para los demás el castigo.
Los atenienses.— Nosotros no tememos la caída de nuestro estado y señorío, porque aquellos que acostumbran a mandar a otros, como los lacedemonios, nunca son crueles contra los vencidos, como lo son los que están acostumbrados de ser súbditos de otros, si acaso consiguen triunfar de aquellos a quienes antes obedecían. Mas este peligro que decís lo tomamos sobre nosotros, quedando a nuestro riesgo y fortuna, pues no tenemos ahora guerra con los lacedemonios. Hablemos de lo que toca a la dignidad de nuestro señorío y a vuestro bien y provecho particular, y de vuestra ciudad y república. En cuanto a esto os diremos claramente nuestra voluntad e intención, y es que queremos de todos modos tener mando y señorío sobre vosotros, porque será tan útil y provechoso para vosotros como para nosotros mismos.
Los melios.— ¿Cómo puede ser tan provechoso para nosotros ser vuestros súbditos, como para vosotros ser nuestros señores?
Los atenienses.— Os es ciertamente provechoso, porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os pueden venir a causa de la guerra; y nuestro provecho consiste en que nos conviene más mandaros y teneros por súbditos que mataros y destruiros.
Los melios.— Veamos si podemos ser neutrales sin unirnos a una parte ni a otra, y que nos tengáis por amigos en lugar de enemigos. ¿No os satisfará esto?
Los atenienses.— En manera alguna, que más daño nuestro sería teneros por amigos que por enemigos, porque si tomamos vuestra amistad por temor, sería dar grandísima señal de nuestra flaqueza y poder, por lo cual los otros súbditos nuestros a quien mandamos, nos tendrían en menos de aquí en adelante.
Los melios.— ¿Luego todos vuestros súbditos desean que los que no tienen que ver con vosotros sean vuestros súbditos como ellos, y también que vuestras poblaciones, si hay algunas que se os hayan rebelado, caigan de nuevo bajo vuestras manos?
Los atenienses.— ¿Por qué no tendrían este deseo puesto que los unos ni las otras no se han apartado de nuestra devoción y obediencia por derecho ni razón, sino solo cuando se han visto poderosos para podernos resistir, y creyendo que nosotros, por temor, no nos atreveríamos a acometerles?
Además, cuando os sojuzguemos, tendremos más número de súbditos, y nuestro señorío será más pujante y más seguro, porque vosotros sois isleños, y tenidos por más poderosos en mar que cualquiera de las otras islas, por lo cual, no conviene que se diga podéis resistirnos, siendo como somos los que dominan la mar.
Los melios.— Y vosotros, decid, ¿no ponéis todo vuestro cuidado y seguridad en vuestras fuerzas de mar?
Puesto que nos aconsejáis dejemos aparte el derecho y la razón por seguir vuestra intención y provecho, os mostraremos que lo que pedimos para nuestro provecho, redundará también en el vuestro, pues se os alcanza muy bien que queriendo sujetarnos sin causa alguna, haréis a todos los otros griegos, que son neutrales, vuestros enemigos, porque viendo lo que habréis hecho con nosotros, sospecharán que después hagáis lo mismo con ellos. De esta suerte ganáis más enemigos, y forzáis a que lo sean también aquellos que no tenían voluntad de serlo.
Los atenienses.— No tememos tal cosa por considerar menos ásperos y duros a los que viven gozando de su libertad en tierra firme, en cualquier parte que sea, que a los isleños que cual vosotros no sean súbditos de nadie, y también a los que están sujetos y obedientes por fuerza cuando tienen mala voluntad; porque aquellos que viven en libertad, son más negligentes y descuidados en guardarse, pero los sujetos a otro poder por sus desordenadas pasiones, muchas veces por pequeño motivo se exponen ellos y exponen a sus señores a grandes peligros.
Los melios.— Pues si vosotros por aumentar vuestro señorío, y los que están en sujeción por eximirse y libertarse de servidumbre se exponen a tantos peligros, gran vergüenza y cobardía nuestra será, si estando en libertad, como estamos, la dejásemos perder y no hiciésemos todo lo posible, antes de caer en servidumbre.
Los atenienses.— No es lo mismo en este caso, ni tampoco obraréis cuerdamente si os guiáis por tal consejo, porque vuestras fuerzas no son iguales a las nuestras, y no debe avergonzaros reconocernos la ventaja. Por tanto, lo mejor será mirar por vuestra vida y salud, que no querer resistir, siendo débiles, a los más fuertes y poderosos.
