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El crimen y el castigo

TERCERA PARTE

Pedro Pedraza y Páez translation

I.

Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.

Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre las de su hermano.

—Vuélvete a casa con él—dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a Razumikin—. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?

—Esta noche—respondió Pulkeria Alexandrovna—. El tren traía mucho retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme de ti. Pasaré la noche a tu lado...

—¡No me atormentéis!—replicó Raskolnikoff con cierta irritación.

—Yo me quedaré aquí con él—saltó vivamente Razumikin—; no le dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de anfitrión.

—¡Cómo agradecérselo a usted!—empezó a decir Pulkeria Alexandrovna, estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la palabra.

—No puedo, no puedo...—repitió con tono irritado—; no me atormentéis más. Basta, idos; ¡no puedo!...

—Retirémonos, mamá—indicó en voz baja Dunia, inquieta—; salgamos de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra presencia le atormenta.

—¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres años de separación?—gimió Pulkeria Alexandrovna.

—Esperad un poco—dijo Raskolnikoff—. Me interrumpís y pierdo el hilo de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?

—No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que ha tenido la bondad de venir a verte hoy—añadió con cierta timidez Pulkeria Alexandrovna.

—Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle por la escalera...

—¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible—comenzó a decir la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las dos señoras se encontraban perplejas.

—Dunia—prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff—, yo me opongo a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se vuelva a hablar más de él.

—¡Dios mío!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Hermano mío, piensa un poco en lo que dices—observó con vehemencia Dunia; pero en seguida se contuvo—. No te encuentras ahora en tu estado normal: estás fatigado—añadió con tono cariñoso.

—Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la mandas, y asunto concluído.

—Yo no puedo hacer eso—exclamó la joven, un tanto mortificada—. ¿Con qué derecho...?

—Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás viendo?—balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija—. Vamos, vamos; será lo mejor.

—No sabe lo que se dice—exclamó Razumikin con voz que denunciaba su embriaguez—; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.

—¿De modo que es verdad?—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Hasta mañana, hermano—dijo con tono compasivo Dunia—. Vámonos, mamá... Adiós, Rodia.

El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

—Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo, o Ludjin. Marchaos.

—Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!—gritó Razumikin.

Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo. Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada. Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.

—No me resuelvo a irme—murmuró trémula, al oído de Razumikin—; me quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.

—Lo echarán ustedes a perder todo—respondió, también en voz baja, Razumikin—. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia, alúmbranos. Juro a ustedes—continuó en voz queda cuando estuvieron en la escalera—que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?... Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

—Pues bien—replicó Pulkeria Alexandrovna—. Voy a ver a la patrona de mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón. No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor, apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera, no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo, cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr, llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.

—Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo absurdo—contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna—. De nada le valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle, y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes, en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente, noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor, que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes, no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta. Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil. Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen ustedes? Sí, o no.

—Vamos, mamá—dijo Advocia Romanovna—; lo que promete, lo hará seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?

—Usted me comprende, porque es usted un ángel—dijo Razumikin con exaltación—. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no hizo ninguna objeción.

Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero, ¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»

El joven adivinó aquel pensamiento.

—¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino—dijo andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían seguirle las dos señoras—. Esto no significa nada... he bebido como un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías, soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes... No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes, por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué no conviene irritarle.

—¿Qué dice usted?—exclamó la madre.

—¿Es posible que el doctor haya dicho eso?—preguntó Advocia Romanovna asustada.

—Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado... Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos! Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?—gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

—¡Oh Dios mío, yo no sé!—dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

—Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas generales—añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.

—¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es—vociferó el joven entusiasmado—; usted es una fuente de bondad, de pureza, de razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de rodillas.

Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en aquel momento.

—¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?—exclamó Pulkeria Alexandrovna alarmada ante la actitud del estudiante.

—¡Levántese usted, levántese usted!—dijo Dunia, que, aunque se reía, no dejaba de estar inquieta.

—¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes, es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted es un canalla.

—Escuche usted, señor Razumikin—comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.

—Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado—dijo excusándose el joven—, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!... sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!, todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea! ¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver con Zosimoff; escapo.

—¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?—dijo ansiosamente Pulkeria Alexandrovna a su hija.

—Tranquilízate, mamá—respondió Dunia, quitándose el chal y el sombrero—. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi hermano...

—¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra llegada!

En sus ojos brillaban las lágrimas.

—No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre. Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.

—¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha hablado, Dunia!—siguió diciendo la madre, procurando tímidamente leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había perdonado—. Bien sé que mañana será de otra opinión—añadió, queriendo hacer hablar a su hija.

—Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este asunto...—replicó Advocia Romanovna.

La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados, se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus reflexiones.

Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo, contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad. Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos, negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!

Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero, honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica perfectamente el coup de foudre. Además, quiso la suerte que viese por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.

Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años, conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones arraigadas se lo exigían.

A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.

—No entraré, no tengo tiempo—se apresuró a decir en cuanto abrieron—. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo, y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva. Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.

Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el corredor.

—¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!—exclamó Pulkeria Alexandrovna muy alegre.

—Parece que es de muy buen carácter—contestó Dunia, y comenzó a pasearse de nuevo por la habitación.

Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos. Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado como un oráculo.

Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a Pulkeria Alexandrovna.

Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones, cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención, Zosimoff desarrolló con gusto este tema.

Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él, Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan interesante de la Medicina.

—Pero—añadió—, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas emociones—terminó diciendo con tono significativo.

Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial, salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.

—Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo de que descansen—ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff—. Mañana a primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.

—¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!—observó con acento sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.

—¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?—rugió Razumikin lanzándose sobre el doctor y agarrándole por el cuello—. Si te atreves... ¿Me entiendes? ¿Me entiendes?—gritó apretándole la garganta y arrojándolo contra la pared—. ¿Me entiendes?

—Déjame. ¡Demonio de borracho!—dijo Zosimoff, tratando de soltarse de las manos de su amigo.

Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.

El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y la cara triste.

—Es verdad, soy un bestia—dijo con aire sombrío—; pero tú también lo eres.

—No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.

Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado, rompió el silencio:

—Escucha—dijo a Zosimoff—, tú eres un buen amigo, pero tienes una variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita, te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades. Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama. Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente: voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.

—¡Pero si yo no sospecho!

—Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna... Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.

Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.

—Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de hacerle la corte?

—Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro que no te pesará.

—Pero, ¿a qué viene todo eso?

—Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde? Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes, sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo, vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse. Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.

II.

Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía, al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita jornada precedente.

Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor. ¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna, ¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda. ¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso. ¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera? ¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una aproximación entre dos seres tan semejantes?

El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo daño en la mano y rompió un ladrillo.

—No hay duda—murmuró al cabo de un rato con profunda humillación—; ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y el mal está hecho.

Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...» Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.

Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para... ¡De ninguna manera!»

Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna, entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo. Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.

—¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!—añadió—. Con un cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a ir a verlas o si vendrán ellas?

—Presumo que vendrán—respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le hacía esta pregunta—; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más derecho que yo.

—Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son escuchar sus secretos; yo también me iré.

—Me inquieta una cosa—repuso Razumikin frunciendo el entrecejo—. Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una predisposición a la locura.

—Lo mismo le dijiste a las señoras.

—Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros, sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?

—¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa, me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque, aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua; las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades... La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.

—¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.

—Y a Porfirio Petrovitch.

—¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?

—Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.

—Se lo diré—respondió con aire contrariado Razumikin.

—Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su presencia.

A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío, saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.

Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para ponerlo en la mesa.

Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le dirigió Pulkeria Alexandrovna.

Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo, la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por satisfechas.

—Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé todavía su nombre!...—dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

—Demetrio Prokofitch.

—Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra ahora?

—¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.

—¡Ah! ¡Dios lo quiera!—exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.

Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que, naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí mismo.

—Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le admiraba—dijo Advocia Romanovna, sonriendo—. Debe de haber alguna mujer en su existencia—añadió la joven, pensativa.

—No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...

—¿Qué?

—No ama a nadie; quizá no amará jamás—replicó Razumikin.

—Es decir, que es incapaz de amar.

—¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su hermano bajo todos los aspectos?—dijo aturdidamente el joven.

Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia no pudo por menos que reírse.

—Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia—apuntó Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida—. No me refiero al presente, Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua. Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?

—¿No sabía usted nada de esos amores?—preguntó Advocia Romanovna.

—¿Usted creerá—prosiguió la madre con animación—que le conmoverían mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se puede decir por eso que no nos quiere?

—Nada me ha dicho jamás de tal asunto—respondió con reserva Razumikin—; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante extraño.

—¿Qué es lo que ha sabido usted?—preguntaron a un tiempo las dos mujeres.

—¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de otro modo, ¿cómo comprender...?

—Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito—afirmó lacónicamente Advocia Romanovna.

—Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte. Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto ese matrimonio—dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y Ludjin.

Este incidente parecía inquietarla sobre manera...

El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la enfermedad que éste padecía.

—Antes de estar malo—dijo—ya lo tenía premeditado.

—Así lo creo yo también—replicó Pulkeria Alexandrovna, con la consternación pintada en su semblante.

Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.

—¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro Petrovitch?—no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

—No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta señorita—respondió con tono firme y caluroso Razumikin—. Y no es por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque... porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí, insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora me da vergüenza de...

Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba sobre todas las cosas cierta circunstancia.

—Vea usted, Demetrio Prokofitch—comenzó a decir—. Debemos de ser francas con él, Dunetchka.

—Sin duda, mamá—respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

—Verá usted de lo que se trata—se apresuró a decir la madre, como si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho—. Esta mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch, respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación, como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...

Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.

«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte, no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento. Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted una explicación personal a propósito de un punto que acaso no interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch, me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá atribuir a sí misma la causa de mi determinación.

»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

»Pedro Petrovitch Ludjin.»

—¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?—preguntó Pulkeria Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas—. ¿Cómo decirle a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo... Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a suceder entonces?

—Siga usted el consejo de Advocia Romanovna—respondió tranquilamente Razumikin.

—¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona las últimas monedas de plata que...

—Que representan para ti tantos sacrificios, mamá—interrumpió la joven.

—Ayer no estaba en su estado normal—dijo con aire pensativo Razumikin—. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...

—Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!—observó Dunia, mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto de su atavío.

—Un regalo de su prometido—pensó Razumikin.

—Es, efectivamente, hora de salir—dijo su madre con apresuramiento—. Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche; a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!

Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.

Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las mujeres que saben llevar humildes vestidos.

—Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto—dijo Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de Raskolnikoff.

Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de espanto.

III.

—¡Va bien, va bien!—exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las dos mujeres.

El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo, estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.

Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y disimular sus impresiones.

—Sí, veo ahora que estoy casi curado—dijo Raskolnikoff, besando a su madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria Alexandrovna—. Y no lo digo como ayer—añadió dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.

—También yo estoy asombrado de su notable mejoría—dijo Zosimoff—. De aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes, es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora que tenía usted alguna parte de culpa—terminó con sonrisa reprimida el doctor, temeroso de irritar al enfermo.

—Es muy posible—replicó fríamente Raskolnikoff.

—Ahora que se puede hablar con usted—prosiguió Zosimoff—, quisiera convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un proyecto, y perseguirlo tenazmente.

—Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto posible, y entonces todo marchará como una seda.

El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita que les hizo la noche anterior.

—¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?—preguntó Raskolnikoff con voz inquieta—. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan penoso?

—¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos nunca antes de esa hora!

—No sé cómo darles las gracias—continuó Raskolnikoff, que de repente frunció las cejas y bajó la cabeza—. Prescindiendo de la cuestión de dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)—dijo dirigiéndose a Zosimoff—, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés. No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.

—No se atormente usted—replicó Zosimoff afectando reírse—; supóngase usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos, tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.

—Y no digo nada de éste—siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a Razumikin—. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!

—¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental—exclamó Razumikin.

Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta, observaba atentamente a su hermano.

—De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar—dijo Raskolnikoff, que parecía recitar una lección aprendida por la mañana—; hoy solamente he podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a casa.

Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de alegría.

Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.

—Aunque no fuera más que por esto le querría—murmuraba con su tendencia a exagerarlo todo—. Son impulsos propios de él.

