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El crimen y el castigo

QUINTA PARTE (continued 2)

Pedro Pedraza y Páez translation

—¿No me abandonarás, Sonia?—preguntó con mirada casi suplicante.

—¡No, no! ¡Jamás, jamás!—gritó—. Te seguiré, te seguiré a todas partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?

—Ya ves que lo he hecho—interrumpió Raskolnikoff.

—¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!—repitió con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven—. ¡Iré contigo a presidio!

Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.

—Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.

Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.

«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»

—Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?—dijo como si despertase de un terrible sueño—. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?

—Por robar. Cesa ya, Sonia—respondió algo contrariado el joven.

La muchacha se quedó estupefacta.

—¿Tenías hambre?—exclamó en seguida—. ¿Era para socorrer a tu madre?... ¿Sí?

—No, Sonia, no—replicó Raskolnikoff bajando la cabeza—. Mi miseria no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.

—¿Pero es posible que esto sea verdad?—gritó la joven, dando una palmada—. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres! ¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?

—¡No, Sonia, no!—interrumpió vivamente Raskolnikoff—. Ese dinero no procedía de aquello, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.

Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.

—Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que había—añadió vacilando—; le quité del cuello una bolsa de piel que parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva V***. Todo ello está allí todavía.

Sonia escuchaba con avidez.

—Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para robar?—replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.

—No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero—respondió Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió—. ¡Qué historia tan tonta te acabo de contar!

«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea. No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano ponía en prensa su mente.

—¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?—repuso él con voz vibrante—. Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato—prosiguió recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de enigmático—, yo sería ahora feliz. Sábelo. ¿Qué te importa el motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?—exclamó tras de una corta pausa—. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es para esto para lo que he venido a tu casa?

La joven quiso hablar, pero se calló.

—Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino a ti.

—¿Por que querías que viviese contigo?—preguntó tímidamente Sonia.

—No para robar ni matar, puedes estar tranquila—contestó Raskolnikoff riendo sardónicamente—; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira, acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo. Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me dejarás, Sonia?

La joven le apretó la mano.

—¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho esta confesión?—exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos, mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más profunda—. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme; ¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz, me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar a semejante cobarde?

—¿Pero no sufres tú también?—exclamó Sonia.

Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.

—Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido? ¡Jamás me lo perdonaré!

—No, no; has hecho bien en venir—repuso Sonia—. Vale más que lo sepa todo; es mucho mejor.

Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.

—He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?

—No—respondió cándidamente Sonia con voz tímida—; pero habla, habla; lo comprenderé todo.

—¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.

Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.

—El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón, por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo, sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir, ¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar; la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes razón, Sonia.

La joven no tenía el menor deseo de reír.

—Háblame con franqueza, sin ejemplos—dijo con voz tímida y apenas distinta.

Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las manos.

—Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis, no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad; pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios. Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria, sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!

Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.

—¡Oh, no es eso, no es eso!—gritó Sonia con voz quejumbrosa—. ¡Esto no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...

—¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.

—¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!

—Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y malo.

—¡Ese gusano era una criatura humana!

—Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la palabra—replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión—. Por otra parte, lo que digo no tiene sentido común—añadió—; tienes razón, Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado dolor de cabeza.

Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios. Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza. «¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en el acceso de su desesperación.

—No, Sonia, no es eso—prosiguió el joven, levantando de repente la cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía haber adquirido de repente una nueva energía—; no, no es eso. Cree más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y, además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien; pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba exasperado, ésa es la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré—me decía—; si no, me pasaré sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles, ¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí, así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto. Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no advertirlo.

Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación. Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.

—Entonces me convencí, Sonia—continuó acalorándose cada vez más—, de que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido atreverme, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.

—¡Cállese usted! ¡Cállese usted!—exclamó la joven fuera de sí—. Se ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al demonio.

—A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?

—Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios mío, no comprende nada!

—Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha impulsado. Cállate, Sonia, cállate—repetía con sombría insistencia—. Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa. Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?» basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente. Compréndeme; si esto estuviese por hacer, quizá no lo intentaría; pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros, o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si tenía el derecho...

—¿El derecho de matar?—exclamó Sonia estupefacta.

—¡Sonia!—dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla—. No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente una experiencia...

—¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!

—¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!—exclamó con voz desgarradora—. ¡Déjame!

Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió convulsivamente la cabeza entre las manos.

—¡Qué sufrimientos!—gimió Sonia.

—¿Qué hacer ahora? dímelo—preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.

Tenía las facciones terriblemente alteradas.

—¿Qué hacer?—exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor—. Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?—le preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.

La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor profundo.

—¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie? ¿No es eso?—dijo sombríamente.

—Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.

—No, no iré a denunciarme, Sonia.

—¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?—replicó la joven con fuerza—. ¿Ahora es posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu familia. ¡Oh Dios mío!—exclamó—. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?

—Sé razonable, Sonia—dijo dulcemente Raskolnikoff—. ¿Por qué he de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente? Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de una piedra?—añadió con amarga sonrisa—. Se burlarán de mí; me dirán que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable, Sonia.

—¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!

—Ya me acostumbraré—respondió el joven con feroz expresión—. Escucha—dijo un momento después—. Basta de lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos momentos se me busca y van a detenerme.

—¡Ah!—exclamó Sonia espantada.

—¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?

—¡Oh, sí, sí!

Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta. Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven, y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto, le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia, pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más desgraciado que antes.

—Sonia—le dijo—, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la cárcel.

La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.

—¿Llevas alguna cruz encima?—preguntó inopinadamente, como herida de súbita idea.

Al pronto el joven no comprendió la pregunta.

—No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala... es la mía—insistió—. Juntos iremos por el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.

—Dámela—dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano; pero la retiró casi en seguida—. Ahora no, Sonia; más tarde será mejor—añadió a manera de concesión.

—Sí, sí, más tarde—respondió ella con calor—; te la daré en el momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello, diremos una oración y partiremos.

En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.

—¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?—dijo una voz afable y muy conocida.

Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.

V.

Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.

—Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted... Esperaba encontrarle aquí—dijo bruscamente a Raskolnikoff—. Es decir, nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca—dijo dirigiéndose de nuevo a Sonia.

La joven lanzó un grito.

—Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa. Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles, y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la casa del general... «Se verá—dice—a los hijos de una familia noble, pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar. Enseña la Petit Ferme a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna observación... No puede usted imaginarse cómo está.

Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando. Los dos jóvenes salieron detrás de ella.

—Está positivamente loca—dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff—. Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.

—¿Le ha hablado usted de tubérculos?

—No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?

—Si así fuese, la vida sería muy fácil—respondió Raskolnikoff.

Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de cabeza y subió a su cuarto.

Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.

Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh cobardía!

«Estaré solo—se dijo resueltamente—, y ella no vendrá a verme en la cárcel.»

Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a presidio», pensaba.

¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer ninguna idea.

—No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto—dijo Dunia.

Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente límpida.

Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el afecto.

—Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión; me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces, me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez. Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha sido el de decirte—acabó Advocia Romanovna levantándose—, que si por casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.

Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.

—¡Dunia!—dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana—. Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.

Dunia se ruborizó.

—¿Y qué?—preguntó después de un minuto de espera.

—Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós, hermana.

La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto temor.

—¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son una especie de testamento.

—No hagas caso. Adiós.

Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento; le miró con inquietud y se retiró conmovida.

No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana. Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.

«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?—añadió mentalmente algunos minutos después—. No, no la soportaría; estas mujeres no saben soportar nada»—y su pensamiento se fijó en Sonia.

Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff tomó bruscamente la gorra y salió.

Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su agitación moral.

Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad. Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.

Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.

—He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén, haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva de imbéciles. Vamos aprisa.

—¿Y Sonia...?—preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir a Lebeziatnikoff.

—Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en seguida.

En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su debilidad, estaba extraordinariamente excitada.

Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical; les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después, indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente. Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos, mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no podía contener las lágrimas.

Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia. Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco. Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado a ponerle el gorro de dormir o chapka roja de Marmeladoff. Este gorro estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna permanecía inflexible.

—¡Cállate, Sonia!—vociferaba tosiendo—. No sabes lo que dices; eres lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.

A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y hubiera sido imposible sacársela.

—¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?—gritó reparando en el joven, y se lanzó hacia él—; haga usted comprender, se lo suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer. ¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!», le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo, imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan nada.

Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.

—¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!—exclamó Catalina Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos—; no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala, al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh, los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la hemos martirizado bastante—añadió dirigiéndose a Sonia—. Poletchka, ¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks? ¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí! Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de ver inmediatamente. Alena sabe la Petite Ferme, sólo que la Petite Ferme comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar El húsar apoyado en su sable? No; será mejor que cantemos en francés Cinco sueldos; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa, se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al público. Podremos cantar también Mambrú se fué a la guerra, tanto más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en todas las casas aristocráticas para dormir a los niños—. Y dicho esto comenzó a cantar:

«Mambrú se fué a la guerra, no sé cuándo vendrá»;

pero no, es mejor Cinco sueldos. Vamos, Kolia, ponte la mano en la cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo haremos el acompañamiento:

«Cinco sueldos, cinco sueldos para poner nuestra casa.»

Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros—advirtió mientras tosía—. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?

Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna, y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos. Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía ceremoniosa de una dama del gran mundo.

—Doy a usted las gracias, señor—empezó a decir en tono lleno de dignidad—. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero, Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo me permitía molestarle. «Vuecencia—le he dicho—ha conocido a Simón Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado? Protéjame usted—gritó, dirigiéndose al funcionario—; ¿por qué ese soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?

—Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde más compostura.

—Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los organilleros. Déjame en paz.

—Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene. Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive usted?

—¿Cómo? ¿Un permiso?—vociferó Catalina Ivanovna—. Acabo de enterrar a mi marido; ¿no es ésta una autorización?

—Señora, señora; cálmese usted—dijo el funcionario—; venga usted conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente. Está usted mal.

—¡Ah, señor, señor; si usted supiese!—exclamó Catalina Ivanovna—. Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia? También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena! ¿Dónde estáis?—dijo con repentina inquietud—; ¡tontos de chiquillos! ¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?

Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución; Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.

—Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...

Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.

—¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!—gritó Sonia inclinándose sobre su madrastra.

No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres, Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia entre ellos.

—Retírense ustedes, retírense ustedes—decía sin cesar este último, tratando de restablecer la circulación.

Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado el suelo la había echado por la boca.

—Sé lo que es esto—murmuró el funcionario al oído de los dos jóvenes—. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta señora se está muriendo.

—Aquí, aquí a mi casa—suplicó Sonia—; vivo aquí al lado. La segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios mío!—repetía asustada yendo de un lado para otro.

Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff, Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían acompañado el triste cortejo hasta la puerta.

Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto. Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa. Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo, Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.

Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba, en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de ir a buscarlo.

En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro lado.

—¿En dónde están los niños?—preguntó con voz débil—. ¿Los has traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a correr?... ¡Oh!

La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.

—¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.

Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.

—Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí... Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos... yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme, dejadme morir en paz!

La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.

—¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso, ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido. Si no me perdona, tanto peor.

Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba, miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio. Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su garganta.

—Ya le he dicho «Excelencia»—gritaba deteniéndose a cada palabra—; aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera. ¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.

Du hast Diamanten Und Perlen[18] Eu hast die schönsten Augen Mädchen, was willst du mehr[19] Dans une vallée du Daghestan Que le soleil brûle de ses feux...

—¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!... Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio... ¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí! ¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.

Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un terror creciente:

Dans une vallée... du Daghestan Que le soleil... brûle... de ses feux. Une balle... dans la poitrine...

De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia conmovedora, exclamó:

—Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática... ¡Ah!—exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se encontraba.

Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia, pareció sorprendida de verla allí.

—¡Sonia! ¡Sonia!—dijo con voz dulce y tierna—. ¡Sonia querida! ¿Estás aquí?

La incorporaron de nuevo.

—¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!—gritó la enferma con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.

Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y expiró.

Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta. Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de dormir, adornado con la pluma de avestruz.

¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.

—¡Ha muerto!—dijo Andrés Semenovitch.

Svidrigailoff se aproximó a ellos.

—Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.

Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo, Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a quien preocupaban aquellas precauciones.

—De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.

—¿Por qué es usted tan generoso?—preguntó Raskolnikoff.

—¡Qué escéptico es usted!—dijo Svidrigailoff—. Le dije que no necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree usted acaso? Después de todo—añadió señalando el rincón en que reposaba la muerta—, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.

Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.

Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia. Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con expresión de asombro.

—¿Cómo sabe usted eso?—balbuceó.

—Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia Semenovna.

—¿Usted?

—Yo—continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente—. Y le doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.

Notes in this chapter

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