Los melios.— Es verdad, pero también sabemos que la fortuna en la guerra muchas veces es común a los débiles y a los fuertes, y que no todas favorece a los que son más en número. Por otra parte entendemos que el que se somete a otro, no tiene ya esperanza de libertarse, pero el que se pone en defensa, la tiene siempre.
Los atenienses.— La esperanza es consuelo de los que se ven en peligro, aunque algunas veces trae daño a los que tienen causa justa, porque tenerla, y bien grande, no los echa a perder por completo, como hace con aquellos que todo lo fían en esto de esperar, lo cual es peligroso, pues la esperanza, a los que se han confiado en ella en demasía, no les deja después vía ni manera por donde poderse salvar. Por lo cual, vosotros, pues os conocéis débiles y flacos y veis el peligro en que estáis, os debéis guardar de él y no hacer como otros muchos que, teniendo primero ocasión de salvarse, después que se ven sin esperanza cierta acuden a lo incierto, como son visiones, pronósticos, adivinaciones, oráculos y otras semejantes ilusiones, que con vana esperanza llevan los hombres a perdición.
Los melios.— Bien conocemos claramente lo mismo que vosotros sabéis, que sería cosa muy difícil resistir a vuestras fuerzas y poder, que sin comparación son mucho mayores que las nuestras, y que la cosa no sería igual; confiamos, sin embargo, en la fortuna y en el favor divino, considerando nuestra inocencia frente a la injusticia de los otros. Y aun cuando no seamos bastantes para resistiros, esperamos el socorro y ayuda de los lacedemonios, nuestros aliados y confederados, los cuales por necesidad habrán de ayudarnos y socorrernos, cuando no hubiese otra causa, a lo menos por lo que toca a su honra, por cuanto somos población de ellos, y son nuestros parientes y deudos. Por estas consideraciones comprenderéis que con gran razón hemos tenido atrevimiento y osadía para hacer lo que hacemos hasta ahora.
Los atenienses.— Tampoco nosotros desconfiamos de la bondad y benignidad divina, ni pensamos que nos ha de faltar, porque lo que hacemos es justo para con los dioses y conforme a la opinión y parecer de los hombres, según usan los unos con los otros; porque en cuanto toca a los dioses, tenemos y creemos todo aquello que los otros hombres tienen y creen comúnmente de ellos; y en cuanto a los hombres, bien sabemos que naturalmente por necesidad, el que vence a otro le ha de mandar y ser su señor, y esta ley no la hicimos nosotros, ni fuimos los primeros que usaron de ella, antes la tomamos al ver que los otros la tenían y usaban, y así la dejaremos perpetuamente a nuestros herederos y descendientes. Seguros estamos de que si vosotros y los otros todos tuvieseis el mismo poder y facultad que nosotros, haríais lo mismo. Por tanto, respecto a los dioses, no tememos ser vencidos por otros, y con mucha razón; y en cuanto a lo que decís de los lacedemonios, y de la confianza que tenéis en que por su honra os vendrán a ayudar, bien librados estáis, si en esto solo os tenéis por bienaventurados, como hombres de escasa experiencia del mal; mas ninguna envidia os tenemos por esta vuestra necedad y locura. Sabed de cierto que los lacedemonios entre sí mismos, y en las cosas que conciernen a sus leyes y costumbres, muchas veces usan de virtud y bondad, mas de la manera que se han portado con los otros, os podríamos dar muchos ejemplos. En suma os diremos por verdad lo que de ellos sabemos, que es gente que solo tienen por bueno y honesto lo que le es agradable y apacible, y por justo lo que le es útil y provechoso; por lo cual, atenerse a sus pensamientos, que son varios y sin razón en cosa tan importante como esta en que os van la vida y las honras, no sería cordura vuestra.
Los melios.— Decid lo que quisiereis, que nosotros creemos en ellos y tenemos por cierto que, aun cuando no les moviese la honra, a lo menos por su interés y provecho particular no desampararían esta ciudad poblada por ellos, viendo que por esta vía se mostrarían traidores y desleales a los otros griegos sus aliados y confederados, y esto redundaría en utilidad y provecho de sus enemigos.