—¡Qué bien ha estado!—murmuró la madre para sí—. ¡Qué nobles arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más delicada de poner fin al rozamiento de ayer?—¡Ah, Rodia—añadió en voz alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff—, no puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la impresión que nos hizo esta noticia.

—Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable—murmuró Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.

—¿Qué es lo que yo quería deciros?—continuó esforzándose por coordinar sus recuerdos—. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti, Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he esperado en casa a que ustedes vinieran.

—¿Por qué dices eso, Rodia?—exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos asombrada que su hija.

—Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía—pensaba Dunia—; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura formalidad o recitase una lección.

—En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre... Hasta hace un momento no me he podido vestir.

—¿Sangre? ¿Qué sangre?—preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.

—No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio, paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el traje.

—¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!—interrumpió Razumikin.

—Es verdad—respondió Raskolnikoff algo inquieto—, me acuerdo de todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he hecho, por qué he ido a ese sitio.

—Es un fenómeno muy conocido—observó Zosimoff—; se realizan los actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias; pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y depende de diversas impresiones morbosas.

La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito. Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una extraña sonrisa.

—Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido hace un momento—se apresuró a decir a Razumikin.

—¡Ah, sí!—dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño—. Me manché de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija... Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese dinero.

—No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que tú haces está bien hecho—respondió la madre.

—No, no estás muy convencida—replicó él procurando sonreírse.

La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras, silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada cual de los presentes lo comprendía.

—¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?—dijo de repente Pulkeria Alexandrovna.

—¿Qué Marfa Petrovna?

—Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi última carta.

—¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?—dijo el joven con el estremecimiento propio del hombre que despierta—. ¿Es posible que haya muerto? ¿Y de qué?

—De repente—se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir por la curiosidad que demostraba su hijo—. Murió precisamente el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.

—¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?—preguntó Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.

—No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia, y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la paciencia.

—De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.

La joven frunció el entrecejo.

—Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más detestable—respondió casi temblando, y se quedó pensativa.

—Había ocurrido esta escena por la mañana—continuó Pulkeria Alexandrovna—. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar, porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho apetito.

—¿A pesar de los golpes?

—Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el agua, le dió un ataque de apoplejía.

—No es extraño—observó Zosimoff.

—¡Como su marido le había pegado tanto!

—¿Qué importa eso?—dijo Advocia Romanovna.

—¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías—dijo Raskolnikoff con súbita irritación.

—¡Pero si no sabía de qué hablar!—confesó cándidamente Alexandrovna.

—Parece que me tenéis miedo—observó el joven con amarga sonrisa.

—Es la verdad—respondió Dunia fijando en su hermano una mirada severa—. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la cruz; tan asustada estaba.

Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a darle una convulsión.

—¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices eso, Dunia?—añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna—. En el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.

—¡Basta, mamá!—murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le estrechó la mano—; tiempo tenemos de hablar.

Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se dirigió a la puerta.

—¿A dónde vas?—gritó Razumikin asiéndole por un brazo.

Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.

—¡Qué fastidiosos son ustedes!—gritó de repente—. Digan algo. ¿Por qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar calladas.

—¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como ayer—dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó Advocia Romanovna con inquietud.

—Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento—y Raskolnikoff se echó a reír.

—Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...—murmuró Zosimoff levantándose—. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más tarde una vuelta por aquí.

Saludó y salió.

—¡Qué buen hombre!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído, inteligente...—dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con desacostumbrada animación—. No me acuerdo adónde le he visto antes de mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!—añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin, el cual acababa de levantarse.

—Es preciso que me vaya...—dijo—. Tengo que hacer.

—Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que yo...

—Es un regalo de Marfa Petrovna.

—Y ha costado muy caro—añadió Pulkeria.

—Creía que era un obsequio de Ludjin.

—Aun no ha dado nada a Dunetshka.

—¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise casarme?—dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su hijo le hablaba.

—¡Ah! sí—respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con Dunia y Razumikin.

—¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven enfermiza y raquítica—continuó como absorto y sin levantar los ojos del suelo—. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido más—añadió sonriéndose—. Aquello no tenía importancia... Fué una locura de primavera.