Los atenienses.— Luego vosotros confesáis que no hay cosa provechosa si no es segura, y asimismo que no se ha de emprender cosa alguna por el provecho particular, si no hay seguridad, y que por la honra y justicia se han de exponer los hombres a peligro, lo cual los lacedemonios hacen menos que otros algunos.
Los melios.— Verdaderamente pensamos que se aventurarán y expondrán a peligro por nosotros, pues tienen motivo para hacerlo más que otros algunos, por ser nosotros más vecinos y cercanos al Peloponeso, lo que les permite ayudarse mejor de nosotros en sus haciendas, y podrán más seguramente confiar en nosotros por el deudo y parentesco que con ellos tenemos, pues somos naturales y descendientes de ellos.
Los atenienses.— Así es como decís, mas la efectividad del socorro no consiste de parte de los que le han de dar en la confianza y benevolencia que tienen a los que lo piden, sino en la obra, considerando si son bastantes sus fuerzas para podérselo dar. En esto los lacedemonios tienen más miramiento que otros, porque desconfiados de sus propias fuerzas, buscan y procuran las de sus aliados para acometer a sus vecinos, por lo cual no es de creer que conociendo que somos más poderosos que ellos por mar, quieran aventurarse ahora a pasar a esta isla a socorreros.
Los melios.— Aunque eso sea, los lacedemonios tienen otros muchos hombres de guerra, sin ellos, que pueden enviar, y la mar de Creta es tan ancha, que será más difícil a los que la dominan poder encontrar a quienes quieran venir por ella a esta parte, que no a los que vinieren ocultarse a sus perseguidores. Aun cuando esta razón no les moviere a venir, podrán entrar en vuestras tierras y en las de vuestros aliados, es decir, en las de aquellos contra quien no fue Brásidas, y por esta vía os darán ocasión para que penséis más en defender vuestras propias tierras que en ocupar las que no os pertenecen.
Los atenienses.— Vosotros experimentaréis a vuestra costa, si os dejáis engañar en estas cosas, lo que sabéis bien por experiencia de otros; que los atenienses nunca levantaron cerco que tuviesen puesto delante de algún lugar o plaza fuerte por temor. Vemos que todo cuanto habéis dicho en nada atañe a lo que toca a vuestra salvación. Esto solo había de ser lo que entendiesen y debiesen procurar los que están en vuestra apurada situación. Porque todo lo que alegáis con tanta instancia sirve para lo venidero, y tenéis muy breve espacio de tiempo para defenderos y libraros de las manos de los que están ya dispuestos y preparados para destruiros.
Parécenos, pues, que os mostraréis bien faltos de juicio y entendimiento si no pensáis entre vosotros algún buen medio mejor que el de ponderar la vergüenza que podréis sufrir en adelante, lo cual varias veces ha sido muy dañoso en los grandes peligros; y muchos ha habido que considerando el mal que les podría ocurrir si se rindiesen, han aborrecido el nombre de servidumbre que tenían por deshonroso, prefiriendo el de vencidos por considerarlo más honroso. Así, por su poco saber, han caído en males y miserias incurables, sufriendo mayor vergüenza por su necedad y locura, que hubieran sufrido por su fortuna adversa si la quisieran tomar con paciencia. Si sois cuerdos, parad mientes en esto, y no tengáis reparo en someteros y dar la ventaja a gente tan poderosa como son los atenienses, que no os demandan sino cosas justas y razonables, a saber: que seáis sus amigos y aliados, pagándoles vuestro tributo. Y, pues, os dan a escoger la paz o la guerra, que la una os pone en peligro, y la otra en seguridad, no queráis por vanidad y porfía escoger lo peor, que así como es cordura, y por tal se tiene comúnmente no quererse someter a su igual, cuando el hombre se puede honestamente defender, así también es locura querer resistir a los que conocidamente son más fuertes y poderosos, los cuales muchas veces usan de humanidad y clemencia con los más débiles y flacos. Apartaos, pues, un poco de nosotros, y considerad bien que esta vez consultáis la salud o perdición de vuestra patria, que no hay otro término, y que con la determinación que toméis, la haréis dichosa o desdichada.
Dicho esto, se salieron los atenienses fuera. Los melios también se apartaron a otro lugar, y después de consultar entre sí gran rato, determinaron rechazar la demanda de los atenienses, respondiéndoles de esta manera:
Los melios.— Varones atenienses, no cambiamos de parecer, ni jamás desearemos perder en breve espacio de tiempo la libertad que hemos tenido y conservado de setecientos años a esta parte que hace está nuestra ciudad fundada; antes con la buena fortuna que nos ha favorecido siempre hasta el día de hoy, y con la ayuda de nuestros amigos los lacedemonios, estamos resueltos a guardar y conservar nuestra ciudad en libertad. Empero todavía os rogamos os contentéis con que seamos vuestros amigos, sin ser enemigos de otros, y que de tal manera hagáis vuestros tratos y conciertos con nosotros para el bien y provecho de ambas partes, saliendo de nuestras tierras y dejándonos libres y en paz.
Cuando los melios hubieron hablado de esta manera, los atenienses, que se habían retirado aparte, mientras ellos discutieron, respondiéronles de esta otra:
Los atenienses.— Ya vemos que solo vosotros estimáis, por vuestro propio parecer y mal consejo, las cosas venideras por más ciertas que las presentes que tenéis a la vista, y os parece que lo que está en mano y determinación de otro, lo tenéis ya en vuestro poder como si estuviese hecho. Os ocurrirá, pues, que la gran confianza que tenéis en los lacedemonios y en la fortuna, fundando todas vuestras cosas en esperanzas vanas, será causa de vuestra pérdida y ruina.
Esto dicho, los atenienses volvieron a su campo sin haber convenido nada; por lo cual los caudillos y capitanes del ejército, viendo que no había esperanza de ganar la villa por tratos, se prepararon a tomarla por combate y fuerza de armas, repartiendo las compañías en alojamientos de lugares cercanos, poniendo a la ciudad de Melos cerco de muro por todas partes, y dejando guarnición, así de los atenienses como de sus aliados, por mar y por tierra. Hecho esto, la mayor parte del ejército se retiró, y los que quedaron, entendían en combatir la ciudad para tomarla.
En este tiempo, habiendo los argivos entrado en tierra de los fliasios, fueron descubiertos por estos y salieron contra ellos, peleando de manera que mataron ochenta.
Por otra parte, los atenienses, que estaban en Pilos, hicieron una entrada en tierra de Lacedemonia y llevaron gran presa, aunque no por esto los lacedemonios tuvieron las treguas por rotas, ni quisieron comenzar la guerra, sino que solamente publicaron un decreto, por el cual permitían a los suyos que pudieran recorrer y robar la tierra de los atenienses. No había ciudad de todas las del Peloponeso que hiciese guerra abierta contra los atenienses, a excepción de los corintios, que la hacían por algunas diferencias particulares que tenían con ellos.
En cuanto a lo de Melos, estando puesto el cerco a la ciudad, los de dentro salieron una noche contra los que estaban en el sitio por la parte del mercado, y tomaron el muro que habían hecho hacia aquel lado, matando muchos de los que estaban de guarda en él. Además les cogieron gran cantidad del trigo y otras provisiones que metieron dentro de la ciudad, encerrándose en ella sin hacer otra cosa memorable este verano. Por causa de este suceso los atenienses procuraron en adelante poner mejores guardas de noche.
Tales fueron los sucesos de este verano.
Al comienzo del invierno siguiente los lacedemonios estaban resueltos a entrar en tierra de los argivos, para favorecer a los expatriados; mas hechos sus sacrificios para ello, como no se les mostrasen favorables, regresaron a sus casas. Algunos de los argivos que esperaban su venida, fueron presos como sospechosos por los otros ciudadanos, y otros de propia voluntad se ausentaron de la ciudad, temiendo ser presos.
En este tiempo los melios salieron otra vez de la ciudad, fueron sobre el muro que los atenienses habían hecho en aquella parte, y lo tomaron, porque había poca gente de guarda.
Sabido esto por los atenienses, enviaron nuevo socorro al mando de Filócrates, hijo de Demeas, el cual tenía a punto sus ingenios y pertrechos para batir los muros de la ciudad, pero los sitiados, por causa de algunos motines y traiciones que había entre ellos, se entregaron a merced de los atenienses, los cuales mandaron matar a todos los jóvenes de catorce años arriba, y las mujeres y niños quedaron esclavos, llevándolos a Atenas. Dejaron en la ciudad guarnición, hasta que después enviaron quinientos moradores con sus familias para poblarla con gente suya.
FIN DEL LIBRO QUINTO.