—No, no era solamente una locura de primavera—afirmó Dunia con convencimiento.

Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.

—¿La amas aún?—dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.

—¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que me causa la misma impresión cuanto me rodea.

Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.

—Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué preguntarme?—añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a morderse las uñas y se quedó como ensimismado.

—¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro—dijo bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso silencio—: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu hipocondría.

—¿Esta habitación?—repitió él con aire distraído—. Sí, ha contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué ideas tan extrañas acabas de expresar!—añadió de repente con sonrisa enigmática.

Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había, sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.

—Ante todo he de pedirte, Dunia—comenzó a decir con tono seco—, que me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo. Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.

—Hijo mío, hablas como ayer—exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna—; ¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.

—Hermano mío—respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad ni en violencia al de Raskolnikoff—, la falta de acuerdo en que nos encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.

—Miente—pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas—. ¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a todos!

—En una palabra—continuó Dunia—, me caso con Pedro Petrovitch, porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De qué te ríes?

Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de cólera.

—¿Que lo cumplirás todo?—preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.

—Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme. ¿Por qué sigues riéndote?

—Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que sabes ruborizarte.

—No es verdad, yo no miento—gritó la joven perdiendo su sangre fría—. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida, y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?

—¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.

—No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?

—Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch—dijo Dunia.

Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa. Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.

—No comprendo nada—comenzó a decir sin dirigirse a nadie—: pronuncia discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un hombre sin cultura.

Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.

—Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de negocios—añadió Raskolnikoff.

—Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se enorgullece de ser hijo de sus obras—dijo Advocia Romanovna un poco contrariada del tono con que le hablaba su hermano.

—Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo, he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además, manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis, os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?

—No—respondió Dunia—; bien me hago cargo de que ha expresado demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano mío. Yo no esperaba...

—Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe, de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta «notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida. En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de todas veras deseo.

Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la noche.

—Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?—preguntóle su madre, cuya inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como un hombre de negocios.

—¿Qué quiero decir?

—Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.

—Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para vosotras—contestó fríamente Raskolnikoff.

—Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con ella—se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.

—Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que venga—continuó la joven dirigiéndose a Razumikin—. Mamá, me permito hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.

—Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis—añadió su madre—. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.

IV.

En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande, que dió un paso hacia atrás para retirarse.

—¡Ah! ¿es usted?—dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él también se quedó turbado.

Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes, contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca», acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada, iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.

—No esperaba a usted—se apresuró a decir invitándola con la mirada a que se quedase—. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese aquí.

Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama, mostró a la joven la silla de Razumikin.

—Tú siéntate aquí—dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el sofá.

Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras. Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia Raskolnikoff.

—Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia—dijo con voz trémula—. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna espera que le concederá este honor.

—Ciertamente... haré lo posible por complacerla—balbució Raskolnikoff, que se había incorporado a medias—. Tenga usted la bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.

Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras, bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.

—Mamá—dijo con voz vibrante—, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un coche y del cual ya te he hablado.

Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.

—Quería preguntar a usted—prosiguió Rodia—qué ha pasado hoy en su casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la policía...

—No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se han incomodado.

—¿Por qué?

—Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.

—¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?

—Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.

—¿Da una comida?

—Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer los gastos del funeral.

Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.

Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se advertía otra particularidad característica en su rostro como en su persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla. Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.

—¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una colación?—preguntó Raskolnikoff.

—El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto; después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo está y cómo es ella.

—Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.

—Ayer se desprendió usted de todo por nosotras—respondió Sonia con voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.

Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar. Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.

—Rodia—dijo levantándose—, supongo que comeremos juntos. Vámonos, Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte fatigado.

—Sí, sí, iré—se apresuró a responder, levantándose también...—Tengo algo que hacer antes.

—¡Cuidado con irte a comer a otra parte!—exclamó Razumikin, mirando con asombro a Raskolnikoff—. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.

—No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?

—No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch, a comer con nosotras—dijo Pulkeria Alexandrovna.

—Yo también se lo ruego, venga usted—añadió Dunia.

Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos experimentaron un malestar extraño.

—Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.

Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió precipitadamente de la habitación.

No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le hubiese afectado penosamente.

—Dunia, adiós—dijo Raskolnikoff desde el rellano—; dame la mano.

—Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?—respondió la joven, volviéndose hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.

—Bueno, dámela otra vez—y estrechó de nuevo la mano de su hermana.

Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que podamos decir por qué.

—¡Ea! Está bien—exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en el cuarto.

Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.

La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que Marmeladoff le había contado de su hija.

—Oye el asunto de que quería hablarte—prosiguió el joven tomando del brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.

—¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?

Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.

—Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.

E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.

—¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio Petrovitch.

—Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?—repuso Razumikin.

—¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?

—Sí, ¿y qué?—insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba la conversación.

—Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de comer me preguntará mi madre por el reloj.

—No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio Petrovitch—exclamó Razumikin extremadamente agitado—. ¡Oh, qué contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro estoy de que le encontraremos.

—Sea; vamos.

—Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti. Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.

—Sofía Semenovna—rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven añadió—: Mi amigo Razumikin, excelente persona.

—Si usted tiene que salir...—comenzó a decir Sonia a quien esta presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a levantar los ojos para mirar a Razumikin.

—¡Ea, vamos!—dijo Raskolnikoff—: yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna. Dígame sus señas.

Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres salieron juntos.

—¿No cierras la puerta?—preguntó Razumikin mientras bajaban la escalera.

—Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura. ¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!—añadió alegremente dirigiéndose a Sonia.

Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.

—¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo ha podido dar con mi habitación?

Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.

—¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!

—¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que le di mis señas?

—¿Lo había usted olvidado?

—No... me acuerdo.

—Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted un cuarto amueblado...

Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita. Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día, quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.

—¡Ah, ojalá no venga hoy!—murmuró angustiada—. ¡Dios mío! ¡En mi casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!

Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad; todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y encaminarse a su casa.

«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo averigüe.»

Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él. Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola, andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia de cinco pasos.

Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría, seria y fija.

El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral. El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado. Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»—dijo para sí el señor, y subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos palabras escritas con tiza: Kapernumoff, Sastre. «¡Bah!»—repitió el hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.

—¿Usted vive en casa de Kapernumoff?—dijo, riéndose, a Sonia—. Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!

Sonia le miró con atención.

—Somos vecinos—continuó diciendo con tono alegre—. Llegué ayer a San Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.

Sonia no respondió.

Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y vergonzosa.

Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de su amigo.

—Perfectamente, querido—repetía muchas veces—. Estoy encantado, lo que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?

—¿Que cuándo estuve?—murmuró Raskolnikoff, como procurando recordar—. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos—se apresuró a decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado—. No tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la influencia de ese maldito delirio.

Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».

—Vamos, sí, sí—contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que se le había ocurrido en aquel instante—. ¿De modo que por eso tú...? La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, ahora todo me lo explico.

«¡Oh!—pensó Raskolnikoff—esa idea se la había metido en la cabeza; tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus sospechas.»

—¿Y qué, le encontraremos?—preguntó en alta voz.

—Ya lo creo que le encontraremos—respondió sin vacilar Razumikin—. Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al viejo juego, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!

—¿Y por qué?

—¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo: «¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...

—¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas razón—respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.

Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez de instrucción no dejaba de inquietarle.

«Lo esencial es saber—pensó Raskolnikoff—si Porfirio tiene conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto. Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho, que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré sincero.»

—¿Sabes una cosa?—dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con maliciosa sonrisa—. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado. ¿No es verdad?

—No, de ninguna manera—respondió Razumikin contrariado.

—No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del color de la grana.

—¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?

—¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado?

—¡Eres insoportable!

—Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra persona!

—Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!—murmuró Razumikin helado de terror—. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!

—Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos, veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada! ¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!

—¡¡¡Indecente!!!

Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería Raskolnikoff.

—¡Si dices una palabra, te reviento!—murmuró Razumikin furioso, agarrando por un brazo a su amigo.

V.

Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa, cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo, porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.

—¡Ah, bribón!—vociferó con tan violento ademán, que derribó un veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.

—Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un perjuicio que causan ustedes al Estado—exclamó alegremente Porfirio Petrovitch.

Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que representaba.